lunes, 10 de mayo de 2010

PENDEVIEJAS DE PLASTICO

La cultura de la eterna Barbie adolescente

Es fácil reconocerlas. Se deslizan por la vida con la misma cara que un ciervo encandilado por una 4X4 en la montaña. A simple vista, y por su forma de vestir, parecen mujeres de treinta y pico…o veinticinco las más dañadas. Pero el promedio de edad de estas mujeres es de 50 años, cronológicos y que jamás concuerda con lo que verbalmente expresan, como si la mentira pudiera estirar la vida o atrasar las horas.

Generalmente son mujeres que han sabido cultivar un pasado ilustrísimo como adornos bonitos de sus parejas o simplemente han laburado con el envase (hasta que el envase comenzó a caducar). Se han pasado la vida de dieta en dieta, yendo de la cama a la peluquería y de la peluquería a gimnasia. Devotas de cuanta revista de modas existe, prefieren invertir una fortuna en una lipoaspiración o la nueva cartera de Vuitton que conocer el Partenón. Nada las deja más satisfechas que mirarse en el espejo, pero el espejo deberá devolver una imagen fresca e infantil construída a base de sacrificadas visitas al cirujano plástico, al gimnasio, a la nutricionista, a la peluquería, a la masajista, a la manicura, a la cosmetóloga y quien sabe cuántas cosas más. Dios no permita que la edad se filtre por las patas de gallo o las manchas de las manos, eso sería peor que engordar cuatrocientos gramos y ya no entrar en el mismo talle de jean de la hija de dieciocho años.

Es así como se pasean estas pavas reales, embutidas en un jean blanco que deja traslucir una tanga de hilo dental incrustada entre los cantos de un culo que ha sido sistemáticamente sometido a innumerables descargas eléctricas para tonificarlo intentando evitar lo inevitable (que cada año esté más cerca del piso).

Muñecas plásticas, sus caras tienen la misma expresión vacía que las estatuas de cera del museo de Madame Tussaud. Con poca irrigación sanguínea, producto de la escasa densidad de piel facial gracias a varios liftings, los vasos sanguíneos exageradamente expuestos tienden a darle un tono gris azulado a sus caras. Los sucesivos estiramientos han ido tensando de tal manera los rostros, que las que alguna vez fueran bocas decentes y expresivas, ahora se asemejan a la sonrisa del Guasón. Los labios son un capítulo aparte. Sobrealimentados de rellenos químicos y botox, difícilmente se muevan con naturalidad (lo cual se traduce en una importante dificultad para expresarse, ni que hablar de guardar los implantes dentales ultra blanquísimos en su lugar). Si uno dibujara una raya perpendicular a las comisuras labiales, cualquiera podría confundir a estas mujeres con esas marionetas que usan los ventrílocuos para hacer su show. Y estas mujeres son un show, un circo ambulante frikki que causa una mezcla de gracia y estupor. La mirada sorprendida, que hay que agradecerle al último cirujano que dejó los ojos sobre las orejas, es el sello inconfundible de un dinero mal invertido en varios quirófanos de renombre. Pero detrás de esos rostros encerados y tensos como una pelota de futbol sin estrenar, hay una mirada que delata. Son ojos que han perdido la frescura de los veinte, ojos que lloran lentes de contacto de color y que llevan impreso el cansancio de la edad que realmente tienen.

Ridículas como ellas solas, se las puede ver en una disco haciendo fila en el baño para pararse frente al espejo. Revoleando la cabellera de tres largos (gracias a las tres últimas extensiones capilares), se acomodarán la remerita escotada dentro de la minifalda de jean dejando semidescubiertas las últimas dos adquisiciones del año: dos globos gigantes en el lugar donde antes había dos tetitas sumisas. Con la piel del pecho a punto de estallar, maquilladas como puertas, con tanta bijouterie que se les hace jorobado caminar derechitas; estas Barbies abuelas no se resignan a entregar la posta a sus hijas o en algunos casos a sus nietas.

Botas blancas de caña alta, calzas, remeras animal print, cinturones anchos con tachas, pelos hasta la cintura, hombros descubiertos, pestañas postizas, corpiños con aro, transparencias y encajes son algunas de las cosas que se ven (y que uno no quisiera recordar por vergüenza ajena). ¿Nadie le dijo a esa cincuentona que la remerita de encaje es too much para las redondeces propias de su edad? ¿Nadie la frenó antes de que saliera a la calle disfrazada de 68 kilos de mozzarella en envase de nylon? ¿Y esa otra que pesa menos que su hija de 22? ¿No le dijo el marido que parece una nena de catorce que ha perdido todos los atributos de una mujer hecha y derecha? ¿Nadie le avisó que se había quedado sin culo y sin tetas, sin cadera y sin expresión en su loca carrera por seguir comprando la ropa en el mismo lugar que la novia de su hijo?

Lo más raro de todo esto es que las mujeres hacen esto para conquistar, para seducir. El tema es qué o a quién. Porque las que tienen pareja suelen caminar al lado de ellos sin mirarlos, distantes y gélidas con la vista perdida en algún lugar del pasado. Un pasado que ningún cirujano puede devolver. Un cuerpo que ya no es el mismo y pasa facturas todo el tiempo. Creo que lo hacen para competir con otras mujeres, por miedo a ser reemplazadas por un modelo más nuevo (como se hace con los autos o los celulares). Creen que la apariencia puede engañar a Chronos, como Santa engaña a los chicos en Navidad. Lamento informarles chicas, el reloj no se detiene. La vida pasa y el tiempo se achica. Prefiero mil veces las caras con arrugas de reírse, de llorar, las marcas de los partos, la barriguita cervecera, una hamburguesa clavada en el momento justo, la dosis exacta de endorfinas por kilo vivo (50 gramos del mejor chocolate con almendras del mercado), las narices que lo dicen todo, las bocas que sonríen y besan sin miedo, los culos con personalidad, las tetas que no arrugan aunque se arruguen y las miradas vívidas y pícaras de quienes han sabido reírse de si mismas envejeciendo con dignidad sin perder un àpice de su identidad.

Nota: Ni en pedo me dejo masacrar por el Dr. Robert Rey (con la ropa que usa, me atrevo a dudar de su juicio estético)



sábado, 3 de abril de 2010

FAUNA Y FLORA DE LA SELVA LABORAL







Arquetipos más frecuentes


Hablando con amigos y familiares he notado con curiosidad que, sin importar el ámbito o geografía de un trabajo, existen personajes con características bien definidas que se repiten con sorpresiva frecuencia. Puede ser en un Juzgado, en una tienda de ropa, en la administración de un laboratorio, en una farmacia, un colegio, un supermercado o una fábrica de embutidos; cambia el paisaje pero los prototipos se repiten como clones en todos los trabajos donde convivan más de tres personas.

Recopilando información he confeccionado la siguiente clasificación:


LA HIEDRA VENENOSA


Este ejemplar se comporta como el hijo bastardo de la planta del cuentito infantil “Las habichuelas mágicas” y una planta carnívora. Invierte buena parte del día en trepar cual enredadera por todos los recovecos y espacios libres que encuentra, diseminando su ponzoña a quien esté predispuesto a escucharla. Va enredándolo todo a tal punto que es imposible llegar a la raíz o verdadera esencia de su jodida persona. Su trabajo es subversivo y sutil, como la planta, nadie se percata de su crecimiento hasta que sus brotes afloran de los cajones de tu escritorio llevándose puesto todo a su paso. Como toda planta, es inmune a los sentimientos humanos, mientras tenga agua y un poco de luz seguirá su camino hasta el techo. Si la podan, probablemente algún brote siga creciendo en nuevos jardines (donde los nuevos compañeros se preguntarán con incertidumbre dónde quedó aquel fragante jazmín que ahora los asfixia con su mata de hojas desaforada).


LA MARMOTA


Este dulce animalito está podrido de que lo tengan de aquí para allá. Entonces se dedica a hibernar (todo el año) detrás de un escritorio donde anida desde que la empresa abrió sus puertas, allá en 1979. Como sabe que no lo pueden despedir porque le tienen que entregar el 50% de las acciones del grupo, pasa sus días tomando cafecitos y pasando papeles de una bandeja a otra. Es poco lo que aporta y poco lo que se sabe de él. Festeja los chistes con una risita que deja entrever sus paletas y es incapaz de involucrarse en alguna situación que amerite levantar el culo de la silla (si pudiera meterse una sonda en la vejiga, solo se levantaría para comerle las galletitas a sus compañeros).


EL PEZ PAYASO


Este sujeto genial se pasa por el trasero todos los apercibimientos y reprimendas que ha recibido a lo largo de los años, por llegar tarde, despeinado, y con el uniforme repleto de manchas (esas que sometiéndolas a un riguroso “Carbono 14” te dirán con lujo de detalles lo que el susodicho desayunó esa soleada mañana del 9 de marzo de 1999). Le importa tres pepinos llegar al objetivo, cumplir con los deseos de su Jefe y complacer a la plana mayor de la empresa; este personaje está ahí para pasársela lo mejor posible, contagiando a sus compañeros de esa deliberada algarabía. Cuenta chistes, ceba mates y esquiva los objetos contundentes con los que sus superiores intentan abrirle la cabeza toda vez que lo descubren dedicado de lleno al alpedismo (que es el 98 % de su tiempo en el trabajo).


LA GATA Y LA GATA FLORA


La Gata es la devota de Recursos Humanos por excelencia. Le fascinan. Los ha probado a todos y se ha erigido en la empresa como el monumento al fácil acceso y la flexibilidad absoluta. No se sabe a ciencia cierta si el 100% de los rumores que la tienen como protagonista son veraces, pero hay quienes aseguran tener evidencia empírica que respalda cada uno de los míticos eventos que circulan de boca en boca del personal (como circulan asiduamente sus miembros por la boca de este felino doméstico tan común en las oficinas y dependencias gubernamentales).

Por otra parte, la Gata Flora es otra gran devota de los Recursos Humanos hasta que los mismos devuelven sus atenciones, en cuyo caso este felino se ofenderá hasta las lágrimas y saldrá disparado como un petardo a formalizar una denuncia de acoso ante el Gerente de Recursos Humanos.


EL COLIBRÍ


Este pajarito colorido y ágil circula por todos los departamentos y reparticiones de la organización, sus funciones así lo requieren. Entonces se dedica con mucho esmero a cumplir rápidamente con sus tareas para poder desparramar con comodidad y tiempo de sobra, todo aquel dato que haya recogido en otras plantas y que sabe positivamente que despiertan el interés de sus interlocutores. Sin una intención definida, sus balas de cañón van cayendo como paracaidistas el 6 de junio de 1944 en Normandía, con efectos igualmente devastadores. Muchas veces disfruta del efecto deseado, aunque por inconsciente y boludo, las más de las veces ignora los alcances de la onda expansiva generada por sus acciones.


EL PAVO REAL


Este pajarraco fue diseñado para chapear. Aterriza en el lugar que lo acoge e inmediatamente informa a sus pares sobre sus diplomas, cursos, capacitaciones y calificaciones en la Universidad. Vive denostando a quienes no están a su altura, se niega a hacer cosas para las que asegura estar sobre calificado y exige en lugar de pedir. Espera ansiosamente ser abordado para responder alguna consulta, que nunca llega, porque sus compañeros jamás le pedirán otra cosa que no sea salir del paso camino a la impresora. Generalmente es devorado por la Loba o termina por renunciar de puro aburrimiento.


LA LOBA


Este ejemplar vive aullando. Es un quejido eterno y prolongado. Sus tragedias conmueven por la sordidez de sus relatos provocando en sus interlocutores una profunda y auténtica lástima. Le empatía es inmediata, manejada a la perfección por un sujeto que la utiliza sin el más mínimo atisbo de duda para lograr aquello que desea. Bajo esa fachada de supuesta fragilidad y extrema necesidad de contención, vive un matemático alemán que calcula hasta el peso específico del liquid paper que va a utilizar ese día para borrar la evidencia que lo incrimina en un error que le acaba de costar un dineral a la empresa que lo alberga. Evita con destreza prusiana, hacerse cargo de toda metida de pata que lo tenga por autor o partícipe necesario; prefiere un ataque de asma o volar de fiebre antes de quedarse a admitir que se fue al pasto de cabeza. Es muy probable que busque a un pez payaso, a una marmota o a un pavo real para descargar responsabilidades y en el caso de una confrontación directa mostrará dientes y uñas devorándose a quienes osen cruzarse en su camino.


EL YUYO


El yuyo es tenaz y trabaja cuando los demás descansan. A las diez lo ves en Tesorería, diez y doce está en Marketing, diez y cuarto en Ventas, diez y veintitrés en Contaduría. El yuyo está en todas partes. Nadie sabe a ciencia cierta a qué se dedica, pero todos saben que siempre está corriendo de aquí para allá. Lo pueden trasladar, remover o pisar; pero el yuyo siempre reaparece asomando clandestinamente la cabeza a la sombra del pavo o la hiedra. Incansable, a veces sirve de alimento a la Loba, que lo caga en terreno fértil dándole la posibilidad de volver a renacer de sus propias semillas.


EL JABALÍ


El jabalí es un chancho salvaje en la selva. Y en las oficinas también. Lo que no puede arreglar con lo que tiene adentro de la cabeza, lo arregla con la cabeza misma. Es capaz de darse veinte veces con la misma piedra, putear, carajear y al día siguiente volver a pegarse un palo similar. Se ofusca, se pone colorado, amenaza con dar un portazo y no volver a pisar el lugar nunca más; sin embargo es incapaz de asustar a su audiencia que revolea los ojos al escuchar la misma escenita por undécima vez en la semana. Sobre exigido de laburo, acepta con ira media docena de tareas más; es muy probable que por falta de huevos, lejos de cargar las tintas con el responsable de esa situación lo haga con quienes sabe son inofensivos. Se queja, protesta, resopla y murmura pero en una confrontación directa se va al mazo por terror al Rey León.


EL REY LEÓN


Como su nombre lo indica, este es el que “corta el bacalao”. Cuando este ejemplar está con mecha corta los rugidos se escuchan a tres kilómetros a la redonda. Para llegar ahí se manducó dos cebras, tres jabalíes, dos docenas de antílopes, quince etíopes y un par de hiedras como guarnición; por eso es más que respetado. Sabe hacer su trabajo pero no va más allá de lo que entiende le corresponde. Cumplidas sus funciones, se dedica a tercerizar todo aquello que no le atañe o pueda minimizar su imagen. Mientras se lame las patas relojea el movimiento de su manada y solamente actúa en caso de extrema necesidad. Felino por naturaleza, goza de excelente reputación entre las gatas de la empresa.


LA HIENA


La hiena come cualquier cosa. Todo le cierra y toda retorcida artimaña que le sirva para llegar a sus fines será utilizada, aún cuando en el camino queden varios cadáveres a medio masticar. Inescrupulosa y sin códigos, la hiena quiere trabajar poco y ganar mucho. Odia el esfuerzo así como odia al León por su jerarquía. No le gusta recibir órdenes. Solapadamente envidia a quienes ostentan aquello que ella cree merecer, entonces se dedica a reírse grotescamente de ellos sin percatarse de que nunca va a poder dejar de ser ese bicho siniestro que come lo que el resto deja.



¿Te identificas con alguno? ¿Si? ¿Con cuál?





domingo, 21 de marzo de 2010

ARGENTILANDIA






El país que algunos se merecen



Hay ciertas cosas que me ponen de la peluca. A veces, mirando los noticieros o manejando hacia el laburo, noto en mí misma una tendencia a convertirme en un monstruo salvaje con intenciones de acabar con un millar de personas (mínimo).

Sin ir más lejos, unos días después de las inundaciones que anegaron calles y autopistas de la Capital y Gran Buenos Aires, iba yo tranquila detrás de una camioneta cuyo conductor y acompañante, perfectamente sincronizados cual ballet del Bolshoi, bajaron las ventanillas del vehículo para deshacerse sin prisa y sin pausa de dos bolsas con restos de un desayuno a medio terminar. Como si esto fuera poco, hicieron lo propio con los vasitos de cartón de café, las servilletas que usaron para limpiarse los restos de medialunas, el soporte para los vasitos y como cereza del postre…vaciaron el contenido entero del cenicero del auto. Iba a distancia prudente, perfectamente consciente de que conducía detrás de un hipopótamo con diarrea, así que pude esquivar la basura sin demasiada maniobra. Pero el tipo me sacó tanto que estoy segura de que podría haberle aplastado el cráneo si contaba con un tanque oruga.

Porque este mismo personaje, es el que luego utiliza las cámaras de televisión para quejarse porque el agua de lluvia le llegó al motor y quién QUIÉN le va a pagar por semejante daño, ah?. Kadorna te va a pagar, monstruo mugriento, larva arrastrada que no conoce su propio pensamiento porque carece de él y su propia voz le retumba en el balero como el eco en un departamento sin muebles. La Mona Giménez te va a pagar. O Tinelli, si le escribís una carta bien sentida para el día del amigo.

Porque esta es la clase se gente que se merece este proyectito de país que tenemos. Gente que quiere que el gobierno le regale una pensión porque le jode un poquito levantarse tempranito. Le molesta que el vecino haya veraneado una semanita en la costa después de haberse pasado el año entero detrás del mostrador de su verdulería. Aspira a la guita fácil, a la ley del menor esfuerzo, a poner la culpa en un tercero; no le gusta hacerse cargo de lo que le pasa entonces protesta y despotrica porque no obtiene lo que cree merecer.


Algunos ejemplos pintorescos que viven en Argentilandia:


El plomero que se rasca la barriga peluda en el bar de la esquina “estamos cada vez peor” sentencia. “no hay laburo” insiste (mientras el celular no para de sonar). Ese mismo señor que te tuvo de rehén todo el santo lunes en tu casa, habiendo pedido permiso en tu trabajo para ausentarte a esperarlo porque hace cuatro días que te bañás en la casa de la vecina. Ese mismo infeliz que se compromete a concurrir a tal hora y aparece a esa hora setenta y dos horas después…increpándote porque te tiró la puerta abajo y no estabas.


El tachero que se hace un festival con el turista desprevenido. Ese que sube al alemán y le hace un paseíto por González Catán, después de subirlo en Retiro, para llevarlo hasta el hotel Sheraton (que está estratégicamente a cuatro cuadras de donde lo levantó). Que le cobra en Euros y le da el vuelto en pesos argentinos del año de la escarapela o un par de fotocopias de billetes de veinte bien arrugaditas. Y si puede, se le queda con la camarita de fotos… .


El que recibe un plan de gobierno para sustentar a su familia, hasta el día en que le informan que para seguir recibiéndolo tendrá que pintar el edificio donde funciona el Municipio o cortar el césped de la plaza pública. Entonces el negocito ya no le cierra, porque va a tener que mover el culo para recibir unos billetes. Se ofusca, agarra el bombo y acampa en el medio de una avenida impidiendo que el resto de los que se rompen el culo de verdad para llevarle comida a sus hijos no pueda llegar a horario a su trabajo.


El político que vive en contra de todo. Porque pertenece a la oposición desde que nació. Incluso cuando su partido fue gobierno. Veta todo. No da quórum jamás, por las dudas. Por las dudas que tiene, o se va a Punta del Este o se lleva a la amante de turno a Miami de compras. Y porque comerse todo el debate sobre el presupuesto del año que viene le parece aburridísimo. Eso sí, está esperando que lo convoquen de algún programa periodístico para hablar de lo mal que vive la gente por culpa de vaya a saber quién… (quien es el enemigo de turno, quien es el que ya no le paga para callarse, quien es la voz de su propia consciencia que se apagó hace rato).


El empleado público. No todos, existen excepciones. Hablo de esa casta de gusanos come caca que en pleno horario de atención al público abren un paquete de factura grasiento, se toman un pequeño break de cuarenta y cinco minutos sacando a todos arando si osan preguntar si hay que sacar número o hacer fila. Con la boca llena, escupiendo restos de migas te observarán el trámite sin hacer contacto visual, buscando cualquier pretexto para estirar el desayuno hasta las 12.30 hs., horario en que ya no te van a recibir el trámite. Y vos, que pediste permiso en laburo, con la frente hecha un río le suplicarás que reconsidere su decisión ya que has traído todo lo que te habían solicitado el día anterior. Con cara de vaca empastillada, girará sobre sus talones, preguntando a su superior a los gritos si recibe el trámite o no. El superior, un tonto del culo con cara de nicotina y tango, peinado a la gomina (tres pelos grasientos que le surcan la azotea); evaluará la situación engulliendo un churro relleno de proporciones inusitadas (aunque él parece manejarse muy bien con ese tamaño, señal de que se dedica a los instrumentos de viento con asiduidad). La respuesta es siempre NO. La mañana siguiente tendrás que caer con un paquete similar para que te miren con cierto respeto o deberás volver seis veces más ganándoles por cansancio.


Estos son solo algunos ejemplos…hay más…pero recordarlos me está dando arcadas. Retomaremos en otro momento. Mientras tanto los dejo con una canción que grafica a los argentinos que se merecen un país como “Argentilandia”:







domingo, 28 de febrero de 2010

MOMENTOS GERIÁTRICO-GROTESCOS



MI ABUELA SE CAGÓ (Y NO PRECISAMENTE DE RISA)

Si alguien hubiera conocido a mi abuela, la réplica femenina del Mariscal Rommel, entender esto le resultaría mucho menos gracioso y un tantito más dramático. Pero como soy una partidaria de encontrarle el lado bueno hasta al “Lado oscuro de la fuerza” (con Darth Vader y su ejército de cyborgs incluidos), voy a centrarme en las partes “cómicas” de una historia que en definitiva no lo es tanto.

Como ya la describiera en otra entrada de este blog, mi abuela se fue perdiendo por el bosque, de la mano del Sr. Alzheimer. Como el conejito de Duracel que a medida que se queda sin pilas va enlenteciendo la marcha; mi abuela fue perdiendo la cordura, la conciencia y la paciencia (bue, esa ya la había perdido a los cuarenta cuando su cerebro todavía estaba afinado como un Stradivarius). La pila se fue gastando y los sistemas se fueron bloqueando al compás de un conejito que cada vez toca los platillos con menos ganas. Como una computadora que tiene el disco rígido fragmentado y lleno al 99%, un ejército de troyanos reproduciéndose en todas las aplicaciones y el antivirus sin actualizar; el cerebro de mi abuela entró en un cortocircuito digno de un juguete cuya pila sulfatada termina siendo un peligro para todos los que la rodean.
Entonces nuestro conejito quedó con la vista perdida y los platillos a medio camino del último “CLANK”.

Lejos quedaron aquellos días (de hace tan solo dos años), donde confundía el valor de los billetes adjudicándole un color al precio de cada producto “Este pollo me costó dos marrones” léase $20. “El farmacéutico me cobró un verde, las aspirinas” léase $5. También quedaron atrás los tiempos en los que nos enojábamos porque confundía los nombres de sus bisnietos o intentaba condimentar la ensalada con detergente aroma limón. Momentos preciosos en los que se tildaba preguntando cien veces por el mismo tema tabú y espinoso que no debía tocarse en la mesa dominical porque todos terminábamos a las patadas mientras ella sonreía, satisfecha, como La Gioconda. Confundía la hora en su reloj, pero tenía claro que era de día según la posición del sol o que era momento de almorzar por el rugido de su estómago teflonado y un apetito voraz. Tratábamos infructuosamente de corregirla con la secreta esperanza de que volviera a aflorar esa mujer insoportable que nos tenía a todos zumbando. Pero el descenso ocurrió indefectiblemente sin nuestra anuencia. Entonces nos enteramos que prolijamente producida con un camisón rosado, una cartera Chanel, medias tres cuartos negras y sandalias beige sin talón; la habían encontrado en la puerta del edificio intentando embocar la llave en la cerradura para tomar un taxi que la llevara al dentista(a las cuatro de la madrugada). Como un personaje salido de una peli de Almodóvar (perdón Maite), esta caricatura grotesca de lo que alguna vez fue mi abuela, se levanta a desayunar cuando el resto de la población se acuesta…haciendo carne la canción de María Elena Walsh “En el Reino del revés”. En ese Reino vive y gobierna esta señora con la vista perdida entre el año 41 y el 68, que destronó a mi abuela y anidó en su cabecita. Cual Comandante de un país sin timón, esta Reina va sembrando el caos y la anarquía a su paso. La llave del gas abierta intoxicando a los vecinos; los remedios para la presión triturados en un frasquito con resabios de aspirinas, dos grageas de laxantes, una docena de cuartitos de tranquilizantes y dos granos de balanceado para gatos que levantó del piso de mi cocina convencida de haber recuperado el somnífero que se le cayó ahí mismo la Navidad del 2004; sus paseos nocturnos por el edificio manteniendo conversaciones con un hermano del Che (al que siempre le recuerda que ella padecía de asma igual que Ernestito); y un sinnúmero más de situaciones nos convencieron de que el barco estaba a la deriva.

Ya no la dejamos más sola. En la semana está acompañada y los fines de semana la traemos a casa. Entonces el problema se nos hace cada vez más evidente. Su brújula desmagnetizada, su norte perdido, su nave sin control. Ya nada es como antes. Deambula sin paz y sin rumbo. Se sienta, se acuesta, se para, se le antoja un té, busca una bombacha en el bolso…todo en un lapso de 7 minutos. Nos descuidamos un segundo y está martillando milanesas…de GATO VIVO. Nos damos vuelta y se está enjabonando la cara con destapacañerías. Se lava las axilas a las dos de la mañana usando crema antiarrugas como desodorante, le pone sal al té, edulcorante a la pomarola, se escapa a tomar baños de luna (siempre con pantalla solar como es su costumbre desde que se hizo su primera cirugía estética hace cuarenta años).
La noche es un guión digno de una zarzuela loca. Desorientada más de lo necesario por el cambio de geografía, y un tanto apurada porque en un descuido se nos atiborró de laxantes, va por la casa chocando con los muebles en busca del baño…lugar que rara vez encuentra, con el resultado que no pienso ponerme a describir.

El desenlace se resume en una palabra: Geriátrico.
Entramos al lugar, mi vieja y yo, tragando saliva y pescando lágrimas con la punta de la lengua. Caminamos como dos intrusas bien por el medio del salón, más por respetar la privacidad de los ancianos que por miedo a quedar encerradas (o acuchilladas por algún abuelo, que en un rapto de ira, nos pudiera confundir con la hija que lo archivó ahí dentro). Aunque el lugar es impecable, y para nosotras no existe alternativa posible se nos dio vuelta el estómago. No es Hogwarts, Harry Potter no va a ser el compañero de nuestra Hermione, no hay clases de magia ni hechicería…y sabemos perfectamente bien adónde conduce el andén 9 y ¾…
Quizás las únicas similitudes con la archifamosa escuela de magia sean un par de anteojos rotos pegados con cinta y que mi abuela, cuando estaba en sus cabales, supo ser una bruja…que aunque bruja muy bruja no se merece este pasaporte a Hogwarts de la mano del Profesor Alzheimer!





sábado, 20 de febrero de 2010

PURCUA (esta en francaise argento, sabed comprender)



Las incógnitas más insondables del mundo mundial (según mi subjetiva subjetividad, después de todo es mi blog y en este pedacito de mundo virtual nos gobierna una insana monarquía. Firmado: Moi)



¿Por qué hago un esfuerzo sobrehumano para no despegar los párpados evitando que asome un atisbo de luz que pudiera desvelarme una hora antes de que suene el despertador, para descubrir con horror (sentada en el inodoro haciendo pis), que en el tubito de cartón solo queda un centímetro cuadrado de papel higiénico?


¿Por qué todavía la ciencia no me ha sabido explicar en qué gen de mi cadena de ADN habita la instrucción “QUEMARÁS LAS TOSTADAS”?. ¿Mi hijo no las quema, será que ese gen no se lo he transmitido a la descendencia, o el pibe es adoptado por lo tanto ese exceso de gordura del año 94 fue un embarazo psicológico y/o una sobredosis de hidratos de carbono en la dieta?


¿Por qué cuando quiero dormir no puedo y cuando no puedo quiero? ¿Es insomnio, histeria soporífera o gataflorismo onírico?


¿Por qué cuando entro a casa todas mis mascotas me miran fijo como si fuera el Dr. Doolittle? ¿Cómo saben que yo sé lo que ellos me están diciendo? ¿Tengo un don, soy la reencarnación de Noé o me faltan un par de jugadores?


¿Por qué siempre me quemo la mano cuando agarro la pava? ¿Soy pavota? ¿Soy “a mentally challenged lady with learning disabilities”, o una pajera a la que le da fiaca estirar la mano para descolgar la agarradera?


¿Por qué siempre me pongo en la fila del peaje que avanza más lento? ¿Tengo un detector de boludos, máquinas descompuestas y empleados inoperantes?


¿Por qué siempre que tomo helado termino enchastrada como a los cuatro años, cuando la abuela Vicenta me llevaba a tomar el “sanguchito” helado que hacía agua por todos los costados?


¿Por qué siempre que me pongo pantalones blancos llueve? ¿El color blanco es parte de algún rito ancestral indígena para invocar la lluvia sobre las cosechas? Y digo lluvia…ni siquiera menciono diluvios (que es lo que sucede cada vez que tengo los pantalones blancos puestos y el paraguas bien guardadito en casita).


¿Por qué cuando me engripo y padezco trances febriles sueño que tengo dieciséis añitos y mi Pediatra es Doug Ross (a.k.a. George Clooney)?


¿Por qué siempre que tengo un antojo musical, el maldito CD se esconde de mi vista obligándome a repasar los doce malditos estantes unas quince veces? ¿Será porque la última vez que lo escuché no respeté el orden alfabético al guardarlo o sencillamente debería ponerme los anteojos antes de comenzar la cacería?


¿Por qué casi todo lo bueno de la vida engorda, hace mal, cae pesado, es ilegal, está mal visto, hiere la susceptibilidad de los sensibles, hace doler la cabeza, te revienta el hígado, es caro, vive en el otro hemisferio, es políticamente incorrecto, es moralmente reprochable, te hincha, te pica, es pecado, sabe a poco, no dura, no abunda, se acaba y te acaba?


¿Eh?



viernes, 12 de febrero de 2010

MMMM NO SE…



El indeciso

Si estás a punto de estallar por combustión espontánea, si súbitamente te ves apoderado por un rapto de energía homicida, si se te nubla la vista y te acordás de los diez asesinos seriales más letales del mundo, si los globos oculares se te salen de las cuencas, si destilás espuma por la boca, vapor caliente por las fosas nasales y humo por las orejas; probablemente te hayas topado con un indeciso.
Estas criaturitas blancuzcas y endebles se debaten en un puzzle intercraneal para tomar la más mínima e insignificante decisión. La simple compra de un shampoo los puede dejar exhaustos. Que si llevan paraguas, que si va a hacer calor, que si este colectivo los deja mejor que el otro, que si toman por la ruta tal o cual; los indecisos viven en una nube plomiza donde los grises no existen, todo se reduce a ceros y unos como un código binario…un damero de blancos y negros. Si o no. Compro o no compro. Subo o bajo. Freno o acelero. Pizza o empanadas. El dilema los vuelve locos todos los días de sus gelatinosas existencias. El tema radica en que no se joden la vida solitos. No, no. Le joden la vida al resto de las personas que tienen una decisión tomada y tuvieron la mala leche de estar dos lugares detrás en la fila del banco, el cine o en el mostrador de la pizzería. Hablando mal y pronto “no hay poronga que les venga bien”. Y esto tiene una influencia directa sobre la gente que los rodea.
Cinco situaciones clásicas donde el indeciso te deja en un estado de espasmo muscular o en la puerta de la Comisaría más cercana:

La fila de la boletería del cine o el teatro

Comprar dos entradas les puede llevar una vida. Si entran a la primera función, como está empezada se pierden la publicidad y los avances. Pero si entran a la siguiente no les queda tiempo suficiente para comer. ¿Y si van a un Fast food?. No, mejor a la parrillita de enfrente. Pero tardan en atender, entonces no llegarán a la segunda función. El tema es que para la primera solamente quedan entradas de la fila A a la E. Entonces elegirán la E (para todo esto ya hace veinte minutos que están en el mostrador y la empleada tiene cara de estufadita MAL). La E tiene asientos laterales, por lo tanto pedirán el planito de la sala para saber a cuántos metros de la pantalla están. En el momento que deciden tomar las ubicaciones, las mismas fueron vendidas por otro puesto. Vuelta a empezar. Vuelta a pelar el mapita de la sala. Y así hasta que deciden cambiar de película. Si fuera el juego de la Oca, estamos otra vez en el punto de partida y con la Oca expirando de aburrimiento.

Alquilando un toldo en un balneario

Esto lo comprobé con mis propios ojos. El indeciso pide el mapa del balneario. El encargado señala con el dedo las ubicaciones disponibles. La hija del indeciso repite como un lorito degenerado “quiero ir a la pileta, quiero ir a la pileta, quiero ir a la pileta”. El padre preguntará por enésima vez si el toldo tiene el sol de mañana o de tarde. Y si las banderas miran para el Sur, el viento viene del Norte por lo tanto quiere asegurarse de que la ubicación lo proteja del viento. ¿Es esa ubicación segura? ¿Mira hacia Mar del Plata o hacia Miramar? ¿Si llueve de costado nos mojamos? El ferrocarril de inquisiciones terminará con un dubitativo “bueno, la 96 está bien”. El encargado, a estas alturas ojeroso y con los huevos al plato, festejará la decisión y extenderá la factura como bandera de triunfo. No nene, no cantes victoria, el indeciso pedirá salir al balcón de la oficina para ver con sus propios ojos los dos metros cuadrados de arena que está a punto de alquilar por ocho horitas (tampoco es que te compraste un loft en la Capital, man!). Mientras la gente se apiña en la entrada de la oficina con cara de horror y sin entender el motivo de la demora (salvo una señora y yo que fuimos testigos de la conversación), el indeciso se debate entre pagar con tarjeta de débito o crédito. Una vez hechas sus cuentas, se decide por la de crédito. Ahora le falta decidir si American o Visa. Todo esto transcurre al mismo tiempo que la infanta Carolina del Huevo inflamado repite cual androide tildado “quiero ir a la pileta, quiero ir a la pileta, quiero ir a la pileta”. Inmutable, la madre bosteza y pregunta si la ubicación es buena o mejor cambiamos de pasillo para estar más cerca de la pileta. Y ahí me cerraron todos los crímenes aberrantes que ví en True TV. Me cerró el “homicidio atenuado por emoción violenta” y si hubiera tenido un arma estaría escribiendo esto desde el Penal de mujeres de Ezeiza. El tipo todavía debe estar ahí debatiéndose entre el pasillo A o F…

Encargando pizza para llevar

La pregunta del millón: ¿Puedo pedir un tercio de queso, otro de cebolla y otro con tomates? No pedazo de infeliz, no se puede. Luego de releer el menú con las veinte variedades diferentes, preguntará cosas insólitas: ¿La de palmitos puede llevar anchoas, huevo, choclo y ananá y seguir llamándose napolitana de tomates con ajo, porque la quiero completita, eh? Imaginen esta situación en un verano agobiante, una fila de doce personas que quieren llevarse su pizza e irse a la cama, con un personaje de estos que hasta pregunta si puede cambiar el combo 2 por el 3 pero agregarle media docena de empanadas y seguir pagando el precio del 2 (y una Coca gratis). Seguramente manotee el celular para consultar en casa, donde vive un ejemplar de idénticas características y que probablemente agregue nuevas dudas en lugar de disiparlas. “Preguntale si con una grande comemos 11 personas”. “A ver si la pueden hacer sin sal porque mamá se queda a cenar y tiene la presión alta”. “Preguntale si la de cebolla tiene mucho gusto a cebolla”. Para salvarles la vida, lo más cauteloso es correrlos de un codazo en las costillas y hacer nuestros pedidos (la horda hambrienta que espera detrás estaría más que satisfecha en convertirse al canibalismo si el indeciso fuera el plato principal).


La fila del cajero automático del Banco

Nunca entendí porqué hay gente que demora tanto frente al cajero. Y no estoy hablando de gente mayor a la cual le resulta más complicado entenderse con una pantalla touch o una computadora. Hablo de indecisos de veinte o de treinta añitos que se pueden llegar a pasar unos buenos veinte minutos jodiendo con la maquinita mientras uno transpira como un lechón. Dan ganas de cazarlos del cogote y meterles las cabezas en el buzón de los depósitos. ¿Cuántas operaciones se pueden hacer en un cajero? ¿Se puede chatear o encargar zapatos por Internet? ¿Le ponés un vaso y te da 7UP con cubitos? Francamente no entiendo la demora. Imprimen papelitos, vuelven a meter la tarjetita, están diez minutitos mordiéndose las uñas mirando la pantallita y oops…al fin se dan cuenta que están en el cajero de extracciones y ellos vinieron a hacer un depósito. La fila en el cubículo es una espiral de gente enardecida que no puede creer como alguien puede ser taaaan pelotudo. Que si saco todo, que si lo dejo, que si me roban, que me olvidé la clave, que si la pongo mal y me traga la tarjeta. Todos estos son devaneos de una psiquis averiada que pide a gritos un terapeuta y/o algún psicotrópico que lo libere del trance dubitativo del cual somos todos esclavos.

En la ruta

Son los que no saben si quedarse en el carril de la izquierda o el de la derecha. Entonces van zigzagueando su locura bien por el medio de los dos carriles. Cosa de cagarles la salida a todos los que vienen detrás. Son los que te ponen el guiño para la próxima salida pero no bajan. Hasta que en la salida posterior, se te cruzan en forma abrupta sin ninguna señal que indique que se quieren bajar de la autopista. Son los que en los peajes van haciendo eses de una casilla a otra porque no están seguros de cuál les conviene más. Y también son los que se van probando todos los lugares para estacionar, en la hora pico en una calle angosta, metiendo el auto de culata y arrepintiéndose para volver a probar tres metros más adelante y así sucesivamente. El concierto de bocinas es perjudicial para la salud (pero el indeciso no se entera porque la vocecita de la duda que lo asalta repiqueteando en el cerebro es mucho más poderosa que el ruido de la calle).


¿Porqué tantas dudas? ¿Porqué les cuesta tanto decidir? ¿Alfajor blanco o negro? ¿Avión o tren? ¿Mate o café? ¿Efectivo o tarjeta? ¿Nafta común o super? ¿Coca Light o Zero?
¿To be or not to be? Parece que Hamlet también tenía sus dudas…


viernes, 22 de enero de 2010

HOY NO VA DE RISA

Tragedias que hacen pensar

Hace días que veo imágenes del terremoto de Haití en la televisión. Fotos del espanto y el horror que se vivió y se vive en un país desvastado por un desastre natural que arrasó con las vidas de miles de personas y dejó un panorama desolador de hogares destruidos y familias desguasadas. Videos de gente mutilada, cadáveres desparramados por las calles, escombros, bebés llorando…y un único pensamiento recurrente y egoísta: qué suerte que no me pasó a mí.

Porque irremediablemente, estas tragedias nos hacen pensar en nosotros y en la gente que queremos. En lo que hubiéramos hecho de estar en la misma situación. El solo pensarlo nos da escalofríos. Tener que vagar por las calles con lo puesto, mendigando un poco de agua y revolviendo entre los escombros buscando a un ser querido debe ser la situación más espantosa y dolorosa que una persona deba enfrentar.

Y entonces viene el alivio. El alivio de darnos cuenta que estamos sentados en casa, en un sillón confortable mirándolo todo desde una pantalla que escupe esas imágenes desde un espejo satelital que enfoca un punto lejano del otro lado del planeta…bien lejos de esta casa que ahora parece más linda y más cómoda. De repente esos tres kilos de más o de menos se convierten en una bendición. La canilla cuyo goteo ayer nos robaba el sueño hoy es una canción vibrante que nos recuerda que tenemos un techo, agua, electricidad y una heladera llena. Ya no me importan las carteras que lamenté no poder comprar hojeando una revista el fin de semana, ni la factura del teléfono que casi no llego a pagar, ni la pila de trabajo pendiente que dejé en la oficina. Todo eso parece haber entrado en otra dimensión, porque la dimensión de esta tragedia enmarca mi vida en otro lugar, veo mi realidad desde otra perspectiva. Hoy no me quejo porque tengo que cocinar, porque tengo para cocinar. Hoy no puteo porque la camisa que quiero no está planchada, porque tengo; tengo quince diferentes para elegir. Hoy no lloro porque se me descompuso el auto, porque tengo adónde ir, porque todavía puedo caminar y porque en casa alguien me espera. No me quejo porque madrugo para ir a trabajar, porque agradezco tener trabajo. De repente me dieron ganas de dibujar, de escuchar música, de abrazar a los que quiero, de aprenderme sus caras de memoria para irme a dormir con esa foto en mi cabeza. Quiero susurrarle a mi hijo dormido, al oído como todas las noches pero hoy más que nunca, que lo adoro. Y desear que se despierte para que conteste entre sueños “yo también”, como todas las noches.

Entonces agradezco. Agradezco a ese Dios al que a veces no comprendo porque esta vez no me tocó a mí. Le pido que me ayude a comprender porqué permite estas desgracias. Le doy las gracias porque mañana voy a ver a mi madre y a mi abuela, y porque voy a ser más tolerante con ellas. Mañana voy a jugar con mis sobrinos, voy a tomar café con mi hermana. Voy a escribirles a mis amigas que están lejos deseando poder hacer diez mil kilómetros para abrazarlas. Voy a rezar por mi familia y sus familias.

Seguramente, antes de dormirme pida por toda esa gente que está sufriendo en Haití. Voy a pedir por los chicos que quedaron sin padres y por los padres que perdieron hijos. Por los que murieron y los que quedaron. Porque puedan reconstruir sus vidas y sus hogares.

Y también voy a pedir por mi propia estupidez. Que ya no me hagan falta estos cachetazos de tragedias monumentales para que le encuentre sentido a mi vida, y de paso me entere de lo feliz que soy…

domingo, 3 de enero de 2010

PRUEBA SUPERADA

Sobreviviendo a las Fiestas de Fin de Año

Si uno tuviera que resumir la vorágine de las Fiestas en un cortometraje de…digamos…unos tres minutos, el mismo sería una especie de peli chaplinesca proyectada a una velocidad dos o tres veces superior a la real. La música, bueno, la música sería una ensalada parecida a los restos de la ensalada de frutas que todavía sobrevive hecha un caldo putrefacto en la heladera. Cada momento tuvo su música, cada imagen un sonido que quedó plasmado para siempre en un rincón de esa neurona que atestiguará para siempre (o hasta que un accidente cerebrovascular se encargue de erradicarlo con una mini hemorragia), los excesos, las risas, los nervios y la locura de esos días mezcla de sidra, lechón, mayonesa y pólvora.

Así como se acomodan los recuerdos, desordenados, en mi cabeza; es como voy a describir las escenas de este cortometraje:


Momento “supermercado chino” (música heavy metal a full).


Las filas de las cajas llegan hasta el fondo. Hay olor a fruta fresca mezclada con sangre de vaca y perfume francés. Quiero comprarme una motosierra y no es precisamente para podar plantas. Mientras arrastro el chango desmadrado (cuyas ruedas giran locas), pienso en la masacre que cometería si tuviera un arma. Imagino la sangre a lo Quentin Tarantino y la imagen me provoca satisfacción y calma. Aprieto melones, huelo ananás y agujereo la bolsa de pan caliente para que no se transforme en chicle. Una “argolluda” (por los aros *wink*) me incrusta el chango en el coxis. Mi hijo me resopla en la nuca. La china me pregunta con qué pago. Quiero que sea 2012 y los mayas tengan razón. Quiero un tsunami. Quiero un sushimi. Quiero irrrrrrrrrrme YA!.


Momento “mi abuela debería consumir, y yo también. Y la perra” (música chill-out).


Mi abuela está perdida. Pero no lo suficientemente perdida como para hacer preguntas incómodas disparadas a repetición como balas de metralleta. Le explico seis veces seguidas que mi vecina, la que huele bien y baila de putamadre, vive sola y es la madre de esos tres críos que le pasaron por delante. La inunda la compasión por esta situación, aún cuando yo (su nieta) viva en idéntica condición. Creo que se olvida de que deportamos al padre del “muchachote” que está sentado a su lado, que no es ni más ni menos que su bisnieto (dato que obviamente ha olvidado). Por enésima vez le explico que no puede subir las escaleras porque en Navidad se pegó el palo del siglo y no se quebró la cadera porque Dios todavía se apiada de mí. Maquillándome las pestañas me la encuentro en el baño de arriba. Todavía me dura la taquicardia. O se murió y su espíritu subió a despedirse, o la muy turra desobedeció mis órdenes. La toco para ver si todavía está calentita y la encamino con cuidado a la planta baja (le doy una filípica del quince, al pedo, porque se tapa las orejas y canta en franco gesto de desacato). Pienso en partirle el cráneo con la misma pala con la que haría el pozo en el fondo del jardín para darle cristiana sepultura junto a mi gata (a la que acabo de enterrar…luego de fenecer presa de un síncope cardíaco por la pirotecnia). Luego me fumaría un cañito y cantaría “Amazing grace”. Me acuerdo de sedar a la perra. Mi hijo le tira un pan mojado en droga para canes. No se lo come, la muy pelotuda. Le abro las fauces y mi hijo le asesta un chorro en la garganta. Para bajarlo, se morfa el pan. A los diez minutos comienza a temblar. Se le dan vuelta los ojos para atrás y cae redonda al pasto. Borracha, la depositamos en un sillón del living. Tiene pulso…todavía. Me pregunto si la vieja mejoraría con merca. Definitivamente, a mí me ayudaría a sobrellevar la presencia de ella y la de mi madre que acaba de caerse de culo en la zanja (bastón incluído).


Momento “es hora de parar, ya no tenés edad” (música de cumbia).


Empecé con cerveza (porque hacía calor), seguí con tinto (porque era de más de veinte mangos y tuve miedo de que se acabe), le dí al Fernet (para confirmar que no me gusta demasiado, me costó decidirme luego del tercer vaso), luego vino la Fangio XXI (Vino Frizze apodado así por una amiga, dado su color azulado), después le dí al champagne y por último a la sidra del pico. Mientras bailaba frenéticamente del brazo del suegro de mi hermana, me percaté que una pirueta del meneadito no salió como esperaba. Pará que estoy clavada como arquito de cricket en el barro. Mi sordo partenaire no comprende mi situación y tironea de mi brazo hasta que mi clavícula hace un “clack” indoloro gracias al consumo previo de alcohol. Sigo meneando las cachas. Sigo tomando del pico. Para cuando quiero acordarme son las tres de la mañana. Me duele la cabeza. Me lloran los pies. Me arden los ojos. Me pican las orejas por el peso de los aros. Me aprieta el pantalón. Me zumban los oídos. Me muevo en cámara lentísima. Quiero llegar a casa. Casa es al lado. Pero ahora parece un abismo. ¿Será que tengo a mi vieja colgando de un brazo y a mi abuela (con sus dientes en la mano) en el otro?


Momento “el día después” (música de zarzuela).


El almuerzo livianito. Milanesas, puré, helado, ensalada de frutas, pan dulce, turrón y generosas dosis de alcohol para asegurar una siesta a pesar de mi abuela.

A la noche una cena decente en algún restaurante. Me declaro en huelga con la cocina, hace dos días que estoy parada frente a la mesada pelando frutas, merezco un franco.

La cena se da lugar en la cantina del pueblo. Mi madre se debate entre ir al baño o aguantarse la vejiga llena por miedo a que el baño esté sucio. La imagino haciendo piruetas para no apoyar el culo en la tabla. Automáticamente estoy sin apetito. Lo recupero viendo pasar milanesas de queso. La abuela pide ravioles de calabaza. La pasta tiene forma de media luna, se la sirven en círculos concéntricos (como gajos de naranja en cadena). Mi hijo me mira. Mi madre empalidece. No entiendo. Miro el plato de la abuela. El plato tiene un nuevo raviol un tanto más grande y lleno de dientes. Miro a mi abuela. Ella sigue masticando con la boca en un rictus diferente (como si le hubieran dado una piña en el maxilar). Ahí caigo en la cuenta de que el raviol es su dentadura superior, que ha caído al plato sin que su dueña tenga registro del incidente.

¿Dónde están tus dientes? – le pregunto. Me muestra las encías despobladas con una mueca y me contesta “Acá”.

Definitivamente se me ha ido el apetito. La huerta de cannabis se ha convertido en un “must” del verano.


Momento “ya fue” (música brasilera).


La casa vuelve a la normalidad. Las invitadas han sido depositadas en su charter rumbo a sus hogares. Me cuesta pensar en una cena sin mayonesa, en un almuerzo sin alcohol, en una tarde sin siesta, en una noche sin mi abuela lavándose las axilas a las tres de la mañana lista para desayunar. Me tomo un helado de agua mirando el arbolito. Parece mentira que en dos días tengo que volver a guardar esa parva de adornitos a medio masticar por los gatos. Tengo fiaca. Hay fuentes, moños, botellas vacías, flores mustias, migas, blisters de medicamentos por todas partes. Parece un campo de batalla luego de la derrota (de mi ejército obviamente). El único antídoto razonable para las Fiestas parece ser la playa. Pongo bossa nova en mi MP3 y cierro los ojos. Siento la arena caliente y el ruido del mar. Y la voz de mi abuela que quedó impregnada en mi duramadre preguntando cada cinco segundos ¿quién es esa chica que huele tan rico y baila tan bien?

THE END