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jueves, 3 de junio de 2010

EMBARAZO, PARTO Y LACTANCIA


De cómo sobrevivir a una experiencia humillante (Para Lady R. que vive en Canadá)

Tengo una amiga que está por parir. Vive lejos así que no tuve la oportunidad de observar de cerca su deformada humanidad. Pícara ella, colgó un par de fotos en el Facebook donde sus redondeces todavía eran soportables y elegantes; pero hace más de tres meses que se recluyó en sus cuarteles y solamente asoma la cabeza de la trinchera para pedir asilo político (en otro cuerpo). Y la entiendo.

La que se pasó un año entero jurando por los últimos cuatro dígitos de su tarjeta de crédito platino, que jamás iba a lidiar con pañales ni aullidos de retoños (para el estupor de los que la escuchábamos en la cocina de la oficina), hoy oficialmente está de nueve meses y un día. Me hubiera gusta grabarla en video, para pasarle el clip ciento cincuenta y ocho veces el día que anunció que le habían llenado la cocinita de humo. Me acuerdo ese día que leí el mail en el cual me contaba que se iba a ser un Test casero y otro a los diez minutos haciendo la consabida pregunta -¿puede ser un falso positivo?-, a lo que yo respondí con la velocidad que mis dedos me permitieron –NO NENA, TENES LA PANZA LLENA DE HUESOS-.

Así fue como Lady R se enteró de que iba a tener que limpiar culos cagados, dejar de dormir de un tirón por al menos tres años y decirle adiós a su antigua vida de trotamundos desfachatada (copita de champagne de por medio).

Su estado de gravidez y el inminente cumpleaños de mi hijo, arrastraron sin querer de la base del cráneo a la primera plana de la retina, los recuerdos de mi propio embarazo.

Esa idea rosa que tienen las mujeres y que pasa de boca en boca, de generación en generación, de que el embarazo es el estado ideal de la mujer es una trampa ideada por un varón que quiso seguir dándole masita a la esposa sin que la misma ofreciera resistencia. No hay nada más lejano y mentiroso que el supuesto “estado ideal”.

El estado ideal comienza con vómitos a chorro, mareos, cansancio, eructos y una compulsión por mear que va creciendo con el correr de los meses (cuando el crío ya pesa tres kilos y baila tap sobre tu vejiga). A los tres meses, cuadrada y redonda (si eso es posible), sos testigo de la incipiente deformación del templo que hasta hace poco albergaba con exclusividad a tu alma. Te das cuenta que vas a tener que hacerle lugar a ese alien, así que tu alma va dejando espacio a esa cosa que no para de crecer y convertir tu vientre plano en una bolsa de papas que te entra a picar como si no hubiera un mañana. Entonces no se te ocurre mejor idea que rascarte con locura y saciar tu apetito voraz comiendo todo lo que se te cruza por el camino, cosa de que el alien no se apropie de espacios que no le corresponden. La picazón prosigue y no hay crema que pueda con esos tejidos que comienzan a estriarse y esas tetas que parecen dos boyas en el Mar Báltico. La que no tuvo tetas puede que disfrute de esta sensible situación que sufre el tejido adiposo pectoral, la que siempre tuvo un par de generosos globos no encontrará corpiño disponible donde embutir esos cuatro kilos (dos por teta) de grasa y próxima factoría de lácteos “fatto in casa”. Las tetas también pican, así que te descubrís rascándote a dos manos en lugares públicos ante la mirada absorta de los transeúntes. Los picores ceden únicamente ante los calambres en las piernas y el dolor de cintura que sufrís cargando un exceso de peso de al menos 10 kilos (más los 12 que te pusiste prolijamente fagocitando cantidades industriales de chocolate y calorías vacías). Eso y la extraña adicción al tomatito cherry rociado con asceto balsámico que jamás lograrás comprender.

El termostato también es un problema. La perilla de frío-calor no te funciona. En pleno invierno te empapás con sudor como si estuvieras cargando bolsas en medio del Sahara a plena luz del día. En verano podés pasar de un sofocón a un ataque de frío por un helado en medio segundo. No toquemos el tema de las manchas de la piel, los granos adolescentes y la caída del pelo. Cartón lleno.

Dormir es una proeza. Girar en la cama una tarea heroica. Boca arriba es lo recomendable, pero sentada, porque los ácidos del estómago que intenta lidiar con todo lo que te manducaste se escapan como lava volcánica quemándote las amígdalas cada veinte minutos. No importa, igual no dormías. Estabas haciendo tu vigésimo noveno viaje al baño. Porque la vejiga pareciera explotar, aunque después de sentarte en el inodoro (con todo lo que eso implica…encontrar los restos de bragas incrustadas en tus glúteos para bajarlas haciendo malabarismos) descubrís que son tan solo dos centímetros cúbicos de infame orina. Volvés a la cama y optás por encallar cual ballena franca, de costadito. Como las piernas no cierran y el pubis parece un puente a punto de resquebrajarse, te encajás un almohadón en el medio para apuntalarlo. Entonces te dormís, pero te despertás diez minutos después presa del pánico por una pesadilla en la cual tu vientre estallaba y salía un reptil que te decía “Mamá” con lágrimas en los ojos (mientras te agarrabas las tetas mirando los dientes filosos del bicho). Esto te enfrenta a tus peores demonios: la partera y el obstetra. ¿Tenías motivos? Suficientes.

Los suficientes como para iniciarle una demanda a Dios por su famoso “Parirás con dolor”. Una compañera de trabajo una vez me dijo (sabias palabras) –Parir es como cagar un piano de cola- Y no se equivocaba. Cada contracción es un atentado al género femenino. Las primeras te hacen pensar que el cursito de parto sirvió para algo más que escuchar a media docena de madres reincidentes acariciándose la barriga contando anécdotas de sus anteriores partos. Con cara de boludas perennes y un tonito aniñado contarán con pelos y señales como el obstetra les encajó la mano en el cuello del útero hasta que perdieron el reloj buscando la cabeza del bebé. Al borde del vómito y con ganas de salir corriendo para tirarte de panza sobre las vías del Ferrocarril Sarmiento, se te borran los colores de la boca. Ahí, justamente ahí, la partera desliza la parte más importante de toda su sabiduría: LA DROGA.

La droga es la diferencia entre un paseo y la tortura china. Y las ignorantes detractoras de la misma, que se jodan por pelotudas. El catéter conectado a tu espina dorsal es lo mejor que te puede pasar en esta perruna vida. Claro que para merecer semejante dispensa medicinal deberás dilatar hasta cuatro centímetros. Que si sos primeriza se traducen en unas buenas ocho horas de dolores menstruales intensos con ocasional pérdida de conocimiento y gemidos crónicos intercalados con los famosos sopliditos ensayados hasta el cansancio en la Clase de Parto. Todo lo que te dijo la Partera es mentira. Soplar no hace la cosa más fácil. Encima ella no aparece. Los putos cuatro centímetros los conseguirás sin ayuda, ya que los bomberos aparecen cuando el incendio ha convertido la casa en cenizas. Pero volvamos a la droga. Con tus cuatro centímetros ganados a los huesos de tus caderas y caminando como un ganso a punto de ser convertido en paté, te deslizás hacia la camilla que te lleva a la Sala de Tormentos. Sufriendo un poco bastante, hacés lo posible para que todos lo noten y hagan algo. Acostumbrados a ver mujeres en crisis, las enfermeras te ignoran mientras te dan unas palmaditas condescendientes. Entonces llega el Santo Patrono de las Parturientas: El Anestesista. Este Gurú de la Buena Vida entiende tu dolor y enseguida te encaja una aguja en la cintura del tamaño de una lanza espartana. El líquido comienza a fluír en sintonía con la relajación de los músculos de tu cara. Entonces, inexplicablemente, comenzás a temblar como un flan. Te estás muriendo, “C’est fini”, Bye Bye Cruel World. No, te cuenta el Gurú, es el efecto colateral de la anestesia. Conforme desaparece el dolor, desaparecen las contracciones y aparecen tus ganas de hacer mutis por el foro silbando bajito. Para tu horror, se van todos a mirar tele y te dejan tirada como una vaca en la cinta del matadero. El médico se niega a darte el control del catéter de la anestesia, el muy hijo de puta se merece como mínimo una picana por donde no calienta el sol. A la hora vuelven todos para atestiguar que el progreso no ha sido demasiado. Te obligan a pujar, cosa que es bastante difícil cuando uno está muerto del ombligo para abajo. Ponés carita de fuercita y les das el gusto para que dejen de romperte las pelotas. Pero ellos insisten y vos, cansadita, querés que te saquen el huésped hostil del medio de las entrañas. Dos personas se trepan a la cama y comienzan a aplastarte la barriga como quien exprime el sachet de Ketchup para aprovechar hasta la última gota. La tarde se convierte en noche y el crío se niega a venir a este Mundo, cosa que entiendo perfectamente, pero “SÁQUENMELOOOO!”.

Entonces aparece un ilustre desconocido que te informa, como no podía ser de otra manera, que tu obstetra (al cual tardaste seis meses en depositarle tu confianza y mostrarle tus benditos orificios) está en un Congreso. Es por esto que el tío en cuestión será el encargado de abrirte como una lata de atún para sacar el pez rebelde que llevás dentro. Ya a esta altura estás jugada y a todo decís que si porque ponerse a toda esta gente de culo no es recomendable (sobretodo al Gurú de la Buena Vida).

Después de doce horas resoplando y aguantando ha llegado la hora del quirófano. Vuelta a pasarte a otra habitación que parece la consulta de una Veterinaria. Te ponen en bolas mientras te pintan de color marrón…se supone que tenés que estar felíz porque el Gurú se ofreció a filmar la cesárea y en este preciso instante de humillación y menoscabo hace un primer plano de tu cara hinchada.

El procedimiento dura cuatro minutos, lo que tardan en rebanarte como un filete, cazar al crío del mentón para sacarlo del agujero donde anidaba cómodamente. Te lo acercan para que puedas darle un beso a un monstruo de goma violeta que parece el Mini Me de Winston Churchill. Sentís una sensación de alivio y felicidad que durará lo que dura el efecto de la anestesia. Te cosen como un matambre arruinándote toda posibilidad de lucir un bikini de por vida y voilá, asunto resuelto.

Ya en la habitación y justo cuando comenzabas a encariñarte con el alienígena violeta, te asaltan unos dolores diez veces peores a las contracciones de parto. Son los famosos y nunca bien ponderados entuertos. Con ganas de matar a alguien no sacás el dedo de la alarma hasta que aparece una enfermera con cara de dormida que intenta convencerte de que estás alucinando y no es para tanto. Sacudiéndola del guardapolvo, la convencés de que sos una loca peligrosa, más le vale pedir ayuda o Carrie va a ser un chiste al lado de lo que le vas a hacer. Entonces otro gurú aparece para autorizar un líquido que inyectan directamente al suero, al que llamaremos “Nirvana-post parto”. Vuelven los temblores, desaparece el dolor y te quedás felizmente dormida. Dos horitas después, una imbécil con cara de fragilidad anal te trae una cosa que berrea como si tuviera siete pulmones. Así nomás y sin previo aviso te lo encajan en una teta. El crío succiona sin mayores problemas. Juego de niños. Por fin algo que no duele.

Tres días después, los pezones dan lástima. Y duelen como la puta madre. Si tan solo pudiera sacarlos y ponerlos en remojo! Cansada, dolorida y muerta de hambre porque hace cuatro días que no te dan de comer, se te ha incentivado el sentido del olfato. Es impresionante. Podés adivinar todo lo que comió tu familia oliendo sus ropas. Bife de chorizo por ahí, pizza por allá…y yo con un caldito repugnante.

Por fin llega el día. Te sueltan. Lo bien que hacen. Porque ya te estabas encariñando con eso de que una minita se llevaba el crío cuando tocabas el timbre. Pero de eso te das cuenta cuando llegás a tu casa y depositás el fruto de tus travesuras en el moisés.

Ahí comienza el baile. Pero no hay timbre, ni enfermeras, ni Gurús…ni nada. Solita, vos y él sin intermediarios.

¿Si me arrepiento? Jamás. El monstruo violeta se llama Guille, vive en mi casa y fue lo mejor que me pasó en la vida.

Un consejo: Háganse amigas del Anestesista!.



domingo, 22 de marzo de 2009

SALUD INFANTIL


Turismo pediátrico

Cuando una pareja se embarca en la fabricación del primogénito, ya sea conscientemente o no, nunca imagina que nueve meses (después de pasarla tan agradablemente bien) se encontrará inmerso en un nuevo y complicado derrotero: la elección del galeno encargado de la supervivencia del neonato.
Mientras los flamantes padres permanecen en el hospital o la clínica las complicaciones son resueltas con el simple toque de un timbre que inmediatamente invoca a un especialista que se hace cargo de esa cosa que no deja de llorar, inexplicablemente.
Pero cuando uno traspasa la frontera del nosocomio y debe llevarse ese bulto que berrea a casa, deberá saber exactamente a quién llamar cuando las papas quemen. Es por esto que en las últimas consultas previas al parto, los obstetras mandan a las parejas a disfrutar del turismo pediátrico.

Cartilla médica en mano, los ignorantes futuros padres marcarán con lápiz los apellidos que, a su humilde entender les generan confianza. Por eso, un Dr. Buenaventura tendrá más posibilidades que un Dr. Malanotte (aunque éste último haya hecho un master de Pediatría en la Clínica Mayo). Pero nunca sabrán si ese médico les genera confianza hasta que lo tengan enfrente, la única manera de separar la paja del trigo es tomando turnos con cuanto médico tengan la chance de conocer. Los recomendados por la tía, por la suegra, por la vecina que acaba de parir, el clínico de la familia y hasta el veterinario del perro; todos serán potenciales “front runners”, hasta ser descartados por algún incierto motivo que será develado en la primera entrevista.

Si alguien pudiera filmar las salas de espera de los Médicos Pediatras, se haría una fortuna vendiendo los clips como anticonceptivos. Todo aquel que goce de una buena libido la perderá instantáneamente al poner medio pie en estos cuartitos tapizados de nubecitas, autitos y muñequitas. Entre los aullidos ensordecedores de una horda de críos hirviendo de fiebre, otra media docena que solo para de llorar para vomitar y otros seis que se secan sus narices chorreantes mientras arrastran camiones de bomberos por el piso llevándose puestos los talones de todo el mundo; anunciarse a la recepcionista es de por sí una tarea titánica. Demás está decir, que a la señora le suena el teléfono más seguido que a la CIA, pero como la dama en cuestión es sorda, no pierde la calma (creo que las eligen mayores porque son inmunes a los ruidos molestos, pueden bajarle el volumen a sus audífonos y como son abuelas todos los chicos les recuerdan a sus nietos…aminorando el nivel de furia ante el espectáculo dantesco).

Una vez esquivado el camión de bomberos para sacar la credencial y no morir en el intento, los futuros padres se sentarán con el culo apoyado en la pared por temor a perder la virginidad del recto ante la mirada atenta de un crío de cuatro años que no para de enchufarle el caño de una metralleta de plástico en el culo a quienquiera que se agache a sacar una revista del revistero. Es sorprendente como baja la tasa de natalidad en estos lugares, que es inversamente proporcional al desmadre que se produce con los chicos en la sala de espera y/o nivel de ruido (en decibeles) reinante. Es muy probable que la parejita preñada que asiste a la primer consulta tuviera un proyecto de unos cinco pendejos cuando subió al ascensor del consultorio, unos cuatro cuando se bajó del mismo (ya que el ruido se escucha desde el pasillo), unos tres a la media hora de espera; quedando perfectamente de acuerdo, finalizada la entrevista, en que el crío por venir será hijo único. La embarazada añadirá un nuevo ítem a su lista de notas y preguntas a los médicos “recordarle al obstetra que ligue mis trompas después de la cesárea”. No solo el ruido ambiental aporta al recorte del número de hijos a procrear, las cosas que uno escucha en esos salones no tienen desperdicio. Lo usual es que la pareja sea abordada por una madre de tres o cuatro salvajes que no paran de hacer destrezas físicas colgados del perchero o haciendo equilibrio sobre una mesita plástica a punto de resquebrajarse. Esta mujer con ojeras y cara de asesina serial vociferará de tanto en tanto alguna maldición a su prole para luego adoptar un tonito dulce pronunciando un tierno “¿es el primero?” (mientras apunta con el dedo índice la prominente barriga de su interlocutora). La tímida señora cabeceará un mudo “sí” mientras el marido le frota el vientre orgulloso, señalando el fruto de su semilla encapsulado ahí dentro. Es entonces cuando la madre de los gimnastas rusos devenidos en espartanos (ya que a estas alturas se han desnudado para dedicarse plenamente a la lucha de espadas, con los paraguas de los pacientes), calentará motores para vomitar un monólogo capaz de sacarle las ganas de copular a un ejército de conejos. Lo único que la callará es la voz de la Secretaria pronunciando el apellido de sus hijos (que a estas alturas han desarrollado una nueva habilidad que involucra dedos y mocos). La pareja, más tranquila, comienza a recapacitar sobre lo que les depara el futuro recorriendo la cara de otros padres y otros chicos con sus toses, pústulas y amígdalas en rojo. Está clarísimo que si uno tenía dudas sobre la salud del niño que ha llevado a la consulta, a la salida se irá con trece bacterias y un par de virus (y la certeza de que ahora sí está definitivamente enfermo).

Pero volvamos a la pareja que repasa la lista de preguntas que podrían ser perfectamente contestadas por una abuela o un buen libro de puericultura en lugar de una entrevista que se perfila como la tortura franciscana del milenio. Llegado el momento, serán acompañados al consultorio por la señora sorda que los dejará temblando del portazo, aislándolos del ruido monumental de la sala de espera. Y ahí comienza la verdadera hazaña, conseguir un médico a la medida de las aspiraciones que uno tiene.
Algunos hablan con una cadencia que resultará insoportable a sus pacientes; otros abusarán de los diminutivos; habrá quienes den por sentado que uno lo sabe todo y no explicarán nada; otros los recibirán al paciente con un gato durmiendo plácidamente en la camilla para horror de unos híper higiénicos padres y otros tantos sembrarán más incertidumbre que confianza describiendo la tasa de accidentes cerebro vasculares en respuesta a la inoculación de determinada vacuna (estadística en mano). La elección no será sencilla y demandará por lo menos otras dos visitas antes de dar con la persona indicada. Que tendrá que estar disponible a las cuatro de la mañana cuando el crío tosa como un lobo marino y el tipo nos diga por teléfono la dosis exacta de corticoide para descongestionar una laringe que no deja pasar el aire (luego seremos nosotros los que llamaremos la ambulancia porque el episodio nos deje al borde de un infarto). Tendrá que tener paciencia para escuchar la misma pregunta sobre el puré de tres colores, las caquitas de tres olores y las secreciones nasales que abarcan toda la gama de verdes y amarillos de la caja de 48 lápices Faber Castell.

Prepárense para el viaje, porque desde que el retoño llega a nuestras vidas hasta que cumple los catorce, se van a aprender de memoria el horóscopo de la multiúnica revista del año 98 del revistero, van a conocer al dedillo la cantidad de nubecitas de la guarda de la pared, van a tener contados los autitos del canasto de juguetes y se aprenderán los nombres de todas las Barbies descuartizadas y peladas que habitan la casita de la sala de espera del Pediatra.

¡Buena suerte! (la van a necesitar)