miércoles, 8 de octubre de 2008

Alpedistas emboladas argentinas




Una alpedista es una persona que vive literalmente al pedo. Dedica su vida al ocio más absoluto, y si tuvo la suerte de agenciarse un señor de generosa billetera, puede que lo pase fenomenal. En general son mujeres inofensivas (no mataron a nadie, al menos con algo que no fuera la lengua) y suelen pasar sus días entre reuniones de padres, té con amigas y tardes de Shopping.
Las podemos encontrar haciendo lobby en la puerta de los Colegios, en los cumpleaños infantiles, las reuniones de caridad, los club house de los countries/barrios privados y los service de las uñas esculpidas.
Generalmente tienen personal doméstico, niñeras, pileteros, jardineros y demás servicios; así que invierten gran parte de sus días en impartir órdenes, controlar el sabor de las comidas, verificar el correcto planchado de las camisas del marido, volver loco al jardinero acosándolo mientras poda la ligustrina y peleándose con cuanta Institución/Colegio/Empresa se les monte en un huevo.
Como no pueden resolver el más mínimo problema sin la anuencia del benemérito esposo, es muy probable que lo llamen unas ciento cincuenta y ocho veces por día a fin de pedirle autorización para la reparación del codo de la pileta de la cocina (poniendo al aterrorizado plomero al celular para ser interrogado por el señor de la casa como si el pobre estuviera por detonar un misil Exocet).
Como se aburren sobremanera, estas señoras dedican gran parte de sus vidas a inmiscuirse en las vidas ajenas. Son las que dan consejos sobre trabajo aunque nunca en sus vidas hayan trabajado, son las que le dicen a la mucama que deje al novio porque no gana lo suficiente, son las que reprenden a la maestra del hijo porque ellas hubieran explicado el Teorema de Tales de una forma más entretenida (aunque no tengan puta idea de qué trata el teorema, el tema es amargarle la tarde a la docente).
Van por la vida portando el apellido de sus cónyuges olvidando el propio de la misma manera que sus personalidades se van diluyendo en las de ellos, como un puñado de sal en un vaso de agua. No tienen opinión formada sobre nada ni se atreven a expresarla, si es que en algún momento cruzó por sus cerebros "gruyere" el disenso con sus parejas en temas tales como la política, el arte, la vida sexual del lemur o la marca del auto que comprarán. Sus juicios no les son propios, adoptan la posición y pensamiento de sus parejas. Se van amoldando como un cacho de yeso que, conforme pasa el tiempo, se seca y toma la forma de aquel a quien tanto admiran (el que les paga la tarjeta de crédito). Si la pareja las quiere con más tetas, irán corriendo a masacrarse para conformarlos y se pintarán el pelo del color que ellos digan (algunas hasta llegarán al extremo de vestirse como ellos quieren).
No pueden comprar un portarretratos sin el consenso del marido, mucho menos opinar en una reunión social con gente del trabajo; ellas deben quedarse a un costado e intercambiar información sin relevancia con otras mujeres en la misma situación. Eso sí, luego se encargarán de destrozar a la mujer del Presidente de la empresa o la esposa del representante legal porque se vistió como un mamarracho o no supo agarrar los cubiertos como corresponde.
Sus cerebros se llenan de información barata y pobre que no le sirve a nadie. La receta del gateau de chocolate de la suegra (que jamás elaborarán con sus propias manos), el lugarcito donde venden lechuga hidropónica ecológica a mitad de precio, las bondades del último desengrasante de cocina, el nombre de la pedicura a domicilio que le recomendaron y la pastilla para adelgazar que toma la cuñada (que es buenísima aunque se caga encima cada dos por tres).
Suelen atiborrarse de ropa que pocas veces usan (pero conservan hasta ser consumida por las polillas) o por el contrario, son tan tacañas que viven reformando en la modista los trajecitos de hace diez años.
Llevan y traen los hijos al colegio porque es el único contacto social que se les presenta en la semana. Se dedicarán a formar un grupo elitesco que critica a las madres que no hacen acto de presencia porque trabajan y el horror que supone entregar la educación de los críos a la paraguaya que importaron para que se encargue de la casa. Como si ellas no hicieran lo mismo, con la única diferencia que no soportan a su propia prole y prefieren someterse a ochocientas sesiones de depilación laser antes que sentarse a jugar con los chicos.
Están absolutamente convencidas de que son mejores madres y que tienen todo bajo control. Sus hijos no miran porno en Internet, no tienen fotologs, se visten con la ropita cuellito broderie que ellas puntillosamente han elegido para ellos y se acuestan puntualmente a las ocho de la noche. Pero sus hijos han logrado despistarlas con boletines impecables (macheteándose a lo pavote) y cara de boludos a cuadros, para poder hacer y deshacer a su antojo. Se escapan de noche por la ventana, se visten con harapos sucios, fuman marihuana, le bajan el whisky al padre y probablemente tengan sexo en la cama matrimonial de sus progenitores mientras ellos asisten al torneo de canasta a beneficio de las comunidades indígenas a las que, secretamente están pugnando por desterrar de la zona, porque les jode que tengan casas con techo de chapa y circulen por la ruta en autos modelo ochenta afeando el lugar y depreciando el valor de sus propiedades.
Cuando el aburrimiento llega al extremo de no tener nada que hacer después de las diez de la mañana, estas Juanas de Arco se montan en sus autos okm. y salen a recorrer el barrio para ver a quién pueden denunciar porque la medianera no guarda el metraje correspondiente, el perro de la vecina de enfrente que se banca la descarga del dog-guard y arremete con la caniche toy en celo de su mejor amiga o aquel jardinero que está en actitud sospechosa y probablemente sea el ladrón de colchonetas inflables que andan buscando. Si esto no la conforma, llamará al marido para convencerlo de entablar una demanda judicial contra la pizzería porque el sábado la pizza llegó fría o al electricista porque no le avisó que el reflector de la pileta consumía lo mismo que la Central atómica Atucha.
En los cumpleaños, esperarán a que se retire la primera invitada para comentar lo avejentada que está; aguantarán a que se vaya la que sigue para criticar la osadía de la susodicha para vestirse como una pendeja, porque según ellas ya no tiene edad para minifaldas; pero no se aguantarán las ganas de largarle en la cara a su “más querida amiga” que su marido fue visto saliendo de la casa de la anfitriona con el pelito mojado (la anfitriona anonadada deja caer la mandíbula en la bandeja de café que traía desde la cocina cuando escucha el vil chimento).
Las alpedistas invierten buena parte de su tiempo en vivir vidas ajenas, así es como matan el tiempo leyendo el diario íntimo de los hijos adolescentes, abriendo las cartas del marido con vapor en la cocina (a las tres de la mañana) o revisando el cuarto de la mucama los fines de semana para ver si la santiagueña le hace un esmalte o dos toallitas femeninas.
Las conversaciones en las reuniones de las alpedistas suelen ser un somnífero potente ya que la evolución de las mismas es cíclica y suele darse en este preciso orden: el colegio de los chicos-mis hermosos hijos-me quiero lipoaspirar las piernas (lógico, grasa en la masa encefálica no van a encontrar)-me quiero poner tetas-mi marido trabaja mucho-la mucama se me va este fin de semana a ver a la madre que está internada ME QUIERO MATARRRR-ese vestido te queda precioso (léase: ese vestido te queda como la montura del chancho)-quién junta para el cumple del nene de Norita?. Y todo vuelve a empezar...o se retoma en la próxima reunioncita, aquella donde decidirán cambiarle el nombre a la calle principal...en lugar de "Los Horneros", le pondrán "Lavender hills" porque es recontra top y así los chicos aprenden inglés.

Existen remedios infalibles para curar a las más rubicundas alpedistas: un trabajo, un curso de algo que no sea telar ni sushi, un par de amantes, una obra benéfica, la práctica de un deporte competitivo o Internet.

Ojo, esto escrito con el mayor de los respetos, ya quisiera yo volverme al bando de las alpedistas y echarme una siesta del quince mirando los programas de chimentos…snif!.

martes, 7 de octubre de 2008

Delicias de la vida laboral


Cucharada de moco

Cucharada de moco es un compañero de oficina que vive brotado. Es la típica personalidad insegura que piensa que todo el mundo está complotando para sacarlo del medio, serrucharle el piso o joderle la vida (aunque en realidad sean siempre ellos los que le complican la vida al resto).
Las mañanas de estos siniestros personajes son terroríficas. Suelen aparecer con anteojos de sol y cara de bragueta mecha corta que intimida a cualquiera que se les cruce con la simple intención de saludarlos.
Uno nunca sabe cómo reaccionar ante una cucharada de moco. Si uno les pregunta por el motivo de su desdicha suelen contestar con un ladrido, si uno elige ignorarlos se ofenden y sumergen en el más absoluto de los silencios. Si uno los trata en forma natural, buscarán el peor momento del día para desembuchar las causas de sus desventuras. Con este tipo de personas no hay forma de ganar, ya sea por error u omisión siempre habrá que aguantar un tsunami de reclamos y protestas.
Viven quejándose, peleados con los miembros de su familia, familia política, amigos, compañeros de trabajo y prestadores de servicios. Todo es un problema para ellos. Pagar una factura de luz, cargar la tarjeta del celular, comprar una entrada por Internet; serán motivos suficientes para escucharlos proferir epítetos con los ojos fuera de las órbitas escupiendo baba cual perro rabioso, al pobre infelíz del otro lado del teléfono.
Todos tienen un problema con ellos. Las mujeres cucharada, prorrumpen en llanto toda vez que la de Contaduría les negó una nota de crédito, el Gerente las obligó a hacer algo con lo que no estaban de acuerdo o la factura se enroscó en la impresora. Putearán a los cuatro vientos, maldecirán a la Cajera, y le desearán la muerte a la suegra que cayó a las nueve de la noche con la pila de ropa planchada que le dejaron el día anterior.
Eternos inconformistas, los cucharada están convencidos de que merecen una vida mejor, pero son incapaces de levantar medio dígito de la mano derecha para cambiar la realidad que les tocó en suerte. Le echarán la culpa a la terrible infancia que vivieron, como si la infancia del resto fuera un paseo a Disneylandia; o cargarán las tintas contra sus parejas como si alguien les hubiera puesto una pistola en la cabeza obligándolos a convivir con sus respectivas.
Histéricos por excelencia, terriblemente celosos y resentidos, estos personajes dedican su existencia a coquetear con todo el mundo porque no soportan no ser el muerto en el entierro. Aún cuando tengan una pareja consolidada serán proclives a seducir a los novios/as de sus amigas, cuñados/as, compañeros/as de trabajo y por supuesto a sus Jefes.
No soportan una negativa y pueden discutir hasta el cansancio por cualquier tema, ganando la batalla por abandono del adversario (que queda en un rincón con los ojos dados vuelta, la lengua afuera y la cara de un tono violáceo cadavérico).
Se victimizan y hacen de sus dolencias una causa de estado. Una cucharada de moco con síndrome premenstrual es una potencial Glenn Close en "Atracción Fatal", una mujer que puede llegar al extremo de operar el parietal izquierdo de un compañero con una birome para hacerle entender que le jode que le usen la abrochadora sin permiso.
En las oficinas se caracterizan por no delegar, tapándose de trabajo para luego quejarse de que no reciben ayuda. Así es que dejan todo por la mitad y se ofuscan si se les reclama el trabajo atrasado (con lágrimas en los ojos, obviamente).
Hostiles y celosos como teros empollando huevos, los cucharada ostentan una lengua viperina capaz de pegar donde más duele si se sienten agraviados (como cuando uno los mira fijo pensando en otra cosa y ellos asumen que uno se ha percatado del horrendo grano que les ha salido en la punta de la naríz).
No les gusta enseñar y emputecerán la vida de los compañeros nuevos, complicándoles la existencia con respuestas vagas para hacerlos sentir como un hámster caminando en la ruedita a ninguna parte. Les negaran la información, mejicaneando formularios, útiles de oficina o datos vitales tales como el manejo de la fotocopiadora y recambio del toner. Siempre requerirán de ayuda pero son incapaces de ofrecerla, prestos a salir volando apenas terminan con su parte, aún cuando el compañero esté desbordado de carpetas. Demás está decir que se dirigirán a sus compañeros como "boludo", "pelotudo", "tarado", "imbécil" y calificativos de similar calibre; obviando el nombre de pila con la excusa de que el adjetivo fué usado con todo cariño y es la forma en que se dirijen a todo el mundo (lo cual, por otra parte, es cierto).
Los cucharada viven tensos y tensionan el ambiente en donde se desempeñan. Son rapidísimos a la hora de resaltar errores ajenos pero rara vez se hacen cargo de los propios. Esa no es su letra, aquella no es su firma, ese que los señala con el dedo está loco…nunca en su vida lo han visto (aunque el señor se queja del maltrato al que fue sometido por esa loca histérica que los mira con rencor).
Nunca aprenden, nacieron sabiendo, fueron paridos con una calculadora y un diccionario en la mano; no aceptan consejos ni críticas constructivas. No están interesados en optimizar lo que hacen, porque lo que hacen es y será perfecto; le tienen terror al cambio.
Pero llega un punto en que los cucharada se quedan solos. Las parejas no los toleran, los jefes no los soportan, la familia tiene los huevos al plato de sus constantes demandas y los compañeros de oficina los van dejando a un lado. Con hastío. Con asco. Porque nadie quiere desayunar cada mañana con una cucharada de moco.

viernes, 3 de octubre de 2008

MAA





Mamitas abnegadas argentinas

Pertenecen a este grupo, una casta de mujeres que se sienten más cerca de Dios desde que concibieron su primer retoño. Son la exacerbación de la mujer-esposa-madre en estado puro. Andan sueltas por los pasillos de las góndolas de los supermercados, pululan en los patios de los colegios y se pavonean en las plazas públicas y peloteros de comederos yanquis.
¿Cómo reconocer a una miembro acérrima del MAA?. Muy sencillo. Si reúne al menos tres de estas características estamos frente a un ejemplar de pura cepa, insoportable y merecedor de toda nuestra antipatía.

Look abandónico “estoy en segundo lugar, primero están ellos, el fruto de mi vientre”:

Estas mujeres tardan un año y medio en bajar los veinticinco kilitos que se pusieron encima empollando al espécimen que tanto adoran (que es exactamente el mismo tiempo que les lleva dejarse preñar otra vez). Portadoras de un generoso abdomen cuyo tejido adiposo ha cedido a las pataditas del primogénito, se dibujan en él estrías concéntricas alrededor de lo que alguna vez supo ser un ombligo…y ahora es el ojo atrofiado de Cuasimodo. El tema no es la barriga (que todas supimos conseguir), es la vestimenta que utilizan a la hora de salir a la calle, exhibiendo orgullosas las marcas del paso de la criaturita enfundadas en calzas ciclistas color crema y topcito verde loro que jamás llega a cubrir el matambre que amenaza con escapar y convertirse en un cacho de persona con vida propia. Eternas usuarias de zapatillas en invierno y joggineta “baby-food-print”, estas madres dedican su vida a la crianza del ejemplar al que dieron vida sin reparar en las manchas de zapallo y vitina que arrastran por la vida en el buzo que hace dos semanas no se pega unas volteretas en el lavarropas. En verano, optarán por las cómodas ojotas, chancletas y/o pantuflas descoloridas regalo de la suegra que tanto las aprecia por haberles bendecido la vida con esos preciosos nietos. Eso y el vestido batón que las acompañó durante todo el embarazo. El maquillaje habitual de estas señoras es una eterna película de grasa y transpiración (mix de baba y vomitito de bebé con más los vapores del pucherito con el que hicieron la suculenta papilla del adoradísimo querubín).
No existe la sombra, ni el rubor, ni el labial, sólo un par de ojeras violáceas producto de noches en vela ya que el tesorito de mamá duerme desde el primer día en que llegó a casita, entre papi y mami (aún hoy que tiene quince años y el tamaño de un leñador canadiense). Estas mujeres no usan bijouterie que podría entorpecer sus diarias funciones, pero hay una alhaja a la que no pueden resistirse…el dijecito de oro con la formita del crío que las enorgullece y que cuelga de sus cogotes como el cencerro de la vaca.
El pelo merece un capítulo aparte. La que no se lo poda corte taza por practicidad e higiene, se lo anudará en un firme rodete que se irá desarmando conforme pasan las horas hasta convertirse en un nido de caranchos cuyas mechas rebeldes estarán finamente embadurnadas con restos de avena y miel.
Las tetas de estas mujeres, durante el período de lactancia del monstruito que han sabido conseguirse, es algo que me ha impresionado toda la vida. Tengo un hijo y un par generoso así que no debería espantarme, sin embargo; he tenido la escalofriante oportunidad de ver gomas a bordo de colectivos, actos escolares y reuniones de mujeres, que me han dejado estupefacta. La forma en que las dueñas de esos colosos de grasa chorreantes de leche, que desprejuiciadamente abren sus camisas en franca actitud de orgullo materno, tomando el seno (que tiene el tamaño de un gigantesco melón amarillo) para insertar el pezón (que tiene el tamaño de un plato de postre) en la boca del neonato siempre me ha parecido dantesco. No por el acto en sí, que es lo más natural del mundo; lo que me da pavor es la total falta de pudor de estas mujeres exhibicionistas de una actividad que, a mi entender, debería ser íntima y privada. Nadie les pide que se escondan en el baño, pero tampoco que se manden una disertación sobre política internacional con la tetaza en la mano mientras el crío escandalizado boquea tratando de agenciarse una gota de líquido nutritivo en las fauces desprovistas de dientes. Demás está decir, que cuando la criaturita se traslada por sus propios medios, habla en dos idiomas, putea, se manda medio bife de chorizo con papas fritas y luego se prende para el postre a la mama de la progenitora; el espectáculo me resulta francamete escalofriante.

El discurso “Soy a imagen y semejanza de la madre de Dios, ya que puedo concebir y parir…deberían beatificarme”.

Esta presunción es bastante común, sobretodo en primerizas que creen ser las únicas capaces de quedar encintas luego de una cópula insulsa (muchas veces en la mismísima Luna de Miel). Nacen y procrean con absurda compulsión como si escucharan algún mandato celestial que las obliga a abrir las piernas regordetas para habilitar el ingreso de espermatozoides y escupir lechoncitos de tres kilos setecientos cada año bisiesto. Lo que no se dan cuenta es que cualquier ser vivo es capaz de reproducirse con igual o mayor celeridad y no hace falta más que un núcleo con una pizca de ADN o la capacidad de una ameba procariota para efectuar la misma beatífica tarea. Con cuarenta y ocho horas de embarazo y el semen de sus parejas resbalando en la entrepierna, estas mamitas anuncian proféticamente, a los cuatro vientos, el advenimiento del heredero de la familia. Andan por la vida frotándose el útero con la mano y una sonrisa melosa pegada en la cara para que todos los que las rodean (y aguantan) se enteren que la dichosa señora está “en la dulce espera” (como si no hubieran recibido la cadena de mails de la cigüeña cincuenta y ocho veces colgándoles el sistema porque el jpg del pájaro pesa el equivalente en gigabytes al peso de su autora).
Para este tipo de cerebritos “Susanita”, la cantidad prima sobre la calidad y a mayor cantidad de hijos mayor es el pedazo de cielo obtenido. Es por esto, que la madre de siete cuya cadenita de dijecitos está más concurrida que vagón de subte en hora pico, se sentirá acreedora de la misericordia de sus semejantes porque ha decidido inmolar sus aspiraciones en pos de una carrera de madre abnegada. Ella, la que se dejó embarazar truncando sus sueños de abogada o de maestra, espera el aplauso familiar en medio de la mesa navideña mientras esquiva profiteroles rellenos de chocolate que su media docena de hijos lanza de una mesa a otra violentando la paciencia del Tío Antonio que ruega en voz baja, a la Vírgen Desatanudos, por la urgente sanción de la Ley de ligadura de trompas en la Cámara de Diputados.

Eternas adjudicatarias de inmunidad diplomática por maternidad

Una auténtica MAA, suele invocar su estado chapeando la incipiente barriguita para beneficiarse en todas las situaciones tanto familiares como laborales; haciendo uso y abuso de su condición para la obtención de todo tipo de dispensas, licencias y favores. Las señoras en cuestión, y quince días de embarazo, tendrán en jaque a todos sus compañeros invocando el vómito a flor de glotis cada vez que se les pida algo que no tienen ganas de hacer. No serán capaces de levantar una abrochadora del escritorio sin ayuda y siempre esquivarán situaciones incómodas con la amenaza de un aborto inminente. Es así que responderán al llamado de sus Jefes con cara de descompuestas argumentando dolores abdominales y pérdidas difícilmente verificables por parte de sus superiores. Se la pasarán de licencia en licencia, asistiendo a trabajar el tiempo necesario para poder presentar los certificados de enfermedad, volviéndose a ausentar con contracciones por tiempo indeterminado (aunque luego se encuentren con el Jefe de Recursos Humanos haciendo Shopping a dos manos en Unicenter). Jamás se les cruza por la cabeza la recarga laboral a la que son sometidos sus compañeros para compensar su ausencia, ellas están gestando, inmersas en un manto rosa de piedad que las libera de culpa y cargo.
Por lo general usan ropa holgada antes de hacerse el primer test de embarazo ya que eso les da derecho al asiento en el colectivo, no hacer fila en el banco y evitarse la caminata al despacho del Gerente toda vez que el mismo requiere una planilla. Se ofenden sobremanera si no se las deja pasar primeras al baño ya que la cabecita del bebé reposa sobre sus vejigas (aunque el bebé sea un blastocito de ocho células y tenga el tamaño de la cabeza de un alfiler). Torturarán a sus compañeros porque les afecta el humo, el perfume de la Secretaria del Director las descompone, el café está demasiado fuerte para el bebé y la napolitana que encargaron en el almuerzo la tuvo repitiendo el ajo toda la tarde. Se aprenderán de memoria los decretos y leyes que redactan sus derechos y harán uso de todo lo que esté a su alcance para trabajar lo menos posible y enganchar licencias con vacaciones, embarazándose inmediatamente después de haberse reincorporado por el nacimiento del hijo anterior (que dejarán al cuidado de madres y suegras para encanutarse el sueldo de la niñera).

Abran paso, aquí viene una MAA con un bebé precioso

Las abnegadas suelen autoconvencerse de que sus criaturitas son únicas y especiales. Se pavonean con estupendo fervor embistiendo a todo aquel que ose cruzarse por delante del cochecito Perego de última generación, con suspensión trasera independiente y dirección asistida. La gente debe adivinarlas porque ellas no cejarán en su arremetida; arrasando a su paso con perros, niños, abuelas y no videntes. Incrustarán la cabeza de sus bebés en las rótulas de la gente en los supermercados, clavarán el cochecito en los talones de la estupefacta señora que hace fila en la panadería y cruzarán la acera con el semáforo en verde pretendiendo que el mundo se detenga porque pasa el heredero.
Mostrarán las fotos del crío a compañeros de trabajo, porteros, odontólogos y ferreteros que ahogarán un bostezo mientras secretamente desean que las parta un rayo maldiciéndolas de por vida. Contarán una y otra vez la misma estúpida anécdota del bebé haciéndole pis en la cara al abuelo, en medio de un cambio de pañales y aburrirán a sus amigas solteras con los cuentos de la última visita al Pediatra quien sugirió la inclusión del kiwi en la dieta del crío para evitar la constipación (y del espléndido resultado que les dio hasta el extremo de poder contar las semillitas de la fruta en la mierdita santa del pañal).
Como sus bebés son únicos, los peloteros nunca están lo suficientemente limpios para albergarlos, el nene de la vecina no es digno de compartir el ascensor porque esos mocos verdes están infestados de microbios y la abuela es declarada persona non grata porque tiene dos líneas de fiebre. Aunque el pendejo esté al borde de su ingreso a la Primaria, la MAA lo levantará a upa y lo calzará en el hueso de la cadera para asegurarse un asiento en el subte o ahorrarse demoras cuando va a votar.

Yo que de esto se mucho, te puedo dar un consejito

Las MAA sufren del trastorno de “yosoydueñadelaverdadporquetuveunhijo”. Es por esto que se la pasan opinando con auto-decretada idoneidad sobre todos los temas de educación que se presenten tanto en la oficina como en las reuniones sociales y familiares. Son las primeras en levantar el dedito índice para destacar el comportamiento indebido de otros niños en fiestas escolares y acusar a otras madres más relajadas, de colgadas o irresponsables porque les permiten comer un pancho en un cumpleaños. Su vasta sabiduría proviene de los fascículos coleccionables de puericultura de la revista Glamour, su formidable madre que la supo criar como se debe pasándole la antorcha de la excelencia en maternidad y el Pediatra que la atiende a las tres de la mañana porque el bebé se tiró un pedito con olor sospechoso (como si la mierda tuviera matices más agradables y menos inofensivos al olfato).
Son las típicas madres que luego de haber visto desaparecer su pubis detrás de cinco queloides producto de cinco cesáreas consecutivas, creen que su papilla es más nutritiva y revisan con autoridad los potajes preparados por cuñadas y hermanas menores durante los asados familiares. Saben coser, saben cocinar, saben maniobras de resucitación y primeros auxilios, tienen todo planchadito, desinfectadito y en su lugar; pero la horda que proviene de sus entrañas se comporta como un ejército desmadrado de borrachos cocacoleros que rebotan contra las paredes y que poco a poco fueron aislando a sus progenitores de sus amistades (ya nadie los recibe ni siquiera en Pascuas).
Estas sórdidas mujercitas de traje sastre y anteojos culo de botella aseguran en las reuniones escolares que la televisión ha sido desterrada para siempre de sus hogares; pero sus hijos te relatan en el recreo la escena de sexo, con lujo de detalles, del culebrón de las once de la noche. Febriles defensoras de los derechos del niño y la solidaridad, estos engendros cruza "Mamá de la Tribu Brady" con "Caroline Ingalls"; acostumbran a invertir buena parte de sus días disfrazándose de sapos u hormigas participando altruistamente de la obrita escolar del Día del Niño que luego representarán ad honorem en todos los jardincitos municipales de la zona (para horror de los homenajeados que ya se tocan con la imagen de Jessica Cirio en sus celulares de última generación).

Por eso nena, si estás pensando seriamente en “llenarte la panza de huesos” como decía un mecánico amigo mío; pensá que lo que estás por hacer no es patrimonio exclusivo del género humano. Se embarazan las ballenas, las monas, las marmotas, las osas, las yeguas, las mulas, tu vecina, tu perra, las amebas y la portera. No estás haciendo más que responder al clamor ancestral de tus hormonas. Así que ocupate de disfrutar del evento porque lo que se te viene no te lo anticipa nadie, nadie te lo paga y no va a existir encíclica papal que te abra las puertas del cielo si metés la pata en tu gestión…gestación o como quieras llamarlo.
Ah, y los críos no tienen devolución!!!.

jueves, 2 de octubre de 2008

Delirios de grandeza


Sueños, vocaciones, frustraciones y divorcio (all included)

No sé si a todos les pasa, intuyo que sí, pero es muy probable que lo mío sea una patología psicológica inofensiva.
Mientras esperaba que la Jueza me atienda para exponer los motivos por los cuales quiero que me divorcie del Señor con el que supe compartir techo y comida, mi mente volaba (como suele hacerlo) por lugares más felices que la recepción del Juzgado de Familia donde esperaba mi audiencia.
Arrullada por el cántico frenético emitido por el teclado de la notebook del Señor del cual venía yo a deshacerme "legalmente", fui succionada por una nube de vapor con olor a pasado y naftalina donde mis recuerdos infantiles tomaron posesión de mi mente que se fue al carajo sin escalas.
Inmersa en semejante viaje lisérgico, con apenas 0.5 miligramos de clonazepam encima; me deslizaba deslumbrada por el patio de la casa de mi abuela, el living de mi casa de soltera y las escalinatas de entrada de mi Escuela Secundaria. Flashes de mi vida pasada bombardeaban mi cabeza como las imágenes de un televisor sometido al proceso de sintonía automática de canales. Fragmentos de conversaciones, risas, peleas, canciones repicaban en la tapa de mi sesera como el granizo en el techo de chapa de mi casa.
Y ahí pude ver con toda claridad, mis más profundos anhelos de la infancia, lo que siempre quise ser, la persona en la que alguna vez soñé en convertirme, aquella que había enterrado en el último cajón de mi subconsciente con un cartelón rojo que decía “NO WAY”.
Adicta a las listas como mi querida sobrina Peque, me puse a repasar uno a uno, todos los proyectos truncos para caer en la cuenta que lo mío era un caso descomunal de “delirio de grandeza”.

La lista (for your eyes only):

Estrella de rock. Más grande y popular que Los Beatles y los Stones juntos. En mis sueños toco casi todos los instrumentos (creo que esto puede ser un festival freudiano para cualquier psicólogo que inmediatamente preguntará “¿algún instrumento de viento?”). Tengo una vitrina atiborrada de Grammys, discos de platino, Oscars (por las bandas sonoras que compuse, obviamente) y tapas de revistas en las que alguna vez fui portada. Viajo en limousine, tengo dinero suficiente para comprarme medio planeta y avion particular porque detesto viajar como los humildes mortales sin talento. Mi canto arranca las lágrimas de los fans que se desmayan en mis conciertos, las mujeres me admiran y los hombres caen rendidos a mis pies (generalmente los pateo porque no me dejan caminar cuando salgo de Shopping).

Piloto de avión de línea. De esos que trasladan hordas de pasajeros a Europa. Generalmente salvo al pasaje de un atroz accidente en medio de una feroz tormenta, con la doble barrena invertida que aprendí en “Top Gun”; y una vez aterrizada la nave recibo los aplausos de toda la tripulación. Mi novio es astronauta, antes de que me lo pregunten.

Cirujana cardio-torácica (esta la arrastro desde la Feria de Ciencias de 4° año, donde abría un sapo por la mitad y le sacaba el corazón delante de la mirada asqueada de los participantes). Soy la que abre pechos como latas; adentro de ascensores (sobredosis de series médicas, lo admito), aviones, yates, etc. salvando vidas reconectando arterias con las manos ensangrentadas sosteniendo sondas naso-gástricas con los dientes y la sierra con ambas manos mientras parto esternones a diestra y siniestra. Con un solo movimiento de cabeza puedo incluir a esa tierna niñita de siete años en la lista de transplantes y, por supuesto, soy la primera en insertar dentro de la cavidad torácica un artefacto parecido a un despertador antiguo para estirar la vida del paciente en espera de un donante que le salve la vida definitivamente. El Nobel de Medicina, es un trámite, no puedo ir a buscarlo. Estoy muy ocupada dando clases a jóvenes inexpertos que no se toman la profesión tan a pecho como yo. Ah, y me transo al Jefe de Traumatología, que está más bueno que comer pizza con la mano.

Etérea bailarina clásica. Cuarenta kilos de peso (con ropa), sin embargo no he perdido las tetas ni el culo…milagrosamente. Soy una pluma que se desliza por el escenario del Colón con la gracia de Isadora Duncan, cosechando aplausos de Buenos Aires a Moscú. Las mujeres me ven y lloran, la muerte del cisne me sale brutal. Una entrada para verme cuesta lo mismo que cuatro implantes dentales. Y Baryshnikov no puede vivir sin mí, dicho sea de paso.

Entrenadora de delfines. Mi vida es la versión femenina de la de Jacques Cousteau. Trabajo para un oceanario investigando la vida sexual de la ballena blanca. Salgo a nadar con tiburones, que no sólo no me mastican, me reconocen y me siguen como pollitos inofensivos. Conozco a todas las ballenas de Puerto Madryn, las he bautizado una por una. Me deben la vida ya que fui yo quien se postró delante del ballenero nipón en un bote de goma evitando la masacre. Por supuesto soy miembro de Greenpeace y vivo en un superbarco laboratorio con un científico australiano que conocí buceando en la Gran Barrera de Coral (y es igualito a Russell Crowe).

Actriz. Lo mejor después de Meryl Streep (en realidad ella me llama para pedirme consejo, cada vez que recibe un guión). Coseché Palmas de Oro, Conchas de Plata, Osos de Berlín, Baftas, Oscars, Golden Globes y hasta un Martín Fierro. La gente va a ver mis películas con toneladas de Kleenex porque hago llorar hasta a los narcos colombianos. Tomo el té con la Reina de Inglaterra (que me acaba de regalar un título nobiliario) y me codeo con el jet-set europeo y neoyorquino. Dolce & Gabbana me regala vestidos, Armani se pone celoso y Hermés sacó una línea de carteras con mi nombre (a quien voy a demandar porque no me pidió permiso). Obviamente soy miembro honorario de UNICEF y me la paso deambulando por Africa tratando de acabar con el hambre y la pobreza. Ahí conozco a un médico miembro de Médicos sin Fronteras (que me da una mano con eso de acabar) del que me enamoro perdidamente porque en su puta vida vio una película mía y no tiene la más pálida idea de quien soy (ah, y es igualito a Clive Owen).

Piloto de Fórmula 1. La primera en ganar el Gran Prix de Montecarlo para la Escudería Ferrari. El príncipe Alberto me entrega el trofeo y un par de cosas más en privado (echando por tierra la teoría de su reprimida homosexualidad). Los hombres me odian porque manejo mejor que ellos y más de una vez me encuentro con el auto rayado en la cochera. Me caso con otro deportista top, probablemente un tenista que no me haga sombra en mi carrera y que seguramente está más bueno que el Quaker.

La voz del Secretario del Juzgado me devuelve de una patada a Alfa y caigo en la cuenta de que no soy nada eso con lo que he soñado. Mañana me tengo que levantar a las seis, hacer el desayuno, plancharme la camisa del uniforme, llevar a mi hijo al colegio y pasar por el super porque mi heladera es un páramo. La crisis más grande que deba resolver seguramente será el papel atascado en la impresora del trabajo.
No firmaré autógrafos, apenas un par de remitos o alguna nota a un Banco. No abriré pechos con tramontinas, quizás el capot del auto que aúlla por un litro más de aceite. No entrenaré delfines, sólo a mi perro para que no me salte embarrado cuando llego a casa. Y si tengo suerte, el Oscar vendrá en la forma de un 10 en la prueba de Matemáticas de mi hijo.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Delicias de la vida conyugal, concubinato y/o largos noviazgos







EMULANDO A CARRIE BRADSHAW


Cuando una es todavía una niña que vive feliz en el “cocoon” de su hermoso hogar, esperando convertirse en mariposa, libre y hermosa; las mujeres adultas de la familia se encargan de formatear el diskette cerebral introduciendo información desconocida hasta ese momento. Es así como madres, abuelas y tías se sientan en nuestros dormitorios a leernos cuentos de princesas y príncipes enamorados, mientras cepillan nuestros cabellos y barren nuestras propias e innatas ideas. Se nos convence de que algún día encontraremos nuestro glorioso caballero ecuestre (cuestre lo que cuestre…Les luthiers dixit), que nos vendrá a buscar al agujero donde vivimos o trabajamos para rescatarnos de la aplastante soledad y monotonía a la que hemos sido condenadas. Visualizar a Debra Winger y Richard Gere en el final de “An officer and a gentleman”. Así es como poco a poco, se nos inculca la idea de que la soltería es un karma horroroso que debe ser evadido so pena de contraer cáncer de mamas, vivir en la histeria más absoluta, ser señalada con el dedo cual mercadería defectuosa y terminar nuestros días conversando con un canario o dejándonos lamer por un perro pekinés como único método para verle la cara a Dios (verle la cara a Dios=orgasmo de proporciones inusitadas).
De esa manera es como nuestra vida se convierte poco a poco, en una carrera contra el reloj donde el premio es nada más y nada menos que un marido deluxe con pintura bicapa y suspensión trasera independiente (si es que un marido puede compararse con un auto). A medida que pasa el tiempo, lo que al principio es una lista de doscientas cualidades que el susodicho debería reunir para robar nuestros corazones, termina siendo una plegaria a San Pantaleón orando por alguien que aparezca calzando un pantalón.


Estos eran los standards para conseguir pareja, vigentes cuando la que suscribe era una mamerta de veinte con ganas de rajarse de casa:

La lista de los quince años

- Que tenga pelo rubio, ojos celestes, abdominales marcados, mida 1.82, pese 80 kilos, naríz respingada, pies lindos, manos fuertes, boca carnosa, sin acné y se afeite bien porque pincha.
- Que sea sensible y me entienda.
- Que me escuche.
- Que le guste trabajar y tenga lindo auto (de papi obvio).
- Que me lleve al shopping y se aguante mientras me pruebo ropa.
- Que adore mis poemas, mis canciones y a mi perra.
- Que bese con poca lengua porque me da cosita.
- Que se aguante porque todavía no estoy lista para acostarme.
- Que sea bueno con mi familia, mi hermana, mi perra, mis amigas y mi madrina.
- Que me compre regalitos, me regale fotos, poemas y chocolate.
- Que me traiga flores todos los mesarios (aniversario de mes).
- Que quiera casarse algún día y tener muchos hijitos.
- Que su familia me adore.

La lista de los veinticinco

- Que no tenga feo aliento ni caspa.
- Que levante la tabla del inodoro para hacer pis.
- Que me llame de vez en cuando.
- Que me meta lengua a todo vapor cuando besa.
- Que me deje salir con mis amigas.
- Que ni se le ocurra salir con sus amigos en nuestro mesario.
- Que haga el amor con voluntad y dedicación, o ganas de aprender.
- Que tenga dinero como para llevarme a comer y un buen auto.
- Que de vez en cuando me traiga una flor robada o un chocolatín.

La lista de los treinta y pico

- Que sepa qué hacer en la cama o siga su ruta (que no tengo tiempo que perder ni ganas de jugar a la maestra).
- Que tenga la dentadura completa, un poco de barriga no molesta. Pelados con onda no problem.
- Que tenga sentido del humor.
- Que tenga dinero para llevarme a comer y un auto limpio (no importa el modelo y el año, siempre que funcione decentemente).
- Que conteste el teléfono y aparezca sin necesidad de hacer una denuncia de paradero.

La lista de los cuarenta

- Limpito, dentadura postiza fija, no estoy para encontrarme con la removible en un vaso en el baño. Panza y rollos, siempre que no superen los míos. Pelo, es lo de menos, siempre que funcione la cañería…
- Que no esté medicado.
- Que no viva con la madre.
- Que tenga un trabajo y sea independiente.
- Que me pague el bus cuando salimos.

La lista de los cincuenta en adelante

- Que sea.
- Que sea sanito.
- Que no arrastre los pies cuando camina.
- Que le funcione la cañería.


El tema es que la desenfrenada carrera por conseguir la media naranja casi siempre termina con la esperada recompensa. Las mujeres somos cazadoras natas y gracias al entrenamiento de las féminas de la familia conseguimos la presa con la misma pasión que las leonas se devoran las cebras en un documental de “Animal Planet”.
Pero la realidad, y lo que nadie nos enseña, es que el ejemplar conseguido dista mucho de ser el príncipe/highlander/caballero/guerrero/gladiador/latin lover que nos habían prometido las abuelas. Y unos años después una se encuentra sudando la gota gorda en la cocina revolviendo los fideos, con dos o tres críos cubiertos de mocos que demandan nuestra atención; mientras el sujeto se toma con parsimonia la vida y la cerveza, control remoto en mano relamiéndose mientras mira a la Sharapova corriendo detrás de una pelotita.
Por supuesto, los matrimonios duran cada vez menos y las tasas de divorcio suben mientras los índices de casamientos bajan estrepitosamente. Pero, las nuevas generaciones vienen con un chip “antiembauque” que les hace sonar todas las alarmas en el bulbo raquídeo. Thank God!. Ya no buscan cambiar la dependencia de los padres por la de un marido, anhelan realizarse como personas, no ansían atiborrar el monoambiente hipotecado de pendejos insoportables, coleccionan imanes del delivery en lugar de recetas culinarias recortadas del suplemento del diario del domingo y ni se les cruza por la cabeza comprarse una plancha que no sea para el pelo.
Pero mirando a las hembras más añosas del género humano, yo me hago las siguientes preguntas:

¿Los matrimonios de antes duraban más que los de ahora?
¿Nuestras abuelas se aguantaban todo o realmente querían a sus maridos?
¿Los hombres de antes eran mejores que los actuales?
¿Es más fácil y mejor visto divorciarse ahora que hace cincuenta años?
¿Las mujeres de ahora son más complicadas y tienen menos paciencia?
¿Los hombres actuales son más superficiales y menos comprometidos?
¿Las mujeres actuales son más inteligentes?

Sea lo que fuere, lo que nadie te dice ni te va a decir es que el hombre que solía provocarte taquicardia ahora te trae hipertensión. Que los hijos son muy lindos pero ambos terminarán en una batalla campal intentando ubicar al responsable del aporte de ADN, que convirtió a ese crío en un ejemplar igual a la abuela. Que el sexo oral es para aniversarios solamente y el juego previo una actividad practicada en la prehistoria de la relación dentro del auto y con bastante incomodidad. Que las velas se encienden únicamente cuando se corta la luz y la cama es para roncar y cagar a codazos al otro por medio metro de sábana. Que los domingos en familia son un dolor de huevos y “porqué tratás mal a mi mamá si yo no hago más que deshacerme por atender a la tuya!”. Que cualquier cosa es motivo de discusión: el alquiler de una peli de amor versus una de submarinos, la cuenta del supermercado, el crío y su mala conducta en el colegio (todo culpa tuya que sos muy permisiva), lo que tardaste en secarte el pelo y maquillarte, el ritual de la cena que no fue servida a horario (Dios, qué pecado inexpugnable!), los problemas del auto, la factura de la luz, la camisa celeste que no está planchada (la horca lo menos, para esa falta gravísima), la memoria restringida de la pc por culpa de las fotos de ese actor tuneadito que te vuelve loca y tantas otras cosas que pueden terminar con la paz de la vida en común en fracción de segundos.
Así que la entonces niñita vestidita de rosa, tiara de brillantes de plástico en la cabeza, taquitos de acrílico Barbie en los diminutos piecitos; que era dulcemente aleccionada por la abuelita que la peinaba despacito y soñaba con el príncipe encantado debería haber conocido la verdad a tiempo: Del “cocoon” saldrá un gusano que se arrastrará la vida entera soñando con ser una soberana, libre e independiente mariposa. Y el príncipe highlander vive sólo en las novelas, me cacho en diez!.






sábado, 27 de septiembre de 2008

Carol Carolinska cumple años


Hace unos años, mi famosa amiguita cumplió años y fué mencionada en varios diarios pedorros locales y extranjeros. Trabajando como corresponsal y columnista en algunos de ellos (con pseudónimos, obviamente, dada la paupérrima calidad de los mismos), se me pidió escribir una nota sobre su azarosa vida.

Un día como hoy...



...pero de milnovecientosquichicuchyebebeapepee, venía al mundo como Dios la trajo y a ella le gusta andar (léase: en bolas), la famosísima actríz, cantante y bailarina sueca Carol Carolinska.
Apodada "Molly" por sus padres, la precoz niñita supo desde su más tierna infancia que lo suyo eran las tablas, el glamour del encaje, las plumas y la cerveza bien fría. La pequeña entonaba el Edelweiss en su cunita cuando aún no había cumplido los dos añitos; y para horror de su madre, pronunció el brindis en sueco antes de decir mamá. La progenitora atribuyó ése y otros comportamientos similares al hecho de haber quedado al cuidado de siete marineros suecos, que se hospedaron en el hogar Carolinska durante unas vacaciones de verano.
Iksel, Kleber, Olof, Johan, Henrik, Anders y Fredrik no sólo se convirtieron en parte de la familia, fueron la audiencia ideal para que la pequeña artista fuera desarrollando sus primeras armas como actríz y cantante. La niña de tan solo cuatro añitos solía bailar el can-can sobre la mesa familiar mientras los muchachos entonaban cánticos alusivos y golpeaban sus vasos contra la mesa, a modo de ovación.
Los marineros decidieron seguir visitando a la niñita los veranos sucesivos y fué en una de aquellas noches estivales, pero doce años después, que la actríz se percató del efecto que ella misma causaba sobre el género masculino. Esa noche, enfundada en su mínimo vestidito a lunares rojos, sus taquitos del mismo color y portando la bandera sueca en una mano; sorbía con ruiditos la cerveza, autorelamiéndose los bigotes de espuma ante la mirada atenta de su babosa audiencia. Dispuesta a dar un buen show, "Molly" bailó una vez más el famoso can-can, revoleando sus largas piernas y meneando su generosa derriere. Una vez acabado, el show, la adolescente revisó uno por uno los rostros de sus espectadores buscando el merecido aplauso. Se encontró con bocas entreabiertas de donde pendían finos hilos de saliva, ojos desorbitados y algún que otro jadeo. Olof y Henrik sufrían convulsiones. La cantante no tardó en descifrar que no se trataba de un síndrome epiléptico y los intimó a poner sus manos sobre la mesa, bajo apercibimiento de concluír su presentación en ese mismo instante. Tampoco tardó en sacar cuentas y percatarse de que estaba sentada sobre una mina de oro.
A las pocas horas se encontraba rumbo a París, para desconcierto de sus padres y desconsuelo de sus amigos marinos que aún hoy la siguen buscando por los pasillos del manicomio Saint Etienne. Cuenta la leyenda que Iksel no sería otro que Osama Bin Laden, que ante tamaña decepción sentimental decidió desquitarse aniquilando a todos los rubios de ojos celestes.
Una vez instalada en el hogar del coiffeur Cristophe Melamangé, responsable de su cambio de look; la diva concurrió a una serie de castings para el "Crazy Horse", el "Moulin Rouge" y el "Treinta chicas bonitas treinta". Obtuvo empleo en el tercer lugar, como corista reemplazante de Mimi Ardí a quien Molly no tardó en remover valiéndose de un oscuro ardid. Le presentó a Marcel, un turista sudafricano portador de un generoso miembro que la enamoró, la embarazó, la engordó como a Hansel y Gretel juntos y la abandonó.
Mientras tanto, Molly acaparaba cada vez más, la atención del público masculino y recibió infinidad de propuestas para trabajar en el interior (de la habitación número 9 del Palais Avec-toi, de la Rue La Folle). Aceptó algunas de ellas con el único fin de adquirir su ticket Paris-Los Angeles y de esa manera triunfar tal cual lo planeado, en Hollywood.
Subió al avión con sus dieciseis maletas conteniendo la colección completa primavera-verano de Christian Dior, Chanel, Ives Saint Laurent y Tienda los Cinco Hermanos. Llevaba también su personal trainer, su chef, maseuse, estilista y un Rotweiller que respondía al nombre de Pussy (en honor a la cotorra de su gran amigo Cristophe). Allí fué entrevistada por el mismísimo Sam Goldwyn quien le ofreció de inmediato un rol protagónico a cambio de ciertas compensaciones físicas. El rol protagónico nunca llegó y tanto se enojó la afamada actríz; que los creativos de la Metro Goldwyn Meyer reemplazaron al famoso león, sello de la empresa, por su rostro enardecido durante los años 1969-1971.
Se las ingenió para inmiscuirse en películas de bajo presupuesto como "Swedish waitress in trouble", "Swedish waitress in action", "Heidi, Pedro and Olaf and the sheep and sometimes even granny" "Swedish waitress in trouble 2", "Hot Summer in Malmö" y "Dirty Dancing 4".
Pero fué aquí en nuestro país, y de la mano del Bob Fosse argentino don Pedro "Papirri" Soiguei; que la talentosísima actríz desplegó todas sus herramientas actorales adicionando el canto y el baile, cosechando el aplauso y consagrándola definitivamente. Su paso por la calle Corrientes en éxitos tales como "Madame la reina del lupanar", "Tristán y la colegiala sueca", "De Suecia con amor", "¿Alguna vez lo hiciste en un avión?" y "Pupy para los íntimos"; la catapultaron al estrellato ubicándola entre las grandes como Nélida Roca, María Fernanda Callejón y Yuyito González.
Lamentablemente para su público, y luego de trabajar en la última película de los Superagentes "Tiburón, Delfín y Mojarrita contra el bacalao noruego y sus secuaces", la actríz decidió retirarse para disfrutar de la vida al aire libre. Actualmente vive junto a su marido /manager, Pilo Dadomaldon y sus hijas en una finca en la localidad de Capilla del Señor. Una gloria del cine y teatro argentino, que hoy cumple años.

Amadeo Paolo Ga

Redacción Diario "Crónicas Portuarias"

viernes, 26 de septiembre de 2008

Infelizmente casada


Cuando uno se casa y permanece casado mucho tiempo, lo que otrora fuera una sana convivencia, se convierte en un suplicio que uno supone debe tolerar porque es lo que es y no hay nada mejor. Bueno, sí, hay algo mejor pero uno lo descubre recién cuando zafa. Debe haber gente que después de veinte años disfruta de la compañía del otro, pero me atrevo a decir que la gran mayoría soporta, sobrevive, aguanta o simplemente se resigna a que las cosas le chupen un soberano huevo pegándose una sonrisa plástica impregnada de bronca y poniendo todas sus fichas en una vida mejor...si es que existe la reencarnación. No es hasta que asomamos la cabeza fuera del frasco (o la casa) que nos avivamos de que nadie nos obliga a permanecer, a fingir y a sostener algo que no tiene remedio.
Hay un antes y un después de un matrimonio infelíz.

Este es un fin de semana del "antes", llevado a la cruda frialdad de los números.


Racconto de mi fin de semana "a la Bridget Jones"


Mi fin de semana en números:

Cantidad de polvos: 0
Cantidad de orgasmos: 0
Cantidad de orgasmos autogestionados: 0 (ni de eso tuve ganas)
Cantidad de horas de gym/caminata/yoga/aerobox/bicicleta/bochas/balero/yo-yo/ajedrez: 0
Cantidad de pelos arrasados artesanalmente con pinza de depilar: 8
Cantidad de horas de sueño nocturno: 6
Cantidad de horas de sueño siestero: 8
Cantidad de horas frente a la tv: 20
Cantidad de horas frente a la pc: escasas seis (muy poco para mi gusto)
Cantidad de ropa planchada: 0
Cantidad de peleas matrimoniales: 3
Cantidad de comidas fuera de casa: 1 cena. Ensaladita verde, 1/4 minipollito-paloma grillado magro y 2 litros de cerveza Wasteiner (no engorda, estoy segura; no puede engordar algo que te hace tan felíz y de lo que te deshacés inmediatamente meando como un caballo)
Cantidad de peleas ganadas: 1 (con pedido de disculpas incluído)
Cantidad de dvd's alquilados: 3
Cantidad de momentos gratos: 1 (gracias Woody por "Scoop" ; me pude reír con mi hijo con algo que nos gustó a los dos!!!)
Cantidad de tiempo de calidad compartido con hijo, para juegos propuestos por la criatura: 2 horas, mirando "Jackass II" doblada al español
Cantidad de veces que escuché la palabra gilipollas: 893
Cantidad de arcadas repelidas a fuerza de tragar saliva y soda con limón mirando a un tipo defecar sobre una casa de muñecas: 57
Cantidad de pollas divisadas en la peli: 18 incluyendo la del enano que hace un full-frontal sobre una mesa de directorio
Cantidad de golpes en la frente autoinfringidos: 3 (por las tres veces que pensé "Johnny Knoxville me pone", inexplicáblemente)
Cantidad de enamoramientos platónicos nuevos: 1=Hugh Jackman

Cantidad de enamoramientos platónicos acumulados: 76 (puedo hacer la lista pero no quiero aburrir)
Cantidad de veces que pensé en mi harem hollywoodense y Jamie Fraser (highlander escocés, personaje de ficción de novelas erótico-festivas)= 999.999.999
Cantidad de páginas leídas: 150
Cantidad de bytes descargados: 1.356.994 mb de pura ilegalidad
Cantidad de alcohol consumida: 2.5 litros (compuestos de cerveza y vino...se me acabó el tequila la reputísimamadre!)
Cantidad de porros fumados: un lamentable 0
Cantidad de glucosa en sangre: lo suficiente como para que el páncreas sufra (incluye caramelos light/ no light, y el ataque a mansalva a torta de brownie con dulce de leche que había prometido no tocar)
Cantidad de vajilla lavada: 2.563.179,69 (los decimales corresponden a las cucharitas de café)
Cantidad de drogas prescriptas consumidas: 2400 mg. de antibióticos, 4 mg. de clonazepam (para transitar la vida felíz por el carril lento), 600 mg. de ibuprofeno, 12 cm3. de colirio (para disimular los ojos inyectados por culpa de la pc), 450 mg. de diclofenac.
Cantidad de intentos de suicidio : 69
Cantidad de intentos de suicidio exitosos: 0
Cantidad de documentales de Discovery Channel/History Channel/ National Geographic vistos: 77 (temática: choques de trenes, choques de aviones, construcción de transatlánticos, montaje de molinos de energía eólica, construcción de torres en Shanghai, construcción de puentes colgantes antisísmicos en Kyoto, diseño y fabricación del Airbus, remodelación y organización de aeropuertos, entubado de acuíferos en el Tibet, cazadores de tornados, construyendo diques en el Desierto de Gobi, emplomado y enfriado de la Central Atómica de Chernobyl [con testimonios de mineros enfermos de cáncer que trabajaron ahí], Tsunami: se podría haber evitado?, la extinción del tiburón martillo, Kaszjastán: la verdadera historia en imágenes conmovedoras, Chechenia: la masacre, Escocia, la fabricación del whisky [ése me interesssss zap!, lo cambió], Irak: después de Saddam, La frontera de Gaza [una lección de anatomía con diapositivas a todo color]...)
Cantidad de documentales de Discovery Channel/History Channel/National Geographic repetidos o vueltos a ver: 74
Cantidad de intentos de suicidio post documentales: 33
Cantidad de intentos de asesinato post documentales: 74
Cantidad de veneno para roedores molido en el mortero de mi abuela: 75 grs. por kilo vivo de peso (aprox.)
Cantidad de pensamientos impuros, obscenos, indecentes, en contra de la moral y las buenas costumbres: número primo que multiplicado por sí mismo da otro número de seis cifras que termina en siete
Cantidad de plegarias/rezos/súplicas: 0 (¿será por eso?)
Cantidad de horas en templos/iglesias/basílicas/abadías/capillas/carpas evangelistas/tomando sol mirando a La Meca: 0
Cantidad de veces que sonó el teléfono: 6
Cantidad de veces que era para mí: 3
Cantidad de veces que era mi mamá para romperme los huevos: 3
Cantidad de cigarrillos que me hubiera fumado si no hubiera dejado: Miralo de esta manera=índice Dow Jones sube tres puntos gracias a una fuerte suba de tabacalera responsable de fabricación de Marlboro (y me hubiera montado al cowboy de la gráfica unas 300 veces)
Cantidad de veces que odié mi culo en el espejo: todas
Cantidad de piojos encontrados en la cabeza de mi hijo: 3 tamaño cucaracha de cocina, 9 tamaño M y 67 XXS. Liendres: muchas. Confirmado: Hasta los piojos tienen más vida sexual que yo.
Cantidad de veces que hice caritas frente al espejo ensayando poses de top model, probando resultados de liftings y peinados estrafalarios: 102
Cantidad de lápices que se sostienen debajo de las tetas caídas: 3 x c/u
Cantidad de uñas y pellejos masticados: 25 grs.
Cantidad de intentos frustrados de subir a la balanza: media docena (equivalentes a la media docena de medialunas de manteca que me tragué en una sola mañana)
Cantidad de súplicas al cónyuge por tres agujeros en el marco del antepecho de la ventana para que no se me inunde el escritorio con la tormenta: 2
Cantidad de veces que agarré la Black & Decker y me autogestioné los agujeros: 1
Cantidad de veces que pensé en la Black & Decker para trepanarle el cerebro a mi pioresnada: 666
Cantidad de veces que me imaginé rescatada de la oprobiosa monotonía conyugal, al son de la música de "Reto al destino", por un Señor parecido a George Clooney que me arrastraba del brazo para llevarme en andas a su Ferrari...todo el puto fin de semana!!!.

Odiosas comparaciones


VICENTA Y BERTHA

Las comparaciones son odiosas. Pedirle a una niña que responda a la consabida -¿a quién querés más a Bertha o a Vicenta?- va en contra de todos los manuales de Psicopedagogía moderna, la moral, la ética, las buenas costumbres y el sentido común.
Evidentemente mi familia, como todas, carecía de sentido común y otras cualidades antes mencionadas; así que no pude escapar a la pregunta, hecha infinidad de veces por ambas mujeres durante toda mi infancia. Tampoco se salva de ser sometida a la infalible e inescrupulosa lupa de mi memoria pueril donde la respuesta tiene una contundente ganadora: Vicenta, la mujer que atesoro en mi corazón desde que mis neuronas comenzaron a almacenar preciosos recuerdos…alhajas sin precio, el mejor legado que un abuelo puede dejarle a sus nietos.
Lamentablemente, este ser extraordinario devenido de una mujer y un hombre que supieron inculcarle el amor a la vida; se fue demasiado rápido para mi gusto y entendimiento (jamás voy a perdonarle a quien sea que maneja los hilos de la extensión de nuestras vidas, que me la prestara por tan poco tiempo). Pero siempre queda el consuelo de la calidad por sobre la cantidad y la certeza de que ella no sólo vive en mí porque mi personalidad está impregnada de los sabores y matices de la suya del mismo modo que mi cocina de sus mejores recetas. Ella está viva en mi sentido del humor, en mis dedos parecidos a los suyos, en las fotos y en mi corazón; que treinta años después de su partida la palpita, cuando el tintineo de las llaves en la puerta pudiera ser aún, el anuncio de su inminente llegada.

Vicenta no cuidaba su figura, odiaba las dietas, le gustaba comer, cocinar, agasajar, las reuniones multitudinarias en una mesa atiborrada de comensales ávidos de recibir un cucharón extra de sus exquisitos manjares y jamás delegaba en manos de terceros la manufactura de sus platillos. Nadie cocinaba como Vicenta, ella lo sabía pero no lo usaba para pavonearse. Era un hecho inobjetable, un exquisito don que utilizaba para alegrar a los demás sin pretensiones de prestigio ni comprometidas alabanzas. Era felíz observando la felicidad ajena.

Bertha vivía a dieta. Sus comidas eran magras y desabridas. Rara vez ensuciaba sus inmaculados dedos pecosos, regordetes, de uñas color coral (con la medialuna al estilo francés pulcramente diseñada por la manicura de los jueves), enterrándolos en una bola pegajosa de papa y harina para amasar pastas. Ella delegaba, más bien regalaba el dominio de su cocina a su asistenta, Hortensia; quien invertía buena parte de su mañana hirviendo mustios vegetales sin sal y sacando brillo a impolutas cacerolas que aullaban por ser desfloradas para gestar un guisado de esos que salpican jugo cual lava volcánica dejando manchas indelebles en manteles y servilletas. Bertha detestaba tener invitados, utilizar el comedor principal (reservado para los grandes eventos que pocas veces sucedían), ensuciar copas y platos finos. Odiaba que le despeinen la alfombra, que le dejen la huella del culo en los almohadones de terciopelo, que le marquen la madera encerada con los tacos de los zapatos y disfrutaba con alivio el final de toda fiesta, cumpleaños o velada. Detestaba cumplir años, festejarlos (pero aceptaba de buena gana los regalos que siempre cambiaba por otra cosa) y había desterrado de nuestro vocabulario el término “abuela”. Mi hermana y yo le decíamos “Minina”, apodo que ella misma había elegido y que le caía como anillo al dedo por su temperamento felino.

En la casa de Vicenta casi todo estaba permitido. Todo se podía tocar. Las figuras chinas talladas en marfil que el abuelo Adolfo, vendía en la Joyería por fortunas; en su casa se convertían en un ejército samurai. “Los chinitos”, como solíamos llamarlos nosotras, eran desparramados en la alfombra de la sala del piano, para luchar contra dos gigantescos gallos de plata parapetados detrás de un enorme jarrón de la dinastía Ming (que se tambaleó durante años hasta que cedió al embate de los samuráis y cayó como el muro de Berlín, aunque en trozos un poco más pequeños).
La baranda de la escalera se convertía en un tobogán, la fuente del patio andaluz en una pileta olímpica, las sogas del toldo del patio en las lianas de una selva tropical y una tarde agobiante de verano en una fiesta de agua y descontrol.
A nadie le importaba que las baldosas del patio no brillaran como en las fotos de las revistas, las baldosas brillaban con la luz de las sonrisas de sus nietas que se sumaban a las danzas indígenas en ropa interior invocando al Dios del tiempo, para que lloviera y aflojara el calor. Ni la siesta del abuelo obtenía la sagrada inmunidad que merecía el cansancio de este hombre de bastón y bigotes con cara de mecha corta y corazón de dulce de leche. El piano era azotado por tres pares de frenéticas manos, emitiendo una ridícula canción de protesta que se fusionaba con los ronquidos del abuelo Adolfo, quien milagrosamente dormía pared de por medio como un bebé que escucha la más dulce canción de cuna.
Ni siquiera el blondo pajarito del reloj cu-cú se salvaba de ser capturado cual rehén por una reina tirana, despeinada, con su tiara de diamantes de plástico colgando de la oreja izquierda, embutida en un ampuloso vestido de gala celeste (el camisón de la abuela), suecos de corcho de doce centímetros (regalo de mamá); que haciendo malabarismos en puntitas de pie sobre el banquito de la cocina, esperaba que den las doce para acogotar al desprevenido animalito.
No había rincón de la casa que estuviera a resguardo, bajo llave o prohibido so pena de quedarse sin postre y/o dormir la siesta sin ganas.
Los cosméticos y ruleros eran usados para someter al abuelo al más salvaje de los tratamientos de belleza conocidos por la humanidad. Sus únicos tres pelos sobrevivientes a la calvicie soportaban el peso de hebillas y pinzas mientras sus “dos amorcitos” le inventaban lunares en la cara, aplastando lápices labiales de un fucsia rabioso en los cachetes de este pobre viejo que se conformaba con escuchar las risotadas de su mujer y mirar el final de “Bonanza” esquivando los ataques de un crayón delineador azabache en los globos oculares.
La siesta nunca sucedía. Nos acostábamos las tres en bombacha y camiseta, con el aire acondicionado a todo vapor, a leer fotonovelas y contar chistes non-sanctos cuya única trasgresión era una mala palabra de escaso calibre pero todo el encanto de lo no permitido. Nos reíamos hasta quedar sin aliento, buscábamos caras en las manchas de humedad del techo y paisajes en los dibujos del empapelado del dormitorio. Nos probábamos los sombreros del abuelo, las carteras de la abuela, usábamos sus perfumes, hacíamos caritas en el espejo del tocador y terminábamos las tres saltando sobre el colchón ante la mirada horrorizada de “Paquita”, la perra, que no paraba de ladrar en franco desacuerdo con la desmesura del evento.
Cuando el sol bajaba, Vicenta nos llevaba al bar de la esquina. Nos sentaba en la ventana del kiosco esperando que Gloria, la dueña, deslizara la ventana de vidrio para encandilarnos con una tonelada de glucosa enmascarada en fulgurantes paquetes de diversas formas y colores, diseñados para engolosinar la mirada obnubilada de cualquier niño con un páncreas de titanio. Luego de elegir el botín a dos manos la abuela preguntaba por las figuritas del momento y para nuestra total fascinación compraba todos los sobrecitos disponibles (cuando no encargaba las cajas enteras con la debida antelación).
Demás está decir que no esperaba retribución por tanto derroche de felicidad pero nosotras sabíamos que la manera de decir gracias era acompañarla por el barrio a saludar a las vecinas que se asomaban con la fresca, a barrer las veredas o simplemente a tomar aire y cotillear. Nos exhibía con orgullo como el pintor que muestra su mejor obra; hasta entraba en la Peluquería sabiendo perfectamente que a esa hora encontraba a todas las abuelas del barrio atadas a secadores de pelo, redecillas, piletas o con los pies en las palanganas sin posibilidad de escape. Entonces mi hermana y yo desfilábamos delante de esas mujeres, portando sonrisas llenas de agujeros de dientes de leche caídos en el cumplimiento del deber, recitando alguna poesía previamente aprendida a la hora de la siesta, para completo deleite de aquellos ojos oscuros de mirada profunda y tierna.

A Bertha le gustaba viajar. Le gustaba comprar muñecas para sus nietas. Pero como le salían muy caras y nosotras no les dábamos el valor adecuado, nos las mostraba y las volvía a guardar en sus cajas de orígen escondiéndolas en el fondo del placard hediondo por los vapores del antipolillas. Cada tanto, Hortensia y ella misma las sacaban de su encierro, las peinaban, les lavaban los vestiditos y volvían a esconderlas -¡hasta que crezcas, Pichi!-.
Su casa era un mausoleo, un museo donde las plantas tenían más derechos y más vida social que sus nietas. El living-comedor estaba prohibido, el escritorio también, el dormitorio principal era inviolable como la caja fuerte de un banco suizo y nuestras actividades se circunscribían al lavadero, el comedor diario y la habitación de Hortensia. Si teníamos que desplazarnos fuera de ese radio de acción, teníamos que hacerlo patinando sobre dos cuadrados de felpa para no rayar el piso de madera, y era gravísima ofensa aplastar la naríz contra el ventanal que daba al balcón para mirar el cielo o dibujar corazoncitos sobre la mancha de vapor dejada por nuestro propio aliento tibio.
Las plantas no se tocaban, sus hojas habían sido lavadas y lustradas obsesivamente, no necesitaban mimos de dedos embadurnados con mermelada de naranja (amarga como la dueña de casa). Los dulces brillaban por su ausencia, recuerdo revolver cajones y latas buscando alfajores o caramelos que ni por asomo existían. Bebida oficial de la casa: agua tónica (amarga como la dueña de casa) o gasificada y a temperatura ambiente para evitar las anginas. No había galletas caseras rellenas, ni polvorones de chocolate, ni flanes, ni tortas. La televisión, una agenda usada del año anterior y una birome que siempre amenazaba con expirar, únicos entretenimientos de una tarde de goma. Todo estaba fuera de nuestro alcance.

A Vicenta le gustaba sonreír. A Bertha todo la ponía de mal humor. Vicenta llamaba a Queca, su modista para que nos confeccionara el traje de princesa de nuestro cuento favorito. A Bertha le gustaba tejer. Nos tejía unos sweaters de cuello alto que siempre le salían demasiado angostos y con una trama tan apretada que pasarlos por la cabeza era un suplicio y aguantarlos todo el día se parecía al cepo con el que castigaban a los ladrones en la antigüedad. A Vicenta le gustaba bailar. Bertha se resistía a sacudir la osamenta en público. Vicenta jugaba a la escoba de quince por porotos. Bertha jugaba al poker por dinero. A Vicenta le gustaba su cara. Bertha se la estiraba toda vez que el bolsillo y su marido se lo permitían. Vicenta tenía amigas que le aparecían de sorpresa para tomarse un licorcito y hacerle compañía. Bertha decía que sus amigas le quemaban las plantas con la mirada. Vicenta elogiaba, Bertha buscaba los defectos. Vicenta se enojaba y se enteraba todo el barrio; gritaba, perdonaba y al rato se le pasaba la rabieta. Bertha no hablaba por una semana; era rencorosa, tragaba su bronca y días después pegaba donde más dolía.
Vicenta me escribía desde la playa para decirme que me extrañaba. Nunca se olvidaba de decirme lo mucho que me quería. Todos los días; con palabras, con gestos, con budines recién horneados, con abrazos y caricias de dedos torcidos, encallecidos. Con la mirada orgullosa, con un cuento antes de dormirme, haciéndome sentir segura y a salvo de todos los males de esta tierra.

Todavía hoy, en sueños o cuando miro alguna de sus fotos, ella me pregunta cómo estoy y vuelve a repetirme, como si hiciera falta, cuanto me adora.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Añejamiento humano


SINTOMAS DEL SÍNDROME DE AÑEJAMIENTO
(guía para pendeviejos que no asumen su lugar en la cadena alimenticia)



Es sabido por cualquier ser vivo ( vivo de respirar, no de avispado), que todos nos vamos a morir…algún día. El tema es en qué estado llegamos al ocaso de nuestras existencias. Antiguamente, un anciano era una persona con nietos, arrugada, con dentadura postiza, dificultad para desplazarse, pelo blanco, anteojos culo de botella, síntomas de pérdida de memoria y cara de cansancio monumental. Pero, los tiempos han cambiado y las personas recurren a todo tipo de artimañas para evitar lo inevitable…el paso del tiempo. La gran mayoría de los mortales acude a tratamientos de belleza, cirugías, ropa, gimnasia, vitaminas, etc.; creyendo ingenuamente que con todas esas estrategias podrá engañar y auto-engañarse. ¿No hay nadie en la familia que los quiera lo suficiente para decirles la verdad?. ¿Es que están tan confundidos que el Alzheimer no les deja ver la realidad?. No se preocupen, he aquí una guía indispensable para reconocer al pendeviejo que todos llevamos dentro y algunos consejos para mantenerlo en sobriedad.

COMO RECONOCER LOS PRIMEROS SINTOMAS DE AÑEJAMIENTO

Cuando preferís un programa de preguntas y respuestas de canal de aire berreta a una buena película sueca sobre el incesto y la violencia doméstica en una familia de clase alta (con escenas de sexo explícito que no logran moverte ni dos pelos de la nuca).
Cuando comenzás a ser consciente de la grotesca cantidad de sal que usas en las comidas sin siquiera probarlas (evocando en tu mente la cara del tío Carlitos que se quedó seco en la playa con veintinueve de presión en un brazo y un conito de papas fritas en la mano).
Cuando los jeans te sobran de culo y te aprietan en la barriga (señal más que evidente de que se te está desmoronando el culo y se te está macro-engrosando la cintura…si es que alguna vez la tuviste).
Cuando los corpiños que solías llenar con estoicismo ahora te quedan como dos medias paltas sin semilla.
Cuando tus tetas han tomado rumbos diferentes y para ensartarlas dentro de un corpiño las tenés que ir a buscar al barrio donde vive el ombligo.
Cuando te quedás dormido sentado pero a la hora de llegar a la cama sólo podés torrar con la ayuda de algún yuyo, pastilla o tres vasos de vino.
Cuando la ingesta alcohólica te pega para el culo, terminás desparramado en el sillón de algún amigo, te da sueño y ganas de llorar.
Cuando el hígado se resiente ante un vasito de cerveza y dos míseras porciones de pizza con morrones.
Cuando el estómago te devuelve a modo de reflujo los restos del asado del mediodía y para digerir cualquier cosa que no sea puré de zapallo necesitás por lo menos seis horas y cuatro pastillas de Taural.
Cuando te empiezan a salir manchas y lunares raros.
Cuando te interesan más los comerciales de Schwanek o la Cardioaspirina que las propagandas de pañales y automóviles.
Cuando descubrís que existe una columnista en todos los noticieros que se dedica a responder preguntas de los jubilados y silencias a toda la familia para escuchar sus consejos.
Cuando te percatás con espanto de que cada día te parecés más a tus padres y has heredado todos esos defectos que tanto te molestan de ellos.
Cuando tus padres te parecen ancianos (cosa que sucede de un día para el otro).
Cuando preferís un cortadito con una tostadita como cena del domingo.
Cuando te preocupa tu propia seguridad dentro de la bañera y te enjabonás agarrandote de las canillas.
Cuando usar tacos altos se convierte en una pesadilla y no soportás ningún zapato a excepción de tus pantuflitas acolchadas de plush.
Cuando no podés esperar a bajar del auto para deshacerte de la ropa ajustada y desaparecer detrás de una remera gigantesca con el logo de algún hipermercado.
Cuando tenés problemas de enfoque y no podés escribir y mirar televisión sin un mínimo de tres minutos entre una actividad y otra porque sino ves borroso.
Cuando te llaman y no te das vuelta. Posibles hipótesis: No reconocés tu propio nombre. No escuchás cuando te llaman. Escuchás pero no relacionás.
Cuando te cuesta embocarle a una cara un nombre y le decís los nombres de todos los varones de la familia a tu sobrino hasta acertar el adecuado.
Cuando la siesta es religión y la tele en la cama la mejor opción para un sábado nublado de otoño.
Cuando llevás la cuenta de todos los aviones que escuchaste pasar y por algún motivo lo encontras inusual.
Cuando hacés zapping y te detenés más de dos nanosegundos para ver qué dicen en Chiche o Sofovich.
Cuando considerás que los adolescentes de ahora son unos zarpados, vagos, y atorrantes y vos a su edad eras mucho mejor que ellos.
Cuando te urge visitar al promotor de seguros, después de ver una idílica propaganda de seguros de vida, para contratar un paquete que cubra todo…(en el comercial la pareja cincuentona se hamaca abrazada en el parque de una casa monumental mientras sonríen con cara de Disneylandia mientras una voz en off te repite la palabra “seguridad”…(lo que no te aclaran es si la cobertura expira en caso de deshacerse del asegurado con tus propias manos…en el cogote y dejando marcas).
Cuando sos consciente de tus propios huesos y las heridas de guerra (cicatrices de operaciones, porrazos, quebraduras, etc.) te empiezan a joder los días húmedos.
Cuando el pronóstico del tiempo se convierte en el epicentro de tu desayuno y de tu cena.
Cuando le creés al pibe del pronóstico y salís con paraguas en pleno día de sol sólo porque escuchaste que “podría caer un chaparrón” (y es agua, no ácido sulfúrico…tampoco la pavada).
Cuando te olvidás el celular y las llaves de casa o el auto en cualquier parte y necesitás media hora y quemar doscientas calorías pensando dónde carajo revoleaste las cosas.
Cuando tu hijo te explica cómo usar el celular o te da clases de computación.
Cuando el tiempo comienza a pasar volando y te descubrís por enésima vez asombrado de lo poco que falta para armar el arbolito (¿pero si fue ayer que lo embalé y lo subí al placard del escritorio?). Y pensar que antes el tiempo era de goma, sobretodo cuando esperabas las Fiestas o tu propio cumple…ESPERABAS TU CUMPLEEE!!!.
Cuando una clase de aerobics, un partido de fútbol o cualquier actividad deportiva te dejan estropeado como un trapo de piso.
Cuando el sexo sólo se practica si no hay nada mejor en la tele; aniversarios y cumpleaños (y poniendole la misma garra que Reutemann le ponía a las últimas diez vueltas de las carreras de fórmula 1).
Cuando el viagra es considerado un “must” en el botiquín familiar.
Cuando repasas los fúnebres del domingo esperando no encontrar a ningún espécimen de tu propia generación.
Cuando empiezan las bajas en la generación de tus padres y te horrorizás cuando tu madre saca fotos viejas y señala con el dedo los que han desaparecido en acción (más del cincuenta por ciento de la población de la foto en cuestión).
Cuando empezás a sacar cuentas para adelante y para atrás…y conclusiones aterradoras sobre el tiempo restante y el tan temido “Game over”.
Cuando te conseguís una religión que conteste todas tus dudas y te hacés hiper-devoto del personaje que, según esa religión, te allanará el camino al paraíso.
Cuando te colgás distintos amuletos contra las maldiciones, la mala suerte y las malas ondas. Ajo en la cocina, cintita roja en la muñeca izquierda, cuernito en el espejo del auto, lapicera de tinta violeta para escribir y firmar, el ekeko en el escritorio, la lechuza en el baño y la brujita colgando de las alacenas del lavadero.
Cuando te convencés de que todo tiempo pasado fue mejor. La música de los setenta no había con qué darle, el cine de los ochenta fué lo más, tu novio de la secundaria el más hot, el barrio dónde vivías era sagrado y el mundo en general parecía un lugar más seguro…(con appartheid, muro de Berlín, Vietnam, Chernobyl y la Junta Militar al gobierno incluídos!).
Cuando empezás a plantearte qué será de tu vida cuando llegue la hora de volver a los pañales (pero para adultos).
Cuando tus hijos y sobrinos te sacan dos cabezas descalzos (y vos en puntitas de pie y metiendo panza).
Cuando el desconocido frente al espejo tiene papada y se llama igual que vos.


ALERTA: PENDEVIEJOS A ESTRIBOR!
(Cómo reconocer a un pendeviejo/a)

Los hombres que se compran una Harley Davidson sólo para tenerla en el garage de la casa y pavonearse delante de los amigos.
Las mujeres de cincuenta que hacen la dieta del pomelo para poder entrar en los talles de Kosiuko avergonzando a sus propias hijas y coqueteando con el vendedor de la marca para que les consiga un talle de pantalón que no les marque tanto el flotador. Y pensar que habían entrado al negocio en busca de un vestido de quince para la nena.
Los hombres que se matizan las canas quedando color zanahoria a lo “Pippo Cipolatti” y que se compran camperas de cuero con el logo de “Top Gun” o “Black Hawk Down”; emulando a piloto de película yanqui.
Las mujeres que se lipoaspiran y se re-inyectan la grasa lipoaspirada en distintos lugares de la cara logrando un efecto rellenado tipo muñecas peponas.
Las mujeres que se estiran tanto con cirugía que sonreír es una actividad que les lleva toda la mañana y los ojos se les salen de las órbitas como si estuvieran siempre anonadadas.
Los hombres que no asumen la pelada con dignidad y acuden a quinchos, peinados firuletes, entretejidos y gominas para tapar el agujero.
Las mujeres que se matan con clases de gimnasia, aparatos, deportes varios y cinta en los ratos libres con la secreta esperanza de volver a tener el culito de los dieciséis años (y en el mismo lugar geográfico).
Las mujeres que no habiendo tenido tetas en su vida se regalan un par de siliconas para el cumpleaños número cuarenta y cinco con la excusa de haberse quedado sin tetas después de amamantar (y quemando todas las fotos de soltera donde hay pruebas irrefutables de que fue siempre una tabla).
Los hombres que venden la camioneta rural familiar y adquieren una coupé dos puertas color rojo furioso de la que solamente pueden bajar con ayuda del hijo menor que los arrastra de los brazos para desembutirlos del rodado (quedando atrapados en el espacio existente entre el volante y el asiento del conductor tras haber ingerido una botellita de coca light).
Las mujeres que adquieren vocablos de sus hijos y andan atrapadas en un léxico que no les es propio y que ni siquiera entienden…tipo naaaa gordaaa!.
Los hombres que se refieren a sus esposas como brujas delante de las vendedoras del supermercado/boutiques/farmacias, pavoneandose cual galanes hasta que aparece la esposa en cuestión y se quedan congelados como estatuas vivientes y monosilábicos o lo que es peor…tartamudos.

martes, 23 de septiembre de 2008

Mis experiencias en la Farmacia




MIS EXPERIENCIAS EN LA FARMACIA (uno de mis tantos curros en los que aprendí los secretos del maravilloso mundo de las drogas...legales).

Aterrizar en una Farmacia es como poner un pie en Marte. Se abre un mundo que hasta ese día era desconocido. ¿Qué hay, y qué sucede detrás del vidrio, pecera, pared, durlock, estantería…etc.?. Esas son las preguntas que me hacía cuando el empleado desaparecía backstage con la receta de mi médico en la mano. ¿Por qué tarda tanto?. ¿Está pidiendo autorización al Cartel de Medellín para venderme un mísero Rivotril?. ¿Cuánta gente hay escondida detrás de la pared?. ¿Me ven por algún vidrio espejado?. ¿Están pidiendo mis antecedentes penales?. ¿O un Veraz por si pido fiado?. Todos esos misterios fueron develados cuando puse mi pie (izquierdo) en Marte, o sea en la Farmacia.
Atrás hay, básicamente, remedios. Y también cosas extrañísimas. Polvos, líquidos y ungüentos de fétidos aromas. Mangueras, aparatos y artículos de látex/ caucho para extrañísimos usos. Frascos y frasquitos. Goteros, goteritos, baja lenguas, y demás artefactos para importunar a cualquier cristiano. Los nombres de los remedios son básicamente impronunciables porque algún trastornado decidió bautizarlos con una mezcla de latín y ruso ucraniano. Las consonantes se juntan y es muy probable que el cliente, en un intento de proferir el sonido que lo conduzca a conseguir la droga deseada, te lance un escupitajo en el medio del ojo. ¿Cómo encontrar lo buscado en cuatro paredes atiborradas del techo al piso con cajitas de 8X8?. Cuando uno desconoce este mundo piensa que sólo existen los medicamentos que uno ha tomado…o sea Amoxidal, Buscapina y un par de aspirinas. Por eso nunca comprende el delay del empleado. ¿Por qué tarda tanto?. ¿Estará cosechando el ácido acetilsalicílico de la corteza de un árbol del Amazonas?. ¿O es simplemente un subnormal con un problema de motricidad?. Pero el pobre infeliz, lejos de poner la mano y hacer tuc; debe lidiar con la decodificación de la letra del desgraciado del médico (que necesitaría un par de tegretoles porque parece escribir en plena crisis de epilepsia), el nombre indescifrable de la droga en cuestión y la búsqueda por orden alfabético de la cajita solicitada. Esto no es una tarea sencilla ya que los medicamentos están ordenados de acuerdo a lo que son (pomadas, líquidos, inyectables, polvos y la famosa lista IV…por favor señor musicalizador, acá va música reggae). De la lista IV, me ocuparé más tarde.
Una vez que hemos descifrado el nombre, debemos descifrar a qué grupo pertenece y luego poner el sonar cerebral apuntando a la estantería correcta. Seguramente, y de acuerdo a las leyes de Murphy, terminarás adquiriendo un moretón en la frente al chocar estrepitosamente con la cabeza de algún compañero que OH casualidad buscaba en el mismo estante. Roces de por medio y tratando de pasar hacia el interior del colectivo sin ninguna maniobra de connotación sexual, le pasarás por encima cual caballo de salto a tu compañerita/o para llegar lo más rápido posible a la letra L. Cuando llegues al final del estante te retorcerás de bronca al darte cuenta que lo que buscabas comienza con “LO” pero después de “LE” viene la pared. Y “LO” sigue en el zócalo de la pared del kilómetro 3 de la ruta 2. O sea allá. Allá donde está tu compañerita agachada y agazapada esperando devolverte el pisotón de cortesía que le propinaras buscando el enalapril para el viejito que te espera con rictus cadavérico hace media hora en el salón. Que a estas alturas se murió sentado en una silla esperando el remedio y que le tomen la presión…que ahora es cero. Porque el Lotrial nunca llegó a sus manos. Cuando crees tener la situación bajo control te das cuenta que la pifiaste en los miligramos o sencillamente en la cantidad…y le estás dando como para bajarle la presión a un elefante de mil doscientos kilos.
Ahora sí, lista para salir al ruedo al son de Caballería Rusticana, te das cuenta que cometiste el peor de los pecados farmacéuticos…si los hay. Te olvidaste de anotar. O anotaste cuando había cuatrocientas cincuenta cajas de lo mismo porque alguien se dejó tentar por alguna oferta y aceptó un volquete de esa droga a mitad de precio. Que vence dentro de dos horas…el medicamento, no así la oferta…que sigue en pie hasta agotar stock. Una vez anotada la maldita porquería, deberás lidiar con los tamaños de los envases y la consabida cobertura de la obra social. Que de social no tiene un pito.
Estas maquiavélicas corporaciones “médicas” se dedican a torturarle la vida a pacientes y farmacias por igual. Básicamente quieren lucrar, obvio, pero con todo el sadismo posible y por pura diversión. La palabra “burocracia” brilla con todo su esplendor en lo que a medicamentos se refiere. Los pacientes dejan surcos del tamaño de las acequias mendocinas de tanto ir y venir al médico para corregir, rectificar, enmendar y aclarar el nombre/fecha/número de carnet y cualquier otro dato que sirva de filtro para no cubrir el medicamento en cuestión. Si de paso se mueren en el intento, mucho mejor. Blancos fáciles cual patitos de lata de kermesse de pueblo, son los ancianos que pasan más de tres cuartos de los últimos días de sus vidas yendo de la farmacia al médico (música de Charly García, Sr. musicalizador!). La receta, en el 90% de estos casos estará mal confeccionada y muy probablemente, una vez corregida, no le cubra el remedio porque el que diseñó el vademécum está convencido que los viejos vienen sin ojos (los colirios raramente son cubiertos por PAMI)…o no tiene abuela como para ver un viejito in situ. Pero por esas cosas de la vida, el muy ignorante no se dará cuenta hasta años más tarde, que el tiempo lo convertirá en un ejemplar de esos que no tuvo la misericordia de mirar de cerca.
Una vez embocado el tamaño, los miligramos, la cobertura y la anotación posterior viene el corte del troquel. Que alguien me explique porqué diablos el cutter corta hasta los rabanitos en fetas pero en la farmacia no corta ni por casualidad. ¿Acaso es una maldición gitana?. Te dispondrás entonces a encontrar la manera de rebanarle ese cuadradito de miércoles a la cajita sin destrozarle los blisters al medicamento y caer en la tentación de pasarle la lengua al polvito (en el caso de haber acuchillado un par de clonazepanes de 2). Si caíste en la tentación, con mano temblorosa enmendarás el daño para que el auténtico propietario descubra el daño en su casa y te pasarás el resto del día tarareando “Don’t worryyyy, beeee happyyyy”. Si le chingás al maldito cartoncito y te rebanas una feta de dedo siempre podrás poner el pedacito en formol como recuerdo e intentaras parar la hemorragia con el dedo para arriba en la posición indicada y de paso tendrás la excusa perfecta para mandar al infierno a quien te haya hecho la vida imposible ese día.
Reparado el dedo, buscarás a tu cliente entre la horda de especimenes desesperados que te busca con la mirada y con cara de “después de él me toca a MI”. Entregada la cajita preguntarás ¿algo más?, con el dedito sobre la tecla de la impresora. A la voz de “aura” y ante la negativa del cliente terminarás de oprimir la tecla que emite el ticket sólo para descubrir que ahora el susodicho en su día de “hoy le voy a romper la paciencia a alguien”, te va a agregar (con cuentagotas y en fascículos para coleccionar); dos comprimidos de migral, dos comprimidos de esa pastillita rosa que me hace tan bien para los dolores de acá (y te muestra algo que nunca hubieras querido ver), un jaboncito de allí (envueltito para regalito) y dos o tres cositas más. Para cuando retires el ticket, estarás en condiciones de empapelar el obelisco dos veces con el papel impreso. Y ahí viene la consabida “lo anoto en mi cuenta”. Dicho esto, tragarás la espuma del ataque de rabia que te provoca saber que deberás anular cada uno de los tickets y emitir dos millones de notas de débito ante la mirada estufada del gordo bienudo que cree que tiene derecho a resoplarte su furia en la cara mostrador de por medio.
Despachado el cliente descubrirás con horror que el gordo furioso te ha tocado en suerte porque el resto del elenco hizo mutis por el foro sabiendo que alguien va a salir malherido…y no precisamente el gordo. American Express Platino en mano, y Rolex paraguayo en la muñeca, el gordo ha aparcado su 4x4 plateada (para que le haga juego con la tarjeta) en la puerta del local. La esposa rebusca con cara de estar oliendo K-K, la crema con filtro solar que le proteja sus más recientes cicatrices de su vigésimo sexta cirugía plástica facial. Enfundada en un jogging blanco que transparenta su ropa interior de quiceañera de cincuenta y cinco que no asume su lugar en la cadena alimenticia, estira su dedito de uña acrílica intentando que el peso de sus seis cadenas de oro le habilite la maniobra que le permita señalarte lo que quiere. Si el botox se lo permite, pronunciará en correctísimo francés la pomada deseada y agregará a su pedido unas tres o cuatro cajas del antidepresivo de moda. Y Melatol porque está como la lechuza de Harry Potter. Posibles hipótesis de su falta de sueño: A- Jet-lag (la diferencia horaria entre su habitat porteño y el Country la mató). B- Los párpados no cierran (no puede juntar los párpados porque el cirujano plástico se fue de mambo con la piel que estiró y ató detrás de las orejas). C- Cero Cansancio (Se pasó el día impartiendo instrucciones al personal de limpieza y no le alcanzó para cansarse lo suficiente como para dormir). D- Stress (no consigue turno con el service de las uñas postizas hasta el martes…como para no dormir!!!). Tomando valor y tragando saliva, sonrisa de plástico en mano, digo en boca, proferís un “buenas tardes”, para recibir tan sólo un “Dame tal cosa” (con suerte) o simplemente una mano regordeta que te transfiere una receta de prepaga top para comprar una cajita de buscapina de 20 mangos que con descuento pagará 10…pero con American. Que se ocupó de frotar frente a las narices de todo aquel que quisiera verla. Encandilada ante tanto brillo express la pasarás por el posnet y temblando las rodillas caerás en la cuenta de que por las benditas leyes de Murphy la maldita maquinita no la lee. El ahora, Rottweiler que tenés enfrente, balbucea epítetos en lunfardo antiguo mientras echa humo por las orejas. La limpiarás con tu propia camisa hasta lograr el esperado milagro. El milagro se llama “ingrese los cuatro últimos dígitos”. Bingo!. Luego de completar la información requerida descubrirás con horror que en ese mismo instante algún salame de milán pasa la lista de la droguería más larga por teléfono, con la pasmosa parsimonia de quien se ha fumado algún yuyo en Nochebuena. Teléfono ocupado = posnet en pausa = gordo sátrapa “once” en la escala Richter. Se viene un Tsunami. Y vos estás parada frente a la ola de 15 metros. Sin tabla de surf. Si tenés muñeca pilotearás la situación huyendo al backstage (soldado que huye sirve para otra guerra) o bien entretendrás a la émula de Graciela Alfano (alias esposa del gordo), elogiando la estrechez de su frente y vendiéndole cremas para la celulitis. Cuando por fin se emite el ticket y procedes a la firma el gordo te llama a un rincón y te pide el viagra de 36 horas. A juzgar por el espécimen que tiene al lado le van a hacer falta tres cajas, o bien está saliendo con la secretaria que tiene veinte años menos y lo tiene un tanto agotado. Con cara de enfermera de ER le entregarás con discreción la cajita elixir y el gordo se regocijará pensando que por fin, y después de diez años, logrará obtener una vista área de sus más queridas partes. Lo despacharás con prontitud (si sale en los fúnebres del domingo es porque las cuatro cajas fueron too-much). Infarto y a la lona. Pero murió contento el susodicho.
No quiero despedirme sin tocar el tema de la lista IV. Reggae jamaiquino por favor. Bob Marley a full. La receta rosa y te la doy…y sino arrastrate llorando por los rincones. La lista IV, para los ignorantes, es el pasaporte a la felicidad; o sea los psicotrópicos. Lo importante en estos casos es dar la concentración adecuada. Si entregas más de la cuenta podrás ver al viejito que hasta hace un rato le pedía permiso a las piernas para moverse, girando descontrolado cual Speedy González alrededor del monumento de la plaza más cercana con la cara desorbitada y portando sonrisa de dientes apretados. También vendrán los que no tienen receta dispuestos a venderle el alma al diablo por una tirita de Foxetin, con la mirada perdida y chocando los dientes en pleno ataque de pánico. O los que deben intoxicar al padre o a la madre porque sino los matan. Y los que no duermen. Y los que se obsesionan. Y los que están agresivos. Hay para todos y de todos los colores. Una pastilla para cada demonio. Para tranquilizar, para levantar, para dormir, para dejar de hablar con el amigo invisible, para gritar menos y sonreír más, para dejar de ver fantasmas, para relajar y para gozar. Lástima que tenga que ser a fuerza de pastillas...