domingo, 21 de septiembre de 2008

Manual de Instrucciones




MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA SOBRELLEVAR EL PSICOANÁLISIS
(solamente para pacientes en tratamiento o con ganas de comenzar uno)


La población mundial, en cuanto a la sanación de las algias del alma se refiere, se podría dividir en tres estratos bien diferentes. En el primero encontramos a los que acuden a la religión para enfrentar los problemas cotidianos. En este segmento existen los que hacen un mes de fila bajo la lluvia en San Cayetano, los que caminan kilómetros hasta Luján, los colectiveros y taxistas que decoran sus naves con estampitas de todos los santos, los que le besan los pies a una estatua de mármol en una iglesia, los que esconden tobillos y melenas detrás de ropas oscuras, los que se arrodillan en las mezquitas y se hamacan compulsivamente mientras repiten oraciones en idiomas foráneos, los que le rascan la panza a Buda, etc. etc (todo esto dicho con el mayor de los respetos).
En el segundo grupo encontramos a los que gastan fortunas en tarotistas, manosantas, pai umbandas, lectores de la borra del café…; en fin, todos los que acuden a videntes y/o decodificadores del presente y del futuro a través de todo tipo de objetos inanimados como piedras, caracoles, cartas, esferas de cristal, fotos de bailanteros muertos en forma violenta, velas, imágenes de Ekekos, esfinges con penes erectos, ristras de ajos,trapos viejos, etc. etc.
Y en el tercer grupo, donde finalmente me incluyo, estamos los que llevamos nuestras cabezas cual televisor descompuesto al Psicólogo, rogándole que nos ayude a sintonizar porque estamos perdiendo la señal o la cordura…da igual.
Yo, carne de diván si las hay, he pasado un cuarto de mi vida recorriendo con mis ojos las paredes de los consultorios de terapeutas que han tenido la desdicha de contarme entre sus pacientes. Digo la desdicha porque, y siguiendo con la metáfora del televisor, mi cabeza es una tele Aurora Grundig con doce canales y entrada para antena de techo; en la era de los de plasma con ciento ochenta canales, entrada para antena satelital control remoto de última generación, compatible con todos los artefactos de la casa incluída la licuadora, y sintonía automática…obviamente. ¿Cómo decirle al terapeuta “me salta el horizontal” en la era de los televisores que ya no traen perilla para enderezar ese defecto?. El televisor se tira a la mierda y se compra otro en doscientas cincuenta y tres cuotas. ¿Quiere decir esto, que debo terminar con mi vida y reencarnar en otra cosa? ¿Cambiar el tipo de ayuda y visitar iglesias o pedir una consulta con blonda mentalista famosa super excedida de peso?. Dicho sea de paso, debo confesar que he pasado por sus manos y por su lujosa mansión en barrio top de Mar del Plata, hace unos veinte años…época de su máximo apogeo profesional (si a eso se le puede llamar profesión). En ese entonces, la mentalista de 400 (kilo/vivo) de peso me cobró una fortuna sólo para decirme que tenía que efectuar una limpieza de mi hogar contra las malas ondas…todo esto dicho con la seriedad de un neurocirujano que te va abrir la cabeza para succionarte un coágulo que te está bloqueando una arteria. Arqueando las cejas, con cara de consternación, y clavándose un sándwich de matambre y queso descomunal; me aseguró que con tan sólo unos quince mil pesos ella iba a librarme de tan oscuro futuro. Mientras las migas del sándwich se perdían en el abismo descomunal de la grieta monumental existente entre sus dos tetas, yo sacaba cuentas y arribaba a la conclusión de que estaba perdida. Perdida porque no entendía cómo alguien que no lograba domesticar su propio apetito podría ayudarme y perdida porque quería salir corriendo y no recordaba por dónde había entrado al palacete de la adivina hiper-obesa con síndrome de Dios. Y todavía no me había tirado las cartas. Rumiando los restos mortales del emparedado, y de muy mala gana ante mi negativa de aceptar la desinfección de mi vida espiritual, mezcló el mazo y repartió lo que sería el pronóstico de mi futuro. – “Tenés problemas con tu vecina”, me dijo. –“No, la adoro y me adora”, retruqué. –“Vivís en una esquina”, diagnosticó. –“No, a mitad de cuadra”, devolviendo la pelota con efecto. –“En una casa”, dijo con cara de erudita estufada. –“No, en un departamento”, match point…y comenzando a disfrutar el hecho de sacarla de quicio. Me dí a la fuga como rata por tirante en un momento de distracción y llegué a la conclusión que la limpieza a la que la mentalista se refería era la de mi bolsillo. Ardua pescadora del billete fácil, me llamó una docena de veces para augurarme un negro futuro sino le llenaba la casa de verdes…billetes. La mandé a un lugar verde que quedaba justo en el medio del sexo de la lora y no he sabido de ella desde entonces.
Sólo me quedaba el psicoanálisis.
El psicoanálisis es una maravilla porque uno adquiere desde el vamos la inimputabilidad de la enfermedad. Porque la demencia, gracias a Dios…o a Buda es una enfermedad, según la Organización Mundial de la Salud. Y por el otro lado, uno entra solito a la consulta y no hay nadie que pueda refutar nuestra distorsionada versión de la realidad.
Aterricé a la última de mis catorce terapias enmarañada y suspendida en la telaraña de mis tribulaciones mundanas y porqué no, espirituales. Casi como si estuviera viendo la misma película por enésima vez, le vomité los vericuetos de mi vida a la Licenciada que intentaba seguirme el tren y anotar en un cuaderno con espiral, todo lo que yo decía. Con la mano verde azulado de tanto garabatear, mi terapeuta sólo atinaba a responder –“Aja”. De repente la habitación estaba llena de palabras y ajases. Cuando la nube de mis palabras pesaba unos tres mil hectopascales y amenazaba con lluvia…de lágrimas, la Licenciada efectuó la típica maniobra de “Game over” y giró la muñeca en busca de su reloj pulsera. Cortamambo por excelencia, la relojeada me hizo caer en la cuenta de que mi parquímetro había expirado justo cuando más lo necesitaba. Le pagué y atiné a preguntarle –“¿estoy como para Open Door o tengo salvación?”. Recibí un mísero ajá como única respuesta y me fui con mi alma en la mano sintiendome Judy Garland, perdida, en el bosque del “Mago de Oz”. Caminé y pensé…y llegué a la conclusión de que necesitaba una poderosa dosis de endorfinas. Me tomé un helado escandaloso y me chupé los dedos con la sonrisa de Jack el Destripador. Estaba mejor.
La sesión siguiente estuvo colmada de ajases y mi discurso fue encontrando respuestas tales como: -“¿y Ud…..coooommmooo lo veeee?”. Yo iba a buscar respuestas, así que las preguntitas, lejos de agradarme o hacerme pensar; me invitaron a contestar con más preguntas. –“¿y Ud. como me ve?”. –“¿Tiene arreglo lo mío?”. –“¿Estoy loca o sólo es una percepción errada de todos los que me conocen?”. Salí echando humo verde por las orejas y girando la cabeza como Linda Blair en “El Exorcista”. Necesitaba otra dosis de tramontana y dulce de leche. Me sentí mejor aunque con ganas de participar en algún rito satánico y desollar una gallina o un pavo enchastrando de sangre a un par de ejemplares que conozco. Papi y Mami. ¡Qué lindo momento Kodak!
En la tercera sesión, y habiendo arribado por mí misma a la conclusión de que la culpa de todo la tienen mis progenitores, ingresé al consultorio aliviada como quien se salva a último momento de la pena capital. Un tanto agresiva, todopoderosa e implacable le confesé a mi terapeuta que me consideraba lista para que me firme el alta. No muy de acuerdo con mi decisión, seguimos desenrollando la madeja pero ésta vez, estratégicamente, me propuse boicotear a mi locóloga. Me quedé callada y la miré esperando preguntas que nunca llegaban. Intercambiamos sonrisas, toses nerviosas y miradas lacerantes. Y luego élla rompió el silencio con un –“¿Y a usted????. Con mi mejor cara de poker la miré extrañada arqueando la ceja izquierda esperando que completara la frase. Repitió su pregunta esperando que mi locomotora arrancara para algún lado. Lejos de eso, crucé los brazos en franca señal de guerra y me mordí la lengua para no proferir sonido alguno. Viendo que no iba a cooperar, mi terapeuta repitió la pregunta efectuando aspavientos con los brazos invitándome a hablar. Nada. Cero. Agua. En un intento desesperado hizo la misma pregunta pero agregando –“¿y a usted esto que le parece?”. Esta vez los brazos giraban para adelante como dos ruedas de bicicleta. Mientras ella sacaba de su mochila todas sus herramientas para inspirar mi verborragia, me di cuenta que le estaba pagando para quedarme callada. Ella= 1 Yo=0. Estaba ganando el partido. Cuando por fin me decidí a decir algo se hicieron las cuatro…y la maniobra del reloj. Sí ya sé, me voy al carajo!. Salí furiosa conmigo y con el resto del universo. Quería matarme y matar a toda la humanidad. Caminé hacia la heladería mirando mis pies mientras cabalgaba y puteaba en cuatro idiomas. Como Nicholson en "El Resplandor" esperaba que el heladero me dijera que no tenía más tramontana, y así obtener la excusa perfecta para acuchillarlo a sangre fría. Tranquilizada gracias a las endorfinas del helado, aborté todos los planes para fabricar la bomba atómica en el jardín de mi casa. Pero, debo decir que me sentí mejor.
Y así, sucesivamente, cada vez fue mejor que la anterior. Porque el psicoanálisis es así, de efecto retardado. Es un remedio amargo que hace efecto horas y días después.
Igual, espiando con el rabillo del ojo las anotaciones de mi terapeuta, creo haber leído en el márgen izquierdo superior la siguiente leyenda: Diagnóstico: desquiciada.

Consejos para principiantes.

Vayan.
Vayan
Hablen cuando tengan ganas
Coman algo rico después de la sesión (por el bien de la humanidad)
Culpen de todo a sus padres o a quien quieran (porque no van a estar ahí para defenderse)
Existe el Rivotril, just in case
Terapia más Rivotril más chocolate o helado (Heaven exists)

Paula Ga
Paciente (quisiera decir en recuperación…pero no creo que mi terapeuta adhiera)

3 comentarios:

Agos dijo...

la verdad es que nunca fui al psicólogo. varias veces pensé en empezar terápia, pero nunca lo concreté. no sé... creo que no es para mi.
pero me gustó la terápia de drogas + helado...

Sol dijo...

Leo tu texto cuando estoy tratando (creo que con éxito) de desprenderme del modo de pensamiento psicoanalítico. Demasiadas interpretaciones al pedo que terminan manipulando (igual que los grupos religiosos que intentan "convencerte" de tus males)el pensamiento. estuve en atención bastante tiempo, pero no resolví situaciones importantes por las cuales consultaba...Después nos íbamos por las ramas, buscando determinismos en los años de la infancia.Todo es una mentira inventada por Freud, ya que no hay investigaciones y él emitió conceptos sobre la psiquis que se convirtieron en verdades. Recomiendo "El libro negro del psicoanálisis" y también los fabulosos conceptos de Mario Bunge sobre esta "seudociencia", emparentada más con el charlatanerío que con un verdadero conocimiento.Espero no lo tomes a mal y publiques el comentario. Gracias.
Alondra

Paula Ga dijo...

Hola Sol,

Gracias por leer y comentar. No lo tomo a mal para nada, de hecho me gusta el debate y el disenso. Bien puedo ver las cosas de una manera pero cambiar de opinión leyendo una respuesta desde un ángulo diferente.
De hecho, desde que escribí esto abandoné la terapia...y creo estar mucho mejor (o peor, depende de quién lo juzgue) jajajaja.
Un abrazo!