domingo, 9 de julio de 2017

EPISODIOS ELECTRODOMÉSTICOS


De como George Clooney me encajó una Nespresso en un Hot Sale



Me fumé los comerciales de las cafeteras Nespresso durante años.  Nunca me importó demasiado el aparato, me quedaba medio atontada con los ojos como dos huevos fritos mirando a Clooney y sus trajes impecables color gris en contraste con sus camisas almidonadas color blanco nieve.  Eso, sumado a su tono de piel eternamente bronceada y sus canas perfectamente peluqueadas hicieron que el famoso café pasara desapercibido delante de mis retinas.  Es más, miré esos comerciales intentando recordar qué vendían, sin éxito.
Hace un par de meses una compañera de trabajo estaba tecleando en la computadora "on fire" sacándole chispas al teclado al compás de las ofertas de un infame "hot sale"; me comentó que había adquirido la famosa cafetera a un precio super accesible.  Tentada por la ganga, me embarqué en la misma operación y ambas pasamos las siguientes cuarenta y ocho horas esperando el mail para retirar lo que para mí era la lámpara de Aladino.
Como la ansiedad me gana, y suelo vivir con unas veinticuatro horas de anticipación, apenas recibí el mail salí arando con el auto para juntarme con mi famosa cafetera.  Entré al supermercado para comprar las cápsulas descubriendo con horror, al volver a la oficina, que me había atiborrado de cartuchos de café que no servían para el modelo que había comprado.  Conseguir que el supermercado me hiciera el crédito en la tarjeta es material para otra columna, sólo puedo decir que invertí más de cuatro horas de mi vida para hacerme del dinero y comprar las correctas (previo arrastrarme por el piso y poner cara de vaca camino al matadero).  Y todo porque no pude domesticar mi paciencia como para tomarme el trabajo de leer el manual del usuario o investigar algo sobre este mundo Clooney-Nespresso.
Llegué a casa con el aparato y las cápsulas correctas, como soldado que vuelve a casa después de un mes de vivir en una trinchera esquivando misiles, cansada pero con la adrenalina de la novedad.  Desenvolví la maquinita, estudié el manualcito e hice todo lo que las instrucciones ordenaban.  Ingrata fué mi experiencia, habiendo hecho todo lo correcto, tuve que sentarme frente a la notebook para redactar mi primera carta a Defensa al Consumidor; motivo de la queja: Clooney no me vino en el kit.  
La cafetera hace un café delicioso y utilicé el dispositivo para ahogar mis penas en café "Livanto" o "Capriccio" con suaves notas a cereal, de bouquet equilibrado compuesto de Arábicas de América.  Me probé las diez cápsulas de regalo paseando con el paladar por todos los países de América y la India.  George nunca me acercó una taza, ni me invitó al pasear en lancha por el Lago di Como pero me pasé un mes sin pegar un ojo.  En mis noches de insomnio podría haber soñado de a ratos con las camisas blancas, sus relojes Omega y esos trajes tan bien planchados que parecen tallados en mármol.  Pero no, en mis diminutos lapsos de sueño aparecieron Voldemort, Kim Jong Un, el payaso de IT, Sauron y los Orcos, Ozzy Osbourne y Benjamin Linus.  De sobredosis de café pasé a unas lindas pastillas para inducir el sueño (tipo ladrillazo en la nuca) y cápsulas de descafeinado Nespresso para zombies e insomnes.
Superada la crisis cafetera, la heladera comenzó su quinta glaciación, totalmente mimetizada con la "Era de hielo" la muy guacha se apoderó de frascos, frutas y envolturas de fiambre que había que robarle a fuerza de cuchillazos a un bloque de hielo digno del Perito moreno.  Sólo faltaba la ardilla y la bellota.  La pobre heladera pedía pista o un termostato nuevo, pero además cargaba con el sino de pertenecer a otra década, otro matrimonio y otra historia.  Era tiempo de sacársela de encima.  Para no ser menos, el lavarropas decidió hacerse el bonito y dejar de desagotar.  Mi marido, harto de desarmarlo y arreglarlo lo hizo funcionar a patadas las últimas tres veces hasta que  pasé por un negocio y me emborraché con la resaca del hot sale.  
Es increíble ver lo mucho que cambian los aparatos en relativamente corto tiempo (y lo poco que duran).  Mi abuela tuvo una heladera eterna, mi primer heladera fué longeva; así que deshabituada al cambio tecnológico de este tipo de aparatos, cuando llegaron a casa pensé que estaban descargando el transbordador espacial y a R2D2.  Después de dos horas de estudiar programas de lavado y el tiempo prudente para enchufar la heladera nos decidimos a hacer el primer lavado-secado de nuestra historia matrimonial. 
Terminamos ese sábado sentados en el piso mirando el display digital del lavarropas (más parecido al control de la Soyuz que al timer de una lavadora) y escuchando el sonido a turbina de avión del proceso de centrifugado, anonadados con los calores del secado...brindando con dos ristrettos Nespresso.

Ya no sueño con monstruos ni con George, ahora sueño con cuotas, intereses, tarjetas, vencimientos y mucha ropa limpia!!!


sábado, 31 de diciembre de 2016



MINUCIOSO BALANCE DE FIN DE AÑO (INCLUYE METAS PARA EL PRÓXIMO)


De cómo es inútil hacer estúpidos balances a fin de año

Estoy otra vez arañando la última hojita del calendario que me obsequiaron el pasado enero, en la carnicería.  Porque la ansiedad me gana, le arranco la puta hojita con los dientes y escupo los pedazos en el cesto de la basura.  Aún faltan 19 horas para el final del año, pero decido adelantar mi reloj biológico porque no me banco el imán calvo pegado en la heladera.  A la mierda con el imán también, después de todo, ya no compro en esa carnicería (la fidelidad duró lo que que duró dura la milanesa que me vendían, con el riesgo de perder una pieza dental sana o una corona del valor de las cuatro ruedas que necesito comprarle a mi auto).
Y aquí me encuentro sentada haciendo el estúpido balance que decido simplificar, llevándolo al frío mundo de los números (ese que tanto le gusta a mi amiga Liliana).


2016

- Cantidad de veces que nadé desnuda en la pileta= más de una docena. No festejen, se puede ver lo mismo en cualquier acuario marino pagando una entrada y el bicho en cuestión es capaz de hacer más piruetas por un puñado de cornalitos.  Quizás si alguien me tirara barritas de chocolate al aire, sería capaz de saltar y aplaudir al mismo tiempo, como las focas de Mundo Marino.
- Cantidad de veces que me encontré con la torre de Pisa, al pie del lavarropas, construida a base de remeras con olor a todos los chivos de Heidi= 200
- Cantidad de veces que me agarraron dormida y lavé esa ropa con la parsimonia de un monje tibetano= 50
- Cantidad de veces que no lavé la torre y desparramé a los chivos de Heidi por la habitación de mi adorado retoño= 150
- Cantidad de veces que prometí y juré por el Dios Baco que no iba a ingerir ninguna caloría proveniente del alcohol= 365
- Cantidad de veces que rompí la promesa y traicioné al Dios Baco (que dicho sea de paso, me dió una palmadita en el hombro y me guiñó un ojo el muy puto seductor) = 365
- Cantidad de veces que le eché la culpa a mi pareja, y a mis amigas (que también son amigas de Baco), por llevarme por mal camino= TODAS
- Cantidad de veces que salté de la emoción cuando llegó la caja del Baco Club= 12 (llega 1 por mes, por si se preguntaron por la mesura en los festejos).
- Cantidad de veces que me  dejé explorar, voluntariamente, mis adentros con aparatos extraños= 2 (se podría afirmar sin temor a caer en una grosería, que alguien con un guardapolvos blanco ingresó cámaras de tv por todos mis orificios mientras dormía plácidamente).
- Cantidad de veces que saqué la basura puteando en sánscrito y lunfardo= 340 (las otras 20 estuvieron a cargo de mis co-habitantes, quienes tienen muy en claro la consigna bíblica "temor de Dios").
- Cantidad de árboles y arbustos plantados= 30 (El Amazonas es un desierto, comparado con mi jardín).
- Cantidad de adicciones superada=1 (ravioles, me pasé a los canelones).
- Cantidad de veces que lloré colgada de la puerta de la heladera porque se acabó la Coca Light= 200 (las otras 165 se atribuyen a encontrar la jarra de jugo Clight previamente preparada por la que suscribe, vacía en la heladera).
- Cantidad de veces que lloré al descubrir que mi almuerzo había desaparecido y en su lugar había un plato vacío= 150
- Cantidad de veces que enterré un pedazo de Queso port salut light en la selva tropical del cajón de las verduras de la heladera, camuflado con disfraz de guerra a base de hongos verdes ideales para combatir infecciones.  Posta, la penicilina la hacen con esa pelusa verde!= 224
- Cantidad de veces que el Queso port salut light fue avistado y apresado luego de ser capturado debajo de una lechuga mantecosa en estado de franca descomposición= 123
- Cantidad de veces que prometí no dejar a mi perro Weimaraner (de 60 kilos) dormir adentro mientras levantaba tortas de caca del tamaño de una paella para catorce personas = 256
- Cantidad de veces que dejé dormir al Weimaraner adentro= 256
- Cantidad de veces que mi gato me rompió adornos, me tiró porta retratos, me vació el tacho de basura en la cocina y juré asarlo a la parrilla para el día de Acción de gracias= 90
- Cantidad de veces que terminó ronroneando en mis brazos mientras le pedía disculpas por ser tan despiadada= 90
- Cantidad de veces que me agarró el radar de la ruta 6= 1 (exceso de velocidad 83, máxima permitida 80).
- Cantidad de veces que hice pis color rosa, por comer remolacha y por un lapso de cinco segundos pensé que estaba al borde la muerte= 46
- Cantidad de veces que pensé en comer más remolacha porque me gustó hacer pis rosa, una vez superado el pánico inicial= 200 (me da mucha pereza hervirlas).
- Cantidad de veces que pensé en subir la foto del pis color Barbie a Instagram= varias, pero no conseguí flores del mismo color para decorar la tabla.
-Cantidad de horas en redes sociales= sin contar las que estaba comiendo, bañádome, haciendo fila en el banco, nadando en la pileta, manejando y durmiendo...8325.

METAS PARA EL 2017

- Visitar la estación espacial internacional y aprender ruso para hacerme amiga de Oleg, Serguei y Andrei (quiero que me dejen pilotear la Soyuz).
- Adelgazar 10 kilos comiendo pastas y pizzas.
- Guardar la ropa que está en los percheros, sobretodo la que cuelga de la bicicleta fija, me está costando llegar a la cama.
- Aprender a tocar el violín o el cello.
- Evangelizar la tierra convirtiendo a todos los fans del reggaeton en groupies de Pink Floyd.
- Hacerme de una pata de jamón ibérico, si hay que pagar con un órgano, tengo dos riñones que fabrican pis a escala industrial.
- Hacerme un tatuaje en la base de la nuca con la siguiente inscripción "no soy un clon" (por si las moscas).
- Bajar sustancialmente la cantidad de series vistas en Netflix de 50 a 49.
- Cambiar el auto por un Lamborghini Aventador SV Roadster color azul metalizado.
- Formar una banda de jazz y convertirme en la Diana Krall argentina.
- Cocinar tortas como Maru Botana y pastas como Donato, abrir un restaurante y bochar gente por portación de cara y actitud caracúlica.
- Comprarme una bodega en Mendoza, fabricar el mejor Cabernet de la historia y fundirla tomando con amigos.
- Aprender a baila tap.  Ya lo intenté.  Fracasé estrepitosamente. Persevera y triunfarás.  Veremos si ese postulado se aplica al tap o simplemente no me vino el chip de la coordinación de extremidades superiores-inferiores en mi mapa genético.
- Planchar
- Levantar el arbolito antes de Semana Santa.
- Adoptar un niño haitiano de 29 añitos.
- Hacer una huerta (alguien sabe dónde se consiguen las semillas de sorrentinos, muffins de chocolate y salame tandilense?).
- Dejar la droga, cambiar el clonazepam por algo más divertido...Alprazolam? (todo lo que termina en pam o lam debería ser pisado y esparcido en los tanques de agua del mundo, se acabarían todos los conflictos bélicos).
- Instalarme en un lugar con nieve y que alguien me convenza que el frío no es mejor que el calor.
- Bailar "El Lago de los Cisnes" en el Bolshoi, que me aplaudan y me tiren rosas blancas (los tomates que se los metan donde no calienta el sol).
- Controlar mis espasmos de llanto mirando los documentales de Nat Geo, cuando la leona se manduca a la cebra, que corre con ojitos de espanto.
- Aprender italiano para estar lista cuando me mude a Positano.
- Conocer personalmente a Bono, Eddie Vedder, Chris Martin, David Gilmour, León Gieco, Andrés Calamaro, Joaquín Sabina y Caetano Veloso. Que Toquinho me enseñe a tocar la guitarra y nos vayamos de gira juntos.

Groupie moi? Si, a los 53 y a mucha honra!  

Keep calm and grab a beer
Felisa me muero!








sábado, 17 de septiembre de 2016

CINCUENTA SOMBRAS MÁS OSCURAS

La saga que nos deja a las mujeres en el cuarto rojo de la vergüenza

Hace unos años, alguien de mi familia me pasó el libro con la advertencia de que se lo había regalado la pareja para reavivar la llama de la pasión.  El bodoque pasó directamente a manos de mi vieja, que estoy segura nunca lo leyó.  Hace un par de años, lo encontré en una mudanza, y como no tenía nada mejor que hacer, me fui a por la aventura sexual de la que todo el planeta hablaba.
Cabe aclarar que leí los tres libros en menos de veinte días, no sé bien si porque la redacción es tan sencilla y burda que lo facilita o porque quería llegar al final lo más pronto posible.  La cuestión es que debo admitir que como pasatiempo funcionaron bastante bien.

Ahora se vuelve a alborotar el gallinero porque está por salir la segunda película de la saga, y arden los foros de cine y literatura con la famosa controversia sobre el sadomasoquismo, bondage y demás. Y por supuesto, la valoración crítica del argumento de lo que nació siendo un fanfic (ficción escrita por fans, basada en libros, series o pelis).  Colgada de una palmera, esto lo supe recientemente, parece que nació como hijo bobo de la saca "Crepúsculo".

Lo primero que me llama la atención cuando leo estas novelas rosas que terminan bien y te dejan con una borrachera de merengue rosado y olor a gel íntimo es la relación de poder de la pareja.  El tipo siempre tiene el control, la mina es una muñeca descompuesta que necesita alguien que la salve de la soltería, el aburrimiento y el oprobio de una vida común donde la gente se traslada al trabajo en transporte público.  El hombre siempre tiene cualidades físicas que hacen que ellas duden en merecer yacer en un lecho de rosas con ellos.  Son demasiado.  Demasiado lindos, demasiado inteligentes, demasiado sexuales, demasiado deseados, con demasiada experiencia en la cama y fuera de ella, demasiado cultos, demasiado transgresores, demasiado millonarios.  En fin, demasiado hombres para la tierna florecita del campo que espera quien la seduzca y entrene en las finas artes amatorias.

En este caso en particular, se cumplen todas las normas para que el estado de ensoñación y embobamiento esté asegurado desde la página dos. Es como la torta de caja: dos huevos, veinte cucharadas de leche y el contenido del sobre.  Nada puede salir mal, salvo que seas un cero al as encendiendo el horno.  Es infalible, en las primeras páginas el tipo tiene forma, olor a perfume viril y sabor en nuestros cerebros.  Ella es una pavota que vive repitiéndose que va a sacar a la "inner Goddess" (diosa interior), léase "desatar la libido y darle rienda suelta a sus apetitos sexuales que no han sido satisfechos desde que puso un pie en este mundo".  Es flaca, insegura, asustadiza; tiene poca autoestima y es un ratón de biblioteca.  La típica mujer que pintan las novelas del género: la que prefiere quedarse en casa con un buen libro y un té caliente antes que terminar vomitando en el baño de una fiesta después de atiborrarse con tequila o amanecer en la cama con un ilustre desconocido.  

La novela transcurre en forma normal hasta que él ofrece un contrato a cambio de una relación no convencional donde ella deberá someterse a su pasatiempo favorito: sexo con juguetes, golpes y demás yerbas.  La quiere sumisa, entrenada, alimentada, atendida por un ginecólogo de confianza, disponible, depilada y dispuesta a entrar en juegos eróticos de alto voltaje.  Qué ofrece a cambio?  Nada más y nada menos que sus millones, sus autos, notebooks, teléfonos, helicópteros, ropa, cenas glamorosas y hasta un guardaespaldas que controla cada uno de sus movimientos.  Sólo tiene que dejarse pegar de vez en cuando y solamente puede "coger", "hacer el amor" no está en el manual de Christian Grey.  
La autora recurre a la terrible infancia de Grey, para sacar a la mamita que toda lectora lleva dentro, y busca la redención del personaje a través de toda la saga.  El tipo en el fondo es bueno, lo que pasa que tuvo una madre muy mala, pero después lo adoptó una muy buena y tarde o temprano va a volver a hacer el amor como un ser humano (o al menos ese es el mensaje que capté, así como Anastasia pugna por poder posar la palma de la mano en su pecho y demostrar que perro que ladra no muerde).

Ahora, la pregunta del millón: qué tiene esta trilogía mal escrita que acaparó la atención de millones de mujeres en el mundo?.  Hace unos meses vi un cartel en Facebook que decía que Christian Grey, plomero, hubiera sido denunciado por violencia de género.  También se dio la controversia en un foro del que formo parte, donde nos planteábamos el éxito de una novela que habla muy mal de nosotras como mujeres.  Aparentemente, los especialistas en BDSM ( Bondage y Disciplina; Dominación y Sumisión; y Sadismo y Masoquismo), las novelas abundarían en errores en cuanto a estas prácticas. No puedo opinar, desconozco, y a esta altura de mi vida no pienso investigar.  Pero más allá de eso, creo que lo que habla mal de nosotras es ver con buenos ojos el caer rendida a los pies de un tipo que es capaz de darte una paliza que te deja el culo en llamas, a cambio de un auto nuevo o un viaje en planeador.  Pareciera ser que hay cosas que se pueden pasar por alto si el tipo es un empresario brillante y exitoso con una abultada cuenta bancaria y un penthouse con helipuerto.  No nos enamora el administrativo que roba flores de los jardines, camino a casa, y se pone a cocinar mientras una pone el lavado en el lavarropas.  No nos embelesa el tipo que vive de un sueldo, y te saca a comer al restaurante que le permite el bolsillo.  En el campo de los sueños los queremos altos, fuertes, inteligentes, poderosos, pudientes, insaciables, dominantes, experimentados, con pasado pesado, con defectos para arreglar, con historias que perdonar, con almas atribuladas que necesiten redención,  Porque, por más que nos cueste admitirlo, si el premio es tan grande un manojo de cachetazos no puede ser tan grave.

Ojo, a mí la película me pareció un bodriazo tremendo.  A él le encuentro menos gracia que a mis plantas, actuando es un pedazo de aglomerado.  Ella tiene un timbre de voz que satura mis tímpanos y una cara de mojigata que no encaja del todo con la fémina que no duda en bajarse la bombacha para recibir un rosario de rebencazos. Supongo que, en el terreno de la fantasía, los límites autoimpuestos se pueden correr tranquilamente a cambio de un sueño almibarado en hoteles de lujo, con ropa de diseñador, decenas de pares de zapatos Jimmy Choo, autos alemanes, lingerie de marca, restaurantes de lujo y la promesa de una vida disipada sin las preocupaciones del noventa y nueve por ciento de las mujeres del mundo mundial.  Sigamos participando...



miércoles, 10 de agosto de 2016

¿QUÉ COMEMOS?




Esa pregunta odiosa que todo ser humano se hace mirando la heladera


No me gusta generalizar, pero en este caso, la preguntita les cabe más a las mujeres que a los hombres.  Por mandato social, en un ochenta por ciento, es la mujer la encargada de sacar el glaciar del freezer y convertirlo casi mágicamente en una cena.  Más que un mandato social, me atrevo a decir que es una maldición gitana, un sino, un flagelo, un garrote que le pega siempre en la cabeza a una mujer en algún momento del día, todos los días de su vida.  De hecho, mi hijo acaba de pronunciar la consabida preguntita del culo “¿Qué vamos a comer hoy, maaaaaaa?”.

La pregunta en sí no molestaría si no acarreara toda una serie de incógnitas a ser develadas en un muy corto plazo y con mucho ingenio por la capitana de la cocina.  Se pone el sol y las águilas que conviven con una se ponen a revolotear por la cocina…pasados veinte minutos el perímetro se va reduciendo al área de la heladera y el microondas.  Les pica el bagre, hablando en criollo, el hambre comienza a organizar conciertos en los estómagos del clan familiar.  Pero la responsabilidad de combatir este monstruo en franca expansión suele ser una mujer que tiene otras cosas en las que pensar, además de cerrar esas bocas abiertas con algo biodegradable y fácil de hacer.

En general, hay dos tipos de cocineros del día a día (acá no cuentan las comidas que uno disfruta realizar como hobby, la repostería y los platos que se sacan de los posteos de Facebook); están los organizados y los magos.  En el primer segmento encontramos a la persona que tiene anotado el menú semanal pegado con un imán a la heladera, que conlleva un perfecto correlato con el contenido de la misma.  Esos alimentos han sido comprados con una estrategia cuasi militar y combinan perfectamente los unos con los otros, van a aterrizar en la mesa de acuerdo al cronograma prefijado: una maravilla (que solo existe en la revista Para Ti, en el canal Gourmet y en familias numerosas donde la organización es sinónimo de subsistencia).  En el segundo segmento encontramos a la persona que tiene seis platos en la galera con dos variaciones por cada  menú.  Digo seis porque uno le prende una vela a cada santo para zafar de cocinar el séptimo día, si Dios descansó después de hacer el mundo, a nosotros no nos corresponde menos.  Estas personas tienen el menú anotado con balas de paintball en la cabeza y pueden desarrollar los mismos con los ojos cerrados, con uno o dos ingredientes menos, y la suficiente flexibilidad para convertir milanesas en bifes a la criolla o fideos a la bolognesa en un alto guiso si la ocasión así lo requiere. 

Para el primer segmento no existe adrenalina, tal vez el tedio de ejecutar los mismos diez pasos para convertir un cadáver de pollo en un strogonoff con arroz.  Para el segundo segmento, que se olvidó como siempre, de sacar el ave fagocitado por el glaciar Perito Moreno Whirlpool del freezer; la empresa suele ser un toque más zarpada.  Aspirando el aire helado del receptáculo que se niega a entregar el bloque de hielo que contiene al pollo, igual que la ardilla de “La Era de hielo”, pasan por la corteza cerebral una docena de ideas que no serán llevadas a cabo porque a cada una le faltan dos o tres ingredientes fundamentales.  Entonces se empiezan a tachar las opciones y nos quedamos con una facilita, meter el cadáver al horno, con cositas alrededor y encomendarnos a la Vírgen del ágape familiar.  Muy probablemente, si son como yo que no etiqueto nada que inserto en el freezer, se lleven una dolorosa sorpresa al preparar una genial salsa para bondiola de cerdo que acaban de leer en internet (cuya receta ha sido previamente captada mediante un print de pantalla); para descubrir con horror que la cosa que gira y gira dentro del microondas no sólo no está emparentada con un chancho, es una bola de lomo de vaca fileteada para milanesas.  Ahí es cuando aparece el mago que llevamos adentro suplantando manteca por aceite, harina por maicena, pan rallado por avena, lechuga por espinaca; dando lugar a una mescolanza que alimenta a la tropa sin problemas (a lo sumo una leve diarrea).

Pero no hay nada más molesto que preguntar “qué quieren comer” y te contesten “cualquier cosa” con el celular en la mano y la vista perdida.  Es el momento asesino del día, les revolearía una cacerola Essen por la cabeza (que pesa una tonelada).  Porque cuando empezás a ofrecer opciones te contestan “fideos comimos el martes”, “otra vez pollo?” (con cara de asco), “las milanesas pueden ser napolitanas?” (como si la salsa de tomate saliera de las canillas), “tarta no porque estoy a dieta” (dicho por alguien que acaba de clavarse un sándwich con las sobras del día anterior), “la carne de noche cae pesada” (pero les servís una milanesa de soja y  te repudian por terrorismo vegano, “por qué no te amasás unos ñoquis?” (dicho a las 21 hs. total no hay problemas, podemos acostarnos al amanecer durmiendo el día entero como los vampiros), “salchichas con puréeeeee? eso no es una cena!” (el que se clava un Big Mac como si fuera una cena en el Hilton.

Señora, señor…si Ud. se ve inmersa/o en tamañas disyuntivas gastronómicas, cálcese las zapatillas de jogging, tome carrera y no dé vuelta la cabeza hasta haber pasado algún control aduanero.

Yo, la que cocina en casa.




domingo, 20 de marzo de 2016



AMORES PLATÓNICO-CINEMATOGRÁFICOS

Esa fijación con una estrella de cine que todas padecemos

En la peli "La Rosa Púrpura del Cairo", la protagonista se sienta a babearse en el cine mirando a su actor favorito, deseando que el tipo salga de la pantalla y la lleve a vivir una vida de ensueño. Cansada de su oprobiosa y rutinaria vida, desea con tanto ahínco conocer a la estrella de la que está enamorada, que gracias a la loca mente de Woody Allen, el tipo sale de la pantalla y la lleva a vivir una loca aventura.
Esta mujer agobiada por los problemas cotidianos tiene fantasías con un tipo al que nunca ha visto ni olido en su vida.  Es por obra y gracia del séptimo arte, que la mujer queda anonadada cada vez que se sienta en la butaca del cine a adorar a este personaje de ficción, que probablemente no tenga ninguna de las cualidades que ella imagina.  Sin embargo el amor es tan real que lo puede sentir en el pecho (en forma de taquicardia), en su mente (porque lo ama al punto de desearle el bien) y en su pubis (se le caen los calzones cada vez que aparece en escena).
El talento de Allen radica en haber descubierto que toda mujer sueña en algún momento de su vida con un actor de cine (o varios).

La realidad dice que las mujeres  heterosexuales soñamos despiertas y dormidas con un promedio de ocho a ochenta estrellas de cine por vida, siendo algunas, particularmente fieles a un sólo actor que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida (con sus idas y venidas).
Supongo que con la primera dosis de hormonas femeninas en sangre de la pubertad, comienza nuestro interés en el sexo opuesto, siendo los actores de cine y televisión los que atrapan nuestra atención (más allá del interés en algún sujeto real de carne y hueso). En mi caso fueron varios policías, vaqueros y ladrones de televisión los que llamaron mi atención al punto tal de sacarle fotos a la pantalla, gastar un dineral en revistas o pedirle prestadas al kiosquero las publicaciones que no podía pagar para sacarle fotocopias a la foto del objeto de mi febril deseo adolescente.  En la volteada caían los músicos de la época y algún que otro deportista... o la selección de futbol completa de mi país.
No recuerdo en qué momento, pero mi primer gran amor cinematográfico fué Mel Gibson, que suplantó a Bruce Willis solamente porque éste último se había casado y la imágen de una embarasadísima Demi Moore en la revista "Vanity Fair" destrozó esa relación amorosa unilateral.  Mel Gibson también estaba casado cuando me picó el bicho, pero tenía como siete hijos y asumí que la mujer podría cedérmelo tranquilamente después de haber gozado hasta el hartazgo de ese muñeco australiano de ojos celestes como el mar y una sonrisa para incinerar bragas.  El amor duró tanto que llegué a comprar un libro de tapas duras con su biografía ilustrada con generosas fotos diseñadas para el  inmediato espasmo uterino.  Como todo amor no correspondido, la llama se fue apagando de a poco.  Donde hubo fuego, no quedaron ni las cenizas, sólo el libro en la biblioteca, los videos fueron a parar a la basura cuando digitalicé los VHS.

Si esta fascinación idiota explota con la adolescencia, con un matrimonio de años recrudece en forma violenta.  En mi caso, luego de un par de relaciones platónicas ocasionales con Andy García y George Clooney, caí en las redes de Russell Crowe.  No ví Gladiador en el cine, menos mal porque hubiera sido un papelón descomunal.  La alquilé y me encandilé.  No hubo peli ni foto que no hubiera enterrado sigilosamente en el cajón de la ropa interior (en forma de diskette o VHS).  Descosí internet buscando información precisa sobre el nuevo amor platónico de mi vida. Me sabía los nombres de toda la familia, tenía la dirección exacta de su casa, y de haber sido monetariamente posible lo hubiera "stalkeado" sin vergüenza.  La pasión se golpeó fríamente con la realidad de un tipo que en el 2003 se casaba con su novia de toda la vida y le fabricaba dos hijos en tres años.  Tuve que mudar mis pasiones hacia otros horizontes, de Australia me fui a Escocia y me agencié un Gerard Butler.  A éste lo conocí cuando ni la madre sabía que era famoso.  Fue por una película chiquita llamada "Dear Frankie" donde existe solamente un beso contra una pared propinado por un tipazo altísimo con un vozarrón increíble y una cara que quita el aliento,  Ya estábamos en el año 2006 o 2007 y la tecnología me permitió almacenar cantidades industriales de fotos HD que admitían, gracias a la lupita, contarle los tonos de color de la pupila de los ojos al escocés que me tuvo al borde del incendio forestal del bajo vientre.  Era tanto el amor, que pude establecer vínculos de amistad con mujeres argentinas y españolas gracias a la web oficial de fans del actor (a la que apodamos "Mothership").  Tuvimos que escribir con faltas de ortografía para poder puentear la censura de las administradoras norteamericanas, que utilizaban traductores on line para entender nuestros posteos donde hablábamos abiertamente sobre la generosa anatomía del escocés y urdíamos intrincados planes para secuestrarlo (esto estaba absolutamente prohibido por las americanas, que luego descubrimos, violentando sus photobuckets, se sacaban fotos con gigantografías del actor en situaciones francamente embarazosas o bañándose en un jacuzzi con el muñeco del Rey Leónidas de la peli "300").  Pasamos a auto-denominarnos "zuziaz" y algunas miembros de este dilecto grupo tuvieron la oportunidad de verlo en persona o hablar por teléfono con él.  El amor era tan grande que dos amigas españolas cruzaron el charco para una reunión en su honor donde hubo hasta un derrame de secreciones en grupo en el cine IMAX, mirando la peli "300" por enésima vez.  Nos juntábamos a tomar café y hablar sobre nuestra suegra Margaret, mirando en el Google Earth la casa del actor en Paisley.  "Es un buen chico, quiero que le vaya bien", era una frase que se escuchaba muy seguido, en ese abril del 2007.
Como toda pasión febril, tiene un pico y luego comienza a decaer.  Lo mío se fué apagando, pero nunca perdí de vista a la bestia Crowe (apodado así por su físico, su voz y por su fama de pocas pulgas).  Estaba enferma de celos pero de tanto en tanto lo googleaba para verlo jugar en el parque con sus dos retoños, deseando haber sido el receptáculo de su esplendorosa semilla. 

Pasado un tiempo, el amor platónico cinematográfico fue involucionando en una larga lista de relaciones cinematográficas promiscuas con todo aquel actor de ojos incandescentes, voz aterciopelada, estampa portentosa; que interpretara a algún pirata, detective, vampiro, caballero de la Inglaterra del siglo X al XVIII, médico, highlander de las tierras altas de Escocia, vaquero, astronauta, piloto o simplemente el soldado que enamora a la chica pudiente cuando vuelve de la guerra.
Así fué como armé y muchas de mis amigas armaron su harem privado.  Por esos catálogos privados han desfilado hombres como Ewan Mc Gregor o Clive Owen.  Ingleses, americanos, españoles y hasta alemanes.  Si la película era buena, caíamos como moscas en la mermelada.
No fué hasta que descubrí, que Russell Crowe se había separado, que volví a caer en sus redes.  Y esta vez fueron redes de verdad, ya que no pude creer mi suerte cuando descubrí que el Twitter podía acercarme a este personaje a quien había amado platónicamente por más de dieciséis años.  Tuve que actualizar mis archivos, con sus películas y fotos nuevas; desempolvar los dvd's de antaño y el arsenal de fotos que había guardado en su momento.

Qué lleva a una mujer a desarrollar un amor platónico-cinematográfico?  
Creo que el cine es una fábrica de estos muñecos impecables de miradas sensuales, dientes perfectos y cuerpos para el crimen organizado.  Esta gente nos conoce, de hecho muchas películas están producidas y dirigidas por mujeres.  Saben que vamos a consumir cantidades industriales de material sobre el tipo al que han llevado a la pantallas y lo han paseado por cuanta premiere y rueda de prensa existe (como un perro en una exposición canina).  Saben que vamos a sucumbir comprando el perfume que usan para rociarlo en el tórax de nuestras parejas intentando  construír una fantasía a medida del consumidor.  Están seguros que vamos a correr como locas a comprar entradas para la última película después que nos bombardearon sin piedad con tres o cuatro trailers que miraremos hasta el cansancio.  Entonces nos fabrican un héroe a medida, barbas a medio crecer, vientres marcados como tabla de chocolate, cabelleras impecablemente desarregladas, primeros planos de ojos de los colores más infartantes del mundo mundial. Nos conocen.  Han aprendido que somos volátiles, soñadoras, que suspiramos corazoncitos de color rosa y que mientras trabajamos frente a una computadora o revolvemos el estofado en la olla tenemos la mente en ese beso que nos roba el aliento...deseando silenciosamente estar en el lugar de la maldita perra suertuda que puso la boca en esas cinco deliciosas tomas.

¿Quién es tu amor platónico-cinematográfico?


domingo, 20 de septiembre de 2015

LOS SIETE MISTERIOS DE LA VIDA



Esas preguntas para las cuales no existe una respuesta concreta

EL MISTERIO DEL CAJERO DEL BANCO

Uno de los misterios más misteriosos de la vida moderna es qué hace la gente en los cajeros automáticos.  Sexagenarias que son capaces de saltar la banca en los tragamonedas del Casino se convierten en esculturas de mármol delante del display de un cajero.  Son capaces de estar más de treinta minutos pasando la tarjeta, cancelando operaciones, revoleando papelitos escupidos por una máquina, que si fuera inteligente, sacaría un puño por el buzón y las knockearía de una trompada en el medio de la cara.  No solamente mujeres grandes, hombres jóvenes tienen serios problemas de coordinación al enfrentarse al monstruo metálico que los hace transpirar como beduinos por un par de mugrosos billetes para comprar preservativos y la entrada al boliche un sábado a la noche.  Uno podría pensar que es culpa del Banco, muchas veces los cajeros se ríen en tu cara flasheando un cartelito "fuera de servicio" o "este cajero no cuenta con dinero"; pero yo me refiero a la maquinita que anda perfectamente y la adicción que tiene alguna gente por instalarse a matar el tiempo jugando con las teclas.  Gente que lleva a los chicos y los deja apretar el enter o meter la tarjeta (invariablemente al revés).  Mujeres que dejan que su indiada se divierta en las máquinas mientras intentan consultar su saldo sin éxito.  Hombres que le demandan al mamotreto metálico dos millones de operaciones yendo de atrás para adelante, imprimiendo ciento cincuenta tickets y encaprichándose en depositar el mismo billete malogrado que el buzón rechazó una docena de veces.  Misterio.  Verán en el aparato a un confesionario moderno?

EL MISTERIO DE LA MEDIA VIUDA

Comprás pares de medias y generalmente las conocés muy bien porque elegiste la de los girasoles amarillos sobre fondo verde loro o la de las estrellas fucsia sobre fondo turquesa.  Queda claro que a todos nos gusta derrapar en aquellos lugares que quedan resguardados del escarnio público.  Las medias y la ropa interior son un capítulo aparte.  Volviendo a las medias, sabemos que tenemos unos diez o quince pares en buen estado y otro tanto con agujeros incomodísimos que nos resistimos a tirar porque fueron nuestras favoritas durante largos períodos del invierno.  
El misterio consiste en que algunas de ellas quedan viudas inexplicablemente y nunca pero nunca jamás su par vuelve a aparecer ni dentro del canasto de ropa sucia, ni en los cajones de su auténtico dueño ni traspapelada en los de los otros miembros de la familia, ni  siquiera en el fondo del lavarropas (mojada y temblando de miedo).  No la tiene el perro en el jardín porque la arrancó del tender, ni la vecina porque salió volando de la soga en la última sudestada.  Así como las naves que desaparecen en el triángulo de las Bermudas, existe el triángulo de las Medias...un lugar sórdido y siniestro donde van a parar cientos y cientos de medias caídas en cumplimiento del deber.

EL MISTERIO DE LA BIROME

En todas las casas existe un arsenal importante de biromes que se agencian a lo largo de los días ya sea compradas en la librería o como regalo publicidad de hoteles, bares, bancos, compañías de seguros y afines.  Se podría decir que en una casa promedio existen unas ocho biromes por cabeza.  Se podría afirmar que en esa casa alguien escribe algo todos los días.  Se podría asegurar, entonces, que existe por lo menos una birome que está a tiro en el mismo lugar de siempre, en perfectas condiciones de uso.  Sin embargo, cuando alguien necesita anotar un teléfono, un código de acceso a la venta de asientos de cine, el nombre de un medicamento, la dirección de una reunión social, el número de registro de la denuncia de falta de suministro de energía eléctrica o la cantidad de ingredientes que tu amiga le pone a la tortilla que estás por hacer...la puta birome brilla por su ausencia.  Todos los integrantes de la casa serán convocados a una Corte Marcial al pie del lugar donde viven las biromes (en mi casa es en el cajón de los cubiertos finos) a fin de confesar el crimen y reponer un dispositivo de similares características.  El misterio consiste en que son todos inocentes, el culpable jamás será encontrado, el perro será injustamente castigado y, lo que es más misterioso aún, no existe ni una sola herramienta para escribir en toda la casa.

EL MISTERIO ANCESTRAL DEL FUEGO

Miles de años tuvieron que pasar y sin embargo hacer fuego sigue siendo un dolor de cabeza en una casa común y corriente.  Dispuestas a cocinar, delantal colgando del cuello y sonrisa plástica clavada en la caripela, nos disponemos a prender el horno para introducir el producto de una hora y media de laburo paradas frente a la mesada de la cocina.  Palpando los anaqueles de la cocina en busca de los benditos fósforos, ya que la mayoría los seguimos poniendo fuera del alcance de los niños aunque los niños ya nos sacan dos cabezas y muchas veces son quienes nos alcanzan los utensillos de cocina de los estantes más altos, verificamos con terror que la cajita desapareció.  Rebobinando los últimos episodios vividos, recordamos que nuestros maridos hicieron un asado (la cajita fué vista por última vez con vida en la parrilla); corremos esquivando mascotas y plantas para cerciorarnos con horror que la cajita ha sido capturada como rehén por una banda de talibanes.  Ahí comienza una búsqueda implacable que dará como resultado un misterio absoluto: no sólo no está, tampoco está el cadáver en la basura.  Quizás aparezca días después, mal guardada en algún cajón por alguna visita que, con intenciones de ayudar, nos complicó la vida.  
Pero ahí no termina el misterio del fuego, lo más probable es que se te vaya el sueldo en fósforos que nunca encienden.  El promedio es 1 de cada 5 y la llama no dura el viaje desde la caja hasta la hornalla con lo cual vas a encontrarte agachada con la caja a dos centímetros de la hornalla y de la cara para tener por lo menos una encendida (el resto será encendido con el típico cubanito de papel made in casa).  Si creíste que te salvabas comprando el famoso chispero te voy a aguar la fiesta.  Yo lo hice.  El puto artefacto genera chispa cuando se le canta el culo.  Eso te llevará de una a la piedra y la ramita...de ahí a la pinturas rupestres y el taparrabos estás a solo dos cajitas de fósforos de distancia.

EL MISTERIO DE LA FILA DE SUPERMERCADO

No es un error de percepción ni de cálculo.  No está científicamente comprobado, por eso es un misterio cuya naturaleza retorcida y pérfida no podrá ser desentrañada hasta el fin de nuestros días. Cualquiera sea la fila que elijas para pagar tu compra, esa será la que te haga echar raíces en el piso hasta que te quemen las plantas de los pies, se te contracturen las cervicales, el nervio ciático te haga ver estrellitas multicolor y la vejiga comience a gotear como la canilla del baño que no te deja dormir todas las noches.  Pueden suceder múltiples acontecimientos.  Entre los más comunes son los pavotes que se olvidaron de pesar las bananas (y que vas a desear ahorcar con tus propias manos); los que quieren pagar con tickets, dos tarjetas distintas y un poquito de efectivo; los que quieren consultar los puntos en premios; los que quieren canjear vouchers; los que se pasan con la compra y entran a sacar los caramelos y los postrecitos hasta llegar al importe que pueden pagar; la cajera novata que llama veinte veces a la jefa porque no le entran los códigos; el lector de códigos que no reconoce ni la mitad de la compra obligando a la cajera a tipear ciento cincuenta mil números; el papel que se traba o acaba justo cuando te toca a vos; el control de caja o cambio de turno de la cajera que también te toca a vos y la minita que sigue comprando con una parte de la mercadería sobre la cinta transportadora. Es implacable, hagas lo que hagas vas a tardar el doble que el tipo de remera naranja que tiene un carrito cargado con el triple de cosas que vos tenés y tiene delante cinco personas más que vos.  

EL MISTERIO DEL JUGO, LA SAL, EL PAPEL HIGIÉNICO, LA MILANESA FRÍA Y EL JABÓN DE TOCADOR

Cosas que desaparecen como la media viuda.  Otra vez nos encontramos ante un misterio complejo. Lo más escuchado en los careos familiares, ante el cuerpo del delito siempre es "yo no fui".   Como jamás encontrás el culpable, esto califica seriamente como misterio.  Para pararte los pelos de la nuca, se encuentra el plato vacío en la heladera donde dos minutos antes supo existir una milanesa de la noche anterior que te ibas a clavar como almuerzo.  Olvidate, los aliens la abdujeron para estudiar los componentes y clonarla en Marte.  El plato no fué de su interés, lo dejaron intacto en el primer estante de la heladera.  
El papel higiénico debe tener alguna criatura del reino de los insectos que devora papel en cantidades industriales.  Igualmente llama la atención su falta de interés por el rollo de cartón, que dejan intancto en el portarrollo.  
La sal es escurridiza por naturaleza, si los saleros de las casas no están perforados en su base; no se explica porqué desaparece sin explicación alguna.  Personalmente, vivo llenando los tarritos y a la hora de salar un plato tengo que recurrir al paquete de medio kilo porque los saleros están siempre vacíos.
El jugo es presa de un misterio similar. Estoy considerando seriamente instalar una cámara oculta para desentrañar este puzzle doméstico que me tiene sin dormir.  Compro veinte sobres de jugo en polvo y preparo dos jarras de litro y medio todos los días de mi vida.  Sin embargo, y esto es más misterioso aún, cuando recurro a la heladera con la sed de un camello que pasó cuarenta días en el desierto no solamente no encuentro jugo.  No encuentro jugo, ni polvo, ni agua fría.
El jabón es algo que preocupa porque se desvanece delante de nuestras narices.  Los integrantes de la familia suelen llevarlos a pasear de la pileta del tocador a la bañera y de ahí al bidet.  Es sabido que la pastilla que se ha empequeñecido lo suficiente como para perder su voluminosidad y juventud, termina condenada a lavar culos.  ¿Pero qué le pasa a la jóven y novísima pastilla que pusiste en la bañera esta mañana?  No se sabe.  Lo único que se sabe es que terminarás bajo la lluvia enjabonándote las partes con carísimo shampoo con keratina puteando contra toda la raza humana en su conjunto.

EL MISTERIO DE LA PICAZÓN

Esto carece de explicación lógica, deberían poner gente a estudiar este fenómeno ridículo que hace que te pique la naríz cuando estás lavando los platos, te pique el culo cuando tenés las uñas recién pintadas, te pique el ojo cuando estás llevando una bandeja con veinte platos y vasos o te pique la espalda cuando te están lavando el pelo en la peluquería impidiendo que te puedas contorsionar contra algún objeto contundente o clavarte la birome o un tenedor en medio de los omóplatos.
Suele suceder con la misma frecuencia, sufrir de picazones tremendas en los pechos o los genitales en la vía pública, transporte público, estadios, teatros, convenciones y reuniones sociales donde el baño invariablemente suele estar hasta la manija de gente. Misteriosamente.




martes, 18 de agosto de 2015

YO CON YOGA



YOGUEANDO


Cómo llega uno a una clase de yoga?


  1. Algún dolor recurrente que no cede con calmantes.
  2. Anquilosamiento generalizado del esqueleto, músculos, articulaciones y afines.
  3. Aversión desmesurada a los gimnasios tradicionales y lo que allí se ofrece: música estridente, ruidos insoportables, coreografías irreproducibles, clases de step, espejos hasta en los techos, pesas, mancuernas, escaladores, bicibletas fijas y todo tipo de elementos de tortura aeróbica.
  4. Consejo del traumatólogo.
  5. Búsqueda de paz y avistaje de las plantas de los pies.
En mi caso particular, llegué con una lumbalgia monumental y por sugerencia del médico. Después de dar vueltas un año seguido dí con el lugar indicado y me tiré de cabeza antes de que el koala obeso que vive en mí arrugara cobardemente.

Llegué con una remera hasta las rodillas y un jogging que uso exclusivamente para deambular en casa y/o salir exclusivamente para sacar la basura.  Escondida detrás de esos trapos me presenté en la clase quince minutos antes, ansiosa por recibir mi cuota de paz (y llegar al momento de la relajación cuanto antes).  El tramo entre el inicio y la relajación iba a ser un poco más difícil de lo que pintaba.
Sentada en la colchoneta, munida de un par de ladrillos de madera, dos parches de goma eva, una correa para sacar al perro San Bernardo que vive en mí y una frazada; miraba a mis compañeros acomodarse en sus lugares mientras flexionaban los pies o intentaban ciertos estiramientos que en ese momento parecían impensados para mí. Sentarse tipo indio, parecía una proeza imposible,  mi carcaza oxidada no iba a doblegarse tan fácilmente.
La Profesora comenzó con ejercicios que involucraban exclusivamente el cuello y a lo sumo un brazo -esto es pan comido- pensé.  Contenta, escuchando los sonidos internos de máquina desvencijada que proferían mis vértebras cervicales, me percaté que todo el salón miraba para el lado derecho con la mano izquierda cruzada sobre el pecho.  Estaba exactamente al vesre.  Sonrojada por mi primer yogui-papelón, descrucé inmediatamente la mano y corregí la postura.  Al pedo, para cuando tuve todo bajo control, el salón estaba exactamente como yo había estado un minuto atrás.  Esa sería mi consigna del mes: estar siempre un minuto atrás del resto.  Comprendí que era el delay propio del principiante y decidí no hacerme problema por nimiedades, si lograba poner la máquina en funcionamiento la prueba sería superada con honores.  Lo bien que hice, debería haberme preocupado por mis caderas.  Y mis isquiones.  Y mis dorsales.  Y mi mula bandha.  Y mi eje.  Y mis costillas. Obviamente mi osamenta se negaba a expandirse mucho menos a alinearse cual fichitas de dominó.  
El pan comido se convirtió en un nudo indigerible cuando me pidieron enterrar la cabeza entre las piernas, incrustar el mentón en el esternón y agarrarme los pies tratando de sobrevivir al intento inspirando y exhalando (sin espacio para quedarme con dos gramos de oxígeno necesarios para seguir con vida).
Con una bocanada de aire fresco, logré enderezarme agarrándome de unas sogas que colgaban en la pared detrás mío.  Le supliqué a mis rodillas que me obedecieran porque quería pararme con clase, cosa que no pudo ser.  Me levanté clavando las garras en cuanto elemento estuvo a diez centímetros de mi persona salvándole la vida a mi compañera de la izquierda ya que mi derrape sacro coccígeo evitó de pura casualidad su rostro.  Desparramada como una babosa en el piso, me levanté en un segundo aparatoso intento.  Demás está decir que todas las partes duras de mi persona emitían sonidos a huesos rotos, piedra y arena.  Hubiera llevado el WB 40 para aceitar las articulaciones, aunque todavía estoy pensando si debería haberlo ingerido o untado en todo mi baqueteado cuerpo.
Como cereza del postre, se me solicitó partir mi cuerpo a la mitad para realizar las famosas torsiones. Para traducir esto a una forma gráfica debería explicar que se le pide a una parte del cuerpo que se quede en un lugar y a la otra que se tome el palo bien lejos.  Los tironeos de los músculos, la caminata con manos y pies metiendo el ombligo para adentro y contrayendo los glúteos es de las cosas más difíciles que me han tocado hacer además de sacar un pibe de 4.350 kgs. por uno de mis orificios vitales.  Que conste que nunca lo logré y debieron abrirme como al Tiburón de la peli para hurgar entre las vísceras para encontrar al muñeco en cuestión.
Luego de estos ejercicios vi con horror como varios compañeros se colgaban cabeza abajo suspendidos con sogas.  De repente tuve una epifanía y soñé con participar en mi propio momento "Cirque du Soleil", agarré las sogas con decisión e intenté infructuosamente levantar el armatoste caminando por las paredes.  No lo logré, quedé suspendida culo mirando al Tibet, estrangulada con las sogas y el mondongo colgando en una figura poética de Buda decapitado.
Llegó la hora de la relajación, tarde pero seguro, lo mejor de la clase estaba por venir.  Me tapé con la frazada hasta la mandíbula, los ojos con la almohadilla y luego de la frase "relajo todo el cuerpo de una sola vez" me quedé profundamente dormida.  Un ruido ensordecedor me sacó de una patada en el culo del viaje de amor y paz que había emprendido mentalmente a la India: el sonido de mis propios ronquidos.  Roja de vergüenza me esforcé por no volver a caer rendida en los brazos de Morfeo, tuve que pelearme varias veces conmigo misma para no volver a producir sonidos de foca y babearme como bebé en plena dentición.

Después vinieron el balanceo final, un par de estiramientos y el tecito con la Profe y compañeros.

Al día siguiente me dolían hasta las pestañas.  Todo menos las lumbares, motivo por el cual había asistido a la clase.  Misteriosamente pude atarme las zapatillas sin dolor, dormí como los Dioses y al día siguiente me sentí mucho mejor.  

Aún no he claudicado, es un avance si tomamos en cuenta mi prontuario gimnástico.

Shanti.

Y ahora un breve clip de la clase de yoga de Sex & the City (está en inglés pero se entiende perfectamente qué es lo que buscaba Samantha en esa clase).