domingo, 21 de marzo de 2010

ARGENTILANDIA






El país que algunos se merecen



Hay ciertas cosas que me ponen de la peluca. A veces, mirando los noticieros o manejando hacia el laburo, noto en mí misma una tendencia a convertirme en un monstruo salvaje con intenciones de acabar con un millar de personas (mínimo).

Sin ir más lejos, unos días después de las inundaciones que anegaron calles y autopistas de la Capital y Gran Buenos Aires, iba yo tranquila detrás de una camioneta cuyo conductor y acompañante, perfectamente sincronizados cual ballet del Bolshoi, bajaron las ventanillas del vehículo para deshacerse sin prisa y sin pausa de dos bolsas con restos de un desayuno a medio terminar. Como si esto fuera poco, hicieron lo propio con los vasitos de cartón de café, las servilletas que usaron para limpiarse los restos de medialunas, el soporte para los vasitos y como cereza del postre…vaciaron el contenido entero del cenicero del auto. Iba a distancia prudente, perfectamente consciente de que conducía detrás de un hipopótamo con diarrea, así que pude esquivar la basura sin demasiada maniobra. Pero el tipo me sacó tanto que estoy segura de que podría haberle aplastado el cráneo si contaba con un tanque oruga.

Porque este mismo personaje, es el que luego utiliza las cámaras de televisión para quejarse porque el agua de lluvia le llegó al motor y quién QUIÉN le va a pagar por semejante daño, ah?. Kadorna te va a pagar, monstruo mugriento, larva arrastrada que no conoce su propio pensamiento porque carece de él y su propia voz le retumba en el balero como el eco en un departamento sin muebles. La Mona Giménez te va a pagar. O Tinelli, si le escribís una carta bien sentida para el día del amigo.

Porque esta es la clase se gente que se merece este proyectito de país que tenemos. Gente que quiere que el gobierno le regale una pensión porque le jode un poquito levantarse tempranito. Le molesta que el vecino haya veraneado una semanita en la costa después de haberse pasado el año entero detrás del mostrador de su verdulería. Aspira a la guita fácil, a la ley del menor esfuerzo, a poner la culpa en un tercero; no le gusta hacerse cargo de lo que le pasa entonces protesta y despotrica porque no obtiene lo que cree merecer.


Algunos ejemplos pintorescos que viven en Argentilandia:


El plomero que se rasca la barriga peluda en el bar de la esquina “estamos cada vez peor” sentencia. “no hay laburo” insiste (mientras el celular no para de sonar). Ese mismo señor que te tuvo de rehén todo el santo lunes en tu casa, habiendo pedido permiso en tu trabajo para ausentarte a esperarlo porque hace cuatro días que te bañás en la casa de la vecina. Ese mismo infeliz que se compromete a concurrir a tal hora y aparece a esa hora setenta y dos horas después…increpándote porque te tiró la puerta abajo y no estabas.


El tachero que se hace un festival con el turista desprevenido. Ese que sube al alemán y le hace un paseíto por González Catán, después de subirlo en Retiro, para llevarlo hasta el hotel Sheraton (que está estratégicamente a cuatro cuadras de donde lo levantó). Que le cobra en Euros y le da el vuelto en pesos argentinos del año de la escarapela o un par de fotocopias de billetes de veinte bien arrugaditas. Y si puede, se le queda con la camarita de fotos… .


El que recibe un plan de gobierno para sustentar a su familia, hasta el día en que le informan que para seguir recibiéndolo tendrá que pintar el edificio donde funciona el Municipio o cortar el césped de la plaza pública. Entonces el negocito ya no le cierra, porque va a tener que mover el culo para recibir unos billetes. Se ofusca, agarra el bombo y acampa en el medio de una avenida impidiendo que el resto de los que se rompen el culo de verdad para llevarle comida a sus hijos no pueda llegar a horario a su trabajo.


El político que vive en contra de todo. Porque pertenece a la oposición desde que nació. Incluso cuando su partido fue gobierno. Veta todo. No da quórum jamás, por las dudas. Por las dudas que tiene, o se va a Punta del Este o se lleva a la amante de turno a Miami de compras. Y porque comerse todo el debate sobre el presupuesto del año que viene le parece aburridísimo. Eso sí, está esperando que lo convoquen de algún programa periodístico para hablar de lo mal que vive la gente por culpa de vaya a saber quién… (quien es el enemigo de turno, quien es el que ya no le paga para callarse, quien es la voz de su propia consciencia que se apagó hace rato).


El empleado público. No todos, existen excepciones. Hablo de esa casta de gusanos come caca que en pleno horario de atención al público abren un paquete de factura grasiento, se toman un pequeño break de cuarenta y cinco minutos sacando a todos arando si osan preguntar si hay que sacar número o hacer fila. Con la boca llena, escupiendo restos de migas te observarán el trámite sin hacer contacto visual, buscando cualquier pretexto para estirar el desayuno hasta las 12.30 hs., horario en que ya no te van a recibir el trámite. Y vos, que pediste permiso en laburo, con la frente hecha un río le suplicarás que reconsidere su decisión ya que has traído todo lo que te habían solicitado el día anterior. Con cara de vaca empastillada, girará sobre sus talones, preguntando a su superior a los gritos si recibe el trámite o no. El superior, un tonto del culo con cara de nicotina y tango, peinado a la gomina (tres pelos grasientos que le surcan la azotea); evaluará la situación engulliendo un churro relleno de proporciones inusitadas (aunque él parece manejarse muy bien con ese tamaño, señal de que se dedica a los instrumentos de viento con asiduidad). La respuesta es siempre NO. La mañana siguiente tendrás que caer con un paquete similar para que te miren con cierto respeto o deberás volver seis veces más ganándoles por cansancio.


Estos son solo algunos ejemplos…hay más…pero recordarlos me está dando arcadas. Retomaremos en otro momento. Mientras tanto los dejo con una canción que grafica a los argentinos que se merecen un país como “Argentilandia”:







domingo, 28 de febrero de 2010

MOMENTOS GERIÁTRICO-GROTESCOS



MI ABUELA SE CAGÓ (Y NO PRECISAMENTE DE RISA)

Si alguien hubiera conocido a mi abuela, la réplica femenina del Mariscal Rommel, entender esto le resultaría mucho menos gracioso y un tantito más dramático. Pero como soy una partidaria de encontrarle el lado bueno hasta al “Lado oscuro de la fuerza” (con Darth Vader y su ejército de cyborgs incluidos), voy a centrarme en las partes “cómicas” de una historia que en definitiva no lo es tanto.

Como ya la describiera en otra entrada de este blog, mi abuela se fue perdiendo por el bosque, de la mano del Sr. Alzheimer. Como el conejito de Duracel que a medida que se queda sin pilas va enlenteciendo la marcha; mi abuela fue perdiendo la cordura, la conciencia y la paciencia (bue, esa ya la había perdido a los cuarenta cuando su cerebro todavía estaba afinado como un Stradivarius). La pila se fue gastando y los sistemas se fueron bloqueando al compás de un conejito que cada vez toca los platillos con menos ganas. Como una computadora que tiene el disco rígido fragmentado y lleno al 99%, un ejército de troyanos reproduciéndose en todas las aplicaciones y el antivirus sin actualizar; el cerebro de mi abuela entró en un cortocircuito digno de un juguete cuya pila sulfatada termina siendo un peligro para todos los que la rodean.
Entonces nuestro conejito quedó con la vista perdida y los platillos a medio camino del último “CLANK”.

Lejos quedaron aquellos días (de hace tan solo dos años), donde confundía el valor de los billetes adjudicándole un color al precio de cada producto “Este pollo me costó dos marrones” léase $20. “El farmacéutico me cobró un verde, las aspirinas” léase $5. También quedaron atrás los tiempos en los que nos enojábamos porque confundía los nombres de sus bisnietos o intentaba condimentar la ensalada con detergente aroma limón. Momentos preciosos en los que se tildaba preguntando cien veces por el mismo tema tabú y espinoso que no debía tocarse en la mesa dominical porque todos terminábamos a las patadas mientras ella sonreía, satisfecha, como La Gioconda. Confundía la hora en su reloj, pero tenía claro que era de día según la posición del sol o que era momento de almorzar por el rugido de su estómago teflonado y un apetito voraz. Tratábamos infructuosamente de corregirla con la secreta esperanza de que volviera a aflorar esa mujer insoportable que nos tenía a todos zumbando. Pero el descenso ocurrió indefectiblemente sin nuestra anuencia. Entonces nos enteramos que prolijamente producida con un camisón rosado, una cartera Chanel, medias tres cuartos negras y sandalias beige sin talón; la habían encontrado en la puerta del edificio intentando embocar la llave en la cerradura para tomar un taxi que la llevara al dentista(a las cuatro de la madrugada). Como un personaje salido de una peli de Almodóvar (perdón Maite), esta caricatura grotesca de lo que alguna vez fue mi abuela, se levanta a desayunar cuando el resto de la población se acuesta…haciendo carne la canción de María Elena Walsh “En el Reino del revés”. En ese Reino vive y gobierna esta señora con la vista perdida entre el año 41 y el 68, que destronó a mi abuela y anidó en su cabecita. Cual Comandante de un país sin timón, esta Reina va sembrando el caos y la anarquía a su paso. La llave del gas abierta intoxicando a los vecinos; los remedios para la presión triturados en un frasquito con resabios de aspirinas, dos grageas de laxantes, una docena de cuartitos de tranquilizantes y dos granos de balanceado para gatos que levantó del piso de mi cocina convencida de haber recuperado el somnífero que se le cayó ahí mismo la Navidad del 2004; sus paseos nocturnos por el edificio manteniendo conversaciones con un hermano del Che (al que siempre le recuerda que ella padecía de asma igual que Ernestito); y un sinnúmero más de situaciones nos convencieron de que el barco estaba a la deriva.

Ya no la dejamos más sola. En la semana está acompañada y los fines de semana la traemos a casa. Entonces el problema se nos hace cada vez más evidente. Su brújula desmagnetizada, su norte perdido, su nave sin control. Ya nada es como antes. Deambula sin paz y sin rumbo. Se sienta, se acuesta, se para, se le antoja un té, busca una bombacha en el bolso…todo en un lapso de 7 minutos. Nos descuidamos un segundo y está martillando milanesas…de GATO VIVO. Nos damos vuelta y se está enjabonando la cara con destapacañerías. Se lava las axilas a las dos de la mañana usando crema antiarrugas como desodorante, le pone sal al té, edulcorante a la pomarola, se escapa a tomar baños de luna (siempre con pantalla solar como es su costumbre desde que se hizo su primera cirugía estética hace cuarenta años).
La noche es un guión digno de una zarzuela loca. Desorientada más de lo necesario por el cambio de geografía, y un tanto apurada porque en un descuido se nos atiborró de laxantes, va por la casa chocando con los muebles en busca del baño…lugar que rara vez encuentra, con el resultado que no pienso ponerme a describir.

El desenlace se resume en una palabra: Geriátrico.
Entramos al lugar, mi vieja y yo, tragando saliva y pescando lágrimas con la punta de la lengua. Caminamos como dos intrusas bien por el medio del salón, más por respetar la privacidad de los ancianos que por miedo a quedar encerradas (o acuchilladas por algún abuelo, que en un rapto de ira, nos pudiera confundir con la hija que lo archivó ahí dentro). Aunque el lugar es impecable, y para nosotras no existe alternativa posible se nos dio vuelta el estómago. No es Hogwarts, Harry Potter no va a ser el compañero de nuestra Hermione, no hay clases de magia ni hechicería…y sabemos perfectamente bien adónde conduce el andén 9 y ¾…
Quizás las únicas similitudes con la archifamosa escuela de magia sean un par de anteojos rotos pegados con cinta y que mi abuela, cuando estaba en sus cabales, supo ser una bruja…que aunque bruja muy bruja no se merece este pasaporte a Hogwarts de la mano del Profesor Alzheimer!





sábado, 20 de febrero de 2010

PURCUA (esta en francaise argento, sabed comprender)



Las incógnitas más insondables del mundo mundial (según mi subjetiva subjetividad, después de todo es mi blog y en este pedacito de mundo virtual nos gobierna una insana monarquía. Firmado: Moi)



¿Por qué hago un esfuerzo sobrehumano para no despegar los párpados evitando que asome un atisbo de luz que pudiera desvelarme una hora antes de que suene el despertador, para descubrir con horror (sentada en el inodoro haciendo pis), que en el tubito de cartón solo queda un centímetro cuadrado de papel higiénico?


¿Por qué todavía la ciencia no me ha sabido explicar en qué gen de mi cadena de ADN habita la instrucción “QUEMARÁS LAS TOSTADAS”?. ¿Mi hijo no las quema, será que ese gen no se lo he transmitido a la descendencia, o el pibe es adoptado por lo tanto ese exceso de gordura del año 94 fue un embarazo psicológico y/o una sobredosis de hidratos de carbono en la dieta?


¿Por qué cuando quiero dormir no puedo y cuando no puedo quiero? ¿Es insomnio, histeria soporífera o gataflorismo onírico?


¿Por qué cuando entro a casa todas mis mascotas me miran fijo como si fuera el Dr. Doolittle? ¿Cómo saben que yo sé lo que ellos me están diciendo? ¿Tengo un don, soy la reencarnación de Noé o me faltan un par de jugadores?


¿Por qué siempre me quemo la mano cuando agarro la pava? ¿Soy pavota? ¿Soy “a mentally challenged lady with learning disabilities”, o una pajera a la que le da fiaca estirar la mano para descolgar la agarradera?


¿Por qué siempre me pongo en la fila del peaje que avanza más lento? ¿Tengo un detector de boludos, máquinas descompuestas y empleados inoperantes?


¿Por qué siempre que tomo helado termino enchastrada como a los cuatro años, cuando la abuela Vicenta me llevaba a tomar el “sanguchito” helado que hacía agua por todos los costados?


¿Por qué siempre que me pongo pantalones blancos llueve? ¿El color blanco es parte de algún rito ancestral indígena para invocar la lluvia sobre las cosechas? Y digo lluvia…ni siquiera menciono diluvios (que es lo que sucede cada vez que tengo los pantalones blancos puestos y el paraguas bien guardadito en casita).


¿Por qué cuando me engripo y padezco trances febriles sueño que tengo dieciséis añitos y mi Pediatra es Doug Ross (a.k.a. George Clooney)?


¿Por qué siempre que tengo un antojo musical, el maldito CD se esconde de mi vista obligándome a repasar los doce malditos estantes unas quince veces? ¿Será porque la última vez que lo escuché no respeté el orden alfabético al guardarlo o sencillamente debería ponerme los anteojos antes de comenzar la cacería?


¿Por qué casi todo lo bueno de la vida engorda, hace mal, cae pesado, es ilegal, está mal visto, hiere la susceptibilidad de los sensibles, hace doler la cabeza, te revienta el hígado, es caro, vive en el otro hemisferio, es políticamente incorrecto, es moralmente reprochable, te hincha, te pica, es pecado, sabe a poco, no dura, no abunda, se acaba y te acaba?


¿Eh?



viernes, 12 de febrero de 2010

MMMM NO SE…



El indeciso

Si estás a punto de estallar por combustión espontánea, si súbitamente te ves apoderado por un rapto de energía homicida, si se te nubla la vista y te acordás de los diez asesinos seriales más letales del mundo, si los globos oculares se te salen de las cuencas, si destilás espuma por la boca, vapor caliente por las fosas nasales y humo por las orejas; probablemente te hayas topado con un indeciso.
Estas criaturitas blancuzcas y endebles se debaten en un puzzle intercraneal para tomar la más mínima e insignificante decisión. La simple compra de un shampoo los puede dejar exhaustos. Que si llevan paraguas, que si va a hacer calor, que si este colectivo los deja mejor que el otro, que si toman por la ruta tal o cual; los indecisos viven en una nube plomiza donde los grises no existen, todo se reduce a ceros y unos como un código binario…un damero de blancos y negros. Si o no. Compro o no compro. Subo o bajo. Freno o acelero. Pizza o empanadas. El dilema los vuelve locos todos los días de sus gelatinosas existencias. El tema radica en que no se joden la vida solitos. No, no. Le joden la vida al resto de las personas que tienen una decisión tomada y tuvieron la mala leche de estar dos lugares detrás en la fila del banco, el cine o en el mostrador de la pizzería. Hablando mal y pronto “no hay poronga que les venga bien”. Y esto tiene una influencia directa sobre la gente que los rodea.
Cinco situaciones clásicas donde el indeciso te deja en un estado de espasmo muscular o en la puerta de la Comisaría más cercana:

La fila de la boletería del cine o el teatro

Comprar dos entradas les puede llevar una vida. Si entran a la primera función, como está empezada se pierden la publicidad y los avances. Pero si entran a la siguiente no les queda tiempo suficiente para comer. ¿Y si van a un Fast food?. No, mejor a la parrillita de enfrente. Pero tardan en atender, entonces no llegarán a la segunda función. El tema es que para la primera solamente quedan entradas de la fila A a la E. Entonces elegirán la E (para todo esto ya hace veinte minutos que están en el mostrador y la empleada tiene cara de estufadita MAL). La E tiene asientos laterales, por lo tanto pedirán el planito de la sala para saber a cuántos metros de la pantalla están. En el momento que deciden tomar las ubicaciones, las mismas fueron vendidas por otro puesto. Vuelta a empezar. Vuelta a pelar el mapita de la sala. Y así hasta que deciden cambiar de película. Si fuera el juego de la Oca, estamos otra vez en el punto de partida y con la Oca expirando de aburrimiento.

Alquilando un toldo en un balneario

Esto lo comprobé con mis propios ojos. El indeciso pide el mapa del balneario. El encargado señala con el dedo las ubicaciones disponibles. La hija del indeciso repite como un lorito degenerado “quiero ir a la pileta, quiero ir a la pileta, quiero ir a la pileta”. El padre preguntará por enésima vez si el toldo tiene el sol de mañana o de tarde. Y si las banderas miran para el Sur, el viento viene del Norte por lo tanto quiere asegurarse de que la ubicación lo proteja del viento. ¿Es esa ubicación segura? ¿Mira hacia Mar del Plata o hacia Miramar? ¿Si llueve de costado nos mojamos? El ferrocarril de inquisiciones terminará con un dubitativo “bueno, la 96 está bien”. El encargado, a estas alturas ojeroso y con los huevos al plato, festejará la decisión y extenderá la factura como bandera de triunfo. No nene, no cantes victoria, el indeciso pedirá salir al balcón de la oficina para ver con sus propios ojos los dos metros cuadrados de arena que está a punto de alquilar por ocho horitas (tampoco es que te compraste un loft en la Capital, man!). Mientras la gente se apiña en la entrada de la oficina con cara de horror y sin entender el motivo de la demora (salvo una señora y yo que fuimos testigos de la conversación), el indeciso se debate entre pagar con tarjeta de débito o crédito. Una vez hechas sus cuentas, se decide por la de crédito. Ahora le falta decidir si American o Visa. Todo esto transcurre al mismo tiempo que la infanta Carolina del Huevo inflamado repite cual androide tildado “quiero ir a la pileta, quiero ir a la pileta, quiero ir a la pileta”. Inmutable, la madre bosteza y pregunta si la ubicación es buena o mejor cambiamos de pasillo para estar más cerca de la pileta. Y ahí me cerraron todos los crímenes aberrantes que ví en True TV. Me cerró el “homicidio atenuado por emoción violenta” y si hubiera tenido un arma estaría escribiendo esto desde el Penal de mujeres de Ezeiza. El tipo todavía debe estar ahí debatiéndose entre el pasillo A o F…

Encargando pizza para llevar

La pregunta del millón: ¿Puedo pedir un tercio de queso, otro de cebolla y otro con tomates? No pedazo de infeliz, no se puede. Luego de releer el menú con las veinte variedades diferentes, preguntará cosas insólitas: ¿La de palmitos puede llevar anchoas, huevo, choclo y ananá y seguir llamándose napolitana de tomates con ajo, porque la quiero completita, eh? Imaginen esta situación en un verano agobiante, una fila de doce personas que quieren llevarse su pizza e irse a la cama, con un personaje de estos que hasta pregunta si puede cambiar el combo 2 por el 3 pero agregarle media docena de empanadas y seguir pagando el precio del 2 (y una Coca gratis). Seguramente manotee el celular para consultar en casa, donde vive un ejemplar de idénticas características y que probablemente agregue nuevas dudas en lugar de disiparlas. “Preguntale si con una grande comemos 11 personas”. “A ver si la pueden hacer sin sal porque mamá se queda a cenar y tiene la presión alta”. “Preguntale si la de cebolla tiene mucho gusto a cebolla”. Para salvarles la vida, lo más cauteloso es correrlos de un codazo en las costillas y hacer nuestros pedidos (la horda hambrienta que espera detrás estaría más que satisfecha en convertirse al canibalismo si el indeciso fuera el plato principal).


La fila del cajero automático del Banco

Nunca entendí porqué hay gente que demora tanto frente al cajero. Y no estoy hablando de gente mayor a la cual le resulta más complicado entenderse con una pantalla touch o una computadora. Hablo de indecisos de veinte o de treinta añitos que se pueden llegar a pasar unos buenos veinte minutos jodiendo con la maquinita mientras uno transpira como un lechón. Dan ganas de cazarlos del cogote y meterles las cabezas en el buzón de los depósitos. ¿Cuántas operaciones se pueden hacer en un cajero? ¿Se puede chatear o encargar zapatos por Internet? ¿Le ponés un vaso y te da 7UP con cubitos? Francamente no entiendo la demora. Imprimen papelitos, vuelven a meter la tarjetita, están diez minutitos mordiéndose las uñas mirando la pantallita y oops…al fin se dan cuenta que están en el cajero de extracciones y ellos vinieron a hacer un depósito. La fila en el cubículo es una espiral de gente enardecida que no puede creer como alguien puede ser taaaan pelotudo. Que si saco todo, que si lo dejo, que si me roban, que me olvidé la clave, que si la pongo mal y me traga la tarjeta. Todos estos son devaneos de una psiquis averiada que pide a gritos un terapeuta y/o algún psicotrópico que lo libere del trance dubitativo del cual somos todos esclavos.

En la ruta

Son los que no saben si quedarse en el carril de la izquierda o el de la derecha. Entonces van zigzagueando su locura bien por el medio de los dos carriles. Cosa de cagarles la salida a todos los que vienen detrás. Son los que te ponen el guiño para la próxima salida pero no bajan. Hasta que en la salida posterior, se te cruzan en forma abrupta sin ninguna señal que indique que se quieren bajar de la autopista. Son los que en los peajes van haciendo eses de una casilla a otra porque no están seguros de cuál les conviene más. Y también son los que se van probando todos los lugares para estacionar, en la hora pico en una calle angosta, metiendo el auto de culata y arrepintiéndose para volver a probar tres metros más adelante y así sucesivamente. El concierto de bocinas es perjudicial para la salud (pero el indeciso no se entera porque la vocecita de la duda que lo asalta repiqueteando en el cerebro es mucho más poderosa que el ruido de la calle).


¿Porqué tantas dudas? ¿Porqué les cuesta tanto decidir? ¿Alfajor blanco o negro? ¿Avión o tren? ¿Mate o café? ¿Efectivo o tarjeta? ¿Nafta común o super? ¿Coca Light o Zero?
¿To be or not to be? Parece que Hamlet también tenía sus dudas…


viernes, 22 de enero de 2010

HOY NO VA DE RISA

Tragedias que hacen pensar

Hace días que veo imágenes del terremoto de Haití en la televisión. Fotos del espanto y el horror que se vivió y se vive en un país desvastado por un desastre natural que arrasó con las vidas de miles de personas y dejó un panorama desolador de hogares destruidos y familias desguasadas. Videos de gente mutilada, cadáveres desparramados por las calles, escombros, bebés llorando…y un único pensamiento recurrente y egoísta: qué suerte que no me pasó a mí.

Porque irremediablemente, estas tragedias nos hacen pensar en nosotros y en la gente que queremos. En lo que hubiéramos hecho de estar en la misma situación. El solo pensarlo nos da escalofríos. Tener que vagar por las calles con lo puesto, mendigando un poco de agua y revolviendo entre los escombros buscando a un ser querido debe ser la situación más espantosa y dolorosa que una persona deba enfrentar.

Y entonces viene el alivio. El alivio de darnos cuenta que estamos sentados en casa, en un sillón confortable mirándolo todo desde una pantalla que escupe esas imágenes desde un espejo satelital que enfoca un punto lejano del otro lado del planeta…bien lejos de esta casa que ahora parece más linda y más cómoda. De repente esos tres kilos de más o de menos se convierten en una bendición. La canilla cuyo goteo ayer nos robaba el sueño hoy es una canción vibrante que nos recuerda que tenemos un techo, agua, electricidad y una heladera llena. Ya no me importan las carteras que lamenté no poder comprar hojeando una revista el fin de semana, ni la factura del teléfono que casi no llego a pagar, ni la pila de trabajo pendiente que dejé en la oficina. Todo eso parece haber entrado en otra dimensión, porque la dimensión de esta tragedia enmarca mi vida en otro lugar, veo mi realidad desde otra perspectiva. Hoy no me quejo porque tengo que cocinar, porque tengo para cocinar. Hoy no puteo porque la camisa que quiero no está planchada, porque tengo; tengo quince diferentes para elegir. Hoy no lloro porque se me descompuso el auto, porque tengo adónde ir, porque todavía puedo caminar y porque en casa alguien me espera. No me quejo porque madrugo para ir a trabajar, porque agradezco tener trabajo. De repente me dieron ganas de dibujar, de escuchar música, de abrazar a los que quiero, de aprenderme sus caras de memoria para irme a dormir con esa foto en mi cabeza. Quiero susurrarle a mi hijo dormido, al oído como todas las noches pero hoy más que nunca, que lo adoro. Y desear que se despierte para que conteste entre sueños “yo también”, como todas las noches.

Entonces agradezco. Agradezco a ese Dios al que a veces no comprendo porque esta vez no me tocó a mí. Le pido que me ayude a comprender porqué permite estas desgracias. Le doy las gracias porque mañana voy a ver a mi madre y a mi abuela, y porque voy a ser más tolerante con ellas. Mañana voy a jugar con mis sobrinos, voy a tomar café con mi hermana. Voy a escribirles a mis amigas que están lejos deseando poder hacer diez mil kilómetros para abrazarlas. Voy a rezar por mi familia y sus familias.

Seguramente, antes de dormirme pida por toda esa gente que está sufriendo en Haití. Voy a pedir por los chicos que quedaron sin padres y por los padres que perdieron hijos. Por los que murieron y los que quedaron. Porque puedan reconstruir sus vidas y sus hogares.

Y también voy a pedir por mi propia estupidez. Que ya no me hagan falta estos cachetazos de tragedias monumentales para que le encuentre sentido a mi vida, y de paso me entere de lo feliz que soy…

domingo, 3 de enero de 2010

PRUEBA SUPERADA

Sobreviviendo a las Fiestas de Fin de Año

Si uno tuviera que resumir la vorágine de las Fiestas en un cortometraje de…digamos…unos tres minutos, el mismo sería una especie de peli chaplinesca proyectada a una velocidad dos o tres veces superior a la real. La música, bueno, la música sería una ensalada parecida a los restos de la ensalada de frutas que todavía sobrevive hecha un caldo putrefacto en la heladera. Cada momento tuvo su música, cada imagen un sonido que quedó plasmado para siempre en un rincón de esa neurona que atestiguará para siempre (o hasta que un accidente cerebrovascular se encargue de erradicarlo con una mini hemorragia), los excesos, las risas, los nervios y la locura de esos días mezcla de sidra, lechón, mayonesa y pólvora.

Así como se acomodan los recuerdos, desordenados, en mi cabeza; es como voy a describir las escenas de este cortometraje:


Momento “supermercado chino” (música heavy metal a full).


Las filas de las cajas llegan hasta el fondo. Hay olor a fruta fresca mezclada con sangre de vaca y perfume francés. Quiero comprarme una motosierra y no es precisamente para podar plantas. Mientras arrastro el chango desmadrado (cuyas ruedas giran locas), pienso en la masacre que cometería si tuviera un arma. Imagino la sangre a lo Quentin Tarantino y la imagen me provoca satisfacción y calma. Aprieto melones, huelo ananás y agujereo la bolsa de pan caliente para que no se transforme en chicle. Una “argolluda” (por los aros *wink*) me incrusta el chango en el coxis. Mi hijo me resopla en la nuca. La china me pregunta con qué pago. Quiero que sea 2012 y los mayas tengan razón. Quiero un tsunami. Quiero un sushimi. Quiero irrrrrrrrrrme YA!.


Momento “mi abuela debería consumir, y yo también. Y la perra” (música chill-out).


Mi abuela está perdida. Pero no lo suficientemente perdida como para hacer preguntas incómodas disparadas a repetición como balas de metralleta. Le explico seis veces seguidas que mi vecina, la que huele bien y baila de putamadre, vive sola y es la madre de esos tres críos que le pasaron por delante. La inunda la compasión por esta situación, aún cuando yo (su nieta) viva en idéntica condición. Creo que se olvida de que deportamos al padre del “muchachote” que está sentado a su lado, que no es ni más ni menos que su bisnieto (dato que obviamente ha olvidado). Por enésima vez le explico que no puede subir las escaleras porque en Navidad se pegó el palo del siglo y no se quebró la cadera porque Dios todavía se apiada de mí. Maquillándome las pestañas me la encuentro en el baño de arriba. Todavía me dura la taquicardia. O se murió y su espíritu subió a despedirse, o la muy turra desobedeció mis órdenes. La toco para ver si todavía está calentita y la encamino con cuidado a la planta baja (le doy una filípica del quince, al pedo, porque se tapa las orejas y canta en franco gesto de desacato). Pienso en partirle el cráneo con la misma pala con la que haría el pozo en el fondo del jardín para darle cristiana sepultura junto a mi gata (a la que acabo de enterrar…luego de fenecer presa de un síncope cardíaco por la pirotecnia). Luego me fumaría un cañito y cantaría “Amazing grace”. Me acuerdo de sedar a la perra. Mi hijo le tira un pan mojado en droga para canes. No se lo come, la muy pelotuda. Le abro las fauces y mi hijo le asesta un chorro en la garganta. Para bajarlo, se morfa el pan. A los diez minutos comienza a temblar. Se le dan vuelta los ojos para atrás y cae redonda al pasto. Borracha, la depositamos en un sillón del living. Tiene pulso…todavía. Me pregunto si la vieja mejoraría con merca. Definitivamente, a mí me ayudaría a sobrellevar la presencia de ella y la de mi madre que acaba de caerse de culo en la zanja (bastón incluído).


Momento “es hora de parar, ya no tenés edad” (música de cumbia).


Empecé con cerveza (porque hacía calor), seguí con tinto (porque era de más de veinte mangos y tuve miedo de que se acabe), le dí al Fernet (para confirmar que no me gusta demasiado, me costó decidirme luego del tercer vaso), luego vino la Fangio XXI (Vino Frizze apodado así por una amiga, dado su color azulado), después le dí al champagne y por último a la sidra del pico. Mientras bailaba frenéticamente del brazo del suegro de mi hermana, me percaté que una pirueta del meneadito no salió como esperaba. Pará que estoy clavada como arquito de cricket en el barro. Mi sordo partenaire no comprende mi situación y tironea de mi brazo hasta que mi clavícula hace un “clack” indoloro gracias al consumo previo de alcohol. Sigo meneando las cachas. Sigo tomando del pico. Para cuando quiero acordarme son las tres de la mañana. Me duele la cabeza. Me lloran los pies. Me arden los ojos. Me pican las orejas por el peso de los aros. Me aprieta el pantalón. Me zumban los oídos. Me muevo en cámara lentísima. Quiero llegar a casa. Casa es al lado. Pero ahora parece un abismo. ¿Será que tengo a mi vieja colgando de un brazo y a mi abuela (con sus dientes en la mano) en el otro?


Momento “el día después” (música de zarzuela).


El almuerzo livianito. Milanesas, puré, helado, ensalada de frutas, pan dulce, turrón y generosas dosis de alcohol para asegurar una siesta a pesar de mi abuela.

A la noche una cena decente en algún restaurante. Me declaro en huelga con la cocina, hace dos días que estoy parada frente a la mesada pelando frutas, merezco un franco.

La cena se da lugar en la cantina del pueblo. Mi madre se debate entre ir al baño o aguantarse la vejiga llena por miedo a que el baño esté sucio. La imagino haciendo piruetas para no apoyar el culo en la tabla. Automáticamente estoy sin apetito. Lo recupero viendo pasar milanesas de queso. La abuela pide ravioles de calabaza. La pasta tiene forma de media luna, se la sirven en círculos concéntricos (como gajos de naranja en cadena). Mi hijo me mira. Mi madre empalidece. No entiendo. Miro el plato de la abuela. El plato tiene un nuevo raviol un tanto más grande y lleno de dientes. Miro a mi abuela. Ella sigue masticando con la boca en un rictus diferente (como si le hubieran dado una piña en el maxilar). Ahí caigo en la cuenta de que el raviol es su dentadura superior, que ha caído al plato sin que su dueña tenga registro del incidente.

¿Dónde están tus dientes? – le pregunto. Me muestra las encías despobladas con una mueca y me contesta “Acá”.

Definitivamente se me ha ido el apetito. La huerta de cannabis se ha convertido en un “must” del verano.


Momento “ya fue” (música brasilera).


La casa vuelve a la normalidad. Las invitadas han sido depositadas en su charter rumbo a sus hogares. Me cuesta pensar en una cena sin mayonesa, en un almuerzo sin alcohol, en una tarde sin siesta, en una noche sin mi abuela lavándose las axilas a las tres de la mañana lista para desayunar. Me tomo un helado de agua mirando el arbolito. Parece mentira que en dos días tengo que volver a guardar esa parva de adornitos a medio masticar por los gatos. Tengo fiaca. Hay fuentes, moños, botellas vacías, flores mustias, migas, blisters de medicamentos por todas partes. Parece un campo de batalla luego de la derrota (de mi ejército obviamente). El único antídoto razonable para las Fiestas parece ser la playa. Pongo bossa nova en mi MP3 y cierro los ojos. Siento la arena caliente y el ruido del mar. Y la voz de mi abuela que quedó impregnada en mi duramadre preguntando cada cinco segundos ¿quién es esa chica que huele tan rico y baila tan bien?

THE END

domingo, 22 de noviembre de 2009

TELEVISIÓN PASTELONA


CULEBRONES, TIRAS Y NOVELAS

¿Quién es el mentiroso que jurará por la Biblia y los Santos Evangelios que jamás en su intelectual existencia ha mirado un culebrón? Por favor lo invito a retirarse porque no le creo nada. Ni un ápice. Porque aunque usted sea un varón bien machito con los huevos bien puestos, fue criado por una madre o una niñera que pegaba la nariz al tubo a las cinco de la tarde en punto, para enterarse si Romualdo Renato Rogelio Domínguez Ibáñez Larreta por fin le iba a comer la boca a la mucamita de la mansión (que finalmente terminaría siendo la verdadera y única heredera de los millones del galán en cuestión). Nadie fue, es ni será inmune a estas novelas tortuosas donde la pobre e incauta doncella se la pasa sufriendo hasta bien entrada la mitad de la última entrega de la serie. Final donde la protagonista se casa, se embaraza, hereda millones, ve sucumbir a su peor enemiga y es reivindicada como la heroína que salvó a su familia política de la ruina y el oprobio.

Crecí intentando ver “Los Autos Locos” o “Bonanza”…digo intentando porque la señora que nos cuidaba a mi hermana y a mí se plantificaba frente al televisor religiosamente, para ver su novelita de la tarde y guay de que alguien intentara cambiarle el canal. No había Cristo que la removiera de su silla, quedaba hipnotizada como una cobra con su flautista. La mandíbula entreabierta, la mirada torva…de pupilas dilatadas y las orejas levemente alineadas hacia el parlante del televisor. No se quería perder detalle de esos parlamentos tan rebuscados y floripondios, pronunciados por aquellas bocotas pintadas de rojo furibundo en primer plano (mientras el galán escuchaba atentamente, estratégicamente instalado a escasos dos centímetros de ella con el mentón encastrado en el hombro de su amada porque jamás se hablaban entre ellos, se hablaban mirando a cámara). Fue tanta la cantidad de horas de exposición a esos productos diseñados para arrancar la lágrima fácil y autogestionarse una alegría a la hora de la siesta estival; que finalmente y pisando la adolescencia fue imposible no caer en sus melosas redes.

Fue así como me tragué sin digerir, los culebrones de Verónica Castro, de Andrea del Boca, Grecia Colmenares y toda aquella cosa escrita por Migré o Nené Cascallar. En esa burbuja rosa de corazones flotantes y aroma a rosas rojas, la mente de una adolescente se desarrolla con errores conceptuales que se irán acumulando cual gases en el intestino delgado; los mismos será evacuados de manera salvaje cuando el confronte entre el culebrón y la vida misma le muestre el abismo existente entre realidad y ficción.


FICCIÓN VERSUS REALIDAD


En el culebrón la protagonista (ya sea en su rol de personal doméstico/secretaria/madre soltera/prostituta/hija adoptiva/esclava/niñera/monja de clausura/vendedora ambulante) siempre se levanta maquillada y luce divinamente maquillada e impolutamente peinada.

La fea se vuelve linda. Y la linda se vuelve preciosa.


En la realidad, las mujeres nos levantamos con cara de boxeador apaleado, pelos parados, pálidos como Marilyn Manson y rictus de orto MAL. La fea se muere fea; la linda tiene suerte, es envidiada por la fea (y no al revés como dice el refrán).


En el culebrón el galán es: precioso, educado, culto, millonario, tiene un físico privilegiado diseñado para el pecado, empilcha como los Dioses, es dueño de una nave descapotable que es la envidia del barrio, resuelve problemas, arregla las canillas que gotean, es bueno con sus padres, reconoce a sus hijos (productos de un desliz), escucha, tiene paciencia, se acuerda de los aniversarios, hizo el curso de resucitación (o es médico), es bueno con sus empleados, los domingos cocina en un comedor comunitario, se plancha las camisas, encuentra las medias sin ayuda del mayordomo, vuela aviones, hace bunjee jumping, siempre gana en la Bolsa de Valores, toca el violoncello, habla cinco idiomas y taiwanés, tiene guardaespaldas pero se las arregla solito, sabe usar armas, es un eximio karateca, cocina sushi, baila como Fred Astaire, usa hilo dental, adora los animales, le fascina ir de Shopping y venera a la prota femenina con absoluta e incondicional adoración.


En la vida real… ¿hace falta que lo escriba?


En la novelita el final es siempre redondo, feliz y perfecto. Los que tenían que terminar juntos, terminan juntos. La que los quería separar va a parar a la morgue judicial, a un convento o al Neuropsiquiátrico más lejano. La fortuna es heredada por alguno de los protagonistas, las deudas desaparecen mágicamente. El que estaba preso injustamente es liberado, el que estaba suelto es apresado. El abogado coimero es desenmascarado. El político corrupto es enviado a hacer trabajos forzosos a Siberia. La suegra desalmada termina deportada a su país de origen ya que se descubre que obtuvo su permiso de permanencia gracias a su matrimonio por conveniencia con el valet parking del Casino donde termina perdiendo el resto de su fortuna.


En la vida real las deudas no solo no desaparecen, se incrementan en sincronía con la inflación. El abogado desaparece con la guita del juicio de la abuelita. La suegra desalmada vive hasta los cien años gracias a sus clases de yoga. El preso sigue esperando sentencia, el ladrón te sigue asaltando y le das gracias porque te perdona la vida. El político corrupto se presenta a las elecciones siguientes y gana por afano (literal y figurativamente). La heroína termina en la calle con una docena de hijos no reconocidos, dedicándose a la prostitución para poder mantenerlos y cada dos por tres cae presa. La que los quería separar se lleva el “Jackpot”, aunque años más tarde descubre que se ha llevado un problema de dimensiones inusitadas (labura doce horas para mantener al susodicho que toma cerveza mientras hace zapping y eructa el alfabeto sin respirar).



En la vida real la tensión sexual llega hasta el estacionamiento del auto (o la consagración del matrimonio). Luego va en franco descenso hasta llegar al punto en que la sola mención de un revolcón provoca una nube de polvo (no del “polvo” en su acepción metafórica), el polvo que dejan los integrantes de la pareja corriendo uno para el norte y otro para el sur.



Es por esto que aconsejo ver estos programas con lentes oscuros, tanto brillo…tanto corazón con purpurina, tanto encaje y tanta miel pueden llegar a obstaculizar el pensamiento racional que será reemplazado indiscutiblemente por una nube de pedo COLOR ROSA.






domingo, 15 de noviembre de 2009

HIJOS DE LA LUZ




Cuando no te queda otra que volver al pasado
Justificar a ambos lados

Vivimos rodeados de objetos y servicios a los que nos acostumbramos tan rápidamente que ya no podemos precisar el momento en que aparecieron en nuestras vidas. Otros, estaban aquí mucho antes de que nosotros fuéramos concebidos. Y algunos, bueno, algunos ni se nos ocurre pensar qué sería de la vida sin ellos. ¿A alguien se le ocurre pensar en un día sin mandar un mensaje de texto por celular? ¿Alguno podría subsistir sin abrir un correo electrónico o mirar los titulares de los diarios desde su PC antes de salir a trabajar? ¿Alguno se imagina haciendo un fueguito en el medio del living para calentar el hogar en lugar de encender el piloto de la estufa?
Nos hemos ido atiborrando, sin darnos cuenta, de toda una maraña intrincada de aparatos que nos hacen la vida facilísima pero que dependen del gas de red, energía eléctrica y agua corriente (bueno, algunos, porque los que vivimos lejos de las grandes ciudades todavía usamos agua de pozo).
Así es como en forma autómata, con los ojos todavía pegados por lagañas y la costura de la almohada impresa en la sien, enchufamos en una sola maniobra la cafetera y la tostadora. Con el dedito índice de la mano le damos vida mágicamente a la televisión y de paso hacia la ducha encendemos la computadora con el dedo gordo del pie en una pirueta de yoga que yo llamo “saludo al ordenador”. Nos duchamos gracias al motor que impulsa agua al tanque, cantando al unísono con el mp3 del celular (previamente cargado durante toda la noche), nos secamos el pelo, nos lo planchamos, nos preparamos un licuado, descongelamos el pollo de la vianda en el microondas y nos planchamos la camisa para el trabajo. Hasta ahí todo muy bonito, la paz y armonía del hogar son impecables. El aparato para ahuyentar a los mosquitos funcionó de maravillas, el café se hizo, el encargado del tránsito del noticiero de la mañana nos dice qué atajo tomar para llegar al trabajo.

¿Pero qué pasa cuando una tormenta atroz derriba ochenta postes de luz? Pasa lo que les pasaba a nuestras abuelas en el año cuarenta. Pasa lo que les pasaba a los Ingalls en el 1800. Pasa lo que hemos visto en infinidad de películas de época…de cualquier época más precisamente, menos de esta. De esta que es la de la tecnología, los celulares, las notebooks, los archivos pdf, los ppt, los correos de voz, el skype, las Webcams, los hornos de microonda, los aires acondicionados, el Messenger, las jarras eléctricas, las bombas hidroeléctricas, los modems inalámbricos, el Wi-fi, la X-box, el I-phone, el Counter Strike, el Facebook, el Google, el GPS, los cybers, las ediciones digitales de los diarios, los implantes dentales, la cirugía translaparoscópica, los satélites, el transbordador espacial y el DVD. Pasa que ya no nos acordamos de cómo hervir agua o desearle feliz cumpleaños a un amigo sin energía eléctrica.
Es por esto que, ante un reciente corte de energía que duró unas dieciocho horitas, elaboré una listita de los problemas que surgen cuando somos enviados de una patada en el culo al siglo pasado.


LOS CUATRO PROBLEMAS MÁS FRECUENTES ANTE LA FALTA DE ENERGÍA ELÉCTRICA

La dinámica familiar se ve completamente distorsionada, cuando no destruida (o reparada), con un súbito corte de luz. Lo primero a tomar en cuenta es que todos los miembros de la familia se aglutinaran en la cocina a mirarse las caras sin pronunciar otra palabra que no sean epítetos de grueso calibre. Una vez saciada la necesidad de insultar, nos miraremos fijo a las caras sin encontrar motivo para pelear por un lugar frente a la computadora o por el dominio del control remoto de la TV. Erradicados esos motivos, no nos quedará opción que reparar en las caras del otro. De repente nos daremos cuenta que el primogénito se ha perforado por enésima vez la oreja (de la cual pende una flecha metálica que vuelve a incrustarse en el lóbulo superior de la misma). El crío, por su parte, se dará cuenta (a la luz de una vela) que su madre es una señora mayor y entrada en carnes que se parece mucho a su abuela (sobretodo cuando tiene cara de ojete). Pasada la etapa de contemplación estética, llegará de a poco la conversación. Nos pondremos al día con las novedades de las criaturas y así nos enteraremos de que el hijo mayor planea poner un puesto de hot-dogs en la playa sin nuestra autorización pero con nuestra financiación, que el del medio está de novio con una mujer tailandesa que le lleva quince años y el menor le peluqueó el flequillo a su compañerita de primer grado en el baño (la madre de la pendeja hace juicio al colegio y a los padres del ignoto coiffeur pigmeo).


La recreación y el entretenimiento se ven sensiblemente afectados. Algunos no lo soportan, hacen una mochila, agarran el auto y toman la autopista con rumbo indefinido atraídos por el primer resplandor luminoso que augure comida chatarra/pelotero/cine y Wi-fi. Pero aquellos que elijan el hogar deberán desempolvar los juegos de mesa: el ajedrez del abuelo, el mazo de cartas españolas, el cubilete y los dados comprados en las últimas vacaciones, el ludo, las damas y el favorito de la abuela (el bingo). Los más chiquitos apelarán a los crayones y las pizarras magnéticas…y si hubo suerte alguno encontrará el Tetris a pilas (lo más cercano a la tecnología sin enchufe). Cuando se agoten los recursos, la imaginación será una gran fuente de entretenimiento. Buscarle formas a las manchas de humedad, los trabalenguas, el “ni si, ni no, ni blanco, ni negro” y el concurso de chistes machistas/negros/verdes serán los grandes salvadores de una velada que se torna de goma. Visto y considerando que la luz no vuelve, cada integrante se buscará linterna o vela para meterse en la cama con algún libro olvidado en una biblioteca que sólo sirve como recuerdo de un pasado inmediato que amenaza con desaparecer del todo. Si hay suerte, la mañana siguiente nos encontrará a todos enchufando los celulares con desesperación mientras nos matamos a codazos por la silla frente al monitor.


La higiene propia y del hogar se ve ostensiblemente dañada. A la mayoría, el agua les dura lo que exista de reserva en el tanque. A otros como yo, la falta de energía nos deja automáticamente sin agua. Y en las ciudades, aunque los encargados de los edificios se maten explicando que hay reservas suficientes como para pasar dos días sin luz y con un buen suministro de agua (usándola razonablemente); lo más probable es que te quedes sin una gota de H2O a la media hora, ya que todos llenarán sus bañeras, tachos y fuentones agotando las reservas de pura desesperación y avaricia. Entonces tendremos que aplicar nuestra astucia y apelar a nuestra memoria para recordar cómo se bañaba la gente en los westerns más conocidos. Dicho esto nos encontraremos parados en un fuentón lavándonos a trapo y jabón, enjuagándonos con agua turbia, reservando un poco para mojar el cepillo de dientes y otro poco para la pava. Limpiar la casa será una utopía. Conclusión: Los Ingalls eran unos roñosos. Y los Highlanders también.


Las comunicaciones desaparecen y con ellas la aldea global, las redes sociales… la vida social en general. Hasta el trabajo queda reducido a tareas de archivo. Ya nadie escribe nada a mano, nadie manda cartas por correo. Todos nos enteramos del nacimiento de los hijos de nuestros amigos a través del Facebook. O el Twitter. Nos invitan al cine y a una fiesta a través de ellos. Arreglamos nuestros planes de fin de semana y hasta contactamos al dentista por una red social porque el muy turro desconectó el celular el fin de semana. Hacemos las compras por Internet, encargamos discos y libros con la computadora, pagamos las cuentas con los home-bankings y pirateamos desde una peli, hasta un libro. Ni cocinar podemos sin bajar una receta o verificar el resultado de un análisis de sangre sin consultar a una Web médica que nos dejará más aterrorizados de lo que estábamos antes de meter la nariz ahí dentro. El resultado de un corte de luz es que básicamente no somos nada sin un cable USB, un CPU, un MODEM y un monitor. Y las consecuencias son gravísimas. He visto gente darse la cabeza contra la mesada de la cocina por puro síndrome de abstinencia a la tecnología (mi sobrino de seis años, sin ir más lejos).


¿Si tengo alguna sugerencia para sobrevivir a estos cortes de energía que amenazan con ser más frecuentes por culpa del cambio climático, las reservas de agua existentes y las fuentes de energía que amenazan con agotarse a corto plazo?.

Si, tengo. Alquílense películas de época. Renacimiento. Edad Media. Pre-historia. Edad Antigua. Revolución industrial…la época que quieran menos la actual. Aprendan a pelar pollos. A cargar agua desde el manantial hasta la casa. A usar la rueca, el telar. A prender fuego con un palito y una piedra. A sentarse frente al fuego a cantar y recitar. A escribir cartas y esperar tres meses por la respuesta. A vender y comprar con el trueque. Y a matar mosquitos a trapazo limpio…

domingo, 1 de noviembre de 2009

LO QUE MATA ES “LA CALORRR”

Las no-bondades del verano


Casi todo el mundo adora el verano. Claro, lo asocian con las vacaciones. Pero la maldita estación del calor agobiante, que solía durar unos tres meses, ahora y gracias al calentamiento global dura unos insoportables ocho larguísimos meses de ardorosa agonía estival. Pero para el proletariado, ese segmento infame de gente que cubre el 90 % de la población mundial, acostumbrada a correr todo el día detrás de un puñado de billetes que lo ayude a llegar a fin de mes, la duración de las vacaciones se extiende a una mísera quincena.

Entonces, ¿qué es lo genial del verano?, visto y considerando que fuera de esa quincena estarás destinado a freírte como un churro en aceite hirviendo. Francamente no le veo la gracia, al menos fuera de alguna playa con aire marino y el ruido de las olas. Porque en la ciudad, el verano es un flagelo maquiavélico diseñado para exterminar al excedente de la población mundial.

Todo se complica con el calor. Viajar en transporte público, los cuerpos pegados como sardinas apiladas en una lata al sol, emanando todos los olores y todos los fluídos corporales posibles; trabajar cuando los equipos de aire acondicionado no dan abasto; dormir cuando la temperatura mínima no baja de los veintiocho grados…la vida se convierte en un suplicio.


Por eso, en honor a una amiguita amante del orden y las listas, he aquí un TOP TEN de las peores cosas que el calor te depara cuando no estás de vacaciones:


La transpiración y la higiene. Imposible estar limpio sin ducharse cada media hora. Salís del baño, te secás y a los cinco minutos estás empapado nuevamente, pero esta vez en tu propio sudor. Tirarte talco solo logra que te conviertas en un gnocchi humano ya que la mezcla de la transpiración y el polvo logran una pasta asquerosa que se almacena en cada rollo y cada hueco de tu curvilínea anatomía. El desodorante es un placebo para tu mente, de eso te darás cuenta cuando te agarres del pasamanos del colectivo y se haga un vacío de dos metros a la redonda (al fin y al cabo Rexona NO FUNCIONA). Demás está decir que asistir a recitales de rock en el campo, apiñándote con otras treinta mil personas sudadas es una experiencia única que no volverás a repetir si frotaste durante media hora tu cara en la barriga de un señor peludo de dos metros que transpira como un beduino en el Sahara.


Quemarte el trasero y las manos. ¿Quién no se ha subido a un auto que estuvo varias horas al sol para incinerarse el culo con la cuerina del asiento y las manos con el volante en llamas? Lo peor del caso es que lo repetimos una y otra vez porque siempre estamos apurados, así que hacemos malabarismos para controlar la nave clavando las uñas en el manubrio o los dientes, en el mejor de los casos.


Dormir es un suplicio. Para el que no tiene aire acondicionado, o lo tiene y puede pagar la factura de la luz (quedan pocos), dormir es una tarea insoportable. El ventilador de techo no hace más que bajar el aire caliente acumulado en el cielorraso, para hundirte más y más en el colchón empapado. Ni la televisión aparta tu mente de esa nube de vapor que te envuelve y no te deja pegar un ojo. Ya te sacaste toda la ropa, ahora te gustaría sacarte la piel a jirones y ventilar tus arterias mientras relojeás la ventana en busca de un relámpago que anuncie una inminente tormenta.


Cocinar es una maldición gitana. Ya te las pensaste todas, pero no queda otra que prender el horno, o encender la hornalla. Porque si seguís pidiendo comida al delivery vas a terminar gastando el dinero que tenés ahorrado para pasarte una semanita haciendo la plancha en el mar de la playa más próxima. Entonces te parapetás frente a la cocina revolviedo la cacerola humeante mientras te llueve la frente y los pelos se te pegan en el cuello. Cuando la cena está lista has perdido todo rastro del apetito que tenías cuando comenzaste, la cena termina en el freezer junto con tu cabeza que busca alivio desesperadamente.


Vestirse es una tarea titánica. No solo porque el jean no se despega de las piernas impidiendo que lo subas más allá de las rodillas. La hinchazón provocada por las altas temperaturas hacen que abrochar el botón se convierta en un chiste, pasarte un anillo por los dedos una masacre y abrocharte el corpiño un acto quirúrgico. Esto sin contar los cinco kilos de más que te acompañan porque le diste a la cerveza más que un irlandés el día de San Patricio. A la media hora de salir de tu casa querrás arrancarte la ropa con los dientes, rifando la tanga que se te incrusta en la raya del culo al mejor postor. Desvestirte es un capítulo aparte. Sacarte esos trapos empapados en sudor te llevará más tiempo, ya que las telas tuvieron todo un día de sofocantes cuarenta y dos grados para incrustarse en cada recoveco de tu geografía corporal. Para despegar las sandalias del empeine de tus pies vas a necesitar un destornillador para hacer palanca. Y una tijera para operarte la musculosita cuyos breteles se fundieron con tus huesos.


Asolearse y refrescarse es más difícil que encontrar petróleo en el patio de tu casa. Los adoradores del sol querrán lucir bronceados tomando sol aún en la azotea de su departamento, el patio, el balcón o el fondo de sus casas. Entonces se tirarán cual lagartos en el piso, a sufrir como condenados hasta que se pueda fritar un huevo sobre sus estómagos. Entonces llegará el momento de armar la pileta de lona. Esa condenada a la que siempre le falta un caño, o un esquinero o el croquis con la explicación para unir los caños en un perfecto rectángulo. Para el momento que la tengan llena y armada se levantará el temporal de la década. El agua se llenará de hojas y se pudrirá. Entonces llegará el día de cuarenta y tres grados a la sombra otra vez. El agua será un caldo maloliente color caca que ningún integrante de la familia se dignará a limpiar. Y ahí quedará hasta la llegada del otoño…


Practicar deportes es un castigo divino. Es necesario, el médico te lo recomendó, los kilos de más lo ameritan; pero ni saliendo a caminar a las cinco de la mañana te librará de caer desplomado y mojado sobre la cama plantando bandera blanca hasta el primer día de temperatura decente (que llegará en aproximadamente cinco meses). Ni bicicleta, ni aparatos, ni siquiera Pilates; no vas a mover un músculo más que los dos necesarios para mirar televisión y hacer zapping.


Ir de compras al supermercado es insalubre. Lo mejor de ir de compras es el aire acondicionado de los shoppings y supermercados. Lo peor del caso es que el aire termina donde empieza la calle. Esa calle donde está tu auto o el autobús que te lleva a tu casa. Ahí reparás en el error grave que cometiste al llenar un carro con boludeces que pesan mil kilos, boludeces que vas a perder en el camino porque vas arrastrando las bolsas hasta que se agujerean vomitando su contenido (el que no te molestarás en recoger porque tu inexistente presión arterial te impide agacharte sin darte la cabeza contra el pavimento).


Asistir a un evento y participar activamente del mismo es una broma de mal gusto. Ya sea la reunioncita de fin de año del colegio de tus hijos, un casamiento o un cumpleaños; mantenerte de pie sobre un par de tacos aguja, embutida en un vestido dos talles más chico (subiste esos dos talles de tu casa al evento por pura retención de líquido) y encima embarcarte en un frenético baile carnavalesco es un acto de escaso amor propio. Tendrías que haberle hecho caso a tus instintos. Tendrías que haberte quedado despatarrada en bombacha, debajo del ventilador, mirando “Happy Feet” por vigésima octava vez (y deseando ser el pingüino protagonista).


El sexo es un “BIG NO-NO” como dicen los americanos. Está restringido a lugares con aire acondicionado, bañaderas con agua helada, piletas de lona (exclusivamente de noche), vacaciones en la Costa y/o hoteles alojamiento. Porque convengamos que para aquellas personas que no gozan de los beneficios de un ambiente correctamente climatizado, ensamblarse y gozar del proceso es una broma de mal gusto. Todo patina, las cosas se salen de lugar, los pelos se pegan y el olor rancio que despide quien se te aproxima con lujuria es directamente proporcional al que sale de tu cuerpo; logrando un efecto repelente similar al del “Off” en los mosquitos. El cachondeo será pospuesto hasta que las marcas térmicas no superen los veinticinco grados.


En síntesis, el verano es una reverenda porquería. Para el que trabaja en una oficina, para el que patea las calles entrando y saliendo de Bancos y oficinas municipales, para el que transpira al pie del horno de una Panadería, para el que coloca techos al rayo del sol, o hace pozos, o reparte correspondencia…a mí que no me jodan…el verano es el infierno en la tierra.