martes, 30 de diciembre de 2008

LA DEPENDENCIA EMOCIONAL

¡Despertaos Bellas Durmientes!

Las mujeres han sido fabricadas para depender. Gracias a madres modernas y a hijas que utilizan el balero para algo más que retener el precio de la remerita escote V con mostacillas, de la boutique del momento; existe una camada de hembritas renovadas que se dieron cuenta que la independencia emocional es más importante que agenciarse un marido de billetera opulenta y vehículo pulenta.
Pero todavía hoy seguimos observando el modelo de mujer conquistada, vencida e invadida; circulando por las calles con cinco críos a cuestas, trabajando afuera o en casa (en el peor de los casos ambas opciones) preguntando con timidez al padre de las criaturas si puede darse el lujo de comprar seis palitos de agua en el kiosco de la esquina. Trabaje o no trabaje, la dependiente emocional se desliza por el conocido embudo sin oponer resistencia, cayendo de culo en el lugar común en el que todas alguna vez caímos por amor (o de puro pelotudas). La que trabaja, es muy probable que entregue su sueldo entero al Señor de la casa, para que él (que tiene mucho más cerebro, y sabe administrar); lo guarde y le tire las monedas con cuentagotas para que se compre un pack de 3 bombachas (si logra demostrar que las que tiene están hechas un colador de la misma manera que uno lleva la birome vacía, en la oficina, para obtener merecido reemplazo).
Obviamente, no todas las parejas tienen esta dinámica; pero todavía pululan estos modelitos de mujeres convencidas de que si EL se va se acaba el mundo. Paradójicamente, el mundo comienza cuando caen en la cuenta que en 1813 se abolió la esclavitud y nadie va a filmar una serie de televisión con su historia (salvo que ella sea “de color”, coseche algodón en Alabama, se llame Aretha y sea la abuela del futuro Presidente de USA.). Entonces asoman la cabeza al mundo cual rana después de la tormenta y descubren los colores, los sabores y el placer de no tener a quién rendirle cuentas. Algunas, son empujadas a esta situación límite cual Coyote al precipicio por un astuto Correcaminos que las usa hasta el hartazgo y luego las descarta o simplemente las recicla por un modelo más moderno pero con menos neurona; para poder seguir usufructuando las bondades de otra tontita cerebro de alcornoque que se calce el delantalcito para hacer la comidita, lustrarle los zapatitos y trabajar de Secretaria para “ayudarlo” a llegar a fin de mes.
No es que uno esté a favor de las feministas, que son las terroristas del amor y se pasan de rosca a la hora de agarrárselas con los hombres. No todos son iguales y en un 95 % la culpa es de las mujeres que se dejan conquistar (en el mal sentido) para ceder ante el señuelo de la casita perfecta, llena de hijitos, un lindo perrito igual al de la gráfica del papel higiénico y un futuro infestado de corazoncitos rosados para cada San Valentín.
La realidad es que ninguna mujer se banca demasiado estar sola, como si fuera una vergüenza andar por la vida sin apéndice del sexo opuesto colgado del brazo (cual cartera de Prada). Ninguna se atreve a meterse en el cine a ver su peli favorita sola, ni tomarse un café en un bar leyendo la edición digital del matutino favorito en su notebook sin un macho que, aunque esté sentado enfrente, no le dirija la palabra o mire el reloj cada cinco minutos bostezando como un hipopótamo. Porque pareciera que estar sola es un estigma, una mancha en el prontuario, un error en el código genético, una enfermedad infecto-contagiosa. Entonces es más válido aguantar años de años a un energúmeno déspota que les ordene la comida en el restaurante, las mande al baño a retocarse el maquillaje porque el bebé de dos años les enchufó una cucharada de puré en el ojo (y la máscara de pestañas no es a prueba de agua porque no fue autorizada en el presupuesto) mientras ellos cenan opíparamente comiéndose el plato de ellas (que no pudieron llevarse un cacho de milanesa a la boca porque estuvieron corriendo al mocoso toda la noche). No hacen falta más de quince minutos de minuciosa observación en lugares públicos, para detectar a estas bellas durmientes que deambulan agotadas, ojerosas y defraudadas ya que el cuento que les leían en la infancia no funcionó como ellas esperaban. El Príncipe no solo no acude a su rescate, lo más probable es que les pidan el cafecito nocturno aunque ellas vuelen de fiebre con una gripe galopante y se violenten porque el nebulizador se descompuso teniendo que abandonar su deporte favorito (el zapping) para revisar el aparato que pudiera ser la solución a las toses de toda la familia. Oprimidas bajo el miembro de estos dictadores hogareños; las que alguna vez, cuando novias, discutían la arbitrariedad de alguna decisión tomada por sus partenaires cinco años después se dedican a acatar porque no tienen fuerzas para argumentar o simplemente se aburrieron de la contienda que siempre conduce a la nada más absoluta. Cualquier cosa antes de que EL las abandone, porque EL está en todas las fotos desde los dieciocho años. Porque EL paga los servicios (con dinero de los dos, pero eso es solo un detalle), EL escribe amorosos mensajes de texto, EL es el que las convierte en señoras casadas, ocupadas y deseadas (aunque no puedan recordar la última vez que les dieran un abrazo…ni que hablar de un revolcón grado 10 en la escala Richter). Soportan, aguantan, bajan la cabeza, acatan, afirman, sostienen, apoyan; todo a favor de esa familia prodigio que es el modelo para sus amigos y la envidia de las solteras que los conocen.

¿Cómo hacer para evitar esta dependencia emocional sin recurrir a psicofármacos?. Supongo que haciendo lo mismo que hicieron los esclavos de Alabama, huyendo despavoridos como Kunta Kinte (el pibito de “Raíces”), de aquellos que tienen una tendencia natural a manipular, oprimir y dirigir vidas ajenas.

Para esos fines he creado una lista de características a tener en cuenta por las más jóvenes, a la hora de adjudicarse un marido deluxe de última generación (con ABS, airbag/busarda y dirección asistida = por la suegra que los parió):

Catálogo del manipulador, dictatorial marca ACME (si reúne más de cinco características, favor encender la luz de alarma y apretar botón de asiento eyector)

La madre le compra las medias, los calzoncillos y los pijamas anti-sexo (aún después de veinte años de matrimonio).
En medio de una situación de riesgo, utiliza a su pareja de escudo humano o la ofrece como rehén en un asalto, a cambio de que lo dejen ir enterito a casita de ma.
Los únicos cumpleaños que tiene agendados son los de la madre y su mascota.
En la mesa solicita amablemente que le sirvan la bebida, invocando un fuerte dolor ahí (señalando con el dedo índice la zona álgida, que siempre es alguna distinta hasta que ella se acostumbra como el perro de Pavlov a mantenerle el vaso llenito).
Vuelven a casa destruidos porque ellos “trabajan”, se desploman en un sillón con cara de perro desahuciado y solicitan masajes en los pies, un vaso de gaseosa, el control remoto, la hora precisa en que será servida la cena y la camisita planchada para el día siguiente…porque ellos…ellos “trabajan”.
Chistan, como hacen los jockeys con los caballos, para silenciar a la tropa cuando miran televisión.
Se ofuscan si se acabó la mayonesa, el puré tiene grumos, la sopa está caliente o la gaseosa tiene demasiado gas.
Les aprueban el discurso a sus esposas, antes de cada reunión de padres del colegio (no vaya a ser cosa de que se les escape una idea…mejor que la que pueden aportar ellos).
Caminan dos pasos adelante.
No frenan en las vidrieras de ropa de mujer, ni ninguna otra salvo que sean de venta de artículos de camping, armas, celulares, autos y tecnología.
Con un grito "onda tenor italiano" logran que los hijos se congelen, la esposa se abrace la cabeza con ambos brazos para proteger el cráneo y el perro corra a esconderse debajo de la mesa.
Son temidos, pero nunca respetados.
Se hace todo lo que ellos prohiben por decreto, pero a escondidas.
La cuenta del supermercado es requisada con la rigurosidad digna de un cura de la Inquisición, ante la mirada aterrorizada de la esposa que compró toallas femeninas con alas extra-sec fuera de presupuesto.
Determinan el menú del hogar y obligan a los hijos a consumir pulpo, aunque vomiten a chorro (el pulpo será servido de desayuno/merienda y cena, si es preciso).
Estacionan en lugares prohibidos y acallan a las mujeres a los gritos cuando ellas les indican que el auto quedó bloqueando la rampa para discapacitados.
En reuniones sociales, no dejan que sus mujeres abran el pico, salvo para hablar con orgullo de la promoción de sus maridos.
Si chocan el auto, siempre fueron ellas las que no saben estacionar (aún cuando ellas no manejen ni posean llaves del auto en cuestión).
Si se enferman llaman a sus madres, porque ellas sabrán qué hacer.
Cuando viajan, son sus madres las que quedan al timón del hogar, dictaminando qué se comerá esa semana para que los nietos crezcan sanos y fuertes.


Decálogo de la Bella Durmiente (detector de dependientes emocionales)

Supo ser bella, ahora es un fantasma que deambula con la mirada perdida en el vacío existencial de su propia cobardía.
El coeficiente de autoestima es un número negativo superior a diez.
Tiene alma de benefactora, corazón de oro, la inocencia del pez payaso y una ligera tendencia al masoquismo.
Se deja.
La pueden.
No sabe decir “NO”.
Es sacrificada y disfruta un poquito de su propia victimización.
Sueña con convertirse en un pájaro mientras escucha a Piero cantando “Y Volar, volaaaar”.
Se compra libros de autoayuda y los esconde en el cajón de las bombachas…agujereadas.
Su infaltable latiguillo: “no es que no puedo, no me dejan”.

Wake-up Bellas!. Despertar del letargo es genial. La vida fuera del ataúd de cristal es básicamente: VIDA.

NOTA: A no generalizar, porfis. No todas las minas son dependientes emocionales ni los tipos clones de Benito Mussolini.

sábado, 27 de diciembre de 2008

BALANCE DE FIN DE AÑO




¿A quién mierda se le ocurrió?

Mandato social instaurado en la cultura popular, el balance de fin de año es al ser humano, lo que el tuco a los fideos. Obviamente, no me refiero al balance que hacen los Contadores y que es aburridísimo; hablo sobre aquel en el que uno hace dos columnas e intenta llenar la de los pros más rápido que la de las contras.
A algún estúpido se le ocurrió que con el cierre de cada año calendario (sumado al candombe mental que implican las fiestas navideñas) uno debe ponerse a cavilar sobre los aciertos y fracasos; buscando quizás una excusa más para caer en brazos de viejos vicios, saltando al vacío del próximo año (debidamente colocado a fuerza de algún somnífero potente, o cinco litros de cerveza…da igual).
Habría que encontrar a ese imbécil que decretó que uno se haga la croqueta rememorando los hechos vividos en el año que termina, como si uno pudiera editar las escenas que no le gustaron, cambiar los finales y borrar los errores con liquid paper. Lo hecho, hecho está y rebobinar la película para desmenuzar los sucios detallecitos que deberíamos examinar sólo sirve para convertirnos en rebeldes resentidos en busca de más y peores experiencias.
¿Por qué será que pocas personas ven los aciertos, anotan las victorias y recuerdan los momentos placenteros?. ¿Somos profesionales de la queja?. Creo que quienes prolijamente se detienen a pensar en lo que pasó, concentrándose en lo negativo, son unos pajeros del dolor. Se regodean en él como los cerdos en la basura, deleitándose con sus propias miserias para seguir arrastrando mochilas y así despertar la empatía de sus semejantes.
Algunos se comprarán agenditas inmaculadas donde anotarán sus metas, programarán sus visitas anuales al médico y transportarán el saldo del banco de la agenda anterior. Tacharán con una regla los objetivos alcanzados y se plantearán nuevos desafíos con renovados bríos (como si fuera suficiente con dar vuelta una página para cambiar la suerte de esta mano que ha tocado).
No le encuentro vicio a ser prolijo, ordenado y dotado con la fé necesaria para fijarse metas; el tema está en que algunas veces la vida nos sacude la estantería que tan minuciosamente habíamos decorado, dejándonos colgados de una palmera, en bolas y sin agua potable. Ahí es cuando nos damos cuenta que los balances de fin de año sólo sirven para reírnos de lo que pensábamos un año atrás, porque la vida (gracias a Dios o al Arquitecto) es mucho más rebuscada y jodida de lo que imaginábamos. Lo que hicimos no tiene arreglo, lo que se viene (sobretodo en Argentilandia) es difícil de preveer; entonces me pregunto: ¿para qué carajo me voy a hacer malasangre haciendo cuentas innecesarias?.

Sin embargo, para los adictos a estos procesos de reorganización mental, he creado una magnífica lista que los llevará al borde del suicidio (si es que andaban flaqueando, arrastrándose por el lado oscuro de la Luna) o a escuchar la Obertura 1812 de Tchaikovsky (si es que han derrochado carisma aplastando al enemigo y terminaron de pagar la hipoteca).

Las veinte preguntas ineludibles a la hora de cerrar balance

CHECK LIST

¿Has adoptado, de una vez por todas, alguna religión/secta/culto que te otorgue alivio espiritual y alguna que otra respuesta a tus dudas metafísicas?
¿Has ordenado el botiquín del baño, el garaje, la baulera, la parrilla, el placard del lavadero y/o la guantera del auto?
¿Has concurrido a las citas que con mucho esfuerzo supiste conseguir con el Odontólogo, Psiquiatra, Médico de Cabecera, Gastroenterólogo, Ginecólogo/Urólogo, Nutricionista, Dermatólogo y Oftalmólogo?
¿Has plantado un árbol, escrito un libro y procreado en forma voluntaria?
¿Has destinado parte de tu tiempo/dinero a aquellas dieciocho obras benéficas y/o causas importantísimas a las cuales te suscribiste por Internet apoyando el dedito índice en la tecla “enter”?
¿Has dedicado parte de tu tiempo a jugar con tus niños o los niños de tu familia, más allá del sermón educativo o la patada en el culo toda vez que trajeron calificaciones nefastas?
¿Has perdido o ganado esos kilos que te habías propuesto, para dejar de sentirte la ballena Keiko o Stan Laurel?
¿Has erradicado la malta y el lúpulo de tu heladera (esos cincuenta y ocho porrones y treinta y seis latitas que harían las delicias de Homero Simpson)?
¿Has pisado territorio asiático?
¿Has cambiado la correa de distribución de tu vehículo?
¿Has pintado tu habitación, redecorado el comedor o confeccionado cortinas nuevas?
¿Has cocinado alguna de las recetas del suplemento de cocina que viene con el periódico matutino de los jueves?
¿Has visto alguna de las trescientas noventa y cuatro películas que pirateaste por Internet?
¿Has concurrido a la reunión de exalumnos de tu Colegio, que sistemáticamente evitaste desde que te dieron el diploma y la palmadita en el hombro?
¿Has aprendido algo nuevo, aparte de los cinco últimos trucos para evadir los controles de alcoholemia y multas fotográficas de la Policía de Tránsito?
¿Has sentido pasión por algo o alguien, que no fuera tu nueva consola de juegos o tu último par de stilettos?
¿Has dicho “te quiero” a tus seres queridos, estando sobrio, sano y en pleno uso de tus facultades mentales?
¿Has reciclado, ahorrado energía y cepillado tus dientes cerrando la canilla hasta el momento de hacer el buche de enjuague?
¿Has dormido con la conciencia tranquila sabiendo que cada bocado que te llevaste a la boca te pertenecía legítimamente y que has hecho todo lo posible para no dejar deudas pendientes?
¿Has logrado vencer algún vicio, dominado alguna fobia o superado algún trauma de la infancia?

Sepan, que si contestaron que si a por lo menos cinco preguntas, se han hecho acreedores al mayor de mis respetos (y a una ovación de pie).
De todas maneras, les aclaro que no pienso hacer ninguna lista, ni sacar cuentas ni nada de nada; porque en mi guarida y por decreto unilateral, cerramos balance el primero de mayo…de puro rebeldes nomás!.






sábado, 20 de diciembre de 2008

FELICES FIESTAS



ESPIRITU NAVIDEÑO VS. FAKINMERIKRISMAS

Hay dos bandos diametralmente opuestos, que se disputan desde el año 1 d.c., la supremacía de su ideología frente a las Fiestas de Fin de Año. Un mes antes de que todos choquemos nuestras copas con la promesa de una virulenta pataleta al hígado, festejando el cumpleaños de Jesús (o el 20% de descuento con tarjeta “Pendorcho” en todos los shoppings); las aguas del Mar Rojo “Navidad” se dividen en dos, siendo Santa Claus el principal culpable de ahogarnos como lo hiciera Moisés con los egipcios (Éxodo 14-21).
De un lado del mar tenemos a esta horda de espíritus felices que miran ansiosamente el calendario, tachando los días que faltan para el 8, momento en que desempolvarán el desvencijado arbolito al compás de “Rudolf el reno de nariz roja”; felices como perdices reencontrándose con las borlas decoradas con fideos pintados con témpera por el nene en Salita Roja (que se recibió de médico hace doce años, es budista y vive en Tucson).
Del otro lado, una multitud de abúlicos empedernidos contarán las pastillas necesarias para soportar con estoicismo el “Jingle Bells” sonando hasta en las bombachitas rosas made in Taiwán (con batería incorporada), de cuanto local “Todo X 2 $” se les cruce por el camino (dos por cuadra, promedio actual).
No se sabe cuándo, ni porqué, pero estos dos grupos mantienen un encono similar al de bosteros y gallinas. Cada uno se siente en la obligación de convertir al enemigo en aliado, pasándolo a sus filas; cada nuevo integrante, una batalla ganada al viejo de barba que cada vez tiene menos adeptos.
Existe también el agravante de las peleas entre integrantes del mismo equipo. En general, la raíz del problema es quién es más que el otro. El espíritu navideño por naturaleza, ostentará una tendencia a la exageración y una ligera exacerbación de su algarabía; arrastrándolo a competir con sus vecinos por el arbolito más grande, las luces más impactantes (de esas que se prenden y apagan al compás del archifamoso “Jingle bells rock”) dejando a todo el barrio sin luz porque su decoración lumínico-musical del jardín acabó con las reservas energéticas de la represa hidroeléctrica Yacyretá-Apipé.
Los fakinmerikrismas, por otra parte, son una secta compacta y aguerrida que vive en conflicto con sus pares. Cuentan las botellas de José Cuervo que tienen escondidas para dormir del 23/12 al 2/01, se matan por el premio al más enculado del año y hacen apuestas para ver quién arruinará la cena navideña antes de que lleguen las doce.

He aquí una lista del modus operandi de cada grupo y una guía simple y práctica para reconocer a qué grupo pertenece Ud.
Contestando “SI” a por lo menos diez preguntas de un grupo, Ud. pertenece definitivamente a él (y se ha granjeado con todo éxito el odio del otro equipo).
Contestando “SI” a por lo menos cinco preguntas de cada grupo, Ud. está en problemas, consulte a su Psiquiatra de cabecera. Se llama síndrome bipolar y se cura tomando Litio.

¿ES USTED UN ESPÍRITU NAVIDEÑO?

¿Le gustan con locura los colores rojo, dorado y verde?
¿Hace dos horas de cola con un crío de año y medio al hombro que aúlla como una hiena famélica, para sacarse una foto con un vejete pedófilo disfrazado de Papá Noel?
¿Es dueño de por lo menos dos cds de música navideña norteamericana y la Misa Criolla de Ariel Ramírez en vinilo?
¿Saca las fotos de fiestas pasadas y recuerda con júbilo tal o cual anécdota, contándosela a sus hijos para que ellos hagan lo propio, algún día, con los suyos?
¿Usted es de los que compran las pilas alcalinas para la máquina de fotos el 1 de diciembre por temor a que se acaben?
¿Abre compulsivamente cada power point navideño recibido y lo reenvía con algarabía a toda la libreta de direcciones de las seis casillas de mail que tiene, con una sonrisa de oreja a oreja?
¿Es de los que encargan la bobina de papel de regalo metalizado, con hojitas de muérdago, en el mayorista con la debida antelación?
¿Es usted de los que envuelven hasta el hueso para el perro y la bola de lana con cascabel incluido para el gato; evitando así que las mascotas se queden sin abrir un paquete?
¿Le gustan las borlas, los renos, los trineos, el chocolate caliente, las frutas secas y las botas de lana aunque en su puta vida haya visto un copo de nieve fuera del freezer?
¿Llora de emoción con los emblemáticos avisos institucionales televisivos de fin de año?
¿Es de acopiar turrones españoles, sidras, cavas, garrapiñada, champagne y lechones por miedo a que suba el euro o baje el dólar?
¿Recorta recetas de pavos rellenos, pollos inyectados con coñac, fiambres glaseados y budines con frutas secas, de las revistas dominicales; para pegarlas con determinación en la puerta de la heladera (con cuatro imanes de renos que brillan en la oscuridad)?
¿Muere Ud. por ese toallón playero con la cara de Santa, cuyos flecos asemejan la barba del gordo y el pompón del gorro fué especialmente diseñado para cumplir la función de almohada?
¿Sonríe Ud. por defecto cada vez que escucha la palabra Nochebuena acordándose invariablemente del triciclo que recibió de manos de su abuelo, embutido en un traje de satén rojo dos talles más chico, delatando su verdadera identidad al dejar entrever su remera amarilla; destruyendo la ilusión para siempre?
¿Es de los que proponen el Juego del amigo invisible en el trabajo, lo sacan cagando aceite pero insiste como si la vida le fuera en ello?
¿Colecciona Ud. estatuillas, peluches, almohadones, toallas, manteles, velas, candelabros, manteles, réplicas, miniaturas, macetas, repasadores, cubiertos, centros de mesa, stickers, enanos de jardín, espantapájaros, llaveros, portalápices, vajilla descartable, robots y muñecos con la imagen de Santa Claus?
¿Siente deseos incontrolables de abrazar a todo el mundo en la segunda quincena de diciembre?
¿Se le da por santiguarse cada vez que pasa frente a una Iglesia o se enternece con la figurita plástica de Cristo bebé en el pesebre de una vidriera?
¿Pide cita con el odontólogo para asegurarse la masticación de la torta de almendras sin tragarse una corona que le costó un huevo y la mitad del otro?
¿Es de los primeros en levantar la mano para ofrecerse voluntariamente a participar del pesebre viviente, aún sabiendo que deberá pintarse la cara con corcho quemado y usar el acolchado como túnica con 40° de calor, para personificar a Baltasar?
¿Sabe tocar “Noche de Paz” con flauta dulce desde tercer grado?
¿Le atrae cualquier golosina que combine los colores rojo y verde en el envoltorio?
¿Sale a besuquear a todos los vecinos de la cuadra, con un pedo que lo obliga a agarrarse de las paredes, llorando a moco tendido de puro arrepentimiento por haberles envenenado las mascotas que le desparramaban la basura?
¿Tunea Ud. su vehículo con motivos navideños?
¿Tunea a sus mascotas con moños rojos y cascabelitos?
¿Cuelga intenciones en el arbolito con la secreta esperanza de que se cumplan todos sus deseos, incluida la Paz Mundial y el fin de la hambruna africana?
¿Se deprime el 25/12 a las 00.15 hs. porque faltan 364 días para la próxima Nochebuena?

ES USTED UN FAKINMERIKRISMAS

¿Detesta hasta las tripas a aquellas personas que no le perdonan haberse olvidado de armar el arbolito el 8/12 presagiando innumerables tragedias para el año venidero?
¿Escribe Ud. una carta a Santa pidiendo una ametralladora .50 Browning automática con municiones perforantes incendiarias para acabar con los arreglos navideños de todos los vecinos en un radio de cinco cuadras a la redonda?
¿Suprime con náuseas todos los mails que vengan con un adjunto que incluya la palabra “felices” en el asunto?
¿Se compra una gomera para reventarle, una a una, las lucecitas que forman prolijamente la palabra "Feliz Navidad" al vecino de enfrente?
¿Se conecta al Messenger, al Gmail, al Facebook y a sus foros favoritos como “oculto”, no vaya a ser cosa que algún infeliz se le arrime a desearle buenos augurios?
¿Empezó la compra de alcohol en octubre, en forma de plan de ahorro previo, cosa de tener suficiente octanaje el 24 a la noche para detonarle la fiesta kitsch a toda su familia?
¿Es usted de los que le piden a su médico un colchón de recetas extra de su ansiolítico predilecto, para fabricarse un par de Hors d'œuvre navideños, que lo ayuden a superar el trauma de ver a su abuela envolver los dientes en una servilleta de papel para digerir el pionono de palmitos?
¿Le salen ojeras el 8 de diciembre y le desaparecen como por arte de magia el 2 de enero?
¿Odia los shoppings, odia la gente que entorpece las cajas de los supermercados con carros atiborrados de mayonesas y panettones, odia a los chicos que se estancan en las góndolas de los lácteos obnubilados porque hasta los saches de leche tienen la cara de Santa?
¿Se le ponen los pelos de la nuca de punta, cuando la gente de la oficina ensaya un improvisado villancico portando ojitos acuosos y carita de feliz cumpleaños?
¿Se tira debajo de la mesa cuando se entera que ha sido bendecido con la tarea de disfrazarse de Papá Noel, para alegría de todos los chicos de la familia?
¿Quiere Ud. prenderle fuego a todos los gazebos y puestos de venta de pirotecnia?
¿Es Ud. de los que fantasean con la idea de un desastre nuclear que acabe con todo vestigio de vida humana, para poder tirarse tranquilo a ver las tres temporadas completas de su serie favorita en Nochebuena sin tener que darle explicaciones a nadie?
¿Envidia Ud. al abuelito de Heidi que vive solo en la montaña, come queso y le da masita a la cabra?
¿Vota Ud. por comprar pizza al delivery para la cena navideña, ante la mirada horrorizada de su familia?
¿Se niega compulsivamente a invitar a su familia política para Nochebuena, bajo apercibimiento de ser excomulgado, castigado con dos años sin sexo oral, desterrado a la quinta del tío Miguel hasta nuevo aviso y proclamado persona non grata por todos los integrantes de su familia (incluido el loro que no deja de repetir “amargo”)?.
¿Es de los que se retiran de la mesa dos minutos antes de las doce y se desparraman en un sillón a hacer zapping?
¿Es de los que llegan tarde y se van temprano?
¿Va vestido de short de baño y musculosa para llevarle la contra a su suegra que proclama todos los años que ella organiza una cena “elegante”?
¿Quince minutos antes de las doce, desliza Ud. algún comentario político, encendiendo la mecha de una batalla campal que dura hasta las tres de la madrugada (momento en el que alguien se percata que los pendejos se durmieron en un sillón sin regalos, ni renos, ni nada)?
¿Saca las fotos de fiestas pasadas deprimiéndose hasta la médula porque cada año que pasa se reduce el número de sobrevivientes?
¿Droga a sus mascotas del mismo modo que Ud. mismo se atiborra de somníferos para ser inmune al ruido de los fuegos artificiales?
¿Les dice a todos los chicos de la familia que el gordo que trajo los regalos es el tío Coco disfrazado y que Papá Noel no existe?
¿Regala medias y calzones a los menores de 10 años, jaboncitos a las mujeres y pañuelos a los hombres?
¿Cuelga Ud. intenciones en el arbolito tales como no volver a pisar la casa de su suegro, esconderle una granada de mano entre los turrones a su suegra en las próximas fiestas o simplemente que desaparezca su Jefe de la faz de la tierra?
¿Le vuelve el alma al cuerpo el 25/12 a las 00.15 hs. porque todavía le quedan 364 días para la próxima Nochebuena?



Haga la cuenta, sepa para qué equipo juega y detecte a los del bando contrario. Así se evitarán choques innecesarios. Porque no hay nada más peligroso que juntar unos con otros. La onda expansiva puede ser más poderosa que la de una bomba de estruendo casera. Gente alcoholizada, sobrealimentada, hipertensa, con hipercolesterolemia, psicópatas, obsesivo-compulsivos, depresivos, claustrofóbicos, boludos alegres, hipocondríacos, maniáticos sexuales, adictos, dementes seniles, adolescentes piromaniacos, damiselas egocéntricas, infantes hiperkinéticos…todos juntos en una sola fiesta.
Es muy probable que la mañana siguiente lo encuentre recogiendo maní con chocolate, bollos de papel metalizado, los dientes de la abuela en la servilleta, vómito de algún niño que comió demasiado, el cadáver del perro porque se le fue la mano con las gotas de sedante canino, restos de pan dulce, velas derretidas, las varillas de las bengalas que tiró el vecino y un cartucho de un petardo tardío que le explotará en la mano…

¡¡¡FELICES FIESTAS, COÑO!!!






martes, 9 de diciembre de 2008

CRISIS, ¿QUÉ CRISIS?



Economía de guerra (o cómo sobrevivir sin un mango)

Habiendo superado con gallardía el efecto Tequila, el efecto Caipirinha, múltiples devaluaciones, cambios de moneda, furibundas inflaciones, cambios de Ministros de Economía más frecuentes que el cambio de pañales a un recién nacido con diarrea estival; puedo decir con absoluta idoneidad, que a la hora de ajustar el cinturón lo he visto casi todo.
Recuerdo aquellos tiempos en los que creía en el ahorro, juntando australes que luego tuve que entregar al Banco con la misma tristeza de un alumno de segundo grado que se percata de que sus figuritas de Mazinger no tienen más valor porque ahora todo el mundo junta las de las Tortugas Ninja.
Se me cae una lagrimita recordando a la coreana del autoservicio de la calle Acoyte, que corría por las góndolas desaforada, remarcando las cajas de gelatina y las latas de tomate (que arrebataba de los changos de la gente, que como yo, invertía todo el sueldo en víveres porque se venía la estampida y al día siguiente sólo se podía comprar una décima parte de mercadería por el mismo dinero).
Mi memoria me lleva a aquellos días en los que no apartabamos la oreja de la radio en vacaciones porque en un súbito cambio de Ministros, lo que uno había llevado para pasar diez días de playa ahora no alcanzaba ni para sacar el auto de la cochera del balneario.
Días en los que vivíamos haciendo lo imposible para llegar vivos al final del mes, salteando los obstáculos como en el “Juego de la Oca”; solo para descubrir que cuando uno tenía el juego mínimamente dominado cambiaban las reglas y de repente había que jugar a “El Estanciero”. Meses después, un nuevo paquete de medidas te pateaba el tablero y terminabas jugando al “Ludo”, timbeando al compás del precio del dólar o apostando al plazo fijo (con los cantos del culo bien apretaditos porque el Gobierno siempre es la Banca y en un 99% de los casos se queda con todo, a decretazo limpio y a cambio de unos cuantos papeles que sólo servirán como souvenir de lo que alguna vez estuvo, y ya no más).
Corríamos al Banco a cambiar pesos argentinos por pesos ley o pesos moneda, patacones, australes, pingüinos o cualquiera fuera el nombre que algún iluminado le pusiera al precio de nuestro esfuerzo. Las monedas que perdíamos en el forro descosido de la cartera, se convertían en piezas de museo de un año al otro. Se escuchaban frases como “no hay que poner todos los huevos en la misma canasta”, “invertí en ladrillos que el ladrillo no defrauda”, “colocá la guita afuera, te va a rendir más que poner un negocio”, “no fabriques, importá”, “no importes, fabricá que matás la industria nacional”, “incendiá la fábrica, cobrá el seguro y mandate a mudar”, “compro importado porque lo nacional es una bosta y cuesta el doble”.
Lo que hoy era sagrado, mañana te había hundido hasta el cogote en deudas de las que ibas a tardar diez años en deshacerte (y otros cinco en borrar del Veraz). El que no tiene prontuario en Veraz, pues no ha vivido en la Argentina o es Isidoro Cañones, una de dos. Porque es imposible no tener un muerto en el placard siendo argento. Ese lavarropas que pagaste diez veces en un año, cuyas últimas tres cuotas te salieron más caras que un BMW Okm., porque la indexación o la devaluación o vaya a saber qué cornos hicieron imposible pagarlas, y ese estudio de abogados que te cayó al cogote como una jauría de dogos famélicos para cobrarse hasta el kleenex con el que te secaste las lágrimas; aquel autito que con todo entusiasmo sacaste por sorteo cuando tu hijo era un bebé, y que terminaste pagando cuando el pibe entró en la Secundaria, al precio de una flota de camiones Mercedes Benz; o esa semanita en Brasil que aún hoy es una grata mancha en tu conducta crediticia; todo quedó registrado. Y vos, y yo, que todavía no escarmentamos, aceptando plásticos de cuanto Banco se acerca a seducirnos con sus promesas de autos fantásticos, jacuzzis, plasmas y viajes exóticos. Nosotros que salimos a cacerolear y a derribar a puño limpio las cortinas metálicas de esos mismos turros que hace unos pocos años se quedaron con todo lo que teníamos sin derecho a réplica (aunque paradójicamente guardaron registro de todas nuestras deudas, las cuales ejecutaron sin que se les cayera una gota de sudor ni la jeta de pura vergüenza).
Pero volvemos a someternos a sus inquisiciones, por unas míseras monedas para terminar la casa, o comprar un televisor más grande porque ahora ya no se puede confiar ni en las cuentas en el exterior ni en la guita debajo del colchón; entonces preferimos gastar la que tenemos y pedir más para poner sobre nuestras cabezas una nueva espada de Damocles que nos entierre por otros diez años (es que inconscientemente nos gusta vivir con los huevos de moño, al borde, con la adrenalina del vértigo que trae ese sobre de Creditcard cuyo pago mínimo te deja temblando del susto).
Las veces que habré ido a repactar y renegociar el saldito de esta tarjetita o aquella cuentita que cerré revoleando las chequeras en la cabeza del oficial de crédito que tuvo la maldita idea de agrandarme el límite de crédito sabiendo que me achicaba el lazo con el que me estaba ahorcando. Pero el discursito positivo del Ministro de turno, al que uno elegía creerle porque era más sano, nos convencía de que todo estaba bien; así que uno aceptaba la chequera para financiar la medicina prepaga, el colegio de los pendejos o la cuenta del supermercado. Deudas tan fáciles de remontar como un barrilete de plomo con forma de zepellin (el cual va a terminar en el piso, enterrado hasta los piolines junto con su piloto, como era de esperarse).
Y así pasan los años, del boom de la economía y el “deme dos” a la economía de guerra más austera donde el café es un lujo para pocos y las vacaciones en Mardel un recuerdo de la infancia (sólo nos queda la foto con el lobo marino y el caballito de mar que predice el tiempo).

Evidentemente, vamos de crisis en crisis, con períodos cortos de efímera felicidad monetaria que nos permiten asomar la naríz para comprobar que hay una vida mejor; entonces seguimos corriendo detrás de la zanahoria de lata como los galgos de Miami, dando vueltas en círculo para llegar a ninguna parte. Porque cuando tenemos el rancho de paja nos lo sopla el nuevo gobierno, cuando es de madera nos lo quema la crisis internacional y cuando es de piedra no podemos disfrutarlo porque estamos encerrados del lado de adentro (y afuera los que se quedaron sin rancho y sin nada de nada, enojados y armados hasta los dientes).

Pero si hay algo de positivo en todo esto, es el aprendizaje que uno hace y la agilidad mental que uno obtiene sin darse cuenta. Nos adaptamos, evolucionamos, involucionamos, mutamos, cambiamos de bando, moneda, bandera, marca de gaseosa, gaseosa por jugo en polvo, carne por arroz y cuero por goma. Somos geniales, sobrevivientes totales. Hacemos magia, alargamos el billete, cocinamos con sobras, hacemos vestidos con cortinas (como Julie Andrews en “La Novicia Rebelde”). Hacemos huertas, compramos gallinas ponedoras, reciclamos el papel, hacemos trapos con remeras viejas, estiramos el shampoo con agua, juntamos pedacitos de jabón para fabricar una pastilla nueva, caminamos para ahorrar la moneda del bondi, mandamos mensajes de texto para no gastar hablando, dejamos de fumar para ahorrar doscientos mangos por mes mucho más que por la salud de nuestros fuelles, y entrenamos (sin saberlo) para cualquier contingencia.

Algunos consejos para poner en práctica la economía de guerra

Borrarse del gimnasio y ahorrar la moneda del colectivo caminando como Forrest Gump.

Comprar carne sin hueso, porque el hueso no se come, porqué pagar de más?.

Reciclar el saquito de té, dejarlo en un platito y volver a usar (eso lo hacía mi abuela y siempre me dio mucho asco, pero a la hora de ahorrar…).

Guardar las cáscaras de todas las verduras, hervir con arroz partido para darle de comer a las mascotas ahorrando fortunas en balanceado (el perro no brillará como antaño, pero sobrevivirá sin que se le noten las costillas).

Hacer el café más liviano, una medida menos lo hace más americano (para los amantes de la cultura yanqui) y nos evita el gasto de la valeriana o psicotrópicos para la ansiedad o el insomnio.

Despedir al jardinero y podar a serrucho. No sólo se ahorra el jornal del jardinero, te saca unos bíceps increíbles sin pasar por el gimnasio.

Fuera las galletitas rellenas con grasas trans. Bienvenidas las tostadas de pan francés de panadería de barrio. Con un kilo desayunás una semana, y si se pone muy duro lo rallás para las milanesas (de paleta porque el peceto es para potentados).

Para el verano, fabricás heladitos de jugo Tang incrustando palillos en cubeteras rellenas del producto. Si tenés éxito con tus críos, se los vendés a los amiguitos y vecinitos.

El guiso. Rendidor como pocos. Un cacho de carne marca A.C.M.E. que nadie notará porque habrá hervido el tiempo suficiente como para perder todas sus asquerosas cualidades, tiernizándose como un pedazo de fino lomo. Arroz y fideo (mostachol o moñito), las arvejas son un lujo para privilegiados. El morrón, sólo si está accesible, si no que la verdulera se lo meta por donde le venga en gana.

Boicot a las verduras que suben de precio por la helada, la sequía o el paro de camioneros. No has de comprar aquellas que tienen un precio zarpado, aún a riesgo de proveerte una constipación de proporciones escalofriantes.

Eliminar todo gasto superfluo. Dedicar el día a piratear música, películas y series. Dar de baja el cable, no pisar el cine y ni asomarse por las disquerías. Está todo en Internet, sólo hay que saber dónde buscar. Y ahora los dvd’s leen mp3, avi, divx; así que ya no hay excusa para no divertirse sin dinero.

Barrer con todos los imanes del delivery. De ahora en más, “tutto fatto in casa”.

Si hay hambre, las mascotas pueden ser una buena alternativa. El gatito debe saber igual que el conejo a las finas hierbas del Gato Dumas (y encima uno se saca de encima ese animal del infierno que se come las borlas del árbol de Navidad).

Publicar todo lo que encontremos en nuestra casa en Mercado Libre. Los vinilos de Los Carpenters, el jarrón de la abuela, la máquina de coser de la tía, los cinco fascículos de la enciclopedia de fotografía del diario dominical. La colección de muñequitos de “El señor de los Anillos” de Mc Donald's (nunca se sabe lo que un fanático está dispuesto a pagar por alguna pelotudez que una conserva de puro vaga y roñosa).

Pero lo más importante. Traten de no encariñarse demasiado con el jamón crudo, el chocolate Lindt, la crema humectante francesa, las carteras de Peter Kent, el aire acondicionado del auto importado, la casa en la playa, la cuenta corriente en el Sushi bar, los masajes del spa céntrico y los crepes del restaurante del Hilton. Porque en Argentina, hoy estás sentado degustando un Malbec en el más fino restaurante y pasado mañana sirviendo tinto de tetra en el bar de la esquina puteando al cliente miserable por las magras propinas, que alguna vez vos diste, sin imaginar que alguna vez ibas a estar exactamente del otro lado.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Sentimientos encontrados



Madre hay una sola (a Dios gracias)

Todos venimos de una de ellas. Y algunas somos ellas.
Una persona que conocí hace muchos años me dijo una vez, que los hijos te provocan “sentimientos encontrados”. Ella se refería a la ambivalencia de sentimientos que hacen que uno quiera estrangular a su propia descendencia y cinco minutos después prorrumpir en una crisis de amor absoluto (con abrazos y lágrimas incluidas). En el momento que ella me regaló esta perla de sabiduría yo no pude comprenderla, ya que para ese entonces estaba embarcada en la búsqueda de un crío (ella tenía dos adoptados y uno propio que le comían bastante la cabeza).

Nunca imaginé que este axioma sobre las relaciones familiares, devenido de una madre agotada; se podía aplicar perfectamente a la relación con nuestros progenitores. Más precisamente al vínculo que nos une a nuestras adoradas madres. Y enfatizo “adoradas” porque, aunque uno las quiera con locura; es en un rapto de locura que una las decapitaría con una espada samurai sin pestañear, a lo Lucy Liu, un par de veces por día.

De nuestras madres adquirimos la mayoría de nuestras mañas y unos cuantos talentos, ya que son ellas las mayores responsables de nuestra educación (esa educación que se lleva a cabo fuera de la escuela y que tiene más que ver con la tabla de planchar que con las tablas de multiplicar). No digo que los padres estén afuera de este proceso, pero creo que se involucran de una manera más distante (o por lo menos ese fue mi caso).
Casi todo lo que somos se lo debemos a ellas. No voy a escribir sobre las cosas buenas, que las hay, pero no pienso pisar el palito del “autobombo”. En cambio, elegí hacer una crónica de todas esas cosas que nos llevan invariablemente a querer fracturarle un par de cervicales y cinco minutos después caerle encima cual perro labrador para lamerle los cachetes en un inconfundible acto de amor incondicional.
“Mamá: te quiero con toda mi alma, te debo todo lo que soy.” Paradoja grossa como esta, no vamos a encontrar en ningún libro de filosofía, ni de matemáticas, ni de lógica. Si una razona concienzudamente se da cuenta que la cagona, dubitativa, hipocondríaca e insegura que vive en nosotros ha sido nutrida por esa madre a la que veneramos; entonces el cariño se esfuma como una nube de talco que se deposita en el piso dando paso a una bronca, que aunque efímera, nos puede llevar a cometer la peor atrocidad en pos de la justicia y la calma del Superyó.
¿Cómo se puede amar y no amar al mismo tiempo? Fácil, de la misma manera que podemos hacer dieta comiendo 25 gramos de helado de dulce de leche por día. No tiene explicación lógica, pero es real como la vida misma.

Nuestras madres nos han formateado el disco rígido durante toda nuestra infancia y adolescencia con información que nos fue moldeando como una vasija de cerámica defectuosa que se va para un costado, no tiene equilibrio, pierde agua por alguna grieta o sus asas son un tanto desproporcionadas. Algunos datos nos han servido y otros nos han convertido en un personaje similar al que a veces aborrecemos.

Modelos de madres

La eterna inculcadora de culpa

Estas mujeres son las típicas tías que se esconden tras el disfraz de un carnero a punto de ser degollado (aunque debajo vive una pantera negra con la astucia de Kasparov y los colmillos de un mamut). Siempre están al borde de espichar, sobretodo cuando uno les contesta aquello que no les viene en gracia. Desde agarrarse el pecho con ambas manos simulando un infarto de miocardio, hasta arrastrar una patita como un cachorro abandonado; echarán mano a cualquier argucia que les sirva para satisfacer sus caprichos. Armadas de un talento innato para la actuación, apelarán al método Stanislavsky para inmiscuirse en las vacaciones de los hijos, ser el centro de todos los cumpleaños y rechazar cualquier crítica con lágrimas en los ojos. Con la mirada soñadora de la vaca de Milka pastando en los Alpes Suizos, evocarán aquellos hermosos días en los que fueron taaan felices con el difunto marido (aquel al cual mataron de a poco haciéndole estallar las pelotas de tanto hinchárselas durante cinco décadas seguidas). El finado, que se revuelca en su tumba cuando escucha su nombre pronunciado por la autora material de su deceso, no puede creer ser recordado con tanto cariño cuando la última palabra que escuchó en vida fue “estorbo”. Pero ellas son inimputables, porque nadie las quiere ver sufrir, sus hijos las quieren y antes de verlas derramar una lágrima prefieren subirla al auto y llevarla con todos los críos al Parque de la Costa (con la secreta esperanza de que pierdan el equilibrio en el Catamarán y se las lleve la corriente…hasta Madagascar). Woody Allen tuvo una epifanía cuando hizo desaparecer a su madre en un acto de magia en “Historias de Nueva York”, sólo para comprobar que su madre no sólo era indestructible, volvía potenciada para juzgarlo y perseguirlo por todas partes. Así son ellas, no vale la pena gastar pólvora en chimangos, cuanto más las combatís, mayor el problema. Igual que las cucarachas que se acostumbran al cebo y se lo devoran sin siquiera tambalearse.

La crítica

Este modelito “Stepford wife”, muñequita para armar, discursito enjuiciador prefabricado; viene con garantía extendida hasta los 104 años (como el antiguo Magiclick). Con una demencia senil galopante y 99 años recién cumplidos seguirán levantando el dedito índice para señalar la arruga de la pollera, la pelusa del sweater, el grano en la barbilla, el flequillo despeinado y los cinco kilitos de más que te pusiste en el invierno. Históricamente persiguen a sus hijas para que metan panza, le arrebatan el flan de la mano en medio de un asado delante de 50 personas, le pasan el dedito a los muebles para avisar que hay “tierrita” y se las ingenian para descubrir la pila de ropa sin planchar que una embutió media hora antes de su visita en el microondas/lavarropas/cajón de los cubiertos (medias y bombachas únicamente)/el placard de las herramientas, etc.. Están atentas a los comentarios de la consuegra y la familia política (conversación que tienen la capacidad de almacenar como los chats de Google) para desgranar con toda comodidad, en la cocina mientras ayudan a lavar los platos (porque la “pobre” hija está agotada y aparte lava los platos como el culo). Es ahí donde elegirán comentar el horrendo gusto para vestirse de su consuegra, cuyo culo se ensancho desde la última Pascua y que lleva puesto el mismo vestido batón de décima con la misma marca de la plancha en el escote “nunca se dio maña para las tareas del hogar, es bruta como un arado”. “No se tiñe, no se pinta, no sabe planchar, no va al cine, no se revuelca con nadie…para qué vive?”.
Si no se le anima al yerno, puede que use el lenguaje no verbal que tan bien maneja. Cada comentario del susodicho será acompañado de un cínico arqueo de ceja izquierda o revoleo de pupilas en una franca señal de “escuchá la huevada que está diciendo este infeliz”. Censora como pocas, la madre crítica hará una lista completa (que si puede imprimirá con gráficos y bibliografía de grandes Psicopedagogos contemporáneos) en la que enumerará los doscientos noventa y tres errores garrafales que sus hijos y nueras están cometiendo con esa pobre criatura que Dios ha puesto en tan inexpertas manos.
Son las típicas que se instalan en la casa de los nuevos padres para asegurar la supervivencia del crío recién llegado (aunque sea el séptimo) y como andan con un lumbago atroz pedirán la cama matrimonial para poder hacerse cargo del rol de nurse sin molestar a la pareja (y asegurándoles una vida sin sexo hasta que el chico entre a primer grado). Generalmente se hacen una copia de las llaves del departamento para poder entrar y salir “sin molestar” (visualizar carita de Droopy meets Mr. Magoo). Con esta maniobra irrumpen descaradamente en la casa de sus hijos como si fuera la propia y no se les cruza pulsar el timbre otorgándole a la pareja una ventaja de veinte segundos para encontrar la bombacha y el calzoncillo. Herida su sensibilidad por haber presenciado una carretilla en el pasillo, irán a socorrer al bebé cuya psiquis ha quedado severamente dañada porque escuchó un par de jadeos provenientes de sus progenitores, que aprovecharon la siesta dominical del bebé para fabricar un hermanito (que por ahora no llegará porque el proceso fue “interruptus abuelatum est”). La cátedra de sexualidad responsable que se morfarán los padres entrará en los anales de la Psicopedagogía moderna (y en otros anales también ya que los padres consideran seriamente la posibilidad de meterle un palo número cinco de golf en el traste y deportarla al Master series con la bocha en la boca para no escucharla).
También son las que ingresan derechito a la cocina de los cumpleaños infantiles a hundir el dedo en le merengue de la torta para criticar el punto, a revisar la heladera para vaticinar proféticamente “La comida no va a alcanzar”, a protestar porque el café está demasiado liviano, los termos no están preparados, las servilletas de papel son de Piñón Fijo (que estaban de oferta porque el payaso ya fue), y el mantel de la abuela Edelmira tiene una mancha en el bordado a mano: “vos no cuidás ni valorás nada”.
Por supuesto que se meterán con la ropa del crío, que parece un salvaje cuando debería estar vestido como el Príncipe Guillermo de Holanda en su propio cumpleaños (como si las fotos fueran a salir publicadas en “Hola”). Tu pelo parecerá un nido de pájaros, los cubiertos de plástico una negrada y tu atuendo un tanto “desgreñado” para la ocasión. Ocasión en la que lavarás cincuenta docenas de vasos de plástico tres veces (y me quedo corta), te perseguirán mocosos con las manos embadurnadas en chocolate y el perro embarrado te saltará encima de puro pavor al ver llegar a los primeros invitados.
Manejar con ellas como copiloto es un auténtico flagelo. Ganar el rally París-Dakar es más fácil que conformarlas. Que lo cebaste demasiado, que si vas tan rápido no ves los carteles de las bajadas (ellas no ven, asumen que el resto tampoco), que si doblás así te pondrás el auto de sombrero, que ese carril del peaje tenía menos autos que el que elegiste y que tenés un talento innato para devorarte los pozos y lomos de burro.

La que mete miedo

Esta es la señora a la que uno no teme pero logra que nos asustemos hasta de nuestra propia sombra. Llama a las cuatro de la mañana para que aseguremos las ventanas porque el hombre araña anda suelto por nuestro barrio y ya violó a doce mujeres en tres casas. Llama antes de que salgamos a trabajar para avisar que en Baradero hay un choque múltiple (una vive doscientos kilómetros al sur y va a utilizar la mano contraria). Avisa que hace frío, que hay alerta meteorológico, que no hay nafta porque hay paro, que los cajeros automáticos no andan, que el dólar sube “nena compra!”, que el dólar baja “nena comprá!”, que el pintor que contratamos tiene cara de asesino múltiple, Gas Natural nos afana en cada factura, el remedio para el estómago sube la presión y podés sufrir un derrame cerebral, que la perra tiene parásitos, la gata pulgas, el hijo piojos, el queso hongos (aunque sea el roquefort más caro del almacén) y nuestro brazo unas manchas muy sospechosas. Uno las calla pero en el fondo, muy en el fondo del hemisferio cerebral izquierdo queda resonando la vocecita “cuidado, cuidado, cuidado”. Así que son ellas las que nos introducen en el maravilloso mundo del clonazepam para poder afrontar la vida cotidiana sin cagarnos en las patas. A ellas les debemos el asustarnos si se para el tráfico en la ruta, si el pintor nos pide un vaso de gaseosa, si la mancha del brazo tiene relieve, si el hijo se rasca, si la gata se rasca, si el perro se arrastra, si baja la bolsa de Pekín y si el queso tiene un aroma sospechoso.

La sacrificada

Esta es una variante refinada de la inculcadora de culpa. Porque esta viene con coartada, es inimputable. Quién podría gritarle con lo mucho que ella ha hecho por nosotros. Esas tardes de invierno en la que una se la pasaba tan bien en la casa de fulanita, qué hacía ella, eh?. Ella “TRABAJABA”. ¿Para qué?, para parar la olla, comprar el jean de marca y darte plata para irte de joda. Todo eso mientras “YO TRABAJABA”. Te piden que les mires las ojeras, los callos de las manos, las várices de las piernas, la hernia de disco, la escoliosis, la psoriasis, el juanete y las arrugas. Porque todo eso, TODO, se lo diste vos. Vos que disfrutabas mientras ella, madre abnegada, daba todo por sus críos desagradecidos. Aunque nunca podrás olvidar la sonrisa de oreja a oreja que la acompañaba cada vez que ponía la mano sobre el picaporte para abandonar el confortable hogar en su periplo heroico. Ese que tanta satisfacción le daba ya que no soportaba estarse quieta pelando papas, mirando “Inutilísima”, aguantado las peleas de una horda de mocosos guarros que se mataban por un puñado de bolitas. Y como era taaaaaan sacrificada, llegaba tarde, con cara de soldado alemán preso en la estepa rusa; cargada de bolsas y bártulos (aunque en realidad se había rajado a renovar el guardarropas…porque “hace veinte años que no me compro una mísera bombachita, el resumen de la tarjeta miente, yo nunca pisé el local de Laurencio Adot”).
"¿Vas al cine, querida?. Qué suerte, yo hace taaaaaanto que no voy!!!. Desde que falleció tu padre que no se lo que es el cine...es que no da para ir sola. Nunca me gustó ir solita. *insertar mirada vidriosa aquí*". ¿Qué culpa tenemos de que no tengas una puta amiga?. Socializá. Divertite. Hacé un curso de batik. O sushi. O macramé. "Sabés porqué no tengo amigas, porque me la pasé laburando!". CHAN-CHAN (fuelle de tango aquí). Pero, de alguna manera, la frasecita lastimosa quedó flotando en el aire. Y la culpa instalada en el espacio que queda entre el esternón y la boca del estómago. Ahora, aparte de clonazepam necesitás omeprazol. Y dos shots de tequila.

Con virtudes y defectos, como todas; nosotras las madres tenemos el desafío de cometer errores nuevos (lo cual es casi una utopía). Porque todo lo que no nos gusta de nuestras madres, todo lo llevamos puesto. Como una impronta, como un sello, como un sino; una herencia demasiado difícil de esquivar. Está en nosotras atesorar y copiar lo bueno (que lo hay pero no es tan divertido), y descartar todas aquellas cosas que nos ponen los pelos de punta. Quizás poniéndonos en el lugar de hijos, podamos revivir el trastorno que nos causan algunas situaciones, para ahorrárselas a nuestra propia descendencia.
Lo veo más difícil que comer arroz con palitos, pero hay algo que siempre me sirve de consuelo, a mi vieja la quiero con toda el alma…algo bueno debe haber hecho…

lunes, 24 de noviembre de 2008

Dilemas de la vida femenina


To cortarme or not to cortarme el pelo y alguna que otra preguntita

Vejaciones, una padece durante toda su vida. Ya hemos visto lo dulce que es dejarse perforar un pedazo de uno mismo (cuando no arrancar), a manos del sadodentista.
Ciertos tratamientos y estudios médicos de los que hablaremos más adelante nos pueden salvar la vida o ayudar a dar vida; pero no dejan de ser una tortura franciscana, legal, salvaje, cuando no onerosa.
Pero hay ciertas cositas que una se busca solita, en pos de una mejor figura, una cabeza más bella o una piel menos arrugada y peluda.

Cuando yo era chica, aprendí que el pelo lacio era algo que había que conseguir aún cuando de mi cabeza pendieran dos docenas de indómitos bucles alla Shirley Temple. Entonces había que dormir con un rulero del tamaño de un caño de desagüe en la coronilla y diecisiete pinzas de alumnio incrustadas alrededor de la crisma para asegurar las lengüetas de cabello estiraditas y obedientes que produjeran el milagro que a algunas perras malditas se les daba naturalmente, el dichoso capilar lacio-sedoso. Obediencia, cabe destacar, que se desvanecía con el primer atisbo de vapor proveniente de la ducha caliente, la olla burbujeante del puchero en la cocina o un típico día rioplatense con viento sudeste. Entonces los bucles amenazaban con entrar en paro por tiempo indeterminado. Evadiendo las humedades saltando con la velocidad del correcaminos, o enfundando mi cabeza en bolsas de polietileno, me pasé media vida (hasta el exceso de bañarme en invierno con agua casi fría). Pero a fuerza de cepillo y peine en plena rebelión, la que suscribe ajusticiaba los rulos humectados hasta desarticular el motín. Lo único que lograba con esta maniobra era un peinado similar al de Mafalda (pero sin moño). Una cabeza de dimensiones dignas de una investigación exhaustiva por parte de Mulder y Scully ya que dentro de esa mata de pelo, se podría haber escondido un extraterrestre durante horas, ameritando la apertura de un expediente X.

Con el advenimiento de la primera planchita comprada en Miami, por obra y gracia de Martínez de Hoz, al que siempre le estaré agradecida por haber conocido USA y Europa (aunque todavía hoy esté pagando esos viajecitos con sangre); mis problemas parecieron haber conseguido un paliativo tecnológico para toda la eternidad. Pero, otra vez, la humedad me jugó la misma mala pasada que las doce a Cenicienta. Cada vez que salía orgullosa, con mi cortina de pelo sedoso rozándome los omóplatos adolescentes; me sentía la Reina de Saba. El mundo era mío, la noche me esperaba…y con ella el fantasma de la niebla que anulaba rápidamente el hechizo. ¿Cómo me daba cuenta que la carroza era calabaza?. Fácil, el pelo ya no rozaba los omóplatos, más bien las orejas. La que una vez fuera la Reina del Carnaval de Gotemburgo ahora era la Princesa del Bagre de la Laguna de Mar Chiquita y la autoestima: bien gracias, si te he visto no me acuerdo.
Era evidente que los rulos habían llegado para quedarse, así que decidí unirme al enemigo ante la incapacidad de vencerlo, como dice el refrán; y sumé antes que restar. Me hice una permanente. Con la cabeza de los Jackson Five (todos juntos sobre un mismo cráneo), salí orgullosa al mundo. El orgullo me duró lo que tardé en ver mi estampa voluminosa reflejada en el vidrio del primer edificio que me devolvió la imagen del horror. Me enterré haciendo patito debajo de la cama y no salí hasta que tuve pelo suficiente para hacerme la trenza de Rapunzel.
Como no soy de escarmentar y un tanto desfachatada e irreverente a la hora de probar cosas nuevas, decidí darme un nuevo rush de adrenalina cortándome el pelo a tijeretazo-mordisco limpio, a manos de los peluqueros top de ese momento. Si me hubieran podado con una motosierra hubiera quedado más prolija. Tuve el flequillo tan corto y desmechado que viví cuatro meses sin sacarme un par de anteojos de sol macro gigantescos, que no me atreví a remover ni siquiera para dormir o bañarme (eso explica los moretones que salen en mis fotos de los veintidós años, ya que me comí un par de puertas…pero mantuve firme el anonimato, hasta mi perra me ladraba desconociéndome).

Tuve el pelo rosa; tuve el pelo platinado como mi muñeca Pamela; tuve el pelo chocolate oscuro recto con flequillo rollinga cual China de Mao; tuve el pelo naranja ensortijado; me hice reflejos, claritos y cualquier otra cosa que me causara gracia porque a medida que iba creciendo llegué a la conclusión de que el pelo crece y hubiera sido peor quedarme con las ganas de probar. Aparte, ¿quién me quita lo bailado?. Ese frío que te recorre la espalda cuando te remueven la gorra de los reflejos o te lavás la cabeza después de haberte echado dos pomos completos de ignota tintura color “Avena super ceniza” descubriendo con estupor que el pelo, luego de un par de chapuzones en la pileta, te tira al verde a full por efecto del cloro (y porque la chingaste comprando la tintura más barata que encontraste). El mismo frío que te eriza los pelos de la nuca cuando le decís al coiffeur “hacé lo que quieras” y el tipo se pone a crear al mejor estilo Johnny Depp en “El Joven Manos de Tijera”. Mirando al piso como oveja australiana a merced de gigantesco esquilador, viendo caer toneladas de pelo florecido y vaqueteado; disfruto de la taquicardia de levantar la cabeza para comprobar con las yemas de los dedos que donde había un bosque ahora hay un arbustito re-manejable. Eso es la gloria.

La misma evolución la sufrieron mis pelos corporales. Un día que no olvidaré jamás, juré que nunca volvería a someterme a la flagrante aniquilación de mi flora autóctona con el consabido e implícito flagelo que ello implica. Recuerdo haberme pasado horas esperando que la depiladora estrella de mi barrio se dignara a poner el cacharro al fuego para volcar ese líquido incandescente, sin piedad, sobre mis adoradas piernas a las que les tengo demasiado cariño. Una vez soportado el incendio inicial, tragándome todos los epítetos del diccionario español, ilusa yo; pensé que lo peor ya había pasado. Sin embargo, muy a mi pesar, la peor parte es la que sucede cuando uno se relaja. El tirón. El tirón es lo más parecido a ser cuereado vivo. Te arrancan lonjas de cera y pelo, que se llevan puestos bulbos capilares, que se conectan a terminaciones nerviosas, que le informan a tu cerebro que eso duele como la cotorra de la Vaca Flora. Con lágrimas en los ojos me aguanté los cachetazos post tirón, que se supone fueron diseñados para sufrir menos (lo cual es cierto porque el cachetazo duele más que el tirón inicial, con lo cual te olvidás del tirón para concentrarte en el cachetazo…que le vas a devolver a la turra que te acaba de pegar…y a la que le vas a pagar por ello, misteriosamente). Luego de veinte años ininterrumpidos de sufrimiento medieval, la chica evolucionada decidió adherir al movimiento en contra de la mutilación del clítoris en ciertas tribus africanas y abolir de su vida la esclavitud de la cera. Fue así como entré en el mundo de los filos. Claro, mis amigas realmente peludas y morochas me odian porque a ellas no les funciona este método. Pero si ese hubiera sido mi caso, me hubiera rebelado y hubiera aplicado para el casting de “Gorilas en la niebla” sin ningún problema. Cualquier cosa antes que sufrir.
Como si esto fuera poco, la moda de hoy en día hizo que la mayoría de las mujeres que conozco se ocupen de deforestar la zona púbica como los productores de soja al norte argentino. En lo que a mi humilde entender es la Introducción a la Pedofilia, millones de mujeres se parecen cada vez más a nenitas de ocho o nueve años. Entre las dietas que las hacen desaparecer delante de nuestra vista para entrar en un talle de pantalón al que sólo entran las quinceañeras anoréxicas, los liftings y las extensiones de pelo; es muy fácil confundir a mujeres de cuarenta y largos con nenitas de Primaria. Se quedaron sin culo, sin tetas, sin caderas, sin brazos, sin fuerzas, sin ganas, sin hambre, sin pelos donde siempre hubo y sin todas aquellas características que las convertían en mujeres como la Loren o la más reciente Bellucci (por la que todos los tipos mueren). Niñas espectros de ojos cansados y miradas maduras, deambulan por la vida intentando, infructuosamente, volver el tiempo atrás (cosa que sucede únicamente en la serie “Lost”, si Ben quiere).

Con la misma sabiduría oriental con la que aborté todos los métodos alienantes para convertirme en algo que no soy, entré un verano a un local en la Costa donde obtuve orgullosísima mi primer tatuaje (a la tierna edad en que las mujeres se hacen el primer lifting o se anotan en un curso de telar). Nadie me obligó, este me lo busqué solita, y puedo afirmar que no se me movió un pelo por el dolor (ya que es mucho peor quemarse con la plancha, una mamografía o las siete manos que te encajan por todos los orificios cuando estás al borde de parir). Pero la cabeza va más rápido que el cuerpo, y mi cabeza comenzó a pensar en las veinte enfermedades que podía contagiarme mientras el tipo dibujaba mi hombro izquierdo. Inspeccionando la pulcritud del local, relojeando al señor perforado que ostentaba la aguja e imaginando mi nombre en la lista de espera para transplantes de hígado fue que me desvanecí, para volver veinte segundos después envuelta en una nube de pedo rosa ante la mirada aterrada de un punk, que juraba no volver a tatuar a una señora boluda cuyo reloj mental le atrasaba unos quince años. Lo mejor del caso es que no me quedé con las ganas, lo cual está bueno…muy bueno. El punk todavía me está puteando…eso también está bueno...

No me meto con las cirugías porque no tengo experiencia en el ramo, todo lo que sé lo he visto por televisión o me lo han contado quienes han pasado por el quirófano. Supongo que quienes se dejan incrustar cánulas en las piernas para succionar grasa, cortarse pedazos de panza y fabricarse nuevos ombligos o rellenarse las tetas con bolsas de agua o siliconas, sus motivos tendrán; a mí no me agarran ni bajo los efectos de hongos alucinógenos. Porque duele, estoy segura. Y porque solamente entro a un quirófano para resolver un tema médico o para cachondearme con algún cirujano bonito que se parezca al Dr. Mac Dreamy. Porque voluntariamente no me agarran ni en pedo.

Soy esto. Tengo algo de panza, un par de rollos que me acompañan desde que decidí que era mejor cenar con un buen vino que con gaseosa light, alguna que otra arruga, algún que otro pelo, rulos, pecas, un par de pocitos celulíticos, tetas y un culo que amenaza con desmoronarse en cualquier momento.
¿Qué estoy dispuesta a hacer para deshacerme de todo eso?. Eso es lo que me pregunto todas las mañanas. Aunque, por ahora, parece que absolutamente nada.

El dilema de todas las mujeres. Ser o no ser mujer. That’s the question.

martes, 18 de noviembre de 2008

Sadismo odontológico


Mi dentista es la reencarnación del Marqués de Sade (pero con tecnología del siglo XXI)

No puedo creer que los avances científicos y tecnológicos de los últimos cincuenta años no hayan contribuido, aunque sea un poquito, a alivianar las molestias que nos causan los Odontólogos cuando se ocupan de nuestra salud dental. Estoy convencida de que se deben haber inventado infinidad de medicamentos y tratamientos para curar sin dolor; el tema es que estos profesionales de la tortura no los utilizan porque además de dentistas son sádicos meticulosos que disfrutan con el dolor ajeno.
Desde la sala de espera donde nunca hay nada bueno para leer que nos distraiga del ruido de la turbina y los ahogados quejidos del paciente que nos precede, hasta la cara de pocos amigos de la asistente; todo el entorno contribuye para que uno desee le crezcan alas y así salir volando por la ventana del consultorio ante la primera de cambio.
Mientras nos debatimos entre salir arando o instalarnos estoicamente a aguantar la que se viene, tratamos de desfocalizar concentrándonos en la horrorosa música ambiental que, lejos de relajarnos nos pone los pelos de punta. ¿A qué cerebro retorcido se le ocurre musicalizar un consultorio con bandas sonoras de películas?. ¿A quién se le pasa por la cabeza hacer un compilado de música de películas de terror para musicalizar cualquier ambiente?. A un sádico, evidentemente.
Al compás de los violines de “Psicosis”, repasarás con la lengua el agujero que te hace ver las estrellas con un mísero sorbo de café caliente y te convencerás de que el mejor remedio para tu tortura es dejarte decapitar por un personaje de Alfred Hitchcock. En estado de cagazo pre-obturación harás buches con tu propia saliva para verificar la necesidad de la consulta arribando a la conclusión de que el remedio es peor que la enfermedad. Con la mano sudorosa en el picaporte, al borde de la huída más cobarde de tu historia escucharás la voz del Dr. Mengele pronunciando tu apellido con placer, anticipando el deleite que le proporcionará tu cara de óbito (tu deceso es inminente y se producirá a causa del más puro terror).
El paciente despachado te robará el monopolio del picaporte y antes de que quieras darte cuenta estarás encandilado por la lámpara de interrogatorios de la CIA, postrado y encadenado a un babero en el sillón del manager de las pesadillas de tu noche anterior.
Antes de que puedas explicar el motivo de la consulta, el Doctor Muerte te encajará el gancho de la aspiradora en el labio inferior mientras te destraba la mordida nerviosa con un espejito, entrando en cada doloroso bache con lo más parecido a una mini guadaña (la misma que usa la Parca, pariente cercano de estos sujetos). No contento con esto, una vez detectado el cráter infernal, te sopleteará el mismo con agua y aire haciéndote dar vueltas los ojos para atrás ya que el dolor es directamente proporcional a la cantidad de estrellas y pajaritos que estás viendo en la cara posterior de tu cráneo (y en cinemascope). El que ahora pasaremos a llamar “torturador profesional”, inmerso en la más pura dicha te informa que ha encontrado la madre de todos tus males.
Sin esperar tu consentimiento, se asegurará de que no puedas protestar llenándote el buche de cilindros de algodón, mientras carga una jeringa parecida a una 9 mm. semiautomática cromada. Las rodillas, que ya empiezan a flaquear y el pulso que comienza a acelerarse son la evidencia más tangible de que todo tu sistema se prepara para la defensa. Con los músculos agarrotados como una estatua de mármol y la boca llena (cual hamster sobrealimentado) de fibra balbucearás un tímido: “¿me va a doler?”. La respuesta es siempre negativa y es entregada con una sonrisa incisiva como el diente que te están por taponar. El torturador te rociará la encía con un líquido que te asegura, te protegerá del dolor del pinchazo inicial. Reverenda mentira repetida hasta el cansancio, supongo se debe a que estos castigadores gozan con la sorpresa del incauto, que les cree a priori, y se relaja esperando una leve brisa y no la onda expansiva de un dolor punzante que lo va a dejar contracturado por cuarenta y ocho horas.
Esperando el choque del misil contra tu quijada entumecida, con los ojos y los cantos del culo bien apretados para no dejar espacio vulnerable a futuros ataques, te disponés a abrir la boca unos 0.005 milímetros encomendándote al Santo patrono de los mártires y víctimas de delitos aberrantes. Como la aguja no pasa por el intersticio infranqueable que le habilitaste al matasanos, serás invitado a abrir la boca a martillazos limpios, de espejito que el Doctor te propinará sobre las paletas. Si no logra su cometido, es muy probable que haga palanca con la misma herramienta o la mini guadaña (el tipo está cansado de que le muerdan los dedos, así que honra la famosa frase “el que se quema con leche llora cuando ve la vaca” y no mete un garfio ni que lo maten).
Una vez vencida la oposición, el Doctor introducirá toda una batería de instrumentos para impedir que vuelvas a cerrar la mandíbula (al menos durante los próximos quince días).
Con cara de médico forense despelechando un cadáver (y la lengüita levemente afuera para asegurarse la puntería), introducirá el elemento punzante en la encía que cruje como salchicha alemana pinchada por un tenedor. El dolor te hace saltar las lágrimas y un par de puteadas se escapan de tu boca, aunque inentendibles por efecto de la boca dormida y llena de objetos. Cuando parece que lo peor ha pasado, serás sorprendido nuevamente por el paso del líquido empujado a través de la carne; un dolor similar a la descarga eléctrica obtenida al morder el cable del velador enchufado, descalzo y parado sobre un charco de agua.
El Doctor entonces, procederá a esperar el tiempo que él considere, tardará el químico en dormir la zona (que nunca coincide con el tiempo real, pero el tipo tiene la sala de espera llena y vos sos una persona aguantadora…te asegurará con la sonrisa de Hannibal Lecter). Entonces pelará su arma secreta, el torno ultrasónico, hipersilencioso que acabará con todas tus algias (y tus ganas de volver a pasar por una experiencia similar). Te pedirá que levantes la mano ante la primer señal de molestia, aunque no se tomará la molestia de cejar en su esfuerzo de tallar el diente…”ya que estamos muy próximos a terminar, aguantá un poquito más”. Con ganas de invertir mil pesos en un asesino a sueldo que lo liquide esa misma noche, y haciendo aspavientos con ambos brazos para que el tipo pare de buscar petróleo dentro de tu boca, te ahogarás con tu propia saliva y el agua que chorrea el maldito instrumento. Ni al borde de la asfixia serás eximido de su grotesco salvajismo. El tipo va a terminar cuando a él se le ocurra y encima te acusará de “flojito” riendo como una hiena maldita.
Con el nervio de la muela casi al descubierto y el hemisferio cerebral que se dedica a registrar el dolor, en guerra, preguntarás por cada herramienta o medicamento que el torturador te acerque a la boca. Te pedirán que hagas un buche, solo para comprobar que no podés retener el agua que caerá cual catarata sobre el babero, tu ropa (y si estás muy recostado podrás lavarte el pabellón auricular con los restos de baba). Luego te taparán el orificio con una mezcla que huele horrible y sabe a shampoo pediculicida.
Dormido e imposibilitado de abrir los ojos por efecto de la lámpara que te perfora las córneas, relajado porque la anestesia comenzó a hacer efecto justo cuando el dentista termina su labor; serás invitado a irte (ahora quecomenzabas a disfrutar del viaje medicamentoso).
Demás está decir que dolerán más los honorarios del profesional del dolor que el dolor en sí. Lo que te convierte en un masoquista que paga por dejarse infringir dolor voluntariamente. Y lo que es peor aún, seguirás consumiendo cantidades industriales de azúcar para asegurarte el regreso a la Cámara del Sufrimiento.

Si algún día pudieran arrebatarle el torno al Odontólogo…¿dónde obturarían?.

Yo lo tengo clarísimo. Mwahahahahahahaha!

lunes, 17 de noviembre de 2008

Envejecer no tiene privilegios



MI ABUELA SE FUE AL BOSQUE CON UN TAL ALZHEIMER

Mi abuela supo ser una señora soberbia, elegante, caracúlica y muy turra. Tenía a toda la familia en jaque. Era capaz de pulverizarte con el uso de una lengua viperina que no ha conocido rivales que estuvieran a la altura de su mordacidad y rompía mucho los cojones. Dotada de un oído digno de la Mujer biónica, una memoria prodigiosa y un talento innato para inferir cualquier dato que pudiera servir a sus fines; siempre fue una mujer de cuidado.
En vacaciones, revolvía bolsos buscando evidencias de encuentros sexuales prohibidos, cartas a novios, cuando no la lectura estival de diarios íntimos con doble candado que no dudaba en violentar. Así como nos hacía caminar sobre dos cuadrados de paño para no marcarle el piso de madera o andar en puntitas de pie cuando dormía su religiosa siesta, era capaz de joderte las mejores vacaciones de la adolescencia porque no habías llegado a tiempo para cenar o tu baño se había extendido dos minutos más de lo que ella tenía estipulado para una ducha con lavado de pelo incluido. Eran más importantes la salud del termotanque, el horario de sus apetitos y su pinza de depilar alemana; que el bienestar de su hija y sus nietas. Es entendible hasta cierto punto, ya que era su departamento de playa y era ella quien financiaba ese hábitat vacacional; pero rompía las guindas en forma tan descomunal que uno terminaba pagando un hotel con tal de no aguantarla (y ganaba en la transacción, sin lugar a dudas).

Ahora, cuando uno observa a ese ser con el temperamento de Margaret Thatcher, el poder de decisión de Atila y la osadía de un comando suicida talibán; convertido en un tierno pichoncito desmemoriado que hace cincuenta veces la misma pregunta con una sonrisa perdida pegada en la cara arrugada, no puede más que preguntarse qué carajo obró ese milagro.
El milagro se llama Alzheimer y de lindo solo tiene el nombre, lo juro por mi futura demencia senil, que evidentemente está inscripta en el código genético de nuestra familia.

Esta ridícula enfermedad convierte hasta al asesino más facineroso en un monje tibetano, ya que barre con todo vestigio de memoria y con ella el chip de la maldad. La que otrora nos encontraba gordas, celulíticas, canosas, arrugadas, con manchas en la piel y un marido boludo; ahora nos ve bellas, esbeltas, con el mismo color de ojos que el mar, un culo perfecto y la misma pregunta repetida hasta el cansancio: ¿Porqué te separaste de tu Príncipe Azul con lo mucho que se adoraban?. Uno podría optar por revolearle un elemento contundente en la azotea, pero eso, lejos de acomodarle los caramelos en el frasco desataría el efecto contrario. La neurona con esa pieza de información se tildaría como un cd rayado invocando la re-pregunta una y mil veces más. Así que lo mejor es sonreírle con nuestra mejor cara de Forrest Gump y desviar la atención hacia temas menos espinosos, como el mejor fertilizante para el potus de interior (nunca voy a entender a qué le llaman planta de interior ya que no he visto crecer ninguna, espontáneamente, sobre la alfombra de un dormitorio).
Cuando una cree que tiene al toro por las astas, la anciana arremeterá nuevamente con preguntas incómodas y la mirada perdida entre Chacabuco e Iquique, ya que su mente gira sin control como una brújula desmagnetizada que muy de vez en cuando hace una parada en el norte…justamente en ese norte cuya tierra hoy no querés explorar porque está llena de punzantes cactus. Vuelta a empezar, otra vez a explicarle lo que hace diez minutos le explicaste con pelos y señales. Que el perro que adorabas fue exiliado de tu casa por tu ex marido y que tu ex marido es ahora tu ex marido porque decidió auto exiliarse igual que el perro. Y que ahora tenemos un perro nuevo que es perra, pero a la que ella sigue llamando por el nombre del que hace cinco años fuera repatriado. Ofendida porque la perra no acude a su llamado, intentará hacerse un té dejando la hornalla prendida hasta que las moscas se desmayen alrededor de la pava y a los cinco minutos pedirá el almuerzo (el del día siguiente, porque vivió dos días en veinte minutos). Una vez convencida que tendrá que esperar tres horas por una sopa, se le ocurrirá hacer tiempo planchando para ayudarte (con la plancha desenchufada); pero al ver a la perra intentará darle de comer por sexta vez en la tarde mientras el pobre bicho saca balanceado por las orejas y la mira con cara desorbitada. Entonces volverá a preguntar por el paradero del bicho repatriado ya que el otro era negro y este es blanco y negro. ¿O es el mismo que envejeció y le salieron canas?
Luego probará suerte con la cocina, cosa que le prohibirás absolutamente ya que la última vez que lo hizo le puso detergente a la asadera para cocinar las milanesas (el sabor limón del químico en cuestión impidió que se diera cuenta del error, si hubiera sido de aloe o con colágeno las hubiera escupido como balas de metralla al primer bocado).
Lo mejor o peor del caso es la avería de su reloj interior (el que todos llevamos dentro), ya que el mismo hace que mi abuela se vista íntegramente a las tres de la madrugada para ir al oculista y cenar a las tres de la tarde enojadísima porque luego no conseguirá conciliar el sueño nocturno (con un sol infernal que se cuela por las persianas bajas del dormitorio). Llamará a mi madre a las cinco de la mañana del domingo para avisarle que tiene que ir a trabajar y festejará Pascuas en Navidad (olvidando por completo que es judía), amasando rosca con incrustaciones de borlas multicolores sustraídas del arbolito del Autoservicio chino donde compra sus víveres (y enloquece al propietario que está ahorrando para volverse a Shangai).
Como ve poco y escucha más o menos, suele vestirse con medias de distinto color, se pinta los labios desde el mentón hasta la punta de la nariz y no contesta jamás el teléfono provocando taquicardia en el resto de la familia que la busca despavorida.
Si hay algo que no le ha arrebatado el Sr. Alzheimer, es su apetito voraz. Puede devorar dos platos de pastas, un postre para catorce personas y tres kilos de pan con la parsimonia de una tortuga pero con la tenacidad de una piraña de río. Pensar que hasta hace diez años vivía a dietas vegetarianas y nos enseñaba a meter panza para endurecer el músculo!.

Ya no quedan vestigios de la mujer que vivía en esta cabeza cana y en este cuerpecito esmirriado. Ahora es una mujer mucho más dócil, manejable y hasta entrañable; sin embargo daría lo que no tengo por volver a padecer los embates de su cáustica diatriba, su implacable personalidad controladora y ese espíritu ingobernable que todos soportamos con la misma tolerancia con la que nos bancamos por años sus sweaters de cuello alto, que siempre eran demasiado angostos para pasar por nuestras cabezas.

Maldito Alzheimer!!!. *insertar emo de dedo de fuck you, aquí*

viernes, 14 de noviembre de 2008

Amigas



Lazos femeninos

Existen infinidad de libros, series y películas que grafican la amistad entre mujeres. Nadie sabe a ciencia cierta porqué se crean estos lazos tan fuertes y duraderos, que no sólo perduran a través del tiempo; generalmente sobreviven a noviazgos, matrimonios y relaciones familiares. Nacen en los colegios, en los trabajos, en la puerta de la escuela de los hijos, en un curso o en un vecindario. Se da entre mujeres de distintas edades, diferentes estilos de vida y niveles socio económicos indistintos; pero si la relación es fuerte es muy probable que el vínculo que se genere sea incondicional y para toda la vida.
Desde pasarse datos en una prueba de lengua, hasta compartir el último brownie del cumple del hijo, con un mate, en una tarde fría de invierno; las amigas están siempre que uno las necesita y una siempre sale a socorrer a las que precisan ayuda. Es una ley implícita, algo que no existe en ningún manual de Ciencias pero se da con la misma frecuencia que la Ley de Gravedad.
Para las que hemos sido bendecidas con una parva ecléctica de amiguitas del alma, este es mi homenaje a todas ellas; las nuevas, las viejas, las que ya no están, las que volverán, las que quiero volver a encontrar, las que extraño y las que estoy segura me extrañan:


Lili
Compañerita del Secundario, amiga, confidente, “my personal” profesora de Matemáticas en el Cole; dueña de una mente ágil, una inteligencia tremenda y un sarcasmo astringente; me ha hecho reír desde que la vi por primera vez en el micro escolar y me contó que nuestros padres habían sido compañeros de colegio.
Ella estudiaba, ella leía “Rinconete y Cortadillo”, ella se aprendía la lección de Historia; y después me pasaba el resumen oral (tipo chimento) en el colectivo 96, que nos dejaba a una cuadra de la Escuela en quince minutos. O sea, mis aprendizajes diarios se reducían a todo lo que Liliana podía compactar y explicar parada; en quince minutos de Geografía, Literatura, Ciencias Naturales, Historia y Sociales. Por eso siempre me llevé Matemáticas, Química y Mecanografía (materias que eran eminentemente prácticas, era imposible desarrollar una ecuación de dorapa). La complejidad de sus lecciones se acentuaba porque ella viajaba firme, agarrada a la baranda del techo; lo mío era más de ir rebotando entre la gente gracias a mi escaso metraje, sintonizando sus palabras del resto de los ruidos del entorno. Si mi antena funcionaba mal, la lección se perdía entre el barullo general; era muy factible que terminara hablándole a la Profesora de Historia sobre Napoleón Bonaparte y sus problemas con el suegro hijo de puta, que desalojó al yerno de la señora que viajaba en el tercer asiento.
Su casa era mi baticueva. La mamá siempre estaba ahí esperándonos con la merienda, cocinando alguna cosa rica con olor a naranjas; aromas que se escapaban por la puerta de entrada seduciendo nuestros famélicos estómagos adolescentes.
Después de tomar el té, nos dedicábamos a mirar la novela. Finalizado el culebrón, comenzaba la lección de Matemáticas. Mientras Liliana me embutía las ecuaciones en el mini-magro hemisferio cerebral que se ocupa de las operaciones lógicas y las abstracciones; yo jugaba con su hermana bebita, evadiendo el conocimiento con cualquier pretexto. Ella, en cambio, se concentraba tanto que podía seguir despejando la equis en medio de los alaridos y el olor agrio del vómito a chorros de la beba. Tal era su amistad conmigo, que encima se aguantaba los retos de su madre por haber descuidado a su hermana y no cambiarle el babero.
Dueña de una memoria implacable y una agenda ordenada, nunca se olvida de un cumpleaños ni de un aniversario. Siempre llama, siempre se acuerda, siempre escribe. Siempre está.

Caro

La primera vez que la ví, circulaba en auto por el barrio, con Luli bebita en el asiento trasero. No me acuerdo si me preguntó algo o simplemente paró para presentarse. Cuestión que fuimos vecinas (alambre de por medio) durante más de seis años. Seis años de tráfico de cerveza y factura trans cerco. Seis años en los que nos juntamos a caminar por el barrio, haciendo rayuelas en el asfalto, robando moras del árbol o bailando frenéticamente en el living de casa (improvisando un trencito carioca con nuestros hijos, el perro y una docena de arañas de campo). Si hay algo que marcó nuestras tardes de mates a la sombra del árbol o de compartir heladitos de agua al borde de la pileta de lona, fue la algarabía que tanto me gusta y disfruto en una persona. Caro ama la vida, todo le causa gracia, a todo le encuentra el costado positivo y sus carcajadas disipan cualquier tormenta. Es generosa, es culta, inteligente y tiene un sentido del humor a prueba de bala. Se le puede estar viniendo un huracán que amenaza con arrancarle el techo de cuajo, pero ella va a estar mas pendiente de que el reproductor de cd’s agarre el track n°2 que es la canción que quiere bailar debajo de la tormenta de rayos. Repostera frustrada, si la torta le sale para el traste, es muy probable que se la entregue altruistamente al perro (molde incluído) y destape una botella de cerveza bailando, mientras rebusca otro molde para intentarlo otra vez. Valora la calidad por sobre la cantidad. Le gusta el contenido más que el envase. Es profunda, sensible, querible y una de las mejores madres que he visto. No le importa mojarse debajo de la lluvia, le gusta pisar los charcos, embarrarse hasta las rodillas por un gajo de su planta favorita y siempre hay lugar en su mesa para uno más. No le teme al qué dirán, se caga en lo que pueda pensar el vecino si la pesca disfrazada de bruja en Halloween o hamacándose debajo del eucalipto con Zoe sobre la falda. Nunca se queja, nunca le duele nada y si algo le molesta no le va a dedicar más de cinco segundos; la vida es muy corta para desperdiciarla protestando. Mejor salir a dar una vuelta en bici, con la tijera de podar en el canasto para recolectar flores silvestres que decorarán cada rincón de su casa. Su casa, sus fotos, la forma en que pone una mesa, los libros desparramados en el sillón, las cajas abiertas de los cd’s, los juguetes en el piso…su casa tiene vida y refleja su espíritu.
Se mudó un poco lejos, pero estoy segura de que me voy a sentar en su comedor otra vez, a escuchar música…vinito en mano, para matarnos de risa hasta el amanecer.

Las zuziaz

A este selecto grupete entré casi por casualidad, hace más de cuatro años. Nos conocimos en un foro de un ignoto actor escocés que nos sirvió de excusa para babosearnos en conferencia intercontinental y estrechar un lazo tan fuerte que logró juntarnos (charco transatlántico de por medio) en lo que dimos en llamar “La casa del placer”. Ese departamento de Belgrano nos sirvió de templo de perdición y fue ahí donde recalaron mis amiguitas españolas, que se hicieron más de diez mil kilómetros para pegarnos unos “achuchones”, como a ellas les gusta decir. Nos dedicamos a reír, pasear por Bs. As., hacer Shopping y pasar los diez mejores días que yo recuerde. Corrimos escoceses por Puerto Madero, asistimos a un concierto de música Celta, paseamos por el Tigre y hasta compramos cuero (bueno, yo compré cuero en forma de revista “Men’s Health”, porque el cuero no me dio para la campera). Nos reímos tanto que nos dolían las mandíbulas. Volvimos loco al chino del delivery mandándolo siempre a otra dirección. Nos tentamos al punto de sacar Coca cola Light por la naríz, leyedo y releyendo párrafos de nuestra novela erótico-festiva favorita. ¿Se puede crear y mantener una amistad por Internet con una correntina que vive en Canadá, una mexicana, una suiza, una italiana, tres americanas, una española de Murcia, otra de Madrid, una de Valencia, una de Granada, una argentina de Cipoletti, dos porteñas, una de Gran Bs. As. y una argentina en Miami?. Definitivamente se puede. Nos escribimos todos los días, nos juntamos cada vez que podemos, sufrimos la pena ajena como la propia, hacemos de su causa la nuestra, los triunfos de una nos pertenecen a todas y compartimos con el resto cada pedacito de nuestras vidas.
Un lujo.

Laura

Otra portadora de algarabía crónica. Laura ve el vaso medio lleno y siempre está dispuesta a ayudar cuando uno la necesita. Es generosa, le gusta la joda (aunque tiene horario de cierre, no le pidas nada después de las 22.00 hs. porque se te duerme como un bebé). Es la pata ideal para salir de compras. Te escucha, te comprende, es buena amiga de sus amigas y cocina como los dioses. Le gustan los perros, ama las plantas, le gusta la decoración, disfruta de su casa y si te tiene que decir algo te lo dice de frente…no se anda con chiquitas. Olvidadiza y colgada, no pierde la cabeza porque la tiene pegada al cuello; se olvida los celulares en los bares, las llaves en los negocios y los análisis en la casa cuando visita al médico. Ama a sus padres, adora a su hijo y su marido; es otra de las que saben que la vida es corta y la aprovechan al máximo.


A todas ellas, Maite, Agos, Ari, Cele, Patty, Fdidita, Ana, Anyta, Ale, Marga, Jime, Romy, Eli, Silvia, Silvina, Gaby, Lita, Silvina D., Cristina, Maiki, Elisa, Eleonora, Cynthia, Barbara, Andrea H, Alicia R.; sepan que agradezco haberlas conocido.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

La rebelión de las máquinas

DE MOTORES, ELECTRODOMÉSTICOS Y AFINES

No es hasta que a uno le cortan el servicio eléctrico, se le queda el auto en la ruta o la cafetera eléctrica dice “BASTA”; que cae en la cuenta de que nuestras vidas están en manos de cacharros a pila/ corriente alterna o a combustible/kerosene/gasoil, etc.
Es muy común que cuando la odiosa compañía de suministro eléctrico decide bajar la tecla y mandarnos de una soberana patada al siglo XVIII; nuestras psiquis se bloquean como las de los pacientes psiquiátricos que acaban de recibir un electroshock (bueno, a lo mejor un shock químico porque estamos sin luz). Nos descubrimos deambulando por la casa, babeando en pyjama sin saber cómo hacer para calentar una taza de café o entablar una conversación que no tenga a la tele como tercer interlocutor. ¿Cómo se hacía café antes de la cafetera eléctrica?. ¿Cómo se escribía una carta antes del Word?. ¿Cómo se hacían amistades antes del Messenger?. ¿Cómo se lavaba la ropa sin el adorado Whirlpool?. Nadie lo sabe, y los pocos que tienen registro de esa época están al borde de la extinción o ya no se acuerdan, porque han sido alcanzados por el Dr. Alzheimer. Creo que tendríamos que escribir un libro con instrucciones para dejar a las nuevas generaciones, en caso de que los transformadores eléctricos dejen de funcionar o se acaben los combustibles para siempre. ¿Y si ocurre un holocausto y no podemos poner un capítulo de la Familia Ingalls para saber cómo Charles convierte semillas en una planta que después se pisa y larga harina con la que Caroline hace pan?. Habría que implementar en los colegios, clases del siglo anterior a la energía eléctrica, para que la gente aprenda a sobrevivir sin aparatos que se enchufan. Como escribir, como archivar sin apretar un botón, cómo hervir un huevo con cáscara adentro de un cacharro sobre un fueguito hecho a lo “Expedición Robinson”. En fin, clases de supervivencia.
El tema está en que no todos los aparatos tienen el mismo ranking de fama y generan la misma desesperación cuando fenecen ante nuestra incrédula mirada. Hay algunos que hemos de extrañar, otros que salimos corriendo a reemplazar y algunos que estamos deseando exploten ante la próxima zarpada de tensión de la compañía eléctrica.

El ranking de nuestros cacharros más y menos preciados

La heladera

Es indispensable. Se puede reemplazar por la de playa con una bolsa de cubitos de hielo diaria. Quizás hasta sea más barato, pero no hay como una heladera llena de cerveza helada en verano y un freezer lleno de comida elaborada para mantener la panza llena y el corazón contento. Convengamos que en el top ten de electrodomésticos, la heladera se lleva la cucarda de oro.

El lavarropas

Este guacho logra que se te escapen un par de lagrimones cuando el técnico te mira con cara funesta, meneando la cabeza de lado a lado para informarte que el bienamado aparatito ha pasado a mejor vida. Si pudieras cagarlo a patadas lo harías pero la pena te domina, así que terminás puteando al técnico que no quiso salvarle la vida. Recordarás aquellos gratos momentos en los que te sentabas a mirar la ropa de color por el ojo de buey del otrora impoluto mamotreto cromado con teclas que parecían ojos enamorados. Si le habrás zampado besos en la chapa caliente cuando amenazaba con pegarse unas vueltas por el lavadero porque estaba mal balanceado y parecía que se descuajeringaba dejándote la carga entera sin centrifugar. Ese que te dio tantas alegrías, amenazando con fundirse cuando le embutiste el cortinado del living y dos acolchados, a pesar de que el manual de instrucciones decía expresamente que no se podía sobrepasar los cinco kilos, pero que te devolvía las cortinas (chorreando pero limpitas). Ese que se aguantó las monedas, las tiras de los corpiños, los papeles de caramelos…cuando no un par de juguetitos de los huevos Kinder. Ese al que nunca le limpiaste el filtro hasta que ya fue demasiado tarde y se ahogó en sus propias pelusas enjabonadas. Ese es el que no podés dejar de reemplazar cuando tira la toalla y se planta en un estrepitoso knock out técnico. Así que el amor dura lo que dura el viaje a la Tienda de electrodomésticos más cercana (si el bolsillo te lo permite), donde volverás a enamorarte de una máquina mejor, con más botones, un tambor cromado y reluciente como un espejo, más lucecitas para mirarlo a los ojos y le susurrarás a la recámara del enjuague “Te amo”.

El microondas

Convengamos en que todo el mundo lo usa para calentar y recalentar. A lo sumo, cocinar una rodaja de zapallo o hervir una hamburguesa que queda mustia como una alpargata gris. Algunos meten una salchicha para verla explotar, otros quieren meter al hámster para ver qué pasa y otros meten un huevo con cáscara o un plato con borde metálico para descubrir que el huevo enchastra la puerta y el metal le saca chispas. ¿Se puede sobrevivir sin micro?. No, es indispensable para calentar. Porque ya nadie se acuerda como calentar sin él. ¿Cómo se llamaba eso…baño maría?. Nadie conserva los jarritos para calentar sobre la llama de la vieja cocina a gas. Pero tampoco es que uno se muere si no lo tiene. No va corriendo a reemplazarlo. Lo más probable es que esperemos a ganarnos uno con los puntos de la tarjeta de crédito o en la rifa de Navidad de la Carnicería. Pero no desfalleceremos sin él.

La televisión

Este sí es el oxígeno que alimenta nuestras almas. Sin él no somos nada. Lo prendemos apenas nos levantamos y lo apagamos con el último suspiro antes de dormirnos. Si amenaza con capotar somos capaces de prenderle una vela a un Santo, hacer una promesa a la Vírgen más regalona, improvisar una macumba a su alrededor, frotarlo con ajo y hasta darle caricias en el panel de los controles. Si la máquina infernal decide ponerle fin a su electrónica existencia es muy probable que nos troquelemos las venas con el mismo sacacorchos con que abriremos la botella que usaremos para emborracharnos de pura tristeza. Putearemos en todos los idiomas conocidos y cuatro lenguas muertas, encomendaremos nuestras almas al diablo mientras nos acordamos que hoy comenzaba la temporadaza nueva de nuestra serie predilecta. Y terminaremos endeudándonos por los próximos cinco años para reemplazarla.

La plancha

Elemento poco querido si los hay, este electrodoméstico no será despedido con honores el día que su resistencia pierda la batalla contra los salvajes embates del amperaje. Nadie se va a calentar si ella ya no calienta como antes. Será depositada en el fondo de un placard junto con una bolsa de naftalina, una lata de cera Suiza, doscientas bolsas de supermercado hechas bollitos, un pomo de lustrametales seco y dos cajas de veneno para hormigas vencido. Puede que en la próxima mudanza alguien la descubra y la revolee al tacho de basura más cercano. Demás está decir que no será reemplazada de inmediato ya que la dueña de casa preferirá estirar la ropa doblándola prolijamente con la mano y sentándose encima para terminar de alisarla bajo el calor de su propio culo.

La cafetera eléctrica

Esta no es indispensable pero cuando se caga te jode la vida. Porque descubrís que no tenés filtros de papel, que no sabes dónde carajo metiste el embudo para los filtros (al que no ves desde la última mudanza en el año 1996) y porque sabés positivamente que naciste con el gen que reza “romperás compulsivamente las jarras de vidrio para café”. Así que como jarra no tenés, saldrás a comprar eso, y el embudo, y los filtros,…obvio que vas a comprar otra cafetera con cable y botoncitos. Tres en uno. Voilá!.

La computadora

En este milenio, si se te rompe la compu estás en el horno. Dios no lo permita. Te quedás de un saque sin amigos, sin enciclopedia, sin tu dosis diaria de piratería, sin noticias, sin recetas de cocina, sin Google earth, sin correo, sin pagar las cuentas (porque ahora ni los cajeros automáticos de los bancos te dejan hacer transacciones), sin música para el mp3, sin juegos en red, sin chat, sin foros, sin información sobre los hábitos alimentarios de la suricata (que tu hijo debe investigar para el colegio), sin información bancaria; ciega, sorda y muda. Claro que se soluciona con un Cyber, pero no es lo mismo pelotudear en camisón chateando con seis desconocidos en el living de tu casa que ante la mirada inquisidora de la caterva de mocosos que mueren por ver lo que estás haciendo mientras te tragás la risa de lujuria.

La impresora y la fotocopiadora en el trabajo

Máquinas infernales si las hay, ambas te pueden complicar la existencia y sacarte de quicio al punto tal de descubrirte dándole patadas a un bodoque de plástico cuyo display te sonríe mientras te muestra la leyenda “J3 atasco de papel”, aunque en realidad, en idioma electrodoméstico quiere decir “te jodí tres veces y me tragué el papel”. Lo más probable es que le abras las veinticuatro compuertas en busca del pedazo de papel que la muy turra se tragó mientras te quemás con el cilindro y quedás como Whoopi Goldberg por culpa de la nube de toner, que se diseminó como la de Chernobyl, cuando removiste el tanque. La impresora, como es alemana, te habla en alemán. Así que no entendés ni por puta lo que la desgraciada tiene. Es como un bebé al que le revisaste los pañales, le diste de comer y le sacaste los gases pero sigue llorando como un marrano. A esta le miraste la bandeja 1 y te aseguraste de que tiene papel, hiciste lo propio con la bandeja 2, le cancelaste los trabajos previos, la reiniciaste y la hija de su madre te sigue insultando en perfecto alemán “ich bin kaput”. Si sos normal te sentaras a llamar al técnico, si te agarran con la mecha corta es muy probable que le asestes una docena de golpes con la abrochadora o el cesto de papeles. Cuestión que ambas máquinas decidieron joderte la vida rebelándose y lo consiguieron.

El auto

El auto es una caja de Pandora. Un día está bien y al día siguiente está en coma farmacológico porque el boludo de la estación de servicio le cargó nafta y es gasolero. Cuando no se le prende la luz del aceite, se te acaba el agua del sapo o se te empasta la bujía o se te ensucia el carburador o simplemente se te planta porque se declara en paro y a joderse. Este cuesta reponerlo así que lo tratarás con cariño buscando el mecánico que opere el milagro por dos mangos con cincuenta (que es lo que te queda para llegar a fin de mes). Así que comerás arroz con manteca o le venderás un riñón al traficante de órganos más cercano para reemplazarle la batería o cambiar la correa de distribución.

Máquinas, cacharros, robots domésticos que nos tienen de rehenes desde que los sacamos de sus hermosas cajas y aplastamos con orgullo el papel envoltorio con globitos que los contenían; porqué no se van todos un poquito a la mierda?