domingo, 8 de agosto de 2010

MEDIÁTICOS ARGENTOS

Un desfile de culos, descerebrados, frikkies y herederos millonarios

Si en mi vida existe una constante, esa constante es la televisión. En mi casa se enciende a la mañana y se apaga antes de ir a dormir. No es que alguien la esté mirando atentamente, salvo que haya algo rescatable para ver; en general se prende para que esté ahí…haciendo ruido y compañía.

Últimamente, y para mi total relajo, he visto un desmesurado incremento de la programación basura poblando y multiplicándose en todos los canales de origen nacional. Basta con ponerse a hacer zapping cinco minutos para percatarse de que no solamente no existe absolutamente nada potable para ver, también caemos en la cuenta de que la mierda que se produce en un canal se reproduce en progresión geométrica en los canales restantes.


Con una falta total de ideas y un excedente de mal gusto, este programa madre de todas las miserias que hay para mostrar; muestra lo más bajo de la sociedad envasado en Concurso de Baile con fines benéficos.


¿De qué se compone el cóctel vomitivo?


En primer lugar de un conductor “exitoso” que hace del mal gusto un culto. Desde la forma en que destrata a participantes y personajes secundarios hasta la manera en que se embute dos alfajores en la boca, todo lo que es y muestra es de un patetismo subterráneo. Busca la contienda, alienta el caos, ensalza la burrada y trata a las mujeres como pedazos de carne. Mujeres que elige rigurosamente por su total falta de educación, neuronas y un culo prominente. Grita, saca la lengua, se revuelca por el piso y manosea a quien se le ponga enfrente. Mujer u hombre, mientras facture le da todo lo mismo.


En segundo lugar contrata un excéntrico heredero de una fábrica de chocolates, aspirante a showman que más que un hombre parece un chiste ambulante. Una especie de versión carne y hueso de los muñecos “Action man” con los que jugaba mi hijo. Portador de ciento cincuenta cirugías estéticas para estirarle la cara, inflarle los labios, marcarle los abdominales y contornear los pómulos; este muñeco plástico con neuronas de caucho se las ingenia para multiplicarse en cuanto programa pedorro existe en la televisión argentina. Estrafalario, homosexual reprimido que se hace pasar por latin lover llevando de la mano a cuanta estúpida se deje comprar por un autito y un anillo; el aparato se da el lujo de contar dinero delante de los pobres proclamando a los cuatro vientos cuánto le salieron las botas o el auto que lo trajo hasta el canal. Con un séquito de infradotados que lo cuidan para que alguien no se lo cargue por el puro placer de verlo desaparecer del tubo, el monstruo deambula haciéndose el macho alfa y parafraseando poetas en un inglés venezolano al más puro estilo Chávez. Llora, se pelea, insulta, canta, llora otra vez, se emociona, propone matrimonio en cámara, llora por tercera vez pero no puede comprar con todo su dinero el silencio de otro mediático que cuenta con pelos y señales cómo se enfiestaban entre ellos disfrazados de gladiadores romanos.


La modelito devenida en actriz seria, devenida en señora que no soporta el paso del tiempo, devenida en miren como me cojo un pendejo porque todavía estoy buena, devenida en escracho mediático lastimoso de lengua viperina y cerebro de pájaro.

Esta señora supo ser linda. Es todo lo que supo ser. Puso todas sus fichas en eso. Apostó hasta las joyas de la abuela, con eso nunca le iba a escasear el dinero ni el macho que le caliente la cama en invierno. Lástima, le erró fiero. Después de hacer una media docena de películas berretas e inundar las revistas con las fotos de su culo su estrella comenzó a apagarse. La guita del ex marido se le terminó y necesitó de un nuevo escándalo para posicionarse en las primeras planas “again”. Entonces se fagocitó un ignoto pendejo que supo manosearla en cámara mientras la señora se contoneaba en bolas, sonriendo con la cara llena de botox y la cabellera impregnada de extensiones. Así compró sus últimos ocho años de fama. Trabajando de vedette o actriz de dudosa reputación, llegaba al teatro de la mano del mocoso (ambos a bordo de una motocicleta para que quede bien claro que ella todavía estaba en la década en que las tetas se quedan donde las pusieron y el culo se banca un cola less).


La tonta tontísima con un par de tetas monumentales y un culo para el infarto. De estas suelen pulular unas doce por noche. Nadie sabe de dónde salen, pero son famosas. Supongo que deben figurar en algún catálogo de putas aparte de bailar y decir pelotudeces. Son una vergüenza para el género. Y hablando de género, poco generosos han de ser los vestuaristas que les proveen de un minúsculo trapo que cubre la nada más absoluta. Cosa que la cámara capte cada poro de la entrepierna y cada pezón que se escapa en una rebuscada pirueta que tiene como único objeto que la cría en cuestión quede posicionada abierta como un lechón a la parrilla delante de una cámara que no para de hacer zoom ahí adentro…donde solamente el espéculo del médico ginecólogo puede llegar. Más allá de bailecito, la función de la señorita será trabar un diálogo con el conductor, que no dejará dudas en cuanto a la total ausencia de axones nerviosos debajo de esa brillante cabellera femenina. Balbuceando frases inconexas, la tonta con voz de nena y luces…apagadas, hará mutis por el foro mientras el camarógrafo le encaja la cámara en el medio del orto por última vez en la noche.


El bailarín del miembro generoso y cara de afasia cerebral. Este espécimen fue pescado en un club de strippers. De ahí fue llevado a bailar en paños menores ante la mirada libidinosa de un ejército de mujeres del público que aúllan como si hubieran visto al mismísimo Adonis. Adonis no es más que un señor con la mitad de la cara fruncida y paralizada, músculos de laboratorio, una zunga y un pene largo que es revoleado por su dueño para delirio de los miembros del jurado (valga la redundancia). Y por miembros no solo me refiero a las mujeres, ya que los hombres que “adornan” este jurado se lo llevarían puesto a “pijilargo” por un par de dieses en la puntuación del certamen.


La Lolita. Esta concursante se hace la tontita pero de boluda no tiene un pelo. Tiene el apetito de un Pac Man voraz y sabe que el tiempo es corto. La gravedad juega un rol importantísimo, sabe que tiene que aprovechar ese cuerpazo antes de que pase el tiempo; así que se dedicará a facturar a lo pavote, llevándose todo lo que se le cruce por el camino. Cualquier escándalo es bueno, y si en los cortes comerciales tiene que hacerle una mamada al conductor, lo hará sin un atisbo de duda. Peleará con el Jurado, se arrancará las mechas con las demás participantes y pregonará a quienes quieran escucharla que ella es virgen…de la oreja.


Si esto quedara restringido a las ocho horas semanales que tiene pautado el programa, casi les diría que estamos a salvo. Pero lamentablemente esta porquería vende, y como vende todos los programas se disputan a estos engendros que se pasean de canal en canal llorando sus miserias e inaugurando un nuevo subsuelo en la mediocridad televisiva argentina.


Menos mal que hay cable, que hay libros, que hay cine y que existe el control remoto…

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