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jueves, 11 de agosto de 2011

Episodios de la vida cotidiana





P Un técnico especialista en problemas

Hace un par de semanas que me vengo aguantando a un flagelo de la naturaleza humana.  Es mi trabajo y estoy preparada para cierta cuota de cinismo, soberbia e intolerancia por parte de personas que creen que el vil metal los autoriza a absolutamente todo.  Pero hay veces en las que ni la meditación, ni dos litros de té de tilo pueden inmunizarme contra esta clase de gente.  Lo conocí por mail, una compañera de trabajo me pidió ayuda para responderle ya que ella había perdido por completo la capacidad de despejar la X frente a un ser grosero y un tanto psicótico.

Trabajamos administrando la venta de autos, y en este caso en particular se trataba de uno de alta gama.  En el primer mail mi compañera le explica detalladamente las formas de pago del vehículo y los pasos a seguir.  Pagar, acercarse a firmar, esperar unos días y disfrutar de su 4X4.  Hasta ahí todo funcionó de maravillas, pero todo lo bueno dura poco y el señor P (por psicótico) demandó que enviáramos formularios (por triplicado, sellados y timbrados) por mail para su firma.  Cosa ridícula si las hay, ya que el Registro de la Propiedad exige su firma certificada en original en las tres copias (que son numeradas y tienen un acabado tipo billete moneda).  Cuando se le explicó que esto no era posible, P (sacado como rottweiller suelto  entre un rebaño de ovejas) exigió apersonarse un fin de semana.  Porque él no trabaja, y nosotras…plantas de plástico parte del decorado, SI (según versión libre a cargo de P).  Le explicamos cortésmente que eso no iba a ser posible ya que solamente existe una guardia de ventas y el señor en cuestión entró en combustión espontánea perenne.  De ahí en más su curva de presión y la nuestra fue en vertiginoso ascenso.  Como vimos que no podíamos con la intransigencia de P y nuestros ovarios colgaban a la altura de las rodillas, le dimos la posibilidad (y como excepción) de firmar con su asesor comercial, aclarándole que no efectuar la entrevista con una persona de administración podía acarrear algún malentendido o errores en la toma de la documentación.  Cosa que ocurrió, obviamente.  

Le escribimos (método de comunicación que P eligió siempre para dirigirse a nosotros) informándole que faltaban fotocopiar hojas del documento de identidad y su rúbrica en unos formularios para efectuar un trámite extra solicitado por él mismo.  Como mi compañera, dotada de una paciencia a prueba de guerrilleros sandinistas y una simpatía que roza con el engolosinamiento pastelón, no pudo dar crédito a lo que leía como respuesta al reclamo de dicha documentación; tuve que arremangarme y contestar.  Ese día, ignoraba que firmaba mi sentencia a una hora “tete a tete” con P.  Con la delicadeza de una geisha, tipeando  con un pizzicato digno de Marta Argerich, le detallé lo que necesitábamos para presentar su trámite:

1.       Cambios de domicilio del documento, escaneados o enviados por fax.

2.       La firma de una solicitud de cédula azul o correríamos el riesgo de que el Registro no extendiera ese documento.   Eso se llama abrir el paraguas antes de que llueva.

Demás está decir que nunca encabezó ningún mail con un “buenos días”, “hola” o “gracias por la respuesta”.  Solo se dedicó a corregir la castellanización del término “escaneo” por “scanning” y a negarse sistemáticamente a mandar una solicitud extra argumentando que así se lo iban a hacer porque él era EL.  Le dije a todo que sí, porque tenía los dedos exhaustos y el cerebro limado de tanto contestarle.  Preguntó cuándo, preguntó cuánto y a todo se le dio una respuesta junto con un “saludos cordiales” nunca menos sentido.  Que porqué tenía que pagar un impuesto sobre el auto (ahí nomás le hubiera mandado el mail del Gobernador de Buenos Aires) y porqué el trámite no se hacía en veinticuatro horas y que tendríamos que haberle escaneado el documento cuando llegó a presupuestar el auto para evitarle contratiempos.

Le expliqué que el importe a abonar por ese impuesto solamente se conocería el día que el trámite estuviera listo ya que se liquida en el momento.  Furia asesina escrita, en mi vida he visto como la de este hombre y su léxico filoso.  Que deberíamos presupuestar el importe (aunque le expliqué mil veces que era imposible), a lo que sarcásticamente contestó “entonces cuánto llevo, diez o diez mil pesos?”.  Vuelta a empezar “se lo vamos a decir cuando lo convoquemos para retirar la camioneta y sepamos el importe exacto”.  Cebado como tiburón frente a un daiquiri de hemoglobina, comenzó a solicitar detalles puntuales del destino de su dinero.  Por enésima vez le expliqué que todo eso le iba a ser entregado el glorioso día en el que se llevara el auto y me beneficiara con su ausencia (esto último lo pensé mientras imaginaba una Beretta 9mm sin silenciador).

Lo más gracioso del caso fue buscar en Internet la firma para la cual trabaja, verle la cara (ya que hasta ahora solamente nos habíamos cruzado en el paraíso virtual de la Net) y leer su curriculum vitae.  Especialista en Soluciones.  Contador, auditor y no sé cuántas cosas más.  Todas relacionadas con los negocios pero muy alejadas de lo humano, a mi humilde entender.  Pero lo mejor estaba por llegar.  

Luego de un mail perturbador, en donde el señor copiaba párrafos de mi mail agigantando palabras como “jueves” o “patente”, un frío me corrió por la espalda.  Estábamos en presencia de un personaje similar al sociópata de Oslo.  Luego de encargar mi chaleco de kevlar por Amazon.com, nos dispusimos a informarle que el vehículo estaba a disposición con todo lo previsto y pautado en orden (tiempo y forma estipulados).  El único cambio que se hizo fue quitarle toda cortesía u obsequio como accesorios, paraguas, gorras, kits, etc.  ya que a consideración de mis superiores, su manera de manejarse y destrato hacia el personal no debían ser premiados.

Llegó el gran día y absolutamente todos en la oficina nos bañamos con jabón de coco y resina contra agresiones verbales.  No contenta con esto, debajo de la camisa me calcé el kevlar.  Considero que retirar un OKM es un evento que debe disfrutarse y me encanta el momento en el que la persona se encuentra con el producto de su esfuerzo y sus fantasías automovilísticas.  Así que tontamente creí que P iba a dejar su malhumor de lado para gozar del momento.  Error.  Grueso.  Los gritos de la mujer (cabe aclarar que colgadas de estos señores, suelen venir unas urracas peleadas con el peine que gritan con la voz de Bette Midler y piden por el gerente antes de pronunciar “hola”).   En resumidas cuentas, el problema del impuesto se había convertido en “algias pelvianas con gimoteo agudo sumado a hemorroides severa con pérdida de sangre por el culo”.  Todo, ABSOLUTAMENTE TODO, estaba mal.  La hija adolescente se reía nerviosamente mientras la madre, en un alarde digno de Nicole Kidman, lloraba y balbuceaba maldiciones diabólicas.  P trataba de “boludo” a un compañero que jamás perdió la compostura aunque estoy segura de que hubiera deseado asfixiarlo con la corbata.  Le dimos las llaves pero sin invitación ni mediar saludo alguno, insólitamente lo tenía atornillado en una silla frente a mi escritorio.  Como no pudo con su vida, luego de vomitarme un monólogo de cuarenta minutos (parado porque en la silla duró veinte segundos), chivando como un esquimal en el desierto de Gobi me repitió hasta el cansancio el motivo de su injustificada paranoia:

-          Quiero que me lo polaricen- P
-          Es una cortesía de la casa, en este caso no le fue concedida-
-          Quiero un detalle de lo que pagué-P
-          Se lo están entregando en la factura-
-          Quiero que me digan porqué no me dijeron que tenía que transferir desde mi cuenta a la cuenta de la fábrica del auto-P
-          Si no lo sabe usted, que es Contador Público Nacional…imáginese…
-          Mirá, viste que me hicieron las cédulas igual-P a mi compañerita que amablemente le sonrió como lo hacen los transeúntes a los pacientes del Borda
-          Quiero que el Gerente me llame-P
-          Le digo-
-          No, mejor que me escriba una carta-P
-          Le voy a decir (si, ya sabemos que lo tuyo es la palabra escrita, pensé con sorna)
-          Quiero su compromiso-P
-          Quiero que te vayas, tu cabeza en una fuente con una manzana en la boca y tu auto para disfrutarlo yo ya que vos no tenés capacidad de goce (esto último no lo dije, lo balbucee para mis entrañas).

P se fue tan exacerbado que dudo que haya llegado a destino con el auto entero.  La presión en 22, por lo bajo; una esposa con ataque de “genitales afligidos” y una hija avergonzada arriba de una camioneta del valor de media casa.  Unas horas después me subí a mi económico autito, sintonicé la radio y volví cantando a casa.  Me acordé de P y le tuve mucha, pero muchísima lástima.


Un videíto dedicado a P

domingo, 18 de julio de 2010

TEORÍAS CONDUCTISTAS

O, de cómo conducen algunos



Manejar es un placer, o un verdadero fastidio. ¿La clave de la diferencia? Pues eso depende, las más de las veces, del hijo de su mala madre que se te cruce en el camino. Conduzco unos 70 kilómetros por día para ir y volver del trabajo y saqué la licencia el día que cumplí la edad reglamentaria; creo que estoy más que habilitada para escribir sobre habitantes de rutas, calles y autopistas.


A groso modo, y según mi experiencia callejera, el 70% de la gente maneja mal, un 10% no sabe manejar y el 20% restante no supone ningún peligro.

De ese 70% es del que me voy a ocupar hoy. Porque el 10% que no sabe manejar incluye a la gente de la tercera edad y a los que acaban de obtener la licencia (nunca hay que olvidar que uno perteneció a este grupo): todos inimputables.


En esa franja del 70% que maneja mal encontramos los siguientes subgrupos:


El émulo de piloto de fórmula 1. Este engendro del demonio suele tener entre 25 y 35 años. Ahorró y ahorró hasta llegar al autito segmento medio con motor 1.6 o 2.0 al que por supuesto le puso luces de neón, un estereo ultramoderno, GPS, cristales polarizados y un calco con la siguiente inscripción “Born to run”. El enfermito consume unas 36 horas semanales de automovilismo televisivo y está convencido de que es el hijo bastardo de Amelia Earhart y Juan Manuel Fangio. Es por eso que se siente una autoridad en la materia de desplazarse enajenado, corriendo a 150 kms. por hora de un carril a otro obligando a los prudentes a efectuar maniobras bruscas para despejarle el camino. Porque el infelíz suele venir prendiendo luces y tocando bocina con unos largos 2 kilómetros de anticipación. Como el boludo se cree que anda sobre un vehículo alemán de más de cincuenta mil dólares, porque le incrustó el logo de los cuatro anillitos de Audi en la cola; somete a su modesto autito a velocidades y piruetas que no son recomendables para hacer con un modelo que no está preparado para responder a las contingencias que se el presenten. Es así como uno mira con horror, auténticas latas de sardinas que alguna vez fueran un Peugeot 207, un Volkswagen Gol o un Renault Clío, en las puertas de las comisarías. Estos loquitos del vértigo y la velocidad creen que son los Reyes del carril izquierdo, lo han comprado y nada es tan urgente como su impaciente frenética ansiedad por llegar a destino. Pero en las autopistas rige la Ley de la Selva, y generalmente son corridos a un costado por alguno que la tiene más grande (generalmente un señor entrado en años a bordo de un BMW, Merdedes o Audi). Si logran pasar los cuarenta años de edad estarán a salvo. O si procrean, en cuyo caso se tranquilizan cambiando el calco por un amoroso “Baby on board”.


Las mujeres que hacen cinco cosas a la vez. En este segmento encontramos a la madre trabajadora que va a 130 kms. por hora hablando por celular mientras se pinta los labios y le da la teta al bebé. Esta freak de las autopistas cree que puede salirse con la suya porque anoche le rezó a su ángel de la guarda, entonces aprieta el acelerador porque se le hace tardísimo mientras busca la frecuencia Disney en la radio con una mano y reparte tortazos entre los tres mocosos que se matan en el asiento trasero por un lugar cerca de la ventana. Llegan a destino porque tienen un Dios aparte. Y porque la gente se corre cuando las ve venir en un derrotero zigzagueante.


El empleadito a bordo de utilitario de la empresa. A este señor el autito le importa un bledo. Porque no lo ha pagado, no le pertenece ni tiene a su cargo el seguro del mismo. Entonces no solo se dedica a correr como un desaforado. También se dedica a espantar mujeres haciéndoles el famoso “fino” por el puro placer de ver cómo pegan el volantazo para esquivarlos. No manejan con una velocidad constante, suelen rebasar a un par de autos a 140 kms. por hora y luego estacionarse en el carril central a unos 80 kms. por hora porque si tildaron con algún programa radial de deportes o un set de chistes…vaya uno a saber.


El camionero “acá mando yo”. Este ejemplar de gorila callejero sabe que la tiene más larga que nadie. Es temido y respetado. Porque en un abrir y cerrar de ojos puede reducir tu amado autito a chatarra. Jamás frena. Jamás retrocede. Jamás utiliza el carril lento que le corresponde obligándote a pasarlo en cuarta o tercera forzando el motor, para poder llegar desde la cola del acoplado hasta la trompa. Es muy frecuente que te miren por el espejo retrovisor y te hagan todo tipo de señas groseras mientras les pasás por al lado. Si te toca pasarlos por la izquierda, asegurate de que estén despiertos y no tiren el camión encima obligándote a peinar el guardarrail.


El señor entrado en años con vehículo polenta de orígen alemán. Este señor maneja bien, pero no quiere o no puede entender que el común de la gente no la tenga tan clara con el volante. Suelen poner sus naves a la velocidad del viento y pegarte la insignia de sus autos en la cola del tuyo en franca maniobra intimidatoria para que les des paso. Tentada a clavar los frenos para ver como reacciona la nave alemana, más de una vez tuve que autocensurarme para no terminar tocando el arpa a la derecha de Dios Padre BMW. Son gente de cuidado, teniendo en cuenta que están en el grupo de riesgo de padecer un ACV o un ataque cardíaco, lo ideal es correrse y tenerlos lejos cuando pasan cual bólido en forma de mancha color gris.


La / El eterno perdido, asombrado, colgado. En este grupo encontramos a esa figura hijaputesca, heredera directa de Mister Maggoo, que se acuerda que debía bajar en el puente de la autopista que acaba de pasar. Es muy probable que se pase de izquierda a derecha sin hacer una mísera señal y termine bajando donde le correspondía sometiendo al autito a una funesta marcha atrás mientras una lluvia de bocinazos le recrimina la peligrosa acción. Son los típicos que sueltan el volante para señalar, maravillados, las luces de aquel Shopping o los brotes de ese arbolito que crece desolado al borde del carril rápido de la autopista. Consejo: Téngalos siempre lejos. Suelen poblar las páginas policiales y los noticieros con la misma carita de asombro después de volcar tres veces y derrapar debajo de un acoplado.


Se multiplica la cantidad de autos en la calle, la cantidad de accidentes, la cantidad de taponamientos en rutas y autopistas…y la cantidad de animales sueltos que han sabido conseguirse una licencia sin saber siquiera cómo poner en funcionamiento la tostadora eléctrica…OMG!