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lunes, 17 de agosto de 2009

EL DURO CAMINO DE REGRESO








Volver a ser la que una fue antes del invierno

La cosa empieza más o menos así. Las noches comienzan a alargarse, las temperaturas bajan, las ganas de hibernar como la marmota se incrementan en progresión geométrica; y con todo esto no nos queda otra que sumirnos en la más intrincada labor de subir de peso sin prisa y sin pausa.
De las vacaciones siempre nos quedan algunos rollos de recuerdo, conseguidos a base de helados, cervezas y pizza consumida a mansalva. También quedan los resabios del delivery estival, ya que con el calor nos negamos a cocinar recurriendo a las milanesas y empanadas por encargo, a la rotisería, cuyo número podemos recordar con más facilidad que el de nuestras propias madres (¿para qué recordar el de nuestras madres cuando son ellas las que nos llaman un promedio de cuatro veces por día?...y siempre a la hora de la comida).
Así llega el invierno, y con él las comidas suculentas. Para todo tenemos una excusa perfectamente diseñada. Un boletín con las propiedades y beneficios de consumir chocolate, porque levanta las endorfinas y evita que te suicides cuando te viene la primera factura del gas. El vino, que protege el corazón, te proporciona calor y te sube a la nube de pedo que necesitás para olvidarte del monstruoso aumento de la factura de luz (que vino a los tres días de la del gas, cosa que sigas pisando valium en un mortero para hacerte un coctel letal). El guiso de lentejas, que tiene hierro, te da un calor que permite que bajes el consumo de gas (de red) porque comenzarás a producir el propio; aunque con cada cucharón te vayas inflamando como un zeppelín. El guiso de fideos, otra herramienta indispensable en la economía familiar ya que podés estirar unos míseros 250 gramos de carne y darle de comer a un batallón (propiedades=ninguna salvo engordarte como pavo para navidad). Capuccinos llenos de crema y cacao, pastas porque la carne se fue a las nubes y estás ahorrando para pagar los servicios, licores, tortas, brownies y frutas secas; todo justificado porque hace frío y te podés vestir con tres kilos de ropa que te llega a los tobillos (escondiendo estratégicamente una barriga que amenaza con hacer estallar todos los pantalones y acribillar a botonazos limpios al incauto que se te ponga enfrente).

Si no te cierra la ropa, el paso siguiente es no dar ese primer paso a la balanza. ¿Quién se quiere deprimir con un número nefasto que dividido por cinco dará una cifra superior a quince? Nah, no lo harás. No lo harás para poder seguir engullendo cual ballena franca en cautiverio. Y así se sucederán los días del invierno, mate con cualquier cosa que destile grasa; té con scons y mermeladas que dejarían ciego a un diabético; tortas que son un atentado a cualquier hígado sano, que comerás en cuanta reunión social o cumpleaños asistas…y así sucesivamente. Entonces te mirarás al espejo siempre de perfil y metiendo panza, con el velador y la bombita de más bajo voltaje del mercado (si es posible a la luz de las velas), siempre encaramada a un par de tacos de doce centímetros; y el espejo te devolverá a una Diosa descomunal y no a la gorda entrada en carnes que subsiste detrás de tanta ingeniería visual. Eso se llama negación. Y es el primer indicio de que no pensás parar, más bien seguir subiendo. Total para la primavera faltan solo…treinta días. ¡Treinta días!. Si, treinta. O sea nada. O sea la puta madre que me parió, gorda y ciega.
Primer escalón a la curación. Subir a la balanza. La muy puta debe estar descompuesta. Seguro que alguien le saltó encima. La calibramos. Ah bueno, “problema resuelto”, da distinto: DA DE MÁS!!!. Con una copa de vino en la mano enfrentamos el dilema femenino-shakespereano “to be fat or not to be fat, that is the question”. Emborrachándonos para no caer en la desesperación, resolvemos que es hora de largar los postres, el chocolate y la lasaña (todo menos el alcohol, hay cosas que no se negocian). Entonces llamamos al gimnasio para reservar una colchoneta frente al espejo empañado por el sudor de la manada infame que hizo la misma cuenta que vos la noche anterior.

Como pájaros que migran del sur, buscando zonas más templadas, los que no solemos ser “carne de gimnasio” acudimos como aves de rapiña a llevarnos esas mancuernas y esas pesas que nos devolverán el espejismo de la cintura perdida (en algún lugar entre febrero, abril y Burguer King).
El primer día es tan humillante que solo una persona desesperada aguanta sin pestañear una rutina salvaje aderezada con una música exasperante y un corazón que amenaza con salirse del pecho y tomarse el palo silbando bajito luego de haberse pasado un invierno sin sobresaltos. El primer momento shockeante de gloria lo tendrás cuando compares tus glúteos con las “carne de gimnasio” (ver nota en este mismo blog). Ellas, que se han pasado los últimos veinte años de sus vidas haciendo gimnasia religiosamente, son un puñado de fibra que vos, secretamente esperás conseguir en unos quince días. Ellas levantan la pata a cuarenta y cinco grados, vos necesitas cuarenta y cinco marines que sostengan esa masa de carne informe que supo llamarse pierna, para hacer lo mismo. Ellas se saben la rutina al pie de la letra, vos necesitás apuntes para poder subir y bajar del step sin llevarte puesto el espejo, la columna y tres compañeritas. Ellas parecen figuras gráciles y flexibles a las que no se les cae una gota de sudor, vos parecés una vaca a punto de ser cuereada que destila agua por todos los poros y cuya cara parece un globo rojo a punto de estallar. Los sopliditos de la Profe (marcados adrede para que una aprenda a respirar) a vos te salen naturalmente y son aullidos de dolor proferidos desde el fondo del estómago como una súplica de piedad (o el final de un orgasmo de esos que se anotan en los récords Guiness). Cuando te animás a dejar de mirar por un segundo a la torturadora profesional a la cual le has pagado para que te cague la vida y destroce el cuerpo posando la mirada en tu propio ser, te das cuenta que te has convertido en un manojo de carne tembleque y sudorosa con los mechones de pelo empapados pegados al costado de la cara, los ojos inyectados en sangre y unos músculos abdominales que brillan por su ausencia. De eso te percatás cuando te desparramás en el piso haciendo ruido, abandonando el undécimo ejercicio para trabajar la zona, dándote por vencida sin el más mínimo atisbo de culpa.

Después del primer entrenamiento a la “G.I. Jane” para convertirte en una Navy Seal, llegarás a tu casa arrastrándote como una babosa de jardín. Hasta las ganas de comer te sacaron, no por falta de iniciativa, es que no te quedan fuerzas para abrir la heladera. Ni para marcar el número del delivery. Solo después de una ducha podrás tomar la sopa Light de a sorbitos (en los escasos momentos en que los brazos dejan de temblar).
Al día siguiente, cualquier acción será una proeza. Desplazarse hacia el baño te hará acordar a tu abuela (que arrastra los pies sobre dos gigantescas pantuflas de toalla). Sentarte en el inodoro te hará ver las estrellas, subirte a un par de tacos una tarea imposible. Vestirte será tan doloroso que le pedirás a tu hijo que te abroche los pantalones y vas a necesitar una caña de pescar para subirte el cierre de las botas.

¿Vas a volver? Probablemente. Porque una es hija del rigor. No hay caso. Las mujeres fuimos diseñadas para sufrir. Hay que pagar el costo de un invierno de satisfacciones y deleites. No queda otra. Bah, si, queda otra. Quedarse así y rezar para no encallar en la orilla de la playa el próximo verano, después de surfear un par de olas…

domingo, 22 de marzo de 2009

SALUD INFANTIL


Turismo pediátrico

Cuando una pareja se embarca en la fabricación del primogénito, ya sea conscientemente o no, nunca imagina que nueve meses (después de pasarla tan agradablemente bien) se encontrará inmerso en un nuevo y complicado derrotero: la elección del galeno encargado de la supervivencia del neonato.
Mientras los flamantes padres permanecen en el hospital o la clínica las complicaciones son resueltas con el simple toque de un timbre que inmediatamente invoca a un especialista que se hace cargo de esa cosa que no deja de llorar, inexplicablemente.
Pero cuando uno traspasa la frontera del nosocomio y debe llevarse ese bulto que berrea a casa, deberá saber exactamente a quién llamar cuando las papas quemen. Es por esto que en las últimas consultas previas al parto, los obstetras mandan a las parejas a disfrutar del turismo pediátrico.

Cartilla médica en mano, los ignorantes futuros padres marcarán con lápiz los apellidos que, a su humilde entender les generan confianza. Por eso, un Dr. Buenaventura tendrá más posibilidades que un Dr. Malanotte (aunque éste último haya hecho un master de Pediatría en la Clínica Mayo). Pero nunca sabrán si ese médico les genera confianza hasta que lo tengan enfrente, la única manera de separar la paja del trigo es tomando turnos con cuanto médico tengan la chance de conocer. Los recomendados por la tía, por la suegra, por la vecina que acaba de parir, el clínico de la familia y hasta el veterinario del perro; todos serán potenciales “front runners”, hasta ser descartados por algún incierto motivo que será develado en la primera entrevista.

Si alguien pudiera filmar las salas de espera de los Médicos Pediatras, se haría una fortuna vendiendo los clips como anticonceptivos. Todo aquel que goce de una buena libido la perderá instantáneamente al poner medio pie en estos cuartitos tapizados de nubecitas, autitos y muñequitas. Entre los aullidos ensordecedores de una horda de críos hirviendo de fiebre, otra media docena que solo para de llorar para vomitar y otros seis que se secan sus narices chorreantes mientras arrastran camiones de bomberos por el piso llevándose puestos los talones de todo el mundo; anunciarse a la recepcionista es de por sí una tarea titánica. Demás está decir, que a la señora le suena el teléfono más seguido que a la CIA, pero como la dama en cuestión es sorda, no pierde la calma (creo que las eligen mayores porque son inmunes a los ruidos molestos, pueden bajarle el volumen a sus audífonos y como son abuelas todos los chicos les recuerdan a sus nietos…aminorando el nivel de furia ante el espectáculo dantesco).

Una vez esquivado el camión de bomberos para sacar la credencial y no morir en el intento, los futuros padres se sentarán con el culo apoyado en la pared por temor a perder la virginidad del recto ante la mirada atenta de un crío de cuatro años que no para de enchufarle el caño de una metralleta de plástico en el culo a quienquiera que se agache a sacar una revista del revistero. Es sorprendente como baja la tasa de natalidad en estos lugares, que es inversamente proporcional al desmadre que se produce con los chicos en la sala de espera y/o nivel de ruido (en decibeles) reinante. Es muy probable que la parejita preñada que asiste a la primer consulta tuviera un proyecto de unos cinco pendejos cuando subió al ascensor del consultorio, unos cuatro cuando se bajó del mismo (ya que el ruido se escucha desde el pasillo), unos tres a la media hora de espera; quedando perfectamente de acuerdo, finalizada la entrevista, en que el crío por venir será hijo único. La embarazada añadirá un nuevo ítem a su lista de notas y preguntas a los médicos “recordarle al obstetra que ligue mis trompas después de la cesárea”. No solo el ruido ambiental aporta al recorte del número de hijos a procrear, las cosas que uno escucha en esos salones no tienen desperdicio. Lo usual es que la pareja sea abordada por una madre de tres o cuatro salvajes que no paran de hacer destrezas físicas colgados del perchero o haciendo equilibrio sobre una mesita plástica a punto de resquebrajarse. Esta mujer con ojeras y cara de asesina serial vociferará de tanto en tanto alguna maldición a su prole para luego adoptar un tonito dulce pronunciando un tierno “¿es el primero?” (mientras apunta con el dedo índice la prominente barriga de su interlocutora). La tímida señora cabeceará un mudo “sí” mientras el marido le frota el vientre orgulloso, señalando el fruto de su semilla encapsulado ahí dentro. Es entonces cuando la madre de los gimnastas rusos devenidos en espartanos (ya que a estas alturas se han desnudado para dedicarse plenamente a la lucha de espadas, con los paraguas de los pacientes), calentará motores para vomitar un monólogo capaz de sacarle las ganas de copular a un ejército de conejos. Lo único que la callará es la voz de la Secretaria pronunciando el apellido de sus hijos (que a estas alturas han desarrollado una nueva habilidad que involucra dedos y mocos). La pareja, más tranquila, comienza a recapacitar sobre lo que les depara el futuro recorriendo la cara de otros padres y otros chicos con sus toses, pústulas y amígdalas en rojo. Está clarísimo que si uno tenía dudas sobre la salud del niño que ha llevado a la consulta, a la salida se irá con trece bacterias y un par de virus (y la certeza de que ahora sí está definitivamente enfermo).

Pero volvamos a la pareja que repasa la lista de preguntas que podrían ser perfectamente contestadas por una abuela o un buen libro de puericultura en lugar de una entrevista que se perfila como la tortura franciscana del milenio. Llegado el momento, serán acompañados al consultorio por la señora sorda que los dejará temblando del portazo, aislándolos del ruido monumental de la sala de espera. Y ahí comienza la verdadera hazaña, conseguir un médico a la medida de las aspiraciones que uno tiene.
Algunos hablan con una cadencia que resultará insoportable a sus pacientes; otros abusarán de los diminutivos; habrá quienes den por sentado que uno lo sabe todo y no explicarán nada; otros los recibirán al paciente con un gato durmiendo plácidamente en la camilla para horror de unos híper higiénicos padres y otros tantos sembrarán más incertidumbre que confianza describiendo la tasa de accidentes cerebro vasculares en respuesta a la inoculación de determinada vacuna (estadística en mano). La elección no será sencilla y demandará por lo menos otras dos visitas antes de dar con la persona indicada. Que tendrá que estar disponible a las cuatro de la mañana cuando el crío tosa como un lobo marino y el tipo nos diga por teléfono la dosis exacta de corticoide para descongestionar una laringe que no deja pasar el aire (luego seremos nosotros los que llamaremos la ambulancia porque el episodio nos deje al borde de un infarto). Tendrá que tener paciencia para escuchar la misma pregunta sobre el puré de tres colores, las caquitas de tres olores y las secreciones nasales que abarcan toda la gama de verdes y amarillos de la caja de 48 lápices Faber Castell.

Prepárense para el viaje, porque desde que el retoño llega a nuestras vidas hasta que cumple los catorce, se van a aprender de memoria el horóscopo de la multiúnica revista del año 98 del revistero, van a conocer al dedillo la cantidad de nubecitas de la guarda de la pared, van a tener contados los autitos del canasto de juguetes y se aprenderán los nombres de todas las Barbies descuartizadas y peladas que habitan la casita de la sala de espera del Pediatra.

¡Buena suerte! (la van a necesitar)

jueves, 26 de febrero de 2009

CARNE DE GIMNASIO

Descubra si es Ud. un deportista genuino

Los “carne de gimnasio” son seres que han sido bendecidos (o maldecidos) con una inquietud perenne y la energía capaz de poner en funcionamiento una central hidroeléctrica con las gotas de su propio sudor. Adictos al físico perfecto, son capaces de cumplir con una jornada laboral extenuante para luego encerrarse durante dos horas a saltar como marranos al compás de una musiquita exasperante. Probablemente poseen una bicicleta fija y varios aparatos y mancuernas que han sabido adquirir gracias a TV compras o a la oferta de algún hipermercado. Así como coleccionan aparatos para hacer abdominales y otros elementos de tortura similares, los carne adquieren cuanto DVD aparece para la venta con el último grito en ejercicios físicos. Se conocen al dedillo el aerobox, pueden hacer step dormidos y hasta chatean con el creador del taebo (un sádico que se propuso exterminar gente instándola a dar golpes de puño en el aire). Por supuesto, siempre tienen las zapatillas más caras del mercado y los equipos de gimnasia más modernos (con bandas fluorescentes y ojos de gato para poder ser vistos si se les da por correr a las dos de la mañana).
Siempre podemos encontrar una balanza en el baño de un “carne de gym” y es seguro que también sean dueños de algún dispositivo que mide las pulsaciones mientras usan la cinta para correr que tienen en el medio del living. Sus alacenas están atiborradas de complejos vitamínicos, cereales con fibras, galletas de arroz, suplementos dietarios, algas, hierbas diuréticas, cajas y cajas de té verde y algún que otro laxante natural en forma de barra de ciruelas disecadas. Generalmente son fieles a aquel gimnasio que los tiene como miembros desde que se mudaron al barrio y son tan perseverantes que el profesor los pone como ejemplo porque jamás se contracturan el cuello haciendo abdominales. Sonríen con erudita satisfacción cuando sus ejercicios para tonificar los abductores son puestos como ejemplo de lo que debe hacerse y pierden la paciencia con aquellos novatos que se equivocan en la dirección de algún pasito ocupándoles el lugar para ponerle freno a sus impecables maniobras gimnásticas. Siempre se instalan frente al espejo, a sabiendas de que serán vistos por el resto de la clase (y para alivio de aquellos que odian equivocarse y se van bien al fondo). Exhibicionistas por puro placer, los carne no tienen pudor a la hora de revolear los trapos en las duchas; se pasearán en bolas por los vestuarios demorando el momento de calzarse la ropa mientras se embadurnan en pomadas para hongos y se espolvorean los pies con polvo pédico. Disfrutan el ser admirados por aquellos que tienen un vientre por achatar o glúteos por afirmar y suelen pavonearse mostrando sus barriguitas de tabla de chocolate y sus bíceps marcaditos. Un pozo celulítico les puede amargar la vida al punto de invertir el sueldo entero en cremas francesas con promesas para ilusos; demás está decir que han desterrado el chocolate y la cerveza de sus magras vidas.
Las bibliotecas de estas personas suelen estar abarrotadas de libros de Deepak Chopra, Osho, de medicina ayurveda, Reiki, nutrición y varios tomos de todas las publicaciones de Alberto Cormillot y Jane Fonda. Las revistas de medicina, salud y nutrición abundan en las mesas de café de sus casas porque sienten la sagrada compulsión por convertir a la gente fumadora, gorda y pasiva en seres renovados y sanos que se salvarán del colesterol gracias a una buena arenga (Gatorade en mano).
La gimnasia ocupa el centro del inquieto universo de los “carne”, pagan la cuota del gimnasio antes que la del colegio de los chicos y preferirán una expedición a pata al Monte Fitz Roy antes que quince días en París (aunque les cueste lo mismo). Hasta sentados frente a la computadora contraen y aflojan los cantos del culo para tonificarlos y es frecuente encontrarlos hablando por teléfono mientras hacen flexiones con una latita llena de gaseosa en mano. No existen los feriados, ni las vacaciones ni excusa lo suficientemente buena para no caminarse cuatro kilómetros, obligar a algún miembro de la familia a sentarse sobre sus pies para hacer flexiones o hacer un par de horas de step dos horas antes de Nochebuena. Corren, no caminan; se restregan, no se duchan; tragan, no comen y hagan lo que hagan nunca están lo suficientemente conformes con el resultado.

¿Cómo saber si uno pertenece a este rubro?. Fácil, lea esta lista de hábitos y si tiene más de cinco…cómo decirlo…Ud. es un aparatito “carne de gimnasio”.

Tiene la cuota del gimnasio al día y nunca pagó fuera de término en los diez años que utiliza sus servicios.
El bolso con la ropita, las zapatillitas, la toalla y el desodorante pernocta en el baúl de su auto (por si las moscas).
Conserva la misma talla de calzas o jogging desde 1985.
El profesor del gimnasio le hace regalos para Navidad y Ud. para el día del maestro.
Repudia a todo aquel que exhibe sus rollos desprejuiciadamente.
Los fines de semana no se saca el jogging ni para ir al cumpleaños de sus amigos, porque inmediatamente antes o después emprenderá una enérgica caminata que terminará con media horita de bicicleta fija frente al televisor.
Se obnubila frente a las vidrieras de las casas de deportes y siempre se lleva algo extremadamente útil como una cantimplora o un par de muñequeras.
Sabe exactamente el equivalente en pasos a las calorías de un alfajor, consumiendo siempre lo que ha comido para conservar el peso que orgulloso ostenta.
El sexo es un deporte más, cuanto más atlético y esforzado mejor. El sudor es directamente proporcional al nivel de satisfacción, aún cuando la pareja no opine lo mismo ya que hacerlo cabeza abajo y con las piernas detrás de las orejas no le garantiza el orgasmo.
Está convencido de que el yoga es para debiluchos, pero no lo verbaliza porque sabe que pierde la membresía del “Club de la buena salud” (y queda como el culo).
Aunque tiene cuarenta, las rodillas son las de alguien de ochenta ya que han sido sometidas a un desgaste descomunal de tanto hacer sentadillas y estocadas.
Está bronceado en pleno invierno de tanto correr y caminar al rayo del sol.
En su casa, el ESPN y el FoxSports son los únicos canales que se miran.
Cuando falta el Profesor de Gym, Ud. se ofrece de voluntario para dar la clase.
Tiene la bicicleta colgada en el balcón o la galería, el abdominizer debajo de la cama y las mancuernas en el escritorio.
Los lunes, miércoles y viernes gimnasio. El martes futbol con amigos, el jueves taekwondo, los sábados tenis y los domingos natación en verano o volley en invierno. Eso sin contar los cuatro kilómetros matutinos a las seis de la mañana desde que dejó la Escuela Secundaria, donde todos le decían “dogor”.
En la heladera todo es verde. Aguas saborizadas sin azúcar, postres light, panes de salvado doble, mermeladas bajas calorías, gelatinas con edulcorante y verduras de todos los colores. El dulce de leche tiene la entrada prohibida.
Aún sentado menea la patita y dormido camina por todo el perímetro de la cama amaneciendo con los pies sobre la almohada.
Vive engrasándose con pomadas para hongos por pura precaución…no vaya a ser cosa que un maldito dermatofito le desate un furibundo pie de atleta que lo deje fuera del natatorio.
Lleva un completo registro de sus actividades físicas, así como también de la ingesta calórica en una prolijísima planilla Excel que vive en un pen drive que lo acompaña a todas partes.
Adora la música tecno porque lo invita a ejecutar su rutina de ejercicios como la cobra que asoma la cabeza al compás de la flauta.
Sus amistades son como Ud. o huyen despavoridas cuando se pone a hablar de las bondades de las semillas de lino y la importancia de la ejercitación aeróbica a las seis de la mañana.

Ud. no es un “carne de gimnasio” si tiene cinco o más de estos saludables hábitos

Colecciona carnets de gimnasios. Se anota. Paga la matrícula. Se saca la foto. Va a la primera clase y no vuelve nunca más.
Puede que tenga mancuernas y algún set de elementos para ejercitarse (tirados en el garaje, envueltos en una nube de polvo y una gruesa telaraña).
Tiene bicicleta, pero está siempre desinflada (y todavía conserva las rueditas de los seis años).
En la pileta hace la plancha o flota sobre una colchoneta plácidamente. Todavía no aprendió a tirarse de cabeza (eso sí, de bomba es capaz de vaciar media pileta).
No puede ni quiere dejar la cerveza, se banca con gallardía el rollo que lo prueba.
Cuando lo convocan para el futbol se ofrece de arquero porque ni mamado se pone a correr como un condenado después de todo un día de oficina.
¿Para qué caminar si el auto lo lleva hasta la Panadería que está a unas tres cuadras de su casa?.
Las calcitas ciclistas que alguna vez llevara con discreto encanto, ahora no le sirven ni para muñequeras.
Antes de que lo vean con jogging un domingo es capaz de tirarse debajo de un tren. Odia la ropa deportiva y aborrece a los domingueros que salen a trotar disfrazados de Marines de USA.
Hace quince años que tiene el mismo par de zapatillas.
No sabe lo que es un hongo, no sabe lo que es transpirar y es capaz de suicidarse si se queda sin pilas AAA para el control remoto debiendo pararse para hacer zapping.
Si engancha un programa de gimnasia, sólo se queda mirando si la profesora tiene un culo para el infarto o el profesor es un pecado ambulante; ni se le cruza intentar el ejercicio.
Sabe sobre todos los deportes, porque los ha practicado todos abandonándolos sistemáticamente en la tercera clase.
La gente que hace step lo pone muy nervioso.
Si tuvieran que lipoaspirarlo necesitarían un oleoducto para deshacerse de las grasas.
Para el sexo la tranquilidad y la seguridad son primordiales, si le piden un cambio de posición se le escapa la libido; esas cosas raras solo existen en las películas.
Restaurante favorito: El tenedor libre. Heladera: doble puerta y con el contenido suficiente para subsistir cuarenta noches en el desierto.
Se acuerda de lo que comió al mediodía porque el reflujo gástrico le devuelve el ajo del pollo a la provenzal porque de otra manera jamás podría decir con exactitud la cantidad de comida que ingirió ese día.
La profesora del gimnasio siempre lo elige como ejemplo de lo que no debe hacerse, burlándose de su falta de coordinación ante la risa del ejército de gimnastas que lo miran con desprecio.
Siempre abandona antes de los cien abdominales.
Todos los fines de año se propone pasarse al bando de los carne de gimnasio; para el quince de enero no sólo no se ha anotado…se ha comprado las seis temporadas de la serie “Los Sopranos” que piensa ver desparramado en el sillón debajo del ventilador, como todos los veranos.
Y están los que se ponen a piratear las clases de Pilates que jamás en su vida probarán…

Dime qué marca y en qué estado están tus zapatillas y te diré a qué grupo perteneces.

martes, 18 de noviembre de 2008

Sadismo odontológico


Mi dentista es la reencarnación del Marqués de Sade (pero con tecnología del siglo XXI)

No puedo creer que los avances científicos y tecnológicos de los últimos cincuenta años no hayan contribuido, aunque sea un poquito, a alivianar las molestias que nos causan los Odontólogos cuando se ocupan de nuestra salud dental. Estoy convencida de que se deben haber inventado infinidad de medicamentos y tratamientos para curar sin dolor; el tema es que estos profesionales de la tortura no los utilizan porque además de dentistas son sádicos meticulosos que disfrutan con el dolor ajeno.
Desde la sala de espera donde nunca hay nada bueno para leer que nos distraiga del ruido de la turbina y los ahogados quejidos del paciente que nos precede, hasta la cara de pocos amigos de la asistente; todo el entorno contribuye para que uno desee le crezcan alas y así salir volando por la ventana del consultorio ante la primera de cambio.
Mientras nos debatimos entre salir arando o instalarnos estoicamente a aguantar la que se viene, tratamos de desfocalizar concentrándonos en la horrorosa música ambiental que, lejos de relajarnos nos pone los pelos de punta. ¿A qué cerebro retorcido se le ocurre musicalizar un consultorio con bandas sonoras de películas?. ¿A quién se le pasa por la cabeza hacer un compilado de música de películas de terror para musicalizar cualquier ambiente?. A un sádico, evidentemente.
Al compás de los violines de “Psicosis”, repasarás con la lengua el agujero que te hace ver las estrellas con un mísero sorbo de café caliente y te convencerás de que el mejor remedio para tu tortura es dejarte decapitar por un personaje de Alfred Hitchcock. En estado de cagazo pre-obturación harás buches con tu propia saliva para verificar la necesidad de la consulta arribando a la conclusión de que el remedio es peor que la enfermedad. Con la mano sudorosa en el picaporte, al borde de la huída más cobarde de tu historia escucharás la voz del Dr. Mengele pronunciando tu apellido con placer, anticipando el deleite que le proporcionará tu cara de óbito (tu deceso es inminente y se producirá a causa del más puro terror).
El paciente despachado te robará el monopolio del picaporte y antes de que quieras darte cuenta estarás encandilado por la lámpara de interrogatorios de la CIA, postrado y encadenado a un babero en el sillón del manager de las pesadillas de tu noche anterior.
Antes de que puedas explicar el motivo de la consulta, el Doctor Muerte te encajará el gancho de la aspiradora en el labio inferior mientras te destraba la mordida nerviosa con un espejito, entrando en cada doloroso bache con lo más parecido a una mini guadaña (la misma que usa la Parca, pariente cercano de estos sujetos). No contento con esto, una vez detectado el cráter infernal, te sopleteará el mismo con agua y aire haciéndote dar vueltas los ojos para atrás ya que el dolor es directamente proporcional a la cantidad de estrellas y pajaritos que estás viendo en la cara posterior de tu cráneo (y en cinemascope). El que ahora pasaremos a llamar “torturador profesional”, inmerso en la más pura dicha te informa que ha encontrado la madre de todos tus males.
Sin esperar tu consentimiento, se asegurará de que no puedas protestar llenándote el buche de cilindros de algodón, mientras carga una jeringa parecida a una 9 mm. semiautomática cromada. Las rodillas, que ya empiezan a flaquear y el pulso que comienza a acelerarse son la evidencia más tangible de que todo tu sistema se prepara para la defensa. Con los músculos agarrotados como una estatua de mármol y la boca llena (cual hamster sobrealimentado) de fibra balbucearás un tímido: “¿me va a doler?”. La respuesta es siempre negativa y es entregada con una sonrisa incisiva como el diente que te están por taponar. El torturador te rociará la encía con un líquido que te asegura, te protegerá del dolor del pinchazo inicial. Reverenda mentira repetida hasta el cansancio, supongo se debe a que estos castigadores gozan con la sorpresa del incauto, que les cree a priori, y se relaja esperando una leve brisa y no la onda expansiva de un dolor punzante que lo va a dejar contracturado por cuarenta y ocho horas.
Esperando el choque del misil contra tu quijada entumecida, con los ojos y los cantos del culo bien apretados para no dejar espacio vulnerable a futuros ataques, te disponés a abrir la boca unos 0.005 milímetros encomendándote al Santo patrono de los mártires y víctimas de delitos aberrantes. Como la aguja no pasa por el intersticio infranqueable que le habilitaste al matasanos, serás invitado a abrir la boca a martillazos limpios, de espejito que el Doctor te propinará sobre las paletas. Si no logra su cometido, es muy probable que haga palanca con la misma herramienta o la mini guadaña (el tipo está cansado de que le muerdan los dedos, así que honra la famosa frase “el que se quema con leche llora cuando ve la vaca” y no mete un garfio ni que lo maten).
Una vez vencida la oposición, el Doctor introducirá toda una batería de instrumentos para impedir que vuelvas a cerrar la mandíbula (al menos durante los próximos quince días).
Con cara de médico forense despelechando un cadáver (y la lengüita levemente afuera para asegurarse la puntería), introducirá el elemento punzante en la encía que cruje como salchicha alemana pinchada por un tenedor. El dolor te hace saltar las lágrimas y un par de puteadas se escapan de tu boca, aunque inentendibles por efecto de la boca dormida y llena de objetos. Cuando parece que lo peor ha pasado, serás sorprendido nuevamente por el paso del líquido empujado a través de la carne; un dolor similar a la descarga eléctrica obtenida al morder el cable del velador enchufado, descalzo y parado sobre un charco de agua.
El Doctor entonces, procederá a esperar el tiempo que él considere, tardará el químico en dormir la zona (que nunca coincide con el tiempo real, pero el tipo tiene la sala de espera llena y vos sos una persona aguantadora…te asegurará con la sonrisa de Hannibal Lecter). Entonces pelará su arma secreta, el torno ultrasónico, hipersilencioso que acabará con todas tus algias (y tus ganas de volver a pasar por una experiencia similar). Te pedirá que levantes la mano ante la primer señal de molestia, aunque no se tomará la molestia de cejar en su esfuerzo de tallar el diente…”ya que estamos muy próximos a terminar, aguantá un poquito más”. Con ganas de invertir mil pesos en un asesino a sueldo que lo liquide esa misma noche, y haciendo aspavientos con ambos brazos para que el tipo pare de buscar petróleo dentro de tu boca, te ahogarás con tu propia saliva y el agua que chorrea el maldito instrumento. Ni al borde de la asfixia serás eximido de su grotesco salvajismo. El tipo va a terminar cuando a él se le ocurra y encima te acusará de “flojito” riendo como una hiena maldita.
Con el nervio de la muela casi al descubierto y el hemisferio cerebral que se dedica a registrar el dolor, en guerra, preguntarás por cada herramienta o medicamento que el torturador te acerque a la boca. Te pedirán que hagas un buche, solo para comprobar que no podés retener el agua que caerá cual catarata sobre el babero, tu ropa (y si estás muy recostado podrás lavarte el pabellón auricular con los restos de baba). Luego te taparán el orificio con una mezcla que huele horrible y sabe a shampoo pediculicida.
Dormido e imposibilitado de abrir los ojos por efecto de la lámpara que te perfora las córneas, relajado porque la anestesia comenzó a hacer efecto justo cuando el dentista termina su labor; serás invitado a irte (ahora quecomenzabas a disfrutar del viaje medicamentoso).
Demás está decir que dolerán más los honorarios del profesional del dolor que el dolor en sí. Lo que te convierte en un masoquista que paga por dejarse infringir dolor voluntariamente. Y lo que es peor aún, seguirás consumiendo cantidades industriales de azúcar para asegurarte el regreso a la Cámara del Sufrimiento.

Si algún día pudieran arrebatarle el torno al Odontólogo…¿dónde obturarían?.

Yo lo tengo clarísimo. Mwahahahahahahaha!