domingo, 2 de agosto de 2009

SITUACIONES QUE TE EXCEDEN














Cuando el monstruo que llevás dentro amenaza con soltarse

Uno, que es un ser medianamente pensante y educado, piensa que jamás va a desbordarse porque lleva sus enanitos mentales bien alineaditos. Gracias a la terapia, el yoga, el clonazepam, el té de tilo o simplemente un buen ejercicio de control mental; uno cree que puede apaciguar a la fiera que lleva dentro. Pero hay situaciones que logran saltar la valla y hacer ese medio centímetro más…tan peligroso y nocivo para quienes se encuentren a una distancia inferior al metro y medio de este poderoso monstruo que espera ansioso que lo desaten.
¿Qué lo desata?. Muy simple, esta es mi lista. Cada uno tiene la propia, solo es cuestión de que tome lápiz y papel para confeccionar la suya. De esa manera podrá estar alerta en el caso de sentir que la criatura ha comenzado a desatarse los moños.

Los pendejos sueltos en la franja horaria en la que solamente deberían circular adultos y vampiros.

Esa horda infame de retoños anárquicos que corre autoinmolándose contra sillas y ventanas de restaurantes a las dos de la madrugada, ante la mirada impasible de sus progenitores. No solo molesta el golpe que se dan cada cinco segundos contra la silla donde reposa nuestro culo, molestan los decibeles y la frecuencia del chillido-alarido que emiten mientras se llevan puestos manteles, sacos, carteras y paneras. Y los mocos que caen de esas narices que parecen volcanes, que siempre van a parar a las cortinas del lugar o, en el mejor de los casos, en tu chaqueta que prolijamente colgaste de tu silla. Sueño con torturar a esos padres, les quiero perforar el pabellón auricular con la Minipimer. Quiero obturarles el parietal izquierdo con un sacacorchos y depilarles el cráneo con una pinza de depilar (aunque me lleve dos años).

Esos mismos pendejos en el cine. Función trasnoche, horario en que deberían estar soñando con Peter Pan, pero no, están correteando por las escaleras de la sala. Mientras eso ocurre, una intenta infructuosamente, poner la mente en blanco para poder escuchar y entender lo que ocurre en la pantalla. Imposible, uno de ellos se ha parado en la última butaca y hace sombras chinescas con el haz de luz del proyector. La madre goza del anonimato que le da la oscuridad, el padre repite “no es mío”…la puta que te parió hijo de tu putísima madre. Gobernalo, aunque sea por lo bueno que estuvo el polvo que le dio vida a ese marrano que te está cagando el final de la película. Es que al chico, la escena de sexo contra la pared de la pareja protagónica lo puso a mil y, si a eso le sumamos las siete muertes violentas con armas blancas que el pendejo presenció, no va a existir Cristo que lo baje del parlante donde se ha subido para sentirse a salvo.

Los infantes en los pubs y clubs nocturnos. Claro, la parejita (léase ma y pa o pipi y cuchi) no confía el cuidado de la criaturita a nadie. Como tampoco tiene dinero para pagarse una niñera…pero todo el derecho a disfrutar de una vida social plena; decide salir con el apéndice (otrora adherido al cordón umbilical) a comerse la noche porteña. Es así como vemos a esos tiernos padres tomando cerveza displicentemente mientras el fruto del vientre de ella no para de tirarle maní en el ojo al pibe de la mesa contigua, que hace dos horas la viene remando para ver si hoy logra enfiestarse con la que tiene enfrente. Pasadas las horas, el bar quedará literalmente vacío, mientras la parejita mira tiernamente al primogénito dormir sobre un colchón de cáscaras de maní y rodajitas de limón usado.

Las vendedoras de locales de ropa, lingerie, bazares y perfumerías.

La que se te acerca con cara de pocos amigos, teléfono atascado entre el hombro y la oreja mientras sostiene entretenidísima conversación con su amiguita; conversación que no piensa interrumpir para atenderte. Lo más probable es que utilice el lenguaje de señas, magro para mi gusto ya que sólo cuenta con el dedo índice apuntando al norte (se supone que eso quiere decir “allá” y debería ser la respuesta a todas tus preguntas). Si le preguntás por un talle en particular, te examinará de arriba abajo con cara de “acá no hay nada para vos” y sacará un minúsculo pantalón diseñado para Barbies anoréxicas (cosa que pierdas el interés y te vayas por donde viniste).
Boluda, infradotada, buena para nada…quiero creer que no te pagan comisión por vender (aunque lo dudo); porque de lo contrario no te entiendo. Quiero pasarte por encima con un camión con acoplado, levantar los pedazos y alimentar a mis perros con tus restos. ¡Sos una descerebrada, si no te gusta tu trabajo buscate otro y dejame de romper las bolas!

Las que sonríen como el Guasón de Batman, no te miran a los ojos, te tiran un poco de perfume en un papel y te despachan muy seguritas de que no te alcanza para pagar ese perfume francés que sale una fortuna. ¿Qué mierda sabés de mí? Porque me puse lo primero que encontré asumís que no puedo agenciarme ese minúsculo frasquito made in France. ¿Y si anoche me saqué el Loto? Llegás a mascarme el chicle que guardás en el buche antes de contestarme el próximo precio, te juro que te dejo como un panda de Pekín. Ni tus padres te van a reconocer.

La eterna “no hay”. Esa es la vaga por naturaleza. Está cómoda al lado de la estufa, como una gata gorda, castrada y vieja. Ni por putas se va a levantar para llevar su frígida osamenta al depósito para encontrar ese par de zapatos del que te enamoraste y que solo queda (según ella) en números para piececitos hobbits. Estás segura de que lo tiene, podrías apostar dinero a que tiene ese par escondido, allá atrás, donde hace un frío de perros y tiene que treparse a una escalera monumental. Entonces intentará enchufarte cualquier mierda con tal de que la dejes terminarse el té de menta que acaba de prepararse, sin moverse de su taburete pelará una uña negra con estrellitas que asoma del puño del sweater intentando tu voluntario desplazamiento hacia ese par de chatitas de charol color verde loro que terminarás incrustándole sin piedad en el orto. Porque a estas alturas ya cometiste homicidio en primer grado y sólo te resta ocultar el cadáver.

Los que chapean

Si, el gordo que en el restaurante invoca a algún conocido para pasar antes que los cincuenta monos que se cagan de frío por amor al arte y la “Belle cuisine”.
El infeliz que chapea en la boletería del teatro diciéndose compañero de carpa del productor del espectáculo, con tal de conseguir dos entradas de una obra que hace quince días que publica “localidades agotadas”.
La boluda que quiere que fulanita le haga el color antes que a la media docena de minas que espera inhalando amoníaco porque dice ser amiga de famosa Celebrity vernácula (y que si no la atienden las va a incinerar en su programa pedorro de TV).
El que pretende que el valet parking le traiga primero su vehículo porque es el Doctor Fulano y está apuradísimo, aparte es habitué e íntimo del político de décima que acaba de salir arando en su auto importado.
¿Quién carajo te creés que sos? ¿Un enviado del Mesías, un iluminati, un ser de otro planeta que debe llegar antes que el resto a todas partes? ¿Porqué no te quedás en tu casa y hacés uso y abuso del delivery? ¿No te das cuenta de que mi fiera interna necesita de alguien como vos para darle rienda suelta a su imaginación? ¿Si supieras que heredé el cuchillo eléctrico de mi abuela materna y la tijera de descuartizar pollos de mi abuela paterna, te quedarían ganas de hacerte el importante?


Y así puedo seguir hasta pasado mañana. Mi fiera reposa tranquila, prolijamente maniatada en lo más profundo de mi ser. Pero la guacha se sabe ansiosa y hambrienta, tiene ganas de jugar…por eso…cuando la siento inquieta…no me queda otra que esquivar los lugares públicos donde estoy segura me toparé con alguno de los ejemplares antes descriptos. Si se me llegara a desbocar…pues…haré lo posible para que parezca un accidente…

domingo, 19 de julio de 2009

POESÍA BARATA Y CURSI











En el día del amigo (20/07)

ODA A MIS AMIGOS

Mis amigos me apañan, siempre que pueden me escuchan, me leen y me hablan.
Utilizan varios medios, no existe frontera que los detenga, son multimediáticos.
No hay sistema que no violenten, mis tecno gadgets los detectan y tiemblan.
Cuando hay convocatoria mutamos en una horda frenética de lunáticos.
Ni tres casillas de mail, ni el muro de Facebook, ni el foro alcanzan;
entonces la seguimos en el MSN, el skype y un par de textos celu-taquigráficos.

Mis amigos me miman, además de alimentar mis apetitos espirituales.
Siempre que pueden me tiran el link al rapidshare o al megaupload, para que goce sin culpas,
de esa banda sonora o de esa peli que por más de dos horas me aleja de todos los males.
Saben de mis humores, de mis horrores y mis amores; no tengo que pedir disculpas,
si los tengo en pie hasta las cinco de la mañana metidos en chácharas infernales
sobre las bondades del jdownloader, el final de Lost y los 8 gigas del Ares que legalmente me inculpan.

Ellos saben en qué foto etiquetarme y cual no debería salir jamás de sus carpetas privadas.
Conocen mi historia, mis proyectos, mis anhelos y los más bajos y oscuros deseos obscenos;
ante vos, mi amigo, nada me sonroja; mi locura es nuestra locura, no me jode que me invadas,
si es que vas a llenarme la casilla con esas fotos descomunales que pixelan si no aplico el signo menos.
Seguí mandando links, colgándome vids en el muro y sonando la campanita del chat como las hadas;
te espero al pie del teclado, aguardo se encienda tu ícono, mientras miro el estreno de House que a Cuddy le mira los senos.

Cuando nos encontramos sacamos chispas, gritamos, lloramos, no paramos de reírnos como pendejos.
Tantas horas de banda ancha compartida, tantas caídas del chat, tantos golpes de la vida;
se alivianan cuando te veo, cuando te leo, cuando el momento indigno del día, ante tu presencia queda lejos.
Te paso el backstage de la sesión de fotos de rugbiers en bolas, Diex du Stade, para el gusto de mi vieja un tanto atrevida;
si vos me pasás el pdf de la última novela de Highlanders desnudos correteando, por las colinas de Escocia, duro y parejo.
No te olvides de poner un alerta en los powerpoint incendiarios que últimamente mandás, no vaya a ser cosa que los abra en la oficina medio dormida.

Te debo un homenaje, amigo internauta, ese que se toma para aguantar el sueño, la décima taza de café o el undécimo mate.
Ese que vacía el pomo de lágrimas en gel para durar unos minutos más con las pupilas frente al monitor, los dedos tiesos en el teclado.
Ese que se banca con glamour los “ojos de brótola” y el malhumor matinal por haber salido al rescate;
de ese alma gemela que vive a diez mil kilómetros de distancia, pero que a pesar de vivir tan lejos se siente tan al lado.
Hoy brindo por vos con un trago bien real, te mando el virtual vía rostrolibro. Te espero en nuestro lugar común, cuando la vida como es usual a alguno de los dos nos maltrate.

domingo, 12 de julio de 2009

PÁNICO, MIEDITOS, TEMORES, SUSTOS Y CAGAZOS PADRE










De cómo asustar a un infante que veinte años después será carne de diván y/o cliente cautivo de un laboratorio que fabrica psicofármacos para trastornos de ansiedad.

Supongo que cuando uno es un bebé no le teme a casi nada que no esté relacionado con succionar un pezón o una tetina, o un rápido cambio de pañales (porque convengamos, estar cagado es un incordio…sobretodo cuando la caca se enfría).
Pero a medida que uno va conociendo el mundo y la gente que lo rodea, la lista de cosas a las que le teme asciende en progresión geómetrica (o sea, el número se multiplica por si mismo convirtiéndose en una gigantesca bola de nieve).
Un poco porque uno va aprendiendo que el fulanito de sala de tres muerde como una pantera, la leche caliente cuando se vuelca quema y si tiro el muñequito en el retrete ya no lo voy a ver jamás. Pero el gran contribuyente de esta personalidad aterrorizada que hemos logrado construir, se la debemos indefectiblemente a nuestros padres (a veces a uno más que al otro).

Si uno fue criado por un padre cinéfilo que lo expuso a “El Exorcista” y a “La Profecía” a la tierna edad de nueve añitos, la primera cosa a la que uno le teme es al diablo. Si a eso le agregamos una abuela híper-religiosa que nos explica con múltiples detalles la cara y los nombres del demonio, así como el maravilloso dato de que ese ángel caído pasa sus días acechándonos para que cometamos todos los pecados tipificados en la Biblia (y que serán castigados a su debido tiempo); pues el combo es sustancialmente letal. Queda claro que la personalidad de ese infante nunca más será libre, ya ha sido vendida a una entidad invisible que la abuela supone, lo mantendrá lejos de mandarse un sinfín de cagadas. O sea, para acercar al pendejo a Dios, hay que exponerlo a la mirada atenta de Belcebú (tipo un guarda cárcel nefasto pero con una onda hippie jamaiquino que chupa, fuma y fornica como los mil demonios).

Mamita le irá agregando condimentos al cóctel explosivo. “Cuidado con el Profesor de música, detrás de todo hombre hay un pedófilo siniestro que quiere enseñarte a tocar la flauta de una manera más innovadora”. “Ojo con nadar sin hacer la digestión porque un calambre te arrastrará al fondo de la pileta y como el agua está turbia terminarás en el fondo con la cabeza dentro del filtro mirando ranas muertas y hojas podridas”. “Abrigate porque vas a agarrarte todas las pestes que riman con neumonía”. “No te agarres de la baranda porque la gente escupe, aunque te patines y te fisures el cráneo, siempre es mejor eso que una bacteria asesina esperándote en el pasamanos de la escalinata del subte”. “No comas eso, querés pesar ciento veinte kilos?”. “Contá el vuelto, la gente siempre te da de menos, ahora…si te da de más que se joda por boludo”. “No vas a lo de Alejandra porque no sé cómo maneja el papá, podrías terminar embutida en una masa informe de hierros retorcidos”. “Cuidado que el mar está peligroso, cuidado que hay aguas vivas (y vos le agregás las imágenes de la peli que te llevaron a ver el primer día de tus vacaciones de verano “Tiburón I”)”.
Con unos años más, las preguntas de tu madre a la azafata del avión irán gestando tu terror a las naves que levantan vuelo (de las que flotan en el mar se encargarán el cine con “Poseidón” y “Titanic”). “¿Señoritaaa, es verdad que el avión está perdiendo combustible?”. “¿Señorita, qué son esas cosas que se le salieron a las alas?”. “¿Señorita, porqué volvieron a encender la señal de los cinturones?”. “Señorita, tráigame otro whisky a ver si bajo las trece pastillas que tomé para dejar de hacer preguntas pelotudas”.

Como alguien que laboriosamente construye un castillo, pieza por pieza, los padres y abuelos van diseñando ese ser humano tenso, ojeroso, preocupado y aterrorizado que duerme con un rosario colgado del cuello, una ristra de ajos en la ventana de la cocina, la estampita de la Vírgen de Lourdes en la puerta de la heladera, dos rottweillers al pie de la escalera, ocho cerrojos, ventanas con rejas, el número de la policía en la memoria 1 del celular, el carnet de vacunación completo y al día, canutos de dinero en los frascos de fideos, el bate de baseball debajo de la almohada y los stickers de los números de emergencias médicas de la prepaga empapelando cuanto electrodoméstico exista en la casa.
Los noticieros contribuirán en gran medida a magnificar todos los viejos temores y se darán el lujo de inaugurar algunos nuevos. Que la pandemia, que el terremoto, que el tsunami, que la deforestación y el calentamiento global, que el huracán y las alertas de granizo, que la crisis de las Bolsas mundiales (como si uno fuera el dueño de General Motors), que el índice de desocupación, que el violador de Núñez, que los piratas del asfalto, los narcotraficantes importados que vinieron a hacerse el western a los shoppings, los diarios accidentes de tránsito, las tragedias aéreas, la gripe porcina (que te provoca taquicardia cada vez que alguien estornuda), el aumento de las tarifas de los servicios, la inflación y los coreanos jugando a los fuegos artificiales con misiles nucleares. Para cuando terminó el noticiero, que coincide exactamente con tu cena, si pudiste digerir algo será por puro milagro; la comida te caerá como un yunque en el estómago, volverá cada cinco minutos como lava volcánica hasta las amígdalas recorriendo el tubo digestivos y te encontrará a las cinco de la mañana chupando pastillas de antiácido mezcladas con un cuartito más del ansiolítico recetado.

Entonces un día, sin comprender porqué, te descubrirás abrazado a un parquímetro, transpirado y tiritando ante la mirada atónita de los transeúntes. O quedarás petrificado en el colectivo lagrimeando como un marrano, a medida que te alejás de tu casa. O simplemente tendrás pesadillas recurrentes donde te entierran vivo o tu casa es succionada por un tornado o el antílope masacrado por leonas en el Discovery tiene la cara de tu hijo. Ese día no podrás entender la causa, ni atribuir la culpa del episodio de pánico a nadie. Porque llevó toda una vida convertirte en esta piltrafa cobarde y temblorosa; como si hubieras hecho un lento recorrido a bordo del vagón del Tren Fantasma, esquivando cadáveres de utilería que amenazaban con darte un manotazo putrefacto en cada curva; la recta final conduce a un grupo de autoayuda o en su defecto al consultorio de un psicólogo.

¿Cómo diferenciar al panicoso aterrorizado del asustado con causa? He aquí una guía para conocer a qué grupo pertenece Ud.:

Ante la explosión de un escape, producto de un carburador sucio, el grupo uno se envuelve la cabeza con los brazos lanzándose de panza al piso. El grupo dos se da vuelta a putear al dueño del auto por dejado y por ocasionar ruidos molestos.

Ante un alerta meteorológico, el grupo 1 sellará puertas y ventanas arrimando los muebles a las mismas, comprará víveres suficientes para subsistir cinco inviernos y buscará madera suficiente para construír una balsa en el garaje. El grupo 2 pondrá el auto a resguardo del granizo y se asegurará de tener los pagos del seguro al día.

Ante una pandemia, el grupo 1 desabastecerá las farmacias en un radio de 10 kms. a la redonda haciendo acopio prematuro de cualquier remedio o vacuna que pudiera (según el noticiero) salvarle la vida. No saldrá de la casa sin barbijos ni guantes descartables, dejará de usar ascensores y transportes públicos y evaluará la posibilidad de mudarse a la Puna de Atacama. El grupo 2 seguirá con su vida y repetirá su mantra hasta el hartazgo “cuando te toca, te toca”.

Ante la noticia de un violador suelto en la ciudad, el grupo 1 hará una cadena de mails distribuyendo el identikit del psicópata que difundió la policía, abrirá un grupo en Facebook para solicitar la castración química de los violadores, se anotará en un taller de artes marciales, se comprará un tubo más de gas pimienta, caminará por las calles con los cantos del culo apretados y la visión periférica en estado de alerta roja (eso si se animó a bajarse del auto). El grupo 2 pensará en la manera más efectiva de propinar un rodillazo en las bolas mientras se come una barrita más de Cadbury.

Ante el derrumbe de las bolsas mundiales y la crisis financiera, el grupo 1 saldrá despedido como un cohete a comprar dólares, someterá a su familia a una economía de guerra donde la Coca Cola será el evento del mes, suspenderá el abono del cable, los cursos, talleres, el delivery de pizza, el video club y cualquier salida que no involucre un problema sanitario o la compra de víveres. El grupo 2 se debatirá en un duelo verbal con capitalistas y comunistas (alcohol de por medio). Cinco horas después todos cantarán abrazados y mamados “Hasta siempre Comandante” en honor al Che Guevara.

Ante la noticia de un asalto a un supermercado con rehenes, el grupo 1 se hará un festival en una armería y tomará clases en un polígono de tiro, se comprará el chaleco de kevlar más caro del mercado para animarse a salir de la casa y hará sus compras por Internet. El grupo 2 decidirá que es más peligroso quedarse sin cerveza un viernes a la noche que un ejército de talibanes suicidas parapetados en la puerta del super.

A Ud. que suda cuando hace fila en el Banco, a Ud. que le transpiran las manos cuando escucha el sonido de una sirena, a Ud. que se baña en desinfectantes y visita al médico toda vez que estornuda, a Ud. que se desmaya cuando pisa un aeropuerto…lo lamento en el alma. Ud. ha sido condenado a la ingesta crónica de ansiolíticos y antidepresivos. Si va a comprar acciones de la Bolsa asegúrese de ponerle muchas fichas al laboratorio que los fabrica…como viene la mano (salvo que viva en la Estepa Rusa), el consumo de estas drogas se irá a las nubes (y con ellas su presupuesto mensual para medicamentos).
Gracias Ma!

domingo, 21 de junio de 2009

SUEGRITAS QUERIDAS



Dedicado a la nuera de una auténtica “zorrosuegra” (término acuñado por ella misma)

Las suegras vienen con los hijos no huérfanos de los novios que supimos conseguir con ardoroso esfuerzo. Mientras salimos con ellos y no se vislumbra un proyecto matrimonial en el amoroso porvenir de la parejita en cuestión, estas señoras suelen permanecer en un estado de latencia que no nos despierta ninguna sospecha. Hasta llegan a parecernos encantadoras, encantadoras como una cobra que todavía no ha asomado la cabeza del canasto (y no es porque no hayamos tocado la flauta lo suficiente, créanme). El tiempo de noviazgo debería alertarnos porque pocas suegras pueden mantener el personaje de tiernas mamitas conciliadoras y protectoras. Algunas muestran los dientes como el perro al que le estás por afanar el hueso, ante la detección de una caricia (de sus hijos hacia nosotras) o un proyecto de paseo que no las incluye. Pero la mayoría guarda cierta compostura porque de boludas no tienen un pelo y se percatan enseguidita de que el nene se alejará del hogar materno si la novia se les monta en un huevo. Algunas llegarán al extremo de pasarse de mambo y deshacerse en atenciones y regalos con la secreta esperanza de que el hijo pródigo se de cuenta a tiempo que es mejor estar solito que mal acompañado (y si es en casa de mamita mucho mejor).
El problema arrecia cuando se enteran de que la nenita inofensiva, que saltaba de la silla para secarle los platos o simplemente sentarse el domingo entero a mirar películas del año del pedo haciéndoles compañía mientras el hijo “descansaba”; se convertirá en la nuera encargada de alimentar y vestir al que hasta ayer era “el amor de sus vidas”.
Cuando se habla de guerra fría, deberían referirse a este tipo de reyertas que se dan lugar entre suegras y nueras. Hago esta distinción porque la relación entre suegras y yernos suele ser mucho más frontal y encarnizada.
La cosa comienza despacito y mucho antes de que la nuera tenga registro de que está siendo objeto de una campaña de desprestigio que tiene por objeto dejarla como una inservible incapaz de llevar adelante un hogar (y mucho menos criar a la prole que las sucederá). Como en una obertura de Verdi, la tensión y la magnitud de los conflictos van “in crescendo”, sumando roces y disputas de la misma manera que se agregan trompetas y violines al final de la partitura.

Ojo, como toda regla, hay excepciones que la confirman (algunas son rescatables, hasta amigables me animaría a decir). Pero a la gran mayoría les cabe el término creado por mi entrañable amiguita madrileña: “zorrosuegra”. Ella supo tener un ejemplar digno de llevar ese nombre, por eso, he aquí una lista para detectar a estas señoras (lista que ha sido alimentada por las anécdotas de todas mis amigas que tienen o tuvieron el placer de padecerlas):

COMO DETECTAR A UNA ZORROSUEGRA

Te hace regalos espantosos para tus cumpleaños y navidades tales como: pijamas anti-sexo de franela color gris (pero muy calentitos), impenetrables, cerrados hasta el cuello; pantuflas de las que usan las ancianas en los geriátricos (pero anti-deslizables, Dios no permita que te caigas de culo y te fractures la cadera por culpa de un taquito más sexy); chocolates (que son para él porque vos estás a dieta, y si te los comés mejor, porque engordás y te ponés fea); el collar de porotos pintados del cual se desprenderá con mucho dolor ya que es recuerdo de su viaje a México en el año 1967 (la mitad de los porotos tienen moho pero se supone que lo guardes con mucho ahínco); pantuflas otra vez porque se le olvidó que ya te regaló unas igualitas para la última Navidad (y encima es consecuente con su horroroso gusto: o de toallita color rosita bebé o escocesas color verde loro con moño de raso incluido); bombachas…bah, adminículos dignos de ser usados para construír un ala delta, gigantescos pedazos de algodón color carne que tapan hasta el ombligo pero de marrrca ehhhhh!; la consabida y jamás usada plancha a vapor con la que le estamparías los agujeritos en el cachete izquierdo; la frutera que perteneció a sus abuelas y que te encomiendan con una mueca de dolor esperando que el cristal jamás sufra una fractura (con lo cual terminarás envolviéndola en papel de diario y archivándola en el fondo del placard…veinte años más tarde la dejarás caer con alegría al piso…pero a esas alturas la batalla estará casi ganada…por ellas); un costurero completito para que puedas zurcir las medias y hacer los dobladillos (este es un auto regalo encubierto ya que lo usarán todos los fines de semana para hacer la costura de la casa ya que una es incapaz de dar una puntada decente); camisetas (y dale con el frío); colonias y talcos para que te empolves bien la derriere (así el nene no la encuentra); ollas y sartenes para que lo alimentes bien ya que está un poco desmejorado desde que se casó con vos (en realidad no faltó comida, más bien sobró ejercicio pero la señora no puede pensar en eso o sucumbe a un ataque de celos y taquicardia); un rosario bendito que espera, te colme de dicha (si es que rezás las veinticinco novenas que vienen en el paquete o quién sabe las barbaridades a las que estarás expuesta; el cordón umbilical de sus retoños, envueltito en papel de seda (algunas hasta llegan a regalar sus cálculos biliares o renales); el salero y pimentero con forma de conejito con corazoncitos pintados que vas a esconder de tus visitas porque te da vergüenza ajena; bufandas gigantes de colores horribles, tejidas con lana que pica (supongo que esperan que te ahorques vos misma tratando de arrancártelas para rascarte el cuello); libros de cocina (afrodisíaca never), libros de jardinería, manuales para amas de casa novatas, los Santos Evangelios y “Platero y SHO” (que ya leíste en la Secundaria pero ella no te creyó). Lo más llamativo es la diferencia que hacen con sus propias hijas mujeres, porque abiertamente verbalizan que te adoran y te han adoptado en sus familias como una hija más, sin embargo vos ligás la exprimidora de jugo (manual) y tu cuñada un conjunto de lingerie que te deja boquiabierta. No te engañes, no sos la hija y jamás lo serás.

Otro elemento infalible a la hora de detectarlas es la total ineptitud para destetar a sus cachorros. Adoran ser las que salvan las papas del fuego cuando el crío se les ahoga en un mar de deudas, se enferma, se deprime o no sabe cómo hacer para resolver el problema de plomería que lo aqueja. Entonces se auto convocarán para dar una manito, asegurándose la deuda moral y la posterior culpa (en el caso de que decidas devolverle alguna facturita pendiente). Poco a poco se irán haciendo cargo del hogar de sus hijos, cocinando el pucherito para el nietito, pidiendo la llave del edificio para que la nuerita no baje con los puntos de la cesárea a abrir la puertita (¿no sería mejor quedarse en casita para no molestar?). Es así como allanarán tu hogar con una legión de personas (entre ellos los varones de tu familia política), sin tocar el timbre cosa de encontrarte en paños menores intentando embocar el pezón en la boca de un bebé que no para de berrear. Con una sonrisa ancha te llenarán la heladera con la comidita que le gusta al nene (cosa que no lo descuides mientras atendés al nieto, como si el tipo fuera a morir de inanición porque no pudo levantar el tubo para pedirle una pizza al delivery). Por supuesto, te llenará de consejos que no has pedido y que van en contra de lo que te dicen el sentido común y el Pediatra (inducir el movimiento intestinal del bebé insertándole el tallo del perejil en el ano, por ejemplo). Como Yoda en “Star Wars”, se sentarán en la cabecera de la mesa a contar las peripecias de su propia maternidad y a entregar perlas de sabiduría ancestral tales como “ellos (los bebés), mucho más inteligentes crecerán si la Enciclopedia Británica, al borde de la cuna leerás”. Nunca un juguete por el placer de jugar, todo didáctico y con un propósito bien definido: “este juguete ha sido diseñado para que el bebé ejercite (y se desespere) los piecitos intentando alcanzar las figuritas que penden del trapecio (ver foto)”.

La cualidad que te pone del tomate es esa falsa premisa “lo hago para ayudarte”. La ayuda nunca es gratis y el costo es altísimo. Si te planchan vendrán con cátedra de planchado y powerpoint incluído. Jamás entenderán por que el nieto prefiere la remera medio arrugada pero el adhesivo con la lengua Stone intacto y, si se te ocurriera deslizar el comentario, se ofenderán al punto de sentarse a mirar la televisión apagada hasta que llegue el hijo, las vea y se compadezca de ellas. Utilizarán cualquier recurso para provocar lástima (la tuya pero mucho más la del hijo…que tomará represalias con vos invariablemente). Desde arrastrar la patita (aunque después se jueguen 45 minutos de futbol con los nietos) hasta toses, palpitaciones y demás yerbas (las mismas que pela tu vieja y que ya te conocés al dedillo), cosa de clavar el puñal de la culpa en el lugar más oscuro y perverso de tu psiquis. Si te ofrecen podar el jardín, te convertirán el Rosedal en el desierto de Gobi; si te ofrecen limpiar te pulirán los herrajes del baño hasta carcomerles el cromado, cosa que queden como las canillas del Hospital Veterinario (pero limpitas). Abusarán de la lejía y los desinfectantes como el Fluido Manchester que tanto adoran y con el que seguramente se cepillan los callos plantales y los dientes; olores que dejarán impregnados por semanas obligándote a dormir con las ventanas abiertas en pleno invierno. De a poquito y sutilmente irán tomando posesión de la casa, como en el juego del T.E.G.; por más que llenes el comedor de fichas te la encontrarás sentada en tu lugar, sorbiendo té con leche en tu taza preferida y abriéndole la puerta a tus visitas (el juego termina cuando perdés el último bastión, en este caso el dormitorio, al que invariablemente desembarcará en medio de un strip tease disculpándose porque se equivocó de dormitorio).

“Yo moriré feliz el día que mis hijos sean independientes”. Frase mentirosa como pocas, este postulado, este axioma de fe vomitado infinidad de veces en reuniones familiares; es la prueba más irrefutable de que debajo de esa dulce y modosita señora vive una zorrosuegra capaz de tragarte entera y chuparse los huesitos. No hay nada que les joda más que los hijos ya no las necesiten, sobretodo los varones. Se convertirán en proveedoras absolutas de palabras de aliento, consentimiento tácito a todas las conductas del hijo (aunque estas incluyan montar un laboratorio clandestino de cocaína o deprimirse durante cinco años porque no consiguen trabajo como CEO de una Multinacional con sueldo de cinco cifras en dólares). Estarán ahí, con la aspirina en la yema de los dedos, cada vez que al nene le duela la cabeza. Estarán cuando el adorado retoño se queje de cansancio de tanto trabajar y se desplome en un sillón con cara de enfermo terminal, para compadecerse de ellos como si fueran las únicas personas de este planeta que trabajan. Se tornarán imprescindibles para la supervivencia del hogar del hijo; apareciendo religiosamente a arreglar, financiar, sanar, educar, controlar e imponer las reglas de juego; encorvadas, arrastrando los pies para desplazarse, escondidas detrás de un angelical camisón rosa oliendo siempre a lavanda y lejía.

Lo que seguramente desconocen, es que llega cierto punto en el que el producto de su impoluta educación y quien las acredita como madres modelo, se ha convertido en un ser que queremos devolverle para que se lo quede todito: “Felicitaciones querida suegrita, has logrado tu cometido, acá lo tenés de vuelta como el día en que lo viste nacer. Todo tuyo.”

¿Lo positivo de todo esto?. Nosotras, madres de hijos varones, tenemos la obligación moral de romper el paradigma. ¿Se puede?. No sé, se ve que es difícil porque todas tuvieron suegra, sin embargo casi todas se convierten en el modelito que alguna vez padecieron y que supieron despreciar…OMG!!!

martes, 16 de junio de 2009

MUJERES INSOPORTABLES







HOY VA DE INSATISFECHAS, HISTÉRICAS, MALAENTRAÑA, SABELOTODO Y PIRADAS

Si existe algo bueno para destacar de las mujeres, es que algunas tienen la capacidad de hacer una buena autocrítica y reírse de si mismas. ¿Quién no ha tenido un ataque de histeria y le ha gritado a su hijo hasta quedar afónica? ¿Quién no ha revoleado un par de platos en el medio de la peor crisis de síndrome premenstrual de su historia? ¿Quién no se ha peleado con un inepto manejando en la ruta? Todas tenemos un poco de eso. Y eso es normal, aunque a ellos les cueste entenderlo. El tema es cuando la cosa te desborda y ya le has perdido el rastro a la cordura (que quedó ahí, en segundo grado de la primaria, cuando todavía te enternecía tu mascotita y pintabas corazoncitos color rosado en la tapa del cuaderno de clase).

Las locas frikki-border que hoy nos ocupan (o preocupan) andan sueltas por la vida porque no son lo suficientemente peligrosas como para estar confinadas en cuartos acolchonados de un neuropsiquiátrico; pero su capacidad de romper los huevos ajenos (y del partenaire que las soporta, si es que todavía las soporta) es directamente proporcional al grado de insania e insatisfacción que las corroe (como el salitre marino a los barrotes de hierro de una casa frente al mar). La procesión va por dentro y eso es lo más desconcertante que le puede ocurrir a quien se tope con uno de estos ejemplares de ojos desorbitados y pelos erizados. Porque si uno pudiera ver el interior de sus cerebros, o la pantalla mental que ellas ven en pleno arranque de despótica furia, quizás las comprendería un poco (o sabría tomar una distancia sanitariamente aconsejable).

El modelito que nos convoca hoy es el estereotipo de la que está convencida de que nació sabiendo y que ya conoce todo lo que había por conocer. Su derrotero es un viaje de vuelta, no espera sorpresas, no necesita consejos, no pide ayuda y se le puede pudrir la lengua antes de reconocer que está equivocada (mucho menos pedir disculpas aunque se haya llevado puesto un cartel de contramano, discutiendo dos días y tres noches con un policía porque ha decidido cambiarle la mano a la calle que hace cuarenta y tres años lleva el mismo sentido…contrario al suyo, obviamente). Estas delirantes suelen autoconvencerse de que el mundo ha complotado en su contra y se pelearán sistemáticamente con el carnicero, el electricista, la maestra de los hijos, el oculista, la manicura, el mecánico del auto y por supuesto el marido. El marido merece un capítulo aparte. Un pollerudo que teme por su vida (muy probablemente sea el auténtico “hombre golpeado”) que no se anima a discutirle en público porque sabe positivamente que lo harán quedar como un pelotudo. Mejor callarse y que ella se devore cruda a la empleada que tiene enfrente. Es por eso que suelen mirar para abajo, un tanto avergonzados, cuando la experta en automóviles (léase esposa megalomaniática) discute a los gritos con quien le está entregando el OKM porque le es imposible ver la ubicación del botón disparador de los “airbags manuales”; encuentra antiestéticos a esos renglones dibujados en la luneta trasera; y se ofende porque se entera que el auto de motor diesel solamente admite gas oil “y no todos los combustibles disponibles como cualquier auto moderno”. Ella se habla, ella se contesta, ella goza de la incapacidad total para escuchar a nadie más que a su enfermizo “Super Yo” que le habla desde el fondo del occipital y le susurra cosas hermosas al oído convenciéndola de que se ha realizado como persona y ha logrado convertirse en el ideal de mujer con el que siempre soñó.

Así es que van por la vida peleando contra los molinos de viento, como Don Quijote, arrastrando a sus pobres familias cual Sancho a la batalla. Viven de juicio en juicio, de abogado en abogado, y de colegio en colegio ya que nada es suficientemente bueno ni está a la altura de sus expectativas. Tendrán problemas con sus vecinos porque aseguraran que fulano está colgado del cable, el perro de enfrente se masticó sus felpudos (aunque el can propio venga eructando, incriminatoriamente, restos de paja y crin) y le harán un sumario al Director del Colegio de sus hijos por incautarles el celular en clase (eso si antes no les dejaron un ojo negro porque no pudieron esperar la intervención de la justicia escolar).
Arremeterán contra la cajera del supermercado porque puso demasiados productos en una misma bolsa, porque la máquina lectora de barras le factura más de lo debido, el shampoo cambió de aroma desde la góndola a la caja y porque no están de acuerdo con pesar las verduras (y pretenderán en forma intransigente que “un supervisor más despiertito que vos, nena” les haga el favorcito de llevar las diecisiete bolsas a la balanza).

Algunas no tienen registro de su locura, las dejan sueltas y circulan dejando los huevos al plato de quienes tengan la desdicha de cruzarse con ellas. Pero otra categoría de estas matronas sabihondas beligerantes y autistas no sólo son mal llevadas, son mala entraña; no tienen ni un gramo de culpa y en el fondo disfrutan con el tsunami que provocan allí por donde pasan. Son las que no se hacen problemas a la hora de apuntar con el dedito acusador a la maestra de sala de tres, que tuvo la amabilidad de cambiarle el calzoncillo cagado al nene y ahora tiene un sumario por acoso sexual agravado por su condición de docente. Son las que incineran a la moza del restaurante porque se demoró más de un minuto en traerles la ensalada, el vinagre estaba demasiado ácido, el vino picado, el pescado lleno de espinas y la soda demasiadas burbujas. No pestañearán cuando pongan en peligro el trabajo de otra persona convirtiéndose en verdugos, bolígrafo en mano, para escribir un manifiesto de tres carillas en el libro de quejas de cuanto lugar visiten. Llevan la ira adentro, rubicunda, combustible; siempre al borde de la explosión que no dejará títere con cabeza ni vidrio sin vibrar (ya que el tenor y volumen de sus gritos es capaz de taladrar paredes macizas…sólo basta preguntarle a los vecinos). Todo, absolutamente todo les jode. Se pelean con los periodistas de los noticieros (aunque ellos jamás se enteren), con el plomero que arreglaría lo que tiene que arreglar si lo dejaran intentarlo en lugar de recibir instrucciones precisas, con el robotito del hijo porque se quedó sin pilas y con el verdulero ya que en un kilo entran cinco manzanas y no cuatro (aunque la balanza y el tamaño de la fruta digan lo contrario).

La pirada es una versión light aunque no por ello menos dañina. Es la que se cree miembro de una elite capaz de “educar” al resto de los mortales sobre la moral y las buenas costumbres. Son las típicas damas apocalípticas que largan frases al viento, con cara de “yo no fui” tales como: “el que mal anda, mal acaba” o la consabida “la ocasión hace la ladrón” (instando a las mujeres de la familia a abandonar todo acto que satisfaga los instintos más básicos; si ellas no follan que nadie folle ¡JO-DER!). La base del problema radica precisamente ahí, les vendría bien acabar de vez en cuando, para deshacerse de la histeria que las marea y las conduce a un rol autoproclamado de “Juezas del comportamiento ajeno”. Sisebutas iracundas, amargadas crónicas; estas mujeres están convencidas de que una entidad superior las ha puesto sobre la tierra para administrar, ordenar y regentear el micro universo que las contiene. Lo que no saben lo completan con el producto de su imaginación y si hay algo de lo que adolecen es de remordimiento a la hora de desparramar información que puede destruir un hogar, un puesto de trabajo o un vínculo sano entre personas que no son como ellas.

¿Cómo defenderse de estos personajes? He aquí un puñado de medidas para sostenerse en pie frente a estas mujeres:

Tomar distancia prudente (si es posible cruzar de vereda, cambiar de caja en el supermercado, cambiar de carril en la autopista, evadirlas en consultorios/colegios/negocios y lugares públicos)
Darles siempre la razón (de nada sirve gastar pólvora en chimangos, la realidad no forma parte de su universo psíquico)
Usar barbijo cuando uno no pudo evitar el enfrentamiento (generalmente escupen cuando gritan, con la gripe porcina no se jode)
Cambiar el tema de conversación cuando uno nota que su loca interlocutora comienza a enrojecerse y la yugular se inflama como una mecha incandescente dejando percibir los latidos del corazón
En caso de combustión inminente, lo más adecuado será tomar carrera y guarecerse en lugar seguro

¿Conoce alguna así?
Yo varias, hoy a la tarde me topé con una que estaba para el Récord Guinness (como será de grave que dio para inspirar esto que estoy escribiendo…)

domingo, 7 de junio de 2009

CAMALEONES HUMANOS




Woody Allen tenía razón

El cine de Woody Allen me parece genial. Hay gente que detesta sus pelis y gente que las ama; pero raramente provoque indiferencia en aquellos que sean expuestos a su obra. El tipo no sólo conoce la mente humana, se vale de los recursos más insólitos para dejar al desnudo las peores miserias propias y ajenas. En sus films es muy difícil no sentirse identificado con algunos rasgos de tal o cual personaje porque el tipo es observador y sabe plasmar perfectamente, a veces en forma caricaturesca, los distintos tipos de personalidad que uno encuentra en la vida cotidiana.

Tal es el caso de “Zelig”, la peli que nos muestra al camaleón humano. Exageradamente, en el film, Leonard Zelig es un tipo que se convierte en la persona que tiene enfrente. Si entabla conversación con un obeso, engorda. Si se topa con un Psiquiatra, inmediatamente comienza a analizar a su interlocutor. Y si habla con un indio, en pocos minutos muta en un indígena piel roja con trenzas y plumas.
En la vida real, sin llegar a ese extremo, existen personas que se transforman ante nuestra incrédula mirada en aquello que los sitúa en un lugar cómodo y seguro. Un lugar donde no resalten las diferencias ni exista espacio para el disenso, ya sea por timidez o falta de huevos para expresarse (porque eso significaría situarse en el lugar de una minoría).
También hay gente, como los políticos (una raza aparte si se me permite la expresión), que abusa de esta cualidad para obtener un rédito; no por exceso de cobardía para apegarse momentáneamente a determinada creencia (como es el caso del verdadero camaleón que tiene terror de sobresalir del montón o ser simplemente diferente).

Cómo reconocer a los camaleones que nos rodean:

Son los que repiten durante décadas “Yo no los voté”.
Son las que enarbolan la bandera del señor que paga el resumen de la tarjeta, si a él le gusta el café ellas son Juan Valdez. Si para él los autos alemanes son lo más, recitarán el manual de instrucciones del Audi en perfecto alemán…y puede que hasta les crezca un frondoso bigote a imagen y semejanza del dueño del auto germano.
Son los que no pueden salir a la calle sin el atuendo de moda. Nada más relajante que disfrazarse con todo lo que se usa…TODO. Si se usa el pantalón chupín, el color rojo, las lentejuelas y la boina ladeada; saldrán a la calle como émulos de Manuel Benítez “El Cordobés”. Si hay que usar jeans de tiro bajo, porque lo dijo Giorgio; legiones enteras de camaleones saldrán a la calle dejando escapar incómodamente, pedazos de rústica anatomía al rayo del sol de mediodía. O bien se reestructurarán adelgazando sus partes para adecuar la masa al molde.
Son los que festejan las bromas del Jefe, adoptan los latiguillos del Jefe, se compran el perfume del Jefe, leen el mismo periódico que el Jefe y se afilian al partido político donde el Jefe milita desde que aspira a concejal (aspiraciones que el camaleón comparte por carácter transitivo).
Son las que sintonizan el funcionamiento de sus vejigas con el de sus congéneres, migrando al baño en compactas hordas ya que levantarse de a una, frente a una multitud en un evento, puede ser más peligroso que cruzar el Puente sobre el Río Kwai.
Son los que hablan media hora con un paraguayo y terminan parafraseando en guaraní; los que ordenan la comida en un restaurante italiano hablando como La Cicciolina; los que toman un trago en el museo Renault y automáticamente se ponen gangosos; los que estuvieron cinco días en Orlando y todo les parece “guanderful”; los que se pierden en un barrio humilde, pidiendo ayuda a los transeúntes nombrándolos “Jefe” o “Papá” y tragándose las eses (como si esto pudiera ocultar la envergadura de la 4X4 que acaban de enterrar en el medio de la Villa 31). Son las personas a las que se les pegan todas las tonadas y cuando viajan a Brasil están convencidas que dominan el portugués porque le agregan “iño/a” a todas las palabriñas.
Son las personas que en el zoológico emiten los ruidos e imitan los gestos de cada bicho que observan (acostumbradas a imitar todo cuanto ven, se les escapa el vicio fuera de contexto exponiéndolos involuntariamente al ridículo en lugares públicos).
Son los que miran las carreras de autos los domingos, y los lunes se estrolan en las autopistas, convencidos de que dominan la máquina como el que descorchó el champagne en el podio el día anterior.
Son las que creen que si tienen el pelo lacio y rubio, hablan con vocecita de maestrita jardinera y usan la camisita blanca abrochadita hasta acá; nadie se va a dar cuenta que les gusta enfiestarse con la barra brava de Atlanta, las dos turistas brasileras que alquilan el 4°”A” y el acaudalado suegro de su mejor amiga.
Son los que se rascan la cabeza cuando entran en contacto con un chico con piojos; estornudan cuando comparten el ascensor con un alérgico; se brotan cuando se enteran que el vecino tiene varicela; se congestionan cuando leen los efectos adversos del ibuprofeno en el prospecto; los que escuchan que Menganito tiene un melanoma y entran a buscarse granos y bultos por todos los recovecos del cuerpo; los que miran la propaganda del Sensodyne y automáticamente se pasan la lengua por las encías encontrando la hipersensibilidad sobre el canino superior izquierdo.
Son las personas a las que uno les cuenta que viajó a Viña del Mar y ellas hicieron el mismo viaje un par de semanas atrás; que si uno casi vomita en el micro trepando la cordillera ellas se vomitaron la vida asomando la cabeza por la ventanilla; que si a uno le tocó un chofer panzón que cabeceaba con sueño a ellas les tocó ponerse al mando del volante porque el gordo se les quedó dormido en el regazo.
Son los que en los velatorios se mimetizan con el muerto tomando una coloración grisácea en la cara y un rictus cadavérico que suponen es la mejor y más formal demostración de compungida melancolía.
Son los que a la salida de una película relojean la cara del resto y van formateando su opinión de acuerdo al gusto de la mayoría; en el debate posterior, esperarán hasta dar su veredicto no vaya a ser cosa de que se conviertan en el único boludo al que el drama pastelón le pareció una obra maestra (esto lo harán aspirándose las lágrimas que amenazan con aflorar recordando la última escena donde el perrito estira la patita).
Son los que jamás en su vida se manducaron un reality show o un culebrón venezolano…no lo habrán visto por televisión pero se bajaron las temporadas completas de Internet y se las miran a las tres de la mañana con un cacho de Mantecol en la mano, como único testigo de la infame velada.
Son las que llevan dos o tres temas de cumbia villera en el celular, se olvidan que lo tienen seteado en función random y cuando el vil aparatito reproduce alguno de esos tracks en público son capaces de sentarse encima comiéndoselo con el culo, con tal de ocultar el verdadero objeto de su pasión musical.
Son los que en los ‘80s deambulaban por las playas con el traje de baño fluorescente, la naríz y la boca empastada de blanco filtro solar, el walkman atado a la cintura y la paleta de paddle colgando de la muñeca.
Son los que se vuelven ambientalistas frente a un miembro de Greenpeace, naturistas (choripán en mano) charlando con la prima segunda que es vegetariana desde la Guerra de Vietnam, capitalistas a ultranza presentando la documentación al Gerente del Banco para abrir una cuenta corriente, zurdos cuando una manifestación de quebracho hace un piquete frente al estacionamiento donde tienen el auto y anarquistas cuando en la oficina se produce el descontrol ocasionado por la partida prematura de todos los directivos de la empresa.
Son esos políticos que se suben a un colectivo por primera vez en plena campaña, besan las cabecitas de los bebés en la puerta de un Hospital Rural, se dejan tomar el pelo en un programa de televisión, se abrazan con aquel al que llamaron delincuente cinco años atrás y derraman un par de lágrimas mentirosas mirando con fingido interés al padre de ocho pibes que acaba de perder a uno de sus hijos por culpa del dengue…todo por un puñetero centenar más de votos.

¿Adaptación al medio?
¿Cobardía?
¿Timidez?
¿Inteligencia social?
¿Hipocresía?
¿Falta de espontaneidad?
¿Negocio?

No sé. Habría que preguntárselo a Leonard Zelig. A Eudora Fletcher…o a Woody.


lunes, 25 de mayo de 2009

DESPELOTES EN CADENA



Cuando la vida te alcanza, no te queda otra que cagarte de risa (o hacer la gran Celeste Carballo y tomar la ruta 3)


Pareciera ser que los quilombos no vienen solos, se agrupan en cadenas largas como los genes en las de ADN. Vienen así en fila, como tren bala, y antes de que te des cuenta te atropellan. Primero vez la luz de la locomotora y te quedás encandilado como perro en la ruta. Cuando estás por decidir para cual de los dos costados vas a pegar el saltito, te congelás como una merluza en la góndola de los pescados. Entonces arremete la locomotora sin piedad. Levantás la cabeza, pero detrás viene el primer vagón y TUC (onomatopeya de golpe seco en la frente) otra vez aplastado como una estampilla…y así hasta que termine de desfilar el resto de la formación (unos veinte vagones promedio, según una estadística arbitraria y propia que no pienso explicar).
¿Qué hay de positivo en todo esto? Pues uno mismo, y la manera en que uno se para frente a la locomotora. Bueno, la locomotora a veces te agarra desprevenido y mal parado; pero para el resto de los vagones no hay mejor cosa que pelar el dedo medio para arriba enroscando el resto en forma de puño, enfrentando la cosa con el pecho henchido, la frente alta y una buena carcajada (onda el genial Guasón de Heath Ledger).
Si, no hay nada que le de más miedo al miedo que unos cojones de titanio y la virtud de verle la gracia hasta la desgracia más grande. Obvio que me refiero a una escala de desgracias tolerables, no me vengan ahora a aleccionar sobre desapariciones físicas de seres queridos (aunque debo reconocer que hasta en esos percances afloran, en algunos, esos gloriosos momentos en los que se recuerda al que se fue con una risotada…que no tiene nada de malo aunque el fiambre esté aún caliente).
Reírse hasta llorar o llorar hasta terminar riendo es más terapéutico que dos tiras de antidepresivos, una semana en un spa brasilero o ganarse el loto (bueno ahí me fui un poco de mambo).

La cosa se sucede de la siguiente manera. Un día de cadena de despelotes común y corriente:
Te quedaste dormido porque no escuchaste el despertador o programaste mal el celular o simplemente tu mente eligió, subliminalmente, incluir la cancioncita tierna que has elegido como alarma para musicalizar el sueño en el que estas por subirte a la Harley Davidson de George Clooney.
Obviamente, tu puta conciencia del deber y el hemisferio cerebral que comanda la responsabilidad te bajan de un hondazo de la nube onírica, justo antes de poner la manito en el hombro de George y la pata en el estribo.
Te vas a bañar con una sensación de injusticia que va a sentar jurisprudencia porque es muy probable que intentes la comisión de un homicidio antes de las once de la mañana (sin armas *ver punto 10).
Abrís la canilla y suspirás aliviado porque hay agua. Vas debajo del chorro con confianza porque el agua está. Está helada. Tenés fé, ya va a calentar. Te enjabonás el pelambre para descubrir que el enjuague va a ser doloroso. Guai? Simple, se apagó el termotanque.
Ponés la pava para tomar algo que te devuelva del más allá arrancándote de la hipotermia y devolverle un cacho de color a tu cara de cadáver moradito. Mientras el agua hierve te untás la tostadita. Te das vuelta para sacar la pava del fuego y ves con furia que tu felino se ha engullido tu desayuno (la última rebanada de pan de una heladera tan vacía que tu voz hace eco cuando hurgas puteando buscando un suplemento para un estómago vacío). Recordás que es día de compras (día largo, si los hay, salir del trabajo para esquivar pendejos sin desnucarlos, en un hipermercado).
La camisita del trabajo no está planchadita. La otra está para lavar. Hay una que zafa pero huele a perro revolcado en zanja putrefacta (ah, si, fue el abrazo que me dio la perra ayer). Puteando al can pelás la tabla y enchufás la plancha. La plancha no plancha. Junta agua y escupe sarro. Sobre la camisa que estaba limpia. Ahora tiene lunares grises. Y el clonazepam todavía no llegó al torrente sanguíneo.
Te vestís como podés bajando las escaleras con taco aguja haciendo equilibrio para no terminar de culo en el último escalón. Prueba superada. Seguro y alegre te encaminás al auto (es un decir porque pisás un pequeño desnivel de la vereda y desaparecés del horizonte). Con las rodillas en el barro, porque llovió toda la noche, te colgás del baúl del auto para levantar tus kilos del piso sin ayuda de una grúa.
Ya dentro de la nave, te percatás de que hay barro hasta en tus pestañas. Ya fue, no hay tiempo para cosmética ni cambio de ropa. Decidido le das arranque al auto. El auto está mimoso, pide cebador (y nafta y aceite y un mecánico, y un urgente pase a retiro). Luego de insultarlo le suplicás que te de un respiro y señales de vida. Las da, hace un rugido exagerado y se para otra vez. No hay una sola lucecita del panel que no se prenda augurando inminentes problemas. ¿Lo ahogaste? Paciencia, repiqueteando el taquito con los brazos cruzados mirando el motor con cara de pocos amigos esperás el tiempo prudencial para reiniciar la batalla. Termina por arrancar pero escupe un par de carbones como para que no te entre un alfiler en el culo todo el maldito camino al laburo. El tablero sigue encendido como un arbolito de Navidad (en julio).
Tomás la curvita cerrada para darte cuenta que el freno está laaaaaargo. Tan largo que podemos decir, básicamente, que no frena. Bombeás con desesperación y a dos centímetros de un camión con acoplado la máquina se planta. Lindo, sobretodo porque el chofer brasilero te está haciendo toda clase de gestos obscenos usando su espejo retrovisor (que tiene el tamaño del televisor de mi casa). Le devolvés la cortesía porque tenés ganas de jugar y el tipo saca medio cuerpo por la ventanilla para mostrarte algo que solo le mirarías al dueño de tu sueñus interruptus de la matina.
En el trabajo, el teléfono no para de sonar. Todos piden algo que uno podría hacer si la maldita maquinita dejara de repicar en tu tímpano izquierdo. La frasecita “¿lo pudiste hacer?” (con carita de decepción ante tu negativa) te empuja a la comisión del delito aberrante descripto anteriormente. Matando dos pájaros de un tiro, arrancás el cable del demoníaco aparatito que no paraba de sonar y le das tres vueltas al cuello del infeliz que tuvo la mala leche de hacer la pregunta incorrecta en el momento incorrecto. Alguien te mete un destornillador entre el cable y los dedos para hacer palanca y salvar la vida del cristiano que jadea buscando oxígeno.
La tarde transcurre en forma vertiginosa. Veinte monos agolpados contra un vidrio que te separa de una multitud ansiosa, siguen tus movimientos con los ojos fijos en tu persona señalándote con el dedo porque sos quien debería estar ocupándose de sus problemas. Como si el problema del que tenés sentado frente al escritorio fuera un entretenimiento pago, regalo de la empresa que te paga el sueldo. Tu nombre se escucha por todos los rincones, TODOS absolutamente TODOS, te esperan a vos…como era de esperarse en un día como este. Ahora sabés lo que siente el hipopótamo de Temaiken cuando los chicos lo señalan y le exigen que se pare en dos patas, aplauda, abra la boca, se coma la sandía que le acaban de arrojar, nade estilo rana y pronuncie un par de palabras.
Cuando te subís al auto recordás que tenés terapia en quince minutos a 20 Km. del lugar, llegarás solamente con la ayuda de un helicóptero y/o el batimóvil. La cafetera te la complica y caprichosea un par de veces hasta que arranca. Salís arando, pero en la primera derrapada te das cuenta que el freno funciona a zapatazo limpio. Lo mejor será llegar tarde, pero llegar. Mejor avisar, para que no se mosquee la terapeuta (y espere porque hoy más que nunca necesitás que te acomoden los caramelos en el frasco). Mensaje de texto mientras manejás sin frenos, “Rápido y Furioso VI” versión sudaca. Con mucho esfuerzo, sin lentes, redactás un “llego más tarde” esquivando motoqueros y lomos de burro. Presionás la tecla “send”, el mensajito queda guardadito (en la carpeta de “a enviar”) por horas. Claro, no tenés crédito, lo cual te arranca la doceava carcajada de la jornada.
Llegás y le vomitás el contenido de tu cerebro a una señora que se va corriendo para atrás con el celular en la mano. El miedo no es zonzo, pero el cansancio te gana, sos inofensivo como un gorrión recién salido del cascarón.
Salís reconfortado. Dura exactamente dos minutos, los dos minutos que tardás en recordar que tenés la heladera vacía y necesitás dinero en efectivo. ¿Qué puede pasar? El cajero está fuera de servicio. Ese y todos los de tu maldito banco, que debe estar haciendo mantenimiento en el horario que uno más lo necesita.
Te internás en el hipermercado llenando el chango con lo mínimo indispensable para sobrevivir tres días (que es lo que va a durar el resto de tu sueldo). El chango es ingobernable, los pendejos pegan alaridos en una frecuencia insalubre para el oído humano, las luces de las góndolas te dejan ciego y tu marca favorita de café brilla por su ausencia. Cartón lleno.
La caja no lee la tarjeta. El puto banco sigue sin sistema. Dejás únicamente lo que podrás pagar con los tres últimos billetes y todas las monedas que tu prole necesita para viajar.
Cargás la compra en el auto escuchando a una mujer que te insulta incomprensiblemente. ¿Qué te pasa pelotuda? ¿No te das cuenta que te enfrentás a una asesina serial en potencia? La imbécil, que creó con su autito una fila de quince autos que no paran de tocar bocina, intenta darte una lección de civismo porque el chango (que estaba al ladito tuyo hasta hace segundos) decidió tomarse el palo sin avisar. “¡NO LO VI, MALDITA PERRA FRIGIDA, ANDA A HACERTE ATENDER Y BAJA EL DEDITO ACUSADOR PORQUE SOY CAPAZ DE MORDERTELO HASTA ARRANCARTELO Y ESCUPIRSELO A MI PERRA COMO CENA!” Enésima carcajada del día, más diabólica que la del Guasón, merezco un cacho de su Oscar o una mención en los premios ACE.
Menú del día: Milanesas con puré. Ideal. Tengo huevo, tengo perejil, tengo papas, tengo sal, tengo todo, TODO menos pan rallado. A estas alturas el alcohol se impone. Botellita de blanco helado, le incrustás el sacacorchos y le das con alma y vida partiendo el cuello de la fucking botella. Risas y más risas, ¿lo colás o te arriesgás a hacerte buches de vidrio molido? La respuesta depende de tu instinto de autoconservación.
Con el octanaje adecuado en tus venas, las milanesas se convierten en escalopes; aunque no recordás qué va primero…si la harina o el huevo. Seguramente lo hiciste al revés. Pero ya te chupa un huevo y la mitad del otro.
Llamado de mamá. Los gritos se escuchan en dos cuadras a la redonda. Molesta porque no estás para escuchar el decálogo de problemas que la aquejaron en su fatídico día, te dice que te nota “un tanto nerviosa”. Y sí, será porque se quemaron las tres últimas papas que había en el canasto mientras hablabas con ella. Le sacás la cascarita negra con martillo y destornillador y las pisás con el mismo martillo para hacer puré. Te hacés puré un dedo que te queda del tamaño de una ciruela (y del mismo color púrpura). Servís la cena cabeceando sobre la montañita de puré a la que moldeaste con el tenedor dándole la misma formita que la de Dreyfus en “Encuentros Cercanos”. Cantando los acordes de la peli te da otro ataque de risa. Es que te vino a la cabeza la imagen de una gigantesca nave espacial que te succiona con un haz de luz llevándote de paseo a Saturno.
Llegar a la cama es una tarea simple, te dejás caer durmiéndote con la esperanza de retomar el sueño de la mañana, como si fuera una peli que uno dejó en pausa hasta nuevo aviso. Pero el sueño será monotemático, un “Guernica” de Picasso con todos los pedazos de esos maravillosos momentos del día: un pedazo de barro, una luz de batería baja encendida, un teléfono descolgado, un señor que repite tu nombre como un loro, una botella partida, una papa quemada, una mujer enojada, un cajero tildado…y una carcajada de fondo. Ah, en el sueño, el Guasón tiene tu cara. Maquillaje corrido, pelos parados, la máscara de pestañas a nivel de los orificios nasales y el mismo pérfido sentido del humor.

El día siguiente te sentarás frente a la PC a recordar el día anterior, secándote las lágrimas de risa; para escribir esto que vos estás leyendo.

domingo, 17 de mayo de 2009

AUTOGESTION



Sobredosis de “AUTOASSHHUDA”

La génesis de este palo enjabonado que nos lleva irremediablemente al piso (más precisamente al desembolso de un puñado de billetes a cambio de un libro con recetas mágicas para la plenitud espiritual y el engrosamiento de la cuenta bancaria), tiene una fórmula matemática perfectamente comprensible:

EQUIS (libro escrito por gurú ladri) = alma en pena – fé en Entidad Superior + problemas económicos x pérdida de control de malos hábitos al cuadrado – autoestima x (frustración + impotencia) + abstinencia de psicofármacos al cubo – psicoterapeuta idóneo

Despejaremos equis al final, concentrándonos primero en los factores que potencian la súbita caída en esta exposición a literatura S.O.S. “fatto in casa”.

Alma en pena
Toda crisis sacude la estantería de una cabeza bien acomodada. No hay que desestimar ningún problema, por más banal que sea. A cada cual le jode lo que le jode. Para un pendejo de quince puede ser fatal perder la bolita jamaiquina del piercing, del mismo modo que para una mujer de treinta descubrir que su marido se curte a su Contador. No se puede minimizar la tragedia propia, cada cual se deja sacudir por lo que puede o le ha tocado en suerte. Para algunos chocar el auto los deja al borde del suicidio y a otros los mata enterarse de que van a ser madre/padre cuando les salió la beca que hace seis años esperaban. Minas que armarán un escándalo porque no consiguen turno para el service de las uñas esculpidas se sumirán en la más profunda depre mientras que para otras la mancha de humedad en la pared del baño las arrastra a la crisis de fé más grande de sus católicas vidas. La escasa o nula tolerancia al conflicto es lo que convierte a un ser humano en un alma en pena, carne de diván (si se lo cubre la prepaga) o de librito escrito por pastor evangelista si el bolsillo se lo permite. Las crisis son la mecha que enciende este mecanismo mezcla de desesperación y apuro por sacar la cabeza del agua abrazados a una tabla de surf en forma de libro con nubecitas y promesas en la tapa. Libro plagado de optimismo que proviene de un autor cerebrito de corcho, que hace honor al nombre de la góndola donde reposa su producción (con lo que factura queda claro que se súper ayuda a sí mismo).

Fé en Entidad Superior
En algún momento de nuestras vidas dejamos de creer en algo. En el Intendente de nuestro Municipio, en la bondad de nuestro ángel de la guarda, en los poderes del Gauchito Gil, en la generosidad de la palomita blanca que ha elegido este año para cagarse sobre nuestras cabezas o en la moratoria de ARBA. Nuestro sistema de creencias se derrumba, y con él se va a la mierda todo aquello a lo que le asignábamos un determinado valor. Entonces saltamos al vacío buscando una mancuerna de la cual aferrarnos; nada mejor que la colección completa de libritos de bolsillo de un médico hindú o un hawaiano adinerado, para darnos la manito que estamos buscando. Porque estamos buscando respuestas, y esas páginas están repletas de frases lacrimógenas, estrategias difícilmente ejecutables en la vida real, consejos ridículos, filosofía de supermercado y una gruesa batería de testimonios marketineros que auguren un resultado positivo (sobretodo en las ventas del libro en cuestión).

Problemas económicos
Si pusiéramos cada centavo que gastamos en esta bibliografía tarada, no tendríamos problemas económicos. No se sabe qué vino primero, si el libro es el huevo o la gallina. Pero vino el resumen de la tarjeta y tenemos un pago mínimo equivalente al 80% del sueldo; que prolijamente invertimos en lectura que nos iba a convertir en “mishonarios” para poder pagar, con toda comodidad, el resumen de dicha tarjeta. El libro contiene la receta para el atajo, para llegar a la cima sin levantarnos del sillón donde, despatarrados, leemos con fascinación repitiendo como loros “sho me amo, sho me aprecio, sho me estimo, sho me mimo”.

Pérdida de control de malos hábitos
¿Quién no ha comprado el librito con los veinte consejos para dejar de fumar, la dieta de la rodaja de melón, la medicina ayurvédica para bajar el consumo de antidepresivos o el de los doce pasos para dejar de ser un dependiente emocional con una ligera tendencia a la psicopatía? ¿Ud. no? Le aviso que miente, y lo sabe. Lo que ocurre es que miente bien porque se agenció la primera edición de “Yo estoy bien, el mundo está equivocado”; ahora ni siquiera se da cuenta de que tiene un problema, con lo cual está básicamente sanado, anuló el síntoma y se dedica a joderle la vida la prójimo sin tener el más mínimo registro de ello ni un ápice de culpa.

Autoestima
La autoestima de los compradores compulsivos de autoasshuda, es una montaña de arena que hay que levantar del piso con una cucharita de café. Eso, si todavía existe rastro de ella. Para caer en la trampa de estos libros hay que tenerse escaso aprecio, o vivir convencido de que uno se quiere tanto que se autoregala un libro para aprender a quererse. Que conste que se lo autoregala porque no tiene a nadie que se lo regale, y no sigo escribiendo porque me da penita.

Frustración e impotencia
Este matrimonio hecho en el infierno, fue creado por la Entidad del Mal para hacernos caer en la tentación. El que se frustra porque no puede manosear a su estrella de cine favorita, vacacionar en Mykonos u obtener un sustancioso aumento de sueldo; caerá rendido a los pies de un ejemplar de esos que te enseñan a meditar y visualizar aquello que sólo obtendrás soñando despierto (porque seamos honestos, ni meditando diez horas seguidas podrás zamparle un pico en la boca a Humphrey Bogart…que lleva muerto más de un cuarto de siglo, por más visualizaciones que hagas). Lo cual te genera la impotencia suficiente como para comprarte el próximo ejemplar del Cosho ese que compiló y publicó todas las frases que escuchó en la serie Kung-Fú, ¡pequeño ladri saltamontes!

Abstinencia de psicofármacos
Acá tenemos un problema de logística que gira en torno al farmacéutico turro que se asustó con tanto narco suelto y ahora no te vende ni una tira de aspirinetas sin receta. El proveedor de tu ansiolítico favorito ha decidido unilateralmente que de ahora en más te pegues un voltio por el Psiquiatra para clavarte el mismo clonazepam que hace veinte años consumís porque él te lo vende a dos mangos la docena de 2 miligramos.. Con los ojos dados vuelta y un cable a 220 en el culo, saldrás despedido como el transbordador espacial a comprar un libro que te diga como lidiar con todos esos gusanitos de colores que se pasean delante de tus globos oculares. Cuando te dejen de temblar las manos, podrás leer el prólogo llegando a la conclusión de que el libro sólo te assshhuda a alimentar tus ganas de poner un laboratorio clandestino (lo cual es un buen negocio, definitivamente llegarás a mishonario, pero no gracias al libro).

Psicoterapeuta idóneo
Existen, pero cobran un huevo. El libro te cuesta un cuarto de sesión y te dura un mes (considerando que lo leas exclusivamente cuando vas a defecar, que es lo que hace la mayoría). Muchos terapeutas escriben autoasshuda para autoasshudarse, escriben sobre manipuladores y de cómo evitar a la gente tóxica (sentado en el inodoro, es muy fácil pensar que con un puff de “Glade Brisas de los Bosque de Salzburgo” repeles indeseables…aromas y personas por igual).

Equis=bibliografía para problemas existenciales, filosóficos, religiosos, dérmicos, culinarios, sexuales, parentales, legales, pediátricos, psicológicos, mecánicos, intestinales, metafísicos, cosméticos…algunos ejemplos…

“Cómo sanar tu alma en cinco días”
“La dieta del té”
“Sé millonario”
“Sé feliz”
“Atrae todo a tu vida” (tipo imán, hasta se te pegan los clips en la oficina)
“Resultados maravillosos sin mover un dedo”
“Cómo mantenerse casado sin morir en el intento”
“Lifting espiritual”

Pequeño test para saber si eres adicto a la bibliografía de autoasshhuda (3 es más que suficiente)

Te lees todas las notas de yoga, de medicina alternativa, de Reiki, del horóscopo Maya, sobre biografía de Dalai Lama, y reportajes a Donald Trump/Bill Gates/De Narváez; que salen en los suplementos de los periódicos dominicales.
Kitaro es el único músico que ha echado raíces en tu mp3.
Tenés una wish list en la mesa de luz (larga como el Antiguo Testamento).
Tenés una piedra favorita que frotás todas las mañanas mientras le reiterás tu agradecimiento por los dones recibidos y a la que le renovás el pedido del día (con dos ítems nuevos).
A sorbitos de té verde ponés tu mente en alfa pegándote un viaje extra-corpóreo de tal magnitud que contestás el teléfono cual autómata: -La señora está descansando, llame después-
Se te dio por consumir porotos, semillas y cereales. También suplantaste el tabaco por lo que plantaste en la maceta. Pero eso se llama bio-asshhuda.
No das un paso sin consultar tu libro asshhudador de cabecera, tenés estrategias hasta para comprar chicles y rituales para enjabonarte el tujes con jabón de coco (todo sea por conseguir un racimo de good vibes).
Sacaste el crucifijo de la cabecera de la cama. Ahora hay un bisshhete con cinco ceros agregados a mano con marcador indeleble. Y una foto de Bill Gates con la leyenda “tú puedes”.

JA!

viernes, 8 de mayo de 2009

EMPRESAS FAMILIARES



Circos de pueblo
En un pueblito magro (no pretendo ser despectiva, me refiero a la oferta de entretenimiento no al tamaño ni a la calidad de la población), donde el radio promedio del centro comercial es de aproximadamente cuatro cuadras; suelen aparecer de cuando en cuando estos circos ambulantes tan típicos del interior de la Argentina.
El primer indicio del desembarco de estos espectáculos suele ser un Ford Falcon modelo 73 destartalado y agujereado por los embates del óxido, en cuyo techo descansa un gigante altoparlante, que va peinando las calles del inhóspito poblado importunando la siesta de sus habitantes con un estruendoso mensaje publicitario. El piloto del auto, devenido en locutor aficionado, va pregonando las bondades del Circo con una voz impostada y pastosa pronunciando palabras que a duras penas se entienden gracias a la apoyatura del maxilar superior sobre el micrófono bañado en una gruesa capa de saliva. Igual todo el mundo entiende de qué se trata, sobretodo los que no pasan la barrera de los diez años. Además, el Falcon suele tener pegado un gigantesco sticker o en su defecto un trapo atado a las ventanas, con el logo del espectáculo en cuestión. “Gran Circo Tebas”, “El Circo de los Hermanos Mussopapa”, “Splendid Circus” o “Colozal Sirco Varcelona” son moneda corriente en la lista de los nombres elegidos por este grupo de artistas nómades que se ganan la vida de pueblo en pueblo.

Una vez publicitado el evento, el Circo fondea en el potrero estratégico de la zona; un lugar donde generalmente pastan los caballos, la gente estaciona chatarras fuera de uso y donde descansan un par de volquetes abandonados que hace siglos vomitan madejas de hierros retorcidos y restos de mampostería.
La acción se desarrolla vertiginosamente. A la mañana, cuatro rollos de lona apilados en el piso y dos vagones de hojalata despintados de colores que alguna vez fueron brillantes, no llaman demasiado la atención de los paseantes. A la tarde, las cuatro lonas se alzan en forma de catedral imponente por la altura y cantidad de parches y remiendos. Los vagones ya son cinco y a esos cinco se les suman los cuatro vagones jaula donde descansa un león esquelético y sin dientes que relojea con desconfianza al más malevo de los perros de la jauría callejera autóctona (quien no duda en mostrar su dentadura completa mientras ruge como un verdadero felino). En otra de las jaulas, tres monos tristes se aferran a los barrotes fascinados con los primeros chicos que se amontonan a investigar la oferta de este nuevo entretenimiento. En el tercer vagón jaula, un elefante deprimido le da la espalda a la concurrencia mientras se hamaca de lado a lado, hasta que es convocado por su entrenador a arrastrar piezas del decorado con una soga atada a su obeso cuerpo. En la cuarta jaula, un conventillo de once perros histéricos hacen las veces de Prima Donna demandando atenciones a puro aullido. Como por arte de magia, aparece la primera soga de donde prolijamente penden, recién lavados, trapos trapitos y calzones de todos los colores. Para cuando cae la noche, el predio se ha convertido en una pequeña ciudad luminosa donde todos sus integrantes están avocados a una actividad específica que hará posible la primera función del día siguiente. Mientras el auto sigue circulando, la boletería se habilita para que los pueblerinos se amuchen a reservar su entrada. La fila nunca sobrepasa los dos o tres integrantes, gente que se lleva feliz, dos entradas al precio de una (impresas en un papel áspero y barato color verde jabón con la cara de un feroz tigre al lado del signo pesos). El valor de la butaca (si se le puede decir butaca a una desvencijada silla de chapa helada o a una ajada sillita de plástico gris que pellizca el tujes), es siempre un anticipo de la calidad del espectáculo que uno va a tener el disgusto de tolerar (porque uno lo hace por los chicos, seamos francos).

Cinco pesos es el precio estipulado para cagarse de frío durante dos horas con el culo achatado por la incomodidad y los tímpanos heridos gracias a la reverberación de dos parlantes desconados que saturan los sonidos graves y emiten los chillidos de un micrófono que siempre está acoplando. Cinco pesos duele deleitarse la vista mirando como una equilibrista entrada en carnes se deja colgar del rodete mientras el marido se cobra las facturas de toda una vida haciéndola girar locamente para depositarla bruscamente en el piso. La misma señora con idéntico rodete ocultará sus medias de red agujereadas y su leotardo turquesa que se incrusta en los tres rollos abdominales, debajo de una túnica amarilla saliendo a vender pochocho frío y gomoso al mismo precio de la entrada (lo cual le otorga una explicación más que razonable a la ganga, que no resultó ser, el valor de la entrada). Mientras la esposa hace su negocio, el amo y señor del Circo se deshará de su overol amarillo dejando al descubierto su generosa anatomía embutida en una calza blanca y una chaqueta roja con solapas negras. Galera de por medio y un látigo raído, el domador hará su fastuosa aparición acompañado de un desganado león que se niega rotundamente a saltar de un minúsculo banquito a otro. Ni el agudo chasquido del látigo, que levanta una nube de polvo toda vez que toca el piso, logrará hacer cambiar de opinión al felino que se acuesta sobre su vientre lamiéndose una pata en franca señal de descontento gremial. Ni siquiera un gruñido podrá arrancarle el domador, atinando solamente a especular con la inquietud de este auditorio de cincuenta y dos personas, mostrando los dientes del temible animal. Mientras el león cabecea al borde del sueño, el opulento dueño del Circo pelará sus mejores aspavientos para terminar abriendo las fauces del animal con la punta del látigo, para asombro de la concurrencia.
Tras vender la última entrada de la noche, el señor de la boletería se calzará su traje multicolor, su peluca de lana amarilla y se encajará la bocha roja en la nariz luego de haber pintado su cara en apenas doce segundos. Ayudando a arrastrar a Michi (el león) de la arena a su jaula, escucha su nombre “Poroto” y la banda sonora de “El chavo” que anunciará el comienzo de su número de humor. El payaso (y cuñado del domador) se trenzará en una frenética pelea con idéntico espécimen (el hijo de catorce) que no deja de propinarle patadas de zapato rojo número 58 en el culo, ante las carcajadas de una parva de mocosos sin dientes que disfrutan como locos con la desgracia ajena. Se correrán de una punta a la otra y saltarán hacia los palcos amenazando con tirarse baldes supuestamente llenos de agua, que resultará ser papel picado que obviamente aterrizará sobre la pelada de algún padre desprevenido.
Luego llegará el turno de Sharon, la contorsionista y madre del payaso menor. Enfundada en un minúsculo traje de baño de lycra negro, se las ingeniará para demostrar que puede auto empacarse en una maleta (y que la depilación no siempre llega al último rincón de algunas partes). Removida del escenario, dentro de la valija, por ambos payasos; la señora dará paso al mago (que no es otro que el domador con la misma chaqueta roja, ahora negra ya que la misma es reversible). Hará un par de trucos con cartas para los cuales convocará a dos miembros de la audiencia, hará desaparecer trapitos de colores en las mangas (esos que a la mañana colgaban de la soga) y hará aparecer una paloma en una cacerola (nunca sabremos si la paloma termina guisada en esa misma cacerola dos horas después). En el entreacto, la contorsionista se pasea vestida con un kimono agujereado por veinte quemaduras de cigarrillo, ofreciendo linternitas de colores al compás del payaso que saca instantáneas con una polaroid del año 1978 (que luego venderá por la módica suma de diez pesos a la salida del espectáculo). La otrora pochoclera equilibrista, ahora vende conitos de papas fritas cuyo aroma mitiga agradablemente el olor a bosta y pileta Pelopincho, del lugar.

Se bajan las luces, de un saque, provocando el pánico de los pendejos que se vuelcan la Coca encima del susto llorando como marranos; comienza la segunda parte del “Chow” (como anuncia el locutor, que es el payaso y el boletero y el fotógrafo y el gerente de marketing y el malabarista…como estamos a punto de comprobar). Largando el micrófono como empanada hirviendo, correrá los veinte pasos que lo separan de la arena para instalarse al lado de una mesita que contiene cinco aros pintados con brillantina, cuatro pelotas naranjas semi-desinfladas, seis platos de plástico y media docena de bastones despintados. Lanzará estos objetos al aire, perdiendo el control de los mismos en la mayoría de los casos, pero logrará arrancar algunas risas cuando la media docena de platos aterriza sobre su cabeza.
Con la musiquita de “The final countdown”; la señora entrada en carnes, su hija y la contorsionista se acercarán a la pista en puntas de pie vestidas con idénticos bodys de lycra dorados bordados con lentejuelas y canutillos. Haciendo ademanes, posando para la concurrencia y dejando ver las hilachas de sus trajes y el rojo carmín desbordado de sus labios; las mujeres se colgarán de tres trapecios cuya altura será calibrada mediante sogas por el resto de la familia circense (incluida la elefanta). Las mujeres se hamacarán lo que dura la canción de Europa, para deleite de la audiencia masculina que no le quita los ojos de encima al culo de la quinceañera que se menea sobre sus cabezas.
El final de la canción deja paso a un bache musical que será subsanado por el payaso multifunción, quien secretamente sueña con dejar caer la soga que sostiene a su mujer para poder llegar de una vez por todas a enganchar el tema de “Carrozas de fuego” a tiempo. El tema da paso a Yessica, la elefanta que será compulsada por el payaso a sentarse en dos patas recibiendo una ovación del público; y a una jauría de perros con polleras de tul rosa que correrán en círculos con una sincronización maravillosa hasta que uno de ellos olfatea a una perra pueblerina en celo abandonando las filas por una noche de pasión campestre. Lamentablemente, Chicho no será el único perro acalorado por los favores de la prostituta canina, el resto de la troupe lo seguirá al galope dando por terminado el numerito de los perritos. El mago hará su última aparición de la noche, y al son de un redoble de tambores, hará equilibrio sobre un grueso cable suspendido a un metro del piso (el mismo cable del que a la mañana colgaban sus trapitos de colores recién lavados y los calzoncillos de su cuñado). Descalzo y habiéndose quitado camisa y chaqueta, el hombre camina en musculosa blanca transpirando los pelos del pecho hasta llegar al final del cordón (los chicos, que ya no aguantan más, a estas alturas corretean por toda la carpa sin percatarse de tamaña proeza).

El último número saca de su hastío hasta a la abuela que ronca con el mentón incrustado en la clavícula izquierda. El domador, otra vez con sus calzas blancas, convoca a un chimpancé vestido de marinero cuya única destreza es fumar habanos y dos monos titíes desmadrados que no sólo se niegan a saltar a través del aro en llamas, se ofuscan y se arrancan uno al otro con los dientes, sus vestiditos de satén amarillo. La pelea da por terminada la función, uno de los miembros del staff (el hijo mayor del domador), apaga con un matafuego el incipiente incendio provocado por el aro en llamas que cayó sobre un fardo de heno.
Con la cortina musical “Había una vez un circo” de Gaby, Fofó y Miliki; desfilan todos los artistas del show (cinco, sin contar los animales). Recibiendo una tímida devolución del público, se aprestan a despedirlo en la puerta aprovechando para venderles a los chicos el último pancho, la última gaseosa, la última pulserita fluorescente y la foto para el recuerdo.
El Circo sólo se quedará el fin de semana. Luego retomará las rutas para llevar su esplendorosa decadencia a otro pueblo, a otros chicos; sumando en cada viaje un nuevo agujero en las medias de red, en las calzas de lycra, en la sonrisa del león y en la lona de la carpa.

domingo, 26 de abril de 2009

POLÍTICOS ARGENTOS



Dios nos libre de ellos y los recoja en su santa gloria.

Horas de televisión, noticieros y programas políticos me han impregnado de un fastidio (por no llamarlo repulsión) por esta casta pedorra de sinvergüenzas que insisten en pensar que uno es un boludo manejable que cree ciegamente en las pelotudeces que repiten una y otra vez cual disco rayado.
Cuando uno se sienta a ver los típicos programas que sacan a relucir las peores miserias pelando entrevistas y notas de archivo, la estafa causa estupor y desencanto en quienes hemos sido engañados una vez más por un personaje nuevo que prometía ser diferente al anterior. El tema es que son todos iguales. Llegan al poder y adquieren las mañas, el discurso magnánimo y los gestos robados a algún estadista que supo tener su momento de gloria en las urnas. A preguntas concretas responden con palabras abstractas en un monólogo sin sentido que no resuelve nada pero habla bien de la capacidad del orador para confundir a un ciudadano desprevenido. Se rasgan las vestiduras asegurando que cumplirán con el mandato hasta el último día y claudican dos años antes del final para dedicarse a la persecución de un nuevo cargo.
Sencillamente se cagan en la gente, les importa tres bledos solucionar los problemas del pueblo, el único problema que quieren solucionar es asegurarse un nuevo y mejor puesto con mayor poder y estratégicamente más cerca de la lata donde han de meter la mano para llenarse los bolsillos con los impuestos del pobre boludo que sale todos los días a trabajar y no llega a fin de mes. El fin justifica los medios, entonces se utiliza la buena imagen de una militante en silla de ruedas que proclama a los cuatro vientos su transparencia renunciando para dedicarse de lleno a una nueva campaña y que si gana, ocupará el cargo (no como otros que se presentan sabiendo que si ganan no lo harán). Como si esto estuviera bien, estará mejor en comparación con lo que hacen otros miserables, pero de ético y moral no tiene un ápice. En entrevistas de meses anteriores a la renuncia, con gesto adusto y cara de prócer del virreinato (o debería decir póker de casino clandestino) estos personajes prometen que jamás claudicarán al cargo que ostentan gracias a los incautos votantes que supieron ponerlos donde están. Y uno les cree. Les cree porque creerles es más higiénico que pensar que una señora con cara seria, postrada y que ha pasado las de Caín no es capaz de incurrir en semejante mendacidad. Pero son capaces. Son capaces porque el poder deber ser algo parecido a una droga que te seduce, te pone allá arriba y no te deja escapar. Algo pasa allá arriba, que hasta el más noble se convierte en una rata de albañal capaz de jurar con los dedos cruzados sobre el cadáver de su propia cría.
Mienten, engañan, se asocian con determinada ideología y a los ocho meses están frotándose los genitales con el partido opositor, por una banca, una dieta más consistente, un chalet en Pinamar o un auto importado. Pero se ofenden si un notero los importuna con una pregunta válida, que cualquiera haría para entender cómo un socialista está metido en una lista sábana con un ex represor y veinte exponentes de la derecha más recalcitrante que podemos encontrar. Alianzas que nacen de la nada, partidos políticos creados en media hora con un rejunte de innombrables que uno no puede creer que todavía anden libres por la calle, cadáveres con vida, ex convictos, ladris, procesados…todos tienen cabida en un partido que será elegido por un pueblo sin memoria o con los huevos al plato.
Porque por más que uno se esfuerce es siempre lo mismo. Hay dos bandos, dos soretes con distinta forma pero el mismo olor a mierda; plagados de bacterias que se agarran al montículo esperando nutrirse de esa materia fecal que los impulsará hacia arriba. Y uno, el mismo perejil en el medio. Que se pone el despertador para llegar temprano con el documento debajo del brazo, a recorrer el cuarto oscuro mirando siempre los mismos nombres en las mismas boletas. Aglutinados en forma diferente, quizás, pero desparramados en todas partes cosa que a uno no le quede otra que meter a alguno de ellos en el sobre que los ayudará a ocupar una banca en el Congreso. Después habrá que fumárselos cuatro años, llenándose la boca de palabras grandilocuentes mientras los pobres se mueren como moscas por culpa de un mosquito, las facturas de luz nos llevan el sueldo puesto, las rutas en el interior y las calles de la Capital están plagadas de gente que está hasta las bolas de que le metan la mano en el bolsillo y la seguimos pasando mal por culpa de los mismos cuarenta delincuentes de siempre.
Con el tiempo podrán cambiar las caras, pero la ideología bananera de político barato sigue siendo la misma. La gorda que acusa desde hace veinte años pero nunca hizo nada útil, la justicialista que libra la lucha contra la pobreza con una cartera Hermés colgando del brazo, el potentado que la tiene clarísima pero al menor altercado le echa la culpa al vecino y se encierra en su casa de Barrio Parque, el radical ilustre que está lleno de buenas ideas pero que llega al poder y no lo dejan, los gobernadores que cambian votos por una porción más de la coparticipación, los familiares impresentables de políticos famosos que llegan al poder por portación de apellido, los que truchean los índices y censuran los medios como si la gente fuera estúpida, los sindicalistas que anteponen sus propios intereses a los de los trabajadores, los demócratas que piden la pena de muerte, los marxistas que rompen las vidrieras de los laburantes, los que votan una ley para aumentar un impuesto pero jamás pagan uno y tienen todos sus bienes a nombre de testaferros, los que ostentan una banca y crean una comisión para cambiarle el nombre a una calle y no la vida a un grupo de gente que sufre, los que dedican más tiempo a hacer campaña que a tratar de cumplir lo que prometieron; son todos y cada uno una lacra, un virus, una broma, una vergüenza, un circo. Los odio. Los odio a todos. Por haberme defraudado. Por negarme la oportunidad de tener una vida mejor. Por obligarme a vivir con miedo. Por sufrir pensando en el futuro de mi hijo. Por hacerme creer que con mi voto podía hacer una diferencia.

Sepan que no les creo, no los admiro, no los pienso votar nunca más en mi vida y espero que paguen algún día por todos los pecados que cometieron en nombre del pueblo argentino.

¿Porqué mierrrrda no habré puesto la boleta de Homero Simpson el la última elección?


domingo, 12 de abril de 2009

LA FIACA



La inercia del "do nothing"

Llámese fiaca a ese estado de inacción total donde apretar un botón para cambiar el canal de la tele puede ser el equivalente a talar un álamo con un tramontina de esos para pelar la fruta. La fiaca es la falta grotesca de energía, la ausencia pasmosa de la voluntad, la supresión monumental de todo tipo de deseo con excepción del deseo de estar desparramado y despatarrado en forma horizontal con los párpados levemente entornados y la capacidad de desplazamiento de una babosa.


La fiaca aqueja a hombres, mujeres y niños por igual y no siempre se asocia al cansancio o a la falta de sueño. Es simplemente un estado (estado de bacteria procariota inerte) que pugna por mover un dedo…sin éxito. Es un click del organismo, una pausa del cerebro que nos empuja (para abajo) y nos impulsa a detenernos, a poner freno a las actividades y a dejarnos en estado de abandono acunados por el sube y baja de nuestros propios fuelles (única actividad que no se detiene porque es involuntaria manteniéndonos calentitos y con vida).


La mejor y más conocida manera de hacer fiaca es arrojarse en un sillón, haciendo patito hasta derrapar estratégicamente en frente de la tele.

Generalmente un brazo cae desganado por encima de la cabeza y el otro (una vez elegido el canal que vamos a no mirar) se derramará casi sin pulso como un péndulo detenido, fuera del sillón. Ese brazo, que casi rozará el piso, será lamido sistemáticamente por la mascota de la casa, ya que contiene restos del sándwich o el cacho de fresco y batata que nos acabamos de clavar (no vaya a ser cosa que nos importune el clamor de un estómago vacío). Como la voluntad no dio para enjuagarse las manos, el perro se ocupará de higienizar las mismas a lengüetazos limpios, agregando una caricia extra que nos dejará al borde del orgasmo fiacozo.
Las piernas son otro gran problema a resolver, a la hora de dejarnos llevar por un intenso episodio de fiaca. Una descansará sobre el apoyabrazos del sofá, mientras que la otra se dejará caer sin culpa al piso donde le hará compañía al brazo, que continúa en poder de la mascota. Esa pierna quedará ahí hasta que encontremos la fuerza necesaria para subirla o hasta que los forenses encuentren el cadáver tres días después…todo depende de hasta donde pensemos darle rienda suelta a nuestra crisis de acción.
La cabeza descansará en un almohadón, reclinada levemente hacia el televisor y el control remoto vivirá sobre nuestro ombligo (cosa de estar disponible si la programación elegida es un bodriazo del quince). Nos aseguraremos de no tener nada que interfiera con los rayos emitidos por el control hacia la tele, barriendo de una patada todos los adornos y floreros de la mesa de café. Es indispensable contar también, con una provisión suficiente de bebidas que serán dispuestas a no menos de quince centímetros del alcance de la mano ya que el culo no deberá abandonar bajo ningún concepto el contacto con la base del sillón.


Los sistemas que comandan el organismo serán reducidos a su mínima expresión; rasgo que será evidente a cualquier espectador, por el brillo opaco de unas pupilas que apenas se dejarán ver por la rendija de dos párpados caídos y por la posición del apéndice lingual, que descansará agobiado en la base del maxilar inferior asomando la punta por la comisura de la boca más cercana al piso provocando un sutil hilo de baba que correrá libremente por el cachete del mismo lado, goteando suavemente sobre el vértice del almohadón en donde reposa el cráneo. Los pensamientos se sucederán en forma involuntaria y dependerán en gran medida del estado vegetativo del portador de la fiaca. A mayor profundidad del episodio fiacozo, menor será el contenido racional de los devaneos mentales del portador de la fiaca. La mente vagará de un videoclip inconexo a otro, de un jingle publicitario al himno nacional argentino y de la foto de la promoción estudiantil 1985 a la cara de un perro que se parece mucho al propio (y que probablemente sea el mismo, en carne y hueso, que ha pasado a lamer la cara en un vano intento por despertarnos).


La duración de estos arranques suele ser variable pero oscila normalmente entre las dos horas y los cinco días (aunque en este último caso no contaremos el episodio como uno solo ya que la persona se desplazó al baño por sus propios medios para desocupar la vejiga).


¿Cómo se combate la fiaca?. Lamento decirles que no existe antídoto ni vacuna ni remedio lo suficientemente efectivo. Remite con largos períodos de descanso, horas de sueño, una obligación ineludible, hambre o una taza de café fuerte. ¿Pero quié quiere combatir una patología tan inocua e inofensiva?. ¿Quién en su sano juicio se metería con una persona con fiaca que se regodea en su propia vagancia acunado en un colchón de migas, papeles de caramelos y media docena de controles remotos?. ¿Quién podría acusar de un crímen a alguien que se ha pasado las últimas cinco horas sin la iniciativa suficiente para hacer esos veinte pasos que lo separan de una comodísima cama?. Nadie. Porque quien haya padecido un episodio de fiaca jamás se metería con algo tan sagrado como la fiaca ajena.