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jueves, 11 de agosto de 2011

Episodios de la vida cotidiana





P Un técnico especialista en problemas

Hace un par de semanas que me vengo aguantando a un flagelo de la naturaleza humana.  Es mi trabajo y estoy preparada para cierta cuota de cinismo, soberbia e intolerancia por parte de personas que creen que el vil metal los autoriza a absolutamente todo.  Pero hay veces en las que ni la meditación, ni dos litros de té de tilo pueden inmunizarme contra esta clase de gente.  Lo conocí por mail, una compañera de trabajo me pidió ayuda para responderle ya que ella había perdido por completo la capacidad de despejar la X frente a un ser grosero y un tanto psicótico.

Trabajamos administrando la venta de autos, y en este caso en particular se trataba de uno de alta gama.  En el primer mail mi compañera le explica detalladamente las formas de pago del vehículo y los pasos a seguir.  Pagar, acercarse a firmar, esperar unos días y disfrutar de su 4X4.  Hasta ahí todo funcionó de maravillas, pero todo lo bueno dura poco y el señor P (por psicótico) demandó que enviáramos formularios (por triplicado, sellados y timbrados) por mail para su firma.  Cosa ridícula si las hay, ya que el Registro de la Propiedad exige su firma certificada en original en las tres copias (que son numeradas y tienen un acabado tipo billete moneda).  Cuando se le explicó que esto no era posible, P (sacado como rottweiller suelto  entre un rebaño de ovejas) exigió apersonarse un fin de semana.  Porque él no trabaja, y nosotras…plantas de plástico parte del decorado, SI (según versión libre a cargo de P).  Le explicamos cortésmente que eso no iba a ser posible ya que solamente existe una guardia de ventas y el señor en cuestión entró en combustión espontánea perenne.  De ahí en más su curva de presión y la nuestra fue en vertiginoso ascenso.  Como vimos que no podíamos con la intransigencia de P y nuestros ovarios colgaban a la altura de las rodillas, le dimos la posibilidad (y como excepción) de firmar con su asesor comercial, aclarándole que no efectuar la entrevista con una persona de administración podía acarrear algún malentendido o errores en la toma de la documentación.  Cosa que ocurrió, obviamente.  

Le escribimos (método de comunicación que P eligió siempre para dirigirse a nosotros) informándole que faltaban fotocopiar hojas del documento de identidad y su rúbrica en unos formularios para efectuar un trámite extra solicitado por él mismo.  Como mi compañera, dotada de una paciencia a prueba de guerrilleros sandinistas y una simpatía que roza con el engolosinamiento pastelón, no pudo dar crédito a lo que leía como respuesta al reclamo de dicha documentación; tuve que arremangarme y contestar.  Ese día, ignoraba que firmaba mi sentencia a una hora “tete a tete” con P.  Con la delicadeza de una geisha, tipeando  con un pizzicato digno de Marta Argerich, le detallé lo que necesitábamos para presentar su trámite:

1.       Cambios de domicilio del documento, escaneados o enviados por fax.

2.       La firma de una solicitud de cédula azul o correríamos el riesgo de que el Registro no extendiera ese documento.   Eso se llama abrir el paraguas antes de que llueva.

Demás está decir que nunca encabezó ningún mail con un “buenos días”, “hola” o “gracias por la respuesta”.  Solo se dedicó a corregir la castellanización del término “escaneo” por “scanning” y a negarse sistemáticamente a mandar una solicitud extra argumentando que así se lo iban a hacer porque él era EL.  Le dije a todo que sí, porque tenía los dedos exhaustos y el cerebro limado de tanto contestarle.  Preguntó cuándo, preguntó cuánto y a todo se le dio una respuesta junto con un “saludos cordiales” nunca menos sentido.  Que porqué tenía que pagar un impuesto sobre el auto (ahí nomás le hubiera mandado el mail del Gobernador de Buenos Aires) y porqué el trámite no se hacía en veinticuatro horas y que tendríamos que haberle escaneado el documento cuando llegó a presupuestar el auto para evitarle contratiempos.

Le expliqué que el importe a abonar por ese impuesto solamente se conocería el día que el trámite estuviera listo ya que se liquida en el momento.  Furia asesina escrita, en mi vida he visto como la de este hombre y su léxico filoso.  Que deberíamos presupuestar el importe (aunque le expliqué mil veces que era imposible), a lo que sarcásticamente contestó “entonces cuánto llevo, diez o diez mil pesos?”.  Vuelta a empezar “se lo vamos a decir cuando lo convoquemos para retirar la camioneta y sepamos el importe exacto”.  Cebado como tiburón frente a un daiquiri de hemoglobina, comenzó a solicitar detalles puntuales del destino de su dinero.  Por enésima vez le expliqué que todo eso le iba a ser entregado el glorioso día en el que se llevara el auto y me beneficiara con su ausencia (esto último lo pensé mientras imaginaba una Beretta 9mm sin silenciador).

Lo más gracioso del caso fue buscar en Internet la firma para la cual trabaja, verle la cara (ya que hasta ahora solamente nos habíamos cruzado en el paraíso virtual de la Net) y leer su curriculum vitae.  Especialista en Soluciones.  Contador, auditor y no sé cuántas cosas más.  Todas relacionadas con los negocios pero muy alejadas de lo humano, a mi humilde entender.  Pero lo mejor estaba por llegar.  

Luego de un mail perturbador, en donde el señor copiaba párrafos de mi mail agigantando palabras como “jueves” o “patente”, un frío me corrió por la espalda.  Estábamos en presencia de un personaje similar al sociópata de Oslo.  Luego de encargar mi chaleco de kevlar por Amazon.com, nos dispusimos a informarle que el vehículo estaba a disposición con todo lo previsto y pautado en orden (tiempo y forma estipulados).  El único cambio que se hizo fue quitarle toda cortesía u obsequio como accesorios, paraguas, gorras, kits, etc.  ya que a consideración de mis superiores, su manera de manejarse y destrato hacia el personal no debían ser premiados.

Llegó el gran día y absolutamente todos en la oficina nos bañamos con jabón de coco y resina contra agresiones verbales.  No contenta con esto, debajo de la camisa me calcé el kevlar.  Considero que retirar un OKM es un evento que debe disfrutarse y me encanta el momento en el que la persona se encuentra con el producto de su esfuerzo y sus fantasías automovilísticas.  Así que tontamente creí que P iba a dejar su malhumor de lado para gozar del momento.  Error.  Grueso.  Los gritos de la mujer (cabe aclarar que colgadas de estos señores, suelen venir unas urracas peleadas con el peine que gritan con la voz de Bette Midler y piden por el gerente antes de pronunciar “hola”).   En resumidas cuentas, el problema del impuesto se había convertido en “algias pelvianas con gimoteo agudo sumado a hemorroides severa con pérdida de sangre por el culo”.  Todo, ABSOLUTAMENTE TODO, estaba mal.  La hija adolescente se reía nerviosamente mientras la madre, en un alarde digno de Nicole Kidman, lloraba y balbuceaba maldiciones diabólicas.  P trataba de “boludo” a un compañero que jamás perdió la compostura aunque estoy segura de que hubiera deseado asfixiarlo con la corbata.  Le dimos las llaves pero sin invitación ni mediar saludo alguno, insólitamente lo tenía atornillado en una silla frente a mi escritorio.  Como no pudo con su vida, luego de vomitarme un monólogo de cuarenta minutos (parado porque en la silla duró veinte segundos), chivando como un esquimal en el desierto de Gobi me repitió hasta el cansancio el motivo de su injustificada paranoia:

-          Quiero que me lo polaricen- P
-          Es una cortesía de la casa, en este caso no le fue concedida-
-          Quiero un detalle de lo que pagué-P
-          Se lo están entregando en la factura-
-          Quiero que me digan porqué no me dijeron que tenía que transferir desde mi cuenta a la cuenta de la fábrica del auto-P
-          Si no lo sabe usted, que es Contador Público Nacional…imáginese…
-          Mirá, viste que me hicieron las cédulas igual-P a mi compañerita que amablemente le sonrió como lo hacen los transeúntes a los pacientes del Borda
-          Quiero que el Gerente me llame-P
-          Le digo-
-          No, mejor que me escriba una carta-P
-          Le voy a decir (si, ya sabemos que lo tuyo es la palabra escrita, pensé con sorna)
-          Quiero su compromiso-P
-          Quiero que te vayas, tu cabeza en una fuente con una manzana en la boca y tu auto para disfrutarlo yo ya que vos no tenés capacidad de goce (esto último no lo dije, lo balbucee para mis entrañas).

P se fue tan exacerbado que dudo que haya llegado a destino con el auto entero.  La presión en 22, por lo bajo; una esposa con ataque de “genitales afligidos” y una hija avergonzada arriba de una camioneta del valor de media casa.  Unas horas después me subí a mi económico autito, sintonicé la radio y volví cantando a casa.  Me acordé de P y le tuve mucha, pero muchísima lástima.


Un videíto dedicado a P

sábado, 3 de abril de 2010

FAUNA Y FLORA DE LA SELVA LABORAL







Arquetipos más frecuentes


Hablando con amigos y familiares he notado con curiosidad que, sin importar el ámbito o geografía de un trabajo, existen personajes con características bien definidas que se repiten con sorpresiva frecuencia. Puede ser en un Juzgado, en una tienda de ropa, en la administración de un laboratorio, en una farmacia, un colegio, un supermercado o una fábrica de embutidos; cambia el paisaje pero los prototipos se repiten como clones en todos los trabajos donde convivan más de tres personas.

Recopilando información he confeccionado la siguiente clasificación:


LA HIEDRA VENENOSA


Este ejemplar se comporta como el hijo bastardo de la planta del cuentito infantil “Las habichuelas mágicas” y una planta carnívora. Invierte buena parte del día en trepar cual enredadera por todos los recovecos y espacios libres que encuentra, diseminando su ponzoña a quien esté predispuesto a escucharla. Va enredándolo todo a tal punto que es imposible llegar a la raíz o verdadera esencia de su jodida persona. Su trabajo es subversivo y sutil, como la planta, nadie se percata de su crecimiento hasta que sus brotes afloran de los cajones de tu escritorio llevándose puesto todo a su paso. Como toda planta, es inmune a los sentimientos humanos, mientras tenga agua y un poco de luz seguirá su camino hasta el techo. Si la podan, probablemente algún brote siga creciendo en nuevos jardines (donde los nuevos compañeros se preguntarán con incertidumbre dónde quedó aquel fragante jazmín que ahora los asfixia con su mata de hojas desaforada).


LA MARMOTA


Este dulce animalito está podrido de que lo tengan de aquí para allá. Entonces se dedica a hibernar (todo el año) detrás de un escritorio donde anida desde que la empresa abrió sus puertas, allá en 1979. Como sabe que no lo pueden despedir porque le tienen que entregar el 50% de las acciones del grupo, pasa sus días tomando cafecitos y pasando papeles de una bandeja a otra. Es poco lo que aporta y poco lo que se sabe de él. Festeja los chistes con una risita que deja entrever sus paletas y es incapaz de involucrarse en alguna situación que amerite levantar el culo de la silla (si pudiera meterse una sonda en la vejiga, solo se levantaría para comerle las galletitas a sus compañeros).


EL PEZ PAYASO


Este sujeto genial se pasa por el trasero todos los apercibimientos y reprimendas que ha recibido a lo largo de los años, por llegar tarde, despeinado, y con el uniforme repleto de manchas (esas que sometiéndolas a un riguroso “Carbono 14” te dirán con lujo de detalles lo que el susodicho desayunó esa soleada mañana del 9 de marzo de 1999). Le importa tres pepinos llegar al objetivo, cumplir con los deseos de su Jefe y complacer a la plana mayor de la empresa; este personaje está ahí para pasársela lo mejor posible, contagiando a sus compañeros de esa deliberada algarabía. Cuenta chistes, ceba mates y esquiva los objetos contundentes con los que sus superiores intentan abrirle la cabeza toda vez que lo descubren dedicado de lleno al alpedismo (que es el 98 % de su tiempo en el trabajo).


LA GATA Y LA GATA FLORA


La Gata es la devota de Recursos Humanos por excelencia. Le fascinan. Los ha probado a todos y se ha erigido en la empresa como el monumento al fácil acceso y la flexibilidad absoluta. No se sabe a ciencia cierta si el 100% de los rumores que la tienen como protagonista son veraces, pero hay quienes aseguran tener evidencia empírica que respalda cada uno de los míticos eventos que circulan de boca en boca del personal (como circulan asiduamente sus miembros por la boca de este felino doméstico tan común en las oficinas y dependencias gubernamentales).

Por otra parte, la Gata Flora es otra gran devota de los Recursos Humanos hasta que los mismos devuelven sus atenciones, en cuyo caso este felino se ofenderá hasta las lágrimas y saldrá disparado como un petardo a formalizar una denuncia de acoso ante el Gerente de Recursos Humanos.


EL COLIBRÍ


Este pajarito colorido y ágil circula por todos los departamentos y reparticiones de la organización, sus funciones así lo requieren. Entonces se dedica con mucho esmero a cumplir rápidamente con sus tareas para poder desparramar con comodidad y tiempo de sobra, todo aquel dato que haya recogido en otras plantas y que sabe positivamente que despiertan el interés de sus interlocutores. Sin una intención definida, sus balas de cañón van cayendo como paracaidistas el 6 de junio de 1944 en Normandía, con efectos igualmente devastadores. Muchas veces disfruta del efecto deseado, aunque por inconsciente y boludo, las más de las veces ignora los alcances de la onda expansiva generada por sus acciones.


EL PAVO REAL


Este pajarraco fue diseñado para chapear. Aterriza en el lugar que lo acoge e inmediatamente informa a sus pares sobre sus diplomas, cursos, capacitaciones y calificaciones en la Universidad. Vive denostando a quienes no están a su altura, se niega a hacer cosas para las que asegura estar sobre calificado y exige en lugar de pedir. Espera ansiosamente ser abordado para responder alguna consulta, que nunca llega, porque sus compañeros jamás le pedirán otra cosa que no sea salir del paso camino a la impresora. Generalmente es devorado por la Loba o termina por renunciar de puro aburrimiento.


LA LOBA


Este ejemplar vive aullando. Es un quejido eterno y prolongado. Sus tragedias conmueven por la sordidez de sus relatos provocando en sus interlocutores una profunda y auténtica lástima. Le empatía es inmediata, manejada a la perfección por un sujeto que la utiliza sin el más mínimo atisbo de duda para lograr aquello que desea. Bajo esa fachada de supuesta fragilidad y extrema necesidad de contención, vive un matemático alemán que calcula hasta el peso específico del liquid paper que va a utilizar ese día para borrar la evidencia que lo incrimina en un error que le acaba de costar un dineral a la empresa que lo alberga. Evita con destreza prusiana, hacerse cargo de toda metida de pata que lo tenga por autor o partícipe necesario; prefiere un ataque de asma o volar de fiebre antes de quedarse a admitir que se fue al pasto de cabeza. Es muy probable que busque a un pez payaso, a una marmota o a un pavo real para descargar responsabilidades y en el caso de una confrontación directa mostrará dientes y uñas devorándose a quienes osen cruzarse en su camino.


EL YUYO


El yuyo es tenaz y trabaja cuando los demás descansan. A las diez lo ves en Tesorería, diez y doce está en Marketing, diez y cuarto en Ventas, diez y veintitrés en Contaduría. El yuyo está en todas partes. Nadie sabe a ciencia cierta a qué se dedica, pero todos saben que siempre está corriendo de aquí para allá. Lo pueden trasladar, remover o pisar; pero el yuyo siempre reaparece asomando clandestinamente la cabeza a la sombra del pavo o la hiedra. Incansable, a veces sirve de alimento a la Loba, que lo caga en terreno fértil dándole la posibilidad de volver a renacer de sus propias semillas.


EL JABALÍ


El jabalí es un chancho salvaje en la selva. Y en las oficinas también. Lo que no puede arreglar con lo que tiene adentro de la cabeza, lo arregla con la cabeza misma. Es capaz de darse veinte veces con la misma piedra, putear, carajear y al día siguiente volver a pegarse un palo similar. Se ofusca, se pone colorado, amenaza con dar un portazo y no volver a pisar el lugar nunca más; sin embargo es incapaz de asustar a su audiencia que revolea los ojos al escuchar la misma escenita por undécima vez en la semana. Sobre exigido de laburo, acepta con ira media docena de tareas más; es muy probable que por falta de huevos, lejos de cargar las tintas con el responsable de esa situación lo haga con quienes sabe son inofensivos. Se queja, protesta, resopla y murmura pero en una confrontación directa se va al mazo por terror al Rey León.


EL REY LEÓN


Como su nombre lo indica, este es el que “corta el bacalao”. Cuando este ejemplar está con mecha corta los rugidos se escuchan a tres kilómetros a la redonda. Para llegar ahí se manducó dos cebras, tres jabalíes, dos docenas de antílopes, quince etíopes y un par de hiedras como guarnición; por eso es más que respetado. Sabe hacer su trabajo pero no va más allá de lo que entiende le corresponde. Cumplidas sus funciones, se dedica a tercerizar todo aquello que no le atañe o pueda minimizar su imagen. Mientras se lame las patas relojea el movimiento de su manada y solamente actúa en caso de extrema necesidad. Felino por naturaleza, goza de excelente reputación entre las gatas de la empresa.


LA HIENA


La hiena come cualquier cosa. Todo le cierra y toda retorcida artimaña que le sirva para llegar a sus fines será utilizada, aún cuando en el camino queden varios cadáveres a medio masticar. Inescrupulosa y sin códigos, la hiena quiere trabajar poco y ganar mucho. Odia el esfuerzo así como odia al León por su jerarquía. No le gusta recibir órdenes. Solapadamente envidia a quienes ostentan aquello que ella cree merecer, entonces se dedica a reírse grotescamente de ellos sin percatarse de que nunca va a poder dejar de ser ese bicho siniestro que come lo que el resto deja.



¿Te identificas con alguno? ¿Si? ¿Con cuál?





domingo, 15 de noviembre de 2009

HIJOS DE LA LUZ




Cuando no te queda otra que volver al pasado
Justificar a ambos lados

Vivimos rodeados de objetos y servicios a los que nos acostumbramos tan rápidamente que ya no podemos precisar el momento en que aparecieron en nuestras vidas. Otros, estaban aquí mucho antes de que nosotros fuéramos concebidos. Y algunos, bueno, algunos ni se nos ocurre pensar qué sería de la vida sin ellos. ¿A alguien se le ocurre pensar en un día sin mandar un mensaje de texto por celular? ¿Alguno podría subsistir sin abrir un correo electrónico o mirar los titulares de los diarios desde su PC antes de salir a trabajar? ¿Alguno se imagina haciendo un fueguito en el medio del living para calentar el hogar en lugar de encender el piloto de la estufa?
Nos hemos ido atiborrando, sin darnos cuenta, de toda una maraña intrincada de aparatos que nos hacen la vida facilísima pero que dependen del gas de red, energía eléctrica y agua corriente (bueno, algunos, porque los que vivimos lejos de las grandes ciudades todavía usamos agua de pozo).
Así es como en forma autómata, con los ojos todavía pegados por lagañas y la costura de la almohada impresa en la sien, enchufamos en una sola maniobra la cafetera y la tostadora. Con el dedito índice de la mano le damos vida mágicamente a la televisión y de paso hacia la ducha encendemos la computadora con el dedo gordo del pie en una pirueta de yoga que yo llamo “saludo al ordenador”. Nos duchamos gracias al motor que impulsa agua al tanque, cantando al unísono con el mp3 del celular (previamente cargado durante toda la noche), nos secamos el pelo, nos lo planchamos, nos preparamos un licuado, descongelamos el pollo de la vianda en el microondas y nos planchamos la camisa para el trabajo. Hasta ahí todo muy bonito, la paz y armonía del hogar son impecables. El aparato para ahuyentar a los mosquitos funcionó de maravillas, el café se hizo, el encargado del tránsito del noticiero de la mañana nos dice qué atajo tomar para llegar al trabajo.

¿Pero qué pasa cuando una tormenta atroz derriba ochenta postes de luz? Pasa lo que les pasaba a nuestras abuelas en el año cuarenta. Pasa lo que les pasaba a los Ingalls en el 1800. Pasa lo que hemos visto en infinidad de películas de época…de cualquier época más precisamente, menos de esta. De esta que es la de la tecnología, los celulares, las notebooks, los archivos pdf, los ppt, los correos de voz, el skype, las Webcams, los hornos de microonda, los aires acondicionados, el Messenger, las jarras eléctricas, las bombas hidroeléctricas, los modems inalámbricos, el Wi-fi, la X-box, el I-phone, el Counter Strike, el Facebook, el Google, el GPS, los cybers, las ediciones digitales de los diarios, los implantes dentales, la cirugía translaparoscópica, los satélites, el transbordador espacial y el DVD. Pasa que ya no nos acordamos de cómo hervir agua o desearle feliz cumpleaños a un amigo sin energía eléctrica.
Es por esto que, ante un reciente corte de energía que duró unas dieciocho horitas, elaboré una listita de los problemas que surgen cuando somos enviados de una patada en el culo al siglo pasado.


LOS CUATRO PROBLEMAS MÁS FRECUENTES ANTE LA FALTA DE ENERGÍA ELÉCTRICA

La dinámica familiar se ve completamente distorsionada, cuando no destruida (o reparada), con un súbito corte de luz. Lo primero a tomar en cuenta es que todos los miembros de la familia se aglutinaran en la cocina a mirarse las caras sin pronunciar otra palabra que no sean epítetos de grueso calibre. Una vez saciada la necesidad de insultar, nos miraremos fijo a las caras sin encontrar motivo para pelear por un lugar frente a la computadora o por el dominio del control remoto de la TV. Erradicados esos motivos, no nos quedará opción que reparar en las caras del otro. De repente nos daremos cuenta que el primogénito se ha perforado por enésima vez la oreja (de la cual pende una flecha metálica que vuelve a incrustarse en el lóbulo superior de la misma). El crío, por su parte, se dará cuenta (a la luz de una vela) que su madre es una señora mayor y entrada en carnes que se parece mucho a su abuela (sobretodo cuando tiene cara de ojete). Pasada la etapa de contemplación estética, llegará de a poco la conversación. Nos pondremos al día con las novedades de las criaturas y así nos enteraremos de que el hijo mayor planea poner un puesto de hot-dogs en la playa sin nuestra autorización pero con nuestra financiación, que el del medio está de novio con una mujer tailandesa que le lleva quince años y el menor le peluqueó el flequillo a su compañerita de primer grado en el baño (la madre de la pendeja hace juicio al colegio y a los padres del ignoto coiffeur pigmeo).


La recreación y el entretenimiento se ven sensiblemente afectados. Algunos no lo soportan, hacen una mochila, agarran el auto y toman la autopista con rumbo indefinido atraídos por el primer resplandor luminoso que augure comida chatarra/pelotero/cine y Wi-fi. Pero aquellos que elijan el hogar deberán desempolvar los juegos de mesa: el ajedrez del abuelo, el mazo de cartas españolas, el cubilete y los dados comprados en las últimas vacaciones, el ludo, las damas y el favorito de la abuela (el bingo). Los más chiquitos apelarán a los crayones y las pizarras magnéticas…y si hubo suerte alguno encontrará el Tetris a pilas (lo más cercano a la tecnología sin enchufe). Cuando se agoten los recursos, la imaginación será una gran fuente de entretenimiento. Buscarle formas a las manchas de humedad, los trabalenguas, el “ni si, ni no, ni blanco, ni negro” y el concurso de chistes machistas/negros/verdes serán los grandes salvadores de una velada que se torna de goma. Visto y considerando que la luz no vuelve, cada integrante se buscará linterna o vela para meterse en la cama con algún libro olvidado en una biblioteca que sólo sirve como recuerdo de un pasado inmediato que amenaza con desaparecer del todo. Si hay suerte, la mañana siguiente nos encontrará a todos enchufando los celulares con desesperación mientras nos matamos a codazos por la silla frente al monitor.


La higiene propia y del hogar se ve ostensiblemente dañada. A la mayoría, el agua les dura lo que exista de reserva en el tanque. A otros como yo, la falta de energía nos deja automáticamente sin agua. Y en las ciudades, aunque los encargados de los edificios se maten explicando que hay reservas suficientes como para pasar dos días sin luz y con un buen suministro de agua (usándola razonablemente); lo más probable es que te quedes sin una gota de H2O a la media hora, ya que todos llenarán sus bañeras, tachos y fuentones agotando las reservas de pura desesperación y avaricia. Entonces tendremos que aplicar nuestra astucia y apelar a nuestra memoria para recordar cómo se bañaba la gente en los westerns más conocidos. Dicho esto nos encontraremos parados en un fuentón lavándonos a trapo y jabón, enjuagándonos con agua turbia, reservando un poco para mojar el cepillo de dientes y otro poco para la pava. Limpiar la casa será una utopía. Conclusión: Los Ingalls eran unos roñosos. Y los Highlanders también.


Las comunicaciones desaparecen y con ellas la aldea global, las redes sociales… la vida social en general. Hasta el trabajo queda reducido a tareas de archivo. Ya nadie escribe nada a mano, nadie manda cartas por correo. Todos nos enteramos del nacimiento de los hijos de nuestros amigos a través del Facebook. O el Twitter. Nos invitan al cine y a una fiesta a través de ellos. Arreglamos nuestros planes de fin de semana y hasta contactamos al dentista por una red social porque el muy turro desconectó el celular el fin de semana. Hacemos las compras por Internet, encargamos discos y libros con la computadora, pagamos las cuentas con los home-bankings y pirateamos desde una peli, hasta un libro. Ni cocinar podemos sin bajar una receta o verificar el resultado de un análisis de sangre sin consultar a una Web médica que nos dejará más aterrorizados de lo que estábamos antes de meter la nariz ahí dentro. El resultado de un corte de luz es que básicamente no somos nada sin un cable USB, un CPU, un MODEM y un monitor. Y las consecuencias son gravísimas. He visto gente darse la cabeza contra la mesada de la cocina por puro síndrome de abstinencia a la tecnología (mi sobrino de seis años, sin ir más lejos).


¿Si tengo alguna sugerencia para sobrevivir a estos cortes de energía que amenazan con ser más frecuentes por culpa del cambio climático, las reservas de agua existentes y las fuentes de energía que amenazan con agotarse a corto plazo?.

Si, tengo. Alquílense películas de época. Renacimiento. Edad Media. Pre-historia. Edad Antigua. Revolución industrial…la época que quieran menos la actual. Aprendan a pelar pollos. A cargar agua desde el manantial hasta la casa. A usar la rueca, el telar. A prender fuego con un palito y una piedra. A sentarse frente al fuego a cantar y recitar. A escribir cartas y esperar tres meses por la respuesta. A vender y comprar con el trueque. Y a matar mosquitos a trapazo limpio…

martes, 7 de octubre de 2008

Delicias de la vida laboral


Cucharada de moco

Cucharada de moco es un compañero de oficina que vive brotado. Es la típica personalidad insegura que piensa que todo el mundo está complotando para sacarlo del medio, serrucharle el piso o joderle la vida (aunque en realidad sean siempre ellos los que le complican la vida al resto).
Las mañanas de estos siniestros personajes son terroríficas. Suelen aparecer con anteojos de sol y cara de bragueta mecha corta que intimida a cualquiera que se les cruce con la simple intención de saludarlos.
Uno nunca sabe cómo reaccionar ante una cucharada de moco. Si uno les pregunta por el motivo de su desdicha suelen contestar con un ladrido, si uno elige ignorarlos se ofenden y sumergen en el más absoluto de los silencios. Si uno los trata en forma natural, buscarán el peor momento del día para desembuchar las causas de sus desventuras. Con este tipo de personas no hay forma de ganar, ya sea por error u omisión siempre habrá que aguantar un tsunami de reclamos y protestas.
Viven quejándose, peleados con los miembros de su familia, familia política, amigos, compañeros de trabajo y prestadores de servicios. Todo es un problema para ellos. Pagar una factura de luz, cargar la tarjeta del celular, comprar una entrada por Internet; serán motivos suficientes para escucharlos proferir epítetos con los ojos fuera de las órbitas escupiendo baba cual perro rabioso, al pobre infelíz del otro lado del teléfono.
Todos tienen un problema con ellos. Las mujeres cucharada, prorrumpen en llanto toda vez que la de Contaduría les negó una nota de crédito, el Gerente las obligó a hacer algo con lo que no estaban de acuerdo o la factura se enroscó en la impresora. Putearán a los cuatro vientos, maldecirán a la Cajera, y le desearán la muerte a la suegra que cayó a las nueve de la noche con la pila de ropa planchada que le dejaron el día anterior.
Eternos inconformistas, los cucharada están convencidos de que merecen una vida mejor, pero son incapaces de levantar medio dígito de la mano derecha para cambiar la realidad que les tocó en suerte. Le echarán la culpa a la terrible infancia que vivieron, como si la infancia del resto fuera un paseo a Disneylandia; o cargarán las tintas contra sus parejas como si alguien les hubiera puesto una pistola en la cabeza obligándolos a convivir con sus respectivas.
Histéricos por excelencia, terriblemente celosos y resentidos, estos personajes dedican su existencia a coquetear con todo el mundo porque no soportan no ser el muerto en el entierro. Aún cuando tengan una pareja consolidada serán proclives a seducir a los novios/as de sus amigas, cuñados/as, compañeros/as de trabajo y por supuesto a sus Jefes.
No soportan una negativa y pueden discutir hasta el cansancio por cualquier tema, ganando la batalla por abandono del adversario (que queda en un rincón con los ojos dados vuelta, la lengua afuera y la cara de un tono violáceo cadavérico).
Se victimizan y hacen de sus dolencias una causa de estado. Una cucharada de moco con síndrome premenstrual es una potencial Glenn Close en "Atracción Fatal", una mujer que puede llegar al extremo de operar el parietal izquierdo de un compañero con una birome para hacerle entender que le jode que le usen la abrochadora sin permiso.
En las oficinas se caracterizan por no delegar, tapándose de trabajo para luego quejarse de que no reciben ayuda. Así es que dejan todo por la mitad y se ofuscan si se les reclama el trabajo atrasado (con lágrimas en los ojos, obviamente).
Hostiles y celosos como teros empollando huevos, los cucharada ostentan una lengua viperina capaz de pegar donde más duele si se sienten agraviados (como cuando uno los mira fijo pensando en otra cosa y ellos asumen que uno se ha percatado del horrendo grano que les ha salido en la punta de la naríz).
No les gusta enseñar y emputecerán la vida de los compañeros nuevos, complicándoles la existencia con respuestas vagas para hacerlos sentir como un hámster caminando en la ruedita a ninguna parte. Les negaran la información, mejicaneando formularios, útiles de oficina o datos vitales tales como el manejo de la fotocopiadora y recambio del toner. Siempre requerirán de ayuda pero son incapaces de ofrecerla, prestos a salir volando apenas terminan con su parte, aún cuando el compañero esté desbordado de carpetas. Demás está decir que se dirigirán a sus compañeros como "boludo", "pelotudo", "tarado", "imbécil" y calificativos de similar calibre; obviando el nombre de pila con la excusa de que el adjetivo fué usado con todo cariño y es la forma en que se dirijen a todo el mundo (lo cual, por otra parte, es cierto).
Los cucharada viven tensos y tensionan el ambiente en donde se desempeñan. Son rapidísimos a la hora de resaltar errores ajenos pero rara vez se hacen cargo de los propios. Esa no es su letra, aquella no es su firma, ese que los señala con el dedo está loco…nunca en su vida lo han visto (aunque el señor se queja del maltrato al que fue sometido por esa loca histérica que los mira con rencor).
Nunca aprenden, nacieron sabiendo, fueron paridos con una calculadora y un diccionario en la mano; no aceptan consejos ni críticas constructivas. No están interesados en optimizar lo que hacen, porque lo que hacen es y será perfecto; le tienen terror al cambio.
Pero llega un punto en que los cucharada se quedan solos. Las parejas no los toleran, los jefes no los soportan, la familia tiene los huevos al plato de sus constantes demandas y los compañeros de oficina los van dejando a un lado. Con hastío. Con asco. Porque nadie quiere desayunar cada mañana con una cucharada de moco.

martes, 23 de septiembre de 2008

Mis experiencias en la Farmacia




MIS EXPERIENCIAS EN LA FARMACIA (uno de mis tantos curros en los que aprendí los secretos del maravilloso mundo de las drogas...legales).

Aterrizar en una Farmacia es como poner un pie en Marte. Se abre un mundo que hasta ese día era desconocido. ¿Qué hay, y qué sucede detrás del vidrio, pecera, pared, durlock, estantería…etc.?. Esas son las preguntas que me hacía cuando el empleado desaparecía backstage con la receta de mi médico en la mano. ¿Por qué tarda tanto?. ¿Está pidiendo autorización al Cartel de Medellín para venderme un mísero Rivotril?. ¿Cuánta gente hay escondida detrás de la pared?. ¿Me ven por algún vidrio espejado?. ¿Están pidiendo mis antecedentes penales?. ¿O un Veraz por si pido fiado?. Todos esos misterios fueron develados cuando puse mi pie (izquierdo) en Marte, o sea en la Farmacia.
Atrás hay, básicamente, remedios. Y también cosas extrañísimas. Polvos, líquidos y ungüentos de fétidos aromas. Mangueras, aparatos y artículos de látex/ caucho para extrañísimos usos. Frascos y frasquitos. Goteros, goteritos, baja lenguas, y demás artefactos para importunar a cualquier cristiano. Los nombres de los remedios son básicamente impronunciables porque algún trastornado decidió bautizarlos con una mezcla de latín y ruso ucraniano. Las consonantes se juntan y es muy probable que el cliente, en un intento de proferir el sonido que lo conduzca a conseguir la droga deseada, te lance un escupitajo en el medio del ojo. ¿Cómo encontrar lo buscado en cuatro paredes atiborradas del techo al piso con cajitas de 8X8?. Cuando uno desconoce este mundo piensa que sólo existen los medicamentos que uno ha tomado…o sea Amoxidal, Buscapina y un par de aspirinas. Por eso nunca comprende el delay del empleado. ¿Por qué tarda tanto?. ¿Estará cosechando el ácido acetilsalicílico de la corteza de un árbol del Amazonas?. ¿O es simplemente un subnormal con un problema de motricidad?. Pero el pobre infeliz, lejos de poner la mano y hacer tuc; debe lidiar con la decodificación de la letra del desgraciado del médico (que necesitaría un par de tegretoles porque parece escribir en plena crisis de epilepsia), el nombre indescifrable de la droga en cuestión y la búsqueda por orden alfabético de la cajita solicitada. Esto no es una tarea sencilla ya que los medicamentos están ordenados de acuerdo a lo que son (pomadas, líquidos, inyectables, polvos y la famosa lista IV…por favor señor musicalizador, acá va música reggae). De la lista IV, me ocuparé más tarde.
Una vez que hemos descifrado el nombre, debemos descifrar a qué grupo pertenece y luego poner el sonar cerebral apuntando a la estantería correcta. Seguramente, y de acuerdo a las leyes de Murphy, terminarás adquiriendo un moretón en la frente al chocar estrepitosamente con la cabeza de algún compañero que OH casualidad buscaba en el mismo estante. Roces de por medio y tratando de pasar hacia el interior del colectivo sin ninguna maniobra de connotación sexual, le pasarás por encima cual caballo de salto a tu compañerita/o para llegar lo más rápido posible a la letra L. Cuando llegues al final del estante te retorcerás de bronca al darte cuenta que lo que buscabas comienza con “LO” pero después de “LE” viene la pared. Y “LO” sigue en el zócalo de la pared del kilómetro 3 de la ruta 2. O sea allá. Allá donde está tu compañerita agachada y agazapada esperando devolverte el pisotón de cortesía que le propinaras buscando el enalapril para el viejito que te espera con rictus cadavérico hace media hora en el salón. Que a estas alturas se murió sentado en una silla esperando el remedio y que le tomen la presión…que ahora es cero. Porque el Lotrial nunca llegó a sus manos. Cuando crees tener la situación bajo control te das cuenta que la pifiaste en los miligramos o sencillamente en la cantidad…y le estás dando como para bajarle la presión a un elefante de mil doscientos kilos.
Ahora sí, lista para salir al ruedo al son de Caballería Rusticana, te das cuenta que cometiste el peor de los pecados farmacéuticos…si los hay. Te olvidaste de anotar. O anotaste cuando había cuatrocientas cincuenta cajas de lo mismo porque alguien se dejó tentar por alguna oferta y aceptó un volquete de esa droga a mitad de precio. Que vence dentro de dos horas…el medicamento, no así la oferta…que sigue en pie hasta agotar stock. Una vez anotada la maldita porquería, deberás lidiar con los tamaños de los envases y la consabida cobertura de la obra social. Que de social no tiene un pito.
Estas maquiavélicas corporaciones “médicas” se dedican a torturarle la vida a pacientes y farmacias por igual. Básicamente quieren lucrar, obvio, pero con todo el sadismo posible y por pura diversión. La palabra “burocracia” brilla con todo su esplendor en lo que a medicamentos se refiere. Los pacientes dejan surcos del tamaño de las acequias mendocinas de tanto ir y venir al médico para corregir, rectificar, enmendar y aclarar el nombre/fecha/número de carnet y cualquier otro dato que sirva de filtro para no cubrir el medicamento en cuestión. Si de paso se mueren en el intento, mucho mejor. Blancos fáciles cual patitos de lata de kermesse de pueblo, son los ancianos que pasan más de tres cuartos de los últimos días de sus vidas yendo de la farmacia al médico (música de Charly García, Sr. musicalizador!). La receta, en el 90% de estos casos estará mal confeccionada y muy probablemente, una vez corregida, no le cubra el remedio porque el que diseñó el vademécum está convencido que los viejos vienen sin ojos (los colirios raramente son cubiertos por PAMI)…o no tiene abuela como para ver un viejito in situ. Pero por esas cosas de la vida, el muy ignorante no se dará cuenta hasta años más tarde, que el tiempo lo convertirá en un ejemplar de esos que no tuvo la misericordia de mirar de cerca.
Una vez embocado el tamaño, los miligramos, la cobertura y la anotación posterior viene el corte del troquel. Que alguien me explique porqué diablos el cutter corta hasta los rabanitos en fetas pero en la farmacia no corta ni por casualidad. ¿Acaso es una maldición gitana?. Te dispondrás entonces a encontrar la manera de rebanarle ese cuadradito de miércoles a la cajita sin destrozarle los blisters al medicamento y caer en la tentación de pasarle la lengua al polvito (en el caso de haber acuchillado un par de clonazepanes de 2). Si caíste en la tentación, con mano temblorosa enmendarás el daño para que el auténtico propietario descubra el daño en su casa y te pasarás el resto del día tarareando “Don’t worryyyy, beeee happyyyy”. Si le chingás al maldito cartoncito y te rebanas una feta de dedo siempre podrás poner el pedacito en formol como recuerdo e intentaras parar la hemorragia con el dedo para arriba en la posición indicada y de paso tendrás la excusa perfecta para mandar al infierno a quien te haya hecho la vida imposible ese día.
Reparado el dedo, buscarás a tu cliente entre la horda de especimenes desesperados que te busca con la mirada y con cara de “después de él me toca a MI”. Entregada la cajita preguntarás ¿algo más?, con el dedito sobre la tecla de la impresora. A la voz de “aura” y ante la negativa del cliente terminarás de oprimir la tecla que emite el ticket sólo para descubrir que ahora el susodicho en su día de “hoy le voy a romper la paciencia a alguien”, te va a agregar (con cuentagotas y en fascículos para coleccionar); dos comprimidos de migral, dos comprimidos de esa pastillita rosa que me hace tan bien para los dolores de acá (y te muestra algo que nunca hubieras querido ver), un jaboncito de allí (envueltito para regalito) y dos o tres cositas más. Para cuando retires el ticket, estarás en condiciones de empapelar el obelisco dos veces con el papel impreso. Y ahí viene la consabida “lo anoto en mi cuenta”. Dicho esto, tragarás la espuma del ataque de rabia que te provoca saber que deberás anular cada uno de los tickets y emitir dos millones de notas de débito ante la mirada estufada del gordo bienudo que cree que tiene derecho a resoplarte su furia en la cara mostrador de por medio.
Despachado el cliente descubrirás con horror que el gordo furioso te ha tocado en suerte porque el resto del elenco hizo mutis por el foro sabiendo que alguien va a salir malherido…y no precisamente el gordo. American Express Platino en mano, y Rolex paraguayo en la muñeca, el gordo ha aparcado su 4x4 plateada (para que le haga juego con la tarjeta) en la puerta del local. La esposa rebusca con cara de estar oliendo K-K, la crema con filtro solar que le proteja sus más recientes cicatrices de su vigésimo sexta cirugía plástica facial. Enfundada en un jogging blanco que transparenta su ropa interior de quiceañera de cincuenta y cinco que no asume su lugar en la cadena alimenticia, estira su dedito de uña acrílica intentando que el peso de sus seis cadenas de oro le habilite la maniobra que le permita señalarte lo que quiere. Si el botox se lo permite, pronunciará en correctísimo francés la pomada deseada y agregará a su pedido unas tres o cuatro cajas del antidepresivo de moda. Y Melatol porque está como la lechuza de Harry Potter. Posibles hipótesis de su falta de sueño: A- Jet-lag (la diferencia horaria entre su habitat porteño y el Country la mató). B- Los párpados no cierran (no puede juntar los párpados porque el cirujano plástico se fue de mambo con la piel que estiró y ató detrás de las orejas). C- Cero Cansancio (Se pasó el día impartiendo instrucciones al personal de limpieza y no le alcanzó para cansarse lo suficiente como para dormir). D- Stress (no consigue turno con el service de las uñas postizas hasta el martes…como para no dormir!!!). Tomando valor y tragando saliva, sonrisa de plástico en mano, digo en boca, proferís un “buenas tardes”, para recibir tan sólo un “Dame tal cosa” (con suerte) o simplemente una mano regordeta que te transfiere una receta de prepaga top para comprar una cajita de buscapina de 20 mangos que con descuento pagará 10…pero con American. Que se ocupó de frotar frente a las narices de todo aquel que quisiera verla. Encandilada ante tanto brillo express la pasarás por el posnet y temblando las rodillas caerás en la cuenta de que por las benditas leyes de Murphy la maldita maquinita no la lee. El ahora, Rottweiler que tenés enfrente, balbucea epítetos en lunfardo antiguo mientras echa humo por las orejas. La limpiarás con tu propia camisa hasta lograr el esperado milagro. El milagro se llama “ingrese los cuatro últimos dígitos”. Bingo!. Luego de completar la información requerida descubrirás con horror que en ese mismo instante algún salame de milán pasa la lista de la droguería más larga por teléfono, con la pasmosa parsimonia de quien se ha fumado algún yuyo en Nochebuena. Teléfono ocupado = posnet en pausa = gordo sátrapa “once” en la escala Richter. Se viene un Tsunami. Y vos estás parada frente a la ola de 15 metros. Sin tabla de surf. Si tenés muñeca pilotearás la situación huyendo al backstage (soldado que huye sirve para otra guerra) o bien entretendrás a la émula de Graciela Alfano (alias esposa del gordo), elogiando la estrechez de su frente y vendiéndole cremas para la celulitis. Cuando por fin se emite el ticket y procedes a la firma el gordo te llama a un rincón y te pide el viagra de 36 horas. A juzgar por el espécimen que tiene al lado le van a hacer falta tres cajas, o bien está saliendo con la secretaria que tiene veinte años menos y lo tiene un tanto agotado. Con cara de enfermera de ER le entregarás con discreción la cajita elixir y el gordo se regocijará pensando que por fin, y después de diez años, logrará obtener una vista área de sus más queridas partes. Lo despacharás con prontitud (si sale en los fúnebres del domingo es porque las cuatro cajas fueron too-much). Infarto y a la lona. Pero murió contento el susodicho.
No quiero despedirme sin tocar el tema de la lista IV. Reggae jamaiquino por favor. Bob Marley a full. La receta rosa y te la doy…y sino arrastrate llorando por los rincones. La lista IV, para los ignorantes, es el pasaporte a la felicidad; o sea los psicotrópicos. Lo importante en estos casos es dar la concentración adecuada. Si entregas más de la cuenta podrás ver al viejito que hasta hace un rato le pedía permiso a las piernas para moverse, girando descontrolado cual Speedy González alrededor del monumento de la plaza más cercana con la cara desorbitada y portando sonrisa de dientes apretados. También vendrán los que no tienen receta dispuestos a venderle el alma al diablo por una tirita de Foxetin, con la mirada perdida y chocando los dientes en pleno ataque de pánico. O los que deben intoxicar al padre o a la madre porque sino los matan. Y los que no duermen. Y los que se obsesionan. Y los que están agresivos. Hay para todos y de todos los colores. Una pastilla para cada demonio. Para tranquilizar, para levantar, para dormir, para dejar de hablar con el amigo invisible, para gritar menos y sonreír más, para dejar de ver fantasmas, para relajar y para gozar. Lástima que tenga que ser a fuerza de pastillas...