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domingo, 7 de septiembre de 2014

TODO SOBRE MI MADRE




Mi mamá me ama, mi mamá me mima?


Para entender a mi madre habría que empezar con mi abuela.  Esa tierna ancianita que apenas puede embocarse la sopa de fideítos en la boca supo ser un Gendarme entrenado por el Mossad en Israel.  Con una lengua viperina (o karateca, término engendrado por Moria Casán), la señora podía pulverizar tu autoestima y desmembrar tu personalidad en menos de lo que canta un gallo.

Volviendo a mi madre, que de esto se trata este post, ella fue para mi hermana y para mí absolutamente TODO.  Enferma o sana, felíz o triste, cornuda o profundamente enamorada del hombre de su vida (que no fue mi viejo, obviamente); la mina se encargó de estar presente siempre.  A su manera, como pudo y con las herramientas que tuvo a disposición; que a juzgar por la señora que la engendró fueron escasas. 
Mi abuela tuvo la desdicha de quedarse sin madre a muy tierna edad, la encerraron en un Neuropsiquiátrico por loca; y según cuenta la leyenda (porque no da para preguntarle, pero fue lo que me contó toda la vida antes que el Dr. Alzheimer hiciera estragos con sus neuronas) el padre trajo a casa a un ejemplar digno de una peli de Disney (una cruza perfecta entre Cruella de Vil y Ades el Dios del Inframundo).  Según las leyes judías, el hombre que puede probar la incapacidad de su mujer, puede volver a casarse y esto fue lo que hizo el padre de mi abuela.  La otrora “nena” entonces, y en plena infancia no solo se queda sin madre, le encajan una mujer joven sin ganas de criar la montonera de hijos que el super carnicero del Mercado de Liniers había engendrado antes de conocerla.  Calculo, sin hacer mucha matemática, que la nueva esposa solo estaba interesada en disfrutar de los billetes que el señor traía del mercado con las unas ensangrentadas de cortar reses.  Así fue como se crió mi abuela.  Sin madre y con una reverenda conchuda de libro que escondía la comida, la bebida y la encerraba en su cuarto con llave.  Porque la pequeña Berthita no debe haber capitulado sin ofrecer resistencia.

Cuando la nena tuvo la edad suficiente para escaparse, lo único que tenía claro es que debía encontrarse con un ejemplar que la sacara cuanto antes de ese infierno.  Ahí llegó mi abuelo, apuesto caballero con un buen empleo, de buena familia y de paso cañazo CATÓLICO.  Este pase de facturas a un padre judío fue tan impecable como el desembarco de Normandía.  Comenzaron a cartearse porque mi abuelo era viajante para una empresa inglesa “Tornicroft” (aún conservo esas cartas ardientes que para la época  deben haber sido hot y ahora son un librito de cuentos de primer grado).  Poco a poco la relación tomó carácter de “oficial” porque mi abuelo quería verle las rodillas y mi abuela quería verle la cara a Dios (aunque luego profesó un ateísmo a rajatabla) anche rajarse de esa casa maldita apenas le diera el pedigree.  Estimo que el padre, antes de seguir aguantando las escaramuzas entre nueva esposa e hija insolente, rebelde y en pie de guerra optó por la medida quirúrgica que más le convino: ponerle un moño en la cabeza entregándosela en matrimonio a mi abuelo.

Como en todo cuento de hadas digno de los hermanos Grimm, la felicidad para Berthita sería efímera.  Al poco tiempo de casarse notó que se había pasado de Guatemala a Guatepeor.  Se había ganado una suegra italiana con un carácter repodrido, buena mina, pero con mecha cortísima y sin ganas de aguantarse los desplantes de una rebelde enojada con el género humano en su conjunto.  Para ella hubiera bastado con mi abuelo, él era el principio y el final de toda su existencia.  Así que su prole (mi vieja, mi hermana y yo) solo vinimos a ofrecerle una involuntaria competencia.   A mi abuela, que según mi vieja se le notaba cuando había tenido sexo porque se levantaba cantando boleros, le llenaron la cocina de humo antes de que se avivara que semejantes calenturas tenían un precio o daño colateral casi inmediato.  A los nueve meses viene una cosa que llora, grita, se caga, se mea y se convierte en la debilidad de su marido.  Así fue como Mirthita, a.k.a. “MAMITA” vino al mundo.  La “víbora” según mi abuela, vino a destrozar la armonía marital y lejos de venir con un manual de instrucciones, llegó para llenarle el culo de preguntas.  Menos mal que estaba su suegra, Catalina, para decirle qué hacer con ese demonio rubio que gritaba hasta que los pulmones le quedaban como dos globos aplastados.  Pero para darle la derecha a Berthita, ella nunca supo cómo se hacía para criar hijos, rol que se aprende imitando a la madre que uno tiene enfrente o alguien que ocupe con idoneidad ese laburo tan difícil y vital en la educación de los hijos.  Tampoco había un Dr. Socolinsky en la tele y digamos que en esa época mi abuela no gozaba de muchas amistades ya que se había pasado el ochenta por ciento de su corta vida encerrada como Rapunzel en el altillo.  Así que sin modelo a seguir, Berthita se encargó de sacar adelante con vida a Mirthita.  Hasta ahí llegó su amor.  No lo digo yo, me lo dijo siempre mi vieja “tu abuela nunca me quiso” y a juzgar por su comportamiento, el que yo pude observar a través de los años compro la versión de ella.

Mamita, de ahora en adelante “la caprichosita” se convirtió en hija única y el talón de Aquiles de mi abuelo Guillermo.  Se ve que a mi abuela la experiencia maternal le fue tan placentera que se arrancó los ovarios con la mano y se los dio de comer a los perros.  O no tuvo más sexo, cosa improbable porque siempre tuvo miedo de que le roben al marido (es el día de hoy que amenaza a las compañeras del Geriátrico para que no se les ocurra posar su mirada en su buen mozo caballero, fallecido hace más de treinta años).  Pero para comprender a mi madre hay que volver indefectiblemente a mi abuela.  Son como el yin y yang, opuestos que se atraen, interdependientes que se consumen y generan entre sí…un nudo difícil de entender si uno no las hubiera visto en acción.  Mi abuela tildaba a mi vieja de caprichosa insoportable y mi vieja buscaba refugio en la casa de su abuela Catalina (la tana de pocas pulgas).  Ella se la pasaba todo el día ahí en busca de cariño y de alguien que la iniciara en todos los vicios que la consumirían a lo largo de su vida.  Aprendió a jugar a las cartas con tanta habilidad que hubiera dejado dando lástima a los participantes de Poker Stars.  Prendió sus primeros rubios a los catorce años en el patio de la casa de Morón hasta convertirse en una fumadora compulsiva.  Ni la muerte temprana del hijo menor de Catalina “el famoso Tío Coco”, por efisema, pudo iluminar a mi madre a tiempo para largar el faso.  Calculo también, que en esa infancia plagada de amor y vicios, Catalina le habrá hecho probar sus primeros vasitos de grapa, licor y el auténtico café “petróleo” del que mi vieja sigue siendo fan absoluta.

Con una madre que siempre le hizo saber que su presencia era una molestia, no es raro que mi vieja haya pasado la mitad de su vida adulta gritando a los cuatro vientos “no la quiero”.  Toda una declaración de desamor que tiene un digno justificativo.  Sin juzgar, solamente repasando los hechos tal cual uno los ha escuchado y vivido.  Mi mamá, se fue convirtiendo de a poco, en la locura de mi abuelo.  Vino a cubrir la necesidad de “socia en la joda” que mi abuelo necesitaba.  Fue un buen padre, doy fé.  La llevaba a nadar en la playa, le enseñó a manejar antes de que llegara a los pedales y mientras estuvo con vida accedió con ternura y locura a todos sus caprichos hasta iniciarla en los juegos de azar (vicio que la acompañaría desde el Casino hasta el Bingo mientras la billetera y el cuerpo aguantaron).  Con la corona de hija única patinándole en la nuca, mi vieja no dio demasiado laburo a nivel estudio; se encargó de cerrarle bien el culo a la madre para que no tuviera oportunidad de rezongar por nada.  Buena estudiante, buenas calificaciones, Reina de belleza escolar, llegó a desfilar en una pasarela y salir en un diario (que mi abuela secretamente conservaba en una caja de zapatos junto con otros recuerditos como sus cartas “hot” y una foto de su padre).  Así se gestó la rivalidad entre estas dos mujeres.  Mi vieja era preciosa, mi abuela antes de pasar por un quirófano era la hermana menor del Conde Olaf (de Lemony Snicket); siempre basándonos en los cánones de belleza de la época y la presión social que existía y existe con respecto al aspecto físico de la mujer.  Sin embargo, para mi abuelo, la Condesa Olaf le había cerrado desde un principio.  Claro que todo principio tiene un final y en este caso fue una cirugía descomunal que mi abuelo pagó satisfaciendo uno de los  tantos
antojitos de estas dos mujeres que ahora gobernaban su vida.

Mi abuelo, a quien furtivamente pude verle un testículo fugitivo en la playa que se escapó de un suspensor flojo, era demasiado bueno (cabe destacar que la experiencia, a mis quince años me llevó a terapia de un fulbazo en el orto).  Pero retomando el testículo de mi abuelo, con los años rebobinando la escena de la playa (no sé por qué escucho de fondo en mi cabeza “no culpes a la noche, no culpes a la playa” de Luismi); me sorprendió el tamaño de esa bola.  No porque fuera inmensa, sino porque buscaba aire desesperadamente y porque conociendo a mi progenitora y a la suya, mi abuelita…me sorprendió que no arrastrara ambos escrotos por la arena dejando un surco del tamaño que deja el rastrillo que pasa el carpero del balneario a las 19 hs. buscando puchos y objetos de valor.  Si mi abuela hubiera sido una enfermedad, hubiera sido una venérea, si hubiera sido un político, hubiera sido Margaret Thatcher, si hubiera sido un bicho, hubiera sido una ladilla.  Molesta, inconformista, insatisfecha, rebelde, egoísta y celosa; ella quería a mi abuelo todo para ella.  Y todo lo que tenía mi abuelo también.  Nunca supo muy bien expresar cariño a nadie salvo a su pareja, le daba todo a él y al resto los restos.  Lo cuidó como un Rey y pocas personas pudieron entrar a ese palacio que ella construyó para él.  Su siesta era sagrada, sus mates eran sagrados, su ensalada de palmitos con pollo era intocable (inclusive para nietas que venían de la playa con la hambruna de ocho horas al sol metiendo panza sin ingerir ni media gota de otra cosa que no fuera Tab o agua mineral).  Pero mi abuelo, ningún boludo y criado por una madre amorosa, supo desarrollar afecto hacia sus descendientes; hacía todo de zurda para no violentar a su precioso collar de melones.  Así es como mi vieja gozó de autos Okm., dinero para gastar en ropa y la anuencia para casarse con mi papá; que calculo, a los ojos de la vieja sería un “tarambana” (modismo argento para nombrar a alguien alocado e informal).

Entonces mi abuela brindó con cara de orto en todas las fotos del casamiento de mis viejos.  Todavía no sé muy bien si le molestaba mi papá, le jodía que mi vieja fuera feliz o que existía lo posibilidad de que mi vieja siguiera engendrando competencia para su afecto hacia mi abuelo.  Lo que pasó, pasó.  Aparecimos mi hermana y yo, no en ese orden, pero vinimos a terminar de cagarle la vida.  No es que no le cayéramos en gracia.  Éramos divertidísimas, confinadas al lavadero y la habitación de la empleada doméstica (que se suicidó cuando éramos chicas, igual que una hermana de mi abuela…no hay que ser Sherlock Holmes para darse cuenta que mi abuela era más dolorosa que la formación del Sarmiento encima de tu cuerpo).  Tuvo que desaparecer mi abuelo, lamentablemente, para que mi abuela comenzara a encontrar amor donde antes no lo veía.  Lo encontró en su empleada doméstica, Mercedes y en sus hijos.  No puedo negar que tuvo atisbos de cariño con nosotras, sus nietas verdaderas, de vez en cuando (y si agarraba una buena racha en el Casino) nos tiraba dinero para comprar bikinis en Mar del Plata.  Pero hizo con nosotras lo que a ella le hizo la mujer de su papá.  La heladera prohibida, el baño para mear los centímetros cúbicos justos y a la hora correspondiente, el calefón se apaga a tal hora y si no te bañaste fuiste.  Su departamento de la playa era SUYO, y nosotros siempre fuimos infiltrados, ocupas.  Andaba detrás nuestro revolviendo placards en busca de material prohibido (calculo que marihuana, pornografía o alguna excusa para mandarnos de vuelta a nuestras casas).  Hasta el uso del teléfono era cronometrado religiosamente con un Rolex de pulsera que usó hasta que la taclearon en la Avenida Santa Fé y le arrancaron de la muñeca.

Retomando a la madre que me parió, que es la que nos interesa en esta entrada del blog.  ¿Qué se podía esperar como resultado de semejante crianza?  Les cuento.  Una fumadora compulsiva que pitaba hasta con broncoespasmos, que encendía cigarrillos cada dos horas de noche ya que el cuerpo se lo pedía a gritos sin dejarla dormir (matizaba un faso y una cucharada de jarabe antitusivo).  Llegó a fumar en la habitación de mi hijo de tres años que sufría de los bronquios, la tuve que echar de mi casa a las tres de la mañana en camisón por desobediente “no fumes en la habitación de mi hijo por favor”- le había advertido previamente.  Le suplicamos con mi hermana que deje de fumar por su bien y el de toda la gente que la rodeaba.  Se jactaba de que la ley de prohibición de fumar en bares no estaba implementada en provincia poniendo el brazo detrás de la silla tirándole el humo en la cara al bebé de la mesa contigua.  ¿Qué se podía esperar de esa crianza?  Una mujer adicta a todas las adicciones posibles menos las sanas.  Su vida, una vez desaparecido el amor de su vida, Juan Carlos (segunda pareja con cama afuera), fue en caída libre hacia el estrellato.  El estrellato contra una pared de hormigón que la dejó postrada, sin motivos, sin amigas y con dos hijas que intentan satisfacer sus caprichos como lo hiciera mi abuelo pero con escasos recursos.

Sin embargo, supo reponerse de una adicción al alcohol, que siempre me dio mucho orgullo sabiendo a ciencia cierta que muy pocos pueden salir sin volver a caer.  Mi vieja permanece sobria hace treinta años y desde hace cuatro años los tres atados de Colorado que se fumaba por día pasaron a la historia.  Supo, con entereza y voluntad, deshacerse de sus dos mejores amantes.  Eso me llena de admiración y encuentro una virtud donde muchos verán un defecto de fabricación.  Y si, digamos que su fabricación estuvo llena de errores, hay que ser muy hembra para digerir tanta mierda y no convertirse en una cloaca grande como la pileta de GEBA.  Nunca faltó a un acto escolar, hecha percha, agarrándose de las paredes yo sabía que estaba ahí por su tos seca de fumadora empedernida.  Era la que me llevaba a los mejores médicos y dentistas, la que a regañadientes me daba todos los gustos y hasta supo cocinar bastante bien aunque mi viejo opine lo contrario.  Yo sabía que podía contar con la mina.  Me iba a buscar a los cumpleaños de quince en plena dictadura militar, en camisón con un impermeable encima, y repartía a todas mis compañeras en diez cuadras a la redonda.  Me llevaba a la peluquería y yo sabía que podía compartir con ella solo unas pocas cosas que teníamos en común.  Porque nunca la embocó con un regalo, creo que porque no me conocía y para ella un libro o música era tirar la guita.  En eso compartía más cosas con mi hermana, por eso nunca entendí por qué me regaló una reposera para mis diecinueve años para tomar sol cuando fui anti Febo desde que nací (y mi hermana un miembro dilecto de las “Adoratrices del Rey Sol y Rayito de sol filtro menos veinte”).

Mi vieja ahora, habiendo gastado sus balas como mejor le gustó, sin aceptar consejos ni sugerencias; soberbia, petulante e independiente se ve confinada en un departamento que logramos salvar de la timba (algo que solo frenó la falta de divisas, esto no fue una mera derrota al vicio) entregando sus días a dinamitar nuestras neuronas con culpas y demandas que lamentablemente no podemos satisfacer aunque quisiéramos.  Hablar con ella es escuchar una lista de quejas sobre la factura del celular, el pésimo servicio de cable, los dólares que cree le sobraron de alguna transacción inmobiliaria espolvoreando la semilla de la duda como si no fuera ya bastante duro ver a Carola Casini (porque mi vieja era un as del volante, una maravilla a la altura de Fangio) que apenas se puede desplazar de la cama a la cocina.  Llamarla es entrar en línea directa con una fábrica de miedos y una destilería de culpas que, ya le advertí, entiendo no lo hace para perjudicarnos porque estoy segura de que nos ama con locura; pero que termina evitando el contacto porque hablar con ella es como tomar un litro de ácido muriático on the rocks.  Horada por dentro, sus latiguillos son “pooooobreeee” (si se entera de que nietos o hijos están laburando, porque para ella laburar es una maldición gitana, evidentemente) o su consabida “tengo miedo de que…(completar con lo que se les ocurra)”.  Es portadora de todas las noticias nefastas del planeta ya que se alimenta a noticieros que presagian plagas, accidentes en las rutas que transitan nuestros hijos, incendios en boliches, asesinatos, robos a mano armada y todo aquello que pueda paralizarte en menos de cinco segundos como el veneno de la Black Mamba (la serpiente venenosa de Kill Bill).  A veces entro a ducharme y puedo escuchar la explosión del termotanque, puedo ver a mi hijo incrustado debajo de un camión a mitad de la noche o a mi sobrino preso por tenencia de estupefacientes en algún país latinoamericano.

Eso genera mi vieja, ese extraño trago semi-amargo, mezcla del Campari que tanto le gustaba con un poco del dulzor de una naranja.  Por momentos escucha, entiende y hasta aconseja bien.  Por momentos querés estamparla contra una pared hasta que se le impriman los ladrillos en todo el cuerpo.  Por momentos querés acurrucarla, acunarla hasta que se duerma y no le duelan más las piernas, y a los dos segundos querés salir corriendo hasta La Paz-Bolivia para aprender a hacer artesanías y darle la mano a Evo.  La extrañás, la pasás a buscar y en cuanto te trajeron el café querés troquelarte las venas con la cucharita.  Tiene ese poder fascinante, endiablado, hipnótico de atraerte para derribarte como un misil tierra aire.  Te dinamita la autoestima (como lo hizo mi abuela con ella) esbozando “me parece que tenés unos kilitos de más”, “te dejaste los rulos? Ahhhh bue,  más rubio y más lacio te queda mejor”.  A ver mamá: siempre voy a tener unos kilitos de más porque me gusta morfar y chupar.  Me gusta leer, escribir, ver la misma peli que me gustó cien veces (aunque para vos esa sea una extraña adicción), me gusta tener amigas jóvenes (y eso no me convierte en una freak pendevieja) porque me nutren de alegría, música, recomendaciones de cine y teatro y porque me contagian su entusiasmo.  Siempre tuve rulos, lamento haberlos planchado sistemáticamente para complacerte (primero con la toca, después con la planchita y luego el alisado) y temerle a la humedad y la neblina como si fueran la nube de Chernobyl.  Lamento no ser la flaca lacia rubia de tus sueños, no voy ni quiero ser Valeria Mazza.  Soy yo, la que te cocina los fideos que te gustan y las milanesas con mucha provenzal.  Lamento también el daño que te hizo tu madre y lamento el daño que le hizo a ella su madre; porque tu vida hubiera sido diferente si te hubiera criado alguien con dos dedos de frente y un poco de amor aprendido en el calor de un hogar sano.  Sin querer, sin un propósito de destruir pero causando idéntico daño, dinamitaste nuestras cabezas.  Sé que si te dieras cuenta llorarías hasta el 2018, por eso te sigo buscando con algunas licencias como sacar la cabeza del agua de vez en cuando para respirar, y volver a sumergirme en tu inframundo oscuro y lapidario, sentencioso y prejuicioso.  Estoy segura de que nos querés, estoy segura de que te quiero.  Pero es difícil sostenerse en pie cuando hay un tsunami de tragedias, demandas y quejas a tu alrededor.

Pero, si hay algo que redime a mi madre es su producto, sus hijas.  Estamos lejos de ser perfectas, estamos llenas de temores, conflictos, defectos de construcción y errores que ya no sé si curan un Psicólogo o una tortilla de clonazepam.  Pero somos dos buenas personas, honestas, laburadoras, buenas madres y sobretodo buenas hijas.  Algo de lo que hiciste funcionó bien, lograste sobreponerte al modelo, a la educación y a pesar de las contras construiste esto que somos.


Espero que el “Todo sobre mi madre” de mi hijo, si algún día lo escribe, pueda contar con un poco más de cosas bonitas.  Seguramente va a tener una lista de  cosas para reprochar, espero haber cometido errores nuevos, de esos que no pude ver en mi madre y mi abuela.  Espero no haber tropezado con las mismas piedras, haber aprendido o heredado lo bueno y evitar aquello que pude identificar en carne propia…duele como la puta madre.  El amor, deformado, encriptado y enviciado llegó.  No sé cómo pero llegó.  Ojalá esté llegando ahora, al bisnieto de Bertha, al nieto de Mirtha y al hijo de la que suscribe.

lunes, 10 de mayo de 2010

PENDEVIEJAS DE PLASTICO

La cultura de la eterna Barbie adolescente

Es fácil reconocerlas. Se deslizan por la vida con la misma cara que un ciervo encandilado por una 4X4 en la montaña. A simple vista, y por su forma de vestir, parecen mujeres de treinta y pico…o veinticinco las más dañadas. Pero el promedio de edad de estas mujeres es de 50 años, cronológicos y que jamás concuerda con lo que verbalmente expresan, como si la mentira pudiera estirar la vida o atrasar las horas.

Generalmente son mujeres que han sabido cultivar un pasado ilustrísimo como adornos bonitos de sus parejas o simplemente han laburado con el envase (hasta que el envase comenzó a caducar). Se han pasado la vida de dieta en dieta, yendo de la cama a la peluquería y de la peluquería a gimnasia. Devotas de cuanta revista de modas existe, prefieren invertir una fortuna en una lipoaspiración o la nueva cartera de Vuitton que conocer el Partenón. Nada las deja más satisfechas que mirarse en el espejo, pero el espejo deberá devolver una imagen fresca e infantil construída a base de sacrificadas visitas al cirujano plástico, al gimnasio, a la nutricionista, a la peluquería, a la masajista, a la manicura, a la cosmetóloga y quien sabe cuántas cosas más. Dios no permita que la edad se filtre por las patas de gallo o las manchas de las manos, eso sería peor que engordar cuatrocientos gramos y ya no entrar en el mismo talle de jean de la hija de dieciocho años.

Es así como se pasean estas pavas reales, embutidas en un jean blanco que deja traslucir una tanga de hilo dental incrustada entre los cantos de un culo que ha sido sistemáticamente sometido a innumerables descargas eléctricas para tonificarlo intentando evitar lo inevitable (que cada año esté más cerca del piso).

Muñecas plásticas, sus caras tienen la misma expresión vacía que las estatuas de cera del museo de Madame Tussaud. Con poca irrigación sanguínea, producto de la escasa densidad de piel facial gracias a varios liftings, los vasos sanguíneos exageradamente expuestos tienden a darle un tono gris azulado a sus caras. Los sucesivos estiramientos han ido tensando de tal manera los rostros, que las que alguna vez fueran bocas decentes y expresivas, ahora se asemejan a la sonrisa del Guasón. Los labios son un capítulo aparte. Sobrealimentados de rellenos químicos y botox, difícilmente se muevan con naturalidad (lo cual se traduce en una importante dificultad para expresarse, ni que hablar de guardar los implantes dentales ultra blanquísimos en su lugar). Si uno dibujara una raya perpendicular a las comisuras labiales, cualquiera podría confundir a estas mujeres con esas marionetas que usan los ventrílocuos para hacer su show. Y estas mujeres son un show, un circo ambulante frikki que causa una mezcla de gracia y estupor. La mirada sorprendida, que hay que agradecerle al último cirujano que dejó los ojos sobre las orejas, es el sello inconfundible de un dinero mal invertido en varios quirófanos de renombre. Pero detrás de esos rostros encerados y tensos como una pelota de futbol sin estrenar, hay una mirada que delata. Son ojos que han perdido la frescura de los veinte, ojos que lloran lentes de contacto de color y que llevan impreso el cansancio de la edad que realmente tienen.

Ridículas como ellas solas, se las puede ver en una disco haciendo fila en el baño para pararse frente al espejo. Revoleando la cabellera de tres largos (gracias a las tres últimas extensiones capilares), se acomodarán la remerita escotada dentro de la minifalda de jean dejando semidescubiertas las últimas dos adquisiciones del año: dos globos gigantes en el lugar donde antes había dos tetitas sumisas. Con la piel del pecho a punto de estallar, maquilladas como puertas, con tanta bijouterie que se les hace jorobado caminar derechitas; estas Barbies abuelas no se resignan a entregar la posta a sus hijas o en algunos casos a sus nietas.

Botas blancas de caña alta, calzas, remeras animal print, cinturones anchos con tachas, pelos hasta la cintura, hombros descubiertos, pestañas postizas, corpiños con aro, transparencias y encajes son algunas de las cosas que se ven (y que uno no quisiera recordar por vergüenza ajena). ¿Nadie le dijo a esa cincuentona que la remerita de encaje es too much para las redondeces propias de su edad? ¿Nadie la frenó antes de que saliera a la calle disfrazada de 68 kilos de mozzarella en envase de nylon? ¿Y esa otra que pesa menos que su hija de 22? ¿No le dijo el marido que parece una nena de catorce que ha perdido todos los atributos de una mujer hecha y derecha? ¿Nadie le avisó que se había quedado sin culo y sin tetas, sin cadera y sin expresión en su loca carrera por seguir comprando la ropa en el mismo lugar que la novia de su hijo?

Lo más raro de todo esto es que las mujeres hacen esto para conquistar, para seducir. El tema es qué o a quién. Porque las que tienen pareja suelen caminar al lado de ellos sin mirarlos, distantes y gélidas con la vista perdida en algún lugar del pasado. Un pasado que ningún cirujano puede devolver. Un cuerpo que ya no es el mismo y pasa facturas todo el tiempo. Creo que lo hacen para competir con otras mujeres, por miedo a ser reemplazadas por un modelo más nuevo (como se hace con los autos o los celulares). Creen que la apariencia puede engañar a Chronos, como Santa engaña a los chicos en Navidad. Lamento informarles chicas, el reloj no se detiene. La vida pasa y el tiempo se achica. Prefiero mil veces las caras con arrugas de reírse, de llorar, las marcas de los partos, la barriguita cervecera, una hamburguesa clavada en el momento justo, la dosis exacta de endorfinas por kilo vivo (50 gramos del mejor chocolate con almendras del mercado), las narices que lo dicen todo, las bocas que sonríen y besan sin miedo, los culos con personalidad, las tetas que no arrugan aunque se arruguen y las miradas vívidas y pícaras de quienes han sabido reírse de si mismas envejeciendo con dignidad sin perder un àpice de su identidad.

Nota: Ni en pedo me dejo masacrar por el Dr. Robert Rey (con la ropa que usa, me atrevo a dudar de su juicio estético)



domingo, 21 de junio de 2009

SUEGRITAS QUERIDAS



Dedicado a la nuera de una auténtica “zorrosuegra” (término acuñado por ella misma)

Las suegras vienen con los hijos no huérfanos de los novios que supimos conseguir con ardoroso esfuerzo. Mientras salimos con ellos y no se vislumbra un proyecto matrimonial en el amoroso porvenir de la parejita en cuestión, estas señoras suelen permanecer en un estado de latencia que no nos despierta ninguna sospecha. Hasta llegan a parecernos encantadoras, encantadoras como una cobra que todavía no ha asomado la cabeza del canasto (y no es porque no hayamos tocado la flauta lo suficiente, créanme). El tiempo de noviazgo debería alertarnos porque pocas suegras pueden mantener el personaje de tiernas mamitas conciliadoras y protectoras. Algunas muestran los dientes como el perro al que le estás por afanar el hueso, ante la detección de una caricia (de sus hijos hacia nosotras) o un proyecto de paseo que no las incluye. Pero la mayoría guarda cierta compostura porque de boludas no tienen un pelo y se percatan enseguidita de que el nene se alejará del hogar materno si la novia se les monta en un huevo. Algunas llegarán al extremo de pasarse de mambo y deshacerse en atenciones y regalos con la secreta esperanza de que el hijo pródigo se de cuenta a tiempo que es mejor estar solito que mal acompañado (y si es en casa de mamita mucho mejor).
El problema arrecia cuando se enteran de que la nenita inofensiva, que saltaba de la silla para secarle los platos o simplemente sentarse el domingo entero a mirar películas del año del pedo haciéndoles compañía mientras el hijo “descansaba”; se convertirá en la nuera encargada de alimentar y vestir al que hasta ayer era “el amor de sus vidas”.
Cuando se habla de guerra fría, deberían referirse a este tipo de reyertas que se dan lugar entre suegras y nueras. Hago esta distinción porque la relación entre suegras y yernos suele ser mucho más frontal y encarnizada.
La cosa comienza despacito y mucho antes de que la nuera tenga registro de que está siendo objeto de una campaña de desprestigio que tiene por objeto dejarla como una inservible incapaz de llevar adelante un hogar (y mucho menos criar a la prole que las sucederá). Como en una obertura de Verdi, la tensión y la magnitud de los conflictos van “in crescendo”, sumando roces y disputas de la misma manera que se agregan trompetas y violines al final de la partitura.

Ojo, como toda regla, hay excepciones que la confirman (algunas son rescatables, hasta amigables me animaría a decir). Pero a la gran mayoría les cabe el término creado por mi entrañable amiguita madrileña: “zorrosuegra”. Ella supo tener un ejemplar digno de llevar ese nombre, por eso, he aquí una lista para detectar a estas señoras (lista que ha sido alimentada por las anécdotas de todas mis amigas que tienen o tuvieron el placer de padecerlas):

COMO DETECTAR A UNA ZORROSUEGRA

Te hace regalos espantosos para tus cumpleaños y navidades tales como: pijamas anti-sexo de franela color gris (pero muy calentitos), impenetrables, cerrados hasta el cuello; pantuflas de las que usan las ancianas en los geriátricos (pero anti-deslizables, Dios no permita que te caigas de culo y te fractures la cadera por culpa de un taquito más sexy); chocolates (que son para él porque vos estás a dieta, y si te los comés mejor, porque engordás y te ponés fea); el collar de porotos pintados del cual se desprenderá con mucho dolor ya que es recuerdo de su viaje a México en el año 1967 (la mitad de los porotos tienen moho pero se supone que lo guardes con mucho ahínco); pantuflas otra vez porque se le olvidó que ya te regaló unas igualitas para la última Navidad (y encima es consecuente con su horroroso gusto: o de toallita color rosita bebé o escocesas color verde loro con moño de raso incluido); bombachas…bah, adminículos dignos de ser usados para construír un ala delta, gigantescos pedazos de algodón color carne que tapan hasta el ombligo pero de marrrca ehhhhh!; la consabida y jamás usada plancha a vapor con la que le estamparías los agujeritos en el cachete izquierdo; la frutera que perteneció a sus abuelas y que te encomiendan con una mueca de dolor esperando que el cristal jamás sufra una fractura (con lo cual terminarás envolviéndola en papel de diario y archivándola en el fondo del placard…veinte años más tarde la dejarás caer con alegría al piso…pero a esas alturas la batalla estará casi ganada…por ellas); un costurero completito para que puedas zurcir las medias y hacer los dobladillos (este es un auto regalo encubierto ya que lo usarán todos los fines de semana para hacer la costura de la casa ya que una es incapaz de dar una puntada decente); camisetas (y dale con el frío); colonias y talcos para que te empolves bien la derriere (así el nene no la encuentra); ollas y sartenes para que lo alimentes bien ya que está un poco desmejorado desde que se casó con vos (en realidad no faltó comida, más bien sobró ejercicio pero la señora no puede pensar en eso o sucumbe a un ataque de celos y taquicardia); un rosario bendito que espera, te colme de dicha (si es que rezás las veinticinco novenas que vienen en el paquete o quién sabe las barbaridades a las que estarás expuesta; el cordón umbilical de sus retoños, envueltito en papel de seda (algunas hasta llegan a regalar sus cálculos biliares o renales); el salero y pimentero con forma de conejito con corazoncitos pintados que vas a esconder de tus visitas porque te da vergüenza ajena; bufandas gigantes de colores horribles, tejidas con lana que pica (supongo que esperan que te ahorques vos misma tratando de arrancártelas para rascarte el cuello); libros de cocina (afrodisíaca never), libros de jardinería, manuales para amas de casa novatas, los Santos Evangelios y “Platero y SHO” (que ya leíste en la Secundaria pero ella no te creyó). Lo más llamativo es la diferencia que hacen con sus propias hijas mujeres, porque abiertamente verbalizan que te adoran y te han adoptado en sus familias como una hija más, sin embargo vos ligás la exprimidora de jugo (manual) y tu cuñada un conjunto de lingerie que te deja boquiabierta. No te engañes, no sos la hija y jamás lo serás.

Otro elemento infalible a la hora de detectarlas es la total ineptitud para destetar a sus cachorros. Adoran ser las que salvan las papas del fuego cuando el crío se les ahoga en un mar de deudas, se enferma, se deprime o no sabe cómo hacer para resolver el problema de plomería que lo aqueja. Entonces se auto convocarán para dar una manito, asegurándose la deuda moral y la posterior culpa (en el caso de que decidas devolverle alguna facturita pendiente). Poco a poco se irán haciendo cargo del hogar de sus hijos, cocinando el pucherito para el nietito, pidiendo la llave del edificio para que la nuerita no baje con los puntos de la cesárea a abrir la puertita (¿no sería mejor quedarse en casita para no molestar?). Es así como allanarán tu hogar con una legión de personas (entre ellos los varones de tu familia política), sin tocar el timbre cosa de encontrarte en paños menores intentando embocar el pezón en la boca de un bebé que no para de berrear. Con una sonrisa ancha te llenarán la heladera con la comidita que le gusta al nene (cosa que no lo descuides mientras atendés al nieto, como si el tipo fuera a morir de inanición porque no pudo levantar el tubo para pedirle una pizza al delivery). Por supuesto, te llenará de consejos que no has pedido y que van en contra de lo que te dicen el sentido común y el Pediatra (inducir el movimiento intestinal del bebé insertándole el tallo del perejil en el ano, por ejemplo). Como Yoda en “Star Wars”, se sentarán en la cabecera de la mesa a contar las peripecias de su propia maternidad y a entregar perlas de sabiduría ancestral tales como “ellos (los bebés), mucho más inteligentes crecerán si la Enciclopedia Británica, al borde de la cuna leerás”. Nunca un juguete por el placer de jugar, todo didáctico y con un propósito bien definido: “este juguete ha sido diseñado para que el bebé ejercite (y se desespere) los piecitos intentando alcanzar las figuritas que penden del trapecio (ver foto)”.

La cualidad que te pone del tomate es esa falsa premisa “lo hago para ayudarte”. La ayuda nunca es gratis y el costo es altísimo. Si te planchan vendrán con cátedra de planchado y powerpoint incluído. Jamás entenderán por que el nieto prefiere la remera medio arrugada pero el adhesivo con la lengua Stone intacto y, si se te ocurriera deslizar el comentario, se ofenderán al punto de sentarse a mirar la televisión apagada hasta que llegue el hijo, las vea y se compadezca de ellas. Utilizarán cualquier recurso para provocar lástima (la tuya pero mucho más la del hijo…que tomará represalias con vos invariablemente). Desde arrastrar la patita (aunque después se jueguen 45 minutos de futbol con los nietos) hasta toses, palpitaciones y demás yerbas (las mismas que pela tu vieja y que ya te conocés al dedillo), cosa de clavar el puñal de la culpa en el lugar más oscuro y perverso de tu psiquis. Si te ofrecen podar el jardín, te convertirán el Rosedal en el desierto de Gobi; si te ofrecen limpiar te pulirán los herrajes del baño hasta carcomerles el cromado, cosa que queden como las canillas del Hospital Veterinario (pero limpitas). Abusarán de la lejía y los desinfectantes como el Fluido Manchester que tanto adoran y con el que seguramente se cepillan los callos plantales y los dientes; olores que dejarán impregnados por semanas obligándote a dormir con las ventanas abiertas en pleno invierno. De a poquito y sutilmente irán tomando posesión de la casa, como en el juego del T.E.G.; por más que llenes el comedor de fichas te la encontrarás sentada en tu lugar, sorbiendo té con leche en tu taza preferida y abriéndole la puerta a tus visitas (el juego termina cuando perdés el último bastión, en este caso el dormitorio, al que invariablemente desembarcará en medio de un strip tease disculpándose porque se equivocó de dormitorio).

“Yo moriré feliz el día que mis hijos sean independientes”. Frase mentirosa como pocas, este postulado, este axioma de fe vomitado infinidad de veces en reuniones familiares; es la prueba más irrefutable de que debajo de esa dulce y modosita señora vive una zorrosuegra capaz de tragarte entera y chuparse los huesitos. No hay nada que les joda más que los hijos ya no las necesiten, sobretodo los varones. Se convertirán en proveedoras absolutas de palabras de aliento, consentimiento tácito a todas las conductas del hijo (aunque estas incluyan montar un laboratorio clandestino de cocaína o deprimirse durante cinco años porque no consiguen trabajo como CEO de una Multinacional con sueldo de cinco cifras en dólares). Estarán ahí, con la aspirina en la yema de los dedos, cada vez que al nene le duela la cabeza. Estarán cuando el adorado retoño se queje de cansancio de tanto trabajar y se desplome en un sillón con cara de enfermo terminal, para compadecerse de ellos como si fueran las únicas personas de este planeta que trabajan. Se tornarán imprescindibles para la supervivencia del hogar del hijo; apareciendo religiosamente a arreglar, financiar, sanar, educar, controlar e imponer las reglas de juego; encorvadas, arrastrando los pies para desplazarse, escondidas detrás de un angelical camisón rosa oliendo siempre a lavanda y lejía.

Lo que seguramente desconocen, es que llega cierto punto en el que el producto de su impoluta educación y quien las acredita como madres modelo, se ha convertido en un ser que queremos devolverle para que se lo quede todito: “Felicitaciones querida suegrita, has logrado tu cometido, acá lo tenés de vuelta como el día en que lo viste nacer. Todo tuyo.”

¿Lo positivo de todo esto?. Nosotras, madres de hijos varones, tenemos la obligación moral de romper el paradigma. ¿Se puede?. No sé, se ve que es difícil porque todas tuvieron suegra, sin embargo casi todas se convierten en el modelito que alguna vez padecieron y que supieron despreciar…OMG!!!

martes, 30 de diciembre de 2008

LA DEPENDENCIA EMOCIONAL

¡Despertaos Bellas Durmientes!

Las mujeres han sido fabricadas para depender. Gracias a madres modernas y a hijas que utilizan el balero para algo más que retener el precio de la remerita escote V con mostacillas, de la boutique del momento; existe una camada de hembritas renovadas que se dieron cuenta que la independencia emocional es más importante que agenciarse un marido de billetera opulenta y vehículo pulenta.
Pero todavía hoy seguimos observando el modelo de mujer conquistada, vencida e invadida; circulando por las calles con cinco críos a cuestas, trabajando afuera o en casa (en el peor de los casos ambas opciones) preguntando con timidez al padre de las criaturas si puede darse el lujo de comprar seis palitos de agua en el kiosco de la esquina. Trabaje o no trabaje, la dependiente emocional se desliza por el conocido embudo sin oponer resistencia, cayendo de culo en el lugar común en el que todas alguna vez caímos por amor (o de puro pelotudas). La que trabaja, es muy probable que entregue su sueldo entero al Señor de la casa, para que él (que tiene mucho más cerebro, y sabe administrar); lo guarde y le tire las monedas con cuentagotas para que se compre un pack de 3 bombachas (si logra demostrar que las que tiene están hechas un colador de la misma manera que uno lleva la birome vacía, en la oficina, para obtener merecido reemplazo).
Obviamente, no todas las parejas tienen esta dinámica; pero todavía pululan estos modelitos de mujeres convencidas de que si EL se va se acaba el mundo. Paradójicamente, el mundo comienza cuando caen en la cuenta que en 1813 se abolió la esclavitud y nadie va a filmar una serie de televisión con su historia (salvo que ella sea “de color”, coseche algodón en Alabama, se llame Aretha y sea la abuela del futuro Presidente de USA.). Entonces asoman la cabeza al mundo cual rana después de la tormenta y descubren los colores, los sabores y el placer de no tener a quién rendirle cuentas. Algunas, son empujadas a esta situación límite cual Coyote al precipicio por un astuto Correcaminos que las usa hasta el hartazgo y luego las descarta o simplemente las recicla por un modelo más moderno pero con menos neurona; para poder seguir usufructuando las bondades de otra tontita cerebro de alcornoque que se calce el delantalcito para hacer la comidita, lustrarle los zapatitos y trabajar de Secretaria para “ayudarlo” a llegar a fin de mes.
No es que uno esté a favor de las feministas, que son las terroristas del amor y se pasan de rosca a la hora de agarrárselas con los hombres. No todos son iguales y en un 95 % la culpa es de las mujeres que se dejan conquistar (en el mal sentido) para ceder ante el señuelo de la casita perfecta, llena de hijitos, un lindo perrito igual al de la gráfica del papel higiénico y un futuro infestado de corazoncitos rosados para cada San Valentín.
La realidad es que ninguna mujer se banca demasiado estar sola, como si fuera una vergüenza andar por la vida sin apéndice del sexo opuesto colgado del brazo (cual cartera de Prada). Ninguna se atreve a meterse en el cine a ver su peli favorita sola, ni tomarse un café en un bar leyendo la edición digital del matutino favorito en su notebook sin un macho que, aunque esté sentado enfrente, no le dirija la palabra o mire el reloj cada cinco minutos bostezando como un hipopótamo. Porque pareciera que estar sola es un estigma, una mancha en el prontuario, un error en el código genético, una enfermedad infecto-contagiosa. Entonces es más válido aguantar años de años a un energúmeno déspota que les ordene la comida en el restaurante, las mande al baño a retocarse el maquillaje porque el bebé de dos años les enchufó una cucharada de puré en el ojo (y la máscara de pestañas no es a prueba de agua porque no fue autorizada en el presupuesto) mientras ellos cenan opíparamente comiéndose el plato de ellas (que no pudieron llevarse un cacho de milanesa a la boca porque estuvieron corriendo al mocoso toda la noche). No hacen falta más de quince minutos de minuciosa observación en lugares públicos, para detectar a estas bellas durmientes que deambulan agotadas, ojerosas y defraudadas ya que el cuento que les leían en la infancia no funcionó como ellas esperaban. El Príncipe no solo no acude a su rescate, lo más probable es que les pidan el cafecito nocturno aunque ellas vuelen de fiebre con una gripe galopante y se violenten porque el nebulizador se descompuso teniendo que abandonar su deporte favorito (el zapping) para revisar el aparato que pudiera ser la solución a las toses de toda la familia. Oprimidas bajo el miembro de estos dictadores hogareños; las que alguna vez, cuando novias, discutían la arbitrariedad de alguna decisión tomada por sus partenaires cinco años después se dedican a acatar porque no tienen fuerzas para argumentar o simplemente se aburrieron de la contienda que siempre conduce a la nada más absoluta. Cualquier cosa antes de que EL las abandone, porque EL está en todas las fotos desde los dieciocho años. Porque EL paga los servicios (con dinero de los dos, pero eso es solo un detalle), EL escribe amorosos mensajes de texto, EL es el que las convierte en señoras casadas, ocupadas y deseadas (aunque no puedan recordar la última vez que les dieran un abrazo…ni que hablar de un revolcón grado 10 en la escala Richter). Soportan, aguantan, bajan la cabeza, acatan, afirman, sostienen, apoyan; todo a favor de esa familia prodigio que es el modelo para sus amigos y la envidia de las solteras que los conocen.

¿Cómo hacer para evitar esta dependencia emocional sin recurrir a psicofármacos?. Supongo que haciendo lo mismo que hicieron los esclavos de Alabama, huyendo despavoridos como Kunta Kinte (el pibito de “Raíces”), de aquellos que tienen una tendencia natural a manipular, oprimir y dirigir vidas ajenas.

Para esos fines he creado una lista de características a tener en cuenta por las más jóvenes, a la hora de adjudicarse un marido deluxe de última generación (con ABS, airbag/busarda y dirección asistida = por la suegra que los parió):

Catálogo del manipulador, dictatorial marca ACME (si reúne más de cinco características, favor encender la luz de alarma y apretar botón de asiento eyector)

La madre le compra las medias, los calzoncillos y los pijamas anti-sexo (aún después de veinte años de matrimonio).
En medio de una situación de riesgo, utiliza a su pareja de escudo humano o la ofrece como rehén en un asalto, a cambio de que lo dejen ir enterito a casita de ma.
Los únicos cumpleaños que tiene agendados son los de la madre y su mascota.
En la mesa solicita amablemente que le sirvan la bebida, invocando un fuerte dolor ahí (señalando con el dedo índice la zona álgida, que siempre es alguna distinta hasta que ella se acostumbra como el perro de Pavlov a mantenerle el vaso llenito).
Vuelven a casa destruidos porque ellos “trabajan”, se desploman en un sillón con cara de perro desahuciado y solicitan masajes en los pies, un vaso de gaseosa, el control remoto, la hora precisa en que será servida la cena y la camisita planchada para el día siguiente…porque ellos…ellos “trabajan”.
Chistan, como hacen los jockeys con los caballos, para silenciar a la tropa cuando miran televisión.
Se ofuscan si se acabó la mayonesa, el puré tiene grumos, la sopa está caliente o la gaseosa tiene demasiado gas.
Les aprueban el discurso a sus esposas, antes de cada reunión de padres del colegio (no vaya a ser cosa de que se les escape una idea…mejor que la que pueden aportar ellos).
Caminan dos pasos adelante.
No frenan en las vidrieras de ropa de mujer, ni ninguna otra salvo que sean de venta de artículos de camping, armas, celulares, autos y tecnología.
Con un grito "onda tenor italiano" logran que los hijos se congelen, la esposa se abrace la cabeza con ambos brazos para proteger el cráneo y el perro corra a esconderse debajo de la mesa.
Son temidos, pero nunca respetados.
Se hace todo lo que ellos prohiben por decreto, pero a escondidas.
La cuenta del supermercado es requisada con la rigurosidad digna de un cura de la Inquisición, ante la mirada aterrorizada de la esposa que compró toallas femeninas con alas extra-sec fuera de presupuesto.
Determinan el menú del hogar y obligan a los hijos a consumir pulpo, aunque vomiten a chorro (el pulpo será servido de desayuno/merienda y cena, si es preciso).
Estacionan en lugares prohibidos y acallan a las mujeres a los gritos cuando ellas les indican que el auto quedó bloqueando la rampa para discapacitados.
En reuniones sociales, no dejan que sus mujeres abran el pico, salvo para hablar con orgullo de la promoción de sus maridos.
Si chocan el auto, siempre fueron ellas las que no saben estacionar (aún cuando ellas no manejen ni posean llaves del auto en cuestión).
Si se enferman llaman a sus madres, porque ellas sabrán qué hacer.
Cuando viajan, son sus madres las que quedan al timón del hogar, dictaminando qué se comerá esa semana para que los nietos crezcan sanos y fuertes.


Decálogo de la Bella Durmiente (detector de dependientes emocionales)

Supo ser bella, ahora es un fantasma que deambula con la mirada perdida en el vacío existencial de su propia cobardía.
El coeficiente de autoestima es un número negativo superior a diez.
Tiene alma de benefactora, corazón de oro, la inocencia del pez payaso y una ligera tendencia al masoquismo.
Se deja.
La pueden.
No sabe decir “NO”.
Es sacrificada y disfruta un poquito de su propia victimización.
Sueña con convertirse en un pájaro mientras escucha a Piero cantando “Y Volar, volaaaar”.
Se compra libros de autoayuda y los esconde en el cajón de las bombachas…agujereadas.
Su infaltable latiguillo: “no es que no puedo, no me dejan”.

Wake-up Bellas!. Despertar del letargo es genial. La vida fuera del ataúd de cristal es básicamente: VIDA.

NOTA: A no generalizar, porfis. No todas las minas son dependientes emocionales ni los tipos clones de Benito Mussolini.