¿Alegría de vivir?
¿Sobreviviente del naufragio doméstico?
¿Observadora sarcástica de mi entorno o pasada de rosca con el tranquilizante recetado?
¿Algarabía con patas?
Para Guille y Gerardo que son lo más!
Y para mis zuziaz queridas: Zele, Agos, Ari, Maite, Jime, Patty, Yasi, Frida, Eleonora, Anabel, Elisa y Clau. Mis amigos de siempre Lili, Caro, Ana, Claudia, Urcu, Romy, Gaby, Ale, Lau, Gladys ,Pato, Dumbo, Pepeluí este blog es para Uds.
Los quiero
Tal como hice en otras entradas, escribí sobre el personaje principal de la saga "Outlander" de la autora Diana Gabaldon, responsable de las crisis matrimoniales de la mitad de las lectoras de sus adictivos libros. Está clarísimo que no existe hombre sobre esta tierra que le haga sombra a Jamie Fraser. El tipo es la perfección en dos patas, no solamente físicamente, el señor es un dechado de virtudes, un escocés con valores, buen corazón, ética, moral y todo lo que hace que el machote sea un imposible.
Las autoras de esta literatura saben que somos materia fácil de convocar. Así que manufacturan un tipo ideal desde todo punto de vista para que caigamos muertas como piojos rociados con permetrina. Ellas saben (porque son mujeres como nosotras) qué cuerda tocar para mojar nuestras prendas íntimas en dos oraciones además de dejarnos eternamente dañadas para el resto de los hombres de carne y hueso que habitan nuestro planeta.
Es así como nos vemos inmersas en esta trampa mortal que nos obliga a hacer cosas como leer hasta que sale el sol y bancarnos estoicamente todo un día de laburo con ojeras hasta las rodillas. Rechazamos invitaciones sociales para encerrarnos toda una tarde a leer a destajo hasta que los ojos nos quedan inyectados en sangre dándoles un aspecto de zombie pasado de rosca. Somos capaces de encapsularnos en el baño a las tres de la mañana para leer diez páginas más porque a nuestros maridos de carne y hueso la luz del velador los desvela (con ese mismo velador con el que seríamos capaces de desnucarlos si no se interpusiera la razón). Leemos en los trenes y en los colectivos, llorando a moco tendido y largando una carcajada que se escapa sin filtro llamando la atención de los que nos rodean; la mayoría piensa que estamos de la nuca y tienen razón. Leemos cocinando y se nos pasa cualquier cosa que hayamos puesto al horno o en la olla, porque estamos de la olla. Leemos en el baño, en la playa, al borde de la pileta, en la hamaca paraguaya, en el consultorio del médico y en cualquier momento libre que la vida nos regala.
Pero, cómo reconocer a las verdaderas utopías literarias de las novelas erótico festivas?
EL PROTA
- Mide más de un metro ochenta.
- Tiene ojos claros o negros de mirada salvaje.
- Cuerpo tallado en madera, el tipo es una escultura de Leonardo Da Vinci caminando. El culo es redondo y respingado. Las piernas son largas y musculosas. Los brazos ídem. Manos onda gigantes tipo manopla para sacar la asadera del horno. Dedos fuertes, uñas impecables salvo que sufra un accidente y le queden los dedos destrozados en alguna batalla. Narices perfectas, largas y rectas. Bocas de labios gruesos pero bien proporcionados, con dientes blancos como las teclas de un piano nuevo. Barba de tres días, a veces más si fue a la guerra o vive en el 1700 y se pasa seis meses escondido en una cueva o bosque lejos de la civilización. El torso es perfecto, la tabla de chocolate está presente gracias a que en la mayoría de los casos estos tipos son guerreros, highlanders, soldados, gimnastas, deportistas, mercenarios, agentes encubiertos o ninjas. Los genitales van en un capítulo aparte. En esta literatura no existen las medidas S, XS ni M. Acá van del L al XXL. Y encima son divinos, tanto el pene como los testículos suelen ser motivos de admiración por la prota del libro que en su vida vio algo tan precioso, perfecto y enorme (generalmente quedan cojeando luego de la primera cópula).
- Nunca un pobre. No, estos tipos están forrados en dinero. Se hicieron millonarios antes de los veinticinco gracias a un cerebro superdotado o bien han heredado una fortuna de sus padres. A veces quedan en la ruina después de una guerra o un destierro, pero siempre tienen la capacidad de volverse a levantar y amasar una nueva fortuna con la que pueden alimentar no solamente a la protagonista femenina, a toda su familia, primos, vecinos, amigos y empleados. Nadie queda en la calle porque el tipo es tan inteligente que puede resurgir de sus cenizas y generar dinero de la nada, simplemente con el sudor de su cuerpo o el producto de una mente brillante.
- Son cultos, casi siempre. Hablan por lo menos cuatro idiomas y tres lenguas muertas. Han viajado por todas partes y se sienten como en casa en cualquier destino que pisan. Saben arreglar barcos, autos, armas, casas, máquinas varias y hasta asistir un parto en el medio de un bosque. Saben cocinar, cazar, sembrar, inseminar vacas, faenar cualquier cosa que camina para luego cocinar y mandarse un platillo soberbio. Son leídos, citan a escritores famosos, saben de economía, de política y filosofía.
- Expertos amantes, siempre vienen con un historial de mujeres que les han enseñado los trucos de la cama así que cuando agarran a la prota la vuelven prácticamente loca en la primer embestida. Son insaciables, con solo un beso se encienden y con una mirada del culo de sus amantes tienen una erección digna de una estatua de mármol. No usan viagra, no lo necesitan, viven al palo. Sobrios o borrachos siempre responden en la cama. Son máquinas de follar, experimentadas y creativas. Nunca se circunscriben al dormitorio, depredan en la cocina, el baño, la ducha, el vestidor, el auto, el ascensor, la oficina, la montaña, la playa, el bosque, el bote y hasta el camarote de un galeón a punto de dar una vuelta campana en el medio de un tifón. Cuando la ponen se enteran todos en un kilómetro a la redonda por los aullidos de la partenaire en cuestión. El tiempo de recuperación de estas máquinas folladoras es ínfimo, pueden copular eternamente hasta que la acompañante caiga desfalleciente a sus pies. El mínimo es dos polvos en media hora, de ahí para arriba dependerá de la imaginación de la autora.
- Hombres de una moral impecable. Aunque sean mercenarios, soldados o máquinas entrenadas de matar; siempre existe un buen motivo para hacerlo. Salvan a sus familias o a un país entero de la hambruna, del enemigo, de una plaga, terroristas armados hasta los dientes y animales salvajes. Tienen una ética impecable, terminan teniendo siempre la razón y si desbarrancan hay una explicación lógica que viene desde la crianza. Niños golpeados o abandonados, un padre alcohólico y abusador, una infancia en un orfanato...cualquier explicación es lógica para que se expíen los pecados de este santo varón y le den a la protagonista femenina la oportunidad de arreglarlos a puro amor y polvo sanador. Corazón de oro, estos tipos son capaces de financiar la cura contra el cáncer, comprarle lo que necesite a cualquier personaje de la novela que se vea en problemas y hasta donar partes vitales de su propia anatomía para salvaguardar la integridad de sus parejas.
LA PROTA
- Son hermosas como las princesas de los libros de cuentos. Frágiles como una copa de cristal, tienen un cuerpecito menudo pero con la grasa distribuida en los lugares correctos: Tetas y culo. Lo cual es una utopía ya que es sabido que a nadie le tocan las dos cosas juntas. La que tiene tetas y culo es porque se agregó siliconas en alguna de las dos partes necesitadas. Estas vienen de fábrica con la divina proporción impresa en sus organismos. De cabellos largos, ondulados o lacios, de colores con destellos ya sean castañas, rubias, morochas o pelirrojas; estos pelos llaman la atención dondequiera que ellas circulan. La gente se da vuelta a mirarlas, dejan a todos mudos. Los ojos son almendrados, color miel, azul, gris o verde. Brillan como dos faroles de día y de noche, viven destilando lágrimas de alegría, tristeza o decepción cada página y media. Flacas o pulposas, siempre son la debilidad del héroe del libro. Despiertan pasiones incontrolables que derivan en polvos gloriosos que son releídos una y otra vez en un loop frenético que termina cuando los ojos caen desmayados de tanto descontrol hormonal. Hasta en el borde de los cincuenta años tienen el culo y las tetas en su lugar, conservan un lomo espectacular, no tienen panza y apenas un par de arruguitas alrededor de los ojos develan un leve añejamiento. Por lo demás siguen siendo las amazonas de los veinte años.
- Son profesionales y cultas. Y sino, son extremadamente inteligentes, capaces de amasar una fortuna fabricando mermelada de arándanos u horneando pastelitos en un pueblo perdido en la montaña. Si son profesionales, se destacan con premios en su disciplina. Arquitectas premiadas que levantan centros culturales, hospitales y bibliotecas; a estas mujeres no hay nadie que les haga sombra. Sin son médicas, lo más probable es que sean eximias cirujanas que salvan vidas a diestra y a siniestra en el hospital, la vía pública, la selva congoleña y el desierto del Sahara. Saben taladrar cráneos, serruchar huesos, reparar corazones, extirpar balas y reparar intestinos además de asistir partos de nalgas y revivir personas muertas por más de quince minutos sin ayuda de un desfibrilador.
- Moralmente impecables, siempre hacen lo correcto. No se quedan con el Audi que les regalan sus amantes si son capaces de dejarlos aunque sean dueños de un holding o una empresa petrolera. Devuelven alhajas, autos, departamentos, ropa y zapatos. Son orgullosas e independientes, salen a la calle con una mano atrás y otra adelante y en cinco segundos tienen trabajo en algún alto cargo dentro de un hospital, editorial, diario o programa de tv. Son buenas madres, entregadas de lleno a la crianza de sus retoños y si la vida de los mismos está en peligro son capaces de vender los riñones en el mercado negro o acostarse con sus jefes para salvarlos. Adoptan niños en peligro, son capaces de parir sin anestesia y encima luchan por los derechos de la mujer.
- Son cuasi vírgenes hasta que se encuentran con el prota, que con paciencia y un cursito intensivo del kamasutra las convierten en eximias amantes con un apetito sexual digno de una ninfómana. Están siempre dispuestas, nunca les duele la cabeza y son adictas a las mamadas por el puro placer de verles la cara de felicidad a ellos.
Si los héroes y heroínas de tus libros se parecen un poco a lo que describí estás enfrentando una auténtica utopía literaria. Te compadezco, seguro que estás enredada en alguna novela, como yo, en el medio del Congo, enamorada de un mercenario millonario hijo de un príncipe saudí con ojos verde jade y cuerpazo para el infarto. Mis condolencias...estás en el horno como yo.
Un par de escenitas valen más que mil palabras, está en inglés pero no hace falta saber lo que dicen para saber lo que están haciendo:
Cuando una se hace "señorita" (léase manchar la primera bombachita con la primera menstruación), nadie te explica que el único beneficio de indisponerse una vez por mes (cuando viene Andrés) es tener hijos. Con los años uno va aprendiendo a fuerza de calambres menstruales, incomodidad de toallas femeninas que se corren y dejan pasar la tinta indeleble que mancha el pantaloncito blanco favorito de verano, inflamaciones abdominales, retenciones de líquido, hinchazón generalizada, cambios de humor y demás placeres en la vida de una mujer; que algún día el flagelo terminará.
Es así como una se pasa casi toda una vida comprando las mejores compresas, los mejores y más coloridos tampones del mercado, las drogas más fuertes para los dolores y también programando o supeditando la vida social y amorosa a la tan temida marea roja. Cualquier mujer que se precie de serlo, sabe que menstruar es un dolor de ovarios (literal y retóricamente), te caga la vida en las vacaciones, en la playa, en el telo y hasta en el boliche. Nada más alarmante que entrar al baño cada media hora, en una reunión social, para chequear el estado de la bombacha. Programar el arsenal de adminículos para frenar la ola hemorrágica en un cine o en un cumpleaños, cambiar la cartera a último momento para agregar una bombacha y medicamentos para el dolor además de pasar quince veces por el espejo para chequear si se nota o no el bulto que pudiera hacer la toalla higiénica, abortando el pantaloncito ajustado a último momento para enfundarnos en una túnica amplia que se abstenga de gritar a los cuatro vientos nuestro incómodo estado.
Después llegan los hijos...o no, pero si llegan y una ya no necesita más vástagos en la familia, el flagelo del período resulta una puta mierda. Para los cuarenta una odia todo lo que se refiere al ciclo menstrual. Los dolores de ovarios y de cabeza, las tetas hinchadas como dos pelotas de futbol, la panza hinchada como un globo aerostático a punto de estallar, los granitos, el ataque de ira previo, el insomnio, la mecha corta y los cinco días cambiando toallas y/o tampones; uno odia con locura hasta comprar los artículos de higiene en la farmacia. El comercial de la tele donde la sangre siempre es azul como la de los avatars de la peli, la gran cantidad de formas/tamaños/olores y sabores que el mercado ofrece en cuanto a paños femeninos...que para tanga, que para cola less, que para ropa oscura, que para noche o día; todo un mundo al que una le quiere dar la espalda cuanto antes.
Y ese antes llega antes de lo que uno imagina. En un abrir y cerrar de ojos el día que a los once años uno le lleva a la madre la bombacha manchada y el día en que te deja de venir se juntan de manera pasmosa...en el medio transcurrió la vida. Así es como una se encuentra sentada frente al médico que sentenciará la llegada del otoño femenino con tus análisis en la mano. Festejando que ya no vas a gastar fortunas en toallas y toallitas y con una sonrisa en la cara te vas a meter en el auto pensando que ahora se viene lo mejor. Te cuento que estás equivocada. Muy.
La menopausia según MOI (aunque creo que varias se van a sentir identificadas):
Te ponés gorda como un tonel y bajar 300 gramos te cuesta comer lechuga sin aceite durante un mes.
Una mención especial para los calores. Cómo explicarlo de manera idónea...es como vivir con un volcán en erupción del cuello para arriba. De repente y sin aviso previo transpirás como un beduino en el desierto de Gobi al mediodía. Si te pasa de día, vas a pelar un abanico en el medio de un lugar público gritando como una loca "si, estoy menopáusica Y QUÉ?". La gente, que no es sonsa, va a tomarse el palo por las dudas, no va a ser cosa de que liguen un abanicazo en la frente por haberte sostenido la mirada con la boca abierta. Los calores nocturnos son de lo peor, te acostarás a dormir en pleno invierno con pijama y medias, a las tres de la mañana despertarás inmersa en un charco de transpiración que te obligará a desnudarte, tomarte un litro de agua fría y a volver a acostarte con los pelos húmedos pegados sobre la cara. Encima, si tenés pareja, lo más probable es que interprete tu desnudez como una invitación zampándote las guampas encima sumando diez grados Celsius a tu conflicto termodinámico. Además, cualquier problema cotidiano te hará transpirar la gota gorda mojando el pelo recién salido de la peluquería, anulando el efecto "Cenicienta" que tanto te gusta y tanto te costó pagar. Bienvenida al look Mafalda de por vida!!!.
Se va el dolor de ovarios, bienvenido dolor de cabeza. Que nunca faltó dos o tres días antes de la regla. Pero ahora llegó para quedarse. Maldito hijo de puta, no es algo agobiante, pero es algo crónico que va desgastando la piedra del hueso craneano como el río al Cañon del Colorado.
Osteoporosis. A esta no la viste venir hasta que te piden la primera densitometría. Ahí te enterás que tenés los huesos como un queso gruyere y que vas a tener que comerte el calcio de toda Latinoamérica para tapar los agujeros. Además, le empezás a tener miedo a las fracturas, así que te vas a encontrar caminando como pisando huevos por miedo a resbalarte. Una cagada grande como una catedral.
Te molesta la ropa apretada. El corpiño se convierte en un arma de destrucción masiva. Estás estacionando en tu casa y te lo vas sacando por las mangas para revolearlo con violencia contra la primer persona que te mire fijo. Ni que hablar de los botones de los jeans que se incrustan en un vientre que vive inflamado y ya no cede con la regla. Ahora tu nueva forma se llama "Damajuana". Sos un barril con patas y aunque te mates a lechuga y pechuguita de pollo la panza no volverá a su lugar original. Además, como no pensás dejar el consumo de alcohol que te permite sobrevivir esta hecatombe, vas a seguir alimentando el barrigómetro.
Los cambios de humor...esos que duraban cuarenta y ocho horas antes de la regla ahora son LA REGLA. Pasarás del ataque de llanto al final de cada capítulo de tu novela favorita al ataque de risa desmesurado por cualquier pavada y querrás sacudirle una patada en el orto a cualquier persona que te haga perder diez minutos en un negocio o la fila del cajero. Violencia Rivas un poroto al lado de lo que vas a padecer. Te vas a enloquecer puteando, mirando propagandas pelotudas de productos ridículos para mujeres o políticos mintiendo en el noticiero.
La tan temida colonoscopía. Te toca, ya es hora. Sabés que tenés que ir pero no encontrás ni el momento ni la valentía suficiente para entregarle tu culo a un señor que quiere mirarte desde adentro mientras vos te echás una siestecita después de haber perdido hasta el apellido en el inodoro.
Las arrugas. Te vas a comprar las cremas que te venden en los comerciales de tus novelas favoritas y vas a entrar a la cama embadurnada como una torta de cumpleaños. No te hagas ilusiones, ninguna crema impidió que se te hagan dos fuelles alrededor de los ojos.
La presión y el corazón. Ahora tenés que aflojarle a la sal, y empezar a darle bola a las taquicardias. Antes el corazón daba saltitos cuando te enamorabas perdidamente, ahora te perdés porque no te acordás cómo llegar a casa y la taquicardia casi te deja en el camino...seca!
La tarde en que me hubiera gustado participar de una masacre
zombie
¿Cuál es la peor idea en la historia de las peores
ideas? Facilísimo. Es meterse en un shopping un domingo a la
tarde.
Lo primero para tener en cuenta son los pendejos de 0 a 20
años que andan sueltos por doquier. Sin
rumbo, generalmente armados con helados chorreantes, chupetines o pochoclos
acaramelados, los pendejos son una raza que debería estar en extinción. O por lo menos tener espacios ideados para
largarlos ahí y que se arreglen. Te
pisan, te pasan el helado por la manga de la campera, te estornudan las velas
amarillentas en la cara esparciendo una nueva cepa de gripe potencialmente
mortal sobre tu espacio aéreo, te gritan a menos de un paso con un alarido que
te hace estallar el pabellón auricular en cinco mil pedazos y no tienen un
derrotero definido porque van mirando la pantallita de celulares y tablets
(esto te obliga a cambiar de rumbo veinte veces para no llevártelos puestos con
la llave del auto en la mano para infringirles una herida de diez puntos
mínimamente).
Demás está decir que meterse en ese enjambre de hojalata
para poder encontrar un lugar donde estacionar el auto (que no sea el propio culo)
es una tarea heroica. No solamente no
hay lugar, la gente se suicida sobre tu auto, te tira el chango del super sobre
tu auto, los pendejos se acuestan a tu paso en el piso y de ser posible te
tiran comida en el parabrisas mientras van caminando sordos por culpa de los
auriculares del ipod. Así es como darás
veinticinco vueltas y de casualidad vas a esperar unos veinte minutos a que la
familia Von Trapp cargue los alimentos para sobrevivir dos meses en el
desierto, en el pobre baúl de un auto que no da más. Luego, vas a presenciar cómo se desvisten los
ocho integrantes de la familia para embutirse en el auto al que le va a costar
dos o tres intentos arrancar. Dicho
esto, el piloto de la nave se va a enfrascar en una discusión con su prole para
que le liberen la luneta ya que es imposible mirar para atrás con el nido de
camperas que armaron detrás. Dicho esto,
y luego de seis maniobras (siempre te toca el que no sabe manejar o maneja los
domingos exclusivamente), va a dejar el espacio libre. Si no te apurás, aparece el vivito que te
quiere birlar el espacio, te vas a batir a duelo de trompas de auto y lograrás
encajar el mismo en el lugarcito bendito…que queda a escasas seis cuadras del
lugar donde está la entrada al shopping.
Una vez adentro, el nivel de ruido y la cantidad de luces te
acobardan tanto como meterte en el mar en pleno invierno. La pensás dos veces pero te dio tanto trabajo
encontrar un lugar en el estacionamiento que te insertás en la marea humana
como pez en un cardumen. La gente te va
llevando, lo cual es ideal porque no podés gastar dinero salvo que se haga un
hueco. Por suerte sucede en las
librerías, si te gusta leer hacés el primer tarjetazo de la jornada y das las
primeras bocanadas de aire semi puro.
Luego intentarás meterte en una zapatería. Tu marido llama a Emergencias y pide una
ambulancia, el infarto está a dos cartelitos de tu soñado par de botas. Después de considerar que no vale la pena
dejar medio sueldo en un par de zapatos, le pedís a la ambulancia que te siga
con el desfibrilador en
trescientos. La blusita de seda que te
encanta, esa que te probarás sin preguntar el precio a expensas de tu propia salud cardíaca; te quedará pintada, te gustará a vos, le
gustará a la vendedora y le gustará al médico que te hace la reanimación luego
de enterarte que tenés que vender un riñón para pagarla. Dicho esto irás en busca de algo para
apaciguar tus ganas de irte del shopping con algo más que cafeína y dos kilos
de grasa y glucosa. Olvidate de comer, el enjambre de
gente hace filas kilométricas para comprar un brownie que le dura siete
segundos en la boca. Así que irás en
busca de algún cosmético o algo que te permita abrir el marcador, si es que no
te agenciaste el libro o el cd de música que te hubiera gustado comprar. Resulta que un frasquito con aromas y palitos
sale lo mismo que una pava eléctrica, te dura tres meses y es francamente
innecesario. Una crema de manos lo mismo
que dos pollos y un brillito para labios el presupuesto semanal de comida. No way José.
Optarás por la cafeína y algo dulce que te permita quitarte la amargura
de un triste 0 a 0.
Tomarte el palo no será tarea sencilla. Habrá que volver a sumergirse en la marea
humana, gente que te pasa por encima incrustando los cochecitos de bebé en tus
tobillos, chicos con globos metalizados que te impedirán mirar para adelante y
la maldita escalera mecánica a la que no podes acceder porque está plagada de
infantes que la suben al revés. A fuerza
de patadas lograrás subirte al aparato porque conseguir montarte en el ascensor
es surrealista y la escalera de incendios está a quince mil kilómetros de donde
se supone que estás. Y digo se supone
porque si no memorizaste por dónde entraste, salir va a ser una proeza. Esquivando muñecos, bolsas, globos, algodones
de azúcar, helados y adolescentes que caminan para atrás llegarás al
parking. La pregunta del millón: dónde
carajo dejaste el puto auto? Sencillo:
en la concha de la lora. Léase tan pero
tan lejos que hay que tomar un taxi para ir a buscarlo. Allá, detrás de la carpa del circo, allá
detrás del toldo para los changuitos del supermercado, allá donde se pierde la
vista, allá está el auto. Si los
estúpidos dejaran de abrir sus autos uno podría llamar al suyo usando la
alarma, pero eso es una misión imposible.
Arrastrándote como si hubieras participado de un torneo de atletismo en
Alaska, llegarás a tu nave, luego de una odisea de dos horas que parecieron
tres años.
Hay una teoría probadísima, al shopping hay que ir en día de
semana y en horario escolar. Un consejo
de alguien que sabe: ni se les ocurra pisar un shopping en vacaciones de
invierno.
Esta Diosa creció convencida de que es la última Coca Cola
del desierto. Si tuvo la suerte de nacer
con un poco de belleza y un par de tetas o un culo descomunal, la egocéntrica
dedicará sus días a sumar adeptos, amistades, admiradores, fans y el aplauso de
quienes tengan el agrado de toparse con ellas.
Están convencidas de que todos los tipos están detrás de ellas y que
todos buscan ese culo con lo cual a corta edad aprenderán a sacarle jugo a esa
situación obteniendo los beneficios que la situación devengue. Si no pueden lograr captar la atención de
alguna persona, van a hacer lo indecible para hacerlo. Desde fingir enfermedades hasta ponerse una
bikini de hilo dental, cualquier excusa es buena para adquirir un séquito de
adeptos a sus caprichos y mañas. Desde
tierna edad suponen que están destinadas a un futuro sensacional que incluye
todo lo que desean de las vidas de los demás.
Viajes, autos, ropa, hijos rubios y perfectos, un cuerpo para el pecado,
autos importados, casa con pileta y un marido para partirlo como un queso. La realidad es que nada las conforma y si se
casan con alguien que no les puede brindar todo eso, asoman la cabeza de la madriguera
buscando algo mejor. Suelen ir por la
vida vestidas para matar mostrando lo que tienen para ofrecer aunque
generalmente se sometan a sacrificios de dietas y gimnasios para mantener el
cuerpo, que en sus cabezas, les pueda traer todo aquello con lo que sueñan. Aquello que sueñan muchas veces tiene que ver
también con el ingreso a un determinado círculo social al que no pertenecen
porque no les da el pedigree, pero como maestras de la simulación sabrán
adquirir las formas de aquellas mujeres de la alta sociedad que pululan por la
vida con ropa importada, sus vidas de Revista Hola y su característica manera
de hablar. Volverán locas a sus parejas exigiendo todo lo que creen merecer y
se encularán sobremanera si no se los dan, así que suelen contraer matrimonio o
hacer pareja con pollerudos a los que les hacen la vida muy miserable porque no
les tienen paciencia a los hijos, les aburre cocinar (ellas nacieron para
princesas monegascas), les jode lavar ropa y su vida transita alrededor de la
queja. Eso sí, para el afuera van a
fingir un presente perfecto que por supuesto harán trascender en las redes
sociales empapelando sus muros de fotos del culo, la figurita vestida para
salir, las sandalias nuevas, el hijito rubio perfecto, y varias tomas de
frente/perfil/perfil americano y cuanta pose quinceañera exista en el
rostrolibro. Empecinadas en luchar
contra el reloj, las egocéntricas se piensan que pueden ganar la batalla y se
convencen a tal punto que se visten como se visten sus hijas y nueras. La minifalda y las calzas no abandonan el
guardarropas ni en la puerta de los cincuenta años. Es muy común que usen el pelo largo
ensartando a pendejos que se muerden la lengua antes de piropearlas cuando caen
en la cuenta que detrás de esa blonda cabellera rubia y lacia hay una “vieja”
que salió a hacer su rutina diaria de bicicleta o jogging. Adictas al gimnasio, se matan frente al
espejo a tal punto que se saben las rutinas de memoria y bien podrían suplantar
al profesor. Siempre en primera fila y
con la vista clavada en ellas mismas, las egocéntricas buscan impedir la caída
del culo y de las tetas aparte de quemar las grasas de ese asadito que se
lastraron con culpa. Fans de la gaseosa
light y el chicle de menta (suelen tener mal aliento porque viven a dieta), se
alimentan exclusivamente a lechuga, pollo magro sin piel y gelatina light. En la cama, y a pesar de venderse como Diosas
sexuales a quienes quieran creerlo, van bien para atrás porque el sexo no es su
pasatiempo favorito. El orgasmo se les
escapa por culpa del antidepresivo que toman en cantidades industriales y sus
traumas con respecto al esquema corporal las inhiben a la hora de dejarse
llevar y disfrutar de la vida en pareja.
Otro aspecto que cabe destacar es su doble discurso ya que se autodescriben
como abnegadas esposas, madres y laburantes pero odian con todo su ser al tipo
que tienen al lado, les jode soberanamente tener que laburar y detestan que sus
hijos rompan sus sagradas rutinas de asoleo al borde de la pileta, la lectura
de la Cosmopolitan o sus tés verdes con galletas de arroz que les permiten
entrar en el talle más pequeño de la marca de moda. Pero en las redes sociales se venderán como
santas patronas del hogar y el matrimonio, escribiendo poesía pastelona para el
padre de los críos o ríendose de situaciones de la vida cotidiana que odian
sobremanera pero que disfrazan hábilmente con tono de sorna. Nerviosas rayando la histeria, cualquier
evento de la vida cotidiana las saca de quicio.
La rotura del lavarropa las puede llevan al Manicomio y un vidrio sucio
a terapia intensiva. Pretenden que la
familia levite sobre los pisos para no mancharlos y que no abran la heladera
para que la gelatina light se solidifique antes de mediodía o Dios sabe qué
desgracia podría suceder. Profesan un
amor incondicional hacia su propia persona y emplearán todo su tiempo libre
para satisfacer las necesidades propias, que siempre tienen que ver con la
mirada del otro y la opinión que los demás tengan de ellas. Publicarán escritos kilométricos plagados de
mentiras y plagios, recetas sacadas de alguna columna de autoayuda de alguna
revista leída en la peluquería; buscando despertar al séquito de obsecuentes
que no solamente se traga su vida idealizada, también están en la búsqueda de
alguien que las arranque del riguroso paso del tiempo y el oprobio de las
tareas cotidianas. Llegada la edad de la
madurez, la egocéntrica descubre con estupor que todos los consejos leídos en
las revistas Sofía, Para Ti, Gente, Cosmopolitan y Caras no le han servido para
nada. El culo es inexistente, las tetas dos
chicles usados y las arrugas le han dejado un lindo acordeón epidérmico. Es ahí cuando desesperan y salen a la loca
búsqueda (no ya de un hombre) sino de algo que pueda ayudarlas a llamar la
atención en reemplazo del culo imán que supieron portar a los dieciocho
años. Se ocuparán entonces de leer algo
un poquito más extenso que una revista de modas, para tener algo de vocabulario
y aprender a evitar las faltas de ortografía que las acompañan desde que
aprendieron a escribir con lápiz negro y buscarán algún otro reemplazo como la
victimización constante sobre eventos de la vida que a todos los mortales les
tocan pero que en el caso de la egocéntrica le vienen como anillo al dedo para
dar rienda suelta a una diatriba que la tiene siempre como centro del tsunami y
a las verdaderas víctimas como victimarias de esta pobre infeliz que no sabe
cómo hacer para seguir estando en el
centro de la mirada ajena.
LA BON VIVANT
Este espécimen fue concebido para el disfrute, Dios la tocó
en el hombro y le dijo “sabrás sacarle el jugo a la vida”. Y así fue como llegó a este planeta esta
fémina que se levanta sonriendo porque cada día tiene algo especial deparado
para ella (y por ella misma). Si no es
el día de su programa de tv favorito, es el día que se va a encontrar con
compañeras de la secundaria para ponerse al día, o el día dedicado a devorarse
ese libro que tanto le recomendaron. Se
autogestiona la felicidad en volquetes, se ama tanto como para darse todos los
gustos. En la cama tiene clarísimo lo
que quiere y no tiene ningún reparo en pedirlo (a los gritos si es preciso). Si va al mar, lo más probable es que se la
vea permanentemente barrenando olas con el pelo hecho una maraña para disfrutar
de una cerveza o un daiquiri cuando cae la tarde. No se priva de nada, si gana dinero se lo
tira todo encima, pilchas, sushi, carteras, viajes…lo que la haga felíz. Generalmente son personas apasionadas que
alimentan algún hobby. Tejer, leer,
escribir, pintar, hacer maratones de sus series favoritas, el cine, la cocina,
la música; cualquier excusa es buena para pasarla de diez. De risa fácil y sonora, la bon vivant se la
pasa todo el día buscando todo aquello que la haga felíz. Son las típicas personas que no tienen miedo
de comer el huevo por romper la cáscara, le buscan el costado bueno a
todo. Se pasan fotos de chongos tuneados
por grupos cerrados de Facebook, comen baldes de pochoclo en el cine aunque
engorden y no se suicidan si adquieren unos kilos de más en las vacaciones, la
vida ha sido diseñada para gozarla y ellas jamás le dicen que no a un waffle de
dulce de leche o a un kilo de helado al borde de la pileta. Generalmente se agrupan con mujeres de
idéntico criterio, siendo muy común encontrarlas en manadas girando por
restaurantes, cafés y casas de amigas riéndose de anécdotas totalmente
intrascendentes pero divertidas. Son las
que se animan al karaoke, las que no le tienen miedo a una foto de cuerpo
entero en la playa (con rollos y todo) y cuyo lema es “no dejes para mañana la
porción de lemon pie que puedes lastrarte hoy”.
Dotadas de un optimismo a prueba de bala, las bon vivants se cagan de
risa de las noticias que presagian desastres y si se viene el tormentón con
granizo primero buscan la cámara de fotos antes que el trapo para tapar el
auto. Sociables y amenas, las bon
vivants aman recibir gente, les encanta llenar la mesa y cocinar para un
batallón. Se pueden pasar toda una
mañana amasando o una noche decorando tortas o rellenando matambres. El alcohol es el aliado ideal de las bon
vivants, quienes saben qué vino pedir, aman el champagne y las cenas con
velas. El tipo que las acompaña es un
bon vivant o aprende a serlo gracias a ellas.
Si de helado hablamos, porqué pedir un vasito si se puede pedir un
cuarto kilo? (es una pregunta frecuente que se hace la que ama la buena vida).
LA RELIGIOSA
Esta fémina ha sido educada en colegio religioso o bien se
ha convertido a la fé de adulta, presa de alguna crisis personal que la hace
aterrizar de narices en un templo/iglesia/mezquita, etc. La religiosa se pasa de mambo, no le alcanza
con participar de los rituales dominicales que su religión le exige; necesita
hacer el doble o más. Y eso se traduce
en intentar inculcar sus creencias a todo el que le preste la oreja más de dos
segundos. Munida de varios ejemplares de
libros religiosos, pelará “la palabra” en cuanto lugar se le permita darse
vuelta para meter la mano en la mochila.
No contenta con esto, reenviará todas las imágenes benditas y todas las
cadenas que se le crucen por el camino.
Se debate entre hacer lo que dice el libro sagrado o soltar a la rebelde
amordazada que vive en su cuerpo en busca de los placeres de la carne, de la
bebida y de la vida en su conjunto.
Quiere y cuando pisa el palito la consume la culpa. Y si se queda con las ganas junta bronca de
tal intensidad que es capaz de hacer funcionar una central termonuclear. Su MP3 solo contiene música religiosa, su
habitación está tapizada de imágenes sagradas y hasta su auto tiene estampitas,
medallas y estatuitas del su objeto de devoción. Suelen usar corpiño sin aro, ropa interior de
algodón color blanco y polleras por debajo de las rodillas. No pueden socializar con gente que esté fuera
de su Iglesia, por lo tanto es difícil emparejarlas; les encantaría formar
familia pero la religión es una traba a la hora de conseguirse un macho que se
aguante dos años sin ponerla hasta contraer nupcias. A la religiosa le gusta el cine, pero cuando
va a ver una de terror con el diablo como protagonista duerme con un rosario en
cada mano hasta que se olvida de lo que la horrorizó en el cine. En el trabajo anda repartiendo estampitas y
oraciones del libro sagrado a quien se le acerque a pedirle la abrochadora o el
toner de la fotocopiadora. Si no se casa
pronto, la idea de ser abducida por un señor portador de pene erecto las
espanta de tal manera que no vuelven a abrir las piernas hasta el día del
juicio final.
LA ABNEGADA MADRAZA
Esta mujer se inmola en pos de la continuación de la
especie. No se sabe a ciencia cierta si
le encanta el sexo o simplemente la agarran desprevenida y su exacerbada
fertilidad contesta al toque al llamado
de la naturaleza. Suelen parir más de
tres, algunas llegan a los diez.
Generalmente los tienen seguiditos, cosa de hacer de la crianza una
tarea titánica. Embarazadas del cuarto,
le despegan el chicle del pelo al de cinco mientras le embocan la mamadera al
de dos y evitan que el de tres se suicide desde el último anaquel de la
biblioteca. Durante su período fértil se abstendrán de usar maquillaje y el
jogging será su uniforme de batalla. Con
las tetas rozando el piso, cuando no con uno o dos críos pendiendo de los
pezones, la madraza sonreirá como un zombie manifestando con orgullo que ama
ser madre. Y es lo más probable, de lo
contrario no se explica que una mujer pueda pasarse casi dos décadas
eternamente embarazada, amamantando, pariendo o embolándose en cuatrocientas
reuniones de padres en la escuela de sus retoños. La madraza no come comida caliente, ni se
sienta para comer. No duerme dos horas
seguidas desde que vivía en la casa de los padres, y para ducharse tiene que
encerrarse con todos los críos en el baño a sabiendas de que va a perder varios
cosméticos en el intento. La mamita de
libro vive cansada, se arrastra por la vida con la horda de críos que trajo al
mundo y cuando le preguntan qué anticonceptivo usa dice que se cuida con el
método de los días jajajaja. El auto de
la mamita es una rural destartalada llena de migas de galletitas dulces,
patitas de Mc Donald’s del año pasado, muñecas descabezadas, pelotas de futbol desinfladas,
botines, pintorcitos, mochilas llenas de papeles destrozados y vómitos secos
del año de la escarapela. El marido
siempre le promete que le va a cambiar el auto, pero justo cuando van a dar la
seña ella descubre que está embarazada por sexta vez con lo cual la compra se
pospone. Los consultorios de los
pediatras son su hábitat natural y el médico la atiende en automático porque
todos sus críos sufren de laringitis y otitis a repetición. Así que la mamita deambula del pediatra a la
farmacia con un charco de mocos que se desliza como lava ardiente desde su
hombro a lo largo de su espalda mientras el crío enfermo descansa acurrucado a
upa de una mujer exhausta que espera su turno en la farmacia para comprar el
centésimo frasco de ibuprofeno de la semana.
Si existe algo admirable en estas mujeres, es que a pesar de tener dos
manos, se desempeñan como si fueran pulpos que pueden atrapar una olla con agua
hirviendo en el aire, un pendejo que se tambalea en el descanso de la escalera
o el jarrón de la abuela que el bebé agita dando pataditas al mueble que lo
contiene. Desvalorizadas, estas mujeres
pasan por la vida como si ésta fuera un pentatlón. Cuando terminan de criar al último comienzan
a cuidar a sus nietos. Y cuando terminan
con los nietos los hijos la llevan al Geriátrico.
LA HIPPIE
La hippie tiene una huerta orgánica. La hippie sabe tejer con telar, toca la quena
y hace yoga. La hippie suele ser vegana
y le taladra la cabeza a toda la familia con videos de vacas y pollos
torturados. Ella se alimenta a brotes de
soja, pan integral, galletitas con cereales y se sabe al pie de la letra todas
las propiedades de las semillas de lino y chía.
Anda con las crines por la cintura, es incapaz de pasar por la
peluquería. El pelo será cortado por una
pareja, por ellas mismas u otra amiga hippie.
Suelen vestirse con ropa importada de la India, sandalias chatas y en invierno
como un hombre que vive en La Quiaca. La
música que escuchan varía entre el chill out, la música celta y el
folclore. El yoga es una de sus pasiones
aunque también son la astrología, el horóscopo maya, el reiki, la meditación,
la acupuntura, las predicciones con runas, los inciensos a los que les
atribuyen poderes sanadores y las revistas de alimentación naturista. No pisan el consultorio de un médico salvo
que se estén muriendo, ellas son acérrimas defensoras de la medicina
homeopática. Aunque los hijos saquen
mocos por las orejas, los van a atiborrar de gotitas de preparados, polvitos y
energía positiva salida de sus propias manos.
No les interesa la política ni las grandes cuestiones, sus vidas son sus
bibliotecas repletas de libros de Osho, Deepak Chopra y sus manuales de cocina
vegana. No planchan y lavan a
regañadientes, consideran que eso les quita tiempo de lo que realmente importa,
lo trascendental, la meditación y la observación de la naturaleza. Tienen maridos que bancan sus excentricidades
porque ellas están buenas, buenísimas y en la cama suelen ser creativas y
espontáneas. No tienen miedo a
experimentar y con la cuestión de los aromas y esencias pueden crear un
ambiente favorable para una noche inigualable.
Si la pareja está consolidada, él le dará el gusto de llevarla de paseo
a Cuzco para conocer el Machu Pichu a cambio de que ella se deje arrastrar por
las calles de París (ciudad que no le atrae para nada). La hippie ama los animales, suele vivir en un
zoológico casero y acepta toda mascota en peligro, aunque ésta fuera una boa
pitón desorientada porque no encuentra su rumbo a casa del adolescente que la
compró de zurda en Misiones. A la
mañana, con el saludo al sol, la hippie es seguida por un centenar de miradas
en sus estéticos movimientos. Son sus
quince perros, veintidós gatos, treinta y cinco pajaritos, cuatro tucanes, doce
loros, dos iguanas, tres cobayos y siete hamsters, todos hambrientos esperando
que la señora de la casa termine con su rutina de yoga para alimentarlos. A la noche, cuando el marido llega a casa
puede que se encuentre con un caos de dimensiones espectaculares. Nueve de la noche, el pollo congelado arriba
de la cocina, la tarea sin hacer, los chicos sin bañar, las camisas sin
planchar, el lavarropas vacío al lado de una pirámide de ropa sucia y toda la
familia subida al techo de la casa con el telescopio esperando ver la lluvia de
estrellas que anunció National Geographic en su página web.
LA ADICTA AL TRABAJO
La adicta al trabajo suele ser Contadora o Abogada. No contenta con sus trece horas fuera de casa
visitando clientes o Tribunales, esta señora de traje sastre, taquitos aguja,
impoluto maquillaje y peinado digno de la mujer de Supersónicos, se enfrascará
dos horas más en la reunión de la comisión directiva del country o barrio
cerrado donde vive (aterrorizada por los robos y los secuestros
extorsivos). Además de eso da clases en
la Facultad, en su tiempo libre corrige parciales, participa activamente de las
reuniones de padres del colegio de sus hijos, es la presidenta del consejo de
padres del colegio y de la cooperadora del hospital de su municipio. Se pasa la vida contestando mails con dos
bolsas de té frío en los ojos para descongestionarlos. Sube a sus tacos a las siete de la mañana y
se baja no antes de las veintidós horas, siempre impecable, siempre
perfecta. De caligrafía y ortografía
implacables, es de la que todavía usan la cartita, el post it y la tarjeta de
cumpleaños. Su letra es firme y decidida
como sus convicciones. Participa
activamente en política, es apasionada de sus decisiones y siente la compulsión
de convencer al resto de los mortales de las ventajas de votar a su
candidato. Los hijos no la emocionan
demasiado, ha procreado para darle el gusto al macho que las acompaña pero, a
pesar de querer a sus crías, le aburre sobremanera armar rompecabezas de
veinticinco piezas o mirar películas de Disney. A ella le encanta el cine y le encantan los
bohemios. Si fuera por ella se iría
corriendo detrás del actor de la última obra que vio o del que hace trencitas
en la playa. En realidad le gustaría
recuperar su libertad, la que perdió cuando se casó casi por obligación con el
Ingeniero que le impone reglas ridículas con respecto a la seguridad de rejas y
ventanas además de ser un ejemplar adicto al trabajo tanto o más que ella. En el sexo son aburridas como fideos sin
queso si están con el marido pero suelen ser una caja de sorpresas con un
amante furtivo (amantes que siempre tienen bien escondidos y jamás confesarán
porque es la llama que las mantiene vivas en esa vida gris y fría que han
sabido gestionarse). Son las típicas que
se buscan alguna excusa para no volver a casa temprano, se ofrecen para
acompañar a alguna amiga a hacerse un estudio o atienden clientes hasta altas
horas de la noche con tal de no volver a ese hogar que las aburre en demasía.
LA BELIGERANTE
La beligerante está en pie de guerra desde que la cazaron
del cogote y la arrancaron de entre las piernas de la madre. Sus alaridos se escuchaban en todo el piso de
la Maternidad, la minita quería salir cuando a ella se le cantaran las pelotas,
y es obvio que no era en ese momento. De
ahí en más la beligerante entrará en guerra con el universo en su
conjunto. Su pasión es el debate, la
contienda, el conflicto, el disenso, la queja, y la visita diaria al
abogado. Porque la beligerante tiene
juicios con todo el mundo. Su blanco
principal son las empresas prestadoras de servicios, los vecinos, los médicos
que la atendieron, las empresas para las cuales trabajó, los maestros de sus
hijos, las escuelas de sus hijos, el intendente y la fábrica de su auto. Nadie está a salvo, la beligerante tiene que
hacer conocer su descontento y expresará su disconformidad en foros, mails,
revistas, diarios, cartas de lectores y cuanto medio tenga a mano. Generalmente tiene razón y por su terquedad y
persistencia consigue que le devuelvan el dinero que le cobraron de más, le
arreglen el auto sin poner dinero, le cambien el lavarropas que anda mal, la
recompensen con pasajes aéreos gratis por los graves inconvenientes que tuvo
durante el último vuelo y le otorguen becas a sus hijos en el colegio por las
serias deficiencias edilicias del mismo.
No se cansa de ir al correo a despachar cartas documento y siempre está
atenta al celular que le devolverá la llamada del mecánico del auto que
llorando a moco tendido le suplica que no haga pública su queja por el cable
que le dejaron suelto en el service dado que peligra su puesto de trabajo. La gente le teme, saben que con ella no se
jode, si te gusta el durazno bancate la pelusa, esta pelusa es dinamita en
polvo. El marido suele mirarla de reojo
aprobando sus embates porque sabe que de proferir algún sonido en contra corre
peligro de perder partes importantes de su anatomía. Los hijos la alientan porque ven en ella un
adalid de la justicia, una especie de super héroe al que todos debemos apoyar
si deseamos vivir en un mundo mejor.
LA NO SABE NO CONTESTA
Esta mujer es la reina de la discreción y la prudencia. Valores en desuso, si los hay, estos rigen la
vida de esta mujer que prefiere reírse haciéndose la boluda antes de quemarse
abriendo la bocota. Es la que nunca
aporta chismes relevantes de esos que hacen que todas las mujeres de la reunión
giren la cabeza como lechuzas para escuchar el último chisme que arde. Generalmente se ríe nerviosamente intentando
olvidar lo que ha escuchado y es probable que lo comente exclusivamente con su
pareja. Eso sí, sabe vida y obra de todo
el mundo porque si existe algún punto a favor de esta mujer es que sabe
escuchar. Ella escucha y guarda
todo. Está todo en algún recoveco de su
cerebro, solamente su círculo íntimo de amigas o su pareja tendrán acceso a
esos contenidos de vital relevancia para una comadre de feria con ganas de
hacerse un festival de la vida ajena. Si
se le hacen preguntas directas contestará con evasivas o aguardará a que alguna
distraída lleve la conversación hacia lugares menos comprometidos. Suspirando de alivio, la susodicha utilizará
la maniobra de la boca llena; es muy probable que ante la repregunta directa
sobre algún aspecto del que ella no quiere soltar prenda, se lleve una torre de
sándwiches de miga a la boca balbuceando una respuesta indescifrable que hará
que la cháchara vire de dirección nuevamente salvándola por segunda vez. Cuando las papas queman, la señora en
cuestión invocará una cita impostergable con el odontólogo y saldrá arando como
rata por tirante dejándolas a todas con las ganas de saber eso que ella jamás
quiso contar.
LA PAYASA
La payasa es un corso a contramano. Se aprende los chistes de memoria para
tirarlos en la primera reunión que la tenga como protagonista. Suele olvidarse de los finales, pero está tan
llena de desparpajo que la rema riéndose a carcajadas, logrando contagiarle la
risa a su auditorio. El gen de la
vergüenza no está en su ADN, simplemente no le vino, así que pedirle que no
haga papelones es una auténtica utopía.
Los amigos, que la conocen, saben que ella es así; pero en reuniones con
gente nueva queda como la desubicada que cuenta chistes con groserías y de alto
contenido sexual ante un grupo de gente que incluye los hijos del matrimonio
anfitrión cuyas edades van desde los diez a los diecisiete años. La payasa toma dos sorbos de champagne y sus
carcajadas se escuchan desde el jardín de la casa del vecino. Se sabe que llegó porque cuando se encuentra
con sus amigas da saltitos y pega unos alaridos insalubres para el oído humano
(como los de las quinceañeras en los recitales de Justin Bieber). Cualquier anécdota que cuenta la payasa es
divertida porque aparte de recitarla la actúa.
Así que para los que tienen el privilegio de escucharla, esta mujer es
una rutina de stand up ambulante. Desde
la cita con el pediatra de los chicos hasta la visita del plomero, contadas por
esta mujer resultan altamente hilarantes.
Pero su humor no se limita a fiestas y reuniones, suele hacer cagar de
risa a los padres de los compañeros de sus hijos en las reuniones del colegio
descolgándose con un “perdón Fulanito, tu hijo no mirará televisión pero en el
patio me contó con lujo de detalles el revolcón que se pegaron los de la novela
de las diez, anoche”. También son frecuentes
las risotadas en los negocios donde compra la payasa, la están esperando con el
mate a cambio de un par de chistes que le levantan el ánimo a los comerciantes
que la atienden. En la ferretería se
descostillan con sus salidas, ya que es muy común que vaya en busca de algún
artículo cuyo nombre desconoce pero para llegar a él hará estallar de la risa
al vendedor describiendo el “cosito” en cuestión. Suelen tener de pareja a payasos como ellas,
señores que parecen serios pero que le siguen el tren tirando un chiste cada
dos segundos. Pareja divertida, si las
hay…
LA HIPOCONDRÍACA
Esta mujer no va a vivir en paz jamás. Todo lo que padecen los que la rodean, le
pasa o le pasará en algún momento. Se
parece al Camaléon de la película “Zelig” de Woody Allen. Si está con una mujer que acaba de superar un
cáncer de seno, lo más probable es que se pase una semana amasándose los pechos
con las dos manos buscando bultos, manchas, durezas o cambios significativos en
la dermis de sus tetas. Si se cruza con
alguien que estuvo con alguien que tuvo meningitis correrá a vacunarse y a
vacunar hasta al perro además de probar su fotofobia, su rigidez de nuca y
tomarse la temperatura cada quince minutos (todos síntomas que leyó en
internet). Si le duele un costado, se
convence de que tienen apendicitis y si le dicen que no, que es del otro lado,
se convence de que tiene un quiste en un ovario o alguna rara enfermedad que la
dejará postrada por años. Si sus hijos
tienen fiebre es capaz de resucitar al Doctor Favaloro para preguntarle si no
es un virus malísimo en el corazón y puede que busque la manera de poner a sus
hijos en lista de espera en el INCUCAI para un corazón nuevo por si las
moscas. Si lee en la revista dominical
sobre algún síndrome o la enfermedad de Alzheimer, lo más probable es que saque
turno con un neurólogo para hacerse todo tipo de pruebas. Le tienen terror a la enfermedad, un simple
resfrío les parece neumonía y una tos seca un cáncer de pulmón. No les gustan los chequeos, le tienen terror
a abrir el sobrecito con los resultados de laboratorio y, si por alguna de esas
casualidades, algún valor no estuviera dentro del rango de referencia son
capaces de hacer un testamento y regalar todos sus efectos personales
convencidas de que están sentenciadas a perecer en menos de un mes. Lo más probable es que mueran de viejas, de
muerte natural, preguntándose porqué desperdiciaron la vida haciéndose problema
por algo que nunca sucedió.
Volver a convivir después de los cuarenta y cinco (solo para
reincidentes)
“El que se quema con leche, llora cuando ve la vaca”-
antiguo proverbio cantonés. En
relaciones humanas, más precisamente carnales (hetero y/o homosexuales), juntar
dos historias luego de haberse quemado con leche es un acto de heroísmo digno
de cucardas y fanfarrias.
Uno, que va juntando mañas con los años, no es un ser fácil;
el otro es un espécimen de similares características que también ha atesorado
caprichitos con el correr del tiempo. A
los veintipico, la estupidez del dentífrico o la ropa colgada de la bicicleta
fija no ocuparán dos décimas de segundo en tu parietal izquierdo. Bordeando los cincuenta, puede ser motivo
para atrincherarte en el baño con una pistola calibre 22 y dos katanas.
Por eso es tan difícil volver a convivir. Está claro que uno busca volver a tener lo
que una vez se tuvo, pero mejor; sin darse cuenta que en esa gloriosa epopeya
se vuelven a caer en lugares comunes y el plato vacío de milanesa en la heladera
ameritará una carta documento como antaño.
Es que uno es un ser complejo, el otro es igual o peor y si encima le
agregamos unos cuantos años de independencia, soltería, alpedismo y libertad…el éxito de la nueva convivencia tiene los días contados. Es que hay que ser un kamikaze para volver al
yugo cuando uno ha dormido despatarrado con el control remoto en una mano y un
cuba libre en la otra haciendo zapping desenfrenadamente. Hay que ser muy imbécil para entregar la
soberanía de la luz del dormitorio para leer, prender el teléfono o la notebook
o simplemente ordenar el cajón de la mesita de luz a las dos de la matina.
Sin embargo, muchos volvemos a caer en la trampa. No es que me arrepienta, estoy contenta porque
existen más beneficios que problemas; sin embargo es más divertido hablar de
aquellas cosas que hacen que alucinemos con pulverizar a nuestros
concubinos. He aquí una lista de las
cosas altamente combustibles que deberíamos evitar para no prenderle fuego a
nuestras parejas (nuevas):
Orden/Desorden: Existe una brecha muy grande entre lo que
algunos consideran desorden. Para
algunos, el velador levemente desplazado unos dos centímetros de donde suele
estar es el caos más absoluto. Para
otros, tres bombachas colgando de las canillas y la ventana del baño es
practicidad. La visión que cada uno
tenga del orden dependerá de la memoria fotográfica que tenga el histérico en
cuestión y la del partenaire, que deberá fotografiar mentalmente todo lo que el
otro organiza para poder dejar las cosas milimétricamente en su posición
geográfica original. Por otra parte, los
continuos reproches en cuanto a la cantidad de ropa colgando de la bicicleta
fija, la afeitadora sin la tapita protectora, el dentífrico apretado desde el
medio y el tamaño de la pastilla de jabón en la bañera pueden ser motivo de un
gran incendio matrimonial.
Nivel de arropamiento en la cama: Las mujeres al borde de la
menopausia solemos sufrir de calores insoportables en medio de la noche. Dormidas profundamente gracias al ansiolítico
recetado, lo más probable es que le demos una patada al cubrecama, a la frazada
y a cualquier otra fuente de calor.
Demás está decir que la primera patada la ligó el señor que duerme al
lado, cuya pierna (que pesa unos cuarenta kilos) nos atraviesa el abdomen cual
cepo medieval. Ellos, por otro lado,
siempre tienen frío y se van acercando sigilosamente como polilla a la fuente
de calor como un pulpo infrarrojo que nos devora de a poco.
La luz para dormir: La mitad del mundo no lee, la otra mitad
jode al que lee. Al principio, cuando
todo era color de rosa, la luz del velador estimulaba los sentidos y aseguraba
un polvo previo a la lectura. Quien
otrora se durmiera, parado, sentado, escuchando misa, manejando y hasta en el
cine, ahora tiene serios problemas para conciliar el sueño por culpa de la
tenue lucecita del velador de su acompañante.
Televisor para dormir: Otra fuente inagotable de problemas,
la caja boba se ha cargado a más de un matrimonio y otro tanto de
convivencias/concubinatos etc.. Lo que
otrora uniera para entretener o para hacer una previa antes de un polvo entre
propagandas, ahora es causal de divorcio.
Primero, nunca coinciden los gustos en cuanto a la programación elegida,
además, llegado el caso que el susceptible a los ruidos cayera en los brazos de
Morfeo roncando con el volumen en 20, lo más probable es que se despierte
aparatosamente suplicando con mohines que se apague el mismo o bien se anule el
audio.
El inodoro: “El trono”
para algunos, es motivo de combustión porque NUNCA hay papel y la víctima lo
descubre con horror cuando necesita todo el suplemento inmobiliario del Clarín
para limpiar el caos. Además, nunca
sabremos quién es el hijo de puta al que se le acabó el papel, lograr esa
confesión es más difícil que Messi haga goles para la Selección. Otros roces suelen suceder cuando los
intestinos se encuentran alineados y ambos desean evacuar su contenido a la
misma hora y en el mismo lugar (convengamos que siempre hay más de un baño).
La ducha: La que en otro momento fuera lugar de encuentro
para excitantes y peligrosas maniobras sexuales, ahora tan solo es el
habitáculo para sacarse la roña. Son
especialmente combustibles el tema del jabón chicle (ese que se hace moco
porque en lugar de ponerlo en la jabonera es abandonado a su suerte en un
charco de agua y shampoo). El jaboncito
también puede traer problemas serios porque la pastilla erosionada es confinada
al bidet donde permanecerá viendo culos hasta el fin de sus días. El tema es que no ha sido reemplazado por uno más grande, al que le toca se ve obligado a esparcir un cubito de sopa por una
figurita regordeta de ochenta kilos. Es
claro que no alcanza, y es claro que el damnificado lo va a hacer saber
gritando como un descosido/a.
La ropa: El maniático de la ropa sufrirá al lado de la mujer
que hace medio siglo que revoleó la plancha y se niega a volver al yugo. Dios se apiade de la mujer a la que no le
importa para dónde mira el cuello de la camisa de su peor es nada. Si el loco de las camisas anda suelto en
casa, lo mejor será encerrarse en lugar seguro y esperar que la furia baje unos
cuatro mil hectopascales. Por otro lado,
él no puede entender porque su partenaire se acuesta a dormir la siesta con una
camisa con la que después sale a cenar tapando las arrugas con una pashmina.
La comida: El que vivió mucho tiempo solo se acostumbró a
comer comida de rotisería o cantina. Por
lo tanto considera que comer espinaca cruda, radicheta o rúcula son el
equivalente a comer pasto de la vereda.
Lo de ellos se limita a milanga con papas fritas. Si uno les llegara a ofrecer una sopa de
verduras que lo hiciera correr al baño, podrán llover siete maldiciones gitanas
y es muy probable que se consulte a una curandera para curar el empacho. Ni el café con leche fatto in casa es
bienvenido en estos seres cuyo segundo hogar fue un copetín al paso. No saben lo que es una tostada de pan de
molde, ni un guiso de fideos o una tarta de espinacas. No lo muevas de la pizza y la milanga porque
te denuncia a Unicef.
El auto: La distancia del asiento al volante es como el
trotyl, no le muevas el asiento porque te morfa la cabeza. No comas dentro del auto. No pierdas pelo dentro del auto. No cambies la estación de radio, ni subas o
bajes el aire acondicionado. Ni que
hablar de estacionarlo. Nunca existe un
buen lugar para dejar el maldito auto.
Una puede dejar el auto tirado donde encuentre un agujero de idénticas
dimensiones, él tienen que encontrar el lugar justo y amparado de todo mal
donde ni la gente ni las ramas de los arbustos lo rocen. Caso contrario, pelea para alquilar balcones.
La mesa en restaurantes y confiterías: Para algunos no es
materia de discusión, ni siquiera de preocupación. Depositan el culo en el primer lugar
disponible. Para otros, los Sheldon
Cooper (ver The Big Bang Theory), el lugar tiene que ser el ideal. Esto se traduce a un lugar donde los asientos
sean cómodos, donde se pueda ver para afuera por las ventanas, tiene que estar
a más de veinte pasos de los baños, no tener corrientes de aire, tiene que
contar con la visión ideal para que los mozos se percaten de tu presencia y
alejados de la fuente de frío/calor dependiendo de la estación del año. Lo más insólito de esto es que no suelen
protestar en el momento, luego de consumir y pagar harán una encíclica papal
con los motivos por los que no deberían haberse sentado donde se sentaron en
lugar de pedir un cambio y sentarse donde hubieran deseado sentarse.
Queridos reincidentes, si van a cometer el acto heroico de
la convivencia en más de una oportunidad, intenten prestar atención a estos
puntos. O bien aprenden artes marciales,
tirar con escopeta, se compran el libro de Lorena Bobbit…en fin…están bajo
aviso. Una reincidente
Mi vieja era un bicho solitario e independiente. Hasta que el cigarrillo no comenzó a cobrarle
facturas, se manejaba relativamente sola.
Fue el ejemplo vivo del Ave Fénix.
Supo recuperarse y reinventarse para apechugar las palizas que la vida
le había deparado. Caprichosa como pocas
y terca como una mula, mi vieja se salía con la suya y tenía la tenacidad para
sobreponerse a cualquier situación desfavorable que le tocara en suerte. Siempre admiré la capacidad de recuperación a
la adicción al alcohol, vicio difícil de combatir como pocos; ella salió de
Alcohólicos Anónimos no solamente curada, además con novio. Mi viejo la había dejado, enamorado de su empleada
de ese entonces, ahora su esposa y madre mis dos hermanos menores. Mi viejo, un confeso enamoradizo en sus años
de juventud, no le hizo la vida fácil a mi mamá; además de ir tras su hobby (el
automovilismo) que lo alejaba de casa con frecuencia.
Recuerdo la pena que me dio mi mamá cuando me contó que
habían ido a una fiesta y mi viejo no la había sacado a bailar. Son esas cosas que quedan grabadas a fuego en
la cabeza, vaya uno a saber por qué. Pero
de esa se repuso, y luego de varios años de alcoholismo, recuperada y con amor
nuevo se dedicó a disfrutar de su vida con intensidad. Fueron años donde llovieron las invitaciones
a viajes, restaurantes, vacaciones y todo lo que mi madre nos pudiera dar con
el dinero que había heredado de su padre.
Estando de novia del padre de mi hijo, me quedé en casa mientras mi
vieja se fue con mi hermana de gira por Europa.
Demás está decir que trajeron las valijas llenas de ropa, cosméticos y
bijouterie para un regimiento.
El dinero de mi abuelo salía de varias empresas que se
fundieron; cuando quedé embarazada de mi hijo las empresas estaban
tecleando. Mamá viajó a Miami y Nueva
York con mi padrino y su mujer. Recuerdo
que mi hermana estaba embarazada de su segundo hijo, el primero (mi ahijado)
tendría unos dos años y monedas. Pagó
sobrepeso de equipaje porque en cada una de esas cinco valijas había ropa para
vestirlos a los dos más todos los que vinieron después (dos hijos de la cuñada
de mi hermana, mi hijo y varios más).
Juguetes no les faltaron, mi vieja compraba lo mejor de lo mejor;
mientras tuvo dinero no bajó la luna pero casi.
Y cuando se quedó sin nada, jamás entró a nuestras casas con las manos
vacías. Porque las empresas se
fundieron, los socios la jodieron feo, los compradores de las propiedades
dejaron de pagarle y mal aconsejada se asoció con más chorros que le sacaron lo
poco que le quedaba. Igualmente se dio el
lujo de prestarle dinero a mi cuñado para abrir una sucursal de su
confitería. Mientras tuvo dio y perdió,
porque nadie devolvió.
Entonces mi mamá reinventó otra mujer, una laburante a full
que caminó las calles del microcentro y se metió en los lugares más recónditos
del Gran Buenos Aires haciendo gestoría del automotor en forma hiper
profesional. Tal es así que fue contratada
por una gran Compañía de Seguros para realizar las bajas por robo. Cuando me separé la primera vez del padre de
mi hijo, no lo dudó un instante, me llevó a trabajar con ella para ayudarme a
pagar las cuentas. Tenía mucho trabajo y
se deslomaba hasta tarde preparando los trámites del día siguiente. Así y todo, no había fin de semana que no
viniera con un Fiat Duna destartalado a ver a mis sobrinos y mi hijo en cuanto
acontecimiento escolar, familiar o religioso tuvieran. Siempre corriendo, siempre al borde del
desastre porque su auto era un peligro y manejando era Fangio versión
femenina. Pero siempre aparecía. Muchas veces se quedaba a dormir en mi casa y
me hacía compañía cuando mi compañero de ese momento estaba en Marte, de viaje,
encerrado trabajando o durmiendo. Mi
casa era el lugar donde mi mamá se juntaba con sus nietos, que ya en la pre
adolescencia le rogaban que les enseñara a jugar al truco o al póker. Ella tenía su manera de vincularse con ellos
y aunque fuera por un peso, la timba era el aglutinante entre abuela y nietos.
La pareja de mi mamá había fallecido unos años antes y su
vida se resumió en laburo, fines de semana en casa para ver a la familia y no
mucho más que eso. Hasta que me
divorcié, entonces se convirtió en mi compañera inseparable. Para escucharme, para contenerme, para
ayudarme con dinero o darme el auto para que pudiera ponerme a laburar y
sostener a mi hijo. Entonces nos hicimos
amigas con todo lo que eso implica, peleas para alquilar balcones y llamados
telefónicos interminables para contarnos todo.
Salíamos al cine, a cenar, al teatro y a vacacionar juntas. Cabe destacar que en una oportunidad, todavía
casada pero sin posibilidades de salir en verano por la economía familiar, mi
vieja me invitó a uno de los hoteles más caros de Mar del Plata…lo recuerdo especialmente
porque fue la primera y única vez que mi hijo se subió a un avión. Instaladas allí, a los pocos días apareció mi
hermana con su familia, mi mamá pagó el hotel para todos. Lo aclaro porque se ha tildado a mi vieja de
egoísta y de rompe huevos, pero mientras tuvo para dar todos aprovecharon la
volteada. Lamentablemente ese mensaje se
les pasó a sus queridos nietos, a quienes ella amaba y falleció quedándose con
las ganas de verle la cara a su primera bisnieta.
Mi mamá siempre tuvo un lugar en mi mesa dominical, una cama
en mi casa; yo también he sido recibida compartiendo cama matrimonial con ella
toda vez que me reunía con amigas en Capital o simplemente arreglábamos para
almorzar un domingo en su barrio y de paso sacar a pasear a mi abuela. Hasta que conocí a mi actual pareja, siempre
estuvimos juntas a pesar de un par de agarradas de pelos como toda madre e
hija. A mi vieja le encantaban el sol y
la pileta, así que soñaba con ser invitada a la pileta de mi hermana, cosa que
a veces se complicaba ya que mi cuñado decía que mi vieja le rompía las pelotas
y su casa era sagrada. De todas formas,
a veces se le daba y podía nadar en esa pileta, de lo contrario se conformaba
con la mía de lona.
Cuando mamá empieza con problemas económicos y de salud, se
hizo imperioso salvar su departamento de las deudas y comprarle un lugar para
vivir cerca de sus hijas. Hicimos una
doble operación mudando a mi abuela y a mi vieja a un departamento a cinco
minutos de nuestras casas (mi hermana y yo vivimos en casas linderas). Entonces mi vieja dejó de trabajar y el mundo
que conocía hasta ese momento se desvaneció.
De repente se encontró encerrada en un lugar ajeno a todo lo familiar,
con una madre con demencia senil que hacía desastres y sin motivos para salir a
la calle. También se liberó del stress
de la vida laboral cotidiana, pero visto a la distancia, su mundo eran su
laburo, su barrio, sus cafés en la esquina y los tres o cuatro negocios que
frecuentaba en Barrio Norte. Acá, cerca
nuestro comenzó a depender de remises para ir a tomar un café y ver pasar
gente, su deporte favorito. De alguna
manera quedó confinada a un lugar de difícil acceso con una rampa de ladrillos
que cada vez se hizo más jodido subir por su pierna más corta fruto de polio
infantil. Cobrando una pensión no
contributiva, sin el amparo de una obra social adecuada y con una hija (yo) que
laburaba doce horas por día y otra que laburaba cinco la cosa se le hizo cuesta
arriba.
Mi abuela se puso peor, la ingresamos en un Asilo para
ancianos, mi vieja debió sobrevivir con la pensión exclusivamente y la ayuda
que pudiéramos brindarle para sus gastos extras. Así empezó el ocaso de su vida. Perdió el interés en cocinarse, de arreglar
su casa y la vida se redujo al cafecito del pueblo y la televisión (siempre le
gustó en cine). Sin embargo, con mi
pareja la llevábamos a pasear, no hubo un solo fin de semana que no viniera a
casa o nos acompañara a la casa de mi suegra.
Pascuas, Días de la Madre, nuestros y sus cumpleaños, Navidades y Fines
de Año siempre la tuvieron como invitada; gracias a Dios mi pareja viene de una
familia donde la gente mayor es venerada y mi vieja no fue una excepción para
él. Le refaccionó un placard (que ella
amaba) para mudarla a la planta baja de su casa porque sus piernas comenzaron a
fallarle y no podía desplazarse con facilidad, mucho menos trepar una empinadísima
escalera. Además le colocó todos los
artefactos eléctricos, espejos, cuadros, estufas, accesorios de baño y hasta le
arregló el termotanque. Atento como
pocos a las necesidades de una suegra que con la edad se puso quisquillosa y
ñañosa; mi vieja siempre tuvo ayuda nuestra para todos los problemas
cotidianos. Y jamás le faltó el afecto
de mi nueva familia de tres, conformada por mi hijo y mi pareja.
En octubre del 2014 mi hermana y yo la llevamos al médico
porque comenzó a tener serios problemas para desplazarse e incontinencia. Todos nos aconsejaron llevarla a un
Geriátrico. Cabe destacar que mi mamá fue
una fumadora empedernida hasta cuatro años antes de irse de este mundo. El cigarrillo la mató de la manera más cruel
que uno pueda imaginarse. No alcanzaron
esos cuatro años de abstinencia de nicotina, el daño estaba hecho. La irrigación sanguínea a la pierna afectada
por la polio era nula. Era el principio
del fin. Mi hermana solicitó una vacante
en el asilo de Capilla del Señor donde todavía vive mi abuela. El médico admisor debía dar su visto
bueno. La subimos al auto engañada y
descubrimos con horror que tenía una cuchilla de cocina en la cartera por miedo
a que la encerráramos. A mí ese episodio
me hizo ruido en la cabeza, en el momento rabia y luego comprensión y
compasión. Demás está decir que el
médico sentenció un rotundo NO al ingreso en el Asilo por la franca resistencia
de mi vieja a ser internada.
En noviembre del 2014 mamá queda internada por una falla
seria en una de sus piernas, salió de esa internación en silla de ruedas y
pañales. Mi hermana, que suele ahogarse
en un vaso de agua unas cuatro veces por día, me puso a buscar Geriátricos por
toda la zona. El bombardeo por mail, teléfono
y personalmente rayaba con el acoso. Fui
a visitar un lugar recomendado en Campana, sin ir a verlo me dijo que estaba de
acuerdo y la llevamos engañada un domingo lluvioso de fines de noviembre. Nunca me voy a olvidar ese día. Le pregunté a mi hermana “te gusta?”, me
respondió “no, pero otra no hay”. La
ingresamos y mi mamá gritaba suplicando que por favor no la dejáramos ahí, sin
cartera, ni celular ni nada que se le parezca.
Mi hermana agarró su cartera y se fue a los cinco minutos, yo me quedé
una hora intentando convencerla que era simplemente un centro de
rehabilitación. Me hizo acordar a la
adaptación que uno hace con los hijos en el jardín de infantes. La dueña del lugar me hacía señas para que me
fuera, pero no podía dejarla en esas condiciones, hacía contorsiones sobre una
hamaca para intentar desplazarse camino a la puerta.
Cuatro días después la fui a ver. Le llevé su cartera y el celular
cargado. Le dí instrucciones al personal
para que lo mantuvieran cargado. Me la
encontré en un sillón mirando Piñon Fijo a las 9 o 10 de la mañana, tristísimo
si uno se pone a pensar que a mi vieja en ese momento la cabeza le funcionaba
perfectamente bien, miraba noticieros, novelas y tenía una fuerte opinión
política. Miré a mi alrededor, una
señora durmiendo sobre su rodilla flexionada babeando. Un hombre aferrado al pie de una cama
aullando “venime a buscar”, otra mujer durmiendo en un sillón enroscada en una
pesada frazada en un día super caluroso.
Varias mujeres sentadas en sillas de ruedas con la vista perdida y la
vida resumida a un plato de algún menjunje pegajoso servido en un plato frente
a sus narices. Nunca me voy a olvidar de
las lágrimas de mamá corriendo a borbotones por sus mejillas y estallando en el
pantalón negro que le habían puesto. La
alegría de verme fue tan grande que me retorció el corazón. Pedí prestada una silla de ruedas y me la
llevé a tomar un café cargado apenas cortado con espuma, como a ella le
gustaba, en una panadería de Campana. Le
pregunté cómo estaba y me dijo que eso era un loquero. Le hice una promesa, le dije que en cuanto
terminara de pintar y arreglar una habitación en mi casa para ella la iba a
traer a vivir conmigo. Así tiró quince
días, hablando permanentemente por teléfono conmigo y contándome los horrores
que vivía día a día en ese lugar. Le
comuniqué a mi hermana que tenía intenciones de traerla a vivir conmigo y
literalmente se desquició. Todavía me gustaría
saber por qué, nada le pedí, al contrario ya que se ahorraría la diferencia
abismal que existía entre la pensión de mi vieja y los honorarios del
asilo. Una amiga de mi hermana me vino a
ver y ratificó mi percepción, mi mamá no estaba lista para estar en un asilo de
ancianos. Consulté a amigos, familiares
y tuve cien opiniones en contra de traerla conmigo. La más vehemente fue la de mi hermana, quien
adujo que iba a destruir mi pareja y la relación con mi hijo. Pero mi amiga Laura, que ama a sus padres, y
su cuñado Gonzalo, en una mañana de diciembre me dijeron que mi mamá se iba a
morir más rápido en un lugar así y que ellos jamás harían eso con sus
padres. Luego vino la conversación con
mi pareja, que lejos de hacerse las valijas y tomarse el palo, me dijo “hacé lo
que tu corazón te diga y no escuches a nadie más”.
Eso fue lo que hice y jamás me voy a arrepentir de lo que
tuvimos en los últimos cinco meses de su vida.
Mi hermana, quiso persuadirme varias veces en forma de mail, celular y
personalmente hasta que le manifesté la decisión tomada y la fecha: 22 de
diciembre de 2014. Esa mañana, a las
ocho en punto me tocó la puerta y me dijo “listo, acá tenés la tarjeta para
cobrarle la pensión, estas son las facturas de su casa, de ahora en más me
desentiendo”. Dicho esto último, nunca
más la ví hasta marzo. Mi pareja fue a
la pinturería y ese mismo día, a la noche, el cuarto denominado “la habitación
del pánico” por mi hijo y yo (depósito de máquinas de cortar pasto,
herramientas y restos de mudanzas de toda la familia) se convirtió en una
hermosa habitación para recibir a mi mamá.
Cuando mi hermana me preguntó por qué había tomado esa decisión, le dije
que no había tomado ninguna, simplemente no tenía opción. Algo en el medio del pecho me impedía
abandonarla a su suerte en un loquero rodeada de caras extrañas, y más teniendo
la firme convicción de que se avecinaba el fin de su vida. Un EPOC en fase terminal estaba arrasando con su vida, no quería que se fuera de este mundo mirando caras desconocidas.
Y así fue como mi mamá se convirtió en mi hija. Alguien a quien bañar, cambiar los pañales,
encremar, peinar, curar heridas, cargar a upa en el auto y atender como a una
nena de cuatro o cinco años. Lo primero
que hice fue ponerme en campaña para jubilarla y así afiliarla a PAMI (obra
social de jubilados de Argentina).
Lamentablemente reboté en dos oportunidades, con todo el esfuerzo que
implicaba subirla y bajarla del auto para sentarla en una silla de ruedas
alquilada que pesaba mil kilos. Tuve que
hacer treinta kilómetros en dos meses consecutivos, parando el tránsito y
haciéndome ayudar por la policía para poder bajarla del auto en pleno verano y
con un calor insoportable. La segunda
vez me desmayé de la impotencia.
Lloramos abrazadas cuando nos rebotaron la segunda vez pero volvimos a
casa y a una rutina donde fueron frecuentes las charlas, la novela turca, los
panqueques de dulce de leche y hasta breves caminatas con bastón que le
permitieron meterse en enero a la pileta (que mi pareja y yo mandamos hacer por nosotros pero más que nada por ella).Mi hijo, que opuso resistencia al principio, me ayudó a cargarla, a
subirla a la cama cuando se cayó, a cargar tubos de oxígeno y a atenderla
cuando yo no estaba; me llena de orgullo pensar en esto y poder expresárselo en
estas líneas.Nuestra vida transcurrió
de médico en médico, todos en forma privada, hasta tanto pudiera afiliarla a la
obra social.Su salud se fue deteriorando
de a poco, pero llegó a tener unos buenos cuatro meses de comida casera (le
encantaba lo que yo cocinaba), de risas compartidas con mi pareja que es un
payaso y solía escupirme semillas de uva cuando yo miraba obnubilada a Onur
junto con mi vieja.Hice incontables
esfuerzos para que comiera cuando comenzó a perder el apetito, podía cocinarle
panqueques de dulce de leche a las diez de la noche si manifestaba un antojo
por alguna cosa.La llevé al Psiquiatra
pensando que un pozo depresivo podía ser la causa de su falta de apetito.
En todo momento, mi viejo y su esposa me ofrecieron su
ayuda; lo mismo sucedió con amigas que viven en el exterior y otras que viven
en distintos puntos de la Argentina. Se
tejió una red de solidaridad que me permitió atenderla y ayudarla. Mi viejo me traía los remedios porque su
esposa los conseguía en el consultorio médico donde trabaja. Festejamos Navidad y Año Nuevo en mi casa, sin
contar siquiera con una fugaz visita de mi hermana, que viviendo a escasos
veinte pasos no pudo o no quiso venir a darle un beso a sus padres. Pasamos todo el verano las dos solas, tomando
té, conversando, mirando programas de chimentos y por supuesto la novela turca
que luego, estando internada, le contaba sintetizada en la escasa media hora de
visita de terapia intensiva.
A medida que fue complicándose su salud, requirió mayores
cuidados y dejó de caminar definitivamente.
Mi hermana comenzó a visitarla en mi ausencia, cuando mi mamá quedaba al
cuidado de una asistente y en marzo vino a pedirme disculpas por su
comportamiento. Me trajo un regalo de
cumpleaños tardío (mi cumpleaños es el 4 de diciembre pero ya en ese entonces
había dejado de hablarme porque no estaba de acuerdo con mi decisión de traerla
a vivir conmigo). Mientras mirábamos “Relatos
Salvajes”, película que le había contado en detalle a mi vieja porque tenía
muchas ganas de verla y al fin conseguí en dvd, le pedí que le limara las uñas
mientras yo cocinaba el almuerzo. En ese
entonces mi vieja había comenzado con un eczema cutáneo bastante fuerte que
derivó en una consulta al médico y posterior internación. En esos primeros días de marzo luchó contra
una infección urinaria en el único riñón sano y estuvo dos veces en terapia
intensiva. Más que nunca me comprometí a
cuidarla, no me aparté de su lado jamás, hablé con médicos y enfermeras para
que la atendieran como corresponde y hasta los amigos de mi hijo le entregaron
una carta al Senador provincial de mi pueblo para solicitarle me ayudara con la
jubilación y afiliación a Pami de mamá.
Este hombre me ayudó muchísimo, cuando mamá salió de esa internación
vinieron a tomarle las firmas en mi casa para jubilarla, además de hacerme
contacto con el Director del Hospital San José a quien le voy a estar
eternamente agradecida por la contención y la atención brindadas a mi madre y a
mí.
Mamá salió peor de lo que estaba, casi sin movilidad, había
que alimentarla y darle de beber en la boca.
Además le recetaron oxígeno permanente, gracias a la intervención de la
Jefa de la Sala de Primeros Auxilios, me dieron los tubos en forma gratuita
cada 48 horas (que es lo que duraban, aproximadamente). Ahora el cuidado se hizo mucho más estricto,
no se la podía dejar sola por más de media hora. En ese momento sentí que mi nena se había
convertido en casi un bebé. Recuerdo
haberle pisado el puré para dárselo en la boca, o desgranar una galletita o un
chocolate para ponerle los pedacitos en la boca con la mano. Todas las noches, desde que llegó a casa,
después de medicarla (obligarla a tomar los remedios y contestar todas las
preguntas sobre la indicación de cada uno), la arropaba y nos quedábamos
conversando hasta que le venía el sueño.
Entonces me despedía con un beso en la frente y ella me contestaba “gracias,
gracias, gracias”. Siempre tres veces
gracias. Se vé que se sentía a salvo y
la comprendo. Si hay algo que jugó de
entrada como variable en esta ecuación, fue la empatía por su estado. No hubo momento en el que no me pusiera en su
lugar. ¿Con qué derecho habíamos
usurpado su casa? ¿Con qué derecho habíamos decidido pasar por encima de sus
pertenencias decidiendo qué se regalaba, qué se tiraba y qué se conservaba?
Gracias a Dios, pude rescatar muchas cosas de su departamento, que le traje a
su habitación. Le mostré prenda por
prenda y collar por collar. Su amado
tapado de piel y sus ínfimos corpiñitos con aro y relleno que siempre me
llamaron la atención por lo diminutos porque la única de la familia con dos
tetas grandes fui yo (siempre nos reíamos de eso).
Con una primer bisnieta en camino, en el mes de marzo la
dejé sola dos horitas para ir al baby shower de la novia de mi sobrino. Le traje dulces, torta y chocolates. Le dí de comer en la boca mientras
fantaseábamos con la idea de tener la bebé a upa, mi vieja estaba muy
ilusionada. Con la bigotera de oxígeno
puesta, una escara sacra del tamaño de una papa chica y una pierna complicada
con dos dedos necrosados, su salud iba en franco deterioro. Sin embargo su humor en casa era bueno, era
evidente que prefería estar en aquí.
Cuando salió de la internación de marzo, mi hermana se pidió una semana de licencia en su trabajo para ayudarme a atenderla. Pero
lamentablemente tuve que echarla de mi casa porque sus apoteóticas caras de
culo, que son su marca de agua personal, no solamente no ayudaban, restaban. Ya vivíamos una tragedia, si uno está en un
lugar donde no desea estar, la cosa se complica doblemente. Ese día llegó con el camisón sobre un
pantalón de jean, una cara de furia que haría palidecer el sol y se deslizó por
la pared de la habitación de mi mamá hasta quedar sentada en el piso. Recuerdo haberle dicho que no necesitábamos
esa actitud, acompañándola de un brazo hacia la puerta. Sus primadonismos y actuaciones no eran propicios en una situación tan delicada.
La herida de mi vieja fue de mal en peor, la retención de
líquido la puso difícil de manejar. No
podía cambiarla sin ayuda, contraté a otra persona para que me diera una mano por
las tardes. Esa señora me falló y encima
el médico a domicilio me sugirió rotarla (además de medicarla con una batería
de cosas y artículos de ortopedia carísimos, algunos de los cuales me los
prestaron amigas o el Rotary Club).
Entonces una mañana fui a buscar a mi hermana para que me ayude a
rotarla para higienizarla (fundamental dada las condiciones de su herida). No solamente no me atendió, se encerró en su
habitación. Espié por la ventana de la
cocina, vi su notebook abierta con la cartera junto a la bolsa de chicles y
caramelos light que consume en cantidades industriales desde hace tres
décadas. Entré por atrás. Le dije que me llevaba la computadora y la
cartera a casa, que viniera a retirarlas y de paso me ayudaba con mamá. Estando parada justo en el marco de la
puerta, me arañó el brazo derecho donde colgaba su cartera, y con la otra mano
desde atrás me quitó la notebook de las manos.
Días después me entero que le dijo a su familia que yo le había
pegado y le había destrozado la computadora.
Mi madre termina internada una tercera vez, ella no quería y
me lo dijo “prefiero morirme en tu casa”; pero los cuidados que ahora
necesitaba eran profesionales y no me encontraba en condiciones de
brindárselos. Con la promesa del ingreso
a un asilo para ancianos en el mismo hospital, mi cuñado convenció a mi pareja
de llevarla al hospital nuevamente. Esa
mañana la cambié, le puse el mejor camisón y fui en la ambulancia con ella, de
la mano, asegurándole que era para curar la escara y volveríamos. Ya en el hospital tuvimos que esperar seis
horas para que la pasaran a una habitación que no abandonaría en cincuenta días
consecutivos de internación. No había
lugar en el asilo, pero la escara era grande y necesitaba cirugía; quedaría
internada hasta resolverla. Pasó por
quirófano y lo que antes tenía el tamaño de una papa chica ahora tenía el
tamaño de una naranja grande. Los
dolores eran terribles pero mamá se aferraba a la vida con uñas y dientes. La alegría de encontrarse conmigo todas las
mañanas, los dulces que le llevaba, la sal de ajo que le compré para sustituir
la sal que consumía en cantidades industriales y los mimos que compartimos me
llenan el corazón. No le soltaba las
manos, intentando memorizar la forma y textura de sus dedos, sus uñas, sus
palmas tan hambrientas de afecto y de amor.
Nos hicimos confesiones enormes, nos prodigamos amor a mansalva. Le pedí perdón por las veces que le contesté
mal o la ignoré porque me contaba sus míticas peleas con la compañía de
telefonía celular. Le dije mil veces lo
buena madre que fue con nosotras, su incondicionalidad inclusive durante su
enfermedad, su amor y su generosidad.
Colaboré en el baño y curación de sus heridas con la enfermera de la
mañana y rezongué porque me echaban de la habitación las enfermeras de la tarde
para cambiarle los pañales mientras escuchaba los gritos ensordecedores de mi
vieja gritando “Paulaaaaaa Paulaaaaaa!”.
Durante cincuenta días me pasé doce a catorce horas al lado de ella,
poniéndole trocitos de chocolate en la boca, acariciándole la cara, mirándola a
los ojos, dejándola recorrer mi cara con los suyos…memorizándonos una a la
otra. La besé como nunca la había besado
en mi vida, le dejaba rosarios de besos desparramados desde la frente hasta el mentón. Me pasé horas mirando y fotografiando su cara
y sus manos, pasándole crema a su cuerpo seco, regulando el manómetro del
oxígeno o simplemente nebulizándola. He
llorado por los pasillos silenciosamente, ensuciando los delantales de médicos
y enfermeras con el rímel de mis pestañas cuando decidimos con el Director del
hospital realizar cuidados paliativos.
Ese día, cuando me informaron que no saldría de esa internación recuerdo
haber sentido que el mundo se me venía encima, sola por los pasillos tomando
decisiones unilaterales, siempre sola.
Estuvo un mes sufriendo dolores insoportables a pesar de la
morfina. Aferrada a la baranda de la
cama, mientras le colaban siete u ocho sobres de azúcar sobre la herida (que
ahora tenía el diámetro y profundidad de un plato hondo) gritaba “prefiero
morirme”. Un mes después de comenzar con
la morfina y luego de haber recibido la extremaunción con el párroco de
Capilla, a quien agradezco la gentileza de haberse acercado apenas lo llamé,
los dolores eran insoportables y las alucinaciones de las drogas aún
peores. Ya no disfrutaba de la tele, ni
de la comida, se enojaba conmigo y en momentos de lucidez no solamente me pedía
disculpas, me ha dicho infinidad de veces “te amo”. Tuve la suerte de captar esos momentos con el
celular, mi vieja no fue una mujer toquetona ni cariñosa, el amor lo demostraba
de otras maneras. Pero verla en ese
estado, tan desesperada de cariño, de cuidado y tan dependiente (habiendo sido
todo lo contrario), pudo hacer más y más profundo el vínculo madre e hija que
tuvimos durante nuestras vidas.
Recuerdo cuando era chica, estar en el patio del colegio
preguntándome si mamá habría llegado a verme participar del acto escolar. Cuando escuchaba su tos seca de fumadora
sentía un alivio y una alegría muy difíciles de describir. Paradójicamente, esa tos de tantos cigarrillos
fumados la llevó a ese estado donde el oxígeno no llegaba a curar la herida que
terminaría con su vida. Así fue como el
Director del hospital me encontró llorando por los pasillos, a escondidas de mi
vieja, sola desde el principio de este viaje y me ofreció hacerle una vía
central para darle morfina y algún sedante más fuerte para que no sintiera
dolor. Así lo hicimos una semana antes
de su partida, le hicieron la vía y las enfermeras esperaron un tiempo
prudencial para que mi hermana viniera, temiendo que fuera la última vez que la
viera despierta…nunca sucedió. Una semana
después, todavía alerta y dolorida, seguí el consejo de José Luis y le recé a
la Virgen del Carmen. No me quedó Santo
ni Virgen por invocar, sabía que estaba pidiendo que se la lleven, pero ver
sufrir a una madre es una de las cosas más tristes que te puede tocar en la
vida. Otra vez el Director del hospital
me encuentra llorando por los pasillos y me ofrece llevarla a terapia para
darle una sedación más profunda. Acepté
y le agradecí. Eso fue un viernes. El sábado al mediodía le di de comer en
terapia, quise rezar con ella y no me dejó “me da miedo” dijo. Me pidió que trajera mi auto y la llevara
lejos de ahí porque eso era una cárcel.
Otra vez le hice masajes en las manos edematizadas por el suero y le
llené la cara de besos. Varias veces me
dijo “sos mi cuidadora especial”. Me fui
y volví el día siguiente, domingo 31. Me
advirtieron que estaba dormida porque había manifestado mucho dolor. Dormida aproveché para susurrarle oraciones al
oído y pedirle que fuera en busca de su papá, mi abuelo Guillermo y de su amor
Juan Carlos. Volví a rezarle a la Virgen
del Carmen y le desparramé besos en el mentón y en el pecho. Me fui a las 14 horas. A las 17 me avisaron
que había partido. Volví a verla, quise
verla y volví a besarla pero ya despidiendo a mi querida madre a la que había
soltado tres horas antes para que emprenda su viaje al cielo.
Las únicas flores que tuvo mi vieja en el funeral las compró
mi pareja, las únicas lágrimas derramadas fueron las mías y las de mi
viejo. Mi hermana decidió
arbitrariamente no dejar asistir a nadie ni avisarle a su familia política, así
que únicamente vinieron algunas de mis amigas, la prima de mi viejo y amigos de mi
hijo.
Unos días después fui a retirar las cenizas, que voy a
llevar a su adorada Mar del Plata, ciudad que amaba y donde fue muy feliz. Pasé por el Asilo a ver a mi abuela,
obviamente no le conté nada, simplemente lloré en su hombro. Una compañera me preguntó el motivo y le
contesté, me dijo que mi abuela la había nombrado a Mirtha muy seguido, (previamente quise llevarla a ver
a mamá al hospital pero mi vieja se negó rotundamente).
De todas formas mi abuela no conoce a nadie, ya casi no ve ni escucha. Sin embargo al escuchar mis sollozos sobre su
hombro me acarició la cabeza y me dijo con toda naturalidad “¿Pichi estás
llorando?”. Se quedó un rato pasándome la mano por el pelo, como si hubiera
entendido que algo estaba pasando.
El dolor, aun cuando uno haya deseado la partida por su
bien, es inexplicable. No solamente
porque perder a una madre es una de las cosas más dolorosas que le pueden
suceder a un ser humano. En mi caso
también perdí a una hija, porque mi vieja fue durante esos cinco meses mi
hija. Dependió absolutamente de todo
para mí. Fui su refugio, su amparo, su
rescate, su fiel defensora, su cuidadora especial, su enfermera, su mamá, su
amiga, su confesora…y su hija.
¿Con qué me quedo? Me
quedo con la tranquilidad de haber luchado como una leona por ella. Con haber descubierto la solidaridad y
empatía de amigos, vecinos y perfectos desconocidos. Gente que vagaba por las calles de Capilla y
me tendieron su mano. Las asistentes
sociales del hospital, las enfermeras que cobran un magro sueldo pero no toman
revancha con los pacientes cumpliendo una tarea que raya con la misericordia
más absoluta. Me quedo con la ayuda
recibida por los familiares de las compañeras de habitación de mi vieja:
Teresa, Olga, Rosa, Lidia y la abuela de Laura.
Me quedo con el abrazo de la empleada de Acción Social que me entregó el
certificado de discapacidad de mamá. Con
la ayuda de Verónica que en todo momento me asesoró por whatsapp y me afilió a
mamá en Pami en tiempo record. Me quedo
con la ayuda y el llamado telefónico del Senador Bozzani a quien le estaré
eternamente agradecida. Me quedo con la
ayuda de Emanuel y Mercedes de ANSES, que a pesar de que no pudimos sacar la
jubiliación ni el reintegro por sepelio, se rompieron la cabeza tratando de
ayudarme. Me quedo con las zuziaz, mis
amigas que nunca me dejaron sola, con mis amigas de toda la vida (Gladys, Laura,
Carola, Cristina y Liliana), con las chicas del grupo Forastera (algunas hasta
me llamaron por teléfono!!!), me quedo con mi hijo acariciándome la cabeza el
día del funeral de mi vieja, me quedo con mi viejo y su mujer que vinieron a
ver a mamá al hospital y me dieron de comer todos los domingos que mamá estuvo
internada. Me quedo con Cristina, la
prima de papá que la fue a ver en marzo y estuvo siempre al pie del cañon con
ideas, llamados y sugerencias. Me quedo
con Alba y Silvia, tías de mi hijo, que me ayudaron de todas las formas
posibles. Y también me quedo con la
cantidad de gente que pasó a saludarme y darme sus condolencias.
La vida tiene esas cosas, todo lo que escriba suena a frase
hecha. Se llevó una de las personas más
preciadas de mi vida, sin embargo me premió con esta gran cadena de amistad y
cariño que jamás van a tapar el hueco que dejó mi vieja pero bien valen como
sustituto. Sé que puedo contar con todos
ellos. Ojalá que mi mamá esté en un
lugar mejor, felíz, sin dolor, bien acompañada y disfrutando del paraíso porque
se lo merece. Si tuvo alguna cuenta que
pagar, la pagó acá en la tierra, allá se merece lo mejor; estoy convencida de
que está disfrutando de eso.
Te lo dije en vida, te lo digo ahora dondequiera que estés:
Mamá te amo, fuiste impecable y te deseo lo mejor hasta que volvamos a
encontrarnos.
Algunas fotos y un video que es el tesoro más grande que heredé de ella:
El día que me dijo "Te amo"
El día que la saqué del Asilo a tomar café a principios de diciembre de 2014
El día que la traje a vivir conmigo, 22 de diciembre de 2014
El día que la saqué del Asilo.
Navidad 2014
Navidad 2014
Última semana de diciembre 2014 tomando café en el pueblo.
Tomando café en el pueblo.
Atardecer de verano en casa.
Año nuevo 2015 en casa.
Año Nuevo en casa.
Enero 2015.
Enero tomando café en el pueblo.
En la pileta, enero 2015.
Domingo en casa, febrero 2015.
Cumple de su nieto menor, marzo 2015.
Asado marzo 2015 en casa.
Comiendo los dulces del baby shower de su bisnieta, marzo 2015.
En el hospital abril 2015.
Con mi abuela en el Asilo, unos días después del fallecimiento de mamá, el día que fuí a retirar las cenizas (8 de junio 2015).