domingo, 22 de marzo de 2009

SALUD INFANTIL


Turismo pediátrico

Cuando una pareja se embarca en la fabricación del primogénito, ya sea conscientemente o no, nunca imagina que nueve meses (después de pasarla tan agradablemente bien) se encontrará inmerso en un nuevo y complicado derrotero: la elección del galeno encargado de la supervivencia del neonato.
Mientras los flamantes padres permanecen en el hospital o la clínica las complicaciones son resueltas con el simple toque de un timbre que inmediatamente invoca a un especialista que se hace cargo de esa cosa que no deja de llorar, inexplicablemente.
Pero cuando uno traspasa la frontera del nosocomio y debe llevarse ese bulto que berrea a casa, deberá saber exactamente a quién llamar cuando las papas quemen. Es por esto que en las últimas consultas previas al parto, los obstetras mandan a las parejas a disfrutar del turismo pediátrico.

Cartilla médica en mano, los ignorantes futuros padres marcarán con lápiz los apellidos que, a su humilde entender les generan confianza. Por eso, un Dr. Buenaventura tendrá más posibilidades que un Dr. Malanotte (aunque éste último haya hecho un master de Pediatría en la Clínica Mayo). Pero nunca sabrán si ese médico les genera confianza hasta que lo tengan enfrente, la única manera de separar la paja del trigo es tomando turnos con cuanto médico tengan la chance de conocer. Los recomendados por la tía, por la suegra, por la vecina que acaba de parir, el clínico de la familia y hasta el veterinario del perro; todos serán potenciales “front runners”, hasta ser descartados por algún incierto motivo que será develado en la primera entrevista.

Si alguien pudiera filmar las salas de espera de los Médicos Pediatras, se haría una fortuna vendiendo los clips como anticonceptivos. Todo aquel que goce de una buena libido la perderá instantáneamente al poner medio pie en estos cuartitos tapizados de nubecitas, autitos y muñequitas. Entre los aullidos ensordecedores de una horda de críos hirviendo de fiebre, otra media docena que solo para de llorar para vomitar y otros seis que se secan sus narices chorreantes mientras arrastran camiones de bomberos por el piso llevándose puestos los talones de todo el mundo; anunciarse a la recepcionista es de por sí una tarea titánica. Demás está decir, que a la señora le suena el teléfono más seguido que a la CIA, pero como la dama en cuestión es sorda, no pierde la calma (creo que las eligen mayores porque son inmunes a los ruidos molestos, pueden bajarle el volumen a sus audífonos y como son abuelas todos los chicos les recuerdan a sus nietos…aminorando el nivel de furia ante el espectáculo dantesco).

Una vez esquivado el camión de bomberos para sacar la credencial y no morir en el intento, los futuros padres se sentarán con el culo apoyado en la pared por temor a perder la virginidad del recto ante la mirada atenta de un crío de cuatro años que no para de enchufarle el caño de una metralleta de plástico en el culo a quienquiera que se agache a sacar una revista del revistero. Es sorprendente como baja la tasa de natalidad en estos lugares, que es inversamente proporcional al desmadre que se produce con los chicos en la sala de espera y/o nivel de ruido (en decibeles) reinante. Es muy probable que la parejita preñada que asiste a la primer consulta tuviera un proyecto de unos cinco pendejos cuando subió al ascensor del consultorio, unos cuatro cuando se bajó del mismo (ya que el ruido se escucha desde el pasillo), unos tres a la media hora de espera; quedando perfectamente de acuerdo, finalizada la entrevista, en que el crío por venir será hijo único. La embarazada añadirá un nuevo ítem a su lista de notas y preguntas a los médicos “recordarle al obstetra que ligue mis trompas después de la cesárea”. No solo el ruido ambiental aporta al recorte del número de hijos a procrear, las cosas que uno escucha en esos salones no tienen desperdicio. Lo usual es que la pareja sea abordada por una madre de tres o cuatro salvajes que no paran de hacer destrezas físicas colgados del perchero o haciendo equilibrio sobre una mesita plástica a punto de resquebrajarse. Esta mujer con ojeras y cara de asesina serial vociferará de tanto en tanto alguna maldición a su prole para luego adoptar un tonito dulce pronunciando un tierno “¿es el primero?” (mientras apunta con el dedo índice la prominente barriga de su interlocutora). La tímida señora cabeceará un mudo “sí” mientras el marido le frota el vientre orgulloso, señalando el fruto de su semilla encapsulado ahí dentro. Es entonces cuando la madre de los gimnastas rusos devenidos en espartanos (ya que a estas alturas se han desnudado para dedicarse plenamente a la lucha de espadas, con los paraguas de los pacientes), calentará motores para vomitar un monólogo capaz de sacarle las ganas de copular a un ejército de conejos. Lo único que la callará es la voz de la Secretaria pronunciando el apellido de sus hijos (que a estas alturas han desarrollado una nueva habilidad que involucra dedos y mocos). La pareja, más tranquila, comienza a recapacitar sobre lo que les depara el futuro recorriendo la cara de otros padres y otros chicos con sus toses, pústulas y amígdalas en rojo. Está clarísimo que si uno tenía dudas sobre la salud del niño que ha llevado a la consulta, a la salida se irá con trece bacterias y un par de virus (y la certeza de que ahora sí está definitivamente enfermo).

Pero volvamos a la pareja que repasa la lista de preguntas que podrían ser perfectamente contestadas por una abuela o un buen libro de puericultura en lugar de una entrevista que se perfila como la tortura franciscana del milenio. Llegado el momento, serán acompañados al consultorio por la señora sorda que los dejará temblando del portazo, aislándolos del ruido monumental de la sala de espera. Y ahí comienza la verdadera hazaña, conseguir un médico a la medida de las aspiraciones que uno tiene.
Algunos hablan con una cadencia que resultará insoportable a sus pacientes; otros abusarán de los diminutivos; habrá quienes den por sentado que uno lo sabe todo y no explicarán nada; otros los recibirán al paciente con un gato durmiendo plácidamente en la camilla para horror de unos híper higiénicos padres y otros tantos sembrarán más incertidumbre que confianza describiendo la tasa de accidentes cerebro vasculares en respuesta a la inoculación de determinada vacuna (estadística en mano). La elección no será sencilla y demandará por lo menos otras dos visitas antes de dar con la persona indicada. Que tendrá que estar disponible a las cuatro de la mañana cuando el crío tosa como un lobo marino y el tipo nos diga por teléfono la dosis exacta de corticoide para descongestionar una laringe que no deja pasar el aire (luego seremos nosotros los que llamaremos la ambulancia porque el episodio nos deje al borde de un infarto). Tendrá que tener paciencia para escuchar la misma pregunta sobre el puré de tres colores, las caquitas de tres olores y las secreciones nasales que abarcan toda la gama de verdes y amarillos de la caja de 48 lápices Faber Castell.

Prepárense para el viaje, porque desde que el retoño llega a nuestras vidas hasta que cumple los catorce, se van a aprender de memoria el horóscopo de la multiúnica revista del año 98 del revistero, van a conocer al dedillo la cantidad de nubecitas de la guarda de la pared, van a tener contados los autitos del canasto de juguetes y se aprenderán los nombres de todas las Barbies descuartizadas y peladas que habitan la casita de la sala de espera del Pediatra.

¡Buena suerte! (la van a necesitar)

jueves, 5 de marzo de 2009

JAMON DEL MEDIO


O, “te partiría como un queso”
Los hombres son confesos babosos. No tienen problemas en girar el cogote como una lechuza para dejar sus retinas impregnadas con la foto de un buen culo o un escote prominente. No les da vergüenza comentar lo buena que está la fulana que aparece en el “Bailando” ni las cosas que le haría si se le presentara la remotísima posibilidad de tenerla enfrente (y que le de bola, obviamente). Todos le han dedicado un buen automasaje a alguna celebridad “jolivudense”, algunos soñando con hacerle ver la cara a Dios a una inocente Jennifer Aniston o a una tímida Keira Knightley. O tal vez ser complacidos en forma oral por una desfachatadísima Halle Berry. Básicamente, está socialmente aprobado que un hombre verbalice el objeto de sus más oscuros y humanos deseos; cosa que no es tan evidente con el cachondeo femenino.
Las mujeres corremos el riesgo de ser tildadas de “fantasiosas”, “volátiles” e “insatisfechas” si se nos escapa un suspiro mirando a Antonio Banderas, un auténtico jamón del medio, desplomarse desnudo encima de Angelina Jolie o si nos vemos obligadas a abanicarnos las entretelas viendo a “300” espartanos corriendo en taparrabos (tuneados, lubricados y musculosos). Solamente a las adolescentes se les tiene un poco de piedad cuando arman un tumulto frente a un hotel porque Bono se asomó a un balcón o cuando le revolean sus corpiños a Robbie Williams en pleno recital. Es que las hormonas les dan una inmunidad diplomática frente a la sociedad, de la que no gozamos las mayores de veinte (ni que hablar de las que pasamos la barrera de los cuarenta).
Pero permítanme decirles que lo que está oculto, se hace de zurda o no se ve a simple vista; no carece de valor ni veracidad, muy por el contrario existe y es mucho más grande de lo que la población masculina imagina.
Señores muy serios, sentados en sus escritorios o manejando sus autos camino al trabajo no tienen la más remota idea de que sus mujeres se quedan en casa cachondeándose con el DVD de Ocean’s Eleven (y todas sus secuelas) porque los tienen a todos juntos en el mismo disco (Clooney, Andy García, Pitt, Damon, Pacino). Tampoco imaginan que ellas tienen fantasías sexuales iguales o peores con todo el elenco de “Black Hawk Down”, el seleccionado completo de “Los Pumas” y el bañero de Pinamar que las ha dejado en estado de éxtasis total (también desconocen que la tarjeta de memoria de la camarita que fue a la playa volvió con una docena de fotos del macho en cuestión embutido en una mini zunga y corriendo a lo “Baywatch”). Es que sus mujeres son madres, y desde que lo fueron pasaron a la categoría de zombies asexuados que aplastan zapallo para la papilla del bebé, como si el clítoris les hubiera sido amputado en le primer parto. “Mi mujer, jamás”, se rasgarán las vestiduras jurando por la vida del hijo en común, que la fémina que porta su apellido se toca pensando en Adolfito Cambiaso o Leonardo Di Caprio. Desconocen la mayor parte del universo femenino porque ninguna se atrevería a compartir sus aventuras amorosas virtuales (ni que hablar de las reales) con un celoso marido que las mandaría de patitas al Psiquiatra, si supiera la verdad, para que les cure la fiebre uterina con un par de ansiolíticos sublinguales.
Las mujeres sólo comparten esta parte de sus vidas con otras mujeres, y muchas veces anónimamente en Internet…ya sea con un buen nickname en el chat o en los cientos de foros que existen para idolatrar a astros de cine, cantantes, deportistas, rockeros y modelos. Basta con googlear el nombre de “Gerard Butler” o “Chayanne” para que la búsqueda devuelva docenas de sitios de fans donde se pueden encontrar fotos de tan alta resolución que es posible contarles los pelos de la barba, divisar viejas cicatrices o reconocer una pústula de una feroz angina reposando en la amígdala derecha. Las mujeres se explayan a voluntad y con total libertad en estos foros debatiendo sobre el color de los ojos de su ídolo, sus abdominales, las venas de sus manos y el tamaño de sus genitales. Se pueden leer confesiones donde la gran mayoría admite que dejaría todo (el delantal en la cocina, el auto en la cochera, el bebé en la cuna y al marido en la oficina) para irse detrás de estos galanes en una tierna escena al más puro estilo “An officer and a Gentleman” (cuando él la rescata de la oprobiosa rutina de obrera de fábrica, todo uniformado de blanco). Eso en el supuesto caso de que el tipo leyera los ciento cincuenta posts que la señora ha dejado en el sub-foro que reza “cartas a Gerry” (donde le suplica que le haga un hijo…aunque esté más interesada en el proyecto que en el producto). Mujeres que le donarían dinero para una causa noble, a cambio de una foto autografiada y hasta un riñón si el tipo llegara a necesitar recambio. Pero no nos engañemos, ninguna lo quiere de amigo…todas lo quieren partir como un queso. Cosa que los incautos maridos y novios desconocen ya que esa faceta oculta de sus parejas transcurre en un submundo al cual no han sido invitados.
No solo de fotos y películas se alimenta este grupo de mujeres. Muchas recurren a literatura romántica y erótico-festiva (como mis amigas han dado en llamar a esos novelones de vampiros y highlanders dotados de físicos privilegiados y la libido de un contingente de marineros rusos después de tres meses en altamar). Estos personajes suelen ser la sumatoria de los deseos ocultos de cuanta mujer con un dosaje normal de estrógenos en sangre exista sobre el planeta. Sus creadores son precisamente mujeres, quién si no ellas para dibujar en nuestras mentes el ser al que todas querríamos tener al lado (o encima)? Estos libros se venden como pan caliente, se difunden en innumerables foros por Internet y se están comenzando a utilizar como guiones para películas. Evidentemente las editoriales han hecho estudios de marketing y se han dado cuenta que las mujeres tienen sangre en las venas y ganas de autogestionarse una alegría igual que cualquier hombre.
Lo que más gracia me causa es que muchos se palmearán la cara después de afeitarse, pavoneándose frente al espejo por la performance de la noche anterior, cuando en realidad el auténtico dueño de los jadeos de sus esposas es algún vampiro salido de una novela (y que fueron vilmente utilizados para prestarle su humanidad a un ser de ficción). Que no es ni más ni menos que lo que ellos hacen cuando cierran los ojos y alucinan con Araceli González o Salma Hayek en pleno revolcón.
Así que al final no somos tan diferentes, sólo nos separa la anuencia social que tienen algunos para manotear aquello que los haga felices sin tener que esconder la mano o compartirlo con su querido diario íntimo.

Mensaje para novios/maridos/amantes: Sus mujeres no son lo que parecen. Tienen un arsenal de películas y libros guardados. Un par de revistas con fotos de tíos en cueros en la mesa de luz, algún juguete sexual en el cajón de la ropa interior y muchísima…pero muchísima imaginación.

jueves, 26 de febrero de 2009

CARNE DE GIMNASIO

Descubra si es Ud. un deportista genuino

Los “carne de gimnasio” son seres que han sido bendecidos (o maldecidos) con una inquietud perenne y la energía capaz de poner en funcionamiento una central hidroeléctrica con las gotas de su propio sudor. Adictos al físico perfecto, son capaces de cumplir con una jornada laboral extenuante para luego encerrarse durante dos horas a saltar como marranos al compás de una musiquita exasperante. Probablemente poseen una bicicleta fija y varios aparatos y mancuernas que han sabido adquirir gracias a TV compras o a la oferta de algún hipermercado. Así como coleccionan aparatos para hacer abdominales y otros elementos de tortura similares, los carne adquieren cuanto DVD aparece para la venta con el último grito en ejercicios físicos. Se conocen al dedillo el aerobox, pueden hacer step dormidos y hasta chatean con el creador del taebo (un sádico que se propuso exterminar gente instándola a dar golpes de puño en el aire). Por supuesto, siempre tienen las zapatillas más caras del mercado y los equipos de gimnasia más modernos (con bandas fluorescentes y ojos de gato para poder ser vistos si se les da por correr a las dos de la mañana).
Siempre podemos encontrar una balanza en el baño de un “carne de gym” y es seguro que también sean dueños de algún dispositivo que mide las pulsaciones mientras usan la cinta para correr que tienen en el medio del living. Sus alacenas están atiborradas de complejos vitamínicos, cereales con fibras, galletas de arroz, suplementos dietarios, algas, hierbas diuréticas, cajas y cajas de té verde y algún que otro laxante natural en forma de barra de ciruelas disecadas. Generalmente son fieles a aquel gimnasio que los tiene como miembros desde que se mudaron al barrio y son tan perseverantes que el profesor los pone como ejemplo porque jamás se contracturan el cuello haciendo abdominales. Sonríen con erudita satisfacción cuando sus ejercicios para tonificar los abductores son puestos como ejemplo de lo que debe hacerse y pierden la paciencia con aquellos novatos que se equivocan en la dirección de algún pasito ocupándoles el lugar para ponerle freno a sus impecables maniobras gimnásticas. Siempre se instalan frente al espejo, a sabiendas de que serán vistos por el resto de la clase (y para alivio de aquellos que odian equivocarse y se van bien al fondo). Exhibicionistas por puro placer, los carne no tienen pudor a la hora de revolear los trapos en las duchas; se pasearán en bolas por los vestuarios demorando el momento de calzarse la ropa mientras se embadurnan en pomadas para hongos y se espolvorean los pies con polvo pédico. Disfrutan el ser admirados por aquellos que tienen un vientre por achatar o glúteos por afirmar y suelen pavonearse mostrando sus barriguitas de tabla de chocolate y sus bíceps marcaditos. Un pozo celulítico les puede amargar la vida al punto de invertir el sueldo entero en cremas francesas con promesas para ilusos; demás está decir que han desterrado el chocolate y la cerveza de sus magras vidas.
Las bibliotecas de estas personas suelen estar abarrotadas de libros de Deepak Chopra, Osho, de medicina ayurveda, Reiki, nutrición y varios tomos de todas las publicaciones de Alberto Cormillot y Jane Fonda. Las revistas de medicina, salud y nutrición abundan en las mesas de café de sus casas porque sienten la sagrada compulsión por convertir a la gente fumadora, gorda y pasiva en seres renovados y sanos que se salvarán del colesterol gracias a una buena arenga (Gatorade en mano).
La gimnasia ocupa el centro del inquieto universo de los “carne”, pagan la cuota del gimnasio antes que la del colegio de los chicos y preferirán una expedición a pata al Monte Fitz Roy antes que quince días en París (aunque les cueste lo mismo). Hasta sentados frente a la computadora contraen y aflojan los cantos del culo para tonificarlos y es frecuente encontrarlos hablando por teléfono mientras hacen flexiones con una latita llena de gaseosa en mano. No existen los feriados, ni las vacaciones ni excusa lo suficientemente buena para no caminarse cuatro kilómetros, obligar a algún miembro de la familia a sentarse sobre sus pies para hacer flexiones o hacer un par de horas de step dos horas antes de Nochebuena. Corren, no caminan; se restregan, no se duchan; tragan, no comen y hagan lo que hagan nunca están lo suficientemente conformes con el resultado.

¿Cómo saber si uno pertenece a este rubro?. Fácil, lea esta lista de hábitos y si tiene más de cinco…cómo decirlo…Ud. es un aparatito “carne de gimnasio”.

Tiene la cuota del gimnasio al día y nunca pagó fuera de término en los diez años que utiliza sus servicios.
El bolso con la ropita, las zapatillitas, la toalla y el desodorante pernocta en el baúl de su auto (por si las moscas).
Conserva la misma talla de calzas o jogging desde 1985.
El profesor del gimnasio le hace regalos para Navidad y Ud. para el día del maestro.
Repudia a todo aquel que exhibe sus rollos desprejuiciadamente.
Los fines de semana no se saca el jogging ni para ir al cumpleaños de sus amigos, porque inmediatamente antes o después emprenderá una enérgica caminata que terminará con media horita de bicicleta fija frente al televisor.
Se obnubila frente a las vidrieras de las casas de deportes y siempre se lleva algo extremadamente útil como una cantimplora o un par de muñequeras.
Sabe exactamente el equivalente en pasos a las calorías de un alfajor, consumiendo siempre lo que ha comido para conservar el peso que orgulloso ostenta.
El sexo es un deporte más, cuanto más atlético y esforzado mejor. El sudor es directamente proporcional al nivel de satisfacción, aún cuando la pareja no opine lo mismo ya que hacerlo cabeza abajo y con las piernas detrás de las orejas no le garantiza el orgasmo.
Está convencido de que el yoga es para debiluchos, pero no lo verbaliza porque sabe que pierde la membresía del “Club de la buena salud” (y queda como el culo).
Aunque tiene cuarenta, las rodillas son las de alguien de ochenta ya que han sido sometidas a un desgaste descomunal de tanto hacer sentadillas y estocadas.
Está bronceado en pleno invierno de tanto correr y caminar al rayo del sol.
En su casa, el ESPN y el FoxSports son los únicos canales que se miran.
Cuando falta el Profesor de Gym, Ud. se ofrece de voluntario para dar la clase.
Tiene la bicicleta colgada en el balcón o la galería, el abdominizer debajo de la cama y las mancuernas en el escritorio.
Los lunes, miércoles y viernes gimnasio. El martes futbol con amigos, el jueves taekwondo, los sábados tenis y los domingos natación en verano o volley en invierno. Eso sin contar los cuatro kilómetros matutinos a las seis de la mañana desde que dejó la Escuela Secundaria, donde todos le decían “dogor”.
En la heladera todo es verde. Aguas saborizadas sin azúcar, postres light, panes de salvado doble, mermeladas bajas calorías, gelatinas con edulcorante y verduras de todos los colores. El dulce de leche tiene la entrada prohibida.
Aún sentado menea la patita y dormido camina por todo el perímetro de la cama amaneciendo con los pies sobre la almohada.
Vive engrasándose con pomadas para hongos por pura precaución…no vaya a ser cosa que un maldito dermatofito le desate un furibundo pie de atleta que lo deje fuera del natatorio.
Lleva un completo registro de sus actividades físicas, así como también de la ingesta calórica en una prolijísima planilla Excel que vive en un pen drive que lo acompaña a todas partes.
Adora la música tecno porque lo invita a ejecutar su rutina de ejercicios como la cobra que asoma la cabeza al compás de la flauta.
Sus amistades son como Ud. o huyen despavoridas cuando se pone a hablar de las bondades de las semillas de lino y la importancia de la ejercitación aeróbica a las seis de la mañana.

Ud. no es un “carne de gimnasio” si tiene cinco o más de estos saludables hábitos

Colecciona carnets de gimnasios. Se anota. Paga la matrícula. Se saca la foto. Va a la primera clase y no vuelve nunca más.
Puede que tenga mancuernas y algún set de elementos para ejercitarse (tirados en el garaje, envueltos en una nube de polvo y una gruesa telaraña).
Tiene bicicleta, pero está siempre desinflada (y todavía conserva las rueditas de los seis años).
En la pileta hace la plancha o flota sobre una colchoneta plácidamente. Todavía no aprendió a tirarse de cabeza (eso sí, de bomba es capaz de vaciar media pileta).
No puede ni quiere dejar la cerveza, se banca con gallardía el rollo que lo prueba.
Cuando lo convocan para el futbol se ofrece de arquero porque ni mamado se pone a correr como un condenado después de todo un día de oficina.
¿Para qué caminar si el auto lo lleva hasta la Panadería que está a unas tres cuadras de su casa?.
Las calcitas ciclistas que alguna vez llevara con discreto encanto, ahora no le sirven ni para muñequeras.
Antes de que lo vean con jogging un domingo es capaz de tirarse debajo de un tren. Odia la ropa deportiva y aborrece a los domingueros que salen a trotar disfrazados de Marines de USA.
Hace quince años que tiene el mismo par de zapatillas.
No sabe lo que es un hongo, no sabe lo que es transpirar y es capaz de suicidarse si se queda sin pilas AAA para el control remoto debiendo pararse para hacer zapping.
Si engancha un programa de gimnasia, sólo se queda mirando si la profesora tiene un culo para el infarto o el profesor es un pecado ambulante; ni se le cruza intentar el ejercicio.
Sabe sobre todos los deportes, porque los ha practicado todos abandonándolos sistemáticamente en la tercera clase.
La gente que hace step lo pone muy nervioso.
Si tuvieran que lipoaspirarlo necesitarían un oleoducto para deshacerse de las grasas.
Para el sexo la tranquilidad y la seguridad son primordiales, si le piden un cambio de posición se le escapa la libido; esas cosas raras solo existen en las películas.
Restaurante favorito: El tenedor libre. Heladera: doble puerta y con el contenido suficiente para subsistir cuarenta noches en el desierto.
Se acuerda de lo que comió al mediodía porque el reflujo gástrico le devuelve el ajo del pollo a la provenzal porque de otra manera jamás podría decir con exactitud la cantidad de comida que ingirió ese día.
La profesora del gimnasio siempre lo elige como ejemplo de lo que no debe hacerse, burlándose de su falta de coordinación ante la risa del ejército de gimnastas que lo miran con desprecio.
Siempre abandona antes de los cien abdominales.
Todos los fines de año se propone pasarse al bando de los carne de gimnasio; para el quince de enero no sólo no se ha anotado…se ha comprado las seis temporadas de la serie “Los Sopranos” que piensa ver desparramado en el sillón debajo del ventilador, como todos los veranos.
Y están los que se ponen a piratear las clases de Pilates que jamás en su vida probarán…

Dime qué marca y en qué estado están tus zapatillas y te diré a qué grupo perteneces.

domingo, 22 de febrero de 2009

ORGIAS GASTRONOMICAS



O “Licencia para comer”



Existen ciertas ocasiones y festividades durante el año, en las cuales un ser humano dotado con déficit de apatía ante la comida, se dedica a fagocitar hidratos de carbono y grasas como si esto fuera lo último que uno hará en esta tierra (probablemente autoinduciéndose un coma diabético).

No se sabe bien porqué ni cómo esto ha comenzado. Antiguas civilizaciones festejaban el advenimiento del verano, una buena cosecha, el producto de una excelente cacería o el nacimiento de un nuevo integrante de la tribu. Y siempre lo hacían tomando y comiendo como salvajes (que eran) hasta caer redondos en el piso o lanzar el contenido completo de sus estómagos como si sus bocas fueran una cerbatana.

Durante siglos, los humanos nos encargamos de premiar y ser premiados con alimentos. A nadie se le ocurrió organizar un bar mitzvah en un bar de oxígeno ni una fiesta de bautismo en un baño orinando a modo de tributo al nuevo integrante del ejército de Dios. Es que uno se alimenta para satisfacer una pulsión del organismo de la misma manera que orina o duerme. Los alimentos son el combustible que necesitamos para vivir, de la misma manera que lo son el oxígeno, el agua o las sales minerales. Nadie hace un culto de desocupar la vejiga, pero cuando se trata de homenajear el ascenso del marido en el trabajo o unas merecidas vacaciones; hacemos un festival de la comida al extremo de torturar nuestros hígados y flagelar nuestros vapuleados páncreas.

Algunas oportunidades para dar rienda suelta al apetito voraz figuran en el top five de las orgías gastronómicas por ser aquellas en las que nadie deja un hueso de pollo sin roer y todos, absolutamente todos terminan con resaca, asco, ganas de vomitar y consumiendo Alka Seltzer a lo pavote. El hambre es algo que nadie conoce en estas oportunidades, nadie ingiere alimentos porque los necesite. Se come para morir comiendo (o por lo menos intentándolo). Se traga sin masticar, sin sentir el sabor; la deglución es compulsiva y motivada por un impulso desaforado que no busca ninguna satisfacción física, solo la mera satisfacción del deber cumplido (el deber de comer hasta reventar porque eso es lo que uno está programado para hacer). ¿De dónde salió esta programación?. No se sabe, uno solo sabe que debe hacerlo porque sus padres lo hicieron y ellos lo hicieron siguiendo el modelo de sus abuelos. Así es como en vísperas de Navidad; todas las mujeres de un clan familiar se internan en sus cocinas a hacer el repulgue de ciento veinte empanadas; meter chanchos, pollos, corderos y pavos al horno; bañar con salsa de chocolate todo aquello que no se mueva ni se queje; e inundar con mayonesa cuanto vegetal aplique para ser disfrazado de color amarillo huevo. Cocinas que laten al ritmo de los borbotones de salsas que hierven en bulliciosas cacerolas; exudan vapores y aromas a laurel y vainilla y que se convierten en una fábrica de manjares, son clausuradas durante días para la costeleta y la sopa (alimentos de la vida cotidiana). Es que esas cocinas están destinadas para algo superior, algo mejor, algo que sin querer le costará la vida al abuelo (ahogado en sus propias enzimas estomacales). Niños y adultos quedarán arruinados por varios días luego de consumir dosis masivas de proteínas y glúcidos; pero todo sea por la resurrección de Cristo, la comunión de Pía, el cumpleaños del abuelo Nicanor o el nacimiento de Bautista.

Veamos a continuación el Top Five de Festividades y eventos que invitan al desenfreno gastronómico y aquellas cosas que se consumen “normalmente” en esas fechas.

NOCHEBUENA Y NAVIDAD

Festividades top a la hora de ingresar kilocalorías en la caldera del sistema metabólico, estas cenas y almuerzos tienen por objetivo liquidar a quienes no posean una lengua de amianto, un estómago tapizado en teflón y un hígado capaz de destilar aceite en agua. La gente cocina una semana antes para estas fiestas y es muy capaz de soltar los ahorros de seis meses para agenciarse el mejor pavo de la góndola del super (al que rellenará con almendras, batatas acarameladas, coñac y frutas disecadas). El problema radica en que las recetas usadas han sido heredadas de habitantes del hemisferio norte donde generalmente hace un frío de perros y la ingesta calórica está totalmente recomendada para volver el alma al cuerpo y borrar el azul de los labios. Pero en el hemisferio sur, con treinta grados Celsius por la noche, comer lechón asado con cebollas glaseadas y frutas secas de postre es una invocación al suicidio. Es así que encontramos gente transpirada en los patios y jardines, tratando de apagar el incendio estomacal con sidra, vino y cerveza; cuando en realidad deberían estar inyectándose insulina para darle una manito al páncreas.

¿Qué se come en estas fiestas? Tome la lápiz y papel e intente decir que NO a más de dos propuestas. Le juro que Ud. no es vírgen de ninguna de estas atrocidades:

Asado grasoso, con cuero (esto incluye chacinados tales como chorizos, morcillas y animales enteros como lechones, corderos, pollos, chivitos y todo aquel bicho que tuviera pulso dos días antes y una pizca de vocación de servicio), acompañado de ensalada rusa regada en mayonesa, berenjenas en escabeche, morrones con oliva y ajo, papas fritas, torres de panqueques rellenos de fiambres y no sigo porque me está dando asquito.

Otros optan por la comida fría: Léase piononos rellenos de fiambres y mayonesas caseras, vitel thone (carne bañada en pasta de anchoas con mayonesa y alcaparras), lengua a la vinagreta, budín de arroz con mayonesa, ensalada Waldorf (con mucha crema y mayonesa), matambre, carne fría y toneladas del ingrediente principal de estas recetas: MAYONESA.

Los más osados sirven pastas, pero jamás unos fideítos con una salsita liviana. Canelones y lasañas crepitantes que nadan en crema y tuco, con toneladas de queso parmesano rallado que dejan la boca de cualquier cristiano ardiendo como si hubieran frenado una piña con la boca. Cappelettis con crema, ravioles con boloñesa, fideos con bechamel…cualquier excusa es buena para morir de híper glucemia.

Los postres no se quedan atrás. Los más conservadores harán la sanísima ensalada de frutas a la que la Tía Leonor le agregará cinco kilos de helado de crema americana y varios cucharones de dulce de leche porque “un día de vida es vida, dijo un paisano, y se metió un palo en el culo”. El palo se lo meterá ella dos días después en un vano intento de esquivar al proctólogo encargado de demoler el bolo fecal ya que la Tía es la constipada más constipada de la familia y sus intestinos no son un modelo de bondad, apertura y generosidad.

Otros optarán por flanes, budines de pan con caramelo, arrollados, tortas de mousse de chocolate, pies y cualquier masa a la que se le pueda agregar chocolate derretido en forma industrial a lo “Willy Wonka”.

El tema es que todo esto es regado con grueso octanaje alcohólico, con y sin burbujas; a lo que más tarde se le sumará el tradicional pan dulce relleno de frutas secas, los turrones, las nueces y todo aquello que suelte más grasas sometiendo a un ya comprometido hígado a un infarto hepático.

PASCUAS

Se supone que luego de varios días de duelo y austeridad digestiva, en los cuales la ingesta de carne es pecado; los pecadores (que han comido carne a reventar, pero lo han confesado el sábado de gloria), suelen acercarse a la mesa Pascual con un apetito pasmoso y la ferocidad del Cóndor patagónico. En general, lo que se pone en la mesa no dista demasiado de los platillos que se sirven en Nochebuena y Navidad; pero aquí debemos agregar un elemento de contundente relevancia: El chocolate.

El huevito, el conejito, la chupaleta y los ositos de chocolate; son sin lugar a dudas un “Must” en la mesa pascual. El tema no es este ingrediente en sí, el problema radica en ser ingerido luego de un pantagruélico y aceitoso asado, un monumental guiso casero o la lasaña de la abuela (que ya cuenta con varios cadáveres en su haber). En lugar de cerrar esa comida con un té digestivo de hierbas o algo refrescante como un helado de limón, la mayoría embutimos más de medio kilo de chocolate a fuerza de sorbos de café y alguna gaseosa alimonada que nos provoque el eructo que nos permita hacerle lugar a diez gramos más de cacao.

CUMPLEAÑOS, BAUTISMOS, COMUNIONES Y CASAMIENTOS

Todo evento familiar que involucre la reunión de más de media docena de familiares y amigos no puede ser concebido sin una opíparo ágape con alimento suficiente para abastecer a las tropas que desembarcaron en Normandía en la Segunda Guerra Mundial. Generalmente se calcula comida como para el triple de la gente que va a asistir y probablemente asistan dos tercios de la gente invitada, con lo cual las sobras servirán para que una familia completa sobreviva un mes en el Himalaya.

Estos eventos suelen ser un descontrol ecléctico de diferentes manjares que se disponen en largas mesas donde los comensales batallarán por la última rodaja de ese peceto con ciruelas o la penúltima rebanada de esa torta de frutos del bosque que estaba para el crimen organizado. Así, tíos y abuelas se batirán a duelo de tenedores, arruinando sus mejores ropas con restos de merengue italiano o salsa tártara. Desde las familias más humildes hasta las más pudientes, en cuanto a fiesta familiar se refiere gastarán hasta el último centavo que tengan con tal de engordar a sus comensales cual pavos en fábrica de paté. Para cuando la fiesta termina, nadie puede recordar el vestido de la novia ni el discurso del padrino de bautismo; pero todos van a llevar pegados en la memoria (y en las paredes del intestino) los ingredientes de esos crepes de champignons que hicieron las delicias de todos los invitados.

VACACIONES DE VERANO

Vacaciones de verano, sinónimo de desenfreno, todo está permitido. ¿Y si todo está permitido, porqué sólo nos dedicamos a comer y tomar como beduinos? Nadie lo sabe, pero todos lo hacemos. Planeamos con anticipación lo que vamos a cenar mientras esperamos que el choclero termine de embadurnarnos el choclo con manteca y sal en el mismo momento en el que le hacemos señas al panchero para que nos vaya preparando el superpancho con mayonesa y lluvia de papas que nos vamos a fagocitar tres minutos después. Y si en el mismo momento llegáramos a divisar al heladero, lo más probable es que nos embarquemos en una silbatina sin final hasta llamar la atención del pobre hombre que hará seiscientos metros bajo el sol abrasador de febrero para enterarse que deberá volver en media hora a vender un cucurucho porque la ansiedad de su interlocutor no le permitió seguir con su playero derrotero.

Licuados de frutas con leche para bajar waffles impregnados en dulce de leche como postre de hamburguesas con queso y papas fritas como almuerzo de un aperitivo de rabas y cornalitos fritos con cerveza; serán la antesala de una cena que promete calzones napolitanos rellenos con longaniza, pizzas de por lo menos seis ingredientes, empanadas y panqueques. Como si esto fuera poco, somos muchos los que estando despatarrados en la playa, deseamos internamente un ansiado día de lluvia que nos permita hacer un par de cruces más en la Check List de todas esas cosas que nos propusimos comer. Nos falta la picada de mariscos en el puerto, el chocolate en rama de la peatonal, el popcorn en el cine, la casa de las tortas en el bosque y las medialunas calientes de la más famosa panadería de la ciudad balnearia (y solo nos quedan ocho días!).

LOS VIAJES AL EXTERIOR

No existe mejor manera de conocer aquel destino que hemos elegido para vacacionar e impregnarnos de su cultura, que consumiendo aquello que los legítimos ciudadanos de esos ignotos rincones se llevan a la boca. El problema reside en que sus aparatos digestivos están acostumbrados a los porotos, la harina de maíz, la carne de mono, la caña de bambú y los famosos lichee de los restaurantes chinos. Nuestros estómagos rara vez se acostumbran a la ingesta de algas marinas o potajes tales como la feijoada o el cus cus, y suelen demostrarlo de manera inapelable. Será así como arruinemos viajes enteros buscando la versión brasilera del estreptocarbocaftiazol, el genolaxante o la hepatalgina. Caminamos por la calle como un volcán ambulante en erupción a punto de supurar tres litros de lava ardiente, apretando los cantos para llegar al hotel a tiempo. Entonces hay que buscar el remedio que nos permita seguir haciendo turismo gastronómico y la droga que saque la sensación de náuseas así podemos clavarnos una shawarma o dos piezas más de sushi. Compramos bocaditos en la calle sin la remota idea de sus ingredientes; vamos a un restaurante para pescadores en el puerto sin dudar en levantar el dedito señalando aquella cazuela que come un marinero, pronunciando “quiero una de esas” para descubrir con espanto que nos hemos comido un guiso de erizo de mar, que no va a tardar en viajar cual bólido por las curvas de nuestro intestino grueso haciéndonos revolcar de dolor antes de abandonar nuestro excedido cuerpo.

Y así nos pasamos el viaje, del baño a la cama y de la cama a la farmacia; con largas escalas en todos los sucuchos que venden platillos del lugar.

Eso sí, al cafecito…unas gotitas de edulcorante, porque el azúcar engorda…


lunes, 16 de febrero de 2009

MENTIME QUE ME ENCANTA


El misterioso encanto de los falsos profetas, tarotistas, videntes y futurólogos.
Es un cliché que viene desde que el mundo es mundo y el hombre un eterno pelotudo. Civilizaciones antiguas recurrían a ellos, los portadores de la sabiduría fast-forward; brujos, hechiceros, clarividentes y enigmáticos gurús que se las han ingeniado durante siglos para vaciar los bolsillos de aquellos que los convocaban y convocan hoy en día para escuchar una palabra esperanzadora o una linda mentira, da lo mismo.
Carne de diván por excelencia y atascados en la complicada telaraña de la vida cotidiana, quienes alguna vez visitamos a estos mamarrachos, lo hacemos en una especie de lapsus (onda cortocircuito) en el cual el agua no nos llega al tanque y la ansiedad prima sobre la razón. En medio de una maraña de problemas y tribulaciones sobre el futuro, a algunos se les da por ir al Templo o a la Iglesia; pero una porción más idiota y transgresora es arrastrada como perro de presa detrás de un pollo, a estos antros y covachas donde vírgenes conviven con santos y símbolos paganos de dudosa reputación.
Los lugares que yo he conocido, en general pueden provocar susto en menores de quince años y/o un ataque de risa monumental en alguien un poco mayor y con tres neuronas en regio funcionamiento. Para otorgarle un aura de autenticidad sacramental, estos ladris de cuarta se dedican a ornamentar sus madrigueras con velas talladas con leyendas en lenguas foráneas y símbolos extraños, inciensos prendidos como para perfumar Alaska e imágenes en forma de estatuas o cuadritos tapizando hasta el último metro cuadrado del lugar. Así podemos apreciar como la Vírgen de Luján conversa con un desvencijado Ekeko cargado de bolsitas de comida y un pucho entre manos; el Gauchito Gil juega una partida de truco con un elefante que lleva un billete de dos pesos enrollado en la trompa; la Desatanudos visita una pirámide de acrílico rellena de monedas doradas y a Tutankamón se le corre el rimel llorando a un dolorido Cristo crucificado. Hojas de olivo seco conviven con espigas de trigo pegadas con cinta scotch al costado de una imagen de Ceferino Namuncurá, mientras que en el marco de la ventana se menea con el viento, una ristra de ajo que mantiene a raya a vampiros y murciélagos malintencionados. Cintas rojas atadas a botellitas y frasquitos con líquidos cuya fórmula uno prefiere desconocer para no auto provocarse el vómito a chorros y unas tres docenas de estatuitas de brujitas y búhos terminan de darle al recinto una atmósfera de verdulería del más allá.
Capítulo aparte merece el o la encargada de visualizar nuestro porvenir, porque en general estos personajes suelen hacer su aparición con un atuendo que acompaña el circo que han montado para este menester. Generalmente atienden envueltos en algún chal, poncho, pashmina o trapo que emule una túnica o hábito sacerdotal. Colgando del cuello tendrán rosarios, cadenas con dientes de leche de sus hijos, cruces, cartuchos egipcios, ampollas con algún líquido bendecido en exuberantes viajes a remotos parajes (como la triple frontera o Carapachay) y las infaltables cintas rojas atadas a las muñecas para repeler las malas ondas. Pero la parte más importante del espectáculo se la lleva, con honores, la impecable actuación que desempeñan estos estrafalarios profetas del subdesarrollo. La cadencia con la que hablan, pronunciando cada palabra como si el cliente fuera una especie de tarado bendecido con un cerebro subnormal y la capacidad cognitiva de un potus, con más el revoleo de ojos cuando terminan una frase (que generalmente suele ser una bomba soltada en el momento justo); los convierte en actores geniales cuya performance merece el Oscar, cuando menos. La sonrisa socarrona de La Gioconda, que pelan ante una pregunta tímida de sus interlocutores, intenta con todo éxito demostrar que ellos son portadores de la sabiduría que sus clientes tanto anhelan conocer (pero que les será otorgada en tanto y en cuanto dejen los billetes bien alineaditos sobre la mesa infestada de cartas de tarot). Con manos “merlinescas” plagadas de anillos, mezclarán el mazo haciendo montoncitos de distintos tamaños mientras pestañean con una dosis masiva de sobreactuación, dando a entender que se están comunicando con alguien que les está pasando la data (un espíritu, un ángel o un cacho de imaginación frondosa con la capacidad de armar un culebrón colombiano en menos de dos minutos). Si hay algo que les juega a su favor, es la capacidad de observación (de algunos, no todos), ya que mirando a sus clientes se dan cuenta el nivel socioeconómico, el estado civil y el grado de desesperación que los ha llevado a pedir una consulta.

Mi primer encontronazo con uno de estos sujetos vaticinadores succiona-dinero-fácil fue hace unos quince años en Mar del Plata. Allí conocí a una famosísima e híper obesa vidente que me cobró la consulta en moneda extranjera antes de que pudiera pronunciar “buenas tardes”. Embutida, toda su grotesca humanidad, en un sillón que le hacía las veces de envase; la señora atendía fagocitando sándwiches cuyas migajas caían como granizo en la grieta de dos monumentales tetas cubiertas con una especie de túnica carpa que le servía de vestidito fresco (ya que la mentalista no paraba de emanar sudores y vapores por todos los poros de su agobiado físico). Demás está decir que los restos del sándwich no eran rescatados de la cueva de sus senos, cosa que no dejó de fascinarme ya que imaginaba yo a esta monumental mujer desvistiéndose para dejar caer el equivalente a un kilo de migas listas para hacer un budín de pan. Esta señora, que tardó medio suspiro en darse cuenta que la que tenía la billetera llena no era yo si no mi madre, nunca hizo contacto visual conmigo; ofreciéndole a mi progenitora un ofertón imperdible. Por una suma de cinco cifras en moneda extranjera nos aseguraba la protección de la familia, las propiedades, la limpieza de nuestros hogares y la salud de todos los integrantes incluidas nuestras mascotas. Mi madre, ni lerda ni perezosa se preparaba para tomar carrera y huír despavorida mientras la que suscribe (o sea yo), intentaba colar un par de preguntas que me atormentaban y habían motivado mi consulta. Viendo que mi madre era un hueso duro de roer, la señora comenzó a efectuar una serie de aseveraciones que habrán sido verdades en su mundo hiperglucémico pero eran falacias en el mío. Cada frase que proféticamente pronunciaba, era refutada por mí con enfático tenor; cosa que la señora se encargaba de repreguntar con una vuelta de timón corrigiendo el rumbo de la conversación:

- Vivís en una esquina - ella
- No - yo
- Vivís a mitad de cuadra - ella
- Y…si – yo

Así estuvimos durante algunos minutos hasta que me estufé y tomé las riendas de la conversación preguntando lo que había venido a preguntar. Demás está decir que me fui llena de dudas y con respuestas tan ambiguas que nunca pude saber si algo de todo lo que vaticinó se cumplió.
Lo más impactante sucedió días después, ya que fuimos presas de un frenético acoso por parte de la secretaria de la mentalista, que nos intimó a desembolsar grandes sumas de dinero a cambio de evitar el acabose total de nuestro esplendoroso presente y venturoso futuro (eso, si estábamos dispuestas a pagar).

Mi segundo encuentro fue voluntario y producto de un rapto de estupidez humana propio de una mente agotada en pleno período vacacional (que es justamente cuando estos personajes abundan, como hongos luego de una tormenta). La esperé por horas en una galería de una ciudad costera. Sentada en el borde de un cantero la esperé, al borde del arrepentimiento, repasando mentalmente las docenas de preguntas que iba a hacerle para sacarle el jugo a esos cuatro billetes con los que hubiera podido comprarme dos pizzas de muzzarella con fainá o un par de remeras con leyendas tales como “6667 más mala que el diablo”. Pero no me fuí, me quedé ahí, encantada como una cobra que asoma la cabeza del canasto al compás de la flauta. Cuando llegó mi turno me senté fascinada, como un personaje de la serie “Lost” que puede ver el futuro a través de un monitor de catorce pulgadas. Mezclamos el mazo y lo dividimos en varias porciones en un contundente despliegue del más puro esoterismo marsellés. Por supuesto, las respuestas fueron confeccionadas a la medida de mis demandas, dejándome en un estado de pedo etílico similar al de una borrachera de tequila. Le creí todo. Le creí todo por veinticuatro horas, hasta que la realidad me bajó de un hondazo como un pajarraco alcanzado por un piedrazo en la azotea. El agua me llegó al tanque y con ella el oxígeno que permitió el funcionamiento de mis neuronas. Producto de ellas fue el siguiente razonamiento “Si ella me dice que voy a vivir muchos años y yo salgo y me suicido…la cago… o sea…ella se equivocó y no sabe nada”. Y así me quedé toda la noche, riéndome de las predicciones baratas tamizadas por el filtro del pragmatismo y el sentido común; confrontando ridículos vaticinios con hechos y realidades.
Pero no me arrepiento, me divertí conociendo un mundo subterráneo al que no todos los días uno (un ser con cabeza pensante) tiene acceso; y al que gente con más dinero, cabeza y más responsabilidades (empresarios, políticos, celebridades) frecuenta con más asiduidad de la que a uno le gustaría imaginar. Lo tomo como una vacuna, una especie de virus que sirve de anticuerpo, recordando al sistema inmune que se despierte del letargo y la próxima vez que se le presente la oportunidad de entrar a un local de “Tarot-predicciones”; se plante y diga “PASO”. Creo que tengo inmunidad para unos veinte años más… .

Aunque pensándolo bien, debe ser un negoción…quien me dice que el futuro me depara una carrera como tarotista...

martes, 27 de enero de 2009

MUSIC FREAK


Cómo determinar los diferentes estadíos de un enfermo de la música

Si uno le pregunta a cualquier persona con pulso y pabellón auricular medianamente sano: ¿Te gusta la música?, lo más probable es que jamás reciba una negativa. ¿A quién en su sano juicio podría no gustarle la música?. Probablemente a nadie, sin embargo, hay una diferencia abismal entre el sano juicio a la hora de disfrutar de un puñado de notas musicales y perder el juicio con solo escuchar un racimo de acordes bien escritos.
Existe gente que manifiesta su gusto por tal o cual melodía pero se conforma con escuchar los hits del momento, que alguna radio bombardea cíclicamente, sin molestarse en girar un par de grados el dial por miedo a perder la señal (o darse la antena en el ojo en el intento). No se preguntan qué estará pasando en la radio vecina, no se plantean dejar que se queme el guiso para anotar el nombre del tipo que está cantando esa canción tan linda. Porque lo más probable es que jamás consideren entre sus prioridades, el comprarse o piratearse el CD que los ha maravillado. Obviamente, esta clase de personas no califica para el título “music freak”, porque su nivel de adicción es demasiado bajo como para considerarlo una patología sana (si es que existe esa contradicción).
Existen también los fanáticos de la música, que aunque se esfuerzan, nunca llegan a obtener el título porque carecen de algo que a todo “music freak” le sobra: eclecticismo.
Los fanáticos suelen encasillarse en un género, un estilo o simplemente hacerse fans de cuatro o cinco bandas conocidas en su adolescencia, a las que seguirán al punto de descartar cualquier cosa que no se parezca a eso. Por principio, sin siquiera haber escuchado un tema de otra banda o algún otro tipo de música, los fanáticos suelen denostar lo que no conocen o es distinto a aquello a lo que fervientemente idolatran. El metalero vomitará a chorros si es expuesto a la bossa nova y el rapero se brotará si lo obligan a escuchar música celta. Un tanguero de ley se revolcará por los rincones si le pasan acid jazz y un fana del jazz necesitará un decadrón para soportar un tema de “Motorhead”. Lo mismo ocurre con los seguidores de determinada banda, llámense “ricoteros”, “rollingas” o “intoxicados”; pueden sufrir un ataque de caspa si se les ofrece la obertura de “Nabuco” o un tema de “Laura Pausini”. Pareciera que esta gente está más interesada en la postura filosófica que implica ser religioso seguidor de “Los Ramones” que en la música en sí. Rechazan sistemáticamente cualquier otra cosa con la seriedad de quien está optando por una ideología política. Acompañan su fervor con atuendos y modismos que le son propios a todos los seguidores de determinada banda; es así como encontramos rastas, porros y remeras con la cara de Marley entre los fans del reggae o caras pálidas, ojeras y ropa oscura entre los seguidores del rock gótico. Lo que siempre me llama la atención sobre estas personas, es que su fanatismo se sostiene en el tiempo y su intransigencia musical se agrava con la edad (es así como vemos padres cincuentones discutiendo con hijos adolescentes porque “después de Sumo nadie hizo música en Argentina”, todo esto mientras el pendejo aburrido le da OK en el Ipod al último hit de “Greenday" a todo volumen para ahorrarse la filípica musical por enésima vez en el mes).
El “music freak” es un espécimen de otra índole completamente diferente. Estos seres, entre los que me incluyo, piensan que los fanáticos se pierden todo aquello que descartan sin escuchar. Que optar por algo es privarse del abanico de posibilidades que está ahí afuera, sonando en alguna radio transgresora o esperando ser descubierta entre los vinilos heredados del progenitor o la suegra. El “music freak” es adicto, insaciable, ecléctico y abierto a todo lo que un cacho de pentagrama bien dibujado le pueda ofrecer. Considera que aquel que se conforma con un hit pisado por el locutor, en la radio de moda, es una especie de zombie musical que necesita ayuda para salir del ostracismo auto impuesto que no le permite asomar el cogote fuera de la frontera del 100 del dial. El “music freak” jamás descarta sin haber hecho el intento y se enamora perdidamente de un tema de folklore con la misma vehemencia que desmaya ante los tres primeros acordes de un tema de “Radiohead”. No existen los estilos, ni los ritmos, ni las bandas, ni los atuendos. Sólo música. Es lo único que le interesa. No etiqueta, no rotula, no discrimina. Todo aquello que logre hacerle palpitar el corazón o agitar la patita izquierda mientras mira una peli (cuya banda sonora va a comprar compulsivamente apenas salga del cine), le va.
Creo que los “music freaks” provenimos de hogares donde alguno de los padres padecía la misma adicción y supo pasársela a su descendencia exponiéndola a todo aquello que disfrutaba. En mi caso, fue mi papá quien alimentaba mi locura llevándome a las disquerías en lugar de a las boutiques, para salir diez minutos después con bolsas llenas de vinilos de todo lo que me fascinaba. Me compraba “Queen” o “Seru Girán”, pero se encargaba de hacerme escuchar a “Paco de Lucía”, “Oscar Peterson”, “Benny Goodman”, “Tom Jobim” o “Pink Floyd”. Entonces y con los años me convertí en una esponja que podía consumir el concierto de “Elgar” por “Jacqueline DuPré” y a la media hora enloquecer con “Ela e danzarina” de Chico Buarque. Sin embargo, debo reconocer que con el tiempo se convirtió en una patología, que aunque no es peligrosa suele acarrear algunos inconvenientes para quienes la padecemos.

TEST PARA DETERMINAR EL GRADO DE ENFERMEDAD MUSICAL QUE USTED TIENE
Músico-inmunizado (si contesta SI a más de cinco preguntas, es usted uno de ellos, no se preocupe porque lo suyo no es de cuidado)

¿Pone Ud. la radio a las siete de la mañana y no cambia el dial hasta que la apaga?
¿Es usted de los que no se brotan y revolean la radio por la ventana si le pisan un tema que le gusta con la tanda?
¿Pasa de largo por un local de venta de música, aún cuando estén pasando un tema que le agrada, perdiéndose la maravillosa oportunidad de preguntarle al vendedor quién es el cantante?
¿Puede sobrevivir fuera de casa sin Mp3, Ipod o cualquier dispositivo que cumpla las veces de tanque de oxígeno musical, toda vez que se aleja de su colección de CDS?
¿Puede cambiar de canal aún cuando estén pasando su videoclip favorito?
¿Sobrevive a la ignorancia de no tener puta idea del título de esa estupenda canción que acaba de escuchar en la peli que termina de ver en el cable?
¿Presta sus CDS?
¿No se mosquea si no le devuelven la banda sonora “Star Wars” que prestó hace un siglo?
¿Puede estar más de ocho horas sin escuchar música sin presentar síntomas de abstinencia?
¿No se le escapa un sollozo cuando no encuentra el CD de “Bob Marley” que se le antoja escuchar YA?
¿Padeció Ud. de otitis a repetición cuando pequeño, que le haya dejado alguna secuela?


Fanático Mal (Si contesta SI a más de cinco, Ud. es uno de ellos, no es grave pero a la larga se va a arrepentir de todo lo que se perdió de escuchar)

¿Tiene en su poder las colecciones completas de sus cuatro bandas favoritas en todos los formatos conocidos por el hombre junto con todos los DVD’s de los conciertos, las versiones en vivo de todos los temas, temas inéditos, entrevistas publicadas en papel y en Internet así como autógrafos de todos los miembros de esas bandas?
¿Es su guardarropa una sucursal de “Locuras” siendo sus prendas de vestir dos pares de jeans gastados y unas cuarenta remeras con leyendas y fotos de sus músicos predilectos?
¿Es capaz de sufrir una crisis de asma si no consigue el último CD de su banda favorita el día del lanzamiento (a pesar de que se comió una fila de treinta y tres horas para conseguirlo)?
¿Se deprime y llora cuando se entera de que su banda favorita se separa, aún cuando está convencido de que volverán a juntarse cuando se les acabe la fortuna que hicieron vendiéndole discos a Ud.?
¿Tortura a sus vecinos escuchando el mismo CD desde el año 1991?
¿Cuándo sueña mantiene conversaciones con Luca Prodan, Jim Morrison, Miguel Abuelo y John Lennon?
¿Se violenta cuando escucha a un ofuscadísimo Pappo discutir con ignoto DJ que sostiene que hace música mezclando sonidos, queriendo entrar en la pantalla a matar al DJ y resucitar a Pappo para decirle que tenía razón?
¿Recuerda con exactitud las formaciones completas, a través de los años, de sus bandas favoritas (y la bebida alcohólica predilecta de cada uno de ellos)?
¿Siente que, musicalmente hablando, todo tiempo pasado fue mejor?
¿Le pegaría un botellazo en la cabeza al imbécil del 4°A que puso cumbia a todo lo que da mientras Ud. intenta ingresar a su momento Zen de la mano de “Angie” de los “Stones”?

Music freak (Si contesta SI a más de cinco preguntas, Ud. está en serios problemas y necesita ayuda terapéutica…o que el día dure 56 horas para poder escuchar todo lo que compra y piratea)

¿Le cabe la música en cualquier idioma, proveniente de cualquier país, de cualquier género; siempre y cuando le haga cosquillas en alguna parte del cráneo?
¿Cuándo no esta durmiendo o internado en terapia intensiva, está Ud. escuchando música?
¿Cuándo era un niño, lo reprendían por quedarse despierto hasta altas horas de la madrugada enchufado al equipo de música con los auriculares puestos?
¿Es de los que piensan que la música se escucha FUERTE y llevan el mp3 a todo trapo?
¿Es de los que no se sacan el Ipod ni para bañarse?
¿Pertenece Ud. al grupo de los que hace falta operar para sacarles un CD prestado?
¿Es incapaz de tirar su colección de vinilos, aún cuando ya no le quede una sola bandeja giradiscos funcionando?
¿Tiene UD una planilla Excel del inventario de toda su discografía, con el fin de controlar las posibles bajas (por afano/extravío/roturas) y para poder encontrar con más eficiencia ese CD que anda buscando?
¿Sufre permanentemente de antojos musicales?
¿La música lo transporta a un universo paralelo en el cual Ud. es el Rey soberano, comandante de todas sus fantasías?
¿Es la música para Ud. una droga imposible de dejar?
¿Es Ud. de los que se levantan a hacer pis a las tres de la mañana y se va compulsivamente a escuchar un temita con los auriculares, cual transgresión, como el obeso que termina manducándose las albóndigas frías de la cena parado en la puerta de la heladera?
¿Mira las pelis en DVD con el control remoto en la mano para poder hacer pausa en los títulos y enterarse quien cantaba la canción que lo puso de la peluca?
¿Es de los que miran los canales musicales con lápiz y papel en la mano para anotar aquello que dos minutos después pondrá a bajar en la PC?
¿Odia que le regalen una reposera para su cumpleaños pudiendo haber gastado esa suma en 10 CDS de música?
¿Es de los que se hipnotizan y entran en trance a los locales de venta de música, a preguntar por la cantante que está sonando?
¿Es UD de los que se han endeudado para comprar música?
¿En su colección de CDS pueden encontrarse al menos ocho géneros musicales diferentes?
¿Es de los que bailan, agitan los piecitos, repiquetean los dedos, sacuden la cabeza o tararean al son de una canción sin pudor y sin control en cualquier ámbito o lugar (encontrándole la gracia hasta a una canción de Misa)?
¿Su biblioteca musical ocupa toda la medianera de su casa?
¿Es UD un melómano rabioso al punto de ser disputado por sus amigos toda vez que juegan algún juego que involucre adivinar tal o cual canción, el autor o las letras de alguna melodía?
¿Es capaz de cometer filicidio si su hijo le arrugó el booklet del CD de “Pink Floyd The Wall”?
¿Prorrumpe en llanto si no encuentra el CD que tiene el tema que engancha justo con lo que está escuchando?
¿Está convencido de que existe música para manejar?
¿Conserva UD sus cassettes empolvados y enmohecidos porque le da cosita tirarlos, aún cuando posee todo en mp3?
¿Su adicción le preocupa o le chupa soberanamente un huevo?


Me voy cantando bajito, no vaya a ser que me escuche mi vecino y me quiera convencer de que Mollo es mejor que Toquinho. Que conste en actas, a mí los dos me parecen geniales!!!.

sábado, 10 de enero de 2009

LOS HIPER, LAS GRANDES CADENAS Y LOS FRANCHISINGS

¿EVOLUCION O INVOLUCION?

La globalización de las comunicaciones, la era digital, Internet, las redes sociales, la tecnología de cacharros y aparatos; son todos avances innegables que han modificado nuestra vida haciéndola más fácil y práctica (además de entregarnos placeres infinitos como el home theatre, el cine IMAX, el formato mp3/4, el viagra, la bancarización on-line y los celulares que convierten el maíz en pochocho mientras reproducen el último episodio de “Héroes”). Pero, con el devenir de estas mágicas respuestas a nuestros sueños, también aparecieron soluciones a problemas cotidianos como la preparación de la cena o el remedio para las hemorroides. Y temo decir que ahí fue donde la solución fue peor que la enfermedad.
Este mundo moderno, digital, interconectado, wi-firizado, nos trajo además las grandes cadenas de hiper y supermercados, las monstruosas ferreterías donde se supone que todo es “fácil” y las franquicias de farmacias, heladerías, confiterías, pizzerías y disquerías. Estos grandes conglomerados se fueron devorando, cual Pac Man, a aquellos negocios chiquitos que pululaban en los barrios. Ahora, sólo nos queda comprar en hangares kilométricos donde la leche queda a cinco cuadras de las medialunas de manteca y un tarugo Fisher puede ser chino básico para el adolescente que te atiende con cara de “ET phone home” (estirando el dedito índice en alguna dirección buscando que el tarugo le emita una onda de radiofrecuencia que le diga dónde vive).

Todo se complica en estos gigantescos comercios donde deberían entregar rollers o scooters para recorrer el perímetro en su totalidad.
El piso suele ser la primera trampa que el iluminado arquitecto que los parió nos pone en el camino. Más interesado en la estética y el ahorro del costo de mantenimiento, que en la salud física de los posibles clientes, la eminencia del diseño se chorea los planos de una cadena de supermercados de Houston y le encaja el piso de “Patinando por un porrazo”. Quizás pensó que sería más fácil deslizar el carro metálico que pesa lo mismo que un Fiat 600, vacío y que un container con rueditas si está cargado hasta la manija; tapizando los pisos con baldosones lustrosos como un espejismo (algunos hasta llegamos a ver el manantial y la palmera, que no es más que el reflejo de una planta de plástico que le agrega “calidez” a la atmósfera marciana del lugar). Lejos de la verdad estaba el subnormal que tomó la decisión del porcellanato por sobre un piso menos resbaloso, nos salva de un par de bacilos que puedan filtrarse en los poros de algún otro material pero nos deja al borde de la silla de ruedas, una colosal lumbalgia de tanto luchar con el descontrol del carro y dientes nuevos de tanto apretar las mandíbulas haciendo fuerza para imprimirle un rumbo a nuestro derrotero, saltando de una bombacha en otra como Tarzán desplazándose de liana en liana. De por sí el carro suele tener vida propia, evidentemente responde a voces de espíritus que lo convocan desde el más allá…allá donde conviven salchichas y salamines; porque jamás responde a nuestro empujón facilitando el acceso al lugar elegido. A veces porque las ruedas giran locas en cualquier sentido, otras porque el cacharro necesita aceite y mantenimiento y las más de las veces porque el hijo de perra debería ser exorcizado por el Párroco de los Supermercados. La sumatoria del piso resbaloso y un chango rebelde con complejo de Che Guevara da como resultado una batalla titánica donde uno termina rendido y extenuado (cuando no golpeado o arrodillado pidiéndole misericordia con un rosario atado al cuello).
Una vez que uno logra domesticar el brioso corcel metálico (y luego de haber peleado con tres personas por un lugar en el estacionamiento, debajo del único arbolito disponible en 5 Km. a la redonda); llega la ardua tarea de encontrar la lista dentro de la cartera y de conseguir llegar (con la lengua afuera) de la góndola de los jabones a la de los jamones. Los taxistas coreanos y tailandeses que llevan gente en carrito, cuyo motor son ellos mismos corriendo como enajenados; se harían un festival de dinero si los dejaran trabajar dentro de estos inmensos almacenes. Porque no sólo existen distancias mega monumentales entre el pan de hamburguesas y las hamburguesas en sí, muchas veces nadie sabe donde están. Y cuando digo nadie, me refiero al ejército de personas que deambula vestida de verde y colorado con un logo bordado del tamaño de una teta de 5 kilos que reza el nombre dulce y pegajoso del lugar para el cual trabajan. Entonces uno acude a ellos para armarse una hamburguesa completa y descubre con horror que media docena de personas con mirada perdida no tienen idea de dónde están enterradas las monedas de carne, cual tesoro en Alaska, y otra media docena te responde que ellos sólo son repositores de lácteos (lo cual siempre me causa gracia porque para llegar a la leche deben pasar por otras góndolas, lo que indica que caminan con anteojeras o simplemente carecen de memoria visual). Entonces, te mandarán derechito a la isla de Informes donde una horda de madres llorosas reclama hijos perdidos; un puñado de gente, revistita de ofertas en mano, solicita ubicación de torre de puré de tomates a 2,09 pesos y nuestro único nexo entre la carne picada y nosotros te deja en fila esperando el momento de la consulta. Veinticinco minutos después, con las plantas de los pies en llamas, dormida y babeada sobre la manija del carro tendrás la chance de pronunciar tu pregunta. La respuesta va a tardar en llegar. De eso te das cuenta cuando la señorita (que no hace contacto visual contigo) se agarra a dos manos del micrófono (cual Luis Miguel cantando “El reloj”) balbuceando algo en un rarísimo dialecto. Ese algo, luego de afinar el pabellón auditivo es “msenion bardinez, depositorrrrrrdegongelados, pezentadze en infodmez pfabooooorrrrrrrrr”. El señor Martínez viene desplazándose a 2 nudos, sin viento de popa, con la alegría de alguien a quien los huevos le pasan tonelada y media cada uno; tiempo estimado de arribo= otros 25 minutos. El puntito rojo y verde se va agrandando al mismo tiempo que nuestra euforia por el esperado encuentro, entonces decidimos abrir una lata de cerveza marca “El sabor del encuentro” para hacer gárgaras con el líquido dorado…total tenemos toda la vida para esperarlo. Un poco más relajadas gracias al alcohol y dos nuevos dilemas en puerta, obtenemos una respuesta en forma de señales para sordomudos. Mientras nos dirigimos al tesoro escondido, el dilema uno se acerca para recordarnos que no debemos consumir alimentos dentro del establecimiento. Una, que ya perdió la calma hace cincuenta y tres horas, le contesta amablemente que se ha pasado la vida ahí dentro…no le queda otra que consumir para sobrevivir lo suficiente como para firmar la tarjeta y así pagar la compra y la cerveza consumida en un rapto de ilegalidad. Dilema dos, tenemos las hamburguesas ahora necesitamos desocupar la vejiga. Como el baño queda a quince kilómetros y afuera del predio te quedan dos caminos. Aguantar apretando los cantos o encajarte un pañal para adultos entre las piernas, atrincherada detrás de la bodega de vinos carísimos (que suele ser el lugar más reparado y oscuro).
Cuatro horas más tarde, dos kilos menos por el desgaste de la caminata y un par de bíceps marca Schwarzenegger (regalo del carro con complejo de Che); te enfilarás en la caja que tiene menos gente…ancha como fideo en agua porque elegiste la mejor y más rápida. No te equivocaste, cobra con débito, es para más de veinte unidades y no hace mención a embarazadas ni discapacitados. Nada te separa del éxito. Bueno, siempre hay un pequeño inconveniente. En este caso es la señora que no sólo no pesó sus verduras “oops”, se trajo una ensaladera que no tiene código de barras, la tarjeta tiene fondos insuficientes, la cajera es novata y no sabe cómo anular la compra, la supervisora tarda en llegar (como siempre) y los cinco pendejos desmadrados de la señora no dejan de patearte el carro, pisarte, soplarte jugo de naranjas en la cara con un sorbete a modo de cerbatana, hacer artesanías con sus propios mocos pegándotelos en la caja de hamburguesas cual ofrenda tribal mientras el señor que te sucede te pide disculpas porque su propio chango ingobernable estacionó en tu coxis.
Y en ese momento es cuando añorás aquel almacencito de barrio donde el dueño sabía tu nombre, el espesor preferido para tus fetas de jamón, te preguntaba por tu hijo y te alcanzaba la caja con la compra hasta tu casa. El tipo sabía dónde estaba todo, no necesitaba un GPS para encontrar las aceitunas ni el Google Earth para ubicar un paquete de arroz. Te miraba a los ojos, te alegraba la tarde con un chiste y te recomendaba tal o cual queso haciéndote probar cada cosa porque nada estaba fuera de alcance, envasado al vacío, etiquetado, encadenado y enterrado en algún oculto lugar.

Con las Farmacias franquiciadas y las grandes cadenas de Ferretería y artículos para la construcción pasa exactamente lo mismo. La atención es despojada y fría. Nadie sabe nada. Nadie recomienda nada. Con el agravante de que la figura del farmacéutico casi ha desaparecido y en su lugar han puesto a adolescentes cuya experiencia previa es haber trabajado tres meses en un Fast-food. Venden remedios como si fueran chocolates, equivocándose frecuentemente en las cantidades y la concentración de las drogas que despachan. Deben haberse cargado a más de un anciano entregándoles antihipertensivos con el doble de la dosis indicada por el médico y es muy común verlos humillar a alguna persona que se acerca pidiendo alivio para hongos, grietas en el culo, forúnculos o la droga para la erección ya que es muy probable que vociferen al compañero (que está parado a ocho metros de distancia): “¿qué ungüentooooo le vendooooo para el dolor en el anoooooo?”. Demás está decir que la respuesta vendrá de la mano del ex empleado del Fast food, quien recomendará Dr. Selby para todo porque su propia madre usa esa pomada hasta para rellenar empanadas (no porque se lo haya dicho el farmacéutico, que brilla por su ausencia en estos lugares, aunque ellos aseguran que está escondido detrás del muro que nos separa de su sabiduría…si es que tiene diploma y no lo compró en Villa Domínico por dos mangos con cincuenta).
El antiguo ferretero también está en extinción, como el oso Panda en China, lamentablemente. Porque en su vasta experiencia el tipo te vendía los elementos para reparar el cable del velador (y te enseñaba cómo se hacía), te daba eso que necesitabas…cuyo nombre no sabías pero podías dibujar en un pedacito de papel. El tipo se conocía las medidas de todos los tornillos, tarugos, mechas y tuercas. Tenía todo prolijamente guardado y etiquetado en cajoncitos, encontraba todo al toque sin revolear los ojos para arriba en busca de ayuda celestial. No como en los supermercados de tornillos e inodoros, donde los empleados desfilan cual androides clonados con un chip que amenaza con apagarse en cualquier momento. Donde flores conviven con bolsas de cal y cortinas de baño con amoladoras. Te rendís antes de entrar, porque estás seguro de que lo que necesitás está ahí dentro pero encontrarlo es más difícil que toparse con Brad Pitt en la estación Catedral del subte.
Otra desgracia similar son las cadenas de disquerías que reemplazaron a los bolichitos que vendían CDS en las galerías de Belgrano, en la Avda. Santa Fé o en la calle Corrientes. Todavía sobreviven algunas pero la piratería y las franquicias amenazan con pulverizarlas en poco tiempo. Ahí no es tanto la falta de mérito en la atención ya que generalmente la gente jóven se fascina con la música y suelen contratar a gente que sabe que los “Stones” no es una clase de jean gastado y los cuatro de Liverpool no son barra bravas de ese club de futbol. El problema radica en lo que venden, que suele ser lo más difundido dentro de cada género y donde no existe el lugar para algo distinto de lo que suena en las radios o está de moda porque el videoclip te lo pasan hasta el cansancio en cuanto canal de música existe. Si pedís música celta, lo más probable es que te revoleen un compilado pedorro con los diez hits archiconocidos de ese género, que ni siquiera están interpretados por los artistas originales. Lo mismo sucede con el jazz, con el blues y con la música clásica. Eso sí, del último hit de “Patito feo” tendrás copias como para exportar a Indonesia…no vaya a ser cosa que se acabe…Dios no lo permita!. Supongo que son las reglas del mercado, y seguramente se vende más el patito feo que un CD de Billie Holiday; pero me da lástima comprobar que ya casi no existen esos reductos subterráneos donde uno tarareaba una melodía al grosso que atendía y al instante el tipo pelaba lo que estabas buscando. Esos lugares que traían cosas raras, distintas…no globalizadas. Esos que se ocupaban de satisfacer las demandas de las minorías, aquellos a los que uno les decía “Toquinho” y no te contestaban “¿To qué?”.
Copetines al paso, puestos de choripanes, almacenes, galletiterías, fiambrerías, ferreterías, disquerías “under”, mercerías, zapateros, afiladores, peluquerías de barrio (donde te enterabas vida y obra del vecindario), farmacias, licorerías, videoclubs, vinotecas, heladerías artesanales…¿se ha escapado algún rubro de las cadenas franquiciadas o las fauces de los hipermercados?.

Voy a agarrar el rosario para exorcizar al chango y me rajo a hacer las compras
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miércoles, 7 de enero de 2009

LÁGRIMAS DE COCODRILO

Cuando llorar es la máxima expresión en el arte de manipular
Manipuladores profesionales, los “lágrimas de cocodrilo” son personajes a los que uno preferiría tener a unos 250.000 Km. de distancia (si es posible en Vega o Urano). Sobretodo, cuando uno es permeable a esas lágrimas que le estrujan el corazón y le revuelven las tripas. Aquellos que no son inmunes a estas manipulaciones devenidas de la ingeniería psicopatera más fina y rebuscada, suelen caer de cabeza en estas tramas complicadas haciéndolos cargo de situaciones que no sólo no han propiciado, tampoco les corresponden. Pero son carne de estos cocodrilos, los huelen a distancia como el perro de caza que estira el rabo y apunta el hocico hacia el pollo que estamos descongelando (antes que la grasita del culo entre en erupción y desparrame olor a ave, inexplicablemente). Es más fuerte que ellos, son su platillo favorito y los fagocitan mucho antes de que caigan en la cuenta que han sido devorados por una tierna historia donde impera la injusticia y sobran los mocos.
Así como los lagartos, caimanes y todos sus parientes cercanos invierten gran parte del día en permanecer inmóviles esperando el momento justo para abrir las fauces y devorarse a ese patito que pasaba nadando, incauto; los “lágrima” pasan sus días inadvertidos esperando a sus posibles víctimas. Se les arrimarán sin hacer ruidito a agua, ni demasiado escándalo. Son enemigos de la confrontación y le escapan a quienes les hacen frente (o preguntas incómodas). Por eso se acercan a gente que suele esquivar los problemas por naturaleza y que huye de la confrontación (pero por motivos de higiene mental más que cobardía). Es un trabajo fino, que requiere concentración y el rodeo; jamás van al grano…más bien revolotean sobre la presa como cuervos hambrientos.
Una vez que eligen a aquel que puede aportarles algún beneficio, ya sea monetario, amoroso o algún servicio en particular que les pueda ser de utilidad; los “lágrima” se acercarán con sigilo, en puntitas de pie y sin levantar mucha espuma. Tal es el grado de sutileza que emplean los “lágrima” que para cuando sus víctimas se enteran que tienen la manzana rodeada necesitan una linterna (para ver dentro del estómago como Pinocho en la barriga de la ballena) o pomadita para el trasero (que comienza a arder).
¿Cómo saben que una persona responderá como ellos quieren?. Fácil. La víctima se delatará solita.

Características de los “permeables” a “lágrimas”

Es gente que suele llevarse bien con su entorno y no se destaca por tener un prontuario de conflictos grossos en su haber.
Obedecen las leyes.
Respetan a sus mayores y a su prole.
Poseen un alto grado de acatamiento a las normas y a sus superiores (ya sea en la escuela, universidad o trabajo).
Verbalizan que han sido víctimas de gente inescrupulosa que ha abusado de su generosidad, en el pasado.
Demuestran una gran dosis de altruismo, seguramente están abonados a Greenpeace, donan dinero a Unicef o simplemente llevan mercadería a la Parroquia toda vez que pueden.
Adoran a las mascotas.
Las mascotas los adoran.
Disfrutan de la vida en general y lo ponen de manifiesto expresando su alegría (arma de doble filo ya que los “lágrima” les entrarán por el lado de la culpa sin el más mínimo atisbo de compasión ni empatía).
Conformistas, aceptan lo que les tocó sin dejar de lado sus sueños (que suelen ser bastante más realistas que los de los “lágrima”).
Son sensibles a los documentales sobre corridas de toros, leonas devorando cebras y lloran a mares con el reencuentro de “Nemo” (el famoso pez payaso de Disney) con su papá.
Tienen tal grado de vocación de servicio, que en los restaurantes ayudan al mozo a levantar la mesa, en las catástrofes ordenan el tráfico de agua mineral y son los primeros en ofrecerse para cuidar a la Nona o hacerse cargo de la tarántula que apareció en el living (capturándola en un frasco para liberarla en el jardín, como corresponde).
La cara los vende, se parecen al perro de la gráfica de Hush Puppies.
Hasta la policía los detecta, jamás los detienen para pedirles identificación porque a simple vista son más buenos que el Quaker.
Son buenudos (y no es un elogio).
Tienen el detector de “hijos de perra” descompuesto de fábrica, ni Darth Vader ni Hitler les parecen demasiado malos; uno por corrupto tentado, celoso que cayó en el lado oscuro de la fuerza y el otro por conflictuado que se fue de mambo luego de contagiarse sífilis de una prostituta judía. Como si eso fuera suficiente excusa...
Les encantan los cachorros de todas las especies, sobretodo los humanos.
Cantan cuando trabajan.
Sonríen en los finales felices, aún cuando esa felicidad le pertenezca a otro (cualidad que brilla por su ausencia en los "lágrima").


Herramientas frecuentemente utilizadas por los “lágrima”

La lágrima, esa lágrima que dejarán correr libremente, sin enjugar para que pueda ser atestiguada por una gran audiencia. Jamás se esconderán con vergüenza, a llorar sus penas en el anonimato o a la sombra de algún árbol alejado.
Culpan a todo el mundo de sus desdichas. El plomero los cagó, la expareja los jodió, la maestra les enseñó mal, el Juez no leyó bien el expediente, el policía se equivoca, el cajero les tragó la tarjeta, el inquilino no les paga, los hijos no aprenden, los padres no ayudan, el portero se mete, la vecina los espía, el Jefe no reconoce sus méritos, el farmacéutico les dio mal el remedio, el médico no sabe nada, el mozo trajo la pizza fría y el vendedor de celulares le encajó un buzón que no funciona.
Utilizan la pena que provocan en el otro, para sacar partido de las situaciones. Anteponen los intereses de sus hijos o sus padres y hacen cualquier cosa en nombre de ellos. "El nene quiere ir a taekwondo, vos que sos la abuela deberías pagarle las clases ya que yo no puedo (voz en off: así yo puedo gestionarme esas veinte sesiones faciales de punta de diamante)".
Provocan premeditadamente la culpa del que, según ellos, tiene más suerte. “¡Qué suerte que te compraste esos zapatos…yo no pude, me debitaron dos veces la factura del teléfono…quién sabe cuándo me devuelvan ese dinero!”
Se lamentan constantemente de su mala fortuna, de sus malos negocios, de sus pésimas inversiones, de sus desamores y del destino que siempre les juega una mala pasada y los deja culo para arriba.
Pretenden, más bien exigen, que los “permeables” se comprometan a sacarlos de sus miserias. Comienzan pidiendo por favor, hasta que la costumbre convierte el favor en hábito y luego en obligación.
No son agradecidos, toman lo que se les ofrece y luego quieren más. Si no reciben lo que esperan montan en cólera y arremeten contra el que hasta ayer era una pieza removible de su juego de ajedrez cotidiano.
Fingen lo que no son, buscando la satisfacción de sus necesidades, pero una negativa puede hacer caer la careta de los “lágrima” para dejar ver la auténtica cara del cocodrilo.
Viven sus vidas intentando con compulsión, que los demás hagan por ellos, lo que ellos no están dispuestos a hacer por ellos mismos.
Claudican. Se cansan. Se rinden. Y cuando eso sucede salen a la pesca de su nueva presa.
Suero antiofídico recomendado: Pronunciar la máxima de Moria Casán "si querés shorar, shorá". Hacer mutis por el foro y dejar de ser parte de la audiencia.