martes, 18 de noviembre de 2008

Sadismo odontológico


Mi dentista es la reencarnación del Marqués de Sade (pero con tecnología del siglo XXI)

No puedo creer que los avances científicos y tecnológicos de los últimos cincuenta años no hayan contribuido, aunque sea un poquito, a alivianar las molestias que nos causan los Odontólogos cuando se ocupan de nuestra salud dental. Estoy convencida de que se deben haber inventado infinidad de medicamentos y tratamientos para curar sin dolor; el tema es que estos profesionales de la tortura no los utilizan porque además de dentistas son sádicos meticulosos que disfrutan con el dolor ajeno.
Desde la sala de espera donde nunca hay nada bueno para leer que nos distraiga del ruido de la turbina y los ahogados quejidos del paciente que nos precede, hasta la cara de pocos amigos de la asistente; todo el entorno contribuye para que uno desee le crezcan alas y así salir volando por la ventana del consultorio ante la primera de cambio.
Mientras nos debatimos entre salir arando o instalarnos estoicamente a aguantar la que se viene, tratamos de desfocalizar concentrándonos en la horrorosa música ambiental que, lejos de relajarnos nos pone los pelos de punta. ¿A qué cerebro retorcido se le ocurre musicalizar un consultorio con bandas sonoras de películas?. ¿A quién se le pasa por la cabeza hacer un compilado de música de películas de terror para musicalizar cualquier ambiente?. A un sádico, evidentemente.
Al compás de los violines de “Psicosis”, repasarás con la lengua el agujero que te hace ver las estrellas con un mísero sorbo de café caliente y te convencerás de que el mejor remedio para tu tortura es dejarte decapitar por un personaje de Alfred Hitchcock. En estado de cagazo pre-obturación harás buches con tu propia saliva para verificar la necesidad de la consulta arribando a la conclusión de que el remedio es peor que la enfermedad. Con la mano sudorosa en el picaporte, al borde de la huída más cobarde de tu historia escucharás la voz del Dr. Mengele pronunciando tu apellido con placer, anticipando el deleite que le proporcionará tu cara de óbito (tu deceso es inminente y se producirá a causa del más puro terror).
El paciente despachado te robará el monopolio del picaporte y antes de que quieras darte cuenta estarás encandilado por la lámpara de interrogatorios de la CIA, postrado y encadenado a un babero en el sillón del manager de las pesadillas de tu noche anterior.
Antes de que puedas explicar el motivo de la consulta, el Doctor Muerte te encajará el gancho de la aspiradora en el labio inferior mientras te destraba la mordida nerviosa con un espejito, entrando en cada doloroso bache con lo más parecido a una mini guadaña (la misma que usa la Parca, pariente cercano de estos sujetos). No contento con esto, una vez detectado el cráter infernal, te sopleteará el mismo con agua y aire haciéndote dar vueltas los ojos para atrás ya que el dolor es directamente proporcional a la cantidad de estrellas y pajaritos que estás viendo en la cara posterior de tu cráneo (y en cinemascope). El que ahora pasaremos a llamar “torturador profesional”, inmerso en la más pura dicha te informa que ha encontrado la madre de todos tus males.
Sin esperar tu consentimiento, se asegurará de que no puedas protestar llenándote el buche de cilindros de algodón, mientras carga una jeringa parecida a una 9 mm. semiautomática cromada. Las rodillas, que ya empiezan a flaquear y el pulso que comienza a acelerarse son la evidencia más tangible de que todo tu sistema se prepara para la defensa. Con los músculos agarrotados como una estatua de mármol y la boca llena (cual hamster sobrealimentado) de fibra balbucearás un tímido: “¿me va a doler?”. La respuesta es siempre negativa y es entregada con una sonrisa incisiva como el diente que te están por taponar. El torturador te rociará la encía con un líquido que te asegura, te protegerá del dolor del pinchazo inicial. Reverenda mentira repetida hasta el cansancio, supongo se debe a que estos castigadores gozan con la sorpresa del incauto, que les cree a priori, y se relaja esperando una leve brisa y no la onda expansiva de un dolor punzante que lo va a dejar contracturado por cuarenta y ocho horas.
Esperando el choque del misil contra tu quijada entumecida, con los ojos y los cantos del culo bien apretados para no dejar espacio vulnerable a futuros ataques, te disponés a abrir la boca unos 0.005 milímetros encomendándote al Santo patrono de los mártires y víctimas de delitos aberrantes. Como la aguja no pasa por el intersticio infranqueable que le habilitaste al matasanos, serás invitado a abrir la boca a martillazos limpios, de espejito que el Doctor te propinará sobre las paletas. Si no logra su cometido, es muy probable que haga palanca con la misma herramienta o la mini guadaña (el tipo está cansado de que le muerdan los dedos, así que honra la famosa frase “el que se quema con leche llora cuando ve la vaca” y no mete un garfio ni que lo maten).
Una vez vencida la oposición, el Doctor introducirá toda una batería de instrumentos para impedir que vuelvas a cerrar la mandíbula (al menos durante los próximos quince días).
Con cara de médico forense despelechando un cadáver (y la lengüita levemente afuera para asegurarse la puntería), introducirá el elemento punzante en la encía que cruje como salchicha alemana pinchada por un tenedor. El dolor te hace saltar las lágrimas y un par de puteadas se escapan de tu boca, aunque inentendibles por efecto de la boca dormida y llena de objetos. Cuando parece que lo peor ha pasado, serás sorprendido nuevamente por el paso del líquido empujado a través de la carne; un dolor similar a la descarga eléctrica obtenida al morder el cable del velador enchufado, descalzo y parado sobre un charco de agua.
El Doctor entonces, procederá a esperar el tiempo que él considere, tardará el químico en dormir la zona (que nunca coincide con el tiempo real, pero el tipo tiene la sala de espera llena y vos sos una persona aguantadora…te asegurará con la sonrisa de Hannibal Lecter). Entonces pelará su arma secreta, el torno ultrasónico, hipersilencioso que acabará con todas tus algias (y tus ganas de volver a pasar por una experiencia similar). Te pedirá que levantes la mano ante la primer señal de molestia, aunque no se tomará la molestia de cejar en su esfuerzo de tallar el diente…”ya que estamos muy próximos a terminar, aguantá un poquito más”. Con ganas de invertir mil pesos en un asesino a sueldo que lo liquide esa misma noche, y haciendo aspavientos con ambos brazos para que el tipo pare de buscar petróleo dentro de tu boca, te ahogarás con tu propia saliva y el agua que chorrea el maldito instrumento. Ni al borde de la asfixia serás eximido de su grotesco salvajismo. El tipo va a terminar cuando a él se le ocurra y encima te acusará de “flojito” riendo como una hiena maldita.
Con el nervio de la muela casi al descubierto y el hemisferio cerebral que se dedica a registrar el dolor, en guerra, preguntarás por cada herramienta o medicamento que el torturador te acerque a la boca. Te pedirán que hagas un buche, solo para comprobar que no podés retener el agua que caerá cual catarata sobre el babero, tu ropa (y si estás muy recostado podrás lavarte el pabellón auricular con los restos de baba). Luego te taparán el orificio con una mezcla que huele horrible y sabe a shampoo pediculicida.
Dormido e imposibilitado de abrir los ojos por efecto de la lámpara que te perfora las córneas, relajado porque la anestesia comenzó a hacer efecto justo cuando el dentista termina su labor; serás invitado a irte (ahora quecomenzabas a disfrutar del viaje medicamentoso).
Demás está decir que dolerán más los honorarios del profesional del dolor que el dolor en sí. Lo que te convierte en un masoquista que paga por dejarse infringir dolor voluntariamente. Y lo que es peor aún, seguirás consumiendo cantidades industriales de azúcar para asegurarte el regreso a la Cámara del Sufrimiento.

Si algún día pudieran arrebatarle el torno al Odontólogo…¿dónde obturarían?.

Yo lo tengo clarísimo. Mwahahahahahahaha!

2 comentarios:

Agostina dijo...

jajajajajajajaja!!! me meo!!! cuánta verdad toda junta!!! yo hoy fui al dentista. voy a implante de cabeza. me quiero matar en 5 tiempos.

justo este fin de semana hablabamos de los dentistas con mi hermano. posta que deben tener una veta sádica. quién, en su sano juicio, elige ser dentista???!!!

Mhairi dijo...

Es simple! Dentista es el que cuando chico sufrio mucho y quiere vengarse!!!
Yo tengo que ir al dentista, pero luego de ver esto sigo pensando en NO ir. Si bien soy dura para el dolor, el hecho de estar en pose tan poco galante y sin poder ver lo que me estan haciendo, no me causa mucha gracia... pero necesito mi mordillo...

que dualidad!!!