domingo, 20 de junio de 2010

CUANDO PINTA EL BAJÓN



Hurgando en la depre

Uno nunca sabe a ciencia cierta qué ha desatado este espantoso estado de oscuridad espiritual. En algún momento del día y por absolutamente ninguna razón definida, nuestra luz se apaga y nuestras ganas se desparraman por el piso como un balde de gelatina a medio cuajar. Simplemente nos asalta el famosísimo humo negro de la serie “Lost” y literalmente nos perdemos. Ahí, en un túnel que pareciera no tener salida, y que si existiera no la veríamos por tener los ojos hinchados y empañados por un mar de incomprensibles lágrimas.

Porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. La tristeza, como respuesta a un estímulo doloroso es esperable y natural. Si te martillás un dedo, responder con una carcajada te habilita el ingreso al Manicomio más cercano; por otro lado llorar porque se te inundó el baño o te birlaron la billetera en el colectivo es más que sano. Pero la depresión es otra cosa. ¿Será la respuesta con delay a una serie de eventos que se sucedieron en cadena en forma lenta imperceptible y sucesiva? ¿Puede uno entristecerse por acumulación? Quizás ahí esté la clave. Unos buenos quince días de quilombos sostenidos, solapados y aparentemente inofensivos (si los evaluamos de a uno), pero que en su conjunto tienen el poder del ácido nítrico en goteo sobre un alma medio desvencijada, bien podrían ser los responsables de una grosa y contundente depresión de la ostia.

Propongo la siguiente ecuación ejemplificadora: 2 días estresantes de laburo donde todo salió para el culo (un cliente revirado te incluyó en sus plegarias a Satanás, te llovieron carpetas infestadas de problemas, el sistema eligió caerse en la hora pico, caes en la cuenta que para Recursos Humanos sos un recurso y no precisamente humano) más 3 siniestros eventos domésticos (el lavarropas pide knock –out técnico, se rompe el codo de la pileta de la cocina, te cortan el teléfono con la factura paga en tiempo y forma) sumados a 2 insignificantes reyertas familiares (un duelo con tu hijo por el control remoto de la tv y porque no ordenó su habitación…que parece Irak después de un bombardeo, tu vieja que se ha convertido en tu hija “mentally challenged” a la cual querés estampar contra una pared porque se trenza con tu hijo insistiendo que Cristiano Ronaldo es brasilero (herejía si las hay para un futbolero de ley), más 2 mínimos contratiempos cotidianos (el cajero se traga tu tarjeta de débito justo la noche en que el noticiero pasa el informe sobre estafas en cajeros, el chino del supermercado no te agarra los tickets que te da la empresa…te enterás cuando tenés el chango lleno hasta el techo), más 1 contratiempo amoroso (tu nuevo no-novio te hace un exhaustivo recuento de las ocho millones de prostitutas que se movió en su periplo náutico-laboral para luego informarte que está en desacuerdo con el uso del preservativo), más 1 flashback nostalgioso (ordenando armarios te topás con fotos viejas, removiendo el estofado mental que dormitaba en una armoniosa latencia muda y ahora amenaza con hervir y desbocarse) = Mega depresión importada de Lituania (el país con más alta tasa de suicidios del planeta).


CÓMO RECONOCER LOS SÍNTOMAS


Lo más probable es que vayas arrastrándote de sillón en sillón y de cama en cama huyéndole a todo tipo de ritual higiénico y cosmético. Enfundado en tu mejor y más raído pyjama anti-sexo (generalmente es un jogging color gris con manchas de cloro y pintura, más esa vieja remera de tus dieciséis con su etiqueta intacta de “Fruit of the Loom” agujereada en las mangas y con el cuello estirado), te pasearás como un zombie pisándote las ojeras. El pelo es una mata informe de donde penden un par de popcorns de la noche anterior y cuyo flequillo comienza a pegotearse en la frente por el azúcar y la falta de aseo.

El frío te asalta, como te asaltan los pensamientos negativos. Como estás seguro de que algo espantoso está a punto de ocurrir, decidís cambiar la ropa interior por una limpia y sin agujeros. Al equipo le agregás una manta polar con olor a perro (que durmió encima toda la noche) o un poncho viejo con olor a naftalina. Así enfrentás el desayuno. Masticando un pedazo de pan negro quemado, sorbiendo un café que no logrará derribar el sueño que te hace bostezar como un cosaco embriagado no harás planes que vayan más allá de los próximos quince minutos. En esos quince minutos leerás los avisos fúnebres, te autoflagelarás con el noticiero de la mañana y terminarás llorando desconsoladamente con un aviso televisivo de medicina prepaga donde una anciana camina de la mano de un anciano…en cámara lenta…por un bosque de robles, pisando hojas marchitas en pleno otoño. Entonces te descubrís haciendo cuentas ridículas, calculando lo vivido, restando el resto y haciendo balances que por supuesto dan pérdida. Porque hoy estás perdido en la nube negra, el vaso está vacío y la luz es tan tenue que el futuro no se ve por ningún lado.

Luego del sexto documental sobre la vida sexual de los mamíferos marinos, se te da por consultar el Tarot por Internet (nefasta idea en la historia de las ideas nefastas). Con una musiquita inquietante, el website baraja digitalmente tu futuro y te manda todas las putas cartas patas para arriba. Eso no puede ser bueno, leer la explicación te deja al borde del abismo existencial. Es hora de buscar ayuda en las frases de filosofía de tu site favorito de citas célebres. El término random en Internet es muy gracioso. El Señor que mueve los hilos tiene un extraño sentido del humor, o tu cabeza elige leer aquello que sabe te va a terminar de liquidar. Buscando frases para abrazar la vida, el site, irónicamente te trae palabras de Séneca, Schopenhauer, Hume y Nietzsche. En todas se te pide amablemente que termines con tu vida. Ganas no te faltan. Te faltan huevos. O cinco blisters de valium y dos litros de whisky.

Apagás la pc huyendo como una rata a su nido (en este caso tu cama). El libro que hasta ayer encontrabas apasionante, ahora es una mierda. En un ardid de auto complot, te leés la última página del policial para aguarte tu propia fiesta. Tres horas de zapping ininterrumpido, mirando discusiones entre decadentes participantes de reality pedorro, es hora de cambiar de posición. Son las cuatro de la tarde y no almorzaste. Relojeás la heladera vacía. Hora de rascar los hongos del multiúnico pedazo de queso y montarlo sobre una torre de crackers húmedas. Eso solo se baja con alcohol. Y del pico de la botella. Entonces te encontrás con un sujeto gris que mama del pico, con un nido de caranchos en la cabeza y dos huevos duros en lugar de ojos. La imagen te resulta conocida, es el espejo que devuelve el Guernica de Picasso (versión libre a tu cargo). Te acercás con miedito porque no lo podés creer. Sos un personaje salido de una peli de Tim Burton. Sos el hijo hecho carne del Jóven Manos de Tijera y el Cadáver de la novia. Si fueras música serías el Concierto para Cello de Elgar.

Entonces te empezás a reír de ese fantasma que alberga tu machucada psiquis. Porque no hay mal que dure diez años ni lluvia que no deje de caer. Haciendo un esfuerzo llevarás tu envase a la ducha y te sorprenderás canturreando algún viejo hit de los 80’s, ese que sonaba el día que te tomaron esa foto que encontraste en la mesa de luz. Esa misma foto que fue la mecha que te llevó al abismo.


COMO DETENER UN ATAQUE DEPRESIVO


Si te levantaste así como sensible y pelotudo, amarrate las manos con el cable del mouse de la pc antes de revolver cajones y ordenar placards. Ni se te ocurra mirar fotos viejas, ni leer cartas de hace dos décadas, ni controlar avisos fúnebres, ni mirar el noticiero. Si tenés la casa tomada por familiares en crisis, huí. Salí corriendo a correr o a caminar. Rajá. Tomate el piróscafo a Tanzania. No participes en discusiones que no tienen salida. Escuchá música. Llenate los pulmones de oxígeno. Y los ojos de los colores del cielo. Abrazá a tu perro. Llevate el libro a la hamaca paraguaya. Lavá el auto. Comprate un chocolate y una Coca Cola (antidepresivos poderosos, si los hay). Cantá en la ducha, bailá en la cocina, tené sexo en el lavadero, fumate un porro, amasá pasta, jugá al futbol con tus hijos o tus amigos, ayudá a alguien, escuchá, mirá algo divertido en la tele…y por favor vestite un poco más decente por el amor de Diosssssss!

Si esto no llegara a funcionar, sírvase consultar a su terapeuta; yo solo escribo boludeces en un blog…

No tiene mucho que ver, pero a mí me hace reír!






jueves, 3 de junio de 2010

EMBARAZO, PARTO Y LACTANCIA


De cómo sobrevivir a una experiencia humillante (Para Lady R. que vive en Canadá)

Tengo una amiga que está por parir. Vive lejos así que no tuve la oportunidad de observar de cerca su deformada humanidad. Pícara ella, colgó un par de fotos en el Facebook donde sus redondeces todavía eran soportables y elegantes; pero hace más de tres meses que se recluyó en sus cuarteles y solamente asoma la cabeza de la trinchera para pedir asilo político (en otro cuerpo). Y la entiendo.

La que se pasó un año entero jurando por los últimos cuatro dígitos de su tarjeta de crédito platino, que jamás iba a lidiar con pañales ni aullidos de retoños (para el estupor de los que la escuchábamos en la cocina de la oficina), hoy oficialmente está de nueve meses y un día. Me hubiera gusta grabarla en video, para pasarle el clip ciento cincuenta y ocho veces el día que anunció que le habían llenado la cocinita de humo. Me acuerdo ese día que leí el mail en el cual me contaba que se iba a ser un Test casero y otro a los diez minutos haciendo la consabida pregunta -¿puede ser un falso positivo?-, a lo que yo respondí con la velocidad que mis dedos me permitieron –NO NENA, TENES LA PANZA LLENA DE HUESOS-.

Así fue como Lady R se enteró de que iba a tener que limpiar culos cagados, dejar de dormir de un tirón por al menos tres años y decirle adiós a su antigua vida de trotamundos desfachatada (copita de champagne de por medio).

Su estado de gravidez y el inminente cumpleaños de mi hijo, arrastraron sin querer de la base del cráneo a la primera plana de la retina, los recuerdos de mi propio embarazo.

Esa idea rosa que tienen las mujeres y que pasa de boca en boca, de generación en generación, de que el embarazo es el estado ideal de la mujer es una trampa ideada por un varón que quiso seguir dándole masita a la esposa sin que la misma ofreciera resistencia. No hay nada más lejano y mentiroso que el supuesto “estado ideal”.

El estado ideal comienza con vómitos a chorro, mareos, cansancio, eructos y una compulsión por mear que va creciendo con el correr de los meses (cuando el crío ya pesa tres kilos y baila tap sobre tu vejiga). A los tres meses, cuadrada y redonda (si eso es posible), sos testigo de la incipiente deformación del templo que hasta hace poco albergaba con exclusividad a tu alma. Te das cuenta que vas a tener que hacerle lugar a ese alien, así que tu alma va dejando espacio a esa cosa que no para de crecer y convertir tu vientre plano en una bolsa de papas que te entra a picar como si no hubiera un mañana. Entonces no se te ocurre mejor idea que rascarte con locura y saciar tu apetito voraz comiendo todo lo que se te cruza por el camino, cosa de que el alien no se apropie de espacios que no le corresponden. La picazón prosigue y no hay crema que pueda con esos tejidos que comienzan a estriarse y esas tetas que parecen dos boyas en el Mar Báltico. La que no tuvo tetas puede que disfrute de esta sensible situación que sufre el tejido adiposo pectoral, la que siempre tuvo un par de generosos globos no encontrará corpiño disponible donde embutir esos cuatro kilos (dos por teta) de grasa y próxima factoría de lácteos “fatto in casa”. Las tetas también pican, así que te descubrís rascándote a dos manos en lugares públicos ante la mirada absorta de los transeúntes. Los picores ceden únicamente ante los calambres en las piernas y el dolor de cintura que sufrís cargando un exceso de peso de al menos 10 kilos (más los 12 que te pusiste prolijamente fagocitando cantidades industriales de chocolate y calorías vacías). Eso y la extraña adicción al tomatito cherry rociado con asceto balsámico que jamás lograrás comprender.

El termostato también es un problema. La perilla de frío-calor no te funciona. En pleno invierno te empapás con sudor como si estuvieras cargando bolsas en medio del Sahara a plena luz del día. En verano podés pasar de un sofocón a un ataque de frío por un helado en medio segundo. No toquemos el tema de las manchas de la piel, los granos adolescentes y la caída del pelo. Cartón lleno.

Dormir es una proeza. Girar en la cama una tarea heroica. Boca arriba es lo recomendable, pero sentada, porque los ácidos del estómago que intenta lidiar con todo lo que te manducaste se escapan como lava volcánica quemándote las amígdalas cada veinte minutos. No importa, igual no dormías. Estabas haciendo tu vigésimo noveno viaje al baño. Porque la vejiga pareciera explotar, aunque después de sentarte en el inodoro (con todo lo que eso implica…encontrar los restos de bragas incrustadas en tus glúteos para bajarlas haciendo malabarismos) descubrís que son tan solo dos centímetros cúbicos de infame orina. Volvés a la cama y optás por encallar cual ballena franca, de costadito. Como las piernas no cierran y el pubis parece un puente a punto de resquebrajarse, te encajás un almohadón en el medio para apuntalarlo. Entonces te dormís, pero te despertás diez minutos después presa del pánico por una pesadilla en la cual tu vientre estallaba y salía un reptil que te decía “Mamá” con lágrimas en los ojos (mientras te agarrabas las tetas mirando los dientes filosos del bicho). Esto te enfrenta a tus peores demonios: la partera y el obstetra. ¿Tenías motivos? Suficientes.

Los suficientes como para iniciarle una demanda a Dios por su famoso “Parirás con dolor”. Una compañera de trabajo una vez me dijo (sabias palabras) –Parir es como cagar un piano de cola- Y no se equivocaba. Cada contracción es un atentado al género femenino. Las primeras te hacen pensar que el cursito de parto sirvió para algo más que escuchar a media docena de madres reincidentes acariciándose la barriga contando anécdotas de sus anteriores partos. Con cara de boludas perennes y un tonito aniñado contarán con pelos y señales como el obstetra les encajó la mano en el cuello del útero hasta que perdieron el reloj buscando la cabeza del bebé. Al borde del vómito y con ganas de salir corriendo para tirarte de panza sobre las vías del Ferrocarril Sarmiento, se te borran los colores de la boca. Ahí, justamente ahí, la partera desliza la parte más importante de toda su sabiduría: LA DROGA.

La droga es la diferencia entre un paseo y la tortura china. Y las ignorantes detractoras de la misma, que se jodan por pelotudas. El catéter conectado a tu espina dorsal es lo mejor que te puede pasar en esta perruna vida. Claro que para merecer semejante dispensa medicinal deberás dilatar hasta cuatro centímetros. Que si sos primeriza se traducen en unas buenas ocho horas de dolores menstruales intensos con ocasional pérdida de conocimiento y gemidos crónicos intercalados con los famosos sopliditos ensayados hasta el cansancio en la Clase de Parto. Todo lo que te dijo la Partera es mentira. Soplar no hace la cosa más fácil. Encima ella no aparece. Los putos cuatro centímetros los conseguirás sin ayuda, ya que los bomberos aparecen cuando el incendio ha convertido la casa en cenizas. Pero volvamos a la droga. Con tus cuatro centímetros ganados a los huesos de tus caderas y caminando como un ganso a punto de ser convertido en paté, te deslizás hacia la camilla que te lleva a la Sala de Tormentos. Sufriendo un poco bastante, hacés lo posible para que todos lo noten y hagan algo. Acostumbrados a ver mujeres en crisis, las enfermeras te ignoran mientras te dan unas palmaditas condescendientes. Entonces llega el Santo Patrono de las Parturientas: El Anestesista. Este Gurú de la Buena Vida entiende tu dolor y enseguida te encaja una aguja en la cintura del tamaño de una lanza espartana. El líquido comienza a fluír en sintonía con la relajación de los músculos de tu cara. Entonces, inexplicablemente, comenzás a temblar como un flan. Te estás muriendo, “C’est fini”, Bye Bye Cruel World. No, te cuenta el Gurú, es el efecto colateral de la anestesia. Conforme desaparece el dolor, desaparecen las contracciones y aparecen tus ganas de hacer mutis por el foro silbando bajito. Para tu horror, se van todos a mirar tele y te dejan tirada como una vaca en la cinta del matadero. El médico se niega a darte el control del catéter de la anestesia, el muy hijo de puta se merece como mínimo una picana por donde no calienta el sol. A la hora vuelven todos para atestiguar que el progreso no ha sido demasiado. Te obligan a pujar, cosa que es bastante difícil cuando uno está muerto del ombligo para abajo. Ponés carita de fuercita y les das el gusto para que dejen de romperte las pelotas. Pero ellos insisten y vos, cansadita, querés que te saquen el huésped hostil del medio de las entrañas. Dos personas se trepan a la cama y comienzan a aplastarte la barriga como quien exprime el sachet de Ketchup para aprovechar hasta la última gota. La tarde se convierte en noche y el crío se niega a venir a este Mundo, cosa que entiendo perfectamente, pero “SÁQUENMELOOOO!”.

Entonces aparece un ilustre desconocido que te informa, como no podía ser de otra manera, que tu obstetra (al cual tardaste seis meses en depositarle tu confianza y mostrarle tus benditos orificios) está en un Congreso. Es por esto que el tío en cuestión será el encargado de abrirte como una lata de atún para sacar el pez rebelde que llevás dentro. Ya a esta altura estás jugada y a todo decís que si porque ponerse a toda esta gente de culo no es recomendable (sobretodo al Gurú de la Buena Vida).

Después de doce horas resoplando y aguantando ha llegado la hora del quirófano. Vuelta a pasarte a otra habitación que parece la consulta de una Veterinaria. Te ponen en bolas mientras te pintan de color marrón…se supone que tenés que estar felíz porque el Gurú se ofreció a filmar la cesárea y en este preciso instante de humillación y menoscabo hace un primer plano de tu cara hinchada.

El procedimiento dura cuatro minutos, lo que tardan en rebanarte como un filete, cazar al crío del mentón para sacarlo del agujero donde anidaba cómodamente. Te lo acercan para que puedas darle un beso a un monstruo de goma violeta que parece el Mini Me de Winston Churchill. Sentís una sensación de alivio y felicidad que durará lo que dura el efecto de la anestesia. Te cosen como un matambre arruinándote toda posibilidad de lucir un bikini de por vida y voilá, asunto resuelto.

Ya en la habitación y justo cuando comenzabas a encariñarte con el alienígena violeta, te asaltan unos dolores diez veces peores a las contracciones de parto. Son los famosos y nunca bien ponderados entuertos. Con ganas de matar a alguien no sacás el dedo de la alarma hasta que aparece una enfermera con cara de dormida que intenta convencerte de que estás alucinando y no es para tanto. Sacudiéndola del guardapolvo, la convencés de que sos una loca peligrosa, más le vale pedir ayuda o Carrie va a ser un chiste al lado de lo que le vas a hacer. Entonces otro gurú aparece para autorizar un líquido que inyectan directamente al suero, al que llamaremos “Nirvana-post parto”. Vuelven los temblores, desaparece el dolor y te quedás felizmente dormida. Dos horitas después, una imbécil con cara de fragilidad anal te trae una cosa que berrea como si tuviera siete pulmones. Así nomás y sin previo aviso te lo encajan en una teta. El crío succiona sin mayores problemas. Juego de niños. Por fin algo que no duele.

Tres días después, los pezones dan lástima. Y duelen como la puta madre. Si tan solo pudiera sacarlos y ponerlos en remojo! Cansada, dolorida y muerta de hambre porque hace cuatro días que no te dan de comer, se te ha incentivado el sentido del olfato. Es impresionante. Podés adivinar todo lo que comió tu familia oliendo sus ropas. Bife de chorizo por ahí, pizza por allá…y yo con un caldito repugnante.

Por fin llega el día. Te sueltan. Lo bien que hacen. Porque ya te estabas encariñando con eso de que una minita se llevaba el crío cuando tocabas el timbre. Pero de eso te das cuenta cuando llegás a tu casa y depositás el fruto de tus travesuras en el moisés.

Ahí comienza el baile. Pero no hay timbre, ni enfermeras, ni Gurús…ni nada. Solita, vos y él sin intermediarios.

¿Si me arrepiento? Jamás. El monstruo violeta se llama Guille, vive en mi casa y fue lo mejor que me pasó en la vida.

Un consejo: Háganse amigas del Anestesista!.



lunes, 10 de mayo de 2010

PENDEVIEJAS DE PLASTICO

La cultura de la eterna Barbie adolescente

Es fácil reconocerlas. Se deslizan por la vida con la misma cara que un ciervo encandilado por una 4X4 en la montaña. A simple vista, y por su forma de vestir, parecen mujeres de treinta y pico…o veinticinco las más dañadas. Pero el promedio de edad de estas mujeres es de 50 años, cronológicos y que jamás concuerda con lo que verbalmente expresan, como si la mentira pudiera estirar la vida o atrasar las horas.

Generalmente son mujeres que han sabido cultivar un pasado ilustrísimo como adornos bonitos de sus parejas o simplemente han laburado con el envase (hasta que el envase comenzó a caducar). Se han pasado la vida de dieta en dieta, yendo de la cama a la peluquería y de la peluquería a gimnasia. Devotas de cuanta revista de modas existe, prefieren invertir una fortuna en una lipoaspiración o la nueva cartera de Vuitton que conocer el Partenón. Nada las deja más satisfechas que mirarse en el espejo, pero el espejo deberá devolver una imagen fresca e infantil construída a base de sacrificadas visitas al cirujano plástico, al gimnasio, a la nutricionista, a la peluquería, a la masajista, a la manicura, a la cosmetóloga y quien sabe cuántas cosas más. Dios no permita que la edad se filtre por las patas de gallo o las manchas de las manos, eso sería peor que engordar cuatrocientos gramos y ya no entrar en el mismo talle de jean de la hija de dieciocho años.

Es así como se pasean estas pavas reales, embutidas en un jean blanco que deja traslucir una tanga de hilo dental incrustada entre los cantos de un culo que ha sido sistemáticamente sometido a innumerables descargas eléctricas para tonificarlo intentando evitar lo inevitable (que cada año esté más cerca del piso).

Muñecas plásticas, sus caras tienen la misma expresión vacía que las estatuas de cera del museo de Madame Tussaud. Con poca irrigación sanguínea, producto de la escasa densidad de piel facial gracias a varios liftings, los vasos sanguíneos exageradamente expuestos tienden a darle un tono gris azulado a sus caras. Los sucesivos estiramientos han ido tensando de tal manera los rostros, que las que alguna vez fueran bocas decentes y expresivas, ahora se asemejan a la sonrisa del Guasón. Los labios son un capítulo aparte. Sobrealimentados de rellenos químicos y botox, difícilmente se muevan con naturalidad (lo cual se traduce en una importante dificultad para expresarse, ni que hablar de guardar los implantes dentales ultra blanquísimos en su lugar). Si uno dibujara una raya perpendicular a las comisuras labiales, cualquiera podría confundir a estas mujeres con esas marionetas que usan los ventrílocuos para hacer su show. Y estas mujeres son un show, un circo ambulante frikki que causa una mezcla de gracia y estupor. La mirada sorprendida, que hay que agradecerle al último cirujano que dejó los ojos sobre las orejas, es el sello inconfundible de un dinero mal invertido en varios quirófanos de renombre. Pero detrás de esos rostros encerados y tensos como una pelota de futbol sin estrenar, hay una mirada que delata. Son ojos que han perdido la frescura de los veinte, ojos que lloran lentes de contacto de color y que llevan impreso el cansancio de la edad que realmente tienen.

Ridículas como ellas solas, se las puede ver en una disco haciendo fila en el baño para pararse frente al espejo. Revoleando la cabellera de tres largos (gracias a las tres últimas extensiones capilares), se acomodarán la remerita escotada dentro de la minifalda de jean dejando semidescubiertas las últimas dos adquisiciones del año: dos globos gigantes en el lugar donde antes había dos tetitas sumisas. Con la piel del pecho a punto de estallar, maquilladas como puertas, con tanta bijouterie que se les hace jorobado caminar derechitas; estas Barbies abuelas no se resignan a entregar la posta a sus hijas o en algunos casos a sus nietas.

Botas blancas de caña alta, calzas, remeras animal print, cinturones anchos con tachas, pelos hasta la cintura, hombros descubiertos, pestañas postizas, corpiños con aro, transparencias y encajes son algunas de las cosas que se ven (y que uno no quisiera recordar por vergüenza ajena). ¿Nadie le dijo a esa cincuentona que la remerita de encaje es too much para las redondeces propias de su edad? ¿Nadie la frenó antes de que saliera a la calle disfrazada de 68 kilos de mozzarella en envase de nylon? ¿Y esa otra que pesa menos que su hija de 22? ¿No le dijo el marido que parece una nena de catorce que ha perdido todos los atributos de una mujer hecha y derecha? ¿Nadie le avisó que se había quedado sin culo y sin tetas, sin cadera y sin expresión en su loca carrera por seguir comprando la ropa en el mismo lugar que la novia de su hijo?

Lo más raro de todo esto es que las mujeres hacen esto para conquistar, para seducir. El tema es qué o a quién. Porque las que tienen pareja suelen caminar al lado de ellos sin mirarlos, distantes y gélidas con la vista perdida en algún lugar del pasado. Un pasado que ningún cirujano puede devolver. Un cuerpo que ya no es el mismo y pasa facturas todo el tiempo. Creo que lo hacen para competir con otras mujeres, por miedo a ser reemplazadas por un modelo más nuevo (como se hace con los autos o los celulares). Creen que la apariencia puede engañar a Chronos, como Santa engaña a los chicos en Navidad. Lamento informarles chicas, el reloj no se detiene. La vida pasa y el tiempo se achica. Prefiero mil veces las caras con arrugas de reírse, de llorar, las marcas de los partos, la barriguita cervecera, una hamburguesa clavada en el momento justo, la dosis exacta de endorfinas por kilo vivo (50 gramos del mejor chocolate con almendras del mercado), las narices que lo dicen todo, las bocas que sonríen y besan sin miedo, los culos con personalidad, las tetas que no arrugan aunque se arruguen y las miradas vívidas y pícaras de quienes han sabido reírse de si mismas envejeciendo con dignidad sin perder un àpice de su identidad.

Nota: Ni en pedo me dejo masacrar por el Dr. Robert Rey (con la ropa que usa, me atrevo a dudar de su juicio estético)



sábado, 3 de abril de 2010

FAUNA Y FLORA DE LA SELVA LABORAL







Arquetipos más frecuentes


Hablando con amigos y familiares he notado con curiosidad que, sin importar el ámbito o geografía de un trabajo, existen personajes con características bien definidas que se repiten con sorpresiva frecuencia. Puede ser en un Juzgado, en una tienda de ropa, en la administración de un laboratorio, en una farmacia, un colegio, un supermercado o una fábrica de embutidos; cambia el paisaje pero los prototipos se repiten como clones en todos los trabajos donde convivan más de tres personas.

Recopilando información he confeccionado la siguiente clasificación:


LA HIEDRA VENENOSA


Este ejemplar se comporta como el hijo bastardo de la planta del cuentito infantil “Las habichuelas mágicas” y una planta carnívora. Invierte buena parte del día en trepar cual enredadera por todos los recovecos y espacios libres que encuentra, diseminando su ponzoña a quien esté predispuesto a escucharla. Va enredándolo todo a tal punto que es imposible llegar a la raíz o verdadera esencia de su jodida persona. Su trabajo es subversivo y sutil, como la planta, nadie se percata de su crecimiento hasta que sus brotes afloran de los cajones de tu escritorio llevándose puesto todo a su paso. Como toda planta, es inmune a los sentimientos humanos, mientras tenga agua y un poco de luz seguirá su camino hasta el techo. Si la podan, probablemente algún brote siga creciendo en nuevos jardines (donde los nuevos compañeros se preguntarán con incertidumbre dónde quedó aquel fragante jazmín que ahora los asfixia con su mata de hojas desaforada).


LA MARMOTA


Este dulce animalito está podrido de que lo tengan de aquí para allá. Entonces se dedica a hibernar (todo el año) detrás de un escritorio donde anida desde que la empresa abrió sus puertas, allá en 1979. Como sabe que no lo pueden despedir porque le tienen que entregar el 50% de las acciones del grupo, pasa sus días tomando cafecitos y pasando papeles de una bandeja a otra. Es poco lo que aporta y poco lo que se sabe de él. Festeja los chistes con una risita que deja entrever sus paletas y es incapaz de involucrarse en alguna situación que amerite levantar el culo de la silla (si pudiera meterse una sonda en la vejiga, solo se levantaría para comerle las galletitas a sus compañeros).


EL PEZ PAYASO


Este sujeto genial se pasa por el trasero todos los apercibimientos y reprimendas que ha recibido a lo largo de los años, por llegar tarde, despeinado, y con el uniforme repleto de manchas (esas que sometiéndolas a un riguroso “Carbono 14” te dirán con lujo de detalles lo que el susodicho desayunó esa soleada mañana del 9 de marzo de 1999). Le importa tres pepinos llegar al objetivo, cumplir con los deseos de su Jefe y complacer a la plana mayor de la empresa; este personaje está ahí para pasársela lo mejor posible, contagiando a sus compañeros de esa deliberada algarabía. Cuenta chistes, ceba mates y esquiva los objetos contundentes con los que sus superiores intentan abrirle la cabeza toda vez que lo descubren dedicado de lleno al alpedismo (que es el 98 % de su tiempo en el trabajo).


LA GATA Y LA GATA FLORA


La Gata es la devota de Recursos Humanos por excelencia. Le fascinan. Los ha probado a todos y se ha erigido en la empresa como el monumento al fácil acceso y la flexibilidad absoluta. No se sabe a ciencia cierta si el 100% de los rumores que la tienen como protagonista son veraces, pero hay quienes aseguran tener evidencia empírica que respalda cada uno de los míticos eventos que circulan de boca en boca del personal (como circulan asiduamente sus miembros por la boca de este felino doméstico tan común en las oficinas y dependencias gubernamentales).

Por otra parte, la Gata Flora es otra gran devota de los Recursos Humanos hasta que los mismos devuelven sus atenciones, en cuyo caso este felino se ofenderá hasta las lágrimas y saldrá disparado como un petardo a formalizar una denuncia de acoso ante el Gerente de Recursos Humanos.


EL COLIBRÍ


Este pajarito colorido y ágil circula por todos los departamentos y reparticiones de la organización, sus funciones así lo requieren. Entonces se dedica con mucho esmero a cumplir rápidamente con sus tareas para poder desparramar con comodidad y tiempo de sobra, todo aquel dato que haya recogido en otras plantas y que sabe positivamente que despiertan el interés de sus interlocutores. Sin una intención definida, sus balas de cañón van cayendo como paracaidistas el 6 de junio de 1944 en Normandía, con efectos igualmente devastadores. Muchas veces disfruta del efecto deseado, aunque por inconsciente y boludo, las más de las veces ignora los alcances de la onda expansiva generada por sus acciones.


EL PAVO REAL


Este pajarraco fue diseñado para chapear. Aterriza en el lugar que lo acoge e inmediatamente informa a sus pares sobre sus diplomas, cursos, capacitaciones y calificaciones en la Universidad. Vive denostando a quienes no están a su altura, se niega a hacer cosas para las que asegura estar sobre calificado y exige en lugar de pedir. Espera ansiosamente ser abordado para responder alguna consulta, que nunca llega, porque sus compañeros jamás le pedirán otra cosa que no sea salir del paso camino a la impresora. Generalmente es devorado por la Loba o termina por renunciar de puro aburrimiento.


LA LOBA


Este ejemplar vive aullando. Es un quejido eterno y prolongado. Sus tragedias conmueven por la sordidez de sus relatos provocando en sus interlocutores una profunda y auténtica lástima. Le empatía es inmediata, manejada a la perfección por un sujeto que la utiliza sin el más mínimo atisbo de duda para lograr aquello que desea. Bajo esa fachada de supuesta fragilidad y extrema necesidad de contención, vive un matemático alemán que calcula hasta el peso específico del liquid paper que va a utilizar ese día para borrar la evidencia que lo incrimina en un error que le acaba de costar un dineral a la empresa que lo alberga. Evita con destreza prusiana, hacerse cargo de toda metida de pata que lo tenga por autor o partícipe necesario; prefiere un ataque de asma o volar de fiebre antes de quedarse a admitir que se fue al pasto de cabeza. Es muy probable que busque a un pez payaso, a una marmota o a un pavo real para descargar responsabilidades y en el caso de una confrontación directa mostrará dientes y uñas devorándose a quienes osen cruzarse en su camino.


EL YUYO


El yuyo es tenaz y trabaja cuando los demás descansan. A las diez lo ves en Tesorería, diez y doce está en Marketing, diez y cuarto en Ventas, diez y veintitrés en Contaduría. El yuyo está en todas partes. Nadie sabe a ciencia cierta a qué se dedica, pero todos saben que siempre está corriendo de aquí para allá. Lo pueden trasladar, remover o pisar; pero el yuyo siempre reaparece asomando clandestinamente la cabeza a la sombra del pavo o la hiedra. Incansable, a veces sirve de alimento a la Loba, que lo caga en terreno fértil dándole la posibilidad de volver a renacer de sus propias semillas.


EL JABALÍ


El jabalí es un chancho salvaje en la selva. Y en las oficinas también. Lo que no puede arreglar con lo que tiene adentro de la cabeza, lo arregla con la cabeza misma. Es capaz de darse veinte veces con la misma piedra, putear, carajear y al día siguiente volver a pegarse un palo similar. Se ofusca, se pone colorado, amenaza con dar un portazo y no volver a pisar el lugar nunca más; sin embargo es incapaz de asustar a su audiencia que revolea los ojos al escuchar la misma escenita por undécima vez en la semana. Sobre exigido de laburo, acepta con ira media docena de tareas más; es muy probable que por falta de huevos, lejos de cargar las tintas con el responsable de esa situación lo haga con quienes sabe son inofensivos. Se queja, protesta, resopla y murmura pero en una confrontación directa se va al mazo por terror al Rey León.


EL REY LEÓN


Como su nombre lo indica, este es el que “corta el bacalao”. Cuando este ejemplar está con mecha corta los rugidos se escuchan a tres kilómetros a la redonda. Para llegar ahí se manducó dos cebras, tres jabalíes, dos docenas de antílopes, quince etíopes y un par de hiedras como guarnición; por eso es más que respetado. Sabe hacer su trabajo pero no va más allá de lo que entiende le corresponde. Cumplidas sus funciones, se dedica a tercerizar todo aquello que no le atañe o pueda minimizar su imagen. Mientras se lame las patas relojea el movimiento de su manada y solamente actúa en caso de extrema necesidad. Felino por naturaleza, goza de excelente reputación entre las gatas de la empresa.


LA HIENA


La hiena come cualquier cosa. Todo le cierra y toda retorcida artimaña que le sirva para llegar a sus fines será utilizada, aún cuando en el camino queden varios cadáveres a medio masticar. Inescrupulosa y sin códigos, la hiena quiere trabajar poco y ganar mucho. Odia el esfuerzo así como odia al León por su jerarquía. No le gusta recibir órdenes. Solapadamente envidia a quienes ostentan aquello que ella cree merecer, entonces se dedica a reírse grotescamente de ellos sin percatarse de que nunca va a poder dejar de ser ese bicho siniestro que come lo que el resto deja.



¿Te identificas con alguno? ¿Si? ¿Con cuál?





domingo, 21 de marzo de 2010

ARGENTILANDIA






El país que algunos se merecen



Hay ciertas cosas que me ponen de la peluca. A veces, mirando los noticieros o manejando hacia el laburo, noto en mí misma una tendencia a convertirme en un monstruo salvaje con intenciones de acabar con un millar de personas (mínimo).

Sin ir más lejos, unos días después de las inundaciones que anegaron calles y autopistas de la Capital y Gran Buenos Aires, iba yo tranquila detrás de una camioneta cuyo conductor y acompañante, perfectamente sincronizados cual ballet del Bolshoi, bajaron las ventanillas del vehículo para deshacerse sin prisa y sin pausa de dos bolsas con restos de un desayuno a medio terminar. Como si esto fuera poco, hicieron lo propio con los vasitos de cartón de café, las servilletas que usaron para limpiarse los restos de medialunas, el soporte para los vasitos y como cereza del postre…vaciaron el contenido entero del cenicero del auto. Iba a distancia prudente, perfectamente consciente de que conducía detrás de un hipopótamo con diarrea, así que pude esquivar la basura sin demasiada maniobra. Pero el tipo me sacó tanto que estoy segura de que podría haberle aplastado el cráneo si contaba con un tanque oruga.

Porque este mismo personaje, es el que luego utiliza las cámaras de televisión para quejarse porque el agua de lluvia le llegó al motor y quién QUIÉN le va a pagar por semejante daño, ah?. Kadorna te va a pagar, monstruo mugriento, larva arrastrada que no conoce su propio pensamiento porque carece de él y su propia voz le retumba en el balero como el eco en un departamento sin muebles. La Mona Giménez te va a pagar. O Tinelli, si le escribís una carta bien sentida para el día del amigo.

Porque esta es la clase se gente que se merece este proyectito de país que tenemos. Gente que quiere que el gobierno le regale una pensión porque le jode un poquito levantarse tempranito. Le molesta que el vecino haya veraneado una semanita en la costa después de haberse pasado el año entero detrás del mostrador de su verdulería. Aspira a la guita fácil, a la ley del menor esfuerzo, a poner la culpa en un tercero; no le gusta hacerse cargo de lo que le pasa entonces protesta y despotrica porque no obtiene lo que cree merecer.


Algunos ejemplos pintorescos que viven en Argentilandia:


El plomero que se rasca la barriga peluda en el bar de la esquina “estamos cada vez peor” sentencia. “no hay laburo” insiste (mientras el celular no para de sonar). Ese mismo señor que te tuvo de rehén todo el santo lunes en tu casa, habiendo pedido permiso en tu trabajo para ausentarte a esperarlo porque hace cuatro días que te bañás en la casa de la vecina. Ese mismo infeliz que se compromete a concurrir a tal hora y aparece a esa hora setenta y dos horas después…increpándote porque te tiró la puerta abajo y no estabas.


El tachero que se hace un festival con el turista desprevenido. Ese que sube al alemán y le hace un paseíto por González Catán, después de subirlo en Retiro, para llevarlo hasta el hotel Sheraton (que está estratégicamente a cuatro cuadras de donde lo levantó). Que le cobra en Euros y le da el vuelto en pesos argentinos del año de la escarapela o un par de fotocopias de billetes de veinte bien arrugaditas. Y si puede, se le queda con la camarita de fotos… .


El que recibe un plan de gobierno para sustentar a su familia, hasta el día en que le informan que para seguir recibiéndolo tendrá que pintar el edificio donde funciona el Municipio o cortar el césped de la plaza pública. Entonces el negocito ya no le cierra, porque va a tener que mover el culo para recibir unos billetes. Se ofusca, agarra el bombo y acampa en el medio de una avenida impidiendo que el resto de los que se rompen el culo de verdad para llevarle comida a sus hijos no pueda llegar a horario a su trabajo.


El político que vive en contra de todo. Porque pertenece a la oposición desde que nació. Incluso cuando su partido fue gobierno. Veta todo. No da quórum jamás, por las dudas. Por las dudas que tiene, o se va a Punta del Este o se lleva a la amante de turno a Miami de compras. Y porque comerse todo el debate sobre el presupuesto del año que viene le parece aburridísimo. Eso sí, está esperando que lo convoquen de algún programa periodístico para hablar de lo mal que vive la gente por culpa de vaya a saber quién… (quien es el enemigo de turno, quien es el que ya no le paga para callarse, quien es la voz de su propia consciencia que se apagó hace rato).


El empleado público. No todos, existen excepciones. Hablo de esa casta de gusanos come caca que en pleno horario de atención al público abren un paquete de factura grasiento, se toman un pequeño break de cuarenta y cinco minutos sacando a todos arando si osan preguntar si hay que sacar número o hacer fila. Con la boca llena, escupiendo restos de migas te observarán el trámite sin hacer contacto visual, buscando cualquier pretexto para estirar el desayuno hasta las 12.30 hs., horario en que ya no te van a recibir el trámite. Y vos, que pediste permiso en laburo, con la frente hecha un río le suplicarás que reconsidere su decisión ya que has traído todo lo que te habían solicitado el día anterior. Con cara de vaca empastillada, girará sobre sus talones, preguntando a su superior a los gritos si recibe el trámite o no. El superior, un tonto del culo con cara de nicotina y tango, peinado a la gomina (tres pelos grasientos que le surcan la azotea); evaluará la situación engulliendo un churro relleno de proporciones inusitadas (aunque él parece manejarse muy bien con ese tamaño, señal de que se dedica a los instrumentos de viento con asiduidad). La respuesta es siempre NO. La mañana siguiente tendrás que caer con un paquete similar para que te miren con cierto respeto o deberás volver seis veces más ganándoles por cansancio.


Estos son solo algunos ejemplos…hay más…pero recordarlos me está dando arcadas. Retomaremos en otro momento. Mientras tanto los dejo con una canción que grafica a los argentinos que se merecen un país como “Argentilandia”:







domingo, 28 de febrero de 2010

MOMENTOS GERIÁTRICO-GROTESCOS



MI ABUELA SE CAGÓ (Y NO PRECISAMENTE DE RISA)

Si alguien hubiera conocido a mi abuela, la réplica femenina del Mariscal Rommel, entender esto le resultaría mucho menos gracioso y un tantito más dramático. Pero como soy una partidaria de encontrarle el lado bueno hasta al “Lado oscuro de la fuerza” (con Darth Vader y su ejército de cyborgs incluidos), voy a centrarme en las partes “cómicas” de una historia que en definitiva no lo es tanto.

Como ya la describiera en otra entrada de este blog, mi abuela se fue perdiendo por el bosque, de la mano del Sr. Alzheimer. Como el conejito de Duracel que a medida que se queda sin pilas va enlenteciendo la marcha; mi abuela fue perdiendo la cordura, la conciencia y la paciencia (bue, esa ya la había perdido a los cuarenta cuando su cerebro todavía estaba afinado como un Stradivarius). La pila se fue gastando y los sistemas se fueron bloqueando al compás de un conejito que cada vez toca los platillos con menos ganas. Como una computadora que tiene el disco rígido fragmentado y lleno al 99%, un ejército de troyanos reproduciéndose en todas las aplicaciones y el antivirus sin actualizar; el cerebro de mi abuela entró en un cortocircuito digno de un juguete cuya pila sulfatada termina siendo un peligro para todos los que la rodean.
Entonces nuestro conejito quedó con la vista perdida y los platillos a medio camino del último “CLANK”.

Lejos quedaron aquellos días (de hace tan solo dos años), donde confundía el valor de los billetes adjudicándole un color al precio de cada producto “Este pollo me costó dos marrones” léase $20. “El farmacéutico me cobró un verde, las aspirinas” léase $5. También quedaron atrás los tiempos en los que nos enojábamos porque confundía los nombres de sus bisnietos o intentaba condimentar la ensalada con detergente aroma limón. Momentos preciosos en los que se tildaba preguntando cien veces por el mismo tema tabú y espinoso que no debía tocarse en la mesa dominical porque todos terminábamos a las patadas mientras ella sonreía, satisfecha, como La Gioconda. Confundía la hora en su reloj, pero tenía claro que era de día según la posición del sol o que era momento de almorzar por el rugido de su estómago teflonado y un apetito voraz. Tratábamos infructuosamente de corregirla con la secreta esperanza de que volviera a aflorar esa mujer insoportable que nos tenía a todos zumbando. Pero el descenso ocurrió indefectiblemente sin nuestra anuencia. Entonces nos enteramos que prolijamente producida con un camisón rosado, una cartera Chanel, medias tres cuartos negras y sandalias beige sin talón; la habían encontrado en la puerta del edificio intentando embocar la llave en la cerradura para tomar un taxi que la llevara al dentista(a las cuatro de la madrugada). Como un personaje salido de una peli de Almodóvar (perdón Maite), esta caricatura grotesca de lo que alguna vez fue mi abuela, se levanta a desayunar cuando el resto de la población se acuesta…haciendo carne la canción de María Elena Walsh “En el Reino del revés”. En ese Reino vive y gobierna esta señora con la vista perdida entre el año 41 y el 68, que destronó a mi abuela y anidó en su cabecita. Cual Comandante de un país sin timón, esta Reina va sembrando el caos y la anarquía a su paso. La llave del gas abierta intoxicando a los vecinos; los remedios para la presión triturados en un frasquito con resabios de aspirinas, dos grageas de laxantes, una docena de cuartitos de tranquilizantes y dos granos de balanceado para gatos que levantó del piso de mi cocina convencida de haber recuperado el somnífero que se le cayó ahí mismo la Navidad del 2004; sus paseos nocturnos por el edificio manteniendo conversaciones con un hermano del Che (al que siempre le recuerda que ella padecía de asma igual que Ernestito); y un sinnúmero más de situaciones nos convencieron de que el barco estaba a la deriva.

Ya no la dejamos más sola. En la semana está acompañada y los fines de semana la traemos a casa. Entonces el problema se nos hace cada vez más evidente. Su brújula desmagnetizada, su norte perdido, su nave sin control. Ya nada es como antes. Deambula sin paz y sin rumbo. Se sienta, se acuesta, se para, se le antoja un té, busca una bombacha en el bolso…todo en un lapso de 7 minutos. Nos descuidamos un segundo y está martillando milanesas…de GATO VIVO. Nos damos vuelta y se está enjabonando la cara con destapacañerías. Se lava las axilas a las dos de la mañana usando crema antiarrugas como desodorante, le pone sal al té, edulcorante a la pomarola, se escapa a tomar baños de luna (siempre con pantalla solar como es su costumbre desde que se hizo su primera cirugía estética hace cuarenta años).
La noche es un guión digno de una zarzuela loca. Desorientada más de lo necesario por el cambio de geografía, y un tanto apurada porque en un descuido se nos atiborró de laxantes, va por la casa chocando con los muebles en busca del baño…lugar que rara vez encuentra, con el resultado que no pienso ponerme a describir.

El desenlace se resume en una palabra: Geriátrico.
Entramos al lugar, mi vieja y yo, tragando saliva y pescando lágrimas con la punta de la lengua. Caminamos como dos intrusas bien por el medio del salón, más por respetar la privacidad de los ancianos que por miedo a quedar encerradas (o acuchilladas por algún abuelo, que en un rapto de ira, nos pudiera confundir con la hija que lo archivó ahí dentro). Aunque el lugar es impecable, y para nosotras no existe alternativa posible se nos dio vuelta el estómago. No es Hogwarts, Harry Potter no va a ser el compañero de nuestra Hermione, no hay clases de magia ni hechicería…y sabemos perfectamente bien adónde conduce el andén 9 y ¾…
Quizás las únicas similitudes con la archifamosa escuela de magia sean un par de anteojos rotos pegados con cinta y que mi abuela, cuando estaba en sus cabales, supo ser una bruja…que aunque bruja muy bruja no se merece este pasaporte a Hogwarts de la mano del Profesor Alzheimer!