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jueves, 6 de septiembre de 2018

NETFLIXEAR




Netflixear: Del inglés "net" (red), flick/flix (película). Dícese del verbo que refiere a consumir contenidos cinematográficos en línea "online". 


Conjugación:
Yo netflixeo
Tú netflixeas
Él netflixea
Nosotros netflixeamos
Vosotros netflixeais
Ellos netflixean



Esta actividad que ya califica como deporte de alto riesgo, se ha convertido con el correr de los años, en el principal entretenimiento de la gente de este planeta.  Porqué digo de alto riesgo?  Bueno, riesgo de perder la vista, perder el trabajo, perder el punto de vista sobre la realidad que te rodea, perder el colectivo, perder a tu progenie en tu propia casa, la salud, la silueta, la dignidad, el estilo, el tiempo y también el dinero. 

Vengan de a todos que los atiendo sin problemas.  Habla la fan número uno de este deporte.  Adicta mal a este demonio rojo que vive en mi celular, en mi tablet, en mi notebook, en la play y en la tele; me he auto notificado sobre el nivel de destrucción que implica este instrumento videotizador de última generación.  Y amo cada segundo de película y/o serie consumido y a consumir (porque no pienso dejar, o más bien, pienso dejar que me aniquile de a poco).  Lo amo, como el adicto a las drogas duras que lame la mesa  para succionar hasta la última partícula del polvo que lo está liquidando.

Porqué califica como deporte?  Porque es una inactividad que debería ser considerada en las Olimpíadas ya que requiere horas y horas de práctica para manejarse como pez en el agua.  Existen quienes han gobernado esta rastrera actividad al punto de engullir una temporada completa de veinte capítulos de sesenta minutos en tres días (trabajando, trasladándose, alimentándose y hasta comunicándose con el exterior).  Una auténtica proeza, si eso no es un deporte, entonces el ajedrez tampoco.  Hay que ser muy hábil , un completo estratega, para comenzar una serie vaciando la vejiga a las 7 de la mañana, continuarla preparando el desayuno, clavarse quince minutitos extra en el subterráneo, diez a escondidas entre mail y llamado telefónico en la oficina y uno completo en un comedor donde otros ocho zombies netflixeros de pura cepa miran una pantallita sutilmente apoyada en un tupperware con los auriculares incrustados en el pabellón auricular y la mente perdida en el Madrid de los años 60. 

He hablado con gente que me ha confesado haberse sentado en el water a las cuatro de la mañana y quedarse hasta que sonó el despertador liquidando la última temporada de su serie favorita (el tema fue levantarse y caminar hasta la ducha con las piernas entumecidas y los pies congelados).  Esa gente que se aguanta toda una jornada laboral disfrazando bostezos de hipopótamo con toses actuadas dignas de una Norma Aleandro sobre las tablas, merece un premio o mínimamente una medalla.  Esa gente que uno ve con empatía detrás de una pantallita diminuta sonriendo embobada como niño de cuatro años delante de una bolsa de caramelos en los consultorios médicos, oficinas, comercios y en la fila del supermercado.  Es una tarea titánica y riesgosa.  Aprovechar esos cinco minutos de gloria para apoyar el celular delante de la pc del trabajo para ver qué le contestó Meredith al Dr. Hunt o si Jonás se va a animar a confesarle su amor a Marie.  Cómo no vas a perdonar a la secretaria que te está atendiendo en el consultorio médico si tres veces escribió Macarena Ferreiro en lugar de tu nombre en la prescripción del tranquilizante que necesitás, para dormir a la noche, porque el stress de vivir al borde del abismo existencial que te genera encontrar otra serie que esté a la altura de la última que viste te puede matar...literalmente?.

La famosa maratón NETFLIX




La adicción en su máxima expresión es la maratón.  Esta es la fase más rubicunda de la enfermedad, sin lugar a dudas.  
Receta para una maratón suicida de Netflix:


  • Tomar la temporada completa como a un toro por las astas.  Sin miedo y sin asco.  No dejes para el lunes lo que puedes hacer las 48 horas del fin de semana!
  • Si no estuviese lloviendo a cántaros, oscurecer todos los ambientes de la casa para recrear el efecto cine y/o "no me queda otra que encallar en el sillón porque no puedo salir con esta tormenta". El sentimiento de culpa que pudiera existir (si todavía existiera) desaparece automáticamente con este truco.
  • Silenciar todos los grupos de whatsapp y alertar en las redes sociales lo que uno está haciendo (no hay nada mejor que la empatía de otros adictos del otro lado del universo virtual).
  • Asegurarse de tener óptima velocidad de internet o, si uno es una bestia previsora, haber descargado la temporada completa al celular.  De esta manera se podrá netflixear sin problemas con un adaptador Chromecast o bien (y esto es lo mejor) directamente en el celular en un eventual hijoputesco corte de luz.  
  • Existen dos tipos de vestimenta para la maratón, siendo imprescindible que la misma sea tan cómoda como estar en pelotas.  Se sugiere continuar el día con la ropa de cama (pyjama, camisón, remera vieja) o bien mutar hacia un buen disfraz de indigente (calza o jogging del año 1988 con manchas de pintura y cloro, camiseta XXXL, poncho o abrigo que no apriete y dependiendo de la estación del año ojotas, chancletas, crocs u horribles pantuflas).
  • La manta: En invierno será sumamente necesario encontrar una manta que nos sirva de "cocoon" o capullo, para enroscarnos con o sin la ayuda de un partenaire (otro enfermo como nosotros).  De no contar con ayuda, se sugiere tomar una punta de la manta con los dientes y la otra punta con el brazo girando en eje hasta quedar envuelto para regalo.
  • En plan de interrumpir la transmisión lo menos posible, se puede suspender la ingesta de bebidas y alimentos al mínimo indispensable.  De todas formas, hay adictos que alinean sobre la mesa de café todos los elementos que van a necesitar durante la maratón (bebida, chocolates, sopas en sobre, saquitos de té, termos con agua caliente o gaseosas, golosinas, emparedados y cualquier otro alimento sólido que no precise más que hacerlo llegar a la boca).  En esta línea de planeamiento podemos agregar los controles remotos varios, los anteojos, pañuelos descartables, alcohol en gel y del que se toma con nachos, el teléfono celular con su correspondiente batería externa debidamente silenciado y un par de imanes del delivery por si antojara una pizza en mitad de la maratón).
  • En caso de evacuación de vejiga y/o intestinos, se aconseja utilizar el baño más próximo sacando del paso todo mueble, adorno o artículo que pudiera interponerse en la carrera al water.  Evitaremos derrames indeseados además de edemas y moretones al tropezar con una bicicleta fija o una maldita silla.  Salve un perro, sáquelo del paso.  Póngalo a resguardo y llene su comedero y bebedero para dos días.  No se incluyen los gatos ya que ellos se encargarán de si mismos, mejor que usted.
  • Plan B: Si la serie elegida fuera una primera temporada, y no gustara del todo o no se ajustara al género que se desea consumir (drama, acción, comedia, etc.); se deberá contar con una alternativa testeada previamente para no caer en una depresión por deprivación.
  • Sueño: Si llegara a suceder, lo ideal es tener un socio adicto que le incruste un codo entre la tercera y cuarta costilla, a fin de retroceder la cantidad de escenas perdidas además de ingerir dos tazas de café negro nivel petróleo.  


He aquí una lista de series altamente recomendables para maratones netflixeanas:

  • Breaking Bad
  • Grand Hotel
  • Marginal
  • Sherlock
  • Velvet
  • Outlander
  • El Ministerio del tiempo
  • Velvet Colección
  • The affair
  • El tiempo entre costuras
  • Homeland
  • House of cards
  • Sense 8
  • Vis a Vis
  • Las chicas del cable
  • Merlí
  • La Catedral del mar
  • Grey's Anatomy
  • The Fall
  • The Crown
  • Rita
  • Vikingos
  • The Good Wife
  • Mad Men
  • La casa de Papel
  • Le chalet
  • Black Mirror
  • Stranger Things
  • Fariña
  • El Barco
  • Mar de plástico
  • Call de midwife



Se aceptan recomendaciones.

Saludos a todos los zombies que puedan leer esto (si tienen tiempo). JA

lunes, 14 de mayo de 2012

Historia de mis adicciones


La música

 
No podría precisar el momento exacto, el recuerdo más añejo data de mis cinco o seis años.  Nos recuerdo a mi hermana y a mí bailando en bombacha y zuecos de corcho en el patio de mi abuela, al compás de algún vinilo de colores editado por el programa de tv auge del momento.  Canciones pasatistas y comerciales, pero super pegadizas que incitaban a revolear los huesos aunque uno fuera una momia.  Recuerdo el aparato, un Winco regalo de alguna Navidad o Reyes.  Una cosa semi-portátil del tamaño de una caja de guitarra, que constaba de un parlante y una bandeja giradiscos.
Para la misma época, aprendía los primeros acordes de alguna balada de Roberto Carlos, en las clases de guitarra del colegio.  Y como si esto fuera poco, castigaba el piano de la casa de mis abuelos paternos, leyendo pentagramas con cara de erudita.  Recuerdo haber jugado con el “combinado” de mis abuelos.  Un mueble gigante que tenía una radio y una bandeja giradiscos y espacio para guardar los pesados discos de pasta con grabaciones de jazz y música clásica que el abuelo nos ponía para darle tregua a su castigado piano.

Luego vinieron mis otros abuelos de viaje, y con ellos una bandeja giradiscos portátil color naranja rabioso, del tamaño de una cartera que yo llevaba de aquí para allá con el multiúnico disco simple que tenía en ese momento (la banda sonora de la peli “El Golpe”).
Mi papá fue quien supo alimentar mi adicción desde el vamos.  Y por suerte me expuso a música que no hubiera conocido si no me la hubieran entregado servida en bandeja, en bandeja giradiscos claro está.  Jazz, bossa nova, blues, tango, folklore, rock, reggae; cualquier colectivo me dejaba bien.  Ya a los diez años podía cantar la mayoría de las canciones de Toquinho y Vinicius en un perfecto portugués y traducía con avidez las letras de las canciones de Los Beatles.  

Para mis doce años, la música se había convertido en una adicción.  Algo que no podía esquivar ni postergar.  Algo que me transportaba a lugares felices, me inmunizaba de aquello que me disgustaba y me servía de evasión cuando la realidad no era la más divertida del mundo.  Recuerdo haber pasado horas con el dedo morado sobre la tecla “REC” en un vano intento por capturar completa aquella canción deseada que la radio mezquinaba o pisaba obligándote a comprar el cassette o el long play.  Eso, si uno tenía la suerte de que el locutor habilitara los datos del cantante, de lo contrario iba a pasarme horas escuchando la radio para hacerme del dato que pudiera juntarme con esa melodía que me cansaba de cantar en la ducha.
Llegaría entonces el radio grabador y la pila de cassettes con compilados de horas y más horas de grabaciones de radio con temas que me ponían a bailar sobre la cama y cantar disfrazada con los camisones de mi vieja y un colador haciendo las veces de micrófono.  Días enteros tirada en la cama escuchando Bee Gees, Peter Frampton, Sui Generis o María Bethania (si, siempre fui de lo más ecléctica).

Con la llegada del Walkman pude darle rienda suelta a mis gustos y escuchar a todo volumen aquello que me daba vergüencita porque no estaba de moda.  ¿Qué persona de 14 años escuchaba a María Creuza o Frank Sinatra en pleno auge de Génesis o Kiss?  Así fue como aprendí a despuntar la clandestinidad del vicio que había tomado posesión de mi alma.  Y fui por más.  Le saqué a mi viejo sus auriculares profesionales y los enchufé a su super equipo de música mientras me daba con altas dosis de Supertramp, Paul Williams y una Rapsodia Bohemia de Queen cuya pista erosioné hasta el cansancio.  Escuchaba y caminaba.  Escuchaba y bailaba. Y así fue como depilé la alfombra del living de mi casa hasta el cáñamo.  Enfrascada en ese mundo lleno de acordes y colores mi vida era una película de Spielberg.  Todo era mejor, todo tenía sentido; la fantasía se apoderaba de mi cabeza para llevársela lejos de ese tercer piso del barrio de Caballito donde mi familia se iba disgregando de a poco.  Recuerdo haberme dormido con el walkman en las orejas en el volumen más alto, para tapar las voces de mis padres que discutían hasta altas horas de la madrugada.  La música era mi refugio, mi remedio, mi panacea.

Mis primeros ahorros fueron a parar a un disco de vinilo.  Luego vinieron más y más.  Cruzaba el parque Rivadavia para sumergirme en las góndolas de la disquería de la esquina de Rivadavia y Campichuelo; con un puñado de billetes y monedas fruto de algún regalo de cumple o simplemente de la cartera de mi abuela Vicenta.  Seru Giran, Gilberto Gil, Stevie Wonder, Rod Stewart…cualquier disco era mejor que una pilcha o un par de zapatillas.  Dinero mejor invertido no había, a mi criterio.
Entonces mi papá desembarcó con un órgano Yamaha y un profesor de música a domicilio.  Convencido de que mi facilidad para escuchar era directamente proporcional a mi capacidad para arrancarle un acorde armónico a algún instrumento, me dejó en manos de un señorito de 23 años al que mi hermana y yo volvimos literalmente loco.  Cuando se percató de que las clases no daban absolutamente ningún fruto en clave de sol y el profe se divertía de lo lindo con nosotras, decidió cambiar por algo más radical y enciclopédico.  Entonces apareció un señor bigotudo de unos setenta años y un aliento a caballo muerto que voy a recordar hasta el fin de mis días.  Dotado de una mecha cortísima y un carácter de mierda, el Señor “Nomeacuerdosunombre” incrustaba sus tres dedos del diámetro de un salamín tandilense en tres teclas del piano mientras vociferaba “LAAAAAAAAAAAAAAA”.  Recuerdo ese “LA” porque detrás de esa nota venía una onda expansiva de olor a riachuelo que me tumbaba.  Era preferible hacerlo bien de entrada, para que el profe no tuviera que volver a gritar el acorde deseado.

Nunca pude aprender a tocar nada demasiado bien.  Volví a incursionar en la guitarra con idénticos magros resultados.  Me conformé pensando que mis dedos eran demasiado cortos para un FA que requiere las falanges de Largo (el de los Locos Addams). Pero nunca pude abandonar mi adicción a la música.  Ella me acompaña desde siempre.  En las pelis y sus bandas sonoras que he comprado sin asco.  En las series donde se la utiliza como un protagonista más y que en muchos casos me ha ayudado a descubrir bandas y cantantes; pirateando como he podido desde el Ares, el Torrent, Taringa, Napster y cuanto sitio de descarga gratuita se haya inventado en este mundo.  He empeñado mi alma para comprar entradas para un recital, he vendido pulseras de oro para comprar una edición limitada de la discografía completa de Pink Floyd (y no me arrepiento), he pasado noches enteras sin dormir auto infringiéndome dosis masiva de ocho horas non-stop de música. 
El amor por la música fue tal, que quise inculcarle a mi hijo desde el vamos, la gratificante sensación de escuchar una melodía bien escrita y ejecutada.  Recuerdo haberle puesto auriculares a una panza de siete u ocho meses de embarazo para que mi hijo pudiera escuchar a la Vargas Blues Band conmigo.  Tuve el hijo perfecto heredero de tanta pasión musical, un socio y compinche a la hora de compartir canciones y recitales.  Ahora con dieciocho años es el quien me arrastra kilómetros de arena incandescente para participar de un concierto de reggae playero.  Demás está decir que nunca he ofrecido resistencia alguna.

Y así fue como llegamos al 2012, a quinientas canciones guardadas en dos pen drive de 4 GB.  En una pc con 2 terabytes de memoria para poder almacenar dos millones de canciones, como tesoros de un barco pirata en altamar.  La música me acompaña cuando voy a trabajar, cuando vuelvo de trabajar, cuando me voy a dormir, cuando salgo a pasear, cuando lavo ropa, cuando me enamoro y cuando sufro por amor.  Bailé “Stay” de U2 con mi hijo de meses a upa y lo filmé a los tres años jugando con sus juguetes un 25 de diciembre al son de “Fill me up” de Linda Perry.  La música está en mi casa por todas partes.  Cuatro cajas llenas de vinilos, una pared del piso al techo tapizada de cd’s, más de una docena de cajas de cassettes que nunca pude tirar y una guitarra en el escritorio a la que nunca pude sacarle dos notas dignas de ser escuchadas.

El tema que mi hijo escuchaba antes de nacer…



miércoles, 31 de agosto de 2011

VIDRIERA VIRTUAL


FACEBOOK: Nuestro utópico rincón en el cyberespacio


El face fue concebido por un visionario pendejo que la embocó o conocía muy bien la tela con la que está fabricado el ser humano.  En sus orígenes, este sitio fue diseñado para acercar gente en una Universidad, levantar minas y favorecer los encuentros sociales entre estudiantes (o por lo menos así lo mostraron en la película, que a mi entender, no estaba tan buena como para el Oscar).
Supe ser usuaria del Myspace, precursor de las redes sociales que lo sucederían con el tiempo, hasta que mis jóvenes amiguitas y mi hijo me empujaron al face.  No ofrecí demasiada resistencia, si no estabas en face no existías, mis amigos virtuales y no virtuales habían migrado dejando foros, fotologs y otros sites desolados.
Así fue como desembarqué en el rostrolibro, al principio un poco mareada con tanto bombardeo de aplicación, invitaciones a eventos, cumpleaños, actualizaciones de estados ajenos y la mar en coche.  Pero luego le encontré el gustito.  Reencontrarme con mis amigas del exterior, poder ver fotos de sus casas, la decoración de sus árboles de Navidad o conocer cada detalle de sus vidas en tiempo real me pareció fascinante.  Entonces llegó el día en que caí en la cuenta de que el face era un trabajo agotador;  que para contestar y cumplir con todos los mensajes, flores, tarjetas, inbox y comentarios de mis fotos necesitaba un día de 48 horas o licencia por sobredosis de virtualidad.
Empecé a ponerme paranoica por los dos mil alertas que leía en los muros sobre posibles virus, phishing, niños desaparecidos, abuso de fotos familiares, sustracción de identidad, uso de datos personales por el FBI, perros mutilados, falsos contactos, pedófilos al acecho de los niños de la familia, estafadores, etc.  Hice lo que hicieron varios.  Limpié a los doscientos cincuenta contactos y me quedé con tan solo doscientos cuarenta y nueve.  Me dediqué a bloquear a los sospechosos y a revisar una y mil veces la configuración de privacidad.  Estaba tan privada que me aburría como un hongo.  Entonces me desprivaticé un poco.
Luego me bombardearon con jueguitos, granjas, peceras y la reputamadre que lo parió al que alguna vez me envió una invitación a poner un colegio o plantar zanahorias virtuales.  Me borré sistemáticamente de todas (perdón si los ofendo pero era un costo muy alto de mantenimiento).
Después vino la onda de mandar flores, chocolates, osos de peluche, vibras, vibradores, corazoncitos, bebidas alcohólicas y afines.  Si no devolvía las atenciones me sentía una perra del infierno.  Así que dediqué media hora diaria facebookiana a la devolución de gentilezas, de esas que nunca pude degustar porque los chocolates virtuales saben a la nada misma y el alcohol “Face” no alivia ninguna pena (aunque cada vez que me lo enviaron supe agenciarme unos centímetros cúbicos del de verdad para no desentonar con la generosidad internetiana).
Como si esto fuera poco, comencé a recibir invitaciones a participar de marchas por: “la no construcción de la ruta 159”, “la aparición con vida del Lagarto Juancho”, “manifestación de apoyo al Intendente de Las Toninas”, “el digamos NO a las fábricas de zapatos con plataforma”, “el día del aire libre de partículas de rebelde volcán cordillerano” y cuanta protesta se cruzara por mi camino.
El día que derrapé y casi termino en la colonia Montes de Oca fue cuando intenté poner en práctica todos los consejos leídos en muros, lecciones de vida de videos diseminados en cuanto perfil clickeaba o cuando intenté esa posición de yoga cuya foto colgó una amiga junto con una inspiradora frase de Dalai Lama.  Ese día volqué…literalmente.  Todavía me duele el pómulo derecho que amortiguó la caída.

Entonces hice un “despeje de X”: ¿Para qué quiero Facebook?  ¿Para qué quiere la gente Facebook?
Lo mío fue sencillo.  Quiero pelotudear con mis compañeros de trabajo, ver fotos de sus familias, leer actualizaciones sobre los artistas que me gustan y compartir música.  El resto al tacho…mejor dicho…a la papelera de reciclaje.

Estos últimos días me dediqué más a la lectura de otros perfiles que a la participación activa.  Y ahí me dí cuenta de un puñado de cosas:

1.       La gran mayoría miente.  O muestra una verdad a medias.  O se fabrica una vida digna de la vidriera donde la exhibe.  Pocos son los que muestran una foto donde les cuelga la carne de la busarda luego de un guaso asado.  Rarito es encontrar una imagen de una pareja cagándose a gritos o revoleándole una silla al pendejo de once años que se niega a pasar por la ducha.  Nadie pone la foto de la madre despiojando a sus críos o de la abuela con la bombacha colgando entre las piernas.  No ví a una sola mina con ruleros, ni a un tipo con el peluquín en la mano.  Las fotos son todas dignas de una publicidad de medicina pre-paga.  Todos juntitos, en la playa, agarraditos de la mano en tierna actitud familiar.  Aunque después de esa foto él se haya comido a la vecina, ella a la Psicopedagoga de los chicos y el hijo mayor a la mucama.  Verás lo mejor de mí…o no verás nada.  Ese parecería ser el lema del sitio.
2.       Detrás de la farsa que la mayoría sostiene y que reza “sed tolerante, amable, regala sonrisas, esparce generosidad, ayuda al prójimo aunque sea de color negro, homosexual o socialista” existe una horda de intolerantes que son capaces de degollar al que osó expresar diplomáticamente, una opinión política diferente.  Se cagan a puteadas en los comentarios de un muro tratando de “zurda”, “negra cabeza” “ándate por donde viniste, yegua” a quien confiesa ser docente y haber votado a quien ella cree es lo mejor para el país.  Sí, son esas mismas damas que se pavonean asistiendo a cursos de Pedagogía barata y comprando libros de Psicólogas marketineras que les enseñan qué hacer con la docena de hijos que tuvieron y que las tienen de rehenes en sus propias casas, o qué color de corpiño comprarse para hacerse atender por maridos que están agotados de encontrarse con una loca histérica que no para de gritar porque el más chiquito no pudo aprender a restar ni con un simposio de profesores particulares.
3.       El Facebook aleja a los que uno quisiera tener cerca y acerca a los que uno quisiera tener lejos.  Convengamos en algo: ¿quién no ha hecho la firme promesa de “juntarnos toditos” el tercer viernes de cada noviembre para evocar nuestras desventuras estudiantiles? Resulta que terminás cenando con gente que viste todos los días durante tres años, hace veinticinco pero no tenés cinco para ir al Geriátrico a ver a tu abuela…que te cambió los pañales, te dió el almuerzo todos los días de tu vida y vive a cinco cuadras de tu casa.   También me permito señalar a aquellas personas que se cambian el nombre en el perfil porque Facebook les acercó a la jauría de acreedores que no están dispuestos a condonar las deudas, novios despechados, amantes olvidados y a aquel terapeuta que sabe a ciencia cierta que sos una mentira ambulante (y encima le pagaste para desnudar tu alma impura).
4.       Todos, absolutamente todos buscan algo.   Dinero.  Sexo. Fama. Consuelo.  Say no more.  La que no te vende ponchos de telar o clases de shantala, te quiere coger o cogerse a algunos de tus contactos.  Está el que quiere promocionarse como chef posteando fotos de sus platillos o su clip de música de garaje.  Y está el que busca empatía, mimos, diciéndole a todo: SI.  Si, estuviste genial.  Si, yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo.  Si, vos podés.  Sí, tenés razón.  Sí, yo te apoyo. Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
5.       El famoso “me gusta”.  ¿Qué te gusta?  ¿Te gusta que en esta foto estoy más viejo que vos?  ¿Te gusta que Cerati está en coma hace un año? ¿Te gusta que me guste que te gusta la música barroca?  ¿Y si no me gusta?  ¿Qué hago, me aprieto un dedo con la puerta y posteo la foto de mi cara de dolor?  ¿O chupo un gajo de limón y escupo las semillas sobre el teclado?  Supongo que el botón “no me gusta” no existe para evitar expandir el caos y acreditar el odio que muchos sienten por tal o cual programa, libro, personaje o comentario…después de todo es una red social diplomática para gente civilizada, buena, sociable y educada.   Esa misma gente que arma un grupo de “Odio a tal Intendente o Muerte a Fulanito líder de agrupación musical”.
6.       Facebook es un arma de destrucción masiva.  Como hay gente que no tiene paz y si la tiene no la valora, se dedica a hacerle la vida miserable al resto de los mortales.  Subidos al caballo de la estatua (si, ese que no te lleva a ninguna parte) de la “ética”, “buena vecindad”, “solidaridad” y “ciudadanía”; arman un sitio de protesta por cada potencial problema que ven a su alrededor.  Y si no hay se los crean, para creérselos y destilar su odio juntando firmas virtuales contra: el dengue-el perro de la calle-el arroyo no entubado (ahí radica el problema, es la falta de entubación)-el mal gusto del tender del vecino-las minifaldas de las quinceañeras-las tetas operadas de las amigas- los amantes del prójimo-la vida sexual del cura de la parroquia-la vereda del Banco-el móvil policial que no acude al centésimo sexto simulacro del mes-el cambio del sabor de la bebida Cola y cualquier compañía prestadora de servicios que ose toparse con estos ejemplares ejemplificadores que apuntan con el dedito índice a aquellos que no estén dispuestos a presentar batalla en pos de un mundo mejor.
7.       Facebook es el emporio del chisme.  Cualquier persona con un poco de Jorge Rial en las venas se hace un festival digno de un mosquito en un banco de sangre, con los perfiles del face.  Sobre todo  de aquellos que no han sabido configurar la privacidad o deliberadamente desean que una flota de voyeuristas se toque mirando sus fotos y de paso se entere y propague por sus centenares de contactos que a vos, si a vos, te leyeron proclamando que viste a la mamá de Kevin comiéndole la boca al papá de Jonathan en el parking del cole de tus hijos.  Estás en el horno, lo peor del caso: el pez por la boca muere. Tu  comentario no se borra porque está en el muro de Susanita, donde ya existían otros dos millones de comentarios, PESCADO!  Aunque lo borres les llegó por mail.  Comprate una peluca y unos Ray Ban bien oscuritos!
8.       Facebook te delata.  Despiadado, el muy hijo de puta te pone en evidencia.  ¿Qué hacías a las diez de la mañana colgando videos de Roger Waters?  Esa pregunta pronunciada por tu Jefe es una de las más hermosas cosas que van a sucederte esta semana. La segunda ocurre el sábado: vas a colgar tu frasecita ingeniosa y TODOS tus contactos se van a percatar que ese día miraste Sábado Bus en pyjama tomando sopita con semillas de lino y chateando con “Fabulorgasmic Dick” en alguna sala para mayores de…treinta? ANDÁAAAAAAAAAAAA! Ni que hablar de las fotos como evidencia de sucesos que no deberían haber sucedido.  Oops…no te invité a mi cumpleaños??????????  Lo peor del caso es que recién me dí cuenta cuando etiquetaba las fotos…señal de que siempre te he adorado.  O la consabida: ¿Porqué cornos habré colgado esa foto en la que le estoy succionando la boca a una de mis ex con tal mala leche que al etiquetarla, el face entendió que Alejandra (actual) y Alexia (ex) eran la misma persona? (esto dicho por un compañero de trabajo me hizo atragantar hasta sacar Crush por la naríz.  O esa foto incriminadora en el Cerro Uritorco, fumando chala, buscando ovnis cuando en realidad, se suponía, estabas sepultando a tu abuelita…para deleite de RRHH.
9.       El contacto verdadero, ese que existe cuando dos personas se miran y se tocan, se huelen como los perros frotándose las panzas.  Ese tiende a desaparecer.  Ahora el amor prodigado virtualmente es más higiénico y mucho más top.  Encima no tengo que salir de casa.  Te puedo amar por mail, prodigártelo en tu muro, bosquejar palabritas escritas con Alt+3 y enviarte cientos de caritas para que vayas tomándole la presión a esta relación intensa que llevamos…por…face?  Vale lo mismo un saludo de felíz cumple en el muro que dos o tres apretujones bien dados y el típico tirón de orejas?


La verdad es que no sé que sea mejor.  Me gusta mirar fotos, me gusta ver videos, compartir canciones que me vuelven loca y recomendar películas.  Pero no cambiaría por nada los besos de lengua bien mojados, un buen apretón de culo, un hombro mullido y caliente para apoyarme cuando estoy triste, el consejo de alguien que me mira a los ojos diciéndome la verdad aunque duela…y el sabor de los chocolates que se derriten en la boca.

Los veo en el face!!!!!!!!!!!!!!!!! LOL