lunes, 23 de enero de 2012

DESCANSANDO DEL DESCANSO





Vacaciones “made in Hell”

Si, ya sé que una se pone grande, chúcara y pocas pulgas. Lo que antes te divertía ahora te molesta. Con la edad, la arena metida en el culo hasta las siete de la tarde ya no es tan buena idea y el volumen de audio de cualquier cosa que profiera sonidos no debe superar el umbral de los cincuenta decibeles para evitarte una crisis nerviosa de importancia superlativa. Ya lo he comentado en otras entradas, existe una edad para todo, y la edad para procrear y/o soportar críos desmadrados propios o ajenos ya fue para mí. No soporto los pendejos. No los tolero. Sobretodo si tienen pulmones del tamaño del contrabajo de una orquesta sinfónica y unos padres blandos como una torta de crema al sol. Me sacan los personajes que entienden que su libertad se extiende hasta el borde de tus falanges del pie y la medida de tu paciencia o falta de ganas a la hora de crear un altercado que genere mucho ruido. La clave en mi caso es el ruido. Y las muchedumbres que suponen que tu masa corporal (intensa) está conformada por materia degradable con el agua, el viento o los empujones. Mis vacaciones fueron un poco de todo esto y ameritaron la entrada que hoy escribo.

La música (que se puede catalogar como ruido, dependiendo quien la escuche=en este caso: io)

Todo aquel que me conozca o me haya leído sabrá que si hay algo que me gusta con locura en la vida es la música. Me gusta fuerte, a lo guaso, siendo bastante ecléctica en mis gustos. Puedo escuchar casi todo. Casi todo. Pero no todo, todo. Tengo una fobia que debo tratar con drogas (de esas que se compran con receta de archivo) al reggaetón y al rap. Puedo llegar a escuchar a un Snoop Dog o Calle 13, pero si me ponen Eminem salgo disparada por una ventana y corro hasta el puesto sanitario más cercano. No considero que mis gustos sean superiores ni inferiores a ese tipo de música, no intento imponerle a nadie las gaitas de la música celta ni los violazos de David Gilmour; para eso se inventaron los auriculares (que parecen estar en desuso). Es por esto que tampoco entiendo a la fauna que deambula por las calles de las ciudades balnearias a bordo de un auto convertido en equipo de sonido para cancha de futbol sobre cuatro ruedas, evangelizando musicalmente al resto de los veraneantes.
Así me recibió la costa argentina, a puro perreo ambulante. Decenas de autos me dejaron el corazón trepidando como una pandereta en medio de una tarantela, afónica para intentar seguir manteniendo una conversación con mi pareja subiéndome al ruido insoportable proferido por una caja acústica que ocupaba el baúl de un Volkswagen Gol donde cuatro mequetrefes con pinta de subnormales se meneaban al compás de una canción que invitaba a mami a darle “eso” al que cantaba (si se le puede llamar cantar a eso).
No son los únicos que quieren reggaetonizar al planeta, también están los que deambulan como epilépticos sacudiéndose al ritmo de baladita pedorra donde el cantante pide “quiero tu abertura para una aventura sin censura”. Todo esto saliendo por un puto mini parlante de un celular minúsculo (malditos ponjas y su tecnología cada vez más chica, potente y accesible) que la portadora zamarrea con los auriculares desconectados al cuello, cual collar de perlas, ubicándotelo en la oreja izquierda mientras avanzás lentamente por una calle peatonal infestada de sujetos de similar especie. Estos zombies idiotizados también se encuentran en las playas, casas y edificios de departamentos, lugares donde también desatan su infernal zangoloteo al ritmo insoportable del reggaetón portátil a 130 decibeles, despertándote de una siesta sobre la arena o interrumpiendo tu sueño a las siete de la mañana. Gracias a Dios no he sido bendecida con una pistola calibre 38 ni el permiso para portarla, o ya tendría una página entera en la crónica policial del diario más sensacionalista del verano argento.

Los ruidos que no pueden catalogarse como música

Tuve la suerte de alquilar un departamento con vecinos a diestra y a siniestra. A la derecha, dos simpáticas criaturas engendros malignos de un sordo y una muda, se encargaron de explotar petardos comprados a Kadafi antes de su captura, cada media hora por reloj desde las 17 horas hasta altas horas de la madrugada. Detonados en un patio contiguo al mío, la explosión era tan grande que a mi perro fue necesario insertarle un marcapaso para que pudiera seguir viviendo. Anticipando la detonación, un fogonazo azul me obligaba a tirarme cuerpo a tierra cada vez que me encontraba colgando una bombacha en la soga. Con los dientes apretados y el broche para la ropa incrustado en la palma de mi mano (y el perro incrustado entre mis glúteos), recuperaba el aire intentando proseguir con mis actividades. Pero un día, el monstruo verde que vive en mí estaba tomando un baño con la ventana abierta. Agachada en una pose incomodísima con la cabeza debajo de la jabonera, afeitándome las piernas arrebatadas de sol, fui sorprendida por el ruido ensordecedor de una bomba de fabricación israelita que aflojó los vidrios de las ventanas. En el acto levanté la cabeza dándome la nuca con la jabonera (todavía tengo un moretón y veo borroso), me rebané 100 gramos de rodilla derecha y me entró jabón en los ojos. No pude con mi genio vociferando algo así como “¿La concha de tu madre, cuándo carajo se te van a acabar esos petardos de mierda? Porqué no te metés uno en el orto y te prendés fuego hasta salir disparado a Urano, pedazo de pelotudo. ¿Quién te está cuidando, tu abuela sorda, hijo de puta?”. Demás está decir, que el infante (que al día siguiente saludé con toda educación mientras paseaba al perro infartado) de no más de siete años, nunca más prendió nada más que la radio en su celular de última generación.

La corneta del vendedor de churros, la cumbia de la vendedora de medialunas, el grito del barquillero y la puta madre que los parió a todos.
Echada en la arena caliente, boquiabierta y babeando en relax total; fui sorprendida por una bocina de bicicleta que me hizo levitar unos 10 centímetros sobre el nivel del mar. Al tipo que la hace sonar no le importa que la gente ahorre todo un año para escuchar el arrullador sonido del mar o el cantar de las gaviotas. Al tipo le importa cagarse de risa de tu cara de estupor cuando saltás en el lugar y comenzás a vestirte para ir a trabajar convencida de que se te hace tarde. Porque al tipo le lleva un segundo rebobinar tu ejercicio anti estrés devolviéndote de una patada a tus días de madrugones y preocupaciones. Sin mencionar que te estaciona un carro del tamaño de una heladera con freezer doble puerta, sobre los deditos del pie obstaculizando tu maravillosa vista oceánica que supiste conseguir quemándote los pies en busca de un spot playero inhabitado. Encima, si no le comprás un choclo es muy probable que no corra el carro aunque se lo supliques, invitando a otros vendedores a hacer “polémica playera” sobre tus pertenencias mientras la marea sube estrolando el carro sobre tu cabeza (quemándote con el agua hirviendo de sus delicatesen).

Los vecinos pegadores y las grandes familias confinadas a espacios reducidos

En un dúplex exactamente igual al mío, desembarcó un hermoso día soleado de enero, una Renault Master Minibus de quince asientos pintada con los característicos colores escolares (blanco y naranja). Del vehículo no solamente bajaron 15 personas y un bebé de un año. También lo hicieron doce mil metros de toallas, sábanas; quince kilos de metal fundido en paelleras, ollas a presión y cuchillos varios; los kilos de carbón suficiente para alimentar una central nuclear por doce días; y un matrimonio entrado en kilos cuya costumbre más peculiar era llamarse cuchi-cuchi a los gritos desde el patio hasta la vereda de enfrente. Como era de esperarse, el Desembarco de Normandía dio menos trabajo y contaminó menos (auditivamente hablando) que este peculiar operativo. Toda esa artillería pesada subió y fue desplazada por los dos pisos de la casa al son de la pelota de básquet del niño de doce años que portaba una camiseta de los San Antonio Spurs. Las valijas fueron arrastradas a las trincheras por adolescentes con menos voluntad que un caracol en un salitral. El matrimonio taconeaba sobre unas chancletas de cuero que producían un ruido “plaf plaf” francamente insoportable. El bebé lloraba veintitrés de las veinticuatro horas del día, sin pausa, salvo cuando la madre le enchufaba algo en la boca. De lo contrario sus cuatro tías adolescentes lo hamacaban sin parar logrando, únicamente, que el crío aullara al compás del vaivén. El dúplex de mi vecino “cuchi cuchi” estaba equipado con una bomba que subía agua al tanque toda vez que alguien abría una canilla (igual que mi departamento) pero la gran diferencia la hacía el sonido equivalente al que hace un tanque Sherman en movimiento (y la cantidad de veces que alguien abría una canilla en esa casa). Imaginaos pues un ejército de personas que se bañan sin darle tregua a una bomba que no cesa de trajinar, más la madre lavando las verduras para la ensalada, las mujeres lavando los trajes de baño, los inodoros llevándose todo vestigio del guiso de la noche anterior… UN DELEITE PARA LOS TÍMPANOS SENSIBLES. Además de bañarse y jugar al básquet en el comedor, esta simpática familia dedicó los siete días que permaneció pared de por medio a jugar distintos juegos que incluyeron los dados, los naipes cantando “truco” a los gritos y saltos ornamentales en las camas marineras.
En el dúplex contiguo a mis amiguitos, se hospedó una pareja cuyo mayor entretenimiento fue insultarse mutuamente hasta que el señorito en cuestión cagaba a trompadas a una mujer que lloraba y suplicaba clemencia. Una particular noche de lluvia, luego de sacar la bolsa de la basura (que contaba con varias botellas de alcohol vacías), la mujer comenzó a gritar como un lechón en un matadero. Presa de un ataque de lástima y llanto decidí hacer mi obra de bien mensual llamando a la policía. Mientras la telefonista me preguntaba la numeración y las entrecalles, la mujer era estampada contra las paredes ferozmente. Le avisé que si seguíamos perdiendo el tiempo enviara a los bomberos para juntar los pedazos, pero la telefonista insistió en que yo saliera a la calle a señalar con el dedo índice la puerta del golpeador. “Ni en pedo” le contesté, pero mi heroísmo pudo más y salí a la calle con el dedito apuntando al este, cueste lo que me cueste. La policía vino, un rato después (un rato largo), si la gresca hubiera sido espesa…todavía la estábamos velando. Pero para mi sorpresa, la mujer salió al cruce del patrullero con cara de sorpresa, asegurando que la casa estaba en orden. Al rato sonó un bolero de Luis Miguel y asumí una reconciliación con moretones que me avergonzó por mi estúpida inocencia.

Las muchedumbres, la aglomeración y los niños maleducados

Siempre me sorprendió la gente que nombra a la gente y no se siente incluida en ese grupo. Es como si estuvieran construidos de una materia diferente que los pone en una categoría especial ya que la gente es aquella que llena los teatros, se aglomera a esperar en los restaurantes donde se come bien y va a la playa cuando ellos desean estar en la playa sin gente. “Vino mucha gente este fin de semana”, “La gente camina como vacas al matadero por la peatonal”, “Yo no entiendo cómo la gente hace fila para tomar helado ahí”, “La gente espera horas en el cajero automático”. Yo me pregunto ¿y vos qué mierda sos, una estatua de gelatina sin sabor, un personaje de Harry Potter, la hermana melliza del Espíritu Santo?
No soy fan de las aglomeraciones, no me gusta que mi brazo se pegue como un sticker al brazo de la señora que acaba de embadurnarse en aceite de coco. Tampoco me gusta meter mi nariz en una mata de pelo con aroma a Sedal Crema en sachet. Mucho menos fumarme un pedo del pendejo de quince que se clavó un waffle y un licuado de banana con leche dos horas antes. Por eso, tampoco voy a las procesiones. Prefiero pudrirme en el infierno. La única manera de meterme en el medio de una aglomeración es en un estadio donde toque una banda que me vuelva loca. Y hasta por ahí nomás, teniendo en cuenta que en mi última incursión a un concierto (de Los Piojos), caí al suelo boca arriba mientras cien mil personas saltaban a mi alrededor. Pero en estas vacaciones, poseída por la emoción de la libertad del yugo laboral y los restos mortales de la alegría navideña, tomé la calle Peatonal más de una vez, pisando chicles; tragando estornudos ajenos y esquivando manzanas acarameladas.
En la playa, una tarde apacible descansaba sobre mi sillita plegable. Me quedé profundamente dormida mirando a mi hijo y su amigo acostados sobre una esterilla. Cuando volví en mí, abrí los ojos y me encontré con una casa con galería para seis personas armada a escasos dos centímetros del dedo gordo de mi pie izquierdo. Una señora que estaba a mis espaldas recibía instrucciones de un imbécil (el arquitecto del emprendimiento), para aparcar el cochecito del bebé sobre las esterillas de mi hijo (que jugaba a la pelota en la orilla). Las ojotas de mi hijo quedaron literalmente rodeadas por una rueda de sillas en el “patio” de la casa. Mi perro pasó a ser el perro de ellos y mis pies, de no haberlos corrido a tiempo, hubieran pasado a formar parte de la heladera monumental que instalaron a las 16.20 horas del día 7 de enero del 2012. Me acuerdo porque no pude creer que alguien se tomara tanto trabajo para armar semejante despliegue por dos o tres horas de playa. Le saqué fotos porque no iba a permitir que el boludo jerarca familiar con sobredosis de revista “Weekend” no quedara escrachado en este blog, como digno resarcimiento de la ocupación colonialista que hizo sobre mi pequeño pedazo de paraíso playero (VER FOTO DEL BOLUDO).
Un capítulo aparte merecen los niños maleducados. Aquellos seres angelicales como querubines trabajando de incógnito para Satanás, que tienen la boca más sucia que un marinero de un pesquero ruso. Aquellos dulces monstruitos que en los comederos profieren sonidos insalubres para el oído humano haciéndote volcar la copa del vino caro que te diste el lujo de degustar luego de un año de ardoroso esfuerzo. Esos “locos bajitos” como decía Serrat, que de simpáticos solo tienen el nombre: “Nahuel”, “Valentino”, “Bautista”, “Sol”, “Anita”; pero que cuando son dejados a merced de su propio albedrío cuentan con la capacidad suficiente para dejar un lugar patas para arriba echando de bares y restaurantes a todo aquel que hubiera cometido el error de sentarse a menos de dos kilómetros a la redonda de la mesa de sus padres. Vandalizan los baños, la decoración, le dejan los huevos al plato al personal del lugar sin que sus padres miren una sola vez de costado para relojear su comportamiento. Los detesto. Quiero que crezcan de golpe o se suban al tren de la alegría hasta Machu Pichu sin escalas. Deseo con todo mi ser que los padres no vuelvan a tener relaciones sexuales sin preservativos. Quiero que las abuelas se los lleven y se los entreguen vivos al hombre de la bolsa. Quiero que prohíban el ingreso de menores de 18 años a todos los lugares públicos después de las 20.00 horas.


Agotada de tanto descanso, con la cabeza minada de ruidos, los pies doloridos de tantos pisotones y los brazos llenos de moretones volví a mi casa. Volví más cansada que antes de partir. Ahora tengo que esperar un año entero para vacacionar otra vez. Snif…

Un videíto sobre la música mencionada en esta entrada...


martes, 11 de octubre de 2011

LOS CAMINOS DE LA VIDA

No son lo que yo esperaba

Como la letra de la canción de Vicentico, estos caminos no fueron lo que yo había planeado.  Para nada.  Si se hubiera cumplido el sueño profético de mis quince años, lo más probable es que ahora estuviera viviendo en Hollywood, con una estantería repleta de Oscars o Grammys (nunca me decidí por la actriz o la cantante de rock).  Si se hubiera cumplido el de los veinte, estaría salvando vidas en Africa, en una misión humanitaria con los médicos sin fronteras (si, lo mío era la medicina hasta que me bocharon miserablemente en química).  Si se hubiera cumplido el de los veinticinco, estaría disuadiendo suicidas en las cornisas de los rascacielos (si, lo mío era la Psicología hasta que me enamoré y dejé a Freud plantado).  Y si se hubiera cumplido el de los treinta, lo mío sería “María Von Trapp meets Marley and him”.  Ocho hijos, un marido como el Capitán de la peli "The sound of music", tres o cuatro perros labradores, una casa acogedora con un jardín inglés, un matrimonio con la pasión intacta como la virtud de María y un trabajito de cuatro horitas para solventar aquellos gastos superfluos como el shimmering gloss labial para tener una boquita de sirenita de cuento de hadas.

Lamento informarles que nada de eso se dio.  Tengo la casa, el jardín más que inglés parece la selva formoseña.  El perro labrador fue deportado por mi ex a una campiña remota (porque molestaba).  Los ocho retoños se convirtieron en uno solo (que vale por ocho, eso sí), me dio más trabajo que haber contratado al Arcángel Gabriel por sus servicios de embarazo instantáneo a domicilio. Para concebir tuve que pasar por una odisea médico-fertilizante que llevó años.  Cuando quise adoptar un hermano me pidieron desde dinero hasta cinco años de paciencia que no tuve.  Volví a los médicos y coleccioné fotos de mis blastocitos germinados in vitro.  Me puse grande,  comencé a detestar cualquier cosa que emitiera sonidos agudos y se cagara encima.  No canto bien, quise tocar la guitarra pero no pude sacarle un puto acorde agradable a esa caja de madera.  Tomé clases de actuación, abandoné como abandoné compulsivamente las dietas, los gimnasios, las clases de piano, los cursos de dibujo y la Universidad.  El Capitán resultó ser un náufrago y María bien gracias, sigue escapando de los nazis en las laderas de los Alpes suizos.  Entonces me quedé en casa y me inventé una vida divertida.  Una vida de espacios vacíos que llenaba con música y recuerdos de viajes pasados.  Si escuchaba a Toquinho, tomaba sol en Brasil (caipiriña en  mano, obviamente).  Mi humor se alimentaba de aquello que mi cabeza generaba a pedido.  Entonces salí a buscar y encontré mujeres con historias alucinantes.  Mujeres forjadas de hierro y con el temple del acero.  Mujeres divertidas, extravagantes, inteligentes y compasivas.  Me llené de amigas.  Algunas para toda la vida, otras para un capítulo o dos.  Fui rubia, fui castaña, fui rojo borgoña.  Con bucles o lacia.  Fui gorda y fui flaca. Fui angloparlante.  Fui vaga dos años y archideportista dos meses.  Aprendí repostería y a postear en internet.  Dí clases de inglés, tuve una huerta y coseché tomates todo un verano.  Hice trámites, trabajé en una Farmacia y en un depósito.  Fui empleada de mi madre y de un par de hijos de puta.  Dibujé para escapar.  Caminé para llegar.  Crié hijos propios y ajenos.  Me disfracé, me reí a carcajadas.  Me emborraché dos veces en mi vida.  Y probé la marihuana en una rueda de cuatro que incluía a mi vieja, mi ex, mi hermana y mi cuñado.  Fui cornuda.  Consciente e inconsciente.  Miré sin ver.  Y justo cuando aprendí a mirar empecé a perder la vista.  Me dejaron, pero conseguí la libertad, que no es poco.  Me hice los anteojos de leer pero me compré los de sol berretas para caretear.  Trabajé y progresé.  Me compré las alas (léase un auto).  Probé el sushi después de los cuarenta.  Me tatué después de los cuarenta.  Aprendí de mujeres de veinticinco cosas que yo a los cuarenta y pico no sabía.  Pude separar la paja del trigo.  Me quedé con los mejores y en el camino me saqué de encima a los peores.  No importó la distancia, gracias a la pc pude ver crecer a los hijos de mis amigas que viven lejos y chatear hasta que cantaban los pájaros en la ventana.  Me compré la cámara de fotos y también las vacaciones soñadas.  Le saqué seiscientas fotos a mi hijo.  Volví a tener perro. Tuve y tengo algunos felinos que mantienen a raya a las ratas que alguna vez se presentaron a desayunar en la cocina.   Jugué al futbol con mis sobrinos y amasé ñoquis con ellos.  Mi salsa bolognesa no tuvo ni tendrá quien le haga sombra en este planeta.  Planté sauces, tuve el hijo y escribí un blog.  

Y como si esto fuera poco, soñando con Highlanders, piratas y vampiros encontré al Capitán de la peli.  Después de los cuarenta y pico encontré a mi Florentino Ariza, a mi Jamie Fraser.  Juntos desmalezamos la selva formoseña y de a poco la transformamos en un jardín respetable.  Se me fue el miedo.  Prescindí del clonazepam, lo cambié por una copa de Malbec  y una charla interminable.  Dormí cucharita las tardes de lluvia y paseé de la mano como soñaba a los quince.  Me fui y me siguió.  Me celó.  No tuve que pedir.  Me abrió la puerta del auto y adivinó mis antojos.  Me sacó a pasear.  Me paró en un acantilado para que pudiera sacar fotos del atardecer en el mar.  Me olvidé de lo feo.  Me arregló la canilla y la estantería.  Acarició a mi perro y le dio de comer a mis gatos.  Se hizo amigo de mi hijo, de mis sobrinos y de los amigos de mi hijo.  Me hizo un asado, le colgó el farolito de la puerta a mi vieja y le arregló la tele a mi abuela.  Puso rosales con espinas en las butacas de cuero de su auto.  Escuchó reggae todo un verano porque a mi hijo y a mí nos gustaba.  Conocí a su familia y él a la mía. Volví a querer.

Ayer volvíamos de Starbucks, lugar que detesta pero al que va voluntariamente porque sabe que me encanta, silbando canciones en el auto…a veces tarareando alguna melodía conocida.  Entonces mi cabeza comenzó a reproducir la canción de Vicentico sistemáticamente, sin parar. Desde ayer a la tarde que no para de sonar… “los caminos de la vidaaaaa, no son lo que yo esperabaaaaaa”.  No, evidentemente no son lo que yo esperaba, son mucho mejores!.


miércoles, 31 de agosto de 2011

VIDRIERA VIRTUAL


FACEBOOK: Nuestro utópico rincón en el cyberespacio


El face fue concebido por un visionario pendejo que la embocó o conocía muy bien la tela con la que está fabricado el ser humano.  En sus orígenes, este sitio fue diseñado para acercar gente en una Universidad, levantar minas y favorecer los encuentros sociales entre estudiantes (o por lo menos así lo mostraron en la película, que a mi entender, no estaba tan buena como para el Oscar).
Supe ser usuaria del Myspace, precursor de las redes sociales que lo sucederían con el tiempo, hasta que mis jóvenes amiguitas y mi hijo me empujaron al face.  No ofrecí demasiada resistencia, si no estabas en face no existías, mis amigos virtuales y no virtuales habían migrado dejando foros, fotologs y otros sites desolados.
Así fue como desembarqué en el rostrolibro, al principio un poco mareada con tanto bombardeo de aplicación, invitaciones a eventos, cumpleaños, actualizaciones de estados ajenos y la mar en coche.  Pero luego le encontré el gustito.  Reencontrarme con mis amigas del exterior, poder ver fotos de sus casas, la decoración de sus árboles de Navidad o conocer cada detalle de sus vidas en tiempo real me pareció fascinante.  Entonces llegó el día en que caí en la cuenta de que el face era un trabajo agotador;  que para contestar y cumplir con todos los mensajes, flores, tarjetas, inbox y comentarios de mis fotos necesitaba un día de 48 horas o licencia por sobredosis de virtualidad.
Empecé a ponerme paranoica por los dos mil alertas que leía en los muros sobre posibles virus, phishing, niños desaparecidos, abuso de fotos familiares, sustracción de identidad, uso de datos personales por el FBI, perros mutilados, falsos contactos, pedófilos al acecho de los niños de la familia, estafadores, etc.  Hice lo que hicieron varios.  Limpié a los doscientos cincuenta contactos y me quedé con tan solo doscientos cuarenta y nueve.  Me dediqué a bloquear a los sospechosos y a revisar una y mil veces la configuración de privacidad.  Estaba tan privada que me aburría como un hongo.  Entonces me desprivaticé un poco.
Luego me bombardearon con jueguitos, granjas, peceras y la reputamadre que lo parió al que alguna vez me envió una invitación a poner un colegio o plantar zanahorias virtuales.  Me borré sistemáticamente de todas (perdón si los ofendo pero era un costo muy alto de mantenimiento).
Después vino la onda de mandar flores, chocolates, osos de peluche, vibras, vibradores, corazoncitos, bebidas alcohólicas y afines.  Si no devolvía las atenciones me sentía una perra del infierno.  Así que dediqué media hora diaria facebookiana a la devolución de gentilezas, de esas que nunca pude degustar porque los chocolates virtuales saben a la nada misma y el alcohol “Face” no alivia ninguna pena (aunque cada vez que me lo enviaron supe agenciarme unos centímetros cúbicos del de verdad para no desentonar con la generosidad internetiana).
Como si esto fuera poco, comencé a recibir invitaciones a participar de marchas por: “la no construcción de la ruta 159”, “la aparición con vida del Lagarto Juancho”, “manifestación de apoyo al Intendente de Las Toninas”, “el digamos NO a las fábricas de zapatos con plataforma”, “el día del aire libre de partículas de rebelde volcán cordillerano” y cuanta protesta se cruzara por mi camino.
El día que derrapé y casi termino en la colonia Montes de Oca fue cuando intenté poner en práctica todos los consejos leídos en muros, lecciones de vida de videos diseminados en cuanto perfil clickeaba o cuando intenté esa posición de yoga cuya foto colgó una amiga junto con una inspiradora frase de Dalai Lama.  Ese día volqué…literalmente.  Todavía me duele el pómulo derecho que amortiguó la caída.

Entonces hice un “despeje de X”: ¿Para qué quiero Facebook?  ¿Para qué quiere la gente Facebook?
Lo mío fue sencillo.  Quiero pelotudear con mis compañeros de trabajo, ver fotos de sus familias, leer actualizaciones sobre los artistas que me gustan y compartir música.  El resto al tacho…mejor dicho…a la papelera de reciclaje.

Estos últimos días me dediqué más a la lectura de otros perfiles que a la participación activa.  Y ahí me dí cuenta de un puñado de cosas:

1.       La gran mayoría miente.  O muestra una verdad a medias.  O se fabrica una vida digna de la vidriera donde la exhibe.  Pocos son los que muestran una foto donde les cuelga la carne de la busarda luego de un guaso asado.  Rarito es encontrar una imagen de una pareja cagándose a gritos o revoleándole una silla al pendejo de once años que se niega a pasar por la ducha.  Nadie pone la foto de la madre despiojando a sus críos o de la abuela con la bombacha colgando entre las piernas.  No ví a una sola mina con ruleros, ni a un tipo con el peluquín en la mano.  Las fotos son todas dignas de una publicidad de medicina pre-paga.  Todos juntitos, en la playa, agarraditos de la mano en tierna actitud familiar.  Aunque después de esa foto él se haya comido a la vecina, ella a la Psicopedagoga de los chicos y el hijo mayor a la mucama.  Verás lo mejor de mí…o no verás nada.  Ese parecería ser el lema del sitio.
2.       Detrás de la farsa que la mayoría sostiene y que reza “sed tolerante, amable, regala sonrisas, esparce generosidad, ayuda al prójimo aunque sea de color negro, homosexual o socialista” existe una horda de intolerantes que son capaces de degollar al que osó expresar diplomáticamente, una opinión política diferente.  Se cagan a puteadas en los comentarios de un muro tratando de “zurda”, “negra cabeza” “ándate por donde viniste, yegua” a quien confiesa ser docente y haber votado a quien ella cree es lo mejor para el país.  Sí, son esas mismas damas que se pavonean asistiendo a cursos de Pedagogía barata y comprando libros de Psicólogas marketineras que les enseñan qué hacer con la docena de hijos que tuvieron y que las tienen de rehenes en sus propias casas, o qué color de corpiño comprarse para hacerse atender por maridos que están agotados de encontrarse con una loca histérica que no para de gritar porque el más chiquito no pudo aprender a restar ni con un simposio de profesores particulares.
3.       El Facebook aleja a los que uno quisiera tener cerca y acerca a los que uno quisiera tener lejos.  Convengamos en algo: ¿quién no ha hecho la firme promesa de “juntarnos toditos” el tercer viernes de cada noviembre para evocar nuestras desventuras estudiantiles? Resulta que terminás cenando con gente que viste todos los días durante tres años, hace veinticinco pero no tenés cinco para ir al Geriátrico a ver a tu abuela…que te cambió los pañales, te dió el almuerzo todos los días de tu vida y vive a cinco cuadras de tu casa.   También me permito señalar a aquellas personas que se cambian el nombre en el perfil porque Facebook les acercó a la jauría de acreedores que no están dispuestos a condonar las deudas, novios despechados, amantes olvidados y a aquel terapeuta que sabe a ciencia cierta que sos una mentira ambulante (y encima le pagaste para desnudar tu alma impura).
4.       Todos, absolutamente todos buscan algo.   Dinero.  Sexo. Fama. Consuelo.  Say no more.  La que no te vende ponchos de telar o clases de shantala, te quiere coger o cogerse a algunos de tus contactos.  Está el que quiere promocionarse como chef posteando fotos de sus platillos o su clip de música de garaje.  Y está el que busca empatía, mimos, diciéndole a todo: SI.  Si, estuviste genial.  Si, yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo.  Si, vos podés.  Sí, tenés razón.  Sí, yo te apoyo. Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
5.       El famoso “me gusta”.  ¿Qué te gusta?  ¿Te gusta que en esta foto estoy más viejo que vos?  ¿Te gusta que Cerati está en coma hace un año? ¿Te gusta que me guste que te gusta la música barroca?  ¿Y si no me gusta?  ¿Qué hago, me aprieto un dedo con la puerta y posteo la foto de mi cara de dolor?  ¿O chupo un gajo de limón y escupo las semillas sobre el teclado?  Supongo que el botón “no me gusta” no existe para evitar expandir el caos y acreditar el odio que muchos sienten por tal o cual programa, libro, personaje o comentario…después de todo es una red social diplomática para gente civilizada, buena, sociable y educada.   Esa misma gente que arma un grupo de “Odio a tal Intendente o Muerte a Fulanito líder de agrupación musical”.
6.       Facebook es un arma de destrucción masiva.  Como hay gente que no tiene paz y si la tiene no la valora, se dedica a hacerle la vida miserable al resto de los mortales.  Subidos al caballo de la estatua (si, ese que no te lleva a ninguna parte) de la “ética”, “buena vecindad”, “solidaridad” y “ciudadanía”; arman un sitio de protesta por cada potencial problema que ven a su alrededor.  Y si no hay se los crean, para creérselos y destilar su odio juntando firmas virtuales contra: el dengue-el perro de la calle-el arroyo no entubado (ahí radica el problema, es la falta de entubación)-el mal gusto del tender del vecino-las minifaldas de las quinceañeras-las tetas operadas de las amigas- los amantes del prójimo-la vida sexual del cura de la parroquia-la vereda del Banco-el móvil policial que no acude al centésimo sexto simulacro del mes-el cambio del sabor de la bebida Cola y cualquier compañía prestadora de servicios que ose toparse con estos ejemplares ejemplificadores que apuntan con el dedito índice a aquellos que no estén dispuestos a presentar batalla en pos de un mundo mejor.
7.       Facebook es el emporio del chisme.  Cualquier persona con un poco de Jorge Rial en las venas se hace un festival digno de un mosquito en un banco de sangre, con los perfiles del face.  Sobre todo  de aquellos que no han sabido configurar la privacidad o deliberadamente desean que una flota de voyeuristas se toque mirando sus fotos y de paso se entere y propague por sus centenares de contactos que a vos, si a vos, te leyeron proclamando que viste a la mamá de Kevin comiéndole la boca al papá de Jonathan en el parking del cole de tus hijos.  Estás en el horno, lo peor del caso: el pez por la boca muere. Tu  comentario no se borra porque está en el muro de Susanita, donde ya existían otros dos millones de comentarios, PESCADO!  Aunque lo borres les llegó por mail.  Comprate una peluca y unos Ray Ban bien oscuritos!
8.       Facebook te delata.  Despiadado, el muy hijo de puta te pone en evidencia.  ¿Qué hacías a las diez de la mañana colgando videos de Roger Waters?  Esa pregunta pronunciada por tu Jefe es una de las más hermosas cosas que van a sucederte esta semana. La segunda ocurre el sábado: vas a colgar tu frasecita ingeniosa y TODOS tus contactos se van a percatar que ese día miraste Sábado Bus en pyjama tomando sopita con semillas de lino y chateando con “Fabulorgasmic Dick” en alguna sala para mayores de…treinta? ANDÁAAAAAAAAAAAA! Ni que hablar de las fotos como evidencia de sucesos que no deberían haber sucedido.  Oops…no te invité a mi cumpleaños??????????  Lo peor del caso es que recién me dí cuenta cuando etiquetaba las fotos…señal de que siempre te he adorado.  O la consabida: ¿Porqué cornos habré colgado esa foto en la que le estoy succionando la boca a una de mis ex con tal mala leche que al etiquetarla, el face entendió que Alejandra (actual) y Alexia (ex) eran la misma persona? (esto dicho por un compañero de trabajo me hizo atragantar hasta sacar Crush por la naríz.  O esa foto incriminadora en el Cerro Uritorco, fumando chala, buscando ovnis cuando en realidad, se suponía, estabas sepultando a tu abuelita…para deleite de RRHH.
9.       El contacto verdadero, ese que existe cuando dos personas se miran y se tocan, se huelen como los perros frotándose las panzas.  Ese tiende a desaparecer.  Ahora el amor prodigado virtualmente es más higiénico y mucho más top.  Encima no tengo que salir de casa.  Te puedo amar por mail, prodigártelo en tu muro, bosquejar palabritas escritas con Alt+3 y enviarte cientos de caritas para que vayas tomándole la presión a esta relación intensa que llevamos…por…face?  Vale lo mismo un saludo de felíz cumple en el muro que dos o tres apretujones bien dados y el típico tirón de orejas?


La verdad es que no sé que sea mejor.  Me gusta mirar fotos, me gusta ver videos, compartir canciones que me vuelven loca y recomendar películas.  Pero no cambiaría por nada los besos de lengua bien mojados, un buen apretón de culo, un hombro mullido y caliente para apoyarme cuando estoy triste, el consejo de alguien que me mira a los ojos diciéndome la verdad aunque duela…y el sabor de los chocolates que se derriten en la boca.

Los veo en el face!!!!!!!!!!!!!!!!! LOL


jueves, 11 de agosto de 2011

Episodios de la vida cotidiana





P Un técnico especialista en problemas

Hace un par de semanas que me vengo aguantando a un flagelo de la naturaleza humana.  Es mi trabajo y estoy preparada para cierta cuota de cinismo, soberbia e intolerancia por parte de personas que creen que el vil metal los autoriza a absolutamente todo.  Pero hay veces en las que ni la meditación, ni dos litros de té de tilo pueden inmunizarme contra esta clase de gente.  Lo conocí por mail, una compañera de trabajo me pidió ayuda para responderle ya que ella había perdido por completo la capacidad de despejar la X frente a un ser grosero y un tanto psicótico.

Trabajamos administrando la venta de autos, y en este caso en particular se trataba de uno de alta gama.  En el primer mail mi compañera le explica detalladamente las formas de pago del vehículo y los pasos a seguir.  Pagar, acercarse a firmar, esperar unos días y disfrutar de su 4X4.  Hasta ahí todo funcionó de maravillas, pero todo lo bueno dura poco y el señor P (por psicótico) demandó que enviáramos formularios (por triplicado, sellados y timbrados) por mail para su firma.  Cosa ridícula si las hay, ya que el Registro de la Propiedad exige su firma certificada en original en las tres copias (que son numeradas y tienen un acabado tipo billete moneda).  Cuando se le explicó que esto no era posible, P (sacado como rottweiller suelto  entre un rebaño de ovejas) exigió apersonarse un fin de semana.  Porque él no trabaja, y nosotras…plantas de plástico parte del decorado, SI (según versión libre a cargo de P).  Le explicamos cortésmente que eso no iba a ser posible ya que solamente existe una guardia de ventas y el señor en cuestión entró en combustión espontánea perenne.  De ahí en más su curva de presión y la nuestra fue en vertiginoso ascenso.  Como vimos que no podíamos con la intransigencia de P y nuestros ovarios colgaban a la altura de las rodillas, le dimos la posibilidad (y como excepción) de firmar con su asesor comercial, aclarándole que no efectuar la entrevista con una persona de administración podía acarrear algún malentendido o errores en la toma de la documentación.  Cosa que ocurrió, obviamente.  

Le escribimos (método de comunicación que P eligió siempre para dirigirse a nosotros) informándole que faltaban fotocopiar hojas del documento de identidad y su rúbrica en unos formularios para efectuar un trámite extra solicitado por él mismo.  Como mi compañera, dotada de una paciencia a prueba de guerrilleros sandinistas y una simpatía que roza con el engolosinamiento pastelón, no pudo dar crédito a lo que leía como respuesta al reclamo de dicha documentación; tuve que arremangarme y contestar.  Ese día, ignoraba que firmaba mi sentencia a una hora “tete a tete” con P.  Con la delicadeza de una geisha, tipeando  con un pizzicato digno de Marta Argerich, le detallé lo que necesitábamos para presentar su trámite:

1.       Cambios de domicilio del documento, escaneados o enviados por fax.

2.       La firma de una solicitud de cédula azul o correríamos el riesgo de que el Registro no extendiera ese documento.   Eso se llama abrir el paraguas antes de que llueva.

Demás está decir que nunca encabezó ningún mail con un “buenos días”, “hola” o “gracias por la respuesta”.  Solo se dedicó a corregir la castellanización del término “escaneo” por “scanning” y a negarse sistemáticamente a mandar una solicitud extra argumentando que así se lo iban a hacer porque él era EL.  Le dije a todo que sí, porque tenía los dedos exhaustos y el cerebro limado de tanto contestarle.  Preguntó cuándo, preguntó cuánto y a todo se le dio una respuesta junto con un “saludos cordiales” nunca menos sentido.  Que porqué tenía que pagar un impuesto sobre el auto (ahí nomás le hubiera mandado el mail del Gobernador de Buenos Aires) y porqué el trámite no se hacía en veinticuatro horas y que tendríamos que haberle escaneado el documento cuando llegó a presupuestar el auto para evitarle contratiempos.

Le expliqué que el importe a abonar por ese impuesto solamente se conocería el día que el trámite estuviera listo ya que se liquida en el momento.  Furia asesina escrita, en mi vida he visto como la de este hombre y su léxico filoso.  Que deberíamos presupuestar el importe (aunque le expliqué mil veces que era imposible), a lo que sarcásticamente contestó “entonces cuánto llevo, diez o diez mil pesos?”.  Vuelta a empezar “se lo vamos a decir cuando lo convoquemos para retirar la camioneta y sepamos el importe exacto”.  Cebado como tiburón frente a un daiquiri de hemoglobina, comenzó a solicitar detalles puntuales del destino de su dinero.  Por enésima vez le expliqué que todo eso le iba a ser entregado el glorioso día en el que se llevara el auto y me beneficiara con su ausencia (esto último lo pensé mientras imaginaba una Beretta 9mm sin silenciador).

Lo más gracioso del caso fue buscar en Internet la firma para la cual trabaja, verle la cara (ya que hasta ahora solamente nos habíamos cruzado en el paraíso virtual de la Net) y leer su curriculum vitae.  Especialista en Soluciones.  Contador, auditor y no sé cuántas cosas más.  Todas relacionadas con los negocios pero muy alejadas de lo humano, a mi humilde entender.  Pero lo mejor estaba por llegar.  

Luego de un mail perturbador, en donde el señor copiaba párrafos de mi mail agigantando palabras como “jueves” o “patente”, un frío me corrió por la espalda.  Estábamos en presencia de un personaje similar al sociópata de Oslo.  Luego de encargar mi chaleco de kevlar por Amazon.com, nos dispusimos a informarle que el vehículo estaba a disposición con todo lo previsto y pautado en orden (tiempo y forma estipulados).  El único cambio que se hizo fue quitarle toda cortesía u obsequio como accesorios, paraguas, gorras, kits, etc.  ya que a consideración de mis superiores, su manera de manejarse y destrato hacia el personal no debían ser premiados.

Llegó el gran día y absolutamente todos en la oficina nos bañamos con jabón de coco y resina contra agresiones verbales.  No contenta con esto, debajo de la camisa me calcé el kevlar.  Considero que retirar un OKM es un evento que debe disfrutarse y me encanta el momento en el que la persona se encuentra con el producto de su esfuerzo y sus fantasías automovilísticas.  Así que tontamente creí que P iba a dejar su malhumor de lado para gozar del momento.  Error.  Grueso.  Los gritos de la mujer (cabe aclarar que colgadas de estos señores, suelen venir unas urracas peleadas con el peine que gritan con la voz de Bette Midler y piden por el gerente antes de pronunciar “hola”).   En resumidas cuentas, el problema del impuesto se había convertido en “algias pelvianas con gimoteo agudo sumado a hemorroides severa con pérdida de sangre por el culo”.  Todo, ABSOLUTAMENTE TODO, estaba mal.  La hija adolescente se reía nerviosamente mientras la madre, en un alarde digno de Nicole Kidman, lloraba y balbuceaba maldiciones diabólicas.  P trataba de “boludo” a un compañero que jamás perdió la compostura aunque estoy segura de que hubiera deseado asfixiarlo con la corbata.  Le dimos las llaves pero sin invitación ni mediar saludo alguno, insólitamente lo tenía atornillado en una silla frente a mi escritorio.  Como no pudo con su vida, luego de vomitarme un monólogo de cuarenta minutos (parado porque en la silla duró veinte segundos), chivando como un esquimal en el desierto de Gobi me repitió hasta el cansancio el motivo de su injustificada paranoia:

-          Quiero que me lo polaricen- P
-          Es una cortesía de la casa, en este caso no le fue concedida-
-          Quiero un detalle de lo que pagué-P
-          Se lo están entregando en la factura-
-          Quiero que me digan porqué no me dijeron que tenía que transferir desde mi cuenta a la cuenta de la fábrica del auto-P
-          Si no lo sabe usted, que es Contador Público Nacional…imáginese…
-          Mirá, viste que me hicieron las cédulas igual-P a mi compañerita que amablemente le sonrió como lo hacen los transeúntes a los pacientes del Borda
-          Quiero que el Gerente me llame-P
-          Le digo-
-          No, mejor que me escriba una carta-P
-          Le voy a decir (si, ya sabemos que lo tuyo es la palabra escrita, pensé con sorna)
-          Quiero su compromiso-P
-          Quiero que te vayas, tu cabeza en una fuente con una manzana en la boca y tu auto para disfrutarlo yo ya que vos no tenés capacidad de goce (esto último no lo dije, lo balbucee para mis entrañas).

P se fue tan exacerbado que dudo que haya llegado a destino con el auto entero.  La presión en 22, por lo bajo; una esposa con ataque de “genitales afligidos” y una hija avergonzada arriba de una camioneta del valor de media casa.  Unas horas después me subí a mi económico autito, sintonicé la radio y volví cantando a casa.  Me acordé de P y le tuve mucha, pero muchísima lástima.


Un videíto dedicado a P