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domingo, 19 de septiembre de 2010

MIS QUINCE DÍAS KAFKIANOS

Dedicado a Ana, quien tradujo mi alegoría cinematográfica “almodovariana” a una mucho más gráfica y literaria: “kafkiana”


No sé ni por dónde comenzar, así que lo haré por el final. 
Estoy sentada en mi bunker escribiendo, sintiéndome un insecto; acabo de despedir a mi madre y a mi abuela que vinieron de visita el fin de semana.
Para quienes no hayan leído entradas anteriores, mi abuela tiene Alzheimer;  mi madre es lisa y llanamente un dolor de huevos número quince en una escala de uno a cinco.
He juntado material para escribir quince tomos de una novela de terror, pero esa sucesión de hechos está tan mezclada en mis neuronas que voy a tratar de escribir los episodios en el orden en que los vaya encontrando debajo de la duramadre.

Capítulo 1

Mi madre me llama por teléfono.  Le explico que estoy trabajando, me suena el interno y unas tres personas me miran esperando una respuesta que, se supone, yo debería darles si no estuviera hablando con ella.  Como mi interlocutora es el tren bala a la hora de escupir palabras a pesar de su apnea post sesenta años ininterrumpidos de cigarritos (tres paquetes por día para ser más exactos), no me queda otra que cortarle.
La culpa me asalta, la imagino con los ojos vidriosos y el tubo en la oreja escuchando el “tu-tu-tu-tu”.  Me hago un rato libre y salgo a llamarla a la calle.
-Hola, qué pasa? (yo)
-Nada, nada, “snif” (ella)
-Estás llorando? (yo)
-Nooo, qué va “snif” y un sonido similar a succionar mocos de un vaso con un sorbete de colores (ella)
-Bueno, algo te pasa… (yo, con es estómago hecho una pelota de basquet)
-Si.  Es que quiero saber cómo puedo matar a tu abuela y que parezca un accidente (ella, con vocecita de Lobo de Caperucita)
-Podrías hacer la “gran almohada”, lo ví en varias pelis, el asesino siempre queda libre (yo, hablando seriamente)
-O también puedo pegarle con algo en la cabeza (ella)
-Buscate un abogado aunque no creo que puedas pagarlo (yo)
-La odio (ella)
-Te odio (yo a ella)
-Yo también (ella a mí)
-Me voy a trabajar, me quedo mucho más tranquila, gracias! (yo)
-Chau, snif, ah ah ah, buahhh (ella trabajando mi culpa a dos manos)

Capítulo 2

Entro al baño.  Creo que estoy en los albores de mi metamorfosis.  Quince millones de mosquitas negras sobrevuelan una montaña de caca que sale de la rejilla.  Vivo en el campo por elección, cambié cloacas y tecnología por pájaros, insectos y mierda.  Un negocio redondo.  Comienzo a sentir mis alas.  Me miro al espejo y veo una cucaracha gigante que quiere volar a la civilización.  Me preocupo.  Debe ser la mezcla de alcohol con las cuatro noches durmiendo tan solo tres horas que llevo.  Me descubro parada frente al espejo manteniendo una conversación muy real con el Cristo del rosario que llevo atado a la tira del corpiño cual adolescente que lleva ristra de ajos al cuello en peli de vampiros.  Tengo que dormir, debo dormir.  Así que me siento en la computadora y me cago en mi autodeterminación.  Es más, me ocupo del comienzo de mi autodestrucción.  Decido postergar el tema del pozo ciego y la caca.  Volaré con mi alas de cucaracha a un lugar mucho más alegre e higiénico.  Ese lugar es youtube, estoy paseando por Escocia, escondida en mi universo paralelo.  ¿Quién dijo que la evasión es mala?  Si fueron Freud o Lacan, pues se pueden ir los dos a la mismísima mierda: Bienvenidos a mi baño beneméritos doctores.

Capítulo 3

Día viernes en el trabajo.  Pandemonio frenético.  Teléfonos que suenan, gente que pregunta, gente que protesta, gente que busca gente, casillas de mail inundadas y un ruido que molesta.
Mi celular que no para de sonar.  Por cada llamada perdida, un texto avisando.  Un texto avisando que mi padre me está buscando desesperadamente.  Como conozco la letra de ese tango al dedillo, decido posdatar la devolución del llamado. 
Al rato lo llamo, soy la hija, debo llamarlo.

-Hola, papá?
-Hija, por finnnnn, te he llamado infinidad de veces! (con voz resquebrajada cual lamento etrusco)
-Pasó algo? (vayamos al grano que se me escapa la cucaracha)
-No…snif…es que quería escuchar tu voz antes de…(no sé si musicalizar con bandoneón o canzonetta italiana dadas las raíces étnicas de mi progenitor)
-Antes?  Antes de qué? (lo imagino limpiando el caño de su pistola Luger 9mm.)
-El final está cerca…(ahora la cucaracha escucha Wagner a todo volumen)
-Qué final? (la cucaracha es corta de entendimiento o no puede dar crédito a lo que escucha)
-Mi final…(pausa de las que en el cine sirven para acojonar)
-Estás enfermo? (y bueno, es el padre de la cucaracha, hay un cariño completamente infundado)
-No, pero estoy cerca…(visualizar a Al Pacino senil, con la gorra puesta, recorriendo la parra en Sicilia)
-Bueno, eso no lo sabemos, hay gente jóven que muere todos los días (la cucaracha se peina las antenas raya al medio mientras rema una conversación que está a punto de entrar en un loop macabro)
-Pero yo ya tengo pasaje…a mi edad…(silencio para insertar una dosis de culpa en el centro del cuore)
-Bueno, no pienses en eso, pensá en la cucaracha que cuando la pisas le sale la cremita de adentro (yo, otra vez conversando mi amigo invisible y mi papá disfrazado de Vito Corleone masacrado)
-Nos vemos, dale? (mutis por el foro para el insecto que huele el Raid a distancia prudencial)
-Bueno hija…

Capítulo 4

Martes.  Voy a sacar dinero al cajero.  Tengo dos personas delante y una impaciencia monumental.  Trago saliva y repito para adentro “tranquila, solo dos personas”.  Como si fuera una máquina tragamonedas del Casino flotante, el señor que hace uso del cajero, toca botones mientras la máquina le escupe papelitos como balas de metralla.  Bip-bip, el aparato le vomita la tarjeta.  El corazón me da un vuelco (poética forma de hablar de una taquicardia grossa).  Con un pie a punto de avanzar dos pasos, se me borra la sonrisa mirando como el tío pela billetera con tarjetas de todos los colores.  Como era de esperar, las prueba TODASSSSS.  Después de quince minutos de rutilantes  “game over”, el imbécil se da media vuelta.  Listo, la señora que tengo delante se ve más avispada.  La avispa y la cucaracha en la fila del cajero.  Toda una metáfora.  La avispa construye el panal con papelitos y boletitas; toca todos los botones, hace sonar todos los sonidos disponibles.  Luego le propina un golpe a la pantalla.  Estoy a un tris de hacer justicia por mano propia en nombre de mi adorada maquinita expendedora de billetes.  Me contengo porque tengo sueño, llevo ocho días durmiendo tres horas, se de lo que soy capaz cuando estoy con abstinencia de sueño.  La avispa se retira ignorando el peligro que corrió.  Saco dinero en dos segundos (todavía no entiendo a los que ese sencillo trámite les lleva más de un minuto).  Me hago un favor, no miro el saldo del papelito, lo hago un bollo y lo tiro al fondo de la cartera.  Me voy volando.
El vuelo no dura mucho.  Quiero llegar al nido pero necesito combustible.  La fila de la estación llega hasta la ruta.  Estaciono y me miro en el retrovisor.  Las antenas me llegan a la cintura.  En el asiento de atrás, las plañideras del velorio de mi progenitor susurran plegarias en latín.  Necesito un café o un chaleco de fuerza.
Media hora después llega mi turno.  Me informan que el surtidor no tiene el tipo de combustible que necesito.  Pues yo no estaría taaaan de acuerdo.  Voy a comprar una caja de fósforos, arranco la manguera y le prendo fuego a toda la manzana.
Golpeando la cabeza contra el volante intento una maniobra marcha atrás para enfilar hacia otro surtidor.  Un apuradito casi me parte el auto.  Bajo la ventanilla y le reproduzco el repertorio completo de las barrabasadas más grandes que conozco.  Una señora se muerde el labio inferior mientras ríe, me señala y habla con el empleado de la gasolinera.  La cucaracha, en un desorden genético sin precedentes, ha generado un aguijón digno de una mantarraya.  Le pongo el auto en las rótulas, bajo la ventanilla y la trato de “mal follada”.  Le saco fotos con el celular y le informo que abriré un grupo en Facebook para comentar el tamaño inusitado de sus caderas, el peso de su culo celulítico y la tristeza de sus magras tetas caídas.  Huye despavorida.  La cucaracha vuela con el combustible recién adquirido, previendo una denuncia por parte de la agredida.  Necesito un Psicólogo, un Abogado, un Plomero y un Spa (no necesariamente en ese orden).

Capítulo 5

Llego al nido.  El hijo de la cucaracha dice que estamos sin teléfono.  Décimo sexta vez en tres meses de línea nueva super guay del proveedor de Internet.  Con demanda iniciada “ha lugar” y arreglo firmado dos días antes, compruebo efectivamente que me han debitado la cuota otra vez por un servicio inexistente.  Si llamo desde el celular al servicio técnico, con un menú telefónico de esos que son para entrenar la paciencia del Saltamontes de Kung Fu, corro el riesgo de quedarme incomunicada sin saldo en el móvil.  Decido dejar escapar a la cucaracha y le presto mi casilla de mail.  Arde el teclado, el insecto poseso no para de producir veneno e improperios.

Capítulo 6

Sábado a la mañana.  Me invade una sensación de inexplicable felicidad.  Despatarrada en la cama hago planes para aprender chino en el Supermercado, lavarme la cabeza y estrenar una crema para peinar nueva, sacar fotos, encontrarme con amigos…
Abro la canilla.  Un sonido del fondo de las entrañas de la casa augura un negro futuro.  Glu-glu-tac.  Una gota se estrella contra el piso de la bañera.  Es evidente, no hay agua.  Hay pelo sucio.  Hay olor a pata.  Hay ropa sudada.  Hay conversaciones con una imagen de la Vírgen de Schöenstatt (la orden de monjas alemanas que dirigían el colegio donde cursé el Secundario) que me habla desde la mancha de humedad del techo del baño.  La señora me reta porque incurrí en blasfemias, deshonré a mis padres, utilicé el nombre de Dios en vano y pequé de gula.  Le discuto pero ella entabla una conversación con el Abogado del Diablo, quien extrañamente patrocina al clero iniciándome acciones por calumnias e injurias.

Esperando a que el agua brote en forma milagrosa, en pelotas y pantuflas de toalla color rosa adivino mi cara reflejada en la canilla.  En ese preciso instante sale del desagüe una espantosa criatura color marrón, brillosa y con dos largas antenas.  Me mira.  La miro.  Me saco la pantufla y la aplasto hasta que estalla.  Con asco junto las partes, la mano envuelta en un bollo inmenso de papel higiénico.  Igual la siento moverse.  La tiro al inodoro.  La desgraciada se ríe y me dice:

-Te olvidaste de pagar la moratoria del impuesto inmobiliarioooooooooooooooo! 








domingo, 7 de junio de 2009

CAMALEONES HUMANOS




Woody Allen tenía razón

El cine de Woody Allen me parece genial. Hay gente que detesta sus pelis y gente que las ama; pero raramente provoque indiferencia en aquellos que sean expuestos a su obra. El tipo no sólo conoce la mente humana, se vale de los recursos más insólitos para dejar al desnudo las peores miserias propias y ajenas. En sus films es muy difícil no sentirse identificado con algunos rasgos de tal o cual personaje porque el tipo es observador y sabe plasmar perfectamente, a veces en forma caricaturesca, los distintos tipos de personalidad que uno encuentra en la vida cotidiana.

Tal es el caso de “Zelig”, la peli que nos muestra al camaleón humano. Exageradamente, en el film, Leonard Zelig es un tipo que se convierte en la persona que tiene enfrente. Si entabla conversación con un obeso, engorda. Si se topa con un Psiquiatra, inmediatamente comienza a analizar a su interlocutor. Y si habla con un indio, en pocos minutos muta en un indígena piel roja con trenzas y plumas.
En la vida real, sin llegar a ese extremo, existen personas que se transforman ante nuestra incrédula mirada en aquello que los sitúa en un lugar cómodo y seguro. Un lugar donde no resalten las diferencias ni exista espacio para el disenso, ya sea por timidez o falta de huevos para expresarse (porque eso significaría situarse en el lugar de una minoría).
También hay gente, como los políticos (una raza aparte si se me permite la expresión), que abusa de esta cualidad para obtener un rédito; no por exceso de cobardía para apegarse momentáneamente a determinada creencia (como es el caso del verdadero camaleón que tiene terror de sobresalir del montón o ser simplemente diferente).

Cómo reconocer a los camaleones que nos rodean:

Son los que repiten durante décadas “Yo no los voté”.
Son las que enarbolan la bandera del señor que paga el resumen de la tarjeta, si a él le gusta el café ellas son Juan Valdez. Si para él los autos alemanes son lo más, recitarán el manual de instrucciones del Audi en perfecto alemán…y puede que hasta les crezca un frondoso bigote a imagen y semejanza del dueño del auto germano.
Son los que no pueden salir a la calle sin el atuendo de moda. Nada más relajante que disfrazarse con todo lo que se usa…TODO. Si se usa el pantalón chupín, el color rojo, las lentejuelas y la boina ladeada; saldrán a la calle como émulos de Manuel Benítez “El Cordobés”. Si hay que usar jeans de tiro bajo, porque lo dijo Giorgio; legiones enteras de camaleones saldrán a la calle dejando escapar incómodamente, pedazos de rústica anatomía al rayo del sol de mediodía. O bien se reestructurarán adelgazando sus partes para adecuar la masa al molde.
Son los que festejan las bromas del Jefe, adoptan los latiguillos del Jefe, se compran el perfume del Jefe, leen el mismo periódico que el Jefe y se afilian al partido político donde el Jefe milita desde que aspira a concejal (aspiraciones que el camaleón comparte por carácter transitivo).
Son las que sintonizan el funcionamiento de sus vejigas con el de sus congéneres, migrando al baño en compactas hordas ya que levantarse de a una, frente a una multitud en un evento, puede ser más peligroso que cruzar el Puente sobre el Río Kwai.
Son los que hablan media hora con un paraguayo y terminan parafraseando en guaraní; los que ordenan la comida en un restaurante italiano hablando como La Cicciolina; los que toman un trago en el museo Renault y automáticamente se ponen gangosos; los que estuvieron cinco días en Orlando y todo les parece “guanderful”; los que se pierden en un barrio humilde, pidiendo ayuda a los transeúntes nombrándolos “Jefe” o “Papá” y tragándose las eses (como si esto pudiera ocultar la envergadura de la 4X4 que acaban de enterrar en el medio de la Villa 31). Son las personas a las que se les pegan todas las tonadas y cuando viajan a Brasil están convencidas que dominan el portugués porque le agregan “iño/a” a todas las palabriñas.
Son las personas que en el zoológico emiten los ruidos e imitan los gestos de cada bicho que observan (acostumbradas a imitar todo cuanto ven, se les escapa el vicio fuera de contexto exponiéndolos involuntariamente al ridículo en lugares públicos).
Son los que miran las carreras de autos los domingos, y los lunes se estrolan en las autopistas, convencidos de que dominan la máquina como el que descorchó el champagne en el podio el día anterior.
Son las que creen que si tienen el pelo lacio y rubio, hablan con vocecita de maestrita jardinera y usan la camisita blanca abrochadita hasta acá; nadie se va a dar cuenta que les gusta enfiestarse con la barra brava de Atlanta, las dos turistas brasileras que alquilan el 4°”A” y el acaudalado suegro de su mejor amiga.
Son los que se rascan la cabeza cuando entran en contacto con un chico con piojos; estornudan cuando comparten el ascensor con un alérgico; se brotan cuando se enteran que el vecino tiene varicela; se congestionan cuando leen los efectos adversos del ibuprofeno en el prospecto; los que escuchan que Menganito tiene un melanoma y entran a buscarse granos y bultos por todos los recovecos del cuerpo; los que miran la propaganda del Sensodyne y automáticamente se pasan la lengua por las encías encontrando la hipersensibilidad sobre el canino superior izquierdo.
Son las personas a las que uno les cuenta que viajó a Viña del Mar y ellas hicieron el mismo viaje un par de semanas atrás; que si uno casi vomita en el micro trepando la cordillera ellas se vomitaron la vida asomando la cabeza por la ventanilla; que si a uno le tocó un chofer panzón que cabeceaba con sueño a ellas les tocó ponerse al mando del volante porque el gordo se les quedó dormido en el regazo.
Son los que en los velatorios se mimetizan con el muerto tomando una coloración grisácea en la cara y un rictus cadavérico que suponen es la mejor y más formal demostración de compungida melancolía.
Son los que a la salida de una película relojean la cara del resto y van formateando su opinión de acuerdo al gusto de la mayoría; en el debate posterior, esperarán hasta dar su veredicto no vaya a ser cosa de que se conviertan en el único boludo al que el drama pastelón le pareció una obra maestra (esto lo harán aspirándose las lágrimas que amenazan con aflorar recordando la última escena donde el perrito estira la patita).
Son los que jamás en su vida se manducaron un reality show o un culebrón venezolano…no lo habrán visto por televisión pero se bajaron las temporadas completas de Internet y se las miran a las tres de la mañana con un cacho de Mantecol en la mano, como único testigo de la infame velada.
Son las que llevan dos o tres temas de cumbia villera en el celular, se olvidan que lo tienen seteado en función random y cuando el vil aparatito reproduce alguno de esos tracks en público son capaces de sentarse encima comiéndoselo con el culo, con tal de ocultar el verdadero objeto de su pasión musical.
Son los que en los ‘80s deambulaban por las playas con el traje de baño fluorescente, la naríz y la boca empastada de blanco filtro solar, el walkman atado a la cintura y la paleta de paddle colgando de la muñeca.
Son los que se vuelven ambientalistas frente a un miembro de Greenpeace, naturistas (choripán en mano) charlando con la prima segunda que es vegetariana desde la Guerra de Vietnam, capitalistas a ultranza presentando la documentación al Gerente del Banco para abrir una cuenta corriente, zurdos cuando una manifestación de quebracho hace un piquete frente al estacionamiento donde tienen el auto y anarquistas cuando en la oficina se produce el descontrol ocasionado por la partida prematura de todos los directivos de la empresa.
Son esos políticos que se suben a un colectivo por primera vez en plena campaña, besan las cabecitas de los bebés en la puerta de un Hospital Rural, se dejan tomar el pelo en un programa de televisión, se abrazan con aquel al que llamaron delincuente cinco años atrás y derraman un par de lágrimas mentirosas mirando con fingido interés al padre de ocho pibes que acaba de perder a uno de sus hijos por culpa del dengue…todo por un puñetero centenar más de votos.

¿Adaptación al medio?
¿Cobardía?
¿Timidez?
¿Inteligencia social?
¿Hipocresía?
¿Falta de espontaneidad?
¿Negocio?

No sé. Habría que preguntárselo a Leonard Zelig. A Eudora Fletcher…o a Woody.


domingo, 21 de septiembre de 2008

Manual de Instrucciones




MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA SOBRELLEVAR EL PSICOANÁLISIS
(solamente para pacientes en tratamiento o con ganas de comenzar uno)


La población mundial, en cuanto a la sanación de las algias del alma se refiere, se podría dividir en tres estratos bien diferentes. En el primero encontramos a los que acuden a la religión para enfrentar los problemas cotidianos. En este segmento existen los que hacen un mes de fila bajo la lluvia en San Cayetano, los que caminan kilómetros hasta Luján, los colectiveros y taxistas que decoran sus naves con estampitas de todos los santos, los que le besan los pies a una estatua de mármol en una iglesia, los que esconden tobillos y melenas detrás de ropas oscuras, los que se arrodillan en las mezquitas y se hamacan compulsivamente mientras repiten oraciones en idiomas foráneos, los que le rascan la panza a Buda, etc. etc (todo esto dicho con el mayor de los respetos).
En el segundo grupo encontramos a los que gastan fortunas en tarotistas, manosantas, pai umbandas, lectores de la borra del café…; en fin, todos los que acuden a videntes y/o decodificadores del presente y del futuro a través de todo tipo de objetos inanimados como piedras, caracoles, cartas, esferas de cristal, fotos de bailanteros muertos en forma violenta, velas, imágenes de Ekekos, esfinges con penes erectos, ristras de ajos,trapos viejos, etc. etc.
Y en el tercer grupo, donde finalmente me incluyo, estamos los que llevamos nuestras cabezas cual televisor descompuesto al Psicólogo, rogándole que nos ayude a sintonizar porque estamos perdiendo la señal o la cordura…da igual.
Yo, carne de diván si las hay, he pasado un cuarto de mi vida recorriendo con mis ojos las paredes de los consultorios de terapeutas que han tenido la desdicha de contarme entre sus pacientes. Digo la desdicha porque, y siguiendo con la metáfora del televisor, mi cabeza es una tele Aurora Grundig con doce canales y entrada para antena de techo; en la era de los de plasma con ciento ochenta canales, entrada para antena satelital control remoto de última generación, compatible con todos los artefactos de la casa incluída la licuadora, y sintonía automática…obviamente. ¿Cómo decirle al terapeuta “me salta el horizontal” en la era de los televisores que ya no traen perilla para enderezar ese defecto?. El televisor se tira a la mierda y se compra otro en doscientas cincuenta y tres cuotas. ¿Quiere decir esto, que debo terminar con mi vida y reencarnar en otra cosa? ¿Cambiar el tipo de ayuda y visitar iglesias o pedir una consulta con blonda mentalista famosa super excedida de peso?. Dicho sea de paso, debo confesar que he pasado por sus manos y por su lujosa mansión en barrio top de Mar del Plata, hace unos veinte años…época de su máximo apogeo profesional (si a eso se le puede llamar profesión). En ese entonces, la mentalista de 400 (kilo/vivo) de peso me cobró una fortuna sólo para decirme que tenía que efectuar una limpieza de mi hogar contra las malas ondas…todo esto dicho con la seriedad de un neurocirujano que te va abrir la cabeza para succionarte un coágulo que te está bloqueando una arteria. Arqueando las cejas, con cara de consternación, y clavándose un sándwich de matambre y queso descomunal; me aseguró que con tan sólo unos quince mil pesos ella iba a librarme de tan oscuro futuro. Mientras las migas del sándwich se perdían en el abismo descomunal de la grieta monumental existente entre sus dos tetas, yo sacaba cuentas y arribaba a la conclusión de que estaba perdida. Perdida porque no entendía cómo alguien que no lograba domesticar su propio apetito podría ayudarme y perdida porque quería salir corriendo y no recordaba por dónde había entrado al palacete de la adivina hiper-obesa con síndrome de Dios. Y todavía no me había tirado las cartas. Rumiando los restos mortales del emparedado, y de muy mala gana ante mi negativa de aceptar la desinfección de mi vida espiritual, mezcló el mazo y repartió lo que sería el pronóstico de mi futuro. – “Tenés problemas con tu vecina”, me dijo. –“No, la adoro y me adora”, retruqué. –“Vivís en una esquina”, diagnosticó. –“No, a mitad de cuadra”, devolviendo la pelota con efecto. –“En una casa”, dijo con cara de erudita estufada. –“No, en un departamento”, match point…y comenzando a disfrutar el hecho de sacarla de quicio. Me dí a la fuga como rata por tirante en un momento de distracción y llegué a la conclusión que la limpieza a la que la mentalista se refería era la de mi bolsillo. Ardua pescadora del billete fácil, me llamó una docena de veces para augurarme un negro futuro sino le llenaba la casa de verdes…billetes. La mandé a un lugar verde que quedaba justo en el medio del sexo de la lora y no he sabido de ella desde entonces.
Sólo me quedaba el psicoanálisis.
El psicoanálisis es una maravilla porque uno adquiere desde el vamos la inimputabilidad de la enfermedad. Porque la demencia, gracias a Dios…o a Buda es una enfermedad, según la Organización Mundial de la Salud. Y por el otro lado, uno entra solito a la consulta y no hay nadie que pueda refutar nuestra distorsionada versión de la realidad.
Aterricé a la última de mis catorce terapias enmarañada y suspendida en la telaraña de mis tribulaciones mundanas y porqué no, espirituales. Casi como si estuviera viendo la misma película por enésima vez, le vomité los vericuetos de mi vida a la Licenciada que intentaba seguirme el tren y anotar en un cuaderno con espiral, todo lo que yo decía. Con la mano verde azulado de tanto garabatear, mi terapeuta sólo atinaba a responder –“Aja”. De repente la habitación estaba llena de palabras y ajases. Cuando la nube de mis palabras pesaba unos tres mil hectopascales y amenazaba con lluvia…de lágrimas, la Licenciada efectuó la típica maniobra de “Game over” y giró la muñeca en busca de su reloj pulsera. Cortamambo por excelencia, la relojeada me hizo caer en la cuenta de que mi parquímetro había expirado justo cuando más lo necesitaba. Le pagué y atiné a preguntarle –“¿estoy como para Open Door o tengo salvación?”. Recibí un mísero ajá como única respuesta y me fui con mi alma en la mano sintiendome Judy Garland, perdida, en el bosque del “Mago de Oz”. Caminé y pensé…y llegué a la conclusión de que necesitaba una poderosa dosis de endorfinas. Me tomé un helado escandaloso y me chupé los dedos con la sonrisa de Jack el Destripador. Estaba mejor.
La sesión siguiente estuvo colmada de ajases y mi discurso fue encontrando respuestas tales como: -“¿y Ud…..coooommmooo lo veeee?”. Yo iba a buscar respuestas, así que las preguntitas, lejos de agradarme o hacerme pensar; me invitaron a contestar con más preguntas. –“¿y Ud. como me ve?”. –“¿Tiene arreglo lo mío?”. –“¿Estoy loca o sólo es una percepción errada de todos los que me conocen?”. Salí echando humo verde por las orejas y girando la cabeza como Linda Blair en “El Exorcista”. Necesitaba otra dosis de tramontana y dulce de leche. Me sentí mejor aunque con ganas de participar en algún rito satánico y desollar una gallina o un pavo enchastrando de sangre a un par de ejemplares que conozco. Papi y Mami. ¡Qué lindo momento Kodak!
En la tercera sesión, y habiendo arribado por mí misma a la conclusión de que la culpa de todo la tienen mis progenitores, ingresé al consultorio aliviada como quien se salva a último momento de la pena capital. Un tanto agresiva, todopoderosa e implacable le confesé a mi terapeuta que me consideraba lista para que me firme el alta. No muy de acuerdo con mi decisión, seguimos desenrollando la madeja pero ésta vez, estratégicamente, me propuse boicotear a mi locóloga. Me quedé callada y la miré esperando preguntas que nunca llegaban. Intercambiamos sonrisas, toses nerviosas y miradas lacerantes. Y luego élla rompió el silencio con un –“¿Y a usted????. Con mi mejor cara de poker la miré extrañada arqueando la ceja izquierda esperando que completara la frase. Repitió su pregunta esperando que mi locomotora arrancara para algún lado. Lejos de eso, crucé los brazos en franca señal de guerra y me mordí la lengua para no proferir sonido alguno. Viendo que no iba a cooperar, mi terapeuta repitió la pregunta efectuando aspavientos con los brazos invitándome a hablar. Nada. Cero. Agua. En un intento desesperado hizo la misma pregunta pero agregando –“¿y a usted esto que le parece?”. Esta vez los brazos giraban para adelante como dos ruedas de bicicleta. Mientras ella sacaba de su mochila todas sus herramientas para inspirar mi verborragia, me di cuenta que le estaba pagando para quedarme callada. Ella= 1 Yo=0. Estaba ganando el partido. Cuando por fin me decidí a decir algo se hicieron las cuatro…y la maniobra del reloj. Sí ya sé, me voy al carajo!. Salí furiosa conmigo y con el resto del universo. Quería matarme y matar a toda la humanidad. Caminé hacia la heladería mirando mis pies mientras cabalgaba y puteaba en cuatro idiomas. Como Nicholson en "El Resplandor" esperaba que el heladero me dijera que no tenía más tramontana, y así obtener la excusa perfecta para acuchillarlo a sangre fría. Tranquilizada gracias a las endorfinas del helado, aborté todos los planes para fabricar la bomba atómica en el jardín de mi casa. Pero, debo decir que me sentí mejor.
Y así, sucesivamente, cada vez fue mejor que la anterior. Porque el psicoanálisis es así, de efecto retardado. Es un remedio amargo que hace efecto horas y días después.
Igual, espiando con el rabillo del ojo las anotaciones de mi terapeuta, creo haber leído en el márgen izquierdo superior la siguiente leyenda: Diagnóstico: desquiciada.

Consejos para principiantes.

Vayan.
Vayan
Hablen cuando tengan ganas
Coman algo rico después de la sesión (por el bien de la humanidad)
Culpen de todo a sus padres o a quien quieran (porque no van a estar ahí para defenderse)
Existe el Rivotril, just in case
Terapia más Rivotril más chocolate o helado (Heaven exists)

Paula Ga
Paciente (quisiera decir en recuperación…pero no creo que mi terapeuta adhiera)