lunes, 22 de junio de 2015

MI MAMÁ Y YO (UNA HISTORIA DE AMOR DE A DOS)

HOMENAJE A MIRTHA ALICIA TRIANGELI (mi vieja)

Mi vieja era un bicho solitario e independiente.  Hasta que el cigarrillo no comenzó a cobrarle facturas, se manejaba relativamente sola.  Fue el ejemplo vivo del Ave Fénix.  Supo recuperarse y reinventarse para apechugar las palizas que la vida le había deparado.  Caprichosa como pocas y terca como una mula, mi vieja se salía con la suya y tenía la tenacidad para sobreponerse a cualquier situación desfavorable que le tocara en suerte.  Siempre admiré la capacidad de recuperación a la adicción al alcohol, vicio difícil de combatir como pocos; ella salió de Alcohólicos Anónimos no solamente curada, además con novio.  Mi viejo la había dejado, enamorado de su empleada de ese entonces, ahora su esposa y madre mis dos hermanos menores.  Mi viejo, un confeso enamoradizo en sus años de juventud, no le hizo la vida fácil a mi mamá; además de ir tras su hobby (el automovilismo) que lo alejaba de casa con frecuencia.

Recuerdo la pena que me dio mi mamá cuando me contó que habían ido a una fiesta y mi viejo no la había sacado a bailar.  Son esas cosas que quedan grabadas a fuego en la cabeza, vaya uno a saber por qué.  Pero de esa se repuso, y luego de varios años de alcoholismo, recuperada y con amor nuevo se dedicó a disfrutar de su vida con intensidad.  Fueron años donde llovieron las invitaciones a viajes, restaurantes, vacaciones y todo lo que mi madre nos pudiera dar con el dinero que había heredado de su padre.  Estando de novia del padre de mi hijo, me quedé en casa mientras mi vieja se fue con mi hermana de gira por Europa.  Demás está decir que trajeron las valijas llenas de ropa, cosméticos y bijouterie para un regimiento.
El dinero de mi abuelo salía de varias empresas que se fundieron; cuando quedé embarazada de mi hijo las empresas estaban tecleando.  Mamá viajó a Miami y Nueva York con mi padrino y su mujer.  Recuerdo que mi hermana estaba embarazada de su segundo hijo, el primero (mi ahijado) tendría unos dos años y monedas.  Pagó sobrepeso de equipaje porque en cada una de esas cinco valijas había ropa para vestirlos a los dos más todos los que vinieron después (dos hijos de la cuñada de mi hermana, mi hijo y varios más).  Juguetes no les faltaron, mi vieja compraba lo mejor de lo mejor; mientras tuvo dinero no bajó la luna pero casi.  Y cuando se quedó sin nada, jamás entró a nuestras casas con las manos vacías.  Porque las empresas se fundieron, los socios la jodieron feo, los compradores de las propiedades dejaron de pagarle y mal aconsejada se asoció con más chorros que le sacaron lo poco que le quedaba.  Igualmente se dio el lujo de prestarle dinero a mi cuñado para abrir una sucursal de su confitería.  Mientras tuvo dio y perdió, porque nadie devolvió.

Entonces mi mamá reinventó otra mujer, una laburante a full que caminó las calles del microcentro y se metió en los lugares más recónditos del Gran Buenos Aires haciendo gestoría del automotor en forma hiper profesional.  Tal es así que fue contratada por una gran Compañía de Seguros para realizar las bajas por robo.  Cuando me separé la primera vez del padre de mi hijo, no lo dudó un instante, me llevó a trabajar con ella para ayudarme a pagar las cuentas.  Tenía mucho trabajo y se deslomaba hasta tarde preparando los trámites del día siguiente.  Así y todo, no había fin de semana que no viniera con un Fiat Duna destartalado a ver a mis sobrinos y mi hijo en cuanto acontecimiento escolar, familiar o religioso tuvieran.  Siempre corriendo, siempre al borde del desastre porque su auto era un peligro y manejando era Fangio versión femenina.  Pero siempre aparecía.  Muchas veces se quedaba a dormir en mi casa y me hacía compañía cuando mi compañero de ese momento estaba en Marte, de viaje, encerrado trabajando o durmiendo.  Mi casa era el lugar donde mi mamá se juntaba con sus nietos, que ya en la pre adolescencia le rogaban que les enseñara a jugar al truco o al póker.  Ella tenía su manera de vincularse con ellos y aunque fuera por un peso, la timba era el aglutinante entre abuela y nietos.

La pareja de mi mamá había fallecido unos años antes y su vida se resumió en laburo, fines de semana en casa para ver a la familia y no mucho más que eso.  Hasta que me divorcié, entonces se convirtió en mi compañera inseparable.  Para escucharme, para contenerme, para ayudarme con dinero o darme el auto para que pudiera ponerme a laburar y sostener a mi hijo.  Entonces nos hicimos amigas con todo lo que eso implica, peleas para alquilar balcones y llamados telefónicos interminables para contarnos todo.  Salíamos al cine, a cenar, al teatro y a vacacionar juntas.  Cabe destacar que en una oportunidad, todavía casada pero sin posibilidades de salir en verano por la economía familiar, mi vieja me invitó a uno de los hoteles más caros de Mar del Plata…lo recuerdo especialmente porque fue la primera y única vez que mi hijo se subió a un avión.  Instaladas allí, a los pocos días apareció mi hermana con su familia, mi mamá pagó el hotel para todos.  Lo aclaro porque se ha tildado a mi vieja de egoísta y de rompe huevos, pero mientras tuvo para dar todos aprovecharon la volteada.  Lamentablemente ese mensaje se les pasó a sus queridos nietos, a quienes ella amaba y falleció quedándose con las ganas de verle la cara a su primera bisnieta.

Mi mamá siempre tuvo un lugar en mi mesa dominical, una cama en mi casa; yo también he sido recibida compartiendo cama matrimonial con ella toda vez que me reunía con amigas en Capital o simplemente arreglábamos para almorzar un domingo en su barrio y de paso sacar a pasear a mi abuela.  Hasta que conocí a mi actual pareja, siempre estuvimos juntas a pesar de un par de agarradas de pelos como toda madre e hija.  A mi vieja le encantaban el sol y la pileta, así que soñaba con ser invitada a la pileta de mi hermana, cosa que a veces se complicaba ya que mi cuñado decía que mi vieja le rompía las pelotas y su casa era sagrada.  De todas formas, a veces se le daba y podía nadar en esa pileta, de lo contrario se conformaba con la mía de lona.

Cuando mamá empieza con problemas económicos y de salud, se hizo imperioso salvar su departamento de las deudas y comprarle un lugar para vivir cerca de sus hijas.  Hicimos una doble operación mudando a mi abuela y a mi vieja a un departamento a cinco minutos de nuestras casas (mi hermana y yo vivimos en casas linderas).  Entonces mi vieja dejó de trabajar y el mundo que conocía hasta ese momento se desvaneció.  De repente se encontró encerrada en un lugar ajeno a todo lo familiar, con una madre con demencia senil que hacía desastres y sin motivos para salir a la calle.  También se liberó del stress de la vida laboral cotidiana, pero visto a la distancia, su mundo eran su laburo, su barrio, sus cafés en la esquina y los tres o cuatro negocios que frecuentaba en Barrio Norte.  Acá, cerca nuestro comenzó a depender de remises para ir a tomar un café y ver pasar gente, su deporte favorito.  De alguna manera quedó confinada a un lugar de difícil acceso con una rampa de ladrillos que cada vez se hizo más jodido subir por su pierna más corta fruto de polio infantil.  Cobrando una pensión no contributiva, sin el amparo de una obra social adecuada y con una hija (yo) que laburaba doce horas por día y otra que laburaba cinco la cosa se le hizo cuesta arriba.

Mi abuela se puso peor, la ingresamos en un Asilo para ancianos, mi vieja debió sobrevivir con la pensión exclusivamente y la ayuda que pudiéramos brindarle para sus gastos extras.  Así empezó el ocaso de su vida.  Perdió el interés en cocinarse, de arreglar su casa y la vida se redujo al cafecito del pueblo y la televisión (siempre le gustó en cine).  Sin embargo, con mi pareja la llevábamos a pasear, no hubo un solo fin de semana que no viniera a casa o nos acompañara a la casa de mi suegra.  Pascuas, Días de la Madre, nuestros y sus cumpleaños, Navidades y Fines de Año siempre la tuvieron como invitada; gracias a Dios mi pareja viene de una familia donde la gente mayor es venerada y mi vieja no fue una excepción para él.  Le refaccionó un placard (que ella amaba) para mudarla a la planta baja de su casa porque sus piernas comenzaron a fallarle y no podía desplazarse con facilidad, mucho menos trepar una empinadísima escalera.  Además le colocó todos los artefactos eléctricos, espejos, cuadros, estufas, accesorios de baño y hasta le arregló el termotanque.  Atento como pocos a las necesidades de una suegra que con la edad se puso quisquillosa y ñañosa; mi vieja siempre tuvo ayuda nuestra para todos los problemas cotidianos.  Y jamás le faltó el afecto de mi nueva familia de tres, conformada por mi hijo y mi pareja.

En octubre del 2014 mi hermana y yo la llevamos al médico porque comenzó a tener serios problemas para desplazarse e incontinencia.  Todos nos aconsejaron llevarla a un Geriátrico.  Cabe destacar que mi mamá fue una fumadora empedernida hasta cuatro años antes de irse de este mundo.  El cigarrillo la mató de la manera más cruel que uno pueda imaginarse.  No alcanzaron esos cuatro años de abstinencia de nicotina, el daño estaba hecho.  La irrigación sanguínea a la pierna afectada por la polio era nula.  Era el principio del fin.  Mi hermana solicitó una vacante en el asilo de Capilla del Señor donde todavía vive mi abuela.  El médico admisor debía dar su visto bueno.  La subimos al auto engañada y descubrimos con horror que tenía una cuchilla de cocina en la cartera por miedo a que la encerráramos.  A mí ese episodio me hizo ruido en la cabeza, en el momento rabia y luego comprensión y compasión.  Demás está decir que el médico sentenció un rotundo NO al ingreso en el Asilo por la franca resistencia de mi vieja a ser internada.
En noviembre del 2014 mamá queda internada por una falla seria en una de sus piernas, salió de esa internación en silla de ruedas y pañales.  Mi hermana, que suele ahogarse en un vaso de agua unas cuatro veces por día, me puso a buscar Geriátricos por toda la zona.  El bombardeo por mail, teléfono y personalmente rayaba con el acoso.   Fui a visitar un lugar recomendado en Campana, sin ir a verlo me dijo que estaba de acuerdo y la llevamos engañada un domingo lluvioso de fines de noviembre.  Nunca me voy a olvidar ese día.  Le pregunté a mi hermana “te gusta?”, me respondió “no, pero otra no hay”.  La ingresamos y mi mamá gritaba suplicando que por favor no la dejáramos ahí, sin cartera, ni celular ni nada que se le parezca.  Mi hermana agarró su cartera y se fue a los cinco minutos, yo me quedé una hora intentando convencerla que era simplemente un centro de rehabilitación.  Me hizo acordar a la adaptación que uno hace con los hijos en el jardín de infantes.  La dueña del lugar me hacía señas para que me fuera, pero no podía dejarla en esas condiciones, hacía contorsiones sobre una hamaca para intentar desplazarse camino a la puerta.
Cuatro días después la fui a ver.  Le llevé su cartera y el celular cargado.  Le dí instrucciones al personal para que lo mantuvieran cargado.  Me la encontré en un sillón mirando Piñon Fijo a las 9 o 10 de la mañana, tristísimo si uno se pone a pensar que a mi vieja en ese momento la cabeza le funcionaba perfectamente bien, miraba noticieros, novelas y tenía una fuerte opinión política.  Miré a mi alrededor, una señora durmiendo sobre su rodilla flexionada babeando.  Un hombre aferrado al pie de una cama aullando “venime a buscar”, otra mujer durmiendo en un sillón enroscada en una pesada frazada en un día super caluroso.  Varias mujeres sentadas en sillas de ruedas con la vista perdida y la vida resumida a un plato de algún menjunje pegajoso servido en un plato frente a sus narices.  Nunca me voy a olvidar de las lágrimas de mamá corriendo a borbotones por sus mejillas y estallando en el pantalón negro que le habían puesto.  La alegría de verme fue tan grande que me retorció el corazón.  Pedí prestada una silla de ruedas y me la llevé a tomar un café cargado apenas cortado con espuma, como a ella le gustaba, en una panadería de Campana.  Le pregunté cómo estaba y me dijo que eso era un loquero.  Le hice una promesa, le dije que en cuanto terminara de pintar y arreglar una habitación en mi casa para ella la iba a traer a vivir conmigo.  Así tiró quince días, hablando permanentemente por teléfono conmigo y contándome los horrores que vivía día a día en ese lugar.  Le comuniqué a mi hermana que tenía intenciones de traerla a vivir conmigo y literalmente se desquició.  Todavía me gustaría saber por qué, nada le pedí, al contrario ya que se ahorraría la diferencia abismal que existía entre la pensión de mi vieja y los honorarios del asilo.  Una amiga de mi hermana me vino a ver y ratificó mi percepción, mi mamá no estaba lista para estar en un asilo de ancianos.  Consulté a amigos, familiares y tuve cien opiniones en contra de traerla conmigo.  La más vehemente fue la de mi hermana, quien adujo que iba a destruir mi pareja y la relación con mi hijo.  Pero mi amiga Laura, que ama a sus padres, y su cuñado Gonzalo, en una mañana de diciembre me dijeron que mi mamá se iba a morir más rápido en un lugar así y que ellos jamás harían eso con sus padres.  Luego vino la conversación con mi pareja, que lejos de hacerse las valijas y tomarse el palo, me dijo “hacé lo que tu corazón te diga y no escuches a nadie más”. 

Eso fue lo que hice y jamás me voy a arrepentir de lo que tuvimos en los últimos cinco meses de su vida.  Mi hermana, quiso persuadirme varias veces en forma de mail, celular y personalmente hasta que le manifesté la decisión tomada y la fecha: 22 de diciembre de 2014.  Esa mañana, a las ocho en punto me tocó la puerta y me dijo “listo, acá tenés la tarjeta para cobrarle la pensión, estas son las facturas de su casa, de ahora en más me desentiendo”.  Dicho esto último, nunca más la ví hasta marzo.  Mi pareja fue a la pinturería y ese mismo día, a la noche, el cuarto denominado “la habitación del pánico” por mi hijo y yo (depósito de máquinas de cortar pasto, herramientas y restos de mudanzas de toda la familia) se convirtió en una hermosa habitación para recibir a mi mamá.  Cuando mi hermana me preguntó por qué había tomado esa decisión, le dije que no había tomado ninguna, simplemente no tenía opción.  Algo en el medio del pecho me impedía abandonarla a su suerte en un loquero rodeada de caras extrañas, y más teniendo la firme convicción de que se avecinaba el fin de su vida.  Un EPOC en fase terminal estaba arrasando con su vida, no quería que se fuera de este mundo mirando caras desconocidas.

Y así fue como mi mamá se convirtió en mi hija.  Alguien a quien bañar, cambiar los pañales, encremar, peinar, curar heridas, cargar a upa en el auto y atender como a una nena de cuatro o cinco años.  Lo primero que hice fue ponerme en campaña para jubilarla y así afiliarla a PAMI (obra social de jubilados de Argentina).  Lamentablemente reboté en dos oportunidades, con todo el esfuerzo que implicaba subirla y bajarla del auto para sentarla en una silla de ruedas alquilada que pesaba mil kilos.  Tuve que hacer treinta kilómetros en dos meses consecutivos, parando el tránsito y haciéndome ayudar por la policía para poder bajarla del auto en pleno verano y con un calor insoportable.  La segunda vez me desmayé de la impotencia.  Lloramos abrazadas cuando nos rebotaron la segunda vez pero volvimos a casa y a una rutina donde fueron frecuentes las charlas, la novela turca, los panqueques de dulce de leche y hasta breves caminatas con bastón que le permitieron meterse en enero a la pileta (que mi pareja y yo mandamos hacer por nosotros pero más que nada por ella).  Mi hijo, que opuso resistencia al principio, me ayudó a cargarla, a subirla a la cama cuando se cayó, a cargar tubos de oxígeno y a atenderla cuando yo no estaba; me llena de orgullo pensar en esto y poder expresárselo en estas líneas.  Nuestra vida transcurrió de médico en médico, todos en forma privada, hasta tanto pudiera afiliarla a la obra social.  Su salud se fue deteriorando de a poco, pero llegó a tener unos buenos cuatro meses de comida casera (le encantaba lo que yo cocinaba), de risas compartidas con mi pareja que es un payaso y solía escupirme semillas de uva cuando yo miraba obnubilada a Onur junto con mi vieja.  Hice incontables esfuerzos para que comiera cuando comenzó a perder el apetito, podía cocinarle panqueques de dulce de leche a las diez de la noche si manifestaba un antojo por alguna cosa.  La llevé al Psiquiatra pensando que un pozo depresivo podía ser la causa de su falta de apetito.
En todo momento, mi viejo y su esposa me ofrecieron su ayuda; lo mismo sucedió con amigas que viven en el exterior y otras que viven en distintos puntos de la Argentina.  Se tejió una red de solidaridad que me permitió atenderla y ayudarla.  Mi viejo me traía los remedios porque su esposa los conseguía en el consultorio médico donde trabaja. Festejamos Navidad y Año Nuevo en mi casa, sin contar siquiera con una fugaz visita de mi hermana, que viviendo a escasos veinte pasos no pudo o no quiso venir a darle un beso a sus padres.  Pasamos todo el verano las dos solas, tomando té, conversando, mirando programas de chimentos y por supuesto la novela turca que luego, estando internada, le contaba sintetizada en la escasa media hora de visita de terapia intensiva.

A medida que fue complicándose su salud, requirió mayores cuidados y dejó de caminar definitivamente.  Mi hermana comenzó a visitarla en mi ausencia, cuando mi mamá quedaba al cuidado de una asistente y en marzo vino a pedirme disculpas por su comportamiento.  Me trajo un regalo de cumpleaños tardío (mi cumpleaños es el 4 de diciembre pero ya en ese entonces había dejado de hablarme porque no estaba de acuerdo con mi decisión de traerla a vivir conmigo).  Mientras mirábamos “Relatos Salvajes”, película que le había contado en detalle a mi vieja porque tenía muchas ganas de verla y al fin conseguí en dvd, le pedí que le limara las uñas mientras yo cocinaba el almuerzo.  En ese entonces mi vieja había comenzado con un eczema cutáneo bastante fuerte que derivó en una consulta al médico y posterior internación.  En esos primeros días de marzo luchó contra una infección urinaria en el único riñón sano y estuvo dos veces en terapia intensiva.  Más que nunca me comprometí a cuidarla, no me aparté de su lado jamás, hablé con médicos y enfermeras para que la atendieran como corresponde y hasta los amigos de mi hijo le entregaron una carta al Senador provincial de mi pueblo para solicitarle me ayudara con la jubilación y afiliación a Pami de mamá.  Este hombre me ayudó muchísimo, cuando mamá salió de esa internación vinieron a tomarle las firmas en mi casa para jubilarla, además de hacerme contacto con el Director del Hospital San José a quien le voy a estar eternamente agradecida por la contención y la atención brindadas a mi madre y a mí.

Mamá salió peor de lo que estaba, casi sin movilidad, había que alimentarla y darle de beber en la boca.  Además le recetaron oxígeno permanente, gracias a la intervención de la Jefa de la Sala de Primeros Auxilios, me dieron los tubos en forma gratuita cada 48 horas (que es lo que duraban, aproximadamente).  Ahora el cuidado se hizo mucho más estricto, no se la podía dejar sola por más de media hora.  En ese momento sentí que mi nena se había convertido en casi un bebé.  Recuerdo haberle pisado el puré para dárselo en la boca, o desgranar una galletita o un chocolate para ponerle los pedacitos en la boca con la mano.  Todas las noches, desde que llegó a casa, después de medicarla (obligarla a tomar los remedios y contestar todas las preguntas sobre la indicación de cada uno), la arropaba y nos quedábamos conversando hasta que le venía el sueño.  Entonces me despedía con un beso en la frente y ella me contestaba “gracias, gracias, gracias”.  Siempre tres veces gracias.  Se vé que se sentía a salvo y la comprendo.  Si hay algo que jugó de entrada como variable en esta ecuación, fue la empatía por su estado.  No hubo momento en el que no me pusiera en su lugar.  ¿Con qué derecho habíamos usurpado su casa? ¿Con qué derecho habíamos decidido pasar por encima de sus pertenencias decidiendo qué se regalaba, qué se tiraba y qué se conservaba? Gracias a Dios, pude rescatar muchas cosas de su departamento, que le traje a su habitación.  Le mostré prenda por prenda y collar por collar.  Su amado tapado de piel y sus ínfimos corpiñitos con aro y relleno que siempre me llamaron la atención por lo diminutos porque la única de la familia con dos tetas grandes fui yo (siempre nos reíamos de eso).

Con una primer bisnieta en camino, en el mes de marzo la dejé sola dos horitas para ir al baby shower de la novia de mi sobrino.  Le traje dulces, torta y chocolates.  Le dí de comer en la boca mientras fantaseábamos con la idea de tener la bebé a upa, mi vieja estaba muy ilusionada.  Con la bigotera de oxígeno puesta, una escara sacra del tamaño de una papa chica y una pierna complicada con dos dedos necrosados, su salud iba en franco deterioro.  Sin embargo su humor en casa era bueno, era evidente que prefería estar en aquí.  Cuando salió de la internación de marzo, mi hermana se pidió una semana de licencia en su trabajo para ayudarme a atenderla.  Pero lamentablemente tuve que echarla de mi casa porque sus apoteóticas caras de culo, que son su marca de agua personal, no solamente no ayudaban, restaban.  Ya vivíamos una tragedia, si uno está en un lugar donde no desea estar, la cosa se complica doblemente.  Ese día llegó con el camisón sobre un pantalón de jean, una cara de furia que haría palidecer el sol y se deslizó por la pared de la habitación de mi mamá hasta quedar sentada en el piso.  Recuerdo haberle dicho que no necesitábamos esa actitud, acompañándola de un brazo hacia la puerta. Sus primadonismos y actuaciones no eran propicios en una situación tan delicada.
La herida de mi vieja fue de mal en peor, la retención de líquido la puso difícil de manejar.  No podía cambiarla sin ayuda, contraté a otra persona para que me diera una mano por las tardes.  Esa señora me falló y encima el médico a domicilio me sugirió rotarla (además de medicarla con una batería de cosas y artículos de ortopedia carísimos, algunos de los cuales me los prestaron amigas o el Rotary Club).  Entonces una mañana fui a buscar a mi hermana para que me ayude a rotarla para higienizarla (fundamental dada las condiciones de su herida).  No solamente no me atendió, se encerró en su habitación.  Espié por la ventana de la cocina, vi su notebook abierta con la cartera junto a la bolsa de chicles y caramelos light que consume en cantidades industriales desde hace tres décadas.  Entré por atrás.   Le dije que me llevaba la computadora y la cartera a casa, que viniera a retirarlas y de paso me ayudaba con mamá.  Estando parada justo en el marco de la puerta, me arañó el brazo derecho donde colgaba su cartera, y con la otra mano desde atrás me quitó la notebook de las manos.   Días después me entero que le dijo a su familia que yo le había pegado y le había destrozado la computadora.

Mi madre termina internada una tercera vez, ella no quería y me lo dijo “prefiero morirme en tu casa”; pero los cuidados que ahora necesitaba eran profesionales y no me encontraba en condiciones de brindárselos.  Con la promesa del ingreso a un asilo para ancianos en el mismo hospital, mi cuñado convenció a mi pareja de llevarla al hospital nuevamente.  Esa mañana la cambié, le puse el mejor camisón y fui en la ambulancia con ella, de la mano, asegurándole que era para curar la escara y volveríamos.  Ya en el hospital tuvimos que esperar seis horas para que la pasaran a una habitación que no abandonaría en cincuenta días consecutivos de internación.  No había lugar en el asilo, pero la escara era grande y necesitaba cirugía; quedaría internada hasta resolverla.  Pasó por quirófano y lo que antes tenía el tamaño de una papa chica ahora tenía el tamaño de una naranja grande.  Los dolores eran terribles pero mamá se aferraba a la vida con uñas y dientes.  La alegría de encontrarse conmigo todas las mañanas, los dulces que le llevaba, la sal de ajo que le compré para sustituir la sal que consumía en cantidades industriales y los mimos que compartimos me llenan el corazón.  No le soltaba las manos, intentando memorizar la forma y textura de sus dedos, sus uñas, sus palmas tan hambrientas de afecto y de amor.  Nos hicimos confesiones enormes, nos prodigamos amor a mansalva.  Le pedí perdón por las veces que le contesté mal o la ignoré porque me contaba sus míticas peleas con la compañía de telefonía celular.  Le dije mil veces lo buena madre que fue con nosotras, su incondicionalidad inclusive durante su enfermedad, su amor y su generosidad.  Colaboré en el baño y curación de sus heridas con la enfermera de la mañana y rezongué porque me echaban de la habitación las enfermeras de la tarde para cambiarle los pañales mientras escuchaba los gritos ensordecedores de mi vieja gritando “Paulaaaaaa Paulaaaaaa!”.  Durante cincuenta días me pasé doce a catorce horas al lado de ella, poniéndole trocitos de chocolate en la boca, acariciándole la cara, mirándola a los ojos, dejándola recorrer mi cara con los suyos…memorizándonos una a la otra.  La besé como nunca la había besado en mi vida, le dejaba rosarios de besos desparramados desde la frente hasta el mentón.  Me pasé horas mirando y fotografiando su cara y sus manos, pasándole crema a su cuerpo seco, regulando el manómetro del oxígeno o simplemente nebulizándola.  He llorado por los pasillos silenciosamente, ensuciando los delantales de médicos y enfermeras con el rímel de mis pestañas cuando decidimos con el Director del hospital realizar cuidados paliativos.  Ese día, cuando me informaron que no saldría de esa internación recuerdo haber sentido que el mundo se me venía encima, sola por los pasillos tomando decisiones unilaterales, siempre sola.  Estuvo un mes sufriendo dolores insoportables a pesar de la morfina.  Aferrada a la baranda de la cama, mientras le colaban siete u ocho sobres de azúcar sobre la herida (que ahora tenía el diámetro y profundidad de un plato hondo) gritaba “prefiero morirme”.  Un mes después de comenzar con la morfina y luego de haber recibido la extremaunción con el párroco de Capilla, a quien agradezco la gentileza de haberse acercado apenas lo llamé, los dolores eran insoportables y las alucinaciones de las drogas aún peores.  Ya no disfrutaba de la tele, ni de la comida, se enojaba conmigo y en momentos de lucidez no solamente me pedía disculpas, me ha dicho infinidad de veces “te amo”.  Tuve la suerte de captar esos momentos con el celular, mi vieja no fue una mujer toquetona ni cariñosa, el amor lo demostraba de otras maneras.  Pero verla en ese estado, tan desesperada de cariño, de cuidado y tan dependiente (habiendo sido todo lo contrario), pudo hacer más y más profundo el vínculo madre e hija que tuvimos durante nuestras vidas.

Recuerdo cuando era chica, estar en el patio del colegio preguntándome si mamá habría llegado a verme participar del acto escolar.  Cuando escuchaba su tos seca de fumadora sentía un alivio y una alegría muy difíciles de describir.  Paradójicamente, esa tos de tantos cigarrillos fumados la llevó a ese estado donde el oxígeno no llegaba a curar la herida que terminaría con su vida.  Así fue como el Director del hospital me encontró llorando por los pasillos, a escondidas de mi vieja, sola desde el principio de este viaje y me ofreció hacerle una vía central para darle morfina y algún sedante más fuerte para que no sintiera dolor.  Así lo hicimos una semana antes de su partida, le hicieron la vía y las enfermeras esperaron un tiempo prudencial para que mi hermana viniera, temiendo que fuera la última vez que la viera despierta…nunca sucedió.  Una semana después, todavía alerta y dolorida, seguí el consejo de José Luis y le recé a la Virgen del Carmen.  No me quedó Santo ni Virgen por invocar, sabía que estaba pidiendo que se la lleven, pero ver sufrir a una madre es una de las cosas más tristes que te puede tocar en la vida.  Otra vez el Director del hospital me encuentra llorando por los pasillos y me ofrece llevarla a terapia para darle una sedación más profunda.  Acepté y le agradecí.  Eso fue un viernes.  El sábado al mediodía le di de comer en terapia, quise rezar con ella y no me dejó “me da miedo” dijo.  Me pidió que trajera mi auto y la llevara lejos de ahí porque eso era una cárcel.  Otra vez le hice masajes en las manos edematizadas por el suero y le llené la cara de besos.  Varias veces me dijo “sos mi cuidadora especial”.  Me fui y volví el día siguiente, domingo 31.  Me advirtieron que estaba dormida porque había manifestado mucho dolor. Dormida aproveché para susurrarle oraciones al oído y pedirle que fuera en busca de su papá, mi abuelo Guillermo y de su amor Juan Carlos.  Volví a rezarle a la Virgen del Carmen y le desparramé besos en el mentón y en el pecho.  Me fui a las 14 horas.  A las 17 me avisaron que había partido.  Volví a verla, quise verla y volví a besarla pero ya despidiendo a mi querida madre a la que había soltado tres horas antes para que emprenda su viaje al cielo.

Las únicas flores que tuvo mi vieja en el funeral las compró mi pareja, las únicas lágrimas derramadas fueron las mías y las de mi viejo.  Mi hermana decidió arbitrariamente no dejar asistir a nadie ni avisarle a su familia política, así que únicamente vinieron algunas de mis amigas, la prima de mi viejo y amigos de mi hijo.

Unos días después fui a retirar las cenizas, que voy a llevar a su adorada Mar del Plata, ciudad que amaba y donde fue muy feliz.  Pasé por el Asilo a ver a mi abuela, obviamente no le conté nada, simplemente lloré en su hombro.  Una compañera me preguntó el motivo y le contesté, me dijo que mi abuela la había nombrado a Mirtha muy seguido, (previamente quise llevarla a ver a mamá al hospital pero mi vieja se negó rotundamente).  De todas formas mi abuela no conoce a nadie, ya casi no ve ni escucha.  Sin embargo al escuchar mis sollozos sobre su hombro me acarició la cabeza y me dijo con toda naturalidad “¿Pichi estás llorando?”. Se quedó un rato pasándome la mano por el pelo, como si hubiera entendido que algo estaba pasando. 

El dolor, aun cuando uno haya deseado la partida por su bien, es inexplicable.  No solamente porque perder a una madre es una de las cosas más dolorosas que le pueden suceder a un ser humano.  En mi caso también perdí a una hija, porque mi vieja fue durante esos cinco meses mi hija.  Dependió absolutamente de todo para mí.  Fui su refugio, su amparo, su rescate, su fiel defensora, su cuidadora especial, su enfermera, su mamá, su amiga, su confesora…y su hija. 

¿Con qué me quedo?  Me quedo con la tranquilidad de haber luchado como una leona por ella.  Con haber descubierto la solidaridad y empatía de amigos, vecinos y perfectos desconocidos.  Gente que vagaba por las calles de Capilla y me tendieron su mano.  Las asistentes sociales del hospital, las enfermeras que cobran un magro sueldo pero no toman revancha con los pacientes cumpliendo una tarea que raya con la misericordia más absoluta.  Me quedo con la ayuda recibida por los familiares de las compañeras de habitación de mi vieja: Teresa, Olga, Rosa, Lidia y la abuela de Laura.  Me quedo con el abrazo de la empleada de Acción Social que me entregó el certificado de discapacidad de mamá.  Con la ayuda de Verónica que en todo momento me asesoró por whatsapp y me afilió a mamá en Pami en tiempo record.  Me quedo con la ayuda y el llamado telefónico del Senador Bozzani a quien le estaré eternamente agradecida.  Me quedo con la ayuda de Emanuel y Mercedes de ANSES, que a pesar de que no pudimos sacar la jubiliación ni el reintegro por sepelio, se rompieron la cabeza tratando de ayudarme.  Me quedo con las zuziaz, mis amigas que nunca me dejaron sola, con mis amigas de toda la vida (Gladys, Laura, Carola, Cristina y Liliana), con las chicas del grupo Forastera (algunas hasta me llamaron por teléfono!!!), me quedo con mi hijo acariciándome la cabeza el día del funeral de mi vieja, me quedo con mi viejo y su mujer que vinieron a ver a mamá al hospital y me dieron de comer todos los domingos que mamá estuvo internada.  Me quedo con Cristina, la prima de papá que la fue a ver en marzo y estuvo siempre al pie del cañon con ideas, llamados y sugerencias.  Me quedo con Alba y Silvia, tías de mi hijo, que me ayudaron de todas las formas posibles.  Y también me quedo con la cantidad de gente que pasó a saludarme y darme sus condolencias.

La vida tiene esas cosas, todo lo que escriba suena a frase hecha.  Se llevó una de las personas más preciadas de mi vida, sin embargo me premió con esta gran cadena de amistad y cariño que jamás van a tapar el hueco que dejó mi vieja pero bien valen como sustituto.  Sé que puedo contar con todos ellos.  Ojalá que mi mamá esté en un lugar mejor, felíz, sin dolor, bien acompañada y disfrutando del paraíso porque se lo merece.  Si tuvo alguna cuenta que pagar, la pagó acá en la tierra, allá se merece lo mejor; estoy convencida de que está disfrutando de eso.

Te lo dije en vida, te lo digo ahora dondequiera que estés: Mamá te amo, fuiste impecable y te deseo lo mejor hasta que volvamos a encontrarnos.


Algunas fotos y un video que es el tesoro más grande que heredé de ella:


El día que me dijo "Te amo"
El día que la saqué del Asilo a tomar café a principios de diciembre de 2014
El día que la traje a vivir conmigo, 22 de diciembre de 2014
El día que la saqué del Asilo.

 Navidad 2014
 Navidad 2014
Última semana de diciembre 2014 tomando café en el pueblo. 
Tomando café en el pueblo.
Atardecer de verano en casa.
 Año nuevo 2015 en casa.
 Año Nuevo en casa.
 Enero 2015.
 Enero tomando café en el pueblo.
 En la pileta, enero 2015.
 Domingo en casa, febrero 2015.
 Cumple de su nieto menor, marzo 2015.
 Asado marzo 2015 en casa.
 Comiendo los dulces del baby shower de su bisnieta, marzo 2015.
 En el hospital abril 2015.








Con mi abuela en el Asilo, unos días después del fallecimiento de mamá, el día que fuí a retirar las cenizas (8 de junio 2015).

martes, 10 de marzo de 2015

MALDITAS EMPRESAS DE SERVICIOS: TELEFONÍA CELULAR “PERSONAL”, COMPAÑIA DE LUZ “EDEN S.A.”

Cuando la vida se parece a la ficción, en este caso “Relatos Salvajes”


Hoy es un día de furia.  No me gusta la queja, me repugna la gente que se queja todo el tiempo de todo y espero sinceramente no convertirme en una de ellas (aunque no siempre lo logro).  Suelo tomarme las cosas con una sonrisa pelotuda y dejarme enhebrar por estas empresas ofreciendo la resistencia que el cuerpo y la guita en abogados me permite.  Hago una simple ecuación costo/beneficio y si veo que me va a amargar o voy a perder más dinero del que está en juego, sencillamente me la como doblada para evitar arruinarme ese delgado equilibrio “zen” al que llego con técnicas de relajación, fármacos y un par de vasos de vino.  Pero hoy me ganaron.  Me rindo.  Bandera blanca.  Tengo ganas de agarrar una ametralladora y hacer una masacre en varios lugares.  Tengo sed de sangre de Funcionario de empresa prestadora de servicios.  Quiero ver el paté gris de su magro cerebrito (con el que únicamente se puede untar una mísera tostada de 5cm de diámetro), desparramado en el capot de mi auto.  Quiero levantar los pedazos de hígado y ojos, con una espátula de albañil para cocinarlos a fuego lento con arroz partido para alimentar a mis perros.

Mi hijo tiene un local comercial y hace cuatro meses que lo abrió con un gasto considerable de dinero en mobiliario e iluminación.  Para darle de alta al suministro de luz le pidieron una fortuna de dinero en concepto de “depósito” y prometieron darle de alta inmediatamente.  Los muchachos se tomaron su tiempo, había que avisarles con 48 horas de anticipación pero no tomaban el trámite sin un contrato de locación firmado, no se pudo anticipar nada hasta no tener el bendito papel.  Luego, felíz de haber cumplimentado con el requisito, con el alquiler corriendo, generando un gasto sin poder trabajar los señores de EDEN S.A. se tomaron ocho días para conectar el medidor.  Mi hijo estaba contento, por fin abrió las puertas de su local.  A los quince días exactos desde la conexión apareció la primera factura de consumo.  Cuatrocientos setenta pesos de la nada misma ya que lo único que se prendió fue un ventilador de techo, cuatro lamparitas bajo consumo y cuatro tubos fluorescentes (exclusivamente durante las 19 y las 20 porque el local tiene sol todo el día).  En el mes de diciembre una tormenta fuerte dejó a toda la zona sin luz y desde ese momento jamás volvieron a encenderse los tubos, indispensables durante el horario tarde noche (una hora o dos dependiendo de la luz solar).  Descartando que no fuera un problema de los apliques mi marido descubrió que el voltaje que ingresaba era de 200 voltios en lugar de los reglamentarios 220.   Mi hijo me pidió le realizara los reclamos, dediqué un mes entero a llamar todos los días al call center.  Unos días después del primer reclamo enviaron a personal de la empresa quien con sorna me dijo “decile a tu marido que no te estamos mandando 200 voltios, son 180, nunca te van a prender los tubos, me voy a fijar en el transformador de acá a la vuelta”.  Demás está decir que jamás volví a verlo y seguí coleccionando números de reclamo (un chorizo de ocho dígitos escuchados en un celular que se corta cada dos por tres y verbalizados por una señorita con pocas ganas de que la putee un ejército de trogloditas hartos de ser estafados (por no decir “culeados”) por una empresa pedorra a la que me gustaría bombardear si pudiera volar un MIG. 
Por supuesto, hablando con vecinos resignados y con cara de cordero degollado desangrándose lentamente, me enteré de que TODOS los que venden mercadería perecedera compraron grupos electrógenos.  Por supuesto, el aire acondicionado que aún hoy pagan en cuotas para confort de clientes/supervivencia en verano de los que laburan en los locales, fue untado en un gruesa capa de vaselina e introducido en la cavidad rectal de cada uno de mis interlocutores con abnegación y absoluta sumisión.  Invariablemente, siempre aparece un iluminado con el dato del conocido del amigo que labura en la oscura empresa de energía.  Se suponía que el Mesías iba a hacer su aparición envuelto en un traje de luces…apagadas.  Por supuesto, amablemente nos ofreció explicarle vía mensaje de texto nuestro padecer, de esa manera ÉL podría reenviar el mensaje a su Jefe para darle fin a nuestro período oscuro.  Nunca pasó nada, lejos de solucionarlo desapareció con la misma destreza con la que Harry Potter disolvía su imagen bajo la capa de invisibilidad.  Ya pasaron tres meses y once números de reclamo con los que empapelar el baño (no pienso caer en otra alegoría escatológica).  Me recomendaron acudir a la empresa en forma personal para tener un mano a mano con alguien a quien manducarle la cabeza de un solo bocado, pero como conozco mis limitaciones y puedo ponerme peligrosa me abstuve de causar daño a un pobre empleado al que tiran a la arena del Coliseo, para que se lo coman los leones y así disfruten los emperadores de EDEN S.A., que siguen llenando sus arcas a expensas del populacho al que históricamente no paran de estafar.  Ellos te cobran, y sos vos el que tenés que arrastrarte como un gusano a suplicar que te den aquello por lo que pagás religiosamente para que no te corten el suministro, como si fuera una garantía de lo que no va a suceder.  En la realidad, los cortes son tan frecuentes como las tormentas, el viento, las nubes, la niebla, la humedad ambiente y una manga de vagos inoperantes a los que hay que alimentar por zurda para que muevan el orto (si les cabe y cierra para pagar la cuota del auto importado que descansa en el garaje de sus casas).  Si mi hijo quiere iluminar su local tiene que volver a gastar en dos apliques que NO usen tubos fluorescentes, apliques en los que gastó parte de sus ahorros y que únicamente sirven para iluminar un local comercial (en una casa se pueden utilizar para construir un helipuerto).  La otra alternativa es contratar un abogado que cobrará por la gestión una suma igual o superior a la de los apliques, salvo que se haga millonario trabajando…si es que le dan permiso para laburar las malditas empresas que se alimentan como parásitos del laburo ajeno.  Asco me dan.  ASCO con mayúsculas.


El otro caso, mucho más florido y digno de un relato salvaje más en la peli de Damián Szifrón, lo padecí con la empresa PERSONAL de telefonía celular (aunque sería más justo hablar de empresa del orto que alimenta a la industria farmacéutica por la cantidad de dinero que uno gasta en antiácidos, ansiolíticos, antieméticos, antidiarreicos y analgésicos).  Estos reverendos hijos de puta a los que sus madres cagaron en lugar de parirlos gastan fortunas en publicidad que uno festeja con una sonrisa porque es taaan ocurrente y divertida.  Como idiotas retwiteamos, compartimos y reenviamos la última genialidad viralizando un comercial mentiroso de una empresa que solamente quiere tragarse tu bolsillo sin remordimientos a cambio de trece diarreas y diecisiete hemorragias estomacales.  Convengamos que todos utilizamos los celulares para pelotudear y si uno ha pagado su abono está en todo su derecho de postear la foto del perro durmiendo abrazado al gato, twitear el último chisme de Hollywood, subir su videíto de dubmash o compartir la cancioncita del youtube con toda su familia.  Pero también tiene derecho a hablar con su marido para preguntarle si llegó bien al laburo, a su amiga para ver cómo anda la madre, a la hija que vive en un remoto país o a la vecina para saber si casa se prendió fuego porque se acordó en el laburo que dejó enchufada la pava eléctrica.  Además, los que usamos smartphones como computadoras, le sacamos el jugo utilizando el correo para cuestiones laborales, la agenda del google+ que te avisa todos los compromisos de la semana ya que si te pasás un tercio de tu vida haciendo reclamos por todo lo que las empresas de servicios no te dan, probablemente no tengas medio gramo extra de neurona para recordar ir al gastroenterólogo para que te haga la receta del omeprazol que te permita hablar con PERSONAL sin un reflujo de lava volcánica que te desintegra las amígdalas.  Nunca se sabe qué fue primero, si PERSONAL o la úlcera.
Cansada de que me metan el dedo en el recto sin mi consentimiento decidí que era al pedo pagar el famoso abono “BLACK” que te obligan a tomar cuando comprás un Smartphone a un valor inferior al de un equipo liberado.  Trampa para boludos si las hay, es comprarle los equipos a ellos, se  cobran la diferencia con creces y de cliente VIP solo tenés la cara de infelíz garchado alegremente por un conglomerado de hijos de un vagón cargado de putas que cuenta billete a lo pavote mientras vos te rompés la cabeza viendo cómo llegar a pagar la puta factura del mes.
Así es como decidí renovar mi teléfono (que había fenecido en batalla y con honores) eligiendo uno liberado de la maldición “black”.  Ingrata fue mi sorpresa cuando me percaté de que el teléfono vivía en un eterno estado “roaming” (léase, permiso para sacarte las córneas con cucharita y venderlas en el mercado negro de órganos).  Llamé y llamé.  Hice todo lo que me dijeron, hasta comprar una estatua de “San La Muerte” y ponerla cabeza abajo en la biblioteca.  Saqué la batería, reinicié y estuve a punto de devolver el equipo asesorada por una zonza zombie (o un crash dummie entrenado para responder) que aseguró que el aparato tenía un serio defecto de fabricación.  El defecto de fabricación ocurría exclusivamente en determinados lugares, evidentemente era un problema de antena, me hubiera gustado empalarla (a la zonza) en la punta de esa misma antena que no tiene alcance haciendo mis comunicaciones más que miserables y costosas al punto tal que volví a llamar deseando con fervor que no me atendiera la hermana de R2D2 (Arturito de la “Guerra de las Galaxias”).  Me atendieron, no lo digo en el sentido literal, más bien me acostaron.  Expliqué con lujo de detalles que mi investigación había dado como resultado que la culpa era toda de ellos.  Sin dejarme completar la frase me ofrecieron un generoso descuento por seis meses para compensar tanta malasangre.  Dispuesta a putear en turco (por la novela, obviamente), me dejaron caliente, sin descarga.  También sorprendida por tanta amabilidad y porque fue la primera vez que los escuché admitir que efectivamente habían sufrido problemas técnicos en las antenas de la zona.  Además de aceptar el descuento, decidí gracias a mi novísima libertad “black” que tomaría un abono más barato ya que me comunico más (como la mayoría) por internet que por teléfono.  Una vez que encontramos el abono confeccionado manualmente a mi medida corté la comunicación enamorada nuevamente de la vida, el amor, Dios y la Difunta Correa.
El home banking de mi banco me avisa todos los meses por mensaje de texto los importes a pagar cada mes.  Como cachetazos de mano abierta fueron entrando el de la maldita EDEN SA (misma compañía que provee la energía de mi hogar y el local de mi hijo), la medicina prepaga (material para otra columna) y finalmente el abono del celular.  Con horror pude comprobar que no solamente no se había producido el descuento ni la baja del abono, tenía que pagar el triple de lo que venía desembolsando.  Prendida fuego como Bombita en “Relatos Salvajes”, disqué asterisco 111 que es el número de atención al cliente de Personal (de paso los invito a que todos llamen a mansalva para mandarlos a la puta madre que los parió de mi parte y de un tercio de la población de este país).  Y acá viene la parte más graciosa.  La respuesta del otro lado fue “la característica solicitada es inexistente”.  Me reí tanto de mi estupidez e ingenuidad que casi me ahogo con mi propia saliva.  Estuve a punto de estrolar el teléfono contra el piso, después me acordé que me restan diez putas cuotas de una cosa que no puedo usar.  Lo intenté varias veces.  Crucé de vereda.  Me subí arriba de una silla.  Caminé dos cuadras para el norte y tres para el sur.  Nada, la misma mierda de respuesta.  Busqué en internet el número en la web.  Me mandé de cabeza a un 0800.  Una voz grabada me contestó que debía comunicarme mediante el *111.  Insulté a una máquina.  No una, varias veces.  Lo dejé para mañana.  Y para pasado.  Y pasó una semana.  Me negué a pagar esa suma, me prometí no tentarme frente al inminente corte, sabiendo que necesito comunicarme a diario porque mi madre enferma vive conmigo, siendo el único teléfono que tengo.  Me cansé de teclear sin éxito.  Hoy estoy sin celular.  Esta lacra de personajes que labura para venderte humo de colores mediante comerciales originales, gastando fortunas en atrapar más y más incautos hoy me dejó sin teléfono.  Ya me había dejado antes, eran escasos los momentos del día donde podía sostener una conversación entera intentando decodificar los sonidos latosos del otro lado de la línea y gritando como un barrabrava para que el interlocutor escuchara aquello tan importante que debía transmitir.  La verdad es que se cagan en todos nosotros, perdón por la cantidad de palabras soeces, pero a la mierda solo se la puede nombrar como MIERRRRDA. 

Seguramente mansa, resignada, sumisa y dominada voy a dejarme pegar en la cabeza porque es lo único que hay y uno lo necesita.  Seguramente me van a terminar cobrando lo que ellos quieren y seguiré siendo esclava de estas empresas de terror, barcos piratas que comen carroña y hacen dinero del dinero ajeno.

Lo dicho, los odio.  Hoy me sentí totalmente identificada con Bombita. 

Dios los recoja en su santa gloria…



 PS: Recomiendo la peli, si no la vieron vayan ya!

miércoles, 25 de febrero de 2015

MI GRAN CULEBRÓN TURCO



“Las mil y una noches”

Para mi familia no es nuevo, tengo tendencia a las adicciones televisivas.  Inofensivas porque no molesto a nadie, pero adicciones al fin.  Mi primer recuerdo de tele-enfermedad data de la escuela primaria.  En ese momento, la adicción me trajo problemas con mi viejo que al verme completamente estupidizada con “Bonanza”, decidió unilateralmente que mi curación iba a constar de un alejamiento total por varias semanas del aparato fuente de tantos momentos gratos (al menos para mí).  Radical como pocos, este tratamiento despiadado no solo no cumplió con sus objetivos, logró que en mi desesperación vagara por casas de amiguitas solicitando asilo televisivo.  Era lógico, cuando miraba la tele dejaba de estudiar, de escuchar, de leer, de bañarme, de comer y hasta de respirar (un golpe bien puesto en la cabeza solía sacarme del trance).
Para ese entonces consumía series americanas como “Valle de Pasiones” y “El Gran Chaparral” y para la época del colegio secundario cualquier colectivo me dejaba bien.  “Starsky & Hutch”, “Los duques de Hazzard”, “Logan’s run” y una cantidad aproximada de cinco horas diarias de novelas nacionales y centroamericanas.  No había muchas opciones, cinco canales de aire, se miraba lo que había. Los culebrones nacionales entraban en el top ten de las preferencias de los argentinos porque había señores como Alberto Migré que escribían guiones alucinantes de amores y desencuentros; se paraba el país en momentos clave de “Rolando Rivas” o “Piel naranja”.  Después llegaron las “importadas” con Verónica Castro, Lucía Méndez, o Grecia Colmenares a la cabeza de los elencos y puedo confesar con vergüenza que hasta me fumé las novelas empalagosas de Andrea del Boca.

Ya en mi juventud, y con la entrada de sitcoms americanas, series como “Luz de luna” y “Thirty something”; dejé de lado el culebrón para darle sin asco a todo lo que venía de manos del Tío Sam.  En ese momento alcancé el pico más alto de mi adicción, llegando al punto de volver antes de un paseo por el río lanzándome del bote para nadar hasta el puesto de taxis más cercano porque a las cuatro pasaban mi serie favorita.  Recordemos que en la era paleozoica de la televisión no existía Direct tv, y a duras penas se podía programar la video cassettera para poder mirar el capítulo que uno no había llegado a ver por culpa del bondi o una embolante reunión familiar.  Existía y existe aún hoy una falta total de respeto hacia el televidente ya que corrían los horarios arbitrariamente o no comenzaban a tiempo con lo cual uno podía caer en un letal cuadro depresivo porque la maquinita había grabado a la hora pactada pero la emisora había comenzado tarde: el final de la puta serie no se había grabado.  Ser fan era jodido, no había internet, solo una revista berreta “TV Guía” donde se anunciaban horarios y un breve resumen del episodio en cuestión.  Recuerdo haber destrozado la maldita revista con los dientes porque contenía información mentirosa con respecto a algún horario o contenido del capítulo que esperaba ver con ansiedad comiéndome las uñas hasta los nudillos.  Cabe recordar que tampoco existía la posibilidad de ver las repeticiones en internet, así que si te perdías algo dependías de que algún ejecutivo del canal en cuestión se le diera por volver a pasar ese programa en verano y por supuesto sin orden de continuidad.  Así es como no entendías quién había embarazado a fulana, a quien habías visto la última vez internada con su vida pendiendo de un hilo y por supuesto…con amnesia.  Tampoco existía el ADN, así que la duda de la paternidad vivía eternamente hasta que el pibe crecía y “oh sorpresa” se parecía al mejor amigo del novio de la protagonista femenina.

Recuerdo haber estado en vísperas de mi inminente matrimonio, intentando fugarme cuanto antes del negocio donde estaba haciendo la lista de regalos, porque tenía que ver un episodio crucial de “Moonlightning” (estaba enamoradísima de Bruce Willis).  Ser fan era carísimo, he gastado la mitad de mi sueldo en revistas importadas para tener una sola foto del objeto de mi admiración más profunda.  Hace poco encontré en un diario íntimo de la infancia una foto tomada al televisor, de un Starsky agonizando luego de una balacera, compadeciéndome hoy de esa criatura de catorce años que sacaba varias fotos con la polaroid para tener una buena sin la raya en la cara del protagonista.  He llegado a pedir prestado el televisor en casas de padres de amigos, en el medio de un cumpleaños, para ver el final de la temporada tres de “Chicago Hope”, en los inicios de internet y cuando aún no podías confiar en una repetición y cuando MTV o HBO eran un proyecto que estaba tomando forma pero llegaría, como siempre, con “delay” a este país.  No me importaba, también consumía “La Banda del Golden Rocket” y a futuro muchas de las tiras y miniseries de la recién nacida productora nacional “Pol-ka”.  Está visto que lo mío es la evasión, no la impositiva que es la más frecuente en este país, la de la cabecita…esa nave que te lleva a todas partes sin moverte de la silla.

Podría nombrar infinidad de sitcoms, unitarios nacionales y series americanas de las cuales fui fan al punto de perder el apetito (síntoma rarísimo en mí).  “Friends”, “Lost”, “Grey’s Anatomy”, “Tratame bien”, “Vulnerables”, “Graduados”, “Will & Grace”, “Mad about you”, “Poliladron”, “The Nanny”, “Dr. House”, “Mujeres asesinas”, “The Big Bang Theory”, “The Sopranos” y tantas otras hicieron que perdiera la cabeza quedándome hasta altas horas de la madrugada haciendo sesiones maratónicas en internet para convertirme en un zombie que deambulaba en remera y pantuflas balbuceando epítetos indescifrables porque el sodero me tiraba la puerta abajo y me había llevado puestos tres muebles en mi loca carrera hacia la puerta con apenas dos horitas de sueño.  Ni que hablar de quemar la comida; encandilada, boquiabierta y dura como estatua de mármol, mirando a Kate y Sawyer (parejita de “Lost”) tener sexo en una jaula para osos polares (por enésima vez y en un frenético loop de youtube con música de Hoobastank).  No contenta con las series americanas, mis amigas españolas, más precisamente Maite (a quien amo porque entre viciosos nos conocemos), me entregó desarmada y sin anestesia en las fauces de “Los hombres de Paco”.  Puedo confesar con vergüenza que tengo toda la serie (la ví por lo menos tres veces) y cuanto video de youtube hiceron las fans con la historia de Lucas y Sara (los protas principales).

Por supuesto, y luego de haber dejado los culebrones atrás, ufanándome de que lo mío era la tele más elaborada, me encargaba de gastar a mi amiga Alejandra quien se jactaba de encerrarse en su habitación en pleno verano con el aire acondicionado al mango, despatarrada en la cama en sesiones maratónicas de culebrones vespertinos.  Con tres hijos y un cobayo, es un milagro que los “otrora infantes en edad escolar” hayan sobrevivido durante los trances epiléptico-televisivos de Ale.  El cobayo no tuvo tanta suerte, falleció insolado mientras Rolando Rubén Jerónimo Ayala Inchauspe Iturralde contraía matrimonio con su mucama.

Entonces llegó “Binbir Gece” o “Las mil y una noches”, y la señora que se jactaba de no mirar culebrones en su adultez (moi), cayó en las redes de un intrincado velo turco diseñado exquisitamente para mantener conversaciones tete a tete con el punto G de cualquier fémina con dos microgramos de estradiol en sangre.  Mis inicios no fueron muy buenos, apenas pude sobrepasar la primera escena puteando porque a esa hora no había nada para ver sin subtítulos y que valiera la pena (mi vieja no ve bien y poner de acuerdo a cuatro personas de diferentes edades en cuanto a determinado contenido es más difícil que hacer sushi con fideos).  Mi vieja insistía y con tal de no escucharla, siempre cuando mi hijo se hubiera esfumado detrás de un sonoro portazo, le daba el gusto criticando su pésima elección.  Escenas que al principio me parecieron lentas como esperanza de pobre, miradas y revoleo de ojos interminables, además de nombres impronunciables; hicieron que rechazara de plano la idea de mirar esa “porquería melosa”.  Mi vieja, firme en su silla de ruedas frente al televisor, me hacía señas para que dejara de putear para que pudiera escuchar lo que un tal Onur le decía a una señorita que se negaba a sus continuos embates románticos.  Así fue como lavando platos comencé sin darme cuenta a infectarme, cerrando la canilla para escuchar un diálogo y preguntándole a mi madre porqué fulano le había dicho tal cosa a sultano. El día siguiente no solamente cerré la canilla, dejé los platos sucios y me fui acercando (como una polilla a la luz) al televisor.  Al principio paradita, para no ceder a la vergüenza de admitir que había algo que estaba bueno…y a los gastes de mi vieja que es mandada a hacer para refregarte por la nariz tus errores.  Después ya no me importó nada, colgué el cartel de la enfermera con el dedito sobre los labios haciendo “SHHHHH” dándole la bienvenida a mi locura y la prohibición de hablar sobre los parlamentos de Onur, Sherazade, Kaan, Kerem, Benu y la madre que los parió (que es turca/o). 

Como no entendía nada, solamente que algo o alguien le hablaba a mis enloquecidas hormonas, abanico en mano me sometí a una sesión maratónica de cuatro días para ponerme al día con la historia.  No contenta con esto, investigué a los actores, viajé con Google earth por Estambul, me bajé la música y miré cientos de videos de fans en internet, además de entrevistas y fotos de todo el elenco.  Por supuesto espié lo que se viene a futuro, pero para no arruinarme del todo la sorpresa lo hice en idioma original.  Como no entiendo una mísera palabra, porque el turco es más difícil que el gaélico, el sueco y el sánscrito, veo cosas al azar sin auto traicionarme demasiado.  Lo más frustrante es haber gastado al mejor amigo de mi hijo porque sus padres estaban hace quince días como yo estoy ahora. También lo hice en el muro de mi amiga Cecilia que había puesto una foto de Onur (el prota, pelado, ojos azules, barba de tres días y una cara promedio…ni ahí el típico galán “Ken” de telenovela), riéndome de sus amigas porque confesaban estar muertas por este caballero turco que de caballero no tiene nada porque la novela comienza con un super dilema “¿qué estarías dispuesta a hacer para salvar la vida de tu hijo?”, cosa que el caballero aprovechó para ofrecer el dinero necesario para eso por una noche con la madre del niño enfermo.  Claro que el tipo no lo sabía, pero le dio para que tenga igual sin remordimientos.  Esos vinieron después, cuando se enteró que la señora en cuestión había cedido a la propuesta indecente por motivos demasiado importantes como para disfrutar del encuentro y mucho menos para morir rendida a sus pies.  Así que el pobre pelado no solamente se sintió una basura, se enamoró perdidamente de una mujer que no lo quiere ver ni en el reflejo del agua del inodoro.

Onur, resentido con las mujeres porque ya lo habían traicionado feo, veía en ellas a la vaca que te hace acordar que te quemaste con leche.  Así fue acumulando a lo largo de los años el lácteo, pagando de vez en cuando por un ordeñe fugaz en un hotel de lujo y montando un caballo para no olvidarse los movimientos en el caso de necesitarlos (nunca se sabe).  Lástima que no preguntó en Argentina y Chile, había varias que le hubieran hecho el favorcito gratarola.  La cuestión es que el pobre infeliz prueba las delicias de la piel sherazádica y muere bajo el embrujo de una mujer que tiene la peor mala leche del planeta (auspicia este bloque “La Serenísima”).  La piba tiene un hijo con leucemia, un marido muerto a quien los suegros habían negado por haber elegido a una mujer que ellos no aprobaban para casarse.  Encima le echan la culpa del accidente que lo mata.  El suegro se niega a prestarle el dinero para salvar a su hijo, la retan en el laburo por llegar tarde porque todos los taxis de Estambul se meten en un embotellamiento cuando Sherazade está adentro del auto.  Con el hijo internado y su vida dependiendo de setenta y cinco millones de pesos (que no junta ni vendiendo dos autos y una vaquita de sus amigos…que son menos de tres), tiene que dar cátedra sobre un proyecto millonario en Dubai.  Por supuesto y como era de esperarse, además de mendigar dinero a cambio de sexo, le toca esquivar el acoso sexual del socio de su amante por una noche (ambos sus jefes).  Con la soga al cuello y viendo que esos setenta y cinco millones equivalen a cinco autos de alta gama/un departamento/la lotería de Navidad/medio portaaviones o dejarse entrar por un turco que trajeado no está tan mal…obviamente opta por lo último (una verdadera ganga).

Cuando el turco se percata de que la señora, lejos de ser una mujer inescrupulosa que se revuelca por el vil metal es una madre desesperada, se le viene el Holding Binyapi encima (así se llama la empresa de la cual es propietario junto a su socio, el que también está enamorado de la mamita y arquitecta premiada, a cargo del proyecto más ambicioso de la constructora).  Para colmo de males, y antes de saber la verdad, Onur y el objeto de su ardorosa calentura se van juntos a Dubai (con el pibito internado saliendo de un trasplante de médula ósea y al cuidado de su donante rusa devenida en niñera y madre substituta).  Ahí, el turco le ofrece más dinero por otra noche como la de anoche, que estuvo buenísima aunque dudo que ella haya siquiera movido un dedo, mucho menos orgasmearse con las artes amatorias de un señor que hacía rato que no la ponía.  No se sabe muy bien de esa noche, suponemos que duró un suspiro por la abstinencia auto impuesta de Don Onur y porque no creo que la meta haya sido que ella viera pajaritos de colores en cinemascope al mejor estilo “Fantasía” de Disney.  Pero volviendo a Dubai, la señora lo saca cagando aceite (perdón pero no pude ser más fina), y le corta el mambo turco-lover con una mirada de odio que le enruló los pelos del pecho.

Vueltos a Estambul, el empresario se entera de boca de su señora madre, una reverenda hija de puta manipuladora y más interesada en sus acciones en el holding que en la felicidad de su retoño, que el hijo de su amante por una noche padece leucemia.  En realidad se entera de que tiene un hijo, y eso de por sí es un inconveniente ya que mintió para conseguir el trabajo, y a pesar de ser una profesional multi-premiada, el lastre de un hijo acá y en la China es un escollo a la hora de conseguir un trabajo decente.  Menudo problema, el socio quiere flexibilizar las reglas del holding para contratar más mujeres con hijos, sobre todo si están tan buenas como la morocha a la que se quiere tirar en cuanto ponga un pie en su yate (porque Don Kerem vive en un yate, las delicias de un millonario soltero a quien su madre emplaza para que la haga abuela ASAP).  La disyuntiva es despedirla o conservarla y ambos deciden conservarla y disputársela sórdidamente planeando viajes y proyectos que incluyen escapadas a todas partes donde haya un hotel cinco estrellas.  Como si esto fuera poco, sabiendo que el talón de Aquiles de Sherazade es su hijo, ambos se desviven en atenciones hacia el pequeño, cosa que para dos excéntricos millonarios solterones es una utopía.  Sin saber ni cómo se le habla a un infante, que encima huele a dos kilómetros las intenciones de enhebrarse a su madre, ambos se deshacen en atenciones hacia el pibito que en el doblaje tiene la vocecita de Bob Esponja (pero ralentizada).

Don Kerem tiene la ventaja de un prontuario limpio y al principio de la novela le gana por varios cuerpos a un Onur que deberá borrar de la memoria de su enamorada, los recuerdos de la famosa “noche negra”.  La fatídica noche donde ella vistió de negro para enterrar su dignidad a cambio de un bolso con billetes y él habrá hecho que cada mango que se gastó valiera la pena (de lo contrario no se entiende porqué ella está tan enojada y/o el dolape es un pésimo amante).  Es entonces como en los albores del culebrón, el cancherito Kerem la salva de las llegadas tarde y decide continuar con el contrato de su arquitecta estrella poniendo todas las fichas en un inminente volteo náutico.  Lo que desconoce el socio de Onur es que el pelado juega sucio y labura hasta de noche en una alocada carrera que tiene por objeto ganarse la confianza de Sherazade.  Recitando poemas que hacen caer las bragas mundialmente y en varios idiomas, el Don consigue luego de diecisiete capítulos, tomarle las manos y que ella no le arranque una falange con los dientes.  Un avance es un avance.  Mientras tanto Kerem insiste con el pibito al que casi tiene en un bolsillo y al borde de llamarlo “papá” aunque en un paso previo pronuncia “tío” ante la mirada embobada de la madre que se sonroja tímidamente.

Pero volviendo a la mujer con la peor suerte en el planeta tierra, en menos de veinte capítulos le pegan un tiro en una pierna y la cagan a trompadas hasta quedar desfigurada.  Léase desfigurada en un culebrón: un leve moretoncito en el labio inferior color lila tenue para que luzca preciosa aún reventada.   Como en todo culebrón que se precie de tal, la chica tiene mala suerte pero una amiga con un corazón de fierro que le donaría las córneas y hasta le prestaría el dorima si fuera necesario.  También una suegra (del difunto marido) que se deshace en atenciones y logra con mucha paciencia que su marido acepte que tiene una nuera y un multiúnico nieto varón.  Obviamente esto sucedió cuando el hijo varón casado con una de las malas requetemalas de la novela lo decepciona embarazando a su amante, robándole y dejándole en casa una bomba atómica que no para de darle disgustos: la nuerita psicótica, envidiosa e histérica que vive haciéndole la vida miserable.  En comparación, ahora el hijo negado es una maravilla y la nuera vale oro, el oro que no quiso largar para salvarle la vida al nieto que es la nueva luz de sus ojos.  Y como si esto fuera poco, en cuanto la madre de Onur intuye que esta chirusa viuda y con hijo podría convertirse en su nuera, dedica las veinticuatro horas del día a joderle la vida a su propio hijo humillando a la pobre morocha que se ofende hasta cuando la miran fijo.

En cuanto a Onur, el tipo la sigue peleando…como una canilla que gotea siempre en el mismo lugar hasta dejar una mancha de sarro, luego de veintinueve capítulos logra un abrazo.  Luego serán choquecitos de frente, besitos de mejilla, caricias en el antebrazo y hasta el capítulo treinta y pico no se viene el pico. Digo pico porque en esta novela las lenguas brillan por su ausencia, los besos vistos hasta ahora solamente son roces de bocas semiabiertas filmadas en ángulos que sugieren un chupón sin mostrarlo.  Encima de costarle comerle la boca tiene que lidiar, como buen pollerudo, con una madre que pretende inmiscuirse en su cama controlando a quién le baja la caña el turco (que está siempre de mal humor porque la madre no lo deja ponerla donde él quiere y donde él quiere no se deja).

¿Qué tiene de atrapante esta novela que vuelve loca a la gente y sobre todo a las mujeres?
Disyuntiva ética: Acostarse por dinero para salvar la vida de un hijo.
Desequilibrio económico-socio- cultural: Ella es profesional pero no tiene dinero, él tiene tanto que puede comprarse todo.  Ella no pertenece a la alta sociedad, él se codea con la crema de la sociedad y la política de su país y aledaños.  Ella conoció el amor, él conoció el opuesto y está resentido con las mujeres.
Situaciones extremas: Ella suele estar en peligro y él siempre acude a salvarla.  A él de vez en cuando lo dejan al borde de la muerte, pero se aferra a la vida para abrir los ojos y volver a recitarle poemas al oído.  Cualquier mina con dos ovarios en funcionamiento siente el aullido de la naturaleza que la invita a procrear niños turcos acostándose con todos los comerciantes del barrio de Once.
Planos interminables de miradas a quemarropa: Onur la mira como si se la fuera a devorar despacito con palitos chinos.  Las escenas de miradas pueden durar más de treinta segundos donde uno siente la compulsión de hacer un clavado en el medio del televisor para empujarlo encima de ella.  Es como asar un lechón en cruz para Navidad, se empieza el fuego a las diez de la mañana y se coloca al chancho a las once, frente al fueguito para que se cocine despacito.  Para las diez de la noche va a estar a punto de caramelo…eso va a hacer en el capítulo 128 y nos va a tener a todas encadenadas al televisor. 
Malas de libro de cuentos: Las malas de esta novela son unas reverendas hijas de puta, pero son creíbles (a diferencia de otros culebrones donde la mala está loca y armada hasta los dientes).  Se muestran como yeguas envidiosas capaces de dejar sin trabajo a sus enemigas o cagarle la boda al blanco de su ira con manipulación y mentiras.  Odian y se regodean en su veneno lo cual hace que uno ame odiarlas aún más que amar al protagonista.
Disputa entre socios y amigos: El hecho de que dos hombres que son como primos, además de amigos y trabajen juntos en total armonía hasta que llega la arquitecta de los sueños húmedos de ambos es un condimento extra ya que uno se pregunta cómo van a resolver este quilombo groso sin que se les caigan las pestañas postizas a sus madres, que los quieren ver casados con mujeres vírgenes, castas, fértiles, herederas de una fortuna millonaria y de alta sociedad.


En fin, seguiremos sufriendo como perros por el amor desencontrado de estos dos ignotos turcos que hasta hace dos meses nadie sabía que existían.  Veremos qué nos deparan los guionistas y si en algún momento Onur y Sherazade coinciden en una cama será porque las plegarias de varios fueron escuchadas!!!

domingo, 30 de noviembre de 2014

CODICIA



NORBERTO SANCHO PANZA (deplorable caricatura de un ser de carne y hueso) 

Norberto se cree la última Coca Cola del desierto.  Alguien por ahí le dijo que era bonito y vivo (la madre probablemente) y él se lo creyó.  Así es que este sujeto se mueve por la vida pensando que solamente él tiene la razón en sus manos y la realidad está pintada del color que él la ve (que depende del color de los cristales que se haya puesto esa mañana).
Comprador compulsivo, Norberto cree ser el último grito de la moda porque no para de comprar ropa de marca; lo que él ignora es que la elegancia no tiene nada que ver con el logo de una de las 95 camperas que cuelgan de sus percheros.  Adicto a las páginas de compras de internet, Norberto no para de desear y comprar todo aquello que se le cruce delante de los ojos.  Si es preciso se endeudará hasta las orejas y luego se pasará diez años sin crédito por registrar antecedentes negativos.  Pero eso no parece importarle ya que en su loco desenfreno de compra compulsiva, el fin justifica los medios y ese sweater de El Cardón vale su peso en oro. 

Tacaño como pocos, Norberto llega al puesto de Gerente porque la firma donde trabaja se queda con una vacante que no puede cubrir por un sueldo por debajo del mercado.  Entonces le otorga una vacante interina que jamás puede cubrir.  Así es como Norberto llega a la Gerencia, falto de méritos propios y a ocupar una silla que no estaba destinada a ser suya.  Así como fue creciendo la demanda del producto que vendía la empresa que empleaba a Norberto, también crecía en forma exponencial su egocentrismo, su barriga y su inclinación por el acoso sexual y el pavoneo constante delante de sus compañeros de trabajo.  Pavoneo basado en una diatriba barata sobre cualquier tema que tocaba de soslayo y con una superficialidad que rayaba la comicidad del Oso Arturo.  Rara vez Norberto, siendo el empleado con más sueldo en su sector, tenía cambio a la hora de colaborar con el regalo de cumpleaños de un compañero.  Solía mostrar su billetera vacía apelando a gastos del día que lo pudieran eximir de hacer su contribución para el regalo de un compañero.  Eso sí, agradecía con discursos elocuentes su propio regalo de cumpleaños, basado en contribuciones de empleados que ganaban una décima parte de lo que él percibía mensualmente; pero a la hora de descolgarse con dos docenas de facturas o una torta siempre había una buena excusa para no compartir lo que el resto hacía habitualmente.  Siempre que se ofreció una cena o una picada por un objetivo logrado, se colgó los laureles al hombro aunque siempre abonó la cuenta con dinero de la empresa.  Ha llegado a arrastrarse comprando una tabla y un cuchillo con tickets de la empresa, para cortar salamines en un ágape empresarial, avisando a quienes quisieran escucharlo que esos utensillos le pertenecían.

A Norberto las mujeres lo pueden, un par de tetas y un culo, hasta de una mula en un establo le cierran.  Ha baboseado a clientas y empleadas por igual, enviando correos de alto voltaje erótico con el sello de la empresa a facturistas de post venta y Jefes de Sector.  Regodeándose en anécdotas donde el protagonista es él, deseado y admirado por un público femenino de fábula (creada por él); solía arrancar los suspiros de alguna mujer que estuviera necesitando un proveedor que le pague las facturas para llegar a fin de mes.  Porque ese fue el arrastre que siempre tuvo, mujeres faltas de iniciativa propia con ganas de capturar un idiota con una billetera llena que pudiera satisfacer demandas a corto plazo.  Después de un matrimonio, una convivencia, dos hijos y varios traspiés; logró caer con total destreza en las garras de una vividora serial a la que faltó hervirle el conejo al más puro estilo “Atracción Fatal”.  Le compró un auto, la puso a trabajar para él y le sirvió los clientes en bandeja.  Por supuesto se compró un problema que le tomó un año arreglar mientras se olvidaba de trabajar para amordazar a la damisela en cuestión, quien amenazaba con dejarlo en la calle gritando obscenidades en el parking de la empresa.

Luego llegaría una cuarta convivencia con una mujer carroñera a la que le llevó menos de un mes para que Norberto terminara pagando los colegios de tres críos de dos padres diferentes.  Entonces dedicó su vida a comprarle todo aquello que la mujer le solicitara, además de mantenerla con sus tres críos y cambiara pañales con mierda ajena a cambio de un par de polvos deplorables ya que la hembra en cuestión mantenía sus relaciones amorosas fuera del hogar preservando para Norberto las caras de culo exclusivamente.
Así fue como Norberto, una vez más solo, se dedicó a masajear empleadas, acomodar mechones de pelo detrás de las orejas, dar besitos interminables repletos de baba a empleadas que declararon aguantar semejantes demostraciones de afecto a cambio de potenciales clientes y operaciones que pudieran aumentar sus ingresos ostensiblemente.  Pasados los cuarenta, Norberto solitario y perdido en la vida, ocupaba sus fines de semana saliendo a bailar con empleados de veintipico que le festejaban sus bromas y sus copas de más sabiendo que el lunes contarían con algún beneficio extra con respecto al resto del personal.  Salió con varias dentro y fuera del ámbito laboral, solamente para contarlo el lunes; o simplemente lo inventó para poder regodearse con el cuentito al lado del dispenser de agua ya que la tía de una de sus empleadas que tuvo el disgusto de compartir cama con el susodicho alegó (textualmente) “en la cama va patrás” en franca alegoría a sus paupérrimas dotes amatorias.

Así como se ocupó de inflar los egos y las magras capacidades de su séquito de obsecuentes aduladoras, también supo despreciar a quienes trabajaron codo a codo haciendo más de lo que les correspondía y parte de su trabajo para que él pudiera acortar su jornada laboral cumpliendo con escasas cinco o seis horas.  Demás está decir que cuando estuvo, se dedicó a jugar en el Facebook con su celular y a comprar cosas por internet con un apetito insaciable por cualquier cosa…desde tecnología hasta perros, pasando por motos, cascos y ventanas.  Con una incapacidad total para disfrutar de lo propio, es proclive a desear todo aquello que ostentan los demás y dedica su vida a adquirir todo lo que le falta.
Pero la suerte de Norberto tiene fecha de vencimiento, la miserabilidad y el egoísmo se pagan en esta vida, también se pagan el maltrato, la desidia, la incapacidad y la soberbia.  Quizás no la vea venir, quizás pueda pilotearla por un tiempo, pero el karma está ahí, a la vuelta de la esquina.  Acechándolo para cobrar facturas vencidas.  No es fácil tocarle el culo a tanta gente y salir inmune de la situación.  Ni meter la mano en el plato ajeno.


Buena vida Sanchez Panza!!!  Nos vemos en Disney!

jueves, 2 de octubre de 2014

Y UN DÍA JAMIE FRASER SE HIZO CARNE Y HABITÓ EN STARZ


Ocho capítulos épicos de la miniserie a la que algunos lectores de la saga "Outlander" no le tuvimos fé





El día soñado, que parecía tan lejano cuando se anunció la premiere de “Outlander” llegó para revolucionar una vez más el granero de nuestro adorado escocés, uno de los dos héroes de la saga que nos tiene locas a más de la mitad de las féminas de este planeta (desconocemos a la fecha si en Marte ya se mandaron a imprimir ejemplares pero no sería nada raro).

En el año 1991 una escritora soberbia con un talento genial para darle vida a personajes de ficción en las cabezas de los lectores, parió el primero de una saga de libros que giran en torno al Highlander James Alexander Malcom MacKenzie Fraser (Jamie para los íntimos).  Desde que leí el primero, y como le pasó a la mayoría de la gente, comencé a escuchar rumores de películas y series.  Todos nos subimos a esa moto realizando castings virtuales en cada foro del que participamos sobre los libros o de determinados actores que según la mayoría, eran un número puesto a la hora de interpretar a nuestro objeto de veneración.   Se multiplicaron en progresión geométrica los videos subidos a youtube por fans, ambientados en paisajes escoceses, música celta y fragmentos pequeños de películas de época donde el actor elegido nos hacía soñar con ver alguna vez en movimiento a Jamie Fraser.  No es que no lo pudiéramos hacer en nuestras cabezas, de hecho la Gabaldon se encargó de proporcionar la cantidad de datos suficientes como para crear uno de verdad en el cerebro del lector de la misma manera que los japoneses te mandan la cantidad de herramientas necesarias para armar cualquier cosa que te vendan desarmada.

Así es como muchas detractoras de llevar a este monstruo a la pantalla, entre las que me incluyo, nos negamos de plano a destruir con una imagen concebida por un intérprete-intermediario de la autora, al muñeco pelirrojo que habíamos sabido fabricar a fuerza de lectura y re-lectura en nuestras locas cabecitas.  Para quienes comenzamos leyendo estos libros hace una década, meterse con la Biblia Highlanderiana era prácticamente una blasfemia.  La pantalla chica nos parecía poco, la grande no alcanzaba a cubrir ni la mitad del primer libro y si Hollywood metía la mano como suele hacerlo, Jamie hubiera sido un cocinero ruso trabajando en el metro neoyorkino y Claire su amante dominatrix caza vampiros.  Todos sabemos cómo funciona el teléfono descompuesto: yo te digo blanco tiza, vos le decís blanco leche, el otro dice que le dijiste blanco marfil…y el último dice beige tirando a marrón.  ¿Cómo poder traducir esta formidable saga a la pantalla sin arruinarlo todo? Y con los de marketing pisando los talones, cambiando cada detalle para hacer rendir mejor la inversión. Mejor, dejarlo librado a la imaginación…siempre fue mi idea.

Odio admitirlo, me equivoqué de cabo a rabo.  Cuando apareció la primera foto de Sam Heughan, actor encargado de darle vida al pelirrojo, casi vomito sobre el teclado de mi notebook.  No es que el chico fuera feo, simplemente no era Jamie.  Cabello castaño oscuro, pálido, blandengue, flacucho, lampiño, desgarbado y demasiado joven para las que ya teníamos en mente al Jamie de los últimos dos libros.  Si empezamos así…que nos queda para el resto, pensé estúpidamente porque se ve que hay gente que sabe lo que hace o bien le tiene terror a la horda enferma de fans de los libros.  Ya sea por terror, talento o ambición; el chico Sam apareció en el primer poster que anunciaba los primeros días de rodaje.  Ya con los pelos despeinados, rojos y más largos (en la foto del casting estaba peinado a la lengüetazo de vaca), una kilt y la típica camisita jacobita era otro cantar.  De todas formas, aún me faltaba mucho para confiar en que algo bueno podía salir de todo eso.  Entonces aparecieron las fotos de Claire, una modelo flaca, linda y moderna que no encajaba para nada con esa mujer llena y de una belleza promedio que describe Diana en sus libros.  Imaginé que me sucedería lo mismo que con Sam cuando salieran las primeras fotos del rodaje.  Otra decepción fue Frank/Jack Randall.  Tobías es un actor que me encantó en la serie “Roma”, y con esa cara de angelito me fue imposible visualizarlo haciendo las atrocidades que Jack hace en el libro.  Los únicos que me entraron de entrada, valga la redundancia, fueron Colum y Dougal.  No puedo explicar el motivo pero ellos  dieron en el clavo desde la primera foto.

Luego de una larga espera, de ver avances, fotos del rodaje y entrevistas; decidí darle una oportunidad a esta serie que podía cargarse para siempre con mis fantasías literarias.  Todo pintaba cuidado y bien hecho, pero el resultado final podía ser caótico.  Eso hasta que leí que la esposa del encargado de llevar la saga a la pantalla era fan de los libros y había jurado destriparlo vivo si la serie no estaba a la altura de las expectativas de la horda enferma que la incluye.

El día tan esperado llegó y hubo reuniones (whisky escocés en mano) alrededor del planeta, para ver el primer episodio.  En mi caso particular nos reunimos en el dormitorio del hermano de una amiga que hizo de su pared un cine y que nos tiene una paciencia infinita a la hora de cedernos sus dominios para retozar como vacas locas sobre su cama/sillones llorando a moco tendido o gritando como locas “Tulach Ard”.  Así fue como luego de un delicioso “cranachan” (postre escocés elaborado por mis amigas para la ocasión), nos sentamos abrazaditas a deleitarnos o decepcionarnos juntas en el mismo barco.
Cuando escuché los primeros acordes de la música de apertura y vi las imágenes majestuosas de los títulos empecé a llorar como si hubiera parido un hijo.  Esas imágenes son una síntesis perfecta de lo que a uno se le viene a la mente cuando piensa en los libros.  Como bocadillos que anuncian un gran banquete, las piedras de Craigh na Dun me hicieron llorar más que Meryl y Clint en los Puentes de Madison (nivel 10).  Aspirando los mocos para no hacer papelones, me tragué las lágrimas con la punta de la lengua y me quedé anonadada por todo lo que vi.  No esperaba querer a Frank, en los libros siempre le tuve bronca.  Sin embargo no me molestó cambiar de opinión, aunque luego me asaltaran las mismas dudas que tiene Claire al verse enamorada hasta los huesos de Jamie y amando aún a su primer esposo (o debería decir segundo, ya que el primer matrimonio data del 1743).
Cuando lo escuché decir “Sassenach” tuve que ir a buscar los calzones al subsuelo.  Casi me desmayo.  Ni hablar de escucharlos a Dougal y al resto de la pandilla hablando en gaélico, lenguaje en el que mis amigas y yo nos convertimos en expertas (recuerdo haber escuchado archivos de audio con oraciones enteras que repetíamos hasta el cansancio para aprender).  El señorito en cuestión, antes blandengue y desgarbado; ahora se había convertido en una torre de carne torneada, unos ojos azules con la mirada felina que tantas veces describe la autora y la juventud rozagante del Jamie del primer libro.  Sam era Jamie.

Con Claire tuve una epifanía, siempre creí que me iba a costar aceptarla porque físicamente no es tal cual la descripción de la autora.  Sin embargo Caitriona Balfe “Caits” para los íntimos, me robó el poco escepticismo que me quedaba.  Nunca pensé que una modelo de Victoria Secret podía interpretar a un personaje tan lleno de matices y tan intenso.  Me equivoqué otra vez, por un prejuicio estúpido creí que no la iba a querer y sin embargo me enamoré a los cinco minutos de verla en pantalla.  Sus modos, su andar, su seguridad a la hora de enfrentar a los Mackenzie, su capacidad de resolver problemas tales como apoyarse en una piedra en 1945 y aparecer en paños menores, cinco segundos después, en el 1743; todo tiene que ser creíble y esta actriz pasó con honores la prueba.  Caits es Claire.
El resto del elenco es perfecto.  Murtagh, Fitzgibbons, Angus…todos son roñosos, peligrosos y de buen corazón como los imaginamos.  Capitulo aparte para Dougal (Graham Mc Tavish) porque uno quiere convertirse en su maíz incrustándose de cabeza en la pantalla con la esperanza de viajar en el tiempo y caer en bolas en sus brazos (con la petaca de whisky para darle batalla al frío).  Ver a Roger como un nene me dio una sensación en el estómago inexplicable…como encontrar una filmación casera vieja de algún integrante de la familia que uno desconocía o se había olvidado que existía.  Muy fuerte, demasiado.

Capítulo aparte para las escenas de sexo, para quienes no lo sepan, los libros están plagados de escenas de alto contenido erótico (bien escritas y que no se utilizan como en otro tipo de bibliografía para atrapar al lector ávido de sexo literario).  Acá, cuando Jamie y Claire se encuentran se prenden fuego los planetas, los libros, las lectoras y la comida que las lectoras tienen en el horno.  Debo decir que varios matrimonios han sucumbido al embrujo de la literatura Gabaldoniana.  Ya sea porque el marido se negó a usar una kilt fuera del lecho matrimonial, o porque el asado se quemó, el arroz se pasó, el guiso se pegó o simplemente porque el gordo que roncaba al lado de la lectora no se parecía ni por asomo al Highlander que salía como el genio de la lámpara toda vez que una abría el libro a hurtadillas en la cama leyendo hasta las cinco de la mañana con una linterna en la boca.  Siempre imaginé que esto les iba a costar ya que la televisión tiene muchas restricciones para mostrar todo lo que una quiere ver, que no es ni más ni menos que lo que está escrito.  Debo decir que no dejaron nada librado al azar ni a la imaginación.  Se ha visto lo necesario para satisfacer la demanda hormonal del club de fans de la pareja y cada cual se llevó a casa lo necesario para poner la escena del lecho nupcial en un loop interminable y en slow motion que la deje a una en un penoso estado de catatonia (babeando y balbuceando en un gaélico alcoholizado digno de un bar de Inverness a las dos de la madrugada).

Para redondear la idea, y porque me tengo que ir a leer el séptimo antes de comprar el octavo libro que aún no consigo en mi país (lista de espera); la serie pasó con honores la prueba de una fan acérrima que tiene en su haber unas seis lecturas por libro (del primero al sexto) y que se sabe como tantas fans diálogos enteros de memoria.  Ojalá puedan continuar filmando toda la saga, la pregunta ahora será cómo harán para envejecer a nuestros amados personajes; seguirán con los mismos actores o los reemplazarán por otros?  Tenemos seis largos meses de espera hasta los últimos ocho capítulos de la primer temporada.  Tiempo de sobra para pensar y leer y releer hasta que se nos caigan los ojos de las órbitas.

Como siempre, gracias Diana Gabaldon por tantos matrimonios destuídos, tantos noviazgos destrozados y por poner la vara tan alta que ningún hombre de la vida real le llegue ni a los talones a JAMMF!.