domingo, 18 de octubre de 2009

LOS MISERABLES



La historia de José


“José Miseria Espantosa” es miembro y vive desde hace años en un club de campo muy exclusivo. Rodeado de un gran cerco infranqueable, decorado con alambre de púas, garitas de seguridad cada doscientos metros y un ejército de guardias de seguridad que patrullan las tranquilas calles minadas de lomos de burro y señales de “prohibido” de todo tipo.
José circula esas calles a bordo de su impecable y oneroso auto alemán. Vive de una sustanciosa herencia que recibió de su padre, un laburante. Un negocio pujante que él y la economía endeble de su país se encargaron de pulverizar.
Pero José vive cómodo, mantiene su holgado ritmo de vida gracias a rentas que le proporcionan las propiedades que pudo sacarse de las manos, como pan caliente, antes de que la larga lista de acreedores se hiciera un festival con ellas. Ahora tiene un selecto grupete de amigotes y abogados que le hacen el aguante prestándole la firma, el nombre, la mesa del domingo, la niñera, los palos de golf, el canal porno codificado y hasta sus propias mujeres (no se sabe a ciencia cierta si este último préstamo tiene el consentimiento correspondiente).

La vida de José transcurre tranquila, se sienta a comer en el restaurante del Club, con gente que como él no tiene mayores dificultades con la moneda. Justo cuando traen la cuenta, José tiene la vejiga llena. O un gas atravesado que debe ser depositado en el lugar adecuado, de lo contrario puede ser expulsado (él, no el combustible que lleva dentro; salvo que lo expulsen antes de expulsarlo en cuyo caso ambos serían deportados) de tan exquisito lugar. En el supuesto caso de ser capturado desprevenido, por un mozo que fue demasiado veloz a la hora de traer la factura, José se batirá a un duelo de billeteras en cámara lenta haciendo todo tipo de ademanes y contorsiones para desenfundar último (si fuera un western estaría definitivamente muerto y enterrado hace siglos). Como tiene todo fríamente calculado, si alguien le reclamara su parte (porque algunos están cansados de financiarle sus opíparos almuerzos), pelará su mejor cara de compungido apelando a un cuento chino donde su crisis de pareja es la culpable de que se olvide todo en todas partes (como el dinero encima de la mesa de luz…de la puta que pagó anoche porque ninguna mujer lo tocaría en su sano juicio sin un intercambio monetario de por medio). Entonces pronunciará por millonésima vez en su vida “mañana invito yo”. Mañana nunca llega, esperará el tiempo prudencial aprovechándose de la demencia senil de alguno de sus amigos para volver a sentarse en la mesa con idéntica triquiñuela.

José suele desembarcar con toda su familia (y su suegra), un sábado a las diez de la noche, en la casa de algún vecino o amigote. “Pasábamos a saludar nada más” será la frase utilizada esta vez. O “el nene quiso venir a ver a tu hijo” (el nene, azorado, es transportado dos metros para adelante con un certero rodillazo propinado en el riñón izquierdo antes de que profiera una palabra que pudiera contradecir al padre). En la mesa, ocho comensales con el tenedor a medio camino del plato a la boca; son invitados por la dueña de casa a girar cinco lugares alrededor de la misma, en el sentido de las agujas del reloj, para hacerle lugar a los recién llegados (que se niegan rotundamente a sentarse mientras se sientan y se tiran encima de la fuente llevándose el pollo puesto). Luego de la cena José está relajado y satisfecho. Entonces decide fumar. Se palpa el pecho en busca de su atado de cigarrillos. Entonces se palpa los bolsillos del pantalón (parado, para que su desazón sea bien evidente). Si todo esto no tuvo resultado positivo, apelará al siguiente comentario “Uh, me los debo haber dejado en la otra camisa” (ya no dice en el auto, porque una vez le contestaron lisa y llanamente “andá a buscarlos”). Entonces, y sin esperar que alguien le convide uno, José rapiñará el atado más próximo a sus manos con un sutil “¿te saco uno?”. Ese número va subiendo en progresión geométrica con el correr de las horas, del alcohol, las bromas groseras, las risotadas carraspeadas mientras relojea el culo de las mujeres que se levantaron a buscar el postre. El destino de ese atado de cigarrillos es el bolsillo de José, que se lo llevará puesto con encendedor incluido en un rapto de supuesta confusión. Como si esto fuera poco, los chicos piden a gritos que alguien compre helado. Todas las miradas apuntan a José, quien debería hacerse cargo de satisfacer esa demanda. José, en un acto de arrojo saca el celular, pero antepone la primera excusa “no tengo el teléfono de la heladería”. La réplica es “yo si”. La dueña de casa despega el imán de la puerta de la heladera. José se dispone a discar pelando la segunda excusa “Uh, no traje los lentes”. “Yo te lo canto”, le contesta la señora resoplando. “Cuatro, tres, dos, uno, cinco, cuatro” repite José mientras pulsa las teclas de su celular de última generación. “Uh, podés creer que no tengo señal?” (en realidad le sobra señal y le falta crédito). La dueña de casa, un tanto impaciente, le encaja el inalámbrico de la casa frente a la nariz con el número discado y el interlocutor esperando del otro lado de la línea. José no tiene escapatoria, pide un kilito (para quince personas). Media hora después tocan a la puerta. José está atrincherado en el baño, para variar. Mientras sus hijos se devoran los chocolates suizos que la dueña puso en la bandeja del café, José le pide cambio a la esposa. La esposa, salió sin cartera “porque íbamos a dar una vueltita nomás”. Finalmente José mira la billetera y le pide al dueño de casa que se haga cargo de la cuenta porque pagó la cuota social y se quedó sin efectivo “mañana te lo alcanzo”, dirá.

José despliega idénticas maniobras en los comercios de la zona. Paga un cafecito con un billete de cien, cosa que el bar prefiera fiárselo a quedarse sin cambio. Manda a una amiga a retirarle la ropa de la Tintorería (que justo iba para allá), pero se encarga de recibirle el recado en la pileta para no entrar a buscar la billetera porque “María me mata si le mojo el piso recién encerado”.
José se para frente al mostrador y espera a que el dueño de la confitería se de vuelta para manotearle un alfajor o un bombón. Se le lleva el diario y la revista del domingo, jurando con cara de ofendido, que ambos son de su propiedad ya que los recibe todos los días en su domicilio (los recibió el primer mes hasta que le cortaron la cuenta corriente, ahora los recibe en la puerta del vecino al que se los sustrae en punta de pie a las ocho de la mañana en bata y pantuflas).
Los hijos de José toman la merienda en las casas de los amigos. Aparecen todas las tardes en una casa diferente, justo a la hora en que el vaso de chocolatada se desparrama sobre las mesas de los jardines. Donde comen cuatro, comen seis; es la filosofía de José, que tiene un corazón super-generoso. Filosofía, que aplica impecablemente y en forma consistente, todos los días de su vida y con el mismo amor… para con él mismo.


sábado, 3 de octubre de 2009

DE LÁGRIMA FÁCIL



Hoy le toca el turno a los llorones

Existe gente a la que es preciso amputarle una falange para hacerle despuntar un brillito acuoso a sus ojos, y a veces ni siquiera eso. La puede levantar un tornado por los aires y depositarla a 150 kilómetros de los restos de su casa…y nada, con suerte un rictus en la boca y el ceño fruncido. Pero de agua salada, niente, nothing, ni una pizca. No es que no sufran, no es que no se conmuevan; simplemente tienen el lagrimal egoísta y las emociones escondidas en algún oculto recoveco sin acceso directo y una password de 9 dígitos. Son aquellas personas a las que uno considera compuestas, elegantes y que jamás protagonizarán un desborde digno de una película italiana donde termina llorando hasta el perro mientras vuelan platos y copas. No es cuestión de frialdad, sufren igual pero no lo hacen evidente (lo cual en algunas circunstancias es una gran virtud).


Por el contrario, los llorones somos un flancito con poco huevo, que se desmorona aunque haya estado cuatro horas en el horno a baño María. Tenemos las emociones en el Escritorio, con acceso directo a todos los lugares peligrosos de nuestra psiquis. Somos visuales, gozamos de una memoria que a veces nos juega en contra y hasta el sufrimiento de un pescadito animado digitalmente nos puede sumir en la más profunda crisis de llanto. Cursis, pastelones y un tanto inocentes, nos creemos todo lo que vemos en la tele o nos cuenta fulanito en un break de laburo. Es más, hemos adquirido la capacidad de recrearlo en nuestras mentes y muchas veces aderezarlo porque nuestro llanto, en el fondo, es una necesidad de descarga que busca cualquier excusa medianamente válida para abrir las compuertas de la represa.


Si a Ud. le interesa conocer su “status lagrimal”, por favor lea esta encuesta. Si asiente a más de 5 consignas, Ud. puede ganarse unos mangos trabajando de plañidera en sepelios y velatorios:


¿“La familia Ingalls” la hizo llorar durante las nueve temporadas que duró la serie? ¿La ceguera de Mary, la muñeca que Nellie Oleson jamás quiso prestarle a Laura, Charles arando el campo con las costillas fracturadas, Caroline auto amputándose la gangrena de la pierna con la Biblia en la mano; aún hoy le hacen tragar saliva y le provocan un nudo en la garganta?


¿Las publicidades de seguros de vida, seguros de retiro, préstamos hipotecarios y de entidades bancarias en general; donde se muestra a gente de todas las edades prodigándose cariño en cámara lenta con un impecable score de violoncello de fondo mientras una cálida voz en off le pregunta si le preocupa el futuro de sus seres queridos, le arrancan unos lagrimones del tamaño de las arvejas?


¿Cuándo va por la ruta manejando y se cruza con una alfombra de pelo informe que alguna vez supo ser un perro o un gato, prorrumpe en un llanto desconsolado; esperando que se haga la hora de volver a casa para abrazar a sus mascotas?


¿Llora en el colegio de su hijo cuando suenan los acordes del Himno Nacional y aparecen los abanderados (aún cuando su prole jamás desfile con el símbolo patrio en la mano dado su escueto rendimiento académico)?


¿Sale del cine chorreando lágrimas empetroladas de máscara de pestañas que limpia desprolijamente con el puño de su camisa mientras se traga los mocos, aún cuando la protagonista se haya curado de su enfermedad, haya sobrevivido a un terremoto y haya contraído matrimonio con el galán del film?


¿Es de los que se muerden el labio inferior y miran el cielorraso para no dejar escapar el agua del ojo cuando el Presidente de la empresa para la que trabaja se descuelga con un discurso tierno y arengador durante el brindis de fin de año?


¿Mira fotos viejas en el pico más álgido de un brote masoquista o durante el síndrome premenstrual, a sabiendas de que si empieza a llorar no va a parar hasta que los ojos se le salgan de las órbitas?


¿Las películas que tienen a niños como protagonistas, sobretodo si tienen una discapacidad, tocan un instrumento musical, son huérfanos, maltratados por una gobernanta infame o los bardean en el colegio; lo hacen llorar tanto que termina pareciéndose a la brótola que compró para la cena?


¿Llora en los casamientos cuando escucha los tres primeros acordes de la marcha nupcial, aunque los contrayentes sean dos perfectos desconocidos que lo agarraron in fraganti en un lapsus cristiano, de rodillas, pidiendo perdón por alguna patinada?


¿La escena de “Dumbo” en la que la madre acuna con la trompa al hijo a través de las rejas, la escena de “Bambi” donde la madre es asesinada por cazadores, la escena de “El Rey León” en la que Mufasa es arrojado por Skar al precipicio ante la mirada de Simba; lo pueden poner a llorar hasta pasado mañana?


¿Llora cuando pierde la Selección de futbol? ¿Llora cuando un tenista de su país gana algún Grand Slam? ¿Llora cuando la corredora jamaiquina rompe un nuevo récord? ¿Llora con la gimnasta rumana que se cae de las barras paralelas ante el comité olímpico?


¿Los power points con amorosos mensajes, frases célebres de grandes pensadores, fotos de animalitos, bebitos y/o parajes paradisíacos; lo ponen a lagrimear a lo pavote?


¿Llora de risa?


Como diría una famosa vedette argenta “si querés shorar, shorá”.

Si Ud. pertenece a este grupo blandengue y sensiblero, seguramente llorará con este clip. F@cking Disney!

Snif





domingo, 20 de septiembre de 2009

MARKETING FEMENINO



Publicidad boluda

Si la cosa está diseñada y responde a una estrategia que apunta a un segmento que, se sabe de antemano, responderá al llamado…por favor quiero bajarme urgente de ese lugar.
Si la cosa está ideada por hombres, el prejuicio me jode sobremanera.
Si la cosa fue producto de un concierto de iluminadas mentes de mi propia especie y género, propongo quemarlas en la hoguera al mejor estilo Juana.
Porque considero que las propagandas televisivas (aunque no escapan a esta apreciación algunas campañas gráficas), le hablan a una párvula descerebrada que se alimenta de heno (como las mulas) y dedica su tiempo a pelotudear de Shopping en Shopping. Lo que más me jode es que asumen que la mayoría de sus clientas son así, y lo digo sin prurito porque estoy convencida (después de un arduo análisis) de que no existe la pauta publicitaria que apunte a la que escapa al rótulo de “boluda alegre de edad mental veinte años, profesión: ama de casa o en su defecto: maestra jardinera”. Ojo, no tengo nada en contra de las amas de casa ni las maestras jardineras; el prejuicio lo tienen ellos que asumen que una mina que lleva adelante una casa tiene un cerebro de corcho y la maestra jardinera es la única profesión exclusivamente femenina …utilizada en este caso como un ícono de la realización de una mujer (que habla con una eterna vocecita de Heidi en la pradera y se desarrolla en aquello que tanto conoce…hacer upa y limpiar caquita). Entre paréntesis, me estoy imaginando un “maestro jardinero” y me parto.
Ellos, aquellos que se dedican a la publicidad, no tienen puta idea de lo mucho más que es una mina que puede enseñarle a una masa informe de mocosos analfabetos a no volcar el vasito de té con leche mientras evita que un pendejo se abra la cabeza saltando de la mesa y otro le mastique la oreja a su compañerita que aúlla como un lobo marino. Lo mismo sucede con las amas de casa. Como se supone que no han salido del capullo que las contiene “llámese hogar”, no han podido evolucionar; se les habla como a seres retrógrados sin pensar que son capaces de estirar los víveres para que duren hasta fin de mes. O que pueden curar un dolor de panza con una mano mientras le dan clases de geometría al de doce y bañan al de dos evitando que le entre shampoo en los ojos.
¿Los profesionales de la publicidad nos desconocen o realmente somos así?

Las cinco razones por las que detesto las campañas publicitarias de productos para mujeres

Lo que no nos venden. No existe una sola publicidad de automóviles para mujeres. Bueno, hubo una de un Ford, que festejé bastante; aunque si mal no recuerdo el motivo de la compra del vehículo era un arranque de revanchismo (la minita se compraba el auto porque estaba sola y ahora hacía lo que quería con su dinero=léase, solamente te comprás un auto para refregárselo por el hocico a tu ex cuando lograste independizarte).
¿Porqué no hay avisos donde la mujer es la que se pasea en un sedan deluxe con el iphone en la mano avisando a su secretario (ja) que en cinco llega y quiere el café caliente sobre el escritorio (al mejor estilo Meryl en “El Diablo viste a la moda”)? ¿Porqué una mujer no puede calentarse con un auto deportivo porque le da placer manejar esa máquina, sobretodo si la máquina viene con un tuneadísimo pendejo descamisado que flashea un tremendo “six pack” sobre el capot igualito al de la utópica propaganda?. No, sólo ellos tienen el poder de comprarse la coupé motor 2.5 con 16 válvulas, asientos de cuero y una mocosa de 18 años que se relame el labio superior en cámara lenta con cara de lujuria mirándolo pasar los cambios, como en la mayoría de los spots de autos deportivos.

Las voces en off de los comerciales para mujeres. Generalmente nos hablan despacito, casi en secreto, vocalizando como una profesora de fonética inglesa. ¿Es porque piensan que el cerebro nos va lento? ¿Es porque están seguros de que somos todas sordas o discapacitadas mentales? ¿Consumir es pecado, por eso la onda “te lo digo en secretito, abrí bien la orejita”? ¿Es para que los novios/padres/maridos no se enteren de que una se va a gastar parte de su sueldo en una cartera de cuero? ¿Quién se rompió el traste laburando como una hormiga para gastar en eso, todavía tenemos que pedir permiso?

El prototipo de la mujer que protagoniza los avisos. Son todas igualitas. Mujeres con cara de boludas alegres, ausentes, que sonríen como muñecas inflables aunque el aviso sea un medicamento para la tos o para cagar. Como si ellas jamás transpiraran con fiebre o se hincharan como un hipopótamo porque no pudieron evacuar (seguro que no pudieron, no por falta de ganas, sino porque el baño está siempre ocupado en la casita del amor donde los cuatro críos, la mucama y los cinco vecinitos de enfrente encuentran especialmente atractivos los inodoros con olor a lavanda de la pradera gracias a la perchita desodorante del comercial de Glade). Lavan los pisos vestidas como para ir a la ceremonia de los Oscar, por supuesto siempre están peinadas con un brushing estúpido que les deja las puntitas del pelo para afuera, como la mujer de los Supersónicos. Las vocecitas son siempre de un tonito agudo, infantil rayando la sonsera (por no decir la forma en que habla una infradotada dopada por los vapores de amoníaco de la tintura que la dejó así de rubiecita). No solo el tono me jode, la cadencia me pone del moño. Arrastran las palabras como la gente que mezcla alcohol con algún ansiolítico, el agua tarda en llegar al tanque (la olla/cerebro), entonces cada pensamiento se toma unos cuantos segundos en llegar de la neurona donde se aloja hasta la punta del apéndice lingual.

Lo que nos venden. El 90% de lo que nos ofrecen son cosas para limpiar o para arrancarnos los pelos, pasar inadvertidas por un ciclo menstrual sin dolor y sin olor o deshacernos de nuestros kilos. O sea, sos una mula idiota que piensa que con un toque el baño se va a llenar de flores (que vas a ver in situ porque estás intoxicada con el pediculicida de tus hijos, estás famélica porque hace tres días que te alimentás exclusivamente a té adelgazante y comenzaste a alucinar desde que rasqueteaste la bañera con el desengrasante del cartoon musculoso). Ojo, las alucinaciones tienen que ver con camisas blancas impolutas que salen solas de los secarropas, cacerolas que brillan y cantan, pinos en el comedor, tampones vibradores, cadáveres de pollos que caminan descabezados, tortas gigantes que se desplazan por una avenida, abdómenes que se contraen y desaparecen con un sorbo de milk shake con LSD y el nabo de la novelita de las nueve que te quiere coger porque te embadurnaste con crema de frutos silvestres “recogidos” a mano por él.

Lo Light. Las campañas de productos bajos en grasa o calorías son un pie de guerra para toda mujer con más de seis neuronas que le hagan chispazo en la nuca. Verde, siempre verde. El color de lo natural. El color de lo permitido, como el semáforo cuando te dice que podés poner primera y salir arando. Odio ese verde, verde loro, verde buchón, verde de “TE AVISO QUE ESTA ORCA GORDA ESTÁ A DIETA PORQUE SE CONVIRTIÓ EN ACCIONISTA DE CADBURY EL ULTIMO INVIERNO”. Detesto a las mujeres que se tragan a borbotones una botella de agua 0%, como si el agua alguna vez hubiera tenido alguna caloría. Pero ésta viene en botella verde, seguro que tiene propiedades (propiedades tiene el dueño de la fábrica que tuvo la bendita idea de embotellar algo que sale gratis de la canilla). Las que zarandean el magro anoréxico culito felices, con un postrecito de limón en la mano, que según la promo sabe a lemon pie (no solo sabe más a pie que pisa limones que a la famosa tarta, el tamaño de la porción es igualito a la cantidad de pasta que usa tu odontólogo para tapar el agujero de la caries de tu molar inferior derecho). Pero ellas bailan felices, como pacientes de un Neuropsiquiátrico que han sido liberados en un descuido de la enfermera de turno. ¿Y las galletitas con siete semillas, trozos de mango y manzana, el 50% del calcio recomendado en la ingesta diaria, los trece minerales esenciales, la fibra de un fardo de paja, el omega 3, libres de ácidos poliinsaturados, que tiene las mismas calorías que una manzana? ¿No hubiera sido mejor fagocitarse un par de manzanas?
Odio la publicidad que nos deja mal paradas, evolutivamente hablando, con un grado de complejidad superior al del krill marino. Seres que solo servimos para agradar, complacer y ser condescendiente con cualquiera menos con nosotras mismas.

Propongo una cosa. Boicoteemos los productos cuyas campañas nos destratan. Dejemos de comprar ese shampoo que nos prometió con vocecita de Björk drogada “en tres días pelo fuerte y sano brilloso como una pátina”. Digamos que no al antiespasmódico que muestra a una esquizofrénica demente que se ve culona en pleno ciclo menstrual. Al de la maquinita que poda pelos y no duele nada porque a Araceli se le congela la sonrisa mientras la usa y te promete idéntico resultado. Que nos vendan autos, que nos vendan ipods, que nos vendan cerveza, que nos vendan vino fino y relojes y notebooks. Y que de vez en cuando les vendan a ellos un antigrasa para la cocina, un shampoo para la pelada, un paquete de fideos, un yogurt bajo en calorías para bajar la panza y un paquete de pañales.

Lo quiero ver.

domingo, 13 de septiembre de 2009

OH CAPTAIN, MY CAPTAIN!










GENTE MÁGICA VS. GENTE BÁSICA

No tiene nada que ver con la cultura, ni la posición social, ni la cantidad de ceros en la cuenta bancaria. No tiene que ver con el signo zodiacal, ni con el barrio ni el país. Tiene que ver, creo yo, con las ganas de aprovechar el tiempo que tenemos en este mundo siguiendo los sabios consejos del Profesor John Keating en la maravillosa peli de Peter Weir “La Sociedad de los poetas muertos”. “Carpe diem, Seize the day, Aprovecha el día”. Esa es la clase de frase que la gente mágica aplica todos los días de su maravillosa existencia. Este tipo de gente lleva una vida diferente, se deja llevar por sus pasiones, sucumbe a sus impulsos, se deja caer frente a sus tentaciones y se pasa por el culo lo que los demás piensen de ellos. Porque saben que el tiempo es acotado y los planes demasiados para tan efímero lapso en esta tierra. Entonces es que salen a trabajar convencidos de que lo mejor está por venir, convierten un embotellamiento en la autopista en una oportunidad para volver a escuchar su canción favorita unas doce veces más (cantándola a los cuatro vientos, probablemente) y son capaces de imprimirle a sus vidas el color que quieren que esa vida tenga (que generalmente es un arco iris re-flower power con mucha música reggae). Son personas que circulan por la vida cumpliendo con sus tareas durante la jornada laboral pero que podrás encontrar en otro contexto dando rienda suelta a su locura o a aquello que les fascina. Es así como una Secretaria de una Multinacional, llamada Ana, de noche se pasea por los foros de Star Wars y responde al nickname “Princesa Leia” (invitando a quien quiera leerla, a un duelo de espadas láser). El cajero de gesto adusto y monosilábico que te atendió hoy por la mañana en el Banco, a esta hora toma clases de salsa en el Club de su barrio. La Odontóloga de tu abuela ensaya la letra de Desdémona mientras emparcha un canino porque mañana estrena Otelo en el teatro municipal donde toma clases de teatro. Aquel abogado que reclama un expediente en Tribunales, fue visto anoche bailando danzas medievales con su grupo de cultura de la Edad Media. Y aquella Psicopedagoga que tenía consultorio en el colegio de tus hijos, toca el arpa en un grupo de Música Celta. Algunos escriben, otros son amantes de la literatura policial, algunos restauran armas antiguas, otros coleccionan vinilos de los 50´s, otros hacen aladeltismo, algunos navegan, algunos construyen autitos a escala, otros sacan fotos de nubes con caras extrañas…el común denominador es siempre una pasión.

Veamos las diferencias entre los dos grupos.

LOS BÁSICOS

Los básicos se aparean alcoholizados en forma mecánica respondiendo a un impulso físico comparable al que se siente cuando la vejiga está llena.
Los básicos viven creándose problemas, estancados en batallas del pasado, deseando una vida que sólo ellos pueden autogestionarse (si se tomaran la molestia).
Los básicos no leen porque se aburren, no miran tele porque es una mierda, no van al teatro porque sale caro, no van al río porque queda lejos, no dibujan porque todo lo que hacen es feo, no alquilan dvd’s porque lo que buscan siempre está alquilado, no piratean porque está mal, no bailan porque “ya no hay lugares para la gente de nuestra edad” (como si el lugar fuera una condición), o como diría mi viejo “no comen el huevo por no romper la cáscara”-
Los básicos van a trabajar con cara de ojete, se van frunciendo con el correr de las horas y salen de la oficina enojados con la vida. Se bañan, cenan, se pelean un rato con el vecino o la familia y al sobre.
Los básicos se ocupan, ante todo, de la satisfacción de sus necesidades más básicas. No hay lugar para lo lúdico en sus vidas, y que otros se junten a mirar por enésima vez las seis temporadas juntas de “Los Sopranos” les parece una pérdida de tiempo.
Los básicos engendran basiquitos. Chicos acostumbrados a obedecer, que entienden de entrada que uno llegó a esta vida para sufrir, que la vida es una cagada, que fulanito y menganito te van a querer joder y que cuanto más paranoico seas mejor para tu subsistencia. Porque de eso se trata, de subsistir, no de existir.
Los básicos buscan la respuesta a sus problemas en el afuera. Si no fueron los padres que sembraron sus traumas, probablemente sean sus ex parejas, el cirujano que les dejó una cicatriz gigante de la cesárea, los críos que les dejaron las tetas por el ombligo, el abogado que no pudo lograr aquella indemnización por la intoxicación con pizza de delivery, o tal Banco que se quedó con todos sus ahorros en el año 2001.
Los básicos reniegan de su propia existencia, viven queriendo salir de situaciones a las que ellos mismos se han expuesto en lugar de hacerse cargo del asunto. No aguantan a sus hijos pero nunca se les cruzó por la cabeza ponerse un forro.
Los básicos no leen poesía, les parece una paparruchada.
Los básicos están más interesados en el dinero en sí que en lo que el dinero puede comprar.
Los básicos tienen metas inalcanzables y sueños utópicos; lo hacen inconscientemente para no hacer el esfuerzo de conseguir algo que esté al alcance de sus posibilidades.
Los básicos no sueñan despiertos; más bien elucubran, planean estrategias, evalúan riesgos y establecen oponentes.


LOS MÁGICOS

Los mágicos creen que uno vino a esta vida para ser felíz aún en las circunstancias más adversas; por eso se las ingeniarán para sacarle el jugo a la vida cotidiana con humor. El trabajo más espantoso les parecerá hermoso, si el sueldo alcanza para solventar la cuota del curso de comida tailandesa y esos zapatos de Fendi que la vuelven loca (aunque tenga que comer arroz de aquí a febrero del 2011).
Los mágicos están seguros de que hay un mundo mejor, no solo porque consiguieron entradas para ver el regreso de su banda favorita, porque están seguros de que ellos son parte de la solución y concreción de ese mundo mejor.
Los mágicos no se aparean mecánicamente, llevan a la práctica encuentros sexuales premeditados y elaborados; les interesa la calidad más que la cantidad y probablemente inviertan ingenio, imaginación y dinero en ambientación, ropa y juegos para hacer esos encuentros memorables.
Los mágicos ponen huevos a la hora de seguir su sueño. Es así que no tendrán miedo al largarse a hablar en francés en la segunda clase o pararse a recitar un soneto en el curso de teatro. Cantarán aunque desafinen, y se bancarán las cargadas de todos los transeúntes mientras caminan disfrazados como el Dr. Spock rumbo al evento de Trekkies (fans de Star Trek).
Los mágicos van tres o más veces a ver la peli que les encantó.
Los mágicos consideran que una tarde invertida en un chat con seis amigas de diferentes países no es una pérdida de tiempo, más bien una batalla ganada al tiempo.
Los mágicos pintan, escriben, cocinan, hacen tragos largos, amasan pizza, plantan flores, tejen, cuentan cuentos…aunque lo hagan mal siempre es mejor intentarlo que quedarse con las ganas.
Los mágicos investigan, buscan, se relacionan con gente que cobije la misma pasión. Se harán expertos en aquello que les fascina.
Los mágicos se divierten con sus hijos, les enseñan sin proponérselo, a disfrutar de la vida.
Los mágicos no se conforman con un poquito, de aquello que les gusta, probablemente se atiborren.
Los mágicos estiran el tiempo. Prometen cerrar el libro a las doce pero se quedan leyendo hasta las tres. Prometen apagar la tele a las once pero justo engancharon la escena de la ópera del Padrino 3 y no fueron capaces de darle la espalda. Prometen regresar de las vacaciones dos días antes para organizarse pero la playa puede más.
Los mágicos juran no volver a gastar en cosas superfluas y a los cinco minutos están firmando la suscripción al Club del Vino. Más que gastar, ellos consideran que invierten en recreación.
Los mágicos se rodean de gente de su misma condición. Son imanes que se atraen. Brillan en la oscuridad. Son esa clase de gente a la que se le ven los dientes en los boliches cuando encienden la luz negra o los que disparan las cámaras detectoras de sonrisas en los locales Sony.
Los mágicos disfrutan de la buena mesa, el vino, la comida y los postres. Prefieren comerse el helado hoy y caminar veinte cuadras mañana. Prefieren comer acompañados pero no dejan de cocinarse aunque estén solos, se auto agasajan.
Los mágicos existen no subsisten. No pasan por la vida sin pena ni gloria. No serán famosos pero seguramente recordados por sus seres queridos. Recordados por transmitir alegría, ganas, optimismo y el mensaje de Walt Whitman que el Profesor Keating le enseñara a sus alumnos:

...Carpe Diem, aprovecha el día.
No dejes que termine sin haber crecido un poco,
sin haber sido un poco mas feliz,
sin haber alimentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie
te quite el derecho de
expresarte que es casi un deber.
No abandones tus ansias de hacer de tu vida
algo extraordinario...
No dejes de creer que las palabras, la risa y la poesía
sí pueden cambiar el mundo...
Somos seres, humanos, llenos de pasión.
La vida es desierto y tambien es oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos convierte en
protagonistas de nuestra propia historia...
Pero no dejes nunca de soñar,
porque sólo a través de sus sueños
puede ser libre el hombre.
No caigas en el peor error, el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes...
No traiciones tus creencias. Todos necesitamos
aceptación, pero no podemos remar en
contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta el pánico que provoca tener
la vida por delante...
Vívela intensamente,
sin mediocridades.
Piensa que en tí está el futuro y en
enfrentar tu tarea con orgullo, impulso
y sin miedo.
Aprende de quienes pueden enseñarte...
No permitas que la vida
te pase por encima
sin que la vivas..."




martes, 1 de septiembre de 2009

EL HÉCTOR






Decálogo de un arrastrado

A Dios gracias son la excepción que confirma la regla, y la regla es que son muchos más los que valen la pena. Pero existe un puñado de hombres a los que se puede encontrar en los cumpleaños familiares, en las oficinas, en la vía pública y hasta en las reuniones de padres del colegio de tus hijos; que avergüenzan al género alimentando el desprecio de quienes los observamos reptar con total impunidad por la vida.
El personaje que nos ocupa hoy, un tío libidinoso, egoísta, pollerudo y mezquino; logró reunir en un solo envase, las diez cualidades más deleznables que caracterizan a un hombre detestable. En resumidas cuentas, el las tenía todas (había tachado hasta la generala doble) es por eso que lo uso como caso icónico, estoy convencida de que no existe otro que haya logrado hasta el momento superarlo en defectos (aunque se me ocurre media decena de nombres que le pisan los talones).

Aquí va pues, el decálogo del “Héctor” (nombre que utilizaré para designar a todos los sujetos de idéntica indigna calaña):

El “Héctor” siempre antepone sus deseos más básicos antes que los de su familia, incluida su propia madre, siendo la gula su pecado favorito. Son los que se sientan durante un asado con la botella del mejor vino (que algún otro invitado ha llevado) a dos centímetros de su propio plato y otro vino (de cajita o bien barato) al costado de su copa. Siempre llenarán su copa con el vino bueno y ofrecerán el barato a los demás comensales. Son aquellos a los que se los puede ver al costado de la parrilla, como aves de rapiña, esperando quedarse con el mejor pedazo de carne; y al ser encomendados con la tarea de llevarles las hamburguesas a los niños engullirán dos juntas en el camino (fuente en mano) dejando a dos criaturas sin alimento. Son los que llevan una bandejita de masas minúscula a un evento, y si pueden, evitarán bajarla del auto en la confusión de paquetes. Son los que rara vez aportan algo de su propio peculio pero los primeros en alzar la mano para llevarse una fuente con sobras cuando la anfitriona arma paquetitos para sus visitas. Son los que fagocitan, no comen; los que no pueden mantener una conversación porque la atención va directamente a los platos que ven pasar o a la fuente que acaba de aterrizar en la mesa. Son los que les comen los M&M a las tortas, el caramelo al flan, el culito al pan, el relleno a los merengues y las cerezas a las ensaladas de frutas. Son los que llevan la botella de champagne y si ésta no ha sido abierta la cargan de vuelta en el auto. En las oficinas, son los ratones que jamás compran una docena de facturas pero huelen el alimento a distancia llevándose de a dos juntas sin fijarse si la propia angurria dejará a algún compañero con las manos vacías. Estos especímenes se tiran de cabeza en una caja de bombones para encontrar los rellenos de dulce de leche primero, llevándoselos de a cuatro juntos. Harán lo propio con los mejores útiles de oficina y con cualquier objeto al que le asignen algún valor.
Como padres son capaces de competir con su propia cría por un cuarto de helado o el control remoto de la televisión.

El Héctor es egoísta por naturaleza. En la casa de fin de semana o chalet de vacaciones acapararán subrepticiamente todos los espirales para combatir a los mosquitos (auto-intoxicándose en una nube de repelente) y todos los ventiladores disponibles. Son capaces de hacer saltar la térmica de la casa recargando la línea para enchufar todo lo que encontraron para combatir el calor y los mosquitos. Jamás prestarán el auto, ni ayuda para preparar una comida familiar, pero serán los primeros en sentarse a la mesa en el mejor lugar disponible. La mejor cama, el mejor colchón, la mejor reposera; la avidez y desesperación por agenciarse los placeres antes que el resto es una característica que los destaca.

El Héctor es amarrete. No se le cae una moneda ni que lo den vuelta y sacudan patas para arriba. En las oficinas es el que siempre tiene una excusa para no aportar en los cumpleaños porque no se banca a tal o cual. Es el que compra el florerito coreano de dos pesos con cincuenta para el amigo invisible mientras que el resto regala objetos decentes. Es el que hace como que va a pagar llevándose la mano al bolsillo pero jamás pela la billetera. Es el que cae en las cenas a las que no ha sido invitado y justo se levanta al baño cuando traen la cuenta. Es el que jamás tiene cambio, el que te dice “mañana te pago” pero no te paga ni con una Luger en el parietal izquierdo. Es el que siempre se guarda el vuelto, nunca tiene monedas y firma la tarjeta de cumpleaños aunque no haya invertido un cobre para el regalo comunitario. Es el que le cobra la jubilación a los padres y se queda con tres cuartos con la excusa de administrarles el dinero, cagándolos de hambre porque usa el dinero para comprarse el plasma que tanta falta le hacía. Es el que se cuelga del cable, le roba el diario al vecino y se adelanta en la fila del cine o el teatro.

El Héctor es lascivo y desagradable. Es el que cuenta chistes groseros en el cumpleaños de seis años de la sobrina. Es el que le tira indirectas bien directas a la novia del sobrino en medio del almuerzo de Pascuas. Es el que le mira las tetas a las novias de los hijos. Es el que tira tiros en todas partes sin discriminar lugares ni edades. Es el que manosea a la empleada doméstica, la compañera de laburo, la cajera del supermercado y la china de la tintorería. No puede mantener una conversación porque su atención siempre está puesta en el culo de las mujeres que pasan por su lado.

El Héctor es fanfarrón. Estos aparatos son pavos reales que viven chapeando sobre sus supuestos logros (digo supuestos porque en la mayoría de los casos se refieren a productos de su imaginación más que a situaciones concretas). Les gusta hablar sobre sus conexiones con gente de la política o la farándula, siempre conocen a algún personaje que ha sido mencionado en una conversación social. O viajaron en el mismo avión, o se pelearon por un diario en el lobby de un hotel o mearon en el mismo mingitorio. El último negocio que cerraron fue un boom, el último auto que compraron lo consiguieron a precio de costo y el maitre del restaurant de moda los llama por su nombre de pila.

El Héctor es un simulador. Nunca conocerás la verdadera cara de estos personajes. Fingen todo el tiempo. Hasta la risa es actuada. Se inventan una posición económica y terminan creyéndosela al punto de endeudarse para salir de vacaciones con gente de un nivel socio-económico más encumbrado. Se inventan una profesión y así se presentan frente a quienes no los conocen. Se hacen llamar “doctor” o “licenciado” aunque jamás hayan pisado la Universidad. Simulan estar felices aunque por adentro se estén muriendo de la bronca por el ascenso del compañero, simulan que están enamoradísimos de sus mujeres aunque no las soporten (sobretodo delante del suegro, cuando están pidiéndole un préstamo para el nuevo super-negocio que se les acaba de ocurrir).

El Héctor es mentiroso. Mienten compulsivamente. Siempre para beneficio propio. Si se mandan una cagada, la culpa la tuvo aquel ignorante compañero que no puede defenderse porque está al teléfono. Les mienten a sus acreedores, les mienten a sus mujeres, les mienten a sus Jefes y hasta a sus padres. Mienten descaradamente, con una sonrisa plástica en la cara, como si el tamaño de la ofensa tuviera la inocencia de una picardía infantil. Si son descubiertos lo negarán hasta el cansancio e inventarán excusas increíbles para sostener la historia.

El Héctor es cagón. Son los primeros en huír de una escena de peligro usando a sus cónyuges de escudo humano para zafar en un tiroteo. En una pelotera familiar, son los que se van al mazo cuando las papas arden, incapaces de sostener una idea si alguien de mayor poder los enfrenta. Son los que pinchan un neumático y la esposa es la que termina tirada en el piso, llave cruz en mano. Son los que jetonean a un policía pero se fruncen si la cosa se pone densa, echándole la culpa a quien tengan al lado por el desacato o el insulto proferido a distancia. Son los que acusan pero ante la menor contienda argumentan haber sido malinterpretados. Son los primeros en subirse al bote salvavidas o encontrar la salida de incendios.

El Héctor es pésimo padre. No acompaña a su cría, compite con ella. Eso cuando la cría tiene edad de entender. Antes no les dan bola porque se cagan, lloran y eructan; cosa que no les atrae demasiado a estos “bon vivants”. No tienen buena relación con los infantes de la familia. Son los que vuelcan la ballena flotadora en la pileta ahogando a los tres pendejos que iban encima. Son los que juegan al futbol y terminan fisurando a todos los pibes de cinco años a puro tacle y patada en los tobillos. Son los que se ofenden si el hijo les gana a la Playstation y resetean el juego porque no pueden soportarlo. Son los que levantan al del cumpleaños del cogote imitando a algún mago de la tele, ante la mirada estupefacta de toda la familia porque el chico está cianótico y patalea por falta de oxígeno.

El Héctor es el hazmerreír de todos los eventos. Inconscientes e ignorantes de su propia estupidez, más de una vez se ríen a carcajadas de una broma que los tiene como protagonistas. Como la cabeza no les da y denotan una infinita incapacidad de leer entre líneas, son cuereados por los amigos adolescentes de sus hijos y sobrinos, que le llenan la copa en todos los cumpleaños para divertirse a sus expensas a medida que se van alcoholizando. Están convencidos de que son el centro de las reuniones, hablan fuerte, se ríen con sonoras carcajadas y cuentan anécdotas fuera de lugar avergonzando a sus familiares directos.

¿Conoce algún ejemplar con alguna de estas características? Estoy segura que si, yo conocí a uno que las reunía todas. Hace diez años que no lo veo y todavía repica en mi cráneo esa estúpida risa pegajosa y esa mirada babosa que lo caracterizaba. Ah, el pendejo ahorcado fue mi propio hijo.
Cualquier similitud con la realidad fue absolutamente premeditada.

lunes, 24 de agosto de 2009

LA OPROBIOSA TAREA DE DESASNAR A NUESTRA CRÍA





Los avatares de la Escuela Primaria

No es sencillo. Nadie te lo dice. Y si te lo dicen no lo entendés, como no entenderás nada hasta que no hayas pasado por la misma experiencia. Escuchás mujeres que profieren alaridos desde sus departamentos y casas vecinas, sacando la más fácil de las conclusiones: esa mujer está loca, es una enferma mental, no puede gritar así, pobre criatura tener una madre así bla bla bla.
Unos años después te verás sentada en el comedor de tu casa con un despliegue de cuadernos, hojas, restos de goma de borrar y una parva de lápices de colores intentando que tu adorado retoño comprenda el significado de un tercio. Vas a gritar igual o peor que la señora del 5° “C”, lo vas a zamarrear de la manga de la camisa, le vas a respirar tan cerca de la cara que lo vas a peinar con el aliento. No va a alcanzar la vida para arrepentirte de las barbaridades que le vas a decir: mamerto, bobo, burro, asno, bestia, tonto, bruto y demás insultos a su magra cabecita infante. Pero el arrepentimiento va a venir mezclado con oleadas de bronca, cuando lo único que conseguís es una cara de zombie drogado como respuesta a la pregunta “¿3 X 4?”. Esos ojos vacíos, ese bostezo que deja ver unas amígdalas a punto de estallar fruto de una inminente angina pultácea, esa falta total de interés…te darán ganas de medirles la circunferencia del cuello con tus propias manos.
La tarea fue diseñada, maquiavélicamente, por los maestros que secretamente quieren vengarse de uno (el progenitor del monstruo que les hace la vida imposible en el colegio). Entonces les llenarán el cuaderno de cuentas, investigaciones, trabajos prácticos (como hacer una reproducción casera de “Las Meninas” o un estudio sobre los derivados del petróleo…bien facilitas) y tres o cuatro libritos para leer el fin de semana (como si el pendejo leyera algo más que la palabra “Spiderman” en su tacita del desayuno). ¿Para quién es toda esa tarea? Para nosotras, por supuesto; por eso la madrugada nos sorprenderá sacándole punta a los lápices para colorear al famoso cuadrito de Velázquez puteando en sánscrito al colegio, a los directores, a los maestros, a los celadores y a la portera. Le vas a subrayar todo lo que no subrayó en clase, le vas a bajar de Internet la historia del petróleo (evadiendo Wikipedia porque a la turra de la seño no le gusta que todos lleven la misma información) y hasta llegarás al extremo de corregirle las cuentas imitando la letra temblorosa y desprolija porque no soportarás que tu hijo no sepa sumar en tercer grado.
Muy probablemente, lleguen los trabajitos prácticos facilitos de Ciencias. Esos en los cuales te verás obligado a fabricar un aparato digestivo con botellas, medias, bolsas y arcilla. Juntarás toda clase de bichos para el insectario, armarás la germinación del poroto por enésima vez en la vida, harás acopio de tapitas/lanitas/papel metalizado/bolitas de vidrio/fotos de animales/figuritas de alimentos recortando material de las revistas hasta que los dedos te queden morados. Eso mientras el alumno mira con rigurosidad científica el último capítulo de “Los Simpsons” provocando tu inmediata ira por la indiferencia del pendejo y porque Homero te hace acordar invariablemente al padre de la criatura.
¿Dónde están los padres? Pues trabajando, Dios no permita que se los moleste. Como si una no trabajara, pareciera ser que hay un mandato celestial que indica que es la madre quien debe desasnar al diamante en bruto. Trabajes en tu casa o fuera de ella, la encomiable tarea es toda tuya. Primero porque ellos simplemente no lo hacen (conozco dos docenas de padres y hasta ahora no vi a ninguno haciendo la tarea). Segundo, porque las pocas veces en que se sientan con ellos la vida de los críos corre serio peligro. Entonces una se los saca de entre las manos (cuando el párvulo tiene la cara violeta y los ojos en blanco), ya que la paciencia del padre es inversamente proporcional a la brutalidad del mocoso.
Cuando la casa se convierte en un campo de batalla (el padre vociferando atrocidades contra el colegio ya que considera que paga para que el chico ni siquiera sepa escribir su nombre sin faltas de ortografía, el niño llorando porque le partieron un cd de playstation en la cara por cada cuenta mal hecha, la madre peleada con el padre por su radical metodología de enseñanza, el perro que ladra porque no soporta que el chico llore…hasta las cucarachas se asustan de la tierna escena): es hora de poner paños fríos. ¿Quién es la que sale siempre al rescate del escolar errante? Pues una, sin lugar a dudas. Con una mano revolvemos el estofado y con la otra leemos “El Principito” a los gritos, con la secreta esperanza de que el hijo retenga algo y el padre deje de protestar porque la cuota escolar le parece demasiado cara.
Pasados los tres primeros años la cosa se va complicando. El niño sigue tan bruto como al principio, pero el nivel de complejidad de las cuentas y la geometría modernas nos tiene vagando por las casas de nuestras amigas en busca de la profesional que nos de una mano con el rubro que nos atañe. Para geometría, nuestra buena amiga Arquitecta; para Matemáticas la hermana mayor del vecinito (que estudia Ingeniería); para Sociales nada mejor que la abuela de los chicos de la esquina. Eso o pagar tres maestras particulares porque ya no te acordás cómo se calcula el peso específico del agua salada ni en que año fue la Toma de la Bastilla.

Para el final de la Primaria, tu cara será el fiel reflejo de esos años de revolear cuadernos por el aire y gritar como un barra brava. Con unas cuantas arrugas más y un par de canas detrás de las orejas cantarás el Himno con los ojos vidriosos, aguantando las lágrimas para que no se corra la máscara para pestañas; porque solamente vos sabés el sacrificio que hiciste para ostentar orgullosa el diploma de tu hijo, ese salvaje que lograste domesticar con todo éxito.

lunes, 17 de agosto de 2009

EL DURO CAMINO DE REGRESO








Volver a ser la que una fue antes del invierno

La cosa empieza más o menos así. Las noches comienzan a alargarse, las temperaturas bajan, las ganas de hibernar como la marmota se incrementan en progresión geométrica; y con todo esto no nos queda otra que sumirnos en la más intrincada labor de subir de peso sin prisa y sin pausa.
De las vacaciones siempre nos quedan algunos rollos de recuerdo, conseguidos a base de helados, cervezas y pizza consumida a mansalva. También quedan los resabios del delivery estival, ya que con el calor nos negamos a cocinar recurriendo a las milanesas y empanadas por encargo, a la rotisería, cuyo número podemos recordar con más facilidad que el de nuestras propias madres (¿para qué recordar el de nuestras madres cuando son ellas las que nos llaman un promedio de cuatro veces por día?...y siempre a la hora de la comida).
Así llega el invierno, y con él las comidas suculentas. Para todo tenemos una excusa perfectamente diseñada. Un boletín con las propiedades y beneficios de consumir chocolate, porque levanta las endorfinas y evita que te suicides cuando te viene la primera factura del gas. El vino, que protege el corazón, te proporciona calor y te sube a la nube de pedo que necesitás para olvidarte del monstruoso aumento de la factura de luz (que vino a los tres días de la del gas, cosa que sigas pisando valium en un mortero para hacerte un coctel letal). El guiso de lentejas, que tiene hierro, te da un calor que permite que bajes el consumo de gas (de red) porque comenzarás a producir el propio; aunque con cada cucharón te vayas inflamando como un zeppelín. El guiso de fideos, otra herramienta indispensable en la economía familiar ya que podés estirar unos míseros 250 gramos de carne y darle de comer a un batallón (propiedades=ninguna salvo engordarte como pavo para navidad). Capuccinos llenos de crema y cacao, pastas porque la carne se fue a las nubes y estás ahorrando para pagar los servicios, licores, tortas, brownies y frutas secas; todo justificado porque hace frío y te podés vestir con tres kilos de ropa que te llega a los tobillos (escondiendo estratégicamente una barriga que amenaza con hacer estallar todos los pantalones y acribillar a botonazos limpios al incauto que se te ponga enfrente).

Si no te cierra la ropa, el paso siguiente es no dar ese primer paso a la balanza. ¿Quién se quiere deprimir con un número nefasto que dividido por cinco dará una cifra superior a quince? Nah, no lo harás. No lo harás para poder seguir engullendo cual ballena franca en cautiverio. Y así se sucederán los días del invierno, mate con cualquier cosa que destile grasa; té con scons y mermeladas que dejarían ciego a un diabético; tortas que son un atentado a cualquier hígado sano, que comerás en cuanta reunión social o cumpleaños asistas…y así sucesivamente. Entonces te mirarás al espejo siempre de perfil y metiendo panza, con el velador y la bombita de más bajo voltaje del mercado (si es posible a la luz de las velas), siempre encaramada a un par de tacos de doce centímetros; y el espejo te devolverá a una Diosa descomunal y no a la gorda entrada en carnes que subsiste detrás de tanta ingeniería visual. Eso se llama negación. Y es el primer indicio de que no pensás parar, más bien seguir subiendo. Total para la primavera faltan solo…treinta días. ¡Treinta días!. Si, treinta. O sea nada. O sea la puta madre que me parió, gorda y ciega.
Primer escalón a la curación. Subir a la balanza. La muy puta debe estar descompuesta. Seguro que alguien le saltó encima. La calibramos. Ah bueno, “problema resuelto”, da distinto: DA DE MÁS!!!. Con una copa de vino en la mano enfrentamos el dilema femenino-shakespereano “to be fat or not to be fat, that is the question”. Emborrachándonos para no caer en la desesperación, resolvemos que es hora de largar los postres, el chocolate y la lasaña (todo menos el alcohol, hay cosas que no se negocian). Entonces llamamos al gimnasio para reservar una colchoneta frente al espejo empañado por el sudor de la manada infame que hizo la misma cuenta que vos la noche anterior.

Como pájaros que migran del sur, buscando zonas más templadas, los que no solemos ser “carne de gimnasio” acudimos como aves de rapiña a llevarnos esas mancuernas y esas pesas que nos devolverán el espejismo de la cintura perdida (en algún lugar entre febrero, abril y Burguer King).
El primer día es tan humillante que solo una persona desesperada aguanta sin pestañear una rutina salvaje aderezada con una música exasperante y un corazón que amenaza con salirse del pecho y tomarse el palo silbando bajito luego de haberse pasado un invierno sin sobresaltos. El primer momento shockeante de gloria lo tendrás cuando compares tus glúteos con las “carne de gimnasio” (ver nota en este mismo blog). Ellas, que se han pasado los últimos veinte años de sus vidas haciendo gimnasia religiosamente, son un puñado de fibra que vos, secretamente esperás conseguir en unos quince días. Ellas levantan la pata a cuarenta y cinco grados, vos necesitas cuarenta y cinco marines que sostengan esa masa de carne informe que supo llamarse pierna, para hacer lo mismo. Ellas se saben la rutina al pie de la letra, vos necesitás apuntes para poder subir y bajar del step sin llevarte puesto el espejo, la columna y tres compañeritas. Ellas parecen figuras gráciles y flexibles a las que no se les cae una gota de sudor, vos parecés una vaca a punto de ser cuereada que destila agua por todos los poros y cuya cara parece un globo rojo a punto de estallar. Los sopliditos de la Profe (marcados adrede para que una aprenda a respirar) a vos te salen naturalmente y son aullidos de dolor proferidos desde el fondo del estómago como una súplica de piedad (o el final de un orgasmo de esos que se anotan en los récords Guiness). Cuando te animás a dejar de mirar por un segundo a la torturadora profesional a la cual le has pagado para que te cague la vida y destroce el cuerpo posando la mirada en tu propio ser, te das cuenta que te has convertido en un manojo de carne tembleque y sudorosa con los mechones de pelo empapados pegados al costado de la cara, los ojos inyectados en sangre y unos músculos abdominales que brillan por su ausencia. De eso te percatás cuando te desparramás en el piso haciendo ruido, abandonando el undécimo ejercicio para trabajar la zona, dándote por vencida sin el más mínimo atisbo de culpa.

Después del primer entrenamiento a la “G.I. Jane” para convertirte en una Navy Seal, llegarás a tu casa arrastrándote como una babosa de jardín. Hasta las ganas de comer te sacaron, no por falta de iniciativa, es que no te quedan fuerzas para abrir la heladera. Ni para marcar el número del delivery. Solo después de una ducha podrás tomar la sopa Light de a sorbitos (en los escasos momentos en que los brazos dejan de temblar).
Al día siguiente, cualquier acción será una proeza. Desplazarse hacia el baño te hará acordar a tu abuela (que arrastra los pies sobre dos gigantescas pantuflas de toalla). Sentarte en el inodoro te hará ver las estrellas, subirte a un par de tacos una tarea imposible. Vestirte será tan doloroso que le pedirás a tu hijo que te abroche los pantalones y vas a necesitar una caña de pescar para subirte el cierre de las botas.

¿Vas a volver? Probablemente. Porque una es hija del rigor. No hay caso. Las mujeres fuimos diseñadas para sufrir. Hay que pagar el costo de un invierno de satisfacciones y deleites. No queda otra. Bah, si, queda otra. Quedarse así y rezar para no encallar en la orilla de la playa el próximo verano, después de surfear un par de olas…

domingo, 2 de agosto de 2009

SITUACIONES QUE TE EXCEDEN














Cuando el monstruo que llevás dentro amenaza con soltarse

Uno, que es un ser medianamente pensante y educado, piensa que jamás va a desbordarse porque lleva sus enanitos mentales bien alineaditos. Gracias a la terapia, el yoga, el clonazepam, el té de tilo o simplemente un buen ejercicio de control mental; uno cree que puede apaciguar a la fiera que lleva dentro. Pero hay situaciones que logran saltar la valla y hacer ese medio centímetro más…tan peligroso y nocivo para quienes se encuentren a una distancia inferior al metro y medio de este poderoso monstruo que espera ansioso que lo desaten.
¿Qué lo desata?. Muy simple, esta es mi lista. Cada uno tiene la propia, solo es cuestión de que tome lápiz y papel para confeccionar la suya. De esa manera podrá estar alerta en el caso de sentir que la criatura ha comenzado a desatarse los moños.

Los pendejos sueltos en la franja horaria en la que solamente deberían circular adultos y vampiros.

Esa horda infame de retoños anárquicos que corre autoinmolándose contra sillas y ventanas de restaurantes a las dos de la madrugada, ante la mirada impasible de sus progenitores. No solo molesta el golpe que se dan cada cinco segundos contra la silla donde reposa nuestro culo, molestan los decibeles y la frecuencia del chillido-alarido que emiten mientras se llevan puestos manteles, sacos, carteras y paneras. Y los mocos que caen de esas narices que parecen volcanes, que siempre van a parar a las cortinas del lugar o, en el mejor de los casos, en tu chaqueta que prolijamente colgaste de tu silla. Sueño con torturar a esos padres, les quiero perforar el pabellón auricular con la Minipimer. Quiero obturarles el parietal izquierdo con un sacacorchos y depilarles el cráneo con una pinza de depilar (aunque me lleve dos años).

Esos mismos pendejos en el cine. Función trasnoche, horario en que deberían estar soñando con Peter Pan, pero no, están correteando por las escaleras de la sala. Mientras eso ocurre, una intenta infructuosamente, poner la mente en blanco para poder escuchar y entender lo que ocurre en la pantalla. Imposible, uno de ellos se ha parado en la última butaca y hace sombras chinescas con el haz de luz del proyector. La madre goza del anonimato que le da la oscuridad, el padre repite “no es mío”…la puta que te parió hijo de tu putísima madre. Gobernalo, aunque sea por lo bueno que estuvo el polvo que le dio vida a ese marrano que te está cagando el final de la película. Es que al chico, la escena de sexo contra la pared de la pareja protagónica lo puso a mil y, si a eso le sumamos las siete muertes violentas con armas blancas que el pendejo presenció, no va a existir Cristo que lo baje del parlante donde se ha subido para sentirse a salvo.

Los infantes en los pubs y clubs nocturnos. Claro, la parejita (léase ma y pa o pipi y cuchi) no confía el cuidado de la criaturita a nadie. Como tampoco tiene dinero para pagarse una niñera…pero todo el derecho a disfrutar de una vida social plena; decide salir con el apéndice (otrora adherido al cordón umbilical) a comerse la noche porteña. Es así como vemos a esos tiernos padres tomando cerveza displicentemente mientras el fruto del vientre de ella no para de tirarle maní en el ojo al pibe de la mesa contigua, que hace dos horas la viene remando para ver si hoy logra enfiestarse con la que tiene enfrente. Pasadas las horas, el bar quedará literalmente vacío, mientras la parejita mira tiernamente al primogénito dormir sobre un colchón de cáscaras de maní y rodajitas de limón usado.

Las vendedoras de locales de ropa, lingerie, bazares y perfumerías.

La que se te acerca con cara de pocos amigos, teléfono atascado entre el hombro y la oreja mientras sostiene entretenidísima conversación con su amiguita; conversación que no piensa interrumpir para atenderte. Lo más probable es que utilice el lenguaje de señas, magro para mi gusto ya que sólo cuenta con el dedo índice apuntando al norte (se supone que eso quiere decir “allá” y debería ser la respuesta a todas tus preguntas). Si le preguntás por un talle en particular, te examinará de arriba abajo con cara de “acá no hay nada para vos” y sacará un minúsculo pantalón diseñado para Barbies anoréxicas (cosa que pierdas el interés y te vayas por donde viniste).
Boluda, infradotada, buena para nada…quiero creer que no te pagan comisión por vender (aunque lo dudo); porque de lo contrario no te entiendo. Quiero pasarte por encima con un camión con acoplado, levantar los pedazos y alimentar a mis perros con tus restos. ¡Sos una descerebrada, si no te gusta tu trabajo buscate otro y dejame de romper las bolas!

Las que sonríen como el Guasón de Batman, no te miran a los ojos, te tiran un poco de perfume en un papel y te despachan muy seguritas de que no te alcanza para pagar ese perfume francés que sale una fortuna. ¿Qué mierda sabés de mí? Porque me puse lo primero que encontré asumís que no puedo agenciarme ese minúsculo frasquito made in France. ¿Y si anoche me saqué el Loto? Llegás a mascarme el chicle que guardás en el buche antes de contestarme el próximo precio, te juro que te dejo como un panda de Pekín. Ni tus padres te van a reconocer.

La eterna “no hay”. Esa es la vaga por naturaleza. Está cómoda al lado de la estufa, como una gata gorda, castrada y vieja. Ni por putas se va a levantar para llevar su frígida osamenta al depósito para encontrar ese par de zapatos del que te enamoraste y que solo queda (según ella) en números para piececitos hobbits. Estás segura de que lo tiene, podrías apostar dinero a que tiene ese par escondido, allá atrás, donde hace un frío de perros y tiene que treparse a una escalera monumental. Entonces intentará enchufarte cualquier mierda con tal de que la dejes terminarse el té de menta que acaba de prepararse, sin moverse de su taburete pelará una uña negra con estrellitas que asoma del puño del sweater intentando tu voluntario desplazamiento hacia ese par de chatitas de charol color verde loro que terminarás incrustándole sin piedad en el orto. Porque a estas alturas ya cometiste homicidio en primer grado y sólo te resta ocultar el cadáver.

Los que chapean

Si, el gordo que en el restaurante invoca a algún conocido para pasar antes que los cincuenta monos que se cagan de frío por amor al arte y la “Belle cuisine”.
El infeliz que chapea en la boletería del teatro diciéndose compañero de carpa del productor del espectáculo, con tal de conseguir dos entradas de una obra que hace quince días que publica “localidades agotadas”.
La boluda que quiere que fulanita le haga el color antes que a la media docena de minas que espera inhalando amoníaco porque dice ser amiga de famosa Celebrity vernácula (y que si no la atienden las va a incinerar en su programa pedorro de TV).
El que pretende que el valet parking le traiga primero su vehículo porque es el Doctor Fulano y está apuradísimo, aparte es habitué e íntimo del político de décima que acaba de salir arando en su auto importado.
¿Quién carajo te creés que sos? ¿Un enviado del Mesías, un iluminati, un ser de otro planeta que debe llegar antes que el resto a todas partes? ¿Porqué no te quedás en tu casa y hacés uso y abuso del delivery? ¿No te das cuenta de que mi fiera interna necesita de alguien como vos para darle rienda suelta a su imaginación? ¿Si supieras que heredé el cuchillo eléctrico de mi abuela materna y la tijera de descuartizar pollos de mi abuela paterna, te quedarían ganas de hacerte el importante?


Y así puedo seguir hasta pasado mañana. Mi fiera reposa tranquila, prolijamente maniatada en lo más profundo de mi ser. Pero la guacha se sabe ansiosa y hambrienta, tiene ganas de jugar…por eso…cuando la siento inquieta…no me queda otra que esquivar los lugares públicos donde estoy segura me toparé con alguno de los ejemplares antes descriptos. Si se me llegara a desbocar…pues…haré lo posible para que parezca un accidente…

domingo, 19 de julio de 2009

POESÍA BARATA Y CURSI











En el día del amigo (20/07)

ODA A MIS AMIGOS

Mis amigos me apañan, siempre que pueden me escuchan, me leen y me hablan.
Utilizan varios medios, no existe frontera que los detenga, son multimediáticos.
No hay sistema que no violenten, mis tecno gadgets los detectan y tiemblan.
Cuando hay convocatoria mutamos en una horda frenética de lunáticos.
Ni tres casillas de mail, ni el muro de Facebook, ni el foro alcanzan;
entonces la seguimos en el MSN, el skype y un par de textos celu-taquigráficos.

Mis amigos me miman, además de alimentar mis apetitos espirituales.
Siempre que pueden me tiran el link al rapidshare o al megaupload, para que goce sin culpas,
de esa banda sonora o de esa peli que por más de dos horas me aleja de todos los males.
Saben de mis humores, de mis horrores y mis amores; no tengo que pedir disculpas,
si los tengo en pie hasta las cinco de la mañana metidos en chácharas infernales
sobre las bondades del jdownloader, el final de Lost y los 8 gigas del Ares que legalmente me inculpan.

Ellos saben en qué foto etiquetarme y cual no debería salir jamás de sus carpetas privadas.
Conocen mi historia, mis proyectos, mis anhelos y los más bajos y oscuros deseos obscenos;
ante vos, mi amigo, nada me sonroja; mi locura es nuestra locura, no me jode que me invadas,
si es que vas a llenarme la casilla con esas fotos descomunales que pixelan si no aplico el signo menos.
Seguí mandando links, colgándome vids en el muro y sonando la campanita del chat como las hadas;
te espero al pie del teclado, aguardo se encienda tu ícono, mientras miro el estreno de House que a Cuddy le mira los senos.

Cuando nos encontramos sacamos chispas, gritamos, lloramos, no paramos de reírnos como pendejos.
Tantas horas de banda ancha compartida, tantas caídas del chat, tantos golpes de la vida;
se alivianan cuando te veo, cuando te leo, cuando el momento indigno del día, ante tu presencia queda lejos.
Te paso el backstage de la sesión de fotos de rugbiers en bolas, Diex du Stade, para el gusto de mi vieja un tanto atrevida;
si vos me pasás el pdf de la última novela de Highlanders desnudos correteando, por las colinas de Escocia, duro y parejo.
No te olvides de poner un alerta en los powerpoint incendiarios que últimamente mandás, no vaya a ser cosa que los abra en la oficina medio dormida.

Te debo un homenaje, amigo internauta, ese que se toma para aguantar el sueño, la décima taza de café o el undécimo mate.
Ese que vacía el pomo de lágrimas en gel para durar unos minutos más con las pupilas frente al monitor, los dedos tiesos en el teclado.
Ese que se banca con glamour los “ojos de brótola” y el malhumor matinal por haber salido al rescate;
de ese alma gemela que vive a diez mil kilómetros de distancia, pero que a pesar de vivir tan lejos se siente tan al lado.
Hoy brindo por vos con un trago bien real, te mando el virtual vía rostrolibro. Te espero en nuestro lugar común, cuando la vida como es usual a alguno de los dos nos maltrate.

domingo, 12 de julio de 2009

PÁNICO, MIEDITOS, TEMORES, SUSTOS Y CAGAZOS PADRE










De cómo asustar a un infante que veinte años después será carne de diván y/o cliente cautivo de un laboratorio que fabrica psicofármacos para trastornos de ansiedad.

Supongo que cuando uno es un bebé no le teme a casi nada que no esté relacionado con succionar un pezón o una tetina, o un rápido cambio de pañales (porque convengamos, estar cagado es un incordio…sobretodo cuando la caca se enfría).
Pero a medida que uno va conociendo el mundo y la gente que lo rodea, la lista de cosas a las que le teme asciende en progresión geómetrica (o sea, el número se multiplica por si mismo convirtiéndose en una gigantesca bola de nieve).
Un poco porque uno va aprendiendo que el fulanito de sala de tres muerde como una pantera, la leche caliente cuando se vuelca quema y si tiro el muñequito en el retrete ya no lo voy a ver jamás. Pero el gran contribuyente de esta personalidad aterrorizada que hemos logrado construir, se la debemos indefectiblemente a nuestros padres (a veces a uno más que al otro).

Si uno fue criado por un padre cinéfilo que lo expuso a “El Exorcista” y a “La Profecía” a la tierna edad de nueve añitos, la primera cosa a la que uno le teme es al diablo. Si a eso le agregamos una abuela híper-religiosa que nos explica con múltiples detalles la cara y los nombres del demonio, así como el maravilloso dato de que ese ángel caído pasa sus días acechándonos para que cometamos todos los pecados tipificados en la Biblia (y que serán castigados a su debido tiempo); pues el combo es sustancialmente letal. Queda claro que la personalidad de ese infante nunca más será libre, ya ha sido vendida a una entidad invisible que la abuela supone, lo mantendrá lejos de mandarse un sinfín de cagadas. O sea, para acercar al pendejo a Dios, hay que exponerlo a la mirada atenta de Belcebú (tipo un guarda cárcel nefasto pero con una onda hippie jamaiquino que chupa, fuma y fornica como los mil demonios).

Mamita le irá agregando condimentos al cóctel explosivo. “Cuidado con el Profesor de música, detrás de todo hombre hay un pedófilo siniestro que quiere enseñarte a tocar la flauta de una manera más innovadora”. “Ojo con nadar sin hacer la digestión porque un calambre te arrastrará al fondo de la pileta y como el agua está turbia terminarás en el fondo con la cabeza dentro del filtro mirando ranas muertas y hojas podridas”. “Abrigate porque vas a agarrarte todas las pestes que riman con neumonía”. “No te agarres de la baranda porque la gente escupe, aunque te patines y te fisures el cráneo, siempre es mejor eso que una bacteria asesina esperándote en el pasamanos de la escalinata del subte”. “No comas eso, querés pesar ciento veinte kilos?”. “Contá el vuelto, la gente siempre te da de menos, ahora…si te da de más que se joda por boludo”. “No vas a lo de Alejandra porque no sé cómo maneja el papá, podrías terminar embutida en una masa informe de hierros retorcidos”. “Cuidado que el mar está peligroso, cuidado que hay aguas vivas (y vos le agregás las imágenes de la peli que te llevaron a ver el primer día de tus vacaciones de verano “Tiburón I”)”.
Con unos años más, las preguntas de tu madre a la azafata del avión irán gestando tu terror a las naves que levantan vuelo (de las que flotan en el mar se encargarán el cine con “Poseidón” y “Titanic”). “¿Señoritaaa, es verdad que el avión está perdiendo combustible?”. “¿Señorita, qué son esas cosas que se le salieron a las alas?”. “¿Señorita, porqué volvieron a encender la señal de los cinturones?”. “Señorita, tráigame otro whisky a ver si bajo las trece pastillas que tomé para dejar de hacer preguntas pelotudas”.

Como alguien que laboriosamente construye un castillo, pieza por pieza, los padres y abuelos van diseñando ese ser humano tenso, ojeroso, preocupado y aterrorizado que duerme con un rosario colgado del cuello, una ristra de ajos en la ventana de la cocina, la estampita de la Vírgen de Lourdes en la puerta de la heladera, dos rottweillers al pie de la escalera, ocho cerrojos, ventanas con rejas, el número de la policía en la memoria 1 del celular, el carnet de vacunación completo y al día, canutos de dinero en los frascos de fideos, el bate de baseball debajo de la almohada y los stickers de los números de emergencias médicas de la prepaga empapelando cuanto electrodoméstico exista en la casa.
Los noticieros contribuirán en gran medida a magnificar todos los viejos temores y se darán el lujo de inaugurar algunos nuevos. Que la pandemia, que el terremoto, que el tsunami, que la deforestación y el calentamiento global, que el huracán y las alertas de granizo, que la crisis de las Bolsas mundiales (como si uno fuera el dueño de General Motors), que el índice de desocupación, que el violador de Núñez, que los piratas del asfalto, los narcotraficantes importados que vinieron a hacerse el western a los shoppings, los diarios accidentes de tránsito, las tragedias aéreas, la gripe porcina (que te provoca taquicardia cada vez que alguien estornuda), el aumento de las tarifas de los servicios, la inflación y los coreanos jugando a los fuegos artificiales con misiles nucleares. Para cuando terminó el noticiero, que coincide exactamente con tu cena, si pudiste digerir algo será por puro milagro; la comida te caerá como un yunque en el estómago, volverá cada cinco minutos como lava volcánica hasta las amígdalas recorriendo el tubo digestivos y te encontrará a las cinco de la mañana chupando pastillas de antiácido mezcladas con un cuartito más del ansiolítico recetado.

Entonces un día, sin comprender porqué, te descubrirás abrazado a un parquímetro, transpirado y tiritando ante la mirada atónita de los transeúntes. O quedarás petrificado en el colectivo lagrimeando como un marrano, a medida que te alejás de tu casa. O simplemente tendrás pesadillas recurrentes donde te entierran vivo o tu casa es succionada por un tornado o el antílope masacrado por leonas en el Discovery tiene la cara de tu hijo. Ese día no podrás entender la causa, ni atribuir la culpa del episodio de pánico a nadie. Porque llevó toda una vida convertirte en esta piltrafa cobarde y temblorosa; como si hubieras hecho un lento recorrido a bordo del vagón del Tren Fantasma, esquivando cadáveres de utilería que amenazaban con darte un manotazo putrefacto en cada curva; la recta final conduce a un grupo de autoayuda o en su defecto al consultorio de un psicólogo.

¿Cómo diferenciar al panicoso aterrorizado del asustado con causa? He aquí una guía para conocer a qué grupo pertenece Ud.:

Ante la explosión de un escape, producto de un carburador sucio, el grupo uno se envuelve la cabeza con los brazos lanzándose de panza al piso. El grupo dos se da vuelta a putear al dueño del auto por dejado y por ocasionar ruidos molestos.

Ante un alerta meteorológico, el grupo 1 sellará puertas y ventanas arrimando los muebles a las mismas, comprará víveres suficientes para subsistir cinco inviernos y buscará madera suficiente para construír una balsa en el garaje. El grupo 2 pondrá el auto a resguardo del granizo y se asegurará de tener los pagos del seguro al día.

Ante una pandemia, el grupo 1 desabastecerá las farmacias en un radio de 10 kms. a la redonda haciendo acopio prematuro de cualquier remedio o vacuna que pudiera (según el noticiero) salvarle la vida. No saldrá de la casa sin barbijos ni guantes descartables, dejará de usar ascensores y transportes públicos y evaluará la posibilidad de mudarse a la Puna de Atacama. El grupo 2 seguirá con su vida y repetirá su mantra hasta el hartazgo “cuando te toca, te toca”.

Ante la noticia de un violador suelto en la ciudad, el grupo 1 hará una cadena de mails distribuyendo el identikit del psicópata que difundió la policía, abrirá un grupo en Facebook para solicitar la castración química de los violadores, se anotará en un taller de artes marciales, se comprará un tubo más de gas pimienta, caminará por las calles con los cantos del culo apretados y la visión periférica en estado de alerta roja (eso si se animó a bajarse del auto). El grupo 2 pensará en la manera más efectiva de propinar un rodillazo en las bolas mientras se come una barrita más de Cadbury.

Ante el derrumbe de las bolsas mundiales y la crisis financiera, el grupo 1 saldrá despedido como un cohete a comprar dólares, someterá a su familia a una economía de guerra donde la Coca Cola será el evento del mes, suspenderá el abono del cable, los cursos, talleres, el delivery de pizza, el video club y cualquier salida que no involucre un problema sanitario o la compra de víveres. El grupo 2 se debatirá en un duelo verbal con capitalistas y comunistas (alcohol de por medio). Cinco horas después todos cantarán abrazados y mamados “Hasta siempre Comandante” en honor al Che Guevara.

Ante la noticia de un asalto a un supermercado con rehenes, el grupo 1 se hará un festival en una armería y tomará clases en un polígono de tiro, se comprará el chaleco de kevlar más caro del mercado para animarse a salir de la casa y hará sus compras por Internet. El grupo 2 decidirá que es más peligroso quedarse sin cerveza un viernes a la noche que un ejército de talibanes suicidas parapetados en la puerta del super.

A Ud. que suda cuando hace fila en el Banco, a Ud. que le transpiran las manos cuando escucha el sonido de una sirena, a Ud. que se baña en desinfectantes y visita al médico toda vez que estornuda, a Ud. que se desmaya cuando pisa un aeropuerto…lo lamento en el alma. Ud. ha sido condenado a la ingesta crónica de ansiolíticos y antidepresivos. Si va a comprar acciones de la Bolsa asegúrese de ponerle muchas fichas al laboratorio que los fabrica…como viene la mano (salvo que viva en la Estepa Rusa), el consumo de estas drogas se irá a las nubes (y con ellas su presupuesto mensual para medicamentos).
Gracias Ma!

domingo, 21 de junio de 2009

SUEGRITAS QUERIDAS



Dedicado a la nuera de una auténtica “zorrosuegra” (término acuñado por ella misma)

Las suegras vienen con los hijos no huérfanos de los novios que supimos conseguir con ardoroso esfuerzo. Mientras salimos con ellos y no se vislumbra un proyecto matrimonial en el amoroso porvenir de la parejita en cuestión, estas señoras suelen permanecer en un estado de latencia que no nos despierta ninguna sospecha. Hasta llegan a parecernos encantadoras, encantadoras como una cobra que todavía no ha asomado la cabeza del canasto (y no es porque no hayamos tocado la flauta lo suficiente, créanme). El tiempo de noviazgo debería alertarnos porque pocas suegras pueden mantener el personaje de tiernas mamitas conciliadoras y protectoras. Algunas muestran los dientes como el perro al que le estás por afanar el hueso, ante la detección de una caricia (de sus hijos hacia nosotras) o un proyecto de paseo que no las incluye. Pero la mayoría guarda cierta compostura porque de boludas no tienen un pelo y se percatan enseguidita de que el nene se alejará del hogar materno si la novia se les monta en un huevo. Algunas llegarán al extremo de pasarse de mambo y deshacerse en atenciones y regalos con la secreta esperanza de que el hijo pródigo se de cuenta a tiempo que es mejor estar solito que mal acompañado (y si es en casa de mamita mucho mejor).
El problema arrecia cuando se enteran de que la nenita inofensiva, que saltaba de la silla para secarle los platos o simplemente sentarse el domingo entero a mirar películas del año del pedo haciéndoles compañía mientras el hijo “descansaba”; se convertirá en la nuera encargada de alimentar y vestir al que hasta ayer era “el amor de sus vidas”.
Cuando se habla de guerra fría, deberían referirse a este tipo de reyertas que se dan lugar entre suegras y nueras. Hago esta distinción porque la relación entre suegras y yernos suele ser mucho más frontal y encarnizada.
La cosa comienza despacito y mucho antes de que la nuera tenga registro de que está siendo objeto de una campaña de desprestigio que tiene por objeto dejarla como una inservible incapaz de llevar adelante un hogar (y mucho menos criar a la prole que las sucederá). Como en una obertura de Verdi, la tensión y la magnitud de los conflictos van “in crescendo”, sumando roces y disputas de la misma manera que se agregan trompetas y violines al final de la partitura.

Ojo, como toda regla, hay excepciones que la confirman (algunas son rescatables, hasta amigables me animaría a decir). Pero a la gran mayoría les cabe el término creado por mi entrañable amiguita madrileña: “zorrosuegra”. Ella supo tener un ejemplar digno de llevar ese nombre, por eso, he aquí una lista para detectar a estas señoras (lista que ha sido alimentada por las anécdotas de todas mis amigas que tienen o tuvieron el placer de padecerlas):

COMO DETECTAR A UNA ZORROSUEGRA

Te hace regalos espantosos para tus cumpleaños y navidades tales como: pijamas anti-sexo de franela color gris (pero muy calentitos), impenetrables, cerrados hasta el cuello; pantuflas de las que usan las ancianas en los geriátricos (pero anti-deslizables, Dios no permita que te caigas de culo y te fractures la cadera por culpa de un taquito más sexy); chocolates (que son para él porque vos estás a dieta, y si te los comés mejor, porque engordás y te ponés fea); el collar de porotos pintados del cual se desprenderá con mucho dolor ya que es recuerdo de su viaje a México en el año 1967 (la mitad de los porotos tienen moho pero se supone que lo guardes con mucho ahínco); pantuflas otra vez porque se le olvidó que ya te regaló unas igualitas para la última Navidad (y encima es consecuente con su horroroso gusto: o de toallita color rosita bebé o escocesas color verde loro con moño de raso incluido); bombachas…bah, adminículos dignos de ser usados para construír un ala delta, gigantescos pedazos de algodón color carne que tapan hasta el ombligo pero de marrrca ehhhhh!; la consabida y jamás usada plancha a vapor con la que le estamparías los agujeritos en el cachete izquierdo; la frutera que perteneció a sus abuelas y que te encomiendan con una mueca de dolor esperando que el cristal jamás sufra una fractura (con lo cual terminarás envolviéndola en papel de diario y archivándola en el fondo del placard…veinte años más tarde la dejarás caer con alegría al piso…pero a esas alturas la batalla estará casi ganada…por ellas); un costurero completito para que puedas zurcir las medias y hacer los dobladillos (este es un auto regalo encubierto ya que lo usarán todos los fines de semana para hacer la costura de la casa ya que una es incapaz de dar una puntada decente); camisetas (y dale con el frío); colonias y talcos para que te empolves bien la derriere (así el nene no la encuentra); ollas y sartenes para que lo alimentes bien ya que está un poco desmejorado desde que se casó con vos (en realidad no faltó comida, más bien sobró ejercicio pero la señora no puede pensar en eso o sucumbe a un ataque de celos y taquicardia); un rosario bendito que espera, te colme de dicha (si es que rezás las veinticinco novenas que vienen en el paquete o quién sabe las barbaridades a las que estarás expuesta; el cordón umbilical de sus retoños, envueltito en papel de seda (algunas hasta llegan a regalar sus cálculos biliares o renales); el salero y pimentero con forma de conejito con corazoncitos pintados que vas a esconder de tus visitas porque te da vergüenza ajena; bufandas gigantes de colores horribles, tejidas con lana que pica (supongo que esperan que te ahorques vos misma tratando de arrancártelas para rascarte el cuello); libros de cocina (afrodisíaca never), libros de jardinería, manuales para amas de casa novatas, los Santos Evangelios y “Platero y SHO” (que ya leíste en la Secundaria pero ella no te creyó). Lo más llamativo es la diferencia que hacen con sus propias hijas mujeres, porque abiertamente verbalizan que te adoran y te han adoptado en sus familias como una hija más, sin embargo vos ligás la exprimidora de jugo (manual) y tu cuñada un conjunto de lingerie que te deja boquiabierta. No te engañes, no sos la hija y jamás lo serás.

Otro elemento infalible a la hora de detectarlas es la total ineptitud para destetar a sus cachorros. Adoran ser las que salvan las papas del fuego cuando el crío se les ahoga en un mar de deudas, se enferma, se deprime o no sabe cómo hacer para resolver el problema de plomería que lo aqueja. Entonces se auto convocarán para dar una manito, asegurándose la deuda moral y la posterior culpa (en el caso de que decidas devolverle alguna facturita pendiente). Poco a poco se irán haciendo cargo del hogar de sus hijos, cocinando el pucherito para el nietito, pidiendo la llave del edificio para que la nuerita no baje con los puntos de la cesárea a abrir la puertita (¿no sería mejor quedarse en casita para no molestar?). Es así como allanarán tu hogar con una legión de personas (entre ellos los varones de tu familia política), sin tocar el timbre cosa de encontrarte en paños menores intentando embocar el pezón en la boca de un bebé que no para de berrear. Con una sonrisa ancha te llenarán la heladera con la comidita que le gusta al nene (cosa que no lo descuides mientras atendés al nieto, como si el tipo fuera a morir de inanición porque no pudo levantar el tubo para pedirle una pizza al delivery). Por supuesto, te llenará de consejos que no has pedido y que van en contra de lo que te dicen el sentido común y el Pediatra (inducir el movimiento intestinal del bebé insertándole el tallo del perejil en el ano, por ejemplo). Como Yoda en “Star Wars”, se sentarán en la cabecera de la mesa a contar las peripecias de su propia maternidad y a entregar perlas de sabiduría ancestral tales como “ellos (los bebés), mucho más inteligentes crecerán si la Enciclopedia Británica, al borde de la cuna leerás”. Nunca un juguete por el placer de jugar, todo didáctico y con un propósito bien definido: “este juguete ha sido diseñado para que el bebé ejercite (y se desespere) los piecitos intentando alcanzar las figuritas que penden del trapecio (ver foto)”.

La cualidad que te pone del tomate es esa falsa premisa “lo hago para ayudarte”. La ayuda nunca es gratis y el costo es altísimo. Si te planchan vendrán con cátedra de planchado y powerpoint incluído. Jamás entenderán por que el nieto prefiere la remera medio arrugada pero el adhesivo con la lengua Stone intacto y, si se te ocurriera deslizar el comentario, se ofenderán al punto de sentarse a mirar la televisión apagada hasta que llegue el hijo, las vea y se compadezca de ellas. Utilizarán cualquier recurso para provocar lástima (la tuya pero mucho más la del hijo…que tomará represalias con vos invariablemente). Desde arrastrar la patita (aunque después se jueguen 45 minutos de futbol con los nietos) hasta toses, palpitaciones y demás yerbas (las mismas que pela tu vieja y que ya te conocés al dedillo), cosa de clavar el puñal de la culpa en el lugar más oscuro y perverso de tu psiquis. Si te ofrecen podar el jardín, te convertirán el Rosedal en el desierto de Gobi; si te ofrecen limpiar te pulirán los herrajes del baño hasta carcomerles el cromado, cosa que queden como las canillas del Hospital Veterinario (pero limpitas). Abusarán de la lejía y los desinfectantes como el Fluido Manchester que tanto adoran y con el que seguramente se cepillan los callos plantales y los dientes; olores que dejarán impregnados por semanas obligándote a dormir con las ventanas abiertas en pleno invierno. De a poquito y sutilmente irán tomando posesión de la casa, como en el juego del T.E.G.; por más que llenes el comedor de fichas te la encontrarás sentada en tu lugar, sorbiendo té con leche en tu taza preferida y abriéndole la puerta a tus visitas (el juego termina cuando perdés el último bastión, en este caso el dormitorio, al que invariablemente desembarcará en medio de un strip tease disculpándose porque se equivocó de dormitorio).

“Yo moriré feliz el día que mis hijos sean independientes”. Frase mentirosa como pocas, este postulado, este axioma de fe vomitado infinidad de veces en reuniones familiares; es la prueba más irrefutable de que debajo de esa dulce y modosita señora vive una zorrosuegra capaz de tragarte entera y chuparse los huesitos. No hay nada que les joda más que los hijos ya no las necesiten, sobretodo los varones. Se convertirán en proveedoras absolutas de palabras de aliento, consentimiento tácito a todas las conductas del hijo (aunque estas incluyan montar un laboratorio clandestino de cocaína o deprimirse durante cinco años porque no consiguen trabajo como CEO de una Multinacional con sueldo de cinco cifras en dólares). Estarán ahí, con la aspirina en la yema de los dedos, cada vez que al nene le duela la cabeza. Estarán cuando el adorado retoño se queje de cansancio de tanto trabajar y se desplome en un sillón con cara de enfermo terminal, para compadecerse de ellos como si fueran las únicas personas de este planeta que trabajan. Se tornarán imprescindibles para la supervivencia del hogar del hijo; apareciendo religiosamente a arreglar, financiar, sanar, educar, controlar e imponer las reglas de juego; encorvadas, arrastrando los pies para desplazarse, escondidas detrás de un angelical camisón rosa oliendo siempre a lavanda y lejía.

Lo que seguramente desconocen, es que llega cierto punto en el que el producto de su impoluta educación y quien las acredita como madres modelo, se ha convertido en un ser que queremos devolverle para que se lo quede todito: “Felicitaciones querida suegrita, has logrado tu cometido, acá lo tenés de vuelta como el día en que lo viste nacer. Todo tuyo.”

¿Lo positivo de todo esto?. Nosotras, madres de hijos varones, tenemos la obligación moral de romper el paradigma. ¿Se puede?. No sé, se ve que es difícil porque todas tuvieron suegra, sin embargo casi todas se convierten en el modelito que alguna vez padecieron y que supieron despreciar…OMG!!!