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jueves, 21 de abril de 2011

ME CONFIESO CULPABLE


Cuando uno se avergüenza de ser parte de la audiencia de “Gran Hermano”


Hay pocas cosas en común entre una madre y su hijo adolescente.  Encontrarlas es como toparse con una ballena blanca en el Río Luján.  Si por una de esas casualidades se da ese contacto, esa chispa que alimentará una conversación que no sea un intercambio árido de monosílabos escupidos al pasar, se impone aprovecharlos.
Básicamente, eso fue lo que me arrastró a esta adicción desenfrenada que tanta vergüenza me da confesar públicamente.  Ya he sido señalada con el dedo como una adúltera en la Inquisición en todos los ámbitos y círculos donde me muevo.  Mis compañeros de oficina, mis amigos, mis parientes y hasta el ilustre desconocido que ayer almorzaba en una mesa próxima a la mía alzó las cejas y me miró de soslayo cuando osé preguntar “¿Quién quieren que se quede en la casa?”.  He soportado el escarnio y el repudio de gente que alguna vez pensó que yo tenía algo más que dos neuronas debajo del pelo, pero nada pudo con la desesperación que me atornilla frente al televisor cada vez que aparece un debate o una “gala de eliminación”.

Volviendo al hijo adolescente, me gustaría aclarar que fue él y nadie más que el, el que me impulsó y me impuso el reality que ahora me aflige.

- ¿Otra vez vamos a ver el capítulo donde Homero Simpson desparrama chismes por todo el pueblo? – yo, que ya me se los diálogos de todas las temporadas de memoria.

- Es el mejor capítulo de toda la historia, lo vi tan solo dieciocho veces-  mi hijo sentado arriba del control remoto para que haga falta un equipo de cirujanos si quiero hacerme del maldito aparatito

- Por favor (fingiendo un llanto digno de Norma Aleandro), no aguanto más las vocecitas de los cartoons – yo haciendo un display de maniobras teatrales para infringir culpa en esa cabecita de mármol congelado

- Ta bien (aclaro, los adolescentes se comen partes vitales de las palabras para dificultar aún más la comunicación con los adultos) – mi hijo cambiando el canal a regañadientes y con cara de estufadito

- ¿Futbol?  ¿Qué partido es?  Porque los colores de las camisetas me resultan un tanto extrañas – yo asumiendo que prefiero Los Simpsons antes que Laponia versus Groenlandia

- No sabés nada (típico), es la Liga Inglesa.  El Bolton contra el Wigan – mi primogénito con cara de erudito y rascándose la barbilla a lo Winston Churchill

- No sé nada, pero garpo el cable, sacá eso o te hago un guiso con las teclitas del control y te las hago tragar junto con tus dientecitos – yo, en franca crisis de cólera, a los gritos porque la hinchada del Wigam grita frenéticamente en mi comedor

- ¿Qué? No te escucho – ya saben quién, haciéndose el boludo

Me acerco, pantufla en mano para domesticar a la fiera, y él…intuyendo mi maniobra esboza el siguiente comentario absolvedor:

- ¿Querés ver algo que podamos compartir los dos? – el jugador de poker con un par de ases en la manga

 Para mi horror, la criatura sintoniza un programa compuesto por cinco panelistas que comentan futbol a los gritos, con vozarrones de fumadores empedernidos y un léxico tan bonito me dieron ganas de hacer una compra de granadas de mano en Amazon.com

- Sacá a esa gente de mi comedor, sacalos ya o te voy a dejar el culo como a un mandril.  Si valorás tu vida sacá eso de inmediato.  No es un pedido, es una orden – yo, pelando chapa de madre con los pantalones puestos (aunque ese día vestía pijamas de Neuropsiquiátrico)

- Tengo una idea, hay algo que podemos “disfrutar” los dos.  Es hora de que compartamos algo, los dos juntos, como cuando yo era chico y miraba los dibujitos mientras me hacías masajes en los pies – el magistral jugador asestando un golpe bajo a mi útero sensible

-Poné – cediendo y ubicándome en el sillón mansita y a punto de convertirme al “granhermanismo”

- Esto es una cagada que te arruina el cerebro, veinte monos que se rascan las bolas confinados por voluntad propia a una cárcel con pileta con la promesa de cuatrocientos mil pesos si te aguantás hasta el final quedando como un pelotudo frente a todo un país…no entiendo cómo te puede gustar esto – yo, que no intuía lo que estaba por pasarme

Lo que pasó fue que me quedé sentada ahí, fascinada porque comenzamos a intercambiar más de un sí y un no.  Que fulanito, que menganito, que yo opino esto, que a mi me parece aquello. 

Lo que sigue es la génesis de mi “granhermanopatía”  (término con el que he dado en llamar a esta adicción que no tiene explicación científica hasta ahora.

1- Cuando sabés a quién se refiere el conductor cuando habla de “Cucho” o “Chizzo”; estás en problemas.
2- Cuando subís el volumen de la tele para escuchar una riña de descerebradas por un corpiño talle 85, viendo como tironean de la prenda cual gatas en celo; estás en problemas serios.
3- Cuando puteás con la fuerza de todos tus pulmones al megalómano que se cree que es el producto de una inseminación hecha de un cóctel con material genético del Espíritu Santo, Margaret Thatcher, Benito Mussolini, Carl Jung, Roger Federer, Carlos Monzón y Diego Maradona; ahí ya estás para medicar con Lista IV (psicofármacos con receta de archivo).
4- Cuando saltando festejando te das la cabeza contra el techo porque la nena vapuleada en un todos contra ella, se queda en la casa a pesar de los votos en su contra; lo tuyo es para camisa de fuerza.
5- Cuando gozás como los romanos en el Coliseo, mirando como se despedazan unos a otros frente a cámara como si se los estuviera manducando un león; lo tuyo es para acompañante terapéutico, Psiquiatra y drogas heavy.
6- Cuando gastás crédito para votar en contra de la perra sisebuta que le dio para que tenga a la tucumana desamparada que llora como marrana (y vos con ella); te chifla el moño mal, lo mejor es que te vacíen los cajones de los cuchillos y te palpen de armas.
7- Cuando invitás amigos a comer y dejás prendida la tele bajito para relojear el debate mientras servís la comida; lo aconsejable es un grupo de autoayuda y altamente recomendable exiliar los televisores fuera de casa hasta que el programa haya llegado a su fin.


El prólogo de todo esto es muy gracioso.

- Vení hijo, sentate que hoy es la última gala de expulsión – yo, gaseosa en mano sentada en primera fila

- No ma, yo ya no miro esa mierrrrrda – mi hijo, inmune a los embates de la “granhermanopatía”

Se ve que yo andaba con las defensas bajas…de otra forma…no me lo explico…

domingo, 19 de septiembre de 2010

MIS QUINCE DÍAS KAFKIANOS

Dedicado a Ana, quien tradujo mi alegoría cinematográfica “almodovariana” a una mucho más gráfica y literaria: “kafkiana”


No sé ni por dónde comenzar, así que lo haré por el final. 
Estoy sentada en mi bunker escribiendo, sintiéndome un insecto; acabo de despedir a mi madre y a mi abuela que vinieron de visita el fin de semana.
Para quienes no hayan leído entradas anteriores, mi abuela tiene Alzheimer;  mi madre es lisa y llanamente un dolor de huevos número quince en una escala de uno a cinco.
He juntado material para escribir quince tomos de una novela de terror, pero esa sucesión de hechos está tan mezclada en mis neuronas que voy a tratar de escribir los episodios en el orden en que los vaya encontrando debajo de la duramadre.

Capítulo 1

Mi madre me llama por teléfono.  Le explico que estoy trabajando, me suena el interno y unas tres personas me miran esperando una respuesta que, se supone, yo debería darles si no estuviera hablando con ella.  Como mi interlocutora es el tren bala a la hora de escupir palabras a pesar de su apnea post sesenta años ininterrumpidos de cigarritos (tres paquetes por día para ser más exactos), no me queda otra que cortarle.
La culpa me asalta, la imagino con los ojos vidriosos y el tubo en la oreja escuchando el “tu-tu-tu-tu”.  Me hago un rato libre y salgo a llamarla a la calle.
-Hola, qué pasa? (yo)
-Nada, nada, “snif” (ella)
-Estás llorando? (yo)
-Nooo, qué va “snif” y un sonido similar a succionar mocos de un vaso con un sorbete de colores (ella)
-Bueno, algo te pasa… (yo, con es estómago hecho una pelota de basquet)
-Si.  Es que quiero saber cómo puedo matar a tu abuela y que parezca un accidente (ella, con vocecita de Lobo de Caperucita)
-Podrías hacer la “gran almohada”, lo ví en varias pelis, el asesino siempre queda libre (yo, hablando seriamente)
-O también puedo pegarle con algo en la cabeza (ella)
-Buscate un abogado aunque no creo que puedas pagarlo (yo)
-La odio (ella)
-Te odio (yo a ella)
-Yo también (ella a mí)
-Me voy a trabajar, me quedo mucho más tranquila, gracias! (yo)
-Chau, snif, ah ah ah, buahhh (ella trabajando mi culpa a dos manos)

Capítulo 2

Entro al baño.  Creo que estoy en los albores de mi metamorfosis.  Quince millones de mosquitas negras sobrevuelan una montaña de caca que sale de la rejilla.  Vivo en el campo por elección, cambié cloacas y tecnología por pájaros, insectos y mierda.  Un negocio redondo.  Comienzo a sentir mis alas.  Me miro al espejo y veo una cucaracha gigante que quiere volar a la civilización.  Me preocupo.  Debe ser la mezcla de alcohol con las cuatro noches durmiendo tan solo tres horas que llevo.  Me descubro parada frente al espejo manteniendo una conversación muy real con el Cristo del rosario que llevo atado a la tira del corpiño cual adolescente que lleva ristra de ajos al cuello en peli de vampiros.  Tengo que dormir, debo dormir.  Así que me siento en la computadora y me cago en mi autodeterminación.  Es más, me ocupo del comienzo de mi autodestrucción.  Decido postergar el tema del pozo ciego y la caca.  Volaré con mi alas de cucaracha a un lugar mucho más alegre e higiénico.  Ese lugar es youtube, estoy paseando por Escocia, escondida en mi universo paralelo.  ¿Quién dijo que la evasión es mala?  Si fueron Freud o Lacan, pues se pueden ir los dos a la mismísima mierda: Bienvenidos a mi baño beneméritos doctores.

Capítulo 3

Día viernes en el trabajo.  Pandemonio frenético.  Teléfonos que suenan, gente que pregunta, gente que protesta, gente que busca gente, casillas de mail inundadas y un ruido que molesta.
Mi celular que no para de sonar.  Por cada llamada perdida, un texto avisando.  Un texto avisando que mi padre me está buscando desesperadamente.  Como conozco la letra de ese tango al dedillo, decido posdatar la devolución del llamado. 
Al rato lo llamo, soy la hija, debo llamarlo.

-Hola, papá?
-Hija, por finnnnn, te he llamado infinidad de veces! (con voz resquebrajada cual lamento etrusco)
-Pasó algo? (vayamos al grano que se me escapa la cucaracha)
-No…snif…es que quería escuchar tu voz antes de…(no sé si musicalizar con bandoneón o canzonetta italiana dadas las raíces étnicas de mi progenitor)
-Antes?  Antes de qué? (lo imagino limpiando el caño de su pistola Luger 9mm.)
-El final está cerca…(ahora la cucaracha escucha Wagner a todo volumen)
-Qué final? (la cucaracha es corta de entendimiento o no puede dar crédito a lo que escucha)
-Mi final…(pausa de las que en el cine sirven para acojonar)
-Estás enfermo? (y bueno, es el padre de la cucaracha, hay un cariño completamente infundado)
-No, pero estoy cerca…(visualizar a Al Pacino senil, con la gorra puesta, recorriendo la parra en Sicilia)
-Bueno, eso no lo sabemos, hay gente jóven que muere todos los días (la cucaracha se peina las antenas raya al medio mientras rema una conversación que está a punto de entrar en un loop macabro)
-Pero yo ya tengo pasaje…a mi edad…(silencio para insertar una dosis de culpa en el centro del cuore)
-Bueno, no pienses en eso, pensá en la cucaracha que cuando la pisas le sale la cremita de adentro (yo, otra vez conversando mi amigo invisible y mi papá disfrazado de Vito Corleone masacrado)
-Nos vemos, dale? (mutis por el foro para el insecto que huele el Raid a distancia prudencial)
-Bueno hija…

Capítulo 4

Martes.  Voy a sacar dinero al cajero.  Tengo dos personas delante y una impaciencia monumental.  Trago saliva y repito para adentro “tranquila, solo dos personas”.  Como si fuera una máquina tragamonedas del Casino flotante, el señor que hace uso del cajero, toca botones mientras la máquina le escupe papelitos como balas de metralla.  Bip-bip, el aparato le vomita la tarjeta.  El corazón me da un vuelco (poética forma de hablar de una taquicardia grossa).  Con un pie a punto de avanzar dos pasos, se me borra la sonrisa mirando como el tío pela billetera con tarjetas de todos los colores.  Como era de esperar, las prueba TODASSSSS.  Después de quince minutos de rutilantes  “game over”, el imbécil se da media vuelta.  Listo, la señora que tengo delante se ve más avispada.  La avispa y la cucaracha en la fila del cajero.  Toda una metáfora.  La avispa construye el panal con papelitos y boletitas; toca todos los botones, hace sonar todos los sonidos disponibles.  Luego le propina un golpe a la pantalla.  Estoy a un tris de hacer justicia por mano propia en nombre de mi adorada maquinita expendedora de billetes.  Me contengo porque tengo sueño, llevo ocho días durmiendo tres horas, se de lo que soy capaz cuando estoy con abstinencia de sueño.  La avispa se retira ignorando el peligro que corrió.  Saco dinero en dos segundos (todavía no entiendo a los que ese sencillo trámite les lleva más de un minuto).  Me hago un favor, no miro el saldo del papelito, lo hago un bollo y lo tiro al fondo de la cartera.  Me voy volando.
El vuelo no dura mucho.  Quiero llegar al nido pero necesito combustible.  La fila de la estación llega hasta la ruta.  Estaciono y me miro en el retrovisor.  Las antenas me llegan a la cintura.  En el asiento de atrás, las plañideras del velorio de mi progenitor susurran plegarias en latín.  Necesito un café o un chaleco de fuerza.
Media hora después llega mi turno.  Me informan que el surtidor no tiene el tipo de combustible que necesito.  Pues yo no estaría taaaan de acuerdo.  Voy a comprar una caja de fósforos, arranco la manguera y le prendo fuego a toda la manzana.
Golpeando la cabeza contra el volante intento una maniobra marcha atrás para enfilar hacia otro surtidor.  Un apuradito casi me parte el auto.  Bajo la ventanilla y le reproduzco el repertorio completo de las barrabasadas más grandes que conozco.  Una señora se muerde el labio inferior mientras ríe, me señala y habla con el empleado de la gasolinera.  La cucaracha, en un desorden genético sin precedentes, ha generado un aguijón digno de una mantarraya.  Le pongo el auto en las rótulas, bajo la ventanilla y la trato de “mal follada”.  Le saco fotos con el celular y le informo que abriré un grupo en Facebook para comentar el tamaño inusitado de sus caderas, el peso de su culo celulítico y la tristeza de sus magras tetas caídas.  Huye despavorida.  La cucaracha vuela con el combustible recién adquirido, previendo una denuncia por parte de la agredida.  Necesito un Psicólogo, un Abogado, un Plomero y un Spa (no necesariamente en ese orden).

Capítulo 5

Llego al nido.  El hijo de la cucaracha dice que estamos sin teléfono.  Décimo sexta vez en tres meses de línea nueva super guay del proveedor de Internet.  Con demanda iniciada “ha lugar” y arreglo firmado dos días antes, compruebo efectivamente que me han debitado la cuota otra vez por un servicio inexistente.  Si llamo desde el celular al servicio técnico, con un menú telefónico de esos que son para entrenar la paciencia del Saltamontes de Kung Fu, corro el riesgo de quedarme incomunicada sin saldo en el móvil.  Decido dejar escapar a la cucaracha y le presto mi casilla de mail.  Arde el teclado, el insecto poseso no para de producir veneno e improperios.

Capítulo 6

Sábado a la mañana.  Me invade una sensación de inexplicable felicidad.  Despatarrada en la cama hago planes para aprender chino en el Supermercado, lavarme la cabeza y estrenar una crema para peinar nueva, sacar fotos, encontrarme con amigos…
Abro la canilla.  Un sonido del fondo de las entrañas de la casa augura un negro futuro.  Glu-glu-tac.  Una gota se estrella contra el piso de la bañera.  Es evidente, no hay agua.  Hay pelo sucio.  Hay olor a pata.  Hay ropa sudada.  Hay conversaciones con una imagen de la Vírgen de Schöenstatt (la orden de monjas alemanas que dirigían el colegio donde cursé el Secundario) que me habla desde la mancha de humedad del techo del baño.  La señora me reta porque incurrí en blasfemias, deshonré a mis padres, utilicé el nombre de Dios en vano y pequé de gula.  Le discuto pero ella entabla una conversación con el Abogado del Diablo, quien extrañamente patrocina al clero iniciándome acciones por calumnias e injurias.

Esperando a que el agua brote en forma milagrosa, en pelotas y pantuflas de toalla color rosa adivino mi cara reflejada en la canilla.  En ese preciso instante sale del desagüe una espantosa criatura color marrón, brillosa y con dos largas antenas.  Me mira.  La miro.  Me saco la pantufla y la aplasto hasta que estalla.  Con asco junto las partes, la mano envuelta en un bollo inmenso de papel higiénico.  Igual la siento moverse.  La tiro al inodoro.  La desgraciada se ríe y me dice:

-Te olvidaste de pagar la moratoria del impuesto inmobiliarioooooooooooooooo! 








lunes, 10 de mayo de 2010

PENDEVIEJAS DE PLASTICO

La cultura de la eterna Barbie adolescente

Es fácil reconocerlas. Se deslizan por la vida con la misma cara que un ciervo encandilado por una 4X4 en la montaña. A simple vista, y por su forma de vestir, parecen mujeres de treinta y pico…o veinticinco las más dañadas. Pero el promedio de edad de estas mujeres es de 50 años, cronológicos y que jamás concuerda con lo que verbalmente expresan, como si la mentira pudiera estirar la vida o atrasar las horas.

Generalmente son mujeres que han sabido cultivar un pasado ilustrísimo como adornos bonitos de sus parejas o simplemente han laburado con el envase (hasta que el envase comenzó a caducar). Se han pasado la vida de dieta en dieta, yendo de la cama a la peluquería y de la peluquería a gimnasia. Devotas de cuanta revista de modas existe, prefieren invertir una fortuna en una lipoaspiración o la nueva cartera de Vuitton que conocer el Partenón. Nada las deja más satisfechas que mirarse en el espejo, pero el espejo deberá devolver una imagen fresca e infantil construída a base de sacrificadas visitas al cirujano plástico, al gimnasio, a la nutricionista, a la peluquería, a la masajista, a la manicura, a la cosmetóloga y quien sabe cuántas cosas más. Dios no permita que la edad se filtre por las patas de gallo o las manchas de las manos, eso sería peor que engordar cuatrocientos gramos y ya no entrar en el mismo talle de jean de la hija de dieciocho años.

Es así como se pasean estas pavas reales, embutidas en un jean blanco que deja traslucir una tanga de hilo dental incrustada entre los cantos de un culo que ha sido sistemáticamente sometido a innumerables descargas eléctricas para tonificarlo intentando evitar lo inevitable (que cada año esté más cerca del piso).

Muñecas plásticas, sus caras tienen la misma expresión vacía que las estatuas de cera del museo de Madame Tussaud. Con poca irrigación sanguínea, producto de la escasa densidad de piel facial gracias a varios liftings, los vasos sanguíneos exageradamente expuestos tienden a darle un tono gris azulado a sus caras. Los sucesivos estiramientos han ido tensando de tal manera los rostros, que las que alguna vez fueran bocas decentes y expresivas, ahora se asemejan a la sonrisa del Guasón. Los labios son un capítulo aparte. Sobrealimentados de rellenos químicos y botox, difícilmente se muevan con naturalidad (lo cual se traduce en una importante dificultad para expresarse, ni que hablar de guardar los implantes dentales ultra blanquísimos en su lugar). Si uno dibujara una raya perpendicular a las comisuras labiales, cualquiera podría confundir a estas mujeres con esas marionetas que usan los ventrílocuos para hacer su show. Y estas mujeres son un show, un circo ambulante frikki que causa una mezcla de gracia y estupor. La mirada sorprendida, que hay que agradecerle al último cirujano que dejó los ojos sobre las orejas, es el sello inconfundible de un dinero mal invertido en varios quirófanos de renombre. Pero detrás de esos rostros encerados y tensos como una pelota de futbol sin estrenar, hay una mirada que delata. Son ojos que han perdido la frescura de los veinte, ojos que lloran lentes de contacto de color y que llevan impreso el cansancio de la edad que realmente tienen.

Ridículas como ellas solas, se las puede ver en una disco haciendo fila en el baño para pararse frente al espejo. Revoleando la cabellera de tres largos (gracias a las tres últimas extensiones capilares), se acomodarán la remerita escotada dentro de la minifalda de jean dejando semidescubiertas las últimas dos adquisiciones del año: dos globos gigantes en el lugar donde antes había dos tetitas sumisas. Con la piel del pecho a punto de estallar, maquilladas como puertas, con tanta bijouterie que se les hace jorobado caminar derechitas; estas Barbies abuelas no se resignan a entregar la posta a sus hijas o en algunos casos a sus nietas.

Botas blancas de caña alta, calzas, remeras animal print, cinturones anchos con tachas, pelos hasta la cintura, hombros descubiertos, pestañas postizas, corpiños con aro, transparencias y encajes son algunas de las cosas que se ven (y que uno no quisiera recordar por vergüenza ajena). ¿Nadie le dijo a esa cincuentona que la remerita de encaje es too much para las redondeces propias de su edad? ¿Nadie la frenó antes de que saliera a la calle disfrazada de 68 kilos de mozzarella en envase de nylon? ¿Y esa otra que pesa menos que su hija de 22? ¿No le dijo el marido que parece una nena de catorce que ha perdido todos los atributos de una mujer hecha y derecha? ¿Nadie le avisó que se había quedado sin culo y sin tetas, sin cadera y sin expresión en su loca carrera por seguir comprando la ropa en el mismo lugar que la novia de su hijo?

Lo más raro de todo esto es que las mujeres hacen esto para conquistar, para seducir. El tema es qué o a quién. Porque las que tienen pareja suelen caminar al lado de ellos sin mirarlos, distantes y gélidas con la vista perdida en algún lugar del pasado. Un pasado que ningún cirujano puede devolver. Un cuerpo que ya no es el mismo y pasa facturas todo el tiempo. Creo que lo hacen para competir con otras mujeres, por miedo a ser reemplazadas por un modelo más nuevo (como se hace con los autos o los celulares). Creen que la apariencia puede engañar a Chronos, como Santa engaña a los chicos en Navidad. Lamento informarles chicas, el reloj no se detiene. La vida pasa y el tiempo se achica. Prefiero mil veces las caras con arrugas de reírse, de llorar, las marcas de los partos, la barriguita cervecera, una hamburguesa clavada en el momento justo, la dosis exacta de endorfinas por kilo vivo (50 gramos del mejor chocolate con almendras del mercado), las narices que lo dicen todo, las bocas que sonríen y besan sin miedo, los culos con personalidad, las tetas que no arrugan aunque se arruguen y las miradas vívidas y pícaras de quienes han sabido reírse de si mismas envejeciendo con dignidad sin perder un àpice de su identidad.

Nota: Ni en pedo me dejo masacrar por el Dr. Robert Rey (con la ropa que usa, me atrevo a dudar de su juicio estético)



domingo, 12 de julio de 2009

PÁNICO, MIEDITOS, TEMORES, SUSTOS Y CAGAZOS PADRE










De cómo asustar a un infante que veinte años después será carne de diván y/o cliente cautivo de un laboratorio que fabrica psicofármacos para trastornos de ansiedad.

Supongo que cuando uno es un bebé no le teme a casi nada que no esté relacionado con succionar un pezón o una tetina, o un rápido cambio de pañales (porque convengamos, estar cagado es un incordio…sobretodo cuando la caca se enfría).
Pero a medida que uno va conociendo el mundo y la gente que lo rodea, la lista de cosas a las que le teme asciende en progresión geómetrica (o sea, el número se multiplica por si mismo convirtiéndose en una gigantesca bola de nieve).
Un poco porque uno va aprendiendo que el fulanito de sala de tres muerde como una pantera, la leche caliente cuando se vuelca quema y si tiro el muñequito en el retrete ya no lo voy a ver jamás. Pero el gran contribuyente de esta personalidad aterrorizada que hemos logrado construir, se la debemos indefectiblemente a nuestros padres (a veces a uno más que al otro).

Si uno fue criado por un padre cinéfilo que lo expuso a “El Exorcista” y a “La Profecía” a la tierna edad de nueve añitos, la primera cosa a la que uno le teme es al diablo. Si a eso le agregamos una abuela híper-religiosa que nos explica con múltiples detalles la cara y los nombres del demonio, así como el maravilloso dato de que ese ángel caído pasa sus días acechándonos para que cometamos todos los pecados tipificados en la Biblia (y que serán castigados a su debido tiempo); pues el combo es sustancialmente letal. Queda claro que la personalidad de ese infante nunca más será libre, ya ha sido vendida a una entidad invisible que la abuela supone, lo mantendrá lejos de mandarse un sinfín de cagadas. O sea, para acercar al pendejo a Dios, hay que exponerlo a la mirada atenta de Belcebú (tipo un guarda cárcel nefasto pero con una onda hippie jamaiquino que chupa, fuma y fornica como los mil demonios).

Mamita le irá agregando condimentos al cóctel explosivo. “Cuidado con el Profesor de música, detrás de todo hombre hay un pedófilo siniestro que quiere enseñarte a tocar la flauta de una manera más innovadora”. “Ojo con nadar sin hacer la digestión porque un calambre te arrastrará al fondo de la pileta y como el agua está turbia terminarás en el fondo con la cabeza dentro del filtro mirando ranas muertas y hojas podridas”. “Abrigate porque vas a agarrarte todas las pestes que riman con neumonía”. “No te agarres de la baranda porque la gente escupe, aunque te patines y te fisures el cráneo, siempre es mejor eso que una bacteria asesina esperándote en el pasamanos de la escalinata del subte”. “No comas eso, querés pesar ciento veinte kilos?”. “Contá el vuelto, la gente siempre te da de menos, ahora…si te da de más que se joda por boludo”. “No vas a lo de Alejandra porque no sé cómo maneja el papá, podrías terminar embutida en una masa informe de hierros retorcidos”. “Cuidado que el mar está peligroso, cuidado que hay aguas vivas (y vos le agregás las imágenes de la peli que te llevaron a ver el primer día de tus vacaciones de verano “Tiburón I”)”.
Con unos años más, las preguntas de tu madre a la azafata del avión irán gestando tu terror a las naves que levantan vuelo (de las que flotan en el mar se encargarán el cine con “Poseidón” y “Titanic”). “¿Señoritaaa, es verdad que el avión está perdiendo combustible?”. “¿Señorita, qué son esas cosas que se le salieron a las alas?”. “¿Señorita, porqué volvieron a encender la señal de los cinturones?”. “Señorita, tráigame otro whisky a ver si bajo las trece pastillas que tomé para dejar de hacer preguntas pelotudas”.

Como alguien que laboriosamente construye un castillo, pieza por pieza, los padres y abuelos van diseñando ese ser humano tenso, ojeroso, preocupado y aterrorizado que duerme con un rosario colgado del cuello, una ristra de ajos en la ventana de la cocina, la estampita de la Vírgen de Lourdes en la puerta de la heladera, dos rottweillers al pie de la escalera, ocho cerrojos, ventanas con rejas, el número de la policía en la memoria 1 del celular, el carnet de vacunación completo y al día, canutos de dinero en los frascos de fideos, el bate de baseball debajo de la almohada y los stickers de los números de emergencias médicas de la prepaga empapelando cuanto electrodoméstico exista en la casa.
Los noticieros contribuirán en gran medida a magnificar todos los viejos temores y se darán el lujo de inaugurar algunos nuevos. Que la pandemia, que el terremoto, que el tsunami, que la deforestación y el calentamiento global, que el huracán y las alertas de granizo, que la crisis de las Bolsas mundiales (como si uno fuera el dueño de General Motors), que el índice de desocupación, que el violador de Núñez, que los piratas del asfalto, los narcotraficantes importados que vinieron a hacerse el western a los shoppings, los diarios accidentes de tránsito, las tragedias aéreas, la gripe porcina (que te provoca taquicardia cada vez que alguien estornuda), el aumento de las tarifas de los servicios, la inflación y los coreanos jugando a los fuegos artificiales con misiles nucleares. Para cuando terminó el noticiero, que coincide exactamente con tu cena, si pudiste digerir algo será por puro milagro; la comida te caerá como un yunque en el estómago, volverá cada cinco minutos como lava volcánica hasta las amígdalas recorriendo el tubo digestivos y te encontrará a las cinco de la mañana chupando pastillas de antiácido mezcladas con un cuartito más del ansiolítico recetado.

Entonces un día, sin comprender porqué, te descubrirás abrazado a un parquímetro, transpirado y tiritando ante la mirada atónita de los transeúntes. O quedarás petrificado en el colectivo lagrimeando como un marrano, a medida que te alejás de tu casa. O simplemente tendrás pesadillas recurrentes donde te entierran vivo o tu casa es succionada por un tornado o el antílope masacrado por leonas en el Discovery tiene la cara de tu hijo. Ese día no podrás entender la causa, ni atribuir la culpa del episodio de pánico a nadie. Porque llevó toda una vida convertirte en esta piltrafa cobarde y temblorosa; como si hubieras hecho un lento recorrido a bordo del vagón del Tren Fantasma, esquivando cadáveres de utilería que amenazaban con darte un manotazo putrefacto en cada curva; la recta final conduce a un grupo de autoayuda o en su defecto al consultorio de un psicólogo.

¿Cómo diferenciar al panicoso aterrorizado del asustado con causa? He aquí una guía para conocer a qué grupo pertenece Ud.:

Ante la explosión de un escape, producto de un carburador sucio, el grupo uno se envuelve la cabeza con los brazos lanzándose de panza al piso. El grupo dos se da vuelta a putear al dueño del auto por dejado y por ocasionar ruidos molestos.

Ante un alerta meteorológico, el grupo 1 sellará puertas y ventanas arrimando los muebles a las mismas, comprará víveres suficientes para subsistir cinco inviernos y buscará madera suficiente para construír una balsa en el garaje. El grupo 2 pondrá el auto a resguardo del granizo y se asegurará de tener los pagos del seguro al día.

Ante una pandemia, el grupo 1 desabastecerá las farmacias en un radio de 10 kms. a la redonda haciendo acopio prematuro de cualquier remedio o vacuna que pudiera (según el noticiero) salvarle la vida. No saldrá de la casa sin barbijos ni guantes descartables, dejará de usar ascensores y transportes públicos y evaluará la posibilidad de mudarse a la Puna de Atacama. El grupo 2 seguirá con su vida y repetirá su mantra hasta el hartazgo “cuando te toca, te toca”.

Ante la noticia de un violador suelto en la ciudad, el grupo 1 hará una cadena de mails distribuyendo el identikit del psicópata que difundió la policía, abrirá un grupo en Facebook para solicitar la castración química de los violadores, se anotará en un taller de artes marciales, se comprará un tubo más de gas pimienta, caminará por las calles con los cantos del culo apretados y la visión periférica en estado de alerta roja (eso si se animó a bajarse del auto). El grupo 2 pensará en la manera más efectiva de propinar un rodillazo en las bolas mientras se come una barrita más de Cadbury.

Ante el derrumbe de las bolsas mundiales y la crisis financiera, el grupo 1 saldrá despedido como un cohete a comprar dólares, someterá a su familia a una economía de guerra donde la Coca Cola será el evento del mes, suspenderá el abono del cable, los cursos, talleres, el delivery de pizza, el video club y cualquier salida que no involucre un problema sanitario o la compra de víveres. El grupo 2 se debatirá en un duelo verbal con capitalistas y comunistas (alcohol de por medio). Cinco horas después todos cantarán abrazados y mamados “Hasta siempre Comandante” en honor al Che Guevara.

Ante la noticia de un asalto a un supermercado con rehenes, el grupo 1 se hará un festival en una armería y tomará clases en un polígono de tiro, se comprará el chaleco de kevlar más caro del mercado para animarse a salir de la casa y hará sus compras por Internet. El grupo 2 decidirá que es más peligroso quedarse sin cerveza un viernes a la noche que un ejército de talibanes suicidas parapetados en la puerta del super.

A Ud. que suda cuando hace fila en el Banco, a Ud. que le transpiran las manos cuando escucha el sonido de una sirena, a Ud. que se baña en desinfectantes y visita al médico toda vez que estornuda, a Ud. que se desmaya cuando pisa un aeropuerto…lo lamento en el alma. Ud. ha sido condenado a la ingesta crónica de ansiolíticos y antidepresivos. Si va a comprar acciones de la Bolsa asegúrese de ponerle muchas fichas al laboratorio que los fabrica…como viene la mano (salvo que viva en la Estepa Rusa), el consumo de estas drogas se irá a las nubes (y con ellas su presupuesto mensual para medicamentos).
Gracias Ma!

jueves, 26 de febrero de 2009

CARNE DE GIMNASIO

Descubra si es Ud. un deportista genuino

Los “carne de gimnasio” son seres que han sido bendecidos (o maldecidos) con una inquietud perenne y la energía capaz de poner en funcionamiento una central hidroeléctrica con las gotas de su propio sudor. Adictos al físico perfecto, son capaces de cumplir con una jornada laboral extenuante para luego encerrarse durante dos horas a saltar como marranos al compás de una musiquita exasperante. Probablemente poseen una bicicleta fija y varios aparatos y mancuernas que han sabido adquirir gracias a TV compras o a la oferta de algún hipermercado. Así como coleccionan aparatos para hacer abdominales y otros elementos de tortura similares, los carne adquieren cuanto DVD aparece para la venta con el último grito en ejercicios físicos. Se conocen al dedillo el aerobox, pueden hacer step dormidos y hasta chatean con el creador del taebo (un sádico que se propuso exterminar gente instándola a dar golpes de puño en el aire). Por supuesto, siempre tienen las zapatillas más caras del mercado y los equipos de gimnasia más modernos (con bandas fluorescentes y ojos de gato para poder ser vistos si se les da por correr a las dos de la mañana).
Siempre podemos encontrar una balanza en el baño de un “carne de gym” y es seguro que también sean dueños de algún dispositivo que mide las pulsaciones mientras usan la cinta para correr que tienen en el medio del living. Sus alacenas están atiborradas de complejos vitamínicos, cereales con fibras, galletas de arroz, suplementos dietarios, algas, hierbas diuréticas, cajas y cajas de té verde y algún que otro laxante natural en forma de barra de ciruelas disecadas. Generalmente son fieles a aquel gimnasio que los tiene como miembros desde que se mudaron al barrio y son tan perseverantes que el profesor los pone como ejemplo porque jamás se contracturan el cuello haciendo abdominales. Sonríen con erudita satisfacción cuando sus ejercicios para tonificar los abductores son puestos como ejemplo de lo que debe hacerse y pierden la paciencia con aquellos novatos que se equivocan en la dirección de algún pasito ocupándoles el lugar para ponerle freno a sus impecables maniobras gimnásticas. Siempre se instalan frente al espejo, a sabiendas de que serán vistos por el resto de la clase (y para alivio de aquellos que odian equivocarse y se van bien al fondo). Exhibicionistas por puro placer, los carne no tienen pudor a la hora de revolear los trapos en las duchas; se pasearán en bolas por los vestuarios demorando el momento de calzarse la ropa mientras se embadurnan en pomadas para hongos y se espolvorean los pies con polvo pédico. Disfrutan el ser admirados por aquellos que tienen un vientre por achatar o glúteos por afirmar y suelen pavonearse mostrando sus barriguitas de tabla de chocolate y sus bíceps marcaditos. Un pozo celulítico les puede amargar la vida al punto de invertir el sueldo entero en cremas francesas con promesas para ilusos; demás está decir que han desterrado el chocolate y la cerveza de sus magras vidas.
Las bibliotecas de estas personas suelen estar abarrotadas de libros de Deepak Chopra, Osho, de medicina ayurveda, Reiki, nutrición y varios tomos de todas las publicaciones de Alberto Cormillot y Jane Fonda. Las revistas de medicina, salud y nutrición abundan en las mesas de café de sus casas porque sienten la sagrada compulsión por convertir a la gente fumadora, gorda y pasiva en seres renovados y sanos que se salvarán del colesterol gracias a una buena arenga (Gatorade en mano).
La gimnasia ocupa el centro del inquieto universo de los “carne”, pagan la cuota del gimnasio antes que la del colegio de los chicos y preferirán una expedición a pata al Monte Fitz Roy antes que quince días en París (aunque les cueste lo mismo). Hasta sentados frente a la computadora contraen y aflojan los cantos del culo para tonificarlos y es frecuente encontrarlos hablando por teléfono mientras hacen flexiones con una latita llena de gaseosa en mano. No existen los feriados, ni las vacaciones ni excusa lo suficientemente buena para no caminarse cuatro kilómetros, obligar a algún miembro de la familia a sentarse sobre sus pies para hacer flexiones o hacer un par de horas de step dos horas antes de Nochebuena. Corren, no caminan; se restregan, no se duchan; tragan, no comen y hagan lo que hagan nunca están lo suficientemente conformes con el resultado.

¿Cómo saber si uno pertenece a este rubro?. Fácil, lea esta lista de hábitos y si tiene más de cinco…cómo decirlo…Ud. es un aparatito “carne de gimnasio”.

Tiene la cuota del gimnasio al día y nunca pagó fuera de término en los diez años que utiliza sus servicios.
El bolso con la ropita, las zapatillitas, la toalla y el desodorante pernocta en el baúl de su auto (por si las moscas).
Conserva la misma talla de calzas o jogging desde 1985.
El profesor del gimnasio le hace regalos para Navidad y Ud. para el día del maestro.
Repudia a todo aquel que exhibe sus rollos desprejuiciadamente.
Los fines de semana no se saca el jogging ni para ir al cumpleaños de sus amigos, porque inmediatamente antes o después emprenderá una enérgica caminata que terminará con media horita de bicicleta fija frente al televisor.
Se obnubila frente a las vidrieras de las casas de deportes y siempre se lleva algo extremadamente útil como una cantimplora o un par de muñequeras.
Sabe exactamente el equivalente en pasos a las calorías de un alfajor, consumiendo siempre lo que ha comido para conservar el peso que orgulloso ostenta.
El sexo es un deporte más, cuanto más atlético y esforzado mejor. El sudor es directamente proporcional al nivel de satisfacción, aún cuando la pareja no opine lo mismo ya que hacerlo cabeza abajo y con las piernas detrás de las orejas no le garantiza el orgasmo.
Está convencido de que el yoga es para debiluchos, pero no lo verbaliza porque sabe que pierde la membresía del “Club de la buena salud” (y queda como el culo).
Aunque tiene cuarenta, las rodillas son las de alguien de ochenta ya que han sido sometidas a un desgaste descomunal de tanto hacer sentadillas y estocadas.
Está bronceado en pleno invierno de tanto correr y caminar al rayo del sol.
En su casa, el ESPN y el FoxSports son los únicos canales que se miran.
Cuando falta el Profesor de Gym, Ud. se ofrece de voluntario para dar la clase.
Tiene la bicicleta colgada en el balcón o la galería, el abdominizer debajo de la cama y las mancuernas en el escritorio.
Los lunes, miércoles y viernes gimnasio. El martes futbol con amigos, el jueves taekwondo, los sábados tenis y los domingos natación en verano o volley en invierno. Eso sin contar los cuatro kilómetros matutinos a las seis de la mañana desde que dejó la Escuela Secundaria, donde todos le decían “dogor”.
En la heladera todo es verde. Aguas saborizadas sin azúcar, postres light, panes de salvado doble, mermeladas bajas calorías, gelatinas con edulcorante y verduras de todos los colores. El dulce de leche tiene la entrada prohibida.
Aún sentado menea la patita y dormido camina por todo el perímetro de la cama amaneciendo con los pies sobre la almohada.
Vive engrasándose con pomadas para hongos por pura precaución…no vaya a ser cosa que un maldito dermatofito le desate un furibundo pie de atleta que lo deje fuera del natatorio.
Lleva un completo registro de sus actividades físicas, así como también de la ingesta calórica en una prolijísima planilla Excel que vive en un pen drive que lo acompaña a todas partes.
Adora la música tecno porque lo invita a ejecutar su rutina de ejercicios como la cobra que asoma la cabeza al compás de la flauta.
Sus amistades son como Ud. o huyen despavoridas cuando se pone a hablar de las bondades de las semillas de lino y la importancia de la ejercitación aeróbica a las seis de la mañana.

Ud. no es un “carne de gimnasio” si tiene cinco o más de estos saludables hábitos

Colecciona carnets de gimnasios. Se anota. Paga la matrícula. Se saca la foto. Va a la primera clase y no vuelve nunca más.
Puede que tenga mancuernas y algún set de elementos para ejercitarse (tirados en el garaje, envueltos en una nube de polvo y una gruesa telaraña).
Tiene bicicleta, pero está siempre desinflada (y todavía conserva las rueditas de los seis años).
En la pileta hace la plancha o flota sobre una colchoneta plácidamente. Todavía no aprendió a tirarse de cabeza (eso sí, de bomba es capaz de vaciar media pileta).
No puede ni quiere dejar la cerveza, se banca con gallardía el rollo que lo prueba.
Cuando lo convocan para el futbol se ofrece de arquero porque ni mamado se pone a correr como un condenado después de todo un día de oficina.
¿Para qué caminar si el auto lo lleva hasta la Panadería que está a unas tres cuadras de su casa?.
Las calcitas ciclistas que alguna vez llevara con discreto encanto, ahora no le sirven ni para muñequeras.
Antes de que lo vean con jogging un domingo es capaz de tirarse debajo de un tren. Odia la ropa deportiva y aborrece a los domingueros que salen a trotar disfrazados de Marines de USA.
Hace quince años que tiene el mismo par de zapatillas.
No sabe lo que es un hongo, no sabe lo que es transpirar y es capaz de suicidarse si se queda sin pilas AAA para el control remoto debiendo pararse para hacer zapping.
Si engancha un programa de gimnasia, sólo se queda mirando si la profesora tiene un culo para el infarto o el profesor es un pecado ambulante; ni se le cruza intentar el ejercicio.
Sabe sobre todos los deportes, porque los ha practicado todos abandonándolos sistemáticamente en la tercera clase.
La gente que hace step lo pone muy nervioso.
Si tuvieran que lipoaspirarlo necesitarían un oleoducto para deshacerse de las grasas.
Para el sexo la tranquilidad y la seguridad son primordiales, si le piden un cambio de posición se le escapa la libido; esas cosas raras solo existen en las películas.
Restaurante favorito: El tenedor libre. Heladera: doble puerta y con el contenido suficiente para subsistir cuarenta noches en el desierto.
Se acuerda de lo que comió al mediodía porque el reflujo gástrico le devuelve el ajo del pollo a la provenzal porque de otra manera jamás podría decir con exactitud la cantidad de comida que ingirió ese día.
La profesora del gimnasio siempre lo elige como ejemplo de lo que no debe hacerse, burlándose de su falta de coordinación ante la risa del ejército de gimnastas que lo miran con desprecio.
Siempre abandona antes de los cien abdominales.
Todos los fines de año se propone pasarse al bando de los carne de gimnasio; para el quince de enero no sólo no se ha anotado…se ha comprado las seis temporadas de la serie “Los Sopranos” que piensa ver desparramado en el sillón debajo del ventilador, como todos los veranos.
Y están los que se ponen a piratear las clases de Pilates que jamás en su vida probarán…

Dime qué marca y en qué estado están tus zapatillas y te diré a qué grupo perteneces.

domingo, 22 de febrero de 2009

ORGIAS GASTRONOMICAS



O “Licencia para comer”



Existen ciertas ocasiones y festividades durante el año, en las cuales un ser humano dotado con déficit de apatía ante la comida, se dedica a fagocitar hidratos de carbono y grasas como si esto fuera lo último que uno hará en esta tierra (probablemente autoinduciéndose un coma diabético).

No se sabe bien porqué ni cómo esto ha comenzado. Antiguas civilizaciones festejaban el advenimiento del verano, una buena cosecha, el producto de una excelente cacería o el nacimiento de un nuevo integrante de la tribu. Y siempre lo hacían tomando y comiendo como salvajes (que eran) hasta caer redondos en el piso o lanzar el contenido completo de sus estómagos como si sus bocas fueran una cerbatana.

Durante siglos, los humanos nos encargamos de premiar y ser premiados con alimentos. A nadie se le ocurrió organizar un bar mitzvah en un bar de oxígeno ni una fiesta de bautismo en un baño orinando a modo de tributo al nuevo integrante del ejército de Dios. Es que uno se alimenta para satisfacer una pulsión del organismo de la misma manera que orina o duerme. Los alimentos son el combustible que necesitamos para vivir, de la misma manera que lo son el oxígeno, el agua o las sales minerales. Nadie hace un culto de desocupar la vejiga, pero cuando se trata de homenajear el ascenso del marido en el trabajo o unas merecidas vacaciones; hacemos un festival de la comida al extremo de torturar nuestros hígados y flagelar nuestros vapuleados páncreas.

Algunas oportunidades para dar rienda suelta al apetito voraz figuran en el top five de las orgías gastronómicas por ser aquellas en las que nadie deja un hueso de pollo sin roer y todos, absolutamente todos terminan con resaca, asco, ganas de vomitar y consumiendo Alka Seltzer a lo pavote. El hambre es algo que nadie conoce en estas oportunidades, nadie ingiere alimentos porque los necesite. Se come para morir comiendo (o por lo menos intentándolo). Se traga sin masticar, sin sentir el sabor; la deglución es compulsiva y motivada por un impulso desaforado que no busca ninguna satisfacción física, solo la mera satisfacción del deber cumplido (el deber de comer hasta reventar porque eso es lo que uno está programado para hacer). ¿De dónde salió esta programación?. No se sabe, uno solo sabe que debe hacerlo porque sus padres lo hicieron y ellos lo hicieron siguiendo el modelo de sus abuelos. Así es como en vísperas de Navidad; todas las mujeres de un clan familiar se internan en sus cocinas a hacer el repulgue de ciento veinte empanadas; meter chanchos, pollos, corderos y pavos al horno; bañar con salsa de chocolate todo aquello que no se mueva ni se queje; e inundar con mayonesa cuanto vegetal aplique para ser disfrazado de color amarillo huevo. Cocinas que laten al ritmo de los borbotones de salsas que hierven en bulliciosas cacerolas; exudan vapores y aromas a laurel y vainilla y que se convierten en una fábrica de manjares, son clausuradas durante días para la costeleta y la sopa (alimentos de la vida cotidiana). Es que esas cocinas están destinadas para algo superior, algo mejor, algo que sin querer le costará la vida al abuelo (ahogado en sus propias enzimas estomacales). Niños y adultos quedarán arruinados por varios días luego de consumir dosis masivas de proteínas y glúcidos; pero todo sea por la resurrección de Cristo, la comunión de Pía, el cumpleaños del abuelo Nicanor o el nacimiento de Bautista.

Veamos a continuación el Top Five de Festividades y eventos que invitan al desenfreno gastronómico y aquellas cosas que se consumen “normalmente” en esas fechas.

NOCHEBUENA Y NAVIDAD

Festividades top a la hora de ingresar kilocalorías en la caldera del sistema metabólico, estas cenas y almuerzos tienen por objetivo liquidar a quienes no posean una lengua de amianto, un estómago tapizado en teflón y un hígado capaz de destilar aceite en agua. La gente cocina una semana antes para estas fiestas y es muy capaz de soltar los ahorros de seis meses para agenciarse el mejor pavo de la góndola del super (al que rellenará con almendras, batatas acarameladas, coñac y frutas disecadas). El problema radica en que las recetas usadas han sido heredadas de habitantes del hemisferio norte donde generalmente hace un frío de perros y la ingesta calórica está totalmente recomendada para volver el alma al cuerpo y borrar el azul de los labios. Pero en el hemisferio sur, con treinta grados Celsius por la noche, comer lechón asado con cebollas glaseadas y frutas secas de postre es una invocación al suicidio. Es así que encontramos gente transpirada en los patios y jardines, tratando de apagar el incendio estomacal con sidra, vino y cerveza; cuando en realidad deberían estar inyectándose insulina para darle una manito al páncreas.

¿Qué se come en estas fiestas? Tome la lápiz y papel e intente decir que NO a más de dos propuestas. Le juro que Ud. no es vírgen de ninguna de estas atrocidades:

Asado grasoso, con cuero (esto incluye chacinados tales como chorizos, morcillas y animales enteros como lechones, corderos, pollos, chivitos y todo aquel bicho que tuviera pulso dos días antes y una pizca de vocación de servicio), acompañado de ensalada rusa regada en mayonesa, berenjenas en escabeche, morrones con oliva y ajo, papas fritas, torres de panqueques rellenos de fiambres y no sigo porque me está dando asquito.

Otros optan por la comida fría: Léase piononos rellenos de fiambres y mayonesas caseras, vitel thone (carne bañada en pasta de anchoas con mayonesa y alcaparras), lengua a la vinagreta, budín de arroz con mayonesa, ensalada Waldorf (con mucha crema y mayonesa), matambre, carne fría y toneladas del ingrediente principal de estas recetas: MAYONESA.

Los más osados sirven pastas, pero jamás unos fideítos con una salsita liviana. Canelones y lasañas crepitantes que nadan en crema y tuco, con toneladas de queso parmesano rallado que dejan la boca de cualquier cristiano ardiendo como si hubieran frenado una piña con la boca. Cappelettis con crema, ravioles con boloñesa, fideos con bechamel…cualquier excusa es buena para morir de híper glucemia.

Los postres no se quedan atrás. Los más conservadores harán la sanísima ensalada de frutas a la que la Tía Leonor le agregará cinco kilos de helado de crema americana y varios cucharones de dulce de leche porque “un día de vida es vida, dijo un paisano, y se metió un palo en el culo”. El palo se lo meterá ella dos días después en un vano intento de esquivar al proctólogo encargado de demoler el bolo fecal ya que la Tía es la constipada más constipada de la familia y sus intestinos no son un modelo de bondad, apertura y generosidad.

Otros optarán por flanes, budines de pan con caramelo, arrollados, tortas de mousse de chocolate, pies y cualquier masa a la que se le pueda agregar chocolate derretido en forma industrial a lo “Willy Wonka”.

El tema es que todo esto es regado con grueso octanaje alcohólico, con y sin burbujas; a lo que más tarde se le sumará el tradicional pan dulce relleno de frutas secas, los turrones, las nueces y todo aquello que suelte más grasas sometiendo a un ya comprometido hígado a un infarto hepático.

PASCUAS

Se supone que luego de varios días de duelo y austeridad digestiva, en los cuales la ingesta de carne es pecado; los pecadores (que han comido carne a reventar, pero lo han confesado el sábado de gloria), suelen acercarse a la mesa Pascual con un apetito pasmoso y la ferocidad del Cóndor patagónico. En general, lo que se pone en la mesa no dista demasiado de los platillos que se sirven en Nochebuena y Navidad; pero aquí debemos agregar un elemento de contundente relevancia: El chocolate.

El huevito, el conejito, la chupaleta y los ositos de chocolate; son sin lugar a dudas un “Must” en la mesa pascual. El tema no es este ingrediente en sí, el problema radica en ser ingerido luego de un pantagruélico y aceitoso asado, un monumental guiso casero o la lasaña de la abuela (que ya cuenta con varios cadáveres en su haber). En lugar de cerrar esa comida con un té digestivo de hierbas o algo refrescante como un helado de limón, la mayoría embutimos más de medio kilo de chocolate a fuerza de sorbos de café y alguna gaseosa alimonada que nos provoque el eructo que nos permita hacerle lugar a diez gramos más de cacao.

CUMPLEAÑOS, BAUTISMOS, COMUNIONES Y CASAMIENTOS

Todo evento familiar que involucre la reunión de más de media docena de familiares y amigos no puede ser concebido sin una opíparo ágape con alimento suficiente para abastecer a las tropas que desembarcaron en Normandía en la Segunda Guerra Mundial. Generalmente se calcula comida como para el triple de la gente que va a asistir y probablemente asistan dos tercios de la gente invitada, con lo cual las sobras servirán para que una familia completa sobreviva un mes en el Himalaya.

Estos eventos suelen ser un descontrol ecléctico de diferentes manjares que se disponen en largas mesas donde los comensales batallarán por la última rodaja de ese peceto con ciruelas o la penúltima rebanada de esa torta de frutos del bosque que estaba para el crimen organizado. Así, tíos y abuelas se batirán a duelo de tenedores, arruinando sus mejores ropas con restos de merengue italiano o salsa tártara. Desde las familias más humildes hasta las más pudientes, en cuanto a fiesta familiar se refiere gastarán hasta el último centavo que tengan con tal de engordar a sus comensales cual pavos en fábrica de paté. Para cuando la fiesta termina, nadie puede recordar el vestido de la novia ni el discurso del padrino de bautismo; pero todos van a llevar pegados en la memoria (y en las paredes del intestino) los ingredientes de esos crepes de champignons que hicieron las delicias de todos los invitados.

VACACIONES DE VERANO

Vacaciones de verano, sinónimo de desenfreno, todo está permitido. ¿Y si todo está permitido, porqué sólo nos dedicamos a comer y tomar como beduinos? Nadie lo sabe, pero todos lo hacemos. Planeamos con anticipación lo que vamos a cenar mientras esperamos que el choclero termine de embadurnarnos el choclo con manteca y sal en el mismo momento en el que le hacemos señas al panchero para que nos vaya preparando el superpancho con mayonesa y lluvia de papas que nos vamos a fagocitar tres minutos después. Y si en el mismo momento llegáramos a divisar al heladero, lo más probable es que nos embarquemos en una silbatina sin final hasta llamar la atención del pobre hombre que hará seiscientos metros bajo el sol abrasador de febrero para enterarse que deberá volver en media hora a vender un cucurucho porque la ansiedad de su interlocutor no le permitió seguir con su playero derrotero.

Licuados de frutas con leche para bajar waffles impregnados en dulce de leche como postre de hamburguesas con queso y papas fritas como almuerzo de un aperitivo de rabas y cornalitos fritos con cerveza; serán la antesala de una cena que promete calzones napolitanos rellenos con longaniza, pizzas de por lo menos seis ingredientes, empanadas y panqueques. Como si esto fuera poco, somos muchos los que estando despatarrados en la playa, deseamos internamente un ansiado día de lluvia que nos permita hacer un par de cruces más en la Check List de todas esas cosas que nos propusimos comer. Nos falta la picada de mariscos en el puerto, el chocolate en rama de la peatonal, el popcorn en el cine, la casa de las tortas en el bosque y las medialunas calientes de la más famosa panadería de la ciudad balnearia (y solo nos quedan ocho días!).

LOS VIAJES AL EXTERIOR

No existe mejor manera de conocer aquel destino que hemos elegido para vacacionar e impregnarnos de su cultura, que consumiendo aquello que los legítimos ciudadanos de esos ignotos rincones se llevan a la boca. El problema reside en que sus aparatos digestivos están acostumbrados a los porotos, la harina de maíz, la carne de mono, la caña de bambú y los famosos lichee de los restaurantes chinos. Nuestros estómagos rara vez se acostumbran a la ingesta de algas marinas o potajes tales como la feijoada o el cus cus, y suelen demostrarlo de manera inapelable. Será así como arruinemos viajes enteros buscando la versión brasilera del estreptocarbocaftiazol, el genolaxante o la hepatalgina. Caminamos por la calle como un volcán ambulante en erupción a punto de supurar tres litros de lava ardiente, apretando los cantos para llegar al hotel a tiempo. Entonces hay que buscar el remedio que nos permita seguir haciendo turismo gastronómico y la droga que saque la sensación de náuseas así podemos clavarnos una shawarma o dos piezas más de sushi. Compramos bocaditos en la calle sin la remota idea de sus ingredientes; vamos a un restaurante para pescadores en el puerto sin dudar en levantar el dedito señalando aquella cazuela que come un marinero, pronunciando “quiero una de esas” para descubrir con espanto que nos hemos comido un guiso de erizo de mar, que no va a tardar en viajar cual bólido por las curvas de nuestro intestino grueso haciéndonos revolcar de dolor antes de abandonar nuestro excedido cuerpo.

Y así nos pasamos el viaje, del baño a la cama y de la cama a la farmacia; con largas escalas en todos los sucuchos que venden platillos del lugar.

Eso sí, al cafecito…unas gotitas de edulcorante, porque el azúcar engorda…