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lunes, 22 de junio de 2015

MI MAMÁ Y YO (UNA HISTORIA DE AMOR DE A DOS)

HOMENAJE A MIRTHA ALICIA TRIANGELI (mi vieja)

Mi vieja era un bicho solitario e independiente.  Hasta que el cigarrillo no comenzó a cobrarle facturas, se manejaba relativamente sola.  Fue el ejemplo vivo del Ave Fénix.  Supo recuperarse y reinventarse para apechugar las palizas que la vida le había deparado.  Caprichosa como pocas y terca como una mula, mi vieja se salía con la suya y tenía la tenacidad para sobreponerse a cualquier situación desfavorable que le tocara en suerte.  Siempre admiré la capacidad de recuperación a la adicción al alcohol, vicio difícil de combatir como pocos; ella salió de Alcohólicos Anónimos no solamente curada, además con novio.  Mi viejo la había dejado, enamorado de su empleada de ese entonces, ahora su esposa y madre mis dos hermanos menores.  Mi viejo, un confeso enamoradizo en sus años de juventud, no le hizo la vida fácil a mi mamá; además de ir tras su hobby (el automovilismo) que lo alejaba de casa con frecuencia.

Recuerdo la pena que me dio mi mamá cuando me contó que habían ido a una fiesta y mi viejo no la había sacado a bailar.  Son esas cosas que quedan grabadas a fuego en la cabeza, vaya uno a saber por qué.  Pero de esa se repuso, y luego de varios años de alcoholismo, recuperada y con amor nuevo se dedicó a disfrutar de su vida con intensidad.  Fueron años donde llovieron las invitaciones a viajes, restaurantes, vacaciones y todo lo que mi madre nos pudiera dar con el dinero que había heredado de su padre.  Estando de novia del padre de mi hijo, me quedé en casa mientras mi vieja se fue con mi hermana de gira por Europa.  Demás está decir que trajeron las valijas llenas de ropa, cosméticos y bijouterie para un regimiento.
El dinero de mi abuelo salía de varias empresas que se fundieron; cuando quedé embarazada de mi hijo las empresas estaban tecleando.  Mamá viajó a Miami y Nueva York con mi padrino y su mujer.  Recuerdo que mi hermana estaba embarazada de su segundo hijo, el primero (mi ahijado) tendría unos dos años y monedas.  Pagó sobrepeso de equipaje porque en cada una de esas cinco valijas había ropa para vestirlos a los dos más todos los que vinieron después (dos hijos de la cuñada de mi hermana, mi hijo y varios más).  Juguetes no les faltaron, mi vieja compraba lo mejor de lo mejor; mientras tuvo dinero no bajó la luna pero casi.  Y cuando se quedó sin nada, jamás entró a nuestras casas con las manos vacías.  Porque las empresas se fundieron, los socios la jodieron feo, los compradores de las propiedades dejaron de pagarle y mal aconsejada se asoció con más chorros que le sacaron lo poco que le quedaba.  Igualmente se dio el lujo de prestarle dinero a mi cuñado para abrir una sucursal de su confitería.  Mientras tuvo dio y perdió, porque nadie devolvió.

Entonces mi mamá reinventó otra mujer, una laburante a full que caminó las calles del microcentro y se metió en los lugares más recónditos del Gran Buenos Aires haciendo gestoría del automotor en forma hiper profesional.  Tal es así que fue contratada por una gran Compañía de Seguros para realizar las bajas por robo.  Cuando me separé la primera vez del padre de mi hijo, no lo dudó un instante, me llevó a trabajar con ella para ayudarme a pagar las cuentas.  Tenía mucho trabajo y se deslomaba hasta tarde preparando los trámites del día siguiente.  Así y todo, no había fin de semana que no viniera con un Fiat Duna destartalado a ver a mis sobrinos y mi hijo en cuanto acontecimiento escolar, familiar o religioso tuvieran.  Siempre corriendo, siempre al borde del desastre porque su auto era un peligro y manejando era Fangio versión femenina.  Pero siempre aparecía.  Muchas veces se quedaba a dormir en mi casa y me hacía compañía cuando mi compañero de ese momento estaba en Marte, de viaje, encerrado trabajando o durmiendo.  Mi casa era el lugar donde mi mamá se juntaba con sus nietos, que ya en la pre adolescencia le rogaban que les enseñara a jugar al truco o al póker.  Ella tenía su manera de vincularse con ellos y aunque fuera por un peso, la timba era el aglutinante entre abuela y nietos.

La pareja de mi mamá había fallecido unos años antes y su vida se resumió en laburo, fines de semana en casa para ver a la familia y no mucho más que eso.  Hasta que me divorcié, entonces se convirtió en mi compañera inseparable.  Para escucharme, para contenerme, para ayudarme con dinero o darme el auto para que pudiera ponerme a laburar y sostener a mi hijo.  Entonces nos hicimos amigas con todo lo que eso implica, peleas para alquilar balcones y llamados telefónicos interminables para contarnos todo.  Salíamos al cine, a cenar, al teatro y a vacacionar juntas.  Cabe destacar que en una oportunidad, todavía casada pero sin posibilidades de salir en verano por la economía familiar, mi vieja me invitó a uno de los hoteles más caros de Mar del Plata…lo recuerdo especialmente porque fue la primera y única vez que mi hijo se subió a un avión.  Instaladas allí, a los pocos días apareció mi hermana con su familia, mi mamá pagó el hotel para todos.  Lo aclaro porque se ha tildado a mi vieja de egoísta y de rompe huevos, pero mientras tuvo para dar todos aprovecharon la volteada.  Lamentablemente ese mensaje se les pasó a sus queridos nietos, a quienes ella amaba y falleció quedándose con las ganas de verle la cara a su primera bisnieta.

Mi mamá siempre tuvo un lugar en mi mesa dominical, una cama en mi casa; yo también he sido recibida compartiendo cama matrimonial con ella toda vez que me reunía con amigas en Capital o simplemente arreglábamos para almorzar un domingo en su barrio y de paso sacar a pasear a mi abuela.  Hasta que conocí a mi actual pareja, siempre estuvimos juntas a pesar de un par de agarradas de pelos como toda madre e hija.  A mi vieja le encantaban el sol y la pileta, así que soñaba con ser invitada a la pileta de mi hermana, cosa que a veces se complicaba ya que mi cuñado decía que mi vieja le rompía las pelotas y su casa era sagrada.  De todas formas, a veces se le daba y podía nadar en esa pileta, de lo contrario se conformaba con la mía de lona.

Cuando mamá empieza con problemas económicos y de salud, se hizo imperioso salvar su departamento de las deudas y comprarle un lugar para vivir cerca de sus hijas.  Hicimos una doble operación mudando a mi abuela y a mi vieja a un departamento a cinco minutos de nuestras casas (mi hermana y yo vivimos en casas linderas).  Entonces mi vieja dejó de trabajar y el mundo que conocía hasta ese momento se desvaneció.  De repente se encontró encerrada en un lugar ajeno a todo lo familiar, con una madre con demencia senil que hacía desastres y sin motivos para salir a la calle.  También se liberó del stress de la vida laboral cotidiana, pero visto a la distancia, su mundo eran su laburo, su barrio, sus cafés en la esquina y los tres o cuatro negocios que frecuentaba en Barrio Norte.  Acá, cerca nuestro comenzó a depender de remises para ir a tomar un café y ver pasar gente, su deporte favorito.  De alguna manera quedó confinada a un lugar de difícil acceso con una rampa de ladrillos que cada vez se hizo más jodido subir por su pierna más corta fruto de polio infantil.  Cobrando una pensión no contributiva, sin el amparo de una obra social adecuada y con una hija (yo) que laburaba doce horas por día y otra que laburaba cinco la cosa se le hizo cuesta arriba.

Mi abuela se puso peor, la ingresamos en un Asilo para ancianos, mi vieja debió sobrevivir con la pensión exclusivamente y la ayuda que pudiéramos brindarle para sus gastos extras.  Así empezó el ocaso de su vida.  Perdió el interés en cocinarse, de arreglar su casa y la vida se redujo al cafecito del pueblo y la televisión (siempre le gustó en cine).  Sin embargo, con mi pareja la llevábamos a pasear, no hubo un solo fin de semana que no viniera a casa o nos acompañara a la casa de mi suegra.  Pascuas, Días de la Madre, nuestros y sus cumpleaños, Navidades y Fines de Año siempre la tuvieron como invitada; gracias a Dios mi pareja viene de una familia donde la gente mayor es venerada y mi vieja no fue una excepción para él.  Le refaccionó un placard (que ella amaba) para mudarla a la planta baja de su casa porque sus piernas comenzaron a fallarle y no podía desplazarse con facilidad, mucho menos trepar una empinadísima escalera.  Además le colocó todos los artefactos eléctricos, espejos, cuadros, estufas, accesorios de baño y hasta le arregló el termotanque.  Atento como pocos a las necesidades de una suegra que con la edad se puso quisquillosa y ñañosa; mi vieja siempre tuvo ayuda nuestra para todos los problemas cotidianos.  Y jamás le faltó el afecto de mi nueva familia de tres, conformada por mi hijo y mi pareja.

En octubre del 2014 mi hermana y yo la llevamos al médico porque comenzó a tener serios problemas para desplazarse e incontinencia.  Todos nos aconsejaron llevarla a un Geriátrico.  Cabe destacar que mi mamá fue una fumadora empedernida hasta cuatro años antes de irse de este mundo.  El cigarrillo la mató de la manera más cruel que uno pueda imaginarse.  No alcanzaron esos cuatro años de abstinencia de nicotina, el daño estaba hecho.  La irrigación sanguínea a la pierna afectada por la polio era nula.  Era el principio del fin.  Mi hermana solicitó una vacante en el asilo de Capilla del Señor donde todavía vive mi abuela.  El médico admisor debía dar su visto bueno.  La subimos al auto engañada y descubrimos con horror que tenía una cuchilla de cocina en la cartera por miedo a que la encerráramos.  A mí ese episodio me hizo ruido en la cabeza, en el momento rabia y luego comprensión y compasión.  Demás está decir que el médico sentenció un rotundo NO al ingreso en el Asilo por la franca resistencia de mi vieja a ser internada.
En noviembre del 2014 mamá queda internada por una falla seria en una de sus piernas, salió de esa internación en silla de ruedas y pañales.  Mi hermana, que suele ahogarse en un vaso de agua unas cuatro veces por día, me puso a buscar Geriátricos por toda la zona.  El bombardeo por mail, teléfono y personalmente rayaba con el acoso.   Fui a visitar un lugar recomendado en Campana, sin ir a verlo me dijo que estaba de acuerdo y la llevamos engañada un domingo lluvioso de fines de noviembre.  Nunca me voy a olvidar ese día.  Le pregunté a mi hermana “te gusta?”, me respondió “no, pero otra no hay”.  La ingresamos y mi mamá gritaba suplicando que por favor no la dejáramos ahí, sin cartera, ni celular ni nada que se le parezca.  Mi hermana agarró su cartera y se fue a los cinco minutos, yo me quedé una hora intentando convencerla que era simplemente un centro de rehabilitación.  Me hizo acordar a la adaptación que uno hace con los hijos en el jardín de infantes.  La dueña del lugar me hacía señas para que me fuera, pero no podía dejarla en esas condiciones, hacía contorsiones sobre una hamaca para intentar desplazarse camino a la puerta.
Cuatro días después la fui a ver.  Le llevé su cartera y el celular cargado.  Le dí instrucciones al personal para que lo mantuvieran cargado.  Me la encontré en un sillón mirando Piñon Fijo a las 9 o 10 de la mañana, tristísimo si uno se pone a pensar que a mi vieja en ese momento la cabeza le funcionaba perfectamente bien, miraba noticieros, novelas y tenía una fuerte opinión política.  Miré a mi alrededor, una señora durmiendo sobre su rodilla flexionada babeando.  Un hombre aferrado al pie de una cama aullando “venime a buscar”, otra mujer durmiendo en un sillón enroscada en una pesada frazada en un día super caluroso.  Varias mujeres sentadas en sillas de ruedas con la vista perdida y la vida resumida a un plato de algún menjunje pegajoso servido en un plato frente a sus narices.  Nunca me voy a olvidar de las lágrimas de mamá corriendo a borbotones por sus mejillas y estallando en el pantalón negro que le habían puesto.  La alegría de verme fue tan grande que me retorció el corazón.  Pedí prestada una silla de ruedas y me la llevé a tomar un café cargado apenas cortado con espuma, como a ella le gustaba, en una panadería de Campana.  Le pregunté cómo estaba y me dijo que eso era un loquero.  Le hice una promesa, le dije que en cuanto terminara de pintar y arreglar una habitación en mi casa para ella la iba a traer a vivir conmigo.  Así tiró quince días, hablando permanentemente por teléfono conmigo y contándome los horrores que vivía día a día en ese lugar.  Le comuniqué a mi hermana que tenía intenciones de traerla a vivir conmigo y literalmente se desquició.  Todavía me gustaría saber por qué, nada le pedí, al contrario ya que se ahorraría la diferencia abismal que existía entre la pensión de mi vieja y los honorarios del asilo.  Una amiga de mi hermana me vino a ver y ratificó mi percepción, mi mamá no estaba lista para estar en un asilo de ancianos.  Consulté a amigos, familiares y tuve cien opiniones en contra de traerla conmigo.  La más vehemente fue la de mi hermana, quien adujo que iba a destruir mi pareja y la relación con mi hijo.  Pero mi amiga Laura, que ama a sus padres, y su cuñado Gonzalo, en una mañana de diciembre me dijeron que mi mamá se iba a morir más rápido en un lugar así y que ellos jamás harían eso con sus padres.  Luego vino la conversación con mi pareja, que lejos de hacerse las valijas y tomarse el palo, me dijo “hacé lo que tu corazón te diga y no escuches a nadie más”. 

Eso fue lo que hice y jamás me voy a arrepentir de lo que tuvimos en los últimos cinco meses de su vida.  Mi hermana, quiso persuadirme varias veces en forma de mail, celular y personalmente hasta que le manifesté la decisión tomada y la fecha: 22 de diciembre de 2014.  Esa mañana, a las ocho en punto me tocó la puerta y me dijo “listo, acá tenés la tarjeta para cobrarle la pensión, estas son las facturas de su casa, de ahora en más me desentiendo”.  Dicho esto último, nunca más la ví hasta marzo.  Mi pareja fue a la pinturería y ese mismo día, a la noche, el cuarto denominado “la habitación del pánico” por mi hijo y yo (depósito de máquinas de cortar pasto, herramientas y restos de mudanzas de toda la familia) se convirtió en una hermosa habitación para recibir a mi mamá.  Cuando mi hermana me preguntó por qué había tomado esa decisión, le dije que no había tomado ninguna, simplemente no tenía opción.  Algo en el medio del pecho me impedía abandonarla a su suerte en un loquero rodeada de caras extrañas, y más teniendo la firme convicción de que se avecinaba el fin de su vida.  Un EPOC en fase terminal estaba arrasando con su vida, no quería que se fuera de este mundo mirando caras desconocidas.

Y así fue como mi mamá se convirtió en mi hija.  Alguien a quien bañar, cambiar los pañales, encremar, peinar, curar heridas, cargar a upa en el auto y atender como a una nena de cuatro o cinco años.  Lo primero que hice fue ponerme en campaña para jubilarla y así afiliarla a PAMI (obra social de jubilados de Argentina).  Lamentablemente reboté en dos oportunidades, con todo el esfuerzo que implicaba subirla y bajarla del auto para sentarla en una silla de ruedas alquilada que pesaba mil kilos.  Tuve que hacer treinta kilómetros en dos meses consecutivos, parando el tránsito y haciéndome ayudar por la policía para poder bajarla del auto en pleno verano y con un calor insoportable.  La segunda vez me desmayé de la impotencia.  Lloramos abrazadas cuando nos rebotaron la segunda vez pero volvimos a casa y a una rutina donde fueron frecuentes las charlas, la novela turca, los panqueques de dulce de leche y hasta breves caminatas con bastón que le permitieron meterse en enero a la pileta (que mi pareja y yo mandamos hacer por nosotros pero más que nada por ella).  Mi hijo, que opuso resistencia al principio, me ayudó a cargarla, a subirla a la cama cuando se cayó, a cargar tubos de oxígeno y a atenderla cuando yo no estaba; me llena de orgullo pensar en esto y poder expresárselo en estas líneas.  Nuestra vida transcurrió de médico en médico, todos en forma privada, hasta tanto pudiera afiliarla a la obra social.  Su salud se fue deteriorando de a poco, pero llegó a tener unos buenos cuatro meses de comida casera (le encantaba lo que yo cocinaba), de risas compartidas con mi pareja que es un payaso y solía escupirme semillas de uva cuando yo miraba obnubilada a Onur junto con mi vieja.  Hice incontables esfuerzos para que comiera cuando comenzó a perder el apetito, podía cocinarle panqueques de dulce de leche a las diez de la noche si manifestaba un antojo por alguna cosa.  La llevé al Psiquiatra pensando que un pozo depresivo podía ser la causa de su falta de apetito.
En todo momento, mi viejo y su esposa me ofrecieron su ayuda; lo mismo sucedió con amigas que viven en el exterior y otras que viven en distintos puntos de la Argentina.  Se tejió una red de solidaridad que me permitió atenderla y ayudarla.  Mi viejo me traía los remedios porque su esposa los conseguía en el consultorio médico donde trabaja. Festejamos Navidad y Año Nuevo en mi casa, sin contar siquiera con una fugaz visita de mi hermana, que viviendo a escasos veinte pasos no pudo o no quiso venir a darle un beso a sus padres.  Pasamos todo el verano las dos solas, tomando té, conversando, mirando programas de chimentos y por supuesto la novela turca que luego, estando internada, le contaba sintetizada en la escasa media hora de visita de terapia intensiva.

A medida que fue complicándose su salud, requirió mayores cuidados y dejó de caminar definitivamente.  Mi hermana comenzó a visitarla en mi ausencia, cuando mi mamá quedaba al cuidado de una asistente y en marzo vino a pedirme disculpas por su comportamiento.  Me trajo un regalo de cumpleaños tardío (mi cumpleaños es el 4 de diciembre pero ya en ese entonces había dejado de hablarme porque no estaba de acuerdo con mi decisión de traerla a vivir conmigo).  Mientras mirábamos “Relatos Salvajes”, película que le había contado en detalle a mi vieja porque tenía muchas ganas de verla y al fin conseguí en dvd, le pedí que le limara las uñas mientras yo cocinaba el almuerzo.  En ese entonces mi vieja había comenzado con un eczema cutáneo bastante fuerte que derivó en una consulta al médico y posterior internación.  En esos primeros días de marzo luchó contra una infección urinaria en el único riñón sano y estuvo dos veces en terapia intensiva.  Más que nunca me comprometí a cuidarla, no me aparté de su lado jamás, hablé con médicos y enfermeras para que la atendieran como corresponde y hasta los amigos de mi hijo le entregaron una carta al Senador provincial de mi pueblo para solicitarle me ayudara con la jubilación y afiliación a Pami de mamá.  Este hombre me ayudó muchísimo, cuando mamá salió de esa internación vinieron a tomarle las firmas en mi casa para jubilarla, además de hacerme contacto con el Director del Hospital San José a quien le voy a estar eternamente agradecida por la contención y la atención brindadas a mi madre y a mí.

Mamá salió peor de lo que estaba, casi sin movilidad, había que alimentarla y darle de beber en la boca.  Además le recetaron oxígeno permanente, gracias a la intervención de la Jefa de la Sala de Primeros Auxilios, me dieron los tubos en forma gratuita cada 48 horas (que es lo que duraban, aproximadamente).  Ahora el cuidado se hizo mucho más estricto, no se la podía dejar sola por más de media hora.  En ese momento sentí que mi nena se había convertido en casi un bebé.  Recuerdo haberle pisado el puré para dárselo en la boca, o desgranar una galletita o un chocolate para ponerle los pedacitos en la boca con la mano.  Todas las noches, desde que llegó a casa, después de medicarla (obligarla a tomar los remedios y contestar todas las preguntas sobre la indicación de cada uno), la arropaba y nos quedábamos conversando hasta que le venía el sueño.  Entonces me despedía con un beso en la frente y ella me contestaba “gracias, gracias, gracias”.  Siempre tres veces gracias.  Se vé que se sentía a salvo y la comprendo.  Si hay algo que jugó de entrada como variable en esta ecuación, fue la empatía por su estado.  No hubo momento en el que no me pusiera en su lugar.  ¿Con qué derecho habíamos usurpado su casa? ¿Con qué derecho habíamos decidido pasar por encima de sus pertenencias decidiendo qué se regalaba, qué se tiraba y qué se conservaba? Gracias a Dios, pude rescatar muchas cosas de su departamento, que le traje a su habitación.  Le mostré prenda por prenda y collar por collar.  Su amado tapado de piel y sus ínfimos corpiñitos con aro y relleno que siempre me llamaron la atención por lo diminutos porque la única de la familia con dos tetas grandes fui yo (siempre nos reíamos de eso).

Con una primer bisnieta en camino, en el mes de marzo la dejé sola dos horitas para ir al baby shower de la novia de mi sobrino.  Le traje dulces, torta y chocolates.  Le dí de comer en la boca mientras fantaseábamos con la idea de tener la bebé a upa, mi vieja estaba muy ilusionada.  Con la bigotera de oxígeno puesta, una escara sacra del tamaño de una papa chica y una pierna complicada con dos dedos necrosados, su salud iba en franco deterioro.  Sin embargo su humor en casa era bueno, era evidente que prefería estar en aquí.  Cuando salió de la internación de marzo, mi hermana se pidió una semana de licencia en su trabajo para ayudarme a atenderla.  Pero lamentablemente tuve que echarla de mi casa porque sus apoteóticas caras de culo, que son su marca de agua personal, no solamente no ayudaban, restaban.  Ya vivíamos una tragedia, si uno está en un lugar donde no desea estar, la cosa se complica doblemente.  Ese día llegó con el camisón sobre un pantalón de jean, una cara de furia que haría palidecer el sol y se deslizó por la pared de la habitación de mi mamá hasta quedar sentada en el piso.  Recuerdo haberle dicho que no necesitábamos esa actitud, acompañándola de un brazo hacia la puerta. Sus primadonismos y actuaciones no eran propicios en una situación tan delicada.
La herida de mi vieja fue de mal en peor, la retención de líquido la puso difícil de manejar.  No podía cambiarla sin ayuda, contraté a otra persona para que me diera una mano por las tardes.  Esa señora me falló y encima el médico a domicilio me sugirió rotarla (además de medicarla con una batería de cosas y artículos de ortopedia carísimos, algunos de los cuales me los prestaron amigas o el Rotary Club).  Entonces una mañana fui a buscar a mi hermana para que me ayude a rotarla para higienizarla (fundamental dada las condiciones de su herida).  No solamente no me atendió, se encerró en su habitación.  Espié por la ventana de la cocina, vi su notebook abierta con la cartera junto a la bolsa de chicles y caramelos light que consume en cantidades industriales desde hace tres décadas.  Entré por atrás.   Le dije que me llevaba la computadora y la cartera a casa, que viniera a retirarlas y de paso me ayudaba con mamá.  Estando parada justo en el marco de la puerta, me arañó el brazo derecho donde colgaba su cartera, y con la otra mano desde atrás me quitó la notebook de las manos.   Días después me entero que le dijo a su familia que yo le había pegado y le había destrozado la computadora.

Mi madre termina internada una tercera vez, ella no quería y me lo dijo “prefiero morirme en tu casa”; pero los cuidados que ahora necesitaba eran profesionales y no me encontraba en condiciones de brindárselos.  Con la promesa del ingreso a un asilo para ancianos en el mismo hospital, mi cuñado convenció a mi pareja de llevarla al hospital nuevamente.  Esa mañana la cambié, le puse el mejor camisón y fui en la ambulancia con ella, de la mano, asegurándole que era para curar la escara y volveríamos.  Ya en el hospital tuvimos que esperar seis horas para que la pasaran a una habitación que no abandonaría en cincuenta días consecutivos de internación.  No había lugar en el asilo, pero la escara era grande y necesitaba cirugía; quedaría internada hasta resolverla.  Pasó por quirófano y lo que antes tenía el tamaño de una papa chica ahora tenía el tamaño de una naranja grande.  Los dolores eran terribles pero mamá se aferraba a la vida con uñas y dientes.  La alegría de encontrarse conmigo todas las mañanas, los dulces que le llevaba, la sal de ajo que le compré para sustituir la sal que consumía en cantidades industriales y los mimos que compartimos me llenan el corazón.  No le soltaba las manos, intentando memorizar la forma y textura de sus dedos, sus uñas, sus palmas tan hambrientas de afecto y de amor.  Nos hicimos confesiones enormes, nos prodigamos amor a mansalva.  Le pedí perdón por las veces que le contesté mal o la ignoré porque me contaba sus míticas peleas con la compañía de telefonía celular.  Le dije mil veces lo buena madre que fue con nosotras, su incondicionalidad inclusive durante su enfermedad, su amor y su generosidad.  Colaboré en el baño y curación de sus heridas con la enfermera de la mañana y rezongué porque me echaban de la habitación las enfermeras de la tarde para cambiarle los pañales mientras escuchaba los gritos ensordecedores de mi vieja gritando “Paulaaaaaa Paulaaaaaa!”.  Durante cincuenta días me pasé doce a catorce horas al lado de ella, poniéndole trocitos de chocolate en la boca, acariciándole la cara, mirándola a los ojos, dejándola recorrer mi cara con los suyos…memorizándonos una a la otra.  La besé como nunca la había besado en mi vida, le dejaba rosarios de besos desparramados desde la frente hasta el mentón.  Me pasé horas mirando y fotografiando su cara y sus manos, pasándole crema a su cuerpo seco, regulando el manómetro del oxígeno o simplemente nebulizándola.  He llorado por los pasillos silenciosamente, ensuciando los delantales de médicos y enfermeras con el rímel de mis pestañas cuando decidimos con el Director del hospital realizar cuidados paliativos.  Ese día, cuando me informaron que no saldría de esa internación recuerdo haber sentido que el mundo se me venía encima, sola por los pasillos tomando decisiones unilaterales, siempre sola.  Estuvo un mes sufriendo dolores insoportables a pesar de la morfina.  Aferrada a la baranda de la cama, mientras le colaban siete u ocho sobres de azúcar sobre la herida (que ahora tenía el diámetro y profundidad de un plato hondo) gritaba “prefiero morirme”.  Un mes después de comenzar con la morfina y luego de haber recibido la extremaunción con el párroco de Capilla, a quien agradezco la gentileza de haberse acercado apenas lo llamé, los dolores eran insoportables y las alucinaciones de las drogas aún peores.  Ya no disfrutaba de la tele, ni de la comida, se enojaba conmigo y en momentos de lucidez no solamente me pedía disculpas, me ha dicho infinidad de veces “te amo”.  Tuve la suerte de captar esos momentos con el celular, mi vieja no fue una mujer toquetona ni cariñosa, el amor lo demostraba de otras maneras.  Pero verla en ese estado, tan desesperada de cariño, de cuidado y tan dependiente (habiendo sido todo lo contrario), pudo hacer más y más profundo el vínculo madre e hija que tuvimos durante nuestras vidas.

Recuerdo cuando era chica, estar en el patio del colegio preguntándome si mamá habría llegado a verme participar del acto escolar.  Cuando escuchaba su tos seca de fumadora sentía un alivio y una alegría muy difíciles de describir.  Paradójicamente, esa tos de tantos cigarrillos fumados la llevó a ese estado donde el oxígeno no llegaba a curar la herida que terminaría con su vida.  Así fue como el Director del hospital me encontró llorando por los pasillos, a escondidas de mi vieja, sola desde el principio de este viaje y me ofreció hacerle una vía central para darle morfina y algún sedante más fuerte para que no sintiera dolor.  Así lo hicimos una semana antes de su partida, le hicieron la vía y las enfermeras esperaron un tiempo prudencial para que mi hermana viniera, temiendo que fuera la última vez que la viera despierta…nunca sucedió.  Una semana después, todavía alerta y dolorida, seguí el consejo de José Luis y le recé a la Virgen del Carmen.  No me quedó Santo ni Virgen por invocar, sabía que estaba pidiendo que se la lleven, pero ver sufrir a una madre es una de las cosas más tristes que te puede tocar en la vida.  Otra vez el Director del hospital me encuentra llorando por los pasillos y me ofrece llevarla a terapia para darle una sedación más profunda.  Acepté y le agradecí.  Eso fue un viernes.  El sábado al mediodía le di de comer en terapia, quise rezar con ella y no me dejó “me da miedo” dijo.  Me pidió que trajera mi auto y la llevara lejos de ahí porque eso era una cárcel.  Otra vez le hice masajes en las manos edematizadas por el suero y le llené la cara de besos.  Varias veces me dijo “sos mi cuidadora especial”.  Me fui y volví el día siguiente, domingo 31.  Me advirtieron que estaba dormida porque había manifestado mucho dolor. Dormida aproveché para susurrarle oraciones al oído y pedirle que fuera en busca de su papá, mi abuelo Guillermo y de su amor Juan Carlos.  Volví a rezarle a la Virgen del Carmen y le desparramé besos en el mentón y en el pecho.  Me fui a las 14 horas.  A las 17 me avisaron que había partido.  Volví a verla, quise verla y volví a besarla pero ya despidiendo a mi querida madre a la que había soltado tres horas antes para que emprenda su viaje al cielo.

Las únicas flores que tuvo mi vieja en el funeral las compró mi pareja, las únicas lágrimas derramadas fueron las mías y las de mi viejo.  Mi hermana decidió arbitrariamente no dejar asistir a nadie ni avisarle a su familia política, así que únicamente vinieron algunas de mis amigas, la prima de mi viejo y amigos de mi hijo.

Unos días después fui a retirar las cenizas, que voy a llevar a su adorada Mar del Plata, ciudad que amaba y donde fue muy feliz.  Pasé por el Asilo a ver a mi abuela, obviamente no le conté nada, simplemente lloré en su hombro.  Una compañera me preguntó el motivo y le contesté, me dijo que mi abuela la había nombrado a Mirtha muy seguido, (previamente quise llevarla a ver a mamá al hospital pero mi vieja se negó rotundamente).  De todas formas mi abuela no conoce a nadie, ya casi no ve ni escucha.  Sin embargo al escuchar mis sollozos sobre su hombro me acarició la cabeza y me dijo con toda naturalidad “¿Pichi estás llorando?”. Se quedó un rato pasándome la mano por el pelo, como si hubiera entendido que algo estaba pasando. 

El dolor, aun cuando uno haya deseado la partida por su bien, es inexplicable.  No solamente porque perder a una madre es una de las cosas más dolorosas que le pueden suceder a un ser humano.  En mi caso también perdí a una hija, porque mi vieja fue durante esos cinco meses mi hija.  Dependió absolutamente de todo para mí.  Fui su refugio, su amparo, su rescate, su fiel defensora, su cuidadora especial, su enfermera, su mamá, su amiga, su confesora…y su hija. 

¿Con qué me quedo?  Me quedo con la tranquilidad de haber luchado como una leona por ella.  Con haber descubierto la solidaridad y empatía de amigos, vecinos y perfectos desconocidos.  Gente que vagaba por las calles de Capilla y me tendieron su mano.  Las asistentes sociales del hospital, las enfermeras que cobran un magro sueldo pero no toman revancha con los pacientes cumpliendo una tarea que raya con la misericordia más absoluta.  Me quedo con la ayuda recibida por los familiares de las compañeras de habitación de mi vieja: Teresa, Olga, Rosa, Lidia y la abuela de Laura.  Me quedo con el abrazo de la empleada de Acción Social que me entregó el certificado de discapacidad de mamá.  Con la ayuda de Verónica que en todo momento me asesoró por whatsapp y me afilió a mamá en Pami en tiempo record.  Me quedo con la ayuda y el llamado telefónico del Senador Bozzani a quien le estaré eternamente agradecida.  Me quedo con la ayuda de Emanuel y Mercedes de ANSES, que a pesar de que no pudimos sacar la jubiliación ni el reintegro por sepelio, se rompieron la cabeza tratando de ayudarme.  Me quedo con las zuziaz, mis amigas que nunca me dejaron sola, con mis amigas de toda la vida (Gladys, Laura, Carola, Cristina y Liliana), con las chicas del grupo Forastera (algunas hasta me llamaron por teléfono!!!), me quedo con mi hijo acariciándome la cabeza el día del funeral de mi vieja, me quedo con mi viejo y su mujer que vinieron a ver a mamá al hospital y me dieron de comer todos los domingos que mamá estuvo internada.  Me quedo con Cristina, la prima de papá que la fue a ver en marzo y estuvo siempre al pie del cañon con ideas, llamados y sugerencias.  Me quedo con Alba y Silvia, tías de mi hijo, que me ayudaron de todas las formas posibles.  Y también me quedo con la cantidad de gente que pasó a saludarme y darme sus condolencias.

La vida tiene esas cosas, todo lo que escriba suena a frase hecha.  Se llevó una de las personas más preciadas de mi vida, sin embargo me premió con esta gran cadena de amistad y cariño que jamás van a tapar el hueco que dejó mi vieja pero bien valen como sustituto.  Sé que puedo contar con todos ellos.  Ojalá que mi mamá esté en un lugar mejor, felíz, sin dolor, bien acompañada y disfrutando del paraíso porque se lo merece.  Si tuvo alguna cuenta que pagar, la pagó acá en la tierra, allá se merece lo mejor; estoy convencida de que está disfrutando de eso.

Te lo dije en vida, te lo digo ahora dondequiera que estés: Mamá te amo, fuiste impecable y te deseo lo mejor hasta que volvamos a encontrarnos.


Algunas fotos y un video que es el tesoro más grande que heredé de ella:


El día que me dijo "Te amo"
El día que la saqué del Asilo a tomar café a principios de diciembre de 2014
El día que la traje a vivir conmigo, 22 de diciembre de 2014
El día que la saqué del Asilo.

 Navidad 2014
 Navidad 2014
Última semana de diciembre 2014 tomando café en el pueblo. 
Tomando café en el pueblo.
Atardecer de verano en casa.
 Año nuevo 2015 en casa.
 Año Nuevo en casa.
 Enero 2015.
 Enero tomando café en el pueblo.
 En la pileta, enero 2015.
 Domingo en casa, febrero 2015.
 Cumple de su nieto menor, marzo 2015.
 Asado marzo 2015 en casa.
 Comiendo los dulces del baby shower de su bisnieta, marzo 2015.
 En el hospital abril 2015.








Con mi abuela en el Asilo, unos días después del fallecimiento de mamá, el día que fuí a retirar las cenizas (8 de junio 2015).

martes, 15 de octubre de 2013

La red nos captura a todos, tarde o temprano

Amistades, relaciones y otras yerbas de Internet

Cuando la gente tiene una pasión desbordante y tiene huevos como para ir detrás de aquello que lo vuelve loco; lo más probable es que lo haga.  Esa es una de las cualidades que más me atrapan en una persona.  La locura por algo.  Una película que uno mira hasta el cansancio, rebobinando las partes que a uno le resultan más importantes en cámara lenta.  Un libro que uno no puede abandonar por más de dos o tres meses teniendo la compulsión de volver a leer (donde uno ya tiene subrayados los párrafos que más le gustan como si fuera un libro de estudio).  Una canción que uno tiene en el MP3 y le da play durante un mes todos los días y a toda hora.  Una serie de televisión de la cual uno no solo ha pirateado todas las entregas, también ha guardado las mejores escenas del youtube y hasta los cortos musicalizados que la gente ha hecho con fragmentos de la misma.  Un auto que se atesora, lustra y restaura como si fuera una joya.  Así puedo seguir toda la vida, enumerando las pasiones que me ha tocado presenciar y en muchos casos alimentar sin saber que las mismas iban a traer aparejado todo un mundo que incluía amistades de diferentes nacionalidades.

Hace unos diez años alquilé una película de un ignoto actor escocés cuya estampa me atrapó desde el afiche, me la llevé a casa sin saber que me estaba llevando la lámpara de Aladino conmigo.  La peli se llamaba “Dear Frankie” y el actor Gerard Butler.  Puse la peli y me senté a mirarla.  A los dos minutos estaba googleando a este señor divino que se robaba la peli, a pesar de que el personaje principal es un niño sordomudo y su mamá.  El tipo hasta ese entonces no había hecho demasiadas cosas, pero después de esa filmó “El fantasma de la Opera” y ese dato bastó para ir corriendo a buscarla.  Luego alquilé Drácula y otra peli de bajo presupuesto (bastante mala por cierto).  Como ya había ocurrido en otras épocas, el googlear a mi actor favorito del momento me llevaba derecho a los foros de fans de los actores (fue el caso de Russell Crowe y Kenneth Branagh).  Así aparecí en el foro de este actor, mantenido por una temida Tamara, que ponía orden en ese gallinero donde había gente que le escribía cartas, le hablaban desde un post febril donde le preguntaban hasta el grupo sanguíneo a este pobre escocés que hasta ese entonces buscaba fama y fortuna en Hollywood sin demasiado éxito de taquilla.  Entonces reparé en un subforo español y dentro del mismo un subforo de argentinas.  Me pasé varios meses leyendo lo que escribían sin animarme a escribir una oración.  Me hacían divertir mucho, ya que entre los planes del grupo había uno muy bien diseñado para raptar al señor y clonarlo para tener muchos ejemplares similares.

Llegó el día en el que tomé coraje y escribí algo, previa presentación, ya que es muy importante presentarse antes de escribir media letra (primera regla de oro de un foro de fans).  Así que haciendo uso del “donde fueres haz lo que vieres”, les conté que había caído en las redes del escoces como una mosca dentro del dulce.  Me sorprendió constatar que esto se parecía más a un grupo de autoayuda que a un foro de fans.  Porque cuando uno descubre que el objeto de su deseo nunca estará en la cama de una, ni susurrará palabras tiernas en un escoces con un acento durísimo, se empieza a sufrir.  Pero por lo menos se sufre en grupo.  El tema es que a cambio de un poco de sufrimiento virtual, se van construyendo relaciones (sin saberlo) que están destinadas a perdurar en el tiempo más que esta subyugante adoración a un señor que tampoco es tan buen actor (visto a la distancia y con objetividad).  Eso sí, es un buen tipo y todas queríamos que le fuera bien.  Y le fue más que bien, se hizo famoso y cada vez fue más raro poder acercársele. 

En ese foro me entero de que había muchas cosas prohibidas, estaba prohibido hablar de sexo, del físico del actor en forma libidinosa y cualquier otro detalle que pudiera ofender al susodicho; aunque en realidad los posts estaban monitoreados por Tamara y sus secuaces de acuerdo a los standards de moral y buenas costumbres que la señora ostentaba.  Por eso me llamó la atención cuando me invitaron a pertenecer a un grupo llamado las “zuziaz”.  Estas mujeres habían aprendido a engañar a los traductores automáticos  español-inglés escribiendo adrede con faltas de ortografía.  Así aterricé en ese antro de perdición donde se hablaba de cualquier cosa siempre y cuando estuvieran mal escritas de forma tal de violentar las normas del lugar.  Luego comenzamos a reírnos de las cosas que algunas mujeres de otros países hacían para sentirse más cerca del escocés (estamos hablando de bañarse en un jacuzzi con una figura plástica a escala del escocés o de disfrazarse del personaje femenino del fantasma para besar una gigantografía a escala del actor).  Así fue como llegamos a los bancos de imágenes sin protección de algunas fanáticas que hacían cosas bastante ridículas.  Hicimos videos, compusimos poemas, y todo aquello que nos hiciera reír. 
Entonces decidimos migrar a un foro sin censuras, mantenido por un grupo de norteamericanas con sentido del humor, una suiza, varias italianas, españolas, canadienses y argentinas.  Fue así como aprendimos historia, geografía, cine y el actor quedó relegado a  un segundo plano.  Comenzaron a importar las personas.  Para ese entonces ya me había juntado un par de veces con mis coterráneas a quienes enseguida adopté como hermanas ya que estaban consumidas por esta pasión tanto como yo.  Nos pasamos películas, compartimos música, fuimos al cine y a festivales juntas y nació una amistad que trascendió las redes sociales, gracias a Dios.  

Entonces me invitaron a consumir literatura a la que yo me negaba porque nunca me cerraron las novelas televisivas, menos me iba a interesar en la típica novela rosa diseñada para hacer transpirar mujeres.  Cuestión es que me quedaba afuera de las conversaciones porque nuestro actor era el principal candidato a interpretar a Jamie Fraser, personaje principal de una saga de novelas tan bien escrita que cuando me retaron a leer diez páginas no pude parar hasta el día de hoy.  Ya escribí mucho sobre este personaje, ahora se está filmando la miniserie basada en el primer libro.  Pero lo gracioso es que como no se conseguían en nuestro país me empezaron a llover los pdf por las cuatro casillas de mail que tengo.  Luego una amiga acostumbrada a viajar y encontrar lo inencontrable me fue consiguiendo de a poco toda la saga en inglés.  Y las españolas me obsequiaron el sexto en castellano.

Pero cómo puede ser que algo sea la punta del ovillo que me haya llevado a compartir cumpleaños, navidades y pascuas con mujeres de todas partes del mundo?  Nos pasamos fotos de nuestros hijos, compartimos nuestras miserias y festejamos nuestros logros.  En diez años me pasó de todo.  Me separé, me divorcié, encontré trabajo y luego encontré al amor de mi vida.  Todo eso lo pude compartir con estas mujeres muchas de las cuales veo seguido y a otras me gustaría aunque las frágiles economías de nuestros países nos han puesto barreras que todavía no podemos derribar.  En el año 2007 dos amigas españolas se embarcaron en un avión y en escasas ocho horas aparecieron en el aeropuerto ante la mirada fascinada de las cuatro que las esperábamos acá.  Alquilaron un departamento por diez días y puedo asegurar que no existe spa en el mundo capaz de embellecer y curar lo que esas risas hicieron durante esa estadía.  Nos mirábamos y nos poníamos a cacarear como gallinas.  Poníamos las pelis del escocés con la excusa de compartir algo que había sido motivo de nuestra unión y terminábamos leyendo párrafos de la saga de libros “Forastera”.  Hacíamos la sobremesa de la cena hasta las cinco de la mañana hablando de todo lo que se puede hablar y aprovechando al máximo ese tiempo que sabíamos tenía fecha de vencimiento.  Caminamos por las calles de Buenos Aires, nos agarraron las tormentas, inundaciones, viajes interminables en colectivo, paseos por el Tigre y hasta pudimos compartir la película “300” en el IMAX y un festival celta (todo el mismo día).  Fue un pijama party de señoras de más de 25, con el niño interior vivito y coleando y unas ganas de vivir y disfrutar como yo no ví en mi vida.  Siempre hicimos participar mediante fotos y videos a las que no pudieron viajar pero que son el corazón de este grupo de locas inteligentes y divertidas que ya conozco hace más de diez años.

Y así seguimos, nos vemos para cumples, nos entreveramos en interminables cadenas de mails, tenemos grupos cerrados de Facebook, grupos de Whatsapp, nos hablamos por teléfono, en conferencia de Skype (lo hicimos un par de veces y creo que lo volteamos) y cuanta red social aparezca por el camino.

Una vive en Cipoletti, otra en Vicente Lopez, otra en Villa Urquiza, otra en Locarno, otra en Montreal, otra en Madrid, otra en Benidorm, otra en Nápoles, otra en Málaga, varias en USA y me debo estar olvidando de alguna localidad.

Bueno, y como si esto fuera poco, hace tres años y gracias a las redes sociales conocí a un señor muy bello, bueno, gracioso, generoso y divertido que ahora vive conmigo.

Y pensar que mi mamá me trataba de loca cuando en lugar de tomar sol me pasaba el verano en la computadora…

¿Otra vez leyendo ese libro?
¿Vas a ver esa película por enésima vez?
¿Cómo son amigas si no las conocés?

¿Cómo explicarle?

El video de la primer peli del escocés que me trajo tantas satisfacciones (ojo, me refiero a mis amigas!)


martes, 27 de agosto de 2013

REVOLUCIÓN EN EL GRANERO DE JAMIE FRASER


Otra vez más, la Gabaldon logra hacer de las suyas, esta vez en la pantalla.

Desde que las novelas de Diana Gabaldon, cuyo prota masculino “Jamie Fraser” es la fantasía sexual literaria más consumida del planeta, desembarcaron en las librerías se habla de un posible traslado del texto a la pantalla.  Esto ha generado infinidad de foros, post, quejas, sugerencias y hasta la  radical oposición de quienes dicen que esto destruirá la ilusión dándole vida en el cine a algo que cada una ha proyectado en el hueso occipital del cráneo luego de consumir los libros.

Es que la experiencia literaria no le pega a todo el mundo igual de la misma manera que el alcohol o la marihuana no le pegan en forma idéntica a todo el mundo.  Yo misma puedo consumir un litro de vino y caminar derecho pero con tres copas de champagne me convierto en un felpudo baboso que tiene que arrastrarse encima de su propia baba para llegar a una cama.  Es así como Jamie para algunas es algo semejante al actor Eric Dane y para otras es Gerard Butler porque es así y se acabó!.  Claramente, cada cerebro ha armado su propia película con el texto que esta bruja a la que adoramos, gurú de la secta highlandesca a la que todas hemos sido abducidas cuando nos pusieron “Outlander” enfrente.   Como quien interpreta una receta de cocina y donde Diana dice “dos cucharadas de esencia de vainilla”, la lectora elegirá una cucharada de jugo de naranjas y otra de miel; cada cual ha hecho con estas novelas una torta diferente.  Mi amiga la hizo de chocolate bañada en dulce de leche y rociada con grageas de colores.  La mía es un pie de frutos del bosque con crema y gelatina.  Y ahí nomas se armó el bardo (quilombo=lío=revolución en el granero de Jamie).  Es que llevar a la pantalla todas las tortas juntas es dificilísimo.  Las de veinte quieren un prota de edad suficiente para fornicar de parado.  Las de treinta quieren uno no tan tierno porque les da culpita.  Las de cuarenta queremos a uno con algunas canas (aunque tenga que protagonizar al pibe de 20 del primer libro de la saga) y las de más de cincuenta quieren a George Clooney con trenzas, barba y la cafetera Nespresso en la mano (porque ya no da para pasar frío y hambre, tienen ganas de revolcarse en el Lago di Como que está más cálido que el Ness y tomar café).

Desde que las novelas salieron a la luz se han subido unos dos millones de videos que con suma artesanía y genialidad mujeres de todo el mundo han editado con música celta y su elección del candidato al trono de intérprete de Jamie Fraser.  Recuerdo cadenas interminables de mails y threads de foros de actores, películas, la propia Gabaldon y sus libros donde la eterna discusión radicaba en quiénes iban a encarnar a nuestros adorados Jamie y Claire y los no menos importantes personajes periféricos que tanto amamos como Roger, Brianna o Lord John.  He leído, mientras me dieron el tiempo y las ganas, tantas barbaridades como proponer a Brad Pitt para hacer de Jamie.  Lo siento, Brad Pitt es a Jamie lo que una carreta tirada por un burro cojo a una Ferrari Testarossa.  Ya sé, las amantes de Brad me van a gestionar un maleficio para que se me caiga el pelo y las uñas se me escamen pero lo tengo que decir porque mi Jamie es COLORADO, ALTO, CORPULENTO, CUARENTON y se parece a Gerard Butler o Eric Dane. 

Pero claro, no soy la dueña del casting así que no pienso enfrentarme con las doscientas millones de féminas enfervorizadas que creyéndose dueñas del copyright mental de Diana declaran “JAMIE ES JAMIE FOXX” (para el acento le ponemos un coach y para los colores está George Lucas y su ILM (la empresa encargada de crear los efectos de Star Wars entre otras pelis).  Así fue como poco a poco se fue generando el caos, primero vino el libro ilustrado (ni fu ni fa para mí, debo decir) y luego la gran noticia: una miniserie.  Temiendo llegar tarde al evento, antes de que se firmaran los contratos ya había mujeres enviándole sus propuestas de casting a Diana y poniendo a tiro sus sitios de descargas favoritos ya que nadie estaba muy seguro para ese entonces si la miniserie iba a estar disponible en todos los países, por qué emisora o vaya uno a saber qué trabas más.  Porque las seguidoras de los libros sabemos que esta plaga se expandió mucho más rápido que el antídoto, y los primeros libros se conseguían más fácil en Indonesia que en Argentina, en cantonés antes que en español y si no tenías la suerte de saber inglés eras capaz de hacer un curso acelerado con la mismísima Queen Elizabeth para ponerte a la par de las fantasías erótico-festivas de tus amigas angloparlantes.  Sabemos de palos en la rueda, las lectoras de Diana; estamos acostumbradas a indigestarnos con una frase posteada en su foro, adelanto del libro que estaba por editar dos años después, y vivir colgadas de esas dos oraciones hasta el aterrizaje de la maldita novela a las góndolas.  Y digo maldita a conciencia, porque nos hemos tomado dos años sentadas zapateando contra el piso releyendo una y  otra vez las entregas anteriores para estar lo suficientemente aceitadas para leer el nuevo.  Y al nuevo lo devorábamos en cuarenta y ocho horas (las más lentas); con lo cual le dábamos a Diana la ventaja de otros dos o tres años para volver a armar otra bomba letal que se llevara puestos nuestros hogares, nuestros matrimonios y nuestra vida chata AJ (antes de Jamie).

No es raro entonces encontrarnos sumidas en discusiones de cuatrocientos post y horas de cotorrerío incesante intentando ponernos de acuerdo en quién debía ser el intérprete de tamaño ser de culto y adoración.  He leído mujeres batirse a duelo y boxearse con palabrotas porque para una el tipo tiene pelo castaño rojizo y para otra es naranja zanahoria (carrot-top).  Se han insultado, amigas de años han dejado de hablarse por meses, ha habido guerras de castings con fotos, amenazas, cartas a todas las empresas americanas involucradas en la industria del séptimo arte y hasta exorcismos (fuentes que han preferido el anonimato han provisto esta información).

En mi grupete de amigas (gente, me incluyo, que supo convivir quince días bajo el mismo techo leyendo en una especie de “book club” pasado de rosca fragmentos de “Outlander” previamente marcados en una suerte de “misa negra”) decidimos aceptar lo que venga en pos de una amistad que ya lleva años y porque cada una tiene clarísimo que Jamie es de cada quien lo haya leído con las características propias que el cerebro (y las hormonas) haya sabido crear.  Obviamente comprendemos que el Jamie de Outlander debe ser encarnado por un borrego lampiño con más cara de bebé que de hombretón guerrero y salvaje.  Y también tenemos clarísimo que la miniserie será consumida por millones de mujeres pero no va a llegar ni a los talones de la película mental que Diana y su pluma suprema han sabido crear sin necesidad de una cámara, un megapíxel o un castillo fastuoso generado por computadora.  Como todos los libros que se llevan a la pantalla, es raro que el producto final conforme, justamente por eso, porque leer ejercita la imaginación y a esa no hay con qué darle.

¿Qué opinan de Sam Heughan?




viernes, 22 de enero de 2010

HOY NO VA DE RISA

Tragedias que hacen pensar

Hace días que veo imágenes del terremoto de Haití en la televisión. Fotos del espanto y el horror que se vivió y se vive en un país desvastado por un desastre natural que arrasó con las vidas de miles de personas y dejó un panorama desolador de hogares destruidos y familias desguasadas. Videos de gente mutilada, cadáveres desparramados por las calles, escombros, bebés llorando…y un único pensamiento recurrente y egoísta: qué suerte que no me pasó a mí.

Porque irremediablemente, estas tragedias nos hacen pensar en nosotros y en la gente que queremos. En lo que hubiéramos hecho de estar en la misma situación. El solo pensarlo nos da escalofríos. Tener que vagar por las calles con lo puesto, mendigando un poco de agua y revolviendo entre los escombros buscando a un ser querido debe ser la situación más espantosa y dolorosa que una persona deba enfrentar.

Y entonces viene el alivio. El alivio de darnos cuenta que estamos sentados en casa, en un sillón confortable mirándolo todo desde una pantalla que escupe esas imágenes desde un espejo satelital que enfoca un punto lejano del otro lado del planeta…bien lejos de esta casa que ahora parece más linda y más cómoda. De repente esos tres kilos de más o de menos se convierten en una bendición. La canilla cuyo goteo ayer nos robaba el sueño hoy es una canción vibrante que nos recuerda que tenemos un techo, agua, electricidad y una heladera llena. Ya no me importan las carteras que lamenté no poder comprar hojeando una revista el fin de semana, ni la factura del teléfono que casi no llego a pagar, ni la pila de trabajo pendiente que dejé en la oficina. Todo eso parece haber entrado en otra dimensión, porque la dimensión de esta tragedia enmarca mi vida en otro lugar, veo mi realidad desde otra perspectiva. Hoy no me quejo porque tengo que cocinar, porque tengo para cocinar. Hoy no puteo porque la camisa que quiero no está planchada, porque tengo; tengo quince diferentes para elegir. Hoy no lloro porque se me descompuso el auto, porque tengo adónde ir, porque todavía puedo caminar y porque en casa alguien me espera. No me quejo porque madrugo para ir a trabajar, porque agradezco tener trabajo. De repente me dieron ganas de dibujar, de escuchar música, de abrazar a los que quiero, de aprenderme sus caras de memoria para irme a dormir con esa foto en mi cabeza. Quiero susurrarle a mi hijo dormido, al oído como todas las noches pero hoy más que nunca, que lo adoro. Y desear que se despierte para que conteste entre sueños “yo también”, como todas las noches.

Entonces agradezco. Agradezco a ese Dios al que a veces no comprendo porque esta vez no me tocó a mí. Le pido que me ayude a comprender porqué permite estas desgracias. Le doy las gracias porque mañana voy a ver a mi madre y a mi abuela, y porque voy a ser más tolerante con ellas. Mañana voy a jugar con mis sobrinos, voy a tomar café con mi hermana. Voy a escribirles a mis amigas que están lejos deseando poder hacer diez mil kilómetros para abrazarlas. Voy a rezar por mi familia y sus familias.

Seguramente, antes de dormirme pida por toda esa gente que está sufriendo en Haití. Voy a pedir por los chicos que quedaron sin padres y por los padres que perdieron hijos. Por los que murieron y los que quedaron. Porque puedan reconstruir sus vidas y sus hogares.

Y también voy a pedir por mi propia estupidez. Que ya no me hagan falta estos cachetazos de tragedias monumentales para que le encuentre sentido a mi vida, y de paso me entere de lo feliz que soy…

domingo, 19 de julio de 2009

POESÍA BARATA Y CURSI











En el día del amigo (20/07)

ODA A MIS AMIGOS

Mis amigos me apañan, siempre que pueden me escuchan, me leen y me hablan.
Utilizan varios medios, no existe frontera que los detenga, son multimediáticos.
No hay sistema que no violenten, mis tecno gadgets los detectan y tiemblan.
Cuando hay convocatoria mutamos en una horda frenética de lunáticos.
Ni tres casillas de mail, ni el muro de Facebook, ni el foro alcanzan;
entonces la seguimos en el MSN, el skype y un par de textos celu-taquigráficos.

Mis amigos me miman, además de alimentar mis apetitos espirituales.
Siempre que pueden me tiran el link al rapidshare o al megaupload, para que goce sin culpas,
de esa banda sonora o de esa peli que por más de dos horas me aleja de todos los males.
Saben de mis humores, de mis horrores y mis amores; no tengo que pedir disculpas,
si los tengo en pie hasta las cinco de la mañana metidos en chácharas infernales
sobre las bondades del jdownloader, el final de Lost y los 8 gigas del Ares que legalmente me inculpan.

Ellos saben en qué foto etiquetarme y cual no debería salir jamás de sus carpetas privadas.
Conocen mi historia, mis proyectos, mis anhelos y los más bajos y oscuros deseos obscenos;
ante vos, mi amigo, nada me sonroja; mi locura es nuestra locura, no me jode que me invadas,
si es que vas a llenarme la casilla con esas fotos descomunales que pixelan si no aplico el signo menos.
Seguí mandando links, colgándome vids en el muro y sonando la campanita del chat como las hadas;
te espero al pie del teclado, aguardo se encienda tu ícono, mientras miro el estreno de House que a Cuddy le mira los senos.

Cuando nos encontramos sacamos chispas, gritamos, lloramos, no paramos de reírnos como pendejos.
Tantas horas de banda ancha compartida, tantas caídas del chat, tantos golpes de la vida;
se alivianan cuando te veo, cuando te leo, cuando el momento indigno del día, ante tu presencia queda lejos.
Te paso el backstage de la sesión de fotos de rugbiers en bolas, Diex du Stade, para el gusto de mi vieja un tanto atrevida;
si vos me pasás el pdf de la última novela de Highlanders desnudos correteando, por las colinas de Escocia, duro y parejo.
No te olvides de poner un alerta en los powerpoint incendiarios que últimamente mandás, no vaya a ser cosa que los abra en la oficina medio dormida.

Te debo un homenaje, amigo internauta, ese que se toma para aguantar el sueño, la décima taza de café o el undécimo mate.
Ese que vacía el pomo de lágrimas en gel para durar unos minutos más con las pupilas frente al monitor, los dedos tiesos en el teclado.
Ese que se banca con glamour los “ojos de brótola” y el malhumor matinal por haber salido al rescate;
de ese alma gemela que vive a diez mil kilómetros de distancia, pero que a pesar de vivir tan lejos se siente tan al lado.
Hoy brindo por vos con un trago bien real, te mando el virtual vía rostrolibro. Te espero en nuestro lugar común, cuando la vida como es usual a alguno de los dos nos maltrate.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Amigas



Lazos femeninos

Existen infinidad de libros, series y películas que grafican la amistad entre mujeres. Nadie sabe a ciencia cierta porqué se crean estos lazos tan fuertes y duraderos, que no sólo perduran a través del tiempo; generalmente sobreviven a noviazgos, matrimonios y relaciones familiares. Nacen en los colegios, en los trabajos, en la puerta de la escuela de los hijos, en un curso o en un vecindario. Se da entre mujeres de distintas edades, diferentes estilos de vida y niveles socio económicos indistintos; pero si la relación es fuerte es muy probable que el vínculo que se genere sea incondicional y para toda la vida.
Desde pasarse datos en una prueba de lengua, hasta compartir el último brownie del cumple del hijo, con un mate, en una tarde fría de invierno; las amigas están siempre que uno las necesita y una siempre sale a socorrer a las que precisan ayuda. Es una ley implícita, algo que no existe en ningún manual de Ciencias pero se da con la misma frecuencia que la Ley de Gravedad.
Para las que hemos sido bendecidas con una parva ecléctica de amiguitas del alma, este es mi homenaje a todas ellas; las nuevas, las viejas, las que ya no están, las que volverán, las que quiero volver a encontrar, las que extraño y las que estoy segura me extrañan:


Lili
Compañerita del Secundario, amiga, confidente, “my personal” profesora de Matemáticas en el Cole; dueña de una mente ágil, una inteligencia tremenda y un sarcasmo astringente; me ha hecho reír desde que la vi por primera vez en el micro escolar y me contó que nuestros padres habían sido compañeros de colegio.
Ella estudiaba, ella leía “Rinconete y Cortadillo”, ella se aprendía la lección de Historia; y después me pasaba el resumen oral (tipo chimento) en el colectivo 96, que nos dejaba a una cuadra de la Escuela en quince minutos. O sea, mis aprendizajes diarios se reducían a todo lo que Liliana podía compactar y explicar parada; en quince minutos de Geografía, Literatura, Ciencias Naturales, Historia y Sociales. Por eso siempre me llevé Matemáticas, Química y Mecanografía (materias que eran eminentemente prácticas, era imposible desarrollar una ecuación de dorapa). La complejidad de sus lecciones se acentuaba porque ella viajaba firme, agarrada a la baranda del techo; lo mío era más de ir rebotando entre la gente gracias a mi escaso metraje, sintonizando sus palabras del resto de los ruidos del entorno. Si mi antena funcionaba mal, la lección se perdía entre el barullo general; era muy factible que terminara hablándole a la Profesora de Historia sobre Napoleón Bonaparte y sus problemas con el suegro hijo de puta, que desalojó al yerno de la señora que viajaba en el tercer asiento.
Su casa era mi baticueva. La mamá siempre estaba ahí esperándonos con la merienda, cocinando alguna cosa rica con olor a naranjas; aromas que se escapaban por la puerta de entrada seduciendo nuestros famélicos estómagos adolescentes.
Después de tomar el té, nos dedicábamos a mirar la novela. Finalizado el culebrón, comenzaba la lección de Matemáticas. Mientras Liliana me embutía las ecuaciones en el mini-magro hemisferio cerebral que se ocupa de las operaciones lógicas y las abstracciones; yo jugaba con su hermana bebita, evadiendo el conocimiento con cualquier pretexto. Ella, en cambio, se concentraba tanto que podía seguir despejando la equis en medio de los alaridos y el olor agrio del vómito a chorros de la beba. Tal era su amistad conmigo, que encima se aguantaba los retos de su madre por haber descuidado a su hermana y no cambiarle el babero.
Dueña de una memoria implacable y una agenda ordenada, nunca se olvida de un cumpleaños ni de un aniversario. Siempre llama, siempre se acuerda, siempre escribe. Siempre está.

Caro

La primera vez que la ví, circulaba en auto por el barrio, con Luli bebita en el asiento trasero. No me acuerdo si me preguntó algo o simplemente paró para presentarse. Cuestión que fuimos vecinas (alambre de por medio) durante más de seis años. Seis años de tráfico de cerveza y factura trans cerco. Seis años en los que nos juntamos a caminar por el barrio, haciendo rayuelas en el asfalto, robando moras del árbol o bailando frenéticamente en el living de casa (improvisando un trencito carioca con nuestros hijos, el perro y una docena de arañas de campo). Si hay algo que marcó nuestras tardes de mates a la sombra del árbol o de compartir heladitos de agua al borde de la pileta de lona, fue la algarabía que tanto me gusta y disfruto en una persona. Caro ama la vida, todo le causa gracia, a todo le encuentra el costado positivo y sus carcajadas disipan cualquier tormenta. Es generosa, es culta, inteligente y tiene un sentido del humor a prueba de bala. Se le puede estar viniendo un huracán que amenaza con arrancarle el techo de cuajo, pero ella va a estar mas pendiente de que el reproductor de cd’s agarre el track n°2 que es la canción que quiere bailar debajo de la tormenta de rayos. Repostera frustrada, si la torta le sale para el traste, es muy probable que se la entregue altruistamente al perro (molde incluído) y destape una botella de cerveza bailando, mientras rebusca otro molde para intentarlo otra vez. Valora la calidad por sobre la cantidad. Le gusta el contenido más que el envase. Es profunda, sensible, querible y una de las mejores madres que he visto. No le importa mojarse debajo de la lluvia, le gusta pisar los charcos, embarrarse hasta las rodillas por un gajo de su planta favorita y siempre hay lugar en su mesa para uno más. No le teme al qué dirán, se caga en lo que pueda pensar el vecino si la pesca disfrazada de bruja en Halloween o hamacándose debajo del eucalipto con Zoe sobre la falda. Nunca se queja, nunca le duele nada y si algo le molesta no le va a dedicar más de cinco segundos; la vida es muy corta para desperdiciarla protestando. Mejor salir a dar una vuelta en bici, con la tijera de podar en el canasto para recolectar flores silvestres que decorarán cada rincón de su casa. Su casa, sus fotos, la forma en que pone una mesa, los libros desparramados en el sillón, las cajas abiertas de los cd’s, los juguetes en el piso…su casa tiene vida y refleja su espíritu.
Se mudó un poco lejos, pero estoy segura de que me voy a sentar en su comedor otra vez, a escuchar música…vinito en mano, para matarnos de risa hasta el amanecer.

Las zuziaz

A este selecto grupete entré casi por casualidad, hace más de cuatro años. Nos conocimos en un foro de un ignoto actor escocés que nos sirvió de excusa para babosearnos en conferencia intercontinental y estrechar un lazo tan fuerte que logró juntarnos (charco transatlántico de por medio) en lo que dimos en llamar “La casa del placer”. Ese departamento de Belgrano nos sirvió de templo de perdición y fue ahí donde recalaron mis amiguitas españolas, que se hicieron más de diez mil kilómetros para pegarnos unos “achuchones”, como a ellas les gusta decir. Nos dedicamos a reír, pasear por Bs. As., hacer Shopping y pasar los diez mejores días que yo recuerde. Corrimos escoceses por Puerto Madero, asistimos a un concierto de música Celta, paseamos por el Tigre y hasta compramos cuero (bueno, yo compré cuero en forma de revista “Men’s Health”, porque el cuero no me dio para la campera). Nos reímos tanto que nos dolían las mandíbulas. Volvimos loco al chino del delivery mandándolo siempre a otra dirección. Nos tentamos al punto de sacar Coca cola Light por la naríz, leyedo y releyendo párrafos de nuestra novela erótico-festiva favorita. ¿Se puede crear y mantener una amistad por Internet con una correntina que vive en Canadá, una mexicana, una suiza, una italiana, tres americanas, una española de Murcia, otra de Madrid, una de Valencia, una de Granada, una argentina de Cipoletti, dos porteñas, una de Gran Bs. As. y una argentina en Miami?. Definitivamente se puede. Nos escribimos todos los días, nos juntamos cada vez que podemos, sufrimos la pena ajena como la propia, hacemos de su causa la nuestra, los triunfos de una nos pertenecen a todas y compartimos con el resto cada pedacito de nuestras vidas.
Un lujo.

Laura

Otra portadora de algarabía crónica. Laura ve el vaso medio lleno y siempre está dispuesta a ayudar cuando uno la necesita. Es generosa, le gusta la joda (aunque tiene horario de cierre, no le pidas nada después de las 22.00 hs. porque se te duerme como un bebé). Es la pata ideal para salir de compras. Te escucha, te comprende, es buena amiga de sus amigas y cocina como los dioses. Le gustan los perros, ama las plantas, le gusta la decoración, disfruta de su casa y si te tiene que decir algo te lo dice de frente…no se anda con chiquitas. Olvidadiza y colgada, no pierde la cabeza porque la tiene pegada al cuello; se olvida los celulares en los bares, las llaves en los negocios y los análisis en la casa cuando visita al médico. Ama a sus padres, adora a su hijo y su marido; es otra de las que saben que la vida es corta y la aprovechan al máximo.


A todas ellas, Maite, Agos, Ari, Cele, Patty, Fdidita, Ana, Anyta, Ale, Marga, Jime, Romy, Eli, Silvia, Silvina, Gaby, Lita, Silvina D., Cristina, Maiki, Elisa, Eleonora, Cynthia, Barbara, Andrea H, Alicia R.; sepan que agradezco haberlas conocido.