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domingo, 7 de septiembre de 2014

TODO SOBRE MI MADRE




Mi mamá me ama, mi mamá me mima?


Para entender a mi madre habría que empezar con mi abuela.  Esa tierna ancianita que apenas puede embocarse la sopa de fideítos en la boca supo ser un Gendarme entrenado por el Mossad en Israel.  Con una lengua viperina (o karateca, término engendrado por Moria Casán), la señora podía pulverizar tu autoestima y desmembrar tu personalidad en menos de lo que canta un gallo.

Volviendo a mi madre, que de esto se trata este post, ella fue para mi hermana y para mí absolutamente TODO.  Enferma o sana, felíz o triste, cornuda o profundamente enamorada del hombre de su vida (que no fue mi viejo, obviamente); la mina se encargó de estar presente siempre.  A su manera, como pudo y con las herramientas que tuvo a disposición; que a juzgar por la señora que la engendró fueron escasas. 
Mi abuela tuvo la desdicha de quedarse sin madre a muy tierna edad, la encerraron en un Neuropsiquiátrico por loca; y según cuenta la leyenda (porque no da para preguntarle, pero fue lo que me contó toda la vida antes que el Dr. Alzheimer hiciera estragos con sus neuronas) el padre trajo a casa a un ejemplar digno de una peli de Disney (una cruza perfecta entre Cruella de Vil y Ades el Dios del Inframundo).  Según las leyes judías, el hombre que puede probar la incapacidad de su mujer, puede volver a casarse y esto fue lo que hizo el padre de mi abuela.  La otrora “nena” entonces, y en plena infancia no solo se queda sin madre, le encajan una mujer joven sin ganas de criar la montonera de hijos que el super carnicero del Mercado de Liniers había engendrado antes de conocerla.  Calculo, sin hacer mucha matemática, que la nueva esposa solo estaba interesada en disfrutar de los billetes que el señor traía del mercado con las unas ensangrentadas de cortar reses.  Así fue como se crió mi abuela.  Sin madre y con una reverenda conchuda de libro que escondía la comida, la bebida y la encerraba en su cuarto con llave.  Porque la pequeña Berthita no debe haber capitulado sin ofrecer resistencia.

Cuando la nena tuvo la edad suficiente para escaparse, lo único que tenía claro es que debía encontrarse con un ejemplar que la sacara cuanto antes de ese infierno.  Ahí llegó mi abuelo, apuesto caballero con un buen empleo, de buena familia y de paso cañazo CATÓLICO.  Este pase de facturas a un padre judío fue tan impecable como el desembarco de Normandía.  Comenzaron a cartearse porque mi abuelo era viajante para una empresa inglesa “Tornicroft” (aún conservo esas cartas ardientes que para la época  deben haber sido hot y ahora son un librito de cuentos de primer grado).  Poco a poco la relación tomó carácter de “oficial” porque mi abuelo quería verle las rodillas y mi abuela quería verle la cara a Dios (aunque luego profesó un ateísmo a rajatabla) anche rajarse de esa casa maldita apenas le diera el pedigree.  Estimo que el padre, antes de seguir aguantando las escaramuzas entre nueva esposa e hija insolente, rebelde y en pie de guerra optó por la medida quirúrgica que más le convino: ponerle un moño en la cabeza entregándosela en matrimonio a mi abuelo.

Como en todo cuento de hadas digno de los hermanos Grimm, la felicidad para Berthita sería efímera.  Al poco tiempo de casarse notó que se había pasado de Guatemala a Guatepeor.  Se había ganado una suegra italiana con un carácter repodrido, buena mina, pero con mecha cortísima y sin ganas de aguantarse los desplantes de una rebelde enojada con el género humano en su conjunto.  Para ella hubiera bastado con mi abuelo, él era el principio y el final de toda su existencia.  Así que su prole (mi vieja, mi hermana y yo) solo vinimos a ofrecerle una involuntaria competencia.   A mi abuela, que según mi vieja se le notaba cuando había tenido sexo porque se levantaba cantando boleros, le llenaron la cocina de humo antes de que se avivara que semejantes calenturas tenían un precio o daño colateral casi inmediato.  A los nueve meses viene una cosa que llora, grita, se caga, se mea y se convierte en la debilidad de su marido.  Así fue como Mirthita, a.k.a. “MAMITA” vino al mundo.  La “víbora” según mi abuela, vino a destrozar la armonía marital y lejos de venir con un manual de instrucciones, llegó para llenarle el culo de preguntas.  Menos mal que estaba su suegra, Catalina, para decirle qué hacer con ese demonio rubio que gritaba hasta que los pulmones le quedaban como dos globos aplastados.  Pero para darle la derecha a Berthita, ella nunca supo cómo se hacía para criar hijos, rol que se aprende imitando a la madre que uno tiene enfrente o alguien que ocupe con idoneidad ese laburo tan difícil y vital en la educación de los hijos.  Tampoco había un Dr. Socolinsky en la tele y digamos que en esa época mi abuela no gozaba de muchas amistades ya que se había pasado el ochenta por ciento de su corta vida encerrada como Rapunzel en el altillo.  Así que sin modelo a seguir, Berthita se encargó de sacar adelante con vida a Mirthita.  Hasta ahí llegó su amor.  No lo digo yo, me lo dijo siempre mi vieja “tu abuela nunca me quiso” y a juzgar por su comportamiento, el que yo pude observar a través de los años compro la versión de ella.

Mamita, de ahora en adelante “la caprichosita” se convirtió en hija única y el talón de Aquiles de mi abuelo Guillermo.  Se ve que a mi abuela la experiencia maternal le fue tan placentera que se arrancó los ovarios con la mano y se los dio de comer a los perros.  O no tuvo más sexo, cosa improbable porque siempre tuvo miedo de que le roben al marido (es el día de hoy que amenaza a las compañeras del Geriátrico para que no se les ocurra posar su mirada en su buen mozo caballero, fallecido hace más de treinta años).  Pero para comprender a mi madre hay que volver indefectiblemente a mi abuela.  Son como el yin y yang, opuestos que se atraen, interdependientes que se consumen y generan entre sí…un nudo difícil de entender si uno no las hubiera visto en acción.  Mi abuela tildaba a mi vieja de caprichosa insoportable y mi vieja buscaba refugio en la casa de su abuela Catalina (la tana de pocas pulgas).  Ella se la pasaba todo el día ahí en busca de cariño y de alguien que la iniciara en todos los vicios que la consumirían a lo largo de su vida.  Aprendió a jugar a las cartas con tanta habilidad que hubiera dejado dando lástima a los participantes de Poker Stars.  Prendió sus primeros rubios a los catorce años en el patio de la casa de Morón hasta convertirse en una fumadora compulsiva.  Ni la muerte temprana del hijo menor de Catalina “el famoso Tío Coco”, por efisema, pudo iluminar a mi madre a tiempo para largar el faso.  Calculo también, que en esa infancia plagada de amor y vicios, Catalina le habrá hecho probar sus primeros vasitos de grapa, licor y el auténtico café “petróleo” del que mi vieja sigue siendo fan absoluta.

Con una madre que siempre le hizo saber que su presencia era una molestia, no es raro que mi vieja haya pasado la mitad de su vida adulta gritando a los cuatro vientos “no la quiero”.  Toda una declaración de desamor que tiene un digno justificativo.  Sin juzgar, solamente repasando los hechos tal cual uno los ha escuchado y vivido.  Mi mamá, se fue convirtiendo de a poco, en la locura de mi abuelo.  Vino a cubrir la necesidad de “socia en la joda” que mi abuelo necesitaba.  Fue un buen padre, doy fé.  La llevaba a nadar en la playa, le enseñó a manejar antes de que llegara a los pedales y mientras estuvo con vida accedió con ternura y locura a todos sus caprichos hasta iniciarla en los juegos de azar (vicio que la acompañaría desde el Casino hasta el Bingo mientras la billetera y el cuerpo aguantaron).  Con la corona de hija única patinándole en la nuca, mi vieja no dio demasiado laburo a nivel estudio; se encargó de cerrarle bien el culo a la madre para que no tuviera oportunidad de rezongar por nada.  Buena estudiante, buenas calificaciones, Reina de belleza escolar, llegó a desfilar en una pasarela y salir en un diario (que mi abuela secretamente conservaba en una caja de zapatos junto con otros recuerditos como sus cartas “hot” y una foto de su padre).  Así se gestó la rivalidad entre estas dos mujeres.  Mi vieja era preciosa, mi abuela antes de pasar por un quirófano era la hermana menor del Conde Olaf (de Lemony Snicket); siempre basándonos en los cánones de belleza de la época y la presión social que existía y existe con respecto al aspecto físico de la mujer.  Sin embargo, para mi abuelo, la Condesa Olaf le había cerrado desde un principio.  Claro que todo principio tiene un final y en este caso fue una cirugía descomunal que mi abuelo pagó satisfaciendo uno de los  tantos
antojitos de estas dos mujeres que ahora gobernaban su vida.

Mi abuelo, a quien furtivamente pude verle un testículo fugitivo en la playa que se escapó de un suspensor flojo, era demasiado bueno (cabe destacar que la experiencia, a mis quince años me llevó a terapia de un fulbazo en el orto).  Pero retomando el testículo de mi abuelo, con los años rebobinando la escena de la playa (no sé por qué escucho de fondo en mi cabeza “no culpes a la noche, no culpes a la playa” de Luismi); me sorprendió el tamaño de esa bola.  No porque fuera inmensa, sino porque buscaba aire desesperadamente y porque conociendo a mi progenitora y a la suya, mi abuelita…me sorprendió que no arrastrara ambos escrotos por la arena dejando un surco del tamaño que deja el rastrillo que pasa el carpero del balneario a las 19 hs. buscando puchos y objetos de valor.  Si mi abuela hubiera sido una enfermedad, hubiera sido una venérea, si hubiera sido un político, hubiera sido Margaret Thatcher, si hubiera sido un bicho, hubiera sido una ladilla.  Molesta, inconformista, insatisfecha, rebelde, egoísta y celosa; ella quería a mi abuelo todo para ella.  Y todo lo que tenía mi abuelo también.  Nunca supo muy bien expresar cariño a nadie salvo a su pareja, le daba todo a él y al resto los restos.  Lo cuidó como un Rey y pocas personas pudieron entrar a ese palacio que ella construyó para él.  Su siesta era sagrada, sus mates eran sagrados, su ensalada de palmitos con pollo era intocable (inclusive para nietas que venían de la playa con la hambruna de ocho horas al sol metiendo panza sin ingerir ni media gota de otra cosa que no fuera Tab o agua mineral).  Pero mi abuelo, ningún boludo y criado por una madre amorosa, supo desarrollar afecto hacia sus descendientes; hacía todo de zurda para no violentar a su precioso collar de melones.  Así es como mi vieja gozó de autos Okm., dinero para gastar en ropa y la anuencia para casarse con mi papá; que calculo, a los ojos de la vieja sería un “tarambana” (modismo argento para nombrar a alguien alocado e informal).

Entonces mi abuela brindó con cara de orto en todas las fotos del casamiento de mis viejos.  Todavía no sé muy bien si le molestaba mi papá, le jodía que mi vieja fuera feliz o que existía lo posibilidad de que mi vieja siguiera engendrando competencia para su afecto hacia mi abuelo.  Lo que pasó, pasó.  Aparecimos mi hermana y yo, no en ese orden, pero vinimos a terminar de cagarle la vida.  No es que no le cayéramos en gracia.  Éramos divertidísimas, confinadas al lavadero y la habitación de la empleada doméstica (que se suicidó cuando éramos chicas, igual que una hermana de mi abuela…no hay que ser Sherlock Holmes para darse cuenta que mi abuela era más dolorosa que la formación del Sarmiento encima de tu cuerpo).  Tuvo que desaparecer mi abuelo, lamentablemente, para que mi abuela comenzara a encontrar amor donde antes no lo veía.  Lo encontró en su empleada doméstica, Mercedes y en sus hijos.  No puedo negar que tuvo atisbos de cariño con nosotras, sus nietas verdaderas, de vez en cuando (y si agarraba una buena racha en el Casino) nos tiraba dinero para comprar bikinis en Mar del Plata.  Pero hizo con nosotras lo que a ella le hizo la mujer de su papá.  La heladera prohibida, el baño para mear los centímetros cúbicos justos y a la hora correspondiente, el calefón se apaga a tal hora y si no te bañaste fuiste.  Su departamento de la playa era SUYO, y nosotros siempre fuimos infiltrados, ocupas.  Andaba detrás nuestro revolviendo placards en busca de material prohibido (calculo que marihuana, pornografía o alguna excusa para mandarnos de vuelta a nuestras casas).  Hasta el uso del teléfono era cronometrado religiosamente con un Rolex de pulsera que usó hasta que la taclearon en la Avenida Santa Fé y le arrancaron de la muñeca.

Retomando a la madre que me parió, que es la que nos interesa en esta entrada del blog.  ¿Qué se podía esperar como resultado de semejante crianza?  Les cuento.  Una fumadora compulsiva que pitaba hasta con broncoespasmos, que encendía cigarrillos cada dos horas de noche ya que el cuerpo se lo pedía a gritos sin dejarla dormir (matizaba un faso y una cucharada de jarabe antitusivo).  Llegó a fumar en la habitación de mi hijo de tres años que sufría de los bronquios, la tuve que echar de mi casa a las tres de la mañana en camisón por desobediente “no fumes en la habitación de mi hijo por favor”- le había advertido previamente.  Le suplicamos con mi hermana que deje de fumar por su bien y el de toda la gente que la rodeaba.  Se jactaba de que la ley de prohibición de fumar en bares no estaba implementada en provincia poniendo el brazo detrás de la silla tirándole el humo en la cara al bebé de la mesa contigua.  ¿Qué se podía esperar de esa crianza?  Una mujer adicta a todas las adicciones posibles menos las sanas.  Su vida, una vez desaparecido el amor de su vida, Juan Carlos (segunda pareja con cama afuera), fue en caída libre hacia el estrellato.  El estrellato contra una pared de hormigón que la dejó postrada, sin motivos, sin amigas y con dos hijas que intentan satisfacer sus caprichos como lo hiciera mi abuelo pero con escasos recursos.

Sin embargo, supo reponerse de una adicción al alcohol, que siempre me dio mucho orgullo sabiendo a ciencia cierta que muy pocos pueden salir sin volver a caer.  Mi vieja permanece sobria hace treinta años y desde hace cuatro años los tres atados de Colorado que se fumaba por día pasaron a la historia.  Supo, con entereza y voluntad, deshacerse de sus dos mejores amantes.  Eso me llena de admiración y encuentro una virtud donde muchos verán un defecto de fabricación.  Y si, digamos que su fabricación estuvo llena de errores, hay que ser muy hembra para digerir tanta mierda y no convertirse en una cloaca grande como la pileta de GEBA.  Nunca faltó a un acto escolar, hecha percha, agarrándose de las paredes yo sabía que estaba ahí por su tos seca de fumadora empedernida.  Era la que me llevaba a los mejores médicos y dentistas, la que a regañadientes me daba todos los gustos y hasta supo cocinar bastante bien aunque mi viejo opine lo contrario.  Yo sabía que podía contar con la mina.  Me iba a buscar a los cumpleaños de quince en plena dictadura militar, en camisón con un impermeable encima, y repartía a todas mis compañeras en diez cuadras a la redonda.  Me llevaba a la peluquería y yo sabía que podía compartir con ella solo unas pocas cosas que teníamos en común.  Porque nunca la embocó con un regalo, creo que porque no me conocía y para ella un libro o música era tirar la guita.  En eso compartía más cosas con mi hermana, por eso nunca entendí por qué me regaló una reposera para mis diecinueve años para tomar sol cuando fui anti Febo desde que nací (y mi hermana un miembro dilecto de las “Adoratrices del Rey Sol y Rayito de sol filtro menos veinte”).

Mi vieja ahora, habiendo gastado sus balas como mejor le gustó, sin aceptar consejos ni sugerencias; soberbia, petulante e independiente se ve confinada en un departamento que logramos salvar de la timba (algo que solo frenó la falta de divisas, esto no fue una mera derrota al vicio) entregando sus días a dinamitar nuestras neuronas con culpas y demandas que lamentablemente no podemos satisfacer aunque quisiéramos.  Hablar con ella es escuchar una lista de quejas sobre la factura del celular, el pésimo servicio de cable, los dólares que cree le sobraron de alguna transacción inmobiliaria espolvoreando la semilla de la duda como si no fuera ya bastante duro ver a Carola Casini (porque mi vieja era un as del volante, una maravilla a la altura de Fangio) que apenas se puede desplazar de la cama a la cocina.  Llamarla es entrar en línea directa con una fábrica de miedos y una destilería de culpas que, ya le advertí, entiendo no lo hace para perjudicarnos porque estoy segura de que nos ama con locura; pero que termina evitando el contacto porque hablar con ella es como tomar un litro de ácido muriático on the rocks.  Horada por dentro, sus latiguillos son “pooooobreeee” (si se entera de que nietos o hijos están laburando, porque para ella laburar es una maldición gitana, evidentemente) o su consabida “tengo miedo de que…(completar con lo que se les ocurra)”.  Es portadora de todas las noticias nefastas del planeta ya que se alimenta a noticieros que presagian plagas, accidentes en las rutas que transitan nuestros hijos, incendios en boliches, asesinatos, robos a mano armada y todo aquello que pueda paralizarte en menos de cinco segundos como el veneno de la Black Mamba (la serpiente venenosa de Kill Bill).  A veces entro a ducharme y puedo escuchar la explosión del termotanque, puedo ver a mi hijo incrustado debajo de un camión a mitad de la noche o a mi sobrino preso por tenencia de estupefacientes en algún país latinoamericano.

Eso genera mi vieja, ese extraño trago semi-amargo, mezcla del Campari que tanto le gustaba con un poco del dulzor de una naranja.  Por momentos escucha, entiende y hasta aconseja bien.  Por momentos querés estamparla contra una pared hasta que se le impriman los ladrillos en todo el cuerpo.  Por momentos querés acurrucarla, acunarla hasta que se duerma y no le duelan más las piernas, y a los dos segundos querés salir corriendo hasta La Paz-Bolivia para aprender a hacer artesanías y darle la mano a Evo.  La extrañás, la pasás a buscar y en cuanto te trajeron el café querés troquelarte las venas con la cucharita.  Tiene ese poder fascinante, endiablado, hipnótico de atraerte para derribarte como un misil tierra aire.  Te dinamita la autoestima (como lo hizo mi abuela con ella) esbozando “me parece que tenés unos kilitos de más”, “te dejaste los rulos? Ahhhh bue,  más rubio y más lacio te queda mejor”.  A ver mamá: siempre voy a tener unos kilitos de más porque me gusta morfar y chupar.  Me gusta leer, escribir, ver la misma peli que me gustó cien veces (aunque para vos esa sea una extraña adicción), me gusta tener amigas jóvenes (y eso no me convierte en una freak pendevieja) porque me nutren de alegría, música, recomendaciones de cine y teatro y porque me contagian su entusiasmo.  Siempre tuve rulos, lamento haberlos planchado sistemáticamente para complacerte (primero con la toca, después con la planchita y luego el alisado) y temerle a la humedad y la neblina como si fueran la nube de Chernobyl.  Lamento no ser la flaca lacia rubia de tus sueños, no voy ni quiero ser Valeria Mazza.  Soy yo, la que te cocina los fideos que te gustan y las milanesas con mucha provenzal.  Lamento también el daño que te hizo tu madre y lamento el daño que le hizo a ella su madre; porque tu vida hubiera sido diferente si te hubiera criado alguien con dos dedos de frente y un poco de amor aprendido en el calor de un hogar sano.  Sin querer, sin un propósito de destruir pero causando idéntico daño, dinamitaste nuestras cabezas.  Sé que si te dieras cuenta llorarías hasta el 2018, por eso te sigo buscando con algunas licencias como sacar la cabeza del agua de vez en cuando para respirar, y volver a sumergirme en tu inframundo oscuro y lapidario, sentencioso y prejuicioso.  Estoy segura de que nos querés, estoy segura de que te quiero.  Pero es difícil sostenerse en pie cuando hay un tsunami de tragedias, demandas y quejas a tu alrededor.

Pero, si hay algo que redime a mi madre es su producto, sus hijas.  Estamos lejos de ser perfectas, estamos llenas de temores, conflictos, defectos de construcción y errores que ya no sé si curan un Psicólogo o una tortilla de clonazepam.  Pero somos dos buenas personas, honestas, laburadoras, buenas madres y sobretodo buenas hijas.  Algo de lo que hiciste funcionó bien, lograste sobreponerte al modelo, a la educación y a pesar de las contras construiste esto que somos.


Espero que el “Todo sobre mi madre” de mi hijo, si algún día lo escribe, pueda contar con un poco más de cosas bonitas.  Seguramente va a tener una lista de  cosas para reprochar, espero haber cometido errores nuevos, de esos que no pude ver en mi madre y mi abuela.  Espero no haber tropezado con las mismas piedras, haber aprendido o heredado lo bueno y evitar aquello que pude identificar en carne propia…duele como la puta madre.  El amor, deformado, encriptado y enviciado llegó.  No sé cómo pero llegó.  Ojalá esté llegando ahora, al bisnieto de Bertha, al nieto de Mirtha y al hijo de la que suscribe.

domingo, 27 de julio de 2014

LA MALDAD







Ensayo sobre algunos rasgos de la condición humana

Intentado razonar sobre la motivación que incita a una persona a ejercer y/o infligir algún tipo de daño material, psicológico o espiritual a otra; pude observar que existen ciertos rasgos que se repiten en aquellas que dedican a hacerle la vida miserable a los demás.  Pero lo que más me llama la atención, es el caso de esos individuos que sin motivo alguno, eligen un objetivo para convertirlos en blanco de su destilería de veneno.  Puedo entender perfectamente el “ojo por ojo”, si alguien devuelve gentilezas veo la motivación aunque la justifique o no, dependiendo del caso.  Pero no logro decodificar a aquellos seres que se meten con alguien del que no saben nada o que simplemente no les ha dirigido ni siquiera la palabra, menos aún una mirada.  Pero la realidad es que a través de los años me he cruzado con un puñado (chico, gracias a Dios son minoría) de personajes que dedican sus vidas a cagarle la vida al otro.



La génesis del maldito

Bichos malos en la adolescencia y la juventud, uno no puede imaginar que en la infancia hayan sido letales.  Ningún niño pequeño lo es; de mostrar alguna característica malvada, se puede inferir que la criatura en cuestión estuviera comenzando a copiar actitudes de su entorno (escolar, familiar, social).  Salvo casos de enfermedades psiquiátricas severas, los chicos son inimputables.  Pero se podría pensar que ese niño es la semilla del adulto que un día va a desarrollar cualidades negativas y nefastas para sus congéneres si estuviera sometido a abusos por parte de algún miembro de la familia o sufriera privaciones que le dejaran heridas lo suficientemente profundas como para querer desquitar su ira aplicando la Ley del Talión a ignotos, incautos e ilustres desconocidos que no logran salir de su asombro cuando reciben sus viles ataques.  Podríamos decir entonces, que el nacimiento del “sorete” de libro, es una persona que en su infancia ha sufrido y merece en primera instancia nuestra compasión y solidaridad.  La persona que es mala como adulto, encierra a un niño al que le ha faltado amor, compañerismo, alimentos, juguetes, ternura, abrigo o han padecido alguna clase de abuso por parte de hermanos mayores, tíos, abuelos, progenitores, docentes, etc.  Con esto no quiero decir que todas las personas que fueron abusadas o han sufrido falencias en su infancia, necesariamente se van a convertir en una porquería de ser humano.  Sólo imagino esto, como la única explicación posible para la maldad per se.   De otra manera, me resulta inexplicable que alguien pueda gozar lastimando a otro ser vivo, salvo a una cucaracha (debo confesar que he pisado unas cuantas sin cargo de conciencia).

Malvados, trastornados y diabólicos (receta infalible para detectarlos). 
Si encontrás más de tres ítems probablemente estés enfrentando a un flagelo importante para la raza humana, mi consejo es que te resguardes en lugar seguro hasta que dirija sus gentilezas hacia otro objetivo.  O bien dediques tu tiempo a joderle la vida.  Tu tiempo vale mucho, yo no lo desperdiciaría en eso; pero cada quien es cada cual y sobre gustos…los colores.

Falta de amor: La persona que rompe las pelotas no ha encontrado todavía a alguien que lo ame lo suficiente como para salvarlo y entretenerlo.  El amor cura la maldad, la neutraliza.  La persona que se siente amada (ya sea por una pareja, amigos, parientes, etc.) y retribuye amando, pierde el interés en cuestiones pueriles y en el chiquitaje diario que lo saca de ese estado “OMMM” y le otorga ese resplandor de felicidad en la cara que tanto apabulla a quienes no conocen el amor.  Esto no significa que no hayan formado pareja, generalmente necesitan de compañía porque no soportan estar solos, es jodido estar con uno mismo cuando uno mismo es un ser aburrido, vacío y carente de motivaciones positivas tales como talentos, pasiones o hobbies que enriquezcan la vida.  En ese caso, buscarán aparejarse con la primer persona que se les acerque sufriendo la frustración de tener la absoluta certeza de que conviven con un placebo, un muleto; alguien que ocupa un lugar vacío como la butaca del colectivo o el cine.  Simplemente un hueco tapado con papel higiénico para que no penetre el frío de la soledad.

Falta de sexo: La persona que no tiene actividad sexual, autogestionada o con partenaire; o la vulgarmente conocida como “mal cogida” es condición sine qua non en este tipo de personajes.  No significa que no exista actividad sexual, a veces existe en cantidades industriales; pero como son personas con poca autoestima, se dedican a complacer al otro antes que a ellos mismos (ya sea para retener a una pareja o en un intercambio de favores y fluídos que poco tienen que ver con el goce y la plenitud sexual).  La persona “bien atendida” como se la suele nombrar, ha invertido sus energías en satisfacer sus pulsiones sexuales, no tiene resto para enroscarse en cosas que podrían robarle esas endorfinas ganadas en el polvo monumental de la noche anterior.  Esa sensación de tranquilidad, paz y alegría que deja un buen estampamiento funciona exactamente igual que una vacuna contra el quilombo.  Nadie en su sano juicio está dispuesto a perderla buscando mierda para joderle la vida al otro.

Baja autoestima: Estos individuos no están satisfechos con lo que son, no están orgullosos de lo que fueron y probablemente deseen ser como alguien más.  El problema radica en que no saben cómo.  No se quieren, no se respetan, no se miman ni invierten medio segundo de sus vidas en conocerse, entenderse y descubrir sus pasiones.  No disfrutan de nada en particular que no los perjudique de alguna forma.  Por eso se autocastigan sin siquiera registrarlo.  Se vinculan con gente tóxica, forman relaciones de pareja abusivas y suelen caer en vicios o adicciones que terminan perjudicando su salud y relaciones interpersonales.  Probablemente estén en la búsqueda desesperada de objetos materiales que satisfagan momentáneamente ese hambre espiritual del que no pueden deshacerse porque el vacío que sienten no se aloja en un lugar físico ni se resuelve con una bandeja de sushi o un Smartphone.  Se entiende, quedarse solo con uno mismo y no poder enfrentar la imagen que devuelve el espejo sin bajar la cabeza con vergüenza o resignación debe ser durísimo.

Ausencia de pasión: Con pasión no me refiero a la pasión devenida del sexo o el amor.  Me refiero a la pasión por algún deporte, hobbie o actividad que uno hace para uno mismo en franco acto de amor propio.  He conocido gente que toca instrumentos musicales, devora libros, consume cine en megadosis.  Gente que ama un deporte y lo practica toda vez que tiene media hora libre.  Personas que se cargan la mochila al hombro y salen a vivir aventuras porque aman la naturaleza y están ávidas de aprender todo sobre aquello que los fascina.  Gente que estudia sin la motivación obvia del dinero, lo hacen para conocer, para trascender fronteras y alimentar el alma antes que el culo.  Existen personas que además de cultivar una pasión, y a modo de bonustrack, invierten su tiempo en forma altruista para ayudar al prójimo.  Personas que disfrutan llevando alegría a un hospital infantil disfrazadas de payasos o acompañando toda la noche a un enfermo que no tiene un ser querido que le alcance un vaso de agua.  En fin, el apasionado no pierde tiempo para romperle las pelotas a otro.  Tiene mejores planes, cosas mejores para hacer.

Insatisfacción crónica: Al turro de pizarra no hay poronga que le venga bien (perdonando la expresión).  Por eso nunca se llenan coleccionando objetos materiales, nada les alcanza, siempre quieren más…aunque no sepan bien más de qué.  Generalmente quieren lo que ven, y sobretodo lo que ven en las manos de otro.  Y como el deseo no es genuino, una vez que tienen eso en las manos pierden ferozmente el interés en el objeto.  Ven el vaso medio vacío siempre.  Siempre falta.  No se sabe bien si es una falencia que arrastran de una infancia árida, me inclino a pensar que no.  En general es todo lo contrario, ya que quienes han sufrido la falta de cosas materiales suelen valorar y disfrutar mucho más lo obtenido con esfuerzo.  Más bien es la falta de alguna persona del entorno familiar que les enseñe a ser felices con la mano de la baraja que toque.  He visto personas con un poder adquisitivo enorme y sin embargo no le han encontrado la vuelta a la alegría.  Y he visto gente con escasos recursos disfrutando de la vida con una fuerza y un entusiasmo que muchas veces envidia aquel que lo tiene todo y no sabe qué hacer con eso.

Envidia: Muy probablemente, aquel que se ha puesto como objetivo romperte las bolas, quiera algo de lo que vos tenés.  Si van a por vos, es porque vos sos una foto caminando de algo que les apetece.  Puede ser algo material, algo social o algún rasgo de tu persona que necesitan emular.  La envidia es un motor muy potente para aquellas personas pobres de espíritu, que lejos de alegrarse con el logro del otro, sienten la compulsión de joder al que se puso de novio, cambió el auto o estrenó ropa nueva.  Por eso se encargan de desacreditar aquello de lo que ellos carecen y que a los demás les sobra.  Llámese televisor LED, un sándwich de milanesa o un laburo nuevo; estas personas están diseñadas para encontrarle la mosca a la sopa, el color horrible al auto del vecino, la celulitis de la “amiga”, el naso del novio de aquella y la poca guita del trabajo nuevo que acaba de conseguir el que fue convocado a trabajar en tal Banco porque es un cráneo.  Más ocupados en desvalorizar que en averiguar la receta para alcanzar alguna de las metas que los demás consiguen sin mirar para los costados, estos individuos son amigos de lo ajeno, pero exclusivamente en las buenas.  Eso significa que quieren eso, pero no piensan invertir un gramo de cerebro ni esfuerzo (ni que hablar de trabajo) para obtener aquello que tanto desean.  Como no están dispuestos a andar ese camino hacia el objetivo deseado, lo más probable es que se inclinen a nivelar para abajo poniéndose como meta que el otro pierda aquello que a ellos les da tanta bronca que tengan.

Sentimiento de que se les adeuda algo o están para más: Esta gente tiene una sensación de que alguien (llámese Dios, la suerte, el destino, la pareja o el jefe) les debe algo.  Al principio es una sensación, luego se convierte en una certeza y con el correr del tiempo una deuda que están firmemente dispuestos a cobrar.  Si la cuñada tiene una cartera de cuero, el personaje en cuestión va a convertir esa cartera en una deuda a cobrar a su pareja sin pasarle por la cabeza el hecho de que a lo mejor esa cartera se la compró con su sueldo porque es útil haciendo lo que hace o bien se la regaló su marido porque es una compañera de la ostia y no un volquete de reclamos con cara de orto.  Todos les deben algo.  Lo más probable es que con alguna gente utilicen una ofensiva sutil, sugiriendo todo el tiempo aquello que quieren y desean (ahora YA) o bien pelarán la víctima indefensa con cara de María Magdalena y un llanto desproporcionado que invita al varón caballero a salir corriendo para proteger a la damisela en peligro comprando una cartera de tres mil pesos. A algunas y algunos les funciona bastante bien por un tiempo, pero el gato de Shrek, de mirada lánguida y ojos tiernos no tarda mucho en mostrar las garras y su verdadera naturaleza (que es más parecida a un dragón de Komodo que a un gatito en peligro).  Los hombres también suelen pelar estrategias de este estilo argumentando que no pueden sacar a pasear a su novia porque no tienen un mango o están volando de fiebre cuando en realidad las castigan porque la última vez que salieron no fueron lo suficientemente “gauchitas”.  Otra vez, la deuda, o “yo estoy para más que bancarme esto”.  Pero como suelen ser gente mediocre y de escasos recursos mentales, la salida más fácil es convencerse de que la pelota está en la cancha del otro, el otro es el que tiene el poder de otorgarles aquello que necesitan y si no se les da pondrán la culpa en el patio ajeno.

Necesidad de agrupamiento: Estas personas necesitan desesperadamente encontrar aliados, gente a quien transmitir su dogma de odio y resentimiento.  Es por esto que se los ve continuamente haciendo lobby y desparramando un cuento distorsionado de la realidad; la realidad que ellos quieren que el otro vea, para llegar a sus objetivos.  Entonces se rodean de gente de poco raciocinio, escaso sentido común y valores similares a los que ostentan ellos para recitar su evangelio según “yo el resentido al que todos le deben algo, pobrecito yo” en una suerte de analogía del flautista de Hamelín (la flauta es un instrumento que esta gente maneja de maravillas) con el fin de que un enjambre de ratas adormecidas acepte y obedezca sin cuestionamientos sus venenosas diatribas y sus jugarretas tóxicas.  Es muy común que utilicen a las personas a quienes cooptan para sus fines, con recursos reprobables y las utilicen como piezas de ajedrez para llegar a concretar sus planes.  Así es como se los puede ver cual Yago en “Otelo”, derramando su ponzoñosa verborragia en secreto de un oído en otro, enfrentando a gente que apenas registra este juego vil que de a poco los convierte en cómplices de un enfrentamiento social/pelea familiar/crisis laboral al que nunca hubieran entrado de haber visto en el primer momento la maniobra a la que fueron expuestos. 

Mentirosos compulsivos: Este tipo de personas usa y abusa de la mentira en todos sus grados y colores.  Desde la mentira blanca hasta la más ominosa de las elucubraciones, esta gente está dispuesta a fabricar todo tipo de argumento sin fundamento para lograr que dos amigos se distancien, una pareja les perdone algunos deslices o un jefe los considere para otorgar algún tipo de excepción o favor.  Habilidosos para el engaño, estos especímenes suelen arrastrar en su telaraña a personas de buenas intenciones pero poco carácter con un alto grado de credulidad, ingenuidad y necesidad de apoyo.  Se valen inescrupulosamente del débil  y de aquel que puede servir a sus fines (ya sea porque tiene poder, acceso a información, dinero o es la pieza que se necesita cual peón en el ajedrez para escalar).  Por supuesto, en cuanto la persona utilizada intuye el juego, será sacrificada y arrojada al extremo opuesto del tablero convirtiéndose instantáneamente en alguien a quien fagocitar para llegar hasta el objetivo.

Simulación permanente: Gente como la que estamos describiendo no puede mostrarse tal cual es ante la sociedad.  Es así como arrastran un personaje por la vida que muchas veces pesa tanto que termina por caerse de vez en cuando y revelar brevemente su verdadera naturaleza.  Todo lo que hacen, cómo se visten, hablan y se manejan con los demás (fuera de la fortaleza hogareña y a veces ni siquiera) es camaleónico.  Pelan en segundos la cara que necesitan de acuerdo a la necesidad del momento.  La víctima, el ganador, el inseguro, el docente, el buen samaritano, el religioso, el experimentado, el frágil, el vivo o el inofensivo.  Todos los disfraces del Colón en una sola persona que actúa frente al espejo la cara que va a poner al día siguiente para convencer a su socio de algo para obtener una ventaja.

Ventajeros: El famoso dicho “este no da puntada sin hilo” se refiere precisamente a esta cualidad, sacar ventaja en forma deshonesta de toda situación que se lo permita.  Están entrenados para este fin, como quien juega al tenis desde los tres años; estas personas tienen un talento increíble para quedarse con los vueltos, vender pescado podrido y encontrar la grieta donde colarse para terminar primeros en la fila hacia aquello que desean.  La tajada más grande, el sillón más cómodo, una compra que jamás terminan de pagar abusando de la confianza del vendedor; cualquier situación de intercambio de dinero los tiene operando hábilmente para rapiñar antes que nadie lo que quieren y por supuesto, con el mínimo esfuerzo posible.

La ley del menor esfuerzo: Aquel que pulula por la vida con poca o nula ocupación, buscando el dinero fácil y alimentarse del trabajo ajeno es de por sí alguien de quien cuidarse.  Porque el que se dedica a agenciarse lo que corresponde, está abocado pura y exclusivamente a cumplir sus tareas de la mejor manera posible para ganarse su sustento y cuidar su trabajo.  Es raro ver gente inteligente y útil dedicada a sembrar discordia y desparramar sus miserias llevando y trayendo información mentirosa útil a sus fines más despreciables.  Es justamente el inadaptado, el mediocre y el carente de talento e iniciativa; quien debe valerse de estas maniobras para reemplazar aquello de lo que carece, gastando la menor cantidad de energía y obtener así un inmerecido rédito.

Como última cualidad, podríamos destacar la rabia y frustración subyacente que se cocina a fuego lento en el interior de estas personas como un guiso que crepita dentro de una olla a presión a punto de estallar.  Tarde o temprano sucede que al “carancho” se le acaban los trucos y tienen que repetir la misma acción que alguna vez le diera resultado, pero que a la larga termina por evidenciar su estrategia pedorra…arrojarse arriba de un auto, fisurarse un dedo de la mano cobrando un seguro que le permita  continuar obteniendo lo que los demás tienen, sin mover ese y ningún dedo.

Una cancioncita que los describe…



LETRA Y MUSICA DREAD MAR I

Nunca peleas por tu vidaa 
y esa es la verdad 
Siempre prefieres 
lo facil, eso es realidad 

Y el malvado no te ayudara 
el malvado de ti se reira 
el malvado no te ayudara 
el malvado de ti se reira 

Mira al cielo ahora 
o pronto caeras 
mira al cielo ahora 
o el tren se pasara 

porque el malvado no te ayudara 
el malvado de ti se reira 
el malvado no te ayudara 
el malvado... 

Todos sacaran provecho 
de tu debilidad 
depende de ti vivir como un raton 
o como un gran leon luchar 

porque el malvado no te ayudara 
el malvado de ti se reira 
el malvado no te ayudara 
el malvado...





jueves, 21 de abril de 2011

ME CONFIESO CULPABLE


Cuando uno se avergüenza de ser parte de la audiencia de “Gran Hermano”


Hay pocas cosas en común entre una madre y su hijo adolescente.  Encontrarlas es como toparse con una ballena blanca en el Río Luján.  Si por una de esas casualidades se da ese contacto, esa chispa que alimentará una conversación que no sea un intercambio árido de monosílabos escupidos al pasar, se impone aprovecharlos.
Básicamente, eso fue lo que me arrastró a esta adicción desenfrenada que tanta vergüenza me da confesar públicamente.  Ya he sido señalada con el dedo como una adúltera en la Inquisición en todos los ámbitos y círculos donde me muevo.  Mis compañeros de oficina, mis amigos, mis parientes y hasta el ilustre desconocido que ayer almorzaba en una mesa próxima a la mía alzó las cejas y me miró de soslayo cuando osé preguntar “¿Quién quieren que se quede en la casa?”.  He soportado el escarnio y el repudio de gente que alguna vez pensó que yo tenía algo más que dos neuronas debajo del pelo, pero nada pudo con la desesperación que me atornilla frente al televisor cada vez que aparece un debate o una “gala de eliminación”.

Volviendo al hijo adolescente, me gustaría aclarar que fue él y nadie más que el, el que me impulsó y me impuso el reality que ahora me aflige.

- ¿Otra vez vamos a ver el capítulo donde Homero Simpson desparrama chismes por todo el pueblo? – yo, que ya me se los diálogos de todas las temporadas de memoria.

- Es el mejor capítulo de toda la historia, lo vi tan solo dieciocho veces-  mi hijo sentado arriba del control remoto para que haga falta un equipo de cirujanos si quiero hacerme del maldito aparatito

- Por favor (fingiendo un llanto digno de Norma Aleandro), no aguanto más las vocecitas de los cartoons – yo haciendo un display de maniobras teatrales para infringir culpa en esa cabecita de mármol congelado

- Ta bien (aclaro, los adolescentes se comen partes vitales de las palabras para dificultar aún más la comunicación con los adultos) – mi hijo cambiando el canal a regañadientes y con cara de estufadito

- ¿Futbol?  ¿Qué partido es?  Porque los colores de las camisetas me resultan un tanto extrañas – yo asumiendo que prefiero Los Simpsons antes que Laponia versus Groenlandia

- No sabés nada (típico), es la Liga Inglesa.  El Bolton contra el Wigan – mi primogénito con cara de erudito y rascándose la barbilla a lo Winston Churchill

- No sé nada, pero garpo el cable, sacá eso o te hago un guiso con las teclitas del control y te las hago tragar junto con tus dientecitos – yo, en franca crisis de cólera, a los gritos porque la hinchada del Wigam grita frenéticamente en mi comedor

- ¿Qué? No te escucho – ya saben quién, haciéndose el boludo

Me acerco, pantufla en mano para domesticar a la fiera, y él…intuyendo mi maniobra esboza el siguiente comentario absolvedor:

- ¿Querés ver algo que podamos compartir los dos? – el jugador de poker con un par de ases en la manga

 Para mi horror, la criatura sintoniza un programa compuesto por cinco panelistas que comentan futbol a los gritos, con vozarrones de fumadores empedernidos y un léxico tan bonito me dieron ganas de hacer una compra de granadas de mano en Amazon.com

- Sacá a esa gente de mi comedor, sacalos ya o te voy a dejar el culo como a un mandril.  Si valorás tu vida sacá eso de inmediato.  No es un pedido, es una orden – yo, pelando chapa de madre con los pantalones puestos (aunque ese día vestía pijamas de Neuropsiquiátrico)

- Tengo una idea, hay algo que podemos “disfrutar” los dos.  Es hora de que compartamos algo, los dos juntos, como cuando yo era chico y miraba los dibujitos mientras me hacías masajes en los pies – el magistral jugador asestando un golpe bajo a mi útero sensible

-Poné – cediendo y ubicándome en el sillón mansita y a punto de convertirme al “granhermanismo”

- Esto es una cagada que te arruina el cerebro, veinte monos que se rascan las bolas confinados por voluntad propia a una cárcel con pileta con la promesa de cuatrocientos mil pesos si te aguantás hasta el final quedando como un pelotudo frente a todo un país…no entiendo cómo te puede gustar esto – yo, que no intuía lo que estaba por pasarme

Lo que pasó fue que me quedé sentada ahí, fascinada porque comenzamos a intercambiar más de un sí y un no.  Que fulanito, que menganito, que yo opino esto, que a mi me parece aquello. 

Lo que sigue es la génesis de mi “granhermanopatía”  (término con el que he dado en llamar a esta adicción que no tiene explicación científica hasta ahora.

1- Cuando sabés a quién se refiere el conductor cuando habla de “Cucho” o “Chizzo”; estás en problemas.
2- Cuando subís el volumen de la tele para escuchar una riña de descerebradas por un corpiño talle 85, viendo como tironean de la prenda cual gatas en celo; estás en problemas serios.
3- Cuando puteás con la fuerza de todos tus pulmones al megalómano que se cree que es el producto de una inseminación hecha de un cóctel con material genético del Espíritu Santo, Margaret Thatcher, Benito Mussolini, Carl Jung, Roger Federer, Carlos Monzón y Diego Maradona; ahí ya estás para medicar con Lista IV (psicofármacos con receta de archivo).
4- Cuando saltando festejando te das la cabeza contra el techo porque la nena vapuleada en un todos contra ella, se queda en la casa a pesar de los votos en su contra; lo tuyo es para camisa de fuerza.
5- Cuando gozás como los romanos en el Coliseo, mirando como se despedazan unos a otros frente a cámara como si se los estuviera manducando un león; lo tuyo es para acompañante terapéutico, Psiquiatra y drogas heavy.
6- Cuando gastás crédito para votar en contra de la perra sisebuta que le dio para que tenga a la tucumana desamparada que llora como marrana (y vos con ella); te chifla el moño mal, lo mejor es que te vacíen los cajones de los cuchillos y te palpen de armas.
7- Cuando invitás amigos a comer y dejás prendida la tele bajito para relojear el debate mientras servís la comida; lo aconsejable es un grupo de autoayuda y altamente recomendable exiliar los televisores fuera de casa hasta que el programa haya llegado a su fin.


El prólogo de todo esto es muy gracioso.

- Vení hijo, sentate que hoy es la última gala de expulsión – yo, gaseosa en mano sentada en primera fila

- No ma, yo ya no miro esa mierrrrrda – mi hijo, inmune a los embates de la “granhermanopatía”

Se ve que yo andaba con las defensas bajas…de otra forma…no me lo explico…

domingo, 12 de julio de 2009

PÁNICO, MIEDITOS, TEMORES, SUSTOS Y CAGAZOS PADRE










De cómo asustar a un infante que veinte años después será carne de diván y/o cliente cautivo de un laboratorio que fabrica psicofármacos para trastornos de ansiedad.

Supongo que cuando uno es un bebé no le teme a casi nada que no esté relacionado con succionar un pezón o una tetina, o un rápido cambio de pañales (porque convengamos, estar cagado es un incordio…sobretodo cuando la caca se enfría).
Pero a medida que uno va conociendo el mundo y la gente que lo rodea, la lista de cosas a las que le teme asciende en progresión geómetrica (o sea, el número se multiplica por si mismo convirtiéndose en una gigantesca bola de nieve).
Un poco porque uno va aprendiendo que el fulanito de sala de tres muerde como una pantera, la leche caliente cuando se vuelca quema y si tiro el muñequito en el retrete ya no lo voy a ver jamás. Pero el gran contribuyente de esta personalidad aterrorizada que hemos logrado construir, se la debemos indefectiblemente a nuestros padres (a veces a uno más que al otro).

Si uno fue criado por un padre cinéfilo que lo expuso a “El Exorcista” y a “La Profecía” a la tierna edad de nueve añitos, la primera cosa a la que uno le teme es al diablo. Si a eso le agregamos una abuela híper-religiosa que nos explica con múltiples detalles la cara y los nombres del demonio, así como el maravilloso dato de que ese ángel caído pasa sus días acechándonos para que cometamos todos los pecados tipificados en la Biblia (y que serán castigados a su debido tiempo); pues el combo es sustancialmente letal. Queda claro que la personalidad de ese infante nunca más será libre, ya ha sido vendida a una entidad invisible que la abuela supone, lo mantendrá lejos de mandarse un sinfín de cagadas. O sea, para acercar al pendejo a Dios, hay que exponerlo a la mirada atenta de Belcebú (tipo un guarda cárcel nefasto pero con una onda hippie jamaiquino que chupa, fuma y fornica como los mil demonios).

Mamita le irá agregando condimentos al cóctel explosivo. “Cuidado con el Profesor de música, detrás de todo hombre hay un pedófilo siniestro que quiere enseñarte a tocar la flauta de una manera más innovadora”. “Ojo con nadar sin hacer la digestión porque un calambre te arrastrará al fondo de la pileta y como el agua está turbia terminarás en el fondo con la cabeza dentro del filtro mirando ranas muertas y hojas podridas”. “Abrigate porque vas a agarrarte todas las pestes que riman con neumonía”. “No te agarres de la baranda porque la gente escupe, aunque te patines y te fisures el cráneo, siempre es mejor eso que una bacteria asesina esperándote en el pasamanos de la escalinata del subte”. “No comas eso, querés pesar ciento veinte kilos?”. “Contá el vuelto, la gente siempre te da de menos, ahora…si te da de más que se joda por boludo”. “No vas a lo de Alejandra porque no sé cómo maneja el papá, podrías terminar embutida en una masa informe de hierros retorcidos”. “Cuidado que el mar está peligroso, cuidado que hay aguas vivas (y vos le agregás las imágenes de la peli que te llevaron a ver el primer día de tus vacaciones de verano “Tiburón I”)”.
Con unos años más, las preguntas de tu madre a la azafata del avión irán gestando tu terror a las naves que levantan vuelo (de las que flotan en el mar se encargarán el cine con “Poseidón” y “Titanic”). “¿Señoritaaa, es verdad que el avión está perdiendo combustible?”. “¿Señorita, qué son esas cosas que se le salieron a las alas?”. “¿Señorita, porqué volvieron a encender la señal de los cinturones?”. “Señorita, tráigame otro whisky a ver si bajo las trece pastillas que tomé para dejar de hacer preguntas pelotudas”.

Como alguien que laboriosamente construye un castillo, pieza por pieza, los padres y abuelos van diseñando ese ser humano tenso, ojeroso, preocupado y aterrorizado que duerme con un rosario colgado del cuello, una ristra de ajos en la ventana de la cocina, la estampita de la Vírgen de Lourdes en la puerta de la heladera, dos rottweillers al pie de la escalera, ocho cerrojos, ventanas con rejas, el número de la policía en la memoria 1 del celular, el carnet de vacunación completo y al día, canutos de dinero en los frascos de fideos, el bate de baseball debajo de la almohada y los stickers de los números de emergencias médicas de la prepaga empapelando cuanto electrodoméstico exista en la casa.
Los noticieros contribuirán en gran medida a magnificar todos los viejos temores y se darán el lujo de inaugurar algunos nuevos. Que la pandemia, que el terremoto, que el tsunami, que la deforestación y el calentamiento global, que el huracán y las alertas de granizo, que la crisis de las Bolsas mundiales (como si uno fuera el dueño de General Motors), que el índice de desocupación, que el violador de Núñez, que los piratas del asfalto, los narcotraficantes importados que vinieron a hacerse el western a los shoppings, los diarios accidentes de tránsito, las tragedias aéreas, la gripe porcina (que te provoca taquicardia cada vez que alguien estornuda), el aumento de las tarifas de los servicios, la inflación y los coreanos jugando a los fuegos artificiales con misiles nucleares. Para cuando terminó el noticiero, que coincide exactamente con tu cena, si pudiste digerir algo será por puro milagro; la comida te caerá como un yunque en el estómago, volverá cada cinco minutos como lava volcánica hasta las amígdalas recorriendo el tubo digestivos y te encontrará a las cinco de la mañana chupando pastillas de antiácido mezcladas con un cuartito más del ansiolítico recetado.

Entonces un día, sin comprender porqué, te descubrirás abrazado a un parquímetro, transpirado y tiritando ante la mirada atónita de los transeúntes. O quedarás petrificado en el colectivo lagrimeando como un marrano, a medida que te alejás de tu casa. O simplemente tendrás pesadillas recurrentes donde te entierran vivo o tu casa es succionada por un tornado o el antílope masacrado por leonas en el Discovery tiene la cara de tu hijo. Ese día no podrás entender la causa, ni atribuir la culpa del episodio de pánico a nadie. Porque llevó toda una vida convertirte en esta piltrafa cobarde y temblorosa; como si hubieras hecho un lento recorrido a bordo del vagón del Tren Fantasma, esquivando cadáveres de utilería que amenazaban con darte un manotazo putrefacto en cada curva; la recta final conduce a un grupo de autoayuda o en su defecto al consultorio de un psicólogo.

¿Cómo diferenciar al panicoso aterrorizado del asustado con causa? He aquí una guía para conocer a qué grupo pertenece Ud.:

Ante la explosión de un escape, producto de un carburador sucio, el grupo uno se envuelve la cabeza con los brazos lanzándose de panza al piso. El grupo dos se da vuelta a putear al dueño del auto por dejado y por ocasionar ruidos molestos.

Ante un alerta meteorológico, el grupo 1 sellará puertas y ventanas arrimando los muebles a las mismas, comprará víveres suficientes para subsistir cinco inviernos y buscará madera suficiente para construír una balsa en el garaje. El grupo 2 pondrá el auto a resguardo del granizo y se asegurará de tener los pagos del seguro al día.

Ante una pandemia, el grupo 1 desabastecerá las farmacias en un radio de 10 kms. a la redonda haciendo acopio prematuro de cualquier remedio o vacuna que pudiera (según el noticiero) salvarle la vida. No saldrá de la casa sin barbijos ni guantes descartables, dejará de usar ascensores y transportes públicos y evaluará la posibilidad de mudarse a la Puna de Atacama. El grupo 2 seguirá con su vida y repetirá su mantra hasta el hartazgo “cuando te toca, te toca”.

Ante la noticia de un violador suelto en la ciudad, el grupo 1 hará una cadena de mails distribuyendo el identikit del psicópata que difundió la policía, abrirá un grupo en Facebook para solicitar la castración química de los violadores, se anotará en un taller de artes marciales, se comprará un tubo más de gas pimienta, caminará por las calles con los cantos del culo apretados y la visión periférica en estado de alerta roja (eso si se animó a bajarse del auto). El grupo 2 pensará en la manera más efectiva de propinar un rodillazo en las bolas mientras se come una barrita más de Cadbury.

Ante el derrumbe de las bolsas mundiales y la crisis financiera, el grupo 1 saldrá despedido como un cohete a comprar dólares, someterá a su familia a una economía de guerra donde la Coca Cola será el evento del mes, suspenderá el abono del cable, los cursos, talleres, el delivery de pizza, el video club y cualquier salida que no involucre un problema sanitario o la compra de víveres. El grupo 2 se debatirá en un duelo verbal con capitalistas y comunistas (alcohol de por medio). Cinco horas después todos cantarán abrazados y mamados “Hasta siempre Comandante” en honor al Che Guevara.

Ante la noticia de un asalto a un supermercado con rehenes, el grupo 1 se hará un festival en una armería y tomará clases en un polígono de tiro, se comprará el chaleco de kevlar más caro del mercado para animarse a salir de la casa y hará sus compras por Internet. El grupo 2 decidirá que es más peligroso quedarse sin cerveza un viernes a la noche que un ejército de talibanes suicidas parapetados en la puerta del super.

A Ud. que suda cuando hace fila en el Banco, a Ud. que le transpiran las manos cuando escucha el sonido de una sirena, a Ud. que se baña en desinfectantes y visita al médico toda vez que estornuda, a Ud. que se desmaya cuando pisa un aeropuerto…lo lamento en el alma. Ud. ha sido condenado a la ingesta crónica de ansiolíticos y antidepresivos. Si va a comprar acciones de la Bolsa asegúrese de ponerle muchas fichas al laboratorio que los fabrica…como viene la mano (salvo que viva en la Estepa Rusa), el consumo de estas drogas se irá a las nubes (y con ellas su presupuesto mensual para medicamentos).
Gracias Ma!

martes, 16 de junio de 2009

MUJERES INSOPORTABLES







HOY VA DE INSATISFECHAS, HISTÉRICAS, MALAENTRAÑA, SABELOTODO Y PIRADAS

Si existe algo bueno para destacar de las mujeres, es que algunas tienen la capacidad de hacer una buena autocrítica y reírse de si mismas. ¿Quién no ha tenido un ataque de histeria y le ha gritado a su hijo hasta quedar afónica? ¿Quién no ha revoleado un par de platos en el medio de la peor crisis de síndrome premenstrual de su historia? ¿Quién no se ha peleado con un inepto manejando en la ruta? Todas tenemos un poco de eso. Y eso es normal, aunque a ellos les cueste entenderlo. El tema es cuando la cosa te desborda y ya le has perdido el rastro a la cordura (que quedó ahí, en segundo grado de la primaria, cuando todavía te enternecía tu mascotita y pintabas corazoncitos color rosado en la tapa del cuaderno de clase).

Las locas frikki-border que hoy nos ocupan (o preocupan) andan sueltas por la vida porque no son lo suficientemente peligrosas como para estar confinadas en cuartos acolchonados de un neuropsiquiátrico; pero su capacidad de romper los huevos ajenos (y del partenaire que las soporta, si es que todavía las soporta) es directamente proporcional al grado de insania e insatisfacción que las corroe (como el salitre marino a los barrotes de hierro de una casa frente al mar). La procesión va por dentro y eso es lo más desconcertante que le puede ocurrir a quien se tope con uno de estos ejemplares de ojos desorbitados y pelos erizados. Porque si uno pudiera ver el interior de sus cerebros, o la pantalla mental que ellas ven en pleno arranque de despótica furia, quizás las comprendería un poco (o sabría tomar una distancia sanitariamente aconsejable).

El modelito que nos convoca hoy es el estereotipo de la que está convencida de que nació sabiendo y que ya conoce todo lo que había por conocer. Su derrotero es un viaje de vuelta, no espera sorpresas, no necesita consejos, no pide ayuda y se le puede pudrir la lengua antes de reconocer que está equivocada (mucho menos pedir disculpas aunque se haya llevado puesto un cartel de contramano, discutiendo dos días y tres noches con un policía porque ha decidido cambiarle la mano a la calle que hace cuarenta y tres años lleva el mismo sentido…contrario al suyo, obviamente). Estas delirantes suelen autoconvencerse de que el mundo ha complotado en su contra y se pelearán sistemáticamente con el carnicero, el electricista, la maestra de los hijos, el oculista, la manicura, el mecánico del auto y por supuesto el marido. El marido merece un capítulo aparte. Un pollerudo que teme por su vida (muy probablemente sea el auténtico “hombre golpeado”) que no se anima a discutirle en público porque sabe positivamente que lo harán quedar como un pelotudo. Mejor callarse y que ella se devore cruda a la empleada que tiene enfrente. Es por eso que suelen mirar para abajo, un tanto avergonzados, cuando la experta en automóviles (léase esposa megalomaniática) discute a los gritos con quien le está entregando el OKM porque le es imposible ver la ubicación del botón disparador de los “airbags manuales”; encuentra antiestéticos a esos renglones dibujados en la luneta trasera; y se ofende porque se entera que el auto de motor diesel solamente admite gas oil “y no todos los combustibles disponibles como cualquier auto moderno”. Ella se habla, ella se contesta, ella goza de la incapacidad total para escuchar a nadie más que a su enfermizo “Super Yo” que le habla desde el fondo del occipital y le susurra cosas hermosas al oído convenciéndola de que se ha realizado como persona y ha logrado convertirse en el ideal de mujer con el que siempre soñó.

Así es que van por la vida peleando contra los molinos de viento, como Don Quijote, arrastrando a sus pobres familias cual Sancho a la batalla. Viven de juicio en juicio, de abogado en abogado, y de colegio en colegio ya que nada es suficientemente bueno ni está a la altura de sus expectativas. Tendrán problemas con sus vecinos porque aseguraran que fulano está colgado del cable, el perro de enfrente se masticó sus felpudos (aunque el can propio venga eructando, incriminatoriamente, restos de paja y crin) y le harán un sumario al Director del Colegio de sus hijos por incautarles el celular en clase (eso si antes no les dejaron un ojo negro porque no pudieron esperar la intervención de la justicia escolar).
Arremeterán contra la cajera del supermercado porque puso demasiados productos en una misma bolsa, porque la máquina lectora de barras le factura más de lo debido, el shampoo cambió de aroma desde la góndola a la caja y porque no están de acuerdo con pesar las verduras (y pretenderán en forma intransigente que “un supervisor más despiertito que vos, nena” les haga el favorcito de llevar las diecisiete bolsas a la balanza).

Algunas no tienen registro de su locura, las dejan sueltas y circulan dejando los huevos al plato de quienes tengan la desdicha de cruzarse con ellas. Pero otra categoría de estas matronas sabihondas beligerantes y autistas no sólo son mal llevadas, son mala entraña; no tienen ni un gramo de culpa y en el fondo disfrutan con el tsunami que provocan allí por donde pasan. Son las que no se hacen problemas a la hora de apuntar con el dedito acusador a la maestra de sala de tres, que tuvo la amabilidad de cambiarle el calzoncillo cagado al nene y ahora tiene un sumario por acoso sexual agravado por su condición de docente. Son las que incineran a la moza del restaurante porque se demoró más de un minuto en traerles la ensalada, el vinagre estaba demasiado ácido, el vino picado, el pescado lleno de espinas y la soda demasiadas burbujas. No pestañearán cuando pongan en peligro el trabajo de otra persona convirtiéndose en verdugos, bolígrafo en mano, para escribir un manifiesto de tres carillas en el libro de quejas de cuanto lugar visiten. Llevan la ira adentro, rubicunda, combustible; siempre al borde de la explosión que no dejará títere con cabeza ni vidrio sin vibrar (ya que el tenor y volumen de sus gritos es capaz de taladrar paredes macizas…sólo basta preguntarle a los vecinos). Todo, absolutamente todo les jode. Se pelean con los periodistas de los noticieros (aunque ellos jamás se enteren), con el plomero que arreglaría lo que tiene que arreglar si lo dejaran intentarlo en lugar de recibir instrucciones precisas, con el robotito del hijo porque se quedó sin pilas y con el verdulero ya que en un kilo entran cinco manzanas y no cuatro (aunque la balanza y el tamaño de la fruta digan lo contrario).

La pirada es una versión light aunque no por ello menos dañina. Es la que se cree miembro de una elite capaz de “educar” al resto de los mortales sobre la moral y las buenas costumbres. Son las típicas damas apocalípticas que largan frases al viento, con cara de “yo no fui” tales como: “el que mal anda, mal acaba” o la consabida “la ocasión hace la ladrón” (instando a las mujeres de la familia a abandonar todo acto que satisfaga los instintos más básicos; si ellas no follan que nadie folle ¡JO-DER!). La base del problema radica precisamente ahí, les vendría bien acabar de vez en cuando, para deshacerse de la histeria que las marea y las conduce a un rol autoproclamado de “Juezas del comportamiento ajeno”. Sisebutas iracundas, amargadas crónicas; estas mujeres están convencidas de que una entidad superior las ha puesto sobre la tierra para administrar, ordenar y regentear el micro universo que las contiene. Lo que no saben lo completan con el producto de su imaginación y si hay algo de lo que adolecen es de remordimiento a la hora de desparramar información que puede destruir un hogar, un puesto de trabajo o un vínculo sano entre personas que no son como ellas.

¿Cómo defenderse de estos personajes? He aquí un puñado de medidas para sostenerse en pie frente a estas mujeres:

Tomar distancia prudente (si es posible cruzar de vereda, cambiar de caja en el supermercado, cambiar de carril en la autopista, evadirlas en consultorios/colegios/negocios y lugares públicos)
Darles siempre la razón (de nada sirve gastar pólvora en chimangos, la realidad no forma parte de su universo psíquico)
Usar barbijo cuando uno no pudo evitar el enfrentamiento (generalmente escupen cuando gritan, con la gripe porcina no se jode)
Cambiar el tema de conversación cuando uno nota que su loca interlocutora comienza a enrojecerse y la yugular se inflama como una mecha incandescente dejando percibir los latidos del corazón
En caso de combustión inminente, lo más adecuado será tomar carrera y guarecerse en lugar seguro

¿Conoce alguna así?
Yo varias, hoy a la tarde me topé con una que estaba para el Récord Guinness (como será de grave que dio para inspirar esto que estoy escribiendo…)

domingo, 7 de junio de 2009

CAMALEONES HUMANOS




Woody Allen tenía razón

El cine de Woody Allen me parece genial. Hay gente que detesta sus pelis y gente que las ama; pero raramente provoque indiferencia en aquellos que sean expuestos a su obra. El tipo no sólo conoce la mente humana, se vale de los recursos más insólitos para dejar al desnudo las peores miserias propias y ajenas. En sus films es muy difícil no sentirse identificado con algunos rasgos de tal o cual personaje porque el tipo es observador y sabe plasmar perfectamente, a veces en forma caricaturesca, los distintos tipos de personalidad que uno encuentra en la vida cotidiana.

Tal es el caso de “Zelig”, la peli que nos muestra al camaleón humano. Exageradamente, en el film, Leonard Zelig es un tipo que se convierte en la persona que tiene enfrente. Si entabla conversación con un obeso, engorda. Si se topa con un Psiquiatra, inmediatamente comienza a analizar a su interlocutor. Y si habla con un indio, en pocos minutos muta en un indígena piel roja con trenzas y plumas.
En la vida real, sin llegar a ese extremo, existen personas que se transforman ante nuestra incrédula mirada en aquello que los sitúa en un lugar cómodo y seguro. Un lugar donde no resalten las diferencias ni exista espacio para el disenso, ya sea por timidez o falta de huevos para expresarse (porque eso significaría situarse en el lugar de una minoría).
También hay gente, como los políticos (una raza aparte si se me permite la expresión), que abusa de esta cualidad para obtener un rédito; no por exceso de cobardía para apegarse momentáneamente a determinada creencia (como es el caso del verdadero camaleón que tiene terror de sobresalir del montón o ser simplemente diferente).

Cómo reconocer a los camaleones que nos rodean:

Son los que repiten durante décadas “Yo no los voté”.
Son las que enarbolan la bandera del señor que paga el resumen de la tarjeta, si a él le gusta el café ellas son Juan Valdez. Si para él los autos alemanes son lo más, recitarán el manual de instrucciones del Audi en perfecto alemán…y puede que hasta les crezca un frondoso bigote a imagen y semejanza del dueño del auto germano.
Son los que no pueden salir a la calle sin el atuendo de moda. Nada más relajante que disfrazarse con todo lo que se usa…TODO. Si se usa el pantalón chupín, el color rojo, las lentejuelas y la boina ladeada; saldrán a la calle como émulos de Manuel Benítez “El Cordobés”. Si hay que usar jeans de tiro bajo, porque lo dijo Giorgio; legiones enteras de camaleones saldrán a la calle dejando escapar incómodamente, pedazos de rústica anatomía al rayo del sol de mediodía. O bien se reestructurarán adelgazando sus partes para adecuar la masa al molde.
Son los que festejan las bromas del Jefe, adoptan los latiguillos del Jefe, se compran el perfume del Jefe, leen el mismo periódico que el Jefe y se afilian al partido político donde el Jefe milita desde que aspira a concejal (aspiraciones que el camaleón comparte por carácter transitivo).
Son las que sintonizan el funcionamiento de sus vejigas con el de sus congéneres, migrando al baño en compactas hordas ya que levantarse de a una, frente a una multitud en un evento, puede ser más peligroso que cruzar el Puente sobre el Río Kwai.
Son los que hablan media hora con un paraguayo y terminan parafraseando en guaraní; los que ordenan la comida en un restaurante italiano hablando como La Cicciolina; los que toman un trago en el museo Renault y automáticamente se ponen gangosos; los que estuvieron cinco días en Orlando y todo les parece “guanderful”; los que se pierden en un barrio humilde, pidiendo ayuda a los transeúntes nombrándolos “Jefe” o “Papá” y tragándose las eses (como si esto pudiera ocultar la envergadura de la 4X4 que acaban de enterrar en el medio de la Villa 31). Son las personas a las que se les pegan todas las tonadas y cuando viajan a Brasil están convencidas que dominan el portugués porque le agregan “iño/a” a todas las palabriñas.
Son las personas que en el zoológico emiten los ruidos e imitan los gestos de cada bicho que observan (acostumbradas a imitar todo cuanto ven, se les escapa el vicio fuera de contexto exponiéndolos involuntariamente al ridículo en lugares públicos).
Son los que miran las carreras de autos los domingos, y los lunes se estrolan en las autopistas, convencidos de que dominan la máquina como el que descorchó el champagne en el podio el día anterior.
Son las que creen que si tienen el pelo lacio y rubio, hablan con vocecita de maestrita jardinera y usan la camisita blanca abrochadita hasta acá; nadie se va a dar cuenta que les gusta enfiestarse con la barra brava de Atlanta, las dos turistas brasileras que alquilan el 4°”A” y el acaudalado suegro de su mejor amiga.
Son los que se rascan la cabeza cuando entran en contacto con un chico con piojos; estornudan cuando comparten el ascensor con un alérgico; se brotan cuando se enteran que el vecino tiene varicela; se congestionan cuando leen los efectos adversos del ibuprofeno en el prospecto; los que escuchan que Menganito tiene un melanoma y entran a buscarse granos y bultos por todos los recovecos del cuerpo; los que miran la propaganda del Sensodyne y automáticamente se pasan la lengua por las encías encontrando la hipersensibilidad sobre el canino superior izquierdo.
Son las personas a las que uno les cuenta que viajó a Viña del Mar y ellas hicieron el mismo viaje un par de semanas atrás; que si uno casi vomita en el micro trepando la cordillera ellas se vomitaron la vida asomando la cabeza por la ventanilla; que si a uno le tocó un chofer panzón que cabeceaba con sueño a ellas les tocó ponerse al mando del volante porque el gordo se les quedó dormido en el regazo.
Son los que en los velatorios se mimetizan con el muerto tomando una coloración grisácea en la cara y un rictus cadavérico que suponen es la mejor y más formal demostración de compungida melancolía.
Son los que a la salida de una película relojean la cara del resto y van formateando su opinión de acuerdo al gusto de la mayoría; en el debate posterior, esperarán hasta dar su veredicto no vaya a ser cosa de que se conviertan en el único boludo al que el drama pastelón le pareció una obra maestra (esto lo harán aspirándose las lágrimas que amenazan con aflorar recordando la última escena donde el perrito estira la patita).
Son los que jamás en su vida se manducaron un reality show o un culebrón venezolano…no lo habrán visto por televisión pero se bajaron las temporadas completas de Internet y se las miran a las tres de la mañana con un cacho de Mantecol en la mano, como único testigo de la infame velada.
Son las que llevan dos o tres temas de cumbia villera en el celular, se olvidan que lo tienen seteado en función random y cuando el vil aparatito reproduce alguno de esos tracks en público son capaces de sentarse encima comiéndoselo con el culo, con tal de ocultar el verdadero objeto de su pasión musical.
Son los que en los ‘80s deambulaban por las playas con el traje de baño fluorescente, la naríz y la boca empastada de blanco filtro solar, el walkman atado a la cintura y la paleta de paddle colgando de la muñeca.
Son los que se vuelven ambientalistas frente a un miembro de Greenpeace, naturistas (choripán en mano) charlando con la prima segunda que es vegetariana desde la Guerra de Vietnam, capitalistas a ultranza presentando la documentación al Gerente del Banco para abrir una cuenta corriente, zurdos cuando una manifestación de quebracho hace un piquete frente al estacionamiento donde tienen el auto y anarquistas cuando en la oficina se produce el descontrol ocasionado por la partida prematura de todos los directivos de la empresa.
Son esos políticos que se suben a un colectivo por primera vez en plena campaña, besan las cabecitas de los bebés en la puerta de un Hospital Rural, se dejan tomar el pelo en un programa de televisión, se abrazan con aquel al que llamaron delincuente cinco años atrás y derraman un par de lágrimas mentirosas mirando con fingido interés al padre de ocho pibes que acaba de perder a uno de sus hijos por culpa del dengue…todo por un puñetero centenar más de votos.

¿Adaptación al medio?
¿Cobardía?
¿Timidez?
¿Inteligencia social?
¿Hipocresía?
¿Falta de espontaneidad?
¿Negocio?

No sé. Habría que preguntárselo a Leonard Zelig. A Eudora Fletcher…o a Woody.