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jueves, 21 de abril de 2011

ME CONFIESO CULPABLE


Cuando uno se avergüenza de ser parte de la audiencia de “Gran Hermano”


Hay pocas cosas en común entre una madre y su hijo adolescente.  Encontrarlas es como toparse con una ballena blanca en el Río Luján.  Si por una de esas casualidades se da ese contacto, esa chispa que alimentará una conversación que no sea un intercambio árido de monosílabos escupidos al pasar, se impone aprovecharlos.
Básicamente, eso fue lo que me arrastró a esta adicción desenfrenada que tanta vergüenza me da confesar públicamente.  Ya he sido señalada con el dedo como una adúltera en la Inquisición en todos los ámbitos y círculos donde me muevo.  Mis compañeros de oficina, mis amigos, mis parientes y hasta el ilustre desconocido que ayer almorzaba en una mesa próxima a la mía alzó las cejas y me miró de soslayo cuando osé preguntar “¿Quién quieren que se quede en la casa?”.  He soportado el escarnio y el repudio de gente que alguna vez pensó que yo tenía algo más que dos neuronas debajo del pelo, pero nada pudo con la desesperación que me atornilla frente al televisor cada vez que aparece un debate o una “gala de eliminación”.

Volviendo al hijo adolescente, me gustaría aclarar que fue él y nadie más que el, el que me impulsó y me impuso el reality que ahora me aflige.

- ¿Otra vez vamos a ver el capítulo donde Homero Simpson desparrama chismes por todo el pueblo? – yo, que ya me se los diálogos de todas las temporadas de memoria.

- Es el mejor capítulo de toda la historia, lo vi tan solo dieciocho veces-  mi hijo sentado arriba del control remoto para que haga falta un equipo de cirujanos si quiero hacerme del maldito aparatito

- Por favor (fingiendo un llanto digno de Norma Aleandro), no aguanto más las vocecitas de los cartoons – yo haciendo un display de maniobras teatrales para infringir culpa en esa cabecita de mármol congelado

- Ta bien (aclaro, los adolescentes se comen partes vitales de las palabras para dificultar aún más la comunicación con los adultos) – mi hijo cambiando el canal a regañadientes y con cara de estufadito

- ¿Futbol?  ¿Qué partido es?  Porque los colores de las camisetas me resultan un tanto extrañas – yo asumiendo que prefiero Los Simpsons antes que Laponia versus Groenlandia

- No sabés nada (típico), es la Liga Inglesa.  El Bolton contra el Wigan – mi primogénito con cara de erudito y rascándose la barbilla a lo Winston Churchill

- No sé nada, pero garpo el cable, sacá eso o te hago un guiso con las teclitas del control y te las hago tragar junto con tus dientecitos – yo, en franca crisis de cólera, a los gritos porque la hinchada del Wigam grita frenéticamente en mi comedor

- ¿Qué? No te escucho – ya saben quién, haciéndose el boludo

Me acerco, pantufla en mano para domesticar a la fiera, y él…intuyendo mi maniobra esboza el siguiente comentario absolvedor:

- ¿Querés ver algo que podamos compartir los dos? – el jugador de poker con un par de ases en la manga

 Para mi horror, la criatura sintoniza un programa compuesto por cinco panelistas que comentan futbol a los gritos, con vozarrones de fumadores empedernidos y un léxico tan bonito me dieron ganas de hacer una compra de granadas de mano en Amazon.com

- Sacá a esa gente de mi comedor, sacalos ya o te voy a dejar el culo como a un mandril.  Si valorás tu vida sacá eso de inmediato.  No es un pedido, es una orden – yo, pelando chapa de madre con los pantalones puestos (aunque ese día vestía pijamas de Neuropsiquiátrico)

- Tengo una idea, hay algo que podemos “disfrutar” los dos.  Es hora de que compartamos algo, los dos juntos, como cuando yo era chico y miraba los dibujitos mientras me hacías masajes en los pies – el magistral jugador asestando un golpe bajo a mi útero sensible

-Poné – cediendo y ubicándome en el sillón mansita y a punto de convertirme al “granhermanismo”

- Esto es una cagada que te arruina el cerebro, veinte monos que se rascan las bolas confinados por voluntad propia a una cárcel con pileta con la promesa de cuatrocientos mil pesos si te aguantás hasta el final quedando como un pelotudo frente a todo un país…no entiendo cómo te puede gustar esto – yo, que no intuía lo que estaba por pasarme

Lo que pasó fue que me quedé sentada ahí, fascinada porque comenzamos a intercambiar más de un sí y un no.  Que fulanito, que menganito, que yo opino esto, que a mi me parece aquello. 

Lo que sigue es la génesis de mi “granhermanopatía”  (término con el que he dado en llamar a esta adicción que no tiene explicación científica hasta ahora.

1- Cuando sabés a quién se refiere el conductor cuando habla de “Cucho” o “Chizzo”; estás en problemas.
2- Cuando subís el volumen de la tele para escuchar una riña de descerebradas por un corpiño talle 85, viendo como tironean de la prenda cual gatas en celo; estás en problemas serios.
3- Cuando puteás con la fuerza de todos tus pulmones al megalómano que se cree que es el producto de una inseminación hecha de un cóctel con material genético del Espíritu Santo, Margaret Thatcher, Benito Mussolini, Carl Jung, Roger Federer, Carlos Monzón y Diego Maradona; ahí ya estás para medicar con Lista IV (psicofármacos con receta de archivo).
4- Cuando saltando festejando te das la cabeza contra el techo porque la nena vapuleada en un todos contra ella, se queda en la casa a pesar de los votos en su contra; lo tuyo es para camisa de fuerza.
5- Cuando gozás como los romanos en el Coliseo, mirando como se despedazan unos a otros frente a cámara como si se los estuviera manducando un león; lo tuyo es para acompañante terapéutico, Psiquiatra y drogas heavy.
6- Cuando gastás crédito para votar en contra de la perra sisebuta que le dio para que tenga a la tucumana desamparada que llora como marrana (y vos con ella); te chifla el moño mal, lo mejor es que te vacíen los cajones de los cuchillos y te palpen de armas.
7- Cuando invitás amigos a comer y dejás prendida la tele bajito para relojear el debate mientras servís la comida; lo aconsejable es un grupo de autoayuda y altamente recomendable exiliar los televisores fuera de casa hasta que el programa haya llegado a su fin.


El prólogo de todo esto es muy gracioso.

- Vení hijo, sentate que hoy es la última gala de expulsión – yo, gaseosa en mano sentada en primera fila

- No ma, yo ya no miro esa mierrrrrda – mi hijo, inmune a los embates de la “granhermanopatía”

Se ve que yo andaba con las defensas bajas…de otra forma…no me lo explico…

domingo, 8 de agosto de 2010

MEDIÁTICOS ARGENTOS

Un desfile de culos, descerebrados, frikkies y herederos millonarios

Si en mi vida existe una constante, esa constante es la televisión. En mi casa se enciende a la mañana y se apaga antes de ir a dormir. No es que alguien la esté mirando atentamente, salvo que haya algo rescatable para ver; en general se prende para que esté ahí…haciendo ruido y compañía.

Últimamente, y para mi total relajo, he visto un desmesurado incremento de la programación basura poblando y multiplicándose en todos los canales de origen nacional. Basta con ponerse a hacer zapping cinco minutos para percatarse de que no solamente no existe absolutamente nada potable para ver, también caemos en la cuenta de que la mierda que se produce en un canal se reproduce en progresión geométrica en los canales restantes.


Con una falta total de ideas y un excedente de mal gusto, este programa madre de todas las miserias que hay para mostrar; muestra lo más bajo de la sociedad envasado en Concurso de Baile con fines benéficos.


¿De qué se compone el cóctel vomitivo?


En primer lugar de un conductor “exitoso” que hace del mal gusto un culto. Desde la forma en que destrata a participantes y personajes secundarios hasta la manera en que se embute dos alfajores en la boca, todo lo que es y muestra es de un patetismo subterráneo. Busca la contienda, alienta el caos, ensalza la burrada y trata a las mujeres como pedazos de carne. Mujeres que elige rigurosamente por su total falta de educación, neuronas y un culo prominente. Grita, saca la lengua, se revuelca por el piso y manosea a quien se le ponga enfrente. Mujer u hombre, mientras facture le da todo lo mismo.


En segundo lugar contrata un excéntrico heredero de una fábrica de chocolates, aspirante a showman que más que un hombre parece un chiste ambulante. Una especie de versión carne y hueso de los muñecos “Action man” con los que jugaba mi hijo. Portador de ciento cincuenta cirugías estéticas para estirarle la cara, inflarle los labios, marcarle los abdominales y contornear los pómulos; este muñeco plástico con neuronas de caucho se las ingenia para multiplicarse en cuanto programa pedorro existe en la televisión argentina. Estrafalario, homosexual reprimido que se hace pasar por latin lover llevando de la mano a cuanta estúpida se deje comprar por un autito y un anillo; el aparato se da el lujo de contar dinero delante de los pobres proclamando a los cuatro vientos cuánto le salieron las botas o el auto que lo trajo hasta el canal. Con un séquito de infradotados que lo cuidan para que alguien no se lo cargue por el puro placer de verlo desaparecer del tubo, el monstruo deambula haciéndose el macho alfa y parafraseando poetas en un inglés venezolano al más puro estilo Chávez. Llora, se pelea, insulta, canta, llora otra vez, se emociona, propone matrimonio en cámara, llora por tercera vez pero no puede comprar con todo su dinero el silencio de otro mediático que cuenta con pelos y señales cómo se enfiestaban entre ellos disfrazados de gladiadores romanos.


La modelito devenida en actriz seria, devenida en señora que no soporta el paso del tiempo, devenida en miren como me cojo un pendejo porque todavía estoy buena, devenida en escracho mediático lastimoso de lengua viperina y cerebro de pájaro.

Esta señora supo ser linda. Es todo lo que supo ser. Puso todas sus fichas en eso. Apostó hasta las joyas de la abuela, con eso nunca le iba a escasear el dinero ni el macho que le caliente la cama en invierno. Lástima, le erró fiero. Después de hacer una media docena de películas berretas e inundar las revistas con las fotos de su culo su estrella comenzó a apagarse. La guita del ex marido se le terminó y necesitó de un nuevo escándalo para posicionarse en las primeras planas “again”. Entonces se fagocitó un ignoto pendejo que supo manosearla en cámara mientras la señora se contoneaba en bolas, sonriendo con la cara llena de botox y la cabellera impregnada de extensiones. Así compró sus últimos ocho años de fama. Trabajando de vedette o actriz de dudosa reputación, llegaba al teatro de la mano del mocoso (ambos a bordo de una motocicleta para que quede bien claro que ella todavía estaba en la década en que las tetas se quedan donde las pusieron y el culo se banca un cola less).


La tonta tontísima con un par de tetas monumentales y un culo para el infarto. De estas suelen pulular unas doce por noche. Nadie sabe de dónde salen, pero son famosas. Supongo que deben figurar en algún catálogo de putas aparte de bailar y decir pelotudeces. Son una vergüenza para el género. Y hablando de género, poco generosos han de ser los vestuaristas que les proveen de un minúsculo trapo que cubre la nada más absoluta. Cosa que la cámara capte cada poro de la entrepierna y cada pezón que se escapa en una rebuscada pirueta que tiene como único objeto que la cría en cuestión quede posicionada abierta como un lechón a la parrilla delante de una cámara que no para de hacer zoom ahí adentro…donde solamente el espéculo del médico ginecólogo puede llegar. Más allá de bailecito, la función de la señorita será trabar un diálogo con el conductor, que no dejará dudas en cuanto a la total ausencia de axones nerviosos debajo de esa brillante cabellera femenina. Balbuceando frases inconexas, la tonta con voz de nena y luces…apagadas, hará mutis por el foro mientras el camarógrafo le encaja la cámara en el medio del orto por última vez en la noche.


El bailarín del miembro generoso y cara de afasia cerebral. Este espécimen fue pescado en un club de strippers. De ahí fue llevado a bailar en paños menores ante la mirada libidinosa de un ejército de mujeres del público que aúllan como si hubieran visto al mismísimo Adonis. Adonis no es más que un señor con la mitad de la cara fruncida y paralizada, músculos de laboratorio, una zunga y un pene largo que es revoleado por su dueño para delirio de los miembros del jurado (valga la redundancia). Y por miembros no solo me refiero a las mujeres, ya que los hombres que “adornan” este jurado se lo llevarían puesto a “pijilargo” por un par de dieses en la puntuación del certamen.


La Lolita. Esta concursante se hace la tontita pero de boluda no tiene un pelo. Tiene el apetito de un Pac Man voraz y sabe que el tiempo es corto. La gravedad juega un rol importantísimo, sabe que tiene que aprovechar ese cuerpazo antes de que pase el tiempo; así que se dedicará a facturar a lo pavote, llevándose todo lo que se le cruce por el camino. Cualquier escándalo es bueno, y si en los cortes comerciales tiene que hacerle una mamada al conductor, lo hará sin un atisbo de duda. Peleará con el Jurado, se arrancará las mechas con las demás participantes y pregonará a quienes quieran escucharla que ella es virgen…de la oreja.


Si esto quedara restringido a las ocho horas semanales que tiene pautado el programa, casi les diría que estamos a salvo. Pero lamentablemente esta porquería vende, y como vende todos los programas se disputan a estos engendros que se pasean de canal en canal llorando sus miserias e inaugurando un nuevo subsuelo en la mediocridad televisiva argentina.


Menos mal que hay cable, que hay libros, que hay cine y que existe el control remoto…

domingo, 15 de noviembre de 2009

HIJOS DE LA LUZ




Cuando no te queda otra que volver al pasado
Justificar a ambos lados

Vivimos rodeados de objetos y servicios a los que nos acostumbramos tan rápidamente que ya no podemos precisar el momento en que aparecieron en nuestras vidas. Otros, estaban aquí mucho antes de que nosotros fuéramos concebidos. Y algunos, bueno, algunos ni se nos ocurre pensar qué sería de la vida sin ellos. ¿A alguien se le ocurre pensar en un día sin mandar un mensaje de texto por celular? ¿Alguno podría subsistir sin abrir un correo electrónico o mirar los titulares de los diarios desde su PC antes de salir a trabajar? ¿Alguno se imagina haciendo un fueguito en el medio del living para calentar el hogar en lugar de encender el piloto de la estufa?
Nos hemos ido atiborrando, sin darnos cuenta, de toda una maraña intrincada de aparatos que nos hacen la vida facilísima pero que dependen del gas de red, energía eléctrica y agua corriente (bueno, algunos, porque los que vivimos lejos de las grandes ciudades todavía usamos agua de pozo).
Así es como en forma autómata, con los ojos todavía pegados por lagañas y la costura de la almohada impresa en la sien, enchufamos en una sola maniobra la cafetera y la tostadora. Con el dedito índice de la mano le damos vida mágicamente a la televisión y de paso hacia la ducha encendemos la computadora con el dedo gordo del pie en una pirueta de yoga que yo llamo “saludo al ordenador”. Nos duchamos gracias al motor que impulsa agua al tanque, cantando al unísono con el mp3 del celular (previamente cargado durante toda la noche), nos secamos el pelo, nos lo planchamos, nos preparamos un licuado, descongelamos el pollo de la vianda en el microondas y nos planchamos la camisa para el trabajo. Hasta ahí todo muy bonito, la paz y armonía del hogar son impecables. El aparato para ahuyentar a los mosquitos funcionó de maravillas, el café se hizo, el encargado del tránsito del noticiero de la mañana nos dice qué atajo tomar para llegar al trabajo.

¿Pero qué pasa cuando una tormenta atroz derriba ochenta postes de luz? Pasa lo que les pasaba a nuestras abuelas en el año cuarenta. Pasa lo que les pasaba a los Ingalls en el 1800. Pasa lo que hemos visto en infinidad de películas de época…de cualquier época más precisamente, menos de esta. De esta que es la de la tecnología, los celulares, las notebooks, los archivos pdf, los ppt, los correos de voz, el skype, las Webcams, los hornos de microonda, los aires acondicionados, el Messenger, las jarras eléctricas, las bombas hidroeléctricas, los modems inalámbricos, el Wi-fi, la X-box, el I-phone, el Counter Strike, el Facebook, el Google, el GPS, los cybers, las ediciones digitales de los diarios, los implantes dentales, la cirugía translaparoscópica, los satélites, el transbordador espacial y el DVD. Pasa que ya no nos acordamos de cómo hervir agua o desearle feliz cumpleaños a un amigo sin energía eléctrica.
Es por esto que, ante un reciente corte de energía que duró unas dieciocho horitas, elaboré una listita de los problemas que surgen cuando somos enviados de una patada en el culo al siglo pasado.


LOS CUATRO PROBLEMAS MÁS FRECUENTES ANTE LA FALTA DE ENERGÍA ELÉCTRICA

La dinámica familiar se ve completamente distorsionada, cuando no destruida (o reparada), con un súbito corte de luz. Lo primero a tomar en cuenta es que todos los miembros de la familia se aglutinaran en la cocina a mirarse las caras sin pronunciar otra palabra que no sean epítetos de grueso calibre. Una vez saciada la necesidad de insultar, nos miraremos fijo a las caras sin encontrar motivo para pelear por un lugar frente a la computadora o por el dominio del control remoto de la TV. Erradicados esos motivos, no nos quedará opción que reparar en las caras del otro. De repente nos daremos cuenta que el primogénito se ha perforado por enésima vez la oreja (de la cual pende una flecha metálica que vuelve a incrustarse en el lóbulo superior de la misma). El crío, por su parte, se dará cuenta (a la luz de una vela) que su madre es una señora mayor y entrada en carnes que se parece mucho a su abuela (sobretodo cuando tiene cara de ojete). Pasada la etapa de contemplación estética, llegará de a poco la conversación. Nos pondremos al día con las novedades de las criaturas y así nos enteraremos de que el hijo mayor planea poner un puesto de hot-dogs en la playa sin nuestra autorización pero con nuestra financiación, que el del medio está de novio con una mujer tailandesa que le lleva quince años y el menor le peluqueó el flequillo a su compañerita de primer grado en el baño (la madre de la pendeja hace juicio al colegio y a los padres del ignoto coiffeur pigmeo).


La recreación y el entretenimiento se ven sensiblemente afectados. Algunos no lo soportan, hacen una mochila, agarran el auto y toman la autopista con rumbo indefinido atraídos por el primer resplandor luminoso que augure comida chatarra/pelotero/cine y Wi-fi. Pero aquellos que elijan el hogar deberán desempolvar los juegos de mesa: el ajedrez del abuelo, el mazo de cartas españolas, el cubilete y los dados comprados en las últimas vacaciones, el ludo, las damas y el favorito de la abuela (el bingo). Los más chiquitos apelarán a los crayones y las pizarras magnéticas…y si hubo suerte alguno encontrará el Tetris a pilas (lo más cercano a la tecnología sin enchufe). Cuando se agoten los recursos, la imaginación será una gran fuente de entretenimiento. Buscarle formas a las manchas de humedad, los trabalenguas, el “ni si, ni no, ni blanco, ni negro” y el concurso de chistes machistas/negros/verdes serán los grandes salvadores de una velada que se torna de goma. Visto y considerando que la luz no vuelve, cada integrante se buscará linterna o vela para meterse en la cama con algún libro olvidado en una biblioteca que sólo sirve como recuerdo de un pasado inmediato que amenaza con desaparecer del todo. Si hay suerte, la mañana siguiente nos encontrará a todos enchufando los celulares con desesperación mientras nos matamos a codazos por la silla frente al monitor.


La higiene propia y del hogar se ve ostensiblemente dañada. A la mayoría, el agua les dura lo que exista de reserva en el tanque. A otros como yo, la falta de energía nos deja automáticamente sin agua. Y en las ciudades, aunque los encargados de los edificios se maten explicando que hay reservas suficientes como para pasar dos días sin luz y con un buen suministro de agua (usándola razonablemente); lo más probable es que te quedes sin una gota de H2O a la media hora, ya que todos llenarán sus bañeras, tachos y fuentones agotando las reservas de pura desesperación y avaricia. Entonces tendremos que aplicar nuestra astucia y apelar a nuestra memoria para recordar cómo se bañaba la gente en los westerns más conocidos. Dicho esto nos encontraremos parados en un fuentón lavándonos a trapo y jabón, enjuagándonos con agua turbia, reservando un poco para mojar el cepillo de dientes y otro poco para la pava. Limpiar la casa será una utopía. Conclusión: Los Ingalls eran unos roñosos. Y los Highlanders también.


Las comunicaciones desaparecen y con ellas la aldea global, las redes sociales… la vida social en general. Hasta el trabajo queda reducido a tareas de archivo. Ya nadie escribe nada a mano, nadie manda cartas por correo. Todos nos enteramos del nacimiento de los hijos de nuestros amigos a través del Facebook. O el Twitter. Nos invitan al cine y a una fiesta a través de ellos. Arreglamos nuestros planes de fin de semana y hasta contactamos al dentista por una red social porque el muy turro desconectó el celular el fin de semana. Hacemos las compras por Internet, encargamos discos y libros con la computadora, pagamos las cuentas con los home-bankings y pirateamos desde una peli, hasta un libro. Ni cocinar podemos sin bajar una receta o verificar el resultado de un análisis de sangre sin consultar a una Web médica que nos dejará más aterrorizados de lo que estábamos antes de meter la nariz ahí dentro. El resultado de un corte de luz es que básicamente no somos nada sin un cable USB, un CPU, un MODEM y un monitor. Y las consecuencias son gravísimas. He visto gente darse la cabeza contra la mesada de la cocina por puro síndrome de abstinencia a la tecnología (mi sobrino de seis años, sin ir más lejos).


¿Si tengo alguna sugerencia para sobrevivir a estos cortes de energía que amenazan con ser más frecuentes por culpa del cambio climático, las reservas de agua existentes y las fuentes de energía que amenazan con agotarse a corto plazo?.

Si, tengo. Alquílense películas de época. Renacimiento. Edad Media. Pre-historia. Edad Antigua. Revolución industrial…la época que quieran menos la actual. Aprendan a pelar pollos. A cargar agua desde el manantial hasta la casa. A usar la rueca, el telar. A prender fuego con un palito y una piedra. A sentarse frente al fuego a cantar y recitar. A escribir cartas y esperar tres meses por la respuesta. A vender y comprar con el trueque. Y a matar mosquitos a trapazo limpio…

viernes, 8 de mayo de 2009

EMPRESAS FAMILIARES



Circos de pueblo
En un pueblito magro (no pretendo ser despectiva, me refiero a la oferta de entretenimiento no al tamaño ni a la calidad de la población), donde el radio promedio del centro comercial es de aproximadamente cuatro cuadras; suelen aparecer de cuando en cuando estos circos ambulantes tan típicos del interior de la Argentina.
El primer indicio del desembarco de estos espectáculos suele ser un Ford Falcon modelo 73 destartalado y agujereado por los embates del óxido, en cuyo techo descansa un gigante altoparlante, que va peinando las calles del inhóspito poblado importunando la siesta de sus habitantes con un estruendoso mensaje publicitario. El piloto del auto, devenido en locutor aficionado, va pregonando las bondades del Circo con una voz impostada y pastosa pronunciando palabras que a duras penas se entienden gracias a la apoyatura del maxilar superior sobre el micrófono bañado en una gruesa capa de saliva. Igual todo el mundo entiende de qué se trata, sobretodo los que no pasan la barrera de los diez años. Además, el Falcon suele tener pegado un gigantesco sticker o en su defecto un trapo atado a las ventanas, con el logo del espectáculo en cuestión. “Gran Circo Tebas”, “El Circo de los Hermanos Mussopapa”, “Splendid Circus” o “Colozal Sirco Varcelona” son moneda corriente en la lista de los nombres elegidos por este grupo de artistas nómades que se ganan la vida de pueblo en pueblo.

Una vez publicitado el evento, el Circo fondea en el potrero estratégico de la zona; un lugar donde generalmente pastan los caballos, la gente estaciona chatarras fuera de uso y donde descansan un par de volquetes abandonados que hace siglos vomitan madejas de hierros retorcidos y restos de mampostería.
La acción se desarrolla vertiginosamente. A la mañana, cuatro rollos de lona apilados en el piso y dos vagones de hojalata despintados de colores que alguna vez fueron brillantes, no llaman demasiado la atención de los paseantes. A la tarde, las cuatro lonas se alzan en forma de catedral imponente por la altura y cantidad de parches y remiendos. Los vagones ya son cinco y a esos cinco se les suman los cuatro vagones jaula donde descansa un león esquelético y sin dientes que relojea con desconfianza al más malevo de los perros de la jauría callejera autóctona (quien no duda en mostrar su dentadura completa mientras ruge como un verdadero felino). En otra de las jaulas, tres monos tristes se aferran a los barrotes fascinados con los primeros chicos que se amontonan a investigar la oferta de este nuevo entretenimiento. En el tercer vagón jaula, un elefante deprimido le da la espalda a la concurrencia mientras se hamaca de lado a lado, hasta que es convocado por su entrenador a arrastrar piezas del decorado con una soga atada a su obeso cuerpo. En la cuarta jaula, un conventillo de once perros histéricos hacen las veces de Prima Donna demandando atenciones a puro aullido. Como por arte de magia, aparece la primera soga de donde prolijamente penden, recién lavados, trapos trapitos y calzones de todos los colores. Para cuando cae la noche, el predio se ha convertido en una pequeña ciudad luminosa donde todos sus integrantes están avocados a una actividad específica que hará posible la primera función del día siguiente. Mientras el auto sigue circulando, la boletería se habilita para que los pueblerinos se amuchen a reservar su entrada. La fila nunca sobrepasa los dos o tres integrantes, gente que se lleva feliz, dos entradas al precio de una (impresas en un papel áspero y barato color verde jabón con la cara de un feroz tigre al lado del signo pesos). El valor de la butaca (si se le puede decir butaca a una desvencijada silla de chapa helada o a una ajada sillita de plástico gris que pellizca el tujes), es siempre un anticipo de la calidad del espectáculo que uno va a tener el disgusto de tolerar (porque uno lo hace por los chicos, seamos francos).

Cinco pesos es el precio estipulado para cagarse de frío durante dos horas con el culo achatado por la incomodidad y los tímpanos heridos gracias a la reverberación de dos parlantes desconados que saturan los sonidos graves y emiten los chillidos de un micrófono que siempre está acoplando. Cinco pesos duele deleitarse la vista mirando como una equilibrista entrada en carnes se deja colgar del rodete mientras el marido se cobra las facturas de toda una vida haciéndola girar locamente para depositarla bruscamente en el piso. La misma señora con idéntico rodete ocultará sus medias de red agujereadas y su leotardo turquesa que se incrusta en los tres rollos abdominales, debajo de una túnica amarilla saliendo a vender pochocho frío y gomoso al mismo precio de la entrada (lo cual le otorga una explicación más que razonable a la ganga, que no resultó ser, el valor de la entrada). Mientras la esposa hace su negocio, el amo y señor del Circo se deshará de su overol amarillo dejando al descubierto su generosa anatomía embutida en una calza blanca y una chaqueta roja con solapas negras. Galera de por medio y un látigo raído, el domador hará su fastuosa aparición acompañado de un desganado león que se niega rotundamente a saltar de un minúsculo banquito a otro. Ni el agudo chasquido del látigo, que levanta una nube de polvo toda vez que toca el piso, logrará hacer cambiar de opinión al felino que se acuesta sobre su vientre lamiéndose una pata en franca señal de descontento gremial. Ni siquiera un gruñido podrá arrancarle el domador, atinando solamente a especular con la inquietud de este auditorio de cincuenta y dos personas, mostrando los dientes del temible animal. Mientras el león cabecea al borde del sueño, el opulento dueño del Circo pelará sus mejores aspavientos para terminar abriendo las fauces del animal con la punta del látigo, para asombro de la concurrencia.
Tras vender la última entrada de la noche, el señor de la boletería se calzará su traje multicolor, su peluca de lana amarilla y se encajará la bocha roja en la nariz luego de haber pintado su cara en apenas doce segundos. Ayudando a arrastrar a Michi (el león) de la arena a su jaula, escucha su nombre “Poroto” y la banda sonora de “El chavo” que anunciará el comienzo de su número de humor. El payaso (y cuñado del domador) se trenzará en una frenética pelea con idéntico espécimen (el hijo de catorce) que no deja de propinarle patadas de zapato rojo número 58 en el culo, ante las carcajadas de una parva de mocosos sin dientes que disfrutan como locos con la desgracia ajena. Se correrán de una punta a la otra y saltarán hacia los palcos amenazando con tirarse baldes supuestamente llenos de agua, que resultará ser papel picado que obviamente aterrizará sobre la pelada de algún padre desprevenido.
Luego llegará el turno de Sharon, la contorsionista y madre del payaso menor. Enfundada en un minúsculo traje de baño de lycra negro, se las ingeniará para demostrar que puede auto empacarse en una maleta (y que la depilación no siempre llega al último rincón de algunas partes). Removida del escenario, dentro de la valija, por ambos payasos; la señora dará paso al mago (que no es otro que el domador con la misma chaqueta roja, ahora negra ya que la misma es reversible). Hará un par de trucos con cartas para los cuales convocará a dos miembros de la audiencia, hará desaparecer trapitos de colores en las mangas (esos que a la mañana colgaban de la soga) y hará aparecer una paloma en una cacerola (nunca sabremos si la paloma termina guisada en esa misma cacerola dos horas después). En el entreacto, la contorsionista se pasea vestida con un kimono agujereado por veinte quemaduras de cigarrillo, ofreciendo linternitas de colores al compás del payaso que saca instantáneas con una polaroid del año 1978 (que luego venderá por la módica suma de diez pesos a la salida del espectáculo). La otrora pochoclera equilibrista, ahora vende conitos de papas fritas cuyo aroma mitiga agradablemente el olor a bosta y pileta Pelopincho, del lugar.

Se bajan las luces, de un saque, provocando el pánico de los pendejos que se vuelcan la Coca encima del susto llorando como marranos; comienza la segunda parte del “Chow” (como anuncia el locutor, que es el payaso y el boletero y el fotógrafo y el gerente de marketing y el malabarista…como estamos a punto de comprobar). Largando el micrófono como empanada hirviendo, correrá los veinte pasos que lo separan de la arena para instalarse al lado de una mesita que contiene cinco aros pintados con brillantina, cuatro pelotas naranjas semi-desinfladas, seis platos de plástico y media docena de bastones despintados. Lanzará estos objetos al aire, perdiendo el control de los mismos en la mayoría de los casos, pero logrará arrancar algunas risas cuando la media docena de platos aterriza sobre su cabeza.
Con la musiquita de “The final countdown”; la señora entrada en carnes, su hija y la contorsionista se acercarán a la pista en puntas de pie vestidas con idénticos bodys de lycra dorados bordados con lentejuelas y canutillos. Haciendo ademanes, posando para la concurrencia y dejando ver las hilachas de sus trajes y el rojo carmín desbordado de sus labios; las mujeres se colgarán de tres trapecios cuya altura será calibrada mediante sogas por el resto de la familia circense (incluida la elefanta). Las mujeres se hamacarán lo que dura la canción de Europa, para deleite de la audiencia masculina que no le quita los ojos de encima al culo de la quinceañera que se menea sobre sus cabezas.
El final de la canción deja paso a un bache musical que será subsanado por el payaso multifunción, quien secretamente sueña con dejar caer la soga que sostiene a su mujer para poder llegar de una vez por todas a enganchar el tema de “Carrozas de fuego” a tiempo. El tema da paso a Yessica, la elefanta que será compulsada por el payaso a sentarse en dos patas recibiendo una ovación del público; y a una jauría de perros con polleras de tul rosa que correrán en círculos con una sincronización maravillosa hasta que uno de ellos olfatea a una perra pueblerina en celo abandonando las filas por una noche de pasión campestre. Lamentablemente, Chicho no será el único perro acalorado por los favores de la prostituta canina, el resto de la troupe lo seguirá al galope dando por terminado el numerito de los perritos. El mago hará su última aparición de la noche, y al son de un redoble de tambores, hará equilibrio sobre un grueso cable suspendido a un metro del piso (el mismo cable del que a la mañana colgaban sus trapitos de colores recién lavados y los calzoncillos de su cuñado). Descalzo y habiéndose quitado camisa y chaqueta, el hombre camina en musculosa blanca transpirando los pelos del pecho hasta llegar al final del cordón (los chicos, que ya no aguantan más, a estas alturas corretean por toda la carpa sin percatarse de tamaña proeza).

El último número saca de su hastío hasta a la abuela que ronca con el mentón incrustado en la clavícula izquierda. El domador, otra vez con sus calzas blancas, convoca a un chimpancé vestido de marinero cuya única destreza es fumar habanos y dos monos titíes desmadrados que no sólo se niegan a saltar a través del aro en llamas, se ofuscan y se arrancan uno al otro con los dientes, sus vestiditos de satén amarillo. La pelea da por terminada la función, uno de los miembros del staff (el hijo mayor del domador), apaga con un matafuego el incipiente incendio provocado por el aro en llamas que cayó sobre un fardo de heno.
Con la cortina musical “Había una vez un circo” de Gaby, Fofó y Miliki; desfilan todos los artistas del show (cinco, sin contar los animales). Recibiendo una tímida devolución del público, se aprestan a despedirlo en la puerta aprovechando para venderles a los chicos el último pancho, la última gaseosa, la última pulserita fluorescente y la foto para el recuerdo.
El Circo sólo se quedará el fin de semana. Luego retomará las rutas para llevar su esplendorosa decadencia a otro pueblo, a otros chicos; sumando en cada viaje un nuevo agujero en las medias de red, en las calzas de lycra, en la sonrisa del león y en la lona de la carpa.