domingo, 25 de julio de 2010

HOMBRES CON MOCHILA

Cuando ellos tienen más rollos que nosotras



Cualquier mujer de más de treinta, soltera o divorciada, sabrá entender. Cuando una está embarcada en la titánica tarea de agenciarse un señor que la acompañe al cine, la lleve a comer a la luz de las velas, le de una alegría de vez en cuando…y si da, se convierta en su pareja; la misma ha de toparse con algunos especímenes francamente aterradores.

La sabiduría popular pregona que somos nosotras las complicadas, retorcidas, resentidas y desesperadas damiselas en busca de un señor de cuenta bancaria abultada que nos mantenga; pero en mi derrotero amoroso he podido comprobar que ellos están más desesperados y locos que nosotras.


Analicemos paso por paso.

Lo primero que hace una mujer cuando se separa es correr lejos de cualquier cosa que se asemeje un poco a lo que ha sabido sacarse de encima. Es por esto que en los primeros seis meses de soltería, la sola idea de tener que compartir una mesa con un señor que no sea su padre o su tío puede llegar a ser un flagelo.

Luego llega el período de sanación, en el cual uno llega a la conclusión de que no son todos iguales y quizás haya uno escondido, a la altura de las necesidades de una, detrás de algún arbusto, barra de bar o perfil de Internet.

Entonces comienza el “casting de chongos”. En este particular período, mujeres que ya no tienen ganas de jugar a la quinceañera y emborracharse en los bares esperando a “Prince Charming”, se entregan al juego del chat por todas las redes sociales habidas y por haber. Alentadas y enredadas por las historias de amor en la Web, nos dedicamos a hacer citas con ignotos señores cuyas pretensiones merecen un capítulo aparte.


Las pretensiones de ellos:

Físico esbelto

Entre 1.60 y 1.70 mts. de altura

Ojos azules o verdes (verdaderos, las de lentes de contacto abstenerse)

Universitaria, doctorada y con mucho tiempo libre para dedicarme

Responderé a perfiles con foto únicamente

Que sea femenina, sensual, conversadora, alegre, dócil (y que sepa lavar y cocinar)

Que no traiga mochilas ni rollos (si es posible que no traiga pasado ni historia y que sea virgen)

Y aquí es donde voy a detenerme. Se supone que una no debe demostrar atisbo de una vida anterior a la que estamos a punto de comenzar (eso si no te avivás de que tengo el pelo teñido, las lentes de color, extensiones capilares, tetas de plástico, una faja aplana vientres y tacos de 20 cms.). El señor en cuestión pretende una muñeca inflable con pulso, independiente, que labure pero tenga mucho tiempo libre, que no pida plata y se deje fornicar sin pedir nada más que una cena a cambio.


Bueno, el trato no está nada mal. Un polvo por una cena y todos contentos. Pero hete aquí que nada es tan fácil como parece. Con el corazón en la mano, latiendo a un ritmo ensordecedor, nos preparamos para el fiasco de la década. Caminando despacito, metiendo panza y alerta a todos los posibles peligros que amigas y familiares nos han explicitado; nos encontramos con el susodicho. El susodicho, dista mucho de un George Clooney o un Brad Pitt, pretende una Angelina Jolie pero se parece a Pavarotti sin talento y sin tintura. Primera pista de que todo anda mal. El Señor tiene muuuchos más que 45. Pesa dos tercios más de lo que me imaginaba, pero me comenta fascinado que está contento de no llevarse el chasco de la última vez que invitó a salir a alguien por Chat. Entonces me cuenta la historia de una elefanta que se baja de una rural en una estación de servicio y él mismo importunando a dicha criatura porque había puesto una foto de ella de cuando pesaba la mitad. El que habla, un señor entrado en carnes y con un voluminoso abdomen está convencido de que tiene derecho a pedir algo diferente de lo que él ostenta ser. O no tiene espejos en la casa. Una de dos.


Luego, asisto a un extenso monólogo de un egocentrismo sin límites en la historia del ego. El es el personaje principal de todas sus historias. Un winner, un gentleman, un experto en lo que hace, un “womanizer”, el mejor padre del universo, excelente cocinero, conductor avezado, excelente bailarín y bla bla bla.

Como si esto fuera poco, no me deja meter bocado en lo que dice; me aclara que no le interesan las minas que arrastran pesadas mochilas de su pasado. Bueno, parece que nos vamos a salvar de escuchar la historia de tu ex. Ni a palos. Ni en mis mejores sueños.


Ahí arremete con la ex. Que es esquizofrénica entonces él, que es tan bueno y generoso, le pone el dinero en una cuenta para que ella no se lo gaste. Pero ella decide irse en un crucero por las Bahamas con las amigas con la guita (el sudor de su frente). Mi mente imagina rápidamente a una mujer con chaleco de fuerza en un cuarto acolchonado pidiendo permiso para tramitar el pasaporte. Logro colar una preguntita “pero…ella no está internada, no es una patología peligrosa la esquizofrenia?”

No contesta, solo me comenta que cuando convivían no paraba de gritar y pegarles a los chicos. Eso mientras se auto succiona el resto de lechuga de entre los dientes haciendo un ruidito “shrrrrri-shrrrrik” Al borde del horror y el vómito ideo una estrategia para escapar. Comprobando que los baños no tienen salida al exterior, vuelvo a la mesa preparada para escuchar el resto del relato. Dos horas ininterrumpidas de resentimiento y odio hacia la madre de sus hijos. Con la cabeza en la mano y la materia gris color morado, le bostezo en la cara en franca actitud de ME QUIERO IR A LA MIERDA.


No hay registro de mi pudrición, el tipo sigue quejándose. Esta vez arremete con la suegra, la cuñada, los hermanos, el socio, la mascota, la madre y el novio de la hija. Como un personaje salido de una peli de Tim Burton, lo imagino cual hiedra venenosa color negro que intenta subir desde mis tobillos hacia mi cabeza. Por fin pide la cuenta, se lo nota cansado; se ve que tanta mala leche tiene correlato corporal…a Dios gracias!


Así nos dirigimos al estacionamiento. Agradecida de tener mi propia nave esperándome a unos metros, le agradezco la gentileza de la cena y su amena compañía.

Me subo al auto, prendo la radio y el primer tema que engancho…a modo de alegoría es: SUICIDE BLONDE!


Consejos para el chat-dating

Incluír en las pretensiones:

No contestaré a perfiles sin fotos ACTUALES

Se busca señor sin rollos corporales ni familiares

Mochileros: ni lo intenten

Si me vas a hablar de tu ex, ni te molestes

Constipados, melodramáticos, histéricos, afligidos, compungidos, amargados, resentidos, rencorosos, alérgicos, llorones, abúlicos, gruñones, caracúlicos…abstenerse.



domingo, 18 de julio de 2010

TEORÍAS CONDUCTISTAS

O, de cómo conducen algunos



Manejar es un placer, o un verdadero fastidio. ¿La clave de la diferencia? Pues eso depende, las más de las veces, del hijo de su mala madre que se te cruce en el camino. Conduzco unos 70 kilómetros por día para ir y volver del trabajo y saqué la licencia el día que cumplí la edad reglamentaria; creo que estoy más que habilitada para escribir sobre habitantes de rutas, calles y autopistas.


A groso modo, y según mi experiencia callejera, el 70% de la gente maneja mal, un 10% no sabe manejar y el 20% restante no supone ningún peligro.

De ese 70% es del que me voy a ocupar hoy. Porque el 10% que no sabe manejar incluye a la gente de la tercera edad y a los que acaban de obtener la licencia (nunca hay que olvidar que uno perteneció a este grupo): todos inimputables.


En esa franja del 70% que maneja mal encontramos los siguientes subgrupos:


El émulo de piloto de fórmula 1. Este engendro del demonio suele tener entre 25 y 35 años. Ahorró y ahorró hasta llegar al autito segmento medio con motor 1.6 o 2.0 al que por supuesto le puso luces de neón, un estereo ultramoderno, GPS, cristales polarizados y un calco con la siguiente inscripción “Born to run”. El enfermito consume unas 36 horas semanales de automovilismo televisivo y está convencido de que es el hijo bastardo de Amelia Earhart y Juan Manuel Fangio. Es por eso que se siente una autoridad en la materia de desplazarse enajenado, corriendo a 150 kms. por hora de un carril a otro obligando a los prudentes a efectuar maniobras bruscas para despejarle el camino. Porque el infelíz suele venir prendiendo luces y tocando bocina con unos largos 2 kilómetros de anticipación. Como el boludo se cree que anda sobre un vehículo alemán de más de cincuenta mil dólares, porque le incrustó el logo de los cuatro anillitos de Audi en la cola; somete a su modesto autito a velocidades y piruetas que no son recomendables para hacer con un modelo que no está preparado para responder a las contingencias que se el presenten. Es así como uno mira con horror, auténticas latas de sardinas que alguna vez fueran un Peugeot 207, un Volkswagen Gol o un Renault Clío, en las puertas de las comisarías. Estos loquitos del vértigo y la velocidad creen que son los Reyes del carril izquierdo, lo han comprado y nada es tan urgente como su impaciente frenética ansiedad por llegar a destino. Pero en las autopistas rige la Ley de la Selva, y generalmente son corridos a un costado por alguno que la tiene más grande (generalmente un señor entrado en años a bordo de un BMW, Merdedes o Audi). Si logran pasar los cuarenta años de edad estarán a salvo. O si procrean, en cuyo caso se tranquilizan cambiando el calco por un amoroso “Baby on board”.


Las mujeres que hacen cinco cosas a la vez. En este segmento encontramos a la madre trabajadora que va a 130 kms. por hora hablando por celular mientras se pinta los labios y le da la teta al bebé. Esta freak de las autopistas cree que puede salirse con la suya porque anoche le rezó a su ángel de la guarda, entonces aprieta el acelerador porque se le hace tardísimo mientras busca la frecuencia Disney en la radio con una mano y reparte tortazos entre los tres mocosos que se matan en el asiento trasero por un lugar cerca de la ventana. Llegan a destino porque tienen un Dios aparte. Y porque la gente se corre cuando las ve venir en un derrotero zigzagueante.


El empleadito a bordo de utilitario de la empresa. A este señor el autito le importa un bledo. Porque no lo ha pagado, no le pertenece ni tiene a su cargo el seguro del mismo. Entonces no solo se dedica a correr como un desaforado. También se dedica a espantar mujeres haciéndoles el famoso “fino” por el puro placer de ver cómo pegan el volantazo para esquivarlos. No manejan con una velocidad constante, suelen rebasar a un par de autos a 140 kms. por hora y luego estacionarse en el carril central a unos 80 kms. por hora porque si tildaron con algún programa radial de deportes o un set de chistes…vaya uno a saber.


El camionero “acá mando yo”. Este ejemplar de gorila callejero sabe que la tiene más larga que nadie. Es temido y respetado. Porque en un abrir y cerrar de ojos puede reducir tu amado autito a chatarra. Jamás frena. Jamás retrocede. Jamás utiliza el carril lento que le corresponde obligándote a pasarlo en cuarta o tercera forzando el motor, para poder llegar desde la cola del acoplado hasta la trompa. Es muy frecuente que te miren por el espejo retrovisor y te hagan todo tipo de señas groseras mientras les pasás por al lado. Si te toca pasarlos por la izquierda, asegurate de que estén despiertos y no tiren el camión encima obligándote a peinar el guardarrail.


El señor entrado en años con vehículo polenta de orígen alemán. Este señor maneja bien, pero no quiere o no puede entender que el común de la gente no la tenga tan clara con el volante. Suelen poner sus naves a la velocidad del viento y pegarte la insignia de sus autos en la cola del tuyo en franca maniobra intimidatoria para que les des paso. Tentada a clavar los frenos para ver como reacciona la nave alemana, más de una vez tuve que autocensurarme para no terminar tocando el arpa a la derecha de Dios Padre BMW. Son gente de cuidado, teniendo en cuenta que están en el grupo de riesgo de padecer un ACV o un ataque cardíaco, lo ideal es correrse y tenerlos lejos cuando pasan cual bólido en forma de mancha color gris.


La / El eterno perdido, asombrado, colgado. En este grupo encontramos a esa figura hijaputesca, heredera directa de Mister Maggoo, que se acuerda que debía bajar en el puente de la autopista que acaba de pasar. Es muy probable que se pase de izquierda a derecha sin hacer una mísera señal y termine bajando donde le correspondía sometiendo al autito a una funesta marcha atrás mientras una lluvia de bocinazos le recrimina la peligrosa acción. Son los típicos que sueltan el volante para señalar, maravillados, las luces de aquel Shopping o los brotes de ese arbolito que crece desolado al borde del carril rápido de la autopista. Consejo: Téngalos siempre lejos. Suelen poblar las páginas policiales y los noticieros con la misma carita de asombro después de volcar tres veces y derrapar debajo de un acoplado.


Se multiplica la cantidad de autos en la calle, la cantidad de accidentes, la cantidad de taponamientos en rutas y autopistas…y la cantidad de animales sueltos que han sabido conseguirse una licencia sin saber siquiera cómo poner en funcionamiento la tostadora eléctrica…OMG!

domingo, 20 de junio de 2010

CUANDO PINTA EL BAJÓN



Hurgando en la depre

Uno nunca sabe a ciencia cierta qué ha desatado este espantoso estado de oscuridad espiritual. En algún momento del día y por absolutamente ninguna razón definida, nuestra luz se apaga y nuestras ganas se desparraman por el piso como un balde de gelatina a medio cuajar. Simplemente nos asalta el famosísimo humo negro de la serie “Lost” y literalmente nos perdemos. Ahí, en un túnel que pareciera no tener salida, y que si existiera no la veríamos por tener los ojos hinchados y empañados por un mar de incomprensibles lágrimas.

Porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. La tristeza, como respuesta a un estímulo doloroso es esperable y natural. Si te martillás un dedo, responder con una carcajada te habilita el ingreso al Manicomio más cercano; por otro lado llorar porque se te inundó el baño o te birlaron la billetera en el colectivo es más que sano. Pero la depresión es otra cosa. ¿Será la respuesta con delay a una serie de eventos que se sucedieron en cadena en forma lenta imperceptible y sucesiva? ¿Puede uno entristecerse por acumulación? Quizás ahí esté la clave. Unos buenos quince días de quilombos sostenidos, solapados y aparentemente inofensivos (si los evaluamos de a uno), pero que en su conjunto tienen el poder del ácido nítrico en goteo sobre un alma medio desvencijada, bien podrían ser los responsables de una grosa y contundente depresión de la ostia.

Propongo la siguiente ecuación ejemplificadora: 2 días estresantes de laburo donde todo salió para el culo (un cliente revirado te incluyó en sus plegarias a Satanás, te llovieron carpetas infestadas de problemas, el sistema eligió caerse en la hora pico, caes en la cuenta que para Recursos Humanos sos un recurso y no precisamente humano) más 3 siniestros eventos domésticos (el lavarropas pide knock –out técnico, se rompe el codo de la pileta de la cocina, te cortan el teléfono con la factura paga en tiempo y forma) sumados a 2 insignificantes reyertas familiares (un duelo con tu hijo por el control remoto de la tv y porque no ordenó su habitación…que parece Irak después de un bombardeo, tu vieja que se ha convertido en tu hija “mentally challenged” a la cual querés estampar contra una pared porque se trenza con tu hijo insistiendo que Cristiano Ronaldo es brasilero (herejía si las hay para un futbolero de ley), más 2 mínimos contratiempos cotidianos (el cajero se traga tu tarjeta de débito justo la noche en que el noticiero pasa el informe sobre estafas en cajeros, el chino del supermercado no te agarra los tickets que te da la empresa…te enterás cuando tenés el chango lleno hasta el techo), más 1 contratiempo amoroso (tu nuevo no-novio te hace un exhaustivo recuento de las ocho millones de prostitutas que se movió en su periplo náutico-laboral para luego informarte que está en desacuerdo con el uso del preservativo), más 1 flashback nostalgioso (ordenando armarios te topás con fotos viejas, removiendo el estofado mental que dormitaba en una armoniosa latencia muda y ahora amenaza con hervir y desbocarse) = Mega depresión importada de Lituania (el país con más alta tasa de suicidios del planeta).


CÓMO RECONOCER LOS SÍNTOMAS


Lo más probable es que vayas arrastrándote de sillón en sillón y de cama en cama huyéndole a todo tipo de ritual higiénico y cosmético. Enfundado en tu mejor y más raído pyjama anti-sexo (generalmente es un jogging color gris con manchas de cloro y pintura, más esa vieja remera de tus dieciséis con su etiqueta intacta de “Fruit of the Loom” agujereada en las mangas y con el cuello estirado), te pasearás como un zombie pisándote las ojeras. El pelo es una mata informe de donde penden un par de popcorns de la noche anterior y cuyo flequillo comienza a pegotearse en la frente por el azúcar y la falta de aseo.

El frío te asalta, como te asaltan los pensamientos negativos. Como estás seguro de que algo espantoso está a punto de ocurrir, decidís cambiar la ropa interior por una limpia y sin agujeros. Al equipo le agregás una manta polar con olor a perro (que durmió encima toda la noche) o un poncho viejo con olor a naftalina. Así enfrentás el desayuno. Masticando un pedazo de pan negro quemado, sorbiendo un café que no logrará derribar el sueño que te hace bostezar como un cosaco embriagado no harás planes que vayan más allá de los próximos quince minutos. En esos quince minutos leerás los avisos fúnebres, te autoflagelarás con el noticiero de la mañana y terminarás llorando desconsoladamente con un aviso televisivo de medicina prepaga donde una anciana camina de la mano de un anciano…en cámara lenta…por un bosque de robles, pisando hojas marchitas en pleno otoño. Entonces te descubrís haciendo cuentas ridículas, calculando lo vivido, restando el resto y haciendo balances que por supuesto dan pérdida. Porque hoy estás perdido en la nube negra, el vaso está vacío y la luz es tan tenue que el futuro no se ve por ningún lado.

Luego del sexto documental sobre la vida sexual de los mamíferos marinos, se te da por consultar el Tarot por Internet (nefasta idea en la historia de las ideas nefastas). Con una musiquita inquietante, el website baraja digitalmente tu futuro y te manda todas las putas cartas patas para arriba. Eso no puede ser bueno, leer la explicación te deja al borde del abismo existencial. Es hora de buscar ayuda en las frases de filosofía de tu site favorito de citas célebres. El término random en Internet es muy gracioso. El Señor que mueve los hilos tiene un extraño sentido del humor, o tu cabeza elige leer aquello que sabe te va a terminar de liquidar. Buscando frases para abrazar la vida, el site, irónicamente te trae palabras de Séneca, Schopenhauer, Hume y Nietzsche. En todas se te pide amablemente que termines con tu vida. Ganas no te faltan. Te faltan huevos. O cinco blisters de valium y dos litros de whisky.

Apagás la pc huyendo como una rata a su nido (en este caso tu cama). El libro que hasta ayer encontrabas apasionante, ahora es una mierda. En un ardid de auto complot, te leés la última página del policial para aguarte tu propia fiesta. Tres horas de zapping ininterrumpido, mirando discusiones entre decadentes participantes de reality pedorro, es hora de cambiar de posición. Son las cuatro de la tarde y no almorzaste. Relojeás la heladera vacía. Hora de rascar los hongos del multiúnico pedazo de queso y montarlo sobre una torre de crackers húmedas. Eso solo se baja con alcohol. Y del pico de la botella. Entonces te encontrás con un sujeto gris que mama del pico, con un nido de caranchos en la cabeza y dos huevos duros en lugar de ojos. La imagen te resulta conocida, es el espejo que devuelve el Guernica de Picasso (versión libre a tu cargo). Te acercás con miedito porque no lo podés creer. Sos un personaje salido de una peli de Tim Burton. Sos el hijo hecho carne del Jóven Manos de Tijera y el Cadáver de la novia. Si fueras música serías el Concierto para Cello de Elgar.

Entonces te empezás a reír de ese fantasma que alberga tu machucada psiquis. Porque no hay mal que dure diez años ni lluvia que no deje de caer. Haciendo un esfuerzo llevarás tu envase a la ducha y te sorprenderás canturreando algún viejo hit de los 80’s, ese que sonaba el día que te tomaron esa foto que encontraste en la mesa de luz. Esa misma foto que fue la mecha que te llevó al abismo.


COMO DETENER UN ATAQUE DEPRESIVO


Si te levantaste así como sensible y pelotudo, amarrate las manos con el cable del mouse de la pc antes de revolver cajones y ordenar placards. Ni se te ocurra mirar fotos viejas, ni leer cartas de hace dos décadas, ni controlar avisos fúnebres, ni mirar el noticiero. Si tenés la casa tomada por familiares en crisis, huí. Salí corriendo a correr o a caminar. Rajá. Tomate el piróscafo a Tanzania. No participes en discusiones que no tienen salida. Escuchá música. Llenate los pulmones de oxígeno. Y los ojos de los colores del cielo. Abrazá a tu perro. Llevate el libro a la hamaca paraguaya. Lavá el auto. Comprate un chocolate y una Coca Cola (antidepresivos poderosos, si los hay). Cantá en la ducha, bailá en la cocina, tené sexo en el lavadero, fumate un porro, amasá pasta, jugá al futbol con tus hijos o tus amigos, ayudá a alguien, escuchá, mirá algo divertido en la tele…y por favor vestite un poco más decente por el amor de Diosssssss!

Si esto no llegara a funcionar, sírvase consultar a su terapeuta; yo solo escribo boludeces en un blog…

No tiene mucho que ver, pero a mí me hace reír!






jueves, 3 de junio de 2010

EMBARAZO, PARTO Y LACTANCIA


De cómo sobrevivir a una experiencia humillante (Para Lady R. que vive en Canadá)

Tengo una amiga que está por parir. Vive lejos así que no tuve la oportunidad de observar de cerca su deformada humanidad. Pícara ella, colgó un par de fotos en el Facebook donde sus redondeces todavía eran soportables y elegantes; pero hace más de tres meses que se recluyó en sus cuarteles y solamente asoma la cabeza de la trinchera para pedir asilo político (en otro cuerpo). Y la entiendo.

La que se pasó un año entero jurando por los últimos cuatro dígitos de su tarjeta de crédito platino, que jamás iba a lidiar con pañales ni aullidos de retoños (para el estupor de los que la escuchábamos en la cocina de la oficina), hoy oficialmente está de nueve meses y un día. Me hubiera gusta grabarla en video, para pasarle el clip ciento cincuenta y ocho veces el día que anunció que le habían llenado la cocinita de humo. Me acuerdo ese día que leí el mail en el cual me contaba que se iba a ser un Test casero y otro a los diez minutos haciendo la consabida pregunta -¿puede ser un falso positivo?-, a lo que yo respondí con la velocidad que mis dedos me permitieron –NO NENA, TENES LA PANZA LLENA DE HUESOS-.

Así fue como Lady R se enteró de que iba a tener que limpiar culos cagados, dejar de dormir de un tirón por al menos tres años y decirle adiós a su antigua vida de trotamundos desfachatada (copita de champagne de por medio).

Su estado de gravidez y el inminente cumpleaños de mi hijo, arrastraron sin querer de la base del cráneo a la primera plana de la retina, los recuerdos de mi propio embarazo.

Esa idea rosa que tienen las mujeres y que pasa de boca en boca, de generación en generación, de que el embarazo es el estado ideal de la mujer es una trampa ideada por un varón que quiso seguir dándole masita a la esposa sin que la misma ofreciera resistencia. No hay nada más lejano y mentiroso que el supuesto “estado ideal”.

El estado ideal comienza con vómitos a chorro, mareos, cansancio, eructos y una compulsión por mear que va creciendo con el correr de los meses (cuando el crío ya pesa tres kilos y baila tap sobre tu vejiga). A los tres meses, cuadrada y redonda (si eso es posible), sos testigo de la incipiente deformación del templo que hasta hace poco albergaba con exclusividad a tu alma. Te das cuenta que vas a tener que hacerle lugar a ese alien, así que tu alma va dejando espacio a esa cosa que no para de crecer y convertir tu vientre plano en una bolsa de papas que te entra a picar como si no hubiera un mañana. Entonces no se te ocurre mejor idea que rascarte con locura y saciar tu apetito voraz comiendo todo lo que se te cruza por el camino, cosa de que el alien no se apropie de espacios que no le corresponden. La picazón prosigue y no hay crema que pueda con esos tejidos que comienzan a estriarse y esas tetas que parecen dos boyas en el Mar Báltico. La que no tuvo tetas puede que disfrute de esta sensible situación que sufre el tejido adiposo pectoral, la que siempre tuvo un par de generosos globos no encontrará corpiño disponible donde embutir esos cuatro kilos (dos por teta) de grasa y próxima factoría de lácteos “fatto in casa”. Las tetas también pican, así que te descubrís rascándote a dos manos en lugares públicos ante la mirada absorta de los transeúntes. Los picores ceden únicamente ante los calambres en las piernas y el dolor de cintura que sufrís cargando un exceso de peso de al menos 10 kilos (más los 12 que te pusiste prolijamente fagocitando cantidades industriales de chocolate y calorías vacías). Eso y la extraña adicción al tomatito cherry rociado con asceto balsámico que jamás lograrás comprender.

El termostato también es un problema. La perilla de frío-calor no te funciona. En pleno invierno te empapás con sudor como si estuvieras cargando bolsas en medio del Sahara a plena luz del día. En verano podés pasar de un sofocón a un ataque de frío por un helado en medio segundo. No toquemos el tema de las manchas de la piel, los granos adolescentes y la caída del pelo. Cartón lleno.

Dormir es una proeza. Girar en la cama una tarea heroica. Boca arriba es lo recomendable, pero sentada, porque los ácidos del estómago que intenta lidiar con todo lo que te manducaste se escapan como lava volcánica quemándote las amígdalas cada veinte minutos. No importa, igual no dormías. Estabas haciendo tu vigésimo noveno viaje al baño. Porque la vejiga pareciera explotar, aunque después de sentarte en el inodoro (con todo lo que eso implica…encontrar los restos de bragas incrustadas en tus glúteos para bajarlas haciendo malabarismos) descubrís que son tan solo dos centímetros cúbicos de infame orina. Volvés a la cama y optás por encallar cual ballena franca, de costadito. Como las piernas no cierran y el pubis parece un puente a punto de resquebrajarse, te encajás un almohadón en el medio para apuntalarlo. Entonces te dormís, pero te despertás diez minutos después presa del pánico por una pesadilla en la cual tu vientre estallaba y salía un reptil que te decía “Mamá” con lágrimas en los ojos (mientras te agarrabas las tetas mirando los dientes filosos del bicho). Esto te enfrenta a tus peores demonios: la partera y el obstetra. ¿Tenías motivos? Suficientes.

Los suficientes como para iniciarle una demanda a Dios por su famoso “Parirás con dolor”. Una compañera de trabajo una vez me dijo (sabias palabras) –Parir es como cagar un piano de cola- Y no se equivocaba. Cada contracción es un atentado al género femenino. Las primeras te hacen pensar que el cursito de parto sirvió para algo más que escuchar a media docena de madres reincidentes acariciándose la barriga contando anécdotas de sus anteriores partos. Con cara de boludas perennes y un tonito aniñado contarán con pelos y señales como el obstetra les encajó la mano en el cuello del útero hasta que perdieron el reloj buscando la cabeza del bebé. Al borde del vómito y con ganas de salir corriendo para tirarte de panza sobre las vías del Ferrocarril Sarmiento, se te borran los colores de la boca. Ahí, justamente ahí, la partera desliza la parte más importante de toda su sabiduría: LA DROGA.

La droga es la diferencia entre un paseo y la tortura china. Y las ignorantes detractoras de la misma, que se jodan por pelotudas. El catéter conectado a tu espina dorsal es lo mejor que te puede pasar en esta perruna vida. Claro que para merecer semejante dispensa medicinal deberás dilatar hasta cuatro centímetros. Que si sos primeriza se traducen en unas buenas ocho horas de dolores menstruales intensos con ocasional pérdida de conocimiento y gemidos crónicos intercalados con los famosos sopliditos ensayados hasta el cansancio en la Clase de Parto. Todo lo que te dijo la Partera es mentira. Soplar no hace la cosa más fácil. Encima ella no aparece. Los putos cuatro centímetros los conseguirás sin ayuda, ya que los bomberos aparecen cuando el incendio ha convertido la casa en cenizas. Pero volvamos a la droga. Con tus cuatro centímetros ganados a los huesos de tus caderas y caminando como un ganso a punto de ser convertido en paté, te deslizás hacia la camilla que te lleva a la Sala de Tormentos. Sufriendo un poco bastante, hacés lo posible para que todos lo noten y hagan algo. Acostumbrados a ver mujeres en crisis, las enfermeras te ignoran mientras te dan unas palmaditas condescendientes. Entonces llega el Santo Patrono de las Parturientas: El Anestesista. Este Gurú de la Buena Vida entiende tu dolor y enseguida te encaja una aguja en la cintura del tamaño de una lanza espartana. El líquido comienza a fluír en sintonía con la relajación de los músculos de tu cara. Entonces, inexplicablemente, comenzás a temblar como un flan. Te estás muriendo, “C’est fini”, Bye Bye Cruel World. No, te cuenta el Gurú, es el efecto colateral de la anestesia. Conforme desaparece el dolor, desaparecen las contracciones y aparecen tus ganas de hacer mutis por el foro silbando bajito. Para tu horror, se van todos a mirar tele y te dejan tirada como una vaca en la cinta del matadero. El médico se niega a darte el control del catéter de la anestesia, el muy hijo de puta se merece como mínimo una picana por donde no calienta el sol. A la hora vuelven todos para atestiguar que el progreso no ha sido demasiado. Te obligan a pujar, cosa que es bastante difícil cuando uno está muerto del ombligo para abajo. Ponés carita de fuercita y les das el gusto para que dejen de romperte las pelotas. Pero ellos insisten y vos, cansadita, querés que te saquen el huésped hostil del medio de las entrañas. Dos personas se trepan a la cama y comienzan a aplastarte la barriga como quien exprime el sachet de Ketchup para aprovechar hasta la última gota. La tarde se convierte en noche y el crío se niega a venir a este Mundo, cosa que entiendo perfectamente, pero “SÁQUENMELOOOO!”.

Entonces aparece un ilustre desconocido que te informa, como no podía ser de otra manera, que tu obstetra (al cual tardaste seis meses en depositarle tu confianza y mostrarle tus benditos orificios) está en un Congreso. Es por esto que el tío en cuestión será el encargado de abrirte como una lata de atún para sacar el pez rebelde que llevás dentro. Ya a esta altura estás jugada y a todo decís que si porque ponerse a toda esta gente de culo no es recomendable (sobretodo al Gurú de la Buena Vida).

Después de doce horas resoplando y aguantando ha llegado la hora del quirófano. Vuelta a pasarte a otra habitación que parece la consulta de una Veterinaria. Te ponen en bolas mientras te pintan de color marrón…se supone que tenés que estar felíz porque el Gurú se ofreció a filmar la cesárea y en este preciso instante de humillación y menoscabo hace un primer plano de tu cara hinchada.

El procedimiento dura cuatro minutos, lo que tardan en rebanarte como un filete, cazar al crío del mentón para sacarlo del agujero donde anidaba cómodamente. Te lo acercan para que puedas darle un beso a un monstruo de goma violeta que parece el Mini Me de Winston Churchill. Sentís una sensación de alivio y felicidad que durará lo que dura el efecto de la anestesia. Te cosen como un matambre arruinándote toda posibilidad de lucir un bikini de por vida y voilá, asunto resuelto.

Ya en la habitación y justo cuando comenzabas a encariñarte con el alienígena violeta, te asaltan unos dolores diez veces peores a las contracciones de parto. Son los famosos y nunca bien ponderados entuertos. Con ganas de matar a alguien no sacás el dedo de la alarma hasta que aparece una enfermera con cara de dormida que intenta convencerte de que estás alucinando y no es para tanto. Sacudiéndola del guardapolvo, la convencés de que sos una loca peligrosa, más le vale pedir ayuda o Carrie va a ser un chiste al lado de lo que le vas a hacer. Entonces otro gurú aparece para autorizar un líquido que inyectan directamente al suero, al que llamaremos “Nirvana-post parto”. Vuelven los temblores, desaparece el dolor y te quedás felizmente dormida. Dos horitas después, una imbécil con cara de fragilidad anal te trae una cosa que berrea como si tuviera siete pulmones. Así nomás y sin previo aviso te lo encajan en una teta. El crío succiona sin mayores problemas. Juego de niños. Por fin algo que no duele.

Tres días después, los pezones dan lástima. Y duelen como la puta madre. Si tan solo pudiera sacarlos y ponerlos en remojo! Cansada, dolorida y muerta de hambre porque hace cuatro días que no te dan de comer, se te ha incentivado el sentido del olfato. Es impresionante. Podés adivinar todo lo que comió tu familia oliendo sus ropas. Bife de chorizo por ahí, pizza por allá…y yo con un caldito repugnante.

Por fin llega el día. Te sueltan. Lo bien que hacen. Porque ya te estabas encariñando con eso de que una minita se llevaba el crío cuando tocabas el timbre. Pero de eso te das cuenta cuando llegás a tu casa y depositás el fruto de tus travesuras en el moisés.

Ahí comienza el baile. Pero no hay timbre, ni enfermeras, ni Gurús…ni nada. Solita, vos y él sin intermediarios.

¿Si me arrepiento? Jamás. El monstruo violeta se llama Guille, vive en mi casa y fue lo mejor que me pasó en la vida.

Un consejo: Háganse amigas del Anestesista!.



lunes, 10 de mayo de 2010

PENDEVIEJAS DE PLASTICO

La cultura de la eterna Barbie adolescente

Es fácil reconocerlas. Se deslizan por la vida con la misma cara que un ciervo encandilado por una 4X4 en la montaña. A simple vista, y por su forma de vestir, parecen mujeres de treinta y pico…o veinticinco las más dañadas. Pero el promedio de edad de estas mujeres es de 50 años, cronológicos y que jamás concuerda con lo que verbalmente expresan, como si la mentira pudiera estirar la vida o atrasar las horas.

Generalmente son mujeres que han sabido cultivar un pasado ilustrísimo como adornos bonitos de sus parejas o simplemente han laburado con el envase (hasta que el envase comenzó a caducar). Se han pasado la vida de dieta en dieta, yendo de la cama a la peluquería y de la peluquería a gimnasia. Devotas de cuanta revista de modas existe, prefieren invertir una fortuna en una lipoaspiración o la nueva cartera de Vuitton que conocer el Partenón. Nada las deja más satisfechas que mirarse en el espejo, pero el espejo deberá devolver una imagen fresca e infantil construída a base de sacrificadas visitas al cirujano plástico, al gimnasio, a la nutricionista, a la peluquería, a la masajista, a la manicura, a la cosmetóloga y quien sabe cuántas cosas más. Dios no permita que la edad se filtre por las patas de gallo o las manchas de las manos, eso sería peor que engordar cuatrocientos gramos y ya no entrar en el mismo talle de jean de la hija de dieciocho años.

Es así como se pasean estas pavas reales, embutidas en un jean blanco que deja traslucir una tanga de hilo dental incrustada entre los cantos de un culo que ha sido sistemáticamente sometido a innumerables descargas eléctricas para tonificarlo intentando evitar lo inevitable (que cada año esté más cerca del piso).

Muñecas plásticas, sus caras tienen la misma expresión vacía que las estatuas de cera del museo de Madame Tussaud. Con poca irrigación sanguínea, producto de la escasa densidad de piel facial gracias a varios liftings, los vasos sanguíneos exageradamente expuestos tienden a darle un tono gris azulado a sus caras. Los sucesivos estiramientos han ido tensando de tal manera los rostros, que las que alguna vez fueran bocas decentes y expresivas, ahora se asemejan a la sonrisa del Guasón. Los labios son un capítulo aparte. Sobrealimentados de rellenos químicos y botox, difícilmente se muevan con naturalidad (lo cual se traduce en una importante dificultad para expresarse, ni que hablar de guardar los implantes dentales ultra blanquísimos en su lugar). Si uno dibujara una raya perpendicular a las comisuras labiales, cualquiera podría confundir a estas mujeres con esas marionetas que usan los ventrílocuos para hacer su show. Y estas mujeres son un show, un circo ambulante frikki que causa una mezcla de gracia y estupor. La mirada sorprendida, que hay que agradecerle al último cirujano que dejó los ojos sobre las orejas, es el sello inconfundible de un dinero mal invertido en varios quirófanos de renombre. Pero detrás de esos rostros encerados y tensos como una pelota de futbol sin estrenar, hay una mirada que delata. Son ojos que han perdido la frescura de los veinte, ojos que lloran lentes de contacto de color y que llevan impreso el cansancio de la edad que realmente tienen.

Ridículas como ellas solas, se las puede ver en una disco haciendo fila en el baño para pararse frente al espejo. Revoleando la cabellera de tres largos (gracias a las tres últimas extensiones capilares), se acomodarán la remerita escotada dentro de la minifalda de jean dejando semidescubiertas las últimas dos adquisiciones del año: dos globos gigantes en el lugar donde antes había dos tetitas sumisas. Con la piel del pecho a punto de estallar, maquilladas como puertas, con tanta bijouterie que se les hace jorobado caminar derechitas; estas Barbies abuelas no se resignan a entregar la posta a sus hijas o en algunos casos a sus nietas.

Botas blancas de caña alta, calzas, remeras animal print, cinturones anchos con tachas, pelos hasta la cintura, hombros descubiertos, pestañas postizas, corpiños con aro, transparencias y encajes son algunas de las cosas que se ven (y que uno no quisiera recordar por vergüenza ajena). ¿Nadie le dijo a esa cincuentona que la remerita de encaje es too much para las redondeces propias de su edad? ¿Nadie la frenó antes de que saliera a la calle disfrazada de 68 kilos de mozzarella en envase de nylon? ¿Y esa otra que pesa menos que su hija de 22? ¿No le dijo el marido que parece una nena de catorce que ha perdido todos los atributos de una mujer hecha y derecha? ¿Nadie le avisó que se había quedado sin culo y sin tetas, sin cadera y sin expresión en su loca carrera por seguir comprando la ropa en el mismo lugar que la novia de su hijo?

Lo más raro de todo esto es que las mujeres hacen esto para conquistar, para seducir. El tema es qué o a quién. Porque las que tienen pareja suelen caminar al lado de ellos sin mirarlos, distantes y gélidas con la vista perdida en algún lugar del pasado. Un pasado que ningún cirujano puede devolver. Un cuerpo que ya no es el mismo y pasa facturas todo el tiempo. Creo que lo hacen para competir con otras mujeres, por miedo a ser reemplazadas por un modelo más nuevo (como se hace con los autos o los celulares). Creen que la apariencia puede engañar a Chronos, como Santa engaña a los chicos en Navidad. Lamento informarles chicas, el reloj no se detiene. La vida pasa y el tiempo se achica. Prefiero mil veces las caras con arrugas de reírse, de llorar, las marcas de los partos, la barriguita cervecera, una hamburguesa clavada en el momento justo, la dosis exacta de endorfinas por kilo vivo (50 gramos del mejor chocolate con almendras del mercado), las narices que lo dicen todo, las bocas que sonríen y besan sin miedo, los culos con personalidad, las tetas que no arrugan aunque se arruguen y las miradas vívidas y pícaras de quienes han sabido reírse de si mismas envejeciendo con dignidad sin perder un àpice de su identidad.

Nota: Ni en pedo me dejo masacrar por el Dr. Robert Rey (con la ropa que usa, me atrevo a dudar de su juicio estético)



sábado, 3 de abril de 2010

FAUNA Y FLORA DE LA SELVA LABORAL







Arquetipos más frecuentes


Hablando con amigos y familiares he notado con curiosidad que, sin importar el ámbito o geografía de un trabajo, existen personajes con características bien definidas que se repiten con sorpresiva frecuencia. Puede ser en un Juzgado, en una tienda de ropa, en la administración de un laboratorio, en una farmacia, un colegio, un supermercado o una fábrica de embutidos; cambia el paisaje pero los prototipos se repiten como clones en todos los trabajos donde convivan más de tres personas.

Recopilando información he confeccionado la siguiente clasificación:


LA HIEDRA VENENOSA


Este ejemplar se comporta como el hijo bastardo de la planta del cuentito infantil “Las habichuelas mágicas” y una planta carnívora. Invierte buena parte del día en trepar cual enredadera por todos los recovecos y espacios libres que encuentra, diseminando su ponzoña a quien esté predispuesto a escucharla. Va enredándolo todo a tal punto que es imposible llegar a la raíz o verdadera esencia de su jodida persona. Su trabajo es subversivo y sutil, como la planta, nadie se percata de su crecimiento hasta que sus brotes afloran de los cajones de tu escritorio llevándose puesto todo a su paso. Como toda planta, es inmune a los sentimientos humanos, mientras tenga agua y un poco de luz seguirá su camino hasta el techo. Si la podan, probablemente algún brote siga creciendo en nuevos jardines (donde los nuevos compañeros se preguntarán con incertidumbre dónde quedó aquel fragante jazmín que ahora los asfixia con su mata de hojas desaforada).


LA MARMOTA


Este dulce animalito está podrido de que lo tengan de aquí para allá. Entonces se dedica a hibernar (todo el año) detrás de un escritorio donde anida desde que la empresa abrió sus puertas, allá en 1979. Como sabe que no lo pueden despedir porque le tienen que entregar el 50% de las acciones del grupo, pasa sus días tomando cafecitos y pasando papeles de una bandeja a otra. Es poco lo que aporta y poco lo que se sabe de él. Festeja los chistes con una risita que deja entrever sus paletas y es incapaz de involucrarse en alguna situación que amerite levantar el culo de la silla (si pudiera meterse una sonda en la vejiga, solo se levantaría para comerle las galletitas a sus compañeros).


EL PEZ PAYASO


Este sujeto genial se pasa por el trasero todos los apercibimientos y reprimendas que ha recibido a lo largo de los años, por llegar tarde, despeinado, y con el uniforme repleto de manchas (esas que sometiéndolas a un riguroso “Carbono 14” te dirán con lujo de detalles lo que el susodicho desayunó esa soleada mañana del 9 de marzo de 1999). Le importa tres pepinos llegar al objetivo, cumplir con los deseos de su Jefe y complacer a la plana mayor de la empresa; este personaje está ahí para pasársela lo mejor posible, contagiando a sus compañeros de esa deliberada algarabía. Cuenta chistes, ceba mates y esquiva los objetos contundentes con los que sus superiores intentan abrirle la cabeza toda vez que lo descubren dedicado de lleno al alpedismo (que es el 98 % de su tiempo en el trabajo).


LA GATA Y LA GATA FLORA


La Gata es la devota de Recursos Humanos por excelencia. Le fascinan. Los ha probado a todos y se ha erigido en la empresa como el monumento al fácil acceso y la flexibilidad absoluta. No se sabe a ciencia cierta si el 100% de los rumores que la tienen como protagonista son veraces, pero hay quienes aseguran tener evidencia empírica que respalda cada uno de los míticos eventos que circulan de boca en boca del personal (como circulan asiduamente sus miembros por la boca de este felino doméstico tan común en las oficinas y dependencias gubernamentales).

Por otra parte, la Gata Flora es otra gran devota de los Recursos Humanos hasta que los mismos devuelven sus atenciones, en cuyo caso este felino se ofenderá hasta las lágrimas y saldrá disparado como un petardo a formalizar una denuncia de acoso ante el Gerente de Recursos Humanos.


EL COLIBRÍ


Este pajarito colorido y ágil circula por todos los departamentos y reparticiones de la organización, sus funciones así lo requieren. Entonces se dedica con mucho esmero a cumplir rápidamente con sus tareas para poder desparramar con comodidad y tiempo de sobra, todo aquel dato que haya recogido en otras plantas y que sabe positivamente que despiertan el interés de sus interlocutores. Sin una intención definida, sus balas de cañón van cayendo como paracaidistas el 6 de junio de 1944 en Normandía, con efectos igualmente devastadores. Muchas veces disfruta del efecto deseado, aunque por inconsciente y boludo, las más de las veces ignora los alcances de la onda expansiva generada por sus acciones.


EL PAVO REAL


Este pajarraco fue diseñado para chapear. Aterriza en el lugar que lo acoge e inmediatamente informa a sus pares sobre sus diplomas, cursos, capacitaciones y calificaciones en la Universidad. Vive denostando a quienes no están a su altura, se niega a hacer cosas para las que asegura estar sobre calificado y exige en lugar de pedir. Espera ansiosamente ser abordado para responder alguna consulta, que nunca llega, porque sus compañeros jamás le pedirán otra cosa que no sea salir del paso camino a la impresora. Generalmente es devorado por la Loba o termina por renunciar de puro aburrimiento.


LA LOBA


Este ejemplar vive aullando. Es un quejido eterno y prolongado. Sus tragedias conmueven por la sordidez de sus relatos provocando en sus interlocutores una profunda y auténtica lástima. Le empatía es inmediata, manejada a la perfección por un sujeto que la utiliza sin el más mínimo atisbo de duda para lograr aquello que desea. Bajo esa fachada de supuesta fragilidad y extrema necesidad de contención, vive un matemático alemán que calcula hasta el peso específico del liquid paper que va a utilizar ese día para borrar la evidencia que lo incrimina en un error que le acaba de costar un dineral a la empresa que lo alberga. Evita con destreza prusiana, hacerse cargo de toda metida de pata que lo tenga por autor o partícipe necesario; prefiere un ataque de asma o volar de fiebre antes de quedarse a admitir que se fue al pasto de cabeza. Es muy probable que busque a un pez payaso, a una marmota o a un pavo real para descargar responsabilidades y en el caso de una confrontación directa mostrará dientes y uñas devorándose a quienes osen cruzarse en su camino.


EL YUYO


El yuyo es tenaz y trabaja cuando los demás descansan. A las diez lo ves en Tesorería, diez y doce está en Marketing, diez y cuarto en Ventas, diez y veintitrés en Contaduría. El yuyo está en todas partes. Nadie sabe a ciencia cierta a qué se dedica, pero todos saben que siempre está corriendo de aquí para allá. Lo pueden trasladar, remover o pisar; pero el yuyo siempre reaparece asomando clandestinamente la cabeza a la sombra del pavo o la hiedra. Incansable, a veces sirve de alimento a la Loba, que lo caga en terreno fértil dándole la posibilidad de volver a renacer de sus propias semillas.


EL JABALÍ


El jabalí es un chancho salvaje en la selva. Y en las oficinas también. Lo que no puede arreglar con lo que tiene adentro de la cabeza, lo arregla con la cabeza misma. Es capaz de darse veinte veces con la misma piedra, putear, carajear y al día siguiente volver a pegarse un palo similar. Se ofusca, se pone colorado, amenaza con dar un portazo y no volver a pisar el lugar nunca más; sin embargo es incapaz de asustar a su audiencia que revolea los ojos al escuchar la misma escenita por undécima vez en la semana. Sobre exigido de laburo, acepta con ira media docena de tareas más; es muy probable que por falta de huevos, lejos de cargar las tintas con el responsable de esa situación lo haga con quienes sabe son inofensivos. Se queja, protesta, resopla y murmura pero en una confrontación directa se va al mazo por terror al Rey León.


EL REY LEÓN


Como su nombre lo indica, este es el que “corta el bacalao”. Cuando este ejemplar está con mecha corta los rugidos se escuchan a tres kilómetros a la redonda. Para llegar ahí se manducó dos cebras, tres jabalíes, dos docenas de antílopes, quince etíopes y un par de hiedras como guarnición; por eso es más que respetado. Sabe hacer su trabajo pero no va más allá de lo que entiende le corresponde. Cumplidas sus funciones, se dedica a tercerizar todo aquello que no le atañe o pueda minimizar su imagen. Mientras se lame las patas relojea el movimiento de su manada y solamente actúa en caso de extrema necesidad. Felino por naturaleza, goza de excelente reputación entre las gatas de la empresa.


LA HIENA


La hiena come cualquier cosa. Todo le cierra y toda retorcida artimaña que le sirva para llegar a sus fines será utilizada, aún cuando en el camino queden varios cadáveres a medio masticar. Inescrupulosa y sin códigos, la hiena quiere trabajar poco y ganar mucho. Odia el esfuerzo así como odia al León por su jerarquía. No le gusta recibir órdenes. Solapadamente envidia a quienes ostentan aquello que ella cree merecer, entonces se dedica a reírse grotescamente de ellos sin percatarse de que nunca va a poder dejar de ser ese bicho siniestro que come lo que el resto deja.



¿Te identificas con alguno? ¿Si? ¿Con cuál?