¿Alegría de vivir?
¿Sobreviviente del naufragio doméstico?
¿Observadora sarcástica de mi entorno o pasada de rosca con el tranquilizante recetado?
¿Algarabía con patas?
Para Guille y Gerardo que son lo más!
Y para mis zuziaz queridas: Zele, Agos, Ari, Maite, Jime, Patty, Yasi, Frida, Eleonora, Anabel, Elisa y Clau. Mis amigos de siempre Lili, Caro, Ana, Claudia, Urcu, Romy, Gaby, Ale, Lau, Gladys ,Pato, Dumbo, Pepeluí este blog es para Uds.
Los quiero
Mi vieja era un bicho solitario e independiente. Hasta que el cigarrillo no comenzó a cobrarle
facturas, se manejaba relativamente sola.
Fue el ejemplo vivo del Ave Fénix.
Supo recuperarse y reinventarse para apechugar las palizas que la vida
le había deparado. Caprichosa como pocas
y terca como una mula, mi vieja se salía con la suya y tenía la tenacidad para
sobreponerse a cualquier situación desfavorable que le tocara en suerte. Siempre admiré la capacidad de recuperación a
la adicción al alcohol, vicio difícil de combatir como pocos; ella salió de
Alcohólicos Anónimos no solamente curada, además con novio. Mi viejo la había dejado, enamorado de su empleada
de ese entonces, ahora su esposa y madre mis dos hermanos menores. Mi viejo, un confeso enamoradizo en sus años
de juventud, no le hizo la vida fácil a mi mamá; además de ir tras su hobby (el
automovilismo) que lo alejaba de casa con frecuencia.
Recuerdo la pena que me dio mi mamá cuando me contó que
habían ido a una fiesta y mi viejo no la había sacado a bailar. Son esas cosas que quedan grabadas a fuego en
la cabeza, vaya uno a saber por qué. Pero
de esa se repuso, y luego de varios años de alcoholismo, recuperada y con amor
nuevo se dedicó a disfrutar de su vida con intensidad. Fueron años donde llovieron las invitaciones
a viajes, restaurantes, vacaciones y todo lo que mi madre nos pudiera dar con
el dinero que había heredado de su padre.
Estando de novia del padre de mi hijo, me quedé en casa mientras mi
vieja se fue con mi hermana de gira por Europa.
Demás está decir que trajeron las valijas llenas de ropa, cosméticos y
bijouterie para un regimiento.
El dinero de mi abuelo salía de varias empresas que se
fundieron; cuando quedé embarazada de mi hijo las empresas estaban
tecleando. Mamá viajó a Miami y Nueva
York con mi padrino y su mujer. Recuerdo
que mi hermana estaba embarazada de su segundo hijo, el primero (mi ahijado)
tendría unos dos años y monedas. Pagó
sobrepeso de equipaje porque en cada una de esas cinco valijas había ropa para
vestirlos a los dos más todos los que vinieron después (dos hijos de la cuñada
de mi hermana, mi hijo y varios más).
Juguetes no les faltaron, mi vieja compraba lo mejor de lo mejor;
mientras tuvo dinero no bajó la luna pero casi.
Y cuando se quedó sin nada, jamás entró a nuestras casas con las manos
vacías. Porque las empresas se
fundieron, los socios la jodieron feo, los compradores de las propiedades
dejaron de pagarle y mal aconsejada se asoció con más chorros que le sacaron lo
poco que le quedaba. Igualmente se dio el
lujo de prestarle dinero a mi cuñado para abrir una sucursal de su
confitería. Mientras tuvo dio y perdió,
porque nadie devolvió.
Entonces mi mamá reinventó otra mujer, una laburante a full
que caminó las calles del microcentro y se metió en los lugares más recónditos
del Gran Buenos Aires haciendo gestoría del automotor en forma hiper
profesional. Tal es así que fue contratada
por una gran Compañía de Seguros para realizar las bajas por robo. Cuando me separé la primera vez del padre de
mi hijo, no lo dudó un instante, me llevó a trabajar con ella para ayudarme a
pagar las cuentas. Tenía mucho trabajo y
se deslomaba hasta tarde preparando los trámites del día siguiente. Así y todo, no había fin de semana que no
viniera con un Fiat Duna destartalado a ver a mis sobrinos y mi hijo en cuanto
acontecimiento escolar, familiar o religioso tuvieran. Siempre corriendo, siempre al borde del
desastre porque su auto era un peligro y manejando era Fangio versión
femenina. Pero siempre aparecía. Muchas veces se quedaba a dormir en mi casa y
me hacía compañía cuando mi compañero de ese momento estaba en Marte, de viaje,
encerrado trabajando o durmiendo. Mi
casa era el lugar donde mi mamá se juntaba con sus nietos, que ya en la pre
adolescencia le rogaban que les enseñara a jugar al truco o al póker. Ella tenía su manera de vincularse con ellos
y aunque fuera por un peso, la timba era el aglutinante entre abuela y nietos.
La pareja de mi mamá había fallecido unos años antes y su
vida se resumió en laburo, fines de semana en casa para ver a la familia y no
mucho más que eso. Hasta que me
divorcié, entonces se convirtió en mi compañera inseparable. Para escucharme, para contenerme, para
ayudarme con dinero o darme el auto para que pudiera ponerme a laburar y
sostener a mi hijo. Entonces nos hicimos
amigas con todo lo que eso implica, peleas para alquilar balcones y llamados
telefónicos interminables para contarnos todo.
Salíamos al cine, a cenar, al teatro y a vacacionar juntas. Cabe destacar que en una oportunidad, todavía
casada pero sin posibilidades de salir en verano por la economía familiar, mi
vieja me invitó a uno de los hoteles más caros de Mar del Plata…lo recuerdo especialmente
porque fue la primera y única vez que mi hijo se subió a un avión. Instaladas allí, a los pocos días apareció mi
hermana con su familia, mi mamá pagó el hotel para todos. Lo aclaro porque se ha tildado a mi vieja de
egoísta y de rompe huevos, pero mientras tuvo para dar todos aprovecharon la
volteada. Lamentablemente ese mensaje se
les pasó a sus queridos nietos, a quienes ella amaba y falleció quedándose con
las ganas de verle la cara a su primera bisnieta.
Mi mamá siempre tuvo un lugar en mi mesa dominical, una cama
en mi casa; yo también he sido recibida compartiendo cama matrimonial con ella
toda vez que me reunía con amigas en Capital o simplemente arreglábamos para
almorzar un domingo en su barrio y de paso sacar a pasear a mi abuela. Hasta que conocí a mi actual pareja, siempre
estuvimos juntas a pesar de un par de agarradas de pelos como toda madre e
hija. A mi vieja le encantaban el sol y
la pileta, así que soñaba con ser invitada a la pileta de mi hermana, cosa que
a veces se complicaba ya que mi cuñado decía que mi vieja le rompía las pelotas
y su casa era sagrada. De todas formas,
a veces se le daba y podía nadar en esa pileta, de lo contrario se conformaba
con la mía de lona.
Cuando mamá empieza con problemas económicos y de salud, se
hizo imperioso salvar su departamento de las deudas y comprarle un lugar para
vivir cerca de sus hijas. Hicimos una
doble operación mudando a mi abuela y a mi vieja a un departamento a cinco
minutos de nuestras casas (mi hermana y yo vivimos en casas linderas). Entonces mi vieja dejó de trabajar y el mundo
que conocía hasta ese momento se desvaneció.
De repente se encontró encerrada en un lugar ajeno a todo lo familiar,
con una madre con demencia senil que hacía desastres y sin motivos para salir a
la calle. También se liberó del stress
de la vida laboral cotidiana, pero visto a la distancia, su mundo eran su
laburo, su barrio, sus cafés en la esquina y los tres o cuatro negocios que
frecuentaba en Barrio Norte. Acá, cerca
nuestro comenzó a depender de remises para ir a tomar un café y ver pasar
gente, su deporte favorito. De alguna
manera quedó confinada a un lugar de difícil acceso con una rampa de ladrillos
que cada vez se hizo más jodido subir por su pierna más corta fruto de polio
infantil. Cobrando una pensión no
contributiva, sin el amparo de una obra social adecuada y con una hija (yo) que
laburaba doce horas por día y otra que laburaba cinco la cosa se le hizo cuesta
arriba.
Mi abuela se puso peor, la ingresamos en un Asilo para
ancianos, mi vieja debió sobrevivir con la pensión exclusivamente y la ayuda
que pudiéramos brindarle para sus gastos extras. Así empezó el ocaso de su vida. Perdió el interés en cocinarse, de arreglar
su casa y la vida se redujo al cafecito del pueblo y la televisión (siempre le
gustó en cine). Sin embargo, con mi
pareja la llevábamos a pasear, no hubo un solo fin de semana que no viniera a
casa o nos acompañara a la casa de mi suegra.
Pascuas, Días de la Madre, nuestros y sus cumpleaños, Navidades y Fines
de Año siempre la tuvieron como invitada; gracias a Dios mi pareja viene de una
familia donde la gente mayor es venerada y mi vieja no fue una excepción para
él. Le refaccionó un placard (que ella
amaba) para mudarla a la planta baja de su casa porque sus piernas comenzaron a
fallarle y no podía desplazarse con facilidad, mucho menos trepar una empinadísima
escalera. Además le colocó todos los
artefactos eléctricos, espejos, cuadros, estufas, accesorios de baño y hasta le
arregló el termotanque. Atento como
pocos a las necesidades de una suegra que con la edad se puso quisquillosa y
ñañosa; mi vieja siempre tuvo ayuda nuestra para todos los problemas
cotidianos. Y jamás le faltó el afecto
de mi nueva familia de tres, conformada por mi hijo y mi pareja.
En octubre del 2014 mi hermana y yo la llevamos al médico
porque comenzó a tener serios problemas para desplazarse e incontinencia. Todos nos aconsejaron llevarla a un
Geriátrico. Cabe destacar que mi mamá fue
una fumadora empedernida hasta cuatro años antes de irse de este mundo. El cigarrillo la mató de la manera más cruel
que uno pueda imaginarse. No alcanzaron
esos cuatro años de abstinencia de nicotina, el daño estaba hecho. La irrigación sanguínea a la pierna afectada
por la polio era nula. Era el principio
del fin. Mi hermana solicitó una vacante
en el asilo de Capilla del Señor donde todavía vive mi abuela. El médico admisor debía dar su visto
bueno. La subimos al auto engañada y
descubrimos con horror que tenía una cuchilla de cocina en la cartera por miedo
a que la encerráramos. A mí ese episodio
me hizo ruido en la cabeza, en el momento rabia y luego comprensión y
compasión. Demás está decir que el
médico sentenció un rotundo NO al ingreso en el Asilo por la franca resistencia
de mi vieja a ser internada.
En noviembre del 2014 mamá queda internada por una falla
seria en una de sus piernas, salió de esa internación en silla de ruedas y
pañales. Mi hermana, que suele ahogarse
en un vaso de agua unas cuatro veces por día, me puso a buscar Geriátricos por
toda la zona. El bombardeo por mail, teléfono
y personalmente rayaba con el acoso. Fui
a visitar un lugar recomendado en Campana, sin ir a verlo me dijo que estaba de
acuerdo y la llevamos engañada un domingo lluvioso de fines de noviembre. Nunca me voy a olvidar ese día. Le pregunté a mi hermana “te gusta?”, me
respondió “no, pero otra no hay”. La
ingresamos y mi mamá gritaba suplicando que por favor no la dejáramos ahí, sin
cartera, ni celular ni nada que se le parezca.
Mi hermana agarró su cartera y se fue a los cinco minutos, yo me quedé
una hora intentando convencerla que era simplemente un centro de
rehabilitación. Me hizo acordar a la
adaptación que uno hace con los hijos en el jardín de infantes. La dueña del lugar me hacía señas para que me
fuera, pero no podía dejarla en esas condiciones, hacía contorsiones sobre una
hamaca para intentar desplazarse camino a la puerta.
Cuatro días después la fui a ver. Le llevé su cartera y el celular
cargado. Le dí instrucciones al personal
para que lo mantuvieran cargado. Me la
encontré en un sillón mirando Piñon Fijo a las 9 o 10 de la mañana, tristísimo
si uno se pone a pensar que a mi vieja en ese momento la cabeza le funcionaba
perfectamente bien, miraba noticieros, novelas y tenía una fuerte opinión
política. Miré a mi alrededor, una
señora durmiendo sobre su rodilla flexionada babeando. Un hombre aferrado al pie de una cama
aullando “venime a buscar”, otra mujer durmiendo en un sillón enroscada en una
pesada frazada en un día super caluroso.
Varias mujeres sentadas en sillas de ruedas con la vista perdida y la
vida resumida a un plato de algún menjunje pegajoso servido en un plato frente
a sus narices. Nunca me voy a olvidar de
las lágrimas de mamá corriendo a borbotones por sus mejillas y estallando en el
pantalón negro que le habían puesto. La
alegría de verme fue tan grande que me retorció el corazón. Pedí prestada una silla de ruedas y me la
llevé a tomar un café cargado apenas cortado con espuma, como a ella le
gustaba, en una panadería de Campana. Le
pregunté cómo estaba y me dijo que eso era un loquero. Le hice una promesa, le dije que en cuanto
terminara de pintar y arreglar una habitación en mi casa para ella la iba a
traer a vivir conmigo. Así tiró quince
días, hablando permanentemente por teléfono conmigo y contándome los horrores
que vivía día a día en ese lugar. Le
comuniqué a mi hermana que tenía intenciones de traerla a vivir conmigo y
literalmente se desquició. Todavía me gustaría
saber por qué, nada le pedí, al contrario ya que se ahorraría la diferencia
abismal que existía entre la pensión de mi vieja y los honorarios del
asilo. Una amiga de mi hermana me vino a
ver y ratificó mi percepción, mi mamá no estaba lista para estar en un asilo de
ancianos. Consulté a amigos, familiares
y tuve cien opiniones en contra de traerla conmigo. La más vehemente fue la de mi hermana, quien
adujo que iba a destruir mi pareja y la relación con mi hijo. Pero mi amiga Laura, que ama a sus padres, y
su cuñado Gonzalo, en una mañana de diciembre me dijeron que mi mamá se iba a
morir más rápido en un lugar así y que ellos jamás harían eso con sus
padres. Luego vino la conversación con
mi pareja, que lejos de hacerse las valijas y tomarse el palo, me dijo “hacé lo
que tu corazón te diga y no escuches a nadie más”.
Eso fue lo que hice y jamás me voy a arrepentir de lo que
tuvimos en los últimos cinco meses de su vida.
Mi hermana, quiso persuadirme varias veces en forma de mail, celular y
personalmente hasta que le manifesté la decisión tomada y la fecha: 22 de
diciembre de 2014. Esa mañana, a las
ocho en punto me tocó la puerta y me dijo “listo, acá tenés la tarjeta para
cobrarle la pensión, estas son las facturas de su casa, de ahora en más me
desentiendo”. Dicho esto último, nunca
más la ví hasta marzo. Mi pareja fue a
la pinturería y ese mismo día, a la noche, el cuarto denominado “la habitación
del pánico” por mi hijo y yo (depósito de máquinas de cortar pasto,
herramientas y restos de mudanzas de toda la familia) se convirtió en una
hermosa habitación para recibir a mi mamá.
Cuando mi hermana me preguntó por qué había tomado esa decisión, le dije
que no había tomado ninguna, simplemente no tenía opción. Algo en el medio del pecho me impedía
abandonarla a su suerte en un loquero rodeada de caras extrañas, y más teniendo
la firme convicción de que se avecinaba el fin de su vida. Un EPOC en fase terminal estaba arrasando con su vida, no quería que se fuera de este mundo mirando caras desconocidas.
Y así fue como mi mamá se convirtió en mi hija. Alguien a quien bañar, cambiar los pañales,
encremar, peinar, curar heridas, cargar a upa en el auto y atender como a una
nena de cuatro o cinco años. Lo primero
que hice fue ponerme en campaña para jubilarla y así afiliarla a PAMI (obra
social de jubilados de Argentina).
Lamentablemente reboté en dos oportunidades, con todo el esfuerzo que
implicaba subirla y bajarla del auto para sentarla en una silla de ruedas
alquilada que pesaba mil kilos. Tuve que
hacer treinta kilómetros en dos meses consecutivos, parando el tránsito y
haciéndome ayudar por la policía para poder bajarla del auto en pleno verano y
con un calor insoportable. La segunda
vez me desmayé de la impotencia.
Lloramos abrazadas cuando nos rebotaron la segunda vez pero volvimos a
casa y a una rutina donde fueron frecuentes las charlas, la novela turca, los
panqueques de dulce de leche y hasta breves caminatas con bastón que le
permitieron meterse en enero a la pileta (que mi pareja y yo mandamos hacer por nosotros pero más que nada por ella).Mi hijo, que opuso resistencia al principio, me ayudó a cargarla, a
subirla a la cama cuando se cayó, a cargar tubos de oxígeno y a atenderla
cuando yo no estaba; me llena de orgullo pensar en esto y poder expresárselo en
estas líneas.Nuestra vida transcurrió
de médico en médico, todos en forma privada, hasta tanto pudiera afiliarla a la
obra social.Su salud se fue deteriorando
de a poco, pero llegó a tener unos buenos cuatro meses de comida casera (le
encantaba lo que yo cocinaba), de risas compartidas con mi pareja que es un
payaso y solía escupirme semillas de uva cuando yo miraba obnubilada a Onur
junto con mi vieja.Hice incontables
esfuerzos para que comiera cuando comenzó a perder el apetito, podía cocinarle
panqueques de dulce de leche a las diez de la noche si manifestaba un antojo
por alguna cosa.La llevé al Psiquiatra
pensando que un pozo depresivo podía ser la causa de su falta de apetito.
En todo momento, mi viejo y su esposa me ofrecieron su
ayuda; lo mismo sucedió con amigas que viven en el exterior y otras que viven
en distintos puntos de la Argentina. Se
tejió una red de solidaridad que me permitió atenderla y ayudarla. Mi viejo me traía los remedios porque su
esposa los conseguía en el consultorio médico donde trabaja. Festejamos Navidad y Año Nuevo en mi casa, sin
contar siquiera con una fugaz visita de mi hermana, que viviendo a escasos
veinte pasos no pudo o no quiso venir a darle un beso a sus padres. Pasamos todo el verano las dos solas, tomando
té, conversando, mirando programas de chimentos y por supuesto la novela turca
que luego, estando internada, le contaba sintetizada en la escasa media hora de
visita de terapia intensiva.
A medida que fue complicándose su salud, requirió mayores
cuidados y dejó de caminar definitivamente.
Mi hermana comenzó a visitarla en mi ausencia, cuando mi mamá quedaba al
cuidado de una asistente y en marzo vino a pedirme disculpas por su
comportamiento. Me trajo un regalo de
cumpleaños tardío (mi cumpleaños es el 4 de diciembre pero ya en ese entonces
había dejado de hablarme porque no estaba de acuerdo con mi decisión de traerla
a vivir conmigo). Mientras mirábamos “Relatos
Salvajes”, película que le había contado en detalle a mi vieja porque tenía
muchas ganas de verla y al fin conseguí en dvd, le pedí que le limara las uñas
mientras yo cocinaba el almuerzo. En ese
entonces mi vieja había comenzado con un eczema cutáneo bastante fuerte que
derivó en una consulta al médico y posterior internación. En esos primeros días de marzo luchó contra
una infección urinaria en el único riñón sano y estuvo dos veces en terapia
intensiva. Más que nunca me comprometí a
cuidarla, no me aparté de su lado jamás, hablé con médicos y enfermeras para
que la atendieran como corresponde y hasta los amigos de mi hijo le entregaron
una carta al Senador provincial de mi pueblo para solicitarle me ayudara con la
jubilación y afiliación a Pami de mamá.
Este hombre me ayudó muchísimo, cuando mamá salió de esa internación
vinieron a tomarle las firmas en mi casa para jubilarla, además de hacerme
contacto con el Director del Hospital San José a quien le voy a estar
eternamente agradecida por la contención y la atención brindadas a mi madre y a
mí.
Mamá salió peor de lo que estaba, casi sin movilidad, había
que alimentarla y darle de beber en la boca.
Además le recetaron oxígeno permanente, gracias a la intervención de la
Jefa de la Sala de Primeros Auxilios, me dieron los tubos en forma gratuita
cada 48 horas (que es lo que duraban, aproximadamente). Ahora el cuidado se hizo mucho más estricto,
no se la podía dejar sola por más de media hora. En ese momento sentí que mi nena se había
convertido en casi un bebé. Recuerdo
haberle pisado el puré para dárselo en la boca, o desgranar una galletita o un
chocolate para ponerle los pedacitos en la boca con la mano. Todas las noches, desde que llegó a casa,
después de medicarla (obligarla a tomar los remedios y contestar todas las
preguntas sobre la indicación de cada uno), la arropaba y nos quedábamos
conversando hasta que le venía el sueño.
Entonces me despedía con un beso en la frente y ella me contestaba “gracias,
gracias, gracias”. Siempre tres veces
gracias. Se vé que se sentía a salvo y
la comprendo. Si hay algo que jugó de
entrada como variable en esta ecuación, fue la empatía por su estado. No hubo momento en el que no me pusiera en su
lugar. ¿Con qué derecho habíamos
usurpado su casa? ¿Con qué derecho habíamos decidido pasar por encima de sus
pertenencias decidiendo qué se regalaba, qué se tiraba y qué se conservaba?
Gracias a Dios, pude rescatar muchas cosas de su departamento, que le traje a
su habitación. Le mostré prenda por
prenda y collar por collar. Su amado
tapado de piel y sus ínfimos corpiñitos con aro y relleno que siempre me
llamaron la atención por lo diminutos porque la única de la familia con dos
tetas grandes fui yo (siempre nos reíamos de eso).
Con una primer bisnieta en camino, en el mes de marzo la
dejé sola dos horitas para ir al baby shower de la novia de mi sobrino. Le traje dulces, torta y chocolates. Le dí de comer en la boca mientras
fantaseábamos con la idea de tener la bebé a upa, mi vieja estaba muy
ilusionada. Con la bigotera de oxígeno
puesta, una escara sacra del tamaño de una papa chica y una pierna complicada
con dos dedos necrosados, su salud iba en franco deterioro. Sin embargo su humor en casa era bueno, era
evidente que prefería estar en aquí.
Cuando salió de la internación de marzo, mi hermana se pidió una semana de licencia en su trabajo para ayudarme a atenderla. Pero
lamentablemente tuve que echarla de mi casa porque sus apoteóticas caras de
culo, que son su marca de agua personal, no solamente no ayudaban, restaban. Ya vivíamos una tragedia, si uno está en un
lugar donde no desea estar, la cosa se complica doblemente. Ese día llegó con el camisón sobre un
pantalón de jean, una cara de furia que haría palidecer el sol y se deslizó por
la pared de la habitación de mi mamá hasta quedar sentada en el piso. Recuerdo haberle dicho que no necesitábamos
esa actitud, acompañándola de un brazo hacia la puerta. Sus primadonismos y actuaciones no eran propicios en una situación tan delicada.
La herida de mi vieja fue de mal en peor, la retención de
líquido la puso difícil de manejar. No
podía cambiarla sin ayuda, contraté a otra persona para que me diera una mano por
las tardes. Esa señora me falló y encima
el médico a domicilio me sugirió rotarla (además de medicarla con una batería
de cosas y artículos de ortopedia carísimos, algunos de los cuales me los
prestaron amigas o el Rotary Club).
Entonces una mañana fui a buscar a mi hermana para que me ayude a
rotarla para higienizarla (fundamental dada las condiciones de su herida). No solamente no me atendió, se encerró en su
habitación. Espié por la ventana de la
cocina, vi su notebook abierta con la cartera junto a la bolsa de chicles y
caramelos light que consume en cantidades industriales desde hace tres
décadas. Entré por atrás. Le dije que me llevaba la computadora y la
cartera a casa, que viniera a retirarlas y de paso me ayudaba con mamá. Estando parada justo en el marco de la
puerta, me arañó el brazo derecho donde colgaba su cartera, y con la otra mano
desde atrás me quitó la notebook de las manos.
Días después me entero que le dijo a su familia que yo le había
pegado y le había destrozado la computadora.
Mi madre termina internada una tercera vez, ella no quería y
me lo dijo “prefiero morirme en tu casa”; pero los cuidados que ahora
necesitaba eran profesionales y no me encontraba en condiciones de
brindárselos. Con la promesa del ingreso
a un asilo para ancianos en el mismo hospital, mi cuñado convenció a mi pareja
de llevarla al hospital nuevamente. Esa
mañana la cambié, le puse el mejor camisón y fui en la ambulancia con ella, de
la mano, asegurándole que era para curar la escara y volveríamos. Ya en el hospital tuvimos que esperar seis
horas para que la pasaran a una habitación que no abandonaría en cincuenta días
consecutivos de internación. No había
lugar en el asilo, pero la escara era grande y necesitaba cirugía; quedaría
internada hasta resolverla. Pasó por
quirófano y lo que antes tenía el tamaño de una papa chica ahora tenía el
tamaño de una naranja grande. Los
dolores eran terribles pero mamá se aferraba a la vida con uñas y dientes. La alegría de encontrarse conmigo todas las
mañanas, los dulces que le llevaba, la sal de ajo que le compré para sustituir
la sal que consumía en cantidades industriales y los mimos que compartimos me
llenan el corazón. No le soltaba las
manos, intentando memorizar la forma y textura de sus dedos, sus uñas, sus
palmas tan hambrientas de afecto y de amor.
Nos hicimos confesiones enormes, nos prodigamos amor a mansalva. Le pedí perdón por las veces que le contesté
mal o la ignoré porque me contaba sus míticas peleas con la compañía de
telefonía celular. Le dije mil veces lo
buena madre que fue con nosotras, su incondicionalidad inclusive durante su
enfermedad, su amor y su generosidad.
Colaboré en el baño y curación de sus heridas con la enfermera de la
mañana y rezongué porque me echaban de la habitación las enfermeras de la tarde
para cambiarle los pañales mientras escuchaba los gritos ensordecedores de mi
vieja gritando “Paulaaaaaa Paulaaaaaa!”.
Durante cincuenta días me pasé doce a catorce horas al lado de ella,
poniéndole trocitos de chocolate en la boca, acariciándole la cara, mirándola a
los ojos, dejándola recorrer mi cara con los suyos…memorizándonos una a la
otra. La besé como nunca la había besado
en mi vida, le dejaba rosarios de besos desparramados desde la frente hasta el mentón. Me pasé horas mirando y fotografiando su cara
y sus manos, pasándole crema a su cuerpo seco, regulando el manómetro del
oxígeno o simplemente nebulizándola. He
llorado por los pasillos silenciosamente, ensuciando los delantales de médicos
y enfermeras con el rímel de mis pestañas cuando decidimos con el Director del
hospital realizar cuidados paliativos.
Ese día, cuando me informaron que no saldría de esa internación recuerdo
haber sentido que el mundo se me venía encima, sola por los pasillos tomando
decisiones unilaterales, siempre sola.
Estuvo un mes sufriendo dolores insoportables a pesar de la
morfina. Aferrada a la baranda de la
cama, mientras le colaban siete u ocho sobres de azúcar sobre la herida (que
ahora tenía el diámetro y profundidad de un plato hondo) gritaba “prefiero
morirme”. Un mes después de comenzar con
la morfina y luego de haber recibido la extremaunción con el párroco de
Capilla, a quien agradezco la gentileza de haberse acercado apenas lo llamé,
los dolores eran insoportables y las alucinaciones de las drogas aún
peores. Ya no disfrutaba de la tele, ni
de la comida, se enojaba conmigo y en momentos de lucidez no solamente me pedía
disculpas, me ha dicho infinidad de veces “te amo”. Tuve la suerte de captar esos momentos con el
celular, mi vieja no fue una mujer toquetona ni cariñosa, el amor lo demostraba
de otras maneras. Pero verla en ese
estado, tan desesperada de cariño, de cuidado y tan dependiente (habiendo sido
todo lo contrario), pudo hacer más y más profundo el vínculo madre e hija que
tuvimos durante nuestras vidas.
Recuerdo cuando era chica, estar en el patio del colegio
preguntándome si mamá habría llegado a verme participar del acto escolar. Cuando escuchaba su tos seca de fumadora
sentía un alivio y una alegría muy difíciles de describir. Paradójicamente, esa tos de tantos cigarrillos
fumados la llevó a ese estado donde el oxígeno no llegaba a curar la herida que
terminaría con su vida. Así fue como el
Director del hospital me encontró llorando por los pasillos, a escondidas de mi
vieja, sola desde el principio de este viaje y me ofreció hacerle una vía
central para darle morfina y algún sedante más fuerte para que no sintiera
dolor. Así lo hicimos una semana antes
de su partida, le hicieron la vía y las enfermeras esperaron un tiempo
prudencial para que mi hermana viniera, temiendo que fuera la última vez que la
viera despierta…nunca sucedió. Una semana
después, todavía alerta y dolorida, seguí el consejo de José Luis y le recé a
la Virgen del Carmen. No me quedó Santo
ni Virgen por invocar, sabía que estaba pidiendo que se la lleven, pero ver
sufrir a una madre es una de las cosas más tristes que te puede tocar en la
vida. Otra vez el Director del hospital
me encuentra llorando por los pasillos y me ofrece llevarla a terapia para
darle una sedación más profunda. Acepté
y le agradecí. Eso fue un viernes. El sábado al mediodía le di de comer en
terapia, quise rezar con ella y no me dejó “me da miedo” dijo. Me pidió que trajera mi auto y la llevara
lejos de ahí porque eso era una cárcel.
Otra vez le hice masajes en las manos edematizadas por el suero y le
llené la cara de besos. Varias veces me
dijo “sos mi cuidadora especial”. Me fui
y volví el día siguiente, domingo 31. Me
advirtieron que estaba dormida porque había manifestado mucho dolor. Dormida aproveché para susurrarle oraciones al
oído y pedirle que fuera en busca de su papá, mi abuelo Guillermo y de su amor
Juan Carlos. Volví a rezarle a la Virgen
del Carmen y le desparramé besos en el mentón y en el pecho. Me fui a las 14 horas. A las 17 me avisaron
que había partido. Volví a verla, quise
verla y volví a besarla pero ya despidiendo a mi querida madre a la que había
soltado tres horas antes para que emprenda su viaje al cielo.
Las únicas flores que tuvo mi vieja en el funeral las compró
mi pareja, las únicas lágrimas derramadas fueron las mías y las de mi
viejo. Mi hermana decidió
arbitrariamente no dejar asistir a nadie ni avisarle a su familia política, así
que únicamente vinieron algunas de mis amigas, la prima de mi viejo y amigos de mi
hijo.
Unos días después fui a retirar las cenizas, que voy a
llevar a su adorada Mar del Plata, ciudad que amaba y donde fue muy feliz. Pasé por el Asilo a ver a mi abuela,
obviamente no le conté nada, simplemente lloré en su hombro. Una compañera me preguntó el motivo y le
contesté, me dijo que mi abuela la había nombrado a Mirtha muy seguido, (previamente quise llevarla a ver
a mamá al hospital pero mi vieja se negó rotundamente).
De todas formas mi abuela no conoce a nadie, ya casi no ve ni escucha. Sin embargo al escuchar mis sollozos sobre su
hombro me acarició la cabeza y me dijo con toda naturalidad “¿Pichi estás
llorando?”. Se quedó un rato pasándome la mano por el pelo, como si hubiera
entendido que algo estaba pasando.
El dolor, aun cuando uno haya deseado la partida por su
bien, es inexplicable. No solamente
porque perder a una madre es una de las cosas más dolorosas que le pueden
suceder a un ser humano. En mi caso
también perdí a una hija, porque mi vieja fue durante esos cinco meses mi
hija. Dependió absolutamente de todo
para mí. Fui su refugio, su amparo, su
rescate, su fiel defensora, su cuidadora especial, su enfermera, su mamá, su
amiga, su confesora…y su hija.
¿Con qué me quedo? Me
quedo con la tranquilidad de haber luchado como una leona por ella. Con haber descubierto la solidaridad y
empatía de amigos, vecinos y perfectos desconocidos. Gente que vagaba por las calles de Capilla y
me tendieron su mano. Las asistentes
sociales del hospital, las enfermeras que cobran un magro sueldo pero no toman
revancha con los pacientes cumpliendo una tarea que raya con la misericordia
más absoluta. Me quedo con la ayuda
recibida por los familiares de las compañeras de habitación de mi vieja:
Teresa, Olga, Rosa, Lidia y la abuela de Laura.
Me quedo con el abrazo de la empleada de Acción Social que me entregó el
certificado de discapacidad de mamá. Con
la ayuda de Verónica que en todo momento me asesoró por whatsapp y me afilió a
mamá en Pami en tiempo record. Me quedo
con la ayuda y el llamado telefónico del Senador Bozzani a quien le estaré
eternamente agradecida. Me quedo con la
ayuda de Emanuel y Mercedes de ANSES, que a pesar de que no pudimos sacar la
jubiliación ni el reintegro por sepelio, se rompieron la cabeza tratando de
ayudarme. Me quedo con las zuziaz, mis
amigas que nunca me dejaron sola, con mis amigas de toda la vida (Gladys, Laura,
Carola, Cristina y Liliana), con las chicas del grupo Forastera (algunas hasta
me llamaron por teléfono!!!), me quedo con mi hijo acariciándome la cabeza el
día del funeral de mi vieja, me quedo con mi viejo y su mujer que vinieron a
ver a mamá al hospital y me dieron de comer todos los domingos que mamá estuvo
internada. Me quedo con Cristina, la
prima de papá que la fue a ver en marzo y estuvo siempre al pie del cañon con
ideas, llamados y sugerencias. Me quedo
con Alba y Silvia, tías de mi hijo, que me ayudaron de todas las formas
posibles. Y también me quedo con la
cantidad de gente que pasó a saludarme y darme sus condolencias.
La vida tiene esas cosas, todo lo que escriba suena a frase
hecha. Se llevó una de las personas más
preciadas de mi vida, sin embargo me premió con esta gran cadena de amistad y
cariño que jamás van a tapar el hueco que dejó mi vieja pero bien valen como
sustituto. Sé que puedo contar con todos
ellos. Ojalá que mi mamá esté en un
lugar mejor, felíz, sin dolor, bien acompañada y disfrutando del paraíso porque
se lo merece. Si tuvo alguna cuenta que
pagar, la pagó acá en la tierra, allá se merece lo mejor; estoy convencida de
que está disfrutando de eso.
Te lo dije en vida, te lo digo ahora dondequiera que estés:
Mamá te amo, fuiste impecable y te deseo lo mejor hasta que volvamos a
encontrarnos.
Algunas fotos y un video que es el tesoro más grande que heredé de ella:
El día que me dijo "Te amo"
El día que la saqué del Asilo a tomar café a principios de diciembre de 2014
El día que la traje a vivir conmigo, 22 de diciembre de 2014
El día que la saqué del Asilo.
Navidad 2014
Navidad 2014
Última semana de diciembre 2014 tomando café en el pueblo.
Tomando café en el pueblo.
Atardecer de verano en casa.
Año nuevo 2015 en casa.
Año Nuevo en casa.
Enero 2015.
Enero tomando café en el pueblo.
En la pileta, enero 2015.
Domingo en casa, febrero 2015.
Cumple de su nieto menor, marzo 2015.
Asado marzo 2015 en casa.
Comiendo los dulces del baby shower de su bisnieta, marzo 2015.
En el hospital abril 2015.
Con mi abuela en el Asilo, unos días después del fallecimiento de mamá, el día que fuí a retirar las cenizas (8 de junio 2015).
Cuando la gente tiene una pasión desbordante y tiene huevos
como para ir detrás de aquello que lo vuelve loco; lo más probable es que lo
haga. Esa es una de las cualidades que
más me atrapan en una persona. La locura
por algo. Una película que uno mira
hasta el cansancio, rebobinando las partes que a uno le resultan más
importantes en cámara lenta. Un libro
que uno no puede abandonar por más de dos o tres meses teniendo la compulsión
de volver a leer (donde uno ya tiene subrayados los párrafos que más le gustan
como si fuera un libro de estudio). Una
canción que uno tiene en el MP3 y le da play durante un mes todos los días y a
toda hora. Una serie de televisión de la
cual uno no solo ha pirateado todas las entregas, también ha guardado las
mejores escenas del youtube y hasta los cortos musicalizados que la gente ha
hecho con fragmentos de la misma. Un
auto que se atesora, lustra y restaura como si fuera una joya. Así puedo seguir toda la vida, enumerando las
pasiones que me ha tocado presenciar y en muchos casos alimentar sin saber que
las mismas iban a traer aparejado todo un mundo que incluía amistades de
diferentes nacionalidades.
Hace unos diez años alquilé una película de un ignoto actor
escocés cuya estampa me atrapó desde el afiche, me la llevé a casa sin saber
que me estaba llevando la lámpara de Aladino conmigo. La peli se llamaba “Dear Frankie” y el actor
Gerard Butler. Puse la peli y me senté a
mirarla. A los dos minutos estaba
googleando a este señor divino que se robaba la peli, a pesar de que el
personaje principal es un niño sordomudo y su mamá. El tipo hasta ese entonces no había hecho
demasiadas cosas, pero después de esa filmó “El fantasma de la Opera” y ese dato bastó
para ir corriendo a buscarla. Luego
alquilé Drácula y otra peli de bajo presupuesto (bastante mala por
cierto). Como ya había ocurrido en otras
épocas, el googlear a mi actor favorito del momento me llevaba derecho a los
foros de fans de los actores (fue el caso de Russell Crowe y Kenneth
Branagh). Así aparecí en el foro de este
actor, mantenido por una temida Tamara, que ponía orden en ese gallinero donde
había gente que le escribía cartas, le hablaban desde un post febril donde le
preguntaban hasta el grupo sanguíneo a este pobre escocés que hasta ese
entonces buscaba fama y fortuna en Hollywood sin demasiado éxito de
taquilla. Entonces reparé en un subforo
español y dentro del mismo un subforo de argentinas. Me pasé varios meses leyendo lo que escribían
sin animarme a escribir una oración. Me
hacían divertir mucho, ya que entre los planes del grupo había uno muy bien diseñado
para raptar al señor y clonarlo para tener muchos ejemplares similares.
Llegó el día en el que tomé coraje y escribí algo, previa
presentación, ya que es muy importante presentarse antes de escribir media
letra (primera regla de oro de un foro de fans). Así que haciendo uso del “donde fueres haz lo
que vieres”, les conté que había caído en las redes del escoces como una mosca
dentro del dulce. Me sorprendió
constatar que esto se parecía más a un grupo de autoayuda que a un foro de
fans. Porque cuando uno descubre que el
objeto de su deseo nunca estará en la cama de una, ni susurrará palabras
tiernas en un escoces con un acento durísimo, se empieza a sufrir. Pero por lo menos se sufre en grupo. El tema es que a cambio de un poco de
sufrimiento virtual, se van construyendo relaciones (sin saberlo) que están
destinadas a perdurar en el tiempo más que esta subyugante adoración a un señor
que tampoco es tan buen actor (visto a la distancia y con objetividad). Eso sí, es un buen tipo y todas queríamos que
le fuera bien. Y le fue más que bien, se
hizo famoso y cada vez fue más raro poder acercársele.
En ese foro me entero de que había muchas cosas prohibidas,
estaba prohibido hablar de sexo, del físico del actor en forma libidinosa y
cualquier otro detalle que pudiera ofender al susodicho; aunque en realidad los
posts estaban monitoreados por Tamara y sus secuaces de acuerdo a los standards
de moral y buenas costumbres que la señora ostentaba. Por eso me llamó la atención cuando me
invitaron a pertenecer a un grupo llamado las “zuziaz”. Estas mujeres habían aprendido a engañar a
los traductores automáticos español-inglés escribiendo adrede con faltas
de ortografía. Así aterricé en ese antro
de perdición donde se hablaba de cualquier cosa siempre y cuando estuvieran mal
escritas de forma tal de violentar las normas del lugar. Luego comenzamos a reírnos de las cosas que
algunas mujeres de otros países hacían para sentirse más cerca del escocés
(estamos hablando de bañarse en un jacuzzi con una figura plástica a escala del
escocés o de disfrazarse del personaje femenino del fantasma para besar una
gigantografía a escala del actor). Así fue
como llegamos a los bancos de imágenes sin protección de algunas fanáticas que
hacían cosas bastante ridículas. Hicimos
videos, compusimos poemas, y todo aquello que nos hiciera reír.
Entonces decidimos migrar a un foro sin censuras, mantenido
por un grupo de norteamericanas con sentido del humor, una suiza, varias italianas,
españolas, canadienses y argentinas. Fue
así como aprendimos historia, geografía, cine y el actor quedó relegado a un segundo
plano. Comenzaron a importar las
personas. Para ese entonces ya me había
juntado un par de veces con mis coterráneas a quienes enseguida adopté como
hermanas ya que estaban consumidas por esta pasión tanto como yo. Nos pasamos películas, compartimos música,
fuimos al cine y a festivales juntas y nació una amistad que trascendió las
redes sociales, gracias a Dios.
Entonces
me invitaron a consumir literatura a la que yo me negaba porque nunca me
cerraron las novelas televisivas, menos me iba a interesar en la típica novela
rosa diseñada para hacer transpirar mujeres.
Cuestión es que me quedaba afuera de las conversaciones porque nuestro
actor era el principal candidato a interpretar a Jamie Fraser, personaje
principal de una saga de novelas tan bien escrita que cuando me retaron a leer
diez páginas no pude parar hasta el día de hoy.
Ya escribí mucho sobre este personaje, ahora se está filmando la
miniserie basada en el primer libro.
Pero lo gracioso es que como no se conseguían en nuestro país me
empezaron a llover los pdf por las cuatro casillas de mail que tengo. Luego una amiga acostumbrada a viajar y
encontrar lo inencontrable me fue consiguiendo de a poco toda la saga en
inglés. Y las españolas me obsequiaron el sexto en castellano.
Pero cómo puede ser que algo sea la punta del ovillo que me
haya llevado a compartir cumpleaños, navidades y pascuas con mujeres de todas
partes del mundo? Nos pasamos fotos de
nuestros hijos, compartimos nuestras miserias y festejamos nuestros
logros. En diez años me pasó de
todo. Me separé, me divorcié, encontré
trabajo y luego encontré al amor de mi vida.
Todo eso lo pude compartir con estas mujeres muchas de las cuales veo
seguido y a otras me gustaría aunque las frágiles economías de nuestros países
nos han puesto barreras que todavía no podemos derribar. En el año 2007 dos amigas españolas se
embarcaron en un avión y en escasas ocho horas aparecieron en el aeropuerto
ante la mirada fascinada de las cuatro que las esperábamos acá. Alquilaron un departamento por diez días y puedo
asegurar que no existe spa en el mundo capaz de embellecer y curar lo que esas
risas hicieron durante esa estadía. Nos
mirábamos y nos poníamos a cacarear como gallinas. Poníamos las pelis del escocés con la excusa
de compartir algo que había sido motivo de nuestra unión y terminábamos leyendo
párrafos de la saga de libros “Forastera”.
Hacíamos la sobremesa de la cena hasta las cinco de la mañana hablando
de todo lo que se puede hablar y aprovechando al máximo ese tiempo que sabíamos
tenía fecha de vencimiento. Caminamos
por las calles de Buenos Aires, nos agarraron las tormentas, inundaciones,
viajes interminables en colectivo, paseos por el Tigre y hasta pudimos
compartir la película “300” en el IMAX y un festival celta (todo el mismo
día). Fue un pijama party de señoras de
más de 25, con el niño interior vivito y coleando y unas ganas de vivir y
disfrutar como yo no ví en mi vida.
Siempre hicimos participar mediante fotos y videos a las que no pudieron
viajar pero que son el corazón de este grupo de locas inteligentes y divertidas
que ya conozco hace más de diez años.
Y así seguimos, nos vemos para cumples, nos entreveramos en
interminables cadenas de mails, tenemos grupos cerrados de Facebook, grupos de
Whatsapp, nos hablamos por teléfono, en conferencia de Skype (lo hicimos un par
de veces y creo que lo volteamos) y cuanta red social aparezca por el camino.
Una vive en Cipoletti, otra en Vicente Lopez, otra en Villa
Urquiza, otra en Locarno, otra en Montreal, otra en Madrid, otra en Benidorm,
otra en Nápoles, otra en Málaga, varias en USA y me debo estar olvidando de
alguna localidad.
Bueno, y como si esto fuera poco, hace tres años y gracias a
las redes sociales conocí a un señor muy bello, bueno, gracioso, generoso y
divertido que ahora vive conmigo.
Y pensar que mi mamá me trataba de loca cuando en lugar de
tomar sol me pasaba el verano en la computadora…
¿Otra vez leyendo ese libro?
¿Vas a ver esa película por enésima vez?
¿Cómo son amigas si no las conocés?
¿Cómo explicarle?
El video de la primer peli del escocés que me trajo tantas satisfacciones (ojo, me refiero a mis amigas!)
Otra vez más, la Gabaldon logra hacer de las suyas, esta vez
en la pantalla.
Desde que las novelas de Diana Gabaldon, cuyo prota
masculino “Jamie Fraser” es la fantasía sexual literaria más consumida del
planeta, desembarcaron en las librerías se habla de un posible traslado del
texto a la pantalla. Esto ha generado
infinidad de foros, post, quejas, sugerencias y hasta la radical oposición de quienes dicen que esto destruirá
la ilusión dándole vida en el cine a algo que cada una ha proyectado en el
hueso occipital del cráneo luego de consumir los libros.
Es que la experiencia literaria no le pega a todo el mundo
igual de la misma manera que el alcohol o la marihuana no le pegan en forma
idéntica a todo el mundo. Yo misma puedo
consumir un litro de vino y caminar derecho pero con tres copas de champagne me
convierto en un felpudo baboso que tiene que arrastrarse encima de su propia
baba para llegar a una cama. Es así como
Jamie para algunas es algo semejante al actor Eric Dane y para otras es Gerard
Butler porque es así y se acabó!.
Claramente, cada cerebro ha armado su propia película con el texto que
esta bruja a la que adoramos, gurú de la secta highlandesca a la que todas
hemos sido abducidas cuando nos pusieron “Outlander” enfrente. Como quien interpreta una receta de cocina y
donde Diana dice “dos cucharadas de esencia de vainilla”, la lectora elegirá
una cucharada de jugo de naranjas y otra de miel; cada cual ha hecho con estas
novelas una torta diferente. Mi amiga la
hizo de chocolate bañada en dulce de leche y rociada con grageas de
colores. La mía es un pie de frutos del
bosque con crema y gelatina. Y ahí nomas se armó el bardo (quilombo=lío=revolución en el granero de Jamie). Es que llevar a la pantalla todas las tortas
juntas es dificilísimo. Las de veinte
quieren un prota de edad suficiente para fornicar de parado. Las de treinta quieren uno no tan tierno
porque les da culpita. Las de cuarenta
queremos a uno con algunas canas (aunque tenga que protagonizar al pibe de 20
del primer libro de la saga) y las de más de cincuenta quieren a George Clooney
con trenzas, barba y la cafetera Nespresso en la mano (porque ya no da para
pasar frío y hambre, tienen ganas de revolcarse en el Lago di Como que está más
cálido que el Ness y tomar café).
Desde que las novelas salieron a la luz se han subido unos
dos millones de videos que con suma artesanía y genialidad mujeres de todo el
mundo han editado con música celta y su elección del candidato al trono de intérprete
de Jamie Fraser. Recuerdo cadenas
interminables de mails y threads de foros de actores, películas, la propia Gabaldon
y sus libros donde la eterna discusión radicaba en quiénes iban a encarnar a
nuestros adorados Jamie y Claire y los no menos importantes personajes
periféricos que tanto amamos como Roger, Brianna o Lord John. He leído, mientras me dieron el tiempo y las
ganas, tantas barbaridades como proponer a Brad Pitt para hacer de Jamie. Lo siento, Brad Pitt es a Jamie lo que una
carreta tirada por un burro cojo a una Ferrari Testarossa. Ya sé, las amantes de Brad me van a gestionar
un maleficio para que se me caiga el pelo y las uñas se me escamen pero lo
tengo que decir porque mi Jamie es COLORADO, ALTO, CORPULENTO, CUARENTON y se
parece a Gerard Butler o Eric Dane.
Pero claro, no soy la dueña del casting así que no pienso
enfrentarme con las doscientas millones de féminas enfervorizadas que
creyéndose dueñas del copyright mental de Diana declaran “JAMIE ES JAMIE FOXX”
(para el acento le ponemos un coach y para los colores está George Lucas y su
ILM (la empresa encargada de crear los efectos de Star Wars entre otras pelis). Así fue como poco a poco se fue generando el
caos, primero vino el libro ilustrado (ni fu ni fa para mí, debo decir) y luego
la gran noticia: una miniserie. Temiendo
llegar tarde al evento, antes de que se firmaran los contratos ya había mujeres
enviándole sus propuestas de casting a Diana y poniendo a tiro sus sitios de
descargas favoritos ya que nadie estaba muy seguro para ese entonces si la
miniserie iba a estar disponible en todos los países, por qué emisora o vaya
uno a saber qué trabas más. Porque las
seguidoras de los libros sabemos que esta plaga se expandió mucho más rápido
que el antídoto, y los primeros libros se conseguían más fácil en Indonesia que
en Argentina, en cantonés antes que en español y si no tenías la suerte de
saber inglés eras capaz de hacer un curso acelerado con la mismísima Queen
Elizabeth para ponerte a la par de las fantasías erótico-festivas de tus amigas
angloparlantes. Sabemos de palos en la
rueda, las lectoras de Diana; estamos acostumbradas a indigestarnos con una
frase posteada en su foro, adelanto del libro que estaba por editar dos años
después, y vivir colgadas de esas dos oraciones hasta el aterrizaje de la
maldita novela a las góndolas. Y digo
maldita a conciencia, porque nos hemos tomado dos años sentadas zapateando
contra el piso releyendo una y otra vez
las entregas anteriores para estar lo suficientemente aceitadas para leer el
nuevo. Y al nuevo lo devorábamos en
cuarenta y ocho horas (las más lentas); con lo cual le dábamos a Diana la
ventaja de otros dos o tres años para volver a armar otra bomba letal que se
llevara puestos nuestros hogares, nuestros matrimonios y nuestra vida chata AJ
(antes de Jamie).
No es raro entonces encontrarnos sumidas en discusiones de
cuatrocientos post y horas de cotorrerío incesante intentando ponernos de
acuerdo en quién debía ser el intérprete de tamaño ser de culto y
adoración. He leído mujeres batirse a
duelo y boxearse con palabrotas porque para una el tipo tiene pelo castaño
rojizo y para otra es naranja zanahoria (carrot-top). Se han insultado, amigas de años han dejado
de hablarse por meses, ha habido guerras de castings con fotos, amenazas,
cartas a todas las empresas americanas involucradas en la industria del séptimo
arte y hasta exorcismos (fuentes que han preferido el anonimato han provisto
esta información).
En mi grupete de amigas (gente, me incluyo, que supo
convivir quince días bajo el mismo techo leyendo en una especie de “book club”
pasado de rosca fragmentos de “Outlander” previamente marcados en una suerte de
“misa negra”) decidimos aceptar lo que venga en pos de una amistad que ya lleva
años y porque cada una tiene clarísimo que Jamie es de cada quien lo haya leído
con las características propias que el cerebro (y las hormonas) haya sabido
crear. Obviamente comprendemos que el
Jamie de Outlander debe ser encarnado por un borrego lampiño con más cara de
bebé que de hombretón guerrero y salvaje.
Y también tenemos clarísimo que la miniserie será consumida por millones
de mujeres pero no va a llegar ni a los talones de la película mental que Diana
y su pluma suprema han sabido crear sin necesidad de una cámara, un megapíxel o
un castillo fastuoso generado por computadora.
Como todos los libros que se llevan a la pantalla, es raro que el
producto final conforme, justamente por eso, porque leer ejercita la
imaginación y a esa no hay con qué darle.
Hace días que veo imágenes del terremoto de Haití en la televisión.Fotos del espanto y el horror que se vivió y se vive en un país desvastado por un desastre natural que arrasó con las vidas de miles de personas y dejó un panorama desolador de hogares destruidos y familias desguasadas.Videos de gente mutilada, cadáveres desparramados por las calles, escombros, bebés llorando…y un único pensamiento recurrente y egoísta: qué suerte que no me pasó a mí.
Porque irremediablemente, estas tragedias nos hacen pensar en nosotros y en la gente que queremos.En lo que hubiéramos hecho de estar en la misma situación.El solo pensarlo nos da escalofríos.Tener que vagar por las calles con lo puesto, mendigando un poco de agua y revolviendo entre los escombros buscando a un ser querido debe ser la situación más espantosa y dolorosa que una persona deba enfrentar.
Y entonces viene el alivio.El alivio de darnos cuenta que estamos sentados en casa, en un sillón confortable mirándolo todo desde una pantalla que escupe esas imágenes desde un espejo satelital que enfoca un punto lejano del otro lado del planeta…bien lejos de esta casa que ahora parece más linda y más cómoda.De repente esos tres kilos de más o de menos se convierten en una bendición.La canilla cuyo goteo ayer nos robaba el sueño hoy es una canción vibrante que nos recuerda que tenemos un techo, agua, electricidad y una heladera llena.Ya no me importan las carteras que lamenté no poder comprar hojeando una revista el fin de semana, ni la factura del teléfono que casi no llego a pagar, ni la pila de trabajo pendiente que dejé en la oficina.Todo eso parece haber entrado en otra dimensión, porque la dimensión de esta tragedia enmarca mi vida en otro lugar, veo mi realidad desde otra perspectiva.Hoy no me quejo porque tengo que cocinar, porque tengo para cocinar.Hoy no puteo porque la camisa que quiero no está planchada, porque tengo; tengo quince diferentes para elegir.Hoy no lloro porque se me descompuso el auto, porque tengo adónde ir, porque todavía puedo caminar y porque en casa alguien me espera.No me quejo porque madrugo para ir a trabajar, porque agradezco tener trabajo.De repente me dieron ganas de dibujar, de escuchar música, de abrazar a los que quiero, de aprenderme sus caras de memoria para irme a dormir con esa foto en mi cabeza.Quiero susurrarle a mi hijo dormido, al oído como todas las noches pero hoy más que nunca, que lo adoro.Y desear que se despierte para que conteste entre sueños “yo también”, como todas las noches.
Entonces agradezco.Agradezco a ese Dios al que a veces no comprendo porque esta vez no me tocó a mí.Le pido que me ayude a comprender porqué permite estas desgracias.Le doy las gracias porque mañana voy a ver a mi madre y a mi abuela, y porque voy a ser más tolerante con ellas.Mañana voy a jugar con mis sobrinos, voy a tomar café con mi hermana.Voy a escribirles a mis amigas que están lejos deseando poder hacer diez mil kilómetros para abrazarlas.Voy a rezar por mi familia y sus familias.
Seguramente, antes de dormirme pida por toda esa gente que está sufriendo en Haití.Voy a pedir por los chicos que quedaron sin padres y por los padres que perdieron hijos.Por los que murieron y los que quedaron.Porque puedan reconstruir sus vidas y sus hogares.
Y también voy a pedir por mi propia estupidez.Que ya no me hagan falta estos cachetazos de tragedias monumentales para que le encuentre sentido a mi vida,y de paso me entere de lo feliz que soy…
Mis amigos me apañan, siempre que pueden me escuchan, me leen y me hablan. Utilizan varios medios, no existe frontera que los detenga, son multimediáticos. No hay sistema que no violenten, mis tecno gadgets los detectan y tiemblan. Cuando hay convocatoria mutamos en una horda frenética de lunáticos. Ni tres casillas de mail, ni el muro de Facebook, ni el foro alcanzan; entonces la seguimos en el MSN, el skype y un par de textos celu-taquigráficos.
Mis amigos me miman, además de alimentar mis apetitos espirituales. Siempre que pueden me tiran el link al rapidshare o al megaupload, para que goce sin culpas, de esa banda sonora o de esa peli que por más de dos horas me aleja de todos los males. Saben de mis humores, de mis horrores y mis amores; no tengo que pedir disculpas, si los tengo en pie hasta las cinco de la mañana metidos en chácharas infernales sobre las bondades del jdownloader, el final de Lost y los 8 gigas del Ares que legalmente me inculpan.
Ellos saben en qué foto etiquetarme y cual no debería salir jamás de sus carpetas privadas. Conocen mi historia, mis proyectos, mis anhelos y los más bajos y oscuros deseos obscenos; ante vos, mi amigo, nada me sonroja; mi locura es nuestra locura, no me jode que me invadas, si es que vas a llenarme la casilla con esas fotos descomunales que pixelan si no aplico el signo menos. Seguí mandando links, colgándome vids en el muro y sonando la campanita del chat como las hadas; te espero al pie del teclado, aguardo se encienda tu ícono, mientras miro el estreno de House que a Cuddy le mira los senos.
Cuando nos encontramos sacamos chispas, gritamos, lloramos, no paramos de reírnos como pendejos. Tantas horas de banda ancha compartida, tantas caídas del chat, tantos golpes de la vida; se alivianan cuando te veo, cuando te leo, cuando el momento indigno del día, ante tu presencia queda lejos. Te paso el backstage de la sesión de fotos de rugbiers en bolas, Diex du Stade, para el gusto de mi vieja un tanto atrevida; si vos me pasás el pdf de la última novela de Highlanders desnudos correteando, por las colinas de Escocia, duro y parejo. No te olvides de poner un alerta en los powerpoint incendiarios que últimamente mandás, no vaya a ser cosa que los abra en la oficina medio dormida.
Te debo un homenaje, amigo internauta, ese que se toma para aguantar el sueño, la décima taza de café o el undécimo mate. Ese que vacía el pomo de lágrimas en gel para durar unos minutos más con las pupilas frente al monitor, los dedos tiesos en el teclado. Ese que se banca con glamour los “ojos de brótola” y el malhumor matinal por haber salido al rescate; de ese alma gemela que vive a diez mil kilómetros de distancia, pero que a pesar de vivir tan lejos se siente tan al lado. Hoy brindo por vos con un trago bien real, te mando el virtual vía rostrolibro. Te espero en nuestro lugar común, cuando la vida como es usual a alguno de los dos nos maltrate.
Existen infinidad de libros, series y películas que grafican la amistad entre mujeres. Nadie sabe a ciencia cierta porqué se crean estos lazos tan fuertes y duraderos, que no sólo perduran a través del tiempo; generalmente sobreviven a noviazgos, matrimonios y relaciones familiares. Nacen en los colegios, en los trabajos, en la puerta de la escuela de los hijos, en un curso o en un vecindario. Se da entre mujeres de distintas edades, diferentes estilos de vida y niveles socio económicos indistintos; pero si la relación es fuerte es muy probable que el vínculo que se genere sea incondicional y para toda la vida. Desde pasarse datos en una prueba de lengua, hasta compartir el último brownie del cumple del hijo, con un mate, en una tarde fría de invierno; las amigas están siempre que uno las necesita y una siempre sale a socorrer a las que precisan ayuda. Es una ley implícita, algo que no existe en ningún manual de Ciencias pero se da con la misma frecuencia que la Ley de Gravedad. Para las que hemos sido bendecidas con una parva ecléctica de amiguitas del alma, este es mi homenaje a todas ellas; las nuevas, las viejas, las que ya no están, las que volverán, las que quiero volver a encontrar, las que extraño y las que estoy segura me extrañan:
Lili Compañerita del Secundario, amiga, confidente, “my personal” profesora de Matemáticas en el Cole; dueña de una mente ágil, una inteligencia tremenda y un sarcasmo astringente; me ha hecho reír desde que la vi por primera vez en el micro escolar y me contó que nuestros padres habían sido compañeros de colegio. Ella estudiaba, ella leía “Rinconete y Cortadillo”, ella se aprendía la lección de Historia; y después me pasaba el resumen oral (tipo chimento) en el colectivo 96, que nos dejaba a una cuadra de la Escuela en quince minutos. O sea, mis aprendizajes diarios se reducían a todo lo que Liliana podía compactar y explicar parada; en quince minutos de Geografía, Literatura, Ciencias Naturales, Historia y Sociales. Por eso siempre me llevé Matemáticas, Química y Mecanografía (materias que eran eminentemente prácticas, era imposible desarrollar una ecuación de dorapa). La complejidad de sus lecciones se acentuaba porque ella viajaba firme, agarrada a la baranda del techo; lo mío era más de ir rebotando entre la gente gracias a mi escaso metraje, sintonizando sus palabras del resto de los ruidos del entorno. Si mi antena funcionaba mal, la lección se perdía entre el barullo general; era muy factible que terminara hablándole a la Profesora de Historia sobre Napoleón Bonaparte y sus problemas con el suegro hijo de puta, que desalojó al yerno de la señora que viajaba en el tercer asiento. Su casa era mi baticueva. La mamá siempre estaba ahí esperándonos con la merienda, cocinando alguna cosa rica con olor a naranjas; aromas que se escapaban por la puerta de entrada seduciendo nuestros famélicos estómagos adolescentes. Después de tomar el té, nos dedicábamos a mirar la novela. Finalizado el culebrón, comenzaba la lección de Matemáticas. Mientras Liliana me embutía las ecuaciones en el mini-magro hemisferio cerebral que se ocupa de las operaciones lógicas y las abstracciones; yo jugaba con su hermana bebita, evadiendo el conocimiento con cualquier pretexto. Ella, en cambio, se concentraba tanto que podía seguir despejando la equis en medio de los alaridos y el olor agrio del vómito a chorros de la beba. Tal era su amistad conmigo, que encima se aguantaba los retos de su madre por haber descuidado a su hermana y no cambiarle el babero. Dueña de una memoria implacable y una agenda ordenada, nunca se olvida de un cumpleaños ni de un aniversario. Siempre llama, siempre se acuerda, siempre escribe. Siempre está.
Caro
La primera vez que la ví, circulaba en auto por el barrio, con Luli bebita en el asiento trasero. No me acuerdo si me preguntó algo o simplemente paró para presentarse. Cuestión que fuimos vecinas (alambre de por medio) durante más de seis años. Seis años de tráfico de cerveza y factura trans cerco. Seis años en los que nos juntamos a caminar por el barrio, haciendo rayuelas en el asfalto, robando moras del árbol o bailando frenéticamente en el living de casa (improvisando un trencito carioca con nuestros hijos, el perro y una docena de arañas de campo). Si hay algo que marcó nuestras tardes de mates a la sombra del árbol o de compartir heladitos de agua al borde de la pileta de lona, fue la algarabía que tanto me gusta y disfruto en una persona. Caro ama la vida, todo le causa gracia, a todo le encuentra el costado positivo y sus carcajadas disipan cualquier tormenta. Es generosa, es culta, inteligente y tiene un sentido del humor a prueba de bala. Se le puede estar viniendo un huracán que amenaza con arrancarle el techo de cuajo, pero ella va a estar mas pendiente de que el reproductor de cd’s agarre el track n°2 que es la canción que quiere bailar debajo de la tormenta de rayos. Repostera frustrada, si la torta le sale para el traste, es muy probable que se la entregue altruistamente al perro (molde incluído) y destape una botella de cerveza bailando, mientras rebusca otro molde para intentarlo otra vez. Valora la calidad por sobre la cantidad. Le gusta el contenido más que el envase. Es profunda, sensible, querible y una de las mejores madres que he visto. No le importa mojarse debajo de la lluvia, le gusta pisar los charcos, embarrarse hasta las rodillas por un gajo de su planta favorita y siempre hay lugar en su mesa para uno más. No le teme al qué dirán, se caga en lo que pueda pensar el vecino si la pesca disfrazada de bruja en Halloween o hamacándose debajo del eucalipto con Zoe sobre la falda. Nunca se queja, nunca le duele nada y si algo le molesta no le va a dedicar más de cinco segundos; la vida es muy corta para desperdiciarla protestando. Mejor salir a dar una vuelta en bici, con la tijera de podar en el canasto para recolectar flores silvestres que decorarán cada rincón de su casa. Su casa, sus fotos, la forma en que pone una mesa, los libros desparramados en el sillón, las cajas abiertas de los cd’s, los juguetes en el piso…su casa tiene vida y refleja su espíritu. Se mudó un poco lejos, pero estoy segura de que me voy a sentar en su comedor otra vez, a escuchar música…vinito en mano, para matarnos de risa hasta el amanecer.
Las zuziaz
A este selecto grupete entré casi por casualidad, hace más de cuatro años. Nos conocimos en un foro de un ignoto actor escocés que nos sirvió de excusa para babosearnos en conferencia intercontinental y estrechar un lazo tan fuerte que logró juntarnos (charco transatlántico de por medio) en lo que dimos en llamar “La casa del placer”. Ese departamento de Belgrano nos sirvió de templo de perdición y fue ahí donde recalaron mis amiguitas españolas, que se hicieron más de diez mil kilómetros para pegarnos unos “achuchones”, como a ellas les gusta decir. Nos dedicamos a reír, pasear por Bs. As., hacer Shopping y pasar los diez mejores días que yo recuerde. Corrimos escoceses por Puerto Madero, asistimos a un concierto de música Celta, paseamos por el Tigre y hasta compramos cuero (bueno, yo compré cuero en forma de revista “Men’s Health”, porque el cuero no me dio para la campera). Nos reímos tanto que nos dolían las mandíbulas. Volvimos loco al chino del delivery mandándolo siempre a otra dirección. Nos tentamos al punto de sacar Coca cola Light por la naríz, leyedo y releyendo párrafos de nuestra novela erótico-festiva favorita. ¿Se puede crear y mantener una amistad por Internet con una correntina que vive en Canadá, una mexicana, una suiza, una italiana, tres americanas, una española de Murcia, otra de Madrid, una de Valencia, una de Granada, una argentina de Cipoletti, dos porteñas, una de Gran Bs. As. y una argentina en Miami?. Definitivamente se puede. Nos escribimos todos los días, nos juntamos cada vez que podemos, sufrimos la pena ajena como la propia, hacemos de su causa la nuestra, los triunfos de una nos pertenecen a todas y compartimos con el resto cada pedacito de nuestras vidas. Un lujo.
Laura
Otra portadora de algarabía crónica. Laura ve el vaso medio lleno y siempre está dispuesta a ayudar cuando uno la necesita. Es generosa, le gusta la joda (aunque tiene horario de cierre, no le pidas nada después de las 22.00 hs. porque se te duerme como un bebé). Es la pata ideal para salir de compras. Te escucha, te comprende, es buena amiga de sus amigas y cocina como los dioses. Le gustan los perros, ama las plantas, le gusta la decoración, disfruta de su casa y si te tiene que decir algo te lo dice de frente…no se anda con chiquitas. Olvidadiza y colgada, no pierde la cabeza porque la tiene pegada al cuello; se olvida los celulares en los bares, las llaves en los negocios y los análisis en la casa cuando visita al médico. Ama a sus padres, adora a su hijo y su marido; es otra de las que saben que la vida es corta y la aprovechan al máximo.
A todas ellas, Maite, Agos, Ari, Cele, Patty, Fdidita, Ana, Anyta, Ale, Marga, Jime, Romy, Eli, Silvia, Silvina, Gaby, Lita, Silvina D., Cristina, Maiki, Elisa, Eleonora, Cynthia, Barbara, Andrea H, Alicia R.; sepan que agradezco haberlas conocido.