miércoles, 12 de noviembre de 2008

La rebelión de las máquinas

DE MOTORES, ELECTRODOMÉSTICOS Y AFINES

No es hasta que a uno le cortan el servicio eléctrico, se le queda el auto en la ruta o la cafetera eléctrica dice “BASTA”; que cae en la cuenta de que nuestras vidas están en manos de cacharros a pila/ corriente alterna o a combustible/kerosene/gasoil, etc.
Es muy común que cuando la odiosa compañía de suministro eléctrico decide bajar la tecla y mandarnos de una soberana patada al siglo XVIII; nuestras psiquis se bloquean como las de los pacientes psiquiátricos que acaban de recibir un electroshock (bueno, a lo mejor un shock químico porque estamos sin luz). Nos descubrimos deambulando por la casa, babeando en pyjama sin saber cómo hacer para calentar una taza de café o entablar una conversación que no tenga a la tele como tercer interlocutor. ¿Cómo se hacía café antes de la cafetera eléctrica?. ¿Cómo se escribía una carta antes del Word?. ¿Cómo se hacían amistades antes del Messenger?. ¿Cómo se lavaba la ropa sin el adorado Whirlpool?. Nadie lo sabe, y los pocos que tienen registro de esa época están al borde de la extinción o ya no se acuerdan, porque han sido alcanzados por el Dr. Alzheimer. Creo que tendríamos que escribir un libro con instrucciones para dejar a las nuevas generaciones, en caso de que los transformadores eléctricos dejen de funcionar o se acaben los combustibles para siempre. ¿Y si ocurre un holocausto y no podemos poner un capítulo de la Familia Ingalls para saber cómo Charles convierte semillas en una planta que después se pisa y larga harina con la que Caroline hace pan?. Habría que implementar en los colegios, clases del siglo anterior a la energía eléctrica, para que la gente aprenda a sobrevivir sin aparatos que se enchufan. Como escribir, como archivar sin apretar un botón, cómo hervir un huevo con cáscara adentro de un cacharro sobre un fueguito hecho a lo “Expedición Robinson”. En fin, clases de supervivencia.
El tema está en que no todos los aparatos tienen el mismo ranking de fama y generan la misma desesperación cuando fenecen ante nuestra incrédula mirada. Hay algunos que hemos de extrañar, otros que salimos corriendo a reemplazar y algunos que estamos deseando exploten ante la próxima zarpada de tensión de la compañía eléctrica.

El ranking de nuestros cacharros más y menos preciados

La heladera

Es indispensable. Se puede reemplazar por la de playa con una bolsa de cubitos de hielo diaria. Quizás hasta sea más barato, pero no hay como una heladera llena de cerveza helada en verano y un freezer lleno de comida elaborada para mantener la panza llena y el corazón contento. Convengamos que en el top ten de electrodomésticos, la heladera se lleva la cucarda de oro.

El lavarropas

Este guacho logra que se te escapen un par de lagrimones cuando el técnico te mira con cara funesta, meneando la cabeza de lado a lado para informarte que el bienamado aparatito ha pasado a mejor vida. Si pudieras cagarlo a patadas lo harías pero la pena te domina, así que terminás puteando al técnico que no quiso salvarle la vida. Recordarás aquellos gratos momentos en los que te sentabas a mirar la ropa de color por el ojo de buey del otrora impoluto mamotreto cromado con teclas que parecían ojos enamorados. Si le habrás zampado besos en la chapa caliente cuando amenazaba con pegarse unas vueltas por el lavadero porque estaba mal balanceado y parecía que se descuajeringaba dejándote la carga entera sin centrifugar. Ese que te dio tantas alegrías, amenazando con fundirse cuando le embutiste el cortinado del living y dos acolchados, a pesar de que el manual de instrucciones decía expresamente que no se podía sobrepasar los cinco kilos, pero que te devolvía las cortinas (chorreando pero limpitas). Ese que se aguantó las monedas, las tiras de los corpiños, los papeles de caramelos…cuando no un par de juguetitos de los huevos Kinder. Ese al que nunca le limpiaste el filtro hasta que ya fue demasiado tarde y se ahogó en sus propias pelusas enjabonadas. Ese es el que no podés dejar de reemplazar cuando tira la toalla y se planta en un estrepitoso knock out técnico. Así que el amor dura lo que dura el viaje a la Tienda de electrodomésticos más cercana (si el bolsillo te lo permite), donde volverás a enamorarte de una máquina mejor, con más botones, un tambor cromado y reluciente como un espejo, más lucecitas para mirarlo a los ojos y le susurrarás a la recámara del enjuague “Te amo”.

El microondas

Convengamos en que todo el mundo lo usa para calentar y recalentar. A lo sumo, cocinar una rodaja de zapallo o hervir una hamburguesa que queda mustia como una alpargata gris. Algunos meten una salchicha para verla explotar, otros quieren meter al hámster para ver qué pasa y otros meten un huevo con cáscara o un plato con borde metálico para descubrir que el huevo enchastra la puerta y el metal le saca chispas. ¿Se puede sobrevivir sin micro?. No, es indispensable para calentar. Porque ya nadie se acuerda como calentar sin él. ¿Cómo se llamaba eso…baño maría?. Nadie conserva los jarritos para calentar sobre la llama de la vieja cocina a gas. Pero tampoco es que uno se muere si no lo tiene. No va corriendo a reemplazarlo. Lo más probable es que esperemos a ganarnos uno con los puntos de la tarjeta de crédito o en la rifa de Navidad de la Carnicería. Pero no desfalleceremos sin él.

La televisión

Este sí es el oxígeno que alimenta nuestras almas. Sin él no somos nada. Lo prendemos apenas nos levantamos y lo apagamos con el último suspiro antes de dormirnos. Si amenaza con capotar somos capaces de prenderle una vela a un Santo, hacer una promesa a la Vírgen más regalona, improvisar una macumba a su alrededor, frotarlo con ajo y hasta darle caricias en el panel de los controles. Si la máquina infernal decide ponerle fin a su electrónica existencia es muy probable que nos troquelemos las venas con el mismo sacacorchos con que abriremos la botella que usaremos para emborracharnos de pura tristeza. Putearemos en todos los idiomas conocidos y cuatro lenguas muertas, encomendaremos nuestras almas al diablo mientras nos acordamos que hoy comenzaba la temporadaza nueva de nuestra serie predilecta. Y terminaremos endeudándonos por los próximos cinco años para reemplazarla.

La plancha

Elemento poco querido si los hay, este electrodoméstico no será despedido con honores el día que su resistencia pierda la batalla contra los salvajes embates del amperaje. Nadie se va a calentar si ella ya no calienta como antes. Será depositada en el fondo de un placard junto con una bolsa de naftalina, una lata de cera Suiza, doscientas bolsas de supermercado hechas bollitos, un pomo de lustrametales seco y dos cajas de veneno para hormigas vencido. Puede que en la próxima mudanza alguien la descubra y la revolee al tacho de basura más cercano. Demás está decir que no será reemplazada de inmediato ya que la dueña de casa preferirá estirar la ropa doblándola prolijamente con la mano y sentándose encima para terminar de alisarla bajo el calor de su propio culo.

La cafetera eléctrica

Esta no es indispensable pero cuando se caga te jode la vida. Porque descubrís que no tenés filtros de papel, que no sabes dónde carajo metiste el embudo para los filtros (al que no ves desde la última mudanza en el año 1996) y porque sabés positivamente que naciste con el gen que reza “romperás compulsivamente las jarras de vidrio para café”. Así que como jarra no tenés, saldrás a comprar eso, y el embudo, y los filtros,…obvio que vas a comprar otra cafetera con cable y botoncitos. Tres en uno. Voilá!.

La computadora

En este milenio, si se te rompe la compu estás en el horno. Dios no lo permita. Te quedás de un saque sin amigos, sin enciclopedia, sin tu dosis diaria de piratería, sin noticias, sin recetas de cocina, sin Google earth, sin correo, sin pagar las cuentas (porque ahora ni los cajeros automáticos de los bancos te dejan hacer transacciones), sin música para el mp3, sin juegos en red, sin chat, sin foros, sin información sobre los hábitos alimentarios de la suricata (que tu hijo debe investigar para el colegio), sin información bancaria; ciega, sorda y muda. Claro que se soluciona con un Cyber, pero no es lo mismo pelotudear en camisón chateando con seis desconocidos en el living de tu casa que ante la mirada inquisidora de la caterva de mocosos que mueren por ver lo que estás haciendo mientras te tragás la risa de lujuria.

La impresora y la fotocopiadora en el trabajo

Máquinas infernales si las hay, ambas te pueden complicar la existencia y sacarte de quicio al punto tal de descubrirte dándole patadas a un bodoque de plástico cuyo display te sonríe mientras te muestra la leyenda “J3 atasco de papel”, aunque en realidad, en idioma electrodoméstico quiere decir “te jodí tres veces y me tragué el papel”. Lo más probable es que le abras las veinticuatro compuertas en busca del pedazo de papel que la muy turra se tragó mientras te quemás con el cilindro y quedás como Whoopi Goldberg por culpa de la nube de toner, que se diseminó como la de Chernobyl, cuando removiste el tanque. La impresora, como es alemana, te habla en alemán. Así que no entendés ni por puta lo que la desgraciada tiene. Es como un bebé al que le revisaste los pañales, le diste de comer y le sacaste los gases pero sigue llorando como un marrano. A esta le miraste la bandeja 1 y te aseguraste de que tiene papel, hiciste lo propio con la bandeja 2, le cancelaste los trabajos previos, la reiniciaste y la hija de su madre te sigue insultando en perfecto alemán “ich bin kaput”. Si sos normal te sentaras a llamar al técnico, si te agarran con la mecha corta es muy probable que le asestes una docena de golpes con la abrochadora o el cesto de papeles. Cuestión que ambas máquinas decidieron joderte la vida rebelándose y lo consiguieron.

El auto

El auto es una caja de Pandora. Un día está bien y al día siguiente está en coma farmacológico porque el boludo de la estación de servicio le cargó nafta y es gasolero. Cuando no se le prende la luz del aceite, se te acaba el agua del sapo o se te empasta la bujía o se te ensucia el carburador o simplemente se te planta porque se declara en paro y a joderse. Este cuesta reponerlo así que lo tratarás con cariño buscando el mecánico que opere el milagro por dos mangos con cincuenta (que es lo que te queda para llegar a fin de mes). Así que comerás arroz con manteca o le venderás un riñón al traficante de órganos más cercano para reemplazarle la batería o cambiar la correa de distribución.

Máquinas, cacharros, robots domésticos que nos tienen de rehenes desde que los sacamos de sus hermosas cajas y aplastamos con orgullo el papel envoltorio con globitos que los contenían; porqué no se van todos un poquito a la mierda?

1 comentario:

Agostina dijo...

totalmente cierto. sin luz, soy una ameba. no sé qué hacer. no tengo tv, no puedo escuchar música, no puedo entrar a internet, no me puedo hacer un café, no puedo hacer trabajo práctico de literatura sin el pc, no puedo vivirrrrrrr!!!!!

es horrible darse cuenta lo inútil que es uno sin luz.