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lunes, 23 de enero de 2012

DESCANSANDO DEL DESCANSO





Vacaciones “made in Hell”

Si, ya sé que una se pone grande, chúcara y pocas pulgas. Lo que antes te divertía ahora te molesta. Con la edad, la arena metida en el culo hasta las siete de la tarde ya no es tan buena idea y el volumen de audio de cualquier cosa que profiera sonidos no debe superar el umbral de los cincuenta decibeles para evitarte una crisis nerviosa de importancia superlativa. Ya lo he comentado en otras entradas, existe una edad para todo, y la edad para procrear y/o soportar críos desmadrados propios o ajenos ya fue para mí. No soporto los pendejos. No los tolero. Sobretodo si tienen pulmones del tamaño del contrabajo de una orquesta sinfónica y unos padres blandos como una torta de crema al sol. Me sacan los personajes que entienden que su libertad se extiende hasta el borde de tus falanges del pie y la medida de tu paciencia o falta de ganas a la hora de crear un altercado que genere mucho ruido. La clave en mi caso es el ruido. Y las muchedumbres que suponen que tu masa corporal (intensa) está conformada por materia degradable con el agua, el viento o los empujones. Mis vacaciones fueron un poco de todo esto y ameritaron la entrada que hoy escribo.

La música (que se puede catalogar como ruido, dependiendo quien la escuche=en este caso: io)

Todo aquel que me conozca o me haya leído sabrá que si hay algo que me gusta con locura en la vida es la música. Me gusta fuerte, a lo guaso, siendo bastante ecléctica en mis gustos. Puedo escuchar casi todo. Casi todo. Pero no todo, todo. Tengo una fobia que debo tratar con drogas (de esas que se compran con receta de archivo) al reggaetón y al rap. Puedo llegar a escuchar a un Snoop Dog o Calle 13, pero si me ponen Eminem salgo disparada por una ventana y corro hasta el puesto sanitario más cercano. No considero que mis gustos sean superiores ni inferiores a ese tipo de música, no intento imponerle a nadie las gaitas de la música celta ni los violazos de David Gilmour; para eso se inventaron los auriculares (que parecen estar en desuso). Es por esto que tampoco entiendo a la fauna que deambula por las calles de las ciudades balnearias a bordo de un auto convertido en equipo de sonido para cancha de futbol sobre cuatro ruedas, evangelizando musicalmente al resto de los veraneantes.
Así me recibió la costa argentina, a puro perreo ambulante. Decenas de autos me dejaron el corazón trepidando como una pandereta en medio de una tarantela, afónica para intentar seguir manteniendo una conversación con mi pareja subiéndome al ruido insoportable proferido por una caja acústica que ocupaba el baúl de un Volkswagen Gol donde cuatro mequetrefes con pinta de subnormales se meneaban al compás de una canción que invitaba a mami a darle “eso” al que cantaba (si se le puede llamar cantar a eso).
No son los únicos que quieren reggaetonizar al planeta, también están los que deambulan como epilépticos sacudiéndose al ritmo de baladita pedorra donde el cantante pide “quiero tu abertura para una aventura sin censura”. Todo esto saliendo por un puto mini parlante de un celular minúsculo (malditos ponjas y su tecnología cada vez más chica, potente y accesible) que la portadora zamarrea con los auriculares desconectados al cuello, cual collar de perlas, ubicándotelo en la oreja izquierda mientras avanzás lentamente por una calle peatonal infestada de sujetos de similar especie. Estos zombies idiotizados también se encuentran en las playas, casas y edificios de departamentos, lugares donde también desatan su infernal zangoloteo al ritmo insoportable del reggaetón portátil a 130 decibeles, despertándote de una siesta sobre la arena o interrumpiendo tu sueño a las siete de la mañana. Gracias a Dios no he sido bendecida con una pistola calibre 38 ni el permiso para portarla, o ya tendría una página entera en la crónica policial del diario más sensacionalista del verano argento.

Los ruidos que no pueden catalogarse como música

Tuve la suerte de alquilar un departamento con vecinos a diestra y a siniestra. A la derecha, dos simpáticas criaturas engendros malignos de un sordo y una muda, se encargaron de explotar petardos comprados a Kadafi antes de su captura, cada media hora por reloj desde las 17 horas hasta altas horas de la madrugada. Detonados en un patio contiguo al mío, la explosión era tan grande que a mi perro fue necesario insertarle un marcapaso para que pudiera seguir viviendo. Anticipando la detonación, un fogonazo azul me obligaba a tirarme cuerpo a tierra cada vez que me encontraba colgando una bombacha en la soga. Con los dientes apretados y el broche para la ropa incrustado en la palma de mi mano (y el perro incrustado entre mis glúteos), recuperaba el aire intentando proseguir con mis actividades. Pero un día, el monstruo verde que vive en mí estaba tomando un baño con la ventana abierta. Agachada en una pose incomodísima con la cabeza debajo de la jabonera, afeitándome las piernas arrebatadas de sol, fui sorprendida por el ruido ensordecedor de una bomba de fabricación israelita que aflojó los vidrios de las ventanas. En el acto levanté la cabeza dándome la nuca con la jabonera (todavía tengo un moretón y veo borroso), me rebané 100 gramos de rodilla derecha y me entró jabón en los ojos. No pude con mi genio vociferando algo así como “¿La concha de tu madre, cuándo carajo se te van a acabar esos petardos de mierda? Porqué no te metés uno en el orto y te prendés fuego hasta salir disparado a Urano, pedazo de pelotudo. ¿Quién te está cuidando, tu abuela sorda, hijo de puta?”. Demás está decir, que el infante (que al día siguiente saludé con toda educación mientras paseaba al perro infartado) de no más de siete años, nunca más prendió nada más que la radio en su celular de última generación.

La corneta del vendedor de churros, la cumbia de la vendedora de medialunas, el grito del barquillero y la puta madre que los parió a todos.
Echada en la arena caliente, boquiabierta y babeando en relax total; fui sorprendida por una bocina de bicicleta que me hizo levitar unos 10 centímetros sobre el nivel del mar. Al tipo que la hace sonar no le importa que la gente ahorre todo un año para escuchar el arrullador sonido del mar o el cantar de las gaviotas. Al tipo le importa cagarse de risa de tu cara de estupor cuando saltás en el lugar y comenzás a vestirte para ir a trabajar convencida de que se te hace tarde. Porque al tipo le lleva un segundo rebobinar tu ejercicio anti estrés devolviéndote de una patada a tus días de madrugones y preocupaciones. Sin mencionar que te estaciona un carro del tamaño de una heladera con freezer doble puerta, sobre los deditos del pie obstaculizando tu maravillosa vista oceánica que supiste conseguir quemándote los pies en busca de un spot playero inhabitado. Encima, si no le comprás un choclo es muy probable que no corra el carro aunque se lo supliques, invitando a otros vendedores a hacer “polémica playera” sobre tus pertenencias mientras la marea sube estrolando el carro sobre tu cabeza (quemándote con el agua hirviendo de sus delicatesen).

Los vecinos pegadores y las grandes familias confinadas a espacios reducidos

En un dúplex exactamente igual al mío, desembarcó un hermoso día soleado de enero, una Renault Master Minibus de quince asientos pintada con los característicos colores escolares (blanco y naranja). Del vehículo no solamente bajaron 15 personas y un bebé de un año. También lo hicieron doce mil metros de toallas, sábanas; quince kilos de metal fundido en paelleras, ollas a presión y cuchillos varios; los kilos de carbón suficiente para alimentar una central nuclear por doce días; y un matrimonio entrado en kilos cuya costumbre más peculiar era llamarse cuchi-cuchi a los gritos desde el patio hasta la vereda de enfrente. Como era de esperarse, el Desembarco de Normandía dio menos trabajo y contaminó menos (auditivamente hablando) que este peculiar operativo. Toda esa artillería pesada subió y fue desplazada por los dos pisos de la casa al son de la pelota de básquet del niño de doce años que portaba una camiseta de los San Antonio Spurs. Las valijas fueron arrastradas a las trincheras por adolescentes con menos voluntad que un caracol en un salitral. El matrimonio taconeaba sobre unas chancletas de cuero que producían un ruido “plaf plaf” francamente insoportable. El bebé lloraba veintitrés de las veinticuatro horas del día, sin pausa, salvo cuando la madre le enchufaba algo en la boca. De lo contrario sus cuatro tías adolescentes lo hamacaban sin parar logrando, únicamente, que el crío aullara al compás del vaivén. El dúplex de mi vecino “cuchi cuchi” estaba equipado con una bomba que subía agua al tanque toda vez que alguien abría una canilla (igual que mi departamento) pero la gran diferencia la hacía el sonido equivalente al que hace un tanque Sherman en movimiento (y la cantidad de veces que alguien abría una canilla en esa casa). Imaginaos pues un ejército de personas que se bañan sin darle tregua a una bomba que no cesa de trajinar, más la madre lavando las verduras para la ensalada, las mujeres lavando los trajes de baño, los inodoros llevándose todo vestigio del guiso de la noche anterior… UN DELEITE PARA LOS TÍMPANOS SENSIBLES. Además de bañarse y jugar al básquet en el comedor, esta simpática familia dedicó los siete días que permaneció pared de por medio a jugar distintos juegos que incluyeron los dados, los naipes cantando “truco” a los gritos y saltos ornamentales en las camas marineras.
En el dúplex contiguo a mis amiguitos, se hospedó una pareja cuyo mayor entretenimiento fue insultarse mutuamente hasta que el señorito en cuestión cagaba a trompadas a una mujer que lloraba y suplicaba clemencia. Una particular noche de lluvia, luego de sacar la bolsa de la basura (que contaba con varias botellas de alcohol vacías), la mujer comenzó a gritar como un lechón en un matadero. Presa de un ataque de lástima y llanto decidí hacer mi obra de bien mensual llamando a la policía. Mientras la telefonista me preguntaba la numeración y las entrecalles, la mujer era estampada contra las paredes ferozmente. Le avisé que si seguíamos perdiendo el tiempo enviara a los bomberos para juntar los pedazos, pero la telefonista insistió en que yo saliera a la calle a señalar con el dedo índice la puerta del golpeador. “Ni en pedo” le contesté, pero mi heroísmo pudo más y salí a la calle con el dedito apuntando al este, cueste lo que me cueste. La policía vino, un rato después (un rato largo), si la gresca hubiera sido espesa…todavía la estábamos velando. Pero para mi sorpresa, la mujer salió al cruce del patrullero con cara de sorpresa, asegurando que la casa estaba en orden. Al rato sonó un bolero de Luis Miguel y asumí una reconciliación con moretones que me avergonzó por mi estúpida inocencia.

Las muchedumbres, la aglomeración y los niños maleducados

Siempre me sorprendió la gente que nombra a la gente y no se siente incluida en ese grupo. Es como si estuvieran construidos de una materia diferente que los pone en una categoría especial ya que la gente es aquella que llena los teatros, se aglomera a esperar en los restaurantes donde se come bien y va a la playa cuando ellos desean estar en la playa sin gente. “Vino mucha gente este fin de semana”, “La gente camina como vacas al matadero por la peatonal”, “Yo no entiendo cómo la gente hace fila para tomar helado ahí”, “La gente espera horas en el cajero automático”. Yo me pregunto ¿y vos qué mierda sos, una estatua de gelatina sin sabor, un personaje de Harry Potter, la hermana melliza del Espíritu Santo?
No soy fan de las aglomeraciones, no me gusta que mi brazo se pegue como un sticker al brazo de la señora que acaba de embadurnarse en aceite de coco. Tampoco me gusta meter mi nariz en una mata de pelo con aroma a Sedal Crema en sachet. Mucho menos fumarme un pedo del pendejo de quince que se clavó un waffle y un licuado de banana con leche dos horas antes. Por eso, tampoco voy a las procesiones. Prefiero pudrirme en el infierno. La única manera de meterme en el medio de una aglomeración es en un estadio donde toque una banda que me vuelva loca. Y hasta por ahí nomás, teniendo en cuenta que en mi última incursión a un concierto (de Los Piojos), caí al suelo boca arriba mientras cien mil personas saltaban a mi alrededor. Pero en estas vacaciones, poseída por la emoción de la libertad del yugo laboral y los restos mortales de la alegría navideña, tomé la calle Peatonal más de una vez, pisando chicles; tragando estornudos ajenos y esquivando manzanas acarameladas.
En la playa, una tarde apacible descansaba sobre mi sillita plegable. Me quedé profundamente dormida mirando a mi hijo y su amigo acostados sobre una esterilla. Cuando volví en mí, abrí los ojos y me encontré con una casa con galería para seis personas armada a escasos dos centímetros del dedo gordo de mi pie izquierdo. Una señora que estaba a mis espaldas recibía instrucciones de un imbécil (el arquitecto del emprendimiento), para aparcar el cochecito del bebé sobre las esterillas de mi hijo (que jugaba a la pelota en la orilla). Las ojotas de mi hijo quedaron literalmente rodeadas por una rueda de sillas en el “patio” de la casa. Mi perro pasó a ser el perro de ellos y mis pies, de no haberlos corrido a tiempo, hubieran pasado a formar parte de la heladera monumental que instalaron a las 16.20 horas del día 7 de enero del 2012. Me acuerdo porque no pude creer que alguien se tomara tanto trabajo para armar semejante despliegue por dos o tres horas de playa. Le saqué fotos porque no iba a permitir que el boludo jerarca familiar con sobredosis de revista “Weekend” no quedara escrachado en este blog, como digno resarcimiento de la ocupación colonialista que hizo sobre mi pequeño pedazo de paraíso playero (VER FOTO DEL BOLUDO).
Un capítulo aparte merecen los niños maleducados. Aquellos seres angelicales como querubines trabajando de incógnito para Satanás, que tienen la boca más sucia que un marinero de un pesquero ruso. Aquellos dulces monstruitos que en los comederos profieren sonidos insalubres para el oído humano haciéndote volcar la copa del vino caro que te diste el lujo de degustar luego de un año de ardoroso esfuerzo. Esos “locos bajitos” como decía Serrat, que de simpáticos solo tienen el nombre: “Nahuel”, “Valentino”, “Bautista”, “Sol”, “Anita”; pero que cuando son dejados a merced de su propio albedrío cuentan con la capacidad suficiente para dejar un lugar patas para arriba echando de bares y restaurantes a todo aquel que hubiera cometido el error de sentarse a menos de dos kilómetros a la redonda de la mesa de sus padres. Vandalizan los baños, la decoración, le dejan los huevos al plato al personal del lugar sin que sus padres miren una sola vez de costado para relojear su comportamiento. Los detesto. Quiero que crezcan de golpe o se suban al tren de la alegría hasta Machu Pichu sin escalas. Deseo con todo mi ser que los padres no vuelvan a tener relaciones sexuales sin preservativos. Quiero que las abuelas se los lleven y se los entreguen vivos al hombre de la bolsa. Quiero que prohíban el ingreso de menores de 18 años a todos los lugares públicos después de las 20.00 horas.


Agotada de tanto descanso, con la cabeza minada de ruidos, los pies doloridos de tantos pisotones y los brazos llenos de moretones volví a mi casa. Volví más cansada que antes de partir. Ahora tengo que esperar un año entero para vacacionar otra vez. Snif…

Un videíto sobre la música mencionada en esta entrada...


lunes, 28 de febrero de 2011

MI MOTOSIERRA Y YO (Cuento sangriento)

Advertencia: Este relato no deberá ser leído por personas sensibles, niños en edad escolar, ancianos con cardiopatías severas, hipotensos, tensos, inmuno deprimidos, deprimidos, psicópatas, cocainómanos, bobos y gente con escaso sentido del humor.


Capítulo 1: La génesis del genocidio

Estaba sentada en mi jardín.  Mi jardín se achicó o yo he crecido.  La segunda opción es más probable, aunque la fisonomía de mi parcela verde ha mutado en algo que no logro identificar, convirtiendo en probable la primera hipótesis.  Lo que alguna vez fuera una casa, ahora es un montículo informe de masa verde (con vida). 

-“Soy la dueña de la casa del cuento de las habichuelas mágicas”- yo

-“La verdad es que tenés la flora y fauna autóctona un tanto descontrolada”- él

Creo que lo dijo por las iguanas, arañas, ranas arbóreas, pájaros carpinteros, gatos, perros, teros, búhos, murciélagos, hormigas, grillos, palomas, garzas, mosquitos y escarabajos que habitan en mi pequeño bosque tropical.  Me faltan dos especies y puedo cobrar entrada, el predio es un zoológico.

-“Te molestan mis animales” –yo (rictus “Greenpeace”, beligerante pero con onda…verde)

-“No, no…bah, por ahí las alimañas que caminan en el baño mientras intento un pis accidentado” –él (excusándose por verse forzado a bailar un malambo sobre un escorpión, en el excusado)

-“¿Será que es hora de darle un corte de pelo a la jungla? – yo

-“Tenés un árbol dentro de un farol, un duraznero creciendo en el baño y una enredadera tomando posesión de la cocina, a vos qué te parece?” –él, elocuentemente

-“Me parece caro”- yo, imaginando al jardinero, “calculeadora” en mano

Días después convoqué a licitación para la ejecución a mansalva de todo rastro de vida silvestre “color verde”.  Se presentó un señor con aspecto de erudito en la materia, que daremos en llamar “Jorgelino” (para proteger su verdadera identidad).
Luego de revisar exhaustivamente la tarea a realizar, y alertándome sobre los peligros a los que me veo expuesta si sigo dejando que mi hogar sea devorado por un tsunami de savia, se suscitó el siguiente diálogo:

-“Doña, yo le voy a hacer un buen trabajo” – Jorgelino (rompiendo el silencio luego de media hora de rascarse la nuca y hacer cuentitas en voz baja usando todas sus falanges)

-“No lo dudo” – yo (engullendo un bostezo marca Hipopótamo)

- “Tengo que sacar las ramas, arrastrarlas hasta la entrada.  Voy a necesitar un ayudante. Me va a llevar un tiempo”- Jorgelino (preparando el terreno para largar una molotov que va a doler)

-“¿Cuánto tiempo?”-yo, con pérdida de paciencia creciendo en progresión geométrica

-“Tengo que ver si traigo la motosierra, el serrucho curvo, la carretilla...” -Jorgelino contando billete en la pantalla mental

_”¿Cuánto tiempo, cuánto, cuánto, cuánto dinero, cuánto, cuánto?”- yo, cada vez más tuneada como el Ogro del cuento de las habichuelas

-“Dos días, dos mil pesitos; un trabajito excepcional te voy a hacer”- Jorgelino escupió esta oración dándome la espalda (todavía no sé si por vergüenza o vértigo en la zona genital)

-“Es muy caro” -¿quién sino yo?

-“Y si te rebajo a mil ochocientos” – él, viendo desmoronarse el sueño del ciclomotor propio

_”No puedo, es un poco menos de lo que gano en un mes sin prostituírme ni vender éxtasis en la puerta de Tropitango” –yo, comenzando a disfrutar del té que me iba a tomar cuando Jorgelino ganara la calle (fruto de un bolón en el trasero marca Hush Puppies)

-“Te hago quinientos pesos por desmalezarte la casa y deshacerme de las serpientes, iguanas, ratas y bichos bolita” – Jorgelino jugando al poker con mis temores

-“Rajá Jorgelino, rajá…si valorás tu vida empezá a correr”- yo con hambre


Capítulo 2: Tener una motosierra es tan “Easy”

Visto y considerando que Jorgelino se ofendió al notar con fastidio que había decidido demoler mi bosque con mi serrucho curvo, me increpó acusándome de darle el laburo a otro jardinero (porque no creyó que ese revoltijo de ramas proviniera de mi propia faena).
Le juré y perjuré que había comenzado la labor para darle una manito, así de paso me hacía un descuentito.  Se retiró ofuscado como novia abandonada en el altar.

Como el ahorro es la base de la fortuna, decidí tomar las riendas del proyecto y recurrí al hipermercado ferretero más cercano, en compañía de mi pareja, quien asistió al evento para salvaguardar mi integridad física.  Esto fue corroborado a los tres minutos de entrar al establecimiento, momento en el que me entregó un aparato similar al de “La Masacre de Texas”.  Sentada de culo en el piso, con la sierra en el abdomen, comprobé que la maquinita en cuestión me dominaba a mí (si hubiera estado enchufada, a estas alturas tendría una medio hermana siamesa).   Recorrimos las góndolas probándonos diferentes modelos de amputadores de miembros y/o ramas, hojas y afines.  Y ahí fue…ahí, en el estante dos (posición 13) que nos vimos ella…y yo.  Fue amor a primera vista.  Primero con Black y luego con Decker.  Con su sonrisa dentada, negra y aceitada.  Con su carcasa rojo sangre.  Con su logo orgásmico para cualquier hombre que guste de máquinas, tornillos y percutores.  Y para cualquier mujer que haya perdido el juicio. 
Media hora después con un alargue, un alicate extensible, un paquete de bolsas de consorcio negras y unas varillas aromatizantes con aroma a jazmín (si, en el fondo hay una fémina viviendo en mí); partimos hacia la cuna de la fotosíntesis.

Capítulo 3: Detrás de todo sueño hay un problema sin resolver, detrás de toda persona hay un asesino serial en potencia.

Como hacía un calor agobiante y los pájaros se caían de los árboles, decidimos dormir la siesta antes de estrenar las herramientas.
Duermo, luego despisto.  Recostada cómodamente en los brazos de Morfeo ví con nitidez de tecnología japonesa la siguiente escena (que me tenía como protagonista…obvio, después de todo era MI SUEÑO! …JODER!):

“Voy a inaugurar un cementerio privado en mi jardín”- yo, la entrepreneur, hablando con Mauricio Macri sobre mi mega emprendimiento

“………….” -Mauricio Macri, mudo (creo que no hablaba porque lo último que ví antes de dormirme fue una foto de él en la Revista Caras, tiesito e inmutable)

“Acá tengo la subdivisión de las parcelas” –yo, señalando el terreno con el dedito índice

“Tengo varios clientes”- yo, Mauricio seguía sin emitir sonido

“El tema es que todavía no están muertos”- yo, esto se convertía rápidamente en un monólogo

“A mi cliente, el japonés, lo voy a filetear a lo largo.  Creo que le va a gustar ser exhumado en forma de sushi, una alegoría patriótica…si se quiere”- yo, Mauricio no opinaba porque seguía freezado en la foto de Villa Langostura

“Al pibito que me torturó poniéndome reggaeton en la oreja con su celular, en la fila de Rapipago le voy a hacer una ceremonia rapidita.  Diez cortecitos prolijos de lado a lado, junto los pedazos y los meto en la bolsa de consorcio negra” – yo, habiendo decidido unilateralmente que el enfermito no merecía una parcela en mi exclusivísimo cementerio “Black&Decker”

“Este lugar lo tengo reservado para la cajera del Supermercado, que me plantó el cartel CAJA CERRADA, después de haberle descargado medio carrito en la cinta transportadora.  Me sonrió cálidamente, en cámara lenta mientras a mí se me borraba la mía.  Le voy a rebanar la cabeza a la altura de la cuarta vértebra cervical.  De lápida voy a utilizar la cabeza embalsamada y sonriente.” – yo, habiendo recibido una ovación de parte de mí misma.  Mauricio miraba pero no opinaba.  Se sumó Francisco de Narváez, que me encargó una parcela para Daniel Scioli.

“Acá va Jorgelino” – yo codeando a mi pareja

“¿Qué?- mi pareja o Mauricio.  Juraría que uno de los dos habló.  Francisco y Daniel se hicieron amigos y se besaron en la boca apasionadamente

“Jorgelino queda muy lindo si lo voy desmembrando de a poco.  Si lo congelo, puedo decorar el pino navideño con sus partes.  El rojo sangre siempre me ha gustado para decorar el arbolito” – yo, haciendo planes para Navidad, porque hasta en sueños me devora la ansiedad

BEEP BEEP BEEP BEEP

El despertador me hace saltar de la cama.  Me calzo las zapatillas, la motosierra al hombro y salgo corriendo a rebanar plantas.  Corto por aquí, corto por allá, disfruto el momento. 

“Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaa” – mi hijo pegó su clásico alarido

“¿Quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee?”

“No tenemos Internet, ni cable ni teléfono”- mi hijo me pasó el parte de las bajas en combate

“Uh” – yo, comenzando a asociar la máquina que tengo en la mano con el ostracismo tecnológico al que he sometido a mi hijo…y/o al barrio, en le peor de los casos

Prorrumpí en llanto revolcándome en un colchón verde de pasto, ramas y arañas.  Sentí la necesidad de auto infringirme dos cortes prolijos en las muñecas para salvar a la humanidad de mi motosierra.  El arma fue sustraída de mis manos por alguien que prolijamente se puso a empalmar los cables mientras los vecinos se preguntaban unos a otros si tenían o no servicio telefónico.  ¡TRAGAME ENREDADERA!

“¿Qué te parece si la seguís usando cuando estés más calmadita?  Guardá el juguete, mañana jugás otra vez, dale?” él, con gesto preocupado mientras retiraba el objeto de mis manos con cuidado

Nos sentamos  a tomar dos cervezas “Duff” al más puro estilo Homero Simpson.  Brindamos por Jorgelino.  Nos acordamos de él, de su madre y de su abuela…

Hoy me lo crucé cuando entraba al barrio.  ¿Pueden creer que se me hizo el ofendido?

VA FANCULO!!!!!!!!!


viernes, 8 de mayo de 2009

EMPRESAS FAMILIARES



Circos de pueblo
En un pueblito magro (no pretendo ser despectiva, me refiero a la oferta de entretenimiento no al tamaño ni a la calidad de la población), donde el radio promedio del centro comercial es de aproximadamente cuatro cuadras; suelen aparecer de cuando en cuando estos circos ambulantes tan típicos del interior de la Argentina.
El primer indicio del desembarco de estos espectáculos suele ser un Ford Falcon modelo 73 destartalado y agujereado por los embates del óxido, en cuyo techo descansa un gigante altoparlante, que va peinando las calles del inhóspito poblado importunando la siesta de sus habitantes con un estruendoso mensaje publicitario. El piloto del auto, devenido en locutor aficionado, va pregonando las bondades del Circo con una voz impostada y pastosa pronunciando palabras que a duras penas se entienden gracias a la apoyatura del maxilar superior sobre el micrófono bañado en una gruesa capa de saliva. Igual todo el mundo entiende de qué se trata, sobretodo los que no pasan la barrera de los diez años. Además, el Falcon suele tener pegado un gigantesco sticker o en su defecto un trapo atado a las ventanas, con el logo del espectáculo en cuestión. “Gran Circo Tebas”, “El Circo de los Hermanos Mussopapa”, “Splendid Circus” o “Colozal Sirco Varcelona” son moneda corriente en la lista de los nombres elegidos por este grupo de artistas nómades que se ganan la vida de pueblo en pueblo.

Una vez publicitado el evento, el Circo fondea en el potrero estratégico de la zona; un lugar donde generalmente pastan los caballos, la gente estaciona chatarras fuera de uso y donde descansan un par de volquetes abandonados que hace siglos vomitan madejas de hierros retorcidos y restos de mampostería.
La acción se desarrolla vertiginosamente. A la mañana, cuatro rollos de lona apilados en el piso y dos vagones de hojalata despintados de colores que alguna vez fueron brillantes, no llaman demasiado la atención de los paseantes. A la tarde, las cuatro lonas se alzan en forma de catedral imponente por la altura y cantidad de parches y remiendos. Los vagones ya son cinco y a esos cinco se les suman los cuatro vagones jaula donde descansa un león esquelético y sin dientes que relojea con desconfianza al más malevo de los perros de la jauría callejera autóctona (quien no duda en mostrar su dentadura completa mientras ruge como un verdadero felino). En otra de las jaulas, tres monos tristes se aferran a los barrotes fascinados con los primeros chicos que se amontonan a investigar la oferta de este nuevo entretenimiento. En el tercer vagón jaula, un elefante deprimido le da la espalda a la concurrencia mientras se hamaca de lado a lado, hasta que es convocado por su entrenador a arrastrar piezas del decorado con una soga atada a su obeso cuerpo. En la cuarta jaula, un conventillo de once perros histéricos hacen las veces de Prima Donna demandando atenciones a puro aullido. Como por arte de magia, aparece la primera soga de donde prolijamente penden, recién lavados, trapos trapitos y calzones de todos los colores. Para cuando cae la noche, el predio se ha convertido en una pequeña ciudad luminosa donde todos sus integrantes están avocados a una actividad específica que hará posible la primera función del día siguiente. Mientras el auto sigue circulando, la boletería se habilita para que los pueblerinos se amuchen a reservar su entrada. La fila nunca sobrepasa los dos o tres integrantes, gente que se lleva feliz, dos entradas al precio de una (impresas en un papel áspero y barato color verde jabón con la cara de un feroz tigre al lado del signo pesos). El valor de la butaca (si se le puede decir butaca a una desvencijada silla de chapa helada o a una ajada sillita de plástico gris que pellizca el tujes), es siempre un anticipo de la calidad del espectáculo que uno va a tener el disgusto de tolerar (porque uno lo hace por los chicos, seamos francos).

Cinco pesos es el precio estipulado para cagarse de frío durante dos horas con el culo achatado por la incomodidad y los tímpanos heridos gracias a la reverberación de dos parlantes desconados que saturan los sonidos graves y emiten los chillidos de un micrófono que siempre está acoplando. Cinco pesos duele deleitarse la vista mirando como una equilibrista entrada en carnes se deja colgar del rodete mientras el marido se cobra las facturas de toda una vida haciéndola girar locamente para depositarla bruscamente en el piso. La misma señora con idéntico rodete ocultará sus medias de red agujereadas y su leotardo turquesa que se incrusta en los tres rollos abdominales, debajo de una túnica amarilla saliendo a vender pochocho frío y gomoso al mismo precio de la entrada (lo cual le otorga una explicación más que razonable a la ganga, que no resultó ser, el valor de la entrada). Mientras la esposa hace su negocio, el amo y señor del Circo se deshará de su overol amarillo dejando al descubierto su generosa anatomía embutida en una calza blanca y una chaqueta roja con solapas negras. Galera de por medio y un látigo raído, el domador hará su fastuosa aparición acompañado de un desganado león que se niega rotundamente a saltar de un minúsculo banquito a otro. Ni el agudo chasquido del látigo, que levanta una nube de polvo toda vez que toca el piso, logrará hacer cambiar de opinión al felino que se acuesta sobre su vientre lamiéndose una pata en franca señal de descontento gremial. Ni siquiera un gruñido podrá arrancarle el domador, atinando solamente a especular con la inquietud de este auditorio de cincuenta y dos personas, mostrando los dientes del temible animal. Mientras el león cabecea al borde del sueño, el opulento dueño del Circo pelará sus mejores aspavientos para terminar abriendo las fauces del animal con la punta del látigo, para asombro de la concurrencia.
Tras vender la última entrada de la noche, el señor de la boletería se calzará su traje multicolor, su peluca de lana amarilla y se encajará la bocha roja en la nariz luego de haber pintado su cara en apenas doce segundos. Ayudando a arrastrar a Michi (el león) de la arena a su jaula, escucha su nombre “Poroto” y la banda sonora de “El chavo” que anunciará el comienzo de su número de humor. El payaso (y cuñado del domador) se trenzará en una frenética pelea con idéntico espécimen (el hijo de catorce) que no deja de propinarle patadas de zapato rojo número 58 en el culo, ante las carcajadas de una parva de mocosos sin dientes que disfrutan como locos con la desgracia ajena. Se correrán de una punta a la otra y saltarán hacia los palcos amenazando con tirarse baldes supuestamente llenos de agua, que resultará ser papel picado que obviamente aterrizará sobre la pelada de algún padre desprevenido.
Luego llegará el turno de Sharon, la contorsionista y madre del payaso menor. Enfundada en un minúsculo traje de baño de lycra negro, se las ingeniará para demostrar que puede auto empacarse en una maleta (y que la depilación no siempre llega al último rincón de algunas partes). Removida del escenario, dentro de la valija, por ambos payasos; la señora dará paso al mago (que no es otro que el domador con la misma chaqueta roja, ahora negra ya que la misma es reversible). Hará un par de trucos con cartas para los cuales convocará a dos miembros de la audiencia, hará desaparecer trapitos de colores en las mangas (esos que a la mañana colgaban de la soga) y hará aparecer una paloma en una cacerola (nunca sabremos si la paloma termina guisada en esa misma cacerola dos horas después). En el entreacto, la contorsionista se pasea vestida con un kimono agujereado por veinte quemaduras de cigarrillo, ofreciendo linternitas de colores al compás del payaso que saca instantáneas con una polaroid del año 1978 (que luego venderá por la módica suma de diez pesos a la salida del espectáculo). La otrora pochoclera equilibrista, ahora vende conitos de papas fritas cuyo aroma mitiga agradablemente el olor a bosta y pileta Pelopincho, del lugar.

Se bajan las luces, de un saque, provocando el pánico de los pendejos que se vuelcan la Coca encima del susto llorando como marranos; comienza la segunda parte del “Chow” (como anuncia el locutor, que es el payaso y el boletero y el fotógrafo y el gerente de marketing y el malabarista…como estamos a punto de comprobar). Largando el micrófono como empanada hirviendo, correrá los veinte pasos que lo separan de la arena para instalarse al lado de una mesita que contiene cinco aros pintados con brillantina, cuatro pelotas naranjas semi-desinfladas, seis platos de plástico y media docena de bastones despintados. Lanzará estos objetos al aire, perdiendo el control de los mismos en la mayoría de los casos, pero logrará arrancar algunas risas cuando la media docena de platos aterriza sobre su cabeza.
Con la musiquita de “The final countdown”; la señora entrada en carnes, su hija y la contorsionista se acercarán a la pista en puntas de pie vestidas con idénticos bodys de lycra dorados bordados con lentejuelas y canutillos. Haciendo ademanes, posando para la concurrencia y dejando ver las hilachas de sus trajes y el rojo carmín desbordado de sus labios; las mujeres se colgarán de tres trapecios cuya altura será calibrada mediante sogas por el resto de la familia circense (incluida la elefanta). Las mujeres se hamacarán lo que dura la canción de Europa, para deleite de la audiencia masculina que no le quita los ojos de encima al culo de la quinceañera que se menea sobre sus cabezas.
El final de la canción deja paso a un bache musical que será subsanado por el payaso multifunción, quien secretamente sueña con dejar caer la soga que sostiene a su mujer para poder llegar de una vez por todas a enganchar el tema de “Carrozas de fuego” a tiempo. El tema da paso a Yessica, la elefanta que será compulsada por el payaso a sentarse en dos patas recibiendo una ovación del público; y a una jauría de perros con polleras de tul rosa que correrán en círculos con una sincronización maravillosa hasta que uno de ellos olfatea a una perra pueblerina en celo abandonando las filas por una noche de pasión campestre. Lamentablemente, Chicho no será el único perro acalorado por los favores de la prostituta canina, el resto de la troupe lo seguirá al galope dando por terminado el numerito de los perritos. El mago hará su última aparición de la noche, y al son de un redoble de tambores, hará equilibrio sobre un grueso cable suspendido a un metro del piso (el mismo cable del que a la mañana colgaban sus trapitos de colores recién lavados y los calzoncillos de su cuñado). Descalzo y habiéndose quitado camisa y chaqueta, el hombre camina en musculosa blanca transpirando los pelos del pecho hasta llegar al final del cordón (los chicos, que ya no aguantan más, a estas alturas corretean por toda la carpa sin percatarse de tamaña proeza).

El último número saca de su hastío hasta a la abuela que ronca con el mentón incrustado en la clavícula izquierda. El domador, otra vez con sus calzas blancas, convoca a un chimpancé vestido de marinero cuya única destreza es fumar habanos y dos monos titíes desmadrados que no sólo se niegan a saltar a través del aro en llamas, se ofuscan y se arrancan uno al otro con los dientes, sus vestiditos de satén amarillo. La pelea da por terminada la función, uno de los miembros del staff (el hijo mayor del domador), apaga con un matafuego el incipiente incendio provocado por el aro en llamas que cayó sobre un fardo de heno.
Con la cortina musical “Había una vez un circo” de Gaby, Fofó y Miliki; desfilan todos los artistas del show (cinco, sin contar los animales). Recibiendo una tímida devolución del público, se aprestan a despedirlo en la puerta aprovechando para venderles a los chicos el último pancho, la última gaseosa, la última pulserita fluorescente y la foto para el recuerdo.
El Circo sólo se quedará el fin de semana. Luego retomará las rutas para llevar su esplendorosa decadencia a otro pueblo, a otros chicos; sumando en cada viaje un nuevo agujero en las medias de red, en las calzas de lycra, en la sonrisa del león y en la lona de la carpa.