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viernes, 3 de julio de 2015

HEMBRARIO FASCÍCULO II



Cómo reconocer qué tipo de hembra eres


LA “PAVO REAL” egocentrismo en estado puro

Esta Diosa creció convencida de que es la última Coca Cola del desierto.  Si tuvo la suerte de nacer con un poco de belleza y un par de tetas o un culo descomunal, la egocéntrica dedicará sus días a sumar adeptos, amistades, admiradores, fans y el aplauso de quienes tengan el agrado de toparse con ellas.  Están convencidas de que todos los tipos están detrás de ellas y que todos buscan ese culo con lo cual a corta edad aprenderán a sacarle jugo a esa situación obteniendo los beneficios que la situación devengue.  Si no pueden lograr captar la atención de alguna persona, van a hacer lo indecible para hacerlo.  Desde fingir enfermedades hasta ponerse una bikini de hilo dental, cualquier excusa es buena para adquirir un séquito de adeptos a sus caprichos y mañas.  Desde tierna edad suponen que están destinadas a un futuro sensacional que incluye todo lo que desean de las vidas de los demás.  Viajes, autos, ropa, hijos rubios y perfectos, un cuerpo para el pecado, autos importados, casa con pileta y un marido para partirlo como un queso.  La realidad es que nada las conforma y si se casan con alguien que no les puede brindar todo eso, asoman la cabeza de la madriguera buscando algo mejor.  Suelen ir por la vida vestidas para matar mostrando lo que tienen para ofrecer aunque generalmente se sometan a sacrificios de dietas y gimnasios para mantener el cuerpo, que en sus cabezas, les pueda traer todo aquello con lo que sueñan.  Aquello que sueñan muchas veces tiene que ver también con el ingreso a un determinado círculo social al que no pertenecen porque no les da el pedigree, pero como maestras de la simulación sabrán adquirir las formas de aquellas mujeres de la alta sociedad que pululan por la vida con ropa importada, sus vidas de Revista Hola y su característica manera de hablar. Volverán locas a sus parejas exigiendo todo lo que creen merecer y se encularán sobremanera si no se los dan, así que suelen contraer matrimonio o hacer pareja con pollerudos a los que les hacen la vida muy miserable porque no les tienen paciencia a los hijos, les aburre cocinar (ellas nacieron para princesas monegascas), les jode lavar ropa y su vida transita alrededor de la queja.  Eso sí, para el afuera van a fingir un presente perfecto que por supuesto harán trascender en las redes sociales empapelando sus muros de fotos del culo, la figurita vestida para salir, las sandalias nuevas, el hijito rubio perfecto, y varias tomas de frente/perfil/perfil americano y cuanta pose quinceañera exista en el rostrolibro.  Empecinadas en luchar contra el reloj, las egocéntricas se piensan que pueden ganar la batalla y se convencen a tal punto que se visten como se visten sus hijas y nueras.  La minifalda y las calzas no abandonan el guardarropas ni en la puerta de los cincuenta años.  Es muy común que usen el pelo largo ensartando a pendejos que se muerden la lengua antes de piropearlas cuando caen en la cuenta que detrás de esa blonda cabellera rubia y lacia hay una “vieja” que salió a hacer su rutina diaria de bicicleta o jogging.  Adictas al gimnasio, se matan frente al espejo a tal punto que se saben las rutinas de memoria y bien podrían suplantar al profesor.  Siempre en primera fila y con la vista clavada en ellas mismas, las egocéntricas buscan impedir la caída del culo y de las tetas aparte de quemar las grasas de ese asadito que se lastraron con culpa.  Fans de la gaseosa light y el chicle de menta (suelen tener mal aliento porque viven a dieta), se alimentan exclusivamente a lechuga, pollo magro sin piel y gelatina light.  En la cama, y a pesar de venderse como Diosas sexuales a quienes quieran creerlo, van bien para atrás porque el sexo no es su pasatiempo favorito.  El orgasmo se les escapa por culpa del antidepresivo que toman en cantidades industriales y sus traumas con respecto al esquema corporal las inhiben a la hora de dejarse llevar y disfrutar de la vida en pareja.  Otro aspecto que cabe destacar es su doble discurso ya que se autodescriben como abnegadas esposas, madres y laburantes pero odian con todo su ser al tipo que tienen al lado, les jode soberanamente tener que laburar y detestan que sus hijos rompan sus sagradas rutinas de asoleo al borde de la pileta, la lectura de la Cosmopolitan o sus tés verdes con galletas de arroz que les permiten entrar en el talle más pequeño de la marca de moda.  Pero en las redes sociales se venderán como santas patronas del hogar y el matrimonio, escribiendo poesía pastelona para el padre de los críos o ríendose de situaciones de la vida cotidiana que odian sobremanera pero que disfrazan hábilmente con tono de sorna.  Nerviosas rayando la histeria, cualquier evento de la vida cotidiana las saca de quicio.  La rotura del lavarropa las puede llevan al Manicomio y un vidrio sucio a terapia intensiva.  Pretenden que la familia levite sobre los pisos para no mancharlos y que no abran la heladera para que la gelatina light se solidifique antes de mediodía o Dios sabe qué desgracia podría suceder.  Profesan un amor incondicional hacia su propia persona y emplearán todo su tiempo libre para satisfacer las necesidades propias, que siempre tienen que ver con la mirada del otro y la opinión que los demás tengan de ellas.  Publicarán escritos kilométricos plagados de mentiras y plagios, recetas sacadas de alguna columna de autoayuda de alguna revista leída en la peluquería; buscando despertar al séquito de obsecuentes que no solamente se traga su vida idealizada, también están en la búsqueda de alguien que las arranque del riguroso paso del tiempo y el oprobio de las tareas cotidianas.  Llegada la edad de la madurez, la egocéntrica descubre con estupor que todos los consejos leídos en las revistas Sofía, Para Ti, Gente, Cosmopolitan y Caras no le han servido para nada.  El culo es inexistente, las tetas dos chicles usados y las arrugas le han dejado un lindo acordeón epidérmico.  Es ahí cuando desesperan y salen a la loca búsqueda (no ya de un hombre) sino de algo que pueda ayudarlas a llamar la atención en reemplazo del culo imán que supieron portar a los dieciocho años.  Se ocuparán entonces de leer algo un poquito más extenso que una revista de modas, para tener algo de vocabulario y aprender a evitar las faltas de ortografía que las acompañan desde que aprendieron a escribir con lápiz negro y buscarán algún otro reemplazo como la victimización constante sobre eventos de la vida que a todos los mortales les tocan pero que en el caso de la egocéntrica le vienen como anillo al dedo para dar rienda suelta a una diatriba que la tiene siempre como centro del tsunami y a las verdaderas víctimas como victimarias de esta pobre infeliz que no sabe cómo hacer  para seguir estando en el centro de la mirada ajena.

LA BON VIVANT

Este espécimen fue concebido para el disfrute, Dios la tocó en el hombro y le dijo “sabrás sacarle el jugo a la vida”.  Y así fue como llegó a este planeta esta fémina que se levanta sonriendo porque cada día tiene algo especial deparado para ella (y por ella misma).  Si no es el día de su programa de tv favorito, es el día que se va a encontrar con compañeras de la secundaria para ponerse al día, o el día dedicado a devorarse ese libro que tanto le recomendaron.  Se autogestiona la felicidad en volquetes, se ama tanto como para darse todos los gustos.  En la cama tiene clarísimo lo que quiere y no tiene ningún reparo en pedirlo (a los gritos si es preciso).  Si va al mar, lo más probable es que se la vea permanentemente barrenando olas con el pelo hecho una maraña para disfrutar de una cerveza o un daiquiri cuando cae la tarde.  No se priva de nada, si gana dinero se lo tira todo encima, pilchas, sushi, carteras, viajes…lo que la haga felíz.  Generalmente son personas apasionadas que alimentan algún hobby.  Tejer, leer, escribir, pintar, hacer maratones de sus series favoritas, el cine, la cocina, la música; cualquier excusa es buena para pasarla de diez.  De risa fácil y sonora, la bon vivant se la pasa todo el día buscando todo aquello que la haga felíz.  Son las típicas personas que no tienen miedo de comer el huevo por romper la cáscara, le buscan el costado bueno a todo.  Se pasan fotos de chongos tuneados por grupos cerrados de Facebook, comen baldes de pochoclo en el cine aunque engorden y no se suicidan si adquieren unos kilos de más en las vacaciones, la vida ha sido diseñada para gozarla y ellas jamás le dicen que no a un waffle de dulce de leche o a un kilo de helado al borde de la pileta.  Generalmente se agrupan con mujeres de idéntico criterio, siendo muy común encontrarlas en manadas girando por restaurantes, cafés y casas de amigas riéndose de anécdotas totalmente intrascendentes pero divertidas.  Son las que se animan al karaoke, las que no le tienen miedo a una foto de cuerpo entero en la playa (con rollos y todo) y cuyo lema es “no dejes para mañana la porción de lemon pie que puedes lastrarte hoy”.  Dotadas de un optimismo a prueba de bala, las bon vivants se cagan de risa de las noticias que presagian desastres y si se viene el tormentón con granizo primero buscan la cámara de fotos antes que el trapo para tapar el auto.  Sociables y amenas, las bon vivants aman recibir gente, les encanta llenar la mesa y cocinar para un batallón.  Se pueden pasar toda una mañana amasando o una noche decorando tortas o rellenando matambres.  El alcohol es el aliado ideal de las bon vivants, quienes saben qué vino pedir, aman el champagne y las cenas con velas.  El tipo que las acompaña es un bon vivant o aprende a serlo gracias a ellas.  Si de helado hablamos, porqué pedir un vasito si se puede pedir un cuarto kilo? (es una pregunta frecuente que se hace la que ama la buena vida).


LA RELIGIOSA

Esta fémina ha sido educada en colegio religioso o bien se ha convertido a la fé de adulta, presa de alguna crisis personal que la hace aterrizar de narices en un templo/iglesia/mezquita, etc.  La religiosa se pasa de mambo, no le alcanza con participar de los rituales dominicales que su religión le exige; necesita hacer el doble o más.  Y eso se traduce en intentar inculcar sus creencias a todo el que le preste la oreja más de dos segundos.  Munida de varios ejemplares de libros religiosos, pelará “la palabra” en cuanto lugar se le permita darse vuelta para meter la mano en la mochila.  No contenta con esto, reenviará todas las imágenes benditas y todas las cadenas que se le crucen por el camino.  Se debate entre hacer lo que dice el libro sagrado o soltar a la rebelde amordazada que vive en su cuerpo en busca de los placeres de la carne, de la bebida y de la vida en su conjunto.  Quiere y cuando pisa el palito la consume la culpa.  Y si se queda con las ganas junta bronca de tal intensidad que es capaz de hacer funcionar una central termonuclear.  Su MP3 solo contiene música religiosa, su habitación está tapizada de imágenes sagradas y hasta su auto tiene estampitas, medallas y estatuitas del su objeto de devoción.  Suelen usar corpiño sin aro, ropa interior de algodón color blanco y polleras por debajo de las rodillas.  No pueden socializar con gente que esté fuera de su Iglesia, por lo tanto es difícil emparejarlas; les encantaría formar familia pero la religión es una traba a la hora de conseguirse un macho que se aguante dos años sin ponerla hasta contraer nupcias.  A la religiosa le gusta el cine, pero cuando va a ver una de terror con el diablo como protagonista duerme con un rosario en cada mano hasta que se olvida de lo que la horrorizó en el cine.  En el trabajo anda repartiendo estampitas y oraciones del libro sagrado a quien se le acerque a pedirle la abrochadora o el toner de la fotocopiadora.  Si no se casa pronto, la idea de ser abducida por un señor portador de pene erecto las espanta de tal manera que no vuelven a abrir las piernas hasta el día del juicio final.

LA ABNEGADA MADRAZA

Esta mujer se inmola en pos de la continuación de la especie.  No se sabe a ciencia cierta si le encanta el sexo o simplemente la agarran desprevenida y su exacerbada fertilidad  contesta al toque al llamado de la naturaleza.  Suelen parir más de tres, algunas llegan a los diez.  Generalmente los tienen seguiditos, cosa de hacer de la crianza una tarea titánica.  Embarazadas del cuarto, le despegan el chicle del pelo al de cinco mientras le embocan la mamadera al de dos y evitan que el de tres se suicide desde el último anaquel de la biblioteca. Durante su período fértil se abstendrán de usar maquillaje y el jogging será su uniforme de batalla.  Con las tetas rozando el piso, cuando no con uno o dos críos pendiendo de los pezones, la madraza sonreirá como un zombie manifestando con orgullo que ama ser madre.  Y es lo más probable, de lo contrario no se explica que una mujer pueda pasarse casi dos décadas eternamente embarazada, amamantando, pariendo o embolándose en cuatrocientas reuniones de padres en la escuela de sus retoños.  La madraza no come comida caliente, ni se sienta para comer.  No duerme dos horas seguidas desde que vivía en la casa de los padres, y para ducharse tiene que encerrarse con todos los críos en el baño a sabiendas de que va a perder varios cosméticos en el intento.  La mamita de libro vive cansada, se arrastra por la vida con la horda de críos que trajo al mundo y cuando le preguntan qué anticonceptivo usa dice que se cuida con el método de los días jajajaja.  El auto de la mamita es una rural destartalada llena de migas de galletitas dulces, patitas de Mc Donald’s del año pasado, muñecas descabezadas, pelotas de futbol desinfladas, botines, pintorcitos, mochilas llenas de papeles destrozados y vómitos secos del año de la escarapela.  El marido siempre le promete que le va a cambiar el auto, pero justo cuando van a dar la seña ella descubre que está embarazada por sexta vez con lo cual la compra se pospone.  Los consultorios de los pediatras son su hábitat natural y el médico la atiende en automático porque todos sus críos sufren de laringitis y otitis a repetición.  Así que la mamita deambula del pediatra a la farmacia con un charco de mocos que se desliza como lava ardiente desde su hombro a lo largo de su espalda mientras el crío enfermo descansa acurrucado a upa de una mujer exhausta que espera su turno en la farmacia para comprar el centésimo frasco de ibuprofeno de la semana.  Si existe algo admirable en estas mujeres, es que a pesar de tener dos manos, se desempeñan como si fueran pulpos que pueden atrapar una olla con agua hirviendo en el aire, un pendejo que se tambalea en el descanso de la escalera o el jarrón de la abuela que el bebé agita dando pataditas al mueble que lo contiene.  Desvalorizadas, estas mujeres pasan por la vida como si ésta fuera un pentatlón.  Cuando terminan de criar al último comienzan a cuidar a sus nietos.  Y cuando terminan con los nietos los hijos la llevan al Geriátrico.

LA HIPPIE

La hippie tiene una huerta orgánica.  La hippie sabe tejer con telar, toca la quena y hace yoga.  La hippie suele ser vegana y le taladra la cabeza a toda la familia con videos de vacas y pollos torturados.  Ella se alimenta a brotes de soja, pan integral, galletitas con cereales y se sabe al pie de la letra todas las propiedades de las semillas de lino y chía.  Anda con las crines por la cintura, es incapaz de pasar por la peluquería.  El pelo será cortado por una pareja, por ellas mismas u otra amiga hippie.  Suelen vestirse con ropa importada de la India, sandalias chatas y en invierno como un hombre que vive en La Quiaca.  La música que escuchan varía entre el chill out, la música celta y el folclore.  El yoga es una de sus pasiones aunque también son la astrología, el horóscopo maya, el reiki, la meditación, la acupuntura, las predicciones con runas, los inciensos a los que les atribuyen poderes sanadores y las revistas de alimentación naturista.  No pisan el consultorio de un médico salvo que se estén muriendo, ellas son acérrimas defensoras de la medicina homeopática.  Aunque los hijos saquen mocos por las orejas, los van a atiborrar de gotitas de preparados, polvitos y energía positiva salida de sus propias manos.  No les interesa la política ni las grandes cuestiones, sus vidas son sus bibliotecas repletas de libros de Osho, Deepak Chopra y sus manuales de cocina vegana.  No planchan y lavan a regañadientes, consideran que eso les quita tiempo de lo que realmente importa, lo trascendental, la meditación y la observación de la naturaleza.  Tienen maridos que bancan sus excentricidades porque ellas están buenas, buenísimas y en la cama suelen ser creativas y espontáneas.  No tienen miedo a experimentar y con la cuestión de los aromas y esencias pueden crear un ambiente favorable para una noche inigualable.  Si la pareja está consolidada, él le dará el gusto de llevarla de paseo a Cuzco para conocer el Machu Pichu a cambio de que ella se deje arrastrar por las calles de París (ciudad que no le atrae para nada).  La hippie ama los animales, suele vivir en un zoológico casero y acepta toda mascota en peligro, aunque ésta fuera una boa pitón desorientada porque no encuentra su rumbo a casa del adolescente que la compró de zurda en Misiones.  A la mañana, con el saludo al sol, la hippie es seguida por un centenar de miradas en sus estéticos movimientos.  Son sus quince perros, veintidós gatos, treinta y cinco pajaritos, cuatro tucanes, doce loros, dos iguanas, tres cobayos y siete hamsters, todos hambrientos esperando que la señora de la casa termine con su rutina de yoga para alimentarlos.  A la noche, cuando el marido llega a casa puede que se encuentre con un caos de dimensiones espectaculares.  Nueve de la noche, el pollo congelado arriba de la cocina, la tarea sin hacer, los chicos sin bañar, las camisas sin planchar, el lavarropas vacío al lado de una pirámide de ropa sucia y toda la familia subida al techo de la casa con el telescopio esperando ver la lluvia de estrellas que anunció National Geographic en su página web.

LA ADICTA AL TRABAJO

La adicta al trabajo suele ser Contadora o Abogada.  No contenta con sus trece horas fuera de casa visitando clientes o Tribunales, esta señora de traje sastre, taquitos aguja, impoluto maquillaje y peinado digno de la mujer de Supersónicos, se enfrascará dos horas más en la reunión de la comisión directiva del country o barrio cerrado donde vive (aterrorizada por los robos y los secuestros extorsivos).  Además de eso da clases en la Facultad, en su tiempo libre corrige parciales, participa activamente de las reuniones de padres del colegio de sus hijos, es la presidenta del consejo de padres del colegio y de la cooperadora del hospital de su municipio.  Se pasa la vida contestando mails con dos bolsas de té frío en los ojos para descongestionarlos.  Sube a sus tacos a las siete de la mañana y se baja no antes de las veintidós horas, siempre impecable, siempre perfecta.  De caligrafía y ortografía implacables, es de la que todavía usan la cartita, el post it y la tarjeta de cumpleaños.  Su letra es firme y decidida como sus convicciones.  Participa activamente en política, es apasionada de sus decisiones y siente la compulsión de convencer al resto de los mortales de las ventajas de votar a su candidato.  Los hijos no la emocionan demasiado, ha procreado para darle el gusto al macho que las acompaña pero, a pesar de querer a sus crías, le aburre sobremanera armar rompecabezas de veinticinco piezas o mirar películas de Disney.   A ella le encanta el cine y le encantan los bohemios.  Si fuera por ella se iría corriendo detrás del actor de la última obra que vio o del que hace trencitas en la playa.  En realidad le gustaría recuperar su libertad, la que perdió cuando se casó casi por obligación con el Ingeniero que le impone reglas ridículas con respecto a la seguridad de rejas y ventanas además de ser un ejemplar adicto al trabajo tanto o más que ella.  En el sexo son aburridas como fideos sin queso si están con el marido pero suelen ser una caja de sorpresas con un amante furtivo (amantes que siempre tienen bien escondidos y jamás confesarán porque es la llama que las mantiene vivas en esa vida gris y fría que han sabido gestionarse).  Son las típicas que se buscan alguna excusa para no volver a casa temprano, se ofrecen para acompañar a alguna amiga a hacerse un estudio o atienden clientes hasta altas horas de la noche con tal de no volver a ese hogar que las aburre en demasía.

LA BELIGERANTE

La beligerante está en pie de guerra desde que la cazaron del cogote y la arrancaron de entre las piernas de la madre.  Sus alaridos se escuchaban en todo el piso de la Maternidad, la minita quería salir cuando a ella se le cantaran las pelotas, y es obvio que no era en ese momento.  De ahí en más la beligerante entrará en guerra con el universo en su conjunto.  Su pasión es el debate, la contienda, el conflicto, el disenso, la queja, y la visita diaria al abogado.   Porque la beligerante tiene juicios con todo el mundo.  Su blanco principal son las empresas prestadoras de servicios, los vecinos, los médicos que la atendieron, las empresas para las cuales trabajó, los maestros de sus hijos, las escuelas de sus hijos, el intendente y la fábrica de su auto.  Nadie está a salvo, la beligerante tiene que hacer conocer su descontento y expresará su disconformidad en foros, mails, revistas, diarios, cartas de lectores y cuanto medio tenga a mano.  Generalmente tiene razón y por su terquedad y persistencia consigue que le devuelvan el dinero que le cobraron de más, le arreglen el auto sin poner dinero, le cambien el lavarropas que anda mal, la recompensen con pasajes aéreos gratis por los graves inconvenientes que tuvo durante el último vuelo y le otorguen becas a sus hijos en el colegio por las serias deficiencias edilicias del mismo.  No se cansa de ir al correo a despachar cartas documento y siempre está atenta al celular que le devolverá la llamada del mecánico del auto que llorando a moco tendido le suplica que no haga pública su queja por el cable que le dejaron suelto en el service dado que peligra su puesto de trabajo.  La gente le teme, saben que con ella no se jode, si te gusta el durazno bancate la pelusa, esta pelusa es dinamita en polvo.  El marido suele mirarla de reojo aprobando sus embates porque sabe que de proferir algún sonido en contra corre peligro de perder partes importantes de su anatomía.  Los hijos la alientan porque ven en ella un adalid de la justicia, una especie de super héroe al que todos debemos apoyar si deseamos vivir en un mundo mejor.

LA NO SABE NO CONTESTA

Esta mujer es la reina de la discreción y la prudencia.  Valores en desuso, si los hay, estos rigen la vida de esta mujer que prefiere reírse haciéndose la boluda antes de quemarse abriendo la bocota.  Es la que nunca aporta chismes relevantes de esos que hacen que todas las mujeres de la reunión giren la cabeza como lechuzas para escuchar el último chisme que arde.  Generalmente se ríe nerviosamente intentando olvidar lo que ha escuchado y es probable que lo comente exclusivamente con su pareja.  Eso sí, sabe vida y obra de todo el mundo porque si existe algún punto a favor de esta mujer es que sabe escuchar.  Ella escucha y guarda todo.  Está todo en algún recoveco de su cerebro, solamente su círculo íntimo de amigas o su pareja tendrán acceso a esos contenidos de vital relevancia para una comadre de feria con ganas de hacerse un festival de la vida ajena.  Si se le hacen preguntas directas contestará con evasivas o aguardará a que alguna distraída lleve la conversación hacia lugares menos comprometidos.  Suspirando de alivio, la susodicha utilizará la maniobra de la boca llena; es muy probable que ante la repregunta directa sobre algún aspecto del que ella no quiere soltar prenda, se lleve una torre de sándwiches de miga a la boca balbuceando una respuesta indescifrable que hará que la cháchara vire de dirección nuevamente salvándola por segunda vez.  Cuando las papas queman, la señora en cuestión invocará una cita impostergable con el odontólogo y saldrá arando como rata por tirante dejándolas a todas con las ganas de saber eso que ella jamás quiso contar.

LA PAYASA

La payasa es un corso a contramano.  Se aprende los chistes de memoria para tirarlos en la primera reunión que la tenga como protagonista.  Suele olvidarse de los finales, pero está tan llena de desparpajo que la rema riéndose a carcajadas, logrando contagiarle la risa a su auditorio.  El gen de la vergüenza no está en su ADN, simplemente no le vino, así que pedirle que no haga papelones es una auténtica utopía.  Los amigos, que la conocen, saben que ella es así; pero en reuniones con gente nueva queda como la desubicada que cuenta chistes con groserías y de alto contenido sexual ante un grupo de gente que incluye los hijos del matrimonio anfitrión cuyas edades van desde los diez a los diecisiete años.  La payasa toma dos sorbos de champagne y sus carcajadas se escuchan desde el jardín de la casa del vecino.  Se sabe que llegó porque cuando se encuentra con sus amigas da saltitos y pega unos alaridos insalubres para el oído humano (como los de las quinceañeras en los recitales de Justin Bieber).  Cualquier anécdota que cuenta la payasa es divertida porque aparte de recitarla la actúa.  Así que para los que tienen el privilegio de escucharla, esta mujer es una rutina de stand up ambulante.  Desde la cita con el pediatra de los chicos hasta la visita del plomero, contadas por esta mujer resultan altamente hilarantes.  Pero su humor no se limita a fiestas y reuniones, suele hacer cagar de risa a los padres de los compañeros de sus hijos en las reuniones del colegio descolgándose con un “perdón Fulanito, tu hijo no mirará televisión pero en el patio me contó con lujo de detalles el revolcón que se pegaron los de la novela de las diez, anoche”.  También son frecuentes las risotadas en los negocios donde compra la payasa, la están esperando con el mate a cambio de un par de chistes que le levantan el ánimo a los comerciantes que la atienden.  En la ferretería se descostillan con sus salidas, ya que es muy común que vaya en busca de algún artículo cuyo nombre desconoce pero para llegar a él hará estallar de la risa al vendedor describiendo el “cosito” en cuestión.  Suelen tener de pareja a payasos como ellas, señores que parecen serios pero que le siguen el tren tirando un chiste cada dos segundos.  Pareja divertida, si las hay…

LA HIPOCONDRÍACA

Esta mujer no va a vivir en paz jamás.  Todo lo que padecen los que la rodean, le pasa o le pasará en algún momento.  Se parece al Camaléon de la película “Zelig” de Woody Allen.  Si está con una mujer que acaba de superar un cáncer de seno, lo más probable es que se pase una semana amasándose los pechos con las dos manos buscando bultos, manchas, durezas o cambios significativos en la dermis de sus tetas.  Si se cruza con alguien que estuvo con alguien que tuvo meningitis correrá a vacunarse y a vacunar hasta al perro además de probar su fotofobia, su rigidez de nuca y tomarse la temperatura cada quince minutos (todos síntomas que leyó en internet).  Si le duele un costado, se convence de que tienen apendicitis y si le dicen que no, que es del otro lado, se convence de que tiene un quiste en un ovario o alguna rara enfermedad que la dejará postrada por años.  Si sus hijos tienen fiebre es capaz de resucitar al Doctor Favaloro para preguntarle si no es un virus malísimo en el corazón y puede que busque la manera de poner a sus hijos en lista de espera en el INCUCAI para un corazón nuevo por si las moscas.  Si lee en la revista dominical sobre algún síndrome o la enfermedad de Alzheimer, lo más probable es que saque turno con un neurólogo para hacerse todo tipo de pruebas.  Le tienen terror a la enfermedad, un simple resfrío les parece neumonía y una tos seca un cáncer de pulmón.  No les gustan los chequeos, le tienen terror a abrir el sobrecito con los resultados de laboratorio y, si por alguna de esas casualidades, algún valor no estuviera dentro del rango de referencia son capaces de hacer un testamento y regalar todos sus efectos personales convencidas de que están sentenciadas a perecer en menos de un mes.  Lo más probable es que mueran de viejas, de muerte natural, preguntándose porqué desperdiciaron la vida haciéndose problema por algo que nunca sucedió.

lunes, 22 de junio de 2015

MI MAMÁ Y YO (UNA HISTORIA DE AMOR DE A DOS)

HOMENAJE A MIRTHA ALICIA TRIANGELI (mi vieja)

Mi vieja era un bicho solitario e independiente.  Hasta que el cigarrillo no comenzó a cobrarle facturas, se manejaba relativamente sola.  Fue el ejemplo vivo del Ave Fénix.  Supo recuperarse y reinventarse para apechugar las palizas que la vida le había deparado.  Caprichosa como pocas y terca como una mula, mi vieja se salía con la suya y tenía la tenacidad para sobreponerse a cualquier situación desfavorable que le tocara en suerte.  Siempre admiré la capacidad de recuperación a la adicción al alcohol, vicio difícil de combatir como pocos; ella salió de Alcohólicos Anónimos no solamente curada, además con novio.  Mi viejo la había dejado, enamorado de su empleada de ese entonces, ahora su esposa y madre mis dos hermanos menores.  Mi viejo, un confeso enamoradizo en sus años de juventud, no le hizo la vida fácil a mi mamá; además de ir tras su hobby (el automovilismo) que lo alejaba de casa con frecuencia.

Recuerdo la pena que me dio mi mamá cuando me contó que habían ido a una fiesta y mi viejo no la había sacado a bailar.  Son esas cosas que quedan grabadas a fuego en la cabeza, vaya uno a saber por qué.  Pero de esa se repuso, y luego de varios años de alcoholismo, recuperada y con amor nuevo se dedicó a disfrutar de su vida con intensidad.  Fueron años donde llovieron las invitaciones a viajes, restaurantes, vacaciones y todo lo que mi madre nos pudiera dar con el dinero que había heredado de su padre.  Estando de novia del padre de mi hijo, me quedé en casa mientras mi vieja se fue con mi hermana de gira por Europa.  Demás está decir que trajeron las valijas llenas de ropa, cosméticos y bijouterie para un regimiento.
El dinero de mi abuelo salía de varias empresas que se fundieron; cuando quedé embarazada de mi hijo las empresas estaban tecleando.  Mamá viajó a Miami y Nueva York con mi padrino y su mujer.  Recuerdo que mi hermana estaba embarazada de su segundo hijo, el primero (mi ahijado) tendría unos dos años y monedas.  Pagó sobrepeso de equipaje porque en cada una de esas cinco valijas había ropa para vestirlos a los dos más todos los que vinieron después (dos hijos de la cuñada de mi hermana, mi hijo y varios más).  Juguetes no les faltaron, mi vieja compraba lo mejor de lo mejor; mientras tuvo dinero no bajó la luna pero casi.  Y cuando se quedó sin nada, jamás entró a nuestras casas con las manos vacías.  Porque las empresas se fundieron, los socios la jodieron feo, los compradores de las propiedades dejaron de pagarle y mal aconsejada se asoció con más chorros que le sacaron lo poco que le quedaba.  Igualmente se dio el lujo de prestarle dinero a mi cuñado para abrir una sucursal de su confitería.  Mientras tuvo dio y perdió, porque nadie devolvió.

Entonces mi mamá reinventó otra mujer, una laburante a full que caminó las calles del microcentro y se metió en los lugares más recónditos del Gran Buenos Aires haciendo gestoría del automotor en forma hiper profesional.  Tal es así que fue contratada por una gran Compañía de Seguros para realizar las bajas por robo.  Cuando me separé la primera vez del padre de mi hijo, no lo dudó un instante, me llevó a trabajar con ella para ayudarme a pagar las cuentas.  Tenía mucho trabajo y se deslomaba hasta tarde preparando los trámites del día siguiente.  Así y todo, no había fin de semana que no viniera con un Fiat Duna destartalado a ver a mis sobrinos y mi hijo en cuanto acontecimiento escolar, familiar o religioso tuvieran.  Siempre corriendo, siempre al borde del desastre porque su auto era un peligro y manejando era Fangio versión femenina.  Pero siempre aparecía.  Muchas veces se quedaba a dormir en mi casa y me hacía compañía cuando mi compañero de ese momento estaba en Marte, de viaje, encerrado trabajando o durmiendo.  Mi casa era el lugar donde mi mamá se juntaba con sus nietos, que ya en la pre adolescencia le rogaban que les enseñara a jugar al truco o al póker.  Ella tenía su manera de vincularse con ellos y aunque fuera por un peso, la timba era el aglutinante entre abuela y nietos.

La pareja de mi mamá había fallecido unos años antes y su vida se resumió en laburo, fines de semana en casa para ver a la familia y no mucho más que eso.  Hasta que me divorcié, entonces se convirtió en mi compañera inseparable.  Para escucharme, para contenerme, para ayudarme con dinero o darme el auto para que pudiera ponerme a laburar y sostener a mi hijo.  Entonces nos hicimos amigas con todo lo que eso implica, peleas para alquilar balcones y llamados telefónicos interminables para contarnos todo.  Salíamos al cine, a cenar, al teatro y a vacacionar juntas.  Cabe destacar que en una oportunidad, todavía casada pero sin posibilidades de salir en verano por la economía familiar, mi vieja me invitó a uno de los hoteles más caros de Mar del Plata…lo recuerdo especialmente porque fue la primera y única vez que mi hijo se subió a un avión.  Instaladas allí, a los pocos días apareció mi hermana con su familia, mi mamá pagó el hotel para todos.  Lo aclaro porque se ha tildado a mi vieja de egoísta y de rompe huevos, pero mientras tuvo para dar todos aprovecharon la volteada.  Lamentablemente ese mensaje se les pasó a sus queridos nietos, a quienes ella amaba y falleció quedándose con las ganas de verle la cara a su primera bisnieta.

Mi mamá siempre tuvo un lugar en mi mesa dominical, una cama en mi casa; yo también he sido recibida compartiendo cama matrimonial con ella toda vez que me reunía con amigas en Capital o simplemente arreglábamos para almorzar un domingo en su barrio y de paso sacar a pasear a mi abuela.  Hasta que conocí a mi actual pareja, siempre estuvimos juntas a pesar de un par de agarradas de pelos como toda madre e hija.  A mi vieja le encantaban el sol y la pileta, así que soñaba con ser invitada a la pileta de mi hermana, cosa que a veces se complicaba ya que mi cuñado decía que mi vieja le rompía las pelotas y su casa era sagrada.  De todas formas, a veces se le daba y podía nadar en esa pileta, de lo contrario se conformaba con la mía de lona.

Cuando mamá empieza con problemas económicos y de salud, se hizo imperioso salvar su departamento de las deudas y comprarle un lugar para vivir cerca de sus hijas.  Hicimos una doble operación mudando a mi abuela y a mi vieja a un departamento a cinco minutos de nuestras casas (mi hermana y yo vivimos en casas linderas).  Entonces mi vieja dejó de trabajar y el mundo que conocía hasta ese momento se desvaneció.  De repente se encontró encerrada en un lugar ajeno a todo lo familiar, con una madre con demencia senil que hacía desastres y sin motivos para salir a la calle.  También se liberó del stress de la vida laboral cotidiana, pero visto a la distancia, su mundo eran su laburo, su barrio, sus cafés en la esquina y los tres o cuatro negocios que frecuentaba en Barrio Norte.  Acá, cerca nuestro comenzó a depender de remises para ir a tomar un café y ver pasar gente, su deporte favorito.  De alguna manera quedó confinada a un lugar de difícil acceso con una rampa de ladrillos que cada vez se hizo más jodido subir por su pierna más corta fruto de polio infantil.  Cobrando una pensión no contributiva, sin el amparo de una obra social adecuada y con una hija (yo) que laburaba doce horas por día y otra que laburaba cinco la cosa se le hizo cuesta arriba.

Mi abuela se puso peor, la ingresamos en un Asilo para ancianos, mi vieja debió sobrevivir con la pensión exclusivamente y la ayuda que pudiéramos brindarle para sus gastos extras.  Así empezó el ocaso de su vida.  Perdió el interés en cocinarse, de arreglar su casa y la vida se redujo al cafecito del pueblo y la televisión (siempre le gustó en cine).  Sin embargo, con mi pareja la llevábamos a pasear, no hubo un solo fin de semana que no viniera a casa o nos acompañara a la casa de mi suegra.  Pascuas, Días de la Madre, nuestros y sus cumpleaños, Navidades y Fines de Año siempre la tuvieron como invitada; gracias a Dios mi pareja viene de una familia donde la gente mayor es venerada y mi vieja no fue una excepción para él.  Le refaccionó un placard (que ella amaba) para mudarla a la planta baja de su casa porque sus piernas comenzaron a fallarle y no podía desplazarse con facilidad, mucho menos trepar una empinadísima escalera.  Además le colocó todos los artefactos eléctricos, espejos, cuadros, estufas, accesorios de baño y hasta le arregló el termotanque.  Atento como pocos a las necesidades de una suegra que con la edad se puso quisquillosa y ñañosa; mi vieja siempre tuvo ayuda nuestra para todos los problemas cotidianos.  Y jamás le faltó el afecto de mi nueva familia de tres, conformada por mi hijo y mi pareja.

En octubre del 2014 mi hermana y yo la llevamos al médico porque comenzó a tener serios problemas para desplazarse e incontinencia.  Todos nos aconsejaron llevarla a un Geriátrico.  Cabe destacar que mi mamá fue una fumadora empedernida hasta cuatro años antes de irse de este mundo.  El cigarrillo la mató de la manera más cruel que uno pueda imaginarse.  No alcanzaron esos cuatro años de abstinencia de nicotina, el daño estaba hecho.  La irrigación sanguínea a la pierna afectada por la polio era nula.  Era el principio del fin.  Mi hermana solicitó una vacante en el asilo de Capilla del Señor donde todavía vive mi abuela.  El médico admisor debía dar su visto bueno.  La subimos al auto engañada y descubrimos con horror que tenía una cuchilla de cocina en la cartera por miedo a que la encerráramos.  A mí ese episodio me hizo ruido en la cabeza, en el momento rabia y luego comprensión y compasión.  Demás está decir que el médico sentenció un rotundo NO al ingreso en el Asilo por la franca resistencia de mi vieja a ser internada.
En noviembre del 2014 mamá queda internada por una falla seria en una de sus piernas, salió de esa internación en silla de ruedas y pañales.  Mi hermana, que suele ahogarse en un vaso de agua unas cuatro veces por día, me puso a buscar Geriátricos por toda la zona.  El bombardeo por mail, teléfono y personalmente rayaba con el acoso.   Fui a visitar un lugar recomendado en Campana, sin ir a verlo me dijo que estaba de acuerdo y la llevamos engañada un domingo lluvioso de fines de noviembre.  Nunca me voy a olvidar ese día.  Le pregunté a mi hermana “te gusta?”, me respondió “no, pero otra no hay”.  La ingresamos y mi mamá gritaba suplicando que por favor no la dejáramos ahí, sin cartera, ni celular ni nada que se le parezca.  Mi hermana agarró su cartera y se fue a los cinco minutos, yo me quedé una hora intentando convencerla que era simplemente un centro de rehabilitación.  Me hizo acordar a la adaptación que uno hace con los hijos en el jardín de infantes.  La dueña del lugar me hacía señas para que me fuera, pero no podía dejarla en esas condiciones, hacía contorsiones sobre una hamaca para intentar desplazarse camino a la puerta.
Cuatro días después la fui a ver.  Le llevé su cartera y el celular cargado.  Le dí instrucciones al personal para que lo mantuvieran cargado.  Me la encontré en un sillón mirando Piñon Fijo a las 9 o 10 de la mañana, tristísimo si uno se pone a pensar que a mi vieja en ese momento la cabeza le funcionaba perfectamente bien, miraba noticieros, novelas y tenía una fuerte opinión política.  Miré a mi alrededor, una señora durmiendo sobre su rodilla flexionada babeando.  Un hombre aferrado al pie de una cama aullando “venime a buscar”, otra mujer durmiendo en un sillón enroscada en una pesada frazada en un día super caluroso.  Varias mujeres sentadas en sillas de ruedas con la vista perdida y la vida resumida a un plato de algún menjunje pegajoso servido en un plato frente a sus narices.  Nunca me voy a olvidar de las lágrimas de mamá corriendo a borbotones por sus mejillas y estallando en el pantalón negro que le habían puesto.  La alegría de verme fue tan grande que me retorció el corazón.  Pedí prestada una silla de ruedas y me la llevé a tomar un café cargado apenas cortado con espuma, como a ella le gustaba, en una panadería de Campana.  Le pregunté cómo estaba y me dijo que eso era un loquero.  Le hice una promesa, le dije que en cuanto terminara de pintar y arreglar una habitación en mi casa para ella la iba a traer a vivir conmigo.  Así tiró quince días, hablando permanentemente por teléfono conmigo y contándome los horrores que vivía día a día en ese lugar.  Le comuniqué a mi hermana que tenía intenciones de traerla a vivir conmigo y literalmente se desquició.  Todavía me gustaría saber por qué, nada le pedí, al contrario ya que se ahorraría la diferencia abismal que existía entre la pensión de mi vieja y los honorarios del asilo.  Una amiga de mi hermana me vino a ver y ratificó mi percepción, mi mamá no estaba lista para estar en un asilo de ancianos.  Consulté a amigos, familiares y tuve cien opiniones en contra de traerla conmigo.  La más vehemente fue la de mi hermana, quien adujo que iba a destruir mi pareja y la relación con mi hijo.  Pero mi amiga Laura, que ama a sus padres, y su cuñado Gonzalo, en una mañana de diciembre me dijeron que mi mamá se iba a morir más rápido en un lugar así y que ellos jamás harían eso con sus padres.  Luego vino la conversación con mi pareja, que lejos de hacerse las valijas y tomarse el palo, me dijo “hacé lo que tu corazón te diga y no escuches a nadie más”. 

Eso fue lo que hice y jamás me voy a arrepentir de lo que tuvimos en los últimos cinco meses de su vida.  Mi hermana, quiso persuadirme varias veces en forma de mail, celular y personalmente hasta que le manifesté la decisión tomada y la fecha: 22 de diciembre de 2014.  Esa mañana, a las ocho en punto me tocó la puerta y me dijo “listo, acá tenés la tarjeta para cobrarle la pensión, estas son las facturas de su casa, de ahora en más me desentiendo”.  Dicho esto último, nunca más la ví hasta marzo.  Mi pareja fue a la pinturería y ese mismo día, a la noche, el cuarto denominado “la habitación del pánico” por mi hijo y yo (depósito de máquinas de cortar pasto, herramientas y restos de mudanzas de toda la familia) se convirtió en una hermosa habitación para recibir a mi mamá.  Cuando mi hermana me preguntó por qué había tomado esa decisión, le dije que no había tomado ninguna, simplemente no tenía opción.  Algo en el medio del pecho me impedía abandonarla a su suerte en un loquero rodeada de caras extrañas, y más teniendo la firme convicción de que se avecinaba el fin de su vida.  Un EPOC en fase terminal estaba arrasando con su vida, no quería que se fuera de este mundo mirando caras desconocidas.

Y así fue como mi mamá se convirtió en mi hija.  Alguien a quien bañar, cambiar los pañales, encremar, peinar, curar heridas, cargar a upa en el auto y atender como a una nena de cuatro o cinco años.  Lo primero que hice fue ponerme en campaña para jubilarla y así afiliarla a PAMI (obra social de jubilados de Argentina).  Lamentablemente reboté en dos oportunidades, con todo el esfuerzo que implicaba subirla y bajarla del auto para sentarla en una silla de ruedas alquilada que pesaba mil kilos.  Tuve que hacer treinta kilómetros en dos meses consecutivos, parando el tránsito y haciéndome ayudar por la policía para poder bajarla del auto en pleno verano y con un calor insoportable.  La segunda vez me desmayé de la impotencia.  Lloramos abrazadas cuando nos rebotaron la segunda vez pero volvimos a casa y a una rutina donde fueron frecuentes las charlas, la novela turca, los panqueques de dulce de leche y hasta breves caminatas con bastón que le permitieron meterse en enero a la pileta (que mi pareja y yo mandamos hacer por nosotros pero más que nada por ella).  Mi hijo, que opuso resistencia al principio, me ayudó a cargarla, a subirla a la cama cuando se cayó, a cargar tubos de oxígeno y a atenderla cuando yo no estaba; me llena de orgullo pensar en esto y poder expresárselo en estas líneas.  Nuestra vida transcurrió de médico en médico, todos en forma privada, hasta tanto pudiera afiliarla a la obra social.  Su salud se fue deteriorando de a poco, pero llegó a tener unos buenos cuatro meses de comida casera (le encantaba lo que yo cocinaba), de risas compartidas con mi pareja que es un payaso y solía escupirme semillas de uva cuando yo miraba obnubilada a Onur junto con mi vieja.  Hice incontables esfuerzos para que comiera cuando comenzó a perder el apetito, podía cocinarle panqueques de dulce de leche a las diez de la noche si manifestaba un antojo por alguna cosa.  La llevé al Psiquiatra pensando que un pozo depresivo podía ser la causa de su falta de apetito.
En todo momento, mi viejo y su esposa me ofrecieron su ayuda; lo mismo sucedió con amigas que viven en el exterior y otras que viven en distintos puntos de la Argentina.  Se tejió una red de solidaridad que me permitió atenderla y ayudarla.  Mi viejo me traía los remedios porque su esposa los conseguía en el consultorio médico donde trabaja. Festejamos Navidad y Año Nuevo en mi casa, sin contar siquiera con una fugaz visita de mi hermana, que viviendo a escasos veinte pasos no pudo o no quiso venir a darle un beso a sus padres.  Pasamos todo el verano las dos solas, tomando té, conversando, mirando programas de chimentos y por supuesto la novela turca que luego, estando internada, le contaba sintetizada en la escasa media hora de visita de terapia intensiva.

A medida que fue complicándose su salud, requirió mayores cuidados y dejó de caminar definitivamente.  Mi hermana comenzó a visitarla en mi ausencia, cuando mi mamá quedaba al cuidado de una asistente y en marzo vino a pedirme disculpas por su comportamiento.  Me trajo un regalo de cumpleaños tardío (mi cumpleaños es el 4 de diciembre pero ya en ese entonces había dejado de hablarme porque no estaba de acuerdo con mi decisión de traerla a vivir conmigo).  Mientras mirábamos “Relatos Salvajes”, película que le había contado en detalle a mi vieja porque tenía muchas ganas de verla y al fin conseguí en dvd, le pedí que le limara las uñas mientras yo cocinaba el almuerzo.  En ese entonces mi vieja había comenzado con un eczema cutáneo bastante fuerte que derivó en una consulta al médico y posterior internación.  En esos primeros días de marzo luchó contra una infección urinaria en el único riñón sano y estuvo dos veces en terapia intensiva.  Más que nunca me comprometí a cuidarla, no me aparté de su lado jamás, hablé con médicos y enfermeras para que la atendieran como corresponde y hasta los amigos de mi hijo le entregaron una carta al Senador provincial de mi pueblo para solicitarle me ayudara con la jubilación y afiliación a Pami de mamá.  Este hombre me ayudó muchísimo, cuando mamá salió de esa internación vinieron a tomarle las firmas en mi casa para jubilarla, además de hacerme contacto con el Director del Hospital San José a quien le voy a estar eternamente agradecida por la contención y la atención brindadas a mi madre y a mí.

Mamá salió peor de lo que estaba, casi sin movilidad, había que alimentarla y darle de beber en la boca.  Además le recetaron oxígeno permanente, gracias a la intervención de la Jefa de la Sala de Primeros Auxilios, me dieron los tubos en forma gratuita cada 48 horas (que es lo que duraban, aproximadamente).  Ahora el cuidado se hizo mucho más estricto, no se la podía dejar sola por más de media hora.  En ese momento sentí que mi nena se había convertido en casi un bebé.  Recuerdo haberle pisado el puré para dárselo en la boca, o desgranar una galletita o un chocolate para ponerle los pedacitos en la boca con la mano.  Todas las noches, desde que llegó a casa, después de medicarla (obligarla a tomar los remedios y contestar todas las preguntas sobre la indicación de cada uno), la arropaba y nos quedábamos conversando hasta que le venía el sueño.  Entonces me despedía con un beso en la frente y ella me contestaba “gracias, gracias, gracias”.  Siempre tres veces gracias.  Se vé que se sentía a salvo y la comprendo.  Si hay algo que jugó de entrada como variable en esta ecuación, fue la empatía por su estado.  No hubo momento en el que no me pusiera en su lugar.  ¿Con qué derecho habíamos usurpado su casa? ¿Con qué derecho habíamos decidido pasar por encima de sus pertenencias decidiendo qué se regalaba, qué se tiraba y qué se conservaba? Gracias a Dios, pude rescatar muchas cosas de su departamento, que le traje a su habitación.  Le mostré prenda por prenda y collar por collar.  Su amado tapado de piel y sus ínfimos corpiñitos con aro y relleno que siempre me llamaron la atención por lo diminutos porque la única de la familia con dos tetas grandes fui yo (siempre nos reíamos de eso).

Con una primer bisnieta en camino, en el mes de marzo la dejé sola dos horitas para ir al baby shower de la novia de mi sobrino.  Le traje dulces, torta y chocolates.  Le dí de comer en la boca mientras fantaseábamos con la idea de tener la bebé a upa, mi vieja estaba muy ilusionada.  Con la bigotera de oxígeno puesta, una escara sacra del tamaño de una papa chica y una pierna complicada con dos dedos necrosados, su salud iba en franco deterioro.  Sin embargo su humor en casa era bueno, era evidente que prefería estar en aquí.  Cuando salió de la internación de marzo, mi hermana se pidió una semana de licencia en su trabajo para ayudarme a atenderla.  Pero lamentablemente tuve que echarla de mi casa porque sus apoteóticas caras de culo, que son su marca de agua personal, no solamente no ayudaban, restaban.  Ya vivíamos una tragedia, si uno está en un lugar donde no desea estar, la cosa se complica doblemente.  Ese día llegó con el camisón sobre un pantalón de jean, una cara de furia que haría palidecer el sol y se deslizó por la pared de la habitación de mi mamá hasta quedar sentada en el piso.  Recuerdo haberle dicho que no necesitábamos esa actitud, acompañándola de un brazo hacia la puerta. Sus primadonismos y actuaciones no eran propicios en una situación tan delicada.
La herida de mi vieja fue de mal en peor, la retención de líquido la puso difícil de manejar.  No podía cambiarla sin ayuda, contraté a otra persona para que me diera una mano por las tardes.  Esa señora me falló y encima el médico a domicilio me sugirió rotarla (además de medicarla con una batería de cosas y artículos de ortopedia carísimos, algunos de los cuales me los prestaron amigas o el Rotary Club).  Entonces una mañana fui a buscar a mi hermana para que me ayude a rotarla para higienizarla (fundamental dada las condiciones de su herida).  No solamente no me atendió, se encerró en su habitación.  Espié por la ventana de la cocina, vi su notebook abierta con la cartera junto a la bolsa de chicles y caramelos light que consume en cantidades industriales desde hace tres décadas.  Entré por atrás.   Le dije que me llevaba la computadora y la cartera a casa, que viniera a retirarlas y de paso me ayudaba con mamá.  Estando parada justo en el marco de la puerta, me arañó el brazo derecho donde colgaba su cartera, y con la otra mano desde atrás me quitó la notebook de las manos.   Días después me entero que le dijo a su familia que yo le había pegado y le había destrozado la computadora.

Mi madre termina internada una tercera vez, ella no quería y me lo dijo “prefiero morirme en tu casa”; pero los cuidados que ahora necesitaba eran profesionales y no me encontraba en condiciones de brindárselos.  Con la promesa del ingreso a un asilo para ancianos en el mismo hospital, mi cuñado convenció a mi pareja de llevarla al hospital nuevamente.  Esa mañana la cambié, le puse el mejor camisón y fui en la ambulancia con ella, de la mano, asegurándole que era para curar la escara y volveríamos.  Ya en el hospital tuvimos que esperar seis horas para que la pasaran a una habitación que no abandonaría en cincuenta días consecutivos de internación.  No había lugar en el asilo, pero la escara era grande y necesitaba cirugía; quedaría internada hasta resolverla.  Pasó por quirófano y lo que antes tenía el tamaño de una papa chica ahora tenía el tamaño de una naranja grande.  Los dolores eran terribles pero mamá se aferraba a la vida con uñas y dientes.  La alegría de encontrarse conmigo todas las mañanas, los dulces que le llevaba, la sal de ajo que le compré para sustituir la sal que consumía en cantidades industriales y los mimos que compartimos me llenan el corazón.  No le soltaba las manos, intentando memorizar la forma y textura de sus dedos, sus uñas, sus palmas tan hambrientas de afecto y de amor.  Nos hicimos confesiones enormes, nos prodigamos amor a mansalva.  Le pedí perdón por las veces que le contesté mal o la ignoré porque me contaba sus míticas peleas con la compañía de telefonía celular.  Le dije mil veces lo buena madre que fue con nosotras, su incondicionalidad inclusive durante su enfermedad, su amor y su generosidad.  Colaboré en el baño y curación de sus heridas con la enfermera de la mañana y rezongué porque me echaban de la habitación las enfermeras de la tarde para cambiarle los pañales mientras escuchaba los gritos ensordecedores de mi vieja gritando “Paulaaaaaa Paulaaaaaa!”.  Durante cincuenta días me pasé doce a catorce horas al lado de ella, poniéndole trocitos de chocolate en la boca, acariciándole la cara, mirándola a los ojos, dejándola recorrer mi cara con los suyos…memorizándonos una a la otra.  La besé como nunca la había besado en mi vida, le dejaba rosarios de besos desparramados desde la frente hasta el mentón.  Me pasé horas mirando y fotografiando su cara y sus manos, pasándole crema a su cuerpo seco, regulando el manómetro del oxígeno o simplemente nebulizándola.  He llorado por los pasillos silenciosamente, ensuciando los delantales de médicos y enfermeras con el rímel de mis pestañas cuando decidimos con el Director del hospital realizar cuidados paliativos.  Ese día, cuando me informaron que no saldría de esa internación recuerdo haber sentido que el mundo se me venía encima, sola por los pasillos tomando decisiones unilaterales, siempre sola.  Estuvo un mes sufriendo dolores insoportables a pesar de la morfina.  Aferrada a la baranda de la cama, mientras le colaban siete u ocho sobres de azúcar sobre la herida (que ahora tenía el diámetro y profundidad de un plato hondo) gritaba “prefiero morirme”.  Un mes después de comenzar con la morfina y luego de haber recibido la extremaunción con el párroco de Capilla, a quien agradezco la gentileza de haberse acercado apenas lo llamé, los dolores eran insoportables y las alucinaciones de las drogas aún peores.  Ya no disfrutaba de la tele, ni de la comida, se enojaba conmigo y en momentos de lucidez no solamente me pedía disculpas, me ha dicho infinidad de veces “te amo”.  Tuve la suerte de captar esos momentos con el celular, mi vieja no fue una mujer toquetona ni cariñosa, el amor lo demostraba de otras maneras.  Pero verla en ese estado, tan desesperada de cariño, de cuidado y tan dependiente (habiendo sido todo lo contrario), pudo hacer más y más profundo el vínculo madre e hija que tuvimos durante nuestras vidas.

Recuerdo cuando era chica, estar en el patio del colegio preguntándome si mamá habría llegado a verme participar del acto escolar.  Cuando escuchaba su tos seca de fumadora sentía un alivio y una alegría muy difíciles de describir.  Paradójicamente, esa tos de tantos cigarrillos fumados la llevó a ese estado donde el oxígeno no llegaba a curar la herida que terminaría con su vida.  Así fue como el Director del hospital me encontró llorando por los pasillos, a escondidas de mi vieja, sola desde el principio de este viaje y me ofreció hacerle una vía central para darle morfina y algún sedante más fuerte para que no sintiera dolor.  Así lo hicimos una semana antes de su partida, le hicieron la vía y las enfermeras esperaron un tiempo prudencial para que mi hermana viniera, temiendo que fuera la última vez que la viera despierta…nunca sucedió.  Una semana después, todavía alerta y dolorida, seguí el consejo de José Luis y le recé a la Virgen del Carmen.  No me quedó Santo ni Virgen por invocar, sabía que estaba pidiendo que se la lleven, pero ver sufrir a una madre es una de las cosas más tristes que te puede tocar en la vida.  Otra vez el Director del hospital me encuentra llorando por los pasillos y me ofrece llevarla a terapia para darle una sedación más profunda.  Acepté y le agradecí.  Eso fue un viernes.  El sábado al mediodía le di de comer en terapia, quise rezar con ella y no me dejó “me da miedo” dijo.  Me pidió que trajera mi auto y la llevara lejos de ahí porque eso era una cárcel.  Otra vez le hice masajes en las manos edematizadas por el suero y le llené la cara de besos.  Varias veces me dijo “sos mi cuidadora especial”.  Me fui y volví el día siguiente, domingo 31.  Me advirtieron que estaba dormida porque había manifestado mucho dolor. Dormida aproveché para susurrarle oraciones al oído y pedirle que fuera en busca de su papá, mi abuelo Guillermo y de su amor Juan Carlos.  Volví a rezarle a la Virgen del Carmen y le desparramé besos en el mentón y en el pecho.  Me fui a las 14 horas.  A las 17 me avisaron que había partido.  Volví a verla, quise verla y volví a besarla pero ya despidiendo a mi querida madre a la que había soltado tres horas antes para que emprenda su viaje al cielo.

Las únicas flores que tuvo mi vieja en el funeral las compró mi pareja, las únicas lágrimas derramadas fueron las mías y las de mi viejo.  Mi hermana decidió arbitrariamente no dejar asistir a nadie ni avisarle a su familia política, así que únicamente vinieron algunas de mis amigas, la prima de mi viejo y amigos de mi hijo.

Unos días después fui a retirar las cenizas, que voy a llevar a su adorada Mar del Plata, ciudad que amaba y donde fue muy feliz.  Pasé por el Asilo a ver a mi abuela, obviamente no le conté nada, simplemente lloré en su hombro.  Una compañera me preguntó el motivo y le contesté, me dijo que mi abuela la había nombrado a Mirtha muy seguido, (previamente quise llevarla a ver a mamá al hospital pero mi vieja se negó rotundamente).  De todas formas mi abuela no conoce a nadie, ya casi no ve ni escucha.  Sin embargo al escuchar mis sollozos sobre su hombro me acarició la cabeza y me dijo con toda naturalidad “¿Pichi estás llorando?”. Se quedó un rato pasándome la mano por el pelo, como si hubiera entendido que algo estaba pasando. 

El dolor, aun cuando uno haya deseado la partida por su bien, es inexplicable.  No solamente porque perder a una madre es una de las cosas más dolorosas que le pueden suceder a un ser humano.  En mi caso también perdí a una hija, porque mi vieja fue durante esos cinco meses mi hija.  Dependió absolutamente de todo para mí.  Fui su refugio, su amparo, su rescate, su fiel defensora, su cuidadora especial, su enfermera, su mamá, su amiga, su confesora…y su hija. 

¿Con qué me quedo?  Me quedo con la tranquilidad de haber luchado como una leona por ella.  Con haber descubierto la solidaridad y empatía de amigos, vecinos y perfectos desconocidos.  Gente que vagaba por las calles de Capilla y me tendieron su mano.  Las asistentes sociales del hospital, las enfermeras que cobran un magro sueldo pero no toman revancha con los pacientes cumpliendo una tarea que raya con la misericordia más absoluta.  Me quedo con la ayuda recibida por los familiares de las compañeras de habitación de mi vieja: Teresa, Olga, Rosa, Lidia y la abuela de Laura.  Me quedo con el abrazo de la empleada de Acción Social que me entregó el certificado de discapacidad de mamá.  Con la ayuda de Verónica que en todo momento me asesoró por whatsapp y me afilió a mamá en Pami en tiempo record.  Me quedo con la ayuda y el llamado telefónico del Senador Bozzani a quien le estaré eternamente agradecida.  Me quedo con la ayuda de Emanuel y Mercedes de ANSES, que a pesar de que no pudimos sacar la jubiliación ni el reintegro por sepelio, se rompieron la cabeza tratando de ayudarme.  Me quedo con las zuziaz, mis amigas que nunca me dejaron sola, con mis amigas de toda la vida (Gladys, Laura, Carola, Cristina y Liliana), con las chicas del grupo Forastera (algunas hasta me llamaron por teléfono!!!), me quedo con mi hijo acariciándome la cabeza el día del funeral de mi vieja, me quedo con mi viejo y su mujer que vinieron a ver a mamá al hospital y me dieron de comer todos los domingos que mamá estuvo internada.  Me quedo con Cristina, la prima de papá que la fue a ver en marzo y estuvo siempre al pie del cañon con ideas, llamados y sugerencias.  Me quedo con Alba y Silvia, tías de mi hijo, que me ayudaron de todas las formas posibles.  Y también me quedo con la cantidad de gente que pasó a saludarme y darme sus condolencias.

La vida tiene esas cosas, todo lo que escriba suena a frase hecha.  Se llevó una de las personas más preciadas de mi vida, sin embargo me premió con esta gran cadena de amistad y cariño que jamás van a tapar el hueco que dejó mi vieja pero bien valen como sustituto.  Sé que puedo contar con todos ellos.  Ojalá que mi mamá esté en un lugar mejor, felíz, sin dolor, bien acompañada y disfrutando del paraíso porque se lo merece.  Si tuvo alguna cuenta que pagar, la pagó acá en la tierra, allá se merece lo mejor; estoy convencida de que está disfrutando de eso.

Te lo dije en vida, te lo digo ahora dondequiera que estés: Mamá te amo, fuiste impecable y te deseo lo mejor hasta que volvamos a encontrarnos.


Algunas fotos y un video que es el tesoro más grande que heredé de ella:


El día que me dijo "Te amo"
El día que la saqué del Asilo a tomar café a principios de diciembre de 2014
El día que la traje a vivir conmigo, 22 de diciembre de 2014
El día que la saqué del Asilo.

 Navidad 2014
 Navidad 2014
Última semana de diciembre 2014 tomando café en el pueblo. 
Tomando café en el pueblo.
Atardecer de verano en casa.
 Año nuevo 2015 en casa.
 Año Nuevo en casa.
 Enero 2015.
 Enero tomando café en el pueblo.
 En la pileta, enero 2015.
 Domingo en casa, febrero 2015.
 Cumple de su nieto menor, marzo 2015.
 Asado marzo 2015 en casa.
 Comiendo los dulces del baby shower de su bisnieta, marzo 2015.
 En el hospital abril 2015.








Con mi abuela en el Asilo, unos días después del fallecimiento de mamá, el día que fuí a retirar las cenizas (8 de junio 2015).

domingo, 7 de septiembre de 2014

TODO SOBRE MI MADRE




Mi mamá me ama, mi mamá me mima?


Para entender a mi madre habría que empezar con mi abuela.  Esa tierna ancianita que apenas puede embocarse la sopa de fideítos en la boca supo ser un Gendarme entrenado por el Mossad en Israel.  Con una lengua viperina (o karateca, término engendrado por Moria Casán), la señora podía pulverizar tu autoestima y desmembrar tu personalidad en menos de lo que canta un gallo.

Volviendo a mi madre, que de esto se trata este post, ella fue para mi hermana y para mí absolutamente TODO.  Enferma o sana, felíz o triste, cornuda o profundamente enamorada del hombre de su vida (que no fue mi viejo, obviamente); la mina se encargó de estar presente siempre.  A su manera, como pudo y con las herramientas que tuvo a disposición; que a juzgar por la señora que la engendró fueron escasas. 
Mi abuela tuvo la desdicha de quedarse sin madre a muy tierna edad, la encerraron en un Neuropsiquiátrico por loca; y según cuenta la leyenda (porque no da para preguntarle, pero fue lo que me contó toda la vida antes que el Dr. Alzheimer hiciera estragos con sus neuronas) el padre trajo a casa a un ejemplar digno de una peli de Disney (una cruza perfecta entre Cruella de Vil y Ades el Dios del Inframundo).  Según las leyes judías, el hombre que puede probar la incapacidad de su mujer, puede volver a casarse y esto fue lo que hizo el padre de mi abuela.  La otrora “nena” entonces, y en plena infancia no solo se queda sin madre, le encajan una mujer joven sin ganas de criar la montonera de hijos que el super carnicero del Mercado de Liniers había engendrado antes de conocerla.  Calculo, sin hacer mucha matemática, que la nueva esposa solo estaba interesada en disfrutar de los billetes que el señor traía del mercado con las unas ensangrentadas de cortar reses.  Así fue como se crió mi abuela.  Sin madre y con una reverenda conchuda de libro que escondía la comida, la bebida y la encerraba en su cuarto con llave.  Porque la pequeña Berthita no debe haber capitulado sin ofrecer resistencia.

Cuando la nena tuvo la edad suficiente para escaparse, lo único que tenía claro es que debía encontrarse con un ejemplar que la sacara cuanto antes de ese infierno.  Ahí llegó mi abuelo, apuesto caballero con un buen empleo, de buena familia y de paso cañazo CATÓLICO.  Este pase de facturas a un padre judío fue tan impecable como el desembarco de Normandía.  Comenzaron a cartearse porque mi abuelo era viajante para una empresa inglesa “Tornicroft” (aún conservo esas cartas ardientes que para la época  deben haber sido hot y ahora son un librito de cuentos de primer grado).  Poco a poco la relación tomó carácter de “oficial” porque mi abuelo quería verle las rodillas y mi abuela quería verle la cara a Dios (aunque luego profesó un ateísmo a rajatabla) anche rajarse de esa casa maldita apenas le diera el pedigree.  Estimo que el padre, antes de seguir aguantando las escaramuzas entre nueva esposa e hija insolente, rebelde y en pie de guerra optó por la medida quirúrgica que más le convino: ponerle un moño en la cabeza entregándosela en matrimonio a mi abuelo.

Como en todo cuento de hadas digno de los hermanos Grimm, la felicidad para Berthita sería efímera.  Al poco tiempo de casarse notó que se había pasado de Guatemala a Guatepeor.  Se había ganado una suegra italiana con un carácter repodrido, buena mina, pero con mecha cortísima y sin ganas de aguantarse los desplantes de una rebelde enojada con el género humano en su conjunto.  Para ella hubiera bastado con mi abuelo, él era el principio y el final de toda su existencia.  Así que su prole (mi vieja, mi hermana y yo) solo vinimos a ofrecerle una involuntaria competencia.   A mi abuela, que según mi vieja se le notaba cuando había tenido sexo porque se levantaba cantando boleros, le llenaron la cocina de humo antes de que se avivara que semejantes calenturas tenían un precio o daño colateral casi inmediato.  A los nueve meses viene una cosa que llora, grita, se caga, se mea y se convierte en la debilidad de su marido.  Así fue como Mirthita, a.k.a. “MAMITA” vino al mundo.  La “víbora” según mi abuela, vino a destrozar la armonía marital y lejos de venir con un manual de instrucciones, llegó para llenarle el culo de preguntas.  Menos mal que estaba su suegra, Catalina, para decirle qué hacer con ese demonio rubio que gritaba hasta que los pulmones le quedaban como dos globos aplastados.  Pero para darle la derecha a Berthita, ella nunca supo cómo se hacía para criar hijos, rol que se aprende imitando a la madre que uno tiene enfrente o alguien que ocupe con idoneidad ese laburo tan difícil y vital en la educación de los hijos.  Tampoco había un Dr. Socolinsky en la tele y digamos que en esa época mi abuela no gozaba de muchas amistades ya que se había pasado el ochenta por ciento de su corta vida encerrada como Rapunzel en el altillo.  Así que sin modelo a seguir, Berthita se encargó de sacar adelante con vida a Mirthita.  Hasta ahí llegó su amor.  No lo digo yo, me lo dijo siempre mi vieja “tu abuela nunca me quiso” y a juzgar por su comportamiento, el que yo pude observar a través de los años compro la versión de ella.

Mamita, de ahora en adelante “la caprichosita” se convirtió en hija única y el talón de Aquiles de mi abuelo Guillermo.  Se ve que a mi abuela la experiencia maternal le fue tan placentera que se arrancó los ovarios con la mano y se los dio de comer a los perros.  O no tuvo más sexo, cosa improbable porque siempre tuvo miedo de que le roben al marido (es el día de hoy que amenaza a las compañeras del Geriátrico para que no se les ocurra posar su mirada en su buen mozo caballero, fallecido hace más de treinta años).  Pero para comprender a mi madre hay que volver indefectiblemente a mi abuela.  Son como el yin y yang, opuestos que se atraen, interdependientes que se consumen y generan entre sí…un nudo difícil de entender si uno no las hubiera visto en acción.  Mi abuela tildaba a mi vieja de caprichosa insoportable y mi vieja buscaba refugio en la casa de su abuela Catalina (la tana de pocas pulgas).  Ella se la pasaba todo el día ahí en busca de cariño y de alguien que la iniciara en todos los vicios que la consumirían a lo largo de su vida.  Aprendió a jugar a las cartas con tanta habilidad que hubiera dejado dando lástima a los participantes de Poker Stars.  Prendió sus primeros rubios a los catorce años en el patio de la casa de Morón hasta convertirse en una fumadora compulsiva.  Ni la muerte temprana del hijo menor de Catalina “el famoso Tío Coco”, por efisema, pudo iluminar a mi madre a tiempo para largar el faso.  Calculo también, que en esa infancia plagada de amor y vicios, Catalina le habrá hecho probar sus primeros vasitos de grapa, licor y el auténtico café “petróleo” del que mi vieja sigue siendo fan absoluta.

Con una madre que siempre le hizo saber que su presencia era una molestia, no es raro que mi vieja haya pasado la mitad de su vida adulta gritando a los cuatro vientos “no la quiero”.  Toda una declaración de desamor que tiene un digno justificativo.  Sin juzgar, solamente repasando los hechos tal cual uno los ha escuchado y vivido.  Mi mamá, se fue convirtiendo de a poco, en la locura de mi abuelo.  Vino a cubrir la necesidad de “socia en la joda” que mi abuelo necesitaba.  Fue un buen padre, doy fé.  La llevaba a nadar en la playa, le enseñó a manejar antes de que llegara a los pedales y mientras estuvo con vida accedió con ternura y locura a todos sus caprichos hasta iniciarla en los juegos de azar (vicio que la acompañaría desde el Casino hasta el Bingo mientras la billetera y el cuerpo aguantaron).  Con la corona de hija única patinándole en la nuca, mi vieja no dio demasiado laburo a nivel estudio; se encargó de cerrarle bien el culo a la madre para que no tuviera oportunidad de rezongar por nada.  Buena estudiante, buenas calificaciones, Reina de belleza escolar, llegó a desfilar en una pasarela y salir en un diario (que mi abuela secretamente conservaba en una caja de zapatos junto con otros recuerditos como sus cartas “hot” y una foto de su padre).  Así se gestó la rivalidad entre estas dos mujeres.  Mi vieja era preciosa, mi abuela antes de pasar por un quirófano era la hermana menor del Conde Olaf (de Lemony Snicket); siempre basándonos en los cánones de belleza de la época y la presión social que existía y existe con respecto al aspecto físico de la mujer.  Sin embargo, para mi abuelo, la Condesa Olaf le había cerrado desde un principio.  Claro que todo principio tiene un final y en este caso fue una cirugía descomunal que mi abuelo pagó satisfaciendo uno de los  tantos
antojitos de estas dos mujeres que ahora gobernaban su vida.

Mi abuelo, a quien furtivamente pude verle un testículo fugitivo en la playa que se escapó de un suspensor flojo, era demasiado bueno (cabe destacar que la experiencia, a mis quince años me llevó a terapia de un fulbazo en el orto).  Pero retomando el testículo de mi abuelo, con los años rebobinando la escena de la playa (no sé por qué escucho de fondo en mi cabeza “no culpes a la noche, no culpes a la playa” de Luismi); me sorprendió el tamaño de esa bola.  No porque fuera inmensa, sino porque buscaba aire desesperadamente y porque conociendo a mi progenitora y a la suya, mi abuelita…me sorprendió que no arrastrara ambos escrotos por la arena dejando un surco del tamaño que deja el rastrillo que pasa el carpero del balneario a las 19 hs. buscando puchos y objetos de valor.  Si mi abuela hubiera sido una enfermedad, hubiera sido una venérea, si hubiera sido un político, hubiera sido Margaret Thatcher, si hubiera sido un bicho, hubiera sido una ladilla.  Molesta, inconformista, insatisfecha, rebelde, egoísta y celosa; ella quería a mi abuelo todo para ella.  Y todo lo que tenía mi abuelo también.  Nunca supo muy bien expresar cariño a nadie salvo a su pareja, le daba todo a él y al resto los restos.  Lo cuidó como un Rey y pocas personas pudieron entrar a ese palacio que ella construyó para él.  Su siesta era sagrada, sus mates eran sagrados, su ensalada de palmitos con pollo era intocable (inclusive para nietas que venían de la playa con la hambruna de ocho horas al sol metiendo panza sin ingerir ni media gota de otra cosa que no fuera Tab o agua mineral).  Pero mi abuelo, ningún boludo y criado por una madre amorosa, supo desarrollar afecto hacia sus descendientes; hacía todo de zurda para no violentar a su precioso collar de melones.  Así es como mi vieja gozó de autos Okm., dinero para gastar en ropa y la anuencia para casarse con mi papá; que calculo, a los ojos de la vieja sería un “tarambana” (modismo argento para nombrar a alguien alocado e informal).

Entonces mi abuela brindó con cara de orto en todas las fotos del casamiento de mis viejos.  Todavía no sé muy bien si le molestaba mi papá, le jodía que mi vieja fuera feliz o que existía lo posibilidad de que mi vieja siguiera engendrando competencia para su afecto hacia mi abuelo.  Lo que pasó, pasó.  Aparecimos mi hermana y yo, no en ese orden, pero vinimos a terminar de cagarle la vida.  No es que no le cayéramos en gracia.  Éramos divertidísimas, confinadas al lavadero y la habitación de la empleada doméstica (que se suicidó cuando éramos chicas, igual que una hermana de mi abuela…no hay que ser Sherlock Holmes para darse cuenta que mi abuela era más dolorosa que la formación del Sarmiento encima de tu cuerpo).  Tuvo que desaparecer mi abuelo, lamentablemente, para que mi abuela comenzara a encontrar amor donde antes no lo veía.  Lo encontró en su empleada doméstica, Mercedes y en sus hijos.  No puedo negar que tuvo atisbos de cariño con nosotras, sus nietas verdaderas, de vez en cuando (y si agarraba una buena racha en el Casino) nos tiraba dinero para comprar bikinis en Mar del Plata.  Pero hizo con nosotras lo que a ella le hizo la mujer de su papá.  La heladera prohibida, el baño para mear los centímetros cúbicos justos y a la hora correspondiente, el calefón se apaga a tal hora y si no te bañaste fuiste.  Su departamento de la playa era SUYO, y nosotros siempre fuimos infiltrados, ocupas.  Andaba detrás nuestro revolviendo placards en busca de material prohibido (calculo que marihuana, pornografía o alguna excusa para mandarnos de vuelta a nuestras casas).  Hasta el uso del teléfono era cronometrado religiosamente con un Rolex de pulsera que usó hasta que la taclearon en la Avenida Santa Fé y le arrancaron de la muñeca.

Retomando a la madre que me parió, que es la que nos interesa en esta entrada del blog.  ¿Qué se podía esperar como resultado de semejante crianza?  Les cuento.  Una fumadora compulsiva que pitaba hasta con broncoespasmos, que encendía cigarrillos cada dos horas de noche ya que el cuerpo se lo pedía a gritos sin dejarla dormir (matizaba un faso y una cucharada de jarabe antitusivo).  Llegó a fumar en la habitación de mi hijo de tres años que sufría de los bronquios, la tuve que echar de mi casa a las tres de la mañana en camisón por desobediente “no fumes en la habitación de mi hijo por favor”- le había advertido previamente.  Le suplicamos con mi hermana que deje de fumar por su bien y el de toda la gente que la rodeaba.  Se jactaba de que la ley de prohibición de fumar en bares no estaba implementada en provincia poniendo el brazo detrás de la silla tirándole el humo en la cara al bebé de la mesa contigua.  ¿Qué se podía esperar de esa crianza?  Una mujer adicta a todas las adicciones posibles menos las sanas.  Su vida, una vez desaparecido el amor de su vida, Juan Carlos (segunda pareja con cama afuera), fue en caída libre hacia el estrellato.  El estrellato contra una pared de hormigón que la dejó postrada, sin motivos, sin amigas y con dos hijas que intentan satisfacer sus caprichos como lo hiciera mi abuelo pero con escasos recursos.

Sin embargo, supo reponerse de una adicción al alcohol, que siempre me dio mucho orgullo sabiendo a ciencia cierta que muy pocos pueden salir sin volver a caer.  Mi vieja permanece sobria hace treinta años y desde hace cuatro años los tres atados de Colorado que se fumaba por día pasaron a la historia.  Supo, con entereza y voluntad, deshacerse de sus dos mejores amantes.  Eso me llena de admiración y encuentro una virtud donde muchos verán un defecto de fabricación.  Y si, digamos que su fabricación estuvo llena de errores, hay que ser muy hembra para digerir tanta mierda y no convertirse en una cloaca grande como la pileta de GEBA.  Nunca faltó a un acto escolar, hecha percha, agarrándose de las paredes yo sabía que estaba ahí por su tos seca de fumadora empedernida.  Era la que me llevaba a los mejores médicos y dentistas, la que a regañadientes me daba todos los gustos y hasta supo cocinar bastante bien aunque mi viejo opine lo contrario.  Yo sabía que podía contar con la mina.  Me iba a buscar a los cumpleaños de quince en plena dictadura militar, en camisón con un impermeable encima, y repartía a todas mis compañeras en diez cuadras a la redonda.  Me llevaba a la peluquería y yo sabía que podía compartir con ella solo unas pocas cosas que teníamos en común.  Porque nunca la embocó con un regalo, creo que porque no me conocía y para ella un libro o música era tirar la guita.  En eso compartía más cosas con mi hermana, por eso nunca entendí por qué me regaló una reposera para mis diecinueve años para tomar sol cuando fui anti Febo desde que nací (y mi hermana un miembro dilecto de las “Adoratrices del Rey Sol y Rayito de sol filtro menos veinte”).

Mi vieja ahora, habiendo gastado sus balas como mejor le gustó, sin aceptar consejos ni sugerencias; soberbia, petulante e independiente se ve confinada en un departamento que logramos salvar de la timba (algo que solo frenó la falta de divisas, esto no fue una mera derrota al vicio) entregando sus días a dinamitar nuestras neuronas con culpas y demandas que lamentablemente no podemos satisfacer aunque quisiéramos.  Hablar con ella es escuchar una lista de quejas sobre la factura del celular, el pésimo servicio de cable, los dólares que cree le sobraron de alguna transacción inmobiliaria espolvoreando la semilla de la duda como si no fuera ya bastante duro ver a Carola Casini (porque mi vieja era un as del volante, una maravilla a la altura de Fangio) que apenas se puede desplazar de la cama a la cocina.  Llamarla es entrar en línea directa con una fábrica de miedos y una destilería de culpas que, ya le advertí, entiendo no lo hace para perjudicarnos porque estoy segura de que nos ama con locura; pero que termina evitando el contacto porque hablar con ella es como tomar un litro de ácido muriático on the rocks.  Horada por dentro, sus latiguillos son “pooooobreeee” (si se entera de que nietos o hijos están laburando, porque para ella laburar es una maldición gitana, evidentemente) o su consabida “tengo miedo de que…(completar con lo que se les ocurra)”.  Es portadora de todas las noticias nefastas del planeta ya que se alimenta a noticieros que presagian plagas, accidentes en las rutas que transitan nuestros hijos, incendios en boliches, asesinatos, robos a mano armada y todo aquello que pueda paralizarte en menos de cinco segundos como el veneno de la Black Mamba (la serpiente venenosa de Kill Bill).  A veces entro a ducharme y puedo escuchar la explosión del termotanque, puedo ver a mi hijo incrustado debajo de un camión a mitad de la noche o a mi sobrino preso por tenencia de estupefacientes en algún país latinoamericano.

Eso genera mi vieja, ese extraño trago semi-amargo, mezcla del Campari que tanto le gustaba con un poco del dulzor de una naranja.  Por momentos escucha, entiende y hasta aconseja bien.  Por momentos querés estamparla contra una pared hasta que se le impriman los ladrillos en todo el cuerpo.  Por momentos querés acurrucarla, acunarla hasta que se duerma y no le duelan más las piernas, y a los dos segundos querés salir corriendo hasta La Paz-Bolivia para aprender a hacer artesanías y darle la mano a Evo.  La extrañás, la pasás a buscar y en cuanto te trajeron el café querés troquelarte las venas con la cucharita.  Tiene ese poder fascinante, endiablado, hipnótico de atraerte para derribarte como un misil tierra aire.  Te dinamita la autoestima (como lo hizo mi abuela con ella) esbozando “me parece que tenés unos kilitos de más”, “te dejaste los rulos? Ahhhh bue,  más rubio y más lacio te queda mejor”.  A ver mamá: siempre voy a tener unos kilitos de más porque me gusta morfar y chupar.  Me gusta leer, escribir, ver la misma peli que me gustó cien veces (aunque para vos esa sea una extraña adicción), me gusta tener amigas jóvenes (y eso no me convierte en una freak pendevieja) porque me nutren de alegría, música, recomendaciones de cine y teatro y porque me contagian su entusiasmo.  Siempre tuve rulos, lamento haberlos planchado sistemáticamente para complacerte (primero con la toca, después con la planchita y luego el alisado) y temerle a la humedad y la neblina como si fueran la nube de Chernobyl.  Lamento no ser la flaca lacia rubia de tus sueños, no voy ni quiero ser Valeria Mazza.  Soy yo, la que te cocina los fideos que te gustan y las milanesas con mucha provenzal.  Lamento también el daño que te hizo tu madre y lamento el daño que le hizo a ella su madre; porque tu vida hubiera sido diferente si te hubiera criado alguien con dos dedos de frente y un poco de amor aprendido en el calor de un hogar sano.  Sin querer, sin un propósito de destruir pero causando idéntico daño, dinamitaste nuestras cabezas.  Sé que si te dieras cuenta llorarías hasta el 2018, por eso te sigo buscando con algunas licencias como sacar la cabeza del agua de vez en cuando para respirar, y volver a sumergirme en tu inframundo oscuro y lapidario, sentencioso y prejuicioso.  Estoy segura de que nos querés, estoy segura de que te quiero.  Pero es difícil sostenerse en pie cuando hay un tsunami de tragedias, demandas y quejas a tu alrededor.

Pero, si hay algo que redime a mi madre es su producto, sus hijas.  Estamos lejos de ser perfectas, estamos llenas de temores, conflictos, defectos de construcción y errores que ya no sé si curan un Psicólogo o una tortilla de clonazepam.  Pero somos dos buenas personas, honestas, laburadoras, buenas madres y sobretodo buenas hijas.  Algo de lo que hiciste funcionó bien, lograste sobreponerte al modelo, a la educación y a pesar de las contras construiste esto que somos.


Espero que el “Todo sobre mi madre” de mi hijo, si algún día lo escribe, pueda contar con un poco más de cosas bonitas.  Seguramente va a tener una lista de  cosas para reprochar, espero haber cometido errores nuevos, de esos que no pude ver en mi madre y mi abuela.  Espero no haber tropezado con las mismas piedras, haber aprendido o heredado lo bueno y evitar aquello que pude identificar en carne propia…duele como la puta madre.  El amor, deformado, encriptado y enviciado llegó.  No sé cómo pero llegó.  Ojalá esté llegando ahora, al bisnieto de Bertha, al nieto de Mirtha y al hijo de la que suscribe.