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lunes, 11 de marzo de 2013

LA DOCENTE PAPARULA


Aquella boba que pulula en los patios de las escuelas como los globos en los cumpleaños

Ví un comercial de un auto que refrescó mi memoria.  Mi hijo acaba de terminar el Colegio Secundario y se inscribió en la Universidad.  Como corolario de toda una vida escolar, escribí en el muro de mi Facebook  algo así “Ya cumplí, forré cuadernos, le conté la historia de Egipto y la Revolución Francesa, le expliqué matemáticas, pintamos planetas, germinamos porotos, fuí a verlo actuar a los actos y me fumé todas las reuniones de padres. Lo llevé y me lo traje junto con dos o tres compañeros. Preparé nesquik para una banda, organicé campamentos y pyjama parties. Me amargué con una mala nota y festejé cada triunfo. No sé si será un sabio pero estoy segura de que es una buena persona y que siempre voy a estar orgullosa de él (aunque a veces lo quiera estampar contra una pared).”  Cuestión que en un breve pantallazo resumí lo que fuera para mí la vida de madre de un niño en edad escolar y de algunas maestras que se llevaron todos los premios en cuanto a estupidez y el pedazo de viaje lunático que tenían en la cabeza.

¿Cómo saber que te ha tocado una maestra paparula?

Habla con un tonito y una cadencia digna de una tortuga adicta a la marihuana (si es que la tortuga pudiera hablar).  Le habla a un ser humano que puede recitar las doce mil guarangadas del diccionario lunfardo de memoria, como si fuera un estúpido hipoacúsico, no vidente y subnormal.  Pronuncia cada palabra con una dicción tan marcada que generalmente escupe al chico en la cara (ya que para hablarle baja el cogote como una jirafa y se le pone a dos centímetros de la cara).

Tiene cara de feliz cumpleaños perenne.  Más que una sonrisa es una mueca digna de Michael Jackson después de la vigésimo sexta cirugía facial.
Te llama “mami” más de veinte veces por día y suele propasarse en gestos y aspavientos.  

Te pide que forres seis cuadernos, dos cajas de zapatos y un arsenal de libros con papeles de determinado color (todos distintos y difíciles de conseguir).  Y que a todo le pongas nombre.  Hasta los calzones sucios van tatuados con el nombre, como si uno los fuera a conservar como trofeo de guerra.

Te pone reunioncitas cada quince días en horarios en los que uno está trabajando u ocupando el tiempo para pintarse el pelo o ir al dentista.  También te convoca para que lo veas recitar, cantar, amasar choricitos con masa, masticarse a un compañerito, tocar los toc-toc, lavarse las manos solito, reconocer su mochila en el perchero, imitar al perro y la gallina y bailar el pericón.

Te llama a la salida, te frunce el ceño y apuntándote con el dedo índice acusa a tu hijo de dos años de haber arañado a una compañerita que resulta ser la hija de Chuky y bien merecido se lo tenía la perra esa.

Te invita amorosamente a hornear una tortita para treinta y cinco pendejos.  La misma debe tener dos pisos, ser de vainilla, cubierta con grana de los colores del colegio y la cara del cartoon de moda dibujada con grageas de chocolate sobre la superficie (como si uno fuera un diseñador de Pixar).

Te sugiere visitar a la Psicopedagoga (la madre de todas las maestras paparulas) porque tu hijo se mojó los pantalones (porque no le dio bola cuando el crío pidió a gritos que alguien lo llevara al inodoro).  Entonces argumentan que el “educando” tiene problemitas y entran a hurgar en la vida de pareja de los progenitores con el mismo rigor científico con el que Ventura y Rial analizan los problemas de droga de Diego Maradona.

Ya en la escuela primaria, es aquella que se indigna porque el pibe no copia habiéndolo sentado en la última fila y no se da cuenta que el alumno: NO VE UN POMO!

Es la que te inflama los ovarios llamándote todas las semanas para “ponerte al día” con las últimas novedades de tu hijo.  Que no sabe sumar, que no sabe leer, que se distrae y la mar en coche.  Si no aprendió todo eso es porque VOS NO SABES ENSEÑAR SALAMINA!

También es la que se entusiasma con una ecuación de álgebra que bajó de internet y no se da cuenta que es la misma que mandó a John Nash al Neuropsiquiátrico.  Seguramente la respuesta correcta amerita un cónclave familiar y un par de mails a los foros del Instituto Balseiro y el MIT de Massachusetts.  

Es aquella señorita que todavía no es madre y no tiene puta idea de lo difícil que es obligarlos a hacer la tarea, bañarse, comer verduras, guardar los juguetes y largar la tele; entonces les pide que hagan una maqueta del aparato digestivo con materiales descartables para MAÑANA!.  Tarea para mamita, el crío se queda dormido sobre dos maples vacíos de huevos que le dejan la cara cuadriculada, sobre la mesa de la cocina, a las once de la noche mientras vos recortás piolines, lanas y hojas secas intentando fabricar un intestino delgado de la nada sobre un tablero de telgorpor.

Probablemente sea la divagante que en su afán de inculcar “valores” los tenga una hora parados en el patio con cuatro grados bajo cero porque ninguno se digna a delatar al compañero que se tentó largando una sonora carcajada cuando ella se confundió la letra del himno y quedó cantando sola sobre un solo de piano de la vetusta grabación escolar.

Andan sueltas por los patios de los colegios.  Gracias a Dios hay maestras geniales como Patri, Andrea, Grachu, Elenita, Lulu, Susana y mi propia hermana.  Son el antídoto para estas paparulas escolares con cerebro de pájaro (como diría mi cuñado, que también es docente).

El comercial que inspiró el relato



jueves, 1 de marzo de 2012

H2O


Mi extraña relación con el agua

El agua me gusta más que a un delfín.  Puedo vivir sin energía eléctrica, pude sobrevivir sin auto, lavarropas, celulares y Coca Light (casi).  Pero no sobrevivo media hora sin agua de la canilla.  Ya sé lo que estarán pensando, nadie sobrevive sin el líquido elemento, estamos construidos casi íntegramente con agua; pero yo no me refiero a la que uno toma.  Me refiero al líquido que usas para bañarte, cepillarte los dientes, lavar los platos, lavarte el traste cuando vas al baño, hacerte un mate o jugar al carnaval.  Ese, precisamente ese que nunca valorás hasta que desaparece.  Y en mi caso particular, se me hizo difícil conseguirlo en varias oportunidades de mi vida, que pasaré a relatar.

Nidito de amor, recién casada, cambiando cueritos

Un soleado día de invierno, más precisamente un sábado, a mi ex marido se le ocurre cambiar el cuerito de las canillas de la ducha.  Vestidita y maquillada impecablemente para ir a almorzar afuera, mi “peor es nada” de aquellos días me solicita amablemente que lo ayude en tan difícil tarea.  Inmersa en las mieles del amor me presté solícita a sostener con premura el vástago de la canilla de agua caliente mientras “cuchi-cuchi” me anunciaba que iba a habilitar el paso de agua al baño.  El brazo derecho me dio tres vueltas en sentido contrario a las agujas del reloj y una catarata de agua hirviendo cubrió todo mi ser.  Cuando abrí la boca para gritar tragué unos 25 litros de agua caliente, cantidad promedio que una persona de edad adulta ingiere haciendo infusiones en el lapso de tres meses.

Nidito de amor otra vez, pero esta vez el agua invade el lecho nupcial

Una hermosa mañana de invierno busco en mi placard una prenda acorde a los cuatro grados de temperatura ambiente.  Me llaman poderosamente la atención unos lunares verdes en una impecable camisa de seda color marfil.  Siempre odié los lunares, así que llamó mi atención esa prenda y todas las que le seguían hasta el borde del perchero.  Los mismos lunares verdes, una y otra vez.  Resultó ser que los lunares tenían una textura aterciopelada bastante llamativa.  Más llamativo aún fue descubrir que todos mis zapatos del fondo derecho del placard parecían haber sido confeccionados en una pana verde que combinaba exquisitamente con el tono de los lunares.  Lo no tan exquisito de la cuestión fue el aroma rancio a humedad que penetró mis orificios nasales poniéndome a estornudar como una máquina.  Saqué toda la ropa y encontré a la madre del borrego: la mancha verde más espantosa en la historia de las humedades caseras.  Ahí, agazapada y amenazante, la muy hija de puta me desafiaba dibujando monstruosidades frente a mis narices.  Llamé al Consorcio, el Consorcio me mandó al plomero.  El plomero y su ayudante, dos personas a las que hubiera herido de muerte si esto que voy a contar me lo hubieran hecho ahora, se aprovecharon de mi juventud y mi ineptitud para evaluar situaciones que involucran caños y grandes masas de agua.  Picaron la pared del placard desde la altura de mi cabeza hasta el piso, desde ahí hasta la ventana y de la ventana un metro adentro del patio.  Dejaron el caño a la vista, desagüe de la terraza de un edificio de ocho pisos, yo ocupaba la planta baja.  Operaron al caño culpable, lo castraron de la cintura para abajo y juraron volver al día siguiente.  Una, que era tonta pero no tarada, desliza una preguntita al pasar “¿y si mañana llueve?”.  A lo que el Sr. Plomero Hijo de un vagón cargado de putas contestó “Nahhhh, mañana no hay pronóstico de lluvia”.  El día siguiente fue consagrado como el día más lluvioso de la década.  Cayeron 100 milímetros en un par de horas.  Ese par de horas que me la pasé corriendo con dos baldes de la cama al baño cual bomba de achique humana.  Ese par de horas donde tuve cascada y lago artificial dentro del dormitorio al más puro estilo Telo carísimo de Panamericana.  El plomero volvió dos días después con el rabo entre las patas argumentando que su faltazo se debió a que el diluvio le hubiera impedido empalmar el maldito caño.

Hogar dulce hogar campestre: Casa nueva, problemas nuevos (siempre hidráulicos, para variar)

Estábamos de estreno, nada podía fallar.  Tanque de fibrocemento conectado a bomba presurizadora que impulsaba el agua a la casa de manera fenomenal.  La presión de la ducha era tan impresionante que parecía soda.  En el tiempo que tardó el plomero de la obra en llegar a su casa, agarrar las valijas y salir del país (nunca más lo encontré), la gotera apareció en el techo del living.  Firme y contundente fue dibujando manchas con la cara de alguna figura bíblica o Satanás, dependiendo de mi estado de ánimo.  En el término de diez años pasaron por ese baño maldito unos quince especialistas.  Me levantaron la bañera y la amuraron a la pared, sellaron las juntas del piso y la pared, cambiaron caños, flexibles y canillas.  Nada, el problema iba y venía cargándose nuestros ahorros y arruinándome las fotos de todos los eventos familiares.  La mancha verde amarronado brindando como un invitado de lujo en el cumple de mi hijo, en la Navidad del 2004, en Año Nuevo 2006, en Pascuas 2003 y en mi fiesta de cumple Nº 40.  Maldita hija de tu madre, me dejaste pintar todo el techo para volver a aflorar tres días después de guardar la brocha!.
Como si esto fuera poco, la bomba se fue rindiendo de a poco.  Le hablé, le recité poemas, le recé novenas y se la llevé a rebobinar al colorado Sanchez.  Hice todo lo que había que hacer para que me dejara lavarme los dientes a la mañana.  Estuve unos tres años cebándola, cargándole agua por un agujerito minúsculo, con el recipiente de la plancha previo remover una tuerca con una llave inserta en un ángulo incomodísimo (de noche, sin luz y con un frío de perros no es tarea fácil).
Hasta que la bomba me abandonó.  El mismo año que mi ex decidió dejar el Titanic matrimonial a medio naufragar.  No lo culpo, hubiera hecho lo mismo pero tenía un hijo del que ocuparme.  Eso fue lo que hice.  Cansada de salir a las siete de la mañana en pleno invierno a cagarla a patadas para que me permita bañarme para ir a trabajar, ella y yo nos dijimos “andate a la recontra mierrrda”. Empeñe mi aguinaldo de junio y gasté a cuenta del de diciembre.  Compré la Robocop de las bombas.  Silenciosa y cromada, una Ferrari en el mundo de las hidroneumáticas.  Joya.  Tuve agua y bailé en pelotas por el parque.  Fui felíz por un tiempo.  El tiempo que tardó en joderse el automático del tanque.  Recuerdo muy bien el día en el que le maldito cable se zafó mientras yo corría la pesada tapa para ver cuánto faltaba para llenar el tanque.  En camisón, noche cerrada de invierno, niebla hasta en las pestañas y la humedad ambiente de la ostia abriéndome los poros.  Era una nebulización en cinemascope.  Tiré de la tapa y el cable rozó los dedos de mi mano derecha.  La descarga me dejó las falanges inutilizadas por dos días.  Tuve que agarrar el volante del auto con los dientes para estacionar porque no podía cerrar los dedos ni para agarrar una lapicera. 

Demás está decir que durante todos esos preciosos momentos tuve que utilizar mi ingenio para bañarme en las zanjas, cepillarme los dientes con el agua del depósito de los baños, lavarme los sobacos con el agua de los fideos, cocinar con agua mineral y lavarme el culo con soda (toda una experiencia).

Hace unos días la Robocop Pump falló y tuve que empastillarme para superar la crisis de ansiedad.  Cuando salí del coma farmacológico autoinducido (léase siesta monumental post clonazepam), el señor que me acompaña le había practicado una cirugía a membrana abierta al corazón acuático de la casa.  El agua salía a chorros por todas las canillas de la casa.  Me dieron ganas de hacer sopa, de tomar té, de apretar el pomo, de hacer acqua dance en la pileta de lona, de jugar a los escupitajos y bañar al perro.

Algo cambió en mi vida, me parece que el agua y yo nos estamos llevando mejor…

Gracias Gerard!  ♥U




martes, 11 de octubre de 2011

LOS CAMINOS DE LA VIDA

No son lo que yo esperaba

Como la letra de la canción de Vicentico, estos caminos no fueron lo que yo había planeado.  Para nada.  Si se hubiera cumplido el sueño profético de mis quince años, lo más probable es que ahora estuviera viviendo en Hollywood, con una estantería repleta de Oscars o Grammys (nunca me decidí por la actriz o la cantante de rock).  Si se hubiera cumplido el de los veinte, estaría salvando vidas en Africa, en una misión humanitaria con los médicos sin fronteras (si, lo mío era la medicina hasta que me bocharon miserablemente en química).  Si se hubiera cumplido el de los veinticinco, estaría disuadiendo suicidas en las cornisas de los rascacielos (si, lo mío era la Psicología hasta que me enamoré y dejé a Freud plantado).  Y si se hubiera cumplido el de los treinta, lo mío sería “María Von Trapp meets Marley and him”.  Ocho hijos, un marido como el Capitán de la peli "The sound of music", tres o cuatro perros labradores, una casa acogedora con un jardín inglés, un matrimonio con la pasión intacta como la virtud de María y un trabajito de cuatro horitas para solventar aquellos gastos superfluos como el shimmering gloss labial para tener una boquita de sirenita de cuento de hadas.

Lamento informarles que nada de eso se dio.  Tengo la casa, el jardín más que inglés parece la selva formoseña.  El perro labrador fue deportado por mi ex a una campiña remota (porque molestaba).  Los ocho retoños se convirtieron en uno solo (que vale por ocho, eso sí), me dio más trabajo que haber contratado al Arcángel Gabriel por sus servicios de embarazo instantáneo a domicilio. Para concebir tuve que pasar por una odisea médico-fertilizante que llevó años.  Cuando quise adoptar un hermano me pidieron desde dinero hasta cinco años de paciencia que no tuve.  Volví a los médicos y coleccioné fotos de mis blastocitos germinados in vitro.  Me puse grande,  comencé a detestar cualquier cosa que emitiera sonidos agudos y se cagara encima.  No canto bien, quise tocar la guitarra pero no pude sacarle un puto acorde agradable a esa caja de madera.  Tomé clases de actuación, abandoné como abandoné compulsivamente las dietas, los gimnasios, las clases de piano, los cursos de dibujo y la Universidad.  El Capitán resultó ser un náufrago y María bien gracias, sigue escapando de los nazis en las laderas de los Alpes suizos.  Entonces me quedé en casa y me inventé una vida divertida.  Una vida de espacios vacíos que llenaba con música y recuerdos de viajes pasados.  Si escuchaba a Toquinho, tomaba sol en Brasil (caipiriña en  mano, obviamente).  Mi humor se alimentaba de aquello que mi cabeza generaba a pedido.  Entonces salí a buscar y encontré mujeres con historias alucinantes.  Mujeres forjadas de hierro y con el temple del acero.  Mujeres divertidas, extravagantes, inteligentes y compasivas.  Me llené de amigas.  Algunas para toda la vida, otras para un capítulo o dos.  Fui rubia, fui castaña, fui rojo borgoña.  Con bucles o lacia.  Fui gorda y fui flaca. Fui angloparlante.  Fui vaga dos años y archideportista dos meses.  Aprendí repostería y a postear en internet.  Dí clases de inglés, tuve una huerta y coseché tomates todo un verano.  Hice trámites, trabajé en una Farmacia y en un depósito.  Fui empleada de mi madre y de un par de hijos de puta.  Dibujé para escapar.  Caminé para llegar.  Crié hijos propios y ajenos.  Me disfracé, me reí a carcajadas.  Me emborraché dos veces en mi vida.  Y probé la marihuana en una rueda de cuatro que incluía a mi vieja, mi ex, mi hermana y mi cuñado.  Fui cornuda.  Consciente e inconsciente.  Miré sin ver.  Y justo cuando aprendí a mirar empecé a perder la vista.  Me dejaron, pero conseguí la libertad, que no es poco.  Me hice los anteojos de leer pero me compré los de sol berretas para caretear.  Trabajé y progresé.  Me compré las alas (léase un auto).  Probé el sushi después de los cuarenta.  Me tatué después de los cuarenta.  Aprendí de mujeres de veinticinco cosas que yo a los cuarenta y pico no sabía.  Pude separar la paja del trigo.  Me quedé con los mejores y en el camino me saqué de encima a los peores.  No importó la distancia, gracias a la pc pude ver crecer a los hijos de mis amigas que viven lejos y chatear hasta que cantaban los pájaros en la ventana.  Me compré la cámara de fotos y también las vacaciones soñadas.  Le saqué seiscientas fotos a mi hijo.  Volví a tener perro. Tuve y tengo algunos felinos que mantienen a raya a las ratas que alguna vez se presentaron a desayunar en la cocina.   Jugué al futbol con mis sobrinos y amasé ñoquis con ellos.  Mi salsa bolognesa no tuvo ni tendrá quien le haga sombra en este planeta.  Planté sauces, tuve el hijo y escribí un blog.  

Y como si esto fuera poco, soñando con Highlanders, piratas y vampiros encontré al Capitán de la peli.  Después de los cuarenta y pico encontré a mi Florentino Ariza, a mi Jamie Fraser.  Juntos desmalezamos la selva formoseña y de a poco la transformamos en un jardín respetable.  Se me fue el miedo.  Prescindí del clonazepam, lo cambié por una copa de Malbec  y una charla interminable.  Dormí cucharita las tardes de lluvia y paseé de la mano como soñaba a los quince.  Me fui y me siguió.  Me celó.  No tuve que pedir.  Me abrió la puerta del auto y adivinó mis antojos.  Me sacó a pasear.  Me paró en un acantilado para que pudiera sacar fotos del atardecer en el mar.  Me olvidé de lo feo.  Me arregló la canilla y la estantería.  Acarició a mi perro y le dio de comer a mis gatos.  Se hizo amigo de mi hijo, de mis sobrinos y de los amigos de mi hijo.  Me hizo un asado, le colgó el farolito de la puerta a mi vieja y le arregló la tele a mi abuela.  Puso rosales con espinas en las butacas de cuero de su auto.  Escuchó reggae todo un verano porque a mi hijo y a mí nos gustaba.  Conocí a su familia y él a la mía. Volví a querer.

Ayer volvíamos de Starbucks, lugar que detesta pero al que va voluntariamente porque sabe que me encanta, silbando canciones en el auto…a veces tarareando alguna melodía conocida.  Entonces mi cabeza comenzó a reproducir la canción de Vicentico sistemáticamente, sin parar. Desde ayer a la tarde que no para de sonar… “los caminos de la vidaaaaa, no son lo que yo esperabaaaaaa”.  No, evidentemente no son lo que yo esperaba, son mucho mejores!.


jueves, 11 de agosto de 2011

Episodios de la vida cotidiana





P Un técnico especialista en problemas

Hace un par de semanas que me vengo aguantando a un flagelo de la naturaleza humana.  Es mi trabajo y estoy preparada para cierta cuota de cinismo, soberbia e intolerancia por parte de personas que creen que el vil metal los autoriza a absolutamente todo.  Pero hay veces en las que ni la meditación, ni dos litros de té de tilo pueden inmunizarme contra esta clase de gente.  Lo conocí por mail, una compañera de trabajo me pidió ayuda para responderle ya que ella había perdido por completo la capacidad de despejar la X frente a un ser grosero y un tanto psicótico.

Trabajamos administrando la venta de autos, y en este caso en particular se trataba de uno de alta gama.  En el primer mail mi compañera le explica detalladamente las formas de pago del vehículo y los pasos a seguir.  Pagar, acercarse a firmar, esperar unos días y disfrutar de su 4X4.  Hasta ahí todo funcionó de maravillas, pero todo lo bueno dura poco y el señor P (por psicótico) demandó que enviáramos formularios (por triplicado, sellados y timbrados) por mail para su firma.  Cosa ridícula si las hay, ya que el Registro de la Propiedad exige su firma certificada en original en las tres copias (que son numeradas y tienen un acabado tipo billete moneda).  Cuando se le explicó que esto no era posible, P (sacado como rottweiller suelto  entre un rebaño de ovejas) exigió apersonarse un fin de semana.  Porque él no trabaja, y nosotras…plantas de plástico parte del decorado, SI (según versión libre a cargo de P).  Le explicamos cortésmente que eso no iba a ser posible ya que solamente existe una guardia de ventas y el señor en cuestión entró en combustión espontánea perenne.  De ahí en más su curva de presión y la nuestra fue en vertiginoso ascenso.  Como vimos que no podíamos con la intransigencia de P y nuestros ovarios colgaban a la altura de las rodillas, le dimos la posibilidad (y como excepción) de firmar con su asesor comercial, aclarándole que no efectuar la entrevista con una persona de administración podía acarrear algún malentendido o errores en la toma de la documentación.  Cosa que ocurrió, obviamente.  

Le escribimos (método de comunicación que P eligió siempre para dirigirse a nosotros) informándole que faltaban fotocopiar hojas del documento de identidad y su rúbrica en unos formularios para efectuar un trámite extra solicitado por él mismo.  Como mi compañera, dotada de una paciencia a prueba de guerrilleros sandinistas y una simpatía que roza con el engolosinamiento pastelón, no pudo dar crédito a lo que leía como respuesta al reclamo de dicha documentación; tuve que arremangarme y contestar.  Ese día, ignoraba que firmaba mi sentencia a una hora “tete a tete” con P.  Con la delicadeza de una geisha, tipeando  con un pizzicato digno de Marta Argerich, le detallé lo que necesitábamos para presentar su trámite:

1.       Cambios de domicilio del documento, escaneados o enviados por fax.

2.       La firma de una solicitud de cédula azul o correríamos el riesgo de que el Registro no extendiera ese documento.   Eso se llama abrir el paraguas antes de que llueva.

Demás está decir que nunca encabezó ningún mail con un “buenos días”, “hola” o “gracias por la respuesta”.  Solo se dedicó a corregir la castellanización del término “escaneo” por “scanning” y a negarse sistemáticamente a mandar una solicitud extra argumentando que así se lo iban a hacer porque él era EL.  Le dije a todo que sí, porque tenía los dedos exhaustos y el cerebro limado de tanto contestarle.  Preguntó cuándo, preguntó cuánto y a todo se le dio una respuesta junto con un “saludos cordiales” nunca menos sentido.  Que porqué tenía que pagar un impuesto sobre el auto (ahí nomás le hubiera mandado el mail del Gobernador de Buenos Aires) y porqué el trámite no se hacía en veinticuatro horas y que tendríamos que haberle escaneado el documento cuando llegó a presupuestar el auto para evitarle contratiempos.

Le expliqué que el importe a abonar por ese impuesto solamente se conocería el día que el trámite estuviera listo ya que se liquida en el momento.  Furia asesina escrita, en mi vida he visto como la de este hombre y su léxico filoso.  Que deberíamos presupuestar el importe (aunque le expliqué mil veces que era imposible), a lo que sarcásticamente contestó “entonces cuánto llevo, diez o diez mil pesos?”.  Vuelta a empezar “se lo vamos a decir cuando lo convoquemos para retirar la camioneta y sepamos el importe exacto”.  Cebado como tiburón frente a un daiquiri de hemoglobina, comenzó a solicitar detalles puntuales del destino de su dinero.  Por enésima vez le expliqué que todo eso le iba a ser entregado el glorioso día en el que se llevara el auto y me beneficiara con su ausencia (esto último lo pensé mientras imaginaba una Beretta 9mm sin silenciador).

Lo más gracioso del caso fue buscar en Internet la firma para la cual trabaja, verle la cara (ya que hasta ahora solamente nos habíamos cruzado en el paraíso virtual de la Net) y leer su curriculum vitae.  Especialista en Soluciones.  Contador, auditor y no sé cuántas cosas más.  Todas relacionadas con los negocios pero muy alejadas de lo humano, a mi humilde entender.  Pero lo mejor estaba por llegar.  

Luego de un mail perturbador, en donde el señor copiaba párrafos de mi mail agigantando palabras como “jueves” o “patente”, un frío me corrió por la espalda.  Estábamos en presencia de un personaje similar al sociópata de Oslo.  Luego de encargar mi chaleco de kevlar por Amazon.com, nos dispusimos a informarle que el vehículo estaba a disposición con todo lo previsto y pautado en orden (tiempo y forma estipulados).  El único cambio que se hizo fue quitarle toda cortesía u obsequio como accesorios, paraguas, gorras, kits, etc.  ya que a consideración de mis superiores, su manera de manejarse y destrato hacia el personal no debían ser premiados.

Llegó el gran día y absolutamente todos en la oficina nos bañamos con jabón de coco y resina contra agresiones verbales.  No contenta con esto, debajo de la camisa me calcé el kevlar.  Considero que retirar un OKM es un evento que debe disfrutarse y me encanta el momento en el que la persona se encuentra con el producto de su esfuerzo y sus fantasías automovilísticas.  Así que tontamente creí que P iba a dejar su malhumor de lado para gozar del momento.  Error.  Grueso.  Los gritos de la mujer (cabe aclarar que colgadas de estos señores, suelen venir unas urracas peleadas con el peine que gritan con la voz de Bette Midler y piden por el gerente antes de pronunciar “hola”).   En resumidas cuentas, el problema del impuesto se había convertido en “algias pelvianas con gimoteo agudo sumado a hemorroides severa con pérdida de sangre por el culo”.  Todo, ABSOLUTAMENTE TODO, estaba mal.  La hija adolescente se reía nerviosamente mientras la madre, en un alarde digno de Nicole Kidman, lloraba y balbuceaba maldiciones diabólicas.  P trataba de “boludo” a un compañero que jamás perdió la compostura aunque estoy segura de que hubiera deseado asfixiarlo con la corbata.  Le dimos las llaves pero sin invitación ni mediar saludo alguno, insólitamente lo tenía atornillado en una silla frente a mi escritorio.  Como no pudo con su vida, luego de vomitarme un monólogo de cuarenta minutos (parado porque en la silla duró veinte segundos), chivando como un esquimal en el desierto de Gobi me repitió hasta el cansancio el motivo de su injustificada paranoia:

-          Quiero que me lo polaricen- P
-          Es una cortesía de la casa, en este caso no le fue concedida-
-          Quiero un detalle de lo que pagué-P
-          Se lo están entregando en la factura-
-          Quiero que me digan porqué no me dijeron que tenía que transferir desde mi cuenta a la cuenta de la fábrica del auto-P
-          Si no lo sabe usted, que es Contador Público Nacional…imáginese…
-          Mirá, viste que me hicieron las cédulas igual-P a mi compañerita que amablemente le sonrió como lo hacen los transeúntes a los pacientes del Borda
-          Quiero que el Gerente me llame-P
-          Le digo-
-          No, mejor que me escriba una carta-P
-          Le voy a decir (si, ya sabemos que lo tuyo es la palabra escrita, pensé con sorna)
-          Quiero su compromiso-P
-          Quiero que te vayas, tu cabeza en una fuente con una manzana en la boca y tu auto para disfrutarlo yo ya que vos no tenés capacidad de goce (esto último no lo dije, lo balbucee para mis entrañas).

P se fue tan exacerbado que dudo que haya llegado a destino con el auto entero.  La presión en 22, por lo bajo; una esposa con ataque de “genitales afligidos” y una hija avergonzada arriba de una camioneta del valor de media casa.  Unas horas después me subí a mi económico autito, sintonicé la radio y volví cantando a casa.  Me acordé de P y le tuve mucha, pero muchísima lástima.


Un videíto dedicado a P

jueves, 21 de julio de 2011

Mamáaaaaaaa!


¿En qué momento me convertí en la madre de mi madre?



No sé en qué momento sucedió, solo se que sucedió de golpe, abruptamente, sin darme cuenta de la que se me venía.  Si hubiera sido gradual o hubiera tenido la deferencia de actuar con un poco de sutileza; la vida me hubiera dado la ventaja de la amortiguación por acumulación de eventos desdichados.  Pero no, fue un golpe de karate con el canto de la mano sobre la nuca.  En ese lugar que te deja mirando pajaritos de colores, los ojos bizcos y la lengua para afuera.  Knock out técnico, me llenaron el culo de penales, y yo sin casco ni drogas ilegales a mano.
Ya no existe esa sensación de alivio devenida de pensar, ante un quilombo: le voy a contar a mi vieja.  Ahora todas las conversaciones son un monólogo.  Yo escucho y ella habla y habla y habla hasta que la oreja me estalla como un carbón incandescente y el cerebro se me planta en “modo a prueba de fallos”.  Difícil procesar tanta mala leche junta.  Ni convirtiéndola en ricotta o roquefort.  

-          Hola, menos mal que me llamaste- ella con vos resquebrajada
-          Hola, cómo te va?- yo (acostándome sobre las vías del tren Mamita, que está punto de pasarme por encima)
-          Y, mal, todo mal.  Pésimo- ella aspirándose las lágrimas y secreciones de un resfrío con un twist de ingrediente esencial para laburar la culpa
-          ¿Qué pasó?- adentrándome en la mierda con alma y vida
-          Nada, lo de siempre, estoy casi sin trabajo y me cortaron los dos teléfonos- mamá haciendo una pausa para ver cómo digiero las últimas novedades
-          ¿Por falta de pago? ¿Se te fue la mano con el celular?- atónita y con taquicardia
-          Sí, es que estoy prácticamente sin trabajo.  Debo los impuestos de la casa, no pagué la prepaga, estoy ciega de un ojo y tu abuela que se caga en la cama- ella esperando el feedback
-          Tenés que vivir cerca nuestro así podemos ayudarte.  ¿Pusiste el departamento en venta?- yo, no viendo la luz a lo lejos del túnel oscuro
-          No, porque un particular me va a pagar más que una inmobiliaria así que voy a esperar, pero me preocupa la mudanza.  ¿Cómo vamos a hacer con los platos de porcelana que son carísimos?  No alcanza una camionetita
-          Te das cuenta que estás en el Titanic, con agua hasta el cuello, bajando al camarote a buscar las alhajas????  Jugá a Zorba el griego con los platos, revolealos por la ventana y quedate solamente con dos.  Uno para vos y otro para mi abuelaaaaaaaaaa!- vociferando como una rinoceronte en celo
-          Ay, por favor...no me grites que estoy muy preocupada.  No pude hacer la terapia física y me ahogo por el EPOC- ella volviendo a utilizar artillería pesada directo al corazón
-          Bueno, cuando te fumabas tres paquetes por día y yo te pedía que lo apagues en lugares cerrados y públicos al lado de un moisés con un bebé de meses me sacabas cagando aceite, no ves el correlato entre esa situación y tu actual estado de salud?- yo recordando la soberbia con la que me contestaba cuando le suplicaba que dejara de fumar (y ella me soplaba el humo en la cara clavándome una mirada ardiente de puñales voladores)
-          Ah, pero ahora hace un año que no pruebo un cigarrillo y sigo igual o peor- ella queriendo encontrarle la lógica a una pintura de Dalí
-          Mirá, no puedo razonar con una pared.  Solo sé que tenés que salir de ahí urgente para dejar de generar gastos- yo, buscando la practicidad del asunto
-          Nooooooo, no puedo tirar los papeles de los clientes, no quiero quedar mal con ellos- ella, instalada en la Negación y comenzando a decorar el nido
-          No necesitás clientes, no vas a tener más clientes. Te vas a rascar las partes mirando programas de chimentos en tu nueva casa.  ¿O alguno de ellos va a venir a pagar tus deudas?- yo, conversando con un alcornoque
-          ¿Y que hago con tu abuela?- dejándomela picando
-          Matala y enterrala en mi jardín, te ayudo- ya saben quién…moi
-          No, mejor no.  Necesitás su jubilación.  Mantenela respirando que te conviene- yo, recalculando
-          Pero yo no puedo vivir con ella, no la soporto.  Está peor que nunca.  Con decirte que nunca le gustó la leche y ahora se baja los sachets enteros...el Alzheimer te puede modificar los gustos?-ella, que se me perdió en algún lugar del bosque con Caperucita, el Lobo y mi abuelita (la concha de mi abuelita!)
-          Mirá, hace diez años decías lo mismo.  Esperaste, se perdió el departamento de ella con las deudas y ahora la tenés instalada con vos.  ¿Sabés qué es lo único positivo del caso?  Que yo aprendí.  Si te quedás sin casa vas derecho al Geriátrico con ella- yo, asombrada de mi propia cruel retórica
-          Ah, pero no podés comparar.  Yo no me parezco a ella.  No molesto para nada- intentando venderme una carmelita descalza
-          Naaaaaaaaaaah, qué va!  Sos una fotocopia de ella, y yo un clon tuyo OH MY GOD!



Y ahí me dí cuenta.  Horrorizada me caí de culo de la silla.  “Maaaaaaaaaaa!”.  Quise salir corriendo a prenderme de la pollera de Ma, pero Ma no está más. Estoy por las mías.  Ya no puedo ir corriendo a buscar refugio más que en mí misma.  Soy madre de mi hijo y madre de mi madre.  El pánico se apoderó de mí instantáneamente y de repente me sentí así de chiquitita…

¿Y ahora, quién podrá defenderme?  Je

QUE NO PANDA EL CÚNICO