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miércoles, 25 de febrero de 2015

MI GRAN CULEBRÓN TURCO



“Las mil y una noches”

Para mi familia no es nuevo, tengo tendencia a las adicciones televisivas.  Inofensivas porque no molesto a nadie, pero adicciones al fin.  Mi primer recuerdo de tele-enfermedad data de la escuela primaria.  En ese momento, la adicción me trajo problemas con mi viejo que al verme completamente estupidizada con “Bonanza”, decidió unilateralmente que mi curación iba a constar de un alejamiento total por varias semanas del aparato fuente de tantos momentos gratos (al menos para mí).  Radical como pocos, este tratamiento despiadado no solo no cumplió con sus objetivos, logró que en mi desesperación vagara por casas de amiguitas solicitando asilo televisivo.  Era lógico, cuando miraba la tele dejaba de estudiar, de escuchar, de leer, de bañarme, de comer y hasta de respirar (un golpe bien puesto en la cabeza solía sacarme del trance).
Para ese entonces consumía series americanas como “Valle de Pasiones” y “El Gran Chaparral” y para la época del colegio secundario cualquier colectivo me dejaba bien.  “Starsky & Hutch”, “Los duques de Hazzard”, “Logan’s run” y una cantidad aproximada de cinco horas diarias de novelas nacionales y centroamericanas.  No había muchas opciones, cinco canales de aire, se miraba lo que había. Los culebrones nacionales entraban en el top ten de las preferencias de los argentinos porque había señores como Alberto Migré que escribían guiones alucinantes de amores y desencuentros; se paraba el país en momentos clave de “Rolando Rivas” o “Piel naranja”.  Después llegaron las “importadas” con Verónica Castro, Lucía Méndez, o Grecia Colmenares a la cabeza de los elencos y puedo confesar con vergüenza que hasta me fumé las novelas empalagosas de Andrea del Boca.

Ya en mi juventud, y con la entrada de sitcoms americanas, series como “Luz de luna” y “Thirty something”; dejé de lado el culebrón para darle sin asco a todo lo que venía de manos del Tío Sam.  En ese momento alcancé el pico más alto de mi adicción, llegando al punto de volver antes de un paseo por el río lanzándome del bote para nadar hasta el puesto de taxis más cercano porque a las cuatro pasaban mi serie favorita.  Recordemos que en la era paleozoica de la televisión no existía Direct tv, y a duras penas se podía programar la video cassettera para poder mirar el capítulo que uno no había llegado a ver por culpa del bondi o una embolante reunión familiar.  Existía y existe aún hoy una falta total de respeto hacia el televidente ya que corrían los horarios arbitrariamente o no comenzaban a tiempo con lo cual uno podía caer en un letal cuadro depresivo porque la maquinita había grabado a la hora pactada pero la emisora había comenzado tarde: el final de la puta serie no se había grabado.  Ser fan era jodido, no había internet, solo una revista berreta “TV Guía” donde se anunciaban horarios y un breve resumen del episodio en cuestión.  Recuerdo haber destrozado la maldita revista con los dientes porque contenía información mentirosa con respecto a algún horario o contenido del capítulo que esperaba ver con ansiedad comiéndome las uñas hasta los nudillos.  Cabe recordar que tampoco existía la posibilidad de ver las repeticiones en internet, así que si te perdías algo dependías de que algún ejecutivo del canal en cuestión se le diera por volver a pasar ese programa en verano y por supuesto sin orden de continuidad.  Así es como no entendías quién había embarazado a fulana, a quien habías visto la última vez internada con su vida pendiendo de un hilo y por supuesto…con amnesia.  Tampoco existía el ADN, así que la duda de la paternidad vivía eternamente hasta que el pibe crecía y “oh sorpresa” se parecía al mejor amigo del novio de la protagonista femenina.

Recuerdo haber estado en vísperas de mi inminente matrimonio, intentando fugarme cuanto antes del negocio donde estaba haciendo la lista de regalos, porque tenía que ver un episodio crucial de “Moonlightning” (estaba enamoradísima de Bruce Willis).  Ser fan era carísimo, he gastado la mitad de mi sueldo en revistas importadas para tener una sola foto del objeto de mi admiración más profunda.  Hace poco encontré en un diario íntimo de la infancia una foto tomada al televisor, de un Starsky agonizando luego de una balacera, compadeciéndome hoy de esa criatura de catorce años que sacaba varias fotos con la polaroid para tener una buena sin la raya en la cara del protagonista.  He llegado a pedir prestado el televisor en casas de padres de amigos, en el medio de un cumpleaños, para ver el final de la temporada tres de “Chicago Hope”, en los inicios de internet y cuando aún no podías confiar en una repetición y cuando MTV o HBO eran un proyecto que estaba tomando forma pero llegaría, como siempre, con “delay” a este país.  No me importaba, también consumía “La Banda del Golden Rocket” y a futuro muchas de las tiras y miniseries de la recién nacida productora nacional “Pol-ka”.  Está visto que lo mío es la evasión, no la impositiva que es la más frecuente en este país, la de la cabecita…esa nave que te lleva a todas partes sin moverte de la silla.

Podría nombrar infinidad de sitcoms, unitarios nacionales y series americanas de las cuales fui fan al punto de perder el apetito (síntoma rarísimo en mí).  “Friends”, “Lost”, “Grey’s Anatomy”, “Tratame bien”, “Vulnerables”, “Graduados”, “Will & Grace”, “Mad about you”, “Poliladron”, “The Nanny”, “Dr. House”, “Mujeres asesinas”, “The Big Bang Theory”, “The Sopranos” y tantas otras hicieron que perdiera la cabeza quedándome hasta altas horas de la madrugada haciendo sesiones maratónicas en internet para convertirme en un zombie que deambulaba en remera y pantuflas balbuceando epítetos indescifrables porque el sodero me tiraba la puerta abajo y me había llevado puestos tres muebles en mi loca carrera hacia la puerta con apenas dos horitas de sueño.  Ni que hablar de quemar la comida; encandilada, boquiabierta y dura como estatua de mármol, mirando a Kate y Sawyer (parejita de “Lost”) tener sexo en una jaula para osos polares (por enésima vez y en un frenético loop de youtube con música de Hoobastank).  No contenta con las series americanas, mis amigas españolas, más precisamente Maite (a quien amo porque entre viciosos nos conocemos), me entregó desarmada y sin anestesia en las fauces de “Los hombres de Paco”.  Puedo confesar con vergüenza que tengo toda la serie (la ví por lo menos tres veces) y cuanto video de youtube hiceron las fans con la historia de Lucas y Sara (los protas principales).

Por supuesto, y luego de haber dejado los culebrones atrás, ufanándome de que lo mío era la tele más elaborada, me encargaba de gastar a mi amiga Alejandra quien se jactaba de encerrarse en su habitación en pleno verano con el aire acondicionado al mango, despatarrada en la cama en sesiones maratónicas de culebrones vespertinos.  Con tres hijos y un cobayo, es un milagro que los “otrora infantes en edad escolar” hayan sobrevivido durante los trances epiléptico-televisivos de Ale.  El cobayo no tuvo tanta suerte, falleció insolado mientras Rolando Rubén Jerónimo Ayala Inchauspe Iturralde contraía matrimonio con su mucama.

Entonces llegó “Binbir Gece” o “Las mil y una noches”, y la señora que se jactaba de no mirar culebrones en su adultez (moi), cayó en las redes de un intrincado velo turco diseñado exquisitamente para mantener conversaciones tete a tete con el punto G de cualquier fémina con dos microgramos de estradiol en sangre.  Mis inicios no fueron muy buenos, apenas pude sobrepasar la primera escena puteando porque a esa hora no había nada para ver sin subtítulos y que valiera la pena (mi vieja no ve bien y poner de acuerdo a cuatro personas de diferentes edades en cuanto a determinado contenido es más difícil que hacer sushi con fideos).  Mi vieja insistía y con tal de no escucharla, siempre cuando mi hijo se hubiera esfumado detrás de un sonoro portazo, le daba el gusto criticando su pésima elección.  Escenas que al principio me parecieron lentas como esperanza de pobre, miradas y revoleo de ojos interminables, además de nombres impronunciables; hicieron que rechazara de plano la idea de mirar esa “porquería melosa”.  Mi vieja, firme en su silla de ruedas frente al televisor, me hacía señas para que dejara de putear para que pudiera escuchar lo que un tal Onur le decía a una señorita que se negaba a sus continuos embates románticos.  Así fue como lavando platos comencé sin darme cuenta a infectarme, cerrando la canilla para escuchar un diálogo y preguntándole a mi madre porqué fulano le había dicho tal cosa a sultano. El día siguiente no solamente cerré la canilla, dejé los platos sucios y me fui acercando (como una polilla a la luz) al televisor.  Al principio paradita, para no ceder a la vergüenza de admitir que había algo que estaba bueno…y a los gastes de mi vieja que es mandada a hacer para refregarte por la nariz tus errores.  Después ya no me importó nada, colgué el cartel de la enfermera con el dedito sobre los labios haciendo “SHHHHH” dándole la bienvenida a mi locura y la prohibición de hablar sobre los parlamentos de Onur, Sherazade, Kaan, Kerem, Benu y la madre que los parió (que es turca/o). 

Como no entendía nada, solamente que algo o alguien le hablaba a mis enloquecidas hormonas, abanico en mano me sometí a una sesión maratónica de cuatro días para ponerme al día con la historia.  No contenta con esto, investigué a los actores, viajé con Google earth por Estambul, me bajé la música y miré cientos de videos de fans en internet, además de entrevistas y fotos de todo el elenco.  Por supuesto espié lo que se viene a futuro, pero para no arruinarme del todo la sorpresa lo hice en idioma original.  Como no entiendo una mísera palabra, porque el turco es más difícil que el gaélico, el sueco y el sánscrito, veo cosas al azar sin auto traicionarme demasiado.  Lo más frustrante es haber gastado al mejor amigo de mi hijo porque sus padres estaban hace quince días como yo estoy ahora. También lo hice en el muro de mi amiga Cecilia que había puesto una foto de Onur (el prota, pelado, ojos azules, barba de tres días y una cara promedio…ni ahí el típico galán “Ken” de telenovela), riéndome de sus amigas porque confesaban estar muertas por este caballero turco que de caballero no tiene nada porque la novela comienza con un super dilema “¿qué estarías dispuesta a hacer para salvar la vida de tu hijo?”, cosa que el caballero aprovechó para ofrecer el dinero necesario para eso por una noche con la madre del niño enfermo.  Claro que el tipo no lo sabía, pero le dio para que tenga igual sin remordimientos.  Esos vinieron después, cuando se enteró que la señora en cuestión había cedido a la propuesta indecente por motivos demasiado importantes como para disfrutar del encuentro y mucho menos para morir rendida a sus pies.  Así que el pobre pelado no solamente se sintió una basura, se enamoró perdidamente de una mujer que no lo quiere ver ni en el reflejo del agua del inodoro.

Onur, resentido con las mujeres porque ya lo habían traicionado feo, veía en ellas a la vaca que te hace acordar que te quemaste con leche.  Así fue acumulando a lo largo de los años el lácteo, pagando de vez en cuando por un ordeñe fugaz en un hotel de lujo y montando un caballo para no olvidarse los movimientos en el caso de necesitarlos (nunca se sabe).  Lástima que no preguntó en Argentina y Chile, había varias que le hubieran hecho el favorcito gratarola.  La cuestión es que el pobre infeliz prueba las delicias de la piel sherazádica y muere bajo el embrujo de una mujer que tiene la peor mala leche del planeta (auspicia este bloque “La Serenísima”).  La piba tiene un hijo con leucemia, un marido muerto a quien los suegros habían negado por haber elegido a una mujer que ellos no aprobaban para casarse.  Encima le echan la culpa del accidente que lo mata.  El suegro se niega a prestarle el dinero para salvar a su hijo, la retan en el laburo por llegar tarde porque todos los taxis de Estambul se meten en un embotellamiento cuando Sherazade está adentro del auto.  Con el hijo internado y su vida dependiendo de setenta y cinco millones de pesos (que no junta ni vendiendo dos autos y una vaquita de sus amigos…que son menos de tres), tiene que dar cátedra sobre un proyecto millonario en Dubai.  Por supuesto y como era de esperarse, además de mendigar dinero a cambio de sexo, le toca esquivar el acoso sexual del socio de su amante por una noche (ambos sus jefes).  Con la soga al cuello y viendo que esos setenta y cinco millones equivalen a cinco autos de alta gama/un departamento/la lotería de Navidad/medio portaaviones o dejarse entrar por un turco que trajeado no está tan mal…obviamente opta por lo último (una verdadera ganga).

Cuando el turco se percata de que la señora, lejos de ser una mujer inescrupulosa que se revuelca por el vil metal es una madre desesperada, se le viene el Holding Binyapi encima (así se llama la empresa de la cual es propietario junto a su socio, el que también está enamorado de la mamita y arquitecta premiada, a cargo del proyecto más ambicioso de la constructora).  Para colmo de males, y antes de saber la verdad, Onur y el objeto de su ardorosa calentura se van juntos a Dubai (con el pibito internado saliendo de un trasplante de médula ósea y al cuidado de su donante rusa devenida en niñera y madre substituta).  Ahí, el turco le ofrece más dinero por otra noche como la de anoche, que estuvo buenísima aunque dudo que ella haya siquiera movido un dedo, mucho menos orgasmearse con las artes amatorias de un señor que hacía rato que no la ponía.  No se sabe muy bien de esa noche, suponemos que duró un suspiro por la abstinencia auto impuesta de Don Onur y porque no creo que la meta haya sido que ella viera pajaritos de colores en cinemascope al mejor estilo “Fantasía” de Disney.  Pero volviendo a Dubai, la señora lo saca cagando aceite (perdón pero no pude ser más fina), y le corta el mambo turco-lover con una mirada de odio que le enruló los pelos del pecho.

Vueltos a Estambul, el empresario se entera de boca de su señora madre, una reverenda hija de puta manipuladora y más interesada en sus acciones en el holding que en la felicidad de su retoño, que el hijo de su amante por una noche padece leucemia.  En realidad se entera de que tiene un hijo, y eso de por sí es un inconveniente ya que mintió para conseguir el trabajo, y a pesar de ser una profesional multi-premiada, el lastre de un hijo acá y en la China es un escollo a la hora de conseguir un trabajo decente.  Menudo problema, el socio quiere flexibilizar las reglas del holding para contratar más mujeres con hijos, sobre todo si están tan buenas como la morocha a la que se quiere tirar en cuanto ponga un pie en su yate (porque Don Kerem vive en un yate, las delicias de un millonario soltero a quien su madre emplaza para que la haga abuela ASAP).  La disyuntiva es despedirla o conservarla y ambos deciden conservarla y disputársela sórdidamente planeando viajes y proyectos que incluyen escapadas a todas partes donde haya un hotel cinco estrellas.  Como si esto fuera poco, sabiendo que el talón de Aquiles de Sherazade es su hijo, ambos se desviven en atenciones hacia el pequeño, cosa que para dos excéntricos millonarios solterones es una utopía.  Sin saber ni cómo se le habla a un infante, que encima huele a dos kilómetros las intenciones de enhebrarse a su madre, ambos se deshacen en atenciones hacia el pibito que en el doblaje tiene la vocecita de Bob Esponja (pero ralentizada).

Don Kerem tiene la ventaja de un prontuario limpio y al principio de la novela le gana por varios cuerpos a un Onur que deberá borrar de la memoria de su enamorada, los recuerdos de la famosa “noche negra”.  La fatídica noche donde ella vistió de negro para enterrar su dignidad a cambio de un bolso con billetes y él habrá hecho que cada mango que se gastó valiera la pena (de lo contrario no se entiende porqué ella está tan enojada y/o el dolape es un pésimo amante).  Es entonces como en los albores del culebrón, el cancherito Kerem la salva de las llegadas tarde y decide continuar con el contrato de su arquitecta estrella poniendo todas las fichas en un inminente volteo náutico.  Lo que desconoce el socio de Onur es que el pelado juega sucio y labura hasta de noche en una alocada carrera que tiene por objeto ganarse la confianza de Sherazade.  Recitando poemas que hacen caer las bragas mundialmente y en varios idiomas, el Don consigue luego de diecisiete capítulos, tomarle las manos y que ella no le arranque una falange con los dientes.  Un avance es un avance.  Mientras tanto Kerem insiste con el pibito al que casi tiene en un bolsillo y al borde de llamarlo “papá” aunque en un paso previo pronuncia “tío” ante la mirada embobada de la madre que se sonroja tímidamente.

Pero volviendo a la mujer con la peor suerte en el planeta tierra, en menos de veinte capítulos le pegan un tiro en una pierna y la cagan a trompadas hasta quedar desfigurada.  Léase desfigurada en un culebrón: un leve moretoncito en el labio inferior color lila tenue para que luzca preciosa aún reventada.   Como en todo culebrón que se precie de tal, la chica tiene mala suerte pero una amiga con un corazón de fierro que le donaría las córneas y hasta le prestaría el dorima si fuera necesario.  También una suegra (del difunto marido) que se deshace en atenciones y logra con mucha paciencia que su marido acepte que tiene una nuera y un multiúnico nieto varón.  Obviamente esto sucedió cuando el hijo varón casado con una de las malas requetemalas de la novela lo decepciona embarazando a su amante, robándole y dejándole en casa una bomba atómica que no para de darle disgustos: la nuerita psicótica, envidiosa e histérica que vive haciéndole la vida miserable.  En comparación, ahora el hijo negado es una maravilla y la nuera vale oro, el oro que no quiso largar para salvarle la vida al nieto que es la nueva luz de sus ojos.  Y como si esto fuera poco, en cuanto la madre de Onur intuye que esta chirusa viuda y con hijo podría convertirse en su nuera, dedica las veinticuatro horas del día a joderle la vida a su propio hijo humillando a la pobre morocha que se ofende hasta cuando la miran fijo.

En cuanto a Onur, el tipo la sigue peleando…como una canilla que gotea siempre en el mismo lugar hasta dejar una mancha de sarro, luego de veintinueve capítulos logra un abrazo.  Luego serán choquecitos de frente, besitos de mejilla, caricias en el antebrazo y hasta el capítulo treinta y pico no se viene el pico. Digo pico porque en esta novela las lenguas brillan por su ausencia, los besos vistos hasta ahora solamente son roces de bocas semiabiertas filmadas en ángulos que sugieren un chupón sin mostrarlo.  Encima de costarle comerle la boca tiene que lidiar, como buen pollerudo, con una madre que pretende inmiscuirse en su cama controlando a quién le baja la caña el turco (que está siempre de mal humor porque la madre no lo deja ponerla donde él quiere y donde él quiere no se deja).

¿Qué tiene de atrapante esta novela que vuelve loca a la gente y sobre todo a las mujeres?
Disyuntiva ética: Acostarse por dinero para salvar la vida de un hijo.
Desequilibrio económico-socio- cultural: Ella es profesional pero no tiene dinero, él tiene tanto que puede comprarse todo.  Ella no pertenece a la alta sociedad, él se codea con la crema de la sociedad y la política de su país y aledaños.  Ella conoció el amor, él conoció el opuesto y está resentido con las mujeres.
Situaciones extremas: Ella suele estar en peligro y él siempre acude a salvarla.  A él de vez en cuando lo dejan al borde de la muerte, pero se aferra a la vida para abrir los ojos y volver a recitarle poemas al oído.  Cualquier mina con dos ovarios en funcionamiento siente el aullido de la naturaleza que la invita a procrear niños turcos acostándose con todos los comerciantes del barrio de Once.
Planos interminables de miradas a quemarropa: Onur la mira como si se la fuera a devorar despacito con palitos chinos.  Las escenas de miradas pueden durar más de treinta segundos donde uno siente la compulsión de hacer un clavado en el medio del televisor para empujarlo encima de ella.  Es como asar un lechón en cruz para Navidad, se empieza el fuego a las diez de la mañana y se coloca al chancho a las once, frente al fueguito para que se cocine despacito.  Para las diez de la noche va a estar a punto de caramelo…eso va a hacer en el capítulo 128 y nos va a tener a todas encadenadas al televisor. 
Malas de libro de cuentos: Las malas de esta novela son unas reverendas hijas de puta, pero son creíbles (a diferencia de otros culebrones donde la mala está loca y armada hasta los dientes).  Se muestran como yeguas envidiosas capaces de dejar sin trabajo a sus enemigas o cagarle la boda al blanco de su ira con manipulación y mentiras.  Odian y se regodean en su veneno lo cual hace que uno ame odiarlas aún más que amar al protagonista.
Disputa entre socios y amigos: El hecho de que dos hombres que son como primos, además de amigos y trabajen juntos en total armonía hasta que llega la arquitecta de los sueños húmedos de ambos es un condimento extra ya que uno se pregunta cómo van a resolver este quilombo groso sin que se les caigan las pestañas postizas a sus madres, que los quieren ver casados con mujeres vírgenes, castas, fértiles, herederas de una fortuna millonaria y de alta sociedad.


En fin, seguiremos sufriendo como perros por el amor desencontrado de estos dos ignotos turcos que hasta hace dos meses nadie sabía que existían.  Veremos qué nos deparan los guionistas y si en algún momento Onur y Sherazade coinciden en una cama será porque las plegarias de varios fueron escuchadas!!!

jueves, 21 de abril de 2011

ME CONFIESO CULPABLE


Cuando uno se avergüenza de ser parte de la audiencia de “Gran Hermano”


Hay pocas cosas en común entre una madre y su hijo adolescente.  Encontrarlas es como toparse con una ballena blanca en el Río Luján.  Si por una de esas casualidades se da ese contacto, esa chispa que alimentará una conversación que no sea un intercambio árido de monosílabos escupidos al pasar, se impone aprovecharlos.
Básicamente, eso fue lo que me arrastró a esta adicción desenfrenada que tanta vergüenza me da confesar públicamente.  Ya he sido señalada con el dedo como una adúltera en la Inquisición en todos los ámbitos y círculos donde me muevo.  Mis compañeros de oficina, mis amigos, mis parientes y hasta el ilustre desconocido que ayer almorzaba en una mesa próxima a la mía alzó las cejas y me miró de soslayo cuando osé preguntar “¿Quién quieren que se quede en la casa?”.  He soportado el escarnio y el repudio de gente que alguna vez pensó que yo tenía algo más que dos neuronas debajo del pelo, pero nada pudo con la desesperación que me atornilla frente al televisor cada vez que aparece un debate o una “gala de eliminación”.

Volviendo al hijo adolescente, me gustaría aclarar que fue él y nadie más que el, el que me impulsó y me impuso el reality que ahora me aflige.

- ¿Otra vez vamos a ver el capítulo donde Homero Simpson desparrama chismes por todo el pueblo? – yo, que ya me se los diálogos de todas las temporadas de memoria.

- Es el mejor capítulo de toda la historia, lo vi tan solo dieciocho veces-  mi hijo sentado arriba del control remoto para que haga falta un equipo de cirujanos si quiero hacerme del maldito aparatito

- Por favor (fingiendo un llanto digno de Norma Aleandro), no aguanto más las vocecitas de los cartoons – yo haciendo un display de maniobras teatrales para infringir culpa en esa cabecita de mármol congelado

- Ta bien (aclaro, los adolescentes se comen partes vitales de las palabras para dificultar aún más la comunicación con los adultos) – mi hijo cambiando el canal a regañadientes y con cara de estufadito

- ¿Futbol?  ¿Qué partido es?  Porque los colores de las camisetas me resultan un tanto extrañas – yo asumiendo que prefiero Los Simpsons antes que Laponia versus Groenlandia

- No sabés nada (típico), es la Liga Inglesa.  El Bolton contra el Wigan – mi primogénito con cara de erudito y rascándose la barbilla a lo Winston Churchill

- No sé nada, pero garpo el cable, sacá eso o te hago un guiso con las teclitas del control y te las hago tragar junto con tus dientecitos – yo, en franca crisis de cólera, a los gritos porque la hinchada del Wigam grita frenéticamente en mi comedor

- ¿Qué? No te escucho – ya saben quién, haciéndose el boludo

Me acerco, pantufla en mano para domesticar a la fiera, y él…intuyendo mi maniobra esboza el siguiente comentario absolvedor:

- ¿Querés ver algo que podamos compartir los dos? – el jugador de poker con un par de ases en la manga

 Para mi horror, la criatura sintoniza un programa compuesto por cinco panelistas que comentan futbol a los gritos, con vozarrones de fumadores empedernidos y un léxico tan bonito me dieron ganas de hacer una compra de granadas de mano en Amazon.com

- Sacá a esa gente de mi comedor, sacalos ya o te voy a dejar el culo como a un mandril.  Si valorás tu vida sacá eso de inmediato.  No es un pedido, es una orden – yo, pelando chapa de madre con los pantalones puestos (aunque ese día vestía pijamas de Neuropsiquiátrico)

- Tengo una idea, hay algo que podemos “disfrutar” los dos.  Es hora de que compartamos algo, los dos juntos, como cuando yo era chico y miraba los dibujitos mientras me hacías masajes en los pies – el magistral jugador asestando un golpe bajo a mi útero sensible

-Poné – cediendo y ubicándome en el sillón mansita y a punto de convertirme al “granhermanismo”

- Esto es una cagada que te arruina el cerebro, veinte monos que se rascan las bolas confinados por voluntad propia a una cárcel con pileta con la promesa de cuatrocientos mil pesos si te aguantás hasta el final quedando como un pelotudo frente a todo un país…no entiendo cómo te puede gustar esto – yo, que no intuía lo que estaba por pasarme

Lo que pasó fue que me quedé sentada ahí, fascinada porque comenzamos a intercambiar más de un sí y un no.  Que fulanito, que menganito, que yo opino esto, que a mi me parece aquello. 

Lo que sigue es la génesis de mi “granhermanopatía”  (término con el que he dado en llamar a esta adicción que no tiene explicación científica hasta ahora.

1- Cuando sabés a quién se refiere el conductor cuando habla de “Cucho” o “Chizzo”; estás en problemas.
2- Cuando subís el volumen de la tele para escuchar una riña de descerebradas por un corpiño talle 85, viendo como tironean de la prenda cual gatas en celo; estás en problemas serios.
3- Cuando puteás con la fuerza de todos tus pulmones al megalómano que se cree que es el producto de una inseminación hecha de un cóctel con material genético del Espíritu Santo, Margaret Thatcher, Benito Mussolini, Carl Jung, Roger Federer, Carlos Monzón y Diego Maradona; ahí ya estás para medicar con Lista IV (psicofármacos con receta de archivo).
4- Cuando saltando festejando te das la cabeza contra el techo porque la nena vapuleada en un todos contra ella, se queda en la casa a pesar de los votos en su contra; lo tuyo es para camisa de fuerza.
5- Cuando gozás como los romanos en el Coliseo, mirando como se despedazan unos a otros frente a cámara como si se los estuviera manducando un león; lo tuyo es para acompañante terapéutico, Psiquiatra y drogas heavy.
6- Cuando gastás crédito para votar en contra de la perra sisebuta que le dio para que tenga a la tucumana desamparada que llora como marrana (y vos con ella); te chifla el moño mal, lo mejor es que te vacíen los cajones de los cuchillos y te palpen de armas.
7- Cuando invitás amigos a comer y dejás prendida la tele bajito para relojear el debate mientras servís la comida; lo aconsejable es un grupo de autoayuda y altamente recomendable exiliar los televisores fuera de casa hasta que el programa haya llegado a su fin.


El prólogo de todo esto es muy gracioso.

- Vení hijo, sentate que hoy es la última gala de expulsión – yo, gaseosa en mano sentada en primera fila

- No ma, yo ya no miro esa mierrrrrda – mi hijo, inmune a los embates de la “granhermanopatía”

Se ve que yo andaba con las defensas bajas…de otra forma…no me lo explico…

domingo, 8 de agosto de 2010

MEDIÁTICOS ARGENTOS

Un desfile de culos, descerebrados, frikkies y herederos millonarios

Si en mi vida existe una constante, esa constante es la televisión. En mi casa se enciende a la mañana y se apaga antes de ir a dormir. No es que alguien la esté mirando atentamente, salvo que haya algo rescatable para ver; en general se prende para que esté ahí…haciendo ruido y compañía.

Últimamente, y para mi total relajo, he visto un desmesurado incremento de la programación basura poblando y multiplicándose en todos los canales de origen nacional. Basta con ponerse a hacer zapping cinco minutos para percatarse de que no solamente no existe absolutamente nada potable para ver, también caemos en la cuenta de que la mierda que se produce en un canal se reproduce en progresión geométrica en los canales restantes.


Con una falta total de ideas y un excedente de mal gusto, este programa madre de todas las miserias que hay para mostrar; muestra lo más bajo de la sociedad envasado en Concurso de Baile con fines benéficos.


¿De qué se compone el cóctel vomitivo?


En primer lugar de un conductor “exitoso” que hace del mal gusto un culto. Desde la forma en que destrata a participantes y personajes secundarios hasta la manera en que se embute dos alfajores en la boca, todo lo que es y muestra es de un patetismo subterráneo. Busca la contienda, alienta el caos, ensalza la burrada y trata a las mujeres como pedazos de carne. Mujeres que elige rigurosamente por su total falta de educación, neuronas y un culo prominente. Grita, saca la lengua, se revuelca por el piso y manosea a quien se le ponga enfrente. Mujer u hombre, mientras facture le da todo lo mismo.


En segundo lugar contrata un excéntrico heredero de una fábrica de chocolates, aspirante a showman que más que un hombre parece un chiste ambulante. Una especie de versión carne y hueso de los muñecos “Action man” con los que jugaba mi hijo. Portador de ciento cincuenta cirugías estéticas para estirarle la cara, inflarle los labios, marcarle los abdominales y contornear los pómulos; este muñeco plástico con neuronas de caucho se las ingenia para multiplicarse en cuanto programa pedorro existe en la televisión argentina. Estrafalario, homosexual reprimido que se hace pasar por latin lover llevando de la mano a cuanta estúpida se deje comprar por un autito y un anillo; el aparato se da el lujo de contar dinero delante de los pobres proclamando a los cuatro vientos cuánto le salieron las botas o el auto que lo trajo hasta el canal. Con un séquito de infradotados que lo cuidan para que alguien no se lo cargue por el puro placer de verlo desaparecer del tubo, el monstruo deambula haciéndose el macho alfa y parafraseando poetas en un inglés venezolano al más puro estilo Chávez. Llora, se pelea, insulta, canta, llora otra vez, se emociona, propone matrimonio en cámara, llora por tercera vez pero no puede comprar con todo su dinero el silencio de otro mediático que cuenta con pelos y señales cómo se enfiestaban entre ellos disfrazados de gladiadores romanos.


La modelito devenida en actriz seria, devenida en señora que no soporta el paso del tiempo, devenida en miren como me cojo un pendejo porque todavía estoy buena, devenida en escracho mediático lastimoso de lengua viperina y cerebro de pájaro.

Esta señora supo ser linda. Es todo lo que supo ser. Puso todas sus fichas en eso. Apostó hasta las joyas de la abuela, con eso nunca le iba a escasear el dinero ni el macho que le caliente la cama en invierno. Lástima, le erró fiero. Después de hacer una media docena de películas berretas e inundar las revistas con las fotos de su culo su estrella comenzó a apagarse. La guita del ex marido se le terminó y necesitó de un nuevo escándalo para posicionarse en las primeras planas “again”. Entonces se fagocitó un ignoto pendejo que supo manosearla en cámara mientras la señora se contoneaba en bolas, sonriendo con la cara llena de botox y la cabellera impregnada de extensiones. Así compró sus últimos ocho años de fama. Trabajando de vedette o actriz de dudosa reputación, llegaba al teatro de la mano del mocoso (ambos a bordo de una motocicleta para que quede bien claro que ella todavía estaba en la década en que las tetas se quedan donde las pusieron y el culo se banca un cola less).


La tonta tontísima con un par de tetas monumentales y un culo para el infarto. De estas suelen pulular unas doce por noche. Nadie sabe de dónde salen, pero son famosas. Supongo que deben figurar en algún catálogo de putas aparte de bailar y decir pelotudeces. Son una vergüenza para el género. Y hablando de género, poco generosos han de ser los vestuaristas que les proveen de un minúsculo trapo que cubre la nada más absoluta. Cosa que la cámara capte cada poro de la entrepierna y cada pezón que se escapa en una rebuscada pirueta que tiene como único objeto que la cría en cuestión quede posicionada abierta como un lechón a la parrilla delante de una cámara que no para de hacer zoom ahí adentro…donde solamente el espéculo del médico ginecólogo puede llegar. Más allá de bailecito, la función de la señorita será trabar un diálogo con el conductor, que no dejará dudas en cuanto a la total ausencia de axones nerviosos debajo de esa brillante cabellera femenina. Balbuceando frases inconexas, la tonta con voz de nena y luces…apagadas, hará mutis por el foro mientras el camarógrafo le encaja la cámara en el medio del orto por última vez en la noche.


El bailarín del miembro generoso y cara de afasia cerebral. Este espécimen fue pescado en un club de strippers. De ahí fue llevado a bailar en paños menores ante la mirada libidinosa de un ejército de mujeres del público que aúllan como si hubieran visto al mismísimo Adonis. Adonis no es más que un señor con la mitad de la cara fruncida y paralizada, músculos de laboratorio, una zunga y un pene largo que es revoleado por su dueño para delirio de los miembros del jurado (valga la redundancia). Y por miembros no solo me refiero a las mujeres, ya que los hombres que “adornan” este jurado se lo llevarían puesto a “pijilargo” por un par de dieses en la puntuación del certamen.


La Lolita. Esta concursante se hace la tontita pero de boluda no tiene un pelo. Tiene el apetito de un Pac Man voraz y sabe que el tiempo es corto. La gravedad juega un rol importantísimo, sabe que tiene que aprovechar ese cuerpazo antes de que pase el tiempo; así que se dedicará a facturar a lo pavote, llevándose todo lo que se le cruce por el camino. Cualquier escándalo es bueno, y si en los cortes comerciales tiene que hacerle una mamada al conductor, lo hará sin un atisbo de duda. Peleará con el Jurado, se arrancará las mechas con las demás participantes y pregonará a quienes quieran escucharla que ella es virgen…de la oreja.


Si esto quedara restringido a las ocho horas semanales que tiene pautado el programa, casi les diría que estamos a salvo. Pero lamentablemente esta porquería vende, y como vende todos los programas se disputan a estos engendros que se pasean de canal en canal llorando sus miserias e inaugurando un nuevo subsuelo en la mediocridad televisiva argentina.


Menos mal que hay cable, que hay libros, que hay cine y que existe el control remoto…

domingo, 22 de noviembre de 2009

TELEVISIÓN PASTELONA


CULEBRONES, TIRAS Y NOVELAS

¿Quién es el mentiroso que jurará por la Biblia y los Santos Evangelios que jamás en su intelectual existencia ha mirado un culebrón? Por favor lo invito a retirarse porque no le creo nada. Ni un ápice. Porque aunque usted sea un varón bien machito con los huevos bien puestos, fue criado por una madre o una niñera que pegaba la nariz al tubo a las cinco de la tarde en punto, para enterarse si Romualdo Renato Rogelio Domínguez Ibáñez Larreta por fin le iba a comer la boca a la mucamita de la mansión (que finalmente terminaría siendo la verdadera y única heredera de los millones del galán en cuestión). Nadie fue, es ni será inmune a estas novelas tortuosas donde la pobre e incauta doncella se la pasa sufriendo hasta bien entrada la mitad de la última entrega de la serie. Final donde la protagonista se casa, se embaraza, hereda millones, ve sucumbir a su peor enemiga y es reivindicada como la heroína que salvó a su familia política de la ruina y el oprobio.

Crecí intentando ver “Los Autos Locos” o “Bonanza”…digo intentando porque la señora que nos cuidaba a mi hermana y a mí se plantificaba frente al televisor religiosamente, para ver su novelita de la tarde y guay de que alguien intentara cambiarle el canal. No había Cristo que la removiera de su silla, quedaba hipnotizada como una cobra con su flautista. La mandíbula entreabierta, la mirada torva…de pupilas dilatadas y las orejas levemente alineadas hacia el parlante del televisor. No se quería perder detalle de esos parlamentos tan rebuscados y floripondios, pronunciados por aquellas bocotas pintadas de rojo furibundo en primer plano (mientras el galán escuchaba atentamente, estratégicamente instalado a escasos dos centímetros de ella con el mentón encastrado en el hombro de su amada porque jamás se hablaban entre ellos, se hablaban mirando a cámara). Fue tanta la cantidad de horas de exposición a esos productos diseñados para arrancar la lágrima fácil y autogestionarse una alegría a la hora de la siesta estival; que finalmente y pisando la adolescencia fue imposible no caer en sus melosas redes.

Fue así como me tragué sin digerir, los culebrones de Verónica Castro, de Andrea del Boca, Grecia Colmenares y toda aquella cosa escrita por Migré o Nené Cascallar. En esa burbuja rosa de corazones flotantes y aroma a rosas rojas, la mente de una adolescente se desarrolla con errores conceptuales que se irán acumulando cual gases en el intestino delgado; los mismos será evacuados de manera salvaje cuando el confronte entre el culebrón y la vida misma le muestre el abismo existente entre realidad y ficción.


FICCIÓN VERSUS REALIDAD


En el culebrón la protagonista (ya sea en su rol de personal doméstico/secretaria/madre soltera/prostituta/hija adoptiva/esclava/niñera/monja de clausura/vendedora ambulante) siempre se levanta maquillada y luce divinamente maquillada e impolutamente peinada.

La fea se vuelve linda. Y la linda se vuelve preciosa.


En la realidad, las mujeres nos levantamos con cara de boxeador apaleado, pelos parados, pálidos como Marilyn Manson y rictus de orto MAL. La fea se muere fea; la linda tiene suerte, es envidiada por la fea (y no al revés como dice el refrán).


En el culebrón el galán es: precioso, educado, culto, millonario, tiene un físico privilegiado diseñado para el pecado, empilcha como los Dioses, es dueño de una nave descapotable que es la envidia del barrio, resuelve problemas, arregla las canillas que gotean, es bueno con sus padres, reconoce a sus hijos (productos de un desliz), escucha, tiene paciencia, se acuerda de los aniversarios, hizo el curso de resucitación (o es médico), es bueno con sus empleados, los domingos cocina en un comedor comunitario, se plancha las camisas, encuentra las medias sin ayuda del mayordomo, vuela aviones, hace bunjee jumping, siempre gana en la Bolsa de Valores, toca el violoncello, habla cinco idiomas y taiwanés, tiene guardaespaldas pero se las arregla solito, sabe usar armas, es un eximio karateca, cocina sushi, baila como Fred Astaire, usa hilo dental, adora los animales, le fascina ir de Shopping y venera a la prota femenina con absoluta e incondicional adoración.


En la vida real… ¿hace falta que lo escriba?


En la novelita el final es siempre redondo, feliz y perfecto. Los que tenían que terminar juntos, terminan juntos. La que los quería separar va a parar a la morgue judicial, a un convento o al Neuropsiquiátrico más lejano. La fortuna es heredada por alguno de los protagonistas, las deudas desaparecen mágicamente. El que estaba preso injustamente es liberado, el que estaba suelto es apresado. El abogado coimero es desenmascarado. El político corrupto es enviado a hacer trabajos forzosos a Siberia. La suegra desalmada termina deportada a su país de origen ya que se descubre que obtuvo su permiso de permanencia gracias a su matrimonio por conveniencia con el valet parking del Casino donde termina perdiendo el resto de su fortuna.


En la vida real las deudas no solo no desaparecen, se incrementan en sincronía con la inflación. El abogado desaparece con la guita del juicio de la abuelita. La suegra desalmada vive hasta los cien años gracias a sus clases de yoga. El preso sigue esperando sentencia, el ladrón te sigue asaltando y le das gracias porque te perdona la vida. El político corrupto se presenta a las elecciones siguientes y gana por afano (literal y figurativamente). La heroína termina en la calle con una docena de hijos no reconocidos, dedicándose a la prostitución para poder mantenerlos y cada dos por tres cae presa. La que los quería separar se lleva el “Jackpot”, aunque años más tarde descubre que se ha llevado un problema de dimensiones inusitadas (labura doce horas para mantener al susodicho que toma cerveza mientras hace zapping y eructa el alfabeto sin respirar).



En la vida real la tensión sexual llega hasta el estacionamiento del auto (o la consagración del matrimonio). Luego va en franco descenso hasta llegar al punto en que la sola mención de un revolcón provoca una nube de polvo (no del “polvo” en su acepción metafórica), el polvo que dejan los integrantes de la pareja corriendo uno para el norte y otro para el sur.



Es por esto que aconsejo ver estos programas con lentes oscuros, tanto brillo…tanto corazón con purpurina, tanto encaje y tanta miel pueden llegar a obstaculizar el pensamiento racional que será reemplazado indiscutiblemente por una nube de pedo COLOR ROSA.






domingo, 1 de noviembre de 2009

LO QUE MATA ES “LA CALORRR”

Las no-bondades del verano


Casi todo el mundo adora el verano. Claro, lo asocian con las vacaciones. Pero la maldita estación del calor agobiante, que solía durar unos tres meses, ahora y gracias al calentamiento global dura unos insoportables ocho larguísimos meses de ardorosa agonía estival. Pero para el proletariado, ese segmento infame de gente que cubre el 90 % de la población mundial, acostumbrada a correr todo el día detrás de un puñado de billetes que lo ayude a llegar a fin de mes, la duración de las vacaciones se extiende a una mísera quincena.

Entonces, ¿qué es lo genial del verano?, visto y considerando que fuera de esa quincena estarás destinado a freírte como un churro en aceite hirviendo. Francamente no le veo la gracia, al menos fuera de alguna playa con aire marino y el ruido de las olas. Porque en la ciudad, el verano es un flagelo maquiavélico diseñado para exterminar al excedente de la población mundial.

Todo se complica con el calor. Viajar en transporte público, los cuerpos pegados como sardinas apiladas en una lata al sol, emanando todos los olores y todos los fluídos corporales posibles; trabajar cuando los equipos de aire acondicionado no dan abasto; dormir cuando la temperatura mínima no baja de los veintiocho grados…la vida se convierte en un suplicio.


Por eso, en honor a una amiguita amante del orden y las listas, he aquí un TOP TEN de las peores cosas que el calor te depara cuando no estás de vacaciones:


La transpiración y la higiene. Imposible estar limpio sin ducharse cada media hora. Salís del baño, te secás y a los cinco minutos estás empapado nuevamente, pero esta vez en tu propio sudor. Tirarte talco solo logra que te conviertas en un gnocchi humano ya que la mezcla de la transpiración y el polvo logran una pasta asquerosa que se almacena en cada rollo y cada hueco de tu curvilínea anatomía. El desodorante es un placebo para tu mente, de eso te darás cuenta cuando te agarres del pasamanos del colectivo y se haga un vacío de dos metros a la redonda (al fin y al cabo Rexona NO FUNCIONA). Demás está decir que asistir a recitales de rock en el campo, apiñándote con otras treinta mil personas sudadas es una experiencia única que no volverás a repetir si frotaste durante media hora tu cara en la barriga de un señor peludo de dos metros que transpira como un beduino en el Sahara.


Quemarte el trasero y las manos. ¿Quién no se ha subido a un auto que estuvo varias horas al sol para incinerarse el culo con la cuerina del asiento y las manos con el volante en llamas? Lo peor del caso es que lo repetimos una y otra vez porque siempre estamos apurados, así que hacemos malabarismos para controlar la nave clavando las uñas en el manubrio o los dientes, en el mejor de los casos.


Dormir es un suplicio. Para el que no tiene aire acondicionado, o lo tiene y puede pagar la factura de la luz (quedan pocos), dormir es una tarea insoportable. El ventilador de techo no hace más que bajar el aire caliente acumulado en el cielorraso, para hundirte más y más en el colchón empapado. Ni la televisión aparta tu mente de esa nube de vapor que te envuelve y no te deja pegar un ojo. Ya te sacaste toda la ropa, ahora te gustaría sacarte la piel a jirones y ventilar tus arterias mientras relojeás la ventana en busca de un relámpago que anuncie una inminente tormenta.


Cocinar es una maldición gitana. Ya te las pensaste todas, pero no queda otra que prender el horno, o encender la hornalla. Porque si seguís pidiendo comida al delivery vas a terminar gastando el dinero que tenés ahorrado para pasarte una semanita haciendo la plancha en el mar de la playa más próxima. Entonces te parapetás frente a la cocina revolviedo la cacerola humeante mientras te llueve la frente y los pelos se te pegan en el cuello. Cuando la cena está lista has perdido todo rastro del apetito que tenías cuando comenzaste, la cena termina en el freezer junto con tu cabeza que busca alivio desesperadamente.


Vestirse es una tarea titánica. No solo porque el jean no se despega de las piernas impidiendo que lo subas más allá de las rodillas. La hinchazón provocada por las altas temperaturas hacen que abrochar el botón se convierta en un chiste, pasarte un anillo por los dedos una masacre y abrocharte el corpiño un acto quirúrgico. Esto sin contar los cinco kilos de más que te acompañan porque le diste a la cerveza más que un irlandés el día de San Patricio. A la media hora de salir de tu casa querrás arrancarte la ropa con los dientes, rifando la tanga que se te incrusta en la raya del culo al mejor postor. Desvestirte es un capítulo aparte. Sacarte esos trapos empapados en sudor te llevará más tiempo, ya que las telas tuvieron todo un día de sofocantes cuarenta y dos grados para incrustarse en cada recoveco de tu geografía corporal. Para despegar las sandalias del empeine de tus pies vas a necesitar un destornillador para hacer palanca. Y una tijera para operarte la musculosita cuyos breteles se fundieron con tus huesos.


Asolearse y refrescarse es más difícil que encontrar petróleo en el patio de tu casa. Los adoradores del sol querrán lucir bronceados tomando sol aún en la azotea de su departamento, el patio, el balcón o el fondo de sus casas. Entonces se tirarán cual lagartos en el piso, a sufrir como condenados hasta que se pueda fritar un huevo sobre sus estómagos. Entonces llegará el momento de armar la pileta de lona. Esa condenada a la que siempre le falta un caño, o un esquinero o el croquis con la explicación para unir los caños en un perfecto rectángulo. Para el momento que la tengan llena y armada se levantará el temporal de la década. El agua se llenará de hojas y se pudrirá. Entonces llegará el día de cuarenta y tres grados a la sombra otra vez. El agua será un caldo maloliente color caca que ningún integrante de la familia se dignará a limpiar. Y ahí quedará hasta la llegada del otoño…


Practicar deportes es un castigo divino. Es necesario, el médico te lo recomendó, los kilos de más lo ameritan; pero ni saliendo a caminar a las cinco de la mañana te librará de caer desplomado y mojado sobre la cama plantando bandera blanca hasta el primer día de temperatura decente (que llegará en aproximadamente cinco meses). Ni bicicleta, ni aparatos, ni siquiera Pilates; no vas a mover un músculo más que los dos necesarios para mirar televisión y hacer zapping.


Ir de compras al supermercado es insalubre. Lo mejor de ir de compras es el aire acondicionado de los shoppings y supermercados. Lo peor del caso es que el aire termina donde empieza la calle. Esa calle donde está tu auto o el autobús que te lleva a tu casa. Ahí reparás en el error grave que cometiste al llenar un carro con boludeces que pesan mil kilos, boludeces que vas a perder en el camino porque vas arrastrando las bolsas hasta que se agujerean vomitando su contenido (el que no te molestarás en recoger porque tu inexistente presión arterial te impide agacharte sin darte la cabeza contra el pavimento).


Asistir a un evento y participar activamente del mismo es una broma de mal gusto. Ya sea la reunioncita de fin de año del colegio de tus hijos, un casamiento o un cumpleaños; mantenerte de pie sobre un par de tacos aguja, embutida en un vestido dos talles más chico (subiste esos dos talles de tu casa al evento por pura retención de líquido) y encima embarcarte en un frenético baile carnavalesco es un acto de escaso amor propio. Tendrías que haberle hecho caso a tus instintos. Tendrías que haberte quedado despatarrada en bombacha, debajo del ventilador, mirando “Happy Feet” por vigésima octava vez (y deseando ser el pingüino protagonista).


El sexo es un “BIG NO-NO” como dicen los americanos. Está restringido a lugares con aire acondicionado, bañaderas con agua helada, piletas de lona (exclusivamente de noche), vacaciones en la Costa y/o hoteles alojamiento. Porque convengamos que para aquellas personas que no gozan de los beneficios de un ambiente correctamente climatizado, ensamblarse y gozar del proceso es una broma de mal gusto. Todo patina, las cosas se salen de lugar, los pelos se pegan y el olor rancio que despide quien se te aproxima con lujuria es directamente proporcional al que sale de tu cuerpo; logrando un efecto repelente similar al del “Off” en los mosquitos. El cachondeo será pospuesto hasta que las marcas térmicas no superen los veinticinco grados.


En síntesis, el verano es una reverenda porquería. Para el que trabaja en una oficina, para el que patea las calles entrando y saliendo de Bancos y oficinas municipales, para el que transpira al pie del horno de una Panadería, para el que coloca techos al rayo del sol, o hace pozos, o reparte correspondencia…a mí que no me jodan…el verano es el infierno en la tierra.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Noticieros de cuarta



Las cosas de los noticieros que me ponen de la peluca

El que no recibe el diario, no consulta las noticias por Internet o no se agencia un par de periódicos matutinos en un bar; tiene que morir como yo en los noticieros de la tele.
Cada uno y a su particular manera y estilo; se encargan cada mañana y cada noche de atentar contra mi algarabía (la cual es francamente indestructible). No es que yo tenga poca paciencia, creo que más bien son ellos, los que hacen los noticieros; los que me hacen saltar la térmica por una serie de razones que ya paso a detallar (y que nada tienen que ver con la noticia en sí, obviamente).

El anticipo.

Odio el anticipo. Lo odio porque se pasan una hora hablando de lo que vamos a ver pero no nos muestran nada. Venden la noticia como si fuera un culebrón colombiano “Ya les mostramos lo que dijo Antonini Wilson” (debería haber escrito culebrón venezolano, pero eso es para otra columna). El tema es que venden y anuncian pero para cuando se decidan a desarrollar la noticia yo ya perdí el interés, me fui a trabajar o me quedé dormida (dependiendo del momento del día). Puros títulos, puros carteles, puro esqueleto sin contenido. Y después te ponen la nota de las bondades de la vitamina B12 o el perro que hace skateboard en Ohio.

El tonito de algunos periodistas

El tono de urgencia que luego se corta para gastar al del pronóstico porque ayer la pifió y llovieron teresos de punta. El tono de falsa seriedad porque cuando se van a la pausa dejan el micrófono abierto y tras la noticia de un triple homicidio se los escucha discutir la esponjosidad de las medialunas que les sirvieron en el desayuno. El cantito que usan otros para leer los títulos, que se pierde vertiginosamente cuando los títulos van más rápido que sus cadencias amarillistas y se quedan leyendo lo del transplante de hígado sobre una placa de la Selección y su viaje a Escocia (lo que conlleva a que nosotros pensemos que Messi necesita un urgente transplante, Maradona sería el donante y Bilardo el cirujano).

La lección de civismo

Ningún periodista que ostente con orgullo su carnet habilitante como tal, podrá esquivar la cátedra de Educación Cívica luego de leer una noticia sobre política o una policial. Con el ceño fruncido, el pecho inflado como una paloma mensajera y la mirada fija en la cámara (o sea NOS); este ícono de la rectitud, la moral y las buenas costumbres nos beneficiará con una portentosa filípica sobre lo que debemos y no deberíamos hacer (como si uno fuera un pavote inconsciente huérfano y analfabeto merecedor de unos cuantos chirlos en el glúteo izquierdo porque la delincuencia sube y uno qué hizo AH…QUÉ QUÉ).
No los soporto, ni las soporto…porque hay algunas que tienen a la maestra ciruela presta a emerger ante cualquier noticia que le de pie para una clase super didáctica con power point incluído.

Los que piensan que la noticia son ellos

Tanto cronistas, como noteros y periodistas están convencidos que la noticia se trata de ellos. Entonces opinarán sobre lo que les pasó a ellos (algo muy similar a lo que le pasó a la señora del móvil que no tiene puta idea de quién le está hablando por la cucaracha y lo único que quiere es que alguien la ayude a reconstruír su casilla que se acaba de incendiar hasta los cimientos). Son los que preguntan cosas para brillar más que para informar, interrumpiendo al protagonista porque sus cerebritos privilegiados van más rápido de lo que va el entrevistado (aparte han perdido completamente, la capacidad de escuchar). Son los típicos que cuando los asaltan o los chocan convierten la noticia en titular y cuestión de estado. Abundan en los noticieros donde se dedican a mandarle saluditos a la abuela, a contar lo que comieron la noche anterior mientras uno desespera por conocer el pronóstico para saber si salir o no con piloto y paraguas. También son los que se pavonean con orgullo mediático mencionando cada dos por tres la cantidad de premios Martín Fierro acumulados o los que asisten a esas entregas de premios y caen en la pelotudez de sermonearnos cuando son galardonados con un discurso digno de la cruza entre Winston Churchill y Gandhi (cara de tango all included).

El maldito pronóstico

Nunca voy a entender porqué lo mezquinan tanto. Sobretodo porque cuando me canso de esperarlo (después de haber escuchado el anticipo unas mil veces en quince minutos), me conecto al Weather Channel y los mando a todos a la recontramierda.
Tampoco entiendo mi adicción a los pronósticos porque se equivocan bastante seguido y porque usan el segmento para cargarse por los resultados del futbol, las preferencias sexuales (todo muy sutil, obviamente) y cualquier otra pavada que les sirva de excusa para relajar antes de contar que una familia entera fue baleada en la puerta de su casa. ¿Cómo volver de la pelotudez total para informar semejante drama?. En primer lugar no deberían haber llegado al punto sin retorno, porque de eso no hay retorno. Lo cual es peor cuando quedan tentados y leen la peor tragedia tragándose las carcajadas.

Los cronistas de futbol

Ya sé que casi todo el país aprecia más una noticia sobre el deporte favorito de los argentinos antes que lo que va a pasar con sus ahorros si las bolsas siguen cayendo o el Ejecutivo saca la ley de estatización de las jubilaciones privadas; pero tampoco la pavada, no me explico la cantidad de tiempo que ocupa la doble rotura de meniscos de Cuchuflito o el casamiento de Cacharrito con la botinera de turno. Analizan cada jugada como si estuviéramos mirando un canal de deportes y generalmente repiten ese gol del domingo hasta el cansancio, después hay una breve mención al tennis…y luego se acabaron los deportes en Argentina (salvo que alguna ignota yudoka se traiga el bronce a casa en las Olimpíadas, en cuyo caso todos son expertos en yudo arghhh!).

El opinólogo super especialista

A estos les chifla el moño, sólo se salvan unos pocos. La mayoría navegan por la delgada línea abstracta de la opinión neutra que no perjudique al canal que les da de comer, al político que les ayuda a terminar la casa en el Country o el diario para el que trabajan cuando no están haciendo el currito delante de cámaras. Algunos no tienen la más pálida idea de lo que dicen, opinan de economía pero jamás en sus vidas se quemaron las pestañas haciendo una carrera…capaz un cursito de dos días en un hotel de lujo que los habilita a hablar sobre variables macroeconómicas con la autoridad con la que yo hablo del mejor lubricante sintético para motores nafteros.
Pero los peores son los que nos regalan su idónea y particular visión sobre tal o cual tema por el simple hecho de vestir un traje Hugo Boss y manejar un BMW. Total, sólo hay que poner cara de “yo la tengo clarísima” y listo.

Los que repreguntan lo recontrarepreguntado

Aquí encontramos a una sarta de cabezas huecas que tienen la primicia de una madre desesperada en línea, que hace unos días busca a su hija desaparecida y abusan de la pregunta incisiva para tenerla más tiempo pegada al auricular sin sensibilizarse por la gravedad de la situación. La pobre mujer acude a un medio público para difundir la foto de su hija y ellos la gastan como escolar a una goma de borrar. La liman duro y parejo, para que no atienda llamados de otros medios y siga conectada repitiendo una y otra vez lo mismo. Ni siquiera el dato de que la señora necesita hacer reposo por su avanzado embarazo los disuade de seguir metiendo el dedo en la llaga. Son de décima. Eso sí, después te darán cátedra de sensibilidad social y te convocarán para participar de la colecta Más por Menos o un Sol para los Niños, pero son hienas insaciables que no se conmueven con nada (salvo que les pase a ellos, obviamente).

Los k-gones

Los noteros de esta especie son los que corren a lo Rambo detrás de la balacera pero en cuanto escuchan un tiro cazan de la solapa a un pendejo que pasaba para convertirlo en un escudo humano. Se enfrentan a la pesada de algún gremio pero ante el menor conflicto se meten el micrófono por donde les entre y salen corriendo con los cantos bien apretaditos. Los miran fijo y se mean, los pechean y se derriten como un helado en verano. Les dicen que NO y dan la razón sin el menor atisbo de duda. Si tienen la suerte de recibir un zamarreo o una bala de goma en una pierna, esperarán el Pulitzer, la Medalla al valor y varios días de notas en todos los canales mostrando el moretoncito multicolor que tanto les duele. Demás está decir que acusarán con el pecho henchido de furia a sus agresores, que primero fueron sus víctimas porque les metieron la cámara en la naríz y el micrófono en el traste; pero eso no cuenta…lo que realmente cuenta es la vil agresión a un periodista (aunque la nota fuera sobre la pelea de las vedettes en el último show de Marce).

Ojo, a no generalizar, algunos se salvan. Son los menos, pero de vez en cuando aparece uno que vale la pena (lástima que nunca duran en el aire).

Merde!