martes, 28 de octubre de 2008

Vanidades



El universo femenino de las revistas glamorosas para descerebradas


Recuerdo la primera vez que posé mis ojos sobre una publicación femenina. Lo recuerdo vívidamente porque buscaba yo en ese montón de papeles coloridos, la causa del soponcio de mi abuela “Minina”, que atragantada con un pedazo de manzana verde intentaba explicarle a mi hermana de doce años el significado de la palabra “orgasmo”. Era el comienzo de los años ochenta y las publicaciones femeninas comenzaban a plasmar por escrito, los secretos de la sexualidad femenina entreverados con la receta de la tarta de puerros y la famosa dieta Scarsdale.
De aquellas primeras revistas, donde las modelos tenían carne alrededor de los huesos, parecían personas y las recetas de cocina no tenían nombres retorcidos como “camastro de hojas verdes” o “volcán de chocolate suizo y moras recogidas por la abuela”; sólo permaneció el mismo paradigma: la idiotez de sus lectoras y más aún de sus editoras. Las primeras pecaron de boludez al creer que con unos magros pesos podían bajar de peso, aprender a cocinar, encontrarse el punto G mirando sus genitales en un espejo, enloquecer al sexo opuesto (o llevarse al chongo deseado puesto), hacer ese espléndido vestido en casa en media hora o maquillarse y peinarse igualitas a la modelo top del momento (y quedar así como la de la fotito de tapa). Las segundas pecaron de traición a su propio género, permitiendo que salieran a la venta pasquines berretas infestados de estupideces que, no sólo no le sirven a nadie; minaron las cabezas de sus lectoras con imágenes retocadas de mujeres irreales e inalcanzables que las más débiles e ingenuas no pudieron procesar inmolándose en una carrera hueca y sin fin para lograr una silueta perfecta de photoshop.
Una cuota de superficialidad no viene mal y mirar carteras lindas en un catálogo no es un pecado, al contrario, es un placer (sobretodo si la cartera está disponible en nuestro país y se puede pagar con un mínimo porcentaje del salario, cosa que casi nunca ocurre). Pero cuando la publicación se va de mambo y te explica con pelos y señales como practicarle un cunnilingus a tu compañerita del secundario o cuántos dedos es conveniente insertar en los esfínteres de tu partenaire sexual, estamos frente a un problema. Porque la persona que escribe estos consejos, probablemente sea la misma que inventa el horóscopo semanal y la que pega la receta de la terrina de vegetales que en su puta vida se le cruzó hacer.
No es que una sea una mojigata que piense que la vagina no debería nombrarse en una revista. Pero cuando la ves mezclada con la foto de una paella y los diez consejos para evitar que él se vaya con tu amiga, la cosa se pone grotesca, cuando no barata.
He visto mujeres enloquecer por revistas que te prometen la solución para la dispersión de tu hijo en el colegio y cómo elegir el mejor cirujano plástico para rellenarte los labios de botox o elegir la prótesis mamaria adecuada para encantarlo a EL. Y todo porque la revistita viene con un lindo espejito para la playa y dos sobrecitos de crema enjuague anti-frizz. Muchas también las consumen para ver qué trapos desterrar de sus guardarropas y cómo hacer (probablemente serruchar el presupuesto destinado a alimentos) para agenciarte esa cartera que cuesta lo mismo que un doble by pass en la Clínica Mayo. Te aleccionan sobre salud y cómo buscarte nódulos en las tetas, cuando la realidad es que la mejor forma es visitar al médico y dejar de tomar sol a lo Tutankamón; cosa que la revista te va a decir en forma contradictoria: te mostrará la última moda en bikinis con mujeres hiper bronceadas, te venderá el bronceador, el aceite para auto-freírte, el bloqueador solar y después vendrán los consejos para evitar el cáncer de piel (todo en las primeras cuatro páginas de la publicación).
Por supuesto, estas revistas gozan de la total ausencia de alimento para la croqueta (léase cerebro). Rara vez recomiendan un libro que no sea un novelón rosa de décima o el último disco de Madonna. Jamás un artículo sobre cultura, un ensayo filosófico, una columna para aprender algo que no sea redecorar el espejo del living pegándole los caracolitos recolectados en la playa el último verano o cómo fabricar una máscara facial descongestiva a base de pepinos.
Se supone que las lectoras de estas revistas no piensan, no escuchan música, no leen demasiado y se cuelgan con las fotos de los desfiles y los chismes del espectáculo. Y pensar que con el precio de dos o tres de ellas te podés comprar un regio libro que vas a tardar en leer tres o cuatro veces más que la revista (cuyas escasas letras se esfuman en una ida al baño, y si por mí fuera usaría de papel sanitario).
Ahora la gran pregunta: ¿Se publican ese tipo de revistas porque las mujeres no tienen otra cosa que leer o son todas estúpidas y los especialistas en marketing lo saben?. Quiero creer que nos subestiman. Que piensan que no nos da para más. Que si vemos la cartera de Hérmes que vale dos mil euros vamos a enloquecer de alegría pensando que algún día la tendremos. Que si nuestros novios no nos quieren vamos a salir corriendo a agregarnos tetas, a succionarnos caderas, a agrandarnos los labios, a teñirnos el pelo o limarnos el tabique nasal. Porque si hay algo que estas revistas proponen, es que seamos todas iguales. Flacas etéreas, rayando la anorexia, con cara de angustia (porque ahora ya nadie se ríe en las gráficas de moda), con cabellos sin Frizz (el gran problema de esta década…Dios no permita que se pare un pelo!), usando la misma ropa, los mismos zapatos, el mismo rubor y los mismos diez consejos en la cama. No hay espacio para la diversidad, para el placer de la carne (la carne con grasa en un plato que engorde y la carne con un poco de grasa en la cama), para lo distinto, para lo inusual, para lo que transgrede las normas o rompe el paradigma de la mujer objeto que tiene caca en la cabeza y la exhibe con orgullo.

Como esas mujeres que suben chochas al auto, con su cosecha de revistitas de verano para tirarse panza arriba, bajo el sol en la reposera. Una para ellas, una glamorosa, una que exuda vanidad, otra que se llama como ella y dos o tres de chimentos para leer un poco de actualidad. Así se enterarán que la última moda es arrasar con todo el vello púbico, que el pescado de mar tiene omega 3, que la rúcula con nueces es ideal para acompañar las carnes, que si su hijo no se queda quieto en la escuela se lo puede drogar con ritalina y santo remedio, que si a su pareja no se le para puede que se esté curtiendo otra mina, que este año se usa el violeta, que a él le gusta que le chupen el lóbulo de la oreja mientras le susurran obscenidades al oído, que para la familia lo mejor es llevar a la abuela al geriátrico y al perro al veterinario si se frota el ano en la alfombra persa, que Angelina Jolie está peleada con Brad y a los nativos de Escorpio se les viene la noche en materia legal.

Bueno, en realidad la revista no es cara en comparación con lo que hay que gastar para pertenecer, parecerse y convertirse en una mujer “comme il faut”.
Dios nos libre de romper el paradigma…

1 comentario:

Mhairi dijo...

Totalmente de acuerdo, Pau! Hace años que sostengo que no hay revistas "para leer". Con suerte vienen divididas en categorias (las de cocina, las de manualidades, las de moda, las de chimentos, las de...) pero no hay NINGUNA que te permita leer mientras vas en el cole/tren/subte.
No pido que te den una leccion de vida en dos paginas, pero por lo menos algo que puedas recordar 10' despues de cerrarla.