¿Alegría de vivir?
¿Sobreviviente del naufragio doméstico?
¿Observadora sarcástica de mi entorno o pasada de rosca con el tranquilizante recetado?
¿Algarabía con patas?
Para Guille y Gerardo que son lo más!
Y para mis zuziaz queridas: Zele, Agos, Ari, Maite, Jime, Patty, Yasi, Frida, Eleonora, Anabel, Elisa y Clau. Mis amigos de siempre Lili, Caro, Ana, Claudia, Urcu, Romy, Gaby, Ale, Lau, Gladys ,Pato, Dumbo, Pepeluí este blog es para Uds.
Los quiero
Como condenado a la horca, he pasado medio siglo con un grillete atado a mi brazo, arrastrando un ancla de diez o más kilos (no me he tomado el trabajo de pesarla, hoy juro que lo hago). Nunca se me ocurrió asociar el músculo torneado de mi brazo derecho ni la tortícolis de ese hombro al inusual peso de mi cartera. Ni se me pasó por la cabeza pensar en lo que ponen las demás en sus bolsos; mi bolso es parte de mí, de mi naturaleza y una extensión de mi casa cuando no estoy en ella. En realidad, dentro de mi casa suelo llevar mi cartera donde vaya. Ella me acompaña al baño y a dormir, a cocinar o al jardín. Porque existen cosas que solamente viven ahí adentro, en mi fiel acompañante.
Cabe destacar que cada quien adopta sus mañas de quien lo ha criado, en mi caso heredé el insólito apego a mi cartera de mi vieja. Ella se acostaba con la cartera al costado de la cama y se trasladaba por todas partes con la cartera en el brazo o en la falda (de hecho muchas veces ha ocupado el lugar de un comensal en fiestas familiares, cumpleaños y salidas a comer). No hace falta que aclare que hago exactamente lo mismo, siendo además capaz de apuñalar a cualquiera que se atreva a sumergir media falange en mi preciado accesorio.
Es por este motivo, que he decidido hacerle un humilde post a este artículo tan entrañable y tan fiel que me ha salvado de contratiempos y vicisitudes a lo largo de mi vida.
Inventario de mis carteras
En realidad, la cartera es lo de menos. Tengo muchas pero suelo usar una sola hasta el hartazgo. Cuando la misma se convierte en la alforja de Charles Ingalls después de las siete plagas que azotaron su cabaña, recién ahí puede ser que decida utilizar alguna otra. Las tuve de todos los colores, texturas y tamaños aunque siempre me incliné por las tamaño barco. Es más, cuando opté por algo mediano, siempre utilicé un bolsito extra donde administraba todo aquello que no podía embutir en la "medium size". Toda vez que me ofrecieron algo compacto, en una casa de carteras, algún bolsito pequeño con mucha onda y poco espacio...me retiré del local inmediatamente por miedo a caer en la tentación y terminar utilizando el minúsculo objeto para almacenar el costurero (mi amor hacia la costura queda suficientemente demostrado).
Con un museo de carteras y bolsos en mi haber, puedo decir sin temor a equivocarme que tengo el doctorado honoris causa de las carteras de mujer. Porque además de usarlas las almaceno por si alguna vez sucediera una súbita escasez de bolsos y Dios sabe qué pudiera ocurrir. Así que tengo aquella cartera que no puedo regalar por su valor afectivo, aquella que tiene el cierre roto y así va a terminar sus días en el fondo del placard. Tengo aquella que compré en ese viaje donde el fucsia salvaje pareció una buena idea y ahora viéndola ahí encandilando con sus remaches dorados lastima la vista. Tengo la que me costó un huevo y seis cuotas y la que me regaló un ex jefe porque no la pudo cambiar por algo para él. Tengo aquella que me regalaron, no me gustó y vaya a saber porqué no la cambié cuando debía y también esa que me gustó cuando la compré, me dejó de gustar al día siguiente y estoy esperando que me guste para rescatarla del anonimato. Tengo la de mi abuela, comprada en Europa hace cuatro décadas y la de mi vieja con cadenita Chanel (que todavía conserva un par de monedas, un encendedor y olor a ella).
Inventario del contenido de mi cartera (la que me acompaña todos los días de mi vida)
Billetera con cierre relámpago que parece un sandwich de milanesa al que se le pianta el tomate y la lechuga. Abarrotada de tarjetas de débito y crédito, puntos y descuentos para librerías, supermercados y estaciones de servicios, ART, servicio médico, seguro del auto y afines. Estampitas de santos, tarjetas personales del trabajo, tarjetas de amigos, familia y conocidos y también de plomeros/gasistas/restaurantes etc. Papelitos de compras hechas con tarjeta de débito y crédito y de movimientos bancarios del 2009 en adelante. Recetas médicas, recordatorios de citas para consultas y análisis. Recetas de cocina en papelitos minúsculos. Consejos y mantras de una psicóloga que me atendía en 1986 y que aún hoy conservo. Entradas a espectáculos y parques que me arrancan una sonrisa. Fotos de mi hijo y de mi marido. El dni y la licencia de conducir además de la tarjeta de la grúa y un par de teléfonos de radio taxi. En el monedero un par de monedas de mi país y algunas de países que visité, además de medallas del Papa y de las vírgenes que me acompañan desde el colegio secundario, además de la escarapela de metal. Y el dinero? (siga participando)
Una bolsa Ziploc con los siguientes remedios: Ibuprofeno, Hepatalgina, Buscapina, el remedio para la glucosa, varias tiras de clonazepam, omeprazol, curitas, colirio para los ojos, cepillo de dientes, dentífrico y un mini enjuague bucal.
Un bolsito que contiene cosméticos: Tres brillos labiales, tres lápices labiales, un delineador de ojos, un peine, un espejo, un polvo compacto, un rubor, dos limas de uñas, una pinza de depilar, un perfume, un frasco de quitaesmaltes, algodón y un esmalte de uñas. Una cremita para manos de un hotel americano.
Un bolsito más pequeño que el anterior conteniendo: dos biromes, dos bandas para el pelo, dos broches para el pelo, los auriculares del teléfono celular y el adaptador para enchufarlo.
En un bolsillo interno de la cartera: Billetes desparramados y monedas que no pudieron encontrar refugio en la billetera. Además de una birome, una lima de metal, una mini navaja Victorinox, caramelos light de naranja (vencidos) y un par de boletas de depósito en cajeros automáticos. Bandas elásticas: suficientes para flotar en el agua sin moverse. Supongo que ante un naufragio estoy mejor posicionada que el amigo de Wilson.
En otros dos bolsillos internos (sin cierre): birome del trabajo de mi hijo (ultra valor afectivo) y la estampita de San Cayetano con la espiga y el pan de cerámica. En el otro bolsillito hay dos tiras de caramelos light de frutilla, dos galletitas de esas que te regalan con el café (se ve que inconscientemente no estoy dispuesta a morir de inanición) y el DNI libreta que debería estar en casa pero lo saqué para votar y no lo devolví a su escondite original.
Boyando en libertad dentro del bolso existen: el cargador del celular sin enroscar (detalle que mi marido no comprende y él no comprende que no sé doblarlo estilo boy scout como lo hace él), un par de anteojos de sol, un par de anteojos de ver de lejos y uno de cerca cerca. Una latita pequeña conteniendo más clonazepam (se ve que tengo miedo de quedarme sin la pastiloca en un ataque zombie), un paquete de pañuelos descartables, un abanico (que acredita mi membresía en el club de la menopausia), una lima de uñas de uso profesional, un pañuelo de tela, la dieta que me prescribió la nutricionista y varios resúmenes bancarios y de tarjetas de crédito. Varias tiras de papel con el detalle de las compras del supermercado desde el año 2010 a hoy. Además, y como si esto fuera poco, un paquete de toallitas húmedas y un frasco de crema para manos.
Un mini bolsito que contiene dos o tres memorias USB con música (contenido suficiente para musicalizar unas 80 horas ininterrumpidas), un reproductor de MP3 y un costurero de esos que te regalan en los hoteles. Una de las memorias incluye una brújula...por si las moscas...
Bolsillo exterior anverso: Otra escarapela, el botón antipánico de la alarma vecinal, una pinza de depilar y la lista de las compras de hace ocho meses atrás.
Bolsillo exterior reverso: Llaves del auto, llaves de casa, lima de uñas pequeña, dos brillos labiales y un papelito con un nombre de una persona que no conozco ni recuerdo porqué debería conocer (seguramente en el transcurso del año me haga falta pero lo acabo de tirar a la basura).
Visto y considerando la cantidad de elementos que arrastro todos los días, podría afirmar sin temor a equivocarme que puedo subsistir cuarenta días en el desierto, tres meses en una isla luego de un naufragio y todo un día fuera de casa.
NORBERTO SANCHO PANZA (deplorable caricatura de un ser de
carne y hueso)
Norberto se cree la última Coca Cola del desierto. Alguien por ahí le dijo que era bonito y vivo
(la madre probablemente) y él se lo creyó.
Así es que este sujeto se mueve por la vida pensando que solamente él
tiene la razón en sus manos y la realidad está pintada del color que él la ve
(que depende del color de los cristales que se haya puesto esa mañana).
Comprador compulsivo, Norberto cree ser el último grito de
la moda porque no para de comprar ropa de marca; lo que él ignora es que la
elegancia no tiene nada que ver con el logo de una de las 95 camperas que
cuelgan de sus percheros. Adicto a las
páginas de compras de internet, Norberto no para de desear y comprar todo
aquello que se le cruce delante de los ojos.
Si es preciso se endeudará hasta las orejas y luego se pasará diez años
sin crédito por registrar antecedentes negativos. Pero eso no parece importarle ya que en su
loco desenfreno de compra compulsiva, el fin justifica los medios y ese sweater
de El Cardón vale su peso en oro.
Tacaño como pocos, Norberto llega al puesto de Gerente
porque la firma donde trabaja se queda con una vacante que no puede cubrir por
un sueldo por debajo del mercado.
Entonces le otorga una vacante interina que jamás puede cubrir. Así es como Norberto llega a la Gerencia,
falto de méritos propios y a ocupar una silla que no estaba destinada a ser
suya. Así como fue creciendo la demanda
del producto que vendía la empresa que empleaba a Norberto, también crecía en
forma exponencial su egocentrismo, su barriga y su inclinación por el acoso
sexual y el pavoneo constante delante de sus compañeros de trabajo. Pavoneo basado en una diatriba barata sobre
cualquier tema que tocaba de soslayo y con una superficialidad que rayaba la
comicidad del Oso Arturo. Rara vez
Norberto, siendo el empleado con más sueldo en su sector, tenía cambio a la
hora de colaborar con el regalo de cumpleaños de un compañero. Solía mostrar su billetera vacía apelando a
gastos del día que lo pudieran eximir de hacer su contribución para el regalo
de un compañero. Eso sí, agradecía con
discursos elocuentes su propio regalo de cumpleaños, basado en contribuciones
de empleados que ganaban una décima parte de lo que él percibía mensualmente;
pero a la hora de descolgarse con dos docenas de facturas o una torta siempre
había una buena excusa para no compartir lo que el resto hacía
habitualmente. Siempre que se ofreció
una cena o una picada por un objetivo logrado, se colgó los laureles al hombro
aunque siempre abonó la cuenta con dinero de la empresa. Ha llegado a arrastrarse comprando una tabla
y un cuchillo con tickets de la empresa, para cortar salamines en un ágape
empresarial, avisando a quienes quisieran escucharlo que esos utensillos le
pertenecían.
A Norberto las mujeres lo pueden, un par de tetas y un culo,
hasta de una mula en un establo le cierran.
Ha baboseado a clientas y empleadas por igual, enviando correos de alto
voltaje erótico con el sello de la empresa a facturistas de post venta y Jefes
de Sector. Regodeándose en anécdotas
donde el protagonista es él, deseado y admirado por un público femenino de
fábula (creada por él); solía arrancar los suspiros de alguna mujer que
estuviera necesitando un proveedor que le pague las facturas para llegar a fin
de mes. Porque ese fue el arrastre que
siempre tuvo, mujeres faltas de iniciativa propia con ganas de capturar un
idiota con una billetera llena que pudiera satisfacer demandas a corto
plazo. Después de un matrimonio, una
convivencia, dos hijos y varios traspiés; logró caer con total destreza en las
garras de una vividora serial a la que faltó hervirle el conejo al más puro
estilo “Atracción Fatal”. Le compró un
auto, la puso a trabajar para él y le sirvió los clientes en bandeja. Por supuesto se compró un problema que le
tomó un año arreglar mientras se olvidaba de trabajar para amordazar a la
damisela en cuestión, quien amenazaba con dejarlo en la calle gritando
obscenidades en el parking de la empresa.
Luego llegaría una cuarta convivencia con una mujer carroñera
a la que le llevó menos de un mes para que Norberto terminara pagando los
colegios de tres críos de dos padres diferentes. Entonces dedicó su vida a comprarle todo
aquello que la mujer le solicitara, además de mantenerla con sus tres críos y
cambiara pañales con mierda ajena a cambio de un par de polvos deplorables ya
que la hembra en cuestión mantenía sus relaciones amorosas fuera del hogar
preservando para Norberto las caras de culo exclusivamente.
Así fue como Norberto, una vez más solo, se dedicó a
masajear empleadas, acomodar mechones de pelo detrás de las orejas, dar besitos
interminables repletos de baba a empleadas que declararon aguantar semejantes
demostraciones de afecto a cambio de potenciales clientes y operaciones que
pudieran aumentar sus ingresos ostensiblemente.
Pasados los cuarenta, Norberto solitario y perdido en la vida, ocupaba
sus fines de semana saliendo a bailar con empleados de veintipico que le
festejaban sus bromas y sus copas de más sabiendo que el lunes contarían con
algún beneficio extra con respecto al resto del personal. Salió con varias dentro y fuera del ámbito
laboral, solamente para contarlo el lunes; o simplemente lo inventó para poder
regodearse con el cuentito al lado del dispenser de agua ya que la tía de una
de sus empleadas que tuvo el disgusto de compartir cama con el susodicho alegó
(textualmente) “en la cama va patrás” en franca alegoría a sus paupérrimas
dotes amatorias.
Así como se ocupó de inflar los egos y las magras
capacidades de su séquito de obsecuentes aduladoras, también supo despreciar a
quienes trabajaron codo a codo haciendo más de lo que les correspondía y parte
de su trabajo para que él pudiera acortar su jornada laboral cumpliendo con
escasas cinco o seis horas. Demás está
decir que cuando estuvo, se dedicó a jugar en el Facebook con su celular y a
comprar cosas por internet con un apetito insaciable por cualquier cosa…desde
tecnología hasta perros, pasando por motos, cascos y ventanas. Con una incapacidad total para disfrutar de
lo propio, es proclive a desear todo aquello que ostentan los demás y dedica su
vida a adquirir todo lo que le falta.
Pero la suerte de Norberto tiene fecha de vencimiento, la
miserabilidad y el egoísmo se pagan en esta vida, también se pagan el maltrato,
la desidia, la incapacidad y la soberbia.
Quizás no la vea venir, quizás pueda pilotearla por un tiempo, pero el
karma está ahí, a la vuelta de la esquina.
Acechándolo para cobrar facturas vencidas. No es fácil tocarle el culo a tanta gente y
salir inmune de la situación. Ni meter la
mano en el plato ajeno.
Hablando con amigos y familiares he notado con curiosidad que, sin importar el ámbito o geografía de un trabajo, existen personajes con características bien definidas que se repiten con sorpresiva frecuencia.Puede ser en un Juzgado, en una tienda de ropa, en la administración de un laboratorio, en una farmacia, un colegio, un supermercado o una fábrica de embutidos; cambia el paisaje pero los prototipos se repiten como clones en todos los trabajos donde convivan más de tres personas.
Recopilando información he confeccionado la siguiente clasificación:
LA HIEDRA VENENOSA
Este ejemplar se comporta como el hijo bastardo de la planta del cuentito infantil “Las habichuelas mágicas” y una planta carnívora.Invierte buena parte del día en trepar cual enredadera por todos los recovecos y espacios libres que encuentra, diseminando su ponzoña a quien esté predispuesto a escucharla.Va enredándolo todo a tal punto que es imposible llegar a la raíz o verdadera esencia de su jodida persona.Su trabajo es subversivo y sutil, como la planta, nadie se percata de su crecimiento hasta que sus brotes afloran de los cajones de tu escritoriollevándose puesto todo a su paso.Como toda planta, es inmune a los sentimientos humanos, mientras tenga agua y un poco de luz seguirá su camino hasta el techo.Si la podan, probablemente algún brote siga creciendo en nuevos jardines (donde los nuevos compañeros se preguntarán con incertidumbre dónde quedó aquel fragante jazmín que ahora los asfixia con su mata de hojas desaforada).
LA MARMOTA
Este dulce animalito está podrido de que lo tengan de aquí para allá.Entonces se dedica a hibernar (todo el año) detrás de un escritorio donde anida desde que la empresa abrió sus puertas, allá en 1979.Como sabe que no lo pueden despedir porque le tienen que entregar el 50% de las acciones del grupo, pasa sus días tomando cafecitos y pasando papeles de una bandeja a otra.Es poco lo que aporta y poco lo que se sabe de él.Festeja los chistes con una risita que deja entrever sus paletas y es incapaz de involucrarse en alguna situación que amerite levantar el culo de la silla (si pudiera meterse una sonda en la vejiga, solo se levantaría para comerle las galletitas a sus compañeros).
EL PEZ PAYASO
Este sujeto genial se pasa por el trasero todos los apercibimientos y reprimendas que ha recibido a lo largo de los años, por llegar tarde, despeinado, y con el uniforme repleto de manchas (esas que sometiéndolas a un riguroso “Carbono 14” te dirán con lujo de detalles lo que el susodicho desayunó esa soleada mañana del 9 de marzo de 1999).Le importa tres pepinos llegar al objetivo, cumplir con los deseos de su Jefe y complacer a la plana mayor de la empresa; este personaje está ahí para pasársela lo mejor posible, contagiando a sus compañeros de esa deliberada algarabía.Cuenta chistes, ceba mates y esquiva los objetos contundentes con los que sus superiores intentan abrirle la cabeza toda vez que lo descubren dedicado de lleno al alpedismo (que es el 98 % de su tiempo en el trabajo).
LA GATA YLA GATA FLORA
La Gata es la devota de Recursos Humanos por excelencia.Le fascinan.Los ha probado a todos y se ha erigido en la empresa como el monumento al fácil acceso y la flexibilidad absoluta.No se sabe a ciencia cierta si el 100% de los rumores que la tienen como protagonista son veraces, pero hay quienes aseguran tener evidencia empírica que respalda cada uno de los míticos eventos que circulan de boca en boca del personal (como circulan asiduamente sus miembros por la boca de este felino doméstico tan común en las oficinas y dependencias gubernamentales).
Por otra parte, la Gata Flora es otra gran devota de los Recursos Humanos hasta que los mismos devuelven sus atenciones, en cuyo caso este felino se ofenderá hasta las lágrimas y saldrá disparado como un petardo a formalizar una denuncia de acoso ante el Gerente de Recursos Humanos.
EL COLIBRÍ
Este pajarito colorido y ágil circula por todos los departamentos y reparticiones de la organización, sus funciones así lo requieren.Entonces se dedica con mucho esmero a cumplir rápidamente con sus tareas para poder desparramar con comodidad y tiempo de sobra, todo aquel dato que haya recogido en otras plantas y que sabe positivamente que despiertan el interés de sus interlocutores.Sin una intención definida, sus balas de cañón van cayendo como paracaidistas el 6 de junio de 1944 en Normandía, con efectos igualmente devastadores.Muchas veces disfruta del efecto deseado, aunque por inconsciente y boludo, las más de las veces ignora los alcances de la onda expansiva generada por sus acciones.
EL PAVO REAL
Este pajarraco fue diseñado para chapear.Aterriza en el lugar que lo acoge e inmediatamente informa a sus pares sobre sus diplomas, cursos, capacitaciones y calificaciones en la Universidad.Vive denostando a quienes no están a su altura, se niega a hacer cosas para las que asegura estar sobre calificado y exige en lugar de pedir.Espera ansiosamente ser abordado para responder alguna consulta, que nunca llega, porque sus compañeros jamás le pedirán otra cosa que no sea salir del paso camino a la impresora.Generalmente es devorado por la Loba o termina por renunciar de puro aburrimiento.
LA LOBA
Este ejemplar vive aullando.Es un quejido eterno y prolongado.Sus tragedias conmueven por la sordidez de sus relatos provocando en sus interlocutores una profunda y auténtica lástima.Le empatía es inmediata, manejada a la perfección por un sujeto que la utiliza sin el más mínimo atisbo de duda para lograr aquello que desea.Bajo esa fachada de supuesta fragilidad y extrema necesidad de contención, vive un matemático alemán que calcula hasta el peso específico del liquid paper que va a utilizar ese día para borrar la evidencia que lo incrimina en un error que le acaba de costar un dineral a la empresa que lo alberga.Evita con destreza prusiana, hacerse cargo de toda metida de pata que lo tenga por autor o partícipe necesario; prefiere un ataque de asma o volar de fiebre antes de quedarse a admitir que se fue al pasto de cabeza.Es muy probable que busque a un pez payaso, a una marmota o a un pavo real para descargar responsabilidades y en el caso de una confrontación directa mostrará dientes y uñas devorándose a quienes osen cruzarse en su camino.
EL YUYO
El yuyo es tenaz y trabaja cuando los demás descansan. A las diez lo ves en Tesorería, diez y doce está en Marketing, diez y cuarto en Ventas, diez y veintitrés en Contaduría.El yuyo está en todas partes.Nadie sabe a ciencia cierta a qué se dedica, pero todos saben que siempre está corriendo de aquí para allá.Lo pueden trasladar, remover o pisar; pero el yuyo siempre reaparece asomando clandestinamente la cabeza a la sombra del pavo o la hiedra.Incansable, a veces sirve de alimento a la Loba, que lo caga en terreno fértil dándole la posibilidad de volver a renacer de sus propias semillas.
EL JABALÍ
El jabalí es un chancho salvaje en la selva.Y en las oficinas también.Lo que no puede arreglar con lo que tiene adentro de la cabeza, lo arregla con la cabeza misma.Es capaz de darse veinte veces con la misma piedra, putear, carajear y al día siguiente volver a pegarse un palo similar.Se ofusca, se pone colorado, amenaza con dar un portazo y no volver a pisar el lugar nunca más; sin embargo es incapaz de asustar a su audiencia que revolea los ojos al escuchar la misma escenita por undécima vez en la semana.Sobre exigido de laburo, acepta con ira media docena de tareas más; es muy probable que por falta de huevos, lejos de cargar las tintas con el responsable de esa situación lo haga con quienes sabe son inofensivos.Se queja, protesta, resopla y murmura pero en una confrontación directa se va al mazopor terror al Rey León.
EL REY LEÓN
Como su nombre lo indica, este es el que “corta el bacalao”.Cuando este ejemplar está con mecha corta los rugidos se escuchan a tres kilómetros a la redonda.Para llegar ahí se manducó dos cebras, tres jabalíes, dos docenas de antílopes, quince etíopes y un par de hiedras como guarnición; por eso es más que respetado.Sabe hacer su trabajo pero no va más allá de lo que entiende le corresponde.Cumplidas sus funciones, se dedica a tercerizar todo aquello que no le atañe o pueda minimizar su imagen.Mientras se lame las patas relojea el movimiento de su manada y solamente actúa en caso de extrema necesidad.Felino por naturaleza, goza de excelente reputación entre las gatas de la empresa.
LA HIENA
La hiena come cualquier cosa.Todo le cierra y toda retorcida artimaña que le sirva para llegar a sus fines será utilizada, aún cuando en el camino queden varios cadáveres a medio masticar.Inescrupulosa y sin códigos, la hiena quiere trabajar poco y ganar mucho.Odia el esfuerzo así como odia al León por su jerarquía.No le gusta recibir órdenes.Solapadamente envidia a quienes ostentan aquello que ella cree merecer, entonces se dedica a reírse grotescamente de ellos sin percatarse de que nunca va a poder dejar de ser ese bicho siniestro que come lo que el resto deja.
Hace varios años que trabajo en atención al público y no he tenido demasiados inconvenientes con este tipo de clientes, pero como soy una persona observadora, a lo largo del tiempo he podido separar la paja del heno clasificando a estos individuos de acuerdo a sus rasgos más particulares. Quizás mis dos años de la carrera de Psicología me hayan dado las herramientas para pilotear algunas situaciones o será que parto de la premisa básica de cualquier negocio: “el cliente siempre tiene la razon” (aunque después una termine haciéndolo hacer lo que uno quiere). Aquí va el fruto de mi investigación completamente parcial y subjetiva.
El cliente explotado que tiene razón
Esta gente suele venir juntando orina desde tiempos inmemoriales. Ha sido paseada por el conmutador telefónico unas trescientas horas llegando al colmo de obtener millaje (si lo dieran a cambio de tiempo perdido en espera) para viajar ida y vuelta a Osaka con escala en Jacksonville y las Islas Canarias. El señor le ha contado el motivo de su llamado a la recepcionista, la contadora, la tesorera, la cajera, el vendedor, la administrativa comercial, el mecánico, el vigilante de la puerta, el sereno y hasta el perro vagabundo del predio. Con la lengua seca como una cacatúa, el susodicho comienza a generar saliva haciendo buches de aire porque no se anima a moverse del tubo para buscarse un vaso de agua (y con razón, porque es justamente en ese instante que se escucha un ríspido “hola, hola” seguido de un asesino “CLACK” que determina el final del derrotero telefónico). Vuelta a empezar. La segunda vez, puede que tenga más suerte y emboque, de casualidad, al Gerente o Director de la empresa que prometerán pasarle con el encargado de dar los turnos de taller. El problema radica en que el nexo entre la felicidad y él sigue siendo la telefonista que lo pone a dar vueltas otra vez en la calesita del conmutador rebotando de interno en interno al son del latido de una vena craneana que amenaza con estallar si la presión no baja de veinticinco. Cuando por fin logra su cometido, el cliente está virtualmente explotado.
¿A qué llamamos cliente explotado?. Es aquel que es potencialmente peligroso si tiene permiso de portación de armas o un ejército de abogados con Cúneo Libarona al frente; es aquel que tiene una esposa que chilla como los monos tití de la selva y cuyos aullidos son altamente insalubres para el oído humano; o puede ser ese señor que pasó de ser Pedro el amigo de Heidi a Michael Douglas en “Un día de furia”.
Partamos de la base que el tipo tiene razón y la única salida razonable es pedirle disculpas; ofrecerle regalos y bonificaciones, darle un vasito de agua y pisarle un clonazempam de 1 mg. con la cucharita disolviendo el polvito en el líquido sin que se percate de la maniobra de apaciguamiento químico. Generalmente estos señores suelen presentarse en un tono rojo vivo, con las venas del cuello y las sienes en peligroso relieve y, cuando vociferan, tienden a escupir el exceso de salivación en nuestras caras (por eso es aconsejable atenderlos escritorio de por medio munidas de un buen paraguas argumentando una gotera monumental). Si una logra empatizar con las desgracias del pobre Santo, terminará haciendo lo posible por ayudarlo, cosa que será bien recibida por el hombre (si todavía no ha perdido la capacidad de escuchar), o bien habrá que huir, porque “soldado que huye sirve para otra guerra”. Pero, me atrevo a decir que esta gente suele apreciar la ayuda y conformarse si recibe un trato humano y empático (lo que no quiere decir que una esté a salvo, simplemente ha comprado un poco de tiempo). Pero hay empleados de atención al público que eligen el camino de la disputa, y suelen engranar para mimetizarse con el perro rabioso que tienen en frente convirtiéndose en la versión humana de Godzilla. Error!. En estos casos, el cliente explotado explotará (literalmente) y proferirá términos soeces mientras trata de arrastrar a la empleada de las mechas para prenderle fuego en el estacionamiento. Mientras varias personas luchan por arrancarle la señorita de entre las garras, es muy probable que la señorita patalee y putee como una marrana para luego llorar desconsoladamente explicando lo injusto de la situación que ella misma propició intentando apagar un incendio con kerosene.
El boludo ancestral explotado
Este difiere del anterior porque no tiene motivos para sacarse. Se saca solo. Lo saca la mujer. Lo saca el hijo que no para de preguntar boludeces, a imágen y semejanza de su progenitor, lo saca el amigo avispagiles que lo acompaña para que no le metan el perro, lo saca estar vivo en general. Como las tres neuronas con las que vino de fábrica le hacen falso contacto, el señor no puede aunque quiera, decodificar la situación. Entonces monta en cólera y le echa la culpa de todo al gobierno, las instituciones, su mala suerte, el día de tormenta, la empleada que tiene en frente, nuestros compañeros que miran azorados y lo apretados que le quedan los calzoncillos que le regaló la madre para Navidad. Con los huevos de moño, por favor visualizar dos huevos pidiendo auxilio, el nabo incendiado gritará para quedarse afónico (lo cual no deja de ser una ventaja) argumentando una sarta de pavadas que no tienen nada que ver con la situación real. Si el papel que una le está entregando es blanco, se queja porque debería ser verde (porque hoy es San Patricio y la empresa debería tenerlo en cuenta dada su ascendencia irlandesa), si el documento de identidad que presentan para hacer el trámite es una pieza de museo ilegible amenazará con traer al MI 6 para que prueben que él es el y no James Bond (cosa de la que ya nos habíamos percatado por su exuberante barriga, la falta de tres piezas dentales y la gorrita de YPF que se calzó hasta las orejas). Como no entiende pregunta, pero como tampoco entiende la respuesta se encula y se hace el malo. Las esposas suelen sacudirlos del brazo avergonzadas para que paren de guasearse en público, o bien arengarlos disfrutando del cambalache que armaron y de nuestras caras de confuso pánico. Generalmente se los anula focalizando su atención en otros temas tales como la belleza de reloj que portan, la estupenda esposa con calzas atigradas que los acompañan o el “divinor” de la criaturita que concibieron por obra y gracia del Espíritu Santo (y de la Santa esposa que tuvo el estómago de revolcarse con ellos). El crío satinado de mocos verdes, que está dibujando muñequitos con sus fluídos corporales en el monitor de tu pc es lo más parecido a Chuky…pero es nuestro pasaporte a salir del evento ilesas. Dos o tres pellizcones en esos cachetes regordetes con olor a infección nasal y “prueba superada”.
El abogado, universitario, yuppie, doctorado, masterizado, explotado (que se las sabe todas, o eso cree)
Estos individuos flashean su título frente a nuestra narices para que entendamos que ellos son inmunes a todas nuestras sucias maniobras para complacerlos falsamente y ocultar el gran complot para joderlos que secretamente estamos armando. Eternos desconfiados, le buscan el pelo al huevo. Se calzan los anteojos para leer con parsimonia cualquier cosa que uno les ponga enfrente. Piden copia de todo y miran de reojo a todo el que se les acerque porque puede ser indicio de trampa (esto se debe a la sobreexposición a series americanas como “24” o pelis yanquis sobre teorías conspirativas o terroristas). Les suena el celular cada tres minutos, lo atienden despotricando órdenes y deambulando por la oficina como si fuera la propia. Es muy probable que pidan asistencia para pasar un fax o mandar un mail como si todas las secretarias fueran una extensión de la suya. Exigen, no piden. Entran sin ser convocados. Piden sin haber saludado, sólo un mísero “Soy El Dr. Fruncido”, se defienden sin haber sido atacados. Las orgullosas mujeres de estos enamorados de sus blackberrys y notebooks, suelen también padecer de manías de persecución y están convencidas de que las empleadas mueren por su pro-hombre. Es así que no pierden el tiempo y se enroscan a sus parejas susurrando en sus oídos vaya a saber qué, mientras los manosean y se les suben encima en el medio de la firma de documentación. Cuando el doctor logra liberarse del abrazo posesivo de su señora esposa, intentará firmar con el muñón entumecido y cara de pocos amigos. Ella, hará de cuenta que una es invisible (jamás hacen contacto visual), y si deben preguntar algo espetarán “preguntale a la chica cuándo va a estar listo nuestro trámite”. La chica es una, que aunque ya cuenta con cuatro décadas, agradece el piropo y se acomoda las tetas en el corpiño para poner a la señora loca como un plumero. Para cuando la rencilla pasó a terreno femenino, estos clientes explotados perdieron las ganas de librar una batalla en contra del enemigo oculto y se olvidaron porqué estaban enojados. Es tiempo de remover a la esposa del escritorio, que quiere demandar a la empleada porque se pinta los ojos mejor que ella y no tiene que pedir permiso para comprarse lo que se le ocurra (que para eso se la gana). La contienda acabará con la pareja matándose en el auto y la empleada inmune libre de culpa y cargo (bueno, una lo único que hizo fue flirtear una fracción de segundo con el señor, tampoco es para tanto).
El cliente que debería explotar pero se reprime porque en el fondo es bueno (o buenudo)
En este segmento encontramos a los mártires incapaces de levantar un dedo para objetar absolutamente nada. Señoras y señores dominados en todos los ámbitos, están acostumbrados a dejarse avasallar, con cara de vaca cansada, por gente que alza la voz o tiene mirada intimidante. Los mandan al último lugar de la fila del Banco en donde son clientes VIP, se aguantan que les roben el lugar en el estacionamiento, que le usen la taza del café en el trabajo, que la esposa se saque las ganas con el mejor amigo, que el del depto. B le afane el Clarín del domingo, que el hijo no saque a pasear al perro como había prometido, limpiar la mierda del perro que el hijo no sacó a pasear, que la mujer no le planche las camisas del laburo y que lo dejen en espera en el teléfono durante tres horas para luego decirle que han extraviado su trámite (que él prolijamente pagó en su totalidad de antemano). Son mansos, tienen cara de obispo, cuando uno les da una mala noticia miran para abajo y se frotan la naríz con desconcierto y rara vez se quejan o gritan. Es el tipo de gente que uno espera, por el bien de ellos, que larguen una puteada encarcelada detrás de los barrotes de las cuerdas vocales. Es el hombre que una sabe que quiere ahorcarnos con sus propias manos pero las leyes y el sentido común se lo impiden. Y es probablemente, el más capaz de comprarse una motosierra y descuartizar una docena de personas cuando logra sacarse de encima la voz de la conciencia.
Todos somos clientes, todo el tiempo. En el super, en la pizzería, en el Banco; así que sabemos lo que es estar del otro lado. Y sabemos qué categoría nos va como anillo al dedo. En mi caso particular, mi sueño es salir a decapitar vendedoras de boutiques de ropa femenina con mi serrucho para podar ligustrina. Es muy probable que lo haga, cuando sea una vieja fea como la Yiya Murano. Si la jubilación no alcanza y el geriátrico no me convence (porque la joda me sea insuficiente), terminaré mis días en el Penal de Mujeres recopilando historias de féminas asesinas, versiones conchuditas del odontólogo Barreda…