domingo, 3 de enero de 2010

PRUEBA SUPERADA

Sobreviviendo a las Fiestas de Fin de Año

Si uno tuviera que resumir la vorágine de las Fiestas en un cortometraje de…digamos…unos tres minutos, el mismo sería una especie de peli chaplinesca proyectada a una velocidad dos o tres veces superior a la real. La música, bueno, la música sería una ensalada parecida a los restos de la ensalada de frutas que todavía sobrevive hecha un caldo putrefacto en la heladera. Cada momento tuvo su música, cada imagen un sonido que quedó plasmado para siempre en un rincón de esa neurona que atestiguará para siempre (o hasta que un accidente cerebrovascular se encargue de erradicarlo con una mini hemorragia), los excesos, las risas, los nervios y la locura de esos días mezcla de sidra, lechón, mayonesa y pólvora.

Así como se acomodan los recuerdos, desordenados, en mi cabeza; es como voy a describir las escenas de este cortometraje:


Momento “supermercado chino” (música heavy metal a full).


Las filas de las cajas llegan hasta el fondo. Hay olor a fruta fresca mezclada con sangre de vaca y perfume francés. Quiero comprarme una motosierra y no es precisamente para podar plantas. Mientras arrastro el chango desmadrado (cuyas ruedas giran locas), pienso en la masacre que cometería si tuviera un arma. Imagino la sangre a lo Quentin Tarantino y la imagen me provoca satisfacción y calma. Aprieto melones, huelo ananás y agujereo la bolsa de pan caliente para que no se transforme en chicle. Una “argolluda” (por los aros *wink*) me incrusta el chango en el coxis. Mi hijo me resopla en la nuca. La china me pregunta con qué pago. Quiero que sea 2012 y los mayas tengan razón. Quiero un tsunami. Quiero un sushimi. Quiero irrrrrrrrrrme YA!.


Momento “mi abuela debería consumir, y yo también. Y la perra” (música chill-out).


Mi abuela está perdida. Pero no lo suficientemente perdida como para hacer preguntas incómodas disparadas a repetición como balas de metralleta. Le explico seis veces seguidas que mi vecina, la que huele bien y baila de putamadre, vive sola y es la madre de esos tres críos que le pasaron por delante. La inunda la compasión por esta situación, aún cuando yo (su nieta) viva en idéntica condición. Creo que se olvida de que deportamos al padre del “muchachote” que está sentado a su lado, que no es ni más ni menos que su bisnieto (dato que obviamente ha olvidado). Por enésima vez le explico que no puede subir las escaleras porque en Navidad se pegó el palo del siglo y no se quebró la cadera porque Dios todavía se apiada de mí. Maquillándome las pestañas me la encuentro en el baño de arriba. Todavía me dura la taquicardia. O se murió y su espíritu subió a despedirse, o la muy turra desobedeció mis órdenes. La toco para ver si todavía está calentita y la encamino con cuidado a la planta baja (le doy una filípica del quince, al pedo, porque se tapa las orejas y canta en franco gesto de desacato). Pienso en partirle el cráneo con la misma pala con la que haría el pozo en el fondo del jardín para darle cristiana sepultura junto a mi gata (a la que acabo de enterrar…luego de fenecer presa de un síncope cardíaco por la pirotecnia). Luego me fumaría un cañito y cantaría “Amazing grace”. Me acuerdo de sedar a la perra. Mi hijo le tira un pan mojado en droga para canes. No se lo come, la muy pelotuda. Le abro las fauces y mi hijo le asesta un chorro en la garganta. Para bajarlo, se morfa el pan. A los diez minutos comienza a temblar. Se le dan vuelta los ojos para atrás y cae redonda al pasto. Borracha, la depositamos en un sillón del living. Tiene pulso…todavía. Me pregunto si la vieja mejoraría con merca. Definitivamente, a mí me ayudaría a sobrellevar la presencia de ella y la de mi madre que acaba de caerse de culo en la zanja (bastón incluído).


Momento “es hora de parar, ya no tenés edad” (música de cumbia).


Empecé con cerveza (porque hacía calor), seguí con tinto (porque era de más de veinte mangos y tuve miedo de que se acabe), le dí al Fernet (para confirmar que no me gusta demasiado, me costó decidirme luego del tercer vaso), luego vino la Fangio XXI (Vino Frizze apodado así por una amiga, dado su color azulado), después le dí al champagne y por último a la sidra del pico. Mientras bailaba frenéticamente del brazo del suegro de mi hermana, me percaté que una pirueta del meneadito no salió como esperaba. Pará que estoy clavada como arquito de cricket en el barro. Mi sordo partenaire no comprende mi situación y tironea de mi brazo hasta que mi clavícula hace un “clack” indoloro gracias al consumo previo de alcohol. Sigo meneando las cachas. Sigo tomando del pico. Para cuando quiero acordarme son las tres de la mañana. Me duele la cabeza. Me lloran los pies. Me arden los ojos. Me pican las orejas por el peso de los aros. Me aprieta el pantalón. Me zumban los oídos. Me muevo en cámara lentísima. Quiero llegar a casa. Casa es al lado. Pero ahora parece un abismo. ¿Será que tengo a mi vieja colgando de un brazo y a mi abuela (con sus dientes en la mano) en el otro?


Momento “el día después” (música de zarzuela).


El almuerzo livianito. Milanesas, puré, helado, ensalada de frutas, pan dulce, turrón y generosas dosis de alcohol para asegurar una siesta a pesar de mi abuela.

A la noche una cena decente en algún restaurante. Me declaro en huelga con la cocina, hace dos días que estoy parada frente a la mesada pelando frutas, merezco un franco.

La cena se da lugar en la cantina del pueblo. Mi madre se debate entre ir al baño o aguantarse la vejiga llena por miedo a que el baño esté sucio. La imagino haciendo piruetas para no apoyar el culo en la tabla. Automáticamente estoy sin apetito. Lo recupero viendo pasar milanesas de queso. La abuela pide ravioles de calabaza. La pasta tiene forma de media luna, se la sirven en círculos concéntricos (como gajos de naranja en cadena). Mi hijo me mira. Mi madre empalidece. No entiendo. Miro el plato de la abuela. El plato tiene un nuevo raviol un tanto más grande y lleno de dientes. Miro a mi abuela. Ella sigue masticando con la boca en un rictus diferente (como si le hubieran dado una piña en el maxilar). Ahí caigo en la cuenta de que el raviol es su dentadura superior, que ha caído al plato sin que su dueña tenga registro del incidente.

¿Dónde están tus dientes? – le pregunto. Me muestra las encías despobladas con una mueca y me contesta “Acá”.

Definitivamente se me ha ido el apetito. La huerta de cannabis se ha convertido en un “must” del verano.


Momento “ya fue” (música brasilera).


La casa vuelve a la normalidad. Las invitadas han sido depositadas en su charter rumbo a sus hogares. Me cuesta pensar en una cena sin mayonesa, en un almuerzo sin alcohol, en una tarde sin siesta, en una noche sin mi abuela lavándose las axilas a las tres de la mañana lista para desayunar. Me tomo un helado de agua mirando el arbolito. Parece mentira que en dos días tengo que volver a guardar esa parva de adornitos a medio masticar por los gatos. Tengo fiaca. Hay fuentes, moños, botellas vacías, flores mustias, migas, blisters de medicamentos por todas partes. Parece un campo de batalla luego de la derrota (de mi ejército obviamente). El único antídoto razonable para las Fiestas parece ser la playa. Pongo bossa nova en mi MP3 y cierro los ojos. Siento la arena caliente y el ruido del mar. Y la voz de mi abuela que quedó impregnada en mi duramadre preguntando cada cinco segundos ¿quién es esa chica que huele tan rico y baila tan bien?

THE END

4 comentarios:

Ari dijo...

LOL...hubiera pagado por compartir tu Navidad ,la música chillout...incluso fumarme ese cañito cantando a voz en grito “Amazing grace”.


¡¡¡Gracias por hacerme reir !!!

Paula Ga dijo...

Me alegro Ari!.

Ya fumaremos cantando algo jajajaja.
Beso

Agostina dijo...

JO! así que mi nona no es la única que rompe las bolas... del árbolito?

Pablo César dijo...

Tengo Amazing Grace por Aaron Neville, si querés. Y un churrito también, si querés. Lástima que no estoy ahí, si no te ayudaba con el bolonki. Así sería mas fácil. Así tendrías que explicarle también "quién es el pelado" a la nona... Jaaaaaa!!!!!!!
Le podés contestar que es el "Indio Solari".