miércoles, 12 de noviembre de 2008

La rebelión de las máquinas

DE MOTORES, ELECTRODOMÉSTICOS Y AFINES

No es hasta que a uno le cortan el servicio eléctrico, se le queda el auto en la ruta o la cafetera eléctrica dice “BASTA”; que cae en la cuenta de que nuestras vidas están en manos de cacharros a pila/ corriente alterna o a combustible/kerosene/gasoil, etc.
Es muy común que cuando la odiosa compañía de suministro eléctrico decide bajar la tecla y mandarnos de una soberana patada al siglo XVIII; nuestras psiquis se bloquean como las de los pacientes psiquiátricos que acaban de recibir un electroshock (bueno, a lo mejor un shock químico porque estamos sin luz). Nos descubrimos deambulando por la casa, babeando en pyjama sin saber cómo hacer para calentar una taza de café o entablar una conversación que no tenga a la tele como tercer interlocutor. ¿Cómo se hacía café antes de la cafetera eléctrica?. ¿Cómo se escribía una carta antes del Word?. ¿Cómo se hacían amistades antes del Messenger?. ¿Cómo se lavaba la ropa sin el adorado Whirlpool?. Nadie lo sabe, y los pocos que tienen registro de esa época están al borde de la extinción o ya no se acuerdan, porque han sido alcanzados por el Dr. Alzheimer. Creo que tendríamos que escribir un libro con instrucciones para dejar a las nuevas generaciones, en caso de que los transformadores eléctricos dejen de funcionar o se acaben los combustibles para siempre. ¿Y si ocurre un holocausto y no podemos poner un capítulo de la Familia Ingalls para saber cómo Charles convierte semillas en una planta que después se pisa y larga harina con la que Caroline hace pan?. Habría que implementar en los colegios, clases del siglo anterior a la energía eléctrica, para que la gente aprenda a sobrevivir sin aparatos que se enchufan. Como escribir, como archivar sin apretar un botón, cómo hervir un huevo con cáscara adentro de un cacharro sobre un fueguito hecho a lo “Expedición Robinson”. En fin, clases de supervivencia.
El tema está en que no todos los aparatos tienen el mismo ranking de fama y generan la misma desesperación cuando fenecen ante nuestra incrédula mirada. Hay algunos que hemos de extrañar, otros que salimos corriendo a reemplazar y algunos que estamos deseando exploten ante la próxima zarpada de tensión de la compañía eléctrica.

El ranking de nuestros cacharros más y menos preciados

La heladera

Es indispensable. Se puede reemplazar por la de playa con una bolsa de cubitos de hielo diaria. Quizás hasta sea más barato, pero no hay como una heladera llena de cerveza helada en verano y un freezer lleno de comida elaborada para mantener la panza llena y el corazón contento. Convengamos que en el top ten de electrodomésticos, la heladera se lleva la cucarda de oro.

El lavarropas

Este guacho logra que se te escapen un par de lagrimones cuando el técnico te mira con cara funesta, meneando la cabeza de lado a lado para informarte que el bienamado aparatito ha pasado a mejor vida. Si pudieras cagarlo a patadas lo harías pero la pena te domina, así que terminás puteando al técnico que no quiso salvarle la vida. Recordarás aquellos gratos momentos en los que te sentabas a mirar la ropa de color por el ojo de buey del otrora impoluto mamotreto cromado con teclas que parecían ojos enamorados. Si le habrás zampado besos en la chapa caliente cuando amenazaba con pegarse unas vueltas por el lavadero porque estaba mal balanceado y parecía que se descuajeringaba dejándote la carga entera sin centrifugar. Ese que te dio tantas alegrías, amenazando con fundirse cuando le embutiste el cortinado del living y dos acolchados, a pesar de que el manual de instrucciones decía expresamente que no se podía sobrepasar los cinco kilos, pero que te devolvía las cortinas (chorreando pero limpitas). Ese que se aguantó las monedas, las tiras de los corpiños, los papeles de caramelos…cuando no un par de juguetitos de los huevos Kinder. Ese al que nunca le limpiaste el filtro hasta que ya fue demasiado tarde y se ahogó en sus propias pelusas enjabonadas. Ese es el que no podés dejar de reemplazar cuando tira la toalla y se planta en un estrepitoso knock out técnico. Así que el amor dura lo que dura el viaje a la Tienda de electrodomésticos más cercana (si el bolsillo te lo permite), donde volverás a enamorarte de una máquina mejor, con más botones, un tambor cromado y reluciente como un espejo, más lucecitas para mirarlo a los ojos y le susurrarás a la recámara del enjuague “Te amo”.

El microondas

Convengamos en que todo el mundo lo usa para calentar y recalentar. A lo sumo, cocinar una rodaja de zapallo o hervir una hamburguesa que queda mustia como una alpargata gris. Algunos meten una salchicha para verla explotar, otros quieren meter al hámster para ver qué pasa y otros meten un huevo con cáscara o un plato con borde metálico para descubrir que el huevo enchastra la puerta y el metal le saca chispas. ¿Se puede sobrevivir sin micro?. No, es indispensable para calentar. Porque ya nadie se acuerda como calentar sin él. ¿Cómo se llamaba eso…baño maría?. Nadie conserva los jarritos para calentar sobre la llama de la vieja cocina a gas. Pero tampoco es que uno se muere si no lo tiene. No va corriendo a reemplazarlo. Lo más probable es que esperemos a ganarnos uno con los puntos de la tarjeta de crédito o en la rifa de Navidad de la Carnicería. Pero no desfalleceremos sin él.

La televisión

Este sí es el oxígeno que alimenta nuestras almas. Sin él no somos nada. Lo prendemos apenas nos levantamos y lo apagamos con el último suspiro antes de dormirnos. Si amenaza con capotar somos capaces de prenderle una vela a un Santo, hacer una promesa a la Vírgen más regalona, improvisar una macumba a su alrededor, frotarlo con ajo y hasta darle caricias en el panel de los controles. Si la máquina infernal decide ponerle fin a su electrónica existencia es muy probable que nos troquelemos las venas con el mismo sacacorchos con que abriremos la botella que usaremos para emborracharnos de pura tristeza. Putearemos en todos los idiomas conocidos y cuatro lenguas muertas, encomendaremos nuestras almas al diablo mientras nos acordamos que hoy comenzaba la temporadaza nueva de nuestra serie predilecta. Y terminaremos endeudándonos por los próximos cinco años para reemplazarla.

La plancha

Elemento poco querido si los hay, este electrodoméstico no será despedido con honores el día que su resistencia pierda la batalla contra los salvajes embates del amperaje. Nadie se va a calentar si ella ya no calienta como antes. Será depositada en el fondo de un placard junto con una bolsa de naftalina, una lata de cera Suiza, doscientas bolsas de supermercado hechas bollitos, un pomo de lustrametales seco y dos cajas de veneno para hormigas vencido. Puede que en la próxima mudanza alguien la descubra y la revolee al tacho de basura más cercano. Demás está decir que no será reemplazada de inmediato ya que la dueña de casa preferirá estirar la ropa doblándola prolijamente con la mano y sentándose encima para terminar de alisarla bajo el calor de su propio culo.

La cafetera eléctrica

Esta no es indispensable pero cuando se caga te jode la vida. Porque descubrís que no tenés filtros de papel, que no sabes dónde carajo metiste el embudo para los filtros (al que no ves desde la última mudanza en el año 1996) y porque sabés positivamente que naciste con el gen que reza “romperás compulsivamente las jarras de vidrio para café”. Así que como jarra no tenés, saldrás a comprar eso, y el embudo, y los filtros,…obvio que vas a comprar otra cafetera con cable y botoncitos. Tres en uno. Voilá!.

La computadora

En este milenio, si se te rompe la compu estás en el horno. Dios no lo permita. Te quedás de un saque sin amigos, sin enciclopedia, sin tu dosis diaria de piratería, sin noticias, sin recetas de cocina, sin Google earth, sin correo, sin pagar las cuentas (porque ahora ni los cajeros automáticos de los bancos te dejan hacer transacciones), sin música para el mp3, sin juegos en red, sin chat, sin foros, sin información sobre los hábitos alimentarios de la suricata (que tu hijo debe investigar para el colegio), sin información bancaria; ciega, sorda y muda. Claro que se soluciona con un Cyber, pero no es lo mismo pelotudear en camisón chateando con seis desconocidos en el living de tu casa que ante la mirada inquisidora de la caterva de mocosos que mueren por ver lo que estás haciendo mientras te tragás la risa de lujuria.

La impresora y la fotocopiadora en el trabajo

Máquinas infernales si las hay, ambas te pueden complicar la existencia y sacarte de quicio al punto tal de descubrirte dándole patadas a un bodoque de plástico cuyo display te sonríe mientras te muestra la leyenda “J3 atasco de papel”, aunque en realidad, en idioma electrodoméstico quiere decir “te jodí tres veces y me tragué el papel”. Lo más probable es que le abras las veinticuatro compuertas en busca del pedazo de papel que la muy turra se tragó mientras te quemás con el cilindro y quedás como Whoopi Goldberg por culpa de la nube de toner, que se diseminó como la de Chernobyl, cuando removiste el tanque. La impresora, como es alemana, te habla en alemán. Así que no entendés ni por puta lo que la desgraciada tiene. Es como un bebé al que le revisaste los pañales, le diste de comer y le sacaste los gases pero sigue llorando como un marrano. A esta le miraste la bandeja 1 y te aseguraste de que tiene papel, hiciste lo propio con la bandeja 2, le cancelaste los trabajos previos, la reiniciaste y la hija de su madre te sigue insultando en perfecto alemán “ich bin kaput”. Si sos normal te sentaras a llamar al técnico, si te agarran con la mecha corta es muy probable que le asestes una docena de golpes con la abrochadora o el cesto de papeles. Cuestión que ambas máquinas decidieron joderte la vida rebelándose y lo consiguieron.

El auto

El auto es una caja de Pandora. Un día está bien y al día siguiente está en coma farmacológico porque el boludo de la estación de servicio le cargó nafta y es gasolero. Cuando no se le prende la luz del aceite, se te acaba el agua del sapo o se te empasta la bujía o se te ensucia el carburador o simplemente se te planta porque se declara en paro y a joderse. Este cuesta reponerlo así que lo tratarás con cariño buscando el mecánico que opere el milagro por dos mangos con cincuenta (que es lo que te queda para llegar a fin de mes). Así que comerás arroz con manteca o le venderás un riñón al traficante de órganos más cercano para reemplazarle la batería o cambiar la correa de distribución.

Máquinas, cacharros, robots domésticos que nos tienen de rehenes desde que los sacamos de sus hermosas cajas y aplastamos con orgullo el papel envoltorio con globitos que los contenían; porqué no se van todos un poquito a la mierda?

lunes, 10 de noviembre de 2008

Shakespeare era un genio



HOY VA DE ENVIDIOSOS, RESENTIDOS Y CELOSOS

Desde que uno pisa el arenero del Jardín de Infantes, inmediatamente cae en la cuenta de que existen seres para los que uno no es indiferente, muy por el contrario, uno ha desembarcado ahí lisa y llanamente para escupirles el asado. Los que son inmunes a estos sentimientos tan humanos y tan despreciables, suelen acercarse al nuevo alumnito con sano interés. Le preguntarán su nombre, a qué salita va y los más osados lo integraran rápidamente al trencito imaginario que están armando. Pero otro grupete se aglutinará en una esquina a sacar tomografías computadas de este nuevo elemento para informarse sobre la clase de novedosa amenaza que representa. Que si tiene una mochila super guau de Bob Esponja o si las zapatillas son lo más de lo más porque tienen luces o se ha ganado en menos de cinco minutos la simpatía de las maestras y un par de compañeritos de pre-escolar.
A medida que uno avanza en la escalinata educativa, comienza a convivir en diferentes ámbitos con gente de esta calaña. Proyectitos de Otelo, de Iago o Claudio el tío de Hamlet; futuros resentidos que no cejarán en su lucha de desparramar veneno cuando sienten que el otro tiene algo que a ellos les falta. En lugar de invertir su tiempo elucubrando marañas de estrategias para hacer caer al otro, lo ideal sería que gastaran sus neuronas tratando de adquirir eso que tanto ansían. Es así como se sientan a bajar de un hondazo a los triunfadores, depreciando todo lo que los otroa han conseguido con el fruto de sus esfuerzos. La proactividad no es una característica de estos personajes verdes, muy por el contrario, se sientan en sus hamacas paraguayas a denostar los logros del vecino que ha logrado cambiar el auto, construir una habitación nueva y encima le sobraron unos mangos para hacer un asado para cuarenta invitados. Si fulanito se compró el plasma, seguramente fue porque se quedó con un vuelto (no porque hizo horas extras o se rompió el culo durante todo el año o simplemente tiene más neuronas para los negocios). Aparte para qué lo quiere, si no le entra en el living o casi nunca está porque viaja todo el tiempo. Si menganita tiene cartera y zapatos nuevos lo más probable es que se esté comiendo a alguien que no es el marido, o bien es el marido que se los regaló en un arranque de culpa porque se está comiendo a la secretaria. Si ganó el torneo de tenis, seguramente es porque donó guita a los sponsors para asegurarse un lugar en los primeros puestos porque si hay algo que no tiene, es talento para el deporte. Si se va de viaje, es totalmente al pedo. ¿Para qué va a Nueva York por tercera vez si ya vio todo lo que había para ver?. Y Disney se lo sabe de memoria, mejor se queda en casa ocupándose de sus mascotas (las de carne y hueso que bien rompen las bolas), porque ratones Mickey de peluche ya compró como para exportar. Que se dedique a la familia, que bien abandonada la tiene el resto del año porque es un adicto al trabajo; eso no se arregla con un viajecito a Wonderland (ni eso ni su affaire con la vecinita del 10°”A”). Lo peor del caso es que estas percepciones no se quedan viviendo en el mundo de la suposición ni son filtradas por el tamiz del sentido común. Generalmente inician una cadena de rumores donde cada suposición se convierte en una verdad absoluta hasta que esa verdad entra en el oído de la víctima, como el veneno que Claudio desparrama en la oreja del papá de Hamlet.
Por eso Shakespeare era un genio. Nadie como él para delinear en papel las más crudas y básicas emociones humanas. Sus personajes especulan, aman, odian, celan, envidian, enloquecen, matan, lastiman, sufren, se decepcionan, traicionan, lloran como todos nosotros.
Hay personas que piensan que sus obras son una exageración, o simplemente posibles en la época en que el escritor vivió; sin embargo basta con leer un diario para darse cuenta de que sus personajes andan sueltos por todas partes. Otelos asesinando esposas se pueden contar de a uno por semana. Ofelias enloqueciendo, otro tanto (si no entren a una Peluquería femenina o a un gimnasio a las diez de la mañana y verán que es totalmente cierto). Desdémonas golpeadas, Yagos rosqueando en política, Casios entrampados en los laburos y Heros desdeñadas por un vil rumor.
Shakespeare se dedicó a mirar y escuchar, no cabe la menor duda. Y si uno hace hoy el mismo ejercicio caerá en la cuenta de que el mundo que nos rodea está plagado de personajes que están dispuestos a hacer las mismas cosas que los personajes de William; por un cacho de fama, dinero, amor o simplemente por pura envidia (de la mala).

De todas formas, no creo que debamos meter a todos los gatos en la misma bolsa. Hay categorías bien definidas.

EL ENVIDIOSO (visualizar un Yago o un Claudio)

Estos son los más peligrosos de todos. Su hábitat natural son las familias que les dieron vida, los hogares que los albergan y los trabajos que les dan de comer.
Son bichos que se revuelcan en su propia bilis si se enteran que su compañerito fue promovido, su hermano se ganó un Bingo o su cuñado cambió el auto por una 4x4 importada. No pueden alegrarse con los triunfos ajenos. No toleran ver, así que esquivan compromisos sociales donde saben que se codearán con el suegro millonario de la hermana o el Gerente de Marketing que se fue un mes a Europa (y lleva las putas fotos en el iphone…EL IPHONE!!!). Mejor es el calor del hogar que los abriga como un colchón de paja a los huevos del ofidio más mortífero; porque saben que si van al cumpleaños de la sobrina tendrán que ver con sus propios ojos el caserón del hermano, el auto del hermano, las fotos de los viajes del hermano, el DVD blue ray del hermano, la pileta climatizada del hermano, la súper tuneada cónyuge del hermano y el cuatriciclo del hermano (al pedo, ya no tiene edad para hacerse el boludo con ese chiche…a lo mejor si adelgazara unos quince kilos…pero ni ahí!). Hacen bien en elegir no ver, se preservan y le ahorran al titular de tanta algarabía la montaña de mala onda que recibirán (cuando no algo contundente y muy mundano como una carta documento por el juicio del departamentito de la finada abuela o un par de piñas en Navidad).
En el trabajo son capaces de cualquier cosa para escalar, desde desaparecer documentación ultra importante hasta llenarle la cabeza todos los días al Jefe con conjeturas y mentiras sutiles que irán enfermando el cerebro del susodicho logrando que despida a fulanita o cargue las tintas con menganito (que todavía no puede relacionar su despido con el bronceado adquirido la semanita anterior esquiando en Las Leñas).
Generalmente se mueven como Randall (el bicho de Monsters Inc.), zigzagueando por los pasillos sin hacer ruidito, escuchando y radiografiando todo. Tienen un oído tísico que les permite escuchar hasta los susurros de sus compañeros en el baño. Espían detrás de las puertas, a través de las persianas americanas o ponen cara de estar en otra cosa cuando realmente están enfrascados en la conversación del box de enfrente. Usan la data pero se toman su tiempo. La desarman y la vuelven a armar a su conveniencia. Tejen redes y esperan como las arañas, a que el incauto caiga y se seque, a sus pies. Generalmente se acercan a los puestos de poder con zapatillitas de baile, suaves, corteses y elegantes. Siempre se ofrecen para ayudar poniendo cara de compungidos cuando se enteran de que López está muy enfermo aunque por adentro sonríen como tiburones porque López había llegado a Gerente antes que ellos y con menos antigüedad. Parece que se deshacen en falsos cumplidos y halagos pero los mismos son parte de un ritual estratégico para acercarse a quien convenga a la hora de desarrollar un macabro plan para conseguir alguna cosita con el mínimo esfuerzo posible.
Las mujeres envidiosas son tanto o más peligrosas. Si no tienen algo que hacer como un trabajo o estudio, ocuparán su día fisgoneando a la vecina, a la cuñada o al hermano.
Diseminaran rumores sobre la que juran es su mejor amiga, pero que les ha enterrado un puñal en el cuore cuando les informo que se iba a Miami a comprar ropa para la próxima temporada. Cualquier cosa la enferma de envidia. Que fulana tenga guita para hacerse las gomas, que mengana tenga mucama con cama, que la de enfrente haya adelgazado diez kilos o que la de la otra cuadra haya amanecido con un ejército de mariachis en la ventana (regalo de cumpleaños del marido). Sinceramente no lo soportan, así que se aislarán de los eventos sociales o irán armadas con un discursito sin fin que repetirán como muñequitas a piolín, atiborrado de mentiras, para demostrarle al resto que sus vidas son perfectas. Que están felices de no tener mucama para no ver invadida su intimidad, que no quieren viajar para no dejar a los críos solos, que ya no se puede comprar ropa porque es todo horrible, que están en contra de la cirugía plástica porque los anestesistas son unos matasanos de terror y aparte ellas se aceptan tal cual son y que sus maridos no paran de corretearlas por ahí (para cagarlas a pedo por la colosal cuenta de supermercado, dicho sea de paso). Entonces dedicarán su vida a armar un personaje ideal, falso y grotesco al mismo tiempo que descabezan fulanas. Que esta tiene la lipo mal hecha, que aquella tiene patas de gallo, que Marta está insatisfecha, que María no le dedica tiempo a sus hijos, que Lidia no está nunca en la casa, y que la del lote 77 tiene fama de petera (como si la hubieran visto in situ).

EL RESENTIDO (visualizar un Rodrigo, el cómplice de Yago)

El resentido es una versión Light del envidioso. Le jode todo lo que tienen los demás. Le molesta que los demás tengan tanto. “Ojalá venga un gobierno bien zurdo que acabe con todos estos oligarcas que viven oprimiendo al proletariado y explotando a sus empleados”, rezongan. “¿Cómo pueden vivir detrás de esa barrera, a todo lujo, cuando en la vereda de enfrente la gente se caga de hambre, eh, EH?”. Sinceramente no lo soportan pero se quedan en la protesta. No van a la acción. Le encontrarán el pelo al huevo, esa 4X4 es una reverenda porquería porque se queda en el barro o el motor es muy chico. La casa del vecino quedó horrible pintada de rosa viejo (eso y los 300 mts. 2 construidos que joden como la puta madre). La mujer del hermano está más buena que una pizza de muzzarella pero es un gato de décima y se viste para el orto. La pileta del tipo de enfrente es una pedorrada, le quedó chica y está mal construida (seguro se le raja en el primer verano).
La resentida también encontrará defectos a las siliconas en las tetas de las amigas, pelos encarnados, dientes torcidos, extensiones capilares mal pegadas, cercos mal podados, y hasta la falsa réplica de la cartera Hérmes de su cuñada. Si la invitan a comer dirá que el pollo estaba crudo, el pescado tenía gusto fuerte, la mayonesa no era casera y el vino estaba picado. Que es un atraso hacer usar uniforme a la mucama “¿esta no se enteró que en 1813 se abolió la esclavitud?”. Con su mejor sonrisa plástico-mentirosa alabará el mobiliario nuevo preguntándose interiormente si habrá saldado la cuenta en la Escuela de los chicos porque hasta hace dos años le llovían las cartas reclamando la deuda. Probablemente vuelva a su casa con la firme decisión de no volver a esa casa argumentando ideas políticas diferentes o porque está en desacuerdo con la práctica del bonsai, la cuestión es no volver a sufrir.

LOS CELOSOS (visualizar un Othello)

Los celosos ven fantasmas donde no existen. Carecen de autoestima creyéndose demasiado poca cosa para merecer el cariño de quienes los rodean. Comienza en la infancia, cuando los padres cometen injusticias sin querer, regalándole en Navidad el camión de bomberos a un hermano y el rompecabezas al otro que no puede entender porqué le tocó en suerte esa porquería de cartón cuando el camión con luces es todo con lo que él había soñado. Esta discriminación sin precedentes, que viene de alguien tan ecuánime e importante como Santa Claus le asesta el peor y primer golpe al pobre infeliz que se quedará pensando qué fue lo que hizo o dejó de hacer para merecer esto. Luego de mandar a Santa a meterse las piezas del puto rompecabezas por donde no calienta el sol, comenzará a andar un camino donde siempre será la sombra del hermano glorioso que obtiene todo lo que desea. Probablemente sea él mismo quien forje su propio destino y comience a caer en el Colegio mientras su hermano sube ganando los Juegos Nacionales de ajedrez, la copa de golf intercountries, yendo de la manito de la mejor minita del colegio en los recreos, sacándose diez en todas las materias sin abrir un mísero libro y saliendo en la tapa del Diario escolar como la personalidad del mes porque es el cantante de la Banda de Rock que tocó en el Festival Escolar para recaudar fondos para los niños carenciados de Corrientes. De ahí en más su hermano lo celará de por vida. Celará su carrera, su trabajo, sus novias, su familia y todo lo que el otro pobre santo se autogestione fruto de su esfuerzo más que de su talento innato (cosa que el hermano celoso cree, por eso ni se le cruza intentarlo, como si los genes tuvieran algo que ver con sus fracasos).
Los esposos y esposas celosas vivirán el mismo calvario, siguiendo a sus parejas, revisando su correo, oliendo sus ropas, escuchando sus conversaciones telefónicas y elucubrando retorcidos planes para poder arribar a la conclusión de que tienen razón y su cónyuge anda en algo raro. No se les ocurre que su esposa está armando una fiesta sorpresa de cumpleaños para ellos, o que si está metiendo la pata es porque no son lo suficientemente buenas para estar al lado de ellos. Porque siempre piensan que valen menos, que no merecen lo que tienen. En lugar de pensar que algún o alguna incauta le hacen el favor de llevarse el pastelito que han venido aguantando por años, se desgarran las vestiduras auto examinando su proceder para ver dónde han fallado porque los celos son más poderosos y el amor propio cada vez más microscópico.

Por eso, para quien no haya leído nunca una obra de Shakespeare, recomiendo seriamente, ya que sus escritos los ayudarán a decodificar el teatro cotidiano de la vida y a entender a ciertos personajes que nos rodean (algunos de cuidado).

Y por último, gracias abuela Vicenta por regalarme el primer ejemplar de Otelo que cayó en mis manos, en Mar del Plata, un verano de mil novecientos setenta y pico…(y por la amorosa dedicatoria).


"Bolero de los celos" de Les Luthiers, una joyita para la ocasión


miércoles, 5 de noviembre de 2008

Noticieros de cuarta



Las cosas de los noticieros que me ponen de la peluca

El que no recibe el diario, no consulta las noticias por Internet o no se agencia un par de periódicos matutinos en un bar; tiene que morir como yo en los noticieros de la tele.
Cada uno y a su particular manera y estilo; se encargan cada mañana y cada noche de atentar contra mi algarabía (la cual es francamente indestructible). No es que yo tenga poca paciencia, creo que más bien son ellos, los que hacen los noticieros; los que me hacen saltar la térmica por una serie de razones que ya paso a detallar (y que nada tienen que ver con la noticia en sí, obviamente).

El anticipo.

Odio el anticipo. Lo odio porque se pasan una hora hablando de lo que vamos a ver pero no nos muestran nada. Venden la noticia como si fuera un culebrón colombiano “Ya les mostramos lo que dijo Antonini Wilson” (debería haber escrito culebrón venezolano, pero eso es para otra columna). El tema es que venden y anuncian pero para cuando se decidan a desarrollar la noticia yo ya perdí el interés, me fui a trabajar o me quedé dormida (dependiendo del momento del día). Puros títulos, puros carteles, puro esqueleto sin contenido. Y después te ponen la nota de las bondades de la vitamina B12 o el perro que hace skateboard en Ohio.

El tonito de algunos periodistas

El tono de urgencia que luego se corta para gastar al del pronóstico porque ayer la pifió y llovieron teresos de punta. El tono de falsa seriedad porque cuando se van a la pausa dejan el micrófono abierto y tras la noticia de un triple homicidio se los escucha discutir la esponjosidad de las medialunas que les sirvieron en el desayuno. El cantito que usan otros para leer los títulos, que se pierde vertiginosamente cuando los títulos van más rápido que sus cadencias amarillistas y se quedan leyendo lo del transplante de hígado sobre una placa de la Selección y su viaje a Escocia (lo que conlleva a que nosotros pensemos que Messi necesita un urgente transplante, Maradona sería el donante y Bilardo el cirujano).

La lección de civismo

Ningún periodista que ostente con orgullo su carnet habilitante como tal, podrá esquivar la cátedra de Educación Cívica luego de leer una noticia sobre política o una policial. Con el ceño fruncido, el pecho inflado como una paloma mensajera y la mirada fija en la cámara (o sea NOS); este ícono de la rectitud, la moral y las buenas costumbres nos beneficiará con una portentosa filípica sobre lo que debemos y no deberíamos hacer (como si uno fuera un pavote inconsciente huérfano y analfabeto merecedor de unos cuantos chirlos en el glúteo izquierdo porque la delincuencia sube y uno qué hizo AH…QUÉ QUÉ).
No los soporto, ni las soporto…porque hay algunas que tienen a la maestra ciruela presta a emerger ante cualquier noticia que le de pie para una clase super didáctica con power point incluído.

Los que piensan que la noticia son ellos

Tanto cronistas, como noteros y periodistas están convencidos que la noticia se trata de ellos. Entonces opinarán sobre lo que les pasó a ellos (algo muy similar a lo que le pasó a la señora del móvil que no tiene puta idea de quién le está hablando por la cucaracha y lo único que quiere es que alguien la ayude a reconstruír su casilla que se acaba de incendiar hasta los cimientos). Son los que preguntan cosas para brillar más que para informar, interrumpiendo al protagonista porque sus cerebritos privilegiados van más rápido de lo que va el entrevistado (aparte han perdido completamente, la capacidad de escuchar). Son los típicos que cuando los asaltan o los chocan convierten la noticia en titular y cuestión de estado. Abundan en los noticieros donde se dedican a mandarle saluditos a la abuela, a contar lo que comieron la noche anterior mientras uno desespera por conocer el pronóstico para saber si salir o no con piloto y paraguas. También son los que se pavonean con orgullo mediático mencionando cada dos por tres la cantidad de premios Martín Fierro acumulados o los que asisten a esas entregas de premios y caen en la pelotudez de sermonearnos cuando son galardonados con un discurso digno de la cruza entre Winston Churchill y Gandhi (cara de tango all included).

El maldito pronóstico

Nunca voy a entender porqué lo mezquinan tanto. Sobretodo porque cuando me canso de esperarlo (después de haber escuchado el anticipo unas mil veces en quince minutos), me conecto al Weather Channel y los mando a todos a la recontramierda.
Tampoco entiendo mi adicción a los pronósticos porque se equivocan bastante seguido y porque usan el segmento para cargarse por los resultados del futbol, las preferencias sexuales (todo muy sutil, obviamente) y cualquier otra pavada que les sirva de excusa para relajar antes de contar que una familia entera fue baleada en la puerta de su casa. ¿Cómo volver de la pelotudez total para informar semejante drama?. En primer lugar no deberían haber llegado al punto sin retorno, porque de eso no hay retorno. Lo cual es peor cuando quedan tentados y leen la peor tragedia tragándose las carcajadas.

Los cronistas de futbol

Ya sé que casi todo el país aprecia más una noticia sobre el deporte favorito de los argentinos antes que lo que va a pasar con sus ahorros si las bolsas siguen cayendo o el Ejecutivo saca la ley de estatización de las jubilaciones privadas; pero tampoco la pavada, no me explico la cantidad de tiempo que ocupa la doble rotura de meniscos de Cuchuflito o el casamiento de Cacharrito con la botinera de turno. Analizan cada jugada como si estuviéramos mirando un canal de deportes y generalmente repiten ese gol del domingo hasta el cansancio, después hay una breve mención al tennis…y luego se acabaron los deportes en Argentina (salvo que alguna ignota yudoka se traiga el bronce a casa en las Olimpíadas, en cuyo caso todos son expertos en yudo arghhh!).

El opinólogo super especialista

A estos les chifla el moño, sólo se salvan unos pocos. La mayoría navegan por la delgada línea abstracta de la opinión neutra que no perjudique al canal que les da de comer, al político que les ayuda a terminar la casa en el Country o el diario para el que trabajan cuando no están haciendo el currito delante de cámaras. Algunos no tienen la más pálida idea de lo que dicen, opinan de economía pero jamás en sus vidas se quemaron las pestañas haciendo una carrera…capaz un cursito de dos días en un hotel de lujo que los habilita a hablar sobre variables macroeconómicas con la autoridad con la que yo hablo del mejor lubricante sintético para motores nafteros.
Pero los peores son los que nos regalan su idónea y particular visión sobre tal o cual tema por el simple hecho de vestir un traje Hugo Boss y manejar un BMW. Total, sólo hay que poner cara de “yo la tengo clarísima” y listo.

Los que repreguntan lo recontrarepreguntado

Aquí encontramos a una sarta de cabezas huecas que tienen la primicia de una madre desesperada en línea, que hace unos días busca a su hija desaparecida y abusan de la pregunta incisiva para tenerla más tiempo pegada al auricular sin sensibilizarse por la gravedad de la situación. La pobre mujer acude a un medio público para difundir la foto de su hija y ellos la gastan como escolar a una goma de borrar. La liman duro y parejo, para que no atienda llamados de otros medios y siga conectada repitiendo una y otra vez lo mismo. Ni siquiera el dato de que la señora necesita hacer reposo por su avanzado embarazo los disuade de seguir metiendo el dedo en la llaga. Son de décima. Eso sí, después te darán cátedra de sensibilidad social y te convocarán para participar de la colecta Más por Menos o un Sol para los Niños, pero son hienas insaciables que no se conmueven con nada (salvo que les pase a ellos, obviamente).

Los k-gones

Los noteros de esta especie son los que corren a lo Rambo detrás de la balacera pero en cuanto escuchan un tiro cazan de la solapa a un pendejo que pasaba para convertirlo en un escudo humano. Se enfrentan a la pesada de algún gremio pero ante el menor conflicto se meten el micrófono por donde les entre y salen corriendo con los cantos bien apretaditos. Los miran fijo y se mean, los pechean y se derriten como un helado en verano. Les dicen que NO y dan la razón sin el menor atisbo de duda. Si tienen la suerte de recibir un zamarreo o una bala de goma en una pierna, esperarán el Pulitzer, la Medalla al valor y varios días de notas en todos los canales mostrando el moretoncito multicolor que tanto les duele. Demás está decir que acusarán con el pecho henchido de furia a sus agresores, que primero fueron sus víctimas porque les metieron la cámara en la naríz y el micrófono en el traste; pero eso no cuenta…lo que realmente cuenta es la vil agresión a un periodista (aunque la nota fuera sobre la pelea de las vedettes en el último show de Marce).

Ojo, a no generalizar, algunos se salvan. Son los menos, pero de vez en cuando aparece uno que vale la pena (lástima que nunca duran en el aire).

Merde!

domingo, 2 de noviembre de 2008

Arrebatadores de algarabía



Cuando la vida cotidiana es un suplicio

Uno, que es un ser alegre, evita a toda costa las situaciones donde sabe que alguien lo va a sacar de las casillas. Por eso los alegres nos dedicamos a hacer las compras de supermercado por Internet, a encargar la pizza por teléfono y a pagar los servicios por computadora.
Pero, hay situaciones en las que uno se ve forzado a sacar la cabeza del bunker para alquilar un dvd, comprar un melón maduro o ir al cine; y en esos casos no hay más remedio que poner el monstruo que uno lleva dentro a prueba.

Estos son algunos de los personajes y episodios que suelen derribar mi algarabía cotidiana

Los domingueros

En este grupo viven los especímenes que se calzan el equipo super deportivo para montarse al bote que manejan (probablemente una 4X4 todo terreno con un motor de dos millones de caballos y vidrios polarizados) con el único fin de hacer dos cuadras hasta la carnicería.
Probablemente manejen el poderoso batimóvil a 10 kilómetros por hora ya que van hablando por teléfono con sus parejas tratando de retener todo lo que tienen que comprar. ¿No podrían haberlo anotado en casa y ahorrarnos el paseíto detrás de ellos cual cortejo fúnebre?.
Cuando hacen pie en la carnicería son los que ponen a la mujer en altavoz o bien vociferan todo lo que sus mujeres les dicen para que quien los atienda vaya embolsando el pedido (y para que todos nos enteremos que hoy tiene asado para treinta personas).
A este grupo pertenecen los que se toman el café de la mañanita acaparando todos los diarios del bar debajo de los codos aunque estén mirando la final de Wimbledon en el plasma del local.
También pertenecen a esta elite los que se meten en la fila de 20 unidades del supermercado, con el chango lleno hasta el desborde e invocan cualquier excusa porque no llegan a tiempo para prender el fueguito.
Las mujeres que se prueban veinte lápices de labios en la farmacia que está de turno mientras doce personas esperan para comprar calmantes o antibióticos.
Los tipos que chapean el nombre de algún pez gordo conocido, para entrar antes en la Parrilla que está hasta las manos (como si el resto que espera hace una hora juntando hambre en la antesala, fuera parte del cuadro de Berni “Pan y trabajo”).
Los que están apuradísimos como si tuvieran que depositar un cheque en el banco, cuando en realidad solo tienen que encontrar un lugar para estacionar y comprar el Clarín del domingo.
Las que se te meten delante en la fila de la verdulería, con la excusa de que sólo necesitan una plantita de rúcula y terminan comprando verdura como para forestar el desierto de Gobi.
Los que estacionan en doble fila dejando veinte autos rehenes detrás, para comprarse un paquetito de fasos y después se indignan porque les peinaste el auto para escapar del embudo.
Los que sacan a pasear el perro permitiendo que la bestia que llevan de la correa meta su hocico mojado entre tus piernas o simplemente te haga derrapar de narices en un lío de cuerdas y cadenas peleándose con otro bicho que pasaba.
Las que refunfuñan en la fábrica de pastas porque tienen el número 198 y van por el 4, con lo cual sólo las separan dos horitas de cuatro planchas de ravioles (eso sí…caseritos). ¿Porqué no se van a la mierda en vez de suspirarme en la nuca y farfullar en voz baja improperios al mejor estilo Patán?.
Los que salen de misa y se dedican a los sociales dominicales en el medio de la calle o la avenida cortando el tráfico (como si los dones recibidos en el acto litúrgico les otorgaran inmunidad vial).
Los que se enojan con el panadero porque a las 13.45 hs. se le acabaron las figazzitas de manteca…¿y ahora con qué hago los “sanguchitos de chorizo”?.
Los que son capaces de matar por la última docena de medialunas de manteca o el último ejemplar del diario deportivo.

Los que manejan para el culo

En este Club se encuentran los que jamás usan la luz de giro.
Los que vienen haciendo luces en el carril izquierdo de la ruta, un kilómetro antes, para que te lo vayas sabiendo nomás.
Los que usan las altas compulsivamente porque no ven un burro a dos metros, encandilando a todo el mundo en vez de visitar al oftalmólogo para que les recete un buen par de culos de botella.
Los que te pegan la trompa del auto en el baúl mientras estás rebasando un camión con acoplado, como si estuvieras manejando el auto Fantástico y pudieras levantar vuelo para dejarlos pasar.
Los que van a sesenta por el carril izquierdo.
Los que van a doscientos por el carril derecho.
Los que van hablando por el celular zigzagueando al compás de la discusión.
Los que paran a mirar el accidente entorpeciendo el tráfico.
Los que tocan bocina todo el tiempo (ojalá algún día les incrusten el claxon por el recto a ver si les gusta darle a la bocinita).
Las motos que te aparecen de cualquier lado obligándote a frenar o a hacer maniobras inesperadas para no levantarlos por el aire. Aunque le harías un favor a la humanidad deshaciéndote de media docena…
Los que pretenden pasar de la izquierda a la derecha en un nanosegundo porque súbitamente se acordaron que bajan en este puente.
Los que son dominados por sus máquinas subiéndose a los canteros y llevándose puestas las bicicletas y las motos estacionadas.
Las mujeres que usan el retrovisor para maquillarse, únicamente.
Los que piensan que todas las mujeres manejan mal pero son ellos los que chocaron todos, absolutamente todos los autos que tuvieron desde los dieciocho años.
Los que empiezan la frase así: “Me chocaron”, porque no pueden admitir que hicieron una mala maniobra y se tragaron el volquete.
Los que se creen Fangio pero manejan como Lindsay Lohan.
Los taxistas que van en procesión haciéndote perder quince semáforos antes de poder doblar a la derecha en la esquina.
Los colectiveros que te hacen un fino y te dejan media hora con taquicardia.
Los pendejitos de doce años que en los barrios y countries andan en moto a cien por hora quitándote las ganas de sacar el auto por miedo a tragarte cuatro juntos (lo peor es que ganas no te faltan).

Los reclamos injustos y algunas pequeñas cositas

Recibir facturas erróneas, obligándote a perder dos horas de laburo peleando con una obtusa que repite la misma frase como si fuera un androide.
Cuando una grabación de alguna empresa de servicios te dice que tenés una deuda inexistente, pero serás vos la que tenga que salir a probar lo contrario (otra vez a perder tiempo tratando de razonar con una mononeurona parlante).
Que el colegio de tu hijo te reclame el pago de la matrícula del año que viene porque no encuentra la transferencia que hiciste por Internet aunque le hayas mandado una copia del comprobante, un mail de aviso desde la web del banco y otro mail desde tu casilla. ¿Qué más hace falta, una carta del Marqués de Sade escrita con heces?.
El frasco de mermelada cuyo diseño hace una ligera cuña en el fondo, donde se atasca el dulce, obligándote a enchastrarte los dedos para no desperdiciar las últimas cucharadas.
El dulce que no se adhiere a la tostada, chorreando por todos los costados.
Descubrir que te encajaron seis yogures vencidos y que no vas a hacer veinte kilómetros para devolverlos gastando la diferencia en combustible.
Los que quieren compartir su música con todo el barrio y la ponen a todo volumen a la hora de la siesta.
Los que dan la vuelta del perro seiscientas veces, con la música del auto a todo lo que da y cara de winners totales (incluyendo anteojos negros a las once de la noche).
Descubrir el Tupper de las galletitas abierto, con todo su contenido húmedo e incomible (habría que linchar a los hijos de su madre que no cierran los tuppers).
El helado berreta que viene con pedacitos de hielo.
Las moscas. Especialmente esa turra que se salvó del trapazo y sobrevuela tu cabeza a oscuras cuando el reloj marca las seis horas que faltan para levantarte. Soy capaz de mascar pastillas de Gamexane para matarlas con mi aliento venenoso.
Cuando el lavarropas comienza a hacer ruidos extraños paralizándote el corazón. He llegado al extremo de hablarle y acariciarlo para que se sienta mejor.
Cuando los electrodomésticos te declaran la guerra y comienzan a rebelarse de a uno por semana.
Los que se comen la media milanesa y te dejan el plato vacío en la heladera.
Los que se comen la parte de arriba del flan.
Los que arrebatan las frutillas o los M&M de las tortas.
El hielo del freezer mezclado con migas, jugo de carne y restos mortales de quién sabe qué.
La bicicleta desinflada.
El corcho partido en la botella de vino.

En el trabajo

El que te pide la birome para anotar algo mientras habla por teléfono y jamás te la devuelve.
La fotocopiadora demoníaca, a la que habría que exorcizar; porque se apaga sola, se traga el papel y siempre se queda sin toner cuando más la necesitás.
Las impresoras que se desconfiguran solas y escupen 150 copias de lo mismo avisando en el display que existe un tamaño de papel inesperado.
La gente a la que uno pide ayuda e históricamente te manda a hablar con otra que históricamente hace exactamente lo mismo y así sucesivamente.
Los que te sacan a pasear la abrochadora.
Los que te revuelven los cajones buscando un clip y te saquean las reservas de té y mate cocido.
El que siempre desaparece cuando lo estás buscando.
El que siempre aparece cuando menos lo esperabas.
Los terroríficos mails de desvinculación de la empresa.
El que te habla cuando estás sacando una cuenta.
El miserable que pone para el cumple de Fulano pero no para el de Mengano porque no le gustó como lo miró ayer a la mañana.


Antídoto: Auto transportarse mentalmente a la playa cuyo power point te mandaron cuarenta veces y nunca abriste por falta de tiempo (Bali). Respirar hondo, contar hasta ciento cincuenta mil, tomar un par de vasos de alcohol y/o un blister entero de pastillas de valeriana. Poner una canción linda en el mp3 y mandar a todo el mundo a freír churros.
Eso o recurrir a la “Gran Charles Manson”, cualquier cosa es mejor que dejarse arrebatar la algarabía.






viernes, 31 de octubre de 2008

Adorado retoño




Niños, púberes, adolescentes y jóvenes (Dios nos libre de ellos haciéndolos crecer lo más rápido posible)


Nuestros adoradísimos retoños son el sol que ilumina nuestras vidas. Nuestros tesoritos, nuestros “divinores” más absolutos. Sin embargo, más de una vez les hemos medido la circunferencia del cogote con nuestras propias manos o los hemos corrido a zapatillazo limpio por toda la casa (fracasando con todo éxito). Porque si hay algo que tienen en común todos estos seres que no han alcanzado los 21 años, es la capacidad de rompernos los huevos en forma colosal, desde que se levantan hasta que se acuestan. Son nuestros, los hemos llevado nueve meses en la panza, trasladándonos cual ballena varada de la cocina al baño ladeándonos para no perder el equilibrio…y así nos pagan?. Si alguien pudiera pasarnos un videíto de la clase de vida que vamos a llevar cuando esa cosita sea escupida por nuestros cuerpos como el bicho de Alien, seguramente la población mundial se reduciría a un tercio (por lo bajo). En el momento en que ese ser idolatrado, cuando no idealizado, pone las patas en nuestras vidas; nuestras vidas dejan de ser nuestras y se acabó lo que se daba (léase la paz). No más dormir hasta la hora que uno quiera, no más hacer uso de todas las instalaciones de la casa a gusto y piaccere, no más comer lo que a uno se le canta y a la hora que uno le pinta. El mundo comienza a girar en torno a ellos. Y a medida que pasa el tiempo, el mundo empieza a girar cada vez más rápido; para cuando el pibe tiene catorce años uno ya tiene un mareo padre y ha perdido completamente el norte. Porque estas cosas vienen sin manual de instrucciones, sin escrúpulos, sin registro de que existen otras personas en el mundo comenzando por los padres y porque han sido genéticamente diseñados para hacernos la vida muy miserable de a ratos. No es que uno no los disfrute, uno los ama incondicionalmente; el tema es que ellos lo saben y se aprovechan de la situación como un turco del Once frente a un container de toallas made in Taiwan.
Desde que a uno se le escapa la primera cara de pelotudo cuando los mira dormirse, los tipos ya nos tienen tomado el tiempo. Succionando vertiginosamente el chupete, estos monstruitos han detectado nuestro Talón de Aquiles y en cuestión de horas desarrollarán las más sucias estrategias para emputecernos la existencia. Comenzarán llorando cada media hora obligándonos a levantarlos de la cuna para ver si el pañal está mojado o están padeciendo un pedito atravesado. Bueno, eso es lo que pensamos nosotros; el crío se está regocijando viendo nuestras caras de desesperación mientras se acurruca en nuestro pecho emitiendo ruiditos adorables que obnubilan nuestro juicio y nos arrastran a cometer pecados horripilantes tales como llevarlos a nuestra cama (de la cual no querrán partir ni aún con quince años cumplidos). Se saben todos los trucos y para los seis meses ya nos tienen completamente dominados, sometidos a la más truculenta esclavitud. Saben que nos aterroriza la idea de que algo malo pueda pasarles, así que viven levantando fiebre, infestándose de mocos verdes, contrayendo extraños virus en el Jardín, brotándose como frambuesas con las siete eruptivas de libro más las cinco nuevas que salieron este año. Nos escupen la jeringa entera con el corticoide que les curaría la tos (si lo tomaran) obligándonos a taparles las fosas nasales para que abran la boca y encajarles el segundo jeringazo directo a la epiglotis. Después nos asaltará la duda porque nunca sabremos si les dimos de más o de menos y la culpa por haber incurrido en un método tan medieval para medicarlos. Vomitarán en los taxis, en las casas de amigos (sobre el sillón nuevo color camel), llorarán sin prisa y sin pausa en todos los eventos sociales jodiéndole la vida hasta a los sordos llegando al extremo de hacer crisis de ahogo si no lograron la atención adecuada.
Para cuando aterrizan en el Jardín, estos enanitos macabros se encargarán de hacernos comparecer frente a ejércitos de Psicopedagogas y maestras que nos entrevistarán con mirada inquisidora porque el pibe todavía se mea encima y muerde como un perro rabioso. Llorarán todas las tardes a la entrada arrastrándose colgados de nuestras polleras como si fueran a ser llevados al tren que los deportará a Auschwitz cuando en realidad uno paga para que ellos se diviertan con gente de su edad. Pero la gente de su edad es de la misma calaña que ellos, así que puede que la pasen mal y vuelvan a casa arañados y escupidos por una criaturita de similares cualidades.
En la primaria, este mecanismo evolucionado creado para joder la vida de los padres volverá llorando porque lo cascaron en el micro (haciéndonos pelear con el chofer, el otro pendejo, los padres del otro pendejo y la directora del colegio). Se resistirán desde el vamos a recortar y pegar y dibujar; obligándonos a hacer collages y terminar de pintar lo que dejaron inconcluso para jugar a la Play o mirar sus cinco horas diarias de anime japonés. Luego destruirán la mitad de los adornos de la casa jugando a Drangon Ball Z con el vecinito, que es una copia mejorada del turrito que supimos conseguir. Se colgarán de las cortinas, harán experimentos con las mascotas de la casa y volcarán compulsivamente la chocolatada sobre el mantel recién planchado.
La tarea es un capítulo aparte. La dichosa tarea deberían hacerla los maestros que la mandan para la casa, ya que siempre terminamos haciéndola nosotros o estampándo a nuestros críos contra una pared para que la hagan. Cada cosa que tengan que estudiar la estudiaremos nosotros por enésima vez, como si nunca hubiéramos pasado por la Escuela Primaria. La mitocondria, el átomo, las fracciones, los números romanos, el sujeto y el predicado; todo lo vamos a volver a ver con nuestros chicos. Batallas campales en el comedor diario, serán libradas cuando corroboremos que luego de hablar hasta quedar con la boca seca, los delincuentes se dedicaron a poner la mente en blanco demostrando cero interés por la lección que están repasando. Nos llamarán del colegio diecinueve veces por mes porque “el alumno” se olvida la carpeta de Arte o le pegó a fulanito un chicle en el flequillo. Pero saldrán airosos de todas las contiendas poniendo cara de angelitos derrotados y esbozando un “te quiero” como si eso fuera a mandar los jugos gástricos a donde realmente pertenecen (el estómago).
Para cuando entran en la Secundaria, estos individuos son altamente peligrosos. Circulan en manadas pavoneándose con extraños peinados y miradas desafiantes que meten miedo. Irán de aquí para allá en sus motitos con el caño de escape arruinado, profiriendo ruidos insoportables a la hora de la siesta, momento en el que habrán de pasar por la puerta de casa unas diecisiete veces por hora. Se gritarán, se putearán entre ellos y se dedicaran a desmadrarse aterrorizando al barrio con sus vandálicas obras. Entrarán a las casas ajenas, tiraran piedras a los transeúntes y a las casas de sus enemigos, con el único fin de romper algún vidrio y salir corriendo. Harán pelear a los padres con todos sus vecinos y sostendrán sus mentiras hasta el último momento, con carita de refugiado etíope y lágrimas de cocodrilo aflorando en los ojos. Nos cansaremos de firmar boletines con llamadas de atención, amonestaciones y unos en Ciencias Sociales (porque la Profe me tiene montado en un huevo, MA). Por supuesto “todos” desaprobaron “todo”, como si a uno le importara el vago del compañerito de banco, que es la versión corregida y aumentada de Robledo Puch. Pero ellos siempre invocarán a los mediocres para destacarse con total orgullo, llevándose la mitad de las materias a diciembre y la otra mitad a marzo y junio. Eso sí, seremos nosotros los que terminaremos carne de diván, desnudando nuestros más oscuros secretos al terapeuta que nos confirmará nuestras peores sospechas…lo que le pasa al crío es nuestra absoluta culpa. Abatidos, volveremos a casa pidiendo disculpas por cambiar de canal (porque Los Simpson son la nueva Biblia del 2000) o solicitando autorización para usar la computadora (que ellos están usando para estudiar…los trucos del Counter Strike). Se negarán a bañarse por miedo a que se les diluya la identidad flogger con el agua, impedirán que se les corte el pelo albergando a un contingente de piojos del tamaño de la población de la India y para cuando descubran lo que tienen entre piernas perderemos todo contacto con sus mentes ya que la irrigación cerebral se concentrará en el bajo vientre así como también sus manualidades. Perderemos las voces de tanto gritar, pero así y todo no lograremos evitar que sus habitaciones se conviertan en pocilgas y/o viveros naturales para la conservación de especies tales como bichos bolitas, arañas, piojos, pulgas y garrapatas. Todo, absolutamente todo, vivirá en el piso; pero recobrará una importancia vital cuando necesitan usar esa prenda que tanto aman y que tan bien les queda (generalmente una remera hecha harapos con la cara de un Marley fisurado fumándose un canuto). Por supuesto, nos preguntarán dónde dejaron la billetera, las llaves, la raqueta de tennis y la guitarra; como si nosotros fuéramos el archivo ambulante de la casa. Se ofenderán con nuestros comentarios, nos esconderán de sus amigos, nos tendrán prohibido contactarlos en la calle o firmar sus fotologs; pero nos llamarán a los gritos si se acabó la pasta dental o les duele la cabeza. Y como si esto fuera poco, se llevarán puestos nuestros salarios en salidas, ropa y cuanta cosa consideren imprescindible para sus subsistencias (léase entradas para conciertos, revistas de rock y el presupuesto en alimentos que nunca es suficiente). El portazo será el nuevo “must” de la temporada y la cara de culo la demostración de una insatisfacción perenne que, otra vez, nos hace sentir culpables. Entonces les daremos permiso para salir, esperando despiertos hasta las cuatro de la mañana, que aparezcan enteritos y nos cuenten cómo les fue. Obtendremos un desagradecido ladrido a cambio y nos iremos a dormir con la sensación de que hicimos algo malo, cuando en realidad lo único malo que hicimos fue permitirles salir cuando necesitan un milagro para pasar de año.

Criaturitas, adorables criaturitas de cabellos dorados y ojitos redondos. Proyectitos de personas con dientes de leche. Adolescentes de pelo sucio y cara de choclo…si pudiéramos volver el tiempo atrás y volver a elegir tenerlos…lo haríamos?.

Definitivamente SI.

Paula Ga, miembro activo de P.A.M.A. (Padres masoquistas agremiados)

martes, 28 de octubre de 2008

Vanidades



El universo femenino de las revistas glamorosas para descerebradas


Recuerdo la primera vez que posé mis ojos sobre una publicación femenina. Lo recuerdo vívidamente porque buscaba yo en ese montón de papeles coloridos, la causa del soponcio de mi abuela “Minina”, que atragantada con un pedazo de manzana verde intentaba explicarle a mi hermana de doce años el significado de la palabra “orgasmo”. Era el comienzo de los años ochenta y las publicaciones femeninas comenzaban a plasmar por escrito, los secretos de la sexualidad femenina entreverados con la receta de la tarta de puerros y la famosa dieta Scarsdale.
De aquellas primeras revistas, donde las modelos tenían carne alrededor de los huesos, parecían personas y las recetas de cocina no tenían nombres retorcidos como “camastro de hojas verdes” o “volcán de chocolate suizo y moras recogidas por la abuela”; sólo permaneció el mismo paradigma: la idiotez de sus lectoras y más aún de sus editoras. Las primeras pecaron de boludez al creer que con unos magros pesos podían bajar de peso, aprender a cocinar, encontrarse el punto G mirando sus genitales en un espejo, enloquecer al sexo opuesto (o llevarse al chongo deseado puesto), hacer ese espléndido vestido en casa en media hora o maquillarse y peinarse igualitas a la modelo top del momento (y quedar así como la de la fotito de tapa). Las segundas pecaron de traición a su propio género, permitiendo que salieran a la venta pasquines berretas infestados de estupideces que, no sólo no le sirven a nadie; minaron las cabezas de sus lectoras con imágenes retocadas de mujeres irreales e inalcanzables que las más débiles e ingenuas no pudieron procesar inmolándose en una carrera hueca y sin fin para lograr una silueta perfecta de photoshop.
Una cuota de superficialidad no viene mal y mirar carteras lindas en un catálogo no es un pecado, al contrario, es un placer (sobretodo si la cartera está disponible en nuestro país y se puede pagar con un mínimo porcentaje del salario, cosa que casi nunca ocurre). Pero cuando la publicación se va de mambo y te explica con pelos y señales como practicarle un cunnilingus a tu compañerita del secundario o cuántos dedos es conveniente insertar en los esfínteres de tu partenaire sexual, estamos frente a un problema. Porque la persona que escribe estos consejos, probablemente sea la misma que inventa el horóscopo semanal y la que pega la receta de la terrina de vegetales que en su puta vida se le cruzó hacer.
No es que una sea una mojigata que piense que la vagina no debería nombrarse en una revista. Pero cuando la ves mezclada con la foto de una paella y los diez consejos para evitar que él se vaya con tu amiga, la cosa se pone grotesca, cuando no barata.
He visto mujeres enloquecer por revistas que te prometen la solución para la dispersión de tu hijo en el colegio y cómo elegir el mejor cirujano plástico para rellenarte los labios de botox o elegir la prótesis mamaria adecuada para encantarlo a EL. Y todo porque la revistita viene con un lindo espejito para la playa y dos sobrecitos de crema enjuague anti-frizz. Muchas también las consumen para ver qué trapos desterrar de sus guardarropas y cómo hacer (probablemente serruchar el presupuesto destinado a alimentos) para agenciarte esa cartera que cuesta lo mismo que un doble by pass en la Clínica Mayo. Te aleccionan sobre salud y cómo buscarte nódulos en las tetas, cuando la realidad es que la mejor forma es visitar al médico y dejar de tomar sol a lo Tutankamón; cosa que la revista te va a decir en forma contradictoria: te mostrará la última moda en bikinis con mujeres hiper bronceadas, te venderá el bronceador, el aceite para auto-freírte, el bloqueador solar y después vendrán los consejos para evitar el cáncer de piel (todo en las primeras cuatro páginas de la publicación).
Por supuesto, estas revistas gozan de la total ausencia de alimento para la croqueta (léase cerebro). Rara vez recomiendan un libro que no sea un novelón rosa de décima o el último disco de Madonna. Jamás un artículo sobre cultura, un ensayo filosófico, una columna para aprender algo que no sea redecorar el espejo del living pegándole los caracolitos recolectados en la playa el último verano o cómo fabricar una máscara facial descongestiva a base de pepinos.
Se supone que las lectoras de estas revistas no piensan, no escuchan música, no leen demasiado y se cuelgan con las fotos de los desfiles y los chismes del espectáculo. Y pensar que con el precio de dos o tres de ellas te podés comprar un regio libro que vas a tardar en leer tres o cuatro veces más que la revista (cuyas escasas letras se esfuman en una ida al baño, y si por mí fuera usaría de papel sanitario).
Ahora la gran pregunta: ¿Se publican ese tipo de revistas porque las mujeres no tienen otra cosa que leer o son todas estúpidas y los especialistas en marketing lo saben?. Quiero creer que nos subestiman. Que piensan que no nos da para más. Que si vemos la cartera de Hérmes que vale dos mil euros vamos a enloquecer de alegría pensando que algún día la tendremos. Que si nuestros novios no nos quieren vamos a salir corriendo a agregarnos tetas, a succionarnos caderas, a agrandarnos los labios, a teñirnos el pelo o limarnos el tabique nasal. Porque si hay algo que estas revistas proponen, es que seamos todas iguales. Flacas etéreas, rayando la anorexia, con cara de angustia (porque ahora ya nadie se ríe en las gráficas de moda), con cabellos sin Frizz (el gran problema de esta década…Dios no permita que se pare un pelo!), usando la misma ropa, los mismos zapatos, el mismo rubor y los mismos diez consejos en la cama. No hay espacio para la diversidad, para el placer de la carne (la carne con grasa en un plato que engorde y la carne con un poco de grasa en la cama), para lo distinto, para lo inusual, para lo que transgrede las normas o rompe el paradigma de la mujer objeto que tiene caca en la cabeza y la exhibe con orgullo.

Como esas mujeres que suben chochas al auto, con su cosecha de revistitas de verano para tirarse panza arriba, bajo el sol en la reposera. Una para ellas, una glamorosa, una que exuda vanidad, otra que se llama como ella y dos o tres de chimentos para leer un poco de actualidad. Así se enterarán que la última moda es arrasar con todo el vello púbico, que el pescado de mar tiene omega 3, que la rúcula con nueces es ideal para acompañar las carnes, que si su hijo no se queda quieto en la escuela se lo puede drogar con ritalina y santo remedio, que si a su pareja no se le para puede que se esté curtiendo otra mina, que este año se usa el violeta, que a él le gusta que le chupen el lóbulo de la oreja mientras le susurran obscenidades al oído, que para la familia lo mejor es llevar a la abuela al geriátrico y al perro al veterinario si se frota el ano en la alfombra persa, que Angelina Jolie está peleada con Brad y a los nativos de Escorpio se les viene la noche en materia legal.

Bueno, en realidad la revista no es cara en comparación con lo que hay que gastar para pertenecer, parecerse y convertirse en una mujer “comme il faut”.
Dios nos libre de romper el paradigma…

jueves, 23 de octubre de 2008

Intolerantes, intemperantes y combustibles



Mecha corta

Dícese de aquellas personalidades altamente combustibles que reaccionan exacerbadamente ante cualquier estímulo medianamente irritante…o a veces, ni siquiera.
Estas personas tienen los umbrales de tolerancia al prójimo por los subsuelos. Su agresividad es una condición latente como el iceberg gigante que abrió al Titanic como una latita de atún. Está ahí, debajo de la superficie, esperando el talón del intrépido bañista para quedarse con un cacho de pierna cual piraña famélica. Una palabra, un gesto, una acción aparentemente inofensiva puede desatar la ira inesperada de un “mecha corta”, justamente porque el piolín que une la llamita con la bomba mide unos escasos 5 centímetros. Detonar a un “mecha corta” suele ser una experiencia desagradable, cuando no se los conoce; sin embargo, se transforma en un deporte (yo me atrevería a decir una ciencia) cuando uno se ejercita lo suficiente como para rajar antes de ser agredido.

No se conoce muy bien, la génesis de un “mecha corta”. Algunos dicen que son personas que, cuando niños, fueron ensartados sin aviso por alguna abuela que los tenía a cargo; quien les introdujo un termómetro en el recto para medirles la temperatura corporal. Esta imprevista penetración desataría en estas personas, un complicado mecanismo de autopreservación que los induce a cerrar todos los esfínteres ante la más mínima amenaza de invasión o intromisión en la zona de confort. De la misma manera, a medida que evolucionan, no sólo desarrollan este mecanismo, también le agregan estrategias de ataque y defensa. Es por esto, que el tierno crío al cuidado de su abuelita que con toda la buena intención de una persona mayor con Alzheimer obedeció las órdenes de su hija tomándole la temperatura cada dos horas, termine convirtiéndose en un alacrán venenoso (esto se verá ostensiblemente incrementado si la abuelita confundió el barómetro del balcón con el instrumento diseñado para los fines antes descriptos).

El “mecha corta” en la oficina, es aquel personaje que transita sus días entre el amor y el odio, la dicha y la angustia, la parsimonia y la intolerancia. Es el tipo que te pregunta si está todo bien con una sonrisa Colgate estampada en la cara y a los cinco minutos te manda a la ostra de la cotorra si le pediste algo que no está exclusivamente descripto dentro de las funciones para las cuales fue contratado. Oscila entre la cara de bragueta y una ligera caripela de insatisfacción o furia reprimida. Este tipo de personas libran luchas cotidianas por evitar que se les escape la tortuga, que pugna por salir descamisada y convertida en un tiranosaurio Rex al mejor estilo Dr. Jekyll o El increíble Hulk. Son capaces de enervarse porque les corrieron el cenicero de lugar o no llegaron a contestar el teléfono a tiempo. Se les sube la sangre a la cabeza porque algo no salió como esperaban, entonces no se controlan a la hora de usar todo el rosario de puteadas conocidas en la lengua materna y alguna otra atrocidad en el idioma que se les haya pegado porque les gustó como sonaba la guarangada. Se les salta la cadena y arremeten contra quien tengan en frente, aún cuando ese pobre infeliz no sea el causante de su ira (el causante encendió la mecha y se puso a resguardo mirando la situación desde un lugar seguro…seguro de disfrutar del espectáculo que ha montado y que le proporcionará un rush de adrenalina embriagador).
Son de revolear llaves, celulares (ajenos), el mouse de la pc y hasta el monitor, llegado el caso. Gritan, rara vez escuchan y pueden aumentar un tercio de su masa corporal en estado de excitación absoluta, no así sus genitales, que lejos de expandirse se contraen en sintonía con los esfínteres (sobretodo los anales).

El “mecha corta” en la vida cotidiana es aquella persona que uno escucha rezongar en la manzana, cuando camina por la calle. Es aquel que se pelea con el pronosticador del noticiero porque ayer llovió y no lo dijo. Es el que insulta al portero del edificio porque no estaba paradito para abrirle la puerta cuando llegaba del supermercado. Es la persona que, en un rapto de locura, arranca el auto con el semáforo en rojo (a bocinazos limpios) porque está seguro de que está descompuesto. Se lleva puesta la barrera del peaje, va haciéndole luces en el carril izquierdo al auto que tiene a un kilómetro de distancia (para que lo vaya sabiendo). Es el que se pasa de las bajadas y los puentes porque va como un loco descosido, probablemente gritándole a la mujer porque se olvidó de traerle los lentes de sol o no trajo la dirección del Pediatra de los chicos. Es el que se infarta en el sillón de la casa puteando al DT de su equipo de futbol favorito porque no puso a Mengano o a Sultano y “aunque ganamos, merecimos hacer una diferencia de 3 goles en lugar de dos”. El “mecha corta” lee el diario y lo comenta a los gritos. Le grita a la mujer, que acostumbrada a sus exabruptos hace media hora que lo dejó solo con su desayuno. Entonces le grita a la mucama, que revolea los ojos para arriba y sueña con degollarlo con el mismo Ginsu con el que está limpiando el pollo. Le grita a los hijos, porque no demuestran interés por la caída de la Bolsa, por lo tanto no pueden empatizar con su furia. Le grita al perro (rottweiler) que no tiene opinión formada sobre la Bolsa, pero intuye que debe ser grave porque no ha sido reprendido, como todas las mañanas, por gasearse en la cocina. No contento con generar el clima de discordia reinante, seguirá destilando rabia mientras se ducha, mientras se viste y mientras se despide ladrando.

Los mecha corta jugando juegos de azar y en los deportes son las típicas personas que revolean raquetas de tennis a lo Mc Enroe, los que cuando van perdiendo revuelven el mazo de cartas o patean el tablero del Estanciero o simplemente se levantan y se las toman. Son los que azotan los flippers y las maquinitas de los juegos electrónicos, los que te tachan la hoja en el tutti fruti, te mezclan los porotos en el truco o te arrojan todos los peones en la cabeza cuando pierden al Ajedrez. Viven comprando joysticks y controles de play porque las incrustan en el piso, sacados como volcán en erupción, porque la maquinita les hizo un gol en el Winning Eleven. Si juegan on line terminan causando un conflicto internacional con Colombia porque insultan al pobre santo que les ganó al dominó desde Bogotá (tratándolo de negro cabeza, sudaca y cafetero).

En los espacios de esparcimiento, como el cine o el teatro; son los intolerantes de libro, aquellos que se levantan en medio de la película para agarrarse con el de la fila 3 que hace ruiditos cuando besa a la novia o el de la fila 5 que no termina de pelar el caramelito (y ellos están sentados en la 18). Se enojan con el acomodador porque la ubicación les parece funesta, les agarra un ataque de caspa si la señora que tienen adelante lleva el pelo batido y mide un metro ochenta, o el actor del espectáculo se mete con el público “que el zurdito este no se meta conmigo porque lo emboco”. Protestan porque el Toblerone vale el doble en la sala y el agua la cobran como una botella del más fino Malbec. Despotrican porque la obra no comienza a las diez, como rezaba la entrada y por la falta de respeto de aquellos que llegan cinco minutos tarde. El tema es que tienen razón, pero pueden pasarse el resto del espectáculo odiando al que llegó tarde, al punto de perderse la obra mascullando epítetos en voz baja mientras no le quitan la vista de encima. Los ingresos y los egresos a cualquier evento serán una excusa más para desatar al monstruo que llevan dentro. Si hacen la fila, putearán porque no habría que hacerla ya que las entradas están numeradas. Pero si la hacen, se pasarán media hora cuidando que nadie les robe el lugar, aunque las entradas estén numeradas. Cuando están en el cine obligarán a todo el mundo a arrastrarse porque al final de la peli quieren ver todos los títulos, o bien, se perderán el final para llegar antes que nadie al estacionamiento y evacuar la sala tranquilitos (tragándose los escalones a oscuras y pisando a media humanidad).
En los restaurantes serán un dolor de huevos para el pobre mozo que les toque en suerte. Devolverán la carne porque está cruda, el hielo porque está demasiado frío, la gaseosa porque tiene muchas burbujas y los fideos porque están enredados (todo esto a los gritos para que no quede nadie sin enterarse que no les ha gustado el lugar, al que vuelven misteriosamente una semana más tarde).

Un “mecha corta” es una bomba de tiempo que detona todo el tiempo. Es alguien que no tiene paz ni le interesa obtenerla. Es una persona que da gusto exasperar porque uno conoce el mecanismo que los va a hacer estallar, qué botones apretar para ponerlos de la nuca. Sin embargo, y como todo combustible, las personas de este tipo debieran andar por la vida con un cartel que diga “handle with care” (manéjese con cuidado). Volátiles, peligrosos, agresivos e hirientes; los “mecha corta” generan un clima de guerra que los aísla y aleja de sus compañeros de trabajo, familia y amigos.
Una buena dosis de valeriana, o unos miligramos de clonazepam, y un revolcón por semana (mínimo) los puede ayudar bastante. Eso o mudarse al Tíbet (adonde secretamente lo quieren deportar sus compañeros de oficina, su mujer, su perro, sus hijos y la empleada doméstica).

domingo, 19 de octubre de 2008

DISOLUCIÓN DEL VÍNCULO POR INCOMPATIBILIDAD CINEMATOGRÁFICA

Divorcio en Cinemascope

Estando sentada en la oficina de la Sra. Jueza, esperando que mi ex marido le explique los motivos de nuestra presentación conjunta de divorcio, en la primera audiencia; comencé a repasar los puntos que hicieron de nuestra convivencia un suplicio. El que alguna vez supo llenar mis días de alegría, intentaba explicar lo inexplicable, al punto de negarse a hacerlo; con la Sra. Jueza intimándolo a exponer las causas (¿quién se hubiera imaginado que veinte años después de contraer matrimonio civil uno tiene que rendir cuentas al Estado por los despistes cometidos bajo esa figura legal?). Argumentando diferencias musicales irreconciliables e ideologías políticas radicalmente opuestas, mi ex le intentaba vender un buzón a una señora que perdía la paciencia (o no podía creer que esas fueran las auténticas causas de su voluntad divorcista). Mi mente, que siempre tiende a funcionar como una televisión con esquizofrenia, buscaba en sus archivos causales de divorcio de similar calibre para seguirle el juego a un acorralado cónyuge que no supo (o no quiso) ponerle nombre a su desdicha.

Fue en ese instante, en el que me bajó la ficha y sonaron todas las campanitas de la maquinita tragamonedas. Tenía yo un gran argumento, que debería estar tipificado en la Ley argentina y que, a mi entender, es una causal genuina de disolución matrimonial: LA INCOMPATIBILIDAD CINEMATOGRÁFICA.

Supimos ser unos tiernos noviecitos que vagaban por la calle Lavalle, tomados de la manito entrando en un cine para luego salir corriendo a la función siguiente del cine de enfrente. Adictos a la “silverscreen” como lo apodaron los norteamericanos, nuestros fines de semana transcurrían en el cine o en el video más cercano. Nos encantaba.
Básicamente consumíamos cine estadounidense porque era lo más popular, aunque a mí ya me había picado el bicho del cine europeo. Recuerdo haber salido maravillada luego de ver “El Baile” de Ettore Scola o quedar fascinada con “Manon del manantial” que alquilé en una noche de lluvia.
Pero era el boom de las pelis de policías, detectives, espías rusos, agentes del FBI, comandos, Navy Seals, escuadrones especializados en secuestros, narcos, submarinos, aviones y aviadores, negociadores, astronautas y grupos de elite. Además, se le sumaron las de ciencia ficción con todos los efectos especiales habidos y por haber, dos o tres aliens con cara de viejitos con Alzheimer y una horda de bichos raros que se reprodujeron en remeras, muñequitos y vasitos de locales de comidas rápidas.
No es que no haya disfrutado de las tres primeras de cada género, pero uno va creciendo (quiero creer) y se harta de la repetición porque quiere conocer otras cosas. Aprender otras culturas, ver cómo viven en Pakistán (donde las mujeres policías no bajan de Chevrolets Blazer negras con vidrios polarizados, traje sastre negro y un audífono con cable de teléfono en la oreja).
Para mí, con una Clarisse Starling atrapando a un psicópata asesino fue suficiente. Todas las que vinieron después a plagiarla, no le llegaron ni a los talones. Lecter fue mucho más escalofriante en la primera peli, psicoanalizando a la agente del FBI vidrio de por medio, que dándole de comer los sesos de Ray Liotta al nene en el avión (en la primer secuela).
¿Cuántos Films de terrorismo con secuestros de presidentes o amenazas de bombas nucleares se pueden hacer?. No estoy diciendo que no disfruté de “Duro de matar”, para la edad que tenía cuando la vi, era lo mejor que había visto en mi vida. Tenía veintipico y el mundo estaba a salvo porque los yanquis controlaban los campamentos terroristas en el desierto con sus poderosos satélites de última generación. Tan poderosos que podían ver al peligroso delincuente (que generalmente es de tez y ojos oscuros, tiene barba, bigotes y habla en un dialecto inentendible=léase cualquier idioma que no sea inglés) sacándose la cera de los oídos con un hisopo (que seguramente será capturado por los forenses para analizar el ADN y subir el perfil del tipo a los archivos del Pentágono, si es que la erraron con el misilazo y quedó algo para analizar).
Conspiraciones para acabar con el mundo, motines en un submarino, el típico cliché del negro que llega a rango de oficial pero nadie lo obedece porque nació en el Bronx, la minita que nació para la pasarela porque está más buena que el Quaker pero decide hacer carrera en el ejército (a mí no me engaña, es para ducharse con todo el escuadrón, qué joder!), el detective adicto o alcohólico a quien nadie le cree cuando atrapa al sospechoso de abastecer de heroína a toda la Costa Oeste de USA, la nenita del ex marine que es secuestrada dándole al padre carta blanca para desnucar tipos como pollos en granja avícola y la típica rutina del poli bueno y el poli malo. ¿Cuántas más hay que ver para saturarse con más de lo mismo y decir basta?.
Bueno, parece ser que hay un público para todo y las pelis se fueron multiplicando (porque lo que dio una vez, volverá a dar, así que para qué arriesgarse a contar algo nuevo?). Con los mismos actores deambulando de plomazo en plomazo hasta el hartazgo y para felicidad de mi ex, que las devoraba y devora aplaudiendo de pie ya que, la satisfacción es directamente proporcional al “body-count” (léase cadáver por fotograma) me fui saturando del consabido culebrón conspirativo pedorro de siempre.
No es que no me gusten la sangre y las balas. Me encantaron “El Padrino”, o “Kill Bill”; las vería hasta el cansancio. Pero me enerva la falta de originalidad de los guiones donde el malo siempre es el mismo actor que hizo de palestino en una, de afgano en otra y de árabe en tres más. Hasta los dibujitos animados no pudieron evadirse del cliché. Skar, el tío asesino de Simba en “El Rey León” es oscuro y tiene eyeliner negro (creo que es el primer tigre musulmán de la historia de Disney). O Ursula, la bruja de “La Sirenita” que es gordísima y fea, porque los buenos son siempre rubios y si son mujeres son réplicas de carne o cartoon de la muñeca Barbie.
Usaron y abusaron del típico clima de suspenso ante el contador regresivo de un relojito con un cable azul y uno rojo que detonará la bomba en veinte segundos que, gracias a la magia del cine, se multiplican como los panes en la Biblia para que la escena dure veinte MINUTOS. Que si corto el azul, que si corto el rojo. Que si me equivoco se acaba el mundo. Miradas de “adiós, dile a mi mujer que la amo” que se entrecruzan mientras el tarado tiene la pinza en la mano y si la pifia la mujer nunca se va a enterar porque el boludo que lo mira con compasión (encargado de dar el amoroso mensaje) va a volar en mil pedazos igual que él y si la cosa es nuclear puede que se reencuentre con la jermu en el cielo (literalmente, quizás los dedos de cada uno se rocen mientras vuelan por los aires).
Androides indestructibles que meten miedo en la primera y son perros labradores en la secuela porque el actor no se banca ser malo y está en plena campaña por la gobernación de California. Niños que son capaces de detener la detonación de ciento cincuenta misiles jugando a la Playstation con la compu del Pentágono. Patotas de infradotados que evaden la exclusión social presentándose en forma voluntaria para inmolarse troquelando un asteroide del tamaño de Australia que amenaza con destruir el planeta en tres días. Rusos panzones y despiadados que traicionan a su patria por un maletín lleno de dólares (porque los únicos que traicionan a su patria son los rusos, los sudacas y los musulmanes). Helicópteros capaces de derribar ciudades, ciudades flotantes en la forma de portaaviones, tanques, computadoras que todo lo pueden (desde abrir puertas a distancia hasta limpiar una foto pixelada para descubrir la cara del francés tirabombas en París que se refleja en una ventanita de un edificio en Perú). Autos que colean y bajan escaleras inmaculados, agentes inmunes a la balacera del enemigo, pero que son capaces de derribar una docena de oscuros mafiosos eslovenos con una sola bala. Intercambio de miradas preocupadas frente a un monitor de pc mientras guían al agente por un edificio cuyas paredes son transparentes. La típica sórdida historia de ese agente que ignora ser traicionado por su propio Jefe, que lo quiere hundir porque ya no es confiable (y aparte se está comiendo a la mujer, un brazo del guión dedicado exclusivamente a la acompañante femenina del tío que paga la entrada al cine).
Y como cereza del postre los abrazos de alivio, los gestos de “tarea cumplida”, el homenaje sentido a los caídos en cumplimiento del deber, la entrega de la banderita triangulito a la viuda que estoicamente se sienta en la primera fila del entierro con los dos hijitos rubios de la mano, bancándose sin pestañear la explosión de las balas de salva.
Banderas que flamean debajo de los créditos con la típica musiquita de conquista y el mundo a salvo otra vez gracias a las gestiones de este grupo de super entrenados tuneados actores hollywoodenses que en la vida real no pueden manejar un auto sobrios y se desmayan si ven un indigente barbudo con cara sospechosa en la puerta de sus casas.
Ojo, no tengo bronca con todo el cine americano. Mi problema es con algunos géneros en particular que repiten la fórmula hasta el hastío, jugando con el olvido de los espectadores (o con la típica excusa de que la audiencia se renueva). Y odio con toda mi alma a las remakes, una vaga excusa para volver a hacer lo que ya se hizo, como si la versión original tuviera que aggiornarse para que la gente joven la aprecie o la digiera. Odio el cine que intenta dar lecciones para paparulos y entrega el mensaje masticado y descifrado para que no existan dudas de que cuando queremos decir “se patriota y juégate por tu nación” queremos decir “se patriota y juégate por tu nación”. Odio el cine que no permite el debate, el disenso, las interpretaciones diferentes; el cine que no se juega por lo que no es común, lo que sale de los parámetros, de la línea, lo que no es convencional ni van a ir a ver hordas hipnotizadas, pochocho en mano. Me gusta la imaginación, y también la ciencia ficción si está bien escrita. Prefiero una peli con buenos actores y diálogos consistentes que una secuencia sin fin de efectos especiales.

Pero volviendo al tema de la incompatibilidad cinematográfica, no puedo recordar el momento exacto, sí las peleas que se suscitaron y fueron creciendo a medida que pasaba el tiempo ante la mirada atónita del dueño del videoclub que, conociendo mis gustos, intentaba sin éxito que me llevara esa peli alemana que había ganado varios premios internacionales. Nos matábamos agarrados a la caja de “Las Invasiones bárbaras” porque yo la quería y él no estaba dispuesto a poner un peso por una peli europea sobre enfermedades terminales. Poco a poco nos fuimos distanciando en las góndolas del video de la misma manera que lo hicimos en la vida. Uno caminaba para el norte y el otro para el sur. Uno miraba “Air force one” por cuarta vez y el otro “Pequeña Miss Sunshine”. Para cuando me quise dar cuenta, no pude encontrar una sola película que nos gustara a los dos por igual. El videoclub fue un ring de box. Hasta que me resigné a ver lo que me gustaba a las tres de la mañana, como un vampiro que sale a nutrirse desesperado, en un mundo subterráneo y prohibido. Me banqué “La caída del halcón negro” unas dieciséis veces (la primera porque la peli está buena, las otras quince por el elenco masculino que está para el crimen organizado). No tuve la misma suerte cuando la peli era una favorita mía, siempre me quedé sentada sola comentándola con el perro, el gato o alguna araña trasnochadora.

Cuando me llegó la oportunidad de exponer las causas de mi voluntad de disolver el vínculo matrimonial, no pude argumentar la incompatibilidad cinematográfica. Era demasiado poco, sonaba muy banal, demasiado autocomplaciente. Sin embargo, estoy convencida que algún jurista debería ponerse a redactar en forma urgente un nuevo artículo a invocar a la hora de divorciarse, que incluya este argumento. Porque es un indicio más que evidente de la que cosa va para atrás, del acabose total; de que nadie quiere volver a intentar sentarse en un sillón, a embolarse como una ostra con otra película del agente de la CIA, francotirador eximio, karateka certificado, ingeniero políglota que puede salvar al mundo de la peor amenaza pero es incapaz de sacar a flote este matrimonio.

ALERTA DE EMBOLE HOLLYWOODENSE (para salir corriendo si en la descripción se mencionan los siguientes ingredientes)

- Abogado que lucha contra el sistema
- Ingeniero que “blows the whistle” (suena el silbato, da la señal de alerta)
- Submarino nuclear desmadrado
- Motín en portaaviones
- Cadete de escuela militar asesinado en extrañas circunstancias
- Pakistaní descubierto tomando clases de despegue en Miami
- Comando suicida
- Complot para asesinar al Presidente
- Secuestro de niñita rubia
- Asalto a caja fuerte de banco suizo
- Plan para rescatar rehenes en Colombia
- Novato se enlista en grupo de rescate elite
- Bombero con corazón de oro
- Analista de sistemas que se infiltra por error en la compu del Departamento de Defensa
- Forense con habilidades paranormales
- Secuestro de aviones
- Aviones que transportan animales que se escapan
- Aviones con tripulación envenenada
- Negros que llegan a la presidencia (hasta hace poco, ciencia ficción)
- Mujeres que manejan helicópteros
- Mujeres que llegan a Presidentes (ciencia ficción)
- Paramédicos en catástrofes naturales
- Catástrofes naturales
- Catástrofes artificiales
- Escuelas de pilotos de F-14
- Mafiosos italianos que se visten para el culo y se la pasan cocinando pasta al dente
- Entrenador ex alcohólico de equipo pueblerino de baseball que lo saca campeón
- La nena y el caballo
- El nene y el perro
- El chancho que habla
- El autito con sentimientos
- El cartoon de la licuadora que canta
- El desembarco de los aliens (que son todos feos)
- El pedófilo recuperado que casi pisa el palito con la vecinita
- El boxeador que vuelve y pierde hasta el último segundo de la peli
- El agente retirado cuya hija es secuestrada
- El detective despedido y su último caso
- La policía traumatizada porque la violaron de chica y tiene que investigar un caso de violación
- El abogado que defiende al asesino al que cree inocente
- Las cuatro negras culonas que se enamoran de raperos
- La cantante que logra triunfar
- El millonario que se enamora de la mucama hispana
- Rehenes en un autobús, ascensor u hospital
- Víctima inválida o no vidente que presencia un crímen espantoso
- Sitiado en su propia casa, se defiende con lo que puede de cinco asesinos
- La venganza del cornudo
- El asesino predador que fabrica jabón de tocador con sus víctimas
- La historia de amor cincuentón que termina mal
- El deportista que queda postrado pero se las ingenia para ganar en las Olimpíadas
- El triunfo de la voluntad
- El padre viudo que se vuelve a enamorar
- La madre viuda que se las ingenia para sobrevivir sin putanear
- El negro que se hace millonario después de pasarla para el culo
- El tesoro en el mar
- Los narcos que quieren recuperar la droga que se cayó al mar
- Los estudiantes que quieren debutar
- La nena que vuelve del más allá para acusar a su victimario
- Holocausto nuclear

The End (o como diría mi abuela Vicenta “tejend”)

viernes, 17 de octubre de 2008

¡Qué bonita vecindad!



El anonimato de la ciudad vs. La popularidad del suburbio

La vida en una gran ciudad adolece de muchas hermosas cosas. El silencio. Las noches estrelladas. El canto de los pájaros. Los rojos del otoño y los verdes de la primavera. El olor a pasto recién cortado, las puestas de sol. Y la turra de tu vecina que no para de estudiar tus movimientos como un científico que toma notas para su tesis, sobre los hábitos intestinales de una cotorra recién inyectada con el virus de la gripe aviar.

Cuando vivía en Capital, recuerdo haber conocido a vecinos en los ascensores, sin haber intercambiado más que un “Hola” o un distante “Buenas noches”. No es que uno no supiera nada de ellos, porque si eran ruidosos y el departamento moderno y de paredes efímeras como una cartulina, una se enteraba de todo. Otra buena vía de comunicación son los departamentos que tienen sistemas de calefacción por aire caliente, por esas rendijas de aire pasan el aire y las voces. Así era como me enteraba de chica, que el del 4 “A” trataba a sus hijos de “engendros del demonio” y puteaba a su mujer con un léxico digno de un camionero beodo. Hacía razzias a las tres de la mañana obligando a sus hijos a ordenar la habitación al más puro estilo G.I. Joe. Sus alaridos me despertaban pero no me incomodaban para nada, al contrario, escucharlo era seguir una radionovela. Todas las noches un nuevo capítulo. El tipo era un guaso de marca mayor, la esposa gimoteaba como una magdalena y los hijos, a medida que fueron creciendo se le fueron animando. Creo recordar que alguna vez le hicieron frente y hasta hubo un par de corridas y puñetazos. Pero cuando nos encontrábamos frente a los ascensores, eran la familia Patridge. Perfectos, impecables, impolutos. Ni un pelo fuera de lugar. Parecían cinco muñequitos Playmobil. Derechitos, planchaditos, calladitos y super educadísimos.
Ya en mi primer departamento de casada, tuve acceso a canal porno. Bueno, porno-radio por llamarlo de alguna manera. La pareja que dormía (es un decir) encima mío, los del 2° “C”, se entregaban a maratónicas sesiones de sexo parlante (a veces aullante) haciendo uso del diccionario lunfardo completo con más los jadeos y suspiros propios de la situación. Como el departamento era relativamente nuevo, las paredes eran completamente huecas y con sólo apoyar un vaso y la oreja sobre el culo del mismo, uno podía enterarse de la conversación completa sin perder fidelidad en la transmisión de datos. Así es como supe qué le gustaba a ella, qué pedía él y cómo se llamaban el uno al otro antes de acabar…con el griterío. Lo mejor del caso era encontrarnos en los pasillos y ponerles cara a estos dos atletas del amor, con boca de guanacos. Dos criaturitas inofensivas, ella un metro cincuenta de pura fragilidad blanquecina y cara de carmelita descalza. El, un señor serio con cara de técnico radiológico; menudo, panzoncito, la pulcritud con patas. Nadie en su sano juicio hubiera imaginado que estos dos elementos podían proferir semejante sarta de palabrotas dignas de la más pesada hinchada futbolera.
Pero la realidad es que nadie sabía nada del otro. No podía sacarles la ficha porque no daba. Cada uno se encerraba en su madriguera y lo que pescaba era lo poco que lograba escuchar pared de por medio y sin esfuerzos. No recuerdo haber dedicado mis tardes a sacar un banquito al palier para ver a qué hora entraba fulanito o si menganito salía justo antes de que entrara pirulito. El único portador de la precisa era el Encargado, quien ha sido y será, el Master of the Game del chimento en un edificio.
Cuando tuve a mi hijo, me mudé a un departamento de paredes más finas aún, pero con vecinos bastante más discretos. No obstante, una noche, probando el Baby Call hice un descubrimiento que heló mis venas. El aparatito era regalo de una amiga, regalo medio al pedo porque la habitación del bebé quedaba a escasos cinco pasos de la mía (y el departamentito era un nicho japonés). Tuve que salir al lugar más alejado, la otra punta del balcón, para comprobar las bondades del mismo. Las bondades no vinieron de escuchar los llantos del bebé (que encima era un santo que jamás lloraba), vinieron de acercar el receptor a un cable (juro que de pura casualidad) e interceptar todas las llamadas telefónicas del edificio. Obviamente, un divertimento que duró poco ya que sin caras para unir a las voces, las conversaciones perdieron completamente su valor al punto de archivar el Baby Call para uso en la futura Mansión familiar que en un futuro adquiriríamos (cuando el bebé en cuestión cumpliera los diecinueve añitos).
Pero cuando uno sale a la calle en las ciudades, uno es un número. Una incógnita. Una equis. Nadie. Y eso tiene gran valor, sobretodo si logramos autoexcluirnos de las reuniones de consorcio y domiciliarnos lo más lejos posible del barrio de la suegra, madre etc...

En los suburbios la historia es bien diferente. Al más puro estilo norteamericano onda “Amas de casa desesperadas”, el día que yo bajaba mis canastos sobre el pasto (con los pelos parados, roñosa como un minero y empapada en transpiración); hicieron su aparición cual Arcángel Gabriel a la Virgen, dos señoras impecables como las Stepford Wives, a darme la bienvenida al barrio. Restregándome las manos sucias de tinta de diario en el culo de mis shorts y secándome el sudor de la frente con el antebrazo atiné a darles las gracias y un apretón, percatándome al instante que no sólo no me miraban a los ojos, estaban relojeando todo con la minuciosidad de un scanner Hewlett Packard.
Con el tiempo fui comprendiendo la dinámica de un barrio y le fui encontrando el sentido a la vieja frase “pueblo chico, infierno grande”. Se me acercaron dos o tres damas a las que no les alcanzo el tiempo que tarda la cafetera eléctrica en pasar medio litro de agua, para contarme todo sobre la loca de la esquina que chupa como una cuba y cuyo marido está en la lona porque se quedó con un vuelto cuando era gerente del Banco Provincia y lo echaron a patadas. O el del Subaru que vive a la vuelta, no solo es jugador compulsivo, lo suelen traer limado como una uña todos los viernes porque se toma hasta el agua de los floreros y aspira hasta el desodorante en polvo. O aquel carilindo que pasa en la pick up verde, que es drogón pero toca muy bien la guitarra. En una tarde me enteré de las miserias de cinco manzanas a la redonda. Hijos fumatas, padres cornudos, amas de casa con ataques de pánico, adolescentes chorros, abuelas promiscuas, tíos pajeros y hasta envenenadores de perros.
El chisme es el deporte nacional de un barrio o de una comunidad pueblerina acostumbrada a embolarse porque la vida es demasiado tranquila y para divertirse hay que hacer treinta kilómetros (y después volver en el estado en que uno generalmente está cuando vuelve=doblado). La gente es muy saludadora, solidaria y correcta; pero bajo esa mascarita de “dejá que te ayudo” se esconde un Cóndor trasandino que viene a hacerse un festival de carroña que luego desparramará entre sus más dilectas amistades. Cualquier comercio, la salida de la Misa dominical o la Plaza del pueblo son escenarios ideales para el intercambio de valiosa información que se propaga de boca en boca con la velocidad del agua que corre por una manguera, pero con la pérdida de información típica del teléfono descompuesto que todos alguna vez jugamos. Esa data se va suplantando por lo que el emisor crea haber escuchado y así es como la historia se sale de cauce tomando una dimensión gigantesca y muy diferente a la versión original. Es así como el pobre odontólogo que atendió de urgencia a la señora del Gol Gris termina teniendo una noche de ardorosa pasión con la madre de una compañerita de su hija (que después nos enteramos, era su propia hermana con dolor de muelas, que acaba de cambiar el Clio por un Gol).
El auto, otro estigma con el que hay que cargar cuando uno vive en un pueblo. El identificador de personas por excelencia, es en los pueblos un arma de doble filo. Por un lado es símbolo de status y poder, por el otro es ese cacharro que te delató cuando te apretabas, de zurda, al marido de García en el estacionamiento del autoservicio. Así te vayas a revolcar en los pastizales del campito del alemán que tiene cien hectáreas loteadas en venta. Siempre hay alguien con ojo rapaz que justo pasaba por ahí y vio el Fiat Blanco con los yuyos hasta la ventana y los vidrios empañados. Lo que tardes en dar una vuelta manzana completa es lo que tardará la gente en contarle a media docena de personas, lo mal que te quedó la tintura que te pegaste esa mañana y lo mucho que se te notan los cinco kilos que te pusiste encima en el invierno. Si le contaste al de la forrajería que se te murió el perro, para cuando llegues a la Panadería por lo menos tres personas te van a preguntar si es verdad que te envenenaron el perro y camino a la Farmacia tres más te preguntarán si tu marido liquido tu perro, cómo lo tomaste y si pensás darle una cucharada de Hortal en la sopa esa noche. Para el sábado, tu marido desaparecido (de viaje); estará muerto, envenenado y enterrado.
Todos saben todo. Será porque la gente camina con parsimonia y mira tu ropa colgada en la soga sacando cuentas de cuántas bombachas tenés colgadas, o se aprenden tus hábitos porque el perro desparrama la basura dejando tu intimidad consumidora al descubierto (y la del vecino cuyo gato juega con un forro texturizado que los perros le dejaron de regalo). Ni las aves cooperan con la intimidad de uno. Los chimangos destrozan las bolsas, pescando tampones y restos de comida donde los perros no alcanzan. Si llegás a las tres de la mañana los teros te delatan chillando como panelistas de Intrusos. Si estás en orsai, volviendo en puntitas de pie, una lechuza te seguirá con la más sarcástica mirada de desaprobación. Si te salvaste de los teros puede que te delate la liebre que pasa saltando al lado tuyo haciéndote pegar a vos, el alarido del siglo. También es muy probable que se arme la sinfónica de perros que van a ladrar desde la primera hasta la última cuadra del barrio (anunciando la novedad de boca en boca) apenas pongas una pata fuera del auto. Cuando estés por entrar en tu casa, voltearás la cabeza y te avivarás que una cortinita de la ventana de la casa de enfrente acaba de correrse a toda velocidad, signo inobjetable de que tu vecina, que no tiene un carajo que hacer, lleva un completísimo registro de tus idas y venidas.
Como si esto fuera poco, la vida social es muy activa ya que las parejas y las amas de casa suelen reunirse a cenar, a tomar el té o a jugar a las cartas. Es en esas reuniones donde no queda títere con cabeza y donde se tejen las telarañas de las historias que luego se contarán en el video club, la peluquería y el bicicletero. Nadie está exento, ni siquiera los chicos se salvan. Las maestras contarán los pormenores de los exámenes psicopedagógicos de sus alumnos, la Farmacéutica se hará rogar un poco pero a la larga vomitará el nombre de los cinco señores que compran Viagra todos los sábados, el dueño de la inmobiliaria delatará a la parejita que puso en venta la casa porque se separa y la esposa del médico dejará caer al pasar, el nombre del funcionario municipal con síndrome de colon irritable.
Están los que se quedan en la inacción y se conforman con diseminar chusmeríos baratos y están los más radicales que dan un paso más y enarbolan la bandera de la justicia barrial. Estos seres de mirada torva, labios finos y boca fruncida (en sintonía con el esfínter anal), dedican sus vidas a enderezar lo que está torcido (léase la vida de los otros). Como en la película que lleva el mismo nombre, y recomiendo, esta gente siente la convicción de que han sido llamados por Dios o el político de turno, para flagelar a sus semejantes en pos del bien común. Es por esto que vigilan, espían, escuchan, recuerdan, para luego objetar, criticar, censurar y hacerle la vida muy miserable a quienes no hagan las cosas como ellos quieren. Son los que se levantan tempranito a medir el tamaño de los caños de desagote de los lavarropas. Los que anotan quienes tienen la basura prolijita o la ligustrina bien podadita y el auto bien estacionadito paralelito a la acera. Son los que te tocan la puerta de casa un sábado de lluvia a las dos de la tarde para que les compres el bono barrial y de paso avisarte que tenés el árbol muy alto, o el cerco muy desmadrado o que tu perro algún día va a hacer caer a alguien de la bicicleta porque es negro y asusta (aunque el can sea el perro más pelotudo desde Scooby Doo y esté llenándole la cara de besos). Son las típicas personas que pretenden educar hijos ajenos reprendiendo a tres enanos de seis años que juegan a tirar piedritas al charco “que es mi charco porque está en la esquina de mi casa y me lo están tapando”. Les jode la velocidad pero son los primeros en poner la pata en el acelerador. Les jode el humo pero son los primeros en quemar parvas de hojas en un día de viento. Les jode el ladrido de tu perro como si el de ellos no tuviera cuerdas vocales. Básicamente les jode que el resto tenga una vida. Entonces tienen que destruir las vidas de los demás, para nivelar…para abajo.

Por eso, si estás pensando en mudarte al campo para conseguir un poco de paz y tranquilidad, tené en cuenta que el anonimato tiene valor. Que por cada una de arena viene una de cal. Que vas a vivir bajo el escrutinio de doscientos ojos que conocerán desde la marca de shampoo que usás hasta con quien curtiste el verano pasado. Eso sí, vas a tener el sauce, la puesta de sol, los teros, el coro de grillos, la liebre, los perros, la lechuza enjuiciadora y el olor a pasto recién cortadito…prolijito, prolijito.