¿Alegría de vivir?
¿Sobreviviente del naufragio doméstico?
¿Observadora sarcástica de mi entorno o pasada de rosca con el tranquilizante recetado?
¿Algarabía con patas?
Para Guille y Gerardo que son lo más!
Y para mis zuziaz queridas: Zele, Agos, Ari, Maite, Jime, Patty, Yasi, Frida, Eleonora, Anabel, Elisa y Clau. Mis amigos de siempre Lili, Caro, Ana, Claudia, Urcu, Romy, Gaby, Ale, Lau, Gladys ,Pato, Dumbo, Pepeluí este blog es para Uds.
Los quiero
Luna llegó a mi vida el 23 de noviembre del 2020. En plena pandemia, como era de esperarse, no pude conocerla en el sanatorio. La conocí el día que le dieron el alta, ella iba sentadita en su huevito en el auto de sus padres. Luna es hija de mi único hijo, Guille, mi primer amor loco (lo confieso) y de su mujer, Caro. Esta pequeña que hoy tiene año y medio, fue amada por su abuela desde que sus padres pusieron los latidos de su corazón con sus celulares debajo de la mesa (la primer ecografía). Los saltos que pegué podrían haber opacado a cualquier medallista olímpico y los gritos...bueno, espero que no exista grabación de ese momento vergonzante.
Cuestión que la pequenísima criatura me tiene completamente emborrachada, enamorada y loca (pero feliz). transito mi vida esperando los días que faltan para volver a verla y recordando los momentos de la última vez que la vi. Sus padres me confiaron la responsabilidad de su cuidado desde los dos meses, tarea que comparto salomónicamente con Dibe, su otra abuela. Así que colgué los pantaloncitos negros y la blusita de seda blanca, renuncié a mi trabajo y me arremangué la camiseta para dedicarme por entero a ser la baby sitter de mi propia nieta.
Los primeros meses fueron fáciles, Luna era y es una bebé tranquila. Es raro que llore y si lo hace es porque se pegó un porrazo (o cuando era más chica por hambre). Dediqué mis días a contemplarla en éxtasis y sacar unas mil fotos por mes. Si hoy tuviera que pagar el revelado de fotos, estaría viviendo debajo de un puente, cantando por mi subsistencia. Vivo borrando apps y fotos intrascendentes para hacerle lugar a ella en mi celular. Por supuesto, tiene su carpeta propia y galerías en redes sociales (protegidas bajo quince claves) porque quiero recordar cada instante de esta loquita que me robó el corazón. Tuve que aprender rapidísmo todo de vuelta, calentar mamaderas, esterilizar, cambiar pañales y cantar canciones de cuna. Y como soy de tropezar dos veces con la misma piedra, quemé todo un kit de mamaderas en mis cacerolas alemanas nuevas (me sorprendió ver que se derritieron todos los plásticos menos las tetinas de siliconas...que serían como las cucarachas de un holocausto nuclear). Y también me he quemado las manos recalentando leche bajo la canilla de agua hirviendo, pero todo se compensa escuchándola eructar en mi oreja a ella, Luna, mi pulga color rosa.
Cuando comenzó a comer, empezaron los enchastres industriales. Resulta que ahora hay que dejarlos experimentar con la comida, tuve que agenciarme un impermeable para darle de comer y aprendí a esquivar pelotazos de puré con la maestría del arquero del Bayern Munich. Al principio todo era un descontrol con un perímetro aceptable. A los pocos meses ya exprimía la fruta entre los dedos para desparramarla exitosamente por toda la mesita, su ropa y la mía. Después la cosa pasó a mayores, ella ya manejaba sus manos y sabía exactamente dónde quería hacer aparecer lo que descartaba.
Básicamente, la ceremonia del almuerzo se puede dividir en los siguientes pasos:
Lo miro (al alimento). Lo rechazo porque lo dice el inciso 2 tomo N del libro 1 del código de la alimentación de los bebés.
Lo vuelvo a rechazar y estudio a mi abuela con el ojo izquierdo (a ver cómo reacciona esta mujer que no me deja ver Cocomelon en paz).
Lo rechazo nuevamente porque quema o simplemente porque soy una jodida que todavía no tiene el hambre suficiente.
Abro la boca y lo como y lo escupo como munición de ametralladora porque no sé si quema, pero por las dudas.
Abro la boca y lo soplo. Sale disparado sobre cara y pelo de mi abuela. Me resulta muy gracioso. Me río. Me lo como. Como está muy bueno exijo más.
Me como unas buenas cucharadas mientras redecoro el comedor con pedacitos de carne y rodajas de tomate.
Me cansé de comer. Escupo con la fuerza de un rifle de aire comprimido. El bocado aterriza en los anteojos de mi abuela. Tengo que volver a hacerlo, es divertidísimo.
Mi abuela me soborna con apagar Netflix. Hago un esfuerzo. En cuanto le da play a Cocomelon me lo saco de la boca y se lo encesto en su vaso de Coca (posta).
Hago un esfuerzo y me trago otra cucharada de puré. Todo sea por JJ Jingleheimer Schmidt (si no saben googleen).
Abuela, de veras que no doy más. Traeme algo dulce.
Qué bueno! Hay durazno! Vas a ver las artesanías que te hago con el durazno!
Mejor no, mejor uso el durazno para hacerme una máscara facial antiage. O se la hago a mi abuela, ella parece precisarlo más que yo.
No, qué va! Salen dos máscaras de durazno finamente apelmazado con restos de puré de papa y zapallo y 250 ml. de agua (que estaban en el vasito y terminan replicando el lago Nahuel Huapi en la mesita de comer).
ABAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!! Quiero agua, es tan difícil de entender? O que me traiga un sorbete y lo uso de bomba de achique para sacar el agua de la mesita.
Otro tema son los cambios de pañales. Pañales que mientras fue lactante tenían un contenido manejable y además su cuerpecito quedaba donde una la dejaba, sobre el cambiador. Era fácil y rápido. Pasaron los meses y esta cosita que días atrás se quedaba pancha, boca arriba sobre la mesa; ahora es un remolino de piernas que aparecen en el lugar menos pensado. Si una tomó la precaución de no abrir el glorioso pañal que rebosa unos 300 gramos que huelen como una alcantarilla del Londres del siglo XVII, la cosa está mínimamente contenida (aunque la pasta puede rebalsar el pañal y esparcirse por toda la superficie). Si te olvidaste la cremita para el culito y te diste vuelta para buscarla en el bolso, con el pañal abierto...Dios te ayude a limpiar y desodorizar la zona (buscate a la gente que limpió Chernobyl, mínimamente).
Capítulo aparte se merecen Cocomelon y sus entrañables personajes que Luna mira desde que tenía unos pocos meses. Es una serie musical que tiene unas cancioncitas que se grabaron para siempre en el hemisferio izquierdo de mi cerebro atormentándome como un trépano en el cráneo. Me levanto a las tres de la mañana para ir al baño y suena en mi cabeza "baby shark" a todo volumen. El odontólogo me está atornillando un implante y puedo escuchar vívidamente "estrellita dónde estás" (lo que duplica el malestar en forma exponencial). Empujo el carro en el supermercado mientras evalúo cuál es la fila más rápida y siento "las ruedas del autobus". Jj es el mejor amigo de luna, lo lleva a todas partes y duerme con él. Ese enano pelado y su familia han desplazado a Coldplay y Pink Floyd en mi memoria musical...
Bueno, pasaba para contar eso, que soy abuela. Que soy feliz y que estoy llena de puré y caca de bebé jajajajaja
Los dejo con un pequeño regalo para los infantes de la familia (USEN TAPONES DE SILICONAS PARA EVITAR LA RESACA MUSICAL)!!!
Para entender a mi madre habría que empezar con mi
abuela. Esa tierna ancianita que apenas
puede embocarse la sopa de fideítos en la boca supo ser un Gendarme entrenado
por el Mossad en Israel. Con una lengua
viperina (o karateca, término engendrado por Moria Casán), la señora podía
pulverizar tu autoestima y desmembrar tu personalidad en menos de lo que canta
un gallo.
Volviendo a mi madre, que de esto se trata este post, ella
fue para mi hermana y para mí absolutamente TODO. Enferma o sana, felíz o triste, cornuda o
profundamente enamorada del hombre de su vida (que no fue mi viejo,
obviamente); la mina se encargó de estar presente siempre. A su manera, como pudo y con las herramientas
que tuvo a disposición; que a juzgar por la señora que la engendró fueron
escasas.
Mi abuela tuvo la desdicha de quedarse sin madre a muy
tierna edad, la encerraron en un Neuropsiquiátrico por loca; y según cuenta la
leyenda (porque no da para preguntarle, pero fue lo que me contó toda la vida
antes que el Dr. Alzheimer hiciera estragos con sus neuronas) el padre trajo a
casa a un ejemplar digno de una peli de Disney (una cruza perfecta entre
Cruella de Vil y Ades el Dios del Inframundo).
Según las leyes judías, el hombre que puede probar la incapacidad de su
mujer, puede volver a casarse y esto fue lo que hizo el padre de mi
abuela. La otrora “nena” entonces, y en
plena infancia no solo se queda sin madre, le encajan una mujer joven sin ganas
de criar la montonera de hijos que el super carnicero del Mercado de Liniers
había engendrado antes de conocerla.
Calculo, sin hacer mucha matemática, que la nueva esposa solo estaba
interesada en disfrutar de los billetes que el señor traía del mercado con las
unas ensangrentadas de cortar reses. Así
fue como se crió mi abuela. Sin madre y
con una reverenda conchuda de libro que escondía la comida, la bebida y la
encerraba en su cuarto con llave. Porque
la pequeña Berthita no debe haber capitulado sin ofrecer resistencia.
Cuando la nena tuvo la edad suficiente para escaparse, lo
único que tenía claro es que debía encontrarse con un ejemplar que la sacara
cuanto antes de ese infierno. Ahí llegó
mi abuelo, apuesto caballero con un buen empleo, de buena familia y de paso
cañazo CATÓLICO. Este pase de facturas a
un padre judío fue tan impecable como el desembarco de Normandía. Comenzaron a cartearse porque mi abuelo era
viajante para una empresa inglesa “Tornicroft” (aún conservo esas cartas
ardientes que para la época deben haber
sido hot y ahora son un librito de cuentos de primer grado). Poco a poco la relación tomó carácter de
“oficial” porque mi abuelo quería verle las rodillas y mi abuela quería verle
la cara a Dios (aunque luego profesó un ateísmo a rajatabla) anche rajarse de
esa casa maldita apenas le diera el pedigree.
Estimo que el padre, antes de seguir aguantando las escaramuzas entre
nueva esposa e hija insolente, rebelde y en pie de guerra optó por la medida
quirúrgica que más le convino: ponerle un moño en la cabeza entregándosela en
matrimonio a mi abuelo.
Como en todo cuento de hadas digno de los hermanos Grimm, la
felicidad para Berthita sería efímera.
Al poco tiempo de casarse notó que se había pasado de Guatemala a
Guatepeor. Se había ganado una suegra
italiana con un carácter repodrido, buena mina, pero con mecha cortísima y sin
ganas de aguantarse los desplantes de una rebelde enojada con el género humano
en su conjunto. Para ella hubiera bastado
con mi abuelo, él era el principio y el final de toda su existencia. Así que su prole (mi vieja, mi hermana y yo)
solo vinimos a ofrecerle una involuntaria competencia. A mi abuela, que según mi vieja se le notaba
cuando había tenido sexo porque se levantaba cantando boleros, le llenaron la
cocina de humo antes de que se avivara que semejantes calenturas tenían un
precio o daño colateral casi inmediato.
A los nueve meses viene una cosa que llora, grita, se caga, se mea y se
convierte en la debilidad de su marido.
Así fue como Mirthita, a.k.a. “MAMITA” vino al mundo. La “víbora” según mi abuela, vino a destrozar
la armonía marital y lejos de venir con un manual de instrucciones, llegó para
llenarle el culo de preguntas. Menos mal
que estaba su suegra, Catalina, para decirle qué hacer con ese demonio rubio
que gritaba hasta que los pulmones le quedaban como dos globos aplastados. Pero para darle la derecha a Berthita, ella
nunca supo cómo se hacía para criar hijos, rol que se aprende imitando a la
madre que uno tiene enfrente o alguien que ocupe con idoneidad ese laburo tan
difícil y vital en la educación de los hijos.
Tampoco había un Dr. Socolinsky en la tele y digamos que en esa época mi
abuela no gozaba de muchas amistades ya que se había pasado el ochenta por
ciento de su corta vida encerrada como Rapunzel en el altillo. Así que sin modelo a seguir, Berthita se
encargó de sacar adelante con vida a Mirthita.
Hasta ahí llegó su amor. No lo
digo yo, me lo dijo siempre mi vieja “tu abuela nunca me quiso” y a juzgar por
su comportamiento, el que yo pude observar a través de los años compro la
versión de ella.
Mamita, de ahora en adelante “la caprichosita” se convirtió
en hija única y el talón de Aquiles de mi abuelo Guillermo. Se ve que a mi abuela la experiencia maternal
le fue tan placentera que se arrancó los ovarios con la mano y se los dio de
comer a los perros. O no tuvo más sexo,
cosa improbable porque siempre tuvo miedo de que le roben al marido (es el día
de hoy que amenaza a las compañeras del Geriátrico para que no se les ocurra
posar su mirada en su buen mozo caballero, fallecido hace más de treinta años). Pero para comprender a mi madre hay que
volver indefectiblemente a mi abuela.
Son como el yin y yang, opuestos que se atraen, interdependientes que se
consumen y generan entre sí…un nudo difícil de entender si uno no las hubiera
visto en acción. Mi abuela tildaba a mi
vieja de caprichosa insoportable y mi vieja buscaba refugio en la casa de su
abuela Catalina (la tana de pocas pulgas).
Ella se la pasaba todo el día ahí en busca de cariño y de alguien que la
iniciara en todos los vicios que la consumirían a lo largo de su vida. Aprendió a jugar a las cartas con tanta
habilidad que hubiera dejado dando lástima a los participantes de Poker Stars. Prendió sus primeros rubios a los catorce
años en el patio de la casa de Morón hasta convertirse en una fumadora
compulsiva. Ni la muerte temprana del
hijo menor de Catalina “el famoso Tío Coco”, por efisema, pudo iluminar a mi
madre a tiempo para largar el faso.
Calculo también, que en esa infancia plagada de amor y vicios, Catalina
le habrá hecho probar sus primeros vasitos de grapa, licor y el auténtico café
“petróleo” del que mi vieja sigue siendo fan absoluta.
Con una madre que siempre le hizo saber que su presencia era
una molestia, no es raro que mi vieja haya pasado la mitad de su vida adulta
gritando a los cuatro vientos “no la quiero”.
Toda una declaración de desamor que tiene un digno justificativo. Sin juzgar, solamente repasando los hechos
tal cual uno los ha escuchado y vivido.
Mi mamá, se fue convirtiendo de a poco, en la locura de mi abuelo. Vino a cubrir la necesidad de “socia en la
joda” que mi abuelo necesitaba. Fue un
buen padre, doy fé. La llevaba a nadar
en la playa, le enseñó a manejar antes de que llegara a los pedales y mientras
estuvo con vida accedió con ternura y locura a todos sus caprichos hasta iniciarla en los juegos de azar (vicio que la acompañaría desde el Casino hasta el Bingo mientras la billetera y el cuerpo aguantaron). Con la corona de hija única patinándole en la
nuca, mi vieja no dio demasiado laburo a nivel estudio; se encargó de cerrarle
bien el culo a la madre para que no tuviera oportunidad de rezongar por
nada. Buena estudiante, buenas
calificaciones, Reina de belleza escolar, llegó a desfilar en una pasarela y
salir en un diario (que mi abuela secretamente conservaba en una caja de
zapatos junto con otros recuerditos como sus cartas “hot” y una foto de su
padre). Así se gestó la rivalidad entre
estas dos mujeres. Mi vieja era
preciosa, mi abuela antes de pasar por un quirófano era la hermana menor del
Conde Olaf (de Lemony Snicket); siempre basándonos en los cánones de belleza de
la época y la presión social que existía y existe con respecto al aspecto
físico de la mujer. Sin embargo, para mi
abuelo, la Condesa Olaf le había cerrado desde un principio. Claro que todo principio tiene un final y en
este caso fue una cirugía descomunal que mi abuelo pagó satisfaciendo uno de
los tantos
antojitos de estas dos mujeres que ahora gobernaban su vida.
Mi abuelo, a quien furtivamente pude verle un testículo
fugitivo en la playa que se escapó de un suspensor flojo, era demasiado bueno
(cabe destacar que la experiencia, a mis quince años me llevó a terapia de un
fulbazo en el orto). Pero retomando el
testículo de mi abuelo, con los años rebobinando la escena de la playa (no sé por
qué escucho de fondo en mi cabeza “no culpes a la noche, no culpes a la playa”
de Luismi); me sorprendió el tamaño de esa bola. No porque fuera inmensa, sino porque buscaba
aire desesperadamente y porque conociendo a mi progenitora y a la suya, mi
abuelita…me sorprendió que no arrastrara ambos escrotos por la arena dejando un
surco del tamaño que deja el rastrillo que pasa el carpero del balneario a las
19 hs. buscando puchos y objetos de valor.
Si mi abuela hubiera sido una enfermedad, hubiera sido una venérea, si
hubiera sido un político, hubiera sido Margaret Thatcher, si hubiera sido un
bicho, hubiera sido una ladilla.
Molesta, inconformista, insatisfecha, rebelde, egoísta y celosa; ella
quería a mi abuelo todo para ella. Y
todo lo que tenía mi abuelo también.
Nunca supo muy bien expresar cariño a nadie salvo a su pareja, le daba
todo a él y al resto los restos. Lo
cuidó como un Rey y pocas personas pudieron entrar a ese palacio que ella
construyó para él. Su siesta era
sagrada, sus mates eran sagrados, su ensalada de palmitos con pollo era
intocable (inclusive para nietas que venían de la playa con la hambruna de ocho
horas al sol metiendo panza sin ingerir ni media gota de otra cosa que no fuera
Tab o agua mineral). Pero mi abuelo,
ningún boludo y criado por una madre amorosa, supo desarrollar afecto hacia sus
descendientes; hacía todo de zurda para no violentar a su precioso collar de
melones. Así es como mi vieja gozó de
autos Okm., dinero para gastar en ropa y la anuencia para casarse con mi papá;
que calculo, a los ojos de la vieja sería un “tarambana” (modismo argento para
nombrar a alguien alocado e informal).
Entonces mi abuela brindó con cara de orto en todas las
fotos del casamiento de mis viejos.
Todavía no sé muy bien si le molestaba mi papá, le jodía que mi vieja
fuera feliz o que existía lo posibilidad de que mi vieja siguiera engendrando
competencia para su afecto hacia mi abuelo.
Lo que pasó, pasó. Aparecimos mi
hermana y yo, no en ese orden, pero vinimos a terminar de cagarle la vida. No es que no le cayéramos en gracia. Éramos divertidísimas, confinadas al lavadero
y la habitación de la empleada doméstica (que se suicidó cuando éramos chicas,
igual que una hermana de mi abuela…no hay que ser Sherlock Holmes para darse
cuenta que mi abuela era más dolorosa que la formación del Sarmiento encima de
tu cuerpo). Tuvo que desaparecer mi abuelo,
lamentablemente, para que mi abuela comenzara a encontrar amor donde antes no
lo veía. Lo encontró en su empleada
doméstica, Mercedes y en sus hijos. No
puedo negar que tuvo atisbos de cariño con nosotras, sus nietas verdaderas, de
vez en cuando (y si agarraba una buena racha en el Casino) nos tiraba dinero
para comprar bikinis en Mar del Plata.
Pero hizo con nosotras lo que a ella le hizo la mujer de su papá. La heladera prohibida, el baño para mear los
centímetros cúbicos justos y a la hora correspondiente, el calefón se apaga a
tal hora y si no te bañaste fuiste. Su
departamento de la playa era SUYO, y nosotros siempre fuimos infiltrados,
ocupas. Andaba detrás nuestro
revolviendo placards en busca de material prohibido (calculo que marihuana,
pornografía o alguna excusa para mandarnos de vuelta a nuestras casas). Hasta el uso del teléfono era cronometrado
religiosamente con un Rolex de pulsera que usó hasta que la taclearon en la
Avenida Santa Fé y le arrancaron de la muñeca.
Retomando a la madre que me parió, que es la que nos
interesa en esta entrada del blog. ¿Qué
se podía esperar como resultado de semejante crianza? Les cuento.
Una fumadora compulsiva que pitaba hasta con broncoespasmos, que
encendía cigarrillos cada dos horas de noche ya que el cuerpo se lo pedía a
gritos sin dejarla dormir (matizaba un faso y una cucharada de jarabe
antitusivo). Llegó a fumar en la
habitación de mi hijo de tres años que sufría de los bronquios, la tuve que
echar de mi casa a las tres de la mañana en camisón por desobediente “no fumes
en la habitación de mi hijo por favor”- le había advertido previamente. Le suplicamos con mi hermana que deje de
fumar por su bien y el de toda la gente que la rodeaba. Se jactaba de que la ley de prohibición de
fumar en bares no estaba implementada en provincia poniendo el brazo detrás de
la silla tirándole el humo en la cara al bebé de la mesa contigua. ¿Qué se podía esperar de esa crianza? Una mujer adicta a todas las adicciones
posibles menos las sanas. Su vida, una
vez desaparecido el amor de su vida, Juan Carlos (segunda pareja con cama
afuera), fue en caída libre hacia el estrellato. El estrellato contra una pared de hormigón
que la dejó postrada, sin motivos, sin amigas y con dos hijas que intentan
satisfacer sus caprichos como lo hiciera mi abuelo pero con escasos recursos.
Sin embargo, supo reponerse de una adicción al alcohol, que
siempre me dio mucho orgullo sabiendo a ciencia cierta que muy pocos pueden
salir sin volver a caer. Mi vieja
permanece sobria hace treinta años y desde hace cuatro años los tres atados de
Colorado que se fumaba por día pasaron a la historia. Supo, con entereza y voluntad, deshacerse de
sus dos mejores amantes. Eso me llena de
admiración y encuentro una virtud donde muchos verán un defecto de
fabricación. Y si, digamos que su
fabricación estuvo llena de errores, hay que ser muy hembra para digerir tanta
mierda y no convertirse en una cloaca grande como la pileta de GEBA. Nunca faltó a un acto escolar, hecha percha,
agarrándose de las paredes yo sabía que estaba ahí por su tos seca de fumadora
empedernida. Era la que me llevaba a los
mejores médicos y dentistas, la que a regañadientes me daba todos los gustos y
hasta supo cocinar bastante bien aunque mi viejo opine lo contrario. Yo sabía que podía contar con la mina. Me iba a buscar a los cumpleaños de quince en
plena dictadura militar, en camisón con un impermeable encima, y repartía a
todas mis compañeras en diez cuadras a la redonda. Me llevaba a la peluquería y yo sabía que
podía compartir con ella solo unas pocas cosas que teníamos en común. Porque nunca la embocó con un regalo, creo
que porque no me conocía y para ella un libro o música era tirar la guita. En eso compartía más cosas con mi hermana,
por eso nunca entendí por qué me regaló una reposera para mis diecinueve años
para tomar sol cuando fui anti Febo desde que nací (y mi hermana un miembro
dilecto de las “Adoratrices del Rey Sol y Rayito de sol filtro menos veinte”).
Mi vieja ahora, habiendo gastado sus balas como mejor le
gustó, sin aceptar consejos ni sugerencias; soberbia, petulante e independiente
se ve confinada en un departamento que logramos salvar de la timba (algo que
solo frenó la falta de divisas, esto no fue una mera derrota al vicio)
entregando sus días a dinamitar nuestras neuronas con culpas y demandas que
lamentablemente no podemos satisfacer aunque quisiéramos. Hablar con ella es escuchar una lista de
quejas sobre la factura del celular, el pésimo servicio de cable, los dólares
que cree le sobraron de alguna transacción inmobiliaria espolvoreando la
semilla de la duda como si no fuera ya bastante duro ver a Carola Casini
(porque mi vieja era un as del volante, una maravilla a la altura de Fangio)
que apenas se puede desplazar de la cama a la cocina. Llamarla es entrar en línea directa con una
fábrica de miedos y una destilería de culpas que, ya le advertí, entiendo no lo
hace para perjudicarnos porque estoy segura de que nos ama con locura; pero que
termina evitando el contacto porque hablar con ella es como tomar un litro de
ácido muriático on the rocks. Horada por
dentro, sus latiguillos son “pooooobreeee” (si se entera de que nietos o hijos
están laburando, porque para ella laburar es una maldición gitana,
evidentemente) o su consabida “tengo miedo de que…(completar con lo que se les
ocurra)”. Es portadora de todas las
noticias nefastas del planeta ya que se alimenta a noticieros que presagian
plagas, accidentes en las rutas que transitan nuestros hijos, incendios en
boliches, asesinatos, robos a mano armada y todo aquello que pueda paralizarte
en menos de cinco segundos como el veneno de la Black Mamba (la serpiente
venenosa de Kill Bill). A veces entro a
ducharme y puedo escuchar la explosión del termotanque, puedo ver a mi hijo
incrustado debajo de un camión a mitad de la noche o a mi sobrino preso por
tenencia de estupefacientes en algún país latinoamericano.
Eso genera mi vieja, ese extraño trago semi-amargo, mezcla
del Campari que tanto le gustaba con un poco del dulzor de una naranja. Por momentos escucha, entiende y hasta
aconseja bien. Por momentos querés
estamparla contra una pared hasta que se le impriman los ladrillos en todo el
cuerpo. Por momentos querés acurrucarla,
acunarla hasta que se duerma y no le duelan más las piernas, y a los dos
segundos querés salir corriendo hasta La Paz-Bolivia para aprender a hacer
artesanías y darle la mano a Evo. La
extrañás, la pasás a buscar y en cuanto te trajeron el café querés troquelarte
las venas con la cucharita. Tiene ese
poder fascinante, endiablado, hipnótico de atraerte para derribarte como un
misil tierra aire. Te dinamita la
autoestima (como lo hizo mi abuela con ella) esbozando “me parece que tenés
unos kilitos de más”, “te dejaste los rulos? Ahhhh bue, más rubio y más lacio te queda mejor”. A ver mamá: siempre voy a tener unos kilitos
de más porque me gusta morfar y chupar.
Me gusta leer, escribir, ver la misma peli que me gustó cien veces
(aunque para vos esa sea una extraña adicción), me gusta tener amigas jóvenes
(y eso no me convierte en una freak pendevieja) porque me nutren de alegría,
música, recomendaciones de cine y teatro y porque me contagian su
entusiasmo. Siempre tuve rulos, lamento
haberlos planchado sistemáticamente para complacerte (primero con la toca,
después con la planchita y luego el alisado) y temerle a la humedad y la
neblina como si fueran la nube de Chernobyl.
Lamento no ser la flaca lacia rubia de tus sueños, no voy ni quiero ser
Valeria Mazza. Soy yo, la que te cocina
los fideos que te gustan y las milanesas con mucha provenzal. Lamento también el daño que te hizo tu madre
y lamento el daño que le hizo a ella su madre; porque tu vida hubiera sido
diferente si te hubiera criado alguien con dos dedos de frente y un poco de
amor aprendido en el calor de un hogar sano.
Sin querer, sin un propósito de destruir pero causando idéntico daño,
dinamitaste nuestras cabezas. Sé que si
te dieras cuenta llorarías hasta el 2018, por eso te sigo buscando con algunas
licencias como sacar la cabeza del agua de vez en cuando para respirar, y
volver a sumergirme en tu inframundo oscuro y lapidario, sentencioso y
prejuicioso. Estoy segura de que nos
querés, estoy segura de que te quiero.
Pero es difícil sostenerse en pie cuando hay un tsunami de tragedias,
demandas y quejas a tu alrededor.
Pero, si hay algo que redime a mi madre es su producto, sus
hijas. Estamos lejos de ser perfectas,
estamos llenas de temores, conflictos, defectos de construcción y errores que
ya no sé si curan un Psicólogo o una tortilla de clonazepam. Pero somos dos buenas personas, honestas,
laburadoras, buenas madres y sobretodo buenas hijas. Algo de lo que hiciste funcionó bien,
lograste sobreponerte al modelo, a la educación y a pesar de las contras
construiste esto que somos.
Espero que el “Todo sobre mi madre” de mi hijo, si algún día
lo escribe, pueda contar con un poco más de cosas bonitas. Seguramente va a tener una lista de cosas para
reprochar, espero haber cometido errores nuevos, de esos que no pude ver en mi
madre y mi abuela. Espero no haber
tropezado con las mismas piedras, haber aprendido o heredado lo bueno y evitar
aquello que pude identificar en carne propia…duele como la puta madre. El amor, deformado, encriptado y enviciado
llegó. No sé cómo pero llegó. Ojalá esté llegando ahora, al bisnieto de
Bertha, al nieto de Mirtha y al hijo de la que suscribe.
¿En qué momento me convertí en la madre de mi madre?
No sé en qué momento sucedió, solo se que sucedió de golpe, abruptamente, sin darme cuenta de la que se me venía.Si hubiera sido gradual o hubiera tenido la deferencia de actuar con un poco de sutileza; la vida me hubiera dado la ventaja de la amortiguación por acumulación de eventos desdichados.Pero no, fue un golpe de karate con el canto de la mano sobre la nuca.En ese lugar que te deja mirando pajaritos de colores, los ojos bizcos y la lengua para afuera.Knock out técnico, me llenaron el culo de penales, y yo sin casco ni drogas ilegales a mano.
Ya no existe esa sensación de alivio devenida de pensar, ante un quilombo: le voy a contar a mi vieja.Ahora todas las conversaciones son un monólogo.Yo escucho y ella habla y habla y habla hasta que la oreja me estalla como un carbón incandescente y el cerebro se me planta en “modo a prueba de fallos”.Difícil procesar tanta mala leche junta.Ni convirtiéndola en ricotta o roquefort.
-Hola, menos mal que me llamaste- ella con vos resquebrajada
-Hola, cómo te va?- yo (acostándome sobre las vías del tren Mamita, que está punto de pasarme por encima)
-Y, mal, todo mal.Pésimo- ella aspirándose las lágrimas y secreciones de un resfrío con un twist de ingrediente esencial para laburar la culpa
-¿Qué pasó?- adentrándome en la mierda con alma y vida
-Nada, lo de siempre, estoy casi sin trabajo y me cortaron los dos teléfonos- mamá haciendo una pausa para ver cómo digiero las últimas novedades
-¿Por falta de pago? ¿Se te fue la mano con el celular?- atónita y con taquicardia
-Sí, es que estoy prácticamente sin trabajo.Debo los impuestos de la casa, no pagué la prepaga, estoy ciega de un ojo y tu abuela que se caga en la cama- ella esperando el feedback
-Tenés que vivir cerca nuestro así podemos ayudarte.¿Pusiste el departamento en venta?- yo, no viendo la luz a lo lejos del túnel oscuro
-No, porque un particular me va a pagar más que una inmobiliaria así que voy a esperar, pero me preocupa la mudanza.¿Cómo vamos a hacer con los platos de porcelana que son carísimos?No alcanza una camionetita
-Te das cuenta que estás en el Titanic, con agua hasta el cuello, bajando al camarote a buscar las alhajas????Jugá a Zorba el griego con los platos, revolealos por la ventana y quedate solamente con dos.Uno para vos y otro para mi abuelaaaaaaaaaa!- vociferando como una rinoceronte en celo
-Ay, por favor...no me grites que estoy muy preocupada.No pude hacer la terapia física y me ahogo por el EPOC- ella volviendo a utilizar artillería pesada directo al corazón
-Bueno, cuando te fumabas tres paquetes por día y yo te pedía que lo apagues en lugares cerrados y públicos al lado de un moisés con un bebé de meses me sacabas cagando aceite, no ves el correlato entre esa situación y tu actual estado de salud?- yo recordando la soberbia con la que me contestaba cuando le suplicaba que dejara de fumar (y ella me soplaba el humo en la cara clavándome una mirada ardiente de puñales voladores)
-Ah, pero ahora hace un año que no pruebo un cigarrillo y sigo igual o peor- ella queriendo encontrarle la lógica a una pintura de Dalí
-Mirá, no puedo razonar con una pared.Solo sé que tenés que salir de ahí urgente para dejar de generar gastos- yo, buscando la practicidad del asunto
-Nooooooo, no puedo tirar los papeles de los clientes, no quiero quedar mal con ellos- ella, instalada en la Negación y comenzando a decorar el nido
-No necesitás clientes, no vas a tener más clientes. Te vas a rascar las partes mirando programas de chimentos en tu nueva casa. ¿O alguno de ellos va a venir a pagar tus deudas?- yo, conversando con un alcornoque
-¿Y que hago con tu abuela?- dejándomela picando
-Matala y enterrala en mi jardín, te ayudo- ya saben quién…moi
-No, mejor no.Necesitás su jubilación.Mantenela respirando que te conviene- yo, recalculando
-Pero yo no puedo vivir con ella, no la soporto.Está peor que nunca.Con decirte que nunca le gustó la leche y ahora se baja los sachets enteros...el Alzheimer te puede modificar los gustos?-ella, que se me perdió en algún lugar del bosque con Caperucita, el Lobo y mi abuelita (la concha de mi abuelita!)
-Mirá, hace diez años decías lo mismo.Esperaste, se perdió el departamento de ella con las deudas y ahora la tenés instalada con vos.¿Sabés qué es lo único positivo del caso?Que yo aprendí.Si te quedás sin casa vas derecho al Geriátrico con ella- yo, asombrada de mi propia cruel retórica
-Ah, pero no podés comparar.Yo no me parezco a ella.No molesto para nada- intentando venderme una carmelita descalza
-Naaaaaaaaaaah, qué va!Sos una fotocopia de ella, y yo un clon tuyo OH MY GOD!
Y ahí me dí cuenta.Horrorizada me caí de culo de la silla.“Maaaaaaaaaaa!”.Quise salir corriendo a prenderme de la pollera de Ma, pero Ma no está más. Estoy por las mías.Ya no puedo ir corriendo a buscar refugio más que en mí misma. Soy madre de mi hijo y madre de mi madre.El pánico se apoderó de mí instantáneamente y de repente me sentí así de chiquitita…
Dedicado a Ana, quien tradujo mi alegoría cinematográfica “almodovariana” a una mucho más gráfica y literaria: “kafkiana”
No sé ni por dónde comenzar, así que lo haré por el final.
Estoy sentada en mi bunker escribiendo, sintiéndome un insecto; acabo de despedir a mi madre y a mi abuela que vinieron de visita el fin de semana.
Para quienes no hayan leído entradas anteriores, mi abuela tiene Alzheimer; mi madre es lisa y llanamente un dolor de huevos número quince en una escala de uno a cinco.
He juntado material para escribir quince tomos de una novela de terror, pero esa sucesión de hechos está tan mezclada en mis neuronas que voy a tratar de escribir los episodios en el orden en que los vaya encontrando debajo de la duramadre.
Capítulo 1
Mi madre me llama por teléfono. Le explico que estoy trabajando, me suena el interno y unas tres personas me miran esperando una respuesta que, se supone, yo debería darles si no estuviera hablando con ella. Como mi interlocutora es el tren bala a la hora de escupir palabras a pesar de su apnea post sesenta años ininterrumpidos de cigarritos (tres paquetes por día para ser más exactos), no me queda otra que cortarle.
La culpa me asalta, la imagino con los ojos vidriosos y el tubo en la oreja escuchando el “tu-tu-tu-tu”. Me hago un rato libre y salgo a llamarla a la calle.
-Hola, qué pasa? (yo)
-Nada, nada, “snif” (ella)
-Estás llorando? (yo)
-Nooo, qué va “snif” y un sonido similar a succionar mocos de un vaso con un sorbete de colores (ella)
-Bueno, algo te pasa… (yo, con es estómago hecho una pelota de basquet)
-Si. Es que quiero saber cómo puedo matar a tu abuela y que parezca un accidente (ella, con vocecita de Lobo de Caperucita)
-Podrías hacer la “gran almohada”, lo ví en varias pelis, el asesino siempre queda libre (yo, hablando seriamente)
-O también puedo pegarle con algo en la cabeza (ella)
-Buscate un abogado aunque no creo que puedas pagarlo (yo)
-La odio (ella)
-Te odio (yo a ella)
-Yo también (ella a mí)
-Me voy a trabajar, me quedo mucho más tranquila, gracias! (yo)
-Chau, snif, ah ah ah, buahhh (ella trabajando mi culpa a dos manos)
Capítulo 2
Entro al baño. Creo que estoy en los albores de mi metamorfosis. Quince millones de mosquitas negras sobrevuelan una montaña de caca que sale de la rejilla. Vivo en el campo por elección, cambié cloacas y tecnología por pájaros, insectos y mierda. Un negocio redondo. Comienzo a sentir mis alas. Me miro al espejo y veo una cucaracha gigante que quiere volar a la civilización. Me preocupo. Debe ser la mezcla de alcohol con las cuatro noches durmiendo tan solo tres horas que llevo. Me descubro parada frente al espejo manteniendo una conversación muy real con el Cristo del rosario que llevo atado a la tira del corpiño cual adolescente que lleva ristra de ajos al cuello en peli de vampiros. Tengo que dormir, debo dormir. Así que me siento en la computadora y me cago en mi autodeterminación. Es más, me ocupo del comienzo de mi autodestrucción. Decido postergar el tema del pozo ciego y la caca. Volaré con mi alas de cucaracha a un lugar mucho más alegre e higiénico. Ese lugar es youtube, estoy paseando por Escocia, escondida en mi universo paralelo. ¿Quién dijo que la evasión es mala? Si fueron Freud o Lacan, pues se pueden ir los dos a la mismísima mierda: Bienvenidos a mi baño beneméritos doctores.
Capítulo 3
Día viernes en el trabajo. Pandemonio frenético. Teléfonos que suenan, gente que pregunta, gente que protesta, gente que busca gente, casillas de mail inundadas y un ruido que molesta.
Mi celular que no para de sonar. Por cada llamada perdida, un texto avisando. Un texto avisando que mi padre me está buscando desesperadamente. Como conozco la letra de ese tango al dedillo, decido posdatar la devolución del llamado.
Al rato lo llamo, soy la hija, debo llamarlo.
-Hola, papá?
-Hija, por finnnnn, te he llamado infinidad de veces! (con voz resquebrajada cual lamento etrusco)
-Pasó algo? (vayamos al grano que se me escapa la cucaracha)
-No…snif…es que quería escuchar tu voz antes de…(no sé si musicalizar con bandoneón o canzonetta italiana dadas las raíces étnicas de mi progenitor)
-Antes? Antes de qué? (lo imagino limpiando el caño de su pistola Luger 9mm.)
-El final está cerca…(ahora la cucaracha escucha Wagner a todo volumen)
-Qué final? (la cucaracha es corta de entendimiento o no puede dar crédito a lo que escucha)
-Mi final…(pausa de las que en el cine sirven para acojonar)
-Estás enfermo? (y bueno, es el padre de la cucaracha, hay un cariño completamente infundado)
-No, pero estoy cerca…(visualizar a Al Pacino senil, con la gorra puesta, recorriendo la parra en Sicilia)
-Bueno, eso no lo sabemos, hay gente jóven que muere todos los días (la cucaracha se peina las antenas raya al medio mientras rema una conversación que está a punto de entrar en un loop macabro)
-Pero yo ya tengo pasaje…a mi edad…(silencio para insertar una dosis de culpa en el centro del cuore)
-Bueno, no pienses en eso, pensá en la cucaracha que cuando la pisas le sale la cremita de adentro (yo, otra vez conversando mi amigo invisible y mi papá disfrazado de Vito Corleone masacrado)
-Nos vemos, dale? (mutis por el foro para el insecto que huele el Raid a distancia prudencial)
-Bueno hija…
Capítulo 4
Martes. Voy a sacar dinero al cajero. Tengo dos personas delante y una impaciencia monumental. Trago saliva y repito para adentro “tranquila, solo dos personas”. Como si fuera una máquina tragamonedas del Casino flotante, el señor que hace uso del cajero, toca botones mientras la máquina le escupe papelitos como balas de metralla. Bip-bip, el aparato le vomita la tarjeta. El corazón me da un vuelco (poética forma de hablar de una taquicardia grossa). Con un pie a punto de avanzar dos pasos, se me borra la sonrisa mirando como el tío pela billetera con tarjetas de todos los colores. Como era de esperar, las prueba TODASSSSS. Después de quince minutos de rutilantes “game over”, el imbécil se da media vuelta. Listo, la señora que tengo delante se ve más avispada. La avispa y la cucaracha en la fila del cajero. Toda una metáfora. La avispa construye el panal con papelitos y boletitas; toca todos los botones, hace sonar todos los sonidos disponibles. Luego le propina un golpe a la pantalla. Estoy a un tris de hacer justicia por mano propia en nombre de mi adorada maquinita expendedora de billetes. Me contengo porque tengo sueño, llevo ocho días durmiendo tres horas, se de lo que soy capaz cuando estoy con abstinencia de sueño. La avispa se retira ignorando el peligro que corrió. Saco dinero en dos segundos (todavía no entiendo a los que ese sencillo trámite les lleva más de un minuto). Me hago un favor, no miro el saldo del papelito, lo hago un bollo y lo tiro al fondo de la cartera. Me voy volando.
El vuelo no dura mucho. Quiero llegar al nido pero necesito combustible. La fila de la estación llega hasta la ruta. Estaciono y me miro en el retrovisor. Las antenas me llegan a la cintura. En el asiento de atrás, las plañideras del velorio de mi progenitor susurran plegarias en latín. Necesito un café o un chaleco de fuerza.
Media hora después llega mi turno. Me informan que el surtidor no tiene el tipo de combustible que necesito. Pues yo no estaría taaaan de acuerdo. Voy a comprar una caja de fósforos, arranco la manguera y le prendo fuego a toda la manzana.
Golpeando la cabeza contra el volante intento una maniobra marcha atrás para enfilar hacia otro surtidor. Un apuradito casi me parte el auto. Bajo la ventanilla y le reproduzco el repertorio completo de las barrabasadas más grandes que conozco. Una señora se muerde el labio inferior mientras ríe, me señala y habla con el empleado de la gasolinera. La cucaracha, en un desorden genético sin precedentes, ha generado un aguijón digno de una mantarraya. Le pongo el auto en las rótulas, bajo la ventanilla y la trato de “mal follada”. Le saco fotos con el celular y le informo que abriré un grupo en Facebook para comentar el tamaño inusitado de sus caderas, el peso de su culo celulítico y la tristeza de sus magras tetas caídas. Huye despavorida. La cucaracha vuela con el combustible recién adquirido, previendo una denuncia por parte de la agredida. Necesito un Psicólogo, un Abogado, un Plomero y un Spa (no necesariamente en ese orden).
Capítulo 5
Llego al nido. El hijo de la cucaracha dice que estamos sin teléfono. Décimo sexta vez en tres meses de línea nueva super guay del proveedor de Internet. Con demanda iniciada “ha lugar” y arreglo firmado dos días antes, compruebo efectivamente que me han debitado la cuota otra vez por un servicio inexistente. Si llamo desde el celular al servicio técnico, con un menú telefónico de esos que son para entrenar la paciencia del Saltamontes de Kung Fu, corro el riesgo de quedarme incomunicada sin saldo en el móvil. Decido dejar escapar a la cucaracha y le presto mi casilla de mail. Arde el teclado, el insecto poseso no para de producir veneno e improperios.
Capítulo 6
Sábado a la mañana. Me invade una sensación de inexplicable felicidad. Despatarrada en la cama hago planes para aprender chino en el Supermercado, lavarme la cabeza y estrenar una crema para peinar nueva, sacar fotos, encontrarme con amigos…
Abro la canilla. Un sonido del fondo de las entrañas de la casa augura un negro futuro. Glu-glu-tac. Una gota se estrella contra el piso de la bañera. Es evidente, no hay agua. Hay pelo sucio. Hay olor a pata. Hay ropa sudada. Hay conversaciones con una imagen de la Vírgen de Schöenstatt (la orden de monjas alemanas que dirigían el colegio donde cursé el Secundario) que me habla desde la mancha de humedad del techo del baño. La señora me reta porque incurrí en blasfemias, deshonré a mis padres, utilicé el nombre de Dios en vano y pequé de gula. Le discuto pero ella entabla una conversación con el Abogado del Diablo, quien extrañamente patrocina al clero iniciándome acciones por calumnias e injurias.
Esperando a que el agua brote en forma milagrosa, en pelotas y pantuflas de toalla color rosa adivino mi cara reflejada en la canilla. En ese preciso instante sale del desagüe una espantosa criatura color marrón, brillosa y con dos largas antenas. Me mira. La miro. Me saco la pantufla y la aplasto hasta que estalla. Con asco junto las partes, la mano envuelta en un bollo inmenso de papel higiénico. Igual la siento moverse. La tiro al inodoro. La desgraciada se ríe y me dice:
-Te olvidaste de pagar la moratoria del impuesto inmobiliarioooooooooooooooo!
Si alguien hubiera conocido a mi abuela, la réplica femenina del Mariscal Rommel, entender esto le resultaría mucho menos gracioso y un tantito más dramático. Pero como soy una partidaria de encontrarle el lado bueno hasta al “Lado oscuro de la fuerza” (con Darth Vader y su ejército de cyborgs incluidos), voy a centrarme en las partes “cómicas” de una historia que en definitiva no lo es tanto.
Como ya la describiera en otra entrada de este blog, mi abuela se fue perdiendo por el bosque, de la mano del Sr. Alzheimer. Como el conejito de Duracel que a medida que se queda sin pilas va enlenteciendo la marcha; mi abuela fue perdiendo la cordura, la conciencia y la paciencia (bue, esa ya la había perdido a los cuarenta cuando su cerebro todavía estaba afinado como un Stradivarius). La pila se fue gastando y los sistemas se fueron bloqueando al compás de un conejito que cada vez toca los platillos con menos ganas. Como una computadora que tiene el disco rígido fragmentado y lleno al 99%, un ejército de troyanos reproduciéndose en todas las aplicaciones y el antivirus sin actualizar; el cerebro de mi abuela entró en un cortocircuito digno de un juguete cuya pila sulfatada termina siendo un peligro para todos los que la rodean. Entonces nuestro conejito quedó con la vista perdida y los platillos a medio camino del último “CLANK”.
Lejos quedaron aquellos días (de hace tan solo dos años), donde confundía el valor de los billetes adjudicándole un color al precio de cada producto “Este pollo me costó dos marrones” léase $20. “El farmacéutico me cobró un verde, las aspirinas” léase $5. También quedaron atrás los tiempos en los que nos enojábamos porque confundía los nombres de sus bisnietos o intentaba condimentar la ensalada con detergente aroma limón. Momentos preciosos en los que se tildaba preguntando cien veces por el mismo tema tabú y espinoso que no debía tocarse en la mesa dominical porque todos terminábamos a las patadas mientras ella sonreía, satisfecha, como La Gioconda. Confundía la hora en su reloj, pero tenía claro que era de día según la posición del sol o que era momento de almorzar por el rugido de su estómago teflonado y un apetito voraz. Tratábamos infructuosamente de corregirla con la secreta esperanza de que volviera a aflorar esa mujer insoportable que nos tenía a todos zumbando. Pero el descenso ocurrió indefectiblemente sin nuestra anuencia. Entonces nos enteramos que prolijamente producida con un camisón rosado, una cartera Chanel, medias tres cuartos negras y sandalias beige sin talón; la habían encontrado en la puerta del edificio intentando embocar la llave en la cerradura para tomar un taxi que la llevara al dentista(a las cuatro de la madrugada). Como un personaje salido de una peli de Almodóvar (perdón Maite), esta caricatura grotesca de lo que alguna vez fue mi abuela, se levanta a desayunar cuando el resto de la población se acuesta…haciendo carne la canción de María Elena Walsh “En el Reino del revés”. En ese Reino vive y gobierna esta señora con la vista perdida entre el año 41 y el 68, que destronó a mi abuela y anidó en su cabecita. Cual Comandante de un país sin timón, esta Reina va sembrando el caos y la anarquía a su paso. La llave del gas abierta intoxicando a los vecinos; los remedios para la presión triturados en un frasquito con resabios de aspirinas, dos grageas de laxantes, una docena de cuartitos de tranquilizantes y dos granos de balanceado para gatos que levantó del piso de mi cocina convencida de haber recuperado el somnífero que se le cayó ahí mismo la Navidad del 2004; sus paseos nocturnos por el edificio manteniendo conversaciones con un hermano del Che (al que siempre le recuerda que ella padecía de asma igual que Ernestito); y un sinnúmero más de situaciones nos convencieron de que el barco estaba a la deriva.
Ya no la dejamos más sola. En la semana está acompañada y los fines de semana la traemos a casa. Entonces el problema se nos hace cada vez más evidente. Su brújula desmagnetizada, su norte perdido, su nave sin control. Ya nada es como antes. Deambula sin paz y sin rumbo. Se sienta, se acuesta, se para, se le antoja un té, busca una bombacha en el bolso…todo en un lapso de 7 minutos. Nos descuidamos un segundo y está martillando milanesas…de GATO VIVO. Nos damos vuelta y se está enjabonando la cara con destapacañerías. Se lava las axilas a las dos de la mañana usando crema antiarrugas como desodorante, le pone sal al té, edulcorante a la pomarola, se escapa a tomar baños de luna (siempre con pantalla solar como es su costumbre desde que se hizo su primera cirugía estética hace cuarenta años). La noche es un guión digno de una zarzuela loca. Desorientada más de lo necesario por el cambio de geografía, y un tanto apurada porque en un descuido se nos atiborró de laxantes, va por la casa chocando con los muebles en busca del baño…lugar que rara vez encuentra, con el resultado que no pienso ponerme a describir.
El desenlace se resume en una palabra: Geriátrico. Entramos al lugar, mi vieja y yo, tragando saliva y pescando lágrimas con la punta de la lengua. Caminamos como dos intrusas bien por el medio del salón, más por respetar la privacidad de los ancianos que por miedo a quedar encerradas (o acuchilladas por algún abuelo, que en un rapto de ira, nos pudiera confundir con la hija que lo archivó ahí dentro). Aunque el lugar es impecable, y para nosotras no existe alternativa posible se nos dio vuelta el estómago. No es Hogwarts, Harry Potter no va a ser el compañero de nuestra Hermione, no hay clases de magia ni hechicería…y sabemos perfectamente bien adónde conduce el andén 9 y ¾… Quizás las únicas similitudes con la archifamosa escuela de magia sean un par de anteojos rotos pegados con cinta y que mi abuela, cuando estaba en sus cabales, supo ser una bruja…que aunque bruja muy bruja no se merece este pasaporte a Hogwarts de la mano del Profesor Alzheimer!
Si uno tuviera que resumir la vorágine de las Fiestas en un cortometraje de…digamos…unos tres minutos, el mismo sería una especie de peli chaplinesca proyectada a una velocidad dos o tres veces superior a la real.La música, bueno, la música sería una ensalada parecida a los restos de la ensalada de frutas que todavía sobrevive hecha un caldo putrefacto en la heladera.Cada momento tuvo su música, cada imagen un sonido que quedó plasmado para siempre en un rincón de esa neurona que atestiguará para siempre (o hasta que un accidente cerebrovascular se encargue de erradicarlo con una mini hemorragia), los excesos, las risas, los nervios y la locura de esos días mezcla de sidra, lechón, mayonesa y pólvora.
Así como se acomodan los recuerdos, desordenados, en mi cabeza; es como voy a describir las escenas de este cortometraje:
Momento “supermercado chino” (música heavy metal a full).
Las filas de las cajas llegan hasta el fondo.Hay olor a fruta fresca mezclada con sangre de vaca y perfume francés.Quiero comprarme una motosierra y no es precisamente para podar plantas.Mientras arrastro el chango desmadrado (cuyas ruedas giran locas), pienso en la masacre que cometería si tuviera un arma.Imagino la sangre a lo Quentin Tarantino y la imagen me provoca satisfacción y calma.Aprieto melones, huelo ananás y agujereo la bolsa de pan caliente para que no se transforme en chicle.Una “argolluda” (por los aros *wink*) me incrusta el chango en el coxis.Mi hijo me resopla en la nuca.La china me pregunta con qué pago.Quiero que sea 2012 y los mayas tengan razón.Quiero un tsunami.Quiero un sushimi.Quiero irrrrrrrrrrme YA!.
Momento “mi abuela debería consumir, y yo también.Y la perra” (música chill-out).
Mi abuela está perdida.Pero no lo suficientemente perdida como para hacer preguntas incómodas disparadas a repetición como balas de metralleta.Le explico seis veces seguidas que mi vecina, la que huele bien y baila de putamadre, vive sola y es la madre de esos tres críos que le pasaron por delante.La inunda la compasión por esta situación, aún cuando yo (su nieta) viva en idéntica condición.Creo que se olvida de que deportamos al padre del “muchachote” que está sentado a su lado, que no es ni más ni menos que su bisnieto (dato que obviamente ha olvidado).Por enésima vez le explico que no puede subir las escaleras porque en Navidad se pegó el palo del siglo y no se quebró la cadera porque Dios todavía se apiada de mí.Maquillándome las pestañas me la encuentro en el baño de arriba.Todavía me dura la taquicardia.O se murió y su espíritu subió a despedirse, o la muy turra desobedeció mis órdenes.La toco para ver si todavía está calentita y la encamino con cuidado a la planta baja (le doy una filípica del quince, al pedo, porque se tapa las orejas y canta en franco gesto de desacato).Pienso en partirle el cráneo con la misma pala con la que haría el pozo en el fondo del jardín para darle cristiana sepultura junto a mi gata (a la que acabo de enterrar…luego de fenecer presa de un síncope cardíaco por la pirotecnia).Luego me fumaría un cañito y cantaría “Amazing grace”.Me acuerdo de sedar a la perra.Mi hijo le tira un pan mojado en droga para canes.No se lo come, la muy pelotuda.Le abro las fauces y mi hijo le asesta un chorro en la garganta.Para bajarlo, se morfa el pan.A los diez minutos comienza a temblar.Se le dan vuelta los ojos para atrás y cae redonda al pasto.Borracha, la depositamos en un sillón del living.Tiene pulso…todavía.Me pregunto si la vieja mejoraría con merca.Definitivamente, a mí me ayudaría a sobrellevar la presencia de ella y la de mi madre que acaba de caerse de culo en la zanja (bastón incluído).
Momento “es hora de parar, ya no tenés edad” (música de cumbia).
Empecé con cerveza (porque hacía calor), seguí con tinto (porque era de más de veinte mangos y tuve miedo de que se acabe), le dí al Fernet (para confirmar que no me gusta demasiado, me costó decidirme luego del tercer vaso), luego vino la Fangio XXI (Vino Frizze apodado así por una amiga, dado su color azulado), después le dí al champagne y por último a la sidra del pico.Mientras bailaba frenéticamente del brazo del suegro de mi hermana, me percaté que una pirueta del meneadito no salió como esperaba.Pará que estoy clavada como arquito de cricket en el barro.Mi sordo partenaire no comprende mi situación y tironea de mi brazo hasta que mi clavícula hace un “clack” indoloro gracias al consumo previo de alcohol.Sigo meneando las cachas.Sigo tomando del pico.Para cuando quiero acordarme son las tres de la mañana.Me duele la cabeza.Me lloran los pies.Me arden los ojos.Me pican las orejas por el peso de los aros.Me aprieta el pantalón.Me zumban los oídos.Me muevo en cámara lentísima.Quiero llegar a casa.Casa es al lado.Pero ahora parece un abismo.¿Será que tengo a mi vieja colgando de un brazo y a mi abuela (con sus dientes en la mano) en el otro?
Momento “el día después” (música de zarzuela).
El almuerzo livianito.Milanesas, puré, helado, ensalada de frutas, pan dulce, turrón y generosas dosis de alcohol para asegurar una siesta a pesar de mi abuela.
A la noche una cena decente en algún restaurante.Me declaro en huelga con la cocina, hace dos días que estoy parada frente a la mesada pelando frutas, merezco un franco.
La cena se da lugar en la cantina del pueblo.Mi madre se debate entre ir al baño o aguantarse la vejiga llena por miedo a que el baño esté sucio.La imagino haciendo piruetas para no apoyar el culo en la tabla.Automáticamente estoy sin apetito.Lo recupero viendo pasar milanesas de queso.La abuela pide ravioles de calabaza.La pasta tiene forma de media luna, se la sirven en círculos concéntricos (como gajos de naranja en cadena).Mi hijo me mira.Mi madre empalidece.No entiendo.Miro el plato de la abuela.El plato tiene un nuevo raviol un tanto más grande y lleno de dientes.Miro a mi abuela.Ella sigue masticando con la boca en un rictus diferente (como si le hubieran dado una piña en el maxilar).Ahí caigo en la cuenta de que el raviol es su dentadura superior, que ha caído al plato sin que su dueña tenga registro del incidente.
¿Dónde están tus dientes? – le pregunto.Me muestra las encías despobladas con una mueca y me contesta “Acá”.
Definitivamente se me ha ido el apetito.La huerta de cannabis se ha convertido en un “must” del verano.
Momento “ya fue” (música brasilera).
La casa vuelve a la normalidad.Las invitadas han sido depositadas en su charter rumbo a sus hogares. Me cuesta pensar en una cena sin mayonesa, en un almuerzo sin alcohol, en una tarde sin siesta, en una noche sin mi abuela lavándose las axilas a las tres de la mañana lista para desayunar.Me tomo un helado de agua mirando el arbolito.Parece mentira que en dos días tengo que volver a guardar esa parva de adornitos a medio masticar por los gatos.Tengo fiaca.Hay fuentes, moños, botellas vacías, flores mustias, migas, blisters de medicamentos por todas partes.Parece un campo de batalla luego de la derrota (de mi ejército obviamente).El único antídoto razonable para las Fiestas parece ser la playa.Pongo bossa nova en mi MP3 y cierro los ojos.Siento la arena caliente y el ruido del mar.Y la voz de mi abuela que quedó impregnada en mi duramadre preguntando cada cinco segundos ¿quién es esa chica que huele tan rico y baila tan bien?