martes, 22 de marzo de 2011

POLÍTICOS EN VENTA

Cuando el producto de una campaña de marketing es un candidato a un puesto político


Conducía mi auto por la ruta, maravillándome con el verde del paisaje y ese sol matinal que tiñe todo de dorado.  Era una imagen digna de un comercial de shampoo para la caspa o yogurt para el tránsito lento.  Ahí, precisamente ahí, me topé con una mancha roja gigantesca.  Detrás de un montoncito de árboles frondosos se alzaba un cartelón rojo fuego con una foto que no llegué a distinguir hasta que estuve un poco más cerca.  Mi asombro fue tan grande que mi mandíbula inferior tocó bocina asustándome al mismo tiempo que mi cuello giraba hacia la derecha como la nena del Exorcista.  El trance fue tan grande que no pude dejar de mirar el cartel hasta que se convirtió en un puntito en mi espejo retrovisor. 
Dicen los entendidos que los carteles en las rutas distraen, y creo que tienen razón.  Por mirar esa foto casi me trago un camión con acoplado, cosas así no se ven todos los días.  La publicidad era nada más y nada menos que la invitación a votar al Señor de la foto en las próximas elecciones a Intendente de una ciudad vecina.  Me pasé el resto del viaje imaginando la sesión de fotos y al iluminado que eligió entre una parva y se quedó con esa, esa que fue a parar a la ruta estropeando el verde paisaje.  Conjeturando mentalmente sobre el publicista que ayudó (si es que lo hubo) a pensar o diseñar la campaña estratégica que pondría a este señor al frente de la Intendencia a fines de este año me agarró tal ataque de risa que me ahogué con mi propia saliva. 

Pegué la foto para que enumerar las cosas que se me ocurrieron las cincuenta veces que he pasado desde entonces, frente al cartel de la ruta que me lleva de casa al trabajo.
ACLARACIÓN: No es que me ataje, pero desconozco la plataforma y signo político del susodicho.  No voto en esa ciudad, no tengo la menor idea si el señor es idóneo, bueno, malo o el mismísimo Diablo.  Todas las apreciaciones vertidas son puro prejuicio devenido de la observación subjetiva de la campaña publicitaria desplegada por el Señor de la foto.

1-     Si existe un publicista:
A)    El tipo trabaja para el partido político opuesto
B)     Es ciego
C)    Es boludo
D)    Sufrió un aneurisma editando las fotos
E)     Tiene Parkinson y le chingó con el dedo índice a la foto que realmente quería imprimir
F)     Cobró por adelantado
G)    Es amigo del susodicho y no facturó honorarios de asesoría
H)    Es el marido de la mina que se está comiendo el susodicho
I)       Planea postularse para el mismo cargo en breve
J)       Le pagaron con un cheque sin fondos (lo más probable)
K)    Recibió un dinero por mutilar las intenciones electorales de su asesorado
L)     Se estaba haciendo caca encima cuando lo llamaron de la gráfica para pedirle la foto

2-     El señor de la foto dice (versión libre a mi cargo):

A)    ¿A mí me vas a votar? ¿Estás seguro?
B)     La política me da asco
C)    Existe un ligero olor a mierda aquí
D)    Creo en la reencarnación. En otras vidas fui pirata, cantante de ópera, carcelero, Obispo, domador de leones e indio caníbal
E)     Esperá que asuma y vas a ver como no te sentás por varios meses
F)     ¿Desconfiado yo?
G)    No pienso dar explicaciones
H)    Y eso que no me viste desnudo…
I)       Soy lo más
J)       Votame que tengo que agrandar el quincho y la pileta
K)    Nananananana, la BMW X6 la tenía de antes
L)     Yo no fui
M)   Fue él
N)    ¿Jugamos un “serio”?
O)    Salí precioso
P)     Hay que ser muy gil para no votarme
Q)    ¿Qué esperás tarado? Anotá bien mi nombre.  Te espero en la plaza para darte el par de zapatillas
R)     ¿Compraste gel lubricante?
S)     100% confiable, pero por las dudas no me muestres tu número de cuenta
T)     Quedate tranca, dejalo en mis manos jejejejejeje
U)    Fuiste, alpiste, perdiste
V)    Vos madrugá que yo te acuesto


Cariñoso mensaje al encargado/publicista/cadete a cargo de la campaña del Sr.Tito: 

A vos, iluminado estratega que comanda y pilotea las ilusiones electorales del señor para el que trabajás, te pido por favor que hagas un curso de photoshop o bien repitas una sesión de fotos de tu cliente previo depilarle las cejas, borrarle las ojeras, dibujarle una sonrisa y sacarle el pepino que tiene incrustado en el recto.  Eso si querés que gane. 

Cariños
Una admiradora de tu ardua labor marketinera.




lunes, 28 de febrero de 2011

MI MOTOSIERRA Y YO (Cuento sangriento)

Advertencia: Este relato no deberá ser leído por personas sensibles, niños en edad escolar, ancianos con cardiopatías severas, hipotensos, tensos, inmuno deprimidos, deprimidos, psicópatas, cocainómanos, bobos y gente con escaso sentido del humor.


Capítulo 1: La génesis del genocidio

Estaba sentada en mi jardín.  Mi jardín se achicó o yo he crecido.  La segunda opción es más probable, aunque la fisonomía de mi parcela verde ha mutado en algo que no logro identificar, convirtiendo en probable la primera hipótesis.  Lo que alguna vez fuera una casa, ahora es un montículo informe de masa verde (con vida). 

-“Soy la dueña de la casa del cuento de las habichuelas mágicas”- yo

-“La verdad es que tenés la flora y fauna autóctona un tanto descontrolada”- él

Creo que lo dijo por las iguanas, arañas, ranas arbóreas, pájaros carpinteros, gatos, perros, teros, búhos, murciélagos, hormigas, grillos, palomas, garzas, mosquitos y escarabajos que habitan en mi pequeño bosque tropical.  Me faltan dos especies y puedo cobrar entrada, el predio es un zoológico.

-“Te molestan mis animales” –yo (rictus “Greenpeace”, beligerante pero con onda…verde)

-“No, no…bah, por ahí las alimañas que caminan en el baño mientras intento un pis accidentado” –él (excusándose por verse forzado a bailar un malambo sobre un escorpión, en el excusado)

-“¿Será que es hora de darle un corte de pelo a la jungla? – yo

-“Tenés un árbol dentro de un farol, un duraznero creciendo en el baño y una enredadera tomando posesión de la cocina, a vos qué te parece?” –él, elocuentemente

-“Me parece caro”- yo, imaginando al jardinero, “calculeadora” en mano

Días después convoqué a licitación para la ejecución a mansalva de todo rastro de vida silvestre “color verde”.  Se presentó un señor con aspecto de erudito en la materia, que daremos en llamar “Jorgelino” (para proteger su verdadera identidad).
Luego de revisar exhaustivamente la tarea a realizar, y alertándome sobre los peligros a los que me veo expuesta si sigo dejando que mi hogar sea devorado por un tsunami de savia, se suscitó el siguiente diálogo:

-“Doña, yo le voy a hacer un buen trabajo” – Jorgelino (rompiendo el silencio luego de media hora de rascarse la nuca y hacer cuentitas en voz baja usando todas sus falanges)

-“No lo dudo” – yo (engullendo un bostezo marca Hipopótamo)

- “Tengo que sacar las ramas, arrastrarlas hasta la entrada.  Voy a necesitar un ayudante. Me va a llevar un tiempo”- Jorgelino (preparando el terreno para largar una molotov que va a doler)

-“¿Cuánto tiempo?”-yo, con pérdida de paciencia creciendo en progresión geométrica

-“Tengo que ver si traigo la motosierra, el serrucho curvo, la carretilla...” -Jorgelino contando billete en la pantalla mental

_”¿Cuánto tiempo, cuánto, cuánto, cuánto dinero, cuánto, cuánto?”- yo, cada vez más tuneada como el Ogro del cuento de las habichuelas

-“Dos días, dos mil pesitos; un trabajito excepcional te voy a hacer”- Jorgelino escupió esta oración dándome la espalda (todavía no sé si por vergüenza o vértigo en la zona genital)

-“Es muy caro” -¿quién sino yo?

-“Y si te rebajo a mil ochocientos” – él, viendo desmoronarse el sueño del ciclomotor propio

_”No puedo, es un poco menos de lo que gano en un mes sin prostituírme ni vender éxtasis en la puerta de Tropitango” –yo, comenzando a disfrutar del té que me iba a tomar cuando Jorgelino ganara la calle (fruto de un bolón en el trasero marca Hush Puppies)

-“Te hago quinientos pesos por desmalezarte la casa y deshacerme de las serpientes, iguanas, ratas y bichos bolita” – Jorgelino jugando al poker con mis temores

-“Rajá Jorgelino, rajá…si valorás tu vida empezá a correr”- yo con hambre


Capítulo 2: Tener una motosierra es tan “Easy”

Visto y considerando que Jorgelino se ofendió al notar con fastidio que había decidido demoler mi bosque con mi serrucho curvo, me increpó acusándome de darle el laburo a otro jardinero (porque no creyó que ese revoltijo de ramas proviniera de mi propia faena).
Le juré y perjuré que había comenzado la labor para darle una manito, así de paso me hacía un descuentito.  Se retiró ofuscado como novia abandonada en el altar.

Como el ahorro es la base de la fortuna, decidí tomar las riendas del proyecto y recurrí al hipermercado ferretero más cercano, en compañía de mi pareja, quien asistió al evento para salvaguardar mi integridad física.  Esto fue corroborado a los tres minutos de entrar al establecimiento, momento en el que me entregó un aparato similar al de “La Masacre de Texas”.  Sentada de culo en el piso, con la sierra en el abdomen, comprobé que la maquinita en cuestión me dominaba a mí (si hubiera estado enchufada, a estas alturas tendría una medio hermana siamesa).   Recorrimos las góndolas probándonos diferentes modelos de amputadores de miembros y/o ramas, hojas y afines.  Y ahí fue…ahí, en el estante dos (posición 13) que nos vimos ella…y yo.  Fue amor a primera vista.  Primero con Black y luego con Decker.  Con su sonrisa dentada, negra y aceitada.  Con su carcasa rojo sangre.  Con su logo orgásmico para cualquier hombre que guste de máquinas, tornillos y percutores.  Y para cualquier mujer que haya perdido el juicio. 
Media hora después con un alargue, un alicate extensible, un paquete de bolsas de consorcio negras y unas varillas aromatizantes con aroma a jazmín (si, en el fondo hay una fémina viviendo en mí); partimos hacia la cuna de la fotosíntesis.

Capítulo 3: Detrás de todo sueño hay un problema sin resolver, detrás de toda persona hay un asesino serial en potencia.

Como hacía un calor agobiante y los pájaros se caían de los árboles, decidimos dormir la siesta antes de estrenar las herramientas.
Duermo, luego despisto.  Recostada cómodamente en los brazos de Morfeo ví con nitidez de tecnología japonesa la siguiente escena (que me tenía como protagonista…obvio, después de todo era MI SUEÑO! …JODER!):

“Voy a inaugurar un cementerio privado en mi jardín”- yo, la entrepreneur, hablando con Mauricio Macri sobre mi mega emprendimiento

“………….” -Mauricio Macri, mudo (creo que no hablaba porque lo último que ví antes de dormirme fue una foto de él en la Revista Caras, tiesito e inmutable)

“Acá tengo la subdivisión de las parcelas” –yo, señalando el terreno con el dedito índice

“Tengo varios clientes”- yo, Mauricio seguía sin emitir sonido

“El tema es que todavía no están muertos”- yo, esto se convertía rápidamente en un monólogo

“A mi cliente, el japonés, lo voy a filetear a lo largo.  Creo que le va a gustar ser exhumado en forma de sushi, una alegoría patriótica…si se quiere”- yo, Mauricio no opinaba porque seguía freezado en la foto de Villa Langostura

“Al pibito que me torturó poniéndome reggaeton en la oreja con su celular, en la fila de Rapipago le voy a hacer una ceremonia rapidita.  Diez cortecitos prolijos de lado a lado, junto los pedazos y los meto en la bolsa de consorcio negra” – yo, habiendo decidido unilateralmente que el enfermito no merecía una parcela en mi exclusivísimo cementerio “Black&Decker”

“Este lugar lo tengo reservado para la cajera del Supermercado, que me plantó el cartel CAJA CERRADA, después de haberle descargado medio carrito en la cinta transportadora.  Me sonrió cálidamente, en cámara lenta mientras a mí se me borraba la mía.  Le voy a rebanar la cabeza a la altura de la cuarta vértebra cervical.  De lápida voy a utilizar la cabeza embalsamada y sonriente.” – yo, habiendo recibido una ovación de parte de mí misma.  Mauricio miraba pero no opinaba.  Se sumó Francisco de Narváez, que me encargó una parcela para Daniel Scioli.

“Acá va Jorgelino” – yo codeando a mi pareja

“¿Qué?- mi pareja o Mauricio.  Juraría que uno de los dos habló.  Francisco y Daniel se hicieron amigos y se besaron en la boca apasionadamente

“Jorgelino queda muy lindo si lo voy desmembrando de a poco.  Si lo congelo, puedo decorar el pino navideño con sus partes.  El rojo sangre siempre me ha gustado para decorar el arbolito” – yo, haciendo planes para Navidad, porque hasta en sueños me devora la ansiedad

BEEP BEEP BEEP BEEP

El despertador me hace saltar de la cama.  Me calzo las zapatillas, la motosierra al hombro y salgo corriendo a rebanar plantas.  Corto por aquí, corto por allá, disfruto el momento. 

“Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaa” – mi hijo pegó su clásico alarido

“¿Quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee?”

“No tenemos Internet, ni cable ni teléfono”- mi hijo me pasó el parte de las bajas en combate

“Uh” – yo, comenzando a asociar la máquina que tengo en la mano con el ostracismo tecnológico al que he sometido a mi hijo…y/o al barrio, en le peor de los casos

Prorrumpí en llanto revolcándome en un colchón verde de pasto, ramas y arañas.  Sentí la necesidad de auto infringirme dos cortes prolijos en las muñecas para salvar a la humanidad de mi motosierra.  El arma fue sustraída de mis manos por alguien que prolijamente se puso a empalmar los cables mientras los vecinos se preguntaban unos a otros si tenían o no servicio telefónico.  ¡TRAGAME ENREDADERA!

“¿Qué te parece si la seguís usando cuando estés más calmadita?  Guardá el juguete, mañana jugás otra vez, dale?” él, con gesto preocupado mientras retiraba el objeto de mis manos con cuidado

Nos sentamos  a tomar dos cervezas “Duff” al más puro estilo Homero Simpson.  Brindamos por Jorgelino.  Nos acordamos de él, de su madre y de su abuela…

Hoy me lo crucé cuando entraba al barrio.  ¿Pueden creer que se me hizo el ofendido?

VA FANCULO!!!!!!!!!


lunes, 7 de febrero de 2011

LAS PERIPECIAS DE VACACIONAR EN ARGENTILANDIA


¿Para qué salimos de vacaciones?
La gran mayoría contestará:
Para desenchufarme del trabajo
Para recargar las pilas
Para relajarme y gozar
Para conocer lugares nuevos
Para salir de la ciudad, sus ruidos y su tránsito
Para tirarme en una reposera y ponerme al día con la lectura
Para deshacerme del stress del año

Pues no señores, en Argentilandia uno sale de vacaciones para todo lo contrario.

Planeando las vacaciones

Es muy probable que lo que comienza con una sonrisa soñadora termine a las piñas.  Muy probable.  Porque elegir el destino donde uno posará el culo durante quince días del más puro alpedismo nunca es fácil.  Se empieza en París o Bahamas y se termina en Las Toninas o Gualeguaychú (sin desmerecer, que quede claro).  Una vez que el lugar ha sido elegido hay que convencer a la manada que nos acompañará.  Que suelen ser los hijos caracúlicos que uno se ha sabido granjear en una noche loca de alcohol y desenfreno.  La negociación es clave, hay que sobornar a los sujetos que harán de tu vida un verdadero infierno si no concurren en forma voluntaria y espontánea.  Que lo disfruten, ese es tema para otra columna.  Así que los que en principio eran tres más el perro se convierten en seis menos el perro, más la pelota, la guitarra, una caja de preservativos de cien unidades y el amigo del amigo.  Pero le sacaste el “TA BIEN, VOY”.  Como si te estuviera haciendo un favor!!!!!!!. 
Ahora hay que conseguir el dinero, hacer las reservaciones y diseñar una estrategia que incluya un consenso para el horario y día de partida, y planos manufacturados por un ingeniero que nos explique cómo embutir cuatrocientos kilos de equipaje en un autito diminuto.
Dos días antes de partir, sin entender bien porqué, estarás haciendo una fila de veinticinco autos (y una hora de espera) para intentar llenar el tanque con gasolina.  El tan preciado líquido que impulsa nuestros carromatos ha desaparecido de los surtidores.  Dispuesto a pagar lo que sea y matar a quien se ponga en el camino, con 40º a la sombra, el motor apagado porque te quedan los vapores, verás cómo se aleja tu fantasía playera por culpa de vaya a saber quién mierda.
Tanto rascarle la panza a Buda da sus frutos, llegas al surtidor y todavía tiene alguito para vos.  Le cargás como para impulsar un portaaviones y te chupás los restos de la manguera mientras le revoleás al empleado las tres tarjetas de crédito con las que pagarás la compra.  Las vacaciones están en su apogeo. Yupiiiiiiiiii!

La partida

Como sos un inconsciente, consciente de que no te podés tragar la pastiloca de todas las noches para dormir como una marmota, no pegarás un ojo.  Como dormir sin droga es una odisea, el Facebook será la panacea.  Saldrás a la ruta con dos horas de sueño, pero listo para pasar la prueba de las pupilas dilatadas=0% de clonazepam en las venas.  Excelente diez!.
Cuando llegás al borde del paraíso (léase la entrada a la ruta que te llevará a la playa), caerás en la cuenta de que en el peaje hay dos millones de monos furibundos tocando bocina a lo bestia.  El primero de cinco peajes en cuatrocientos kilómetros.  Si esto no es le paraíso, el paraíso dónde está?.  Si tenés suerte, solamente te comerás unos dos o tres piquetes que te harán perder unas tres horitas nada más.  Gente que no está de acuerdo con el peaje, gente que está de acuerdo con el peaje pero no con el color de las cabinas.  Gente que no quiere la autopista porque se le subió encima del jardín, gente que le quiere cagar las vacaciones a otra gente…en fin, lo de siempre.  Si lográs salir inmune (a nivel psicológico) de esta primera etapa, desearás haber blindado el autito, porque a los dos kilómetros hay media docena de vagos apedreando autos y micros esperando que pares para robarte las vacaciones, el celular, la guitarra y hasta el perro.

El arribo

Diez horas después, cuatrocientos kilómetros al sur, la brújula y el GPS dicen que llegaste a destino.  Eso o el gigantesco tapón de autos que avanza a paso de hombre porque los semáforos no están sincronizados y porque tres promotoras con el culo al aire regalan un folletito pedorro para que visites a la beluga blanca en el oceanario de la ciudad.  Cincuenta minutos después, preso de un ataque de ansiedad te encontrarás haciendo una fila kilométrica para cargar combustible (porque escuchaste en la radio que el problema de la gasolina se agrava en la Costa).  El viajecito ya lleva doce horitas, un poema.  En el fondo del auto, los eructos, los gases y los tres acordes de “Wish you were here” repetidos hasta el hartazgo te hacen acordar que hoy es un buen día para quitarse la vida.  Masticando la enésima galletita de chocolate pedirás un trago de algo.  Ese algo es Coca Cola caliente llena de baba de tres monstruos que han decidido cagarse a trompadas en un espacio similar a un tacho de basura. Ligarás un rodillazo en los riñones, mejor…al menos sabés que estás vivo.
Con la mugre de un ejército de desamparados y la energía de un juguete sin baterías, encontrarás la manera de dirigirte a la playa.  Eso después de descargar el auto solo, porque los tres animalitos se te escapan a la calle a jugar a la pelota.  Ojalá que en la playa vendan vodka en suero endovenoso.
Volcás.  Son las ocho de la noche y vos dormís babeando en la arena, con la lengua colgando como los perros anestesiados.  Te despierta un desubicado que grita “Relojes, pulseras, anillos…quiere verrrrrrrrr?”.  Tragando el corazón que asoma por la garganta en una alborotada taquicardia, lo putearás escupiendo arena.

El día después

Ahora si.  Descansadito y sin apuro te vas a dirigir al cajero para comenzar a despilfarrar tu magro sueldito comprando el diario y un par de revistitas de esas que te llevás al baño.  Caminando despacio con una sonrisa pelotuda te harás una pregunta inocente “¿ y esa gente que está esperando?”.  Una fila de unas ciento veintisiete personas que da vuelta una manzana te hace pensar que hay alguien regalando algo o Maradona firmando autógrafos.  Nada de eso.  Es un cajero automático de un banco.  De tu banco, sin ir más lejos.  Del banco que te dijo que vos eras especial para él.  Que eras un cliente VIP, nunca más una fila, nunca más un trámite con la Super recontra cuenta del orto dorado.  Resulta que no hay billetes.  ¿Nos quedamos sin papel?  ¿Se trabó la impresora de la Casa de la Moneda?  No, Brasil no entrega.  Parece que Brasil nos hace la platita, nosotros le compramos nuestra plata. ¿Con qué le pagamos?  ¿Nos descuentan de la que nos fabrican?  Misterio total.
Los quince días te verán pasar de cajero en cajero suplicándole al aparatito que te escupa unos billetitos para poder comprarte un heladito o tomarte un cafecito mirando el mar.
En un arrebato de inteligencia sin precedentes, los comerciantes de todos los locales de venta o alquiler de cualquier producto útil para los veraneantes, han decidido de común acuerdo no aceptar tarjetas de débito o crédito.  Las vacaciones se acotan al extremo de pensar seriamente en pegar la vuelta silbando bajito.

Cuatro días después

Conseguiste algo de efectivo.  Te permitió tomarte el cafecito con el alfajorcito en la peatonal.  Contento, diario en mano, sorbiendo el líquido parsimoniosamente serás importunado por un ruido ensordecedor.  Resulta que la Municipalidad de la Ciudad en la cual se te ha ocurrido vacacionar, en un alarde de buena voluntad y timing sin precedentes ha decidido reparar las veredas.  Así que media docena de señores enfundados en preciosos overoles color flúo revientan el cemento con taladros neumáticos mientras otra media docena corta baldosas con una sierra que, aparte de ruido, te baña en una densa nube de polvo.  Tos, arcadas, tímpanos inflamados y tu pareja que te hace la seña “rajemos de acá”.

Diez días después

Agotados de tanto trámite, con los pies en llamas de recorrer cajeros, descubrís con alegría que hay un cajero de tu Banco a una cuadra de tu alojamiento.  No te dan las piernas para correr.  Sospechosamente no hay nadie, debe ser un milagro.  O un error de cálculo.  Porque el policía de la puerta te informa que aún no ha sido inaugurado.  Está claro que los comerciantes, en la Costa tienen un problema de timing…o bosta en la cabeza.

Quince días después

Las vacaciones llegan a su fin.  Otra vez en la fila del combustible, cuarenta grados de calor, cuatrocientos kilómetros de ruta por delante, veintiocho kilos de equipaje con más siete cajas de alfajores, cinco kilos más de peso por cada pasajero, tres contracturas cervicales, dos callos nuevos en los pies, siete ampollas en la espalda, veinte kilos de ropa sucia por lavar, ciento cincuenta y ocho fotos por bajar, una angina pultácea, un abultado resumen de tarjeta de crédito por pagar, un stress tamaño baño y la desesperación de saber que tendrás que trabajar todo un año para someterte a la misma pesadilla otra vez.

¿Será muy caro un pasaje a Groenlandia?

NO CULPES A LA PLAYA!




domingo, 28 de noviembre de 2010

RUIDOS MOLESTOS


Cinco situaciones sobre los peores momentos para tímpanos sensibles

A la gente le importa una mierda otra gente.  Y con esto me refiero a que la persona que está haciendo tu vida miserable haciendo interferencia en la comunicación entre tu oído y tu cerebro, profiriendo aullidos de 500 decibeles o serruchando un árbol a las dos de la tarde de un sábado, le resbala si te estalla el cerebro o no podés dormir la siesta.
Porque es imposible que no se planteen el hecho de que están desbalanceado el medio ambiente, espantando aves y especies autóctonas, despertando gente y mutilando tímpanos sin piedad.  No admito que no tengan registro de esto, a las pruebas me remito: ayer a las dos de la tarde (sábado) un infeliz con tapones de cera en los oídos y una máquina de cortar pasto descalibrada, estuvo dos horas sostenidas torturando los cerebros del barrio a pesar de que los vecinos de cinco cuadras a la redonda lo puteaban sin asco.  No solamente escuchaba las puteadas, el muy hijo de puta las contestaba.

Es por esto que me permito hacer un Top Five de los ruidos más molestos que he escuchado (todos adrede y producidos por gente que debería ser colgada de los genitales en las Plazas Públicas como escarmiento y ejemplo)

NIÑOS SUFRIENDO EN RESTAURANTES FINOS A LAS DOCE DE LA NOCHE

Escena de lo más común: Niño de dos años destruido de cansancio deambula sonámbulo entre las mesas de un restaurante de lujo.  Los padres y abuelos cenan felices a la luz de las velas mientras el mozo descorcha un burbujeante champagne.  El párvulo se menea de aquí para allá intentando embocarse el chupete en el ojo y la mamadera en el culo.  Como ninguna de las dos actividades lo satisface (más bien lo frustran), el pichón de Tarzán llena de aire sus mini pulmones y ejecuta un alarido digno de Mick Jagger sobre el escenario.  Sin el talento para el canto y la habilidad para estallar copas de cristal de María Callas, el pendejo aúlla ante la mirada condescendiente de unos padres que nacieron sin oídos o se los amputaron al parir el demonio de Tasmania que sigue berreando como un lobo estepario.  Sin levantar medio milímetro el culo de la silla, los padres chocan las copas y dejan que el mocoso busque asilo político en cualquier falda femenina en la cual decide dejar una gruesa capa de mucosidad verdusca.  Conforme va gritando, dos burbujas de moco salen de los orificios nasales; la abuela: bien gracias.  Ni siquiera se para para limpiar el desastre con una servilleta.

MUJERES QUE NO SE ESCUCHAN Y GRITAN COMO UN DEMONIO

Mismo restaurante (juro que es verdad).  Mujer de unos treinta y tantos le explica a sus amigas todo su periplo matutino.  En un tono de voz similar al que utilizó Master Chief John para convertir a Demi Moore en un Marine de los Navy Seals, la señora nos hace saber cuánto le costó la depilación definitiva de sus partes, que arrasó con el bosque que alguna vez forestara sus genitales, que pagó en tres cuotas con tarjeta y que su hija menor vomitó la chocolatada y los cereales del desayuno en el asiento trasero.  Todo esto mientras intentás llevarte unas costillas de cerdo con salsa barbacoa a la boca.  Como si esto fuera poco, tu pareja te habla pero solamente ves una boca que se abre y cierra en un vano intento de comunicación.  Porque el vozarrón de la señora ocupa todos los canales y te deja fuera de combate.  El resto de la velada te comunicarás por señas.

EL BOLUDO DE LA MAQUINITA DE CORTAR PASTO

Este imbécil descerebrado vive en la Ciudad, y tiene casa de fin de semana donde vos vivís.  Viene buscando la paz del campo.  Para destruirla, obviamente.  Con un vaso de vino encima en el almuerzo y la pastillita “todomechupaunhuevo” que te clavaste a la mañana (por prescripción médica), la siesta no debería ser un problema.  Te equivocaste.  En bolas, babeando y abrazado a la almohada bajo el tenue vientito del ventilador de techo caerás en la cuenta de que esa dulce modorra va a ser interrumpida por el ruido de un motor fuera de punto de una máquina de cortar pasto que parece un helicóptero desmadrado.  Cruzando los dedos desearás que la faena termine pronto, pero la muy puta no regula y se le apaga cada dos por tres, con lo cual la tarea terminará cuado tu siesta haya llegado a su fin.  Lo peor del caso es que lo puteaste cincuenta y ocho veces pero jamás te escuchó.

EL DISC JOCKEY DEL BARRIO

Tarado como pocos, este engendro del Mal, hijo bastardo de Darth Vader y Ursula de los Mares está convencido de que su gusto musical es compartido por el resto de los vecinos.  Como a él le gusta, seguro que a los demás les encanta.  O bien, no lo conocen, es hora de que desasne musicalmente a mis congéneres.  Muñido de dos gigantescas torres de parlantes, el bobo enganchará un hitazo (así los llama él) detrás del otro.  A las dos de la tarde de un sábado o domingo.  Cumbia, reggaeton, merengue, hip-hop, rap o cualquier otro ritmo ideal para conciliar el sueño serán los elegidos en este espiral musical random diseñado para provocar epilepsia y sordera.

LA BOCINITA DEL ORTO

El adicto a la bocinita no tiene paz.  Porque con la misma asiduidad que se prende de la bocina del auto o el cuatriciclo, bien podría masajearse las partes para descargar un poco de esa ansiedad que lo corroe por dentro.  Ni se plantea que la gente de la cuadra pueda estar durmiendo luego de una semana de arduo trabajo.  El quiere que su amiguito salga de la casa.  Entonces tocará y tocará la bocina.  Primero pequeños toquecitos.  Luego apoyará la mano con alma y vida sobre el volante hasta que el ruido ensordecedor haga bajar al marrano que tiene por cómplice.  Una vez en el auto, el boludo saludará a la madre del amigo.  No con un beso, no con un agitar de manos o un guiño del ojo.  No, con la puta y condenada bocina del auto.  Y si llegara a ver más conocidos en su periplo hacia vaya a saber dónde, seguirá demostrando su afecto a puro bocinazo.  Un imbécil, con todas las letras.


Remedio:  Tapones de siliconas.  Un rifle de aire comprimido.  Una catapulta de agua caliente.  Un perro asesino.  Un planeta deshabitado…



domingo, 19 de septiembre de 2010

MIS QUINCE DÍAS KAFKIANOS

Dedicado a Ana, quien tradujo mi alegoría cinematográfica “almodovariana” a una mucho más gráfica y literaria: “kafkiana”


No sé ni por dónde comenzar, así que lo haré por el final. 
Estoy sentada en mi bunker escribiendo, sintiéndome un insecto; acabo de despedir a mi madre y a mi abuela que vinieron de visita el fin de semana.
Para quienes no hayan leído entradas anteriores, mi abuela tiene Alzheimer;  mi madre es lisa y llanamente un dolor de huevos número quince en una escala de uno a cinco.
He juntado material para escribir quince tomos de una novela de terror, pero esa sucesión de hechos está tan mezclada en mis neuronas que voy a tratar de escribir los episodios en el orden en que los vaya encontrando debajo de la duramadre.

Capítulo 1

Mi madre me llama por teléfono.  Le explico que estoy trabajando, me suena el interno y unas tres personas me miran esperando una respuesta que, se supone, yo debería darles si no estuviera hablando con ella.  Como mi interlocutora es el tren bala a la hora de escupir palabras a pesar de su apnea post sesenta años ininterrumpidos de cigarritos (tres paquetes por día para ser más exactos), no me queda otra que cortarle.
La culpa me asalta, la imagino con los ojos vidriosos y el tubo en la oreja escuchando el “tu-tu-tu-tu”.  Me hago un rato libre y salgo a llamarla a la calle.
-Hola, qué pasa? (yo)
-Nada, nada, “snif” (ella)
-Estás llorando? (yo)
-Nooo, qué va “snif” y un sonido similar a succionar mocos de un vaso con un sorbete de colores (ella)
-Bueno, algo te pasa… (yo, con es estómago hecho una pelota de basquet)
-Si.  Es que quiero saber cómo puedo matar a tu abuela y que parezca un accidente (ella, con vocecita de Lobo de Caperucita)
-Podrías hacer la “gran almohada”, lo ví en varias pelis, el asesino siempre queda libre (yo, hablando seriamente)
-O también puedo pegarle con algo en la cabeza (ella)
-Buscate un abogado aunque no creo que puedas pagarlo (yo)
-La odio (ella)
-Te odio (yo a ella)
-Yo también (ella a mí)
-Me voy a trabajar, me quedo mucho más tranquila, gracias! (yo)
-Chau, snif, ah ah ah, buahhh (ella trabajando mi culpa a dos manos)

Capítulo 2

Entro al baño.  Creo que estoy en los albores de mi metamorfosis.  Quince millones de mosquitas negras sobrevuelan una montaña de caca que sale de la rejilla.  Vivo en el campo por elección, cambié cloacas y tecnología por pájaros, insectos y mierda.  Un negocio redondo.  Comienzo a sentir mis alas.  Me miro al espejo y veo una cucaracha gigante que quiere volar a la civilización.  Me preocupo.  Debe ser la mezcla de alcohol con las cuatro noches durmiendo tan solo tres horas que llevo.  Me descubro parada frente al espejo manteniendo una conversación muy real con el Cristo del rosario que llevo atado a la tira del corpiño cual adolescente que lleva ristra de ajos al cuello en peli de vampiros.  Tengo que dormir, debo dormir.  Así que me siento en la computadora y me cago en mi autodeterminación.  Es más, me ocupo del comienzo de mi autodestrucción.  Decido postergar el tema del pozo ciego y la caca.  Volaré con mi alas de cucaracha a un lugar mucho más alegre e higiénico.  Ese lugar es youtube, estoy paseando por Escocia, escondida en mi universo paralelo.  ¿Quién dijo que la evasión es mala?  Si fueron Freud o Lacan, pues se pueden ir los dos a la mismísima mierda: Bienvenidos a mi baño beneméritos doctores.

Capítulo 3

Día viernes en el trabajo.  Pandemonio frenético.  Teléfonos que suenan, gente que pregunta, gente que protesta, gente que busca gente, casillas de mail inundadas y un ruido que molesta.
Mi celular que no para de sonar.  Por cada llamada perdida, un texto avisando.  Un texto avisando que mi padre me está buscando desesperadamente.  Como conozco la letra de ese tango al dedillo, decido posdatar la devolución del llamado. 
Al rato lo llamo, soy la hija, debo llamarlo.

-Hola, papá?
-Hija, por finnnnn, te he llamado infinidad de veces! (con voz resquebrajada cual lamento etrusco)
-Pasó algo? (vayamos al grano que se me escapa la cucaracha)
-No…snif…es que quería escuchar tu voz antes de…(no sé si musicalizar con bandoneón o canzonetta italiana dadas las raíces étnicas de mi progenitor)
-Antes?  Antes de qué? (lo imagino limpiando el caño de su pistola Luger 9mm.)
-El final está cerca…(ahora la cucaracha escucha Wagner a todo volumen)
-Qué final? (la cucaracha es corta de entendimiento o no puede dar crédito a lo que escucha)
-Mi final…(pausa de las que en el cine sirven para acojonar)
-Estás enfermo? (y bueno, es el padre de la cucaracha, hay un cariño completamente infundado)
-No, pero estoy cerca…(visualizar a Al Pacino senil, con la gorra puesta, recorriendo la parra en Sicilia)
-Bueno, eso no lo sabemos, hay gente jóven que muere todos los días (la cucaracha se peina las antenas raya al medio mientras rema una conversación que está a punto de entrar en un loop macabro)
-Pero yo ya tengo pasaje…a mi edad…(silencio para insertar una dosis de culpa en el centro del cuore)
-Bueno, no pienses en eso, pensá en la cucaracha que cuando la pisas le sale la cremita de adentro (yo, otra vez conversando mi amigo invisible y mi papá disfrazado de Vito Corleone masacrado)
-Nos vemos, dale? (mutis por el foro para el insecto que huele el Raid a distancia prudencial)
-Bueno hija…

Capítulo 4

Martes.  Voy a sacar dinero al cajero.  Tengo dos personas delante y una impaciencia monumental.  Trago saliva y repito para adentro “tranquila, solo dos personas”.  Como si fuera una máquina tragamonedas del Casino flotante, el señor que hace uso del cajero, toca botones mientras la máquina le escupe papelitos como balas de metralla.  Bip-bip, el aparato le vomita la tarjeta.  El corazón me da un vuelco (poética forma de hablar de una taquicardia grossa).  Con un pie a punto de avanzar dos pasos, se me borra la sonrisa mirando como el tío pela billetera con tarjetas de todos los colores.  Como era de esperar, las prueba TODASSSSS.  Después de quince minutos de rutilantes  “game over”, el imbécil se da media vuelta.  Listo, la señora que tengo delante se ve más avispada.  La avispa y la cucaracha en la fila del cajero.  Toda una metáfora.  La avispa construye el panal con papelitos y boletitas; toca todos los botones, hace sonar todos los sonidos disponibles.  Luego le propina un golpe a la pantalla.  Estoy a un tris de hacer justicia por mano propia en nombre de mi adorada maquinita expendedora de billetes.  Me contengo porque tengo sueño, llevo ocho días durmiendo tres horas, se de lo que soy capaz cuando estoy con abstinencia de sueño.  La avispa se retira ignorando el peligro que corrió.  Saco dinero en dos segundos (todavía no entiendo a los que ese sencillo trámite les lleva más de un minuto).  Me hago un favor, no miro el saldo del papelito, lo hago un bollo y lo tiro al fondo de la cartera.  Me voy volando.
El vuelo no dura mucho.  Quiero llegar al nido pero necesito combustible.  La fila de la estación llega hasta la ruta.  Estaciono y me miro en el retrovisor.  Las antenas me llegan a la cintura.  En el asiento de atrás, las plañideras del velorio de mi progenitor susurran plegarias en latín.  Necesito un café o un chaleco de fuerza.
Media hora después llega mi turno.  Me informan que el surtidor no tiene el tipo de combustible que necesito.  Pues yo no estaría taaaan de acuerdo.  Voy a comprar una caja de fósforos, arranco la manguera y le prendo fuego a toda la manzana.
Golpeando la cabeza contra el volante intento una maniobra marcha atrás para enfilar hacia otro surtidor.  Un apuradito casi me parte el auto.  Bajo la ventanilla y le reproduzco el repertorio completo de las barrabasadas más grandes que conozco.  Una señora se muerde el labio inferior mientras ríe, me señala y habla con el empleado de la gasolinera.  La cucaracha, en un desorden genético sin precedentes, ha generado un aguijón digno de una mantarraya.  Le pongo el auto en las rótulas, bajo la ventanilla y la trato de “mal follada”.  Le saco fotos con el celular y le informo que abriré un grupo en Facebook para comentar el tamaño inusitado de sus caderas, el peso de su culo celulítico y la tristeza de sus magras tetas caídas.  Huye despavorida.  La cucaracha vuela con el combustible recién adquirido, previendo una denuncia por parte de la agredida.  Necesito un Psicólogo, un Abogado, un Plomero y un Spa (no necesariamente en ese orden).

Capítulo 5

Llego al nido.  El hijo de la cucaracha dice que estamos sin teléfono.  Décimo sexta vez en tres meses de línea nueva super guay del proveedor de Internet.  Con demanda iniciada “ha lugar” y arreglo firmado dos días antes, compruebo efectivamente que me han debitado la cuota otra vez por un servicio inexistente.  Si llamo desde el celular al servicio técnico, con un menú telefónico de esos que son para entrenar la paciencia del Saltamontes de Kung Fu, corro el riesgo de quedarme incomunicada sin saldo en el móvil.  Decido dejar escapar a la cucaracha y le presto mi casilla de mail.  Arde el teclado, el insecto poseso no para de producir veneno e improperios.

Capítulo 6

Sábado a la mañana.  Me invade una sensación de inexplicable felicidad.  Despatarrada en la cama hago planes para aprender chino en el Supermercado, lavarme la cabeza y estrenar una crema para peinar nueva, sacar fotos, encontrarme con amigos…
Abro la canilla.  Un sonido del fondo de las entrañas de la casa augura un negro futuro.  Glu-glu-tac.  Una gota se estrella contra el piso de la bañera.  Es evidente, no hay agua.  Hay pelo sucio.  Hay olor a pata.  Hay ropa sudada.  Hay conversaciones con una imagen de la Vírgen de Schöenstatt (la orden de monjas alemanas que dirigían el colegio donde cursé el Secundario) que me habla desde la mancha de humedad del techo del baño.  La señora me reta porque incurrí en blasfemias, deshonré a mis padres, utilicé el nombre de Dios en vano y pequé de gula.  Le discuto pero ella entabla una conversación con el Abogado del Diablo, quien extrañamente patrocina al clero iniciándome acciones por calumnias e injurias.

Esperando a que el agua brote en forma milagrosa, en pelotas y pantuflas de toalla color rosa adivino mi cara reflejada en la canilla.  En ese preciso instante sale del desagüe una espantosa criatura color marrón, brillosa y con dos largas antenas.  Me mira.  La miro.  Me saco la pantufla y la aplasto hasta que estalla.  Con asco junto las partes, la mano envuelta en un bollo inmenso de papel higiénico.  Igual la siento moverse.  La tiro al inodoro.  La desgraciada se ríe y me dice:

-Te olvidaste de pagar la moratoria del impuesto inmobiliarioooooooooooooooo!