viernes, 17 de octubre de 2008

¡Qué bonita vecindad!



El anonimato de la ciudad vs. La popularidad del suburbio

La vida en una gran ciudad adolece de muchas hermosas cosas. El silencio. Las noches estrelladas. El canto de los pájaros. Los rojos del otoño y los verdes de la primavera. El olor a pasto recién cortado, las puestas de sol. Y la turra de tu vecina que no para de estudiar tus movimientos como un científico que toma notas para su tesis, sobre los hábitos intestinales de una cotorra recién inyectada con el virus de la gripe aviar.

Cuando vivía en Capital, recuerdo haber conocido a vecinos en los ascensores, sin haber intercambiado más que un “Hola” o un distante “Buenas noches”. No es que uno no supiera nada de ellos, porque si eran ruidosos y el departamento moderno y de paredes efímeras como una cartulina, una se enteraba de todo. Otra buena vía de comunicación son los departamentos que tienen sistemas de calefacción por aire caliente, por esas rendijas de aire pasan el aire y las voces. Así era como me enteraba de chica, que el del 4 “A” trataba a sus hijos de “engendros del demonio” y puteaba a su mujer con un léxico digno de un camionero beodo. Hacía razzias a las tres de la mañana obligando a sus hijos a ordenar la habitación al más puro estilo G.I. Joe. Sus alaridos me despertaban pero no me incomodaban para nada, al contrario, escucharlo era seguir una radionovela. Todas las noches un nuevo capítulo. El tipo era un guaso de marca mayor, la esposa gimoteaba como una magdalena y los hijos, a medida que fueron creciendo se le fueron animando. Creo recordar que alguna vez le hicieron frente y hasta hubo un par de corridas y puñetazos. Pero cuando nos encontrábamos frente a los ascensores, eran la familia Patridge. Perfectos, impecables, impolutos. Ni un pelo fuera de lugar. Parecían cinco muñequitos Playmobil. Derechitos, planchaditos, calladitos y super educadísimos.
Ya en mi primer departamento de casada, tuve acceso a canal porno. Bueno, porno-radio por llamarlo de alguna manera. La pareja que dormía (es un decir) encima mío, los del 2° “C”, se entregaban a maratónicas sesiones de sexo parlante (a veces aullante) haciendo uso del diccionario lunfardo completo con más los jadeos y suspiros propios de la situación. Como el departamento era relativamente nuevo, las paredes eran completamente huecas y con sólo apoyar un vaso y la oreja sobre el culo del mismo, uno podía enterarse de la conversación completa sin perder fidelidad en la transmisión de datos. Así es como supe qué le gustaba a ella, qué pedía él y cómo se llamaban el uno al otro antes de acabar…con el griterío. Lo mejor del caso era encontrarnos en los pasillos y ponerles cara a estos dos atletas del amor, con boca de guanacos. Dos criaturitas inofensivas, ella un metro cincuenta de pura fragilidad blanquecina y cara de carmelita descalza. El, un señor serio con cara de técnico radiológico; menudo, panzoncito, la pulcritud con patas. Nadie en su sano juicio hubiera imaginado que estos dos elementos podían proferir semejante sarta de palabrotas dignas de la más pesada hinchada futbolera.
Pero la realidad es que nadie sabía nada del otro. No podía sacarles la ficha porque no daba. Cada uno se encerraba en su madriguera y lo que pescaba era lo poco que lograba escuchar pared de por medio y sin esfuerzos. No recuerdo haber dedicado mis tardes a sacar un banquito al palier para ver a qué hora entraba fulanito o si menganito salía justo antes de que entrara pirulito. El único portador de la precisa era el Encargado, quien ha sido y será, el Master of the Game del chimento en un edificio.
Cuando tuve a mi hijo, me mudé a un departamento de paredes más finas aún, pero con vecinos bastante más discretos. No obstante, una noche, probando el Baby Call hice un descubrimiento que heló mis venas. El aparatito era regalo de una amiga, regalo medio al pedo porque la habitación del bebé quedaba a escasos cinco pasos de la mía (y el departamentito era un nicho japonés). Tuve que salir al lugar más alejado, la otra punta del balcón, para comprobar las bondades del mismo. Las bondades no vinieron de escuchar los llantos del bebé (que encima era un santo que jamás lloraba), vinieron de acercar el receptor a un cable (juro que de pura casualidad) e interceptar todas las llamadas telefónicas del edificio. Obviamente, un divertimento que duró poco ya que sin caras para unir a las voces, las conversaciones perdieron completamente su valor al punto de archivar el Baby Call para uso en la futura Mansión familiar que en un futuro adquiriríamos (cuando el bebé en cuestión cumpliera los diecinueve añitos).
Pero cuando uno sale a la calle en las ciudades, uno es un número. Una incógnita. Una equis. Nadie. Y eso tiene gran valor, sobretodo si logramos autoexcluirnos de las reuniones de consorcio y domiciliarnos lo más lejos posible del barrio de la suegra, madre etc...

En los suburbios la historia es bien diferente. Al más puro estilo norteamericano onda “Amas de casa desesperadas”, el día que yo bajaba mis canastos sobre el pasto (con los pelos parados, roñosa como un minero y empapada en transpiración); hicieron su aparición cual Arcángel Gabriel a la Virgen, dos señoras impecables como las Stepford Wives, a darme la bienvenida al barrio. Restregándome las manos sucias de tinta de diario en el culo de mis shorts y secándome el sudor de la frente con el antebrazo atiné a darles las gracias y un apretón, percatándome al instante que no sólo no me miraban a los ojos, estaban relojeando todo con la minuciosidad de un scanner Hewlett Packard.
Con el tiempo fui comprendiendo la dinámica de un barrio y le fui encontrando el sentido a la vieja frase “pueblo chico, infierno grande”. Se me acercaron dos o tres damas a las que no les alcanzo el tiempo que tarda la cafetera eléctrica en pasar medio litro de agua, para contarme todo sobre la loca de la esquina que chupa como una cuba y cuyo marido está en la lona porque se quedó con un vuelto cuando era gerente del Banco Provincia y lo echaron a patadas. O el del Subaru que vive a la vuelta, no solo es jugador compulsivo, lo suelen traer limado como una uña todos los viernes porque se toma hasta el agua de los floreros y aspira hasta el desodorante en polvo. O aquel carilindo que pasa en la pick up verde, que es drogón pero toca muy bien la guitarra. En una tarde me enteré de las miserias de cinco manzanas a la redonda. Hijos fumatas, padres cornudos, amas de casa con ataques de pánico, adolescentes chorros, abuelas promiscuas, tíos pajeros y hasta envenenadores de perros.
El chisme es el deporte nacional de un barrio o de una comunidad pueblerina acostumbrada a embolarse porque la vida es demasiado tranquila y para divertirse hay que hacer treinta kilómetros (y después volver en el estado en que uno generalmente está cuando vuelve=doblado). La gente es muy saludadora, solidaria y correcta; pero bajo esa mascarita de “dejá que te ayudo” se esconde un Cóndor trasandino que viene a hacerse un festival de carroña que luego desparramará entre sus más dilectas amistades. Cualquier comercio, la salida de la Misa dominical o la Plaza del pueblo son escenarios ideales para el intercambio de valiosa información que se propaga de boca en boca con la velocidad del agua que corre por una manguera, pero con la pérdida de información típica del teléfono descompuesto que todos alguna vez jugamos. Esa data se va suplantando por lo que el emisor crea haber escuchado y así es como la historia se sale de cauce tomando una dimensión gigantesca y muy diferente a la versión original. Es así como el pobre odontólogo que atendió de urgencia a la señora del Gol Gris termina teniendo una noche de ardorosa pasión con la madre de una compañerita de su hija (que después nos enteramos, era su propia hermana con dolor de muelas, que acaba de cambiar el Clio por un Gol).
El auto, otro estigma con el que hay que cargar cuando uno vive en un pueblo. El identificador de personas por excelencia, es en los pueblos un arma de doble filo. Por un lado es símbolo de status y poder, por el otro es ese cacharro que te delató cuando te apretabas, de zurda, al marido de García en el estacionamiento del autoservicio. Así te vayas a revolcar en los pastizales del campito del alemán que tiene cien hectáreas loteadas en venta. Siempre hay alguien con ojo rapaz que justo pasaba por ahí y vio el Fiat Blanco con los yuyos hasta la ventana y los vidrios empañados. Lo que tardes en dar una vuelta manzana completa es lo que tardará la gente en contarle a media docena de personas, lo mal que te quedó la tintura que te pegaste esa mañana y lo mucho que se te notan los cinco kilos que te pusiste encima en el invierno. Si le contaste al de la forrajería que se te murió el perro, para cuando llegues a la Panadería por lo menos tres personas te van a preguntar si es verdad que te envenenaron el perro y camino a la Farmacia tres más te preguntarán si tu marido liquido tu perro, cómo lo tomaste y si pensás darle una cucharada de Hortal en la sopa esa noche. Para el sábado, tu marido desaparecido (de viaje); estará muerto, envenenado y enterrado.
Todos saben todo. Será porque la gente camina con parsimonia y mira tu ropa colgada en la soga sacando cuentas de cuántas bombachas tenés colgadas, o se aprenden tus hábitos porque el perro desparrama la basura dejando tu intimidad consumidora al descubierto (y la del vecino cuyo gato juega con un forro texturizado que los perros le dejaron de regalo). Ni las aves cooperan con la intimidad de uno. Los chimangos destrozan las bolsas, pescando tampones y restos de comida donde los perros no alcanzan. Si llegás a las tres de la mañana los teros te delatan chillando como panelistas de Intrusos. Si estás en orsai, volviendo en puntitas de pie, una lechuza te seguirá con la más sarcástica mirada de desaprobación. Si te salvaste de los teros puede que te delate la liebre que pasa saltando al lado tuyo haciéndote pegar a vos, el alarido del siglo. También es muy probable que se arme la sinfónica de perros que van a ladrar desde la primera hasta la última cuadra del barrio (anunciando la novedad de boca en boca) apenas pongas una pata fuera del auto. Cuando estés por entrar en tu casa, voltearás la cabeza y te avivarás que una cortinita de la ventana de la casa de enfrente acaba de correrse a toda velocidad, signo inobjetable de que tu vecina, que no tiene un carajo que hacer, lleva un completísimo registro de tus idas y venidas.
Como si esto fuera poco, la vida social es muy activa ya que las parejas y las amas de casa suelen reunirse a cenar, a tomar el té o a jugar a las cartas. Es en esas reuniones donde no queda títere con cabeza y donde se tejen las telarañas de las historias que luego se contarán en el video club, la peluquería y el bicicletero. Nadie está exento, ni siquiera los chicos se salvan. Las maestras contarán los pormenores de los exámenes psicopedagógicos de sus alumnos, la Farmacéutica se hará rogar un poco pero a la larga vomitará el nombre de los cinco señores que compran Viagra todos los sábados, el dueño de la inmobiliaria delatará a la parejita que puso en venta la casa porque se separa y la esposa del médico dejará caer al pasar, el nombre del funcionario municipal con síndrome de colon irritable.
Están los que se quedan en la inacción y se conforman con diseminar chusmeríos baratos y están los más radicales que dan un paso más y enarbolan la bandera de la justicia barrial. Estos seres de mirada torva, labios finos y boca fruncida (en sintonía con el esfínter anal), dedican sus vidas a enderezar lo que está torcido (léase la vida de los otros). Como en la película que lleva el mismo nombre, y recomiendo, esta gente siente la convicción de que han sido llamados por Dios o el político de turno, para flagelar a sus semejantes en pos del bien común. Es por esto que vigilan, espían, escuchan, recuerdan, para luego objetar, criticar, censurar y hacerle la vida muy miserable a quienes no hagan las cosas como ellos quieren. Son los que se levantan tempranito a medir el tamaño de los caños de desagote de los lavarropas. Los que anotan quienes tienen la basura prolijita o la ligustrina bien podadita y el auto bien estacionadito paralelito a la acera. Son los que te tocan la puerta de casa un sábado de lluvia a las dos de la tarde para que les compres el bono barrial y de paso avisarte que tenés el árbol muy alto, o el cerco muy desmadrado o que tu perro algún día va a hacer caer a alguien de la bicicleta porque es negro y asusta (aunque el can sea el perro más pelotudo desde Scooby Doo y esté llenándole la cara de besos). Son las típicas personas que pretenden educar hijos ajenos reprendiendo a tres enanos de seis años que juegan a tirar piedritas al charco “que es mi charco porque está en la esquina de mi casa y me lo están tapando”. Les jode la velocidad pero son los primeros en poner la pata en el acelerador. Les jode el humo pero son los primeros en quemar parvas de hojas en un día de viento. Les jode el ladrido de tu perro como si el de ellos no tuviera cuerdas vocales. Básicamente les jode que el resto tenga una vida. Entonces tienen que destruir las vidas de los demás, para nivelar…para abajo.

Por eso, si estás pensando en mudarte al campo para conseguir un poco de paz y tranquilidad, tené en cuenta que el anonimato tiene valor. Que por cada una de arena viene una de cal. Que vas a vivir bajo el escrutinio de doscientos ojos que conocerán desde la marca de shampoo que usás hasta con quien curtiste el verano pasado. Eso sí, vas a tener el sauce, la puesta de sol, los teros, el coro de grillos, la liebre, los perros, la lechuza enjuiciadora y el olor a pasto recién cortadito…prolijito, prolijito.

3 comentarios:

Agostina dijo...

como que me metiste miedo!!! pienso en el campo y escucho la musiquita de Psicosis. Che!!! qué peli es la que decís que recomendás???

yo vivo en un "barrio", pero no conozco a quién vive en la casa de al lado. me pasó cuando iba a la facultad, de estar en el tren con unos amigos, y uno se desmayó. de entre la multitud de Retiro, apareció uno gritando "soy médico!" y lo atendió. el tordo, levanta la vista y me llama por mi nombre. yo, la peor de las paranóicas, paniqué. resulta que el tipo vive a dos casa s de la mía, desde hace casi 10 años.

además de paranoica, colgada!

Paula Ga dijo...

La peli es alemana y se llama "La vida de los otros". Si no me equivoco ganó el Oscar a la mejor peli extranjera hace dos o tres años.
Genial, lástima que el actor principal se murió hace poco (laburaba de diez!)

Mhairi dijo...

Uff, eso es tal cual! Mi vecina de adelante sabe vida y obra de todos los de la cuadra. No se como hace, ya que por miedo a que le salte una hormiga y la ahorque, no sale de atras de la ventana!
Cuando vivia en el sur, un pueblito de 5000 hab, en dos cuadras se agrandaba tanto la historia que al mismo protagonista le costaba darse cuenta de a quien se referian.
Y te falto agregar que en un edificio, el mejor lugar para escuchar peleas de los otros departamentos, es el baño. Si nos habremos clavado horas y horas en el baño para escuchar la ultima pelea marital de los del depto de la otra punta!!!
Uh! Y las fiestas que se mandaba una de mis vecinas con el marido... y con el novio...!!
Por eso hay que vivir en una ciudad no muy grande... asi se disfruta de un punto medio :D