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jueves, 7 de febrero de 2013

RENOVAR LA LICENCIA DE CONDUCIR



Un desafío a la paciencia de los argentos


En Argentilandia ningún trámite que involucre un organismo estatal, provincial o municipal será tarea fácil.  Cualquier argento que se precie de ello sabrá que sobrevivir en esta bendita tierra es más complicado que acampar en la luna.  Renovar un documento para acreditar identidad, patentar un auto, transferir el título de un inmueble o tramitar el pasaporte para salir del país es un dolor de huevos monumental.
En este caso en particular voy a referirme exclusivamente a la renovación de la licencia de conducir, trámite que me ha llevado puesto casi un tanque de nafta, dinero y unas doce horas de mi vida en dos capítulos.  Catarsis en forma de anécdota es lo que voy a intentar hacer.

Ya sabía que la licencia vencía en febrero.  Saqué el carnet y conté los días hábiles, no me quedaba mucho margen para el error, rechazo, rebote y la mar en coche.  Es por esto que busqué los requisitos por internet y le encomendé a mi hijo averiguar costos y tiempos.  Parecía sencillo…parecía. 
Hace un año renové el DNI y cuando me lo entregaron me percaté que me habían cambiado el partido (municipio), por lo tanto iba a tener que solicitar la licencia en el partido nuevo.  Hete aquí que ese partido solicitaba un “certificado de legalidad” expedido por el municipio otorgante de la licencia vieja.  Busqué más de media hora el teléfono del municipio que debía proveerme el certificado y pude hablar con una persona muy amable que me enviaba a las 7.30 hs.  a la Dirección de tránsito.  Un trámite facilísimo de una media horita o más.  A mi hijo le pidieron que fuera bien temprano a presentar la solicitud de renovación de nuestras licencias. 
Puse la alarma y me levanté en el horario que los gallos cantan y el sol todavía no asoma, a pesar de estar en pleno verano.  Me maquillé como una puerta para salir dignamente en la foto carnet y emprendí un viaje del 30 kms. rumbo al municipio que me legalizaría mi vieja licencia.  Munida de la impresión del google maps con la dirección exacta me perdí o no quise anoticiarme inconscientemente, de que esa fila de 35 personas estaba esperando antes que yo entrar al lugar indicado.  Estacioné y me bajé con los pelos de nuca electrizados como boyero para perros.  Pregunté y un señor con cara  de mustia resignación me explicó que venía a hacer lo mismo.  Faltaban veinte minutos para que abrieran sus puertas, así que me dediqué a repetir en voz baja un par de mantras para mantener el monstruo que vive en mí a raya.   A la hora señalada abrieron sus puertas y un señor que nos dirigía como vacas al matadero nos mandó a un lugar equivocado.  Menos mal que se nos dio por preguntar o todavía estaría ahí echando raíces.  Cuestión que a los veinte minutos, un dibujito animado salido del Cartoon Network me pide mi licencia y dice que va a atenderme.  Feliz como una boludita con dinero suelta en un shopping, tuve que guardar las muelas dentro de la boca con los dedos, para dejar de sonreír.  La señora (una mujer de unos 60 años enfundada en ropas apretadas y de colores chillones), estuvo unos 25 minutos peleando con la pc hasta que otra señora de 55 años acudió en su rescate.  Luego de un breve cónclave, ví las luces de la impresora y recé un rápido rosario.  Parecía que iba a obtener lo que había ido a buscar y no había corrido sangre, todavía.  Lista para llevarme el papelito, sonriendo agradecida extendí la mano para agarrar el papelito.  La cacatúa ambulante me dio el papelito junto con otro y me avisó que tenía que volver a hacerlo firmar previo pago de 20 pesos en el Banco Provincia que abría exactamente dos horas después de esta conversación.  Le expliqué que tenía que ir al otro Municipio y que había solicitado permiso en el trabajo para realizar el trámite, que por favor me cobraran ahí.  Sabiendo que la respuesta era un NO rotundo que la señora tenía incrustado a flor de culo, me retiré puteándola en silencio.  Mi hijo me sugirió ir igual al otro municipio y presentar el papelito sin firma, pagando el arancel con los aranceles de la renovación.  Le hice caso, puse primera y salí como Batman camino a la otra oficina.
Treinta kilómetros y media hora después estacionamos y nos dirigimos a la dependencia correspondiente temblando por el bendito papel. Presentamos ambas licencias y ahí nomás me solicitaron la legalización sin firma que llevaba en la cartera.  Gracias a Dios ni la miraron pero nos advirtieron con cara de espanto “no tenemos sistema”.  Les pregunté qué podíamos hacer, volviendo a repetir que debía volver a trabajar y necesitaba realizar el trámite ese día.  Nos sugirieron ir haciendo la visita al oftalmólogo en el hospital local.  Salí arando al hospital y anduve unos diez minutos deambulando de puerta en puerta hasta que un plumero platinado con cara de pocos amigos levantó el dedo índice y me dijo “allá”.  Allá había como unas seis personas delante, un pronóstico alentador teniendo en cuenta que el número de gente delante de mí era inferior a dos dígitos.  Una hora después y dos papeles firmados por una médica que nos hizo leer letras en una pizarra con un ojo tapado, corrimos como caballos en un Derby a la oficina de licencias.  Allí nos volvieron a aclarar que si nos quedábamos era bajo nuestra absoluta responsabilidad ya que el sistema no funcionaba y no tenían idea de cuándo se iba a solucionar el inconveniente.  Lo que en la tele denominan “pronóstico reservado”.  Me senté a contar baldosas puteando en voz baja, esperé una media hora hasta que me fui resignada con la certeza de que iba a volver y no iba a ser fácil.   Demás está decir que si te agarran manejando con la licencia vencida te llenan el culo de multas y no sé si te sacan el auto.  Con lo cual uno está encerrado a merced del “sistema”,
Al día siguiente volvimos a madrugar y ocho en punto llamamos a la oficina (ya en viaje hacia allí), para asegurarnos de que íbamos a poder finalizar el trámite.  Según las empleadas de la oficina, el sistema había mutado de muerto a lento…lentísimo.  Vengan, pero no les aseguramos nada.  Como inmersa en un deja vu del orto, me bajé del auto papelito en mano y corrí hacia el templo de la burocracia.  Nos recibieron los papelitos y comenzamos a ver caras con las cuales nos habíamos familiarizado el día anterior.  Hablando con gente que estaba esperando nos enteramos que el sistema había fallado quince días seguidos, con lo cual había una cantidad importante de gente, o sea conseguir el registro ese día iba a ser una tarea complicada teniendo en cuenta que la oficina cierra a las 13.00 hs. y había que pagar un arancel en el Banco que abría a las 10.00 hs.  Galopando como antílopes a merced de una manada de leones, acampamos en la fila del banco, a unos 80 metros y 50 personas antes de la puerta de acceso.  Eran las 9 y yo ya tenía la vejiga del tamaño de una pelota de básquet.  Sin nada que hacer salvo mirar el reloj cada cinco minutos puteando al Gobernador provincial y todo su elenco estable de gusanos malparidos, fantasee con hacer una masacre a lo Tarantino bañando la pared en la que me apoyaba con sangre de jubilado y pensionado.  Porque delante de mí había gente llena de boletas para pagar y unos 25 jubilados con ganas de hacer sociales con los cajeros.  Haciendo equilibrio de pie en pie fue pasando la horita larga mientras el sol fue pegando duramente en los ojos y la cabeza.  El líquido que había acumulado en la vejiga ahora mutaba en forma de transpiración hacia la espalda, el cuello y las piernas.  A las 10 comenzamos a desplazarnos como zombies hacia el interior del Banco formando una fila caracol plegada sobre sí misma donde el último rozaba al primero y la armonía se rompía toda vez que una señora con un pibe de once años anclado en la cadera (para usarlo de escudo humano y pasar antes) o una embarazada o abusardada clamaba su derecho para pasar sin sufrir.  Cuarenta minutos después pude pagar todas las boletas y volví a galopar las calles hasta el municipio.  Entregué los papelitos y me informaron que el sistema había involucionado de lento a lentísimo.  Pude descargar una catarata de pis en el baño de discapacitados ya que los otros dos baños eran un lago hediondo que no pensaba pisar (enfundada en pollera larga y zuecos que comenzaban a hacer doler los pies).  Me senté y rebuzné como un asno de pura bronca.  Comencé a hablar con la gente para sacar una estadística que me permitiera calcular una probabilidad de éxito.  Ocho personas delante que ya habían venido un par de veces.  Estaba frita como un cornalito en Chichilo.  Aburrida y caliente como un pancho, me dediqué a escribir pelotudeces en el Facebook.  Me leí la revistita municipal con la propaganda proselitista del mes y volví a contar baldosas a las reputeadas limpias.   Eran las 11 y media.  Tenía hambre y sed, comenzaba a convertirme en un peligro para la sociedad.  Me asomé a la ventanilla, el sistema estaba en terapia intensiva.  En la ventanilla contigua a la oficina de licencias, un señor que había visto el día anterior pagaba algo.  Encuesto al público presente y para mi insano alborozo me entero de que hay que pagar otra cosa más.  Cuando me paro para pedir el recibo me sugieren sentarme o me iba a ligar una reprimenda municipal con riesgo de obtener la licencia el día del arquero.  Me senté bufando y conté hasta veinte respirando a lo yoga.  Doce y media se me acerca un personaje que se escapó de una peli de Tim Burton y me entrego el bendito papelito.  Enjugándome las lágrimas de emoción con la papeleta, hice la fila camino a la tierra prometida.  Media hora después había pagado y continuaba esperando. Llamaron a un señor que yo conocía del día anterior y luego a otro.  Estaba cerca pero todavía sin cantar victoria.  A los veinte minutos pude escuchar mi apellido, que funcionó como un gatillo que me hizo saltar de la silla.   Me hicieron sentar y ahí pude recordar el acicalamiento del dia anterior para la foto.   Lamentablemente hoy iba a ser retratada con los pelos pegados a la cara por la transpiración, la cara de ojete correspondiente a la situación y el rictus de terror propio de pensar en que el sistema pudiera colgarse justo cuando se iba a producir el orgasmo burocrático.  Por suerte me pudieron sacar la foto, las huellas digitales y el certificado de buena conducta sin problemas.  Luego entró mi hijo con idéntica suerte.

Llegué a mi casa como si hubiera estado cosechando arroz en Vietnam con los americanos rociando gas naranja sobre mi cabeza.  Se supone que la próxima semana tendré mi licencia nueva…se supone.

Una reflexión:  ¿Porqué una oficina abre a las 8 si todos los trámites que dependen de esa dependencia se pueden abonar exclusivamente en una sola entidad que abre dos horas después? ¿Porqué alguien se adueñó de doce horas de mi vida, el tiempo, lo más valioso que un ser humano tiene?  La respuesta que se me viene a la mente es que somos todos muy boludos.  Los que esperamos sin hacer nada más que agachar la cabeza para que no tomen represalias con nosotros (todos sabemos que no existe nada más peligroso que un empleado municipal prendido fuego) y los que idearon el sistema perverso y pelotudo que permite que gente en todas partes haga filas interminables circulando con papelitos en la mano de un lugar a otro resignada como vacas caminando al matadero.  Algo tiene que cambiar, espero que cambie porque en cinco años no creo tener tanta paciencia. 
Y si llego a salir fea en la foto de la licencia…bue…Dios se apiade de esa empleada…

martes, 21 de junio de 2011

BUROCRACIA

 


De trámites se trata


Hoy y después de cuarenta y cinco días de iniciado el trámite de cambio de titularidad, por fin recibí la factura de gas de mi casa a mi nombre.  Luego de una engorrosa maraña de trámites que incluyeron unas ciento veinte llamadas telefónicas, varias peleas, media docena de súplicas, ocho amenazas, cincuenta y cinco faxes, nueve mails, ciento tres fotocopias, veinticinco pesos, una gloriosa palanca (léase acomodo) y un ataque de ira logré que la gente que me vende el calor de mi hogar entendiera que hace tres años que estoy divorciada pagando el servicio de mi propio peculio (esta parte es la que más les costó, creo yo).

Todo comenzó hace unos añitos, cuando recibí una intimación de pago de la factura que hasta ese entonces llegaba a nombre de mi ex.  Se me informó fehacientemente que el débito automático en su tarjeta de crédito había sido dado de baja.  En ese entonces tomé el teléfono para recitar el rosario entero de puteadas habidas y por conocer.  Mi enojo no se suscitó por el cargo monetario, más bien por la falta de información que hizo que me quedara sin el tan preciado servicio.  Lo que más me llama la atención, en retrospectiva, es que en ese momento no tuvieron ningún problema para identificarme, notificarme, intimarme y cancelarme la provisión de gas.  No tuvieron inconveniente para debitarme esa factura con tarjeta, telefónicamente y sin más trabas que un código de seguridad balbuceado a una telefonista solícita que supo cumplir con su tarea.

Por prolijidad y para que eso no volviera a sucederme, el bimestre siguiente solicité el débito del servicio en mi tarjeta de crédito.  Fui rechazada de plano como si hubiera pedido la fórmula de la Coca-Cola por mail.  Cual ciudadana afgana en Nueva York, me mandaron haciendo patito a casa.  Yo no podía pagar la factura porque no era la titular del servicio.  ¿Cuál era la solución?  Simple.  Un sencillo cambio de titularidad apersonándome en las oficinas de la entidad con una docena de requisitos.  Visto y considerando que el amplísimo horario de atención (8 a 15 hs.) interfería con mi trabajo, y el comodísimo domicilio de sus oficinas me quedaba como el reverendo culo esperé a que llegara la próxima factura.  Así, al borde del vencimiento, me fueron tomando uno a uno los pagos.  Claro que siempre tuve que andar adivinando los vencimientos, porque las facturas rara vez llegaron al umbral de mi casa.

Cansada de vivir en la desprolijidad y el anonimato gasífero, hace unos dos meses encaré el trámite dispuesta a no darme por vencida.  Volví a marcar el 0810 y una parva de números más, sumados a las tres opciones numerales que me pusieron un operador en la oreja. 

-  Buenos días Sra., mi nombre es Sharon Fackyu ¿en qué puedo ayudarla?
- Hola, quiero recibir la factura a mi nombre, si no es mucho pedir. ¿Qué tengo que hacer?
-Tiene que presentarse en nuestras oficinas de la calle tal y cual con la siguiente documentación, ¿tiene para tomar nota? (esta frase ha sido estratégicamente diseñada para disuadir a la gente y hacerla huir despavorida). Le dicto:  el formulario RV-158 mil que puede bajar de la web de la Agencia de Recaudaciones, una fotocopia de su documento, la fotocopia de la escritura de su casa, la última factura paga del servicio…bla bla bla
-Pará, pará un poquito y escuchame.  No puedo ir, en ese horario trabajo. ¿Se puede hacer de otra manera?
- Puede enviar la documentación por fax al siguiente teléfono: cero once cuatro quinientos…bla bla bla
- Si está todo bien pero la propiedad está en condominio con mi ex marido.
- Entonces tiene que mandar el acta de divorcio, la división de bienes, orina y sangre completos, radiografía de tórax, un alimento no perecedero, dos testigos, una foto de su mascota y contestar la siguiente pregunta: ¿quién no va a lograr hacer el trámite de cambio de titularidad del gas? (mi cerebro comenzaba a jugarme una mala pasada)
- ¿Me repetís que se me fue la mente a otra parte?
- Acta de divorcio, división de bienes, última factura paga, último pago del impuesto inmobiliario…
- Momentito, la última factura la pagué por teléfono porque nunca me llegó, el impuesto no lo tengo…estoy pagando una moratoria. 
-Mande el último pago de la moratoria, y la factura…mande la última que encuentre.
-Comenzando a creer en Dios juntaba la documentación en la cabeza mientras anotaba todo frenéticamente.
-Gracias
-De nada, muchas gracias por comunicarse con Gas A-Nal Penosa.  Buenos días.  CLANCK.

Junté la documentación y saqué fotocopias de todo.  Envalentonada como Leónidas en las Termópilas marqué el número provisto por la operadora el día anterior y le encajé la parva de papel al fax.  Cuando logré enganchar la señal, la maldita máquina se atragantó con celulosa y vomitó papelitos de error.  Probé con menos cantidad.  La maquinita susurró el infame “tururururur”.  Le dí al botón “iniciar” sin asco y sin piedad.  El display flasheó un mariconesco “recibir”.  Abrí las tapas, prendí y apagué la maldita máquina del milenio pasado hasta resetear el display.  Volví a intentarlo unas cuatro veces hasta que logré pasar la parva en pudorosas tandas de cinco hojas.  Esperé el reporte con cara de felicidad.  Cara que iba a durar poco, el reporte tiraba ERROR.   Luego de bajarme un ansiolítico por la faringe a golpes de puño y sin agua, volví a hacer un intento desesperado.  El intento dio error unas dos veces más hasta que tiró un miserable OK.  Con el orgullo del Mariscal Rommel invadiendo Africa, dí por concluida la tarea.
La algarabía no duró mucho, unos días después me dijeron que el fax era ilegible, debía intentarlo una vez más.  Lo hice, esperé las cuarenta y ocho horas protocolares para llamar y descubrir que había obtenido idéntico resultado.  El fax era ilegible.  Llamé al call center una vez más.

-Buenos días mi nombre es María Chupala, ¿en qué puedo ayudarle?
-Mis faxes con la documentación para efectuar un cambio de titularidad no llegan, ¿puedo enviarla por mail escaneada?
-No, debe hacerlo por fax como se lo indicamos.
-¿Y si no llega, qué hacemos?
-Deberá acercarse a nuestras oficinas en el horario de…bla bla
-No, NO y NO.  Yo no voy a ninguna oficina, pasame con un responsable.
-¿Tiene algún teléfono donde podamos ubicarla?
-Si, el cero once quince seis siete seis ocho…(yo, cayendo en la trampa en forma vergonzante).
-Nuestro supervisor se comunicará con Ud. en breve, pero le adelanto que va a decirle lo mismo que yo (con vocecita de muñequita a piolín).
-Que llame, si tiene huevos (perdiendo la paciencia en progresión geométrica).

Está demás decir que jamás me llamaron.  Cuando les dije esto me contestaron que nunca me pudieron ubicar.  Raro, rarito, considerando que me llevé el teléfono hasta para orinar.
La sugerencia de más de una docena de operadores fue que volviera a intentar pasar el bendito fax.  Considerando que la máquina de mi trabajo estuviera poseída por un ejército de demonios del inframundo, pagué en una oficina de trámites para que enviaran mi carpeta.  Orgullosa desembolsé el dinero a cambio de un manojo de reportes “OK”.  A las cuarenta y ocho horas llamé y constaté para mi horror, que mi documento seguía siendo ilegible, motivo por el cual el trámite estaba inconcluso.

El día del vencimiento de la factura los amenacé con no pagar si no emitían la factura a mi nombre.  Se pasaron las amenazas por el traste y me pidieron que terminara lo que había empezado llevando el documento a sus oficinas.  Se notaba que no me conocían.
Busqué por Internet la nómina entera del Directorio de la empresa y recordé el nombre de un conocido que trabajaba en la organización.  De ahí en más fui pasando de oficina en oficina hasta dar con quien moviera los hilos y me autorizara a enviar un scan de mi documento por mail.  Lo hice.  A las veinticuatro horas tenía el cambio hecho, un nuevo número de cliente, y la factura publicada en mi Banco para abonar electrónicamente.  Me llevó un mes y medio intentar hacer el trámite.  Y veinticuatro horas, más un acomodo en el lugar correcto, para terminarlo en forma exitosa.

Así son las cosas en Argentilandia.  Si no tenés a alguien conocido estás frito.  Y todo por querer pagar…*insertar emo de “rolls eyes” aquí*