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miércoles, 10 de agosto de 2016

¿QUÉ COMEMOS?




Esa pregunta odiosa que todo ser humano se hace mirando la heladera


No me gusta generalizar, pero en este caso, la preguntita les cabe más a las mujeres que a los hombres.  Por mandato social, en un ochenta por ciento, es la mujer la encargada de sacar el glaciar del freezer y convertirlo casi mágicamente en una cena.  Más que un mandato social, me atrevo a decir que es una maldición gitana, un sino, un flagelo, un garrote que le pega siempre en la cabeza a una mujer en algún momento del día, todos los días de su vida.  De hecho, mi hijo acaba de pronunciar la consabida preguntita del culo “¿Qué vamos a comer hoy, maaaaaaa?”.

La pregunta en sí no molestaría si no acarreara toda una serie de incógnitas a ser develadas en un muy corto plazo y con mucho ingenio por la capitana de la cocina.  Se pone el sol y las águilas que conviven con una se ponen a revolotear por la cocina…pasados veinte minutos el perímetro se va reduciendo al área de la heladera y el microondas.  Les pica el bagre, hablando en criollo, el hambre comienza a organizar conciertos en los estómagos del clan familiar.  Pero la responsabilidad de combatir este monstruo en franca expansión suele ser una mujer que tiene otras cosas en las que pensar, además de cerrar esas bocas abiertas con algo biodegradable y fácil de hacer.

En general, hay dos tipos de cocineros del día a día (acá no cuentan las comidas que uno disfruta realizar como hobby, la repostería y los platos que se sacan de los posteos de Facebook); están los organizados y los magos.  En el primer segmento encontramos a la persona que tiene anotado el menú semanal pegado con un imán a la heladera, que conlleva un perfecto correlato con el contenido de la misma.  Esos alimentos han sido comprados con una estrategia cuasi militar y combinan perfectamente los unos con los otros, van a aterrizar en la mesa de acuerdo al cronograma prefijado: una maravilla (que solo existe en la revista Para Ti, en el canal Gourmet y en familias numerosas donde la organización es sinónimo de subsistencia).  En el segundo segmento encontramos a la persona que tiene seis platos en la galera con dos variaciones por cada  menú.  Digo seis porque uno le prende una vela a cada santo para zafar de cocinar el séptimo día, si Dios descansó después de hacer el mundo, a nosotros no nos corresponde menos.  Estas personas tienen el menú anotado con balas de paintball en la cabeza y pueden desarrollar los mismos con los ojos cerrados, con uno o dos ingredientes menos, y la suficiente flexibilidad para convertir milanesas en bifes a la criolla o fideos a la bolognesa en un alto guiso si la ocasión así lo requiere. 

Para el primer segmento no existe adrenalina, tal vez el tedio de ejecutar los mismos diez pasos para convertir un cadáver de pollo en un strogonoff con arroz.  Para el segundo segmento, que se olvidó como siempre, de sacar el ave fagocitado por el glaciar Perito Moreno Whirlpool del freezer; la empresa suele ser un toque más zarpada.  Aspirando el aire helado del receptáculo que se niega a entregar el bloque de hielo que contiene al pollo, igual que la ardilla de “La Era de hielo”, pasan por la corteza cerebral una docena de ideas que no serán llevadas a cabo porque a cada una le faltan dos o tres ingredientes fundamentales.  Entonces se empiezan a tachar las opciones y nos quedamos con una facilita, meter el cadáver al horno, con cositas alrededor y encomendarnos a la Vírgen del ágape familiar.  Muy probablemente, si son como yo que no etiqueto nada que inserto en el freezer, se lleven una dolorosa sorpresa al preparar una genial salsa para bondiola de cerdo que acaban de leer en internet (cuya receta ha sido previamente captada mediante un print de pantalla); para descubrir con horror que la cosa que gira y gira dentro del microondas no sólo no está emparentada con un chancho, es una bola de lomo de vaca fileteada para milanesas.  Ahí es cuando aparece el mago que llevamos adentro suplantando manteca por aceite, harina por maicena, pan rallado por avena, lechuga por espinaca; dando lugar a una mescolanza que alimenta a la tropa sin problemas (a lo sumo una leve diarrea).

Pero no hay nada más molesto que preguntar “qué quieren comer” y te contesten “cualquier cosa” con el celular en la mano y la vista perdida.  Es el momento asesino del día, les revolearía una cacerola Essen por la cabeza (que pesa una tonelada).  Porque cuando empezás a ofrecer opciones te contestan “fideos comimos el martes”, “otra vez pollo?” (con cara de asco), “las milanesas pueden ser napolitanas?” (como si la salsa de tomate saliera de las canillas), “tarta no porque estoy a dieta” (dicho por alguien que acaba de clavarse un sándwich con las sobras del día anterior), “la carne de noche cae pesada” (pero les servís una milanesa de soja y  te repudian por terrorismo vegano, “por qué no te amasás unos ñoquis?” (dicho a las 21 hs. total no hay problemas, podemos acostarnos al amanecer durmiendo el día entero como los vampiros), “salchichas con puréeeeee? eso no es una cena!” (el que se clava un Big Mac como si fuera una cena en el Hilton.

Señora, señor…si Ud. se ve inmersa/o en tamañas disyuntivas gastronómicas, cálcese las zapatillas de jogging, tome carrera y no dé vuelta la cabeza hasta haber pasado algún control aduanero.

Yo, la que cocina en casa.




lunes, 27 de agosto de 2012

PADRES MODERNOS




Niños insoportables

Cuando uno llega a la mitad de la vida ha pasado por experiencias de todo tipo. Ya cambiamos pañales, limpiamos mocos, nebulizamos toses y toleramos aullidos de 1000 decibeles.  Cuando uno es joven la paciencia viene implícita con la edad, y uno es capaz de comer en cuotas la comida fría mientras un pendejo berrea como un energúmeno mientras con el dedito índice se le da sin tregua al botón del volumen de la tele.
Pero con la edad vienen las mañas, el oído se pone sensible y la paciencia tiene un límite cortísimo.  Los niños que antes te caían en gracia ahora te caen como una patada en el medio del culo y la simple aparición de uno de estos engendros en un restaurante a medianoche te puede hacer brotar una alergia cutánea, una diarrea, una dispepsia y/o un ataque de pánico severo.

El tema es que estos infantes suelen aparecer acompañados de sus padres modernos.  Criados por niñeras y empleadas que ayudan a las madres a desaparecer durante el día para huir de sus hogares (y las comprendo) para asistir a laburos donde cambian el dinero o, las más acomodadas; a sus clases de pilates, pintura, telar, golf, automaquillaje, service de uñas de acrílico y alisados definitivos; estos críos desarrollan a edad muy temprana la habilidad de romper los huevos en forma industrializada.
Dotados de la garganta de Pavarotti (debe ser algo con lo que se los alimenta, algún cereal Power con veinticinco vitaminas, enriquecidos con todos los elementos de la tabla periódica) estos pequeños diablitos suelen tener una inteligencia para la manipulación que solo puede provenir de su educación frente a la tele y la pc.  Porque estos chicos suelen manejar con una destreza alucinante todos los gadgets de la casa a la tierna edad de cuatro años.  Crecen con el control remoto de la tv Smart en la mano y usan el Smartphone del padre como sonajero en cualquier lugar público donde se intente que la criatura deje de gritar como un monstruo enajenado.  La pc es un artículo tan familiar para ellos como para nosotros la calesita o el patito de hule en la bañadera.  A la tierna edad de seis años son pequeños demonios listos para arruinar la vida de todo aquel que no pertenezca a su propia familia…bah a sus familias también pero la diferencia radica en que a ellos no les queda otra que aguantarlos…a nosotros nos dan ganas de deportarlos a Islandia.

Pero lo más exasperante de todo es la total falta de interés que los padres muestran por el prójimo (vecino, comensal de restaurante, paciente de una sala de espera, etc.) y lo que es peor…por su propia descendencia.  Pareciera que son inmunes a los alaridos, a los juguetes revoleados por el aire, a los caprichos, los mocos y los quejidos. 
Es muy común estar sentado en un restaurante, a la luz de las velas un viernes a las once de la noche tomando un delicioso Malbec enfrascado en una charla relajada con tu pareja cuando de pronto se abre la puerta del lugar y baja una pareja con cuatro niños en una franja de edades que oscila entre los dos y los ocho años.  Todos vestidos con el uniforme escolar hecho un acordeón, con la mugre del milenio en las chombas blancas estampadas con el escudo del colegio inglés al que asisten.  Dos vienen dormidos en brazos de sus padres.  Los otros dos bajan con las marcas del tapizado del auto impresas sobre las mejillas, tirándose piñas y patadas mientras avanzan como un huracán sobre Miami en pleno verano.  Y uno se pregunta ¿hay necesidad de desembarcar en un restaurante un día viernes después de un día agotador de escuela y trabajo con los cuatro críos fregados?  Seguramente sí porque la madre no quiere cocinar para un batallón y la entiendo.  ¿Había necesidad de embarazarse cuatro veces en menos de ocho años?  Seguramente si, esas cuatro noches llovía torrencialmente y no quedaba un puto forro en la casa.  Pero, ¿había necesidad de cagarle la noche a una docena de parejas con hijos criados o durmiendo en las casas de sus abuelos? ¿Qué culpa tengo yo de tu calentura, tu falta de forros y tus pocas mañas a la hora de hacer una comida para un ejército de enanos que proviene de tus propias gametas?  Ninguna.  Pero no hay abogado que te zafe de esta, la vas a pasar mal y lo sabés.  Porque lo viviste.  Tuviste que huir de restaurantes y salas de espera, de negocios de ropa y oficinas porque tu amado hijito se convertía en una bestia peluda en cualquier lugar público.  Pero te ibas.  No te sentabas. 

Pero volviendo a los Von Trapp desensillando en restaurante el viernes a la noche, les llevará unos veinte minutos encontrar la paz sentados.  Los críos más grandes se van a cagar a trompadas por la silla del otro mientras sus padres juntarán cuatro sillas para acostar a los dos menores, fuera de combate. Olvidate de la salud de tus tímpanos, van a arrastrar las sillas produciendo un ruido ensordecedor que no te va a permitir escuchar ni tu propia voz interior. En el instante preciso en que terminan de acomodarlos y arroparlos con sus camperas los mocosos se van a erguir como indios salvajes frente al embate de las tropas españolas en franca actitud de guerra.  Pasando del sueño profundo a la incomodidad de la vigilia en un lugar público sobre una incómoda silla de cuerina de un restaurante después de una agotadora jornada escolar, los dos más chicos se van a enfrascar de inmediato en una carrera desde su mesa a la puerta del lugar haciendo tambalear a los mozos y dejando la puerta de acceso sistemáticamente abierta congelando a los comensales de las mesas linderas.  Los “padres modernos” harán el pedido sin inmutarse y meterán sus narices en sus celulares, uno arreglando negocios de última hora y ella chequeando las novedades del Facebook mientras los pibes más grandes visitaron el baño unas catorce veces dejando canillas abiertas y rollos enteros de papel flotando en la pileta.  Los más chicos, que decidieron volver con sus padres, se van a tirar con el contenido entero de la panera rompiendo un par de copas en el trayecto de los misiles aire tierra. 

Entablar una conversación a estas alturas es una pretensión estúpida, solo queda tragar, pagar y salir como rata por tirante.  Pero la comida va a demorarse porque el destino se ha empeñado en joderte la velada.  Los chicos no van a probar bocado, se van a hamacar en sus sillas hasta que una se te venga encima.  La criatura se va a dar la cabeza con el suelo, cayendo casi sobre tus zapatos, amarrado a su mantel que catapulta sus canelones de verdura sobre tu abrigo y la pared.  Inmutables, los padres levantarán al crío caído en combate y pedirán hielo para bajar el terrible moretón multicolor en la frente.  Berreando como un lechón en un matadero, la gran amenaza blanca abrirá la boca como una boa pitón dejando caer litros de baba y verdura con salsa.  Como si esto fuera poco, va a vomitar lo poco que había ingerido con los tres litros de coca cola que se chupó esperando la comida.  Luego de una limpieza superficial de la ropa y la cara del monstruo, como si nada hubiera pasado, papi y mami seguirán engullendo la cena cada uno en su mundo sin intercambiar una mísera oración que no sea “pásame la sal”. 

La jornada termina con el local vacío, botellas de vino a medio terminar, vidrio molido en el piso, manchas de tuco en los manteles y un ejército de comensales que ha decidido construir un refugio antisísmico para tener una cena en paz.  Porque mientras existan estos padres light que mastican rúcula posteando frases filosóficas desde sus Blackberries en sus muros, ignorando cada consejo del gurú de moda en materia de educación cuyo videíto han diseminado por toda red; nosotros, los que nos hemos cagado de frío en la calle cuando nuestros chicos molestaban en un restaurante, no vamos a poder gozar de una velada agradable en un lugar público.

Cuando yo era chica, si llegaba a hacer ese quilombo mi vieja me pellizcaba finito en el antebrazo hasta que yo me quedaba quietita con un lagrimón corriendo por la mejilla.  Mi viejo era más didáctico todavía, una buena patada en el culo por año y una mirada asesina diaria que me hacía temblar las rodillas, con eso bastaba.  No será muy moderno, pero era muy efectivo.   Padres modernos, por favor, fúmense a sus propios engendros en casa.  Nosotros ya lo hicimos.

Una pequeña muestra del potencial de estos infantes...


jueves, 21 de abril de 2011

ME CONFIESO CULPABLE


Cuando uno se avergüenza de ser parte de la audiencia de “Gran Hermano”


Hay pocas cosas en común entre una madre y su hijo adolescente.  Encontrarlas es como toparse con una ballena blanca en el Río Luján.  Si por una de esas casualidades se da ese contacto, esa chispa que alimentará una conversación que no sea un intercambio árido de monosílabos escupidos al pasar, se impone aprovecharlos.
Básicamente, eso fue lo que me arrastró a esta adicción desenfrenada que tanta vergüenza me da confesar públicamente.  Ya he sido señalada con el dedo como una adúltera en la Inquisición en todos los ámbitos y círculos donde me muevo.  Mis compañeros de oficina, mis amigos, mis parientes y hasta el ilustre desconocido que ayer almorzaba en una mesa próxima a la mía alzó las cejas y me miró de soslayo cuando osé preguntar “¿Quién quieren que se quede en la casa?”.  He soportado el escarnio y el repudio de gente que alguna vez pensó que yo tenía algo más que dos neuronas debajo del pelo, pero nada pudo con la desesperación que me atornilla frente al televisor cada vez que aparece un debate o una “gala de eliminación”.

Volviendo al hijo adolescente, me gustaría aclarar que fue él y nadie más que el, el que me impulsó y me impuso el reality que ahora me aflige.

- ¿Otra vez vamos a ver el capítulo donde Homero Simpson desparrama chismes por todo el pueblo? – yo, que ya me se los diálogos de todas las temporadas de memoria.

- Es el mejor capítulo de toda la historia, lo vi tan solo dieciocho veces-  mi hijo sentado arriba del control remoto para que haga falta un equipo de cirujanos si quiero hacerme del maldito aparatito

- Por favor (fingiendo un llanto digno de Norma Aleandro), no aguanto más las vocecitas de los cartoons – yo haciendo un display de maniobras teatrales para infringir culpa en esa cabecita de mármol congelado

- Ta bien (aclaro, los adolescentes se comen partes vitales de las palabras para dificultar aún más la comunicación con los adultos) – mi hijo cambiando el canal a regañadientes y con cara de estufadito

- ¿Futbol?  ¿Qué partido es?  Porque los colores de las camisetas me resultan un tanto extrañas – yo asumiendo que prefiero Los Simpsons antes que Laponia versus Groenlandia

- No sabés nada (típico), es la Liga Inglesa.  El Bolton contra el Wigan – mi primogénito con cara de erudito y rascándose la barbilla a lo Winston Churchill

- No sé nada, pero garpo el cable, sacá eso o te hago un guiso con las teclitas del control y te las hago tragar junto con tus dientecitos – yo, en franca crisis de cólera, a los gritos porque la hinchada del Wigam grita frenéticamente en mi comedor

- ¿Qué? No te escucho – ya saben quién, haciéndose el boludo

Me acerco, pantufla en mano para domesticar a la fiera, y él…intuyendo mi maniobra esboza el siguiente comentario absolvedor:

- ¿Querés ver algo que podamos compartir los dos? – el jugador de poker con un par de ases en la manga

 Para mi horror, la criatura sintoniza un programa compuesto por cinco panelistas que comentan futbol a los gritos, con vozarrones de fumadores empedernidos y un léxico tan bonito me dieron ganas de hacer una compra de granadas de mano en Amazon.com

- Sacá a esa gente de mi comedor, sacalos ya o te voy a dejar el culo como a un mandril.  Si valorás tu vida sacá eso de inmediato.  No es un pedido, es una orden – yo, pelando chapa de madre con los pantalones puestos (aunque ese día vestía pijamas de Neuropsiquiátrico)

- Tengo una idea, hay algo que podemos “disfrutar” los dos.  Es hora de que compartamos algo, los dos juntos, como cuando yo era chico y miraba los dibujitos mientras me hacías masajes en los pies – el magistral jugador asestando un golpe bajo a mi útero sensible

-Poné – cediendo y ubicándome en el sillón mansita y a punto de convertirme al “granhermanismo”

- Esto es una cagada que te arruina el cerebro, veinte monos que se rascan las bolas confinados por voluntad propia a una cárcel con pileta con la promesa de cuatrocientos mil pesos si te aguantás hasta el final quedando como un pelotudo frente a todo un país…no entiendo cómo te puede gustar esto – yo, que no intuía lo que estaba por pasarme

Lo que pasó fue que me quedé sentada ahí, fascinada porque comenzamos a intercambiar más de un sí y un no.  Que fulanito, que menganito, que yo opino esto, que a mi me parece aquello. 

Lo que sigue es la génesis de mi “granhermanopatía”  (término con el que he dado en llamar a esta adicción que no tiene explicación científica hasta ahora.

1- Cuando sabés a quién se refiere el conductor cuando habla de “Cucho” o “Chizzo”; estás en problemas.
2- Cuando subís el volumen de la tele para escuchar una riña de descerebradas por un corpiño talle 85, viendo como tironean de la prenda cual gatas en celo; estás en problemas serios.
3- Cuando puteás con la fuerza de todos tus pulmones al megalómano que se cree que es el producto de una inseminación hecha de un cóctel con material genético del Espíritu Santo, Margaret Thatcher, Benito Mussolini, Carl Jung, Roger Federer, Carlos Monzón y Diego Maradona; ahí ya estás para medicar con Lista IV (psicofármacos con receta de archivo).
4- Cuando saltando festejando te das la cabeza contra el techo porque la nena vapuleada en un todos contra ella, se queda en la casa a pesar de los votos en su contra; lo tuyo es para camisa de fuerza.
5- Cuando gozás como los romanos en el Coliseo, mirando como se despedazan unos a otros frente a cámara como si se los estuviera manducando un león; lo tuyo es para acompañante terapéutico, Psiquiatra y drogas heavy.
6- Cuando gastás crédito para votar en contra de la perra sisebuta que le dio para que tenga a la tucumana desamparada que llora como marrana (y vos con ella); te chifla el moño mal, lo mejor es que te vacíen los cajones de los cuchillos y te palpen de armas.
7- Cuando invitás amigos a comer y dejás prendida la tele bajito para relojear el debate mientras servís la comida; lo aconsejable es un grupo de autoayuda y altamente recomendable exiliar los televisores fuera de casa hasta que el programa haya llegado a su fin.


El prólogo de todo esto es muy gracioso.

- Vení hijo, sentate que hoy es la última gala de expulsión – yo, gaseosa en mano sentada en primera fila

- No ma, yo ya no miro esa mierrrrrda – mi hijo, inmune a los embates de la “granhermanopatía”

Se ve que yo andaba con las defensas bajas…de otra forma…no me lo explico…

domingo, 28 de febrero de 2010

MOMENTOS GERIÁTRICO-GROTESCOS



MI ABUELA SE CAGÓ (Y NO PRECISAMENTE DE RISA)

Si alguien hubiera conocido a mi abuela, la réplica femenina del Mariscal Rommel, entender esto le resultaría mucho menos gracioso y un tantito más dramático. Pero como soy una partidaria de encontrarle el lado bueno hasta al “Lado oscuro de la fuerza” (con Darth Vader y su ejército de cyborgs incluidos), voy a centrarme en las partes “cómicas” de una historia que en definitiva no lo es tanto.

Como ya la describiera en otra entrada de este blog, mi abuela se fue perdiendo por el bosque, de la mano del Sr. Alzheimer. Como el conejito de Duracel que a medida que se queda sin pilas va enlenteciendo la marcha; mi abuela fue perdiendo la cordura, la conciencia y la paciencia (bue, esa ya la había perdido a los cuarenta cuando su cerebro todavía estaba afinado como un Stradivarius). La pila se fue gastando y los sistemas se fueron bloqueando al compás de un conejito que cada vez toca los platillos con menos ganas. Como una computadora que tiene el disco rígido fragmentado y lleno al 99%, un ejército de troyanos reproduciéndose en todas las aplicaciones y el antivirus sin actualizar; el cerebro de mi abuela entró en un cortocircuito digno de un juguete cuya pila sulfatada termina siendo un peligro para todos los que la rodean.
Entonces nuestro conejito quedó con la vista perdida y los platillos a medio camino del último “CLANK”.

Lejos quedaron aquellos días (de hace tan solo dos años), donde confundía el valor de los billetes adjudicándole un color al precio de cada producto “Este pollo me costó dos marrones” léase $20. “El farmacéutico me cobró un verde, las aspirinas” léase $5. También quedaron atrás los tiempos en los que nos enojábamos porque confundía los nombres de sus bisnietos o intentaba condimentar la ensalada con detergente aroma limón. Momentos preciosos en los que se tildaba preguntando cien veces por el mismo tema tabú y espinoso que no debía tocarse en la mesa dominical porque todos terminábamos a las patadas mientras ella sonreía, satisfecha, como La Gioconda. Confundía la hora en su reloj, pero tenía claro que era de día según la posición del sol o que era momento de almorzar por el rugido de su estómago teflonado y un apetito voraz. Tratábamos infructuosamente de corregirla con la secreta esperanza de que volviera a aflorar esa mujer insoportable que nos tenía a todos zumbando. Pero el descenso ocurrió indefectiblemente sin nuestra anuencia. Entonces nos enteramos que prolijamente producida con un camisón rosado, una cartera Chanel, medias tres cuartos negras y sandalias beige sin talón; la habían encontrado en la puerta del edificio intentando embocar la llave en la cerradura para tomar un taxi que la llevara al dentista(a las cuatro de la madrugada). Como un personaje salido de una peli de Almodóvar (perdón Maite), esta caricatura grotesca de lo que alguna vez fue mi abuela, se levanta a desayunar cuando el resto de la población se acuesta…haciendo carne la canción de María Elena Walsh “En el Reino del revés”. En ese Reino vive y gobierna esta señora con la vista perdida entre el año 41 y el 68, que destronó a mi abuela y anidó en su cabecita. Cual Comandante de un país sin timón, esta Reina va sembrando el caos y la anarquía a su paso. La llave del gas abierta intoxicando a los vecinos; los remedios para la presión triturados en un frasquito con resabios de aspirinas, dos grageas de laxantes, una docena de cuartitos de tranquilizantes y dos granos de balanceado para gatos que levantó del piso de mi cocina convencida de haber recuperado el somnífero que se le cayó ahí mismo la Navidad del 2004; sus paseos nocturnos por el edificio manteniendo conversaciones con un hermano del Che (al que siempre le recuerda que ella padecía de asma igual que Ernestito); y un sinnúmero más de situaciones nos convencieron de que el barco estaba a la deriva.

Ya no la dejamos más sola. En la semana está acompañada y los fines de semana la traemos a casa. Entonces el problema se nos hace cada vez más evidente. Su brújula desmagnetizada, su norte perdido, su nave sin control. Ya nada es como antes. Deambula sin paz y sin rumbo. Se sienta, se acuesta, se para, se le antoja un té, busca una bombacha en el bolso…todo en un lapso de 7 minutos. Nos descuidamos un segundo y está martillando milanesas…de GATO VIVO. Nos damos vuelta y se está enjabonando la cara con destapacañerías. Se lava las axilas a las dos de la mañana usando crema antiarrugas como desodorante, le pone sal al té, edulcorante a la pomarola, se escapa a tomar baños de luna (siempre con pantalla solar como es su costumbre desde que se hizo su primera cirugía estética hace cuarenta años).
La noche es un guión digno de una zarzuela loca. Desorientada más de lo necesario por el cambio de geografía, y un tanto apurada porque en un descuido se nos atiborró de laxantes, va por la casa chocando con los muebles en busca del baño…lugar que rara vez encuentra, con el resultado que no pienso ponerme a describir.

El desenlace se resume en una palabra: Geriátrico.
Entramos al lugar, mi vieja y yo, tragando saliva y pescando lágrimas con la punta de la lengua. Caminamos como dos intrusas bien por el medio del salón, más por respetar la privacidad de los ancianos que por miedo a quedar encerradas (o acuchilladas por algún abuelo, que en un rapto de ira, nos pudiera confundir con la hija que lo archivó ahí dentro). Aunque el lugar es impecable, y para nosotras no existe alternativa posible se nos dio vuelta el estómago. No es Hogwarts, Harry Potter no va a ser el compañero de nuestra Hermione, no hay clases de magia ni hechicería…y sabemos perfectamente bien adónde conduce el andén 9 y ¾…
Quizás las únicas similitudes con la archifamosa escuela de magia sean un par de anteojos rotos pegados con cinta y que mi abuela, cuando estaba en sus cabales, supo ser una bruja…que aunque bruja muy bruja no se merece este pasaporte a Hogwarts de la mano del Profesor Alzheimer!





viernes, 22 de enero de 2010

HOY NO VA DE RISA

Tragedias que hacen pensar

Hace días que veo imágenes del terremoto de Haití en la televisión. Fotos del espanto y el horror que se vivió y se vive en un país desvastado por un desastre natural que arrasó con las vidas de miles de personas y dejó un panorama desolador de hogares destruidos y familias desguasadas. Videos de gente mutilada, cadáveres desparramados por las calles, escombros, bebés llorando…y un único pensamiento recurrente y egoísta: qué suerte que no me pasó a mí.

Porque irremediablemente, estas tragedias nos hacen pensar en nosotros y en la gente que queremos. En lo que hubiéramos hecho de estar en la misma situación. El solo pensarlo nos da escalofríos. Tener que vagar por las calles con lo puesto, mendigando un poco de agua y revolviendo entre los escombros buscando a un ser querido debe ser la situación más espantosa y dolorosa que una persona deba enfrentar.

Y entonces viene el alivio. El alivio de darnos cuenta que estamos sentados en casa, en un sillón confortable mirándolo todo desde una pantalla que escupe esas imágenes desde un espejo satelital que enfoca un punto lejano del otro lado del planeta…bien lejos de esta casa que ahora parece más linda y más cómoda. De repente esos tres kilos de más o de menos se convierten en una bendición. La canilla cuyo goteo ayer nos robaba el sueño hoy es una canción vibrante que nos recuerda que tenemos un techo, agua, electricidad y una heladera llena. Ya no me importan las carteras que lamenté no poder comprar hojeando una revista el fin de semana, ni la factura del teléfono que casi no llego a pagar, ni la pila de trabajo pendiente que dejé en la oficina. Todo eso parece haber entrado en otra dimensión, porque la dimensión de esta tragedia enmarca mi vida en otro lugar, veo mi realidad desde otra perspectiva. Hoy no me quejo porque tengo que cocinar, porque tengo para cocinar. Hoy no puteo porque la camisa que quiero no está planchada, porque tengo; tengo quince diferentes para elegir. Hoy no lloro porque se me descompuso el auto, porque tengo adónde ir, porque todavía puedo caminar y porque en casa alguien me espera. No me quejo porque madrugo para ir a trabajar, porque agradezco tener trabajo. De repente me dieron ganas de dibujar, de escuchar música, de abrazar a los que quiero, de aprenderme sus caras de memoria para irme a dormir con esa foto en mi cabeza. Quiero susurrarle a mi hijo dormido, al oído como todas las noches pero hoy más que nunca, que lo adoro. Y desear que se despierte para que conteste entre sueños “yo también”, como todas las noches.

Entonces agradezco. Agradezco a ese Dios al que a veces no comprendo porque esta vez no me tocó a mí. Le pido que me ayude a comprender porqué permite estas desgracias. Le doy las gracias porque mañana voy a ver a mi madre y a mi abuela, y porque voy a ser más tolerante con ellas. Mañana voy a jugar con mis sobrinos, voy a tomar café con mi hermana. Voy a escribirles a mis amigas que están lejos deseando poder hacer diez mil kilómetros para abrazarlas. Voy a rezar por mi familia y sus familias.

Seguramente, antes de dormirme pida por toda esa gente que está sufriendo en Haití. Voy a pedir por los chicos que quedaron sin padres y por los padres que perdieron hijos. Por los que murieron y los que quedaron. Porque puedan reconstruir sus vidas y sus hogares.

Y también voy a pedir por mi propia estupidez. Que ya no me hagan falta estos cachetazos de tragedias monumentales para que le encuentre sentido a mi vida, y de paso me entere de lo feliz que soy…

domingo, 3 de enero de 2010

PRUEBA SUPERADA

Sobreviviendo a las Fiestas de Fin de Año

Si uno tuviera que resumir la vorágine de las Fiestas en un cortometraje de…digamos…unos tres minutos, el mismo sería una especie de peli chaplinesca proyectada a una velocidad dos o tres veces superior a la real. La música, bueno, la música sería una ensalada parecida a los restos de la ensalada de frutas que todavía sobrevive hecha un caldo putrefacto en la heladera. Cada momento tuvo su música, cada imagen un sonido que quedó plasmado para siempre en un rincón de esa neurona que atestiguará para siempre (o hasta que un accidente cerebrovascular se encargue de erradicarlo con una mini hemorragia), los excesos, las risas, los nervios y la locura de esos días mezcla de sidra, lechón, mayonesa y pólvora.

Así como se acomodan los recuerdos, desordenados, en mi cabeza; es como voy a describir las escenas de este cortometraje:


Momento “supermercado chino” (música heavy metal a full).


Las filas de las cajas llegan hasta el fondo. Hay olor a fruta fresca mezclada con sangre de vaca y perfume francés. Quiero comprarme una motosierra y no es precisamente para podar plantas. Mientras arrastro el chango desmadrado (cuyas ruedas giran locas), pienso en la masacre que cometería si tuviera un arma. Imagino la sangre a lo Quentin Tarantino y la imagen me provoca satisfacción y calma. Aprieto melones, huelo ananás y agujereo la bolsa de pan caliente para que no se transforme en chicle. Una “argolluda” (por los aros *wink*) me incrusta el chango en el coxis. Mi hijo me resopla en la nuca. La china me pregunta con qué pago. Quiero que sea 2012 y los mayas tengan razón. Quiero un tsunami. Quiero un sushimi. Quiero irrrrrrrrrrme YA!.


Momento “mi abuela debería consumir, y yo también. Y la perra” (música chill-out).


Mi abuela está perdida. Pero no lo suficientemente perdida como para hacer preguntas incómodas disparadas a repetición como balas de metralleta. Le explico seis veces seguidas que mi vecina, la que huele bien y baila de putamadre, vive sola y es la madre de esos tres críos que le pasaron por delante. La inunda la compasión por esta situación, aún cuando yo (su nieta) viva en idéntica condición. Creo que se olvida de que deportamos al padre del “muchachote” que está sentado a su lado, que no es ni más ni menos que su bisnieto (dato que obviamente ha olvidado). Por enésima vez le explico que no puede subir las escaleras porque en Navidad se pegó el palo del siglo y no se quebró la cadera porque Dios todavía se apiada de mí. Maquillándome las pestañas me la encuentro en el baño de arriba. Todavía me dura la taquicardia. O se murió y su espíritu subió a despedirse, o la muy turra desobedeció mis órdenes. La toco para ver si todavía está calentita y la encamino con cuidado a la planta baja (le doy una filípica del quince, al pedo, porque se tapa las orejas y canta en franco gesto de desacato). Pienso en partirle el cráneo con la misma pala con la que haría el pozo en el fondo del jardín para darle cristiana sepultura junto a mi gata (a la que acabo de enterrar…luego de fenecer presa de un síncope cardíaco por la pirotecnia). Luego me fumaría un cañito y cantaría “Amazing grace”. Me acuerdo de sedar a la perra. Mi hijo le tira un pan mojado en droga para canes. No se lo come, la muy pelotuda. Le abro las fauces y mi hijo le asesta un chorro en la garganta. Para bajarlo, se morfa el pan. A los diez minutos comienza a temblar. Se le dan vuelta los ojos para atrás y cae redonda al pasto. Borracha, la depositamos en un sillón del living. Tiene pulso…todavía. Me pregunto si la vieja mejoraría con merca. Definitivamente, a mí me ayudaría a sobrellevar la presencia de ella y la de mi madre que acaba de caerse de culo en la zanja (bastón incluído).


Momento “es hora de parar, ya no tenés edad” (música de cumbia).


Empecé con cerveza (porque hacía calor), seguí con tinto (porque era de más de veinte mangos y tuve miedo de que se acabe), le dí al Fernet (para confirmar que no me gusta demasiado, me costó decidirme luego del tercer vaso), luego vino la Fangio XXI (Vino Frizze apodado así por una amiga, dado su color azulado), después le dí al champagne y por último a la sidra del pico. Mientras bailaba frenéticamente del brazo del suegro de mi hermana, me percaté que una pirueta del meneadito no salió como esperaba. Pará que estoy clavada como arquito de cricket en el barro. Mi sordo partenaire no comprende mi situación y tironea de mi brazo hasta que mi clavícula hace un “clack” indoloro gracias al consumo previo de alcohol. Sigo meneando las cachas. Sigo tomando del pico. Para cuando quiero acordarme son las tres de la mañana. Me duele la cabeza. Me lloran los pies. Me arden los ojos. Me pican las orejas por el peso de los aros. Me aprieta el pantalón. Me zumban los oídos. Me muevo en cámara lentísima. Quiero llegar a casa. Casa es al lado. Pero ahora parece un abismo. ¿Será que tengo a mi vieja colgando de un brazo y a mi abuela (con sus dientes en la mano) en el otro?


Momento “el día después” (música de zarzuela).


El almuerzo livianito. Milanesas, puré, helado, ensalada de frutas, pan dulce, turrón y generosas dosis de alcohol para asegurar una siesta a pesar de mi abuela.

A la noche una cena decente en algún restaurante. Me declaro en huelga con la cocina, hace dos días que estoy parada frente a la mesada pelando frutas, merezco un franco.

La cena se da lugar en la cantina del pueblo. Mi madre se debate entre ir al baño o aguantarse la vejiga llena por miedo a que el baño esté sucio. La imagino haciendo piruetas para no apoyar el culo en la tabla. Automáticamente estoy sin apetito. Lo recupero viendo pasar milanesas de queso. La abuela pide ravioles de calabaza. La pasta tiene forma de media luna, se la sirven en círculos concéntricos (como gajos de naranja en cadena). Mi hijo me mira. Mi madre empalidece. No entiendo. Miro el plato de la abuela. El plato tiene un nuevo raviol un tanto más grande y lleno de dientes. Miro a mi abuela. Ella sigue masticando con la boca en un rictus diferente (como si le hubieran dado una piña en el maxilar). Ahí caigo en la cuenta de que el raviol es su dentadura superior, que ha caído al plato sin que su dueña tenga registro del incidente.

¿Dónde están tus dientes? – le pregunto. Me muestra las encías despobladas con una mueca y me contesta “Acá”.

Definitivamente se me ha ido el apetito. La huerta de cannabis se ha convertido en un “must” del verano.


Momento “ya fue” (música brasilera).


La casa vuelve a la normalidad. Las invitadas han sido depositadas en su charter rumbo a sus hogares. Me cuesta pensar en una cena sin mayonesa, en un almuerzo sin alcohol, en una tarde sin siesta, en una noche sin mi abuela lavándose las axilas a las tres de la mañana lista para desayunar. Me tomo un helado de agua mirando el arbolito. Parece mentira que en dos días tengo que volver a guardar esa parva de adornitos a medio masticar por los gatos. Tengo fiaca. Hay fuentes, moños, botellas vacías, flores mustias, migas, blisters de medicamentos por todas partes. Parece un campo de batalla luego de la derrota (de mi ejército obviamente). El único antídoto razonable para las Fiestas parece ser la playa. Pongo bossa nova en mi MP3 y cierro los ojos. Siento la arena caliente y el ruido del mar. Y la voz de mi abuela que quedó impregnada en mi duramadre preguntando cada cinco segundos ¿quién es esa chica que huele tan rico y baila tan bien?

THE END

domingo, 15 de noviembre de 2009

HIJOS DE LA LUZ




Cuando no te queda otra que volver al pasado
Justificar a ambos lados

Vivimos rodeados de objetos y servicios a los que nos acostumbramos tan rápidamente que ya no podemos precisar el momento en que aparecieron en nuestras vidas. Otros, estaban aquí mucho antes de que nosotros fuéramos concebidos. Y algunos, bueno, algunos ni se nos ocurre pensar qué sería de la vida sin ellos. ¿A alguien se le ocurre pensar en un día sin mandar un mensaje de texto por celular? ¿Alguno podría subsistir sin abrir un correo electrónico o mirar los titulares de los diarios desde su PC antes de salir a trabajar? ¿Alguno se imagina haciendo un fueguito en el medio del living para calentar el hogar en lugar de encender el piloto de la estufa?
Nos hemos ido atiborrando, sin darnos cuenta, de toda una maraña intrincada de aparatos que nos hacen la vida facilísima pero que dependen del gas de red, energía eléctrica y agua corriente (bueno, algunos, porque los que vivimos lejos de las grandes ciudades todavía usamos agua de pozo).
Así es como en forma autómata, con los ojos todavía pegados por lagañas y la costura de la almohada impresa en la sien, enchufamos en una sola maniobra la cafetera y la tostadora. Con el dedito índice de la mano le damos vida mágicamente a la televisión y de paso hacia la ducha encendemos la computadora con el dedo gordo del pie en una pirueta de yoga que yo llamo “saludo al ordenador”. Nos duchamos gracias al motor que impulsa agua al tanque, cantando al unísono con el mp3 del celular (previamente cargado durante toda la noche), nos secamos el pelo, nos lo planchamos, nos preparamos un licuado, descongelamos el pollo de la vianda en el microondas y nos planchamos la camisa para el trabajo. Hasta ahí todo muy bonito, la paz y armonía del hogar son impecables. El aparato para ahuyentar a los mosquitos funcionó de maravillas, el café se hizo, el encargado del tránsito del noticiero de la mañana nos dice qué atajo tomar para llegar al trabajo.

¿Pero qué pasa cuando una tormenta atroz derriba ochenta postes de luz? Pasa lo que les pasaba a nuestras abuelas en el año cuarenta. Pasa lo que les pasaba a los Ingalls en el 1800. Pasa lo que hemos visto en infinidad de películas de época…de cualquier época más precisamente, menos de esta. De esta que es la de la tecnología, los celulares, las notebooks, los archivos pdf, los ppt, los correos de voz, el skype, las Webcams, los hornos de microonda, los aires acondicionados, el Messenger, las jarras eléctricas, las bombas hidroeléctricas, los modems inalámbricos, el Wi-fi, la X-box, el I-phone, el Counter Strike, el Facebook, el Google, el GPS, los cybers, las ediciones digitales de los diarios, los implantes dentales, la cirugía translaparoscópica, los satélites, el transbordador espacial y el DVD. Pasa que ya no nos acordamos de cómo hervir agua o desearle feliz cumpleaños a un amigo sin energía eléctrica.
Es por esto que, ante un reciente corte de energía que duró unas dieciocho horitas, elaboré una listita de los problemas que surgen cuando somos enviados de una patada en el culo al siglo pasado.


LOS CUATRO PROBLEMAS MÁS FRECUENTES ANTE LA FALTA DE ENERGÍA ELÉCTRICA

La dinámica familiar se ve completamente distorsionada, cuando no destruida (o reparada), con un súbito corte de luz. Lo primero a tomar en cuenta es que todos los miembros de la familia se aglutinaran en la cocina a mirarse las caras sin pronunciar otra palabra que no sean epítetos de grueso calibre. Una vez saciada la necesidad de insultar, nos miraremos fijo a las caras sin encontrar motivo para pelear por un lugar frente a la computadora o por el dominio del control remoto de la TV. Erradicados esos motivos, no nos quedará opción que reparar en las caras del otro. De repente nos daremos cuenta que el primogénito se ha perforado por enésima vez la oreja (de la cual pende una flecha metálica que vuelve a incrustarse en el lóbulo superior de la misma). El crío, por su parte, se dará cuenta (a la luz de una vela) que su madre es una señora mayor y entrada en carnes que se parece mucho a su abuela (sobretodo cuando tiene cara de ojete). Pasada la etapa de contemplación estética, llegará de a poco la conversación. Nos pondremos al día con las novedades de las criaturas y así nos enteraremos de que el hijo mayor planea poner un puesto de hot-dogs en la playa sin nuestra autorización pero con nuestra financiación, que el del medio está de novio con una mujer tailandesa que le lleva quince años y el menor le peluqueó el flequillo a su compañerita de primer grado en el baño (la madre de la pendeja hace juicio al colegio y a los padres del ignoto coiffeur pigmeo).


La recreación y el entretenimiento se ven sensiblemente afectados. Algunos no lo soportan, hacen una mochila, agarran el auto y toman la autopista con rumbo indefinido atraídos por el primer resplandor luminoso que augure comida chatarra/pelotero/cine y Wi-fi. Pero aquellos que elijan el hogar deberán desempolvar los juegos de mesa: el ajedrez del abuelo, el mazo de cartas españolas, el cubilete y los dados comprados en las últimas vacaciones, el ludo, las damas y el favorito de la abuela (el bingo). Los más chiquitos apelarán a los crayones y las pizarras magnéticas…y si hubo suerte alguno encontrará el Tetris a pilas (lo más cercano a la tecnología sin enchufe). Cuando se agoten los recursos, la imaginación será una gran fuente de entretenimiento. Buscarle formas a las manchas de humedad, los trabalenguas, el “ni si, ni no, ni blanco, ni negro” y el concurso de chistes machistas/negros/verdes serán los grandes salvadores de una velada que se torna de goma. Visto y considerando que la luz no vuelve, cada integrante se buscará linterna o vela para meterse en la cama con algún libro olvidado en una biblioteca que sólo sirve como recuerdo de un pasado inmediato que amenaza con desaparecer del todo. Si hay suerte, la mañana siguiente nos encontrará a todos enchufando los celulares con desesperación mientras nos matamos a codazos por la silla frente al monitor.


La higiene propia y del hogar se ve ostensiblemente dañada. A la mayoría, el agua les dura lo que exista de reserva en el tanque. A otros como yo, la falta de energía nos deja automáticamente sin agua. Y en las ciudades, aunque los encargados de los edificios se maten explicando que hay reservas suficientes como para pasar dos días sin luz y con un buen suministro de agua (usándola razonablemente); lo más probable es que te quedes sin una gota de H2O a la media hora, ya que todos llenarán sus bañeras, tachos y fuentones agotando las reservas de pura desesperación y avaricia. Entonces tendremos que aplicar nuestra astucia y apelar a nuestra memoria para recordar cómo se bañaba la gente en los westerns más conocidos. Dicho esto nos encontraremos parados en un fuentón lavándonos a trapo y jabón, enjuagándonos con agua turbia, reservando un poco para mojar el cepillo de dientes y otro poco para la pava. Limpiar la casa será una utopía. Conclusión: Los Ingalls eran unos roñosos. Y los Highlanders también.


Las comunicaciones desaparecen y con ellas la aldea global, las redes sociales… la vida social en general. Hasta el trabajo queda reducido a tareas de archivo. Ya nadie escribe nada a mano, nadie manda cartas por correo. Todos nos enteramos del nacimiento de los hijos de nuestros amigos a través del Facebook. O el Twitter. Nos invitan al cine y a una fiesta a través de ellos. Arreglamos nuestros planes de fin de semana y hasta contactamos al dentista por una red social porque el muy turro desconectó el celular el fin de semana. Hacemos las compras por Internet, encargamos discos y libros con la computadora, pagamos las cuentas con los home-bankings y pirateamos desde una peli, hasta un libro. Ni cocinar podemos sin bajar una receta o verificar el resultado de un análisis de sangre sin consultar a una Web médica que nos dejará más aterrorizados de lo que estábamos antes de meter la nariz ahí dentro. El resultado de un corte de luz es que básicamente no somos nada sin un cable USB, un CPU, un MODEM y un monitor. Y las consecuencias son gravísimas. He visto gente darse la cabeza contra la mesada de la cocina por puro síndrome de abstinencia a la tecnología (mi sobrino de seis años, sin ir más lejos).


¿Si tengo alguna sugerencia para sobrevivir a estos cortes de energía que amenazan con ser más frecuentes por culpa del cambio climático, las reservas de agua existentes y las fuentes de energía que amenazan con agotarse a corto plazo?.

Si, tengo. Alquílense películas de época. Renacimiento. Edad Media. Pre-historia. Edad Antigua. Revolución industrial…la época que quieran menos la actual. Aprendan a pelar pollos. A cargar agua desde el manantial hasta la casa. A usar la rueca, el telar. A prender fuego con un palito y una piedra. A sentarse frente al fuego a cantar y recitar. A escribir cartas y esperar tres meses por la respuesta. A vender y comprar con el trueque. Y a matar mosquitos a trapazo limpio…

martes, 1 de septiembre de 2009

EL HÉCTOR






Decálogo de un arrastrado

A Dios gracias son la excepción que confirma la regla, y la regla es que son muchos más los que valen la pena. Pero existe un puñado de hombres a los que se puede encontrar en los cumpleaños familiares, en las oficinas, en la vía pública y hasta en las reuniones de padres del colegio de tus hijos; que avergüenzan al género alimentando el desprecio de quienes los observamos reptar con total impunidad por la vida.
El personaje que nos ocupa hoy, un tío libidinoso, egoísta, pollerudo y mezquino; logró reunir en un solo envase, las diez cualidades más deleznables que caracterizan a un hombre detestable. En resumidas cuentas, el las tenía todas (había tachado hasta la generala doble) es por eso que lo uso como caso icónico, estoy convencida de que no existe otro que haya logrado hasta el momento superarlo en defectos (aunque se me ocurre media decena de nombres que le pisan los talones).

Aquí va pues, el decálogo del “Héctor” (nombre que utilizaré para designar a todos los sujetos de idéntica indigna calaña):

El “Héctor” siempre antepone sus deseos más básicos antes que los de su familia, incluida su propia madre, siendo la gula su pecado favorito. Son los que se sientan durante un asado con la botella del mejor vino (que algún otro invitado ha llevado) a dos centímetros de su propio plato y otro vino (de cajita o bien barato) al costado de su copa. Siempre llenarán su copa con el vino bueno y ofrecerán el barato a los demás comensales. Son aquellos a los que se los puede ver al costado de la parrilla, como aves de rapiña, esperando quedarse con el mejor pedazo de carne; y al ser encomendados con la tarea de llevarles las hamburguesas a los niños engullirán dos juntas en el camino (fuente en mano) dejando a dos criaturas sin alimento. Son los que llevan una bandejita de masas minúscula a un evento, y si pueden, evitarán bajarla del auto en la confusión de paquetes. Son los que rara vez aportan algo de su propio peculio pero los primeros en alzar la mano para llevarse una fuente con sobras cuando la anfitriona arma paquetitos para sus visitas. Son los que fagocitan, no comen; los que no pueden mantener una conversación porque la atención va directamente a los platos que ven pasar o a la fuente que acaba de aterrizar en la mesa. Son los que les comen los M&M a las tortas, el caramelo al flan, el culito al pan, el relleno a los merengues y las cerezas a las ensaladas de frutas. Son los que llevan la botella de champagne y si ésta no ha sido abierta la cargan de vuelta en el auto. En las oficinas, son los ratones que jamás compran una docena de facturas pero huelen el alimento a distancia llevándose de a dos juntas sin fijarse si la propia angurria dejará a algún compañero con las manos vacías. Estos especímenes se tiran de cabeza en una caja de bombones para encontrar los rellenos de dulce de leche primero, llevándoselos de a cuatro juntos. Harán lo propio con los mejores útiles de oficina y con cualquier objeto al que le asignen algún valor.
Como padres son capaces de competir con su propia cría por un cuarto de helado o el control remoto de la televisión.

El Héctor es egoísta por naturaleza. En la casa de fin de semana o chalet de vacaciones acapararán subrepticiamente todos los espirales para combatir a los mosquitos (auto-intoxicándose en una nube de repelente) y todos los ventiladores disponibles. Son capaces de hacer saltar la térmica de la casa recargando la línea para enchufar todo lo que encontraron para combatir el calor y los mosquitos. Jamás prestarán el auto, ni ayuda para preparar una comida familiar, pero serán los primeros en sentarse a la mesa en el mejor lugar disponible. La mejor cama, el mejor colchón, la mejor reposera; la avidez y desesperación por agenciarse los placeres antes que el resto es una característica que los destaca.

El Héctor es amarrete. No se le cae una moneda ni que lo den vuelta y sacudan patas para arriba. En las oficinas es el que siempre tiene una excusa para no aportar en los cumpleaños porque no se banca a tal o cual. Es el que compra el florerito coreano de dos pesos con cincuenta para el amigo invisible mientras que el resto regala objetos decentes. Es el que hace como que va a pagar llevándose la mano al bolsillo pero jamás pela la billetera. Es el que cae en las cenas a las que no ha sido invitado y justo se levanta al baño cuando traen la cuenta. Es el que jamás tiene cambio, el que te dice “mañana te pago” pero no te paga ni con una Luger en el parietal izquierdo. Es el que siempre se guarda el vuelto, nunca tiene monedas y firma la tarjeta de cumpleaños aunque no haya invertido un cobre para el regalo comunitario. Es el que le cobra la jubilación a los padres y se queda con tres cuartos con la excusa de administrarles el dinero, cagándolos de hambre porque usa el dinero para comprarse el plasma que tanta falta le hacía. Es el que se cuelga del cable, le roba el diario al vecino y se adelanta en la fila del cine o el teatro.

El Héctor es lascivo y desagradable. Es el que cuenta chistes groseros en el cumpleaños de seis años de la sobrina. Es el que le tira indirectas bien directas a la novia del sobrino en medio del almuerzo de Pascuas. Es el que le mira las tetas a las novias de los hijos. Es el que tira tiros en todas partes sin discriminar lugares ni edades. Es el que manosea a la empleada doméstica, la compañera de laburo, la cajera del supermercado y la china de la tintorería. No puede mantener una conversación porque su atención siempre está puesta en el culo de las mujeres que pasan por su lado.

El Héctor es fanfarrón. Estos aparatos son pavos reales que viven chapeando sobre sus supuestos logros (digo supuestos porque en la mayoría de los casos se refieren a productos de su imaginación más que a situaciones concretas). Les gusta hablar sobre sus conexiones con gente de la política o la farándula, siempre conocen a algún personaje que ha sido mencionado en una conversación social. O viajaron en el mismo avión, o se pelearon por un diario en el lobby de un hotel o mearon en el mismo mingitorio. El último negocio que cerraron fue un boom, el último auto que compraron lo consiguieron a precio de costo y el maitre del restaurant de moda los llama por su nombre de pila.

El Héctor es un simulador. Nunca conocerás la verdadera cara de estos personajes. Fingen todo el tiempo. Hasta la risa es actuada. Se inventan una posición económica y terminan creyéndosela al punto de endeudarse para salir de vacaciones con gente de un nivel socio-económico más encumbrado. Se inventan una profesión y así se presentan frente a quienes no los conocen. Se hacen llamar “doctor” o “licenciado” aunque jamás hayan pisado la Universidad. Simulan estar felices aunque por adentro se estén muriendo de la bronca por el ascenso del compañero, simulan que están enamoradísimos de sus mujeres aunque no las soporten (sobretodo delante del suegro, cuando están pidiéndole un préstamo para el nuevo super-negocio que se les acaba de ocurrir).

El Héctor es mentiroso. Mienten compulsivamente. Siempre para beneficio propio. Si se mandan una cagada, la culpa la tuvo aquel ignorante compañero que no puede defenderse porque está al teléfono. Les mienten a sus acreedores, les mienten a sus mujeres, les mienten a sus Jefes y hasta a sus padres. Mienten descaradamente, con una sonrisa plástica en la cara, como si el tamaño de la ofensa tuviera la inocencia de una picardía infantil. Si son descubiertos lo negarán hasta el cansancio e inventarán excusas increíbles para sostener la historia.

El Héctor es cagón. Son los primeros en huír de una escena de peligro usando a sus cónyuges de escudo humano para zafar en un tiroteo. En una pelotera familiar, son los que se van al mazo cuando las papas arden, incapaces de sostener una idea si alguien de mayor poder los enfrenta. Son los que pinchan un neumático y la esposa es la que termina tirada en el piso, llave cruz en mano. Son los que jetonean a un policía pero se fruncen si la cosa se pone densa, echándole la culpa a quien tengan al lado por el desacato o el insulto proferido a distancia. Son los que acusan pero ante la menor contienda argumentan haber sido malinterpretados. Son los primeros en subirse al bote salvavidas o encontrar la salida de incendios.

El Héctor es pésimo padre. No acompaña a su cría, compite con ella. Eso cuando la cría tiene edad de entender. Antes no les dan bola porque se cagan, lloran y eructan; cosa que no les atrae demasiado a estos “bon vivants”. No tienen buena relación con los infantes de la familia. Son los que vuelcan la ballena flotadora en la pileta ahogando a los tres pendejos que iban encima. Son los que juegan al futbol y terminan fisurando a todos los pibes de cinco años a puro tacle y patada en los tobillos. Son los que se ofenden si el hijo les gana a la Playstation y resetean el juego porque no pueden soportarlo. Son los que levantan al del cumpleaños del cogote imitando a algún mago de la tele, ante la mirada estupefacta de toda la familia porque el chico está cianótico y patalea por falta de oxígeno.

El Héctor es el hazmerreír de todos los eventos. Inconscientes e ignorantes de su propia estupidez, más de una vez se ríen a carcajadas de una broma que los tiene como protagonistas. Como la cabeza no les da y denotan una infinita incapacidad de leer entre líneas, son cuereados por los amigos adolescentes de sus hijos y sobrinos, que le llenan la copa en todos los cumpleaños para divertirse a sus expensas a medida que se van alcoholizando. Están convencidos de que son el centro de las reuniones, hablan fuerte, se ríen con sonoras carcajadas y cuentan anécdotas fuera de lugar avergonzando a sus familiares directos.

¿Conoce algún ejemplar con alguna de estas características? Estoy segura que si, yo conocí a uno que las reunía todas. Hace diez años que no lo veo y todavía repica en mi cráneo esa estúpida risa pegajosa y esa mirada babosa que lo caracterizaba. Ah, el pendejo ahorcado fue mi propio hijo.
Cualquier similitud con la realidad fue absolutamente premeditada.

lunes, 24 de agosto de 2009

LA OPROBIOSA TAREA DE DESASNAR A NUESTRA CRÍA





Los avatares de la Escuela Primaria

No es sencillo. Nadie te lo dice. Y si te lo dicen no lo entendés, como no entenderás nada hasta que no hayas pasado por la misma experiencia. Escuchás mujeres que profieren alaridos desde sus departamentos y casas vecinas, sacando la más fácil de las conclusiones: esa mujer está loca, es una enferma mental, no puede gritar así, pobre criatura tener una madre así bla bla bla.
Unos años después te verás sentada en el comedor de tu casa con un despliegue de cuadernos, hojas, restos de goma de borrar y una parva de lápices de colores intentando que tu adorado retoño comprenda el significado de un tercio. Vas a gritar igual o peor que la señora del 5° “C”, lo vas a zamarrear de la manga de la camisa, le vas a respirar tan cerca de la cara que lo vas a peinar con el aliento. No va a alcanzar la vida para arrepentirte de las barbaridades que le vas a decir: mamerto, bobo, burro, asno, bestia, tonto, bruto y demás insultos a su magra cabecita infante. Pero el arrepentimiento va a venir mezclado con oleadas de bronca, cuando lo único que conseguís es una cara de zombie drogado como respuesta a la pregunta “¿3 X 4?”. Esos ojos vacíos, ese bostezo que deja ver unas amígdalas a punto de estallar fruto de una inminente angina pultácea, esa falta total de interés…te darán ganas de medirles la circunferencia del cuello con tus propias manos.
La tarea fue diseñada, maquiavélicamente, por los maestros que secretamente quieren vengarse de uno (el progenitor del monstruo que les hace la vida imposible en el colegio). Entonces les llenarán el cuaderno de cuentas, investigaciones, trabajos prácticos (como hacer una reproducción casera de “Las Meninas” o un estudio sobre los derivados del petróleo…bien facilitas) y tres o cuatro libritos para leer el fin de semana (como si el pendejo leyera algo más que la palabra “Spiderman” en su tacita del desayuno). ¿Para quién es toda esa tarea? Para nosotras, por supuesto; por eso la madrugada nos sorprenderá sacándole punta a los lápices para colorear al famoso cuadrito de Velázquez puteando en sánscrito al colegio, a los directores, a los maestros, a los celadores y a la portera. Le vas a subrayar todo lo que no subrayó en clase, le vas a bajar de Internet la historia del petróleo (evadiendo Wikipedia porque a la turra de la seño no le gusta que todos lleven la misma información) y hasta llegarás al extremo de corregirle las cuentas imitando la letra temblorosa y desprolija porque no soportarás que tu hijo no sepa sumar en tercer grado.
Muy probablemente, lleguen los trabajitos prácticos facilitos de Ciencias. Esos en los cuales te verás obligado a fabricar un aparato digestivo con botellas, medias, bolsas y arcilla. Juntarás toda clase de bichos para el insectario, armarás la germinación del poroto por enésima vez en la vida, harás acopio de tapitas/lanitas/papel metalizado/bolitas de vidrio/fotos de animales/figuritas de alimentos recortando material de las revistas hasta que los dedos te queden morados. Eso mientras el alumno mira con rigurosidad científica el último capítulo de “Los Simpsons” provocando tu inmediata ira por la indiferencia del pendejo y porque Homero te hace acordar invariablemente al padre de la criatura.
¿Dónde están los padres? Pues trabajando, Dios no permita que se los moleste. Como si una no trabajara, pareciera ser que hay un mandato celestial que indica que es la madre quien debe desasnar al diamante en bruto. Trabajes en tu casa o fuera de ella, la encomiable tarea es toda tuya. Primero porque ellos simplemente no lo hacen (conozco dos docenas de padres y hasta ahora no vi a ninguno haciendo la tarea). Segundo, porque las pocas veces en que se sientan con ellos la vida de los críos corre serio peligro. Entonces una se los saca de entre las manos (cuando el párvulo tiene la cara violeta y los ojos en blanco), ya que la paciencia del padre es inversamente proporcional a la brutalidad del mocoso.
Cuando la casa se convierte en un campo de batalla (el padre vociferando atrocidades contra el colegio ya que considera que paga para que el chico ni siquiera sepa escribir su nombre sin faltas de ortografía, el niño llorando porque le partieron un cd de playstation en la cara por cada cuenta mal hecha, la madre peleada con el padre por su radical metodología de enseñanza, el perro que ladra porque no soporta que el chico llore…hasta las cucarachas se asustan de la tierna escena): es hora de poner paños fríos. ¿Quién es la que sale siempre al rescate del escolar errante? Pues una, sin lugar a dudas. Con una mano revolvemos el estofado y con la otra leemos “El Principito” a los gritos, con la secreta esperanza de que el hijo retenga algo y el padre deje de protestar porque la cuota escolar le parece demasiado cara.
Pasados los tres primeros años la cosa se va complicando. El niño sigue tan bruto como al principio, pero el nivel de complejidad de las cuentas y la geometría modernas nos tiene vagando por las casas de nuestras amigas en busca de la profesional que nos de una mano con el rubro que nos atañe. Para geometría, nuestra buena amiga Arquitecta; para Matemáticas la hermana mayor del vecinito (que estudia Ingeniería); para Sociales nada mejor que la abuela de los chicos de la esquina. Eso o pagar tres maestras particulares porque ya no te acordás cómo se calcula el peso específico del agua salada ni en que año fue la Toma de la Bastilla.

Para el final de la Primaria, tu cara será el fiel reflejo de esos años de revolear cuadernos por el aire y gritar como un barra brava. Con unas cuantas arrugas más y un par de canas detrás de las orejas cantarás el Himno con los ojos vidriosos, aguantando las lágrimas para que no se corra la máscara para pestañas; porque solamente vos sabés el sacrificio que hiciste para ostentar orgullosa el diploma de tu hijo, ese salvaje que lograste domesticar con todo éxito.