domingo, 12 de octubre de 2008

Clientes


El cliente explotado

Hace varios años que trabajo en atención al público y no he tenido demasiados inconvenientes con este tipo de clientes, pero como soy una persona observadora, a lo largo del tiempo he podido separar la paja del heno clasificando a estos individuos de acuerdo a sus rasgos más particulares.
Quizás mis dos años de la carrera de Psicología me hayan dado las herramientas para pilotear algunas situaciones o será que parto de la premisa básica de cualquier negocio: “el cliente siempre tiene la razon” (aunque después una termine haciéndolo hacer lo que uno quiere). Aquí va el fruto de mi investigación completamente parcial y subjetiva.

El cliente explotado que tiene razón

Esta gente suele venir juntando orina desde tiempos inmemoriales. Ha sido paseada por el conmutador telefónico unas trescientas horas llegando al colmo de obtener millaje (si lo dieran a cambio de tiempo perdido en espera) para viajar ida y vuelta a Osaka con escala en Jacksonville y las Islas Canarias. El señor le ha contado el motivo de su llamado a la recepcionista, la contadora, la tesorera, la cajera, el vendedor, la administrativa comercial, el mecánico, el vigilante de la puerta, el sereno y hasta el perro vagabundo del predio. Con la lengua seca como una cacatúa, el susodicho comienza a generar saliva haciendo buches de aire porque no se anima a moverse del tubo para buscarse un vaso de agua (y con razón, porque es justamente en ese instante que se escucha un ríspido “hola, hola” seguido de un asesino “CLACK” que determina el final del derrotero telefónico). Vuelta a empezar. La segunda vez, puede que tenga más suerte y emboque, de casualidad, al Gerente o Director de la empresa que prometerán pasarle con el encargado de dar los turnos de taller. El problema radica en que el nexo entre la felicidad y él sigue siendo la telefonista que lo pone a dar vueltas otra vez en la calesita del conmutador rebotando de interno en interno al son del latido de una vena craneana que amenaza con estallar si la presión no baja de veinticinco.
Cuando por fin logra su cometido, el cliente está virtualmente explotado.

¿A qué llamamos cliente explotado?. Es aquel que es potencialmente peligroso si tiene permiso de portación de armas o un ejército de abogados con Cúneo Libarona al frente; es aquel que tiene una esposa que chilla como los monos tití de la selva y cuyos aullidos son altamente insalubres para el oído humano; o puede ser ese señor que pasó de ser Pedro el amigo de Heidi a Michael Douglas en “Un día de furia”.

Partamos de la base que el tipo tiene razón y la única salida razonable es pedirle disculpas; ofrecerle regalos y bonificaciones, darle un vasito de agua y pisarle un clonazempam de 1 mg. con la cucharita disolviendo el polvito en el líquido sin que se percate de la maniobra de apaciguamiento químico.
Generalmente estos señores suelen presentarse en un tono rojo vivo, con las venas del cuello y las sienes en peligroso relieve y, cuando vociferan, tienden a escupir el exceso de salivación en nuestras caras (por eso es aconsejable atenderlos escritorio de por medio munidas de un buen paraguas argumentando una gotera monumental).
Si una logra empatizar con las desgracias del pobre Santo, terminará haciendo lo posible por ayudarlo, cosa que será bien recibida por el hombre (si todavía no ha perdido la capacidad de escuchar), o bien habrá que huir, porque “soldado que huye sirve para otra guerra”. Pero, me atrevo a decir que esta gente suele apreciar la ayuda y conformarse si recibe un trato humano y empático (lo que no quiere decir que una esté a salvo, simplemente ha comprado un poco de tiempo).
Pero hay empleados de atención al público que eligen el camino de la disputa, y suelen engranar para mimetizarse con el perro rabioso que tienen en frente convirtiéndose en la versión humana de Godzilla. Error!. En estos casos, el cliente explotado explotará (literalmente) y proferirá términos soeces mientras trata de arrastrar a la empleada de las mechas para prenderle fuego en el estacionamiento. Mientras varias personas luchan por arrancarle la señorita de entre las garras, es muy probable que la señorita patalee y putee como una marrana para luego llorar desconsoladamente explicando lo injusto de la situación que ella misma propició intentando apagar un incendio con kerosene.

El boludo ancestral explotado

Este difiere del anterior porque no tiene motivos para sacarse. Se saca solo. Lo saca la mujer. Lo saca el hijo que no para de preguntar boludeces, a imágen y semejanza de su progenitor, lo saca el amigo avispagiles que lo acompaña para que no le metan el perro, lo saca estar vivo en general.
Como las tres neuronas con las que vino de fábrica le hacen falso contacto, el señor no puede aunque quiera, decodificar la situación. Entonces monta en cólera y le echa la culpa de todo al gobierno, las instituciones, su mala suerte, el día de tormenta, la empleada que tiene en frente, nuestros compañeros que miran azorados y lo apretados que le quedan los calzoncillos que le regaló la madre para Navidad. Con los huevos de moño, por favor visualizar dos huevos pidiendo auxilio, el nabo incendiado gritará para quedarse afónico (lo cual no deja de ser una ventaja) argumentando una sarta de pavadas que no tienen nada que ver con la situación real. Si el papel que una le está entregando es blanco, se queja porque debería ser verde (porque hoy es San Patricio y la empresa debería tenerlo en cuenta dada su ascendencia irlandesa), si el documento de identidad que presentan para hacer el trámite es una pieza de museo ilegible amenazará con traer al MI 6 para que prueben que él es el y no James Bond (cosa de la que ya nos habíamos percatado por su exuberante barriga, la falta de tres piezas dentales y la gorrita de YPF que se calzó hasta las orejas). Como no entiende pregunta, pero como tampoco entiende la respuesta se encula y se hace el malo. Las esposas suelen sacudirlos del brazo avergonzadas para que paren de guasearse en público, o bien arengarlos disfrutando del cambalache que armaron y de nuestras caras de confuso pánico.
Generalmente se los anula focalizando su atención en otros temas tales como la belleza de reloj que portan, la estupenda esposa con calzas atigradas que los acompañan o el “divinor” de la criaturita que concibieron por obra y gracia del Espíritu Santo (y de la Santa esposa que tuvo el estómago de revolcarse con ellos). El crío satinado de mocos verdes, que está dibujando muñequitos con sus fluídos corporales en el monitor de tu pc es lo más parecido a Chuky…pero es nuestro pasaporte a salir del evento ilesas. Dos o tres pellizcones en esos cachetes regordetes con olor a infección nasal y “prueba superada”.

El abogado, universitario, yuppie, doctorado, masterizado, explotado (que se las sabe todas, o eso cree)

Estos individuos flashean su título frente a nuestra narices para que entendamos que ellos son inmunes a todas nuestras sucias maniobras para complacerlos falsamente y ocultar el gran complot para joderlos que secretamente estamos armando. Eternos desconfiados, le buscan el pelo al huevo. Se calzan los anteojos para leer con parsimonia cualquier cosa que uno les ponga enfrente. Piden copia de todo y miran de reojo a todo el que se les acerque porque puede ser indicio de trampa (esto se debe a la sobreexposición a series americanas como “24” o pelis yanquis sobre teorías conspirativas o terroristas). Les suena el celular cada tres minutos, lo atienden despotricando órdenes y deambulando por la oficina como si fuera la propia. Es muy probable que pidan asistencia para pasar un fax o mandar un mail como si todas las secretarias fueran una extensión de la suya. Exigen, no piden. Entran sin ser convocados. Piden sin haber saludado, sólo un mísero “Soy El Dr. Fruncido”, se defienden sin haber sido atacados. Las orgullosas mujeres de estos enamorados de sus blackberrys y notebooks, suelen también padecer de manías de persecución y están convencidas de que las empleadas mueren por su pro-hombre. Es así que no pierden el tiempo y se enroscan a sus parejas susurrando en sus oídos vaya a saber qué, mientras los manosean y se les suben encima en el medio de la firma de documentación. Cuando el doctor logra liberarse del abrazo posesivo de su señora esposa, intentará firmar con el muñón entumecido y cara de pocos amigos. Ella, hará de cuenta que una es invisible (jamás hacen contacto visual), y si deben preguntar algo espetarán “preguntale a la chica cuándo va a estar listo nuestro trámite”. La chica es una, que aunque ya cuenta con cuatro décadas, agradece el piropo y se acomoda las tetas en el corpiño para poner a la señora loca como un plumero. Para cuando la rencilla pasó a terreno femenino, estos clientes explotados perdieron las ganas de librar una batalla en contra del enemigo oculto y se olvidaron porqué estaban enojados. Es tiempo de remover a la esposa del escritorio, que quiere demandar a la empleada porque se pinta los ojos mejor que ella y no tiene que pedir permiso para comprarse lo que se le ocurra (que para eso se la gana).
La contienda acabará con la pareja matándose en el auto y la empleada inmune libre de culpa y cargo (bueno, una lo único que hizo fue flirtear una fracción de segundo con el señor, tampoco es para tanto).

El cliente que debería explotar pero se reprime porque en el fondo es bueno (o buenudo)

En este segmento encontramos a los mártires incapaces de levantar un dedo para objetar absolutamente nada. Señoras y señores dominados en todos los ámbitos, están acostumbrados a dejarse avasallar, con cara de vaca cansada, por gente que alza la voz o tiene mirada intimidante. Los mandan al último lugar de la fila del Banco en donde son clientes VIP, se aguantan que les roben el lugar en el estacionamiento, que le usen la taza del café en el trabajo, que la esposa se saque las ganas con el mejor amigo, que el del depto. B le afane el Clarín del domingo, que el hijo no saque a pasear al perro como había prometido, limpiar la mierda del perro que el hijo no sacó a pasear, que la mujer no le planche las camisas del laburo y que lo dejen en espera en el teléfono durante tres horas para luego decirle que han extraviado su trámite (que él prolijamente pagó en su totalidad de antemano). Son mansos, tienen cara de obispo, cuando uno les da una mala noticia miran para abajo y se frotan la naríz con desconcierto y rara vez se quejan o gritan. Es el tipo de gente que uno espera, por el bien de ellos, que larguen una puteada encarcelada detrás de los barrotes de las cuerdas vocales. Es el hombre que una sabe que quiere ahorcarnos con sus propias manos pero las leyes y el sentido común se lo impiden. Y es probablemente, el más capaz de comprarse una motosierra y descuartizar una docena de personas cuando logra sacarse de encima la voz de la conciencia.

Todos somos clientes, todo el tiempo. En el super, en la pizzería, en el Banco; así que sabemos lo que es estar del otro lado. Y sabemos qué categoría nos va como anillo al dedo. En mi caso particular, mi sueño es salir a decapitar vendedoras de boutiques de ropa femenina con mi serrucho para podar ligustrina. Es muy probable que lo haga, cuando sea una vieja fea como la Yiya Murano. Si la jubilación no alcanza y el geriátrico no me convence (porque la joda me sea insuficiente), terminaré mis días en el Penal de Mujeres recopilando historias de féminas asesinas, versiones conchuditas del odontólogo Barreda…

1 comentario:

Agos dijo...

odddddddio las maquinitas que te atienden cuando llamás a hacer una consulta o un reclamo y te pasean por 1001 internos. cuán dificil es que te atienda una maldito ser humano???!!!