lunes, 28 de febrero de 2011

MI MOTOSIERRA Y YO (Cuento sangriento)

Advertencia: Este relato no deberá ser leído por personas sensibles, niños en edad escolar, ancianos con cardiopatías severas, hipotensos, tensos, inmuno deprimidos, deprimidos, psicópatas, cocainómanos, bobos y gente con escaso sentido del humor.


Capítulo 1: La génesis del genocidio

Estaba sentada en mi jardín.  Mi jardín se achicó o yo he crecido.  La segunda opción es más probable, aunque la fisonomía de mi parcela verde ha mutado en algo que no logro identificar, convirtiendo en probable la primera hipótesis.  Lo que alguna vez fuera una casa, ahora es un montículo informe de masa verde (con vida). 

-“Soy la dueña de la casa del cuento de las habichuelas mágicas”- yo

-“La verdad es que tenés la flora y fauna autóctona un tanto descontrolada”- él

Creo que lo dijo por las iguanas, arañas, ranas arbóreas, pájaros carpinteros, gatos, perros, teros, búhos, murciélagos, hormigas, grillos, palomas, garzas, mosquitos y escarabajos que habitan en mi pequeño bosque tropical.  Me faltan dos especies y puedo cobrar entrada, el predio es un zoológico.

-“Te molestan mis animales” –yo (rictus “Greenpeace”, beligerante pero con onda…verde)

-“No, no…bah, por ahí las alimañas que caminan en el baño mientras intento un pis accidentado” –él (excusándose por verse forzado a bailar un malambo sobre un escorpión, en el excusado)

-“¿Será que es hora de darle un corte de pelo a la jungla? – yo

-“Tenés un árbol dentro de un farol, un duraznero creciendo en el baño y una enredadera tomando posesión de la cocina, a vos qué te parece?” –él, elocuentemente

-“Me parece caro”- yo, imaginando al jardinero, “calculeadora” en mano

Días después convoqué a licitación para la ejecución a mansalva de todo rastro de vida silvestre “color verde”.  Se presentó un señor con aspecto de erudito en la materia, que daremos en llamar “Jorgelino” (para proteger su verdadera identidad).
Luego de revisar exhaustivamente la tarea a realizar, y alertándome sobre los peligros a los que me veo expuesta si sigo dejando que mi hogar sea devorado por un tsunami de savia, se suscitó el siguiente diálogo:

-“Doña, yo le voy a hacer un buen trabajo” – Jorgelino (rompiendo el silencio luego de media hora de rascarse la nuca y hacer cuentitas en voz baja usando todas sus falanges)

-“No lo dudo” – yo (engullendo un bostezo marca Hipopótamo)

- “Tengo que sacar las ramas, arrastrarlas hasta la entrada.  Voy a necesitar un ayudante. Me va a llevar un tiempo”- Jorgelino (preparando el terreno para largar una molotov que va a doler)

-“¿Cuánto tiempo?”-yo, con pérdida de paciencia creciendo en progresión geométrica

-“Tengo que ver si traigo la motosierra, el serrucho curvo, la carretilla...” -Jorgelino contando billete en la pantalla mental

_”¿Cuánto tiempo, cuánto, cuánto, cuánto dinero, cuánto, cuánto?”- yo, cada vez más tuneada como el Ogro del cuento de las habichuelas

-“Dos días, dos mil pesitos; un trabajito excepcional te voy a hacer”- Jorgelino escupió esta oración dándome la espalda (todavía no sé si por vergüenza o vértigo en la zona genital)

-“Es muy caro” -¿quién sino yo?

-“Y si te rebajo a mil ochocientos” – él, viendo desmoronarse el sueño del ciclomotor propio

_”No puedo, es un poco menos de lo que gano en un mes sin prostituírme ni vender éxtasis en la puerta de Tropitango” –yo, comenzando a disfrutar del té que me iba a tomar cuando Jorgelino ganara la calle (fruto de un bolón en el trasero marca Hush Puppies)

-“Te hago quinientos pesos por desmalezarte la casa y deshacerme de las serpientes, iguanas, ratas y bichos bolita” – Jorgelino jugando al poker con mis temores

-“Rajá Jorgelino, rajá…si valorás tu vida empezá a correr”- yo con hambre


Capítulo 2: Tener una motosierra es tan “Easy”

Visto y considerando que Jorgelino se ofendió al notar con fastidio que había decidido demoler mi bosque con mi serrucho curvo, me increpó acusándome de darle el laburo a otro jardinero (porque no creyó que ese revoltijo de ramas proviniera de mi propia faena).
Le juré y perjuré que había comenzado la labor para darle una manito, así de paso me hacía un descuentito.  Se retiró ofuscado como novia abandonada en el altar.

Como el ahorro es la base de la fortuna, decidí tomar las riendas del proyecto y recurrí al hipermercado ferretero más cercano, en compañía de mi pareja, quien asistió al evento para salvaguardar mi integridad física.  Esto fue corroborado a los tres minutos de entrar al establecimiento, momento en el que me entregó un aparato similar al de “La Masacre de Texas”.  Sentada de culo en el piso, con la sierra en el abdomen, comprobé que la maquinita en cuestión me dominaba a mí (si hubiera estado enchufada, a estas alturas tendría una medio hermana siamesa).   Recorrimos las góndolas probándonos diferentes modelos de amputadores de miembros y/o ramas, hojas y afines.  Y ahí fue…ahí, en el estante dos (posición 13) que nos vimos ella…y yo.  Fue amor a primera vista.  Primero con Black y luego con Decker.  Con su sonrisa dentada, negra y aceitada.  Con su carcasa rojo sangre.  Con su logo orgásmico para cualquier hombre que guste de máquinas, tornillos y percutores.  Y para cualquier mujer que haya perdido el juicio. 
Media hora después con un alargue, un alicate extensible, un paquete de bolsas de consorcio negras y unas varillas aromatizantes con aroma a jazmín (si, en el fondo hay una fémina viviendo en mí); partimos hacia la cuna de la fotosíntesis.

Capítulo 3: Detrás de todo sueño hay un problema sin resolver, detrás de toda persona hay un asesino serial en potencia.

Como hacía un calor agobiante y los pájaros se caían de los árboles, decidimos dormir la siesta antes de estrenar las herramientas.
Duermo, luego despisto.  Recostada cómodamente en los brazos de Morfeo ví con nitidez de tecnología japonesa la siguiente escena (que me tenía como protagonista…obvio, después de todo era MI SUEÑO! …JODER!):

“Voy a inaugurar un cementerio privado en mi jardín”- yo, la entrepreneur, hablando con Mauricio Macri sobre mi mega emprendimiento

“………….” -Mauricio Macri, mudo (creo que no hablaba porque lo último que ví antes de dormirme fue una foto de él en la Revista Caras, tiesito e inmutable)

“Acá tengo la subdivisión de las parcelas” –yo, señalando el terreno con el dedito índice

“Tengo varios clientes”- yo, Mauricio seguía sin emitir sonido

“El tema es que todavía no están muertos”- yo, esto se convertía rápidamente en un monólogo

“A mi cliente, el japonés, lo voy a filetear a lo largo.  Creo que le va a gustar ser exhumado en forma de sushi, una alegoría patriótica…si se quiere”- yo, Mauricio no opinaba porque seguía freezado en la foto de Villa Langostura

“Al pibito que me torturó poniéndome reggaeton en la oreja con su celular, en la fila de Rapipago le voy a hacer una ceremonia rapidita.  Diez cortecitos prolijos de lado a lado, junto los pedazos y los meto en la bolsa de consorcio negra” – yo, habiendo decidido unilateralmente que el enfermito no merecía una parcela en mi exclusivísimo cementerio “Black&Decker”

“Este lugar lo tengo reservado para la cajera del Supermercado, que me plantó el cartel CAJA CERRADA, después de haberle descargado medio carrito en la cinta transportadora.  Me sonrió cálidamente, en cámara lenta mientras a mí se me borraba la mía.  Le voy a rebanar la cabeza a la altura de la cuarta vértebra cervical.  De lápida voy a utilizar la cabeza embalsamada y sonriente.” – yo, habiendo recibido una ovación de parte de mí misma.  Mauricio miraba pero no opinaba.  Se sumó Francisco de Narváez, que me encargó una parcela para Daniel Scioli.

“Acá va Jorgelino” – yo codeando a mi pareja

“¿Qué?- mi pareja o Mauricio.  Juraría que uno de los dos habló.  Francisco y Daniel se hicieron amigos y se besaron en la boca apasionadamente

“Jorgelino queda muy lindo si lo voy desmembrando de a poco.  Si lo congelo, puedo decorar el pino navideño con sus partes.  El rojo sangre siempre me ha gustado para decorar el arbolito” – yo, haciendo planes para Navidad, porque hasta en sueños me devora la ansiedad

BEEP BEEP BEEP BEEP

El despertador me hace saltar de la cama.  Me calzo las zapatillas, la motosierra al hombro y salgo corriendo a rebanar plantas.  Corto por aquí, corto por allá, disfruto el momento. 

“Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaa” – mi hijo pegó su clásico alarido

“¿Quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee?”

“No tenemos Internet, ni cable ni teléfono”- mi hijo me pasó el parte de las bajas en combate

“Uh” – yo, comenzando a asociar la máquina que tengo en la mano con el ostracismo tecnológico al que he sometido a mi hijo…y/o al barrio, en le peor de los casos

Prorrumpí en llanto revolcándome en un colchón verde de pasto, ramas y arañas.  Sentí la necesidad de auto infringirme dos cortes prolijos en las muñecas para salvar a la humanidad de mi motosierra.  El arma fue sustraída de mis manos por alguien que prolijamente se puso a empalmar los cables mientras los vecinos se preguntaban unos a otros si tenían o no servicio telefónico.  ¡TRAGAME ENREDADERA!

“¿Qué te parece si la seguís usando cuando estés más calmadita?  Guardá el juguete, mañana jugás otra vez, dale?” él, con gesto preocupado mientras retiraba el objeto de mis manos con cuidado

Nos sentamos  a tomar dos cervezas “Duff” al más puro estilo Homero Simpson.  Brindamos por Jorgelino.  Nos acordamos de él, de su madre y de su abuela…

Hoy me lo crucé cuando entraba al barrio.  ¿Pueden creer que se me hizo el ofendido?

VA FANCULO!!!!!!!!!


lunes, 7 de febrero de 2011

LAS PERIPECIAS DE VACACIONAR EN ARGENTILANDIA


¿Para qué salimos de vacaciones?
La gran mayoría contestará:
Para desenchufarme del trabajo
Para recargar las pilas
Para relajarme y gozar
Para conocer lugares nuevos
Para salir de la ciudad, sus ruidos y su tránsito
Para tirarme en una reposera y ponerme al día con la lectura
Para deshacerme del stress del año

Pues no señores, en Argentilandia uno sale de vacaciones para todo lo contrario.

Planeando las vacaciones

Es muy probable que lo que comienza con una sonrisa soñadora termine a las piñas.  Muy probable.  Porque elegir el destino donde uno posará el culo durante quince días del más puro alpedismo nunca es fácil.  Se empieza en París o Bahamas y se termina en Las Toninas o Gualeguaychú (sin desmerecer, que quede claro).  Una vez que el lugar ha sido elegido hay que convencer a la manada que nos acompañará.  Que suelen ser los hijos caracúlicos que uno se ha sabido granjear en una noche loca de alcohol y desenfreno.  La negociación es clave, hay que sobornar a los sujetos que harán de tu vida un verdadero infierno si no concurren en forma voluntaria y espontánea.  Que lo disfruten, ese es tema para otra columna.  Así que los que en principio eran tres más el perro se convierten en seis menos el perro, más la pelota, la guitarra, una caja de preservativos de cien unidades y el amigo del amigo.  Pero le sacaste el “TA BIEN, VOY”.  Como si te estuviera haciendo un favor!!!!!!!. 
Ahora hay que conseguir el dinero, hacer las reservaciones y diseñar una estrategia que incluya un consenso para el horario y día de partida, y planos manufacturados por un ingeniero que nos explique cómo embutir cuatrocientos kilos de equipaje en un autito diminuto.
Dos días antes de partir, sin entender bien porqué, estarás haciendo una fila de veinticinco autos (y una hora de espera) para intentar llenar el tanque con gasolina.  El tan preciado líquido que impulsa nuestros carromatos ha desaparecido de los surtidores.  Dispuesto a pagar lo que sea y matar a quien se ponga en el camino, con 40º a la sombra, el motor apagado porque te quedan los vapores, verás cómo se aleja tu fantasía playera por culpa de vaya a saber quién mierda.
Tanto rascarle la panza a Buda da sus frutos, llegas al surtidor y todavía tiene alguito para vos.  Le cargás como para impulsar un portaaviones y te chupás los restos de la manguera mientras le revoleás al empleado las tres tarjetas de crédito con las que pagarás la compra.  Las vacaciones están en su apogeo. Yupiiiiiiiiii!

La partida

Como sos un inconsciente, consciente de que no te podés tragar la pastiloca de todas las noches para dormir como una marmota, no pegarás un ojo.  Como dormir sin droga es una odisea, el Facebook será la panacea.  Saldrás a la ruta con dos horas de sueño, pero listo para pasar la prueba de las pupilas dilatadas=0% de clonazepam en las venas.  Excelente diez!.
Cuando llegás al borde del paraíso (léase la entrada a la ruta que te llevará a la playa), caerás en la cuenta de que en el peaje hay dos millones de monos furibundos tocando bocina a lo bestia.  El primero de cinco peajes en cuatrocientos kilómetros.  Si esto no es le paraíso, el paraíso dónde está?.  Si tenés suerte, solamente te comerás unos dos o tres piquetes que te harán perder unas tres horitas nada más.  Gente que no está de acuerdo con el peaje, gente que está de acuerdo con el peaje pero no con el color de las cabinas.  Gente que no quiere la autopista porque se le subió encima del jardín, gente que le quiere cagar las vacaciones a otra gente…en fin, lo de siempre.  Si lográs salir inmune (a nivel psicológico) de esta primera etapa, desearás haber blindado el autito, porque a los dos kilómetros hay media docena de vagos apedreando autos y micros esperando que pares para robarte las vacaciones, el celular, la guitarra y hasta el perro.

El arribo

Diez horas después, cuatrocientos kilómetros al sur, la brújula y el GPS dicen que llegaste a destino.  Eso o el gigantesco tapón de autos que avanza a paso de hombre porque los semáforos no están sincronizados y porque tres promotoras con el culo al aire regalan un folletito pedorro para que visites a la beluga blanca en el oceanario de la ciudad.  Cincuenta minutos después, preso de un ataque de ansiedad te encontrarás haciendo una fila kilométrica para cargar combustible (porque escuchaste en la radio que el problema de la gasolina se agrava en la Costa).  El viajecito ya lleva doce horitas, un poema.  En el fondo del auto, los eructos, los gases y los tres acordes de “Wish you were here” repetidos hasta el hartazgo te hacen acordar que hoy es un buen día para quitarse la vida.  Masticando la enésima galletita de chocolate pedirás un trago de algo.  Ese algo es Coca Cola caliente llena de baba de tres monstruos que han decidido cagarse a trompadas en un espacio similar a un tacho de basura. Ligarás un rodillazo en los riñones, mejor…al menos sabés que estás vivo.
Con la mugre de un ejército de desamparados y la energía de un juguete sin baterías, encontrarás la manera de dirigirte a la playa.  Eso después de descargar el auto solo, porque los tres animalitos se te escapan a la calle a jugar a la pelota.  Ojalá que en la playa vendan vodka en suero endovenoso.
Volcás.  Son las ocho de la noche y vos dormís babeando en la arena, con la lengua colgando como los perros anestesiados.  Te despierta un desubicado que grita “Relojes, pulseras, anillos…quiere verrrrrrrrr?”.  Tragando el corazón que asoma por la garganta en una alborotada taquicardia, lo putearás escupiendo arena.

El día después

Ahora si.  Descansadito y sin apuro te vas a dirigir al cajero para comenzar a despilfarrar tu magro sueldito comprando el diario y un par de revistitas de esas que te llevás al baño.  Caminando despacio con una sonrisa pelotuda te harás una pregunta inocente “¿ y esa gente que está esperando?”.  Una fila de unas ciento veintisiete personas que da vuelta una manzana te hace pensar que hay alguien regalando algo o Maradona firmando autógrafos.  Nada de eso.  Es un cajero automático de un banco.  De tu banco, sin ir más lejos.  Del banco que te dijo que vos eras especial para él.  Que eras un cliente VIP, nunca más una fila, nunca más un trámite con la Super recontra cuenta del orto dorado.  Resulta que no hay billetes.  ¿Nos quedamos sin papel?  ¿Se trabó la impresora de la Casa de la Moneda?  No, Brasil no entrega.  Parece que Brasil nos hace la platita, nosotros le compramos nuestra plata. ¿Con qué le pagamos?  ¿Nos descuentan de la que nos fabrican?  Misterio total.
Los quince días te verán pasar de cajero en cajero suplicándole al aparatito que te escupa unos billetitos para poder comprarte un heladito o tomarte un cafecito mirando el mar.
En un arrebato de inteligencia sin precedentes, los comerciantes de todos los locales de venta o alquiler de cualquier producto útil para los veraneantes, han decidido de común acuerdo no aceptar tarjetas de débito o crédito.  Las vacaciones se acotan al extremo de pensar seriamente en pegar la vuelta silbando bajito.

Cuatro días después

Conseguiste algo de efectivo.  Te permitió tomarte el cafecito con el alfajorcito en la peatonal.  Contento, diario en mano, sorbiendo el líquido parsimoniosamente serás importunado por un ruido ensordecedor.  Resulta que la Municipalidad de la Ciudad en la cual se te ha ocurrido vacacionar, en un alarde de buena voluntad y timing sin precedentes ha decidido reparar las veredas.  Así que media docena de señores enfundados en preciosos overoles color flúo revientan el cemento con taladros neumáticos mientras otra media docena corta baldosas con una sierra que, aparte de ruido, te baña en una densa nube de polvo.  Tos, arcadas, tímpanos inflamados y tu pareja que te hace la seña “rajemos de acá”.

Diez días después

Agotados de tanto trámite, con los pies en llamas de recorrer cajeros, descubrís con alegría que hay un cajero de tu Banco a una cuadra de tu alojamiento.  No te dan las piernas para correr.  Sospechosamente no hay nadie, debe ser un milagro.  O un error de cálculo.  Porque el policía de la puerta te informa que aún no ha sido inaugurado.  Está claro que los comerciantes, en la Costa tienen un problema de timing…o bosta en la cabeza.

Quince días después

Las vacaciones llegan a su fin.  Otra vez en la fila del combustible, cuarenta grados de calor, cuatrocientos kilómetros de ruta por delante, veintiocho kilos de equipaje con más siete cajas de alfajores, cinco kilos más de peso por cada pasajero, tres contracturas cervicales, dos callos nuevos en los pies, siete ampollas en la espalda, veinte kilos de ropa sucia por lavar, ciento cincuenta y ocho fotos por bajar, una angina pultácea, un abultado resumen de tarjeta de crédito por pagar, un stress tamaño baño y la desesperación de saber que tendrás que trabajar todo un año para someterte a la misma pesadilla otra vez.

¿Será muy caro un pasaje a Groenlandia?

NO CULPES A LA PLAYA!




domingo, 28 de noviembre de 2010

RUIDOS MOLESTOS


Cinco situaciones sobre los peores momentos para tímpanos sensibles

A la gente le importa una mierda otra gente.  Y con esto me refiero a que la persona que está haciendo tu vida miserable haciendo interferencia en la comunicación entre tu oído y tu cerebro, profiriendo aullidos de 500 decibeles o serruchando un árbol a las dos de la tarde de un sábado, le resbala si te estalla el cerebro o no podés dormir la siesta.
Porque es imposible que no se planteen el hecho de que están desbalanceado el medio ambiente, espantando aves y especies autóctonas, despertando gente y mutilando tímpanos sin piedad.  No admito que no tengan registro de esto, a las pruebas me remito: ayer a las dos de la tarde (sábado) un infeliz con tapones de cera en los oídos y una máquina de cortar pasto descalibrada, estuvo dos horas sostenidas torturando los cerebros del barrio a pesar de que los vecinos de cinco cuadras a la redonda lo puteaban sin asco.  No solamente escuchaba las puteadas, el muy hijo de puta las contestaba.

Es por esto que me permito hacer un Top Five de los ruidos más molestos que he escuchado (todos adrede y producidos por gente que debería ser colgada de los genitales en las Plazas Públicas como escarmiento y ejemplo)

NIÑOS SUFRIENDO EN RESTAURANTES FINOS A LAS DOCE DE LA NOCHE

Escena de lo más común: Niño de dos años destruido de cansancio deambula sonámbulo entre las mesas de un restaurante de lujo.  Los padres y abuelos cenan felices a la luz de las velas mientras el mozo descorcha un burbujeante champagne.  El párvulo se menea de aquí para allá intentando embocarse el chupete en el ojo y la mamadera en el culo.  Como ninguna de las dos actividades lo satisface (más bien lo frustran), el pichón de Tarzán llena de aire sus mini pulmones y ejecuta un alarido digno de Mick Jagger sobre el escenario.  Sin el talento para el canto y la habilidad para estallar copas de cristal de María Callas, el pendejo aúlla ante la mirada condescendiente de unos padres que nacieron sin oídos o se los amputaron al parir el demonio de Tasmania que sigue berreando como un lobo estepario.  Sin levantar medio milímetro el culo de la silla, los padres chocan las copas y dejan que el mocoso busque asilo político en cualquier falda femenina en la cual decide dejar una gruesa capa de mucosidad verdusca.  Conforme va gritando, dos burbujas de moco salen de los orificios nasales; la abuela: bien gracias.  Ni siquiera se para para limpiar el desastre con una servilleta.

MUJERES QUE NO SE ESCUCHAN Y GRITAN COMO UN DEMONIO

Mismo restaurante (juro que es verdad).  Mujer de unos treinta y tantos le explica a sus amigas todo su periplo matutino.  En un tono de voz similar al que utilizó Master Chief John para convertir a Demi Moore en un Marine de los Navy Seals, la señora nos hace saber cuánto le costó la depilación definitiva de sus partes, que arrasó con el bosque que alguna vez forestara sus genitales, que pagó en tres cuotas con tarjeta y que su hija menor vomitó la chocolatada y los cereales del desayuno en el asiento trasero.  Todo esto mientras intentás llevarte unas costillas de cerdo con salsa barbacoa a la boca.  Como si esto fuera poco, tu pareja te habla pero solamente ves una boca que se abre y cierra en un vano intento de comunicación.  Porque el vozarrón de la señora ocupa todos los canales y te deja fuera de combate.  El resto de la velada te comunicarás por señas.

EL BOLUDO DE LA MAQUINITA DE CORTAR PASTO

Este imbécil descerebrado vive en la Ciudad, y tiene casa de fin de semana donde vos vivís.  Viene buscando la paz del campo.  Para destruirla, obviamente.  Con un vaso de vino encima en el almuerzo y la pastillita “todomechupaunhuevo” que te clavaste a la mañana (por prescripción médica), la siesta no debería ser un problema.  Te equivocaste.  En bolas, babeando y abrazado a la almohada bajo el tenue vientito del ventilador de techo caerás en la cuenta de que esa dulce modorra va a ser interrumpida por el ruido de un motor fuera de punto de una máquina de cortar pasto que parece un helicóptero desmadrado.  Cruzando los dedos desearás que la faena termine pronto, pero la muy puta no regula y se le apaga cada dos por tres, con lo cual la tarea terminará cuado tu siesta haya llegado a su fin.  Lo peor del caso es que lo puteaste cincuenta y ocho veces pero jamás te escuchó.

EL DISC JOCKEY DEL BARRIO

Tarado como pocos, este engendro del Mal, hijo bastardo de Darth Vader y Ursula de los Mares está convencido de que su gusto musical es compartido por el resto de los vecinos.  Como a él le gusta, seguro que a los demás les encanta.  O bien, no lo conocen, es hora de que desasne musicalmente a mis congéneres.  Muñido de dos gigantescas torres de parlantes, el bobo enganchará un hitazo (así los llama él) detrás del otro.  A las dos de la tarde de un sábado o domingo.  Cumbia, reggaeton, merengue, hip-hop, rap o cualquier otro ritmo ideal para conciliar el sueño serán los elegidos en este espiral musical random diseñado para provocar epilepsia y sordera.

LA BOCINITA DEL ORTO

El adicto a la bocinita no tiene paz.  Porque con la misma asiduidad que se prende de la bocina del auto o el cuatriciclo, bien podría masajearse las partes para descargar un poco de esa ansiedad que lo corroe por dentro.  Ni se plantea que la gente de la cuadra pueda estar durmiendo luego de una semana de arduo trabajo.  El quiere que su amiguito salga de la casa.  Entonces tocará y tocará la bocina.  Primero pequeños toquecitos.  Luego apoyará la mano con alma y vida sobre el volante hasta que el ruido ensordecedor haga bajar al marrano que tiene por cómplice.  Una vez en el auto, el boludo saludará a la madre del amigo.  No con un beso, no con un agitar de manos o un guiño del ojo.  No, con la puta y condenada bocina del auto.  Y si llegara a ver más conocidos en su periplo hacia vaya a saber dónde, seguirá demostrando su afecto a puro bocinazo.  Un imbécil, con todas las letras.


Remedio:  Tapones de siliconas.  Un rifle de aire comprimido.  Una catapulta de agua caliente.  Un perro asesino.  Un planeta deshabitado…



domingo, 19 de septiembre de 2010

MIS QUINCE DÍAS KAFKIANOS

Dedicado a Ana, quien tradujo mi alegoría cinematográfica “almodovariana” a una mucho más gráfica y literaria: “kafkiana”


No sé ni por dónde comenzar, así que lo haré por el final. 
Estoy sentada en mi bunker escribiendo, sintiéndome un insecto; acabo de despedir a mi madre y a mi abuela que vinieron de visita el fin de semana.
Para quienes no hayan leído entradas anteriores, mi abuela tiene Alzheimer;  mi madre es lisa y llanamente un dolor de huevos número quince en una escala de uno a cinco.
He juntado material para escribir quince tomos de una novela de terror, pero esa sucesión de hechos está tan mezclada en mis neuronas que voy a tratar de escribir los episodios en el orden en que los vaya encontrando debajo de la duramadre.

Capítulo 1

Mi madre me llama por teléfono.  Le explico que estoy trabajando, me suena el interno y unas tres personas me miran esperando una respuesta que, se supone, yo debería darles si no estuviera hablando con ella.  Como mi interlocutora es el tren bala a la hora de escupir palabras a pesar de su apnea post sesenta años ininterrumpidos de cigarritos (tres paquetes por día para ser más exactos), no me queda otra que cortarle.
La culpa me asalta, la imagino con los ojos vidriosos y el tubo en la oreja escuchando el “tu-tu-tu-tu”.  Me hago un rato libre y salgo a llamarla a la calle.
-Hola, qué pasa? (yo)
-Nada, nada, “snif” (ella)
-Estás llorando? (yo)
-Nooo, qué va “snif” y un sonido similar a succionar mocos de un vaso con un sorbete de colores (ella)
-Bueno, algo te pasa… (yo, con es estómago hecho una pelota de basquet)
-Si.  Es que quiero saber cómo puedo matar a tu abuela y que parezca un accidente (ella, con vocecita de Lobo de Caperucita)
-Podrías hacer la “gran almohada”, lo ví en varias pelis, el asesino siempre queda libre (yo, hablando seriamente)
-O también puedo pegarle con algo en la cabeza (ella)
-Buscate un abogado aunque no creo que puedas pagarlo (yo)
-La odio (ella)
-Te odio (yo a ella)
-Yo también (ella a mí)
-Me voy a trabajar, me quedo mucho más tranquila, gracias! (yo)
-Chau, snif, ah ah ah, buahhh (ella trabajando mi culpa a dos manos)

Capítulo 2

Entro al baño.  Creo que estoy en los albores de mi metamorfosis.  Quince millones de mosquitas negras sobrevuelan una montaña de caca que sale de la rejilla.  Vivo en el campo por elección, cambié cloacas y tecnología por pájaros, insectos y mierda.  Un negocio redondo.  Comienzo a sentir mis alas.  Me miro al espejo y veo una cucaracha gigante que quiere volar a la civilización.  Me preocupo.  Debe ser la mezcla de alcohol con las cuatro noches durmiendo tan solo tres horas que llevo.  Me descubro parada frente al espejo manteniendo una conversación muy real con el Cristo del rosario que llevo atado a la tira del corpiño cual adolescente que lleva ristra de ajos al cuello en peli de vampiros.  Tengo que dormir, debo dormir.  Así que me siento en la computadora y me cago en mi autodeterminación.  Es más, me ocupo del comienzo de mi autodestrucción.  Decido postergar el tema del pozo ciego y la caca.  Volaré con mi alas de cucaracha a un lugar mucho más alegre e higiénico.  Ese lugar es youtube, estoy paseando por Escocia, escondida en mi universo paralelo.  ¿Quién dijo que la evasión es mala?  Si fueron Freud o Lacan, pues se pueden ir los dos a la mismísima mierda: Bienvenidos a mi baño beneméritos doctores.

Capítulo 3

Día viernes en el trabajo.  Pandemonio frenético.  Teléfonos que suenan, gente que pregunta, gente que protesta, gente que busca gente, casillas de mail inundadas y un ruido que molesta.
Mi celular que no para de sonar.  Por cada llamada perdida, un texto avisando.  Un texto avisando que mi padre me está buscando desesperadamente.  Como conozco la letra de ese tango al dedillo, decido posdatar la devolución del llamado. 
Al rato lo llamo, soy la hija, debo llamarlo.

-Hola, papá?
-Hija, por finnnnn, te he llamado infinidad de veces! (con voz resquebrajada cual lamento etrusco)
-Pasó algo? (vayamos al grano que se me escapa la cucaracha)
-No…snif…es que quería escuchar tu voz antes de…(no sé si musicalizar con bandoneón o canzonetta italiana dadas las raíces étnicas de mi progenitor)
-Antes?  Antes de qué? (lo imagino limpiando el caño de su pistola Luger 9mm.)
-El final está cerca…(ahora la cucaracha escucha Wagner a todo volumen)
-Qué final? (la cucaracha es corta de entendimiento o no puede dar crédito a lo que escucha)
-Mi final…(pausa de las que en el cine sirven para acojonar)
-Estás enfermo? (y bueno, es el padre de la cucaracha, hay un cariño completamente infundado)
-No, pero estoy cerca…(visualizar a Al Pacino senil, con la gorra puesta, recorriendo la parra en Sicilia)
-Bueno, eso no lo sabemos, hay gente jóven que muere todos los días (la cucaracha se peina las antenas raya al medio mientras rema una conversación que está a punto de entrar en un loop macabro)
-Pero yo ya tengo pasaje…a mi edad…(silencio para insertar una dosis de culpa en el centro del cuore)
-Bueno, no pienses en eso, pensá en la cucaracha que cuando la pisas le sale la cremita de adentro (yo, otra vez conversando mi amigo invisible y mi papá disfrazado de Vito Corleone masacrado)
-Nos vemos, dale? (mutis por el foro para el insecto que huele el Raid a distancia prudencial)
-Bueno hija…

Capítulo 4

Martes.  Voy a sacar dinero al cajero.  Tengo dos personas delante y una impaciencia monumental.  Trago saliva y repito para adentro “tranquila, solo dos personas”.  Como si fuera una máquina tragamonedas del Casino flotante, el señor que hace uso del cajero, toca botones mientras la máquina le escupe papelitos como balas de metralla.  Bip-bip, el aparato le vomita la tarjeta.  El corazón me da un vuelco (poética forma de hablar de una taquicardia grossa).  Con un pie a punto de avanzar dos pasos, se me borra la sonrisa mirando como el tío pela billetera con tarjetas de todos los colores.  Como era de esperar, las prueba TODASSSSS.  Después de quince minutos de rutilantes  “game over”, el imbécil se da media vuelta.  Listo, la señora que tengo delante se ve más avispada.  La avispa y la cucaracha en la fila del cajero.  Toda una metáfora.  La avispa construye el panal con papelitos y boletitas; toca todos los botones, hace sonar todos los sonidos disponibles.  Luego le propina un golpe a la pantalla.  Estoy a un tris de hacer justicia por mano propia en nombre de mi adorada maquinita expendedora de billetes.  Me contengo porque tengo sueño, llevo ocho días durmiendo tres horas, se de lo que soy capaz cuando estoy con abstinencia de sueño.  La avispa se retira ignorando el peligro que corrió.  Saco dinero en dos segundos (todavía no entiendo a los que ese sencillo trámite les lleva más de un minuto).  Me hago un favor, no miro el saldo del papelito, lo hago un bollo y lo tiro al fondo de la cartera.  Me voy volando.
El vuelo no dura mucho.  Quiero llegar al nido pero necesito combustible.  La fila de la estación llega hasta la ruta.  Estaciono y me miro en el retrovisor.  Las antenas me llegan a la cintura.  En el asiento de atrás, las plañideras del velorio de mi progenitor susurran plegarias en latín.  Necesito un café o un chaleco de fuerza.
Media hora después llega mi turno.  Me informan que el surtidor no tiene el tipo de combustible que necesito.  Pues yo no estaría taaaan de acuerdo.  Voy a comprar una caja de fósforos, arranco la manguera y le prendo fuego a toda la manzana.
Golpeando la cabeza contra el volante intento una maniobra marcha atrás para enfilar hacia otro surtidor.  Un apuradito casi me parte el auto.  Bajo la ventanilla y le reproduzco el repertorio completo de las barrabasadas más grandes que conozco.  Una señora se muerde el labio inferior mientras ríe, me señala y habla con el empleado de la gasolinera.  La cucaracha, en un desorden genético sin precedentes, ha generado un aguijón digno de una mantarraya.  Le pongo el auto en las rótulas, bajo la ventanilla y la trato de “mal follada”.  Le saco fotos con el celular y le informo que abriré un grupo en Facebook para comentar el tamaño inusitado de sus caderas, el peso de su culo celulítico y la tristeza de sus magras tetas caídas.  Huye despavorida.  La cucaracha vuela con el combustible recién adquirido, previendo una denuncia por parte de la agredida.  Necesito un Psicólogo, un Abogado, un Plomero y un Spa (no necesariamente en ese orden).

Capítulo 5

Llego al nido.  El hijo de la cucaracha dice que estamos sin teléfono.  Décimo sexta vez en tres meses de línea nueva super guay del proveedor de Internet.  Con demanda iniciada “ha lugar” y arreglo firmado dos días antes, compruebo efectivamente que me han debitado la cuota otra vez por un servicio inexistente.  Si llamo desde el celular al servicio técnico, con un menú telefónico de esos que son para entrenar la paciencia del Saltamontes de Kung Fu, corro el riesgo de quedarme incomunicada sin saldo en el móvil.  Decido dejar escapar a la cucaracha y le presto mi casilla de mail.  Arde el teclado, el insecto poseso no para de producir veneno e improperios.

Capítulo 6

Sábado a la mañana.  Me invade una sensación de inexplicable felicidad.  Despatarrada en la cama hago planes para aprender chino en el Supermercado, lavarme la cabeza y estrenar una crema para peinar nueva, sacar fotos, encontrarme con amigos…
Abro la canilla.  Un sonido del fondo de las entrañas de la casa augura un negro futuro.  Glu-glu-tac.  Una gota se estrella contra el piso de la bañera.  Es evidente, no hay agua.  Hay pelo sucio.  Hay olor a pata.  Hay ropa sudada.  Hay conversaciones con una imagen de la Vírgen de Schöenstatt (la orden de monjas alemanas que dirigían el colegio donde cursé el Secundario) que me habla desde la mancha de humedad del techo del baño.  La señora me reta porque incurrí en blasfemias, deshonré a mis padres, utilicé el nombre de Dios en vano y pequé de gula.  Le discuto pero ella entabla una conversación con el Abogado del Diablo, quien extrañamente patrocina al clero iniciándome acciones por calumnias e injurias.

Esperando a que el agua brote en forma milagrosa, en pelotas y pantuflas de toalla color rosa adivino mi cara reflejada en la canilla.  En ese preciso instante sale del desagüe una espantosa criatura color marrón, brillosa y con dos largas antenas.  Me mira.  La miro.  Me saco la pantufla y la aplasto hasta que estalla.  Con asco junto las partes, la mano envuelta en un bollo inmenso de papel higiénico.  Igual la siento moverse.  La tiro al inodoro.  La desgraciada se ríe y me dice:

-Te olvidaste de pagar la moratoria del impuesto inmobiliarioooooooooooooooo! 








domingo, 22 de agosto de 2010

FABRICANDO BEBES


Cuando concebir es un trabajo tortuoso



Cuando una pareja fantasea con formar una familia, todavía a años luz de tan siquiera consignar una fecha para casarse/juntarse/acoplarse; la conversación sobre la prole se filtra como el sol por las rendijas de la persiana del dormitorio donde pasaron la noche juntos. Como ninguno de los dos se ha puesto a pensar seriamente en los miles de vericuetos que trae aparejada la paternidad y lo más serio que han hecho al respecto fue comprar el mejor anticonceptivo del mercado, la inocente cháchara comienza a dar forma al modelo de familia ideal que se desea. Entonces surgen las típicas expresiones de deseo pelotudas tales como “quiero una familia numerosa como la de los Von Trapp, y mudarme a Salzburgo” (con la total ignorancia de quien después del sufrimiento del primer parto va a ser obligada a abrir las piernas con una palanca), “quiero una familia numerosa como la de mi Abu Conce” (desconociendo que la Abu Conce era más fértil que una coneja y rechazaba los embates del Abu Gregorio muñida de un palo de amasar para asegurarse un sueño sin interrupciones y evitar el noveno embarazo), “quiero que seamos muchos como en las pelis americanas, así compramos una VAN para salir de vacaciones” (¿VAN? Vas a tener que ganarte el LOTO para mantener a semejante ejército de infantes), “quiero dos nenes seguiditos, luego un descanso de tres añitos, y luego dos nenitas” (como si uno pudiera encargar por catálogo, con la asistencia del staff completo de genetistas de la Universidad de Columbia y al mismísimo Dr. Mendel haciendo cócteles de X e Y para hacer un delivery perfecto del bebé con pitito que continúe el apellido paterno), “quiero la parejita, primero el varoncito para que cuide de su hermanita…ah y que los dos sean rubiecitos de ojitos verdes…y que nazcan en primavera así no paso calor y ellos no pasan frío” (la puntería de Dios, necesitás LOOOOCAAAA!).


Pasa el tiempo y la idea toma forma y color. Seguramente, luego de ver lo mal que lo pasan las parejas amigas con dos bebés caminándoles por la cabeza, el número de prole deseado descenderá en forma abrupta a menos de cuatro.
Viene la unión, la mudanza, la convivencia y por un tiempo la idea queda en stand-by porque “la verdad es que así estamos fenómeno, vamos adonde queremos, hacemos el amor arriba de todos los muebles del minúsculo departamento de dos ambientes y no tenemos lugar para poner pañales ni juguetes”.
Pero el llamado de la naturaleza está en camino…y conforme van pasando los tiempos y los embarazos de amigos, familiares y vecinos, el llamado se convierte en un aullido y luego en una marcha de Wagner. Entonces, el peor error que se puede cometer en la historia de los errores familiares, es comunicar a la familia en medio de suculento asado dominical “estamos buscando un bebé” (como si fuera la búsqueda del tesoro, pero sin pistas ni papelitos). Comentándoles a las mujeres de la familia en la cocina, los detalles sobre el revoleo del diafragma al inodoro, brindando con ojos acuosos; la futura madre ignora la magnitud del boomerang que ha lanzado al Cyber espacio. Los hombres, esperando el postre en la mesa, hacen toda clase de bromas de índole sexual aconsejando al semental sobre posturas en la cama, dietas, piruetas y afines.
Pasan los dos primeros meses y nada, para sorpresa de los futuros padres que pensaron que fabricar bebés era soplar y hacer botellas. La intranquilidad comienza a acrecentarse al tercer mes, cuando la futura madre siente el líquido caliente entre las piernas, señal de que ha menstruado con la precisión de un relojito suizo. Entonces, lo primero que hace la parejita es acceder a la madre de todas las cosas buenas: Internet. Allí aprenderán que concebir puede llevar hasta un año de intentos infructuosos y que la desesperación juega para el equipo contrario. Pero como uno es humano y está acostumbrado a que 2+2 sea 4, vuelve a la carga cebado como un tiburón después de haber probado carne humana. Pasan tres meses más y nada, pasan seis y se embaraza la parejita que conocieron en la luna de miel (si si, esos dos con cara de no saber el domicilio de la vagina), pasan dos meses más y se embaraza la cuñada, y la portera y la casera de la quinta y la esposa del archifamoso futbolista, y la prima de la compañera de oficina, y la recepcionista de la empresa donde trabaja él, y…más de medio planeta tiene panza, un bebé en el cochecito o un nene con un globito rojo en la plaza.


Entonces los asaltará ese pensamiento recurrente, de quien no puede procrear “¿lo estaremos haciendo mal?”. Acrecentando la ansiedad y ese pensamiento recurrente, en cuanta reunión familiar se presente, la parejita será asaltada por un escuadrón de la mala leche que los radiografiará con minuciosidad alemana (con especial énfasis en el vientre de ella) mientras los ametrallan a preguntas “¿y, para cuándo?”, “¿podemos festejar?”, “¿voy o no voy a ser tío?”, “tenés las tetas más grandes y un poco de panza, estás segura que no estás (la única seguridad que tiene la portadora de tetas es que no ha parado de comer de pura ansiedad). Entonces el boomerang del anuncio del proyecto les pega en la frente y los deja boquiabiertos y mudos “¿están cogiendo seguido?”. El tío guanaco de él se descuelga con una barbaridad que termina de ganar el desprecio de la pareja de por vida.
Como un par de muñecos desvencijados, defectuosos y sin pilas; ambos regresan al hogar con menos ganas de ensamblarse que la Abu Conce luego de su octavo parto.
Esa noche deciden buscar ayuda médica.
La ayuda viene de manos de un émulo del Dr. Mengele, que augura un largo y sinuoso camino de rutinas médicas que según él no tienen nada de invasivas y cruentas. Eso porque nadie le hizo a él, en su adorado miembro, las cosas que él está a punto de hacerle a la paciente. “Tosé nena”. Con una pierna al norte y otra al sur, y el otrora centro del placer expuesto como un pollo a la parrilla bajo una luz fría que encandila, el Dr. Mengele introduce una pinza en el útero y se lleva un souvenir para analizar. Con el dolor de una cebra cuyo vientre está siendo devorado por una leona, la señora se incorporará intentando encontrar su ropa interior pixelada por las lágrimas. Luego se vendrá la infame “histerosalpingofrafía”, nombre que mete miedo con causa justificada. Indoloro completamente, según el médico (otra vez, sería lindo introducirle la cánula en el recto para ver si no cambia de opinión el muy hijo deputa), la ignorante aspirante a madre no se percata del estado en que salen las pacientes anteriores (rengas, cojeando y con ambas manos abrazándose el vientre).
Por duodécima vez, la señora se encontrará abierta de gambas ante el escrutinio de dos señores que, espéculo en mano, le abrirán el paso a la cánula con la cual inundarán sus cañerías de un líquido de contraste. Cuando ese sucede, la sensación es la misma que estar haciendo la vertical debajo de la Garganta del Diablo en las Cataratas del Iguazú. Un litro de líquido empujado a la fuerza, que la hace retorcer de dolor mientras intenta cumplir con las órdenes del médico “rotá para la derecha, rotá para la izquierda, contené la respiración…”.
A la semana, con ambos brazos como coladores, de tanta extracción de sangre, es el turno de que él haga su parte. Su parte es un paseo, una masturbación simple, depositar la producción en un frasquito y voilá.


Los primeros resultados son promisorios. No hay nada para preocuparse. Falta el análisis de los espermatozoides en hábitat natural. Exámenes incómodos si los hay, la pareja es invitada a mantener relaciones, la señora a hacer la vertical post-coital para luego salir corriendo (sin ningún tipo de higiene) a la consulta. Vigésimo cuarta vez de su humanidad expuesta y embadurnada del fruto de sus encuentros sexuales, se le retira una muestra para poner debajo del microscopio. La conclusión más rápida y elocuente que saca la señora es que sus futuros hijos nadan de putamadre.
Con la batería de estudios en mano, la pareja vuelve a ver al Dr. Mengele, quien diagnostica el “Síndrome de U.N.C.A.”. El Dr. aclara, con sonrisa morbosa “un carajo”. No tienen nada. Así que resta afinar la puntería. Les acerca un gráfico, le pide a ella que se tome la temperatura todos los días del ciclo y cuando suba unas milésimas viole al marido. La pareja no comprende en ese momento, que le acaban de sentenciar a muerte la libido y como panacea le han recetado el peor afrodisíaco de la historia o el mejor anticonceptivo, si se quiere. No hay nada más intimidatorio para un pene vago, que un trabajo con día y hora de entrega. Y eso lo comprobarán los tortolitos, cuando intenten aparearse a las cuatro y media de la tarde, en el baño de un café del Microcentro porteño. Ni siquiera por el sabor de lo prohibido, el otrora cumplidor miembro del marido, logrará asomar la cabeza y escupir un “Presente”.


Entonces se vendrán los viajes para relajar, a los que ella irá muñida de un bibliorato cargado de gráficos, coordenadas y estadísticas (no olvidemos al termómetro).
La vuelta al consultorio, con la cabeza gacha, pone el Dr. Mengele a diseñar la siguiente estrategia. Una sencilla operación para mirar las tripas de la futura madre por dentro que da como resultado un pequeño desorden hormonal. Un par de recetas después, la pareja encarga los medicamentos con asombro mientras planea romper el chanchito, pedir un préstamo en el Banco, asaltar un Supermercado y robarle el collar de perlas a la madre de ella.
Con las cajas de las doscientas cincuenta y tres inyecciones listas para ser usadas, la pareja se embarca nuevamente en el sexo con fixture bajo los efectos de las drogas para la fertilidad. Comenzando a inflarse como un globo, con el humor de una paciente psiquiátrica que pernocta en un cuarto acolchonado, y un pene amedrentado por el costo de las drogas que su dueño acaba de pagar; el sexo es un chiste de mal gusto.


Pasan los meses, y la gente se sigue embarazando en el barrio, en la cuadra, en la familia y en el 3ºC del edificio donde reside la pareja. Los cochecitos con bebés berreando en los supermercados superan la cantidad de changos con mercadería. Hasta la gata está embarazada, castrada y todo.
Lo que en un principio fue un proyecto, luego un sueño, luego una titánica tarea, ahora es una obsesión enfermiza que lleva a la señora a planear el robo de un neo nato del hospital más cercano.
Mostrando las partes pudendas “once again” ante un ejército de médicos centroamericanos (que vinieron al país para capacitarse) presenciando la enésima ecografía transvaginal con sumo interés, el Dr. Mengele ofrece una Fecundación in Vitro. La mente de la paciente se posa irremediablemente en el recuerdo de la archifamosa oveja Dolly, que fuera clonada en el año 1997. La mente, que juega sucio, imagina a su esposo en la cama con una oveja (como Gene Wilder en “Todo lo que Ud. quiso saber sobre el sexo y nunca se animó a preguntar”) y a ella misma acunando a una bola de pelos que hace bee-bee.
Para afrontar semejante procedimiento no queda otra que acudir a la beneficencia de familiares y amigos. Y al delito, porque los tratamientos son costosos y no los cubren las obras sociales, como si la infertilidad fuera un deseo antojadizo de una pareja caprichosa. Dos meses después, habiendo pagado una fortuna, y con la señora auto-inyectándose hormonas en las piernas cual rockero adicto en Holanda; llega el momento de la captación de óvulos. Otra vez en un quirófano, despatarrada y en bolas, alguien le dice “hasta la vista”. Unas horas después la pareja vuelve a casa con la disyuntiva de elegir freezar el excedente de proyectos de hijos para futuras inseminaciones y/o donarlos a aquellas parejas que no pueden procrear. La idea de que un hijo de ellos ande dando vueltas por el mundo, en el peor de los casos en manos de un tailandés que va a ponerlo a trabajar como mercancía para pedófilos en Phuket los hace perder el poco juicio que les quedaba. Deciden de común acuerdo firmar un consentimiento para abonar el gasto de un lugar en el freezer para sus futuros bebés, como quien paga una cochera en el edificio.
Llegado el día de la inseminación la pareja es expuesta, como un niño de primaria a la germinación del poroto, a una foto de cuatro hermosos blastocitos que serán insertados en la cavidad uterina de la señora que aprieta la foto contra su vientre (como si eso pudiera hacer la transferencia más exitosa “¡miren chicos, qué lindo lugar para vivir por nueve meses!”).
El procedimiento molesta pero la alegría es tan grande que supera al dolor de la arremetida de los instrumentos y al frío del quirófano. Llega el momento de volver a casa, reposo patas para arriba y cruzar los dedos para un resultado positivo una semana después.


El resultado es devastador. No va a haber retoño, ni viaje consuelo porque el dinero se gastó todo ahí…solo quedan las fotos de los blastocitos.
Entonces la pareja decide, en un rapto de altruismo, anotarse en una lista de espera para adoptar un crío. No se sabe cómo ni porqué, comienza a aparecer gente de todas partes que les ofrece bebés de mujeres que están por abortar, lugares perdidos en la frontera en los cuales por unos billetes uno elige un chico y se lo lleva puesto y otras tantísimas opciones ilegales que la pareja no está dispuesta a aceptar. Después de entrevistas con asistentes sociales, abogados, y trámites de todo tipo, la señora se va a trabajar sintiéndose un tanto extraña…pesada y con ataque al hígado. El Chop Suey de “Chinese Palace” tiene gato fileteado, los vecinos del barrio tenían razón. Pero cuando el pantalón no abrocha y el corpiño no contiene, hay dos opciones. Gorda o preñada. En el caso de la susodicha, fue lo segundo, según pudo comprobar mediante un test casero una mañana antes de ir a trabajar. Después de tanto intento frustrado, no pudiendo dar crédito a sus ojos, llamó a Mengele para preguntarle “¿puede ser?”. Media hora después, piernas abiertas una vez más, la imagen de un glóbulo que parpadea y un sonido símil latido confirman la noticia.
Siete meses después, en un quirófano lleno de gente, una cabeza ensangrentada es tironeada de un lado al otro para desenterrar del fondo de las entrañas de su madre a un bebé obeso que llora porque lo están importunando con todo tipo de maniobras.


Los flamantes padres no pueden creer el milagro que acaba de suceder. Después de seis años, cuatro meses y tres días de desesperada búsqueda, después de miles de dólares gastados, consultas, salas de esperas, complicadas maniobras sexuales, lágrimas, peleas, trámites y blastocitos freezados; el retoño había llegado solo y sin ayuda.
El otrora nadador, devenido en blastocito, devenido en globulito latiendo, luego embrión y después bebé obeso; ignora hoy que sus padres tuvieron que recorrer un largo camino para darle vida. El tipo pide dinero para ir a bailar, maldice porque no le prestan el auto y sale de la casa haciendo tanto ruido como el día en el que llegó a este mundo.