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sábado, 31 de diciembre de 2016



MINUCIOSO BALANCE DE FIN DE AÑO (INCLUYE METAS PARA EL PRÓXIMO)


De cómo es inútil hacer estúpidos balances a fin de año

Estoy otra vez arañando la última hojita del calendario que me obsequiaron el pasado enero, en la carnicería.  Porque la ansiedad me gana, le arranco la puta hojita con los dientes y escupo los pedazos en el cesto de la basura.  Aún faltan 19 horas para el final del año, pero decido adelantar mi reloj biológico porque no me banco el imán calvo pegado en la heladera.  A la mierda con el imán también, después de todo, ya no compro en esa carnicería (la fidelidad duró lo que que duró dura la milanesa que me vendían, con el riesgo de perder una pieza dental sana o una corona del valor de las cuatro ruedas que necesito comprarle a mi auto).
Y aquí me encuentro sentada haciendo el estúpido balance que decido simplificar, llevándolo al frío mundo de los números (ese que tanto le gusta a mi amiga Liliana).


2016

- Cantidad de veces que nadé desnuda en la pileta= más de una docena. No festejen, se puede ver lo mismo en cualquier acuario marino pagando una entrada y el bicho en cuestión es capaz de hacer más piruetas por un puñado de cornalitos.  Quizás si alguien me tirara barritas de chocolate al aire, sería capaz de saltar y aplaudir al mismo tiempo, como las focas de Mundo Marino.
- Cantidad de veces que me encontré con la torre de Pisa, al pie del lavarropas, construida a base de remeras con olor a todos los chivos de Heidi= 200
- Cantidad de veces que me agarraron dormida y lavé esa ropa con la parsimonia de un monje tibetano= 50
- Cantidad de veces que no lavé la torre y desparramé a los chivos de Heidi por la habitación de mi adorado retoño= 150
- Cantidad de veces que prometí y juré por el Dios Baco que no iba a ingerir ninguna caloría proveniente del alcohol= 365
- Cantidad de veces que rompí la promesa y traicioné al Dios Baco (que dicho sea de paso, me dió una palmadita en el hombro y me guiñó un ojo el muy puto seductor) = 365
- Cantidad de veces que le eché la culpa a mi pareja, y a mis amigas (que también son amigas de Baco), por llevarme por mal camino= TODAS
- Cantidad de veces que salté de la emoción cuando llegó la caja del Baco Club= 12 (llega 1 por mes, por si se preguntaron por la mesura en los festejos).
- Cantidad de veces que me  dejé explorar, voluntariamente, mis adentros con aparatos extraños= 2 (se podría afirmar sin temor a caer en una grosería, que alguien con un guardapolvos blanco ingresó cámaras de tv por todos mis orificios mientras dormía plácidamente).
- Cantidad de veces que saqué la basura puteando en sánscrito y lunfardo= 340 (las otras 20 estuvieron a cargo de mis co-habitantes, quienes tienen muy en claro la consigna bíblica "temor de Dios").
- Cantidad de árboles y arbustos plantados= 30 (El Amazonas es un desierto, comparado con mi jardín).
- Cantidad de adicciones superada=1 (ravioles, me pasé a los canelones).
- Cantidad de veces que lloré colgada de la puerta de la heladera porque se acabó la Coca Light= 200 (las otras 165 se atribuyen a encontrar la jarra de jugo Clight previamente preparada por la que suscribe, vacía en la heladera).
- Cantidad de veces que lloré al descubrir que mi almuerzo había desaparecido y en su lugar había un plato vacío= 150
- Cantidad de veces que enterré un pedazo de Queso port salut light en la selva tropical del cajón de las verduras de la heladera, camuflado con disfraz de guerra a base de hongos verdes ideales para combatir infecciones.  Posta, la penicilina la hacen con esa pelusa verde!= 224
- Cantidad de veces que el Queso port salut light fue avistado y apresado luego de ser capturado debajo de una lechuga mantecosa en estado de franca descomposición= 123
- Cantidad de veces que prometí no dejar a mi perro Weimaraner (de 60 kilos) dormir adentro mientras levantaba tortas de caca del tamaño de una paella para catorce personas = 256
- Cantidad de veces que dejé dormir al Weimaraner adentro= 256
- Cantidad de veces que mi gato me rompió adornos, me tiró porta retratos, me vació el tacho de basura en la cocina y juré asarlo a la parrilla para el día de Acción de gracias= 90
- Cantidad de veces que terminó ronroneando en mis brazos mientras le pedía disculpas por ser tan despiadada= 90
- Cantidad de veces que me agarró el radar de la ruta 6= 1 (exceso de velocidad 83, máxima permitida 80).
- Cantidad de veces que hice pis color rosa, por comer remolacha y por un lapso de cinco segundos pensé que estaba al borde la muerte= 46
- Cantidad de veces que pensé en comer más remolacha porque me gustó hacer pis rosa, una vez superado el pánico inicial= 200 (me da mucha pereza hervirlas).
- Cantidad de veces que pensé en subir la foto del pis color Barbie a Instagram= varias, pero no conseguí flores del mismo color para decorar la tabla.
-Cantidad de horas en redes sociales= sin contar las que estaba comiendo, bañádome, haciendo fila en el banco, nadando en la pileta, manejando y durmiendo...8325.

METAS PARA EL 2017

- Visitar la estación espacial internacional y aprender ruso para hacerme amiga de Oleg, Serguei y Andrei (quiero que me dejen pilotear la Soyuz).
- Adelgazar 10 kilos comiendo pastas y pizzas.
- Guardar la ropa que está en los percheros, sobretodo la que cuelga de la bicicleta fija, me está costando llegar a la cama.
- Aprender a tocar el violín o el cello.
- Evangelizar la tierra convirtiendo a todos los fans del reggaeton en groupies de Pink Floyd.
- Hacerme de una pata de jamón ibérico, si hay que pagar con un órgano, tengo dos riñones que fabrican pis a escala industrial.
- Hacerme un tatuaje en la base de la nuca con la siguiente inscripción "no soy un clon" (por si las moscas).
- Bajar sustancialmente la cantidad de series vistas en Netflix de 50 a 49.
- Cambiar el auto por un Lamborghini Aventador SV Roadster color azul metalizado.
- Formar una banda de jazz y convertirme en la Diana Krall argentina.
- Cocinar tortas como Maru Botana y pastas como Donato, abrir un restaurante y bochar gente por portación de cara y actitud caracúlica.
- Comprarme una bodega en Mendoza, fabricar el mejor Cabernet de la historia y fundirla tomando con amigos.
- Aprender a baila tap.  Ya lo intenté.  Fracasé estrepitosamente. Persevera y triunfarás.  Veremos si ese postulado se aplica al tap o simplemente no me vino el chip de la coordinación de extremidades superiores-inferiores en mi mapa genético.
- Planchar
- Levantar el arbolito antes de Semana Santa.
- Adoptar un niño haitiano de 29 añitos.
- Hacer una huerta (alguien sabe dónde se consiguen las semillas de sorrentinos, muffins de chocolate y salame tandilense?).
- Dejar la droga, cambiar el clonazepam por algo más divertido...Alprazolam? (todo lo que termina en pam o lam debería ser pisado y esparcido en los tanques de agua del mundo, se acabarían todos los conflictos bélicos).
- Instalarme en un lugar con nieve y que alguien me convenza que el frío no es mejor que el calor.
- Bailar "El Lago de los Cisnes" en el Bolshoi, que me aplaudan y me tiren rosas blancas (los tomates que se los metan donde no calienta el sol).
- Controlar mis espasmos de llanto mirando los documentales de Nat Geo, cuando la leona se manduca a la cebra, que corre con ojitos de espanto.
- Aprender italiano para estar lista cuando me mude a Positano.
- Conocer personalmente a Bono, Eddie Vedder, Chris Martin, David Gilmour, León Gieco, Andrés Calamaro, Joaquín Sabina y Caetano Veloso. Que Toquinho me enseñe a tocar la guitarra y nos vayamos de gira juntos.

Groupie moi? Si, a los 53 y a mucha honra!  

Keep calm and grab a beer
Felisa me muero!








lunes, 11 de noviembre de 2013

De hijos y madres

TEENS


SER MADRE DE ADOLESCENTES

Un adolescente es considerado como tal cuando le salen los primeros pelos en las piernas y en las axilas, huele a chivo cuando transpira y empieza a cambiar la voz.  La edad considerada “del pavo” duraba hasta los dieciocho como mucho.  Digo duraba porque ahora siguen siendo adolescentes hasta que se casan o se mudan solos, mientras tanto mantienen las mismas mañas que a los catorce. Por supuesto me hago cargo como el resto de las mujeres, de mimar al hijo varón hasta convertirlo en un vampiro chupasangre que te utiliza como cajero automático, está convencido que sos la reina de las pelotudas y si puede se cruza de vereda cuando te ve (si tiene la panza y billetera llenas).  Los avergonzamos, somos una especie de lastre que pregunta si lleva abrigo, si va a venir a comer, si le duele la panza o necesita medias limpias.  Así, sin darnos cuenta nos convertimos en una secretaria/mucama/geisha/niñera/valet parking/chef y principal auspiciante de las ocurrencias de estos personajes que uno suele amar hasta el fondo de los huesos.
Recuerdo como si fuera hoy, la primera vez que me hizo estacionar el auto a dos cuadras del colegio para que no lo vieran en mi compañía, pero me siguió pidiendo que lo llevara al colegio hasta quinto año del Secundario.  Ya a los doce tenía que pagarle para sacarle una foto o agarrarlo desprevenido.  Nos bloqueamos en el Facebook mutuamente dos millones de veces porque tengo prohibido etiquetar, postear, escribir y hasta mirar; pero me deja como a sabiendas de que mi bolognesa vale más que el oprobio de contarme entre su lista de amigos.  Compartimos algunos gustos como la música, los autos, el cine y la buena comida.

 Así que cuando comenzó a pedir concurrir a recitales se me fruncieron todos los esfínteres y preferí acompañarlo a los catorce años antes que perderlo en una marea de gente.  Tengo grabada en el corazón su figura, cabeza llena de rulos, jeans y zapatillas pasando por la entrada principal del estadio Monumental de River Plate para asistir a un concierto de “Intoxicados”, banda con mala prensa por el público que solía llevar.  No me voy a olvidar jamás de la cara de sorpresa y alegría que tenía mientras recorría el estadio con esos ojos enormes color miel.  Por supuesto, yo iba para cuidarlo, así que nos fuimos acercando poco a poco hasta casi el borde del escenario.  Hasta ese momento solo había bandas soporte y el público esperaba sentado fumando marihuana a lo pavote.  Nunca fumé tanta marihuana sin prender un solo faso.  Intoxicada y con los ojos rojos, buscaba sus rulos en la multitud para no perderlo de vista hasta que llegó el turno del Pity (cantante favorito de mi hijo en esa época).  Me dio la mano todo lo que pudo pero la marea de gente me lo arrebató como una ola de mar.  Lo perdí de vista y quedé sola apretujada en el medio de una masa informe de gente transpirada que no paraba de saltar al ritmo de la música, con mi escaso metro y medio (demás está decir que poco pude ver del Pity y su banda ya que cualquier persona es más alta que yo).  Transpirada y cansada de repente ví que se hacía una especie de onda expansiva como si alguno se hubiera desgraciado y los de alrededor buscaran esquivar el gas letal.  Al lado tenía parada a una mole de casi dos metros de altura y ciento veinte kilos de peso, que llevaba a su compañera sentada sobre sus hombros mientras cantaba y saltaba aplaudiendo como loco.  El señor en cuestión llevaba una cresta de pelo tipo punk, perforaciones y tatuajes por todos lados y una cara que metía miedo.  Mis prejuicios no me duraron ni medio segundo.  Ante mi cara color cemento, gesto de terror por el agujero de gente que se había manifestado frente a mis ojos el señor me dijo “Señora, no se asuste, esto se llama pogo.  Se van a ir todos para atrás y cuando empiece el estribillo van a correr todos para adelante.  Deme la mano que no la voy a soltar y no le va a pasar nada”.  Así fue como terminé incrustada en su ombligo peludo, bañada en su transpiración pero totalmente a salvo de esa avalancha.  Salí airosa de la primera fecha y luego del reencuentro con mi multiúnico vástago me fui a dormir con los pies como dos empanadas gallegas, una sordera industrial post concierto y el dolor de cabeza de la década.  Al día siguiente teníamos entradas para otra banda.  Y así fue como volvimos a concurrir al mismo lugar pero esta vez acompañados de mi cuñado, mi hermana y mi sobrino.  Tranquila porque mi hijo estaba custodiado, me quedé saltando (para no desentonar) con mi hermana y cuñado quien nos hizo caminar entre la gente hasta llegar lo más cerca del escenario posible.  Otra vez el famoso pogo y un milagro que cambiaría mi vida para siempre.  Evidentemente tropecé con los cordones desatados de mis zapatillas y caí boca arriba sobre el pasto.  Mi vida pasó frente a mí en un segundo.  Pensé en todos los muertos del mundo por avalanchas en estadios y me dí cuenta que estaba a punto de morir.  Una manera cool de morir pensé, en un recital de “Los Piojos”; pero Dios ese día estaba de buen humor y como por arte de magia se hizo un círculo alrededor.  No sé cómo pero alguien me puso de pie y ató mis zapatillas como por arte de magia.  Me cagué en las patas y juré que nunca más iba a pisar un recital sin una entrada para palco.

Por supuesto la criaturita siguió creciendo y asistiendo a recitales sin mi compañía ya que demostró con creces que podía cuidarse solo, paradójicamente, en estos recitales mi hijo terminó cuidándome a mí.  También lo acompañé a hacerse su primer tatuaje para asegurarme de la higiene del lugar (y de paso pagar la cuenta), fuimos a hacerse su primer piercing, le enseñé a manejar sufriendo como una condenada cada vez que se llevó el auto, descubrimos juntos el sabor de nuestro primer sushi, compartimos películas, junté de donde no tenía para comprarle la Play 2 y luego la 3.  Lo esperé dos horas, parada, mientras se probó todas las remeras de un local de ropa.  Lo llevé de vacaciones a un lugar que no me gustaba para que en la mitad de las mismas se volviera con su amigo porque estaba aburrido.  Cociné y cocino todo lo que me pide aunque se me escape a la cancha y me tenga con el culo en la mano hasta recibir el mensajito “estamos volviendo”.  Hace unos seis años que no duermo tranquila pensando si llegó, si lo escuché, si no lo escuché; mandando textos a las cinco de la mañana para conocer su paradero.  Me fumé todos los partidos de futbol de la liga inglesa, española, italiana, y las copas de todos los continentes solo o con una horda de amigos y primos vociferando cosas irreproducibles.  Lavé y lavo medias y camisetas con olores propios de los camellos de El Cairo.  Su dormitorio parece Beirut después de un bombardeo, cuando pasa por el baño arrasa como un tsunami y si anduvo cocinando vas a encontrar tuco hasta en las cortinas del living como si alguien hubiera cometido una masacre de tomates.

Todo lo que hice y hago lo volvería a hacer veinte veces.  Porque a pesar de quejarme, me encanta ser su madre, me divierte aunque a veces lo quiera estampar contra una pared.  Tenemos peleas que son para alquilar balcones, los gritos se escuchan ocho cuadras a la redonda.  Tiene la capacidad de pegar donde más duele, pero de dar el beso que cura todos los males.  Nos aguantamos mutuamente, nos protegimos cuando nos quedamos solos, compartimos el amor por los animales y él sigue pensando que soy una tarada que no sabe nada de la vida.

Mi consejo para parejas: Bajen ostensiblemente la cantidad de hijos planeados, concurran a una casa donde haya varios adolescentes para ver la que les espera.
Mi consejo para padres de niños pequeños: Prepárense.  Tomen vitaminas, hagan gimnasia, duerman todo lo que puedan y ahorren mucho dinero porque lo van a necesitar.
Mi consejo para padres de adolescentes: Están en el baile así que muévanse lo mejor que puedan, dicen que en algún momento se termina, pero no tengo el placer de conocer esa sensación.
Mi consejo para padres de jóvenes: Los van a tener atrincherados en casa hasta que consigan novia, trabajo, casa y auto.  Como viene la mano, sigan trabajando hasta que se les caigan los dientes.


Mi hijo se llama Guillermo, y a pesar de todas las ganzadas que escribo estoy orgullosa de él porque es una buena persona y lo mejor que me pasó en la vida…lejos!

Acá está el famoso recital de ese año, a ver si me encuentran entre la gente ;-)




lunes, 14 de mayo de 2012

Historia de mis adicciones


La música

 
No podría precisar el momento exacto, el recuerdo más añejo data de mis cinco o seis años.  Nos recuerdo a mi hermana y a mí bailando en bombacha y zuecos de corcho en el patio de mi abuela, al compás de algún vinilo de colores editado por el programa de tv auge del momento.  Canciones pasatistas y comerciales, pero super pegadizas que incitaban a revolear los huesos aunque uno fuera una momia.  Recuerdo el aparato, un Winco regalo de alguna Navidad o Reyes.  Una cosa semi-portátil del tamaño de una caja de guitarra, que constaba de un parlante y una bandeja giradiscos.
Para la misma época, aprendía los primeros acordes de alguna balada de Roberto Carlos, en las clases de guitarra del colegio.  Y como si esto fuera poco, castigaba el piano de la casa de mis abuelos paternos, leyendo pentagramas con cara de erudita.  Recuerdo haber jugado con el “combinado” de mis abuelos.  Un mueble gigante que tenía una radio y una bandeja giradiscos y espacio para guardar los pesados discos de pasta con grabaciones de jazz y música clásica que el abuelo nos ponía para darle tregua a su castigado piano.

Luego vinieron mis otros abuelos de viaje, y con ellos una bandeja giradiscos portátil color naranja rabioso, del tamaño de una cartera que yo llevaba de aquí para allá con el multiúnico disco simple que tenía en ese momento (la banda sonora de la peli “El Golpe”).
Mi papá fue quien supo alimentar mi adicción desde el vamos.  Y por suerte me expuso a música que no hubiera conocido si no me la hubieran entregado servida en bandeja, en bandeja giradiscos claro está.  Jazz, bossa nova, blues, tango, folklore, rock, reggae; cualquier colectivo me dejaba bien.  Ya a los diez años podía cantar la mayoría de las canciones de Toquinho y Vinicius en un perfecto portugués y traducía con avidez las letras de las canciones de Los Beatles.  

Para mis doce años, la música se había convertido en una adicción.  Algo que no podía esquivar ni postergar.  Algo que me transportaba a lugares felices, me inmunizaba de aquello que me disgustaba y me servía de evasión cuando la realidad no era la más divertida del mundo.  Recuerdo haber pasado horas con el dedo morado sobre la tecla “REC” en un vano intento por capturar completa aquella canción deseada que la radio mezquinaba o pisaba obligándote a comprar el cassette o el long play.  Eso, si uno tenía la suerte de que el locutor habilitara los datos del cantante, de lo contrario iba a pasarme horas escuchando la radio para hacerme del dato que pudiera juntarme con esa melodía que me cansaba de cantar en la ducha.
Llegaría entonces el radio grabador y la pila de cassettes con compilados de horas y más horas de grabaciones de radio con temas que me ponían a bailar sobre la cama y cantar disfrazada con los camisones de mi vieja y un colador haciendo las veces de micrófono.  Días enteros tirada en la cama escuchando Bee Gees, Peter Frampton, Sui Generis o María Bethania (si, siempre fui de lo más ecléctica).

Con la llegada del Walkman pude darle rienda suelta a mis gustos y escuchar a todo volumen aquello que me daba vergüencita porque no estaba de moda.  ¿Qué persona de 14 años escuchaba a María Creuza o Frank Sinatra en pleno auge de Génesis o Kiss?  Así fue como aprendí a despuntar la clandestinidad del vicio que había tomado posesión de mi alma.  Y fui por más.  Le saqué a mi viejo sus auriculares profesionales y los enchufé a su super equipo de música mientras me daba con altas dosis de Supertramp, Paul Williams y una Rapsodia Bohemia de Queen cuya pista erosioné hasta el cansancio.  Escuchaba y caminaba.  Escuchaba y bailaba. Y así fue como depilé la alfombra del living de mi casa hasta el cáñamo.  Enfrascada en ese mundo lleno de acordes y colores mi vida era una película de Spielberg.  Todo era mejor, todo tenía sentido; la fantasía se apoderaba de mi cabeza para llevársela lejos de ese tercer piso del barrio de Caballito donde mi familia se iba disgregando de a poco.  Recuerdo haberme dormido con el walkman en las orejas en el volumen más alto, para tapar las voces de mis padres que discutían hasta altas horas de la madrugada.  La música era mi refugio, mi remedio, mi panacea.

Mis primeros ahorros fueron a parar a un disco de vinilo.  Luego vinieron más y más.  Cruzaba el parque Rivadavia para sumergirme en las góndolas de la disquería de la esquina de Rivadavia y Campichuelo; con un puñado de billetes y monedas fruto de algún regalo de cumple o simplemente de la cartera de mi abuela Vicenta.  Seru Giran, Gilberto Gil, Stevie Wonder, Rod Stewart…cualquier disco era mejor que una pilcha o un par de zapatillas.  Dinero mejor invertido no había, a mi criterio.
Entonces mi papá desembarcó con un órgano Yamaha y un profesor de música a domicilio.  Convencido de que mi facilidad para escuchar era directamente proporcional a mi capacidad para arrancarle un acorde armónico a algún instrumento, me dejó en manos de un señorito de 23 años al que mi hermana y yo volvimos literalmente loco.  Cuando se percató de que las clases no daban absolutamente ningún fruto en clave de sol y el profe se divertía de lo lindo con nosotras, decidió cambiar por algo más radical y enciclopédico.  Entonces apareció un señor bigotudo de unos setenta años y un aliento a caballo muerto que voy a recordar hasta el fin de mis días.  Dotado de una mecha cortísima y un carácter de mierda, el Señor “Nomeacuerdosunombre” incrustaba sus tres dedos del diámetro de un salamín tandilense en tres teclas del piano mientras vociferaba “LAAAAAAAAAAAAAAA”.  Recuerdo ese “LA” porque detrás de esa nota venía una onda expansiva de olor a riachuelo que me tumbaba.  Era preferible hacerlo bien de entrada, para que el profe no tuviera que volver a gritar el acorde deseado.

Nunca pude aprender a tocar nada demasiado bien.  Volví a incursionar en la guitarra con idénticos magros resultados.  Me conformé pensando que mis dedos eran demasiado cortos para un FA que requiere las falanges de Largo (el de los Locos Addams). Pero nunca pude abandonar mi adicción a la música.  Ella me acompaña desde siempre.  En las pelis y sus bandas sonoras que he comprado sin asco.  En las series donde se la utiliza como un protagonista más y que en muchos casos me ha ayudado a descubrir bandas y cantantes; pirateando como he podido desde el Ares, el Torrent, Taringa, Napster y cuanto sitio de descarga gratuita se haya inventado en este mundo.  He empeñado mi alma para comprar entradas para un recital, he vendido pulseras de oro para comprar una edición limitada de la discografía completa de Pink Floyd (y no me arrepiento), he pasado noches enteras sin dormir auto infringiéndome dosis masiva de ocho horas non-stop de música. 
El amor por la música fue tal, que quise inculcarle a mi hijo desde el vamos, la gratificante sensación de escuchar una melodía bien escrita y ejecutada.  Recuerdo haberle puesto auriculares a una panza de siete u ocho meses de embarazo para que mi hijo pudiera escuchar a la Vargas Blues Band conmigo.  Tuve el hijo perfecto heredero de tanta pasión musical, un socio y compinche a la hora de compartir canciones y recitales.  Ahora con dieciocho años es el quien me arrastra kilómetros de arena incandescente para participar de un concierto de reggae playero.  Demás está decir que nunca he ofrecido resistencia alguna.

Y así fue como llegamos al 2012, a quinientas canciones guardadas en dos pen drive de 4 GB.  En una pc con 2 terabytes de memoria para poder almacenar dos millones de canciones, como tesoros de un barco pirata en altamar.  La música me acompaña cuando voy a trabajar, cuando vuelvo de trabajar, cuando me voy a dormir, cuando salgo a pasear, cuando lavo ropa, cuando me enamoro y cuando sufro por amor.  Bailé “Stay” de U2 con mi hijo de meses a upa y lo filmé a los tres años jugando con sus juguetes un 25 de diciembre al son de “Fill me up” de Linda Perry.  La música está en mi casa por todas partes.  Cuatro cajas llenas de vinilos, una pared del piso al techo tapizada de cd’s, más de una docena de cajas de cassettes que nunca pude tirar y una guitarra en el escritorio a la que nunca pude sacarle dos notas dignas de ser escuchadas.

El tema que mi hijo escuchaba antes de nacer…



martes, 27 de enero de 2009

MUSIC FREAK


Cómo determinar los diferentes estadíos de un enfermo de la música

Si uno le pregunta a cualquier persona con pulso y pabellón auricular medianamente sano: ¿Te gusta la música?, lo más probable es que jamás reciba una negativa. ¿A quién en su sano juicio podría no gustarle la música?. Probablemente a nadie, sin embargo, hay una diferencia abismal entre el sano juicio a la hora de disfrutar de un puñado de notas musicales y perder el juicio con solo escuchar un racimo de acordes bien escritos.
Existe gente que manifiesta su gusto por tal o cual melodía pero se conforma con escuchar los hits del momento, que alguna radio bombardea cíclicamente, sin molestarse en girar un par de grados el dial por miedo a perder la señal (o darse la antena en el ojo en el intento). No se preguntan qué estará pasando en la radio vecina, no se plantean dejar que se queme el guiso para anotar el nombre del tipo que está cantando esa canción tan linda. Porque lo más probable es que jamás consideren entre sus prioridades, el comprarse o piratearse el CD que los ha maravillado. Obviamente, esta clase de personas no califica para el título “music freak”, porque su nivel de adicción es demasiado bajo como para considerarlo una patología sana (si es que existe esa contradicción).
Existen también los fanáticos de la música, que aunque se esfuerzan, nunca llegan a obtener el título porque carecen de algo que a todo “music freak” le sobra: eclecticismo.
Los fanáticos suelen encasillarse en un género, un estilo o simplemente hacerse fans de cuatro o cinco bandas conocidas en su adolescencia, a las que seguirán al punto de descartar cualquier cosa que no se parezca a eso. Por principio, sin siquiera haber escuchado un tema de otra banda o algún otro tipo de música, los fanáticos suelen denostar lo que no conocen o es distinto a aquello a lo que fervientemente idolatran. El metalero vomitará a chorros si es expuesto a la bossa nova y el rapero se brotará si lo obligan a escuchar música celta. Un tanguero de ley se revolcará por los rincones si le pasan acid jazz y un fana del jazz necesitará un decadrón para soportar un tema de “Motorhead”. Lo mismo ocurre con los seguidores de determinada banda, llámense “ricoteros”, “rollingas” o “intoxicados”; pueden sufrir un ataque de caspa si se les ofrece la obertura de “Nabuco” o un tema de “Laura Pausini”. Pareciera que esta gente está más interesada en la postura filosófica que implica ser religioso seguidor de “Los Ramones” que en la música en sí. Rechazan sistemáticamente cualquier otra cosa con la seriedad de quien está optando por una ideología política. Acompañan su fervor con atuendos y modismos que le son propios a todos los seguidores de determinada banda; es así como encontramos rastas, porros y remeras con la cara de Marley entre los fans del reggae o caras pálidas, ojeras y ropa oscura entre los seguidores del rock gótico. Lo que siempre me llama la atención sobre estas personas, es que su fanatismo se sostiene en el tiempo y su intransigencia musical se agrava con la edad (es así como vemos padres cincuentones discutiendo con hijos adolescentes porque “después de Sumo nadie hizo música en Argentina”, todo esto mientras el pendejo aburrido le da OK en el Ipod al último hit de “Greenday" a todo volumen para ahorrarse la filípica musical por enésima vez en el mes).
El “music freak” es un espécimen de otra índole completamente diferente. Estos seres, entre los que me incluyo, piensan que los fanáticos se pierden todo aquello que descartan sin escuchar. Que optar por algo es privarse del abanico de posibilidades que está ahí afuera, sonando en alguna radio transgresora o esperando ser descubierta entre los vinilos heredados del progenitor o la suegra. El “music freak” es adicto, insaciable, ecléctico y abierto a todo lo que un cacho de pentagrama bien dibujado le pueda ofrecer. Considera que aquel que se conforma con un hit pisado por el locutor, en la radio de moda, es una especie de zombie musical que necesita ayuda para salir del ostracismo auto impuesto que no le permite asomar el cogote fuera de la frontera del 100 del dial. El “music freak” jamás descarta sin haber hecho el intento y se enamora perdidamente de un tema de folklore con la misma vehemencia que desmaya ante los tres primeros acordes de un tema de “Radiohead”. No existen los estilos, ni los ritmos, ni las bandas, ni los atuendos. Sólo música. Es lo único que le interesa. No etiqueta, no rotula, no discrimina. Todo aquello que logre hacerle palpitar el corazón o agitar la patita izquierda mientras mira una peli (cuya banda sonora va a comprar compulsivamente apenas salga del cine), le va.
Creo que los “music freaks” provenimos de hogares donde alguno de los padres padecía la misma adicción y supo pasársela a su descendencia exponiéndola a todo aquello que disfrutaba. En mi caso, fue mi papá quien alimentaba mi locura llevándome a las disquerías en lugar de a las boutiques, para salir diez minutos después con bolsas llenas de vinilos de todo lo que me fascinaba. Me compraba “Queen” o “Seru Girán”, pero se encargaba de hacerme escuchar a “Paco de Lucía”, “Oscar Peterson”, “Benny Goodman”, “Tom Jobim” o “Pink Floyd”. Entonces y con los años me convertí en una esponja que podía consumir el concierto de “Elgar” por “Jacqueline DuPré” y a la media hora enloquecer con “Ela e danzarina” de Chico Buarque. Sin embargo, debo reconocer que con el tiempo se convirtió en una patología, que aunque no es peligrosa suele acarrear algunos inconvenientes para quienes la padecemos.

TEST PARA DETERMINAR EL GRADO DE ENFERMEDAD MUSICAL QUE USTED TIENE
Músico-inmunizado (si contesta SI a más de cinco preguntas, es usted uno de ellos, no se preocupe porque lo suyo no es de cuidado)

¿Pone Ud. la radio a las siete de la mañana y no cambia el dial hasta que la apaga?
¿Es usted de los que no se brotan y revolean la radio por la ventana si le pisan un tema que le gusta con la tanda?
¿Pasa de largo por un local de venta de música, aún cuando estén pasando un tema que le agrada, perdiéndose la maravillosa oportunidad de preguntarle al vendedor quién es el cantante?
¿Puede sobrevivir fuera de casa sin Mp3, Ipod o cualquier dispositivo que cumpla las veces de tanque de oxígeno musical, toda vez que se aleja de su colección de CDS?
¿Puede cambiar de canal aún cuando estén pasando su videoclip favorito?
¿Sobrevive a la ignorancia de no tener puta idea del título de esa estupenda canción que acaba de escuchar en la peli que termina de ver en el cable?
¿Presta sus CDS?
¿No se mosquea si no le devuelven la banda sonora “Star Wars” que prestó hace un siglo?
¿Puede estar más de ocho horas sin escuchar música sin presentar síntomas de abstinencia?
¿No se le escapa un sollozo cuando no encuentra el CD de “Bob Marley” que se le antoja escuchar YA?
¿Padeció Ud. de otitis a repetición cuando pequeño, que le haya dejado alguna secuela?


Fanático Mal (Si contesta SI a más de cinco, Ud. es uno de ellos, no es grave pero a la larga se va a arrepentir de todo lo que se perdió de escuchar)

¿Tiene en su poder las colecciones completas de sus cuatro bandas favoritas en todos los formatos conocidos por el hombre junto con todos los DVD’s de los conciertos, las versiones en vivo de todos los temas, temas inéditos, entrevistas publicadas en papel y en Internet así como autógrafos de todos los miembros de esas bandas?
¿Es su guardarropa una sucursal de “Locuras” siendo sus prendas de vestir dos pares de jeans gastados y unas cuarenta remeras con leyendas y fotos de sus músicos predilectos?
¿Es capaz de sufrir una crisis de asma si no consigue el último CD de su banda favorita el día del lanzamiento (a pesar de que se comió una fila de treinta y tres horas para conseguirlo)?
¿Se deprime y llora cuando se entera de que su banda favorita se separa, aún cuando está convencido de que volverán a juntarse cuando se les acabe la fortuna que hicieron vendiéndole discos a Ud.?
¿Tortura a sus vecinos escuchando el mismo CD desde el año 1991?
¿Cuándo sueña mantiene conversaciones con Luca Prodan, Jim Morrison, Miguel Abuelo y John Lennon?
¿Se violenta cuando escucha a un ofuscadísimo Pappo discutir con ignoto DJ que sostiene que hace música mezclando sonidos, queriendo entrar en la pantalla a matar al DJ y resucitar a Pappo para decirle que tenía razón?
¿Recuerda con exactitud las formaciones completas, a través de los años, de sus bandas favoritas (y la bebida alcohólica predilecta de cada uno de ellos)?
¿Siente que, musicalmente hablando, todo tiempo pasado fue mejor?
¿Le pegaría un botellazo en la cabeza al imbécil del 4°A que puso cumbia a todo lo que da mientras Ud. intenta ingresar a su momento Zen de la mano de “Angie” de los “Stones”?

Music freak (Si contesta SI a más de cinco preguntas, Ud. está en serios problemas y necesita ayuda terapéutica…o que el día dure 56 horas para poder escuchar todo lo que compra y piratea)

¿Le cabe la música en cualquier idioma, proveniente de cualquier país, de cualquier género; siempre y cuando le haga cosquillas en alguna parte del cráneo?
¿Cuándo no esta durmiendo o internado en terapia intensiva, está Ud. escuchando música?
¿Cuándo era un niño, lo reprendían por quedarse despierto hasta altas horas de la madrugada enchufado al equipo de música con los auriculares puestos?
¿Es de los que piensan que la música se escucha FUERTE y llevan el mp3 a todo trapo?
¿Es de los que no se sacan el Ipod ni para bañarse?
¿Pertenece Ud. al grupo de los que hace falta operar para sacarles un CD prestado?
¿Es incapaz de tirar su colección de vinilos, aún cuando ya no le quede una sola bandeja giradiscos funcionando?
¿Tiene UD una planilla Excel del inventario de toda su discografía, con el fin de controlar las posibles bajas (por afano/extravío/roturas) y para poder encontrar con más eficiencia ese CD que anda buscando?
¿Sufre permanentemente de antojos musicales?
¿La música lo transporta a un universo paralelo en el cual Ud. es el Rey soberano, comandante de todas sus fantasías?
¿Es la música para Ud. una droga imposible de dejar?
¿Es Ud. de los que se levantan a hacer pis a las tres de la mañana y se va compulsivamente a escuchar un temita con los auriculares, cual transgresión, como el obeso que termina manducándose las albóndigas frías de la cena parado en la puerta de la heladera?
¿Mira las pelis en DVD con el control remoto en la mano para poder hacer pausa en los títulos y enterarse quien cantaba la canción que lo puso de la peluca?
¿Es de los que miran los canales musicales con lápiz y papel en la mano para anotar aquello que dos minutos después pondrá a bajar en la PC?
¿Odia que le regalen una reposera para su cumpleaños pudiendo haber gastado esa suma en 10 CDS de música?
¿Es de los que se hipnotizan y entran en trance a los locales de venta de música, a preguntar por la cantante que está sonando?
¿Es UD de los que se han endeudado para comprar música?
¿En su colección de CDS pueden encontrarse al menos ocho géneros musicales diferentes?
¿Es de los que bailan, agitan los piecitos, repiquetean los dedos, sacuden la cabeza o tararean al son de una canción sin pudor y sin control en cualquier ámbito o lugar (encontrándole la gracia hasta a una canción de Misa)?
¿Su biblioteca musical ocupa toda la medianera de su casa?
¿Es UD un melómano rabioso al punto de ser disputado por sus amigos toda vez que juegan algún juego que involucre adivinar tal o cual canción, el autor o las letras de alguna melodía?
¿Es capaz de cometer filicidio si su hijo le arrugó el booklet del CD de “Pink Floyd The Wall”?
¿Prorrumpe en llanto si no encuentra el CD que tiene el tema que engancha justo con lo que está escuchando?
¿Está convencido de que existe música para manejar?
¿Conserva UD sus cassettes empolvados y enmohecidos porque le da cosita tirarlos, aún cuando posee todo en mp3?
¿Su adicción le preocupa o le chupa soberanamente un huevo?


Me voy cantando bajito, no vaya a ser que me escuche mi vecino y me quiera convencer de que Mollo es mejor que Toquinho. Que conste en actas, a mí los dos me parecen geniales!!!.