miércoles, 10 de agosto de 2016

¿QUÉ COMEMOS?




Esa pregunta odiosa que todo ser humano se hace mirando la heladera


No me gusta generalizar, pero en este caso, la preguntita les cabe más a las mujeres que a los hombres.  Por mandato social, en un ochenta por ciento, es la mujer la encargada de sacar el glaciar del freezer y convertirlo casi mágicamente en una cena.  Más que un mandato social, me atrevo a decir que es una maldición gitana, un sino, un flagelo, un garrote que le pega siempre en la cabeza a una mujer en algún momento del día, todos los días de su vida.  De hecho, mi hijo acaba de pronunciar la consabida preguntita del culo “¿Qué vamos a comer hoy, maaaaaaa?”.

La pregunta en sí no molestaría si no acarreara toda una serie de incógnitas a ser develadas en un muy corto plazo y con mucho ingenio por la capitana de la cocina.  Se pone el sol y las águilas que conviven con una se ponen a revolotear por la cocina…pasados veinte minutos el perímetro se va reduciendo al área de la heladera y el microondas.  Les pica el bagre, hablando en criollo, el hambre comienza a organizar conciertos en los estómagos del clan familiar.  Pero la responsabilidad de combatir este monstruo en franca expansión suele ser una mujer que tiene otras cosas en las que pensar, además de cerrar esas bocas abiertas con algo biodegradable y fácil de hacer.

En general, hay dos tipos de cocineros del día a día (acá no cuentan las comidas que uno disfruta realizar como hobby, la repostería y los platos que se sacan de los posteos de Facebook); están los organizados y los magos.  En el primer segmento encontramos a la persona que tiene anotado el menú semanal pegado con un imán a la heladera, que conlleva un perfecto correlato con el contenido de la misma.  Esos alimentos han sido comprados con una estrategia cuasi militar y combinan perfectamente los unos con los otros, van a aterrizar en la mesa de acuerdo al cronograma prefijado: una maravilla (que solo existe en la revista Para Ti, en el canal Gourmet y en familias numerosas donde la organización es sinónimo de subsistencia).  En el segundo segmento encontramos a la persona que tiene seis platos en la galera con dos variaciones por cada  menú.  Digo seis porque uno le prende una vela a cada santo para zafar de cocinar el séptimo día, si Dios descansó después de hacer el mundo, a nosotros no nos corresponde menos.  Estas personas tienen el menú anotado con balas de paintball en la cabeza y pueden desarrollar los mismos con los ojos cerrados, con uno o dos ingredientes menos, y la suficiente flexibilidad para convertir milanesas en bifes a la criolla o fideos a la bolognesa en un alto guiso si la ocasión así lo requiere. 

Para el primer segmento no existe adrenalina, tal vez el tedio de ejecutar los mismos diez pasos para convertir un cadáver de pollo en un strogonoff con arroz.  Para el segundo segmento, que se olvidó como siempre, de sacar el ave fagocitado por el glaciar Perito Moreno Whirlpool del freezer; la empresa suele ser un toque más zarpada.  Aspirando el aire helado del receptáculo que se niega a entregar el bloque de hielo que contiene al pollo, igual que la ardilla de “La Era de hielo”, pasan por la corteza cerebral una docena de ideas que no serán llevadas a cabo porque a cada una le faltan dos o tres ingredientes fundamentales.  Entonces se empiezan a tachar las opciones y nos quedamos con una facilita, meter el cadáver al horno, con cositas alrededor y encomendarnos a la Vírgen del ágape familiar.  Muy probablemente, si son como yo que no etiqueto nada que inserto en el freezer, se lleven una dolorosa sorpresa al preparar una genial salsa para bondiola de cerdo que acaban de leer en internet (cuya receta ha sido previamente captada mediante un print de pantalla); para descubrir con horror que la cosa que gira y gira dentro del microondas no sólo no está emparentada con un chancho, es una bola de lomo de vaca fileteada para milanesas.  Ahí es cuando aparece el mago que llevamos adentro suplantando manteca por aceite, harina por maicena, pan rallado por avena, lechuga por espinaca; dando lugar a una mescolanza que alimenta a la tropa sin problemas (a lo sumo una leve diarrea).

Pero no hay nada más molesto que preguntar “qué quieren comer” y te contesten “cualquier cosa” con el celular en la mano y la vista perdida.  Es el momento asesino del día, les revolearía una cacerola Essen por la cabeza (que pesa una tonelada).  Porque cuando empezás a ofrecer opciones te contestan “fideos comimos el martes”, “otra vez pollo?” (con cara de asco), “las milanesas pueden ser napolitanas?” (como si la salsa de tomate saliera de las canillas), “tarta no porque estoy a dieta” (dicho por alguien que acaba de clavarse un sándwich con las sobras del día anterior), “la carne de noche cae pesada” (pero les servís una milanesa de soja y  te repudian por terrorismo vegano, “por qué no te amasás unos ñoquis?” (dicho a las 21 hs. total no hay problemas, podemos acostarnos al amanecer durmiendo el día entero como los vampiros), “salchichas con puréeeeee? eso no es una cena!” (el que se clava un Big Mac como si fuera una cena en el Hilton.

Señora, señor…si Ud. se ve inmersa/o en tamañas disyuntivas gastronómicas, cálcese las zapatillas de jogging, tome carrera y no dé vuelta la cabeza hasta haber pasado algún control aduanero.

Yo, la que cocina en casa.




domingo, 20 de marzo de 2016



AMORES PLATÓNICO-CINEMATOGRÁFICOS

Esa fijación con una estrella de cine que todas padecemos

En la peli "La Rosa Púrpura del Cairo", la protagonista se sienta a babearse en el cine mirando a su actor favorito, deseando que el tipo salga de la pantalla y la lleve a vivir una vida de ensueño. Cansada de su oprobiosa y rutinaria vida, desea con tanto ahínco conocer a la estrella de la que está enamorada, que gracias a la loca mente de Woody Allen, el tipo sale de la pantalla y la lleva a vivir una loca aventura.
Esta mujer agobiada por los problemas cotidianos tiene fantasías con un tipo al que nunca ha visto ni olido en su vida.  Es por obra y gracia del séptimo arte, que la mujer queda anonadada cada vez que se sienta en la butaca del cine a adorar a este personaje de ficción, que probablemente no tenga ninguna de las cualidades que ella imagina.  Sin embargo el amor es tan real que lo puede sentir en el pecho (en forma de taquicardia), en su mente (porque lo ama al punto de desearle el bien) y en su pubis (se le caen los calzones cada vez que aparece en escena).
El talento de Allen radica en haber descubierto que toda mujer sueña en algún momento de su vida con un actor de cine (o varios).

La realidad dice que las mujeres  heterosexuales soñamos despiertas y dormidas con un promedio de ocho a ochenta estrellas de cine por vida, siendo algunas, particularmente fieles a un sólo actor que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida (con sus idas y venidas).
Supongo que con la primera dosis de hormonas femeninas en sangre de la pubertad, comienza nuestro interés en el sexo opuesto, siendo los actores de cine y televisión los que atrapan nuestra atención (más allá del interés en algún sujeto real de carne y hueso). En mi caso fueron varios policías, vaqueros y ladrones de televisión los que llamaron mi atención al punto tal de sacarle fotos a la pantalla, gastar un dineral en revistas o pedirle prestadas al kiosquero las publicaciones que no podía pagar para sacarle fotocopias a la foto del objeto de mi febril deseo adolescente.  En la volteada caían los músicos de la época y algún que otro deportista... o la selección de futbol completa de mi país.
No recuerdo en qué momento, pero mi primer gran amor cinematográfico fué Mel Gibson, que suplantó a Bruce Willis solamente porque éste último se había casado y la imágen de una embarasadísima Demi Moore en la revista "Vanity Fair" destrozó esa relación amorosa unilateral.  Mel Gibson también estaba casado cuando me picó el bicho, pero tenía como siete hijos y asumí que la mujer podría cedérmelo tranquilamente después de haber gozado hasta el hartazgo de ese muñeco australiano de ojos celestes como el mar y una sonrisa para incinerar bragas.  El amor duró tanto que llegué a comprar un libro de tapas duras con su biografía ilustrada con generosas fotos diseñadas para el  inmediato espasmo uterino.  Como todo amor no correspondido, la llama se fue apagando de a poco.  Donde hubo fuego, no quedaron ni las cenizas, sólo el libro en la biblioteca, los videos fueron a parar a la basura cuando digitalicé los VHS.

Si esta fascinación idiota explota con la adolescencia, con un matrimonio de años recrudece en forma violenta.  En mi caso, luego de un par de relaciones platónicas ocasionales con Andy García y George Clooney, caí en las redes de Russell Crowe.  No ví Gladiador en el cine, menos mal porque hubiera sido un papelón descomunal.  La alquilé y me encandilé.  No hubo peli ni foto que no hubiera enterrado sigilosamente en el cajón de la ropa interior (en forma de diskette o VHS).  Descosí internet buscando información precisa sobre el nuevo amor platónico de mi vida. Me sabía los nombres de toda la familia, tenía la dirección exacta de su casa, y de haber sido monetariamente posible lo hubiera "stalkeado" sin vergüenza.  La pasión se golpeó fríamente con la realidad de un tipo que en el 2003 se casaba con su novia de toda la vida y le fabricaba dos hijos en tres años.  Tuve que mudar mis pasiones hacia otros horizontes, de Australia me fui a Escocia y me agencié un Gerard Butler.  A éste lo conocí cuando ni la madre sabía que era famoso.  Fue por una película chiquita llamada "Dear Frankie" donde existe solamente un beso contra una pared propinado por un tipazo altísimo con un vozarrón increíble y una cara que quita el aliento,  Ya estábamos en el año 2006 o 2007 y la tecnología me permitió almacenar cantidades industriales de fotos HD que admitían, gracias a la lupita, contarle los tonos de color de la pupila de los ojos al escocés que me tuvo al borde del incendio forestal del bajo vientre.  Era tanto el amor, que pude establecer vínculos de amistad con mujeres argentinas y españolas gracias a la web oficial de fans del actor (a la que apodamos "Mothership").  Tuvimos que escribir con faltas de ortografía para poder puentear la censura de las administradoras norteamericanas, que utilizaban traductores on line para entender nuestros posteos donde hablábamos abiertamente sobre la generosa anatomía del escocés y urdíamos intrincados planes para secuestrarlo (esto estaba absolutamente prohibido por las americanas, que luego descubrimos, violentando sus photobuckets, se sacaban fotos con gigantografías del actor en situaciones francamente embarazosas o bañándose en un jacuzzi con el muñeco del Rey Leónidas de la peli "300").  Pasamos a auto-denominarnos "zuziaz" y algunas miembros de este dilecto grupo tuvieron la oportunidad de verlo en persona o hablar por teléfono con él.  El amor era tan grande que dos amigas españolas cruzaron el charco para una reunión en su honor donde hubo hasta un derrame de secreciones en grupo en el cine IMAX, mirando la peli "300" por enésima vez.  Nos juntábamos a tomar café y hablar sobre nuestra suegra Margaret, mirando en el Google Earth la casa del actor en Paisley.  "Es un buen chico, quiero que le vaya bien", era una frase que se escuchaba muy seguido, en ese abril del 2007.
Como toda pasión febril, tiene un pico y luego comienza a decaer.  Lo mío se fué apagando, pero nunca perdí de vista a la bestia Crowe (apodado así por su físico, su voz y por su fama de pocas pulgas).  Estaba enferma de celos pero de tanto en tanto lo googleaba para verlo jugar en el parque con sus dos retoños, deseando haber sido el receptáculo de su esplendorosa semilla. 

Pasado un tiempo, el amor platónico cinematográfico fue involucionando en una larga lista de relaciones cinematográficas promiscuas con todo aquel actor de ojos incandescentes, voz aterciopelada, estampa portentosa; que interpretara a algún pirata, detective, vampiro, caballero de la Inglaterra del siglo X al XVIII, médico, highlander de las tierras altas de Escocia, vaquero, astronauta, piloto o simplemente el soldado que enamora a la chica pudiente cuando vuelve de la guerra.
Así fué como armé y muchas de mis amigas armaron su harem privado.  Por esos catálogos privados han desfilado hombres como Ewan Mc Gregor o Clive Owen.  Ingleses, americanos, españoles y hasta alemanes.  Si la película era buena, caíamos como moscas en la mermelada.
No fué hasta que descubrí, que Russell Crowe se había separado, que volví a caer en sus redes.  Y esta vez fueron redes de verdad, ya que no pude creer mi suerte cuando descubrí que el Twitter podía acercarme a este personaje a quien había amado platónicamente por más de dieciséis años.  Tuve que actualizar mis archivos, con sus películas y fotos nuevas; desempolvar los dvd's de antaño y el arsenal de fotos que había guardado en su momento.

Qué lleva a una mujer a desarrollar un amor platónico-cinematográfico?  
Creo que el cine es una fábrica de estos muñecos impecables de miradas sensuales, dientes perfectos y cuerpos para el crimen organizado.  Esta gente nos conoce, de hecho muchas películas están producidas y dirigidas por mujeres.  Saben que vamos a consumir cantidades industriales de material sobre el tipo al que han llevado a la pantallas y lo han paseado por cuanta premiere y rueda de prensa existe (como un perro en una exposición canina).  Saben que vamos a sucumbir comprando el perfume que usan para rociarlo en el tórax de nuestras parejas intentando  construír una fantasía a medida del consumidor.  Están seguros que vamos a correr como locas a comprar entradas para la última película después que nos bombardearon sin piedad con tres o cuatro trailers que miraremos hasta el cansancio.  Entonces nos fabrican un héroe a medida, barbas a medio crecer, vientres marcados como tabla de chocolate, cabelleras impecablemente desarregladas, primeros planos de ojos de los colores más infartantes del mundo mundial. Nos conocen.  Han aprendido que somos volátiles, soñadoras, que suspiramos corazoncitos de color rosa y que mientras trabajamos frente a una computadora o revolvemos el estofado en la olla tenemos la mente en ese beso que nos roba el aliento...deseando silenciosamente estar en el lugar de la maldita perra suertuda que puso la boca en esas cinco deliciosas tomas.

¿Quién es tu amor platónico-cinematográfico?


domingo, 20 de septiembre de 2015

LOS SIETE MISTERIOS DE LA VIDA



Esas preguntas para las cuales no existe una respuesta concreta

EL MISTERIO DEL CAJERO DEL BANCO

Uno de los misterios más misteriosos de la vida moderna es qué hace la gente en los cajeros automáticos.  Sexagenarias que son capaces de saltar la banca en los tragamonedas del Casino se convierten en esculturas de mármol delante del display de un cajero.  Son capaces de estar más de treinta minutos pasando la tarjeta, cancelando operaciones, revoleando papelitos escupidos por una máquina, que si fuera inteligente, sacaría un puño por el buzón y las knockearía de una trompada en el medio de la cara.  No solamente mujeres grandes, hombres jóvenes tienen serios problemas de coordinación al enfrentarse al monstruo metálico que los hace transpirar como beduinos por un par de mugrosos billetes para comprar preservativos y la entrada al boliche un sábado a la noche.  Uno podría pensar que es culpa del Banco, muchas veces los cajeros se ríen en tu cara flasheando un cartelito "fuera de servicio" o "este cajero no cuenta con dinero"; pero yo me refiero a la maquinita que anda perfectamente y la adicción que tiene alguna gente por instalarse a matar el tiempo jugando con las teclas.  Gente que lleva a los chicos y los deja apretar el enter o meter la tarjeta (invariablemente al revés).  Mujeres que dejan que su indiada se divierta en las máquinas mientras intentan consultar su saldo sin éxito.  Hombres que le demandan al mamotreto metálico dos millones de operaciones yendo de atrás para adelante, imprimiendo ciento cincuenta tickets y encaprichándose en depositar el mismo billete malogrado que el buzón rechazó una docena de veces.  Misterio.  Verán en el aparato a un confesionario moderno?

EL MISTERIO DE LA MEDIA VIUDA

Comprás pares de medias y generalmente las conocés muy bien porque elegiste la de los girasoles amarillos sobre fondo verde loro o la de las estrellas fucsia sobre fondo turquesa.  Queda claro que a todos nos gusta derrapar en aquellos lugares que quedan resguardados del escarnio público.  Las medias y la ropa interior son un capítulo aparte.  Volviendo a las medias, sabemos que tenemos unos diez o quince pares en buen estado y otro tanto con agujeros incomodísimos que nos resistimos a tirar porque fueron nuestras favoritas durante largos períodos del invierno.  
El misterio consiste en que algunas de ellas quedan viudas inexplicablemente y nunca pero nunca jamás su par vuelve a aparecer ni dentro del canasto de ropa sucia, ni en los cajones de su auténtico dueño ni traspapelada en los de los otros miembros de la familia, ni  siquiera en el fondo del lavarropas (mojada y temblando de miedo).  No la tiene el perro en el jardín porque la arrancó del tender, ni la vecina porque salió volando de la soga en la última sudestada.  Así como las naves que desaparecen en el triángulo de las Bermudas, existe el triángulo de las Medias...un lugar sórdido y siniestro donde van a parar cientos y cientos de medias caídas en cumplimiento del deber.

EL MISTERIO DE LA BIROME

En todas las casas existe un arsenal importante de biromes que se agencian a lo largo de los días ya sea compradas en la librería o como regalo publicidad de hoteles, bares, bancos, compañías de seguros y afines.  Se podría decir que en una casa promedio existen unas ocho biromes por cabeza.  Se podría afirmar que en esa casa alguien escribe algo todos los días.  Se podría asegurar, entonces, que existe por lo menos una birome que está a tiro en el mismo lugar de siempre, en perfectas condiciones de uso.  Sin embargo, cuando alguien necesita anotar un teléfono, un código de acceso a la venta de asientos de cine, el nombre de un medicamento, la dirección de una reunión social, el número de registro de la denuncia de falta de suministro de energía eléctrica o la cantidad de ingredientes que tu amiga le pone a la tortilla que estás por hacer...la puta birome brilla por su ausencia.  Todos los integrantes de la casa serán convocados a una Corte Marcial al pie del lugar donde viven las biromes (en mi casa es en el cajón de los cubiertos finos) a fin de confesar el crimen y reponer un dispositivo de similares características.  El misterio consiste en que son todos inocentes, el culpable jamás será encontrado, el perro será injustamente castigado y, lo que es más misterioso aún, no existe ni una sola herramienta para escribir en toda la casa.

EL MISTERIO ANCESTRAL DEL FUEGO

Miles de años tuvieron que pasar y sin embargo hacer fuego sigue siendo un dolor de cabeza en una casa común y corriente.  Dispuestas a cocinar, delantal colgando del cuello y sonrisa plástica clavada en la caripela, nos disponemos a prender el horno para introducir el producto de una hora y media de laburo paradas frente a la mesada de la cocina.  Palpando los anaqueles de la cocina en busca de los benditos fósforos, ya que la mayoría los seguimos poniendo fuera del alcance de los niños aunque los niños ya nos sacan dos cabezas y muchas veces son quienes nos alcanzan los utensillos de cocina de los estantes más altos, verificamos con terror que la cajita desapareció.  Rebobinando los últimos episodios vividos, recordamos que nuestros maridos hicieron un asado (la cajita fué vista por última vez con vida en la parrilla); corremos esquivando mascotas y plantas para cerciorarnos con horror que la cajita ha sido capturada como rehén por una banda de talibanes.  Ahí comienza una búsqueda implacable que dará como resultado un misterio absoluto: no sólo no está, tampoco está el cadáver en la basura.  Quizás aparezca días después, mal guardada en algún cajón por alguna visita que, con intenciones de ayudar, nos complicó la vida.  
Pero ahí no termina el misterio del fuego, lo más probable es que se te vaya el sueldo en fósforos que nunca encienden.  El promedio es 1 de cada 5 y la llama no dura el viaje desde la caja hasta la hornalla con lo cual vas a encontrarte agachada con la caja a dos centímetros de la hornalla y de la cara para tener por lo menos una encendida (el resto será encendido con el típico cubanito de papel made in casa).  Si creíste que te salvabas comprando el famoso chispero te voy a aguar la fiesta.  Yo lo hice.  El puto artefacto genera chispa cuando se le canta el culo.  Eso te llevará de una a la piedra y la ramita...de ahí a la pinturas rupestres y el taparrabos estás a solo dos cajitas de fósforos de distancia.

EL MISTERIO DE LA FILA DE SUPERMERCADO

No es un error de percepción ni de cálculo.  No está científicamente comprobado, por eso es un misterio cuya naturaleza retorcida y pérfida no podrá ser desentrañada hasta el fin de nuestros días. Cualquiera sea la fila que elijas para pagar tu compra, esa será la que te haga echar raíces en el piso hasta que te quemen las plantas de los pies, se te contracturen las cervicales, el nervio ciático te haga ver estrellitas multicolor y la vejiga comience a gotear como la canilla del baño que no te deja dormir todas las noches.  Pueden suceder múltiples acontecimientos.  Entre los más comunes son los pavotes que se olvidaron de pesar las bananas (y que vas a desear ahorcar con tus propias manos); los que quieren pagar con tickets, dos tarjetas distintas y un poquito de efectivo; los que quieren consultar los puntos en premios; los que quieren canjear vouchers; los que se pasan con la compra y entran a sacar los caramelos y los postrecitos hasta llegar al importe que pueden pagar; la cajera novata que llama veinte veces a la jefa porque no le entran los códigos; el lector de códigos que no reconoce ni la mitad de la compra obligando a la cajera a tipear ciento cincuenta mil números; el papel que se traba o acaba justo cuando te toca a vos; el control de caja o cambio de turno de la cajera que también te toca a vos y la minita que sigue comprando con una parte de la mercadería sobre la cinta transportadora. Es implacable, hagas lo que hagas vas a tardar el doble que el tipo de remera naranja que tiene un carrito cargado con el triple de cosas que vos tenés y tiene delante cinco personas más que vos.  

EL MISTERIO DEL JUGO, LA SAL, EL PAPEL HIGIÉNICO, LA MILANESA FRÍA Y EL JABÓN DE TOCADOR

Cosas que desaparecen como la media viuda.  Otra vez nos encontramos ante un misterio complejo. Lo más escuchado en los careos familiares, ante el cuerpo del delito siempre es "yo no fui".   Como jamás encontrás el culpable, esto califica seriamente como misterio.  Para pararte los pelos de la nuca, se encuentra el plato vacío en la heladera donde dos minutos antes supo existir una milanesa de la noche anterior que te ibas a clavar como almuerzo.  Olvidate, los aliens la abdujeron para estudiar los componentes y clonarla en Marte.  El plato no fué de su interés, lo dejaron intacto en el primer estante de la heladera.  
El papel higiénico debe tener alguna criatura del reino de los insectos que devora papel en cantidades industriales.  Igualmente llama la atención su falta de interés por el rollo de cartón, que dejan intancto en el portarrollo.  
La sal es escurridiza por naturaleza, si los saleros de las casas no están perforados en su base; no se explica porqué desaparece sin explicación alguna.  Personalmente, vivo llenando los tarritos y a la hora de salar un plato tengo que recurrir al paquete de medio kilo porque los saleros están siempre vacíos.
El jugo es presa de un misterio similar. Estoy considerando seriamente instalar una cámara oculta para desentrañar este puzzle doméstico que me tiene sin dormir.  Compro veinte sobres de jugo en polvo y preparo dos jarras de litro y medio todos los días de mi vida.  Sin embargo, y esto es más misterioso aún, cuando recurro a la heladera con la sed de un camello que pasó cuarenta días en el desierto no solamente no encuentro jugo.  No encuentro jugo, ni polvo, ni agua fría.
El jabón es algo que preocupa porque se desvanece delante de nuestras narices.  Los integrantes de la familia suelen llevarlos a pasear de la pileta del tocador a la bañera y de ahí al bidet.  Es sabido que la pastilla que se ha empequeñecido lo suficiente como para perder su voluminosidad y juventud, termina condenada a lavar culos.  ¿Pero qué le pasa a la jóven y novísima pastilla que pusiste en la bañera esta mañana?  No se sabe.  Lo único que se sabe es que terminarás bajo la lluvia enjabonándote las partes con carísimo shampoo con keratina puteando contra toda la raza humana en su conjunto.

EL MISTERIO DE LA PICAZÓN

Esto carece de explicación lógica, deberían poner gente a estudiar este fenómeno ridículo que hace que te pique la naríz cuando estás lavando los platos, te pique el culo cuando tenés las uñas recién pintadas, te pique el ojo cuando estás llevando una bandeja con veinte platos y vasos o te pique la espalda cuando te están lavando el pelo en la peluquería impidiendo que te puedas contorsionar contra algún objeto contundente o clavarte la birome o un tenedor en medio de los omóplatos.
Suele suceder con la misma frecuencia, sufrir de picazones tremendas en los pechos o los genitales en la vía pública, transporte público, estadios, teatros, convenciones y reuniones sociales donde el baño invariablemente suele estar hasta la manija de gente. Misteriosamente.




martes, 18 de agosto de 2015

YO CON YOGA



YOGUEANDO


Cómo llega uno a una clase de yoga?


  1. Algún dolor recurrente que no cede con calmantes.
  2. Anquilosamiento generalizado del esqueleto, músculos, articulaciones y afines.
  3. Aversión desmesurada a los gimnasios tradicionales y lo que allí se ofrece: música estridente, ruidos insoportables, coreografías irreproducibles, clases de step, espejos hasta en los techos, pesas, mancuernas, escaladores, bicibletas fijas y todo tipo de elementos de tortura aeróbica.
  4. Consejo del traumatólogo.
  5. Búsqueda de paz y avistaje de las plantas de los pies.
En mi caso particular, llegué con una lumbalgia monumental y por sugerencia del médico. Después de dar vueltas un año seguido dí con el lugar indicado y me tiré de cabeza antes de que el koala obeso que vive en mí arrugara cobardemente.

Llegué con una remera hasta las rodillas y un jogging que uso exclusivamente para deambular en casa y/o salir exclusivamente para sacar la basura.  Escondida detrás de esos trapos me presenté en la clase quince minutos antes, ansiosa por recibir mi cuota de paz (y llegar al momento de la relajación cuanto antes).  El tramo entre el inicio y la relajación iba a ser un poco más difícil de lo que pintaba.
Sentada en la colchoneta, munida de un par de ladrillos de madera, dos parches de goma eva, una correa para sacar al perro San Bernardo que vive en mí y una frazada; miraba a mis compañeros acomodarse en sus lugares mientras flexionaban los pies o intentaban ciertos estiramientos que en ese momento parecían impensados para mí. Sentarse tipo indio, parecía una proeza imposible,  mi carcaza oxidada no iba a doblegarse tan fácilmente.
La Profesora comenzó con ejercicios que involucraban exclusivamente el cuello y a lo sumo un brazo -esto es pan comido- pensé.  Contenta, escuchando los sonidos internos de máquina desvencijada que proferían mis vértebras cervicales, me percaté que todo el salón miraba para el lado derecho con la mano izquierda cruzada sobre el pecho.  Estaba exactamente al vesre.  Sonrojada por mi primer yogui-papelón, descrucé inmediatamente la mano y corregí la postura.  Al pedo, para cuando tuve todo bajo control, el salón estaba exactamente como yo había estado un minuto atrás.  Esa sería mi consigna del mes: estar siempre un minuto atrás del resto.  Comprendí que era el delay propio del principiante y decidí no hacerme problema por nimiedades, si lograba poner la máquina en funcionamiento la prueba sería superada con honores.  Lo bien que hice, debería haberme preocupado por mis caderas.  Y mis isquiones.  Y mis dorsales.  Y mi mula bandha.  Y mi eje.  Y mis costillas. Obviamente mi osamenta se negaba a expandirse mucho menos a alinearse cual fichitas de dominó.  
El pan comido se convirtió en un nudo indigerible cuando me pidieron enterrar la cabeza entre las piernas, incrustar el mentón en el esternón y agarrarme los pies tratando de sobrevivir al intento inspirando y exhalando (sin espacio para quedarme con dos gramos de oxígeno necesarios para seguir con vida).
Con una bocanada de aire fresco, logré enderezarme agarrándome de unas sogas que colgaban en la pared detrás mío.  Le supliqué a mis rodillas que me obedecieran porque quería pararme con clase, cosa que no pudo ser.  Me levanté clavando las garras en cuanto elemento estuvo a diez centímetros de mi persona salvándole la vida a mi compañera de la izquierda ya que mi derrape sacro coccígeo evitó de pura casualidad su rostro.  Desparramada como una babosa en el piso, me levanté en un segundo aparatoso intento.  Demás está decir que todas las partes duras de mi persona emitían sonidos a huesos rotos, piedra y arena.  Hubiera llevado el WB 40 para aceitar las articulaciones, aunque todavía estoy pensando si debería haberlo ingerido o untado en todo mi baqueteado cuerpo.
Como cereza del postre, se me solicitó partir mi cuerpo a la mitad para realizar las famosas torsiones. Para traducir esto a una forma gráfica debería explicar que se le pide a una parte del cuerpo que se quede en un lugar y a la otra que se tome el palo bien lejos.  Los tironeos de los músculos, la caminata con manos y pies metiendo el ombligo para adentro y contrayendo los glúteos es de las cosas más difíciles que me han tocado hacer además de sacar un pibe de 4.350 kgs. por uno de mis orificios vitales.  Que conste que nunca lo logré y debieron abrirme como al Tiburón de la peli para hurgar entre las vísceras para encontrar al muñeco en cuestión.
Luego de estos ejercicios vi con horror como varios compañeros se colgaban cabeza abajo suspendidos con sogas.  De repente tuve una epifanía y soñé con participar en mi propio momento "Cirque du Soleil", agarré las sogas con decisión e intenté infructuosamente levantar el armatoste caminando por las paredes.  No lo logré, quedé suspendida culo mirando al Tibet, estrangulada con las sogas y el mondongo colgando en una figura poética de Buda decapitado.
Llegó la hora de la relajación, tarde pero seguro, lo mejor de la clase estaba por venir.  Me tapé con la frazada hasta la mandíbula, los ojos con la almohadilla y luego de la frase "relajo todo el cuerpo de una sola vez" me quedé profundamente dormida.  Un ruido ensordecedor me sacó de una patada en el culo del viaje de amor y paz que había emprendido mentalmente a la India: el sonido de mis propios ronquidos.  Roja de vergüenza me esforcé por no volver a caer rendida en los brazos de Morfeo, tuve que pelearme varias veces conmigo misma para no volver a producir sonidos de foca y babearme como bebé en plena dentición.

Después vinieron el balanceo final, un par de estiramientos y el tecito con la Profe y compañeros.

Al día siguiente me dolían hasta las pestañas.  Todo menos las lumbares, motivo por el cual había asistido a la clase.  Misteriosamente pude atarme las zapatillas sin dolor, dormí como los Dioses y al día siguiente me sentí mucho mejor.  

Aún no he claudicado, es un avance si tomamos en cuenta mi prontuario gimnástico.

Shanti.

Y ahora un breve clip de la clase de yoga de Sex & the City (está en inglés pero se entiende perfectamente qué es lo que buscaba Samantha en esa clase).




sábado, 25 de julio de 2015

UTOPIAS LITERARIAS

 
 
PERSONAJES DE LA LITERATURA ERÓTICO FESTIVA

Tal como hice en otras entradas, escribí sobre el personaje principal de la saga "Outlander" de la autora Diana Gabaldon, responsable de las crisis matrimoniales de la mitad de las lectoras de sus adictivos libros.  Está clarísimo que no existe hombre sobre esta tierra que le haga sombra a Jamie Fraser.  El tipo es la perfección en dos patas, no solamente físicamente, el señor es un dechado de virtudes, un escocés con valores, buen corazón, ética, moral y todo lo que hace que el machote sea un imposible.
Las autoras de esta literatura saben que somos materia fácil de convocar. Así que manufacturan un tipo ideal desde todo punto de vista para que caigamos muertas como piojos rociados con permetrina.  Ellas saben (porque son mujeres como nosotras) qué cuerda tocar para mojar nuestras prendas íntimas en dos oraciones además de dejarnos eternamente dañadas para el resto de los hombres de carne y hueso que habitan nuestro planeta.
Es así como nos vemos inmersas en esta trampa mortal que nos obliga a hacer cosas como leer hasta que sale el sol y bancarnos estoicamente todo un día de laburo con ojeras hasta las rodillas.  Rechazamos invitaciones sociales para encerrarnos toda una tarde a leer a destajo hasta que los ojos nos quedan inyectados en sangre dándoles un aspecto de zombie pasado de rosca.  Somos capaces de encapsularnos en el baño a las tres de la mañana para leer diez páginas más porque a nuestros maridos de carne y hueso la luz del velador los desvela (con ese mismo velador con el que seríamos capaces de desnucarlos si no se interpusiera la razón).  Leemos en los trenes y en los colectivos, llorando a moco tendido y largando una carcajada que se escapa sin filtro llamando la atención de los que nos rodean; la mayoría piensa que estamos de la nuca y tienen razón.  Leemos cocinando y se nos pasa cualquier cosa que hayamos puesto al horno o en la olla, porque estamos de la olla.  Leemos en el baño, en la playa, al borde de la pileta, en la hamaca paraguaya, en el consultorio del médico y en cualquier momento libre  que la vida nos regala. 
Pero, cómo reconocer a las verdaderas utopías literarias de las novelas erótico festivas?
 
 
 
EL PROTA
 
- Mide más de un metro ochenta.
- Tiene ojos claros o negros de mirada salvaje.
- Cuerpo tallado en madera, el tipo es una escultura de Leonardo Da Vinci caminando.  El culo es redondo y respingado.  Las piernas son largas y musculosas.  Los brazos ídem.  Manos onda gigantes tipo manopla para sacar la asadera del horno.  Dedos fuertes, uñas impecables salvo que sufra un accidente y le queden los dedos destrozados en alguna batalla.  Narices perfectas, largas y rectas.  Bocas de labios gruesos pero bien proporcionados, con dientes blancos como las teclas de un piano nuevo.  Barba de tres días, a veces más si fue a la guerra o vive en el 1700 y se pasa seis meses escondido en una cueva o bosque lejos de la civilización.  El torso es perfecto, la tabla de chocolate está presente gracias a que en la mayoría de los casos estos tipos son guerreros, highlanders, soldados, gimnastas, deportistas, mercenarios, agentes encubiertos o ninjas.  Los genitales van en un capítulo aparte.  En esta literatura no existen las medidas S, XS ni M.  Acá van del L al XXL.  Y encima son divinos, tanto el pene como los testículos suelen ser motivos de admiración por la prota del libro que en su vida vio algo tan precioso, perfecto y enorme (generalmente quedan cojeando luego de la primera cópula).
- Nunca un pobre.  No, estos tipos están forrados en dinero.  Se hicieron millonarios antes de los veinticinco gracias a un cerebro superdotado o bien han heredado una fortuna de sus padres.  A veces quedan en la ruina después de una guerra o un destierro, pero siempre tienen la capacidad de volverse a levantar y amasar una nueva fortuna con la que pueden alimentar no solamente a la protagonista femenina, a toda su familia, primos, vecinos, amigos y empleados.  Nadie queda en la calle porque el tipo es tan inteligente que puede resurgir de sus cenizas y generar dinero de la nada, simplemente con el sudor de su cuerpo o el producto de una mente brillante.
- Son cultos, casi siempre.  Hablan por lo menos cuatro idiomas y tres lenguas muertas.  Han viajado por todas partes y se sienten como en casa en cualquier destino que pisan.  Saben arreglar barcos, autos, armas, casas, máquinas varias y hasta asistir un parto en el medio de un bosque.  Saben cocinar, cazar, sembrar, inseminar vacas, faenar cualquier cosa que camina para luego cocinar y mandarse un platillo soberbio.  Son leídos, citan a escritores famosos, saben de economía, de política y filosofía.
- Expertos amantes, siempre vienen con un historial de mujeres que les han enseñado los trucos de la cama así que cuando agarran a la prota la vuelven prácticamente loca en la primer embestida.  Son insaciables, con solo un beso se encienden y con una mirada del culo de sus amantes tienen una erección digna de una estatua de mármol.  No usan viagra, no lo necesitan, viven al palo.  Sobrios o borrachos siempre responden en la cama.  Son máquinas de follar, experimentadas y creativas.  Nunca se circunscriben al dormitorio, depredan en la cocina, el baño, la ducha, el vestidor, el auto, el ascensor, la oficina, la montaña, la playa, el bosque, el bote y hasta el camarote de un galeón a punto de dar una vuelta campana en el medio de un tifón.  Cuando la ponen se enteran todos en un kilómetro a la redonda por los aullidos de la partenaire en cuestión.  El tiempo de recuperación de estas máquinas folladoras es ínfimo, pueden copular eternamente hasta que la acompañante caiga desfalleciente a sus pies.  El mínimo es dos polvos en media hora, de ahí para arriba dependerá de la imaginación de la autora.
- Hombres de una moral impecable.  Aunque sean mercenarios, soldados o máquinas entrenadas de matar; siempre existe un buen motivo para hacerlo.  Salvan a sus familias o a un país entero de la hambruna, del enemigo, de una plaga, terroristas armados hasta los dientes y animales salvajes.  Tienen una ética impecable, terminan teniendo siempre la razón y si desbarrancan hay una explicación lógica que viene desde la crianza.  Niños golpeados o abandonados, un padre alcohólico y abusador, una infancia en un orfanato...cualquier explicación es lógica para que se expíen los pecados de este santo varón y le den a la protagonista femenina la oportunidad de arreglarlos a puro amor y polvo sanador.  Corazón de oro, estos tipos son capaces de financiar la cura contra el cáncer, comprarle lo que necesite a cualquier personaje de la novela que se vea en problemas y hasta donar partes vitales de su propia anatomía para salvaguardar la integridad de sus parejas.
 
 

 
LA PROTA
 
- Son hermosas como las princesas de los libros de cuentos.  Frágiles como una copa de cristal, tienen un cuerpecito menudo pero con la grasa distribuida en los lugares correctos: Tetas y culo.  Lo cual es una utopía ya que es sabido que a nadie le tocan las dos cosas juntas.  La que tiene tetas y culo es porque se agregó siliconas en alguna de las dos partes necesitadas.  Estas vienen de fábrica  con la divina proporción impresa en sus organismos.  De cabellos largos, ondulados o lacios, de colores con destellos ya sean castañas, rubias, morochas o pelirrojas; estos pelos llaman la atención dondequiera que ellas circulan.  La gente se da vuelta a mirarlas, dejan a todos mudos.  Los ojos son almendrados, color miel, azul, gris o verde.  Brillan como dos faroles de día y de noche, viven destilando lágrimas de alegría, tristeza o decepción cada página y media.  Flacas o pulposas, siempre son la debilidad del héroe del libro.  Despiertan pasiones incontrolables que derivan en polvos gloriosos que son releídos una y otra vez en un loop frenético que termina cuando los ojos caen desmayados de tanto descontrol hormonal.  Hasta en el borde de los cincuenta años tienen el culo y las tetas en su lugar, conservan un lomo espectacular, no tienen panza y apenas un par de arruguitas alrededor de los ojos develan un leve añejamiento.  Por lo demás siguen siendo las amazonas de los veinte años.
- Son profesionales y cultas.  Y sino, son extremadamente inteligentes, capaces de amasar una fortuna fabricando mermelada de arándanos u horneando pastelitos en un pueblo perdido en la montaña.  Si son profesionales, se destacan con premios en su disciplina.  Arquitectas premiadas que levantan centros culturales, hospitales y bibliotecas; a estas mujeres no hay nadie que les haga sombra.  Sin son médicas, lo más probable es que sean eximias cirujanas que salvan vidas a diestra y a siniestra en el hospital, la vía pública, la selva congoleña y el desierto del Sahara.  Saben taladrar cráneos, serruchar huesos, reparar corazones, extirpar balas y reparar intestinos además de asistir partos de nalgas y revivir personas muertas por más de quince minutos sin ayuda de un desfibrilador.
- Moralmente impecables, siempre hacen lo correcto.  No se quedan con el Audi que les regalan sus amantes si son capaces de dejarlos aunque sean dueños de un holding o una empresa petrolera.  Devuelven alhajas, autos, departamentos, ropa y zapatos.  Son orgullosas e independientes, salen a la calle con una mano atrás y otra adelante y en cinco segundos tienen trabajo en algún alto cargo dentro de un hospital, editorial, diario o programa de tv.  Son buenas madres, entregadas de lleno a la crianza de sus retoños y si la vida de los mismos está en peligro son capaces de vender los riñones en el mercado negro o acostarse con sus jefes para salvarlos.  Adoptan niños en peligro, son capaces de parir sin anestesia y encima luchan por los derechos de la mujer.
- Son cuasi vírgenes hasta que se encuentran con el prota, que con paciencia y un cursito intensivo del kamasutra las convierten en eximias amantes con un apetito sexual digno de una ninfómana.  Están siempre dispuestas, nunca les duele la cabeza y son adictas a las mamadas por el puro placer de verles la cara de felicidad a ellos.
 
 
 
Si los héroes y heroínas de tus libros se parecen un poco a lo que describí estás enfrentando una auténtica utopía literaria.  Te compadezco, seguro que estás enredada en alguna novela, como yo, en el medio del Congo, enamorada de un mercenario millonario hijo de un príncipe saudí con ojos verde jade y cuerpazo para el infarto.  Mis condolencias...estás en el horno como yo.
 
Un par de escenitas valen más que mil palabras, está en inglés pero no hace falta saber lo que dicen para saber lo que están haciendo:
 
 
 

jueves, 23 de julio de 2015

GOZANDO DEL CLIMATERIO



Menopáusica al finnnnn!!!!!!!!!!!!!!
 
Cuando una se hace "señorita" (léase manchar la primera bombachita con la primera menstruación), nadie te explica que el único beneficio de indisponerse una vez por mes (cuando viene Andrés) es tener hijos.  Con los años uno va aprendiendo a fuerza de calambres menstruales, incomodidad de toallas femeninas que se corren y dejan pasar la tinta indeleble que mancha el pantaloncito blanco favorito de verano, inflamaciones abdominales, retenciones de líquido, hinchazón generalizada, cambios de humor y demás placeres en la vida de una mujer; que algún día el flagelo terminará. 
 
Es así como una se pasa casi toda una vida comprando las mejores compresas, los mejores y más coloridos tampones del mercado, las drogas más fuertes para los dolores y también programando o supeditando la vida social y amorosa a la tan temida marea roja.  Cualquier mujer que se precie de serlo, sabe que menstruar es un dolor de ovarios (literal y retóricamente), te caga la vida en las vacaciones, en la playa, en el telo y hasta en el boliche.  Nada más alarmante que entrar al baño cada media hora, en una reunión social, para chequear el estado de la bombacha.  Programar el arsenal de adminículos para frenar la ola hemorrágica en un cine o en un cumpleaños, cambiar la cartera a último momento para agregar una bombacha y medicamentos para el dolor además de pasar quince veces por el espejo para chequear si se nota o no el bulto que pudiera hacer la toalla higiénica, abortando el pantaloncito ajustado a último momento para enfundarnos en una túnica amplia que se abstenga de gritar a los cuatro vientos nuestro incómodo estado.
 
Después llegan los hijos...o no, pero si llegan y una ya no necesita más vástagos en la familia, el flagelo del período resulta una puta mierda.  Para los cuarenta una odia todo lo que se refiere al ciclo menstrual.  Los dolores de ovarios y de cabeza, las tetas hinchadas como dos pelotas de futbol, la panza hinchada como un globo aerostático a punto de estallar, los granitos, el ataque de ira previo, el insomnio, la mecha corta y los cinco días cambiando toallas y/o tampones; uno odia con locura hasta comprar los artículos de higiene en la farmacia.  El comercial de la tele donde la sangre siempre es azul como la de los avatars de la peli, la gran cantidad de formas/tamaños/olores y sabores que el mercado ofrece en cuanto a paños femeninos...que para tanga, que para cola less, que para ropa oscura, que para noche o día; todo un mundo al que una le quiere dar la espalda cuanto antes.
 
Y ese antes llega antes de lo que uno imagina.  En un abrir y cerrar de ojos el día que a los once años uno le lleva a la madre la bombacha manchada y el día en que te deja de venir se juntan de manera pasmosa...en el medio transcurrió la vida.  Así es como una se encuentra sentada frente al médico que sentenciará la llegada del otoño femenino con tus análisis en la mano.  Festejando que ya no vas a gastar fortunas en toallas y toallitas y con una sonrisa en la cara te vas a meter en el auto pensando que ahora se viene lo mejor.  Te cuento que estás equivocada.  Muy.
 
La menopausia según MOI (aunque creo que varias se van a sentir identificadas):
 
Te ponés gorda como un tonel y bajar 300 gramos te cuesta comer lechuga sin aceite durante un mes.
 
Una mención especial para los calores.  Cómo explicarlo de manera idónea...es como vivir con un volcán en erupción del cuello para arriba.  De repente y sin aviso previo transpirás como un beduino en el desierto de Gobi al mediodía.  Si te pasa de día, vas a pelar un abanico en el medio de un lugar público gritando como una loca "si, estoy menopáusica Y QUÉ?".  La gente, que no es sonsa, va a tomarse el palo por las dudas, no va a ser cosa de que liguen un abanicazo en la frente por haberte sostenido la mirada con la boca abierta.  Los calores nocturnos son de lo peor, te acostarás a dormir en pleno invierno con pijama y medias, a las tres de la mañana despertarás inmersa en un charco de transpiración que te obligará a desnudarte, tomarte un litro de agua fría y a volver a acostarte con los pelos húmedos pegados sobre la cara.  Encima, si tenés pareja, lo más probable es que interprete tu desnudez como una invitación zampándote las guampas encima sumando diez grados Celsius a tu conflicto termodinámico.   Además, cualquier problema cotidiano te hará transpirar la gota gorda mojando el pelo recién salido de la peluquería, anulando el efecto "Cenicienta" que tanto te gusta y tanto te costó pagar.  Bienvenida al look Mafalda de por vida!!!.
 
Se va el dolor de ovarios, bienvenido dolor de cabeza.  Que nunca faltó dos o tres días antes de la regla.  Pero ahora llegó para quedarse.  Maldito hijo de puta, no es algo agobiante, pero es algo crónico que va desgastando la piedra del hueso craneano como el río al Cañon del Colorado.
 
Osteoporosis.  A esta no la viste venir hasta que te piden la primera densitometría.  Ahí te enterás que tenés los huesos como un queso gruyere y que vas a tener que comerte el calcio de toda Latinoamérica para tapar los agujeros.  Además, le empezás a tener miedo a las fracturas, así que te vas a encontrar caminando como pisando huevos por miedo a resbalarte.   Una cagada grande como una catedral.
 
Te molesta la ropa apretada.  El corpiño se convierte en un arma de destrucción masiva.  Estás estacionando en tu casa y te lo vas sacando por las mangas para revolearlo con violencia contra la primer persona que te mire fijo. Ni que hablar de los botones de los jeans que se incrustan en un vientre que vive inflamado y ya no cede con la regla.  Ahora tu nueva forma se llama "Damajuana".  Sos un barril con patas y aunque te mates a lechuga y pechuguita de pollo la panza no volverá a su lugar original.  Además, como no pensás dejar el consumo de alcohol que te permite sobrevivir esta hecatombe, vas a seguir alimentando el barrigómetro.
 
Los cambios de humor...esos que duraban cuarenta y ocho horas antes de la regla ahora son LA REGLA.  Pasarás del ataque de llanto al final de cada capítulo de tu novela favorita al ataque de risa desmesurado por cualquier pavada y querrás sacudirle una patada en el orto a cualquier persona que te haga perder diez minutos en un negocio o la fila del cajero.  Violencia Rivas un poroto al lado de lo que vas a padecer.  Te vas a enloquecer puteando, mirando propagandas pelotudas de productos ridículos para mujeres o políticos mintiendo en el noticiero. 
 
La tan temida colonoscopía.  Te toca, ya es hora.  Sabés que tenés que ir pero no encontrás ni el momento ni la valentía suficiente para entregarle tu culo a un señor que quiere mirarte desde adentro mientras vos te echás una siestecita después de haber perdido hasta el apellido en el inodoro.
 
Las arrugas.  Te vas a comprar las cremas que te venden en los comerciales de tus novelas favoritas y vas a entrar a la cama embadurnada como una torta de cumpleaños.  No te hagas ilusiones, ninguna crema impidió que se te hagan dos fuelles alrededor de los ojos.
 
La presión y el corazón.  Ahora tenés que aflojarle a la sal, y empezar a darle bola a las taquicardias.  Antes el corazón daba saltitos cuando te enamorabas perdidamente, ahora te perdés porque no te acordás cómo llegar a casa y la taquicardia casi te deja en el camino...seca!
 
DIVINORRRRRRRRRRRRRRRRR!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
 




 

domingo, 5 de julio de 2015

DOMINGO DE SHOPPING



La tarde en que me hubiera gustado participar de una masacre zombie

¿Cuál es la peor idea en la historia de las peores ideas?  Facilísimo.  Es meterse en un shopping un domingo a la tarde. 
Lo primero para tener en cuenta son los pendejos de 0 a 20 años que andan sueltos por doquier.  Sin rumbo, generalmente armados con helados chorreantes, chupetines o pochoclos acaramelados, los pendejos son una raza que debería estar en extinción.  O por lo menos tener espacios ideados para largarlos ahí y que se arreglen.  Te pisan, te pasan el helado por la manga de la campera, te estornudan las velas amarillentas en la cara esparciendo una nueva cepa de gripe potencialmente mortal sobre tu espacio aéreo, te gritan a menos de un paso con un alarido que te hace estallar el pabellón auricular en cinco mil pedazos y no tienen un derrotero definido porque van mirando la pantallita de celulares y tablets (esto te obliga a cambiar de rumbo veinte veces para no llevártelos puestos con la llave del auto en la mano para infringirles una herida de diez puntos mínimamente).

Demás está decir que meterse en ese enjambre de hojalata para poder encontrar un lugar donde estacionar el auto (que no sea el propio culo) es una tarea heroica.  No solamente no hay lugar, la gente se suicida sobre tu auto, te tira el chango del super sobre tu auto, los pendejos se acuestan a tu paso en el piso y de ser posible te tiran comida en el parabrisas mientras van caminando sordos por culpa de los auriculares del ipod.  Así es como darás veinticinco vueltas y de casualidad vas a esperar unos veinte minutos a que la familia Von Trapp cargue los alimentos para sobrevivir dos meses en el desierto, en el pobre baúl de un auto que no da más.  Luego, vas a presenciar cómo se desvisten los ocho integrantes de la familia para embutirse en el auto al que le va a costar dos o tres intentos arrancar.  Dicho esto, el piloto de la nave se va a enfrascar en una discusión con su prole para que le liberen la luneta ya que es imposible mirar para atrás con el nido de camperas que armaron detrás.  Dicho esto, y luego de seis maniobras (siempre te toca el que no sabe manejar o maneja los domingos exclusivamente), va a dejar el espacio libre.  Si no te apurás, aparece el vivito que te quiere birlar el espacio, te vas a batir a duelo de trompas de auto y lograrás encajar el mismo en el lugarcito bendito…que queda a escasas seis cuadras del lugar donde está la entrada al shopping.

Una vez adentro, el nivel de ruido y la cantidad de luces te acobardan tanto como meterte en el mar en pleno invierno.  La pensás dos veces pero te dio tanto trabajo encontrar un lugar en el estacionamiento que te insertás en la marea humana como pez en un cardumen.  La gente te va llevando, lo cual es ideal porque no podés gastar dinero salvo que se haga un hueco.  Por suerte sucede en las librerías, si te gusta leer hacés el primer tarjetazo de la jornada y das las primeras bocanadas de aire semi puro.  Luego intentarás meterte en una zapatería.  Tu marido llama a Emergencias y pide una ambulancia, el infarto está a dos cartelitos de tu soñado par de botas.  Después de considerar que no vale la pena dejar medio sueldo en un par de zapatos, le pedís a la ambulancia que te siga con el  desfibrilador en trescientos.  La blusita de seda que te encanta, esa que te probarás sin preguntar el precio a expensas de tu propia salud cardíaca; te quedará pintada, te gustará a vos, le gustará a la vendedora y le gustará al médico que te hace la reanimación luego de enterarte que tenés que vender un riñón para pagarla.  Dicho esto irás en busca de algo para apaciguar tus ganas de irte del shopping con algo más que cafeína y dos kilos de grasa y glucosa.  Olvidate de comer, el enjambre de gente hace filas kilométricas para comprar un brownie que le dura siete segundos en la boca.  Así que irás en busca de algún cosmético o algo que te permita abrir el marcador, si es que no te agenciaste el libro o el cd de música que te hubiera gustado comprar.  Resulta que un frasquito con aromas y palitos sale lo mismo que una pava eléctrica, te dura tres meses y es francamente innecesario.  Una crema de manos lo mismo que dos pollos y un brillito para labios el presupuesto semanal de comida.  No way José.  Optarás por la cafeína y algo dulce que te permita quitarte la amargura de un triste 0 a 0.

Tomarte el palo no será tarea sencilla.  Habrá que volver a sumergirse en la marea humana, gente que te pasa por encima incrustando los cochecitos de bebé en tus tobillos, chicos con globos metalizados que te impedirán mirar para adelante y la maldita escalera mecánica a la que no podes acceder porque está plagada de infantes que la suben al revés.  A fuerza de patadas lograrás subirte al aparato porque conseguir montarte en el ascensor es surrealista y la escalera de incendios está a quince mil kilómetros de donde se supone que estás.  Y digo se supone porque si no memorizaste por dónde entraste, salir va a ser una proeza.  Esquivando muñecos, bolsas, globos, algodones de azúcar, helados y adolescentes que caminan para atrás llegarás al parking.  La pregunta del millón: dónde carajo dejaste el puto auto?  Sencillo: en la concha de la lora.  Léase tan pero tan lejos que hay que tomar un taxi para ir a buscarlo.  Allá, detrás de la carpa del circo, allá detrás del toldo para los changuitos del supermercado, allá donde se pierde la vista, allá está el auto.  Si los estúpidos dejaran de abrir sus autos uno podría llamar al suyo usando la alarma, pero eso es una misión imposible.  Arrastrándote como si hubieras participado de un torneo de atletismo en Alaska, llegarás a tu nave, luego de una odisea de dos horas que parecieron tres años.

Hay una teoría probadísima, al shopping hay que ir en día de semana y en horario escolar.  Un consejo de alguien que sabe: ni se les ocurra pisar un shopping en vacaciones de invierno.

Paula Ga.