¿Alegría de vivir? ¿Sobreviviente del naufragio doméstico? ¿Observadora sarcástica de mi entorno o pasada de rosca con el tranquilizante recetado? ¿Algarabía con patas? Para Guille y Gerardo que son lo más! Y para mis zuziaz queridas: Zele, Agos, Ari, Maite, Jime, Patty, Yasi, Frida, Eleonora, Anabel, Elisa y Clau. Mis amigos de siempre Lili, Caro, Ana, Claudia, Urcu, Romy, Gaby, Ale, Lau, Gladys ,Pato, Dumbo, Pepeluí este blog es para Uds. Los quiero
martes, 27 de agosto de 2013
REVOLUCIÓN EN EL GRANERO DE JAMIE FRASER
lunes, 10 de mayo de 2010
PENDEVIEJAS DE PLASTICO

La cultura de la eterna Barbie adolescente
Es fácil reconocerlas. Se deslizan por la vida con la misma cara que un ciervo encandilado por una 4X4 en la montaña. A simple vista, y por su forma de vestir, parecen mujeres de treinta y pico…o veinticinco las más dañadas. Pero el promedio de edad de estas mujeres es de 50 años, cronológicos y que jamás concuerda con lo que verbalmente expresan, como si la mentira pudiera estirar la vida o atrasar las horas.
Generalmente son mujeres que han sabido cultivar un pasado ilustrísimo como adornos bonitos de sus parejas o simplemente han laburado con el envase (hasta que el envase comenzó a caducar). Se han pasado la vida de dieta en dieta, yendo de la cama a la peluquería y de la peluquería a gimnasia. Devotas de cuanta revista de modas existe, prefieren invertir una fortuna en una lipoaspiración o la nueva cartera de Vuitton que conocer el Partenón. Nada las deja más satisfechas que mirarse en el espejo, pero el espejo deberá devolver una imagen fresca e infantil construída a base de sacrificadas visitas al cirujano plástico, al gimnasio, a la nutricionista, a la peluquería, a la masajista, a la manicura, a la cosmetóloga y quien sabe cuántas cosas más. Dios no permita que la edad se filtre por las patas de gallo o las manchas de las manos, eso sería peor que engordar cuatrocientos gramos y ya no entrar en el mismo talle de jean de la hija de dieciocho años.
Es así como se pasean estas pavas reales, embutidas en un jean blanco que deja traslucir una tanga de hilo dental incrustada entre los cantos de un culo que ha sido sistemáticamente sometido a innumerables descargas eléctricas para tonificarlo intentando evitar lo inevitable (que cada año esté más cerca del piso).
Muñecas plásticas, sus caras tienen la misma expresión vacía que las estatuas de cera del museo de Madame Tussaud. Con poca irrigación sanguínea, producto de la escasa densidad de piel facial gracias a varios liftings, los vasos sanguíneos exageradamente expuestos tienden a darle un tono gris azulado a sus caras. Los sucesivos estiramientos han ido tensando de tal manera los rostros, que las que alguna vez fueran bocas decentes y expresivas, ahora se asemejan a la sonrisa del Guasón. Los labios son un capítulo aparte. Sobrealimentados de rellenos químicos y botox, difícilmente se muevan con naturalidad (lo cual se traduce en una importante dificultad para expresarse, ni que hablar de guardar los implantes dentales ultra blanquísimos en su lugar). Si uno dibujara una raya perpendicular a las comisuras labiales, cualquiera podría confundir a estas mujeres con esas marionetas que usan los ventrílocuos para hacer su show. Y estas mujeres son un show, un circo ambulante frikki que causa una mezcla de gracia y estupor. La mirada sorprendida, que hay que agradecerle al último cirujano que dejó los ojos sobre las orejas, es el sello inconfundible de un dinero mal invertido en varios quirófanos de renombre. Pero detrás de esos rostros encerados y tensos como una pelota de futbol sin estrenar, hay una mirada que delata. Son ojos que han perdido la frescura de los veinte, ojos que lloran lentes de contacto de color y que llevan impreso el cansancio de la edad que realmente tienen.
Ridículas como ellas solas, se las puede ver en una disco haciendo fila en el baño para pararse frente al espejo. Revoleando la cabellera de tres largos (gracias a las tres últimas extensiones capilares), se acomodarán la remerita escotada dentro de la minifalda de jean dejando semidescubiertas las últimas dos adquisiciones del año: dos globos gigantes en el lugar donde antes había dos tetitas sumisas. Con la piel del pecho a punto de estallar, maquilladas como puertas, con tanta bijouterie que se les hace jorobado caminar derechitas; estas Barbies abuelas no se resignan a entregar la posta a sus hijas o en algunos casos a sus nietas.
Botas blancas de caña alta, calzas, remeras animal print, cinturones anchos con tachas, pelos hasta la cintura, hombros descubiertos, pestañas postizas, corpiños con aro, transparencias y encajes son algunas de las cosas que se ven (y que uno no quisiera recordar por vergüenza ajena). ¿Nadie le dijo a esa cincuentona que la remerita de encaje es too much para las redondeces propias de su edad? ¿Nadie la frenó antes de que saliera a la calle disfrazada de 68 kilos de mozzarella en envase de nylon? ¿Y esa otra que pesa menos que su hija de 22? ¿No le dijo el marido que parece una nena de catorce que ha perdido todos los atributos de una mujer hecha y derecha? ¿Nadie le avisó que se había quedado sin culo y sin tetas, sin cadera y sin expresión en su loca carrera por seguir comprando la ropa en el mismo lugar que la novia de su hijo?
Lo más raro de todo esto es que las mujeres hacen esto para conquistar, para seducir. El tema es qué o a quién. Porque las que tienen pareja suelen caminar al lado de ellos sin mirarlos, distantes y gélidas con la vista perdida en algún lugar del pasado. Un pasado que ningún cirujano puede devolver. Un cuerpo que ya no es el mismo y pasa facturas todo el tiempo. Creo que lo hacen para competir con otras mujeres, por miedo a ser reemplazadas por un modelo más nuevo (como se hace con los autos o los celulares). Creen que la apariencia puede engañar a Chronos, como Santa engaña a los chicos en Navidad. Lamento informarles chicas, el reloj no se detiene. La vida pasa y el tiempo se achica. Prefiero mil veces las caras con arrugas de reírse, de llorar, las marcas de los partos, la barriguita cervecera, una hamburguesa clavada en el momento justo, la dosis exacta de endorfinas por kilo vivo (
Nota: Ni en pedo me dejo masacrar por el Dr. Robert Rey (con la ropa que usa, me atrevo a dudar de su juicio estético)
domingo, 21 de junio de 2009
SUEGRITAS QUERIDAS

Las suegras vienen con los hijos no huérfanos de los novios que supimos conseguir con ardoroso esfuerzo. Mientras salimos con ellos y no se vislumbra un proyecto matrimonial en el amoroso porvenir de la parejita en cuestión, estas señoras suelen permanecer en un estado de latencia que no nos despierta ninguna sospecha. Hasta llegan a parecernos encantadoras, encantadoras como una cobra que todavía no ha asomado la cabeza del canasto (y no es porque no hayamos tocado la flauta lo suficiente, créanme). El tiempo de noviazgo debería alertarnos porque pocas suegras pueden mantener el personaje de tiernas mamitas conciliadoras y protectoras. Algunas muestran los dientes como el perro al que le estás por afanar el hueso, ante la detección de una caricia (de sus hijos hacia nosotras) o un proyecto de paseo que no las incluye. Pero la mayoría guarda cierta compostura porque de boludas no tienen un pelo y se percatan enseguidita de que el nene se alejará del hogar materno si la novia se les monta en un huevo. Algunas llegarán al extremo de pasarse de mambo y deshacerse en atenciones y regalos con la secreta esperanza de que el hijo pródigo se de cuenta a tiempo que es mejor estar solito que mal acompañado (y si es en casa de mamita mucho mejor).
El problema arrecia cuando se enteran de que la nenita inofensiva, que saltaba de la silla para secarle los platos o simplemente sentarse el domingo entero a mirar películas del año del pedo haciéndoles compañía mientras el hijo “descansaba”; se convertirá en la nuera encargada de alimentar y vestir al que hasta ayer era “el amor de sus vidas”.
Cuando se habla de guerra fría, deberían referirse a este tipo de reyertas que se dan lugar entre suegras y nueras. Hago esta distinción porque la relación entre suegras y yernos suele ser mucho más frontal y encarnizada.
La cosa comienza despacito y mucho antes de que la nuera tenga registro de que está siendo objeto de una campaña de desprestigio que tiene por objeto dejarla como una inservible incapaz de llevar adelante un hogar (y mucho menos criar a la prole que las sucederá). Como en una obertura de Verdi, la tensión y la magnitud de los conflictos van “in crescendo”, sumando roces y disputas de la misma manera que se agregan trompetas y violines al final de la partitura.
Ojo, como toda regla, hay excepciones que la confirman (algunas son rescatables, hasta amigables me animaría a decir). Pero a la gran mayoría les cabe el término creado por mi entrañable amiguita madrileña: “zorrosuegra”. Ella supo tener un ejemplar digno de llevar ese nombre, por eso, he aquí una lista para detectar a estas señoras (lista que ha sido alimentada por las anécdotas de todas mis amigas que tienen o tuvieron el placer de padecerlas):
COMO DETECTAR A UNA ZORROSUEGRA
Te hace regalos espantosos para tus cumpleaños y navidades tales como: pijamas anti-sexo de franela color gris (pero muy calentitos), impenetrables, cerrados hasta el cuello; pantuflas de las que usan las ancianas en los geriátricos (pero anti-deslizables, Dios no permita que te caigas de culo y te fractures la cadera por culpa de un taquito más sexy); chocolates (que son para él porque vos estás a dieta, y si te los comés mejor, porque engordás y te ponés fea); el collar de porotos pintados del cual se desprenderá con mucho dolor ya que es recuerdo de su viaje a México en el año 1967 (la mitad de los porotos tienen moho pero se supone que lo guardes con mucho ahínco); pantuflas otra vez porque se le olvidó que ya te regaló unas igualitas para la última Navidad (y encima es consecuente con su horroroso gusto: o de toallita color rosita bebé o escocesas color verde loro con moño de raso incluido); bombachas…bah, adminículos dignos de ser usados para construír un ala delta, gigantescos pedazos de algodón color carne que tapan hasta el ombligo pero de marrrca ehhhhh!; la consabida y jamás usada plancha a vapor con la que le estamparías los agujeritos en el cachete izquierdo; la frutera que perteneció a sus abuelas y que te encomiendan con una mueca de dolor esperando que el cristal jamás sufra una fractura (con lo cual terminarás envolviéndola en papel de diario y archivándola en el fondo del placard…veinte años más tarde la dejarás caer con alegría al piso…pero a esas alturas la batalla estará casi ganada…por ellas); un costurero completito para que puedas zurcir las medias y hacer los dobladillos (este es un auto regalo encubierto ya que lo usarán todos los fines de semana para hacer la costura de la casa ya que una es incapaz de dar una puntada decente); camisetas (y dale con el frío); colonias y talcos para que te empolves bien la derriere (así el nene no la encuentra); ollas y sartenes para que lo alimentes bien ya que está un poco desmejorado desde que se casó con vos (en realidad no faltó comida, más bien sobró ejercicio pero la señora no puede pensar en eso o sucumbe a un ataque de celos y taquicardia); un rosario bendito que espera, te colme de dicha (si es que rezás las veinticinco novenas que vienen en el paquete o quién sabe las barbaridades a las que estarás expuesta; el cordón umbilical de sus retoños, envueltito en papel de seda (algunas hasta llegan a regalar sus cálculos biliares o renales); el salero y pimentero con forma de conejito con corazoncitos pintados que vas a esconder de tus visitas porque te da vergüenza ajena; bufandas gigantes de colores horribles, tejidas con lana que pica (supongo que esperan que te ahorques vos misma tratando de arrancártelas para rascarte el cuello); libros de cocina (afrodisíaca never), libros de jardinería, manuales para amas de casa novatas, los Santos Evangelios y “Platero y SHO” (que ya leíste en la Secundaria pero ella no te creyó). Lo más llamativo es la diferencia que hacen con sus propias hijas mujeres, porque abiertamente verbalizan que te adoran y te han adoptado en sus familias como una hija más, sin embargo vos ligás la exprimidora de jugo (manual) y tu cuñada un conjunto de lingerie que te deja boquiabierta. No te engañes, no sos la hija y jamás lo serás.
Otro elemento infalible a la hora de detectarlas es la total ineptitud para destetar a sus cachorros. Adoran ser las que salvan las papas del fuego cuando el crío se les ahoga en un mar de deudas, se enferma, se deprime o no sabe cómo hacer para resolver el problema de plomería que lo aqueja. Entonces se auto convocarán para dar una manito, asegurándose la deuda moral y la posterior culpa (en el caso de que decidas devolverle alguna facturita pendiente). Poco a poco se irán haciendo cargo del hogar de sus hijos, cocinando el pucherito para el nietito, pidiendo la llave del edificio para que la nuerita no baje con los puntos de la cesárea a abrir la puertita (¿no sería mejor quedarse en casita para no molestar?). Es así como allanarán tu hogar con una legión de personas (entre ellos los varones de tu familia política), sin tocar el timbre cosa de encontrarte en paños menores intentando embocar el pezón en la boca de un bebé que no para de berrear. Con una sonrisa ancha te llenarán la heladera con la comidita que le gusta al nene (cosa que no lo descuides mientras atendés al nieto, como si el tipo fuera a morir de inanición porque no pudo levantar el tubo para pedirle una pizza al delivery). Por supuesto, te llenará de consejos que no has pedido y que van en contra de lo que te dicen el sentido común y el Pediatra (inducir el movimiento intestinal del bebé insertándole el tallo del perejil en el ano, por ejemplo). Como Yoda en “Star Wars”, se sentarán en la cabecera de la mesa a contar las peripecias de su propia maternidad y a entregar perlas de sabiduría ancestral tales como “ellos (los bebés), mucho más inteligentes crecerán si la Enciclopedia Británica, al borde de la cuna leerás”. Nunca un juguete por el placer de jugar, todo didáctico y con un propósito bien definido: “este juguete ha sido diseñado para que el bebé ejercite (y se desespere) los piecitos intentando alcanzar las figuritas que penden del trapecio (ver foto)”.
La cualidad que te pone del tomate es esa falsa premisa “lo hago para ayudarte”. La ayuda nunca es gratis y el costo es altísimo. Si te planchan vendrán con cátedra de planchado y powerpoint incluído. Jamás entenderán por que el nieto prefiere la remera medio arrugada pero el adhesivo con la lengua Stone intacto y, si se te ocurriera deslizar el comentario, se ofenderán al punto de sentarse a mirar la televisión apagada hasta que llegue el hijo, las vea y se compadezca de ellas. Utilizarán cualquier recurso para provocar lástima (la tuya pero mucho más la del hijo…que tomará represalias con vos invariablemente). Desde arrastrar la patita (aunque después se jueguen 45 minutos de futbol con los nietos) hasta toses, palpitaciones y demás yerbas (las mismas que pela tu vieja y que ya te conocés al dedillo), cosa de clavar el puñal de la culpa en el lugar más oscuro y perverso de tu psiquis. Si te ofrecen podar el jardín, te convertirán el Rosedal en el desierto de Gobi; si te ofrecen limpiar te pulirán los herrajes del baño hasta carcomerles el cromado, cosa que queden como las canillas del Hospital Veterinario (pero limpitas). Abusarán de la lejía y los desinfectantes como el Fluido Manchester que tanto adoran y con el que seguramente se cepillan los callos plantales y los dientes; olores que dejarán impregnados por semanas obligándote a dormir con las ventanas abiertas en pleno invierno. De a poquito y sutilmente irán tomando posesión de la casa, como en el juego del T.E.G.; por más que llenes el comedor de fichas te la encontrarás sentada en tu lugar, sorbiendo té con leche en tu taza preferida y abriéndole la puerta a tus visitas (el juego termina cuando perdés el último bastión, en este caso el dormitorio, al que invariablemente desembarcará en medio de un strip tease disculpándose porque se equivocó de dormitorio).
“Yo moriré feliz el día que mis hijos sean independientes”. Frase mentirosa como pocas, este postulado, este axioma de fe vomitado infinidad de veces en reuniones familiares; es la prueba más irrefutable de que debajo de esa dulce y modosita señora vive una zorrosuegra capaz de tragarte entera y chuparse los huesitos. No hay nada que les joda más que los hijos ya no las necesiten, sobretodo los varones. Se convertirán en proveedoras absolutas de palabras de aliento, consentimiento tácito a todas las conductas del hijo (aunque estas incluyan montar un laboratorio clandestino de cocaína o deprimirse durante cinco años porque no consiguen trabajo como CEO de una Multinacional con sueldo de cinco cifras en dólares). Estarán ahí, con la aspirina en la yema de los dedos, cada vez que al nene le duela la cabeza. Estarán cuando el adorado retoño se queje de cansancio de tanto trabajar y se desplome en un sillón con cara de enfermo terminal, para compadecerse de ellos como si fueran las únicas personas de este planeta que trabajan. Se tornarán imprescindibles para la supervivencia del hogar del hijo; apareciendo religiosamente a arreglar, financiar, sanar, educar, controlar e imponer las reglas de juego; encorvadas, arrastrando los pies para desplazarse, escondidas detrás de un angelical camisón rosa oliendo siempre a lavanda y lejía.
Lo que seguramente desconocen, es que llega cierto punto en el que el producto de su impoluta educación y quien las acredita como madres modelo, se ha convertido en un ser que queremos devolverle para que se lo quede todito: “Felicitaciones querida suegrita, has logrado tu cometido, acá lo tenés de vuelta como el día en que lo viste nacer. Todo tuyo.”
¿Lo positivo de todo esto?. Nosotras, madres de hijos varones, tenemos la obligación moral de romper el paradigma. ¿Se puede?. No sé, se ve que es difícil porque todas tuvieron suegra, sin embargo casi todas se convierten en el modelito que alguna vez padecieron y que supieron despreciar…OMG!!!
martes, 16 de junio de 2009
MUJERES INSOPORTABLES

Si existe algo bueno para destacar de las mujeres, es que algunas tienen la capacidad de hacer una buena autocrítica y reírse de si mismas. ¿Quién no ha tenido un ataque de histeria y le ha gritado a su hijo hasta quedar afónica? ¿Quién no ha revoleado un par de platos en el medio de la peor crisis de síndrome premenstrual de su historia? ¿Quién no se ha peleado con un inepto manejando en la ruta? Todas tenemos un poco de eso. Y eso es normal, aunque a ellos les cueste entenderlo. El tema es cuando la cosa te desborda y ya le has perdido el rastro a la cordura (que quedó ahí, en segundo grado de la primaria, cuando todavía te enternecía tu mascotita y pintabas corazoncitos color rosado en la tapa del cuaderno de clase).
Las locas frikki-border que hoy nos ocupan (o preocupan) andan sueltas por la vida porque no son lo suficientemente peligrosas como para estar confinadas en cuartos acolchonados de un neuropsiquiátrico; pero su capacidad de romper los huevos ajenos (y del partenaire que las soporta, si es que todavía las soporta) es directamente proporcional al grado de insania e insatisfacción que las corroe (como el salitre marino a los barrotes de hierro de una casa frente al mar). La procesión va por dentro y eso es lo más desconcertante que le puede ocurrir a quien se tope con uno de estos ejemplares de ojos desorbitados y pelos erizados. Porque si uno pudiera ver el interior de sus cerebros, o la pantalla mental que ellas ven en pleno arranque de despótica furia, quizás las comprendería un poco (o sabría tomar una distancia sanitariamente aconsejable).
El modelito que nos convoca hoy es el estereotipo de la que está convencida de que nació sabiendo y que ya conoce todo lo que había por conocer. Su derrotero es un viaje de vuelta, no espera sorpresas, no necesita consejos, no pide ayuda y se le puede pudrir la lengua antes de reconocer que está equivocada (mucho menos pedir disculpas aunque se haya llevado puesto un cartel de contramano, discutiendo dos días y tres noches con un policía porque ha decidido cambiarle la mano a la calle que hace cuarenta y tres años lleva el mismo sentido…contrario al suyo, obviamente). Estas delirantes suelen autoconvencerse de que el mundo ha complotado en su contra y se pelearán sistemáticamente con el carnicero, el electricista, la maestra de los hijos, el oculista, la manicura, el mecánico del auto y por supuesto el marido. El marido merece un capítulo aparte. Un pollerudo que teme por su vida (muy probablemente sea el auténtico “hombre golpeado”) que no se anima a discutirle en público porque sabe positivamente que lo harán quedar como un pelotudo. Mejor callarse y que ella se devore cruda a la empleada que tiene enfrente. Es por eso que suelen mirar para abajo, un tanto avergonzados, cuando la experta en automóviles (léase esposa megalomaniática) discute a los gritos con quien le está entregando el OKM porque le es imposible ver la ubicación del botón disparador de los “airbags manuales”; encuentra antiestéticos a esos renglones dibujados en la luneta trasera; y se ofende porque se entera que el auto de motor diesel solamente admite gas oil “y no todos los combustibles disponibles como cualquier auto moderno”. Ella se habla, ella se contesta, ella goza de la incapacidad total para escuchar a nadie más que a su enfermizo “Super Yo” que le habla desde el fondo del occipital y le susurra cosas hermosas al oído convenciéndola de que se ha realizado como persona y ha logrado convertirse en el ideal de mujer con el que siempre soñó.
Así es que van por la vida peleando contra los molinos de viento, como Don Quijote, arrastrando a sus pobres familias cual Sancho a la batalla. Viven de juicio en juicio, de abogado en abogado, y de colegio en colegio ya que nada es suficientemente bueno ni está a la altura de sus expectativas. Tendrán problemas con sus vecinos porque aseguraran que fulano está colgado del cable, el perro de enfrente se masticó sus felpudos (aunque el can propio venga eructando, incriminatoriamente, restos de paja y crin) y le harán un sumario al Director del Colegio de sus hijos por incautarles el celular en clase (eso si antes no les dejaron un ojo negro porque no pudieron esperar la intervención de la justicia escolar).
Arremeterán contra la cajera del supermercado porque puso demasiados productos en una misma bolsa, porque la máquina lectora de barras le factura más de lo debido, el shampoo cambió de aroma desde la góndola a la caja y porque no están de acuerdo con pesar las verduras (y pretenderán en forma intransigente que “un supervisor más despiertito que vos, nena” les haga el favorcito de llevar las diecisiete bolsas a la balanza).
Algunas no tienen registro de su locura, las dejan sueltas y circulan dejando los huevos al plato de quienes tengan la desdicha de cruzarse con ellas. Pero otra categoría de estas matronas sabihondas beligerantes y autistas no sólo son mal llevadas, son mala entraña; no tienen ni un gramo de culpa y en el fondo disfrutan con el tsunami que provocan allí por donde pasan. Son las que no se hacen problemas a la hora de apuntar con el dedito acusador a la maestra de sala de tres, que tuvo la amabilidad de cambiarle el calzoncillo cagado al nene y ahora tiene un sumario por acoso sexual agravado por su condición de docente. Son las que incineran a la moza del restaurante porque se demoró más de un minuto en traerles la ensalada, el vinagre estaba demasiado ácido, el vino picado, el pescado lleno de espinas y la soda demasiadas burbujas. No pestañearán cuando pongan en peligro el trabajo de otra persona convirtiéndose en verdugos, bolígrafo en mano, para escribir un manifiesto de tres carillas en el libro de quejas de cuanto lugar visiten. Llevan la ira adentro, rubicunda, combustible; siempre al borde de la explosión que no dejará títere con cabeza ni vidrio sin vibrar (ya que el tenor y volumen de sus gritos es capaz de taladrar paredes macizas…sólo basta preguntarle a los vecinos). Todo, absolutamente todo les jode. Se pelean con los periodistas de los noticieros (aunque ellos jamás se enteren), con el plomero que arreglaría lo que tiene que arreglar si lo dejaran intentarlo en lugar de recibir instrucciones precisas, con el robotito del hijo porque se quedó sin pilas y con el verdulero ya que en un kilo entran cinco manzanas y no cuatro (aunque la balanza y el tamaño de la fruta digan lo contrario).
La pirada es una versión light aunque no por ello menos dañina. Es la que se cree miembro de una elite capaz de “educar” al resto de los mortales sobre la moral y las buenas costumbres. Son las típicas damas apocalípticas que largan frases al viento, con cara de “yo no fui” tales como: “el que mal anda, mal acaba” o la consabida “la ocasión hace la ladrón” (instando a las mujeres de la familia a abandonar todo acto que satisfaga los instintos más básicos; si ellas no follan que nadie folle ¡JO-DER!). La base del problema radica precisamente ahí, les vendría bien acabar de vez en cuando, para deshacerse de la histeria que las marea y las conduce a un rol autoproclamado de “Juezas del comportamiento ajeno”. Sisebutas iracundas, amargadas crónicas; estas mujeres están convencidas de que una entidad superior las ha puesto sobre la tierra para administrar, ordenar y regentear el micro universo que las contiene. Lo que no saben lo completan con el producto de su imaginación y si hay algo de lo que adolecen es de remordimiento a la hora de desparramar información que puede destruir un hogar, un puesto de trabajo o un vínculo sano entre personas que no son como ellas.
¿Cómo defenderse de estos personajes? He aquí un puñado de medidas para sostenerse en pie frente a estas mujeres:
Tomar distancia prudente (si es posible cruzar de vereda, cambiar de caja en el supermercado, cambiar de carril en la autopista, evadirlas en consultorios/colegios/negocios y lugares públicos)
Darles siempre la razón (de nada sirve gastar pólvora en chimangos, la realidad no forma parte de su universo psíquico)
Usar barbijo cuando uno no pudo evitar el enfrentamiento (generalmente escupen cuando gritan, con la gripe porcina no se jode)
Cambiar el tema de conversación cuando uno nota que su loca interlocutora comienza a enrojecerse y la yugular se inflama como una mecha incandescente dejando percibir los latidos del corazón
En caso de combustión inminente, lo más adecuado será tomar carrera y guarecerse en lugar seguro
¿Conoce alguna así?
Yo varias, hoy a la tarde me topé con una que estaba para el Récord Guinness (como será de grave que dio para inspirar esto que estoy escribiendo…)
martes, 30 de diciembre de 2008
LA DEPENDENCIA EMOCIONAL
¡Despertaos Bellas Durmientes!Pero todavía hoy seguimos observando el modelo de mujer conquistada, vencida e invadida; circulando por las calles con cinco críos a cuestas, trabajando afuera o en casa (en el peor de los casos ambas opciones) preguntando con timidez al padre de las criaturas si puede darse el lujo de comprar seis palitos de agua en el kiosco de la esquina. Trabaje o no trabaje, la dependiente emocional se desliza por el conocido embudo sin oponer resistencia, cayendo de culo en el lugar común en el que todas alguna vez caímos por amor (o de puro pelotudas). La que trabaja, es muy probable que entregue su sueldo entero al Señor de la casa, para que él (que tiene mucho más cerebro, y sabe administrar); lo guarde y le tire las monedas con cuentagotas para que se compre un pack de 3 bombachas (si logra demostrar que las que tiene están hechas un colador de la misma manera que uno lleva la birome vacía, en la oficina, para obtener merecido reemplazo).
No es que uno esté a favor de las feministas, que son las terroristas del amor y se pasan de rosca a la hora de agarrárselas con los hombres. No todos son iguales y en un 95 % la culpa es de las mujeres que se dejan conquistar (en el mal sentido) para ceder ante el señuelo de la casita perfecta, llena de hijitos, un lindo perrito igual al de la gráfica del papel higiénico y un futuro infestado de corazoncitos rosados para cada San Valentín.
¿Cómo hacer para evitar esta dependencia emocional sin recurrir a psicofármacos?. Supongo que haciendo lo mismo que hicieron los esclavos de Alabama, huyendo despavoridos como Kunta Kinte (el pibito de “Raíces”), de aquellos que tienen una tendencia natural a manipular, oprimir y dirigir vidas ajenas.
Para esos fines he creado una lista de características a tener en cuenta por las más jóvenes, a la hora de adjudicarse un marido deluxe de última generación (con ABS, airbag/busarda y dirección asistida = por la suegra que los parió):
Catálogo del manipulador, dictatorial marca ACME (si reúne más de cinco características, favor encender la luz de alarma y apretar botón de asiento eyector)
La madre le compra las medias, los calzoncillos y los pijamas anti-sexo (aún después de veinte años de matrimonio).
En medio de una situación de riesgo, utiliza a su pareja de escudo humano o la ofrece como rehén en un asalto, a cambio de que lo dejen ir enterito a casita de ma.
Los únicos cumpleaños que tiene agendados son los de la madre y su mascota.
En la mesa solicita amablemente que le sirvan la bebida, invocando un fuerte dolor ahí (señalando con el dedo índice la zona álgida, que siempre es alguna distinta hasta que ella se acostumbra como el perro de Pavlov a mantenerle el vaso llenito).
Vuelven a casa destruidos porque ellos “trabajan”, se desploman en un sillón con cara de perro desahuciado y solicitan masajes en los pies, un vaso de gaseosa, el control remoto, la hora precisa en que será servida la cena y la camisita planchada para el día siguiente…porque ellos…ellos “trabajan”.
Chistan, como hacen los jockeys con los caballos, para silenciar a la tropa cuando miran televisión.
Se ofuscan si se acabó la mayonesa, el puré tiene grumos, la sopa está caliente o la gaseosa tiene demasiado gas.
Les aprueban el discurso a sus esposas, antes de cada reunión de padres del colegio (no vaya a ser cosa de que se les escape una idea…mejor que la que pueden aportar ellos).
Caminan dos pasos adelante.
No frenan en las vidrieras de ropa de mujer, ni ninguna otra salvo que sean de venta de artículos de camping, armas, celulares, autos y tecnología.
Con un grito "onda tenor italiano" logran que los hijos se congelen, la esposa se abrace la cabeza con ambos brazos para proteger el cráneo y el perro corra a esconderse debajo de la mesa.
Son temidos, pero nunca respetados.
Se hace todo lo que ellos prohiben por decreto, pero a escondidas.
La cuenta del supermercado es requisada con la rigurosidad digna de un cura de la Inquisición, ante la mirada aterrorizada de la esposa que compró toallas femeninas con alas extra-sec fuera de presupuesto.
Determinan el menú del hogar y obligan a los hijos a consumir pulpo, aunque vomiten a chorro (el pulpo será servido de desayuno/merienda y cena, si es preciso).
Estacionan en lugares prohibidos y acallan a las mujeres a los gritos cuando ellas les indican que el auto quedó bloqueando la rampa para discapacitados.
En reuniones sociales, no dejan que sus mujeres abran el pico, salvo para hablar con orgullo de la promoción de sus maridos.
Si chocan el auto, siempre fueron ellas las que no saben estacionar (aún cuando ellas no manejen ni posean llaves del auto en cuestión).
Si se enferman llaman a sus madres, porque ellas sabrán qué hacer.
Cuando viajan, son sus madres las que quedan al timón del hogar, dictaminando qué se comerá esa semana para que los nietos crezcan sanos y fuertes.
Decálogo de la Bella Durmiente (detector de dependientes emocionales)
Supo ser bella, ahora es un fantasma que deambula con la mirada perdida en el vacío existencial de su propia cobardía.
El coeficiente de autoestima es un número negativo superior a diez.
Tiene alma de benefactora, corazón de oro, la inocencia del pez payaso y una ligera tendencia al masoquismo.
Se deja.
La pueden.
No sabe decir “NO”.
Es sacrificada y disfruta un poquito de su propia victimización.
Sueña con convertirse en un pájaro mientras escucha a Piero cantando “Y Volar, volaaaar”.
Se compra libros de autoayuda y los esconde en el cajón de las bombachas…agujereadas.
Su infaltable latiguillo: “no es que no puedo, no me dejan”.
Wake-up Bellas!. Despertar del letargo es genial. La vida fuera del ataúd de cristal es básicamente: VIDA.
NOTA: A no generalizar, porfis. No todas las minas son dependientes emocionales ni los tipos clones de Benito Mussolini.
sábado, 20 de septiembre de 2008
Cerebros
Una revista científica, acaba de publicar un artículo sobre las diferencias de los cerebros de mujeres y hombres. Entre otras cosas, el artículo dice que el cerebro femenino pesa menos que el del hombre porque tiene células nerviosas diferentes que lo hacen más liviano, y que nada tiene que ver con la inteligencia ni las capacidades y limitaciones de los mismos. Son básicamente diferentes. Que el hombre es más práctico y la mujer más expresiva. Que el hombre piensa en el sexo mucho más frecuentemente que la mujer (¿y las zuziaz?) y no sé cuántas chorradas más que, por supuesto, ya sabíamos. Supongo que habrán arribado a esas conclusiones gracias a estudios de alta complejidad tales como tomografías computadas, electroencefalogramas, exámenes histológicos de la materia gris, tests, encuestas y vaya a saber cuántas cosas más.
Así pudieron determinar que el cerebro del hombre es completamente diferente al de la mujer y le permite hacer cosas que la mujer no puede y viceversa. Mi opinión es que la mujer puede hacer de todo y el hombre no (pero esa soy yo y mis ideas carecen de total rigor científico). Y ningún hombre puede hacer dos o más cosas a la vez, como nosotras (ej: imaginar a un hombre mascando chicle y teniendo sexo…seguramente muere asfixiado y contento).
De todas maneras creo que han gastado un dineral al pedo, según mi humilde entender. Basta una observación precisa y concienzuda del comportamiento de machos y hembras del género humano, para darnos cuenta de las diferencias abismales que existen en sus procesos de pensamiento. He aquí mi informal y subjetivo ensayo al respecto (sustentado en base a la observación parcial de la realidad).
La mujer tiene un cerebro sinuoso, retorcido y complicado, con millones de neuronas dotadas con la capacidad de archivo del Pentágono y una memoria equivalente al rígido de la computadora de la NASA. Su cerebro es lo más parecido a la esponja metálica con la que rasqueteamos las ollas para sacar los restos del guiso del domingo. La esponja en cuestión va almacenando partículas de comida en unos cuantos millones de celdas de aire hasta que la otrora inmaculada bola de rulos de acero, queda reducida a un bollo compacto mezcla de carne, vegetales, metal y fideos. Durante su vida útil, las celdas se van llenando con información tan diversa como el número de teléfono del pediatra, las doce millones de razones por las que no soporta a su suegra, la dosis de ibuprofeno exacta para kilo vivo, el número de tono de la tintura “castaño caoba” de todas las marcas existentes, la lista semanal del supermercado, el contenido de las veintitrés carpetas que dejó pendientes en la oficina, el talle de camisa del marido/novio/pioresnada, la altura en pulgadas/metros/pies de sus actores favoritos, la ubicación precisa del duplicado de las llaves del auto, el número de cliente del videoclub, la cantidad de dientes de la sonrisa del hermano de la amiga (que está para partirlo), el nombre de la telefonista del pizza-delivery, el color de las vetas de las pupilas de Clive Owen, los tres aplazos en matemática del capullo engendrado en un rapto de pasión estival, las fechas de cumpleaños de todos los parientes, el vencimiento de la factura de teléfono y la locación en el dvd (en minutos y segundos) donde el "Fantasma de la Opera" aparece vestido de rojo (lugar donde conviene, dicho sea de paso, tener el pulgar sobre la tecla “Pause”y el índice en la tecla “Zoom”).
La fémina en cuestión no sólo almacena datos en esas células, también posee una memoria ancestral que ha heredado de todas las mujeres que la precedieron y que la impulsan a reaccionar en forma casi instintiva y compulsiva a determinados estímulos. Es así como se explica que una nenita de tres años de vida, con carita de querubín y mirada prístina; pueda arruinarle la vida al compañerito del Kinder con la misma destreza con que su tía de treinta y pico se sacó de encima al sátrapa de su ex marido. Frasecitas tales como “nunca más voy a ser tu amiga”, “le voy a contar a todos los chicos que te hiciste pis encima (aún cuando esto fuera una mentira)”, “si no me convidas caramelos le digo a la seño que me levantaste la pollerita”; son moneda corriente en el arenero del Jardín de Infantes. Es muy frecuente, que niñitas de esta edad tilden de “Gordo Maraca” (gay) al pobre santo que osó posar sus rechonchos deditos en un crayón rosa, lila o púrpura; con el único fin de obtener el total control de sus colores favoritos. El pobre santo pasará gran parte de su vida adulta en el diván de un afamado Psiquiatra intentando despojarse del complejo que le ha impedido relacionarse en forma sana con el sexo opuesto (y después nos quejamos de que no hay hombres!). Por supuesto, el cerebrito básico del varoncito en cuestión, sólo puede reaccionar al estímulo con la única respuesta que le viene a la mente: SOBERANA PIÑA. He aquí una de las diferencias más evidentes de los procesos mentales masculinos. El hombre es como el perro de Pavlov, estímulo=campana respuesta=a comer. Esta fórmula es aplicable a todos los procesos del varón, sustituyendo los estímulos. De la misma manera, el hombre reacciona a una braga de encaje negro con una erección. Estímulo=encaje negro respuesta=tendré sexo. No hay espacio en su magra lógica para pensar que pudiera estar errado y que su partenaire lleva esas multiúnicas bragas porque hace ocho días que la humedad ambiental le ha hecho imposible secar su ropa interior (que está desparramada colgando de todos los picaportes, canillas y lámparas de la casa). El hombre no ve las bragas de colores diseminadas por todos lados, sólo ve las negras de encaje adheridas al culo de su pareja mientras ella se agacha a levantar los ochocientos sesenta y tres artículos que él ha revoleado en todos los ambientes del hogar dulce hogar, convirtiéndola en Beirut después de un bombardeo. Ella no sólo no quiere sexo, quiere degollarlo con sus propias manos y practicarle una autopsia casera sobre la mesada de la cocina. Y alimentar al perro con sus testículos. El perro responderá al estímulo, a imágen y semejanza de su dueño; que en este caso es el ruido de su original almuerzo rebotando en su cacharro y se llenará la panza sin cuestionar la procedencia de su opíparo festín.
Pero, volviendo al arenero y la tierna nenita de lengua afiladísima; el resultado de la piña proferida por el compañerito cuyos sentimientos fueran brutalmente heridos termina con el niño castigado en la Dirección y la nena sobre la falda de la maestra. Eventualmente, el niño será enviado a la Psicopedagoga previa citación a sus progenitores, para una revisión exhaustiva de su comportamiento hostil. La niña, que ha llorado como una plañidera con la destreza de Meryl Streep en "Kramer vs. Kramer", será premiada con mimos y caramelos mientras sonríe como Sissy Spacek en "Carrie".
La mujer no sólo adquiere esta base de datos hereditaria que viene incrustada en el cerebro como el Paintbrush en el Windows. A lo largo de su vida va procesando y guardando las experiencias propias, las de sus amigas, las de las mujeres de su familia, y las de las protagonistas femeninas de todas las películas y programas de televisión que ha visto. Estos espisodios se acumularán unos encima de otros en diferentes carpetas dentro de las celdas vacías de la esponja metálica y/o cerebro: “hombres”, “hijos”, “novios”, “jefes”, “maridos”, “suegras”, “familia política”, “madre”, etc. . Esas experiencias acumuladas serán musicalizadas, digitalizadas, masterizadas y editadas a piaccere por la portadora de esa cabeza y el grado de degradación del producto original dependerá en gran medida del estado mental de la misma. Es por esto que un hombre se queda perplejo ante la reacción de su esposa, cuando decide llegar a casa munido de una caja de bombones para sorprenderla. Ella sospechará del gesto y lo acusará de querer engordarla, y así tener la excusa perfecta para abandonarla por la vecina. Como le pasó a la Tía Conce aquel insoportable verano de 1974. O peor aún, podría ser la típica estrategia masculina de hacer buena letra para enmascarar la relación sentimental que mantiene desde hace meses con su compañera de trabajo. Como le pasó a Anne Archer en "Atracción Fatal". Por lo tanto, los bombones aterrizarán uno a uno en la cabeza del incrédulo varón que no puede, ni podrá (porque el cerebro no le da) ni querrá, ni intentará buscar en su mente; el detonante de esa explosión de gritos, llantos, insultos y portazos. Probablemente se siente a mirar tele con una cerveza en la mano y el control remoto en la otra olvidando el asunto en unos catorce segundos. Ella, en cambio, habiendo previamente incautado el maletín de su adorado tormento (aprovechando la distracción del susodicho ante el exabrupto); estará analizando el contenido completo del maletín con la idoneidad de Clarise Starling en "El silencio de los inocentes". Gracias al vapor de la cacerola (que contiene la cena hirviendo y quemándose) abrirá hasta el último sobre de la valija y munida de una lupa del juego de explorador, propiedad de su retoño; revisará pañuelos, agendas, fundas de celulares, cuellos de camisas y bolsillos. Con su agudísimo sentido del olfato buscará aromas que puedan inculpar al sospechoso, cuando el único aroma persistente en la cocina (devenida en laboratorio forense) es lisa y llanamente olor a fideo quemado. La “Jodie Foster” de la escena, cambiará la estrategia y optará por hacerle unos mimos al sospechoso dejándose manosear un poco para arrancarle sutilmente la verdad a Hannibal, que yace ignorante y vencido sobre el sillón del living. En última instancia, la verdad es lo que menos importa, ella ya ha decidido que es culpable porque le ha pasado a una de cada tres mujeres de la familia, el cine, las amigas y la maestra de inglés del hijo; las estadísticas no fallan, es lo más probable.
Podemos deducir entonces, que los procesos mentales de una mujer son complejos como la computadora que controla el túnel de protones en Suiza; y los procesos del hombre son tan rudimentarios como un sacacorchos made in Taiwan. No se debe caer en el error de inferir, que el hombre no es capaz de lastimar, herir o planificar una estrategia para joder a una mujer. El hombre es práctico y no se anda con rodeos; huye, grita, levanta la mano, insulta, se la agarra con su suegra, y si está muy sacado puede cometer asesinato en primer grado. La mujer, en cambio, puede hacer todo eso evitando una condena penal, agenciándose casa/auto/máquina de capuchino cromada/la colección completa de cd’s de Pink Floyd/el celular de última generación/ipod/ laptop/Blackberry/home theatre/afeitadora high-tech y cualquier otro dispositivo que sospeche, sea de sumo interés para su ex medio limón. Con la astucia de Bugs Bunny y la velocidad de Speedy Gonzalez le concederá altruístamente (hecha un mar de lágrimas y mirada compasiva al mejor estilo Teresa de Calcuta); la tenencia del fruto del mutuo amor, las mascotas de la familia y el local donde funcionaba el negocio de ambos con más la deuda impositiva (que data de 1956). Así que el sujeto partirá desconcertado y agradecido con la jaula del loro en una mano, la caja con el hámster en la otra, la pecera del nene bajo el brazo y el nene. Que tiene diecisiete años, 68% del cuerpo tatuado con símbolos de la Yakuza japonesa, trece piercings en lugares inimaginables, la cabeza totalmente afeitada a excepción de un montículo de pelo que mirado desde cierta altura representa una cruz svástica, ataviado íntegramente de negro con ropa que huele a queso Roquefort, su colección de cd's de Marilyn Manson lista para desconar parlantes en la mano mientras se autoproclama defensor de los derechos del hombre a ayunar en protesta por el sistema y la caza indiscriminada de cucarachas rubias en Timbuktú.
Sí, es verdad, somos diferentes. Sabemos divertirnos, los apagamos mentalmente cuando nos rompen las pelotas, les sacamos cualquier cosa con un par de mimos en el lugar indicado y cuando nos atrevemos a vivir nuestras propias vidas en forma independiente la pasamos genial. Pregúntenle a Shirley Valentine o a los miles de contingentes de viudas que viajan por el planeta cacareando como gallinas, regodeándose en su recientemente adquirida libertad.
Aclaración: Esta teoría sobre la supremacía de la mujer y su astucia versus la inteligencia práctica del hombre, puede verse sensiblemente afectada si la mujer tiene averiado el sistema operativo alojado en el hemisferio sur de la corteza cerebral. En ese caso, la alarma de peligro no se encenderá y la celda con la carpeta “hombres” no estará disponible. Esto es muy común cuando el Norton nueronal no fue debidamente actualizado (falta de contacto de dicha mujer con amigas, madre, tías, primas, cine, cultura en gral.) y el virus “pelotuda enamorada” se instala en el rígido borrando archivos a lo pavote; forzándola a actuar como una paparula y haciendo que tenga que meterme mi bonito ensayo bien en el culo!.
Pioresnada: Personaje con el que una termina compartiendo techo y comida, desdichas y sinsabores, que no tiene pelos donde antes le sobraban y le sobran pelos donde antes no tenía. Es un señor mayor y aburrido que hace zapping con el control remoto y le tiene más aprecio a su pc o celular de última generación que a la que le ha puesto un guiso de lentejas en la mesa y le plancha las camisas. Es esa persona que supo ser alegre y divertida, que llevaba el spray de crema chantilly a la cama y que ahora se duerme sentada con los anteojos puestos mirando como bombardean Irak en la CNN. Es el espécimen que una elige con apuro y entusiasmo convencida que hay escasez de hombres, para darse cuenta quince años después que manoteó lo que primero se le cruzó delante por temor a quedarse "pa vestir santos" (como dicen las abuelas).
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